Crecimos juntos, pero una cosa es llamarse uno Pablo, como me llamo yo, y ser más o menos normal y otra muy distinta llamarse Bartolo y ser bizco. Él se llamaba Bartolo y era bizco. Podría decir que se llamaba Manolo y así apenas me chirriaría en los oídos como la mentira que es, porque suena casi igual, pero lo cierto es que llevaba ese nombre tan penitenciario: Bartolo. Se llamaba Bartolo gracias a la inmisericorde brutalidad con que las gentes rudas y pobres de la España oscura han tratado siempre a sus hijos: Agapito, Eustaquio, Sinforosa… Se llamaba Bartolo y, aunque no teníamos entonces, cuando nos conocimos, más de seis años, yo creo que él ya era consciente, de algún modo primitivo, de la heroicidad a la que llevarlo frente a los demás le obligaría siempre, especialmente durante su infancia. Nadie podía pronunciar delante de él la palabra flauta sin que él le diera inmediatamente una despertadora galleta. Inmediatamente quiere decir sin previo aviso.
—¿¡Qué pasa, qu’he dicho!? —se quejaba el inconsciente que la recibía.
—Eso digo yo: ¿qu’hag dicho? Repítelo si tieneg valor… —y adelantaba el cuello y retrasaba los hombros, con los brazos sueltos al costado, ofreciéndose a pecho limpio, como los toreros cuando se desplantan arrojando la muleta.
—Anda ya los güevos. Yonodichoná.
—Ah, eg que me creía qu’habíag dicho argo…
Y sólo entonces se iba de la cara de ellos, como de los morlacos, dándoles la espalda y andando muy despacito con todo el cuerpo en tensión, todavía dispuesto a volverse al mínimo resoplo.
Ni flauta ni ninguna palabra que tuviera que ver con los ojos, ya fuera gafitas, capitán, tuerto, pirata, bizco, pallá o pepeleches… La única forma de ofenderlo dentro de esos campos semánticos sin verse uno achantado por su gallardía hubiera sido la imposible a esa edad de dominar el diccionario:
—Estrábico, Polifemo, caramillo…
Y es que Bartolo no era de advertencias. Desde el primer recreo del primer día que entramos en el parvulitos de las monjas, me di cuenta de que Bartolo no se andaba con advertencias. Quiero recordar, vagamente puedo casi recordar, que la primera vez que hablamos fue precisamente después de una de sus «intervenciones» a cuenta del comentario descuidado de algún chiquillo:
—¿Por qué le hag dao a ése? —le preguntaría yo, pero por curiosidad, no con ánimo de defender a nadie.
—Porque m’ha mentao de mala manera.
—¿Cómo qu’he t’ha mentao?
—Sí, con lo de la flauta —y tampoco tenía mucha paciencia, me contestaba como quien se cansa de dar explicaciones antes de empezar a darlas.
—¿Y qué con la flauta?
—Que yo me llamo Bartolo.
—¿Y qué que te llames Bartolo?
—¿Es que no te sabes la canción, o qué?[1]
—Sí, pero t’apuesto qu’el chiquillo no sabía ni cómo te llamas. Lo más seguro que no, ¿qué t’apuestag?
—Pues ya lo sabe, y así no se le olvida.
Sin embargo, algo distinto de un matón debí de verle cuando me cayó bien desde el principio. Me cayó muy bien. Y digo yo que él no vería en mí sólo al pamplinoso que le pone más peros que valor a las peleas… porque nos hicimos amigos.
Lo lógico hubiera sido que, con el tiempo, Bartolo hubiera dejado de ser tan impetuoso; que, con el tiempo, se moderara un poco y ya no actuara siempre a las primeras de cambio sin ninguna clase de contemplaciones. Pero no. Bartolo fue siempre así, desde que me acuerdo y hasta que nos separamos, allá por nuestros dieciséis años.
Y yo sabía cómo era él, lo que pasa es que uno como yo nunca termina de acostumbrarse a esa manera de ser. A mi modo, como los mayores, también se la recriminaba. Puede que hasta me creyera capaz de cambiarle el talante, como un curilla pretencioso.
Pero lo único que conseguí con el ir creciendo los dos a la vez fue que se explicara. Y tampoco mucho. Sólo a mí, y sólo muy de vez en cuando, me daba alguna razón para que yo entendiera por qué actuaba de esa forma. Puede que ni él lo supiera. Puede que no fuera sólo su natural austeridad la que le impidiese hablar de sí mismo, sino que, a su aversión a la sensiblería, se uniera también una sincera escasez de explicaciones para los asuntos propios.
—Mira, si uno se burla de ti, no hay más cáscaras que darle una hostia —me vino a decir con el tiempo—. Y cuanto antes, mejor. Porque así puede que con una sola haya bastante.
Una vez me dijo, a propósito de Toni León:
—¿Lo ves? Si le hubieras dado un buen capón desde el principio, ahora no te caería tan gordo —concluyó.
Y es que tenía esta habilidad, la de resumir en una sola frase suelta, meses, a veces años, de una situación: era la pura verdad que terminé (porque efectivamente era inevitable: por acumulación, por hartura) peleándome en serio con el Toni León en una mala reyerta, muy fea, en la que yo sé que hubo más saña de la que hubiera hecho falta.
Y sí, algo de curilla debía de tener yo, porque ni conseguía con mis métodos que Bartolo cambiara ni me daba por vencido tampoco:
—¿Pero por qué le atizas si él no se había dado cuenta de lo de tu ojo? No se refería a tu ojo, ni te estaba mirando siquiera —seguía diciéndole yo, por ejemplo, año tras año, con la misma cantinela del primer día.
—¿Y qué tiene que ver que no me lo diga a mí? El que se burla de uno se burla de todos —me contestaba él—. A lo mejor no se atreve a guasearse de mí en mi cara porque sabe que se la gana, pero entonces es peor, porque es de esos que se burlan a la espalda…
Y es que, según él, las personas que cambian lo que dicen según haya delante o no posibles aludidos, no son de fiar. Y Bartolo sabía bien lo que decía, porque tenía un nombre y un ojo privilegiados para eso. No son gente respetuosa, sino cobarde.
—Si tú no te burlas de los bizcos, no te burlas y ya está, esté delante un bizco o no —eso decía.
Y también decía que hay gente que te va buscando las cosquillas a ti, especialmente a ti, y entonces es tontería pararte a pensar qué le has hecho tú para eso, ni si será por aquello o por lo otro… Es tontería porque van a por ti por razones suyas, y tan oscuras y escondidas, que ni tú las vas a descubrir ni las van a entender ellos mismos siquiera.
—Y a esa gente —añadía— ni sueñes que te la vas a quitar de encima. Ésos no paran hasta que no se llevan puesta la guantá que vienen buscando. Así que otra vez estamos con la misma: cuanto antes se la des, antes descansan… ellos y tú.
Contado Bartolo así, de esta manera tan resumida, y sacando a relucir detrás de cada asunto suyo una reflexión, da la impresión de que Bartolo hubiera sido uno de tantos que lo único que pretenden es justificarse haciendo valer su gramática parda. Pero nada más absurdo. A él le importaba un bledo que le dieran o no la razón. O eso consiguió hacer que me pareciera a mí. Lo único cierto es que me costó la infancia entera reunir este manojo de sentencias suyas textuales que tengo ahora. Porque él se gastaba en explicaciones lo mismo que en advertencias.
Hoy sé que lo que yo aprendí de Bartolo no fue a conocerlo a él, eso no lo conseguí del todo nunca, sino a conocerme a mí. Aprendí de él que la gente que avisa las cosas, que las sopesa y las valora según esto y según lo otro, la gente como yo, no somos más reflexivos, sino más cursis. Y más creídos. Acabamos creyéndonos mejores que quienes no lo hacen. Mucho de lo que tenemos de escrupulosos, lo tenemos en realidad de falsos. Y mucho de lo que nos pareció ser considerados, fue en realidad haber sido torpes de miras y lentos de reflejos.
Bartolo fue, durante esos años cruciales en que nos sacamos el título de la clase de persona que seremos después, entre los cinco y pico y los doce años, mi mejor amigo. Pero no hablo de él casi nunca. Por muchas razones…
Porque empiezo a contar entre risas algunos disparates que nos sucedieron, entre las cañas del mediodía y entre el pónganos-usted-otra-ronda, y acabo triste; más aún, dolorido. Acabo con un dolor demasiado dulce en mitad del pecho, un dolor empalagoso, que se me pega a las costillas y que ya no se me quita en toda la tarde ni pasando de las cañas al cubata, y también de ir a comer… Porque me duele la mala suerte de algunos; que tuviéramos, sin saberlo, desde niños, un destino tan distinto y tan cantado cada cual, la infinita injusticia de vivir… Y como todas estas palabras son ciertamente palabras mayores, sólo me atrevo a decírmelas, como si fuera poeta, un poeta sin alfabeto, cuando estoy borracho.
Y porque me fastidia tener que empezar diciendo siempre lo mismo: que no es broma, que es cierto que se llamaba Bartolo, que no es un truco de andaluz para hacer reír más con lo que cuento de él. Y de verdad que era huérfano de padre y más pobre, por eso, que todos los demás. Y de verdad llevaba gafas y de verdad estaba bizco y acabaron poniéndole un parche… En fin.
Bartolo, visto desde fuera, podría decirse, sí, que era malo, malísimo incluso, de esos prototípicos que llaman de la piel del diablo, de los imposibles de meter en cintura, de los de no poder hacer nadie carrera de ellos, de los que matan a disgustos, de los que tienen que estar completamente grillados o de otra manera no se explica que maquinen tantas barrabasadas.
Bartolo no era un niño como nosotros, más o menos travieso, no. Era otra clase de ser. Era esa media vuelta crucial que hace que un tornillo se pase de rosca. Bartolo estaba del otro lado de ese mínimo, pero trascendental, que nos separa a nosotros, la gente normal, de ellos, los especiales, los sincera y apabullantemente distintos, los raros auténticos, los genuinamente dislocados de cualquier rótula común… los elegidos (aunque por mala mano).
Es imposible calcular la cantidad de palos que pudo llegar a llevarse ese chiquillo o la infinita lista de frentes que tenía abiertos al mismo tiempo y permanentemente en guerra. Yo me amargaba con tener uno sólo: que hoy había amanecido el día en que sor Rosario, que se enteró ayer de que no habíamos estado malos, le diría a mis padres que habíamos estado haciendo rabonas toda la semana. Pero él no. Él tenía eso sobre su conciencia, más, el mismo día por la mañana, haberle soltado todos los conejos a la vecina de su madre por el bardal de la izquierda, más haber roto con el tirachinas el cristal del estanco de la coja por no haberle querido vender los dos celtas que entraban con una peseta mientras fingíamos subir a la escuela como todos los días, más… qué sé yo. Ya digo, siempre tenía varias condenas pendientes, varias fechorías a punto de serle anotadas, y siempre llevaba a cuestas las consecuencias de vaya usted a saber qué asunto demasiado remoto ya para que se acordase.
* * *
En aquel tiempo, las gafas costaban un dineral y Bartolo las llevaba remendadas. Y puede que también hoy en día las llevase porque se le rompían continuamente. Una pelotilla de esparadrapo en el entrecejo. Entonces sólo había un tipo de esparadrapo: de tela de color marroncillo anaranjado por una cara y blancuzco por la cara que pega; que pega con una sustancia de pegar que tenía la particularidad de criar virutillas negras por los bordes que, al tocarlas, se adherían a las yemas de los dedos con más celo que los mocos. Bajo la pelotilla de esparadrapo del entrecejo, había una elevación anterior, formada en la pasta de las gafas como un chichón al haber intentado su madre soldar con calor la primera quebracía. Y dos pelotillas más se le veían en el frontal de las gafas, formando, con la del entrecejo en medio, las tres en raya: el bulto del centro, sí, y dos bultos más, uno a cada lado, como los nudos de los que nacen las ramas de los árboles, porque de ellos nacían, en efecto, hacia atrás, las patillas… Patillas que no terminaban tampoco limpiamente, como todas, en forma de coma por detrás de la oreja, sino rectas, porque había hecho falta precisamente esa holgura para, estirándolas, poder anclarlas de nuevo al cuerpo del que se habían desprendido. Y las gafas, en ese estado de resistencia heroica a no perder su nombre, sólo podían sujetársele a la bola de billar que era su cabeza casi siempre (llevar el pelo al uno era un castigo frecuente, y no tan castigo, con tal de no pagar tantas veces al barbero) con una cinta elástica negra de la misma que usaban las niñas para jugar a la goma. Y otras dos pelotitas de esparadrapo, pues, a la altura de cada oreja, ahora para sujetar la goma a las patillas. Vistas de lejos, estas dos últimas protuberancias hacían que pareciera que Bartolo tenía las orejas de punta, como Spock, el de Star Trek. (Ésa era la serie que más nos gustaba por entonces, cuando ya mucha gente tenía tele, pero Bartolo ni soñarlo, y nos íbamos a verla a mi casa). De perfil parecía Spock, pero, de frente, con los tres promontorios de esparadrapo que le enmarcaban los cristales rayados, casi lechosos de tan rayados, que le agrandaban los ojos enormemente, más bien parecía La Mosca o uno de esos insectos habitantes de planeta enfermo a los que se acercaba la nave estelar.
Mi madre me tenía dicho que no merendase nunca en casa de Bartolo y que nos viniéramos los dos a merendar a la mía. Tardé mucho en entender por qué.
—Entra a merendar —me decía mi madre.
—Ya he merendao.
—¿Cómo que ya has merendado, dónde has merendado?
—En casa de Bartolo porque-estábamos-allí-que-es-tábamos-haciendo-en-el-patio-una-ca… —me atropellaba yo, como si, al decir las cosas muy de prisa, no se notara tanto lo que uno había empezado diciendo y la falta que eso suponía.
—¿Y no te tengo yo dicho que no meriendes allí?
—Ya, pero si se lo he dicho a su madre, se lo he dicho, le he dicho que no, pero su madre m’ha obligao y m’ha…
—¡¿Que se lo has dicho a su madre?! —la voz de alarma de la mía, a esa edad, todavía me inquietaba—. ¿Y qué le has dicho tú a su madre?
—Pues eso, que tú no me dejas que meriende allí.
—¡Válgame dios! ¿Eso le has dicho? ¿Pero cómo se te ocurre decirle eso, chiquillo?
—¿Y qué le digo? ¿Y por qué no se lo voy a decir? Tú me lo has dicho.
—Sí, pero eso no se dice.
—¿Por qué?
—Pues porque no, porque no hay que decir nada. Hay que no merendar allí y punto —una pausa y después—: ¿y qué ha dicho su madre?
—Nada. ¿Cuándo?
—Cuando le has dicho que yo no te dejaba merendar allí —repetía ella con soniquete de rezo y a punto de perder la paciencia.
—Ah, ¿cuando se lo he dicho? Pues… nada.
—¿Cómo que nada? Algo habrá dicho.
—Bueno, sí, que cogiera el bocadillo y que me dejara de tonterías y también m’ha preguntao que por qué no me dejabas.
—¿Y tú qué le has dicho?
—Pues que no lo sabía… Pero que a ti no te gustaba que merendase en casa de nadie.
—«En casa de nadie», ¿eso le has dicho?
—Sí, eso. Que no nos dejabas coger nada en casa de nadie, ni a mí ni a mi hermana.
—Bueno, menos mal, siendo así, menos mal…
Pero no, no fue exactamente como se lo había contado. Me callé que la madre de Bartolo puso la misma cara de preocupación que ella y que, como ella, me hizo un montón de preguntas sobre qué me habían dicho y cómo me lo habían dicho exactamente. Es más, las dos habían terminado yéndose para la cocina con idéntico comentario, idéntico: «En casa de nadie, ¿eso te ha dicho?, bueno, siendo así…».
Es curioso cómo, de niños, nos olíamos las cosas y que había cosas detrás de las cosas, y cómo captábamos los respingos de atención e intriga que ciertos comentarios nuestros provocaban en las personas mayores y la tranquilidad con que ellos, sin embargo, nos interrogaban dando por supuesto que no teníamos ni idea de tales entresijos. Bartolo y yo mentíamos a su madre y a la mía, sobre esa base precisamente, sobre la base de dejarlas creer que éramos completamente inocentes en nuestras respuestas a sus muy intencionadas preguntas. A la madre de Bartolo, le hice creer que la prohibición era general porque sabía que así la tranquilizaba, y a mi madre le hice creer, con tal de que se quedara tranquila también, que la madre de Bartolo no había sospechado nada.
Mi hermana, Teresa, que no sólo era mayor que yo entonces, sino que lo será siempre (y esto no es tan de cajón como parece, yo sé lo que me digo), un día me llamó, «ven aquí», a esa especie de cómoda que tenía en su habitación, que se abría como un mueble bar para poder escribir sobre la tapa bajada diarios tan íntimos y escondidos que por eso en otro idioma se le llama al mismo mueble «secreter», y me habló así:
—Mamá no quiere que meriendes en casa de Bartolo porque su madre tiene que ir a servir, la pobre, para que puedan comer, ¿te enteras? La gente como Dora o como la madre de Bartolo (y lo de la madre de Bartolo es peor porque está sola) no tiene tanto dinero como nosotros, ni por lo más remoto, y tiene que ponerse a trabajar para que sus hijos puedan comer. Tú te crees que las cosas no cuestan dinero y que la comida se cría en la nevera, pero no, resulta que daros de merendar, a vosotros que os coméis media barra de pan llena de mortadela, sale por un pico, aunque tú te creas que no.
Yo me sacudí su mano del hombro y ya me iba.
Mi hermana tenía don de palabra, lo decía todo el mundo, y la manía de ponerse muy seria cuando había algo muy «humano» que decir. Por eso, al correr el tiempo, para mis padres y para todo el pueblo fue un escándalo que se apuntara a un partido de la izquierda más izquierda que había entonces, menos para mí.
Pero me llamó todavía:
—Ven aquí que no he terminado. Y si mamá no quiere decirte por qué no te deja, es para que no se te ocurra a ti irte de la lengua y soltárselo un día a Bartolo o a su madre, ¿entiendes por qué no se te puede escapar?, porque se sentirían fatal, ¿te das cuenta?, fatal, ¿entiendes lo mala persona que habría que ser para avergonzarlos diciéndo-les una cosa así? Mala persona o muy torpe si un día se te escapara sin querer. ¿Te das cuenta de lo que puede doler eso? Eso puede marcar a un niño para siempre. ¿Te das cuenta o no?
—¡Que sí, que me dejes, que tengo que irme!
Pero lo cierto es que hasta ese momento en que ella me lo dijo yo no supe por qué mi madre no me dejaba merendar en casa de Bartolo. Sabía actuar, conocía mi papel, pero no sabía qué estábamos representando. O no del todo. Era muy chico yo. Y me fui de mi hermana, no sólo enterado, sino con una extraña mezcla de sensaciones.
Por un lado, me sentía lo que se podría llamar culpable de alguna clase de continuados errores con Bartolo, yo no sabía cuáles, sólo que era seguro que los había cometido. No el de la merienda, ése sabía que no, pero otros del mismo estilo, dolores agudos y con secuelas que yo, inconscientemente, había causado, casi seguro, en el tierno corazón de mi amigo. Por mi ignorancia, por mi grandísima ignorancia, por mi infinita falta de sensibilidad. Casi estuve a punto de recordar alguna crueldad concreta, un haberme burlado yo de él por algo sin darme cuenta de que probablemente sólo tenía que ver con la falta de dinero. Y me sentí raro.
Sin embargo, por otro lado, me costaba meter a Bartolo en el cuadro de niño que no sólo se deja herir por un comentario, sino que, por las noches y en sus escasos ratos de soledad y reflexión, se hurga en la herida, dándole vueltas a su desgracia. No era creíble. No sólo porque Bartolo fuera buen encajador, que yo creo que nunca se le pasó por la cabeza que él pudiera llorar, sino, sobre todo, porque era el mejor dador que he conocido en mi vida. Consideré un disparate dibujarlo a él así, quejoso y amilanado por alguna situación.
Además —me decía a mí mismo, tratando de auto-convencerme—, difícilmente podría yo haberle hecho daño avergonzándolo por algo porque yo admiraba a Bartolo por absolutamente todo. A mí no me era posible verlo con esa distancia de superioridad que lo veía mi hermana porque yo lo admiraba sin ninguna reserva. O no había podido nunca y hasta aquel día no empecé a poder y por eso casi no podía todavía. El caso es que mi hermana, al abrirme el cerebro a la comprensión de la realidad, lo que me abrió fue más bien el único agujero por el que alguien como yo podía permitirse el lujo de compadecer a Bartolo. Y en secreto, además, ya que no debía hacer referencia a eso nunca, es decir, impunemente, sin darle a él la oportunidad de que me soltara un igualitario empujón por atreverme a tenerle lástima.
Me sentí raro mucho tiempo. No me cabía yo mismo dentro de mí de la misma manera holgada que antes. Por eso recuerdo hoy con tanta nitidez aquella conversación.
* * *
A Bartolo, como estaba bizco, lo podían llevar al oculista a Úbeda por el seguro. A los demás, como las consultas tenían que ser pagando, no entraba eso en la cartilla (ni entraba tampoco en la mentalidad de la época, ni siquiera en la de los señoritos, llevar a los críos al oculista sólo por si acaso), tardaron años en descubrirnos que también necesitábamos gafas. A mi hermana fue a la primera que se las pusieron en mi casa y se las pusieron exactamente cuando ella quiso, en octavo de básica. Se pasó un mes diciendo que no veía la pizarra. Yo se lo advertí:
—Cállate. Como sigas diciendo eso, te van a llevar al oculista y te van a poner gafas.
—Bueno, si las necesito… —me contestó ella con una indiferencia tan ennoblecida, que yo tenía que haberme dado cuenta de que era falsa.
—No, eso seguro; seguro que te las ponen. «No se sabe de nadie» que haya ido al oculista y no se las hayan puesto.
Me encantaba esa frase, «no se sabe de nadie…»; la habría leído o, más probablemente, se la habría escuchado a alguien que me mereciera respeto, a mi alrededor o en la tele. Estaba yo en la edad en que casi todo lo que hacemos lo hacemos con voluntad de estudio científico, como si fuera un experimento, y así, por ejemplo, si adoptamos locuciones como ésa, con un cierto vuelo expresivo, es sólo para soltarlas delante de las personas mayores y comprobar —delante de Bartolo no se me hubiera ocurrido— si cuela o no la naturalidad con que las hemos dejado caer. Había éxito sólo cuando no te las devolvían repetidas y con retintín, así: «¡Uy, qué fino, espero que no te moleste que te diga!».
Se las pusieron, claro, y ella las llevó desde el primer día con tanto orgullo, que me di cuenta de que había dos etapas completamente distintas en lo de la valoración de los cuatro ojos: uno pasaba de avergonzado capitán de los piojos a cuellilarga sabionda de película de pintores y escritoras y pioneros del tenis y gente así, que salían a pasear al campo vestidos de blanco riguroso y con cestas llenas de cinchas para los platos (que ir al campo, esa gente, exigía más aperos que una comida de navidad) y con un libro encuadernado en cuero de un poeta del que da la casualidad que puede recitar de memoria unos versos el muchacho del flequillo derramante a la chica que se había tumbado a leerlo debajo del gran árbol.
A partir de que le pusieran gafas —pero sólo para ver la tele y para estudiar, no era tan grave— el vicio de leer que tenía mi hermana empeoró. Quiero decir que, además de acentuársele, se le volvió exhibicionista. No sólo leía continuamente, sino que ahora ya, con sus gafas, se iba a hacerlo sentada en un banco del paseo, a la vista de todo el mundo. En un pueblo como el mío, eso no lo hacía nadie. Ni siquiera el periódico se ponía la gente a leerlo allí; eso del periódico es cosa de los paseos de ciudad, que se llaman parques, donde a la gente no le importa que la vean ociosa porque nadie hace comentario de eso; o de paseos de pueblos de mar, pero no de mi pueblo. Y todavía peor, ¿quién se gastaba en aquel entonces dinero tonto en comprar periódicos? La radio es gratis. Al paseo de mi pueblo se va a pasear, como su propio nombre indica, y los bancos son para sentarse a charlar con alguien o a reírse de los demás que pasan. Se ríe uno con disimulo, guardándose de que lo vean con la mano puesta en la boca, si se es mujer o similar, o bajando mucho la cabeza, hasta casi empotrar la barbilla en el pecho, si se es hombre.
Por eso a mí me daba una vergüenza terrible que la vieran mis amigos y que supieran que era mi hermana. Sobre todo Bartolo.
Pero Bartolo va y me dice un día, cuando estábamos a cincuenta metros del banco de ella, después de habérmelas arreglado yo para llegar hasta allí en circunferencia por no pasar a su lado y tener que saludarla:
—Tu hermana, ojalá que fuera mi hermana —eso me dijo.
—¿Para qué? Qué tontería —salté yo, sinceramente sorprendido.
—Para que la viera yo ahí, delante de todo el mundo, leyendo un libro así de gordo, y que supieran que era mi hermana.
No me podía creer un tan-lo-contrario-de-mí como éste viniendo de Bartolo.
—Pues yo no le veo la gracia.
—Es muy lista muy lista… y muy guapa… y no le importa nada lo que diga la gente.
—Sí, eso sí es verdad, que no le importa.
—A mí a lo mejor no me hubieran suspendido quinto si tu hermana fuera mi hermana y me hubiera preguntao las lecciones en mi casa… A lo mejor, digo, no sé.
Esta conversación fue muy importante en la historia de la relación entre Bartolo y yo. Lo fue entonces, cuando teníamos diez años, muy reveladora para mí, y lo sería aún más después, con las cosas que fui descubriendo de él.
Por lo pronto, de lo que dijo en ese momento, deduje que Bartolo se sentía muy solo no teniendo hermanos, ni más pequeños ni mayores. Bueno, creo que ya me había dado cuenta antes de que era por eso, precisamente, por lo que defendía a los críos chicos, más chicos que nosotros, con más ardor de protector que si fueran sus hermanos. Por eso había zagalillos que preferían acudir a él a quejarse de alguien antes que a sus verdaderos hermanos mayores.
Sin embargo, eso, que echara de menos no tener hermanos, se entendía. La que no me podía imaginar era la otra parte, que echara de menos a una hermana mayor; no ya a un hermano mayor —que tampoco, pero que tendría un pase, a lo mejor—, sino ¡a una hermana mayor! No sólo no lo entendía, sino que me convencí de que era un error, simplemente un error provocado por su falta de sufrir el caso.
La otra sorpresa que me llevé con aquello que me dijo ese día es que —¡quién se lo hubiera dicho a nuestros maestros!— sí que le importaba mucho que lo hubieran suspendido, también en septiembre, hasta el punto de tener que repetir. Yo creo que ese día me di cuenta de que Bartolo no había suspendido esta vez «por vago», como había quedado establecido desde nuestra más tierna infancia, sino porque no había sabido superar el retraso acumulado. Entonces y no antes, caí en la cuenta de que se había pasado meses diciéndome que su madre le iba a pegar si llegaba más tarde de las seis —salíamos a las cinco—, cuando eso, lo del reloj y lo de la paliza, o el pescozón como poco, habían pendido siempre sobre nosotros y jamás le había importado.
A nadie le había importado nunca menos los castigos, ya digo, que a Bartolo. Y conste que a él le tocaban los más duros. Pero era un valiente y un generoso a la hora de pagar con creces lo que hacía. (Yo tengo para mí que, si acabó en la cárcel, fue, en cierto modo, por la manera tan especial que tenía su madre, y los maestros, de pegarle, por un lado; y, por otro, por una especie de consecuencia de todo ello: su pérdida radical del miedo a cualquier clase de castigo).
También recordé de pronto, en aquel preciso momento, como en una revelación, que a veces había hecho los deberes. Mal, seguramente, pero los había hecho, porque en alguna ocasión me había preguntado, como el que no quiere la cosa, si la cuenta me daba esto o aquello…
—¿Qué te sale a ti, Pablo?
En ese momento en que se me vinieron a golpear las sienes sus palabras de meses atrás, un frío me recorrió la espalda y se me formó un nudo en la garganta, como de tener la culpa de lo que le había pasado por no haberme dado cuenta a tiempo de que una pregunta semejante, en Bartolo, era más increíble que un taco en la boca de la Virgen María.
Y ahora ya era demasiado tarde. Lo que le había pasado era exactamente lo peor que le puede pasar a un niño en toda su vida de niño: tener que repetir un curso. De haberme dado cuenta a tiempo, pensé, aunque fuera sólo una semana antes de los exámenes de septiembre, con lo bien que se le da a mi hermana explicar las cosas, seguramente Bartolo habría aprobado lo bastante para no tener que repetir. Y para eso no hacía falta que ella fuese su hermana; para esas cosas, mi hermana sí era buena y ella, a Bartolo, a su manera, desde lo alto del pedestal de ser la mayor, le tenía cariño. Por alguna misteriosa razón le caía bien, a veces pensaba que mejor que yo. Ella, como mi madre, nunca me dijo que no me juntara con él porque era muy malo (eso de las malas compañías era mi tío Rafael el que les decía a mis padres que no tenían más remedio que cortármelas). Y cuanto más pensaba lo fácil que hubiera sido que mi hermana le ayudase, más se me apretaba el nudo y hasta creo recordar que estuve a punto de llorar de la angustia que me entró.
Y ahora ya no tenía remedio. Ahora tenía que repetir. Ya sería para siempre un «repetidor». ¿De verdad se dan cuenta los maestros de lo que eso significa para un crío? No me lo creo o no se explica que lo permitan. Un siglo llegará en que estudiarán el caso de los repetidores como un ejemplo del salvajismo de una humanidad primitiva. Ser repetidor se convierte en una condena perpetua porque ya para siempre irás con un curso de retraso. Nunca más en la vida, por muy listo que seas luego, o por mucho que te apliques, te librarás de ser un repetidor. Nadie puede cambiar eso. Es cierto que después, en la universidad y de mayor, cuando una diferencia de un año no es nada, esas cosas dejan de importar, pero Bartolo no pasó de sexto, a los doce años y medio terminó su carrera, dejó la escuela, no se enteró de que podía llegar un momento en la vida en que SER repetidor dejaría de dolerle.
El curso siguiente estaríamos separados, otra consecuencia terrible de esa condición. Aunque ya hacía años que no nos dejaban sentarnos juntos porque decían que era como mezclar un ácido y una base (o algo así de la química que se me ha olvidado, eso que se sabe que explota siempre, vamos, y que da lugar a que te digan que sólo se le ocurre al que asó la manteca). Pero sería mucho peor: estaríamos separados de aula, de curso y de maestros.
Entonces mismo me propuse, con toda la solemnidad de que fui capaz, que Bartolo y yo no romperíamos los vínculos eternos y ensangrentados que habíamos establecido; decidí no echarme ningún mejor amigo de sexto; decidí que lo estaría esperando en la puerta de su clase cuando el maestro de ellos se entretuviera más que el nuestro, por mucha vergüenza que me diera que los demás me preguntasen y tener que decir que esperaba a uno de quinto.
* * *
Acabó siendo un chorizo de poco monta cuando se fue a trabajar por ahí arriba, al norte, no sé adónde; y un drogota. Casi estoy seguro de que primero se enganchó y después vino lo demás, porque odiaba a los niños que les quitaban cosas a otros niños. No los censuraba como yo o como los maestros, él los despreciaba de todo corazón, íntimamente, como quizá sólo pueda alguien que se sabe candidato a un destino semejante.
Pero este final lo cuento a disgusto porque me fastidia la parte lógica, de fácil suposición, de sociología de manual que puede tener para un extraño. Demasiado fácil el resumen de la vida y las motivaciones de Bartolo desde que éramos chicos hasta los treinta y cinco en que… es que no duró más: le pilló lo peor del sida, el principio, y murió en la cárcel de Jaén. Demasiado común el final. Y puede que toda la historia en general y hasta el personaje mismo de Bartolo, sí, puede, pero para la gente en general, no para mí que lo admiré y lo quise.
* * *
Íbamos muy a menudo a coger ranas a una charca que había por detrás de las últimas casas del pueblo, por la parte de la gasolinera. No era una charca natural que se alimentara de un riachuelo o arroyillo, formada en alguna poza del terreno y rodeada de verdes plantitas. En aquellos descampados ya no quedaba nada natural. Todo lo de allí eran puros montones de tierra de los destierros de las obras de las casas y de la explanada de la gasolinera, junto a puros montones de escombros de los desechos de la fábrica de tejas y ladrillos que se levantaba en la loma. Nosotros llamábamos a todo aquel lugar «los tejares» y, a la charca, «la charca roja» porque de lo que se alimentaba era de una especie de sudor que les entraba a los ladrillos apilados, que bajaba en un reguero, como una vena, hasta una hondonada que había vaciado una excavadora por alguna misteriosa razón (a veces, las excavadoras comen tierra de más, como si tuvieran vicio).
Y era grande la charca, o así se nos antojaba a los siete años, pero se abastecía sólo de aquel hilillo de agua densa y colorada y de los surcos que se formaban en la loma y que venían a morir en ella cuando llovía; llovía pocas veces, así que en verano estaba vacía. Lo normal era que, para mayo, ya no tuviera agua. Pero aquel año se ve que la primavera fue más húmeda porque la charca roja estaba, para cuando nos tocó hacer la comunión a Bartolo y a mí, bastante llena… de agua y de ranas y renacuajos.
Con lo que voy a contar ahora de la charca me pasa como con lo del nombre de Bartolo, que a veces me contengo y últimamente hace ya mucho que no lo hacía, contarlo, porque resulta increíble y yo me doy cuenta de que parece mentira, parece una anécdota inventada por alguien que quiere hacerse el gracioso en un bar. Lo que le pasó a Bartolo es verdad que no le pasa a nadie. Pero es verdad que le pasó. Y por muy gracioso que fuera, no deja de ser cierto que sucedió tal cual lo recuerdo.
Llevábamos varios días, quizá un par de semanas, detrás de una rana enorme a la que no sólo nosotros queríamos echarle mano y ponerle casa en un bote de mermelada: los de La Redonda la estaban pretendiendo también.
Durante la semana, con el colegio y con la catequesis de la primera comunión, salíamos tan tarde y llegábamos tan tarde a la charca, y nos tenían puesta una hora para ir a merendar tan fija, que no había manera de dedicarle el tiempo y la concentración, con su ataque programado en grupo (teníamos que ser tres como mínimo), que hacía falta para cazarla. Habíamos quedado, pues, en intentarlo el sábado por la mañana, con bastantes horas por medio antes de que tuviéramos que ir a casa a comer. Pero los de La Redonda, el Javi, el Manu y el Juli, se nos adelantaron. Cuando llegamos a la charca, ellos ya estaban allí. Y eso que Bartolo vivía muy cerca de los tejares, desde su patio se veía la fábrica; es más, un camino natural para llegar a la charca era ir por su calle, pasar por la puerta de su casa y seguir andando todo recto por el descampado hasta que te la encontrabas al fondo, después de andar un poco.
—Yo no los he visto pasar —me dijo Bartolo—, de verdad del señor, te lo juro. Si los hubiera visto, me habría venío p’acá corriendo y m’habría puesto yo en la charca antes que ellos.
—A lo mejor s’han venío por la gasolinera pa que no los viéramos —discurrí yo.
—¿Y qué hacemos? ¿Los echamos? —apuntó Bartolo.
No se podía hacer eso que proponía él, echarlos. Habría que haberse liado a guantazos, y sin tener razón, además. Ellos habían llegado antes y habían llegado antes y ya está, no se podía hacer nada. Aguantarse.
—No, déjalos. No importa. Además, seguro que no la pillan. Esos son cipotes perdíos.
—Podemos esperar a ver si se van y luego vamos nosotros —decía Bartolo, compungido y tratando de consolarme, como si fuera culpa suya no haberlos visto venir a la charca.
Pero a esto no hizo falta que le contestara porque semejante perspectiva no era real y él lo sabía. No se irían de allí en toda la mañana. A no ser que la cogieran, claro, en cuyo caso saldrían disparados hacia la plaza de los Caños para enseñársela a todos los demás. Era una rana de grande como no se había visto otra por allí.
—Cuando se vayan a su casa a comer, podemos venir —Bartolo no quería perder la esperanza.
—No, que mi madre m’ha dicho que no se me ocurra llegar tarde a comer.
—Pues venimos después de comer. Seguro que no la pillan. Ah, no —recordó de pronto—, yo esta tarde no puedo. Me toca la confesión.
Aquella iba a ser la primera confesión de su vida, y Bartolo no debería haber estado tan olvidadizo, pero es que Bartolo no era completamente como nosotros.
—¿Y no estás nervioso sabiendo que tienes que contarle a don Cristóbal los pecados? ¿No irás a contárselos todos, eh? —me preocupaba sobre todo uno de ellos, sobre el que ya habíamos negociado el silencio él y yo.
—No, descuida. Además, eso no es pecado; se lo pregunté a sor Josefina y eso no es pecado.
—¡Cómo que l’hag preguntao a Sor Josefina! ¡Serás…! —iba a decir tonto, como quien dice inocente, imprudente, y como quien se lo dice a cualquiera, pero lo pensé mejor y pude contenerme a tiempo, porque lo que no tenía era lógica que Bartolo, precisamente porque no era tonto, hubiera hecho eso—. ¡Anda ya! ¡No me lo creo, es mentira! ¿Cómo le vas tú a preguntar a sor Josefina eso con toas sus letras? No t’atreves.
—Es que no se lo pregunté contándole eso. Se lo pregunté con un ejemplo.
—¡Un ejemplo! ¿Qué ejemplo? —a mí se me iba enfriando la sangre desde el estómago hacia abajo, a la misma velocidad con que me iba temiendo lo peor.
—Que no, que bueno, que lo dejes, que no le dije na… —Bartolo reculaba porque se veía venir mi bronca.
—¿Qué, ejemplo, le, pusiste? —recalqué yo.
—Pues… Pero que no, Pablo, que no te preocupes, que ahora no m’acuerdo de las palabras, pero seguro que no se enteró de na, en serio que no, seguro que no, de na.
Ya había acoquinado la cabeza, como aceptando mi pescozón, cuando, de pronto, debió de encontrar un buen argumento para salir del atolladero, porque se le iluminó la cara y me lo soltó subiendo mucho la barbilla:
—Seguro que no se enteró, ¿no ves que me dijo que eso no era pecao? Y me redondeó la cabeza y to con la mano y me dijo «muy bien, está muy bien que me hagáis preguntas, así me gusta…».
Me quedé pensando que algo de lo que había dicho no cuadraba, algo no era lógico en todo aquello, pero no di con el qué y tampoco merecía la pena darle más vueltas, así que volví a lo de la rana:
—Aunque éstos no la cojan hoy, mañana tampoco podremos venir, claro, porque mañana… ¿Y no estás nervioso sabiendo que mañana haces la comunión, Bartolo? Mañana es ya mismo.
—No. No mucho. Bueno, un poco. Ya he visto el traje. Es de marinero, pero no está mal. Lo que me da rabia es que a ti y a mí no nos haya tocao hacerla juntos.
Todos los del pueblo hicimos la comunión en dos tandas, por riguroso orden alfabético de apellidos, a lo largo de dos domingos de mayo y, ciertamente, el apellido de Bartolo y el mío estaban muy alejados entre sí.
—A mí también me da rabia —dije—. Aunque, ahora que lo pienso, yo mañana no tengo que ir a misa todavía. Todavía no he hecho la comunión. Todavía no es obligatorio por muy domingo que sea.
Se me estaba pasando por la cabeza, pensando en la rana, la posibilidad de… Pero a Bartolo le cambió la cara.
—«Obligatorio-obligatorio», a lo mejor no, pero casi. Además, m’has prometío que ibas a ir, pa que yo te mire y no me dé cosa de estar allí yo solo, ¡me lo has prometío!
—Que sí, hombre, que sí que voy. Que era una broma. Además, sor Josefina nos ha dicho a los de nuestro grupo que no se nos ocurra faltar y que tenemos que estar mu pendientes, porque vuestra comunión v’a ser un ensayo pa la nuestra el domingo que viene.
Total que, entre que ese fin de semana hacía la comunión Bartolo y, al siguiente, yo, quedamos en que aplazábamos lo de la rana hasta que pudiera ser, sin fecha fija.
Pero al día siguiente, el domingo de la primera comunión de Bartolo, vino a mi casa el Sábat muy temprano, a eso de las nueve.
—Vámonos, Pablo, vámonos a la charca, que los de La Redonda no van hoy, que uno de ellos hace la primera comunión hoy.
—Ya, y Bartolo también, así que no podemos ir nosotros tampoco.
—Sí podemos un rato. A mí mi madre m’ha dicho que tengo que estar a las once pa que m’arregle; tenemos tiempo; díselo a tu madre a ver si te deja y nos vamos los dos, nos da tiempo de sobra de aquí a las once.
Le dije a mi madre que me iba con él un rato a hacer puntería con el tirachinas y mi madre me dejó. Pero hasta las once como muy tarde, me dijo, y que no se me ocurriera venir más tarde de esa hora con la cantinela de que no tenía reloj.
Lo de no tener reloj era, sí, una cantinela para conseguirlo que soltaba yo cada dos por tres. En aquella época te lo regalaban, si se podía, precisamente cuando hacías la primera comunión, pero había que estarlo pidiendo previamente durante mucho tiempo hasta que en tu casa te decían que ya tenían la cabeza como un bombo de oírte. Y otra cosa me advirtió:
—Si te vas por ahí y te encuentras con Bartolo o con su madre, ya sabes lo que te tengo dicho que le digas, ¿estamos?
—Que sí, que vale.
La cosa era que los niños de aquella época no íbamos al convite de la comunión que nos apetecía, sino al convite de la comunión que nos llevaban los padres. Medio pueblo hacía la comunión ese día y el otro medio al domingo siguiente, pero yo no podía ir al convite en la casa de Bartolo, porque «nosotros» teníamos que ir a la comunión del Tóbal, que ni era amigo mío ni nada, pero su padre era el capataz de las olivas de mi padre, y la madre del Tóbal, además, era la cuñada de mi tía Carmen, así que… Eso era lo que tenía que decirle yo a la madre de Bartolo si me invitaba a la comunión, aunque ya hacía mucho tiempo que me había invitado y ya hacía mucho tiempo que se lo había dicho:
—Es que nosotros tenemos que ir a la del Tóbal porque son medio familia nuestra y su padre nos trabaja, ¿sabe usted?
—Ya lo sé, nene, ya, si me lo imaginaba. Pero que le digas a tu madre que os he invitado y que por mí que no quede. Que sepáis que estáis invitados.
—Vale, yo se lo diré.
—Que no se te olvide, ¿eh?
(Y, por cierto, un inciso: con el paso del tiempo, siempre se me ha quedado a mí en la cabeza una sensación rara con respecto a mi madre y la madre de Bartolo. Nos tenían a los dos de correveidile entre ellas, pero de una manera distinta que con las demás madres. Por ejemplo, de haberse tratado de Inesita, la madre del Juli, o Rosi, la madre del Paco, la frase hubiera acabado de otra manera, así por ejemplo:
—Tú díselo, que no se te olvide, aunque ya se lo diré yo también cuando la vea.
En aquel entonces no creo que me diera cuenta del todo de que allí hubiera algo raro; pero un poco sí, algo sí debí de notar, sin duda, cuando se me ha quedado la sensación grabada.
Y es que era raro: si no se hablaban entre ellas —que no lo sé exactamente, pero…—, si no se hablaban, como parecía, ¿por qué, entonces, les preocupaba tanto a las dos, mucho, lo que una pudiera pensar de la otra? O, mejor dicho, afinando más: las dos se preocupaban especialmente de que una no pensara mal de la otra, no sólo como si temieran malas interpretaciones, sino como si supieran, sobre todo, que no podrían deshacerlas si se producían.
Y si le doy más vueltas, todavía sería capaz de encontrar más matices. Por ejemplo, guardo en la memoria la idea de que era mi madre la que se preocupaba más, más que la de Bartolo, o la que se preocupaba con más autoridad, o desde un escalón más alto, como se preocupa un maestro de que un alumno le entienda. Y esa idea viene en pareja, avalada por otra: la madre de Bartolo parecía muy histérica, muy susceptible, le pegaba a Bartolo por todo y perdía los nervios por nada; parecía más vulnerable que mi madre y bastante más malaleche.
Se podría haber zanjado este recuerdo pensando que lo que pasaba era que ellas se respetaban; que no se hablaban, no tenían relación, no eran amigas, pero que se respetaban y que, especialmente mi madre, sabiendo que la otra se picaba por cualquier cosa, procuraba evitarlo, simplemente. Podría, pero no. Porque el misterio de por qué no se hablaban nada de nada sigue sin tener explicación y el misterio de por qué se preocupaba tanto mi madre de lo que pudiera pensar una mujer con los nervios de punta, tampoco. De acuerdo que preocuparse por lo que pueda pensar y decir una mujer inestable era lógico, y hasta prudente en un pueblo, pero mi madre, insisto, se preocupaba de más; y yo diría que se preocupaba con cariño. Me parece a mí, insistiendo en buscar sutilezas, que se preocupaba más por cariño sincero que por temor. Y así vuelve a aparecer aquí, por tanto, la sombra de no saber por qué, a pesar de ese cariño o lo que fuera, no se hablaban ni siquiera lo poco que es normal o inevitable en un pueblo. De manera que el misterio vuelve a cerrase sobre sí mismo como si fuera redondo. Y continúa).
El Sábat y yo emprendimos aquella mañana el camino hacia la charca roja, el camino que pasaba por delante de la puerta de la casa de Bartolo.
Ese día Bartolo, por su parte, desde que se levantó —según nos contamos después esta misma historia cien veces el uno al otro—, y se levantó muy temprano, a las siete, estuvo calentándole la cabeza a su madre con el traje de la comunión y el «vísteme, ya, máma, vísteme».
—Que no, chiquillo, que no, cómo te voy a vestir tan temprano…
—¿Y por qué no?
—Pues porque no, porque es muy temprano para vestirte.
—¿Por qué?
—Porque te puedes ensuciar y no me faltaba a mí na más que eso, que fueras con el traje de la comunión lleno de lámparas.
—Yo tendré cuidao.
—¿Cuidao? Mira cómo te pones el pijama pa desayunar, mira, mira esto… ¡Cuidao, dice!
—Bueno, pues me vistes después de desayunar.
El chiquillo veía su traje de marinero colgado de una percha que colgaba a su vez del remate alto del armario ropero de su madre, por fuera del armario, protegido por un plastiquillo finísimo, que hacía frufrú cuando se lo rozaba, y se desesperaba y salía a la cocina y miraba el reloj despertador de la repisa y volvía a entrar en el dormitorio para ver el traje y volvía a salir a la cocina y a desesperarse.
—Ya he desayunao, máma, ya me lo puedes poner que seguro que no me mancho.
—La misa no es hasta las doce; con que empiece a vestirte a las once, tenemos tiempo de sobra.
—¡A las once!
—A las once, sí, a las once. Cuanto menos tiempo medie, más seguros estaremos de que llegas limpio a la iglesia.
—Pero, máma, si me vistes tan tarde, no voy a disfrutar del traje ni una mijilla. Pa un día que uno se lo pone no se pued…
—Mira, que no me des la murga, que no te lo voy a poner. Y tampoco pienso ponerte la muda nueva hasta que no hayas meao lo menos tres o cuatro veces, con que fíjate tú.
Y Bartolo salía al patio y entraba y se enrollaba en el dedo una de las ristras de la cortina de canutos de plástico de la puerta que daba al patio y su madre le decía que se estuviera quieto con la cortina, que ya le faltaban un montón de canutillos a cada ristra. Y dejaba la cortina y entraba al dormitorio de su madre y miraba el traje de marinero y salía a la cocina otra vez y le decía:
—Pero, máma, ¿a ti qué más te da vestirme? Si yo me estoy quieto donde tú me digas y no me muevo y no me mancho, a ti que más te da.
—Sí me da, sí, claro que me da; me da que sé que cualquier rozón te deja rastro; cualquier restregón con cualquier cosa, y ya la tenemos.
Pero tanto insistió el zagalillo, tanta ilusión le hacía, tan honestamente convencido le juraba a su madre que ni se iba a mover de la salita, primero, y luego del escalón de la puerta de la calle, porque lo que quería era salir y estarse allí y que lo vieran vestido los que pasaran…, que su madre acabó cediendo y lo vistió de blanco de arriba abajo a eso de las nueve de la mañana.
—Ni se te ocurra moverte del escalón pa fuera, ¿estamos?, ni moverte de la puerta. Y no se te ocurra sentarte, Bartolo, por el amor de dios, que me da algo, eh. No se te ocurra entrar en la cocina. Te quedas aquí, ¿me oyes? Sobre todo no se te ocurra entrar en la cocina, que estoy terminando de preparar las bandejas y como te eches una mancha encima te mato. No es que no hagas la comunión, es que te mato, ¿me oyes?
—Que no, máma, que no me muevo. Aquí me quedo, ¿ves?, y’astá.
Y seguro que se quedó en el escalón de la puerta de su casa, de pie, radicalmente entregado al cumplimiento de no moverse con tal de no estropear su traje. De pie, como un angelito de escayola, sin movimiento de brazos siquiera por no arrugar el codo del blusón. Seguro que sí; que Bartolo era muy especial cuando se tomaba algo en serio: se tomaba al pie de la letra las cosas que le parecían importantes y las cumplía más a rajatabla que nadie que haya conocido yo después. Como lo del parche…
* * *
Una de las veces que lo llevaron al oculista a Úbeda, un año antes de que hiciéramos la comunión, volvió con un parche en el ojo. En el ojo no, en uno de los cristales de las gafas, el cristal de su ojo bizco. Desgraciadamente, al ser en las gafas el parche y no en el ojo, y al ser éste, en realidad, no propiamente un parche, sino una especie de ventosa que se autosostenía, y no negra o de tela, sino de plástico y de un horrible color carne, Bartolo no se parecía en absoluto a un maravilloso pirata, sino más bien a una de esas muñecas pelonas y tuertas que aparecen en las películas de miedo o en los estercoleros.
El médico le dijo… (según me contó, se lo dijo a él directamente, no a su madre, que estaba delante allí de pie, sino a él directamente, agachándose un poco porque era un señor muy alto, y poniéndole las dos manos encima de los hombros, le dijo…) que, si quería que se le arreglara el ojo torcido, tenía que llevar ese parche siempre, lo que se dice siempre, sin quitárselo nunca jamás, sólo cuando se quitara las gafas para dormir. Le explicó que el parche era para que no mirara nunca por el ojo que le estaban tapando y que era importantísimo que no mirara por ese ojo nunca; pero ni una sola vez siquiera. Ni siquiera un momento para buscar algo que se le hubiera caído al suelo. Ese ejemplo tan claro le puso y así de claro lo entendió Bartolo, y se dedicó a cumplir aquella orden con un celo del que sólo alguien como Bartolo era capaz. Y eso que el oculista no imaginó, seguramente, ni la mitad de la larga lista de consecuencias que le trajo a Bartolo, en su vida cotidiana, una prescripción así.
En cuanto Bartolo comprobó que, con un solo ojo, si apuntaba con el tirachinas a un canalón, le daba en realidad a una puerta de portal, cogió su caja de Tortas Imperiales El Almedro que tenía escondida en las cámaras de su casa, debajo de un celemín antiguo —lleno, ahora, de un montón de minitrastos aburridos del uso—, le enrolló las gomas en la horquilla y lo guardó dentro como si lo guardara para siempre. Recuerdo bien la escena porque tuvo algo de solemnidad fúnebre y porque me dio una de esas explicaciones suyas que consistía en ahorrárselas todas:
—Hoy m’ha pasao con el canalón y eso no m’importa, porque darle a una puerta no es una desgracia. Pero ¿y si nos encontramos con uno de los de La Redonda y me pico yo en querer arrearle un chinazo en la pierna? A saber adónde me se desviaría el tiro. Es mejor pa mí que no lo lleve a mano mientras tenga el parche.
Y, así, Bartolo guardó el tirachinas (por prudencia, aunque pareciese mentira en él) como los pistoleros de renombre deciden un día desabrocharse la cartuchera: haciendo más gasto de valentía en ese gesto que en el de amartillar el percutor.
Y tengo que decir que Bartolo, desde mucho antes de lo del parche, no se peleaba ya nunca con las gafas puestas. Había aprendido, a fuerza de golpes y roturas, a quitárselas y dejarlas en el suelo, donde le pillara, cuando entrábamos en pelea cuerpo a cuerpo. Veías a Bartolo enclavijar los dientes para soltar un «mecagoen», mientras se echaba mano a las gafas y las ponía a salvo, como le había suplicado su madre que hiciera. Ese gesto suyo de proteger unas gafas que a su madre le hubiera sido imposible remendar una sola vez más, se convirtió, ya que no daba avisos, en la única oportunidad de huida que tenía cualquiera ante él. En ese punto, la mayoría de los chiquillos, sabiendo la granizada de puñetazos y patadas que se les iba a venir encima justo a continuación, salían a escape, sin esperar a ver si era justa la fama que tenía Bartolo de no haber quien pudiera con él. Ellos se iban y el único esfuerzo que tenía que hacer Bartolo era volver a ponerse las gafas.
Bien, pues una tarde, a Bartolo hacía poco que le habían puesto el parche, cuando íbamos andando por La Callejuela, se nos vinieron de frente los de La Redonda. Los tres de siempre: el Javi, el Manu y el Juli. Llevaban un tiempo diciendo por ahí a todo el que ellos pensaban que debía oírlo que nadie podía pasar por La Callejuela para ir a ninguna parte; sólo ellos podían pasar por La Callejuela.
—Pues mi madre tira siempre por La Callejuela p’atajar, cuando vamos ase mi tía… —se quejaba, con razón, uno de los que necesitaba conocer muy bien la orden porque pensaba cumplirla a pies juntillas.
—Con los mayores sí se puede pasar. Lo que no se puede es pasar solos, ¿queda claro? A ninguna hora del día.
Bartolo no cumplía nunca ni los mínimos que le imponían su madre o los maestros, así que menos iba a cumplir lo que le impusieran tres idiotas como aquéllos. Sólo dijo, con su habitual ausencia de explicaciones:
—Ni borrachos se creen ésos que se van a quedar con todos los tacos.
Y es que los de La Redonda eran malos, muy malos, y nuestros enemigos naturales, pero eran chiquillos reales, paridos por una mujer, de carne y hueso, yo los conocí, existieron. No eran pandilleros de cine, que prohíben por prohibir, sin razones, sin motivos, como animales inventados que marcan territorios de ficción. Así que, si los de La Redonda querían quedarse con La Callejuela, era por algo y nosotros sabíamos perfectamente por qué: porque en La Callejuela estaba la carpintería del Adrián, y en la puerta de la carpintería había un cajón en el que Adrián tiraba los trozos de madera que le sobraban para que los cogiese quien quisiera. Sobre todo nosotros, los niños. Las personas mayores no querían desperdicios, mientras que, para nosotros, aquellos retales eran tesoros. Con el tiempo he llegado a estar seguro de que aquel viejecillo de ilustración de cuento, con su noble encorvadura y sus pelijas blancas, sus gafillas en la punta de la nariz llenas de serrín (ahora mismo estoy viendo cómo se las quitaba y les soplaba con fuerza y ahora mismo estoy entendiendo que esa foto suya soplando las gafas, la más clara que guardo, es así precisamente por el serrín, porque no podía limpiarlas con un pañuelo como todo el mundo… ¡Qué explicaciones tan tardías, tan sorprendentes, nos regala de pronto la memoria! Acabo de emocionarme recordando a aquel agüelete, sí, de verdad. Era una bellísima persona), el señor Adrián, digo, dejaba allí los recortes especialmente para nosotros, como un regalo. Estoy seguro. Nunca nos miraba mal cuando entrábamos a preguntarle cualquier tontería y, aunque no era ni mucho menos un meloso del tipo de don Cristóbal, el cura, más de una vez se había ofrecido a rematar con alguna de sus herramientas cualquier artilugio fabricado por nosotros sólo con la navaja, ésa que todos teníamos, la misma que no nos dejaban tener. Él no decía más que:
—Anda, trae p’acá, que no hacéis nada en condiciones… —y se ponía a trabajar sobre lo nuestro como si fuera cosa suya.
Cuando terminaba, nos lo alargaba diciendo:
—Bueno, mira a ver si no está mejor así.
En fin, a lo que iba, que Bartolo y yo embocamos aquella vez La Callejuela y, a medio camino, ya se nos venían de frente, y a lo ancho, para hacer más bulto, como los indios cuando asoman por la cresta de una colina (que lo de la fila india se entiende mal, porque los indios hacían toda clase de filas, según les convenía a ellos…) se nos venían de frente, digo, los tres de La Redonda. Y Bartolo, nada más verlos, dijo:
—Venga, Pablo, vámonos por el otro lao.
Yo no me podía creer lo que había dicho. Tan imposible me parecía haber oído bien, que no lo oí en realidad, y, como un mecanismo programado, había seguido andando todavía unos pasos más, sin darme cuenta de que ya no llevaba a Bartolo a mi lado.
Y hasta que no giré la cabeza para decirle «Sí, pero a mí déjame al Manu, que le tengo ganas», no vi que se había quedado atrás.
—¿Qué pasa? —le pregunté, más aterrorizado de lo que estaba en realidad.
—Nada, que no quiero pelearme.
Pero no tuvimos tiempo de hablar más porque el siguiente «¿Qué pasa?», lo dijeron ellos, los otros, chuleándose.
—¿No sabéis que por aquí no se puede pasar?
—Porque tú lo digas no se va a poder —dije yo.
—Porque lo decimos nosotros, sí. —¿Ah, sí…?
Y un segundo después, había por allí un amasijo de tres de La Redonda y un luchador solitario; solitario y no muy alto como yo. Eran tres contra mí y me llevé patadas, pellizcos, puñetazos y hasta bocados… un desgarro de babi en el bolsillo y un calcetín sucio para siempre porque, con la fuerza de una patada de defensa que di al aire, se me había salido uno de los Bonanza; y esto por culpa de mi madre, que nos los compraba «crecederos» (los bonanza eran más baratos que los Gorila y eran casi iguales, según nos decían para conformarnos, aunque no traían una pelota de regalo en la caja con la que poder jugar bien al frontón; supongo que es de agradecer, a mi madre sobre todo, pero en su parcela también a Dora, que nos educaran como si fuéramos casi igual de pobres que los demás; mi padre era distinto; mi padre siempre estaba queriendo que nos vistieran de modo que dábamos risa); el caso es que tuve que terminar la pelea descalzo de un pie y sin fuerza en esa puntera.
Yo creo que si pudieron emplearse más conmigo, no fue sólo porque eran mayoría, sino también porque yo estaba muy mermado por la pura sorpresa de ver a Bartolo quieto. Y se cebaban en mí y no iban a por él porque Bartolo no había hecho por dónde ir a por ellos.
Y lo curioso es que estaba quieto, pero no mudo, porque, lejos de poner paz, no había parado de gritar desde que empezaron a pegarme:
—Dale, Pablo, dale, cierra la mano; así no, así no, por debajo, nene, no seas cipote, por debajo. Venga, dale. Dale por debajo. Así sí, venga. Buena ésa.
De no conocer a Bartolo, se diría que la suya era la actitud de un cobarde perfecto: incitar con la lengua a la pelea y mantenerse al margen de ella:
—… dale, dale por debajo; ¡y no te caigas!; ahí, ahí, tírale con el pie a la barriga…
Yo no salía de mi asombro. Más parecía mi entrenador que mi amigo:
—… venga, dale, ¡toma ya!; cuidao con ése, cuidao con ése… Eh, tú, eso no vale, no lo agarres que está solo, suéltalo, así no vale, que lo sueltes, que no lo agarres que está solo… ¡Que no lo agarres te digo! ¡Que, no, lo, agarres! ¡¡Mecogoen!!
Y al fin, sí, como si fuera una película en la que el bueno tiene que llegar a caballo desde lejísimos y descabalgar de un salto, al fin llegó aquel «mecagoen» de Bartolo y su quitarse las gafas y dejarlas en el suelo.
Aunque se las quitó de una forma muy rara, muy lenta para mi gusto teniendo en cuenta la somanta de palos que me estaba cayendo a mí: primero se las retiró un poco de la cara forzando la goma, luego metió la mano por entre el cristal del parche y el ojo en el que tenía que llevarlo y, tapándose ese ojo con una mano, terminó de sacarse las gafas con la otra, las dejó en el suelo a un lado, y sólo después se lio a pelear como el Bartolo que era, pero con la única mano que le quedaba libre.
Es decir, que se quitó las gafas que llevaban el parche incorporado, sí, exactamente como le tenía dicho su madre y como tenía ya por costumbre para no romperlas; pero se tapó el ojo bizco con la mano casi antes de terminar de quitárselas, para no ver por ese ojo ni un segundo, tan escrupulosamente como le había dicho el médico; y, al fin, por fin, se vino contra aquéllos como una exhalación, encendido de rabia, más furioso que nunca. Con una mano se tapaba el ojo y con la otra soltaba golpes como un molino de viento, bum, bum, que no te recuperabas de uno cuando ya tenías encima el otro, toma, que hasta se levantó viento de lo deprisa que los daba. Aquello fue lo nunca visto. Dos para tres (uno y medio, más bien, y el medio no era él con su única mano, sino yo, porque a mí ya me habían breao) y resultó que los de La Redonda salieron chispados de allí. Bartolo daba más hostias, con una sola mano y sin descomponerse, de las que hubiera dado el dios hindú ése que tiene un montón de brazos.
Cuando todo terminó, Bartolo se giró en redondo sobre sí mismo, mirando al suelo con un solo ojo, una vez hacia la derecha, y otra hacia la izquierda y me dijo, pero sin quitarse la mano del ojo ni un momento siquiera:
—Mira a ver si ves mis gafas, Pablo, que no las veo.
—Aquí están, toma —se las di y las cogió con su mano libre, pero pareció que no sabía qué hacer con ellas.
—¿Puedes tú pasarme la goma por detrás de la cabeza? Es que yo, así, con una mano sola, no puedo —hasta este extremo llevó su cuidado en no tener destapado el ojo ni un instante.
En adelante, y una vez que Bartolo se aprendió el método de taparse el ojo con la mano, peleó manco y volvió a ser, mermado y todo, el mismo de siempre. Ésa es una de las imágenes suyas que mejor recuerdo. Lo veo siempre con una mano en su ojo y la otra volando a los ojos ajenos, repartiendo leña en redondo a toda velocidad. Parecía un compás con el centro de gravedad en mitad de la cara. Y ponerse en su circunferencia tenía más peligro que ponerse en la de una atracción de feria.
Es una visión tan divertida, tan graciosa y entrañable para mí, a ratos, como triste en otros momentos. A veces me duele aquel Bartolo tan puro, tan cumplidor… Lo siento como un escozor al fondo de no sé qué herida, que no termino de localizarme.
Porque, igual que no se me habría de ocurrir, no a tiempo, que a Bartolo le importara tanto suspender en la escuela y ser un repetidor (porque yo lo creía por encima de todo lo que pudiera sucederle en la vida), no se me había ocurrido tampoco pensar (hasta ese momento en que me pidió que le colocara yo las gafas) que a Bartolo le doliera verdaderamente lo de ser bizco.
* * *
Total, a lo que iba, que seguro que Bartolo, si así le había dicho a su madre que lo haría, se quedó aquella mañana de domingo de pie en el escalón de la puerta de su casa, dispuesto a no respirar con tal de proteger el traje de su primera comunión. Y aquella mañana el Sábat y yo doblamos por el estanco de la coja para entrar en la calle de Bartolo, sin que yo hubiera resuelto todavía cómo decirle a Bartolo que habíamos decidido ir a cazar la rana el poco rato que teníamos libre, aunque no viniera él. Mi esperanza era que pasáramos frente a su puerta sin que nos viera.
Bartolo, por lo general, no se cogía pelusas raras porque yo hiciera cosas sin él. Eso era cierto, por una parte. Pero, por la otra, lo de aquella rana era un asunto de los dos. Hasta le habíamos puesto nombre, La Cebollona, para que los demás chiquillos no supieran cuándo hablábamos de ella. El Sábat no era nada nuestro y se había añadido hacía poco, además, a última hora.
Hacía poco, efectivamente, cierta tarde, se podría decir que le habíamos dejado intervenir en el asunto de La Cebollona, pero como un secundario con un papel mínimo. Y si le dejamos fue porque vino él solo, comiéndose el bocadillo, y se plantó allí, en la charca, y no dijo nada más que hola y se quedó callado mirándonos. No nos preguntó qué hacíamos, porque eso estaba claro, y tampoco nos preguntó si podía participar, porque estaba claro que no. O sea que, en el fondo, si le dejamos fue mucho más porque nos dio pena verlo allí que porque necesitáramos, que puede que sí, a un tercero que tapara la escapatoria por el flanco de arriba de la charca.
Y es que, por ese lado, la charca era más profunda, por la parte donde la excavadora hincó las uñas. Más honda y sin orillas: la pared entraba vertical en el agua, como un acantilado. Como un acantilado de poco más de cincuenta centímetros, pero los suficientes, con nuestra altura, para que el agua nos llegase a la cintura y ya no fuera posible meterse por allí como por los otros tres lados: simplemente quitándonos los zapatos y enrollándonos los pantalones.
Y si le dejamos fue porque sabíamos que, de todas formas, el Sábat, colocado en ese punto, nunca podría ser el cazador. Con toda seguridad que no. Eso lo sabíamos los dos cuando le permitimos ponerse allí. Lo único que le dejamos hacer, de hecho, fue eso, ponerse allí, de pie, fuera del agua, y mover mucho los brazos, para que la rana se asustara y no emprendiera la huida hacia ese lado. El Sábat moviendo los brazos mucho y Bartolo y yo quietos como estatuas con los pies dentro de la charca hasta las pantorrillas. La rana sería solo para su tarro o para el mío.
Quince o veinte metros antes de llegar a su casa, se me escapó una exclamación «¡Bartolo!», que no pude evitar que me saliera casi chillada, como a una mujer puesta en jarras para rencillarle a un chiquillo. Y es que resplandecía de tan blanco que estaba. Yo nunca lo había visto de aquel color, el anticolor de los colores masculinos; el contrario radical de los colores sufridos que, por machos y por zagales, habíamos llevado nosotros toda la vida. Más que resplandecer, brillaba; y casi brillaba más él, a la sombra, que el sol en la acera de enfrente. Blanco como los niños santos de las estampas. Blanco como los niños de las fotos en brazos de su madre.
—Jo, nene, qué bien que estás así —me salió del alma decirle. Él bajó la cabeza.
—A mí m’habría gustao más que fuera de príncipe, pero de marinero no’stá mal.
—Veníamog a decirte que a ver si te venías a la charca, como todavía queda mucho tiempo pa la comunión… Pero, claro, ya no, ya que estás vestío… —le dije yo, de pasada, y lo antes que pude.
—Sí, es que hay que vestirse más temprano de lo normal porque dice mi madre que se tarda mucho en ponerte derechas toas las cosas que hay que llevar.
Tampoco había visto nunca a Bartolo tan contento con algo que le estuviera pasando. Cuando estaba contento, era por cosas que se imaginaba él o por cosas que planeábamos hacer entre los dos. No se me habría pasado por la cabeza pensar que le apeteciera tanto lo de su primera comunión. Yo no dejaba de mirarlo, así que me empujó y me dijo:
—Venga ya, no me mires; no te burles.
—No me burlo. Estás mu bien, Bartolo, en serio.
—A lo mejor de príncipe hubiera estao mejor, pero…
—De eso nada. ¿Sabes quién v’a ir de príncipe? El Pipichirri, el hijo de don Fernando Torres. —¿Sí?
—¿Te imaginas al Pipichirri vestío de cordones doraos? ¿No me digas que t’hubiera gustao ir como él?
—No, eso no, claro. No, si yo no digo na, si a lo mejor es mejor ir de marinero… Además, casi tol mundo va ir o de marinero o de fraile y a mí de fraile sí que no me gustaba na de na.
Aquí se hizo un silencio, el suficiente para que Bartolo, que seguramente no había caído en la cuenta, se percatara al fin de la razón por la que estábamos allí. Miró al Sábat y luego me miró a mí y yo noté que me miraba como si me preguntase, así que le respondí.
—Ea, es que éste ha venío a mi casa a decime que si vamos ahora a la charca no v’a haber nadie. Yo pensaba que te ibas a venir tú también —le mentí.
—No puedo… —le faltó añadir «y tú lo sabes», pero no hizo falta porque yo lo oí de todas formas.
—Falta mucho pa la misa —dije, por decir algo.
—No falta tanto.
—Nos da tiempo de sobra si te quieres venir.
—No puedo, ya estoy vestío.
—Pero falta mucho. ¿No te puedes quitar el traje y te lo pones luego?
—Mi madre no me deja que me lo quite —siguió él todavía un poco más—. Y mi madre m’ha dicho que no me mueva de la puerta —añadió con la última gota de comedimiento que le quedaba. Hasta que se le acabó la paciencia y saltó—: ¡¿pero es que no podemos ir tú y yo solos otro día o qué?!
Y yo me sentí mal.
—Vale: pues no vamos nadie —decidí—. Ya l’he dicho yo a éste que, si tú no venías, no iba yo tampoco.
El Sábat se rebeló. Le parecía injusto que yo me echara ahora para atrás:
—Tú no m’ hag dicho eso. Tú m’ hag dicho que íbamos a cogela los dos si Bartolo no podía.
—T’he dicho qu’a lo mejor. Qu’a lo mejor. No t’he dicho que fuera que sí seguro. T’he dicho que se lo iba a preguntar a él. Además, ¿tú eg que no te enteras que dos solos no se puede? Hay que ser tres porque hace falta uno que se ponga en lo alto pa que la rana no se vaya pa lo hondo, que siempre se va p’allá y por eso se nos escapa siempre a Bartolo y a mí.
—Bueno, ¿y entoces qu’hacemos? —dijo el Sábat, cruzándose de brazos con ostentación—. ¿Pa eso he ve-nío yo? ¿Pa na? —y bufó y todo; pero yo sabía que no podía enfadarse más allá de este punto de ligera indignación porque él era el nuevo, el aspirante, el eterno opositor a amigo nuestro. Aparte que a mí me hubiera importado un bledo que se enfadara. Casi mejor, porque era un plasta de los que no te quitas de encima ni con agua caliente.
En éstas estábamos, cuando Bartolo se puso la mano en la frente y miró a lo lejos, más allá de la gasolinera, al pequeño terraplén del otro lado de la carretera. Y avisó:
—Por allí vienen los otros.
El Sábat miró y yo miré y los vimos también.
—¿Y ahora qu’hacemos? —me desesperé yo—. Ésos vienen a llevásela. Ea, claro, como sabían que nosotros hoy, con lo de tu comunión, no íbamos a poder ir, pues…
Entonces, Bartolo, que sabía que la situación era grave, en una décima de segundo, tomó tres decisiones:
—Vámonos p’allá, tenemos que pillar la charca —esto lo dijo con cierta tranquilidad, porque estábamos al lado y era seguro que llegaríamos antes que los otros, pero lo dijo de camino ya, yéndose el primero hacia allí, con mucha autoridad y esperándonos tres pasos por delante.
El Sábat y yo lo seguimos, pero por inercia, sin haber reaccionado todavía en realidad.
—Me voy con vosotros porque ellos vienen cuatro —siguió diciendo—. Pero yo me quedo en la parte de arriba, porque no me puedo manchar los zapatos con el barrillo de la orilla, ¿vale? —y continuó dirigiendo la operación mientras íbamos hacia los tejares y la charca—. El Sábat y tú metéis los pies en el agua, pa que vean que tenemos pillá la charca, pero ya’stá. Ni se caza ni na. Na más que pa que vean que la tenemos pillá y se vayan. No vale cazar, ¿eh? Nos ponemos allí pa que nos vean que la tenemos nosotros, y nos quedamos un poco hasta que se vayan, pero después nos volvemos nosotros también. En cuanto se vayan ellos, ¿vale?, que mi madre me mata si sale y no me ve en la puerta. L’he prometío que no m’iba a mover de la puerta… ¿Vale? —hizo una pausa mínima—. ¿Vale o no vale?
—Que sí, que vale —dije yo—. Pero tú no te preocupes tanto, que tenemos cuidao y no pasa na, ya lo verás.
A Bartolo debió de parecerle, por mi tono, que no me daba cuenta de lo seria que era su advertencia, así que me adelantó un paso y se me plantó delante, para que me parara y lo mirase.
—Oye, Pablo, que yo na más que voy con la condición de que no hagamos na y que nos volvamos enseguida pa que mi madre no vea que m’he ido. Con esa condición na más voy. Si no, no voy. Si vamos a empezar con tonterías, me quedo y ya’stá.
—Que sí, que vale, que nos volvemos en cuanto ésos se vayan. Que sí.
Con esto, Bartolo se quedó algo más tranquilo y pudimos seguir andando.
Ya se veía el destello de la charca. Seguimos andando en silencio un trecho, hasta que yo decidí que tenía que decir algo, lo que fuera, para borrar de la cara de Bartolo una expresión muy rara, que yo atribuí a que no podía olvidar el amago de traición que le había hecho:
—¿Has visto como sí que hacía falta que viniéramos a pillar la charca? Ya sabía yo que ésos iban a venir, y sería mu mala suerte que, pa un día que no podemos venir nosotros, pa un día na más, vengan ellos y se la lleven ellos.
—Ea, eso l’he dicho yo al Pablo —añadió el Sábat.
Y ojalá se hubiera callado, porque fue peor. Sonó como si formáramos piña él y yo, y a mí aquel ayuntamiento me pareció tan indeseable, que le empujé, para apartarlo de mí físicamente. Él se quejó:
—¿Qué pasa, qué’dicho?
Porque además de tonto, era machacón el muchacho. Respondón y algo taimadillo también. Una alegría de nene, el Sábat, sí. Siempre limpio y siempre dispuesto a dar lástima; pero, en cuanto ocupaba un hueco, a fuerza de meterse y meterse y meterse, royendo y royendo, en cuanto se hacía un sitio, no lo dejaba ni a empujones.
Mientras andábamos, yo aprovechaba para mirar a Bartolo de reojo. De reojo porque lo espiaba preocupado por lo que podía estar pensando de mí. Pero también lo miraba porque estaba impresionado por su magnífico aspecto… y tenía que ser de reojo porque él no me hubiera dejado admirarlo tranquilamente de frente. Andaba más derecho que nunca, quizá por no arrugar el traje, ciertamente; y parecía más alto. Y la solapa ésa grande que llevan por la espalda los trajes de marinero, tan planchada y recta, le quitaba mucha de la joroba falsa que se nos formaba a todos simplemente por mirar el mundo como lo mirábamos de chicos a esa edad: medio a escondidas siempre; siempre temiendo, como los atrincherados, levantar de más la cabeza y llevarnos un pescozón. Y la blancura… recuerdo especialmente lo luminoso que iba, tan blanco todo él, de los pies a la cabeza.
Cuando se acabó el pavimento y nuestros zapatos entraron en el descampado, Bartolo procuraba que los suyos (inimaginablemente blancos también, con una suela fina como los recortes con los que habíamos ensayado el sacado de lengua para recibir el cuerpo de Cristo) no fueran a caer nunca en blando. Bajo nuestros pies, el camino tenía zonas más húmedas que otras, tenía crestas solidificadas que fueron en invierno gachulete de magma, y tenía valles con brotes de hierba recién nacida; tenía baches, todavía con su recuerdo de agua, y tenía calvas secas y bien compactadas. No creo que Bartolo fuera precisamente un especialista en esquivar pringues; apenas tenía experiencia, así que, esta nueva manera de andar, sorteando problemas, le exigía una dedicación concienzuda. No levantaba cabeza. Teníamos una relativa ventaja para llegar a tiempo a la charca, no hacía falta que corriéramos ni mucho menos, pero Bartolo se retrasaba. Yo paré un par de veces para esperarlo.
Se ve que, en algún momento, Bartolo debió de pensar que el mejor modo de transitar por allí, con cuidado pero con más agilidad, salvando el barro pero sin tener que reflexionar sobre cada paso de uno en uno, era, claramente, buscar que la suela fuera a caer en hierba, que estaba tan baja como si fuera césped. Se fue por la hierba y así pudo darse más prisa y mirar al frente de vez en cuando.
Mirábamos al horizonte, en la parte en que éste se quebraba en un talud. Los dos soportábamos en la boca del estómago la posibilidad de que los otros, a los que habíamos perdido de vista cuando terminaron de bajar el terraplén para cruzar la carretera, aparecieran de pronto por el borde de la duna, como los moros en el desierto. Podía ser, sí, cabía esa posibilidad si ellos, a su vez, nos hubieran visto y hubieran echado a correr con toda su alma en la zona ciega donde no los veíamos. Tendrían que haber corrido mucho, eso sí, para que aparecieran ya, ahora mismo, por allí al fondo, mucho, mucho, pero podía ser, imposible no era. A Bartolo no había que explicarle la situación: Bartolo aceleró el paso; la hierba le había dado esa falsa confianza que nos dio a todos un día, antes de que la vida nos enseñara que el rocío la moja y que la hierba mojada acaba calando los zapatos finos y que los zapatos finos calados pueden llegar a teñirse un poco del mismo verde que van pisando; sobre todo si los zapatos finos son blancos.
Llegamos a la charca. Yo me puse a la derecha, el Sábat, a la izquierda, y Bartolo se puso en el centro de la parte honda, arriba, como había dicho. Era nuestra. Guardamos silencio un poco, sin dejar de mirar el sitio por el que podía asomar el enemigo, hasta que Bartolo reaccionó de nuevo en primer lugar:
—Venga, quitaros los zapatos y meteros dentro, no vaya a ser que vengan diciendo que han llegao a la misma vez que nosotros.
Él se quedó mirando de guardia mientras nosotros nos quitamos lo más deprisa que pudimos los zapatos de cordones y los calcetines. Nos decía «venga, venga» sin apartar la vista del peligro. Y la primera vez que volvió los ojos hacia mí, me chilló:
—¡Pero Pablo…! ¿Qué haces colocando los zapatos? ¡Date prisa!
Y tenía razón en que, para aquel entonces, ya no me hacía falta hacerlo, pero yo he mantenido siempre, hasta hoy, como una costumbre, lo que empezó siendo un truco de cuando ninguno sabíamos distinguir el pie derecho del pie izquierdo: dejaba los zapatos tal como los traía puestos, bien colocados, con las punteras mirando hacia la charca, por ejemplo, de modo que luego, cuando volviera a ponérmelos, no me confundiera de pie; evitábamos que el ir mal calzados nos delatara y nos cayera la regañina.
Otra cosa vital era no invertir los adentros y las afueras de los calcetines.
El Sábat llevaba pantalón corto, pero, yo, largo. O sea, que todavía me quedaba remangarme las perneras hasta casi las ingles; la charca no era tan profunda, pero convenía subir el pantalón al máximo porque solía desenroscarse poco a poco y, sin uno darse cuenta, acabar de nuevo en los tobillos y mojado. Y había que hacer los dobleces bien por lo mismo, uno sobre otro, no valía deslizar el pantalón pierna arriba como la tripa de los chorizos en el aparato de embutir.
—¡Venga, Pablo, con los remilgos, hombre! ¿Quieres acabar ya? —me insistía Bartolo.
—¡Ya voy! —estuve a punto de caerme por hacer equilibrios con un pie, descalzo y plantado encima de puntiagudas chinillas.
Daba frío, pero también daba gusto meter los pies en la charca cuando nadie los había metido todavía. El agua estaba tan clara como la de la bañera cuando te tocaba bañarte el primero. Procuraba que el limo, suave y untoso como la margarina, no se extendiera; cuando un dedo desnudo hacía su nido en él, un molde rodeaba a los demás y era agradable notar el cosquilleo de las burbujillas de aire en la planta. Entrar en el agua clara produce silencio. Estuvimos un poco callados, mirando el fondo de la charca mientras era posible seguir viéndolo. Por un momento, olvidamos a los otros, a los que estaban viniendo, y dejamos de darle importancia a la velocidad que trajeran. Ya era indiscutiblemente nuestra la posición. Al cabo de un poco, Bartolo, apartando la vista del horizonte, dijo:
—Me parece a mí que ésos no venían p’acá. Ya tendrían qu’haber llegao. Irían pa otro sitio. Pero bueno, que es mejor estar pendiente y haber venío.
Y entonces ocurrió algo terrible: de mirar nuestros pies desnudos dentro del agua, Bartolo pasó a mirarse también los suyos con sus zapatos blancos… Y se le cambió la cara:
—¡Ay, la virgen, Pablo, mi madre me mata, mira, mira!
—¿El qué?
—¡Log zapatog, log zapatog! ¡¡Están verdes!!
Yo salí del agua y subí a su altura para ver el desastre.
—Que no, Bartolo, no seas exagerao… ¡Verdes, dice!
—¿Exagerao? ¿No veg qu’están verdes?
—No es na más qu’un poco por los laos.
—¡Y por la puntera!
—Y por la puntera también un poco, pero que eso no es pa tanto, que se limpian y ya’stá.
Daba vueltas sobre sí mismo, nervioso, pero sin mover mucho los pies, ya no quería poner los pies en ningún sitio.
—¿Y con qué los limpio, cómo los vamos a limpiar?, no se van a quedar bien, mi madre se va a dar cuenta… ¡Ay, la Virgen, madre mía, Virgen santa!
—No digas nada de la Virgen —saltó el Sábat desde abajo, desde la charca; todavía estaba metido en el agua con su tarro de cristal en la mano, no se había acercado a ver los zapatos de Bartolo.
—¡Cállate, so cipote! —le grité yo.
—Eg que, si dice tacos, no va a poder hacer la comunión esta mañana —siguió él, más por tonto y por hacerse el enterado, que por proteger a Bartolo del pecado.
—¡Que te calles, te digo! —le grité de nuevo—. ¡Y ya’stás guardando el bote porque la rana no v’a ser pa ti!
En aquel momento me arrepentí definitivamente de haberle consentido al Sábat la confianza de venir conmigo, de hablarme siquiera.
Bartolo seguía fuera de sí y a mí se me ocurrió que podíamos limpiarlos con mis calcetines. Fui adonde había dejado los zapatos y saqué uno de dentro y lo mojé en el agua. Volví a su lado y me agaché y traté de hacer algo, pero el verde estaba en la parte más baja del zapato, tan cerca de la suela y del suelo, que, con mi calcetín mojado, más bien ensuciaba de tierra el zapato que lo limpiaba. Me asusté al ver cómo el marrón de la tierra se mezclaba con el verde del prado. Pero dije:
—Es mejor que te los quites —fingiendo tranquilidad—, así se limpiarán mejor —como si aún no hubiera ocurrido lo de empeorar las cosas con mi intento.
—¡El verde no se va, ya verás cómo no se quita! —continuaba él, porque seguramente ya, a la edad de la comunión, tan temprano, había aprendido que, en su caso, ponerse en lo peor era lo más acertado.
—Que sí se quita, tú espérate…
El siguiente problema fue que no vimos ningún sitio limpio para que se sentara a quitarse los zapatos. Y menos mal que caímos en la cuenta de que no podía sentarse en cualquier parte. Pero yo encontré solución; estaba dispuesto a solucionar cualquier inconveniente. Cuando Bartolo se ponía pesimista, su único apoyo era yo. En esas ocasiones confiaba en mí a ciegas y a mí me gustaba la sensación; era un acicate para que mi cabeza encontrara los remedios.
—No, ahí tampoco, que está mojao. Espera… —le dije. Y luego grité más que nunca—: ¡Sábat!
—¿Quéeeee?
—¡Que vengas aquí ahora mismo!
—Ya voy. Es que acabo de ver a la rana que s…
—¡Que vengas t’he dicho! ¡Y como toques la rana t’enteras!
Bartolo no podía sentarse, efectivamente, con su traje tan blanco; decidí que se quedaría de pie, a la pata coja, apoyado en el hombro del Sábat, y que se quitaría primero un zapato, y esperaría a que yo se lo limpiase, y se lo pondría y luego se quitaría el otro. Así que coloqué al Sábat de bastón de Bartolo y empezamos la maniobra de quitarle yo el primer zapato y que dejara colgando el pie descalzo hasta que se lo volviera a poner.
Cuando le quité el zapato, el calcetín apareció luminosamente blanco, nuevo, esponjoso, sin holguras en la punta ni en el talón; y olía a estreno, a estreno de mercería, es decir, olía a caja de cartón y a un misterioso e inexplicable rezume de infusión de manzanilla.
—Ten cuidado y no apoyes el pie en el suelo con el calcetín limpio, eh, que no tardo na —le dije a Bartolo; y, al Sábat, lo miré y me encaré con él—. Y tú, mírame bien: como te muevas, te ahorco. Quieto ahí.
Fui a mojar mi calcetín otra vez. Ahora, con el zapato en la mano, limpiar el verde no fue tan difícil. Me quedó bastante bien. No perfecto, pero bastante bien. Me pareció que apenas se notaba. Se lo enseñé a Bartolo y creo que también él se sorprendió de lo poco que se notaba.
Sin embargo, al intentar ponerse de nuevo el zapato limpio sin más apoyo que el hombro de un inútil como el Sábat, perdió el equilibrio un poco, un segundo, un saltito nada más, apenas un vahído, pero lo suficiente para no poder evitar que el pie desnudo se posara en el suelo.
Y pisó con fuerza, naturalmente, como corresponde al pie al que se recurre con urgencia para restablecer el equilibrio y evitar la caída; y pisó donde le tocó pisar, no pudo elegir el sitio: en el último palmo de tierra antes del miniacantilado de la charca. En el borde mismo. Y lo que pasó fue que el terrón de tierra cedió al vacío y la pierna de Bartolo, con su pantalón tan blanco cubriéndola, se resbaló por detrás, desde la pantorrilla hasta la corva de la rodilla, rozando la pared. Yo lo vi en la charca, como quien dice, pero no llegó a caerse dentro. No hubiera sido una gran caída, de todas formas, porque ya digo que la pared no era más alta que un cubo de fregona. La única desgracia del resbalón era el modo en que iba vestido Bartolo.
No sólo no se cayó, sino que, con muchos reflejos, consiguió no sentar el culo del pantalón en la tierra, apoyó a tiempo las dos palmas de las manos por la espalda y pudo incorporarse en vilo, a pulso, como los gimnastas en el potro, evitando cualquier otro contacto de su traje con la tierra.
Pero el de la pierna era bastante restregón de todas formas. La corva de la pernera derecha de su traje de marinero se había paseado por el filo de la charca y salió del percance con una buena película de tierra rojiza. Tierra de hacer ladrillos. También su calcetín blanco ganó una planta colorada. Y la ironía es que ni siquiera era barro. No era más que eso, un restregón. Grande, sí, ocupaba toda la trasera de la pantorrilla, pero no era más que un roce sin barrillo. En cualquier otro pantalón, en el que yo llevaba sin ir más lejos, no se habría notado apenas, un sacudirlo con la mano y listo. Pero el blanco es un color… todo lo contrario de un color bendito. Es, además, escandaloso cuando se junta con el bermellón de los tejares.
Bartolo se miró por detrás y ya no dijo nada. Perdió la palabra. Se miraba y se miraba, pero no decía nada. Después se agachó, pensé que para terminar de ponerse el zapato que yo le había limpiado, pero no. Lo que hizo fue quitarse el otro y apoyar en el suelo, como si nada, el calcetín limpio que le quedaba. Me tendió el zapato para que se lo limpiara y yo lo hice mientras hablaba con él y le decía esto y lo otro para distraerlo y que no estallara. Cuando Bartolo se quedaba de pronto tan callado un rato, tragándose una bilis, la que fuera, luego podía estallar furiosamente por cualquier sitio. Y eso es lo que yo no quería que le pasara.
—… y claro que puedes apoyar los calcetines en el suelo, claro que sí, ahí no hay barro. Tranquilamente, además, porque la planta del pie no se ve cuando te po-neg el zapato; que fíjate lo bien que se quedan log zapa-tog, qu’eg que ni se nota na… Y mira, Bartolo, tú por el pantalón no te preocupes, porque podemos limpialo también; eso se limpia y listo y, como eg en la parte d’atrás, casi ni se ve…
—¡Ay que no se ve, no poco! —intervino el Sábat.
Y temí por él porque, a fin de cuentas, él había sido el culpable de que Bartolo perdiera el equilibrio. Pero Bartolo no parecía oírlo. Estaba en la luna, con los ojos perdidos.
Yo había bajado a la charca, había mojado una vez más mi calcetín, había limpiado el segundo zapato y, cuando volvía a entregárselo, vi que estaba escarbando en el suelo con los pies y los calcetines, como hacen los toros antes de embestir, y me asusté:
—¡Bartolo! ¡Qué haces!
—Na. Es que ya me da lo mismo. Ya no tiene remedio. Ya mi madre me mata. Ya no puedo hacer la comunión —todo esto lo dijo con mucha calma, como si lo hubiera pensado despacio, pero la realidad es que estaba llorando. Se le veían las lágrimas escurriendo por las mejillas.
Me puse delante para que el Sábat no viera llorar a Bartolo y traté de evitar que se desencajara definitivamente.
—Estate quieto que ahora mismo te limpio el pantalón, ya verás cómo no se queda mancha… Igual que log zapatog, ¿eg que log zapatog no han quedao bien, o qué?
—Pero no es lo mismo —dijo él, mirándome con un desconsuelo nuevo.
—Claro que no es lo mismo —apuntillaba el Sábat, que hablaba como las agüelas—. Como que lo del pantalón no se quita. Y los zapatos tampoco han quedao bien. Bien, lo que se dice bien, no; se nota menos que antes, pero se nota, se nota, vaya si sí.
Traté de sacudir la tela en seco y aquello no se quitaba. Empecé a restregarle por la pierna el calcetín con el que había limpiado los zapatos y aquello se puso peor. Se mojó la tierra rojiza, se extendió con mis pasadas a toda la pantorrilla y se incrustó más. Entonces, disimulando, le dije:
—No se queda tan mal, pero yo creo que eg mejor darle con algo que esté mu seco y que rasque un poco.
Él miraba para atrás, pero no podía ver los detalles de lo que estaba pasando. Ningún cuello da tanto giro.
—¡Que no se queda tan mal, dice! ¡Madre mía, eso no se quita en la vida, vamos! —Éste era el Luis Sábat en otra más de sus sublimes intervenciones.
Cogí mi otro calcetín, el que me quedaba seco, y le estaba limpiando con él el pantalón como podía a Bartolo cuando, a lo lejos, oímos a su madre llamándolo. Se oía muy bien. Pero ni él ni yo dijimos nada. Sin embargo, el Sábat apuntó:
—¡Jo, nene, ésa es la madre de Bartolo que lo está llamando! ¿No la oís?
No le contestamos:
—¡Jo, nene, cómo se está poniendo! ¿Es que no la oís o qué?
Al Sábat nunca le habíamos dejado ser amigo nuestro. Y no era por nada en especial. Era por todo.
Con el tiempo, salió un muchacho de provecho, eso sí. Estudió arquitectura. Y allí está, en mi pueblo. Salió del pueblo para volver a él. Fue y vino sin que se le moviera un pelo de la cabeza. Y allí tiene su estudio: Luis Sábat Mañas, arquitecto. En el instituto, a los profesores, cuando dijo lo que quería estudiar, a la vista de las notas que sacaba, les extrañó que picara tan alto. Pero a mí no me extrañó; era cuestión de echarle años a sacar la carrera y él era machacón y persistente como nadie que yo haya conocido. Ahora, él y cierto constructor con lazos en el ayuntamiento tienen su mafia montada en la zona, y no hay obra que se haga por allí que no se la repartan.
Recordar a Bartolo, y saber que está muerto, me duele. Ver al Sábat, que seguramente debería estar, él sí, por corrupto, en la cárcel, verlo llegarse a la barra de un bar de mi pueblo y pedir una ración de gambas mientras me cuenta que Bartolo ha muerto, me indigna.
—No hace mág que llamalo y llamalo… Su madre…
—Sí, la hemos oído. ¡Y cállate ya, so melón! —le dije.
—Buf, cuando su madre lo vea así: éste se l’ha ganao ya bien ganá.
—¡Te quieres callar ya y tirar de aquí, so mierda! ¡O te vas o te meto una guasca que t’arreglo! —y me levanté y me fui a por él con auténticas ganas de que se me pusiera gallito para tener la excusa de darle una galleta—. ¡Tira y vete ahora migmo!
Pero no pudo ser porque obedeció enseguida y empezó a alejarse de allí. Siguió con sus vaticinios de Apocalipsis, y andando de espaldas, pero sin dejar de irse:
—Sí, sí, tú, mucho, mucho, pero que d’ égta no se va a librar el Bartolo así como así… D’ésta no se libra ya. ¡Joé, nene, y anda que no eg gorda! Me parece a mí que no le van a dejar hacer la comunión.
Yo creo que le tenía tanto miedo a Bartolo, que por eso hablaba de él en tercera persona, como si no estuviera presente.
La voz de la madre de Bartolo, entonando su nombre cada vez con más desesperación, se extinguió por el otro lado de su calle. Se fue yendo en sentido contrario adonde estábamos. Porque lo buscaba por el asfalto y las aceras. Supongo que la perspectiva de que su hijo pudiera haberse dirigido hacia los tejares, vestido como estaba, le resultaba tan terrorífica, que ni pudo contemplarla siquiera. Sea como fuere, al fin nos quedamos solos y en silencio, y así, algo más tranquilos, yo pude seguir con mi limpieza.
Lo hice, de todo corazón, lo mejor que pude. Con la lengua lo habría intentado si me hubiera parecido buena idea. Pero lo único que conseguí fue hacer imposible que se supiera cuál había podido ser el origen de la mancha. Del untado de tierra grana y rastros verdes de hierba con calcetín mojado, y del posterior fijado y homogeneización de la pasta con calcetín seco, pasamos al untado de sudor y sangre vegetal procedente de las panochas de maíz de un campo cercano con cuyas hojas también lo traté porque me parecieron buenas lijas… Y no es que yo diera por terminada la colada —pensé a continuación en recurrir a alguna piedra limpia con la que raspar la tela más fuerte—, fue un hombre que pasó por allí el que vino a ponerle término a mis intentos:
—La madre de este zagal está desesperá buscándolo. Andar y veros p’allá, que la mujer está pa que le dé algo. —El hombre iba con su mula camino de las olivas, pero se paró lo bastante para avisarnos.
Primero sólo nos avisó de que nos buscaban, pero luego nos miró más despacio, se fijó en Bartolo y pasó a rencillarnos muy acaloradamente: no paraba de decir cosas sobre los días señalados y el sinvivir de una viuda que tiene que servir para salir adelante y la falta de corazón de los chiquillos malos y no sé qué sobre dónde tendríamos que estar y no sé cuántos de la mano dura de un hombre… Pero, como nada de todo eso le parecía bastante, yo terminé llevándome un manotazo suyo a la altura de la coronilla (en lo tocante a las collejas en la sesera, la educación de los chiquillos era asumida por toda la comunidad en aquella época, y casi con la misma legitimidad que los padres).
El hombre se esperó y todo a ver si efectivamente emprendíamos el camino de vuelta a la casa de Bartolo, no fuera a ser que el miedo nos hiciera huir aún más lejos.
Cuando su madre nos vio asomar, salió corriendo al encuentro de Bartolo y lo cogió y lo miró bien por delante y por detrás, revisándolo como si se temiera que podía faltarle algún miembro… y de repente no se le ocurrió otra cosa que soltarlo de pronto, como si quemara, y salir corriendo otra vez calle abajo, llamando a voces a las vecinas con los brazos en alto. Iba como loca de un lado para otro de la calle, tres pasos para arriba y los mismos tres para abajo, sin rumbo, descompuesta, pidiéndoles por el amor de dios, a voz en grito, que la sujetaran, que se hicieran cargo de ella, que la encerraran a tiempo, antes de que se tirara para su hijo y lo matara a golpes.
Y, ciertamente, no volvió a tocarlo. Fue de las pocas veces, la única que yo recuerde, en que la madre de Bartolo no le pegó, no llegó a ponerle la mano encima porque las vecinas, lo que son las cosas, como si se lo hubieran tomado todo completamente en serio, sujetaron a la mujer como ella les pedía, la agarraron fuerte por el tronco, inmovilizándole los brazos y se la entraron para adentro a otra casa y con ella se fueron dos o tres mujeres y cerraron la puerta, mientras otras dos o tres nos cogían a Bartolo y a mí y nos metían en otra casa y nos dejaban al cargo de otra mujer que lo primero que le dijo a Bartolo fue lo siguiente:
—Tú no tienes corazón, tú estás matando a tu madre, como la estuvo matando tu padre hasta que dios se compadeció de ella y la dejó viuda. Tú no sabes lo que a tu madre le ha costao prepararte la comunión, y tú vas y le das esta puñalá. Hijo de quinqui tenías que ser… —y le iba quitando los zapatos y los calcetines y el pantalón y la camisola del traje—. Este traje no hay quien lo limpie. Y, aunque se pudiera limpiar, hoy ya no da tiempo a que hagas la comunión.
—Bueno, y qué, pog mejor, así la hacemos juntos el domingo que viene él y yo —dije.
Bartolo estaba tan desconsolado, y tan mudo, que me salió del alma replicarle así a la mujer; pero lo que para mí era un tono de haber encontrado por fin una luz en mitad de tanto despropósito a ella debió de sonarle, se conoce, a chulería, porque me dio otro pescozón en la coronilla, casi tan fuerte como el del hombre de la mula.
—¿Cómo que «bueno y qué»? ¿Ésas tenemos? Pues que a ver con qué traje v’a hacer éste la comunión. Ni este domingo ni el que viene. Ya le costó a su madre que le prestaran uno, ahora vamos a ver quién se atreve a dejarle otro después de lo que ha pasao…
—¡¿Prestao?! —gritó Bartolo saliendo por sorpresa de su agujero negro a la realidad como una fiera—. ¡¿Este traje es prestao?!
—Sí, nene, sí, para que te enteres, es prestao. Pres-tao, y tú lo has puesto para tirarlo a la basura.
Quizá sea una elaboración posterior, pero yo juraría que a Bartolo se le enredó una zarza en su único ojo bueno por culpa de aquella revelación sobre su pobreza y ya no se le secó nunca más. Se le pinchó la mirada y se le enturbió de sangre y ya no volvieron a tener sus lágrimas, que se le volvieron rojas, la transparencia de antes de llevar aquel traje. Algo procedente de saber que el traje era prestado mató a Bartolo mucho antes de que se muriera él por su cuenta. A mí nadie me quita eso de la cabeza.
Da rabia lo vulnerables que somos a las heridas de siempre; da rabia lo poco originales que son nuestras heridas.
A mí, más grave que lo del traje, me pareció lo que había dicho la mujer sobre su padre, pero a él no le impresionó. Pienso que no era la primera vez que oía algo así sobre su padre; a fin de cuentas, era su padre, y los mayores suelen hacer comentarios como ésos en presencia de la familia.
Bartolo y yo hicimos la comunión juntos a la semana siguiente. Las estampas de la suya, sus recordatorios, están, pues, equivocadas. Yo guardé una suya junto a la mía durante muchísimo tiempo. Pero una vez más, no eran iguales; la mía era una estampilla de comunión normal y corriente; la suya resumía, emboscada en un accidente y una fecha, la esencia de su biografía completa, lo que a mí siempre me hizo pensar que se parecía más a una esquela. Las guardé mucho tiempo, pero las he estado buscando y no las encuentro; las perdería, imagino, las dos, en el último traslado. Madrid tiene eso, que te mudas mucho de casa, no es como los pueblos; y en cada mudanza te dejas un revoltijo de cosas que, de no ser Madrid, donde las buhardillas hace años que dejaron de ser trasteros, estarían donde deben: allí, acumulando mugre y esperando a los nietos.
No recuerdo cómo iba vestido Bartolo a la semana siguiente. Lo he intentado, pero no me acuerdo.
* * *
Ojalá supiera explicarme yo a mí mismo por qué el recuerdo de Bartolo me llena de frío el alma cada vez que me visita. Lo más seguro (no me engaño, me doy cuenta de la labor de fuga de paralelas que hace el tiempo en este universo nuestro tan curvo y tan absurdo), lo más seguro, digo, es que, a estas alturas de la vida, ya no fuéramos amigos, aunque siguiera vivo. Me doy cuenta y no me engaño, pero me duele a pesar de todo. De otra gente he estado primero cerca y luego lejos sin que las variaciones bruscas me duelan. Pero el caso de Bartolo es distinto. De las presencias de la infancia no nos libramos así como así. A veces me da por pensar que las personas somos más parecidas a los árboles que a los animales. En los árboles, son las huellas más viejas las que hacen el tronco, y las ramas nuevas van y vienen sin que cortarlas o dejarlas crecer sea determinante. Además, los árboles no pueden escaparse de donde han nacido. Ni por mucho que lo intenten, como lo intentó Bartolo.
Si Bartolo hubiera sido un árbol, yo sé qué árbol: una joven carrasca de tronco apaluchado y retorcido, debilitada en cada nudo, nacida en el imposible pedregal de una ladera y atosigada aún por los matojos, mermada por toda clase de maleza invasora… Pero lo sé ahora, cuando lo que sé es que cierto ventoso invierno muy seco la quebró. En los tiempos de La Cebollona, me parecía una majestuosa encina solitaria, enorme, de bellísimo tronco muy leal a sus ramas y muy recto, de fresca y perfecta sombra redonda en mitad del llano… Y daba gusto sentarse a su cobijo en las solaneras de las siestas de julio. De verdad que sí que daba gusto.
* * *
Murió mi padre, murió mi madre. Después murió Bartolo. Y ahora ha muerto mi hermana. De ella no puedo hablar todavía. Me está matando el dolor.
Estoy solo en el mundo. Sin nadie que me avale la memoria. Y una memoria sin avales acaba convertida en una engañosa fantasía. Y una persona sin los avales de su memoria, expuesta a tergiversarse impunemente, se desquicia y se extravía.
Mi mujer, una esposa, no es pasado. No lo será nunca para mí, es un presente radical. Mis hijos apenas tienen entidad de tiempo, apenas son todavía, apenas pasan de ser un estar siendo y nadie sabe hasta cuándo ni hacia dónde. Estoy solo. Del que fui, del que ha dado como resultado el que soy (del que fue conformado por mi padre y mi madre, por mi hermana y por Bartolo para que diera como resultado el que soy) ya no queda nada. Nadie.
Quizá Dora. Ella me quería. Dora es la escasa memoria de mí que me queda. Y ni siquiera lo sé con certeza. De seguir viva, debe de ser muy mayor. Aunque nunca supe su edad. Era bastante más joven que mi madre. Quizá no sea tan vieja. Antes, entraban muy jóvenes a servir en las casas. Hace tiempo pregunté por ella y me dijeron que seguía viviendo en Suiza. Pero de eso hace tiempo ya. Muchísimo. Tal vez debería hacer por dónde volver a verla. Pero no. Porque sería una crueldad por mi parte. Ella tendrá su vida y sus recuerdos. Sería una crueldad que yo acudiera ahora para decirle, cuando me pregunte dónde están los míos, que he tenido que irlos enterrando a todos.
—Deja a Dora en paz, Pablo, no la marees más, hijo, por dios… —oigo a mi madre decírmelo a cuenta de cualquier empeño mío en explicarle cómo tenía que ayudarme a hacer un trabajo manual de la escuela—. Bastante tiene Dora con sus tareas como para ponerse ahora también con las tuyas.
Tienes razón, mamá, te haré caso.