Una sensación caliente, húmeda, abrazadora como un fluido maternal, me despertó. Pero, tras ese segundo que necesita la conciencia para encontrar la cama donde ha dormido el cuerpo, la sensación se transformó en el abrazo de algo viscoso, pegajoso del pijama a la piel, espeso como un vómito. Era sangre, mi sangre. Lo supe antes de encender la luz: el acto reflejo de buscar el cable de la lamparilla de noche no funciona tan automáticamente cuando duermes en una habitación que no es la tuya, o que hace demasiado tiempo que dejó de serlo.

Me descubrí empapada de mí misma. Y, al asco, se sumó el miedo. Ni me tocaba la regla ni semejante abundancia podía ser la menstruación. Sin embargo, no dudé del grifo por el que había salido aquel derroche.

A saber cuánto tiempo llevaba sangrando… La sangre es tan caliente, que puede manar sin que la piel la note durante un buen rato; supongo que hasta que se enfrían los primeros borbotones. Me levanté de un lodazal cuajado y granate. Asustada, sí. Me encontré franjeada como una bandera de las rodillas a la cintura. Y no supe qué hacer.

No tenía a quién llamar. Estaba sola en la casa de mis padres, a las afueras del pueblo, rodeada de olivos, sin vecinas que pudieran acudir a mis gritos. No grité. Allí, de pie, di dos o tres vueltas sobre mí misma mirándome el vientre y los muslos, con los brazos separados del cuerpo y crispados hasta la punta de los dedos, igual que las bailaoras antes de arrancarse por algún desgarro. Luego fui a encender la luz grande, la del techo, como si la visión no fuera lo bastante terrible, o como si necesitara más que la de la mesilla para empezar a hacerme cargo del horror. O quizá con la esperanza de que la abundancia de luz pudiera disolver las manchas del mismo modo inmediato que borra las sombras.

Llegué al interruptor, junto a la puerta, andando hacia atrás lentamente y tanteando; así se retrocede cuando algo asesino y de movimientos impredecibles se nos acerca de frente. No podía perderle la cara a mi cama, la miraba fijamente, hipnotizada, temiendo que de ella surgiera una rapidísima y voraz criatura de los infiernos. Lo encendí, pero me quedé apoyada en el quicio de la puerta abierta, agarrada al marco. No sé durante cuánto tiempo. Hasta que me convencí de que nada sobrenatural había dormido conmigo. Hasta que tuve valor para acercarme de nuevo a la cama. Tenía que saber cuánta sangre había perdido.

Con una aprensión casi invencible, retiré las mantas. Las retiré completamente y con un movimiento brusco, lo mismo que si de sorprender a una alimaña se tratara y la velocidad contase a mi favor. Una enorme amapola aplastada apareció entre las sábanas como entre las hojas de un libro. Algo tenía de pétalos el dibujo de mi sangre en ellas.

La mente sigue una lógica propia que la hace parecer caprichosa en los momentos en que más la necesitamos sensata. A la mía se le ocurrió recuperar un fragmento de mi infancia, de pupitres con tapa levadiza y libros forrados de plástico, con hojas sublevadas también, revenidas por las puntas, romas para siempre… Pero hay que tener confianza y dejarla llegar adonde quiere, a la mente… ella buscaba un fragmento de cierta remota lección de las Ciencias Naturales de la escuela según la cual, o bien es que tenemos cinco litros de sangre en total, o bien —porque lo único claro del recuerdo era ese número— es que cinco litros es el máximo que podemos perder antes de morir. Así que me vi intentando calcular a ojo cuántos litros hacían falta para producir aquella inundación. ¿Dos, tres, cuatro? O tal vez sólo uno debidamente extendido con el movimiento del cuerpo que sueña. Pero ¿y la cantidad filtrada, la que no se veía, la que se había tragado mi colchón sediento, tan seco y tan en barbecho desde que dejé de ser una niña a la que se le olvidaba hacer pis antes de acostarse?

Impaciente, acelerada por la urgencia del cálculo, desenfundé la sábana de abajo. La mancha era idéntica sin ella. Desenfundé después la gruesa funda del colchón, de rizo tupido de toalla, y la mancha seguía siendo idéntica sin ella. Otro capricho de la mente fue recordar entonces aquellos librillos regordetes, cuadrados y pequeños, que tenían en la esquina derecha de arriba de todas las páginas un monigote dibujado idéntico al de la página anterior, e igualito que el de la página siguiente, que sólo se movía y aparecía distinto si escurrías por el pulgar muy de prisa y en cascada todas las páginas a la vez. Imaginé el grosor del colchón como el tocho de hojas de uno de esos libros animados y frenéticamente lo levanté para examinar la última hoja. Levanté el colchón ¡y la mancha lo había traspasado! Era mucho más pequeña, pero lo había calado del todo y había llegado hasta allí nítida y perfectamente redonda, del tamaño de un plato de sopa.

No se me había ocurrido que podía marearme hasta que realmente noté que me faltaban las fuerzas para sostener en vilo el peso del colchón y la pared se movió claramente ante mis ojos, llevándose, con la de ella, la rigidez del cabecero de bronce, que ahora era blando y se derramaba como un reloj de óleo. Hasta entonces no recapacité y supe que tenía que llamar a alguien o a algún sitio; necesitaba una ambulancia.

El teléfono estaba abajo, alejado de mí un largo pasillo y dos tramos de escalera; y mudo, sordo, incapaz, conectado a una red provincial de la que no me sabía ni un solo número. Pensé en el único, en el número por excelencia, el 003. Y me agarré a él como a una barandilla. En ese momento recordé, no sé por qué, quizá por el mareo mismo, el amparo que fue para mi mano otra barandilla, una real: la de la resbaladiza pasarela de las cataratas del Igua-gu; una pasarela abierta por un loco entre dos locuras: a diez metros por la izquierda, una mole vertical de agua que se me venía encima, más alta que un edificio, para aplastarme —esa sensación producen las cataratas vistas desde abajo—; y, a cinco metros por la derecha, un precipicio de la misma furiosa tormenta que se iba atronadoramente al vacío. Un borbotón descontrolado, más alto que los demás, o un simple traspiés por mi cuenta y toda yo sería un palillo en el agua durante un instante, una insignificancia cayendo al instante siguiente y la nada misma antes de llegar a la corriente general del río. La escalera del viejo caserón de mi familia, siempre un poco desmesurada y teatral, ahora me pareció líquida, maliciosa, intransitable.

Tampoco se me había ocurrido averiguar si seguía sangrando. No recuerdo si lo daba por hecho o si más bien resultó que la mente sigue efectivamente su propia lógica, que no es tan caprichosa como parece, y por eso su cálculo de lo que había perdido era para ella suficiente razón para ordenarme que llamase pidiendo ayuda cuanto antes.

—Informaciondigamé.

—Necesito el teléfono de urgencias del hospital de Úbeda —me oí decir.

Y mi voz me sonó a mí misma como una voz antigua, de pueblo, del mío, de señora mayor con un tono muy grave, solemne; una gravedad —me sonó así— no exenta de resignación.

—¿Deúbeda enlaprovinciadejaén? —su pregunta fue tan rápida que era evidente que no necesitaba mi respuesta, y no la esperó—. Noserretire, lepasoconinforma-cióndelaprovincia.

Aquella mujer no me dio pie a explicarle nada. No cabía pedirle nada a ella, ni ese número ni ningún otro. Y me senté porque me pareció que no podía seguir de pie.

No tenía ni lápiz a mano ni papel en el que apuntar lo que me dijera la otra telefonista cuando contestase. Dudaba, incluso, de que me aguantaran las fuerzas para marcar otra vez… ¿y si, además, comunicaba el hospital? El teléfono de la vieja casa era todavía de los de rosca, yo tenía la cabeza aturdida, espesa, y resbaladizos los dedos pringados de sangre… la sangre es espesa… y es temblorosa, como el miedo, porque también el miedo es espeso. El auricular ardía en mi oreja y el cable retorcido no era una buena amarra.

—Informaciondigamé.

—Oiga, porfavor, seño, ra, es, cúchemeporfavor…

A continuación, la mujer del 003 de la provincia de Jaén se portó mejor que bien. Le dije que me estaba desangrando, que no era ni una exageración ni una broma, que estaba sola en una casa a las afueras del pueblo, le di el nombre del pueblo, mi nombre, mi dirección y mi número de teléfono y le pedí por favor que pensara por mí cuál era el sitio más cercano desde el que pudieran mandarme una ambulancia. «Haga usted las llamadas por mí», le rogué, «porque estoy mareada y creo que a punto de perder el conocimiento».

Primero trató de tranquilizarme con ese tono servicial de persona suficiente y adulta que trata de calmar a una niña asustada. Y luego, yo no sé si es que Telefónica les da clases o si salió de ella, de su ser más inteligente de lo esperado, pero el caso es que cayó en decirme dos cosas importantes: que no me dedicara ahora a hacer llamadas, que más bien me asegurara de dejar bien colgado el teléfono para que pudieran llamarme a mí si hacía falta porque ella se iba a encargar, claro que sí, de hacer todas las gestiones; y que, sobre todo esto, en cuanto colgase, me fuera hacia la puerta de la calle para dejarla abierta ahora mismo, en previsión de que no tuviera fuerzas para hacerlo después o me hubiera desmayado cuando llegase la ambulancia. Pensé que es una suerte que te toque una mujer así, con la cabeza tan bien amueblada.

Lo hice como ella me dijo, fui hasta la puerta y abrí, no sólo la cerradura, porque es una de esas puertas de casa grande con dos hojas, sino también los cerrojos que la anclan al suelo por abajo y, al quicio, por arriba. Después volví al salón y me tumbé en el sofá, junto al teléfono, sin importarme si la tapicería sería o no recuperable luego.

Creo que soy una persona tranquila, pero la calma con la que me dispuse a esperar no era del todo mía. La seguridad de aquella mujer, su voz lúcida, su capacidad para pensar bien, mejor que yo, y con rapidez, me transmitieron la que estaba perdiendo con mi sangre.

La sangre es el espíritu, pensaba, el ánima clásica, el ánimo moderno, la esencia del ser. Por eso hay artistas que han buscado el grana y negro de sus cuadros, con tal de dotarlos de más autenticidad y más vida, sacándosela de las venas. Una sangría inútil porque la necesitamos en perpetuo movimiento y encerrada para que su ímpetu no nos abandone. Y no sabía por qué la mía, de pronto, había decidido írseme.

Una cosa era segura: no estaba abortando, no había otra vida dentro de mí que se me estuviera fugando que no fuera la mía. De eso no tenía ninguna duda. No voy cada año a la ginecóloga, sino cada dos, a veces cada tres, pero de la última revisión no hacía tanto y no salió que tuviese nada. Todavía me daban ganas de sonreír recordando la anécdota de esta última visita. Estrenaba ginecóloga, así que una chica de blanco rellenaba una ficha nueva para mí —domicilio, dirección, teléfono— antes de pasarme a ver a su jefa. Estado civil…

—Soltera.

—Edad.

—Treinta y cuatro.

—Número de hijos.

—Ninguno.

—Número de partos (no es lo mismo, ya sabes).

—Ya lo sé. Ninguno.

—Algún… aborto —preguntó con cierto cuidado—, alguna incidencia que comentar en ese sentido…

En estas clínicas modernas, con ginecólogas feministas, además de hablarte de tú, procuran tener de ti una ficha completa, lo que incluye toda clase de preguntas. Procuran hacerlas con tacto, pero tienen en su ideario hacerlas.

—No, no.

Edad a la que tuviste la primera regla. Fecha de la última revisión. De la última regla. De la última relación sexual completa…

—Hace tres noches.

—¿Mantienes relaciones sexuales habituales? —Sí.

—¿Con qué frecuencia?

—Pues… Una vez a la semana o así.

—¿Siempre con la misma persona o con personas distintas?

—Siempre con la misma persona.

—Tienes pareja estable entonces… —Sí.

—Método anticonceptivo que usas habitualmente.

—Ninguno.

—Ninguno… —anotó. Y eso debió de hacerle cambiar de zona en la hoja porque el bolígrafo apuntaba ahora a una columna distinta—. ¿Crees que puedes estar embarazada?

—No, seguro que no estoy embarazada.

—¿Tienes intención de quedarte embarazada próximamente?

—No, no, ni hablar.

—¿Cómo que no? —dijo la chica y levantó la vista para mirarme—. ¿Pero no has dicho que no tomas anticonceptivos…?

—Y no los tomo.

Durante un segundo más me mantuvo la mirada, hasta que de pronto debió de recordar algún apartado lateral de su cuestionario y volvió a él muy resuelta y dándome explicaciones en un tono que las hacía obvias y que anunciaba que yo debería estar más atenta en adelante:

—¡Bueno, vamos a ver, es que, cuando hablamos de anticonceptivos, se entiende que nos referimos también a los que use tu pareja! No sólo a los que usas tú, claro. ¿Tu pareja usa algún método preventivo?

—No, tampoco.

—No —anotó—. O sea, que tienes intención de quedarte embarazada…

—No, no, ni hablar, ya te digo; no pienso.

—¿No? ¿Y cómo que no? —la chica vaciló y, por segunda vez, levantó el bolígrafo y los ojos para mirarme; esperaba una aclaración, pero a mí no me apetecía sacarla de dudas. Al contrario, bajé la cabeza para avalárselas aún más, fingiendo timidez y sentirme incómoda.

—¡Ah, perdona! —siguió ella—. ¿Hay alguna razón por la que no puedas tomar anticonceptivos?

—No, ninguna.

—¿Alguna prohibición médica…?

—No, no.

—¿Tienes algo en contra del uso de anticonceptivos, motivos religiosos o morales…? Perdona que te haga la pregunta, pero necesitamos saber estas cosas para poder…

—Claro, lo entiendo. Pero no, no tengo nada en contra, qué disparate. Al revés.

—¿Y dices que no tienes miedo a quedarte embarazada? —sus recelos aumentaban.

—No, ninguno.

Yo, por mi parte, había decidido que mis respuestas iban a ser tan precisas y escuetas como el propio cuestionario.

—¿Te han diagnosticado alguna clase de esterilidad?

—No, nunca. Que yo sepa, no soy estéril.

—¿Le han diagnosticado alguna clase de esterilidad a tu pareja?

—No, que yo sepa.

—¿Tiene hecha la vasectomía?

—No.

—¿Qué edad tiene tu pareja?

—Cuarenta y seis.

—Cuarenta y seis… —repitió ella, como abstraída—. Y me has dicho que no es estéril. ¿Padece alguna clase de impotencia?

—No, para nada.

—¿Practicáis el coitus interruptus?

—No.

—Sabes lo que es, ¿no?

—Claro que lo sé.

—No, te lo digo porque también se considera un cierto método anticonceptivo, aunque hay gente que no lo cuenta como tal…

—Y hacen bien —dije—, porque eso no es un método, es una lotería.

—Desde luego que sí. Bueno… —aún me echó una última ojeada con la esperanza de que yo añadiese algo, y, en vista de que no, hizo un gesto que venía a significar «allá tú, guapa, no es mi problema si no quieres hablar», y empezó a recoger—. Pues ahora mismo te paso a ver a la doctora.

Ya había cerrado la carpeta con mi hoja dentro y ya casi se había levantado de la silla cuando añadió:

—O sea, ¿que no usas ningún método anticonceptivo y sin embargo no tienes miedo a quedarte embarazada? ¡Pues, chica, no lo entiendo!

Se le escapó, fue como un latigazo de dos frases en una que no pudo reprimir; había reproche en su tono y se le vio en él esa vena retrechera madrileña que se pone reventona en cuanto algo no cuadra.

—Bueno, yo te paso a ver a la doctora ahora mismo —concluyó, como quien se recuerda a sí misma lo poco que debe importarle algo—, pero me parece que ella va a querer hacerte el cuestionario otra vez. Es que… verás… —y ahora estrenaba indulgencia conmigo, probablemente para contrarrestar sus casi malos modos—. Nosotros aquí comprendemos que todas estas preguntas son muy íntimas, pero no tenemos más remedio que hacerlas y es muy importante que seáis lo más sinceras posible en las respuestas, si no, no tiene ningún sentido que lo hagamos, ¿comprendes?

—Lo comprendo, sí. Perfectamente. Y te he respondido con absoluta sinceridad a todas. Pero yo no tengo la culpa de que vuestro cuestionario no esté completo —se lo dije sonriendo, y haciéndole ver que le estaba dando así la mejor pista para que ella solita resolviera el enigma.

—¡Hombre, a ver, es que comp…

(—Mujer —le corregí yo la exclamación).

—… pleto-completo… lo que se dice completo, no hay nada en este mundo, claro, si vamos a eso…!

Pero aquí ya había cantado la gallina definitivamente y a mí dejó de divertirme el juego; la chica no merecía la pena: se ofendía en lugar de divertirse o mostrar curiosidad por lo que yo había querido decir, a pesar de que se lo dije buscando su complicidad. ¿Rutina, aburrimiento, una jornada demasiado larga, una ciudad, Madrid, cada vez más agresiva, un sueldo demasiado pequeño, una jefa adusta que obliga a estar a la que salta…? Tal vez. O poca paciencia y poca cabeza, algo de mal carácter natural y una falta clamorosa de sentido del humor… o todo a la vez, qué sé yo.

Me llevé de nuevo las manos a la encrucijada de mis piernas y las recuperé menos inocentes que nunca, criminalizadas, pavorosamente rojas. No había visto unas manos tan llenas de sangre desde que…

Desde que una vez, de pequeña, regresé a casa de la escuela y encontré a mi madre y a Dora, nuestra criada de siempre, con los brazos hasta el codo metidos en un lebrillo lleno de los cuajarones de una matanza. Desde entonces, no he vuelto a comer morcilla. Todavía veo a mi madre levantando aquella mano sucia de algo impensable en ella para impedir que me acercara a darle el beso. No quería tocarme así. Y me mandó fuera del patio porque no había ninguna necesidad de que yo viera un espectáculo tan imborrable de untuosidad y colores que gritan.

Mirándome las manos teñidas, «cinco lobitos», no pude evitar adentrarme ahora, me llamaban los tantanes de la selva, en la espesa zona verde de mi infancia. O tal vez fuera la de mi hermano, Pablo, más pequeño que yo, con cuyo cuerpo, mientras crecía, fui yo reviviendo en el mío los ritos iniciáticos que no podía recordar, «cinco lobitos», y que debió de celebrar mi madre conmigo. Seguro que fueron escrupulosamente iguales para mi hermano y para mí. Conscientemente iguales, porque mi madre se pasó media vida temiendo quererme a mí más que a mi hermano. Yo fui su primer desgarro, su primer surtidor de sangre; yo la rompí primero. Mi padre, sin embargo, se centró rápidamente en mi hermano, con una dedicación sin lugar a dudas.

Se concentró en él como el haz incendiario de una lupa y no paró ni cuando a mi hermano empezó a salirle humo por las orejas y se fue corriendo a buscar cubos y cubos de agua con los que apagarse. Primero fueron cubos y cubos de cerveza adolescente. Luego fueron cubos de cubatas. Se ve que el fuego era por dentro y muy devastador porque dejó la carrera y lo internaron en un centro hasta que se curó; y se apagó por fin lo bastante para convertirse en un triponcillo y benigno dibujo animado de esquina de libro. Ya casi no hablamos. No me interesa lo que a él le importa. Coincide que lo que a él le importa ahora se parece mucho por fin a lo que le importaba a mi padre.

En la época en que bebía, sin embargo, un endemoniado dios le soltaba la lengua hacia las palabras más puntiagudas del diccionario. Con ellas construía frases como cerbatanas y párrafos circulares y portentosos como los ruedos del infierno. Recuerdo cuando le temblaban las manos y nunca atinaba a apagar bien el cigarrillo; la época en que sus párpados, entonces siempre a media asta, protegían su mirada de la mirada de los otros; los tiempos en que fue un prometedor profeta, un dulcísimo desgraciado.

Lo mío, por entonces, por finales de los años setenta, no era beber, pero sí tirarme de panza en las enredaderas. Mi cabeza sangraba con todos los inris de los desheredados y andaba ofreciéndome en cruz a todos los sacrificios, igual que cualquier héroe desesperado que no consigue ya ni siquiera un mínimo currículum de cárcel.

Cuando, unos años después, mi hermano me hizo madrina de su primera hija, y yo acepté ir al templo a celebrar el conjuro para mantener en el destierro a cierto ángel represaliado, comprendí que esos tiempos no volverían para ninguno de los dos.

No miré la hora cuando me desperté sobresaltada, no sabía a qué hora había hecho la llamada a información ni cuánto tiempo había pasado. Me costó girar la cabeza para ver el reloj de pared del salón que llevaba años amordazado para que no diera las campanadas. Años…: desde que mi padre bajó una noche y le arrancó el péndulo de cuajo. Yo por entonces leía mucha de esa psicología de divulgación que tenía la virtud peligrosa de no dejar un solo gesto sin explicación y enseguida apliqué mis conocimientos al asunto: «Es una violenta necesidad de castración de toda verga que no sea la suya», diagnostiqué. Mi madre, que sí que tenía la virtud bondadosa de encontrarle explicación a todo sin necesidad de abandonar los caminos tradicionales, dijo al día siguiente que eso había sido porque mi padre llevaba meses padeciendo de desvelo y maldormir (ella no aprendió a usar palabras casi cultas como «insomnio» hasta que no llegaron los programas divulgativos de televisión) por culpa de lo que le estaba pasando a mi hermano, que todo el pueblo andaba diciendo ya que se estaba convirtiendo en un borracho. Cuando lo llevaron a arreglar, el reloj, mi madre le pidió al relojero que a ver si era posible que no sonara más, y hasta hoy. La verdad es que no recuerdo que mi padre tuviera muchos ataques de ira; apenas éste y otros dos o tres más. La vez que me agarró a mí por el cuello, como a un gallo, para prohibirme las compañías que, según él, me estaban envenenando la cabeza de rojo sangre.

O la ambulancia tardaba mucho o el flujo de los recuerdos ralentiza el tiempo para que no nos sepulten sus avalanchas. Se puede correr delante de los recuerdos como los protagonistas de las películas delante de la gran ola furiosa. Ha reventado la presa roja. Pero los protagonistas corren más que la ola misma y se salvan siempre, mientras que yo podía morir esa noche. Sin embargo, no pude pensar en la muerte. Ahora sé que es una idea demasiado abstracta. Pensaba más bien, como les critican a los viejos, en las batallas. En las batallitas de mi vida. Batallas sin estrategia y con fines que se olvidan siempre antes de que terminen. Y lo hacía, lo de rememorar contiendas, probablemente como ellos, como los viejos: con nostalgia del momento en que aún no sabíamos si saldríamos victoriosos o no de cada una de ellas. Todo enfrentamiento tiene un presente incierto en el que, aunque sea por un minuto, no importa el desenlace. Quizá la vida sea eso: el lapso de tiempo durante el cual olvidamos o no nos importa conocer el final. Como el amor.

No sé si la vida, pero el amor sí que es eso: el tiempo que va desde tumbarnos cálidamente al sol de mayo y adormecernos, hasta que notamos frío y empezamos a reconocer que anochece, que anochecerá inevitablemente aunque sigamos tumbadas. Entonces hacemos un movimiento brusco de incorporación y nos levantamos y lo recogemos todo, nos lo llevamos todo: la manta, el libro, el jersey… y nos vamos, dejando aplastada la hierba. El recuerdo del peso de nuestro cuerpo aún la mantendrá aplastada muchas horas después de que nos hayamos ido. En el mejor de los casos, hasta que amanezca de nuevo y otro rocío la reviva y otro sol la despierte. Sólo que, durante ese rato de mágica sedación, mientras estuvimos tumbadas, toda la piel era nuestra, y toda la hierba parecía nuestra piel extendiéndose hasta el bosque y más allá del bosque, como si la pradera fuese infinita y nuestro cuerpo incalculable.

Ahora me estaba muriendo a chorros por alguna razón sólo mía que ni yo misma lograba adivinar, pero a mí no me había tocado nunca ser hierba. Que me estuviera desangrando no me convertía en víctima. Porque no hay más víctimas que las del amor. Y a mí siempre me ha tocado ser la primera que nota el frío y se muda. Todavía no me ha tocado ser la huella de un cuerpo que me abandona. Si es cuestión de tiempo, a mí no me ha llegado aún el tiempo del dolor rabioso y la impotencia. Si es cuestión de suerte, la he tenido. Así que, ¿de qué recuerdo podía yo echar mano esta noche para hacerme cargo de la idea de la muerte? ¿Con qué parte de mi memoria compararla para que dejara de serme tan inasequible? Si nunca nadie me ha abandonado, ¿cómo sentir que la vida te abandona?

Un frío enfermo, un frío avasallador y purísimo, fundamental, me obligó a volver a la realidad. Se me había encarnado como un espíritu okupa en mi cuerpo desocupado de la sangre, el frío. Miré de nuevo el reloj y sólo habían pasado, desde que lo miré por fin con el propósito de recordar lo que marcaba, siete minutos. Las ascuas de la chimenea, que había dejado de alimentar a media noche, no alumbraban ya más que la cabeza de un cigarrillo. Quizá hice intención de subir a buscar unas mantas, pero me di cuenta de que no podría subir la escalera y volver a bajarla: corría el riesgo de rodar por los peldaños lo mismo que si, además de la sangre, hubiera perdido con ella los huesos. Y sabía que el frío que se apoderaba de mí no sería vencible sólo con trapos. Aunque la ambulancia estuviese viniendo desde Úbeda, pensé, no se tarda más de media hora en llegar, así que no me moví. Me tapé con los cojines del sofá. Parecían baldosas sobre una tubería rota. Tiritaba y me estremecía.

Y entonces volvió el miedo. Porque aquel reloj, nuestro reloj de siempre, el reloj de mi niñez, el marcador de mis impaciencias, el silenciado por mi padre, o un reloj cualquiera de cuerpo entero debilitándose hasta la parada completa de su último vaivén, se me hizo de pronto una representación de la muerte lo suficientemente clara como para resultar espantosa. El reloj que se para: una imagen de la muerte mil veces glosada, un tópico ya, pero con ella volvió el miedo, el miedo a morir, que tampoco es original. Y es que ahora, a esta idea de la muerte relojera, acertada y concreta, vulgar, fea, sosa (pero real), mediocre (pero victoriosa), le acompaña ya una pena empalagosa, dulzona como el tocino de cielo: la autocompasión. Me doy penita de mí misma allí tan sola y tan grave. Era el mismo desamparo de cuando me sentía acoquinada por la autoridad de mi padre en los tiempos en que lo nuestro era un pulso desigual, pero de poder a poder. El mismo dolorcillo despechado que se me venía al pecho en cuanto me quedaba sola en mi habitación después de alguna prohibición suya, se me venía encima esta madrugada absurda. Puede que incluso llegase al extremo de llorar por mí misma y considerar injusto lo que me ocurría. Injusto, como si fuera una desgracia mandada ejecutar por alguien. Pero yo jamás he creído en ningún ejecutivo suprahumano. He logrado mantenerme orgullosamente al margen de quienes necesitan creer que van a resucitar. Y sin resurrección, sin Pascua, no hay religión. No lo digo yo, lo dicen ellos mismos, los corderos pascuales. Hubo uno que vino a resucitarme a mí, según sus propias palabras, y todavía no le he perdonado tanta prepotencia. Vaya usted a resucitar a quien se deje, oiga. Sólo mía es mi vida y sólo mía es mi muerte. Si me estuviese muriendo ahora mismo, y es probable, mi muerte sería un asunto tan definitivo como personal e intransferible. Intransferible. Que murió por mí, dicen que se atrevió a decir también el prepotente, el omnipotente, el Verbo ese, el Transitivo, el hijo de papá; para que me sintiera culpable lo diría, pero yo no acepto su sacrificio. «Palabra del Padre», dicen todos ellos muy serios, como si bastase, o como si fuera más aceptable por eso; nada menos que el padre lo ha dicho, palabras de mi padre. Y todos los discursos patriarcales se parecen, así que es casi seguro que yo aprendí a defenderme del mío con argumentos como éstos en la soledad de mi habitación. Palabras de mi padre: me sacrifico por vosotros, dice el mío; yo soy la luz, la verdad, el camino y la vida, añade el otro sin cortarse un pelo… Pues a Barrabás, entonces, a Barrabás, a Barrabás…

La ironía es casi la única arma de los sometidos. Y no siempre se transforma en sarcasmo, como temía mi padre. Una mutación tan corrosiva se produce sólo si el sometido acaba convirtiéndose, a su vez y por su cuenta, en un amargado. Mi padre recelaba de la ironía como de la hinchazón de un ganglio. A su modo estaba convencido de que era el síntoma de una enfermedad progresiva, la enfermedad que hace imposible disfrutar tranquilo de las cosas. Estaba convencido de eso por mi bien. Pero también estaba convencido, para el suyo, de que la ironía es siempre un desprecio a la autoridad.

Y a mí no me ha amargado nunca, a mí me ha divertido siempre hablar así con quienes creen en esas cosas: con los frailes homosexuales, con los curas pederastas, con las monjas lesbianas… (sí, sí, busque usted el pecado entre quienes más hablan de él, busque usted en su secta: avaricia, gula, ambición, soberbia, lujuria… pero lujuria some-tedora y violadora, y traspasada de cursilería y amaneramiento…). Y así hablaba, con las palabras propias de la edad, pero así ya, con la amada monja tolerante que toda niña española que se precie lleva tiernamente en la memoria. La mía se llamaba sor Maricruz y era lúcida como un rayo. Después de la separación en plena adolescencia mía —la trasladaron—, vinieron todavía durante algunos meses las cartas, y luego le perdí la pista. Un proceso natural. Pero tuve oportunidad de llorar para ella —con el motivo de mí misma, pero para ella en realidad— muchas veces. Muchas veces lloré en su honor autocompade-ciéndome y, de este modo, ella me dio la ilusión de ser comprendida y yo le di sentido a su labor pastoral entre los jóvenes. La pusieron a eso porque era joven y moderna y tocaba la guitarra y no tenía vergüenza de dibujar en un folio en blanco los aparatos genitales. Aunque quizá mi memoria de cariño y gratitud la engrandece, porque sospecho, casi estoy segura, de que ella utilizó también la encubridora metáfora de la semilla y las flores. Nosotras, las flores; ellos, la semilla. Nosotras, la tierra y la maternidad; ellos, la germinación y el poder. O puede ser también que haya evolucionado desde que no sé de ella. Por qué no. Puede que ahora ande por ahí hablando del género y de sus atribuciones culturales, religiosas y políticas. Es más que razonable imaginarla mejor de esta manera porque es cierto que quien una vez se adelanta, transgrede y reflexiona sobre su propia transgresión ya no deja de hacerlo nunca. El pensamiento crítico crea adicción. También la molicie, imagino. Pero ambas actitudes se manifiestan muy temprano y ella ya tenía por entonces edad de haberse mostrado como sería en adelante.

Lo que no comprendo es por qué mi padre no quiso aceptar que su hija hembra le saliera crítica y su hijo varón un cobarde. Sobre todo teniendo en cuenta que ser pensante no exime de cometer casi ninguna estupidez vital ni ser cobarde garantiza tampoco que uno vaya a escapar a ciertas gallardías temerarias, casi suicidas. Mi hermano estuvo a punto de suicidarse gallardamente, es decir, con lentitud, cuando descubrió que era demasiado cobarde para enfrentarse a él, al Padre. Y yo me comporté muy estúpidamente, es decir, con desafío, cuando descubrí mi propia lucidez para el enfrentamiento. Empeñarse en entender los poderes que mueven el mundo desgarra lo mismo que empeñarse en no hacerlo. Mi hermano está hoy vivo y es razonablemente feliz gracias a una cuidadosa, pormenorizada más bien, acumulación de convencionalismos. Y yo estoy viva, o lo he estado hasta esta noche, y he sido razonablemente feliz gracias a una cuidadosa, pormenorizada más bien, y acumulativa ristra de transgresiones. ¿Qué diferencia hay? Yo estuve a punto de casarme una vez y mi hermano a punto de ser un marginal. Los dos hemos estado exactamente en la raya divisoria de nosotros mismos. ¿Qué diferencia hay? A mi hermano le ha costado lágrimas y un resentimiento crónico de hígado ir convenciéndose y aceptando poco a poco que era un ciudadano apacible y conservador. Le costó tanto porque significaba darle la razón a mi padre. Y a mí no me ha costado menos convencerme de y aceptar que soy una contra-casi-todo, y que no tengo arreglo. Porque eso también era darle la razón a mi padre.

Soy una contra-casi-todo, sí, finalmente. Pero ni más feliz ni más desgraciada por eso que cualquiera. Ha habido unos años en mi vida en que sí parecía que iba a tener arreglo lo mío, según los criterios de mi padre, pero, finalmente, los últimos acontecimientos me señalan de nuevo como una… antes se les llamaba inadaptadas a estas personas. Pero yo no duermo entre cartones y no me drogo. A mí habría que llamarme de un modo un poco más moderno (y un poco más descafeinado, por tanto). ¿Qué ha sido de mí? Puede que me esté muriendo. ¿No sería éste un buen momento para hacer balance? ¿Y un balance es lo que tengo que hacer yo, ahora? ¿Nada menos que una recapitulación de toda mi vida de adulta…? No, no me siento capaz; para eso hay que tener la cabeza muy despejada, mejor en calma que llena de miedos, dedicarle mucho tiempo, mucho razonamiento, mucha autocrítica, hay que tener el ánimo dispuesto a aceptar una conclusión de fracaso; y hay que tener, sobre todo, un para qué. Además, digo yo, ¿eso del balance, la revisión, la auditoría… no habíamos quedado en que te lo daban hecho allí arriba, como ponencia de tu Juicio Final?: un pormenorizado recuento de actuaciones junto a una justísima valoración de los resultados teniendo en cuenta las capacidades recibidas. Lo del Juicio Final es lo único que siempre me ha parecido, si pudiera creérmelo, una cierta ventaja, un descanso, una dejación en manos ajenas de la peor tarea propia: valorarnos. Porque, lo que no es de recibo es que primero tengamos que aprender a vivir, después aprender a traicionarnos a nosotros mismos y, finalmente, a modo de puntilla, a autoevaluarnos. Estudié derecho con la firme intención de poner mi inteligencia al servicio de los pobres. Y lo hice: fui abogada laboralista. Pero no sé cómo, de la noche a la mañana, este país cambió y dejó de tener obreros. Recuerdo perfectamente que no fui yo la primera que cambió, en eso no estoy dispuesta a admitir más parte que la que en justicia me toque. Los sindicatos se transformaron en ministerios; los ministerios, en empresas asociadas al sector correspondiente; las empresas, en entes imposibles de dilucidar, sin patrones ni capataces; y, la izquierda, en un salvoconducto para pedir lubina a la sal con cargo al cargo y sin cargos de conciencia. «Y un Ribera del Duero nos traes también, Ramón, pero que veas tú que esté bueno de verdad, de esos que sé yo que te guardas en la bodega para los amigos…». Para la lubina tuvieron que hacer criaderos deprisa y corriendo y el Protos se disparó de precio al mismo tiempo que se disparaba el número de subdirectores generales y subdelegados de gobierno. ¿Ya nadie se acuerda de aquello que nos pasó y que nos ha traído adonde estamos? Yo acabé trabajando para un bufete prestigiosísimo, pero de ideología normal y corriente; lo que incluía darnos el capricho de defender de vez en cuando causas muy humanas, de esas de mucho periodista, con sus alcachofas de todos los colores, esperándonos a las puertas de los juzgados. ¿Y qué? ¿Cómo que «y qué»? Sí, que qué paso después. Pues que un día me cansé también yo de seguir esperando que cambiara lo de fuera, volví mis ojos hacia adentro y decidí que era más rápido que cambiara yo. Decidí dedicarme a no hacer nada, a leer libros, todos los que tengo pendientes. Y así, con una valentía de la que no dispondría si tuviera hijos o un hipotecario de los que se llevan ahora, simplemente me despedí del despacho, pacté una indemnización y empecé a hablar con mi hermano de la posibilidad de vender esta casa, que vale una pequeña fortuna. Para ganarme la vida, una vida que he descubierto que puede llegar a tener poquísimos gastos, hago, por libre, una de las tareas más raras que existen: escribo discursos para empresarios que se ven en la necesidad de hablar en público durante la presentación de algún producto, o plan, o que reciben un homenaje o que lo dan… Es curioso que este servicio fuera uno más de los que terminamos dando en la práctica diaria, a modo de favor personal, a algunos clientes del despacho («vosotros que estáis acostumbrados a hablar en público en los juicios, ¿no podríais escribirme algo, nada, cuatro líneas?»). Celebramos los diez años de. Los veinte. Los veinticinco. Los treinta. Luego hay un salto inexplicable, y ya sólo se celebran los cincuenta. El nombramiento como hombre más etcétera del año. El empresario más etcétera del ramo… No me va mal. Porque no todas las empresas tienen doscientos empleados y departamentos capaces de escribir discursos. Las hay pequeñas y medianas. Al principio hacía sólo lo que me llegaba del despacho, pero cada vez me va mejor; me va tan bien, para ser sincera, que creo que, como siga cundiéndose por Madrid la voz de que yo soy esa persona a la que recurrir, acabaré teniendo que volver a mirar hacia adentro para volver a irme del sitio al que llegué por haberme ido del sitio donde estaba. ¿Es esto un resumen de mi vida?

Hace veinte días que salí de mi piso madrileño con la intención de venirme aquí sola, a esta casa, durante los diez días que ella iba a estar fuera dando un curso. Pero ella ha vuelto y yo he seguido aquí. Le he propuesto vernos los fines de semana hasta que termine de escribir una biografía de mi familia que no estoy escribiendo y que nunca he tenido intención de escribir. La quiero, pero hasta ayer, hasta hoy por la tarde, hasta que me he despertado empapada en mi sangre esta misma noche, lo que me apetecía sinceramente era estar sola. Sola y aquí. En la casa de mis padres y en la que fue la mía mientras yo pude seguir siendo la que era.

Llegó un momento en que ya ni siquiera miraba el reloj. Me importaba saber cuándo llegaría la ambulancia, pero es que no podía abrir los ojos. Se ve que el frío me había congelado los párpados durante algún rato que debí de tenerlos cerrados y ahora, sencillamente, no podía abrirlos. Pero cuando toda tú eres hielo, lo bueno es que dejas de notar el frío. Notas lo contrario más bien: diminutos esquimales ocuparon el iglú de mi cuerpo y encendieron fuego y unas oleadas de beneficioso calor nos reconfortaban a todos. Inuit, inuit, inuit, se me oía crepitar por dentro. Y olía intensamente a pescado inuit haciéndose. Y el olor salía de mí. Así huele una mujer cada mes al final de la menstruación. También huelen así las cajas de cartón vacías que recolectas en la acera tras la hora de cerrar las tiendas para meter tus cosas y largarte de una casa en la que has vivido, hasta su muerte, un amor de olor a hierba y a aj’albea.

Pero qué me importa a mí ya todo esto si me estoy muriendo… Hace poco todavía creía que había un límite, una frontera, en dejar de trabajar a sueldo, por ejemplo; y, antes de eso, que lo había en cruzar con el cuerpo desnudo la frontera entre los hombres y las mujeres, pero ni siquiera lo hay en el hecho de que ahora mismo me esté vaciando de aliento. No lo hay. No me parece que lo haya. Una vez que cruzas al otro lado de no importa qué, todo es perfectamente igual a ayer o a hace una semana. Salvo por el dolor. Creo que el único precipicio real es el dolor. Pero puede que lo piense así sólo porque empiezan a dolerme las articulaciones, y tan físicamente, tan insoportablemente, como si me las hubiera roto todas. En este momento, todos mis cojinetes tienen los rodamientos desperdigados. Estoy segura de que, si intentara mover una rodilla, se me quebraría la pierna por la mitad. Si intentara sonreír, mi cóndilo se descapsularía para siempre. Y hasta mi clítoris debe de estar siendo en este instante una reventadiza pompa de jabón (no, de jabón no, de algo igual de frágil, pero de estallido más repentino y añicos más peligrosos… una reventadiza bola roja de árbol de navidad).

No sólo me marea la hemorragia de mi sangre, sino la de mis recuerdos, tan desordenados. La sangre es desordenada, como el flujo de la memoria. Es un líquido incontrolable, por más que los dibujos animados hayan pretendido convencer a los niños de que está constituida por varios cuerpos de ejército de obedientes y disciplanados miembros de los glóbulos rojos o de los blancos. Es caótica porque es líquida y, sobre todo, porque es la manifestación de la vida.

Realmente no sé si me estaré muriendo. Me impongo pensarlo y no puedo. Tampoco puedo pensar en la vida, mi vida, las vidas vividas, las vidas posibles. Ni siquiera puedo pensar en algo mucho más sencillo: en la vida que va pasando. Tanto filósofo hablando del pasar, del correr imparable, del fluir, del río… y ninguna metáfora sirve. No puedo pensar en la vida como un viaje, sólo en mis viajes. Me vienen a la memoria, al pensamiento tendría que decir, recuerdos de viajes, pero de viajes precisos, localizables en el mapa, nada metafóricos, con billete de transporte o volante de coche. Y tengo imágenes, ideas tendría que decir, de ríos, pero de ríos con agua, no del río de la vida. Mis viajes con Carmen. El río Chao Praya. O aquel río negro, no muy grande, pero muy negro, y su peligrosísimo puente, allí por Cahuita, Parque Nacional de Cahuita, cuarenta y cinco kilómetros al sur de Puerto Limón, en el Caribe de Costa Rica, casi frontera con Panamá. El jeep que hemos alquilado nos ha llevado por pistas de tierra hasta la esquinita misma del país. Y ahora tenemos delante un puente que pasar, hecho con tablas de madera. El todoterreno (pero no-todos-los-terrenos, no, ni mucho menos, una engañifa de nombre publicitario) se detiene de puro miedo y ve cómo baja su conductora, que soy yo, a mirar el estado de la estrecha franja de tablones: suponiendo que alguna vez hubieran estado todos puestos y bien clavados, ahora quedan menos de los imprescindibles; y encogidos, además, resecos y retorcidos en escorzos increíbles por culpa de la edad, por la artrosis que padecen los tablones de puente viejo, carcomidos y con los dientes de punta…; de hecho, ya sólo quedaban dos completos que abarcaran todo lo largo del puente, casualmente colocados, eso sí, a la misma distancia, más o menos, que los ejes del coche. Más me valía que acertase a encarrilar bien las ruedas, casi igual de anchas que ellos. Volví al coche para decirle a Carmen, que se había quedado al resguardo del aire acondicionado, que el puente estaba muy mal, que hacían falta muchas narices para pasar por allí y que no todos los caminos eran transitables.

—¿Tan mal está? No estará tan mal… —dijo ella. Su natural despreocupación, que a menudo me hacía tanta gracia, a veces me exasperaba.

—Está como para que nos demos la vuelta, fíjate tú.

—¿Dar la vuelta? ¿Volvernos para atrás?

—A ver. Tú me dirás si no. Sería lo más sensato. O eso, o esperar a ver si viene alguien más y lo pasa y ver cómo lo pasa… Porque, si alguien lo pasa, yo también lo paso —sentencié.

—Pues nos pueden dar las uvas, te advierto. Esto es una pista de tierra que ni viene en el mapa.

—Ya, pero… ¿y qué hacemos, entonces?

—¡Bah! Seguro que no pasa nada. ¿Me bajo y te dirijo la rueda?

—Menuda solución. Que no, te digo. Tú no conduces y por eso no tienes ni idea de lo que es pasar por ahí.

Pero bájate, eso sí, vamos, anda, ven y mira… ya verás cómo se te quitan las ganas… Ven.

El río no era muy ancho, seis o siete metros, pero era negro como la selva. ¡Cualquiera sabe qué clase de bichos y fangos habría ahí abajo! Si cayéramos, no moriríamos ahogadas, sino atragantadas de sustancias sólidas.

—¿Lo ves? Están medio sueltas y podridas —le señalaba las tablas mientras pasábamos a pie sobre ellas.

—Sí, eso parece. Da un poco de cosa, hay que reconocerlo. Y si no te atreves a pasar tú, con lo que eres… —a veces me concedía algún piropo indirecto, como éste—. En fin, bueno: pues nada, oye, nos damos la vuelta y ya está. No importa, qué más da, no tenemos ninguna obligación de ir a ningún sitio.

—O podemos esperar a ver si viene alguien; total, ya que estamos aquí… —volví a proponer yo.

—A mí me parece mejor dar la vuelta —decía ella, mientras regresábamos las dos a refugiarnos en el aire acondicionado del coche, porque se habían cambiado los papeles, como pasa tantas veces cuando alguien nos da sin apenas resistencia una razón por la que teníamos previsto pelear mucho más.

—Vamos a esperar un poco a ver si lo pasa alguien —dije—, porque si yo viera que alguien lo pasa, pues entonces estaría claro que aguanta… Pero un lugareño tendrá que ser, eh, eso sí, porque un turista fanfarrón no me vale. Un nativo, un oriundo, un autóctono…

—O un indiano en viaje de añoranza —siguió ella la cadena.

—O un criollo empecinado… —añadí yo.

—O un mestizo en busca de su mitad salvaje…

—O un misionero aclimatado… —y es que veníamos así, jugando a encadenar palabras de lujo, desde varios kilómetros atrás, y palabras relacionadas con la ubicación de los propios y las intromisiones de los ajenos, precisamente—. Porque digo yo que esto asusta a cualquiera ¿o no? —pregunté—. ¿O sólo a mí? A lo mejor sólo me asusta a mí por ser forastera…

—¡No, qué dices! ¡Menudo canguelo!

—Forastera, urbanita —seguía yo—, occidental, guiri… Somos como dos guiris inglesas por la selva con sombrilla de encaje…

—Pues mejor lo de la sombrilla, porque el aire acondicionado no funciona con el coche parado —se quejó ella.

—Vale, lo pongo en marcha. Cómo eres. Pero luego, si nos quedamos sin gasolina, no te quejes. Ya te lo he dicho, esto gasta una burrada y, como nos quedemos sin gasolina, que mira ya por dónde va el depósito, nos vamos a enterar de lo que vale un peine…

—Por eso. Es mejor que nos demos la vuelta. No pasa nada si damos la vuelta.

—¡A quién se le ocurre hacer un todoterreno de gasolina, con lo que gastan! Eso, para ir de soplapollas por la Castellana, puta madre. Pero aquí, que no hay una gasolinera ni en…

—Espera, mira, allí parece que viene alguien… —me señaló ella.

—Pero tiene que ser un coche pesado, eh, del tipo de éste por lo menos. Si no, tampoco nos vale —me previne yo.

Todavía no era más que una nube de polvo que se acercaba, pero me curé en salud y puse toda mi esperanza en que fuese una moto; en realidad, en no tener que pasar, en dar la vuelta al Suzuki y volver a la carretera asfaltada y dejar Playa Brava para los indios bribris indígenas y los surfistas locos. ¿Para qué teníamos que llegar hasta ella nosotras? No éramos periodistas de aborígenes ni biólogas de una fundación ni siquiera cooperantes con más buena voluntad que prudencia.

Un mes y medio a Costa Rica por nuestra cuenta, aprovechando vacaciones que me debían a mí y el intermedio que había pedido Carmen entre dejar un trabajo e incorporarse a otro… Pero «por nuestra cuenta» estoy segura de que no llegaba hasta el punto de incluir el paso por un puente tan de atrezo Indiana Jones como el que teníamos delante. «Por nuestra cuenta» era una frase autónoma ya, menos exigente y mucho más sensata que la original completa: «… y riesgo». Por algo en los viajes para turistas hace tiempo que no se usa más que la primera parte. Atrás, muy atrás en el tiempo —esa sensación teníamos, especial de los viajes—, en San José, se había quedado nuestro hotel Barceló, con sus cinco estrellas y su fotogénico puentecillo de madera barnizada y firme sobre la perfecta transparencia azulada del agua de la piscina. La transparencia no atraganta, el cloro no mata humanos, el azul, qué bonito, es el color del cielo. Sin embargo, no se puede nadar, ni sabiendo hacerlo de campeonato, en el negro espeso de las venas de la jungla; de la misma manera que su verde enredado es impenetrable.

Un coche rojo con enormes manchas de óxido pasó por el puente sin apenas frenar. Probablemente lo sostuvieran los tablones transversales porque los baches sonaron a pespunte.

—Lo peor de caer con un coche a un río —le explicaba yo a Carmen, mientras metía primera y nos abocábamos a él— es ponerse nerviosa. Bueno, es lógico, claro, y parte del problema, los nervios. Pero que, si no pierdes la calma, y no te empeñas en abrir las puertas, porque eso, con la presión del agua es imposible, y lo que abres son las ventanillas, que es lo que hay que hacer, las dos ventanillas (venga, abre la tuya también, por si acaso), si abres las ventanillas para que la corriente atraviese el coche y no lo arrastre tanto, y dejas primero que se inunde el habitáculo… luego ya puedes salir buceando por la ventanilla sin problemas; hasta te da tiempo a coger la última bocanada de aire mientras se va llenand…

—¡Vaya conversación, hija, por dios! Tú controla y no hables, anda.

Por aquella jungla tropical y por el río Sarapiquí y por Barra del Colorado vimos arañas tan grandes, que podrían tomar un ojo humano por un insecto y comérselo. Y comérselo, redondo y gelatinoso, de un solo bocado. Y serpientes. Las arañas y las serpientes se llevan la palma del miedo muscular, el que tensa los tendones por su cuenta, el que no repara en contenidos, el que se dispara sólo por la forma. «Para que una serpiente me mate a mí», había dicho ella, «ni siquiera le hace falta ser venenosa». También vimos lapas, que allí no son conchas, sino loros multicolores; y dos tucanes distintos que no eran hoteles.

Aquel viaje fue el último feliz que hicimos juntas. Recuerdo que llovió, llovió y llovió a la manera que dice Gabo, don Gabriel. Estábamos en el hotel Plinio, de Quepos. Llovía y llovía y la cortina de agua era mucho más densa que el vidrio de una ventana. Allí no hay canalones, no tendrían sentido, serían incapaces de contener y encauzar los regueros de las tejas. Allí hay techos rizados de chapa rojiza por cuyas simétricas vaguadas se precipitan ríos continuos cuando rompe a llover. Entonces forman realmente lo que se dice una cortina de canutillos de agua. Por la mañana, desayunando, oímos decir a un «tico» que la carretera a San José estaba cortada, que un puente no había resistido. Carmen y yo nos miramos. Pero nada menos que la carretera general y un puente de hormigón. Comentaban que abajo, Quepos, el pueblo, parecía una laguna. Y no fue huracán, sólo agua. No hizo viento (no, claro, es que viento no podía hacer porque, si lo piensas… ¿por dónde iba a colarse el viento entre tanta espesura líquida?).

Cinco años antes de esto, Carmen y yo nos habíamos conocido viendo llover a orillas del lago Toba, en Sumatra. Dicho así, suena romántico, exótico. Pero es que así fue la nuestra para ella, una historia exótica: porque yo era una mujer (y conste que, ante su asombro, no dejé de ser mujer ni un segundo durante todo ese tiempo); y romántica: llena de aventuras y de viajes como si ya nos hubiéramos jubilado, ella a sus cuarenta y dos años y yo a mis veintinueve, como si fuéramos ya, efectivamente, esas dos intrépidas viejas inglesas de sombrilla y siglo pasado que cuentan sus años por itinerarios: el año que subimos al Cabo Norte, ¿qué año era?

Si la dejé hace uno y medio, fue sólo porque otra mujer se cruzó en mi camino. O quizá también porque no se puede parar, sino momentáneamente, las ganas de oxidarlo todo que tiene la naturaleza. Por no poder, ni siquiera podemos modificar mucho sus ganas de mojarlo todo cuando decide ponerse a llover. Cuando techamos un trecho de mundo, conseguimos que no llueva bajo ese diminuto espacio, pero, a cambio, un metro y medio más allá, donde termina el porche de nuestra cabaña de Monteverde, llueve una fila de caños hecha del resumen del agua que hemos desplazado. Y es entonces una fila de sogas de agua mucho más caudalosa que los hilos que hubieran caído naturalmente en el sitio previsto por las nubes y la gravedad. Apenas un desplazamiento de unos metros… ¿es eso una modificación?

Yo creo que sigo sangrando. Tal vez por eso nos veo ahora a las dos dando un paseo por las calles de Poix de Picardía, en Francia. Junto a la iglesia del pueblo, en pleno pueblo, el cementerio: pequeño, lleno de lápidas —ni un solo nicho— y de flores. Llama la atención, en medio de las demás, un conjunto de dos calles de lápidas iguales, exactamente iguales, de medio metro de anchas y menos de un metro de altas. Parecen antiguos mojones de carretera. Pero demasiado juntos para marcar el camino o la distancia a ninguna parte. Son la llegada. Están escritas en inglés, no en francés. Son todas de soldados muertos en 1943. Unas cuarenta. Muy juntas, sí, hemos visto ese tipo de lápidas en las películas americanas, alineadas en dos filas disciplinadas, militares. Y todas llevan grabado lo mismo: un escudo de lo que parece su cuerpo de armas —alas de Espíritu Santo—, el nombre, el año 1943, y la edad, «Age 22». Age 21. Age 22. Age 21. Age 22. Age 23. Age 21. Age 19. Age 22. Age 20. Age 22… Había uno de age 30, un sargento, colocado abriendo, o cerrando, según se mire, una de las filas. En la parte de abajo de la lápida, algunos, no todos los muertos, tenían una inscripción en inglés. Cosas sobre dios, el descanso o el propósito imposible de no olvidar. Pero había una especial. No quise aprenderme el nombre del muchacho al que le escribieron esto: «Es uno más de entre ellos, pero es el nuestro». Carmen ha dicho después de traducírmelo: «Vámonos, se me ha puesto la carne de gallina». Parecen fichas de dominó sobre un tapete verde, césped natural, muy verde y muy bien cortado. Hierba en la que apetece tumbarse hasta que anochezca. A los pies de cada uno han plantado los franceses rosales rojos. Y los cuidan. A espaldas del cementerio hay un bosquecillo de árboles altos, del norte, muy umbrosos, yo no sé cómo se llaman, y un caminillo doméstico entre ellos; esta mañana estamos vivas y hemos andado un ratito por allí. Es febrero y nuestro viaje es a Normandía…

¿Qué me está pasando? ¿Qué clase de conexión entre hechos dispersos del pasado nos conduce a la muerte? O de desconexión. O al frío, porque tal vez no voy a la muerte, sino a su frío anterior, anticipatorio. Frío sí que tengo, mucho. Tiemblo como los guacharillos a la intemperie cuando se sacuden el agua; sólo que yo estoy seca y a cubierto, me estoy secando en mi propia casa. No entiendo los hilos de mi manera de pensar y de recordar en esta noche. Su boca besándome, sus manos acertando a encontrarme las puertas del cuerpo y los adentros del alma, su espalda cerrándomelas. O es que no son hilos. Son desconexiones, sí, más bien. Antes de que consiga llegar a la moraleja, mi vida se para en una secuencia sin importancia y se reanuda en otra igual de insignificante. Se desmadeja y se enreda, de haber un hilo. O, de no haberlo, explota como una bombilla y desintegra la redondez del universo al que pertenece. Además de dejarme a oscuras. Me quité la cadena con la medalla de la virgencita niña y la fecha de mi primera comunión, todavía muy reciente en aquel momento, para no perderla si flotaba fuera de mi cuello aquella vez que bajamos al río a bañarnos sin permiso de nadie; la metí y la olvidé en el bolsillo de mi vestido y pedaleé con ella allí dentro, todo el camino de vuelta, hasta llegar al pueblo. Se enredó tanto, que mi madre no pudo desenredarla; ni Dora, que tenía cuatro veces más paciencia que mi madre. Hay hilos que no se desenredan jamás; hasta hay cadenas que. Mi madre lo explicó así: «Es que, cuanto más fina la cadena, más difícil de desenredar y ésta es tan fina, tan fina, que es imposible, vamos». «Más fina que los hilos de seda con los que les bordo yo a las monjas», añadió Dora y ya se estaban riendo las dos. «Como que más fina no la hay, más fina que ésta no la pueden hacer ya con eslabones; hubieran tenido que hacerla con suspiros», siguió mi madre. «Pero, ea, qué se va usted a esperar de un engurruñío como ése, que le da veinte bocaos a un cañamón», dijo Dora. Yo empezaba a saber por entonces que se referían, muertas de risa, a mi tío Rafael. «Eso la cadena, pero ¿y la medalla? No te pierdas la medalla… A saber el extra que le habrá cobrado el joyero para poder grabarle a la chiquilla el nombre y la fecha en una medalla tan chica». «Tan chica, tan chica, que ni se ve bien si es redonda o alargada»… Recuerdo que sabían encadenar sin perder el hilo, ellas sí, carcajadas y comentarios en un juego de ocurrencias igualitario, divertido, entrañable. Me gustaría saber qué fue de Dora.

Creo que oigo llegar la ambulancia. O me hace ilusión creerlo. Es una certeza extraña… pero juraría que no me duele mi dolor si ahora resulto ya demasiado vacía para que puedan volver a llenarme de algo las venas. De algo que ya no seré yo tendrá que ser porque toda esta vida roja que fue la mía ya no puede recogerse. Se la han bebido un colchón y un sofá, manda narices: demasiadas horas de tele y de sueño desperdiciadas. No, no es mi dolor el que me duele, sino el dolor definitivo que sentirá mi hermano cuando se lo digan; y el dolor reflejo que sentirá Carmen; y el dolor nuevo que sentirá ella otra, que apenas ha tenido tiempo de conocerme. Tal vez también le duela, de una forma difusa, como duelen los pequeños fracasos, a la telefonista del 003 si llega a enterarse. Es extraño esto, sí… no se me ocurrió que llegaría a alegrarme de que mis padres estén muertos, sobre todo mi madre. Mi madre no sufrirá.

Pero… ¿qué pasa ahora? De pronto noto que algo ha cambiado aquí, en mi casa. Algo raro ocurre. Tengo miedo. Sólo que es un miedo distinto, concreto, ajeno a mi debilidad, me parece. Viene de fuera de mí, casi estoy segura. Esta forma de miedo me resulta familiar, reconocible y sé que viene de fuera. Algo está pasando aquí y no tiene que ver conmigo. Me siento amenazada desde fuera, como si estuviera en peligro. Tengo que volver al presente real y pensar. Tengo que hacer el esfuerzo de espabilarme un poco y pensar porque algo pasa. Algo está pasando a mi alrededor. No estoy sola. Debería poder abrir los ojos. El ruido de motor que he oído parar frente a la casa era, eso me ha parecido, el de una camioneta, pero no ha llegado acompañado de sirenas. Puede que, sin darme cuenta, desechara al principio este detalle pensando en que tal vez los responsables de la ambulancia habían considerado innecesario cruzar un pueblo desierto a las cuatro de la mañana con las sirenas despertando a todo el mundo. Puede que lo pensara así, aunque no me haya dado cuenta de que pensara en eso, no he sido consciente de ninguna reflexión sobre la falta de sirena. Ahora, sin embargo, otra clase de ruidos vienen a darle un contenido distinto a la ausencia de ése. No creo que en este momento esté ya del todo consciente. Pero tengo que hacer un esfuerzo porque me parece que oigo sonidos metálicos en el salón y un caer de cosas precipitadas en el piso de arriba. Creo que alguien me está zarandeando para que hable. Siento correazos de calor en las mejillas.

«Dinos dónde están las joyas y las cosas de valor… Si te portas bien, a lo mejor avisamos para que venga la ambulancia cuando nos vayamos, pero tienes que portarte bien, guapita, tenemos que salir contentos de aquí, muy contentos, ¿entiendes? No queremos que te mueras, tía, tú dinos dónde está lo de valor y, cuanto antes acabemos, mejor para ti…».

No sé si este discurso está siendo así de largo y todo seguido. Puede que se haya estado extendiendo, fragmentado, a lo largo de un rato, a frase por empujón y bofetada. Diría que me están echando agua a la cara, pero no lo sé. Una de las voces parece estar contestando ahora a algo que haya dicho yo, pero yo no soy consciente de haber hablado, de poder hablar.

«Pues porque vamos a llamar desde una cabina para que no sepan desde dónde llamamos, por eso no importa, so lista. Pero que a ti te tiene que dar igual eso, ¿sabes? Tú lo único que tienes que pensar es que, o te fías de nosotros y nos ayudas, o aquí te quedas, no hay más… ¿me oyes? ¿Te enteras? (Esta tía está muy mal, tú, no se entera, yo creo que no oye)».

«Si se entera de que hemos arrancado el teléfono es que no está tan mal… Déjamela a mí».

Aquel amigo de mi hermano, Bartolo, el bizco, el huérfano de padre, el azogue… ¿por qué me lo recuerda esta brumosa cara de hombre que tengo ahora delante? Pero yo no puedo ver caras, ninguna cara real, porque no puedo abrir los ojos. Sin embargo, diría que ha sido él el que acaba de detener el brazo del que me pegaba. Le ha dicho que me deje ya, que me conoce, que conoce la casa y que me deje ya, que estoy inconsciente. Pero no puede ser porque Bartolo está preso en la cárcel desde hace unos años. Y aunque no estuviera allí, cómo iba a reconocerlo yo después de tanto tiempo; no hemos vuelto a verlo desde que era un chaval. Probablemente la voz no ha dicho que me conoce, sino que «no conoce», refiriéndose a mí, «déjala, ¿no ves que ya ni conoce?». Y seguramente no ha dicho tampoco que conozca la casa, sino que no hay más que rascar en esta casa. Y también puede que nada de lo que creo haber oído se haya dicho fuera de mi cabeza.

En todo caso, debí darme cuenta de que en una provincia como la mía, un apellido poco frecuente, sonoro y de señorito de siempre, el mío, Lara de Nuño, el que me dio mi padre, el que yo di por teléfono, es más que conocido. Mi ángel del 003 aparece ahora súbitamente a mi entendimiento como iluminada por el truco de la linterna bajo la barbilla que utilizábamos de niñas para transformarnos en pavorosos espectros. De ángel a demonio. La casa de mis padres es grande y de piedra, es del siglo XVI y, por tener, tiene hasta una pequeña capilla, con un cristo de madera policromada de la misma época. Pero el cristo tiene dos metros de alto, no podrán llevárselo. No querrán llevárselo, está catalogado. Y a mí qué si se lo llevan. Pero no, a mí qué no. Es hermoso como un dios vencido. Sería horrible que acabara comprándolo de tapadillo en Sotheby’s un maquillado y lechoso misógino inglés. O Madonna, quién sabe. ¿Para quién estoy haciendo los chistes? Me estoy muriendo y me están pegando. Leí una vez el testimonio de un torturado uruguayo que decía que no podía evitar hacer chistes mientras lo torturaban. Estaba exiliado en Suecia, el único país del mundo que abrió un centro para estudiar la tortura… Hagamos inventario. La nobleza y los medio nobles no paran de hacer inventario desde la Revolución Francesa, como si se hubieran transmutado definitivamente en sus posesiones más simbólicas, las más rancias, sí, como si temieran perder la identidad si no se inventarían a sí mismos. Por eso, aunque llegáramos a pasar hambre, jamás convencería a mi hermano de que vendiéramos esta casa: «Significa mucho para mí», dice. También la casa que heredan dos hermanos en Aluche es la casa de sus padres y la de su infancia y no dudarían un minuto en venderla. ¿Es que no significa nada para ellos o es que no significa nada fuera de ellos? Es más bien que no significa nada fuera de ellos, que no es un símbolo para nadie más que para ellos, así que es perfectamente vendible. Los pobres no se transmutan tan fácilmente en sus cosas porque sus identidades irían a parar a objetos bastante feos en general: un sofá de escay marrón, por ejemplo. Hagamos inventario, me están pidiendo ahora mismo que lo haga, ellos no lo dicen así, pero eso quieren, un inventario: una bodega llena, una cuadra vacía, plata y nueve dormitorios, cuadros que valen aunque sólo sea por viejos o por los marcos —«yo ahora ya no puedo mantener esta casa con el dinero que gano por libre», le dije a mi hermano, pero dejemos eso, sigamos con el inventario—, candelabros y lámparas de crista-lillos… Sillones, butacas, mesas, secreteres, aparadores o vitrinas que harían las delicias de cualquier anticuario de Serrano, vendedor de memorias de familia falsa a los yupis del Soto de la Moraleja —he dicho Soto, ellos no lo dicen, sin embargo, abrevian, se les olvida la primera de las dos palabras—. Mi escritorio lleno de cajoncillos, marquetería de filigrana en la que no falta el marfil, podría acabar, si estos que me están rematando esta noche no fueran tontos, y ya que tienen camioneta, en algún adosado de Las Rozas con el título de presentación a las visitas de «era un mueble de casa de toda la vida, se lo pedí a mi madre cuando fuimos en navidad, porque allí, chica, entre tantas cosas antiguas, es que ni lucía»… Pero éstos no quieren cosas grandes. Pendientes, pulseras, aderezos completos y solitarios; camafeos, gargantillas, gemelos, broches; anillos de casadas, anillos de pedidas y anillos; alfileres de corbata, relojes de bolsillo y de pulsera; botonaduras de cuatro y botonaduras de media docena, collares de perlas de cantarina desigualdad, medallones y medallitas de varias vírgenes de escogidos poderes cada una…: el problema es que todo eso que quieren éstos, las joyas, salió de aquí cuando la casa se quedó vacía. Un lote se lo llevó mi cuñada y el mío me lo llevé a Madrid y allí lo tengo, sencillamente en el cajón de una mesilla de noche comprada en muebles La Fábrica…

—Llevaos el cáliz. Es de oro macizo y tiene rubíes.

—Qué cáliz, qué es eso, qué dices…

—Es el copón, el recopón de la hostia, nada menos… —creo que eso acabo de decir y me estoy riendo sola—, es lo que más vale de todo lo que hay aquí. Vale una fortuna. No sólo por el oro y las piedras, sino por antiguo. Pero no está en la capilla, está en la cocina. Lo uso para poner los corchos de las botellas que abro, siempre hace falta tener alguno para cuando no te terminas el vino… la sangre… ojalá sirva también para contener la mía…

¿Y ahora qué pasa? ¿Siguen pegándome a pesar de que ya les he ofrecido mi cáliz?

—¿Por qué? ¿Y la ambulancia? —me oí decir.

—(Se está despertando). No te preocupes, no pasa nada, ya estás en el hospital… —me pareció que era la voz de mi hermano y que me decía un montón de cosas más.

Esperé a que dejase de hablar. Creo que esperé también a que no hubiera tantos ruidos a mi alrededor. Quizá esperé además a que no hubiera tanta luz que me hiciera tan difícil abrir los ojos. Según mi hermano, esperé casi un día entero para volver a decir:

—Tenemos que localizar a la telefonista del 003 que me atendió, es muy urgente…

—¿Ah, sí? ¿Y eso por qué? —dijo él.

—¿Has estado en la casa? —le pregunté y, en ese momento, me sentí tan despierta como lo había estado toda mi vida al despertar.

—Sí, estamos parando allí, claro… ¿por qué?

—¿Has notado si nos han robado algo, si hay cosas tiradas?

—¿Robarnos? Yo no sé que nos hayan robado nada.

—¿No hay nada revuelto por la casa, todo está en su sitio?

—Yo no he notado nada raro. Pero bueno, ¿qué manera es ésta de despertarte?

—Es de noche. ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

—Dos días. Bueno, no llega: te trajeron ayer de madrugada. Nosotros vinimos muy temprano por la mañana, en cuanto nos avisaron.

—¿Sabes si el cáliz de la capilla sigue estando en la cocina?

—¿Cómo que si…? Pero ¿qué clase de pastillas te han dado? No te entiendo. ¿Es que pasó algo en la casa? ¿Te han atacado o qué? Porque has estado medio dormida medio despierta, diciendo cosas… como defendiéndote de gente que te pegaba y quería robarte.

—Tú averigua si el cáliz está en la cocina o no, hazme el favor. Y si está, que seguro que sí está, ahora me parece que va a estar allí seguro, claro que sí… Si está, localiza a la telefonista de información de la provincia que tuviera el turno la noche que me trajeron… (bueno, y si no está el cáliz, también). Tú localízala. Por favor. Hazme ese favor, hermano. A lo mejor tenemos que darle las gracias —yo siempre le he llamado «hermano» a mi hermano, tal vez por no recordarle que se llama Pablo como su padre—. Fue ella la que se encargó de llamar a la ambulancia…

—La localizaré, no te preocupes ahora por eso. Y le daremos las gracias.

—Y otra cosa, otro favor: mira a ver si puedes averiguar si Bartolo sigue preso, ¿no lo habían trasladado desde Cataluña a la cárcel de Jaén?

—¿A qué viene que quieras saber ahora de Bartolo?

—Tú averíguamelo si puedes, anda, sé bueno.

—Ya, Teresa, pero me gustaría saber a qué viene ese interés. Y precisamente ahora.

—Si me haces las averiguaciones, yo te lo cuento.

—De Bartolo no hace falta averiguar nada —dijo él, muy pensativo—. Será casualidad, no digo que no, pero… hay que ver, pasan años sin que salga Bartolo por ninguna parte y desde ayer… Resulta que ayer por la noche salí un rato por el pueblo, ¿sabes? Y me vinieron con el cuento, a mí ni se me ocurrió preguntar por él, ya ves, no he vuelto a verlo desde que teníamos dieciséis años. Pero me vinieron con el cuento. El Sábat, Luis Sábat, ¿sabes quién te digo?

—Pues… así, no….

—(Bueno, da igual. Otro de la panda de cuando éramos chicos, un idiota). Viene y me dice: «¿Te acuerdas de Bartolo, el bizco, el de los tejares? Y yo. Pues sí, cómo no me voy a acordar». «Es que murió el mes pasado. De sida. En la cárcel. Vino en el periódico, en el Jaén, porque por lo visto la madre pidió que lo dejaran salir, porque estaba muy mal (ya ves si estaba malo, ¡como que estaba agonizando!), y no le dejaron salir. Lo denunció, el caso, una asociación antisida. Por eso vino en el periódico. Porque no le concedieron el permiso ese, especial, que por lo visto les conceden a los presos cuando están terminales». Eso me contó, y él lo contaba como si tal cosa. Pero a mí se me revolvieron las tripas oyendo al imbécil del Sábat, precisamente al Sábat, además, decir que Bartolo había muerto.

—¿Muerto?

—Muerto. El mes pasado. Pero lo raro es que te hayas acordado tú también de él ahora. Qué casualidad, ¿no? ¿Por qué querías que me enterara?

—Por nada.

—Por algo será. Digo yo.

—Sí, pero… en realidad por nada. Creo que en uno de los sueños que he tenido aparecía él —quise cambiar de tema cuanto antes porque sabía que a mi hermano le podía estar doliendo recordar a Bartolo—. Y no exactamente él, sino alguien que se le podría parecer. Una especie de ladrón bueno. Siempre hay uno en la película, ¿no? ¿Por qué no lo va a haber también en los sueños? —luego tomé aire antes de preguntarle de sopetón y le pregunté de sopetón a propósito—. ¿Es grave lo mío?

Lo peor es que él también lo tomó, aire, antes de responderme:

—¡Qué va! —y empezó a darme muchas explicaciones, demasiado bien hiladas sobre lo que habían dicho los médicos.