La música de corazones
Hay música en mi cabeza, y es de color rojo y negro. Es la mañana siguiente al As de corazones.
Lo siento como una resaca.
Anoche, tras asegurarme de que Bernie estaba bien (lo dejamos durmiendo en la cabina de proyección), tomamos de nuevo Bell Street y nos adentramos en la noche. Corría un aire húmedo, y la única persona en los alrededores era un hombre joven, sentado en un banco viejo y roñoso, que miraba en la otra dirección.
Al principio estaba ensimismado en lo que acababa de suceder en el cine, y cuando me volví para echar otro vistazo al hombre, ya no estaba.
Había desaparecido.
La voz de Audrey formuló una pregunta pero no la oí. Se detuvo al margen de la estridencia que resonaba en mis oídos. Me pregunté qué era, y entonces, sin asomo de duda, lo supe. Eran corazones rojos y palabras negras, latiendo.
Supe con certeza que el hombre del banco era el mismo que había estado en el cine.
Tal vez podría haberme conducido hasta la persona que envía los naipes. Tal vez.
La estridencia en mis oídos fue amainando conforme caminábamos. Los pasos y la voz de Audrey se hicieron nuevamente patentes.
Ahora es por la mañana y vuelvo a escuchar ese ruido.
El naipe está en el suelo.
Doorman yace junto a él.
Cierro los ojos pero solo veo rojo y negro.
«Es el último naipe», me digo, pero me doy la vuelta y sigo durmiendo pese a la música de corazones que late contra mi cama.
Sueño que estoy huyendo. En un coche.
Con Doorman en el asiento del copiloto.
Probablemente se deba a que lo tengo al lado y lo huelo.
Es un sueño muy hermoso, como el final de una película norteamericana donde el protagonista y su chica se alejan con el coche, rumbo al ancho mundo.
Con la diferencia de que yo viajo solo.
Sin chica.
Únicamente estamos Doorman y yo.
Lo trágico de todo esto es que mientras duermo me creo el sueño. Despertar es una bofetada, porque de pronto ya no estoy en la carretera. Doorman ronca a mi lado y tiene la pata trasera sobre el naipe. Ahora mismo no podría cogerlo aunque quisiera. No me gusta molestar a Doorman cuando duerme.
Dentro del cajón, los demás naipes esperan la llegada del último.
«Solo uno más», pienso, y me arrodillo sobre la cama enterrando la cabeza en la almohada.
No rezo, pero casi.
Cuando me levanto, desplazo a Doorman y vuelvo a examinar el naipe. Está escrito con la misma letra de siempre. Esta vez los títulos son los siguientes:
La maleta
La ingenua explosiva
Vacaciones en Roma
Estoy convencido de que son títulos de películas aun cuando no he visto ninguna de ellas. Recuerdo que La maleta es bastante reciente. No la habían proyectado en el Bell Street Cinema, pero estoy seguro de que estuvo en cartel en uno de esos cines recónditos pero populares de la ciudad. Recuerdo haber visto algunos carteles. Se trataba de una nueva versión española, creo; una comedia de gánsteres llena de matones, tiros y una maleta repleta de francos suizos robados. Las otras dos películas no me suenan de nada, pero conozco al hombre que puede ayudarme.
Estoy listo para actuar, si bien permito que el trabajo se interponga durante los pocos días que faltan para Navidad. En esta época siempre hay mucho movimiento, por lo que acepto algunos turnos extra y trabajo muchas noches. Llevo el As de corazones en el bolsillo de la camisa. Viaja conmigo allí donde voy y no pienso soltarlo hasta que todo esto haya terminado.
«Pero ¿terminará con este naipe? —me pregunto—. ¿Me liberaré al fin?». He comprendido ya que esta experiencia me acompañará el resto de mi vida. No me va a abandonar nunca, aunque también me temo que hará que me sienta agradecido. Digo «me temo» porque hay veces que no quiero que esto sea un recuerdo entrañable hasta que toque a su fin. También me temo que nada finaliza realmente cuando llega el fin. Los recuerdos permanecen mientras son capaces de blandir su espada y encontrar un punto blando en la mente para hacer un tajo y penetrar en ella.
Por primera vez en años reparto felicitaciones de Navidad.
La única diferencia es que no reparto felicitaciones de Papá Noel o abetos navideños. Encuentro unas barajas viejas y extraigo todos los ases. Escribo una nota breve en el naipe para cada lugar que he visitado, lo guardo en un sobre pequeño y pongo «Feliz Navidad de Ed». También se la envío a los chicos Rose.
Las reparto con el taxi antes de un turno de noche y en todos los lugares menos uno consigo pasar inadvertido. Sophie es la única que me ve, y debo confesar que hasta cierto punto lo deseaba.
Por la razón que sea siento algo especial hacia Sophie. Puede que una parte de mi ser la quiera porque es una eterna perdedora, como yo. Pero sé que hay algo más.
Sophie es hermosa.
En su forma de ser.
Tras dejar el sobre en el buzón giro sobre mis talones y me alejo con andar resuelto, como en los demás casos, pero en ese momento su voz me llega desde arriba, desde su ventana.
—¿Ed? —me llama.
Cuando me vuelvo me llama de nuevo, para que la espere, y al rato aparece en la puerta. Viste una camiseta blanca y un pantalón corto azul de correr. Lleva el pelo recogido y el flequillo ondea en su cara.
—Te he traído una felicitación de Navidad. —Una estupidez súbita se adueña de mí y de pronto me siento cohibido, de pie en el camino de entrada de su casa.
Abre el sobre y lee la felicitación.
En la suya he añadido algo debajo del diamante.
«En ti hay belleza», escribí, y advierto que sus ojos se funden ligeramente cuando lo lee. Es lo que le dije el día de los pies descalzos y la sangre en la pista de atletismo.
—Gracias, Ed —dice, mirando fijamente el naipe—. Nunca me habían regalado una felicitación como esta.
—Se les habían acabado las de abetos navideños y Papá Noel —contesto.
Se me hace extraño repartir naipes entre esas personas. Jamás conocerán su verdadero significado, y en algunos casos ni siquiera sabrán quién diantre es Ed. Al final me digo que tampoco importa y me despido de Sophie.
—¿Ed? —pregunta.
Estoy en el taxi y bajo la ventanilla.
—¿Sophie?
—¿Podrías…? —La voz sale delicadamente de su boca—. ¿Podrías decirme qué puedo darte yo? Tú me has dado tanto.
—No te he dado nada —le digo.
Pero me conoce.
Nada fue una caja de zapatos vacía, pero no la cambiaríamos por nada.
Los dos lo sabemos.
El volante arde cuando me alejo.
La última carta que entrego es la del padre O’Reilly, quien al parecer está dando una fiesta en su casa para todos los casos perdidos de su calle. Los tipos que intentaron quedarse con mi cazadora, mi dinero y mis cigarrillos inexistentes están allí, comiendo sándwiches de salchichas bañadas en salsa y cebolla.
—Eh, mirad —me señala uno. Creo que es Joe—. ¡Es Ed! —Busca al padre con la mirada—. ¡Oiga, padre! —Llama escupiendo la mitad de su sándwich junto con las palabras—. ¡Ha venido Ed!
El padre O’Reilly se acerca rápidamente y dice:
—He aquí el hombre que ha hecho de este un año especial. Te he llamado.
—Estaba un poco ocupado, padre.
—Entiendo. —Asiente con la cabeza—. Tu misión. —Me lleva a un lado—. Quería darte otra vez las gracias.
Sé que debería sentirme bien por sus palabras, pero no es así.
—No he venido para que me dé las gracias, padre. Solo quería traerle una humilde felicitación de Navidad.
—Gracias de todos modos, muchacho.
Me siento frustrado con mi último As.
De todos ellos, el de corazones tenía que ser el último.
Me ha tocado corazones y por la razón que sea se me antoja el más peligroso de todos.
La gente muere por un corazón roto. Tiene ataques de corazón. Y el corazón es lo que más duele cuando las cosas se tuercen o desmoronan.
Cuando salgo a la calle el padre percibe mi aprensión. Dice:
—Tu misión no ha terminado aún, ¿verdad? —Sabe que él era solo una pieza de un plan más complejo.
—No, padre —respondo—. No ha terminado.
—Todo saldrá bien —me dice.
—No —replico—. No saldrá bien porque sí. Ya no.
Es cierto.
Si quiero estar bien algún día, tendré que ganármelo.
El naipe sigue en mi bolsillo cuando le deseo al padre feliz Navidad y me adentro en la noche. Noto el As de corazones balanceándose en el bolsillo, inclinándose hacia delante para acercarse un poco más al aire y al mundo al que debo enfrentarme.
—¿Adónde? —pregunto a mi primera pasajera al día siguiente, pero no alcanzo a oír la respuesta. Solo puedo oír el sonido de los corazones una vez más, gritando y vociferando y palpitando en mis oídos.
Más deprisa.
Más deprisa.
No hay motor.
No hay tic-toc del intermitente, ni voz de la clienta, ni el ruido del tráfico. Solo hay corazones.
En mi bolsillo.
En mis oídos.
En mis pantalones.
En mi piel. En mi aliento.
Están en el interior de mi interior.
—Solo corazones por todas partes —suelto, pero mi clienta no tiene ni idea de lo que digo.
—Aquí va bien —dice.
Aparenta unos cuarenta, lleva un desodorante que huele a humo dulce y un maquillaje del color de las rosas. Cuando me tiende el dinero me habla mirándome por el retrovisor.
—Feliz Navidad —dice.
Su voz suena como los corazones.
El beso, la tumba, el fuego
He comprado cuanto necesito para Nochebuena. Más alcohol que comida, por supuesto, y cuando la gente llega, mi choza huele a pavo, a ensalada de col y, cómo no, a Doorman. Durante un rato el pavo se impone, pero el olor de ese perro puede con todo.
La primera en llegar es Audrey.
Trae una botella y galletas hechas por ella.
—Lo siento, Ed —me dice al entrar—, pero no puedo quedarme mucho rato. —Me da un beso en la mejilla—. Simon ha quedado con sus colegas y quiere que le acompañe.
—¿Tú quieres ir? —pregunto, pese a saber que sí quiere. ¿Por qué debería preferir quedarse con tres tíos decididamente inútiles y un perro apestoso? Estaría loca si se quedara con nosotros.
—Claro —responde Audrey—. Sabes que no hago nada que no quiera hacer.
—Es cierto. —Lo es.
Empezamos a beber en el momento en que llega Ritchie. Oímos su moto desde lo alto de la calle y cuando aparca, nos grita que le abramos la puerta. Acarrea una gran nevera portátil repleta de langostinos, salmón y rodajas de limón.
—No está mal, ¿eh? —La deja en el suelo—. Es lo menos que podía hacer.
—¿Cómo la has traído hasta aquí? —pregunto.
—¿El qué?
—La nevera. Has venido en moto.
—Oh, la amarré detrás. He hecho casi todo el trayecto de pie porque la nevera ocupaba la mitad del asiento. —Nos obsequia con un generoso guiño—. Pero ha merecido la pena. —La mitad de su paga se le debe de haber ido en el contenido de esa nevera.
Ahora esperamos.
A Marv.
—Apuesto a que no viene —dice Ritchie una vez que se ha instalado cómodamente. Se palpa el áspero bigote y su pelo tiene el aspecto sucio y basto de siempre. La diversión es su máxima. Está deseando que llegue el momento. Dando sorbos de cerveza y sentado en el sofá, utilizando a Doorman de escabel. Parece un gandul desgarbado, ahí tirado y con los pies cómodamente en alto. Hasta posee un aire de distinción.
—Apuesto a que sí —digo—. De lo contrario, arrastraré a Doorman hasta su puerta y le obligaré a besarlo allí mismo —comento, dejando mi bebida sobre la mesa—. Hacía años que no me apetecía tanto la Navidad.
—Lo mismo digo —contesta Ritchie. Está impaciente.
—Además, es una comida gratis —continúo—. Por muchos miles que Marv tenga en el banco, siempre será un gorrón. Vendrá, créeme.
—Mira que es tacaño —conviene Ritchie. Espíritu navideño en su forma más pura.
—¿Y si le llamamos? —propone Audrey.
—No. Dejemos que venga a nosotros. —Ritchie suelta una risita y puedo olerlo. Va a ser genial. Mira al perro y dice—: ¿Preparado para tu gran noche, Doorman?
Doorman levanta la vista como diciendo: ¿De qué demonios hablas, colega? Nadie le ha contado lo que le espera esta noche. Pobre chucho. Nadie le ha pedido su opinión.
Marv entra al fin. Con las manos vacías.
—Feliz Navidad —dice.
—Sí, sí, feliz Navidad. —Señalo sus manos vacías—. Caray, eres todo generosidad.
Pero sé qué está pensando.
Ha decidido que si tiene que besar a Doorman, con eso cumple de sobra. También advierto que se está aferrando a la vaga esperanza de que lo hayamos olvidado.
Ritchie se encarga de echarla por tierra.
Se levanta y dice:
—¿Y bien, Marv? —Con una gran sonrisa.
—¿Y bien qué?
—Ya sabes —interviene Audrey.
—No —insiste Marv—. No sé.
—Déjate de cuentos. —Ritchie se pone firme—. Tú lo sabes y nosotros lo sabemos. —Está disfrutando. Casi espero que se frote las manos con deleite—. Marv —anuncia—, vas a besar a ese perro. —Señala a Doorman—. Y cuando le beses te va a gustar. Vas a hacerlo con una sonrisa de oreja a oreja o te haremos repetirlo hasta que…
—¡Vale! —gruñe Marv. Me recuerda a un niño que no puede salirse con la suya—. En la coronilla, ¿no?
—Oh, no —dice Ritchie. Se levanta saboreando cada segundo—. Creo que el trato fue que le besarías en los morros, y es ahí —señala a Marv con el dedo— donde lo vas a hacer.
Doorman levanta la vista.
Parece nervioso.
—Pobrecillo —declara Ritchie.
—Lo sé —lloriquea Marv.
—Tú no. ¡Él! —Ritchie señala al perro con el mentón.
—Basta de tonterías —dice Audrey. Me tiende la cámara—. Adelante, Marv, todo tuyo.
Horrorizado, con el peso del mundo sobre los hombros, Marv se inclina y finalmente consigue acercar su cara a la de Doorman. Doorman parece tan asustado que da la impresión de que vaya a romper a llorar en cualquier momento: pelo negro y dorado y ojos vidriosos.
—¿Tiene que sacar la lengua de ese modo? —me pregunta Marv.
—Es un perro —digo—. ¿Qué más quieres de él?
Visiblemente descontento, Marv finalmente lo hace. Se inclina y besa a Doorman en el hocico el tiempo suficiente para que yo pueda hacerle una foto y Audrey y Ritchie vitorear, aplaudir y estallar en carcajadas.
—¿Ves como no era tan difícil? —observa Ritchie, pero Marv se ha ido directo al cuarto de baño.
Pobre Doorman.
Yo también le doy un beso, en la frente, y un pedazo de la mejor parte del pavo.
Gracias, Ed, sonríe.
Doorman tiene una bonita sonrisa.
Más tarde conseguimos que Marv se relaje y ría un poco, aunque todavía se queja del sabor de Doorman en los labios.
Comemos, bebemos y jugamos a las cartas hasta que un golpe en la puerta anuncia la llegada del novio. Bebe con nosotros un rato y se come algunos langostinos. Es un tipo simpático, concluyo, pero salta a la vista. Audrey no le quiere.
Supongo que eso es lo que importa.
Una vez que Audrey se ha ido, decidimos no llorar sobre nuestras cervezas. Comemos, bebemos y salimos a dar una vuelta por el pueblo. Una fogata ilumina la cima de la calle principal y nos dirigimos a ella.
Al principio nos cuesta caminar en línea recta, pero cuando llegamos ya estamos bastante sobrios.
Es una buena noche.
Gente bailando.
Conversaciones animadas.
Algunas personas peleándose.
Siempre es así en Navidad. La tensión acumulada durante el año alcanza su punto álgido.
Junto a la fogata veo a Angie Carusso y a sus hijos, o mejor dicho ellos me ven a mí.
Noto una palmadita en la pierna y cuando bajo la vista veo a uno de los niños. El que siempre llora.
—Eh, señor —dice.
Cuando me vuelvo veo a Angie Carusso con un helado en la mano. Me lo ofrece y dice:
—Feliz Navidad, Ed.
Lo acepto.
—Gracias —digo—. Justo lo que necesitaba.
—A todos nos pasa alguna vez. —La alegría que le produce poder devolver un pequeño favor es patente.
Doy un mordisco y pregunto:
—¿Cómo estás, Angie?
—Ah… —Mira a los niños y de nuevo a mí—. Sobrevivo, Ed. A veces eso ya es mucho. —Recuerda algo—. Por cierto, gracias por la felicitación. —Y se aleja lentamente con sus hijos.
—De nada —digo—. Disfruta de la noche.
—Disfruta del helado —responde rodeando la fogata.
—¿Quién es? —pregunta Marv.
—Una conocida.
Es la primera vez que me regalan un helado por Navidad.
Dejo que su dulce frescor me empape los labios mientras miro el fuego.
A mi espalda oigo a un padre hablando con su hijo.
—Vuelve a hacerlo y te daré una patada en el trasero tan fuerte que aterrizarás en la hoguera. —Su voz se suaviza y adquiere un tono burlón—. Y no nos gustaría que eso ocurriera, ¿a que no? A Papá Noel no le haría mucha gracia que digamos, ¿no te parece?
Marv, Ritchie y yo disfrutamos de la monserga.
—Aaaah —suspira Ritchie con satisfacción—. En eso consiste la Navidad.
Todos hemos oído eso mismo de nuestros padres. Por lo menos una vez.
Pienso en mi padre, muerto y enterrado. Mi primera Navidad sin él.
El helado se me derrite en los dedos.
Cuando la noche avanza hacia la madrugada del día de Navidad, Marv, Ritchie y yo nos separamos sin querer. Hay mucha gente y una vez que nos perdemos ya no hay manera de reencontrarse.
Cruzo el pueblo y visito la tumba de mi padre. Desde el cementerio se vislumbra el resplandor de la fogata. Me quedo un buen rato ahí sentado, contemplando la lápida con el nombre de mi padre.
En su entierro lloré.
Dejé que las lágrimas me cubrieran la cara en el más completo de los silencios, sintiéndome culpable por no poder reunir el valor necesario para hablar de él. Sabía que todos los presentes estaban pensando únicamente que mi padre era un borracho mientras yo recordaba otras cosas.
—Era un caballero —susurro ahora.
«Ojalá hubiera sido capaz de decirlo aquel día», pienso, porque mi padre nunca tuvo una mala palabra para nadie, ni un gesto cruel. Cierto que no llegó muy lejos en la vida y que defraudaba a mi madre con promesas vanas, pero creo que aquel día no se merecía el silencio de su familia.
—Lo siento —le digo ahora, mientras me levanto para marcharme—. Lo siento mucho.
Me alejo, asustado.
Asustado porque no quiero que mi entierro sea igual de triste y vacío.
Quiero palabras en mi entierro.
Aunque imagino que eso significa que necesitas vida en tu vida.
Me voy caminando.
Simplemente caminando.
Cuando llego a casa me encuentro a Marv durmiendo en el asiento trasero de su coche y a Ritchie sentado en mi porche. Tiene las piernas estiradas y la espalda recostada en el cemento fibroso. Le observo detenidamente y me doy cuenta de que también él duerme. Le tiro de la manga.
—Ritchie —susurro—, despierta.
Abre los ojos de golpe.
—¿Qué? —Exclama casi con miedo—. ¿Qué?
—Te has quedado dormido en mi porche —le digo—. Será mejor que te vayas a casa.
Se despereza, contempla la media luna y dice:
—Me dejé las llaves en tu mesa de la cocina.
—Vamos. —Le ofrezco la mano, que acepta, y le ayudo a levantarse.
Una vez dentro descubro que pasan unos minutos de las tres.
Los dedos de Ritchie envuelven las llaves.
—¿Quieres algo? —pregunto—. ¿Comida, bebida, café?
—No, gracias.
Pero no se va.
Nos quedamos un rato ahí clavados, incómodos, hasta que finalmente Ritchie mira por encima de mi hombro y dice:
—Esta noche no me apetece ir a casa, Ed.
Adivino un atisbo de tristeza en sus ojos que, no obstante, desaparece en un visto y no visto porque Ritchie se encarga de ahogarlo. Ahora está mirando las llaves, y me pregunto qué acecha bajo la apariencia de calma e impasibilidad de mi amigo. Me pregunto, presa del cansancio, qué diantre podría preocupar a alguien tan relajado como Ritchie.
Sus ojos se elevan de nuevo hasta posarse en los míos.
—No te preocupes —respondo—. Puedes quedarte aquí.
Ritchie se sienta a la mesa.
—Gracias, Ed —dice—. Hola, Doorman.
Doorman entra en la cocina en el instante en que salgo a buscar a Marv.
Por un momento contemplo la posibilidad de dejarlo durmiendo en el coche, pero el espíritu navideño es capaz de abrirse paso incluso en alguien como yo.
Intento golpear con los nudillos el cristal de la ventanilla pero mi mano lo atraviesa.
Claro.
No hay cristal.
Marv todavía no ha arreglado la ventanilla desde el atraco fallido al banco. Creo que tiene un presupuesto, pero el tipo le dijo que la ventanilla acabaría valiendo más que el coche.
Abro la portezuela y toco animadamente la bocina.
—¡Ostras! —aúlla.
—Entra en casa —le digo. Al rato oigo abrirse y cerrarse la portezuela y a Marv arrastrando los pies a mi espalda.
A Ritchie le toca el sofá, Marv se instala en mi cama y yo decido quedarme en la cocina. Le digo a Marv que de todos modos no podría dormir, y acepta agradecido la cama.
—Gracias, Ed.
Antes de que entre, aprovecho para meterme en el dormitorio y sacar del cajón todos los naipes. Dentro también está la piedra de los Tatupu.
Una vez en la cocina, vuelvo a leerlos todos a pesar de que la fatiga hace que las palabras brinquen y dancen. Estoy exhausto.
En los momentos en que me despejo recuerdo los diamantes, revivo los tréboles y hasta sonrío con las picas.
Los corazones me inquietan.
No quiero dormirme, por si acaso sueño con ellos.
El traje informal
Tradición puede ser una mala palabra, sobre todo en época navideña.
Familias de todo el planeta se reúnen y durante unos minutos disfrutan de la compañía del otro. Durante una hora se soportan. Después de eso se toleran a duras penas.
Voy a casa de mamá después de una mañana apacible con Ritchie y Marv. Nos comimos las sobras de la noche y jugamos un rato. No era lo mismo sin Audrey y al poco rato recogimos y Ritchie y Marv se marcharon.
La cita habitual con mi familia es a las doce en punto en casa de mamá.
Mis hermanas han venido con sus hijos y maridos, y Tommy ha aparecido con una chica despampanante que se ligó en la universidad.
—Te presento a Ingrid —me dice, y debo reconocer que Ingrid es digna de calendario. Tiene una larga melena castaña, un rostro deliciosamente bronceado y un cuerpo en el que no me importaría perderme.
—Me alegro de conocerte —dice. Voz encantadora, además—. He oído hablar mucho de ti, Ed. —Está mintiendo, por supuesto, y decido no seguirle el juego. Este año, sencillamente, no tengo ganas.
—No es cierto, Ingrid —replico, pero en un tono agradable, casi tímido. Ingrid es demasiado bonita para irritarme. Las chicas bonitas pueden matar y salir impunes.
—Ah, estás aquí —dice mamá cuando me ve.
—¡Feliz Navidad, mamá! —exclamo con gran alborozo, y no me cabe duda de que todos captan mi tono sarcástico.
Comemos.
Repartimos regalos.
Doy a los niños de Leigh y Katherine cien viajes a caballo y en avión, o por lo menos hasta que el cuerpo me dice basta.
También pillo a Tommy manoseando a Ingrid en el salón. Justo al lado de la famosa mesita de madera de cedro.
—Ostras, lo siento. —Y salgo.
Buena suerte, Tommy.
A las cuatro menos cuarto es hora de ir a buscar a Milla. Beso a mis hermanas, estrecho manos con mis cuñados y, por último, me despido de los niños.
—Último en llegar, primero en irse —comenta mamá mientras suelta una bocanada de humo. Fuma mucho en Navidad—. Y es el que vive más cerca. —Lo que casi consigue que la rabia me arranque la piel a tiras y se la arroje.
«Engañando a papá —pienso—. Insultándome a la más mínima oportunidad».
Deseo como nunca despotricar contra esa mujer que está en la cocina fumando.
En lugar de eso, la miro fijamente a los ojos. Por lo menos, se merece esa mirada.
En el jardín delantero, cuando me estoy marchando, me llaman dos veces. Primero Tommy y luego Ma.
Tommy sale y dice:
—¿Estás bien, Ed?
Regreso.
—Estoy bien, Tommy. Ha sido un año de locura pero estoy bien. ¿Y tú?
Nos sentamos en los escalones del porche, que están mitad a la sombra, mitad al sol. Da la casualidad de que yo me siento en la parte oscura y Tommy en la parte luminosa. Ciertamente simbólico, la verdad.
Charlando aquí con mi hermano, respondiéndonos el uno al otro nuestras preguntas breves, es la primera vez en todo el día que me siento cómodo.
—¿La universidad bien?
—Sí, he sacado buenas notas. Mejores de las que esperaba.
—¿E Ingrid?
Se hace un silencio hasta que no podemos aguantar más. Explota entre los dos y estallamos en carcajadas. Parece tremendamente infantil, pero le estoy felicitando y Tommy se está felicitando a sí mismo.
—No está mal —responde, y con sinceridad le digo a mi hermano que estoy orgulloso de él, y no por Ingrid.
Ingrid no es nada comparado con eso de lo que estoy hablando.
—Me alegro por ti, Tommy —le digo. Planto una mano en su espalda y me levanto—. Buena suerte.
Cuando estoy bajando los escalones dice:
—Te llamaré un día para que nos veamos.
Pero una vez más, no puedo seguir el juego. Me vuelvo y hablo con una calma que me sorprende incluso a mí.
—Dudo mucho de que lo hagas, Tommy. —Y me siento bien. Me siento bien al renunciar a las mentiras.
Tommy está de acuerdo.
—Tienes razón, Ed.
Seguimos siendo hermanos. Y quién sabe. Puede que algún día. Algún día estoy seguro de que nos veremos y recordaremos y nos contaremos y nos diremos muchas cosas. Cosas más importantes que la universidad e Ingrid.
Pero falta tiempo para eso.
Camino por la hierba y digo:
—Adiós, Tommy. Gracias por salir. —Y estoy satisfecho de una cosa: quería quedarme en el porche con él hasta que el sol nos diera a los dos pero no lo he hecho. Me levanté y bajé los escalones. Preferí ir en busca del sol a esperarlo.
Justo cuando Tommy entra en casa y me estoy alejando, sale mamá.
—¡Ed! —me llama.
Me doy la vuelta.
Se acerca y dice:
—Feliz Navidad, ¿vale?
—Lo mismo digo. —Y añado—: Es la persona, mamá, no el lugar. Si te hubieras marchado de aquí, habrías sido la misma en cualquier otro lugar. —Es verdad suficiente, pero no puedo parar—. Si yo me marcho algún día… —trago saliva— me aseguraré de que primero me sienta bien aquí.
—De acuerdo, Ed. —Está atónita, y de pronto siento lástima por esta mujer que está en el porche de una calle humilde de un pueblo corriente—. Tiene sentido.
—Hasta luego, mamá.
Me marcho.
Era preciso hacerlo.
Paso por casa para beber algo y luego voy a recoger a Milla. Me la encuentro esperando impaciente, con un vestido celeste y un regalo en las manos. Puedo ver la ilusión en su cara.
—Es para ti, Jimmy —dice tendiéndome la caja grande y plana.
Me siento fatal porque no tengo ningún regalo para ella.
—Discúlpame… —empiezo a decir, pero me silencia enseguida con un gesto de la mano.
—El hecho de que hayas venido a buscarme es suficiente regalo. ¿Piensas abrirlo?
—No, prefiero esperar. —Y le ofrezco mi brazo. La anciana acepta y ponemos rumbo a mi casa. Le pregunto si desea que cojamos un taxi pero le apetece caminar, y cuando llevamos medio trecho empiezo a dudar de que lo consiga. Tose mucho y le cuesta respirar. Me veo llevándola en brazos. No obstante lo consigue, y una vez en casa le sirvo una copa de vino.
—Gracias, Jimmy —dice, pero se hunde en el sillón y se duerme casi al instante.
Regreso varias veces para comprobar si sigue viva, y siempre la oigo respirar.
Finalmente me siento con ella en la sala mientras, al otro lado de la ventana, el día se despide.
Cuando despierta comemos ensalada de alubias y el pavo que sobró de anoche.
—Maravilloso, Jimmy. —La anciana esboza una sonrisa radiante—. Sencillamente maravilloso. —Su sonrisa chisporrotea.
En circunstancias normales, cuando alguien utiliza la palabra «maravilloso» me entran ganas de pegarle un tiro, pero a Milla le va como anillo al dedo. Se limpia los labios con la servilleta, murmura «maravilloso» varias veces y siento que esta es una Navidad completa.
—Bien… —Propina sendas palmaditas a los brazos de su sillón. Parece mucho más animada ahora que ha dormido un poco—. ¿Piensas abrir tu regalo, Jimmy?
Cedo.
—Claro.
Me acerco a la caja y levanto la tapa. En su interior hay un traje informal de color negro y una camisa azul marino. Probablemente es el primer y el último traje que me regalen en la vida.
—¿Te gusta? —me pregunta.
—Me encanta. —Me enamoro de él al instante, aun sabiendo que tendré muy pocas oportunidades de ponérmelo, por no decir ninguna.
—Pruébatelo, Jimmy.
—Voy —digo, y cuando entro en el dormitorio para cambiarme encuentro unos zapatos viejos de color negro que hacen juego. El traje no tiene los hombros anchos, lo cual agradezco. Estoy deseando regresar a la sala para enseñárselo a Milla, pero cuando salgo vuelve a estar dormida.
Así que me siento.
Con el traje.
Cuando despierta, dice:
—Oh, Jimmy, qué traje tan bonito. —E incluso palpa la tela—. ¿De dónde lo has sacado?
La miro desconcertado, hasta que comprendo que lo ha olvidado por completo. Le doy un beso en la mejilla.
—Me lo regaló una mujer encantadora —digo.
—Qué hermoso detalle —dice.
—Sí —convengo.
Tiene razón.
Después de tomar café pido un taxi y la acompaño a casa. El taxista no es otro que Simon, el novio de Audrey, ganándose un dinero extra el día de Navidad.
Antes de entrar en la casa con Milla le pido que me espere. Es pereza, lo sé, pero hoy tengo dinero y puedo permitirme que me lleven a casa.
—Gracias otra vez, Jimmy —dice Milla, y entra en la cocina con andar tembloroso. Es tan frágil y al mismo tiempo tan hermosa—. Ha sido un día fantástico —me dice, y no puedo por menos que estar de acuerdo con ella.
—¿A casa? —me pregunta el novio cuando regreso al taxi.
—Sí, por favor.
Me siento delante y el novio entabla conversación. Parece empeñado en hablar de Audrey aunque yo preferiría que no lo hiciera.
—¿Hace muchos años que tú y Audrey sois amigos? —me pregunta.
Miro el salpicadero.
—Más de diez, creo.
No se anda con rodeos.
—¿La quieres?
La franqueza de su pregunta me descoloca, sobre todo tan al comienzo de la conversación. Llego a la conclusión de que sabe que el trayecto hasta mi casa es corto y quiere sacarle el máximo partido, lo cual es comprensible. Insiste.
—¿Y?
—¿Y qué?
—No me vaciles, Kennedy. ¿La quieres o no?
—¿Tú qué crees?
Se frota el mentón y no responde, de modo que prosigo.
—La pregunta no es si la quiero o no. Lo que en realidad quieres saber es si ella te quiere a ti. —Mi voz lo aplasta. Lo tengo inmovilizado al pobre—. ¿Me equivoco?
—Hombre… —Balbucea mientras conduce, y me digo que se merece algún tipo de respuesta.
—Audrey no quiere quererte —le digo—. No quiere querer a nadie. Ha tenido una vida dura. Las únicas personas a las que ha querido ha acabado odiándolas. —Recuerdo imágenes de cuando éramos unos adolescentes. Audrey se llevó muchas decepciones y un día se juró a sí misma que no iba a permitir que eso siguiera ocurriendo.
El novio calla. Es guapo, decido. Más guapo que yo. Tiene la mirada dulce y la mandíbula firme. El bigote le da un aire de modelo.
Guardamos silencio hasta que nos detenemos delante de casa y el novio habla de nuevo.
—Ella te quiere a ti, Ed… —dice.
Le miro.
—Pero es a ti a quien desea.
He ahí el problema.
—Toma.
Le alargo el dinero, pero lo rechaza.
—Invita la casa —dice, aunque insisto y esta vez lo acepta.
—No lo pongas en la caja —le sugiero—. Creo que hoy te lo has ganado para tu propio bolsillo. —Compartimos un instante de complicidad antes de apearme.
—Ha sido un placer hablar contigo —digo, y nos damos la mano—. Feliz Navidad, Simon.
Una vez en casa, me duermo en el sofá con mi traje informal negro y la camisa azul marino.
Feliz Navidad, Ed.
Sentir el miedo
Trabajo el 26 de diciembre y al día siguiente voy a ver a Bernie al Bell Street Cinema.
—¡Ed Kennedy! —exclama cuando llego—. Has venido a por más, ¿eh?
—No —le digo—. Necesito su ayuda.
Se acerca rápido y pregunta:
—¿Qué puedo hacer por ti?
—Bueno, tiene que ver con sus películas.
—Ya sabes que puedes venir a ver lo que te…
—Chist, solo dígame, Bernie, solo dígame todo lo que sepa sobre estos títulos. —Saco el As de corazones, aunque podría recitárselos de memoria—. La maleta, La ingenua explosiva y Vacaciones en Roma.
Bernie enseguida se pone en harina.
—Vacaciones en Roma la tengo, pero las otras dos no. —Me inunda de datos—. Vacaciones en Roma está considerada por muchos una de las mejores películas protagonizadas por Gregory Peck. Fue rodada en 1953 y dirigida por William Wyler, famoso por Ben-Hur. Se rodó con extraordinaria belleza en Roma y destacó por la soberbia interpretación de Audrey Hepburn…
Continúa hablando, muy deprisa, pero rebobino hasta una de las palabras que ha mencionado.
«Audrey», pienso.
—Audrey —digo.
—Sí. —Me mira, desconcertado por mi ignorancia—. Sí, Audrey Hepburn. Y era absolutamente mar…
«No, no diga maravillosa —suplico—. Esa palabra es de Milla».
—¡Audrey Hepburn! —digo, casi gritando—. ¿Qué puede decirme de las otras dos?
—Bueno, tengo un catálogo aún más amplio que el que te enseñé la última vez —explica Bernie—. Contiene prácticamente todas las películas estrenadas. Actores, directores, cámaras, bandas sonoras, partituras, todo.
Trae el grueso libro y me lo tiende. En primer lugar, La ingenua explosiva. En cuanto encuentro la página, leo en voz alta:
—«Lee Marvin interpretando uno de sus papeles más célebres…». —Me interrumpo porque lo he encontrado. Regreso y vuelvo a leer el nombre—. Lee Marvin.
Ahora paso a La maleta.
Nada más dar con ella, leo los nombres de los actores y el director. El director de La maleta es un tal Pablo Sánchez. Él y Ritchie tienen el mismo apellido.
Y yo tengo mis tres direcciones.
Ritchie. Marv. Audrey.
Me invade una euforia repentina que enseguida se convierte en angustia.
«Espero que los mensajes sean buenos», pienso, pero algo me dice que no serán tarea fácil. Tiene que haber una buena razón para que hayan dejado estos tres para el final. Además de ser mis amigos, también serán los mensajes más difíciles de entregar. Lo presiento.
Sostengo el naipe y devuelvo el catálogo al mostrador.
Bernie está preocupado.
—¿Qué ocurre, Ed?
Le miro y digo:
—Deséeme suerte, Bernie. Deséeme fuerzas para hacer esto.
Salgo a la calle con el naipe todavía en la mano. Una vez fuera, me enfrento a la oscuridad y la incertidumbre de lo que ocurrirá a continuación.
Siento el miedo, pero camino deprisa hacia él.
El olor a calle intenta apresarme, pero me lo sacudo y sigo andando. Cada vez que un escalofrío trepa por mis brazos y mis piernas, aprieto el paso mientras me digo que si Audrey me necesita, y también Ritchie y Marv, debo apurarme.
A correr.
Mi primer impulso es ir directamente a casa de Audrey.
Quiero llegar cuanto antes para ayudarla sea cual sea el problema que pueda tener. Ni siquiera me atrevo a considerar la posibilidad de que tenga que hacer algo desagradable.
«Simplemente llega de una vez», me digo, pero de pronto saco el naipe y lo sostengo ante mis ojos.
Compruebo el orden.
Ritchie. Marv. Audrey.
Instintivamente, sé que debo seguir ese orden. Audrey se halla en último lugar por alguna razón. El primero es Ritchie.
—Sí —convengo, y sin aminorar el paso pongo rumbo a Bridge Street, a casa de Ritchie. Tomo el camino más corto y mis pies dan pasos cada vez más largos y prestos.
«¿Me estoy dando prisa para despachar los primeros dos y llegar cuanto antes a Audrey?», me pregunto, pero no obtengo respuesta.
Me concentro en Ritchie.
La imagen de su cara me asalta cuando paso por debajo de las ramas de un árbol. Voy esquivando las hojas y lo aparto de mi vista mientras oigo su voz y sus constantes comentarios durante las timbas. Recuerdo lo mucho que disfrutó con el beso que Marv le dio a Doorman.
«Ritchie —pienso—. ¿Qué mensaje debo entregarle a Ritchie?».
La esquina de Bridge Street aparece más adelante.
Mi pulso sufre un espasmo y gana impulso.
Cuando doblo la esquina enseguida veo la casa de Ritchie. Una pregunta me acecha y me echa el aliento a la cara.
Veo luz en la cocina y en la sala de Ritchie, pero un pensamiento que se niega a desaparecer distrae mis pasos.
Los demás lugares eran relativamente fáciles porque no conocía a las personas (exceptuando el caso de mamá, aunque cuando fui a cenar al restaurante italiano ignoraba que estuviera esperándola a ella), de modo que no tenía mucha opción. Simplemente debía esperar a que surgiera una oportunidad. Pero a Ritchie, Marv y Audrey los conozco demasiado para andar merodeando frente a sus casas. Es lo último que desearía hacer.
Así y todo, lo sopeso durante un instante y finalmente decido cruzar la calle y apoyarme en un viejo roble a esperar.
Llevo casi una hora y nada ha sucedido apenas. Advierto que los padres de Ritchie han vuelto a casa de sus vacaciones. (He visto a su madre fregar los platos).
Se está haciendo tarde y llega un momento en que solo veo luz en la cocina. Las luces de las casas de toda la calle se están apagando y únicamente permanece la luz de las farolas.
En la casa de los Sánchez una figura solitaria entra en la cocina y se sienta a la mesa.
Sé, sin asomo de duda, que es Ritchie.
Barajo la posibilidad de entrar, pero aún no me he incorporado cuando oigo que alguien se acerca por la acera.
Al poco, alzados sobre mí, hay dos hombres.
Están comiendo empanadas.
Uno de ellos me mira y habla con un desdén familiar, indiferente.
—Nos dijeron que podríamos encontrarte aquí. —Sacude la cabeza y arroja al suelo una empanada comprada claramente en una gasolinera. Cuando esta aterriza, dice—: Eres un tío cabezón, Ed.
Levanto la vista, estupefacto.
—¿Y bien, Ed? —Ahora es el otro quien habla, y por absurdo que suene, no me resulta fácil reconocerlos sin el pasamontañas.
—¿Daryl? —pregunto.
—Sí.
—¿Keith?
—Correcto.
Daryl se sienta a mi lado y me pasa la empanada.
—Por los viejos tiempos —dice.
—Ya —contesto, todavía atónito—. Gracias. —Recuerdos de su última visita me asaltan. Pensamientos apiñados de sangre, palabras y el sucio suelo de la cocina. Tengo que preguntárselo—. ¿Tenéis intención de…? —Todavía me cuesta hablar.
—¿De qué? —Dice Keith, sentándose al otro lado—. ¿De presionarte?
—Esto… sí.
Como acto de buena voluntad, Daryl retira de la empanada el envoltorio de plástico y me la devuelve.
—En absoluto, Ed. Hoy nada de toqueteos. —Permite que una risa nostálgica escape de sus labios. Parecemos viejos compañeros de guerra—. Claro que si intentas pasarte de listo… —Se acomoda en el suelo. Tiene la piel blanca y la cara llena de cicatrices de peleas, pero aún conserva su atractivo. Keith, por el contrario, tiene la cara acribillada por un antiguo acné, la nariz puntiaguda y el mentón torcido.
Le miro y digo:
—Caray, tío, creo que me gustabas más con el pasamontañas.
Daryl suelta una risotada. Keith, en cambio, no parece impresionado, o por lo menos no al principio. Luego se le pasa y entre nosotros se crea buen rollo.
Estamos realmente a gusto, Daryl se lo pasa en grande contando chistes de hombres que entran en bares, mujeres con escopetas y esposas, hermanas y hermanos que se acostarían con el lechero por un millón de dólares.
Sí, estamos realmente a gusto, hasta que la luz de la cocina de Ritchie se apaga.
Entonces me levanto y digo:
—Genial. —Me vuelvo hacia los dos y les digo que he dejado escapar mi oportunidad.
No parece preocuparles.
—¿Tu oportunidad de qué? —pregunta Daryl.
—Ya sabes —le digo.
Pero niega con la cabeza.
—No, Ed, la verdad es que no lo sé. Solo sé que este es tu próximo mensaje y todavía no tienes claro qué se supone que debes hacer. —Su voz suena desenfadada, pero contiene algo más.
«Verdad», pienso.
He ahí lo que contiene su voz.
Tiene razón. Realmente no sé qué estoy haciendo.
Es Keith quien pronuncia los últimos interrogantes por mi izquierda. Arroja las palabras a mi oído con una voz ronca, amable, cómplice.
Cerca, muy cerca de mí, dice:
—¿Qué estás haciendo aquí, Ed? —Las palabras se aproximan y penetran en mi oído—. ¿Qué estás esperando? Deberías saber qué tienes que hacer… —Descansa un momento antes de soltar el último aluvión. Las palabras me invaden como una riada—. Ritchie es uno de tus mejores amigos, Ed. No hace falta que pienses o esperes o decidas qué hacer. Ya lo sabes, sin asomo de duda. ¿Acaso no es cierto? —Insiste—. ¿Acaso no es cierto, Ed?
Retrocedo a trompicones y deslizo la espalda por el árbol hasta sentarme otra vez. Las dos figuras siguen de pie, mirando hacia la casa.
Mi voz tropieza y aterriza en el suelo, a sus pies.
«Sabes lo que tienes que hacer», pienso.
—Sí —respondo—. Lo sé.
Keith y Daryl se alejan.
—Hurra —dice uno, pero no sé cuál de los dos.
Quiero levantarme e ir tras ellos y preguntarles y suplicarles que me digan quién está detrás de esto y por qué, pero no soy capaz.
Solo me veo con ánimos de quedarme donde estoy y recoger los jirones de cuanto acabo de ver.
He visto a Ritchie.
Me he visto a mí.
Ahora, con el árbol sobre mi cabeza, intento negarlo y me levanto, pero mi estómago se hunde y vuelvo a sentarme.
—Lo siento, Ritchie —susurro—, pero tengo que hacerlo.
«Si mi estómago fuera un color —pienso—, sería negro como esta noche». Luego me tranquilizo y emprendo lo que me parece una interminable caminata hasta casa.
Cuando llego lavo los platos.
Están apilados en el fregadero y lo último que lavo es un cuchillo plano. La luz de la cocina se refleja en él y vislumbro mi rostro tibio en el metal.
Me veo ovalado y deformado, cortado por los bordes.
Ojalá pudiera usar este cuchillo para abrir el mundo de un tajo.
Ya en la cama, me aferró a ese pensamiento.
Hay tres naipes en el cajón y uno en mi mano.
Mientras el sueño ronda sobre mi cabeza aprieto suavemente un dedo contra el canto del As de corazones. El naipe está frío y afilado.
Oigo el tictac de un reloj.
Todo observa, expectante.
El pecado de Ritchie
Nombre: David Sánchez.
También conocido como: Ritchie.
Edad: Veinte.
Ocupación: Ninguna.
Logros: Ninguno.
Ambiciones: Ninguna.
Probabilidad de obtener algún día respuestas a las tres últimas preguntas: Ninguna.
Cuando vuelvo a casa de Ritchie, en Bridge Street, todo está a oscuras. Estoy a punto de marcharme cuando la luz de la cocina se enciende. Parpadea varias veces antes de obligarse a cobrar vida.
Una silueta entra y se sienta a la mesa de la cocina. Es Ritchie, seguro. Lo sé por el perfil del pelo y por la manera en que se mueve y se sienta.
Cuando me acerco un poco más, advierto que está escuchando la radio. Básicamente llamadas de oyentes con algunas canciones intercaladas. Puedo oírla vagamente.
Me escondo todo lo cerca que puedo y aguzo el oído.
Las voces de la radio se desdibujan y alargan. Palabras como brazos que aterrizan y descansan pesadamente sobre los hombros de Ritchie.
Imagino la escena en la cocina.
Una tostadora rodeada de migas.
Un horno algo sucio.
Aluminio blanco pero desteñido.
Sillas de plástico rojo agujereadas.
Suelo de linóleo barato.
Y Ritchie.
Intento imaginarme su cara mientras está ahí sentado, escuchando. Recuerdo Nochebuena y sus palabras: «Esta noche no me apetece ir a casa». Veo la mirada que se arrastraba hacia mí, y ahora comprendo que cualquier cosa sería preferible a sentarse solo en su cocina.
Por su actitud relajada, resulta difícil imaginar a Ritchie con expresión triste. Vi un atisbo en Nochebuena, sin embargo, y ahora lo revivo.
También imagino sus manos.
Descansan juntas sobre la mesa de la cocina, moviéndose y empujando suavemente hacia abajo. Están algo pálidas, y frustradas. No tienen nada que hacer.
La luz lo asfixia.
Permanece así sentado cerca de una hora. Cuando miro por la ventana Ritchie está durmiendo con la cabeza sobre la mesa. La radio también está ahí, a su lado. Me alejo; no puedo evitarlo. Sé que debo entrar pero esta noche no me parece adecuado.
Me marcho a casa sin mirar atrás.
Las dos noches siguientes jugamos a las cartas. La primera en casa de Marv y la segunda en mi casa. Doorman se sienta debajo de la mesa. Le acaricio el pelo con los pies y me paso la noche observando a Ritchie. Ayer me instalé delante de su casa y le vi hacer lo mismo. Se despertó, entró en la cocina y se puso a escuchar la radio.
El tatuaje de Hendrix me mira cuando Ritchie arroja la reina de picas y me destroza.
—Muchas gracias —le digo.
—Lo siento, Ed.
Su existencia consiste en esas madrugadas solitarias, para luego despertarse a las diez y media de la mañana, llegar al pub a las doce y a las apuestas a la una. Suma a eso el talón del paro, una o dos partidas de cartas, y no hay más.
Mi casa se llena de risas porque Audrey está contando la historia de una amiga que estaba buscando trabajo en la ciudad. Acudió a una de esas agencias de empleo que tienen como norma regalar a la gente un pequeño despertador cuando consigue trabajo. Cuando la amiga obtuvo el empleo, se presentó ese mismo día para dar las gracias a las personas que la habían contratado y se olvidó del despertador. Lo dejó sobre el mostrador de recepción y se fue.
El reloj estaba dentro de una caja.
Haciendo tictac.
—Nadie quiere tocarlo —dice Audrey—. Creen que es una bomba. —Arroja una carta—. Avisan al mandamás de la empresa, quien casi se caga en los pantalones porque probablemente se lo monta con una de sus secretarias y cree que su esposa al final se ha vengado. —Hace una pausa para asegurarse nuestra atención—. El caso es que evacúan el edificio y llaman a una brigada antiexplosivos. La brigada llega y abre la caja en el instante en que el despertador empieza a sonar. —Audrey menea la cabeza—. Mi amiga fue despedida antes siquiera de empezar…
Cuando termina de contar la historia, miro a Ritchie.
Quiero hacer que se sienta incómodo, arrancarlo de donde está y ponerlo en su cocina a la una de la madrugada. Si pudiera lograr eso, quizá comprendería mejor lo que siente. Solo tengo que encontrar el momento oportuno.
Este llega media hora después, cuando propone que hagamos una timba en su casa dentro de unos días.
—¿Sobre las ocho? —pregunta.
Cuando aceptamos y nos disponemos a marcharnos, digo:
—Así podrías contarme qué emisora escuchas. —Me obligo a ser cruel y calculador—. El programa de madrugada debe de ser excelente.
Me mira.
—¿De qué estás hablando, Ed?
—De nada —digo, y lo dejo ahí, pues he vuelto a ver esa expresión en su cara y sé qué significa. Sé exactamente qué cara tiene y qué siente Ritchie cuando se sienta bajo la luz inmóvil de la cocina.
Penetro en la negrura de sus ojos y lo encuentro en las profundidades, buscando en un laberinto de avenidas anónimas y vacías. Camina solo. Las calles cambian y giran a su alrededor, pero en ningún momento altera el paso o el ánimo.
—Me está esperando —dice Ritchie cuando echo a andar a su lado en las profundidades.
Tengo que preguntárselo.
—¿Qué te está esperando, Ritchie?
Al principio se limita a seguir caminando. Solo cuando bajo la vista hacia nuestros pies me percato de que no estamos avanzando. Es el mundo el que se mueve, las calles, el aire y las parcelas oscuras de cielo interior.
Ritchie y yo no nos movemos.
—Está allí —imagino que dice—. En algún lugar. —Camina ahora con más determinación—. Quiere que vaya a buscarlo. Quiere que lo coja
Todo se detiene ahora.
Lo veo tan claro en los ojos de Ritchie.
Dentro de ellos, digo:
—¿Qué te está esperando, Ritchie?
Pero lo sé.
Lo sé con certeza.
Solo espero que pueda encontrarlo.
Cuando todos se han ido comparto otro café con Doorman. Después de una media hora nos interrumpe un golpe en la puerta.
«Ritchie», pienso.
Doorman parece asentir con la cabeza cuando voy a abrir.
—Hola, Ritchie —le saludo—. ¿Has olvidado algo?
—No.
Le invito a pasar y nos sentamos a la mesa de la cocina.
—¿Café?
—No.
—¿Té?
—No.
—¿Cerveza?
—No.
—Caray, qué quisquilloso.
Responde a este comentario con un silencio, pero luego me mira. Entornando los párpados, me pregunta:
—¿Me has estado siguiendo?
Le miro a mi vez y digo:
—Yo sigo a todo el mundo.
Se mete las manos en los bolsillos.
—¿Eres un pervertido?
Qué curioso, es lo mismo que me preguntó Sophie. Me encojo de hombros.
—No más que el resto, supongo.
—¿Podrías dejar de hacerlo?
—No.
Acerca su rostro un poco más al mío.
—¿Por qué no?
—No puedo.
Me mira como si estuviera intentando engañarle. Sus ojos negros dicen: «¿Por qué no te explicas, Ed?», de modo que lo hago.
Entro en mi dormitorio, saco los naipes del cajón y regreso a la mesa.
—¿Recuerdas cuando en septiembre recibí aquel primer naipe en el correo? Te dije que lo había tirado, pero no era cierto —suelto apresuradamente. Le miro—. Y ahora tú estás en uno de los naipes, Ritchie. Eres uno de los mensajes.
—¿Estás seguro? —Intenta insinuar que podría tratarse de un error, pero no estoy dispuesto a escucharlo. Me limito a negar con la cabeza y noto que el sudor se me acumula en las axilas.
—Lo estoy —le digo.
—Pero ¿por qué?
Ritchie me está implorando, pero no consiento que eso me condicione. No puedo permitir que por motivo alguno se escabulla de ese lugar oscuro de su interior, donde su orgullo está desparramado por el suelo en alguna habitación oculta. Al final hablo sin emoción.
—Ritchie, eres una vergüenza para ti mismo —digo.
Me mira como si hubiera disparado a su perro o le acabara de decir que su madre ha muerto.
Todas las noches se sienta en esa cocina y digan lo que digan las voces de la radio, las palabras son siempre las mismas. Son las palabras que acabo de pronunciar y los dos lo sabemos.
Ritchie clava la mirada en la mesa.
Yo miro por encima de su hombro. Ritchie permanece inmóvil, como una herida.
Pasamos así un buen rato, hasta que llega un olor inequívoco.
Doorman ha entrado en la cocina.
—Eres un buen amigo, Ed —dice finalmente Ritchie, y recupera su habitual expresión relajada. Se esfuerza por mantenerla—. Y tú —le dice a Doorman— hueles a cloaca.
Se levanta y se va.
Las palabras resuenan a mi alrededor mientras la Kawasaki arranca y se aleja por la calle oscura y queda.
Has estado un poco duro, Ed, dice Doorman.
Nos quedamos un rato callados.
La noche siguiente vuelvo a encontrarme delante de casa de Ritchie. Algo me dice que no puedo transigir. Distingo su figura en la cocina, pero esta vez sale de la casa con la radio en una mano y una botella en la otra.
—Eh, Ed.
Salgo.
—Vamos al río —dice.
El río transcurre pasado el pueblo y nos sentamos allí tras el paseo desde casa de Ritchie. Nos pasamos la botella. La radio habla quedamente.
—¿Sabes una cosa, Ed? —Dice Ritchie al cabo de un rato—. Antes pensaba que tenía el síndrome de fatiga crónica… —Se interrumpe, como si de pronto hubiera olvidado lo que se disponía a decir.
—¿Y? —pregunto.
—¿Qué?
—Fatiga crónica…
—Ah, sí. —Lo retoma—. Pues eso, que pensaba que lo tenía, pero luego me di cuenta de que, en realidad, lo que me pasa es que soy uno de los tíos más vagos del planeta.
Suena gracioso, la verdad.
—No eres el único.
—Pero la mayoría de la gente tiene trabajo, Ed. Hasta Marv tiene un trabajo. Hasta tú.
—¿Qué quieres decir con hasta yo?
—Bueno, digamos que no eres la persona más motivada que conozco.
Lo admito.
—Has acertado bastante. —Bebo un trago—. Y no consideraría conducir un taxi un trabajo de verdad.
—¿Qué es entonces? —pregunta Ritchie.
Lo medito antes de contestar.
—Una excusa.
Ritchie no me replica porque sabe que tengo razón.
Seguimos bebiendo y el río sigue corriendo.
Ha pasado por lo menos una hora.
Ritchie se levanta y entra en el río. El agua le llega hasta las rodillas. Dice:
—Así son nuestras vidas, Ed. —Se ha quedado con la idea de que las cosas nos pasan por delante y siguen de largo—. Tengo veinte años y… —El tatuaje de Hendrix-Pryor me guiña un ojo bajo la luz de la luna—. Mírame, no hay una sola cosa que desee hacer.
Es increíble lo brutal que puede ser a veces la verdad. Por fuerza tienes que admirarla.
Normalmente vamos por la vida creyéndonos constantemente lo que nos decimos. «Estoy bien», decimos. «Estoy genial». Pero de vez en cuando la verdad se te echa encima y no puedes sacudírtela. Entonces te das cuenta de que a menudo esa verdad no es una respuesta, sino una pregunta. Incluso ahora, me pregunto hasta qué punto me convence mi vida.
Me levanto y me uno a Ritchie en el río.
Estamos dentro, con el agua hasta las rodillas, y la verdad nos ha bajado los pantalones.
El río sigue su curso.
—¿Ed? —dice Ritchie más tarde. Seguimos en el agua—. Solo deseo una cosa.
—¿Qué, Ritchie?
Su respuesta es simple:
—Desear.
Dios bendiga al hombre de la barba, la boca desdentada y la pobreza
Al día siguiente Ritchie pasa del pub y las apuestas y se pone a buscar trabajo. En cuanto a mí, también he reflexionado mucho sobre lo que dijimos anoche en el río.
Estoy conduciendo por la ciudad a gente que me dice lo que debo hacer y adónde debo ir. La observo. Hablo con ella. Hoy el tiempo es agradable. El tiempo siempre es algo.
¿Estoy quejándome?
¿Protestando?
No.
Esto es lo que elegí hacer.
«Pero ¿es lo que quieres?», pregunto.
Durante algunos kilómetros me miento diciendo que sí. Intento convencerme a mí mismo de que así es exactamente como quiero que sea mi vida, pero sé que no es cierto. Sé que conducir un taxi y alquilar una choza de cemento fibroso no puede ser la respuesta definitiva a mi vida. No puede serlo.
Tengo la sensación de que en un momento dado me senté y dije: «Bien, este es Ed Kennedy».
Tengo la sensación de que en algún momento me presenté.
A mí mismo.
Y aquí estoy.
—Oye, ¿vamos bien por aquí? —pregunta un cliente gordo y trajeado desde el asiento de atrás.
Le miro por el retrovisor y digo:
—No lo sé.
Los siguientes días transcurren tranquilos. Jugamos a las cartas una noche y caigo en la cuenta de que necesito dedicarme a Marv. Con Ritchie ya en marcha, Marv es el siguiente en la lista.
Le observo con el rabillo del ojo mientras me pregunto: «¿Qué diablos hago con Marv?». Trabaja. Tiene dinero. Es cierto que tiene el peor coche de la historia pero no parece importarle, pues no tiene intención de invertir un solo centavo en un coche nuevo.
Así pues, ¿qué puede desear Marv?
¿Qué podría necesitar?
Con los demás mensajes esperaba que la solución llegara por sí sola.
Con Marv no estoy seguro de que vaya a ser así. Con él tengo una sensación diferente. Siento que la solución reside en algún lugar que transito a menudo pero en el que nunca reparo. Probablemente la veo cada día, pero existe una gran diferencia entre ver y mirar.
De alguna manera, Marv me necesita.
No sé qué hacer.
Mi indecisión se prolonga otras veinticuatro horas. Nochevieja ha llegado y se ha ido. Los fuegos artificiales han barrido el cielo de la ciudad. Patanes borrachos me han decorado el taxi, euforia desatada que solo puede terminar en sábanas empapadas de aliento a cerveza y el peso de mañana.
La gente fue a casa de Ritchie esta vez, y yo me aseguré de pasarme hacia la medianoche. Sus padres daban una fiesta. Estreché las manos de Marv, Ritchie y Simon. Besé a Audrey en la mejilla y le pregunté cómo había conseguido librar esa noche. Pura chiripa, al parecer.
Después de eso volví al trabajo y, hacia el alba, a casa, junto a Doorman. Aquí estoy ahora. Compartimos una larga bebida de celebración y digo:
—Por ti, señor Doorman. Porque vivas otro año. —Bebe, camina hasta la puerta y se tumba.
Me noto muy circunspecto para ser Nochevieja. Será porque este año no estoy de humor para celebraciones. En parte porque pienso en mi padre, que ya no está aquí para participar de esa clase de fiestas. Navidad. Nochevieja. No porque alguna vez hubiera estado lo bastante sobrio para dejar huella, pero me afecta de todos modos.
Retiro las toallas del cuarto de baño, así como el roñoso trapo de la cocina. Esa era una de las rarezas o supersticiones de mi padre. Nunca dejes nada a secar mientras el sol del nuevo año esté saliendo. Una porquería de legado, lo sé, pero es preferible a nada.
La otra razón de mi extraño humor es Marv y lo que debo hacer con él.
Hago repaso de muchas cosas, de lo que ha dicho y hecho últimamente.
Pienso en el Sledge Game y en su patético coche. Y en que prefiriera besar a Doorman a aceptar celebrar la timba de cartas navideña en su casa.
Cuarenta mil dólares en el banco pero siempre tan tacaño con el dinero.
«Siempre», pienso, y la pregunta me asalta unas noches después, mientras estoy viendo una película: «¿Qué pretende hacer Marv con cuarenta mil dólares?».
¿Qué necesita hacer Marv con el dinero?
Ese es el mensaje.
Recuerdo lo que Daryl y Keith me dijeron de Ritchie. Dijeron que yo debería saber qué necesitaba porque es uno de mis mejores amigos. Eso casi me insta a creer que también debería saber qué necesita Marv. «Puede que lo tenga justo delante de las narices», me digo, pero no se me ocurre nada y llego a la conclusión de que lo que tengo que hacer con Marv es conocerle mejor para sonsacarle el mensaje.
Me siento en mi porche con Doorman y el sol poniente. Medito sobre tres tácticas para Marv.
Primera táctica: discutir con él.
Solo tendría que sacar a relucir el tema de su coche y de por qué se niega a comprarse uno nuevo.
El peligro aquí reside en que Marv podría cabrearse lo bastante para darse media vuelta y largarse sin soltar prenda. Y eso sería un auténtico desastre.
Las ventajas de esta opción es que el asunto podría resultar divertido e incluso podría animar a Marv a comprarse un coche nuevo.
Segunda táctica: emborracharlo tanto que suelte el mensaje sin detenerse a pensar.
Riesgos: para inducir a Marv a un sopor etílico tal vez necesite llegar yo también a ese mismo estado. Eso nublaría mi capacidad de comprensión y no digamos de recordar lo que tengo que hacer.
Ventajas: no implica extracción de mensaje. Simplemente estaría confiando en que lo soltara en algún momento. Sumamente improbable, me digo, pero quizá merezca la pena intentarlo.
Tercera táctica: dejarme de rodeos y preguntárselo directamente. Esta es la opción más peligrosa porque Marv podría ponerse terco (sabemos que puede serlo) y negarse a contarme nada. Si a Marv le incomoda mi repentino interés por él (hay que reconocer que por lo general me comporto como si lo suyo me trajera sin cuidado), eso podría echar por tierra las demás posibilidades.
Las ventajas son que se trata de una táctica franca y abierta y que apenas requiere mantenimiento. O funciona o no funciona, lo que depende, en gran parte, de la elección del momento.
¿Qué táctica debería probar primero?
Es una pregunta difícil y únicamente cuando le he dado varias vueltas encuentro la respuesta correcta.
Ocurre lo impensable.
Una cuarta posibilidad se extiende ante mí y aterriza en mi mano.
¿Dónde?
En el supermercado.
¿Cuándo?
El jueves por la noche.
¿Cómo?
Así:
Entro a comprar comida para dos semanas y salgo peleándome con las bolsas. Ya están cortándome las manos, así que las dejo en el suelo para recolocarlas.
Un anciano sin techo se me planta sigilosamente delante con su barba, su boca desdentada y su pobreza.
Me pregunta tímidamente si puedo darle unas monedas. Habla con humildad.
En cuanto lo ha dicho, sus ojos se clavan, avergonzados, en el suelo. Me ha llegado a lo más hondo pero no lo sabe hasta que me encuentra buscando mi billetero en la cazadora.
En ese preciso instante, mientras mis dedos palpan el dinero, me llega la respuesta.
«¡Claro!».
Estoy tan contento que hablo en voz alta:
—Pídele dinero. —Digo las palabras en un tono tan firme que el mendigo se asusta.
—¿Cómo dice? —pregunta el hombre, todavía con voz débil y humilde.
—Pídele dinero —repito, pero esta vez más fuerte. No puedo contenerme.
Fruto de la costumbre, el viejo dice:
—Lo siento, señor. —Su rostro se viene abajo—. Siento tener que pedirle unas monedas.
He sacado un billete de cinco dólares del bolsillo y se lo entrego.
Lo sostiene como si fuera la Biblia. No deben de darle muchos billetes.
—Que Dios le bendiga. —Parece hipnotizado por el dinero cuando vuelvo a recoger las bolsas.
—No —respondo—. Que Dios le bendiga a usted. —Y me marcho a casa.
Las bolsas me cortan las manos pero no me importa. No me importa en absoluto.
El Marv secreto
Trabaja. Bebe. Juega a las cartas. Espera el Sledge Game durante todo el año.
Esa.
Es la vida de Marv.
Bueno, esa y cuarenta de los grandes.
El martes voy a casa de Milla para ver cómo está. Nunca me canso de ser Jimmy, aunque Cumbres borrascosas está empezando a irritarme. Heathcliff es un gilipollas amargado y Catherine me saca de quicio. No obstante, mi odio más intenso se lo reservo a Joseph, el criado despreciable y cabrón. Además de todos sus sermones y lamentaciones, cuesta entender lo que dice.
Lo mejor de toda esa historia es Milla. Para mí ella está en las páginas. Cuando pienso en ese libro, pienso en ella. Pienso en sus ancianos ojos acuosos viendo cómo leo mientras ella escucha. Me encanta cerrar el libro y ver a la anciana descansar en su butaca.
Últimamente doy muchos paseos con Doorman y mientras lo hago recuerdo todos los mensajes que he repartido hasta el momento. Temo por Marv y por Audrey.
Temo por mí.
«No puedes defraudarles», me sermoneo mientras los minutos pasan.
Temo. Temo.
No he llegado tan lejos para fallar ahora con las personas que mejor conozco y más quiero.
Vuelvo a repasarlos, desde Edgar Street hasta Ritchie.
Temo. Temo.
Los mensajes me infunden coraje.
—¿Has tenido suerte con la búsqueda de empleo? —le pregunto a Ritchie cuando nos reunimos todos en mi casa el domingo por la noche.
Niega con la cabeza.
—No, todavía no.
—¿Tú? —Exclama Marv—. ¿Buscando empleo? —Le da un ataque de risa.
—¿Qué tiene de malo? —interviene Audrey. Ritchie guarda silencio y advertimos que está algo dolido. Hasta Marv lo advierte.
Intenta tragarse la risa.
Carraspea.
—Lo siento, Ritch.
Ritchie hunde su dolor un poco más y nos obsequia con su habitual gesto relajado.
—No pasa nada —dice, y por dentro me alegro de que Marv le haya provocado. Por lo menos, seguirá intentándolo aunque solo sea para cerrarle la boca y ver la expresión de su cara cuando alguien lo contrate. Resulta gratificante cerrarle la boca a Marv.
—Doy yo —dice Audrey.
Cuando la timba toca a su fin son cerca de las once. Ritchie ya se ha ido cuando, en el porche, Marv le ofrece a Audrey llevarla a casa en coche. Por razones obvias, ella rechaza el ofrecimiento.
—¿Por qué no? —protesta Marv.
—Porque llegaré antes andando, Marv. —Audrey intenta razonar con él—. Y la verdad, Marv, hay menos pulgas aquí que allí. —Señala el vehículo estacionado en la calzada.
—Muchas gracias —refunfuña él.
—Marv, ¿recuerdas qué ocurrió la última vez que me acompañaste a casa hace unas semanas?
Marv hace memoria a regañadientes.
Audrey se lo recuerda de todos modos.
—Acabamos empujándolo hasta tu casa. —Se le ocurre una idea—. Deberías llevar una moto en el asiento de atrás.
—¿Por qué?
Esto se está poniendo interesante.
Casi divertido.
—Oh, vamos Marv —dice—. Dejaré que lo medites camino de casa, sobre todo si sufres una avería.
Dice adiós con la mano y se aleja por la acera.
—Adiós, Audrey —susurro. Ya no está.
Cuando Marv sube a su coche espero lo inevitable y lo inevitable sucede.
El contacto falla siete u ocho veces y yo cruzo el césped, abro la portezuela del copiloto y me subo al coche.
Marv me mira.
—¿Qué haces, Ed?
Quedamente. Seriamente.
Hablo.
Digo:
—Necesito tu ayuda, Marv.
Intenta arrancar de nuevo el coche, pero nada.
—¿Con qué? —me pregunta. Vuelve a probar—. ¿Necesitas reparar algo?
—No, Marv.
—¿Quieres que despache a Doorman por ti?
—¿Despachar a Doorman?
—Ya sabes, quitarlo de en medio.
—¿Quién eres? ¿Capone?
Marv insiste con la llave, lo que consigue sacarme de mis casillas.
—Marv —digo—, ¿podrías parar con la llave y hablar en serio aunque solo sea un minuto? ¿Podrías hacerme ese honor?
Se dispone a probar de nuevo, pero arranco la llave del contacto.
—Marv —suspiro. Un suspiro del tamaño de un grito—. Necesito tu ayuda. Necesito dinero.
El instante se ralentiza y puedo oírnos respirar.
Transcurre un minuto de silencio.
Esta es la muerte de mi relación superficial con Marv.
Realmente, tengo la sensación de que algo ha muerto.
Marv enseguida pone atención. La mención de la palabra dinero tiene ese efecto en él. Se le tensan las cejas y me mira buscando la forma de entrarme. No se muestra demasiado alentador.
—¿Cuánto, Ed? —pregunta, algo reticente.
Y estallo.
Abro la portezuela con vehemencia.
Doy un portazo.
Me inclino sobre la ventanilla y señalo a mi amigo con el dedo índice.
—¡Debí imaginarlo! —Se me queda atrapado en él—. Eres el cabrón más tacaño que he conocido en mi vida, Marv… —Le señalo con toda la virulencia de que soy capaz—. ¡No puedo creerlo!
Silencio.
Espacio y silencio.
Me doy la vuelta y me apoyo en el coche al tiempo que Marv se apea para rodearlo.
—¿Ed?
—Lo siento. —«La cosa va bien», pienso. Meneo la cabeza.
—No, no lo sientes —dice.
—Marv, pensaba que…
Me corta.
—Ed, no tengo… —Se le quiebra la voz.
—Simplemente pensé que podrías…
—Ed, no tengo el dinero.
Esto es algo inesperado.
—¿Por qué no, Marv? —Avanzo y le miro directamente a la cara—. ¿Por qué demonios no lo tienes?
—Me lo he gastado.
Su voz está en otro lugar. No proviene de su boca. Parece brotar de un lugar próximo a él. Un lugar vacío.
—¿En qué, Marv?
Me estoy poniendo nervioso.
—No en cualquier cosa. —Está recuperando la voz. Vuelve a ser su voz—. Lo puse en un fondo y no puedo retirarlo hasta dentro de unos años. Eso me da intereses. —Está muy serio ahora, pensativo—. No puedo sacarlo.
—¿Para nada?
—Para nada.
—Ni siquiera para una emergencia.
—Lo dudo.
Vuelvo a elevar la voz. Mi agresión parece desnudar la calle.
—¿Por qué demonios hiciste eso, Marv?
Marv se viene abajo.
Se viene abajo rodeando el coche y sentándose de nuevo detrás del volante. Se agarra a él.
Quedamente, rompe a llorar.
Parece que sus manos chorreen sobre el volante. Las lágrimas se aferran a su cara hasta que resbalan con renuencia hacia su garganta.
Rodeo el coche.
—¿Marv?
Espero.
—¿Qué está pasando, Marv?
Vuelve la cara y sus ojos angustiados buscan los míos.
—Sube —dice—. Quiero enseñarte algo.
Al cuarto intento el Ford arranca y Marv cruza el pueblo. Las lágrimas le surcan el rostro. Con menos renuencia ahora. Hacen eses. Parecen borrachas.
Nos detenemos en una casucha de madera y Marv se apea. Le sigo.
—¿La recuerdas? —pregunta.
La recuerdo.
—Suzanne Boyd —digo.
Las palabras salen de la boca de Marv tambaleándose. Tiene medio rostro en la penumbra, pero todavía puedo adivinar el contorno, la forma.
—Cuando su familia se marchó del pueblo —dice—, fue por un motivo concreto…
«Oh, no», intento decir, pero me trago las palabras.
Marv habla por última vez.
—El niño tiene ahora unos dos años y medio —dice.
Regresamos al coche y permanecemos callados un largo rato. Marv empieza a temblar incontroladamente. Tiene la piel tostada de trabajar al aire libre, pero en estos momentos, sentado en el coche, está blanco como el papel.
Todo adquiere sentido.
Sí, todo adquiere sentido.
Su patético coche.
Su obsesivo y detestable control del dinero.
Hasta su temperamento bronco, por utilizar una expresión más propia de Cumbres borrascosas.
—Quiero darle algo al pequeño, ¿sabes? Cuando sea mayor.
—¿Sabes si es niño o niña?
—No.
Saca de su billetero una vieja hoja de libreta. Cuando la desdobla, advierto que la dirección que aparece escrita ha sido repasada varias veces para que no se borre nunca.
«17 Cabramatta Road, Auburn».
—Me lo dieron unas amigas de Suzanne —dice, inexpresivo, Marv—. Cuando la familia desapareció sin más, acudí a sus amigas y les rogué que me dijeran adónde había ido Suzanne. Dios, fue penoso. Hasta rompí a llorar en la puerta de Sarah Bishop. —Ahora da la impresión de que sus palabras tengan eco. Su boca parece estática, anestesiada—. Señor, qué chica. Suzanne, la dulce Suzanne. —Se le escapa una risa sarcástica—. Cha, su viejo, era un cabrón muy severo, pero Suzanne se las ingeniaba para salir a hurtadillas de casa algunas noches por semana, una hora antes del alba, y nos íbamos a un viejo campo donde un hombre cultivaba maíz. —Casi esboza una sonrisa—. Teníamos una manta y lo hacíamos allí varias noches a la semana… Suzanne era fantástica, Ed. —Me mira directamente a los ojos porque si va a decírselo a alguien, quiere hacerlo bien—. Tenía un sabor delicioso. —La sonrisa resiste desesperadamente—. A veces tentábamos a la suerte y nos quedábamos hasta la salida del sol…
—Es muy bonito, Marv —digo mirando el parabrisas. No puedo creer que Marv y yo estemos hablando así. Normalmente demostramos nuestra amistad discutiendo.
—Recuerdo perfectamente su calidez, tanto en su interior como en su piel…
Puedo imaginarla, pero Marv mata la imagen con un suspiro.
—Y de repente un día no había nadie en la casa. Fui al campo pero solo estábamos el maíz y yo.
La chica estaba embarazada.
No es algo inusual en estos parajes, pero los Boyd, lógicamente, no lo aprobaban.
La familia se marchó del pueblo.
Nada se comentó al respecto y en realidad nadie echó de menos a los Boyd. Aquí la gente va y viene. Si consigue reunir dinero, se muda a un lugar mejor. Si es luchadora, se muda a otro lugar igual de sórdido para seguir probando suerte.
—Supongo —dice al rato Marv— que para su viejo era una deshonra que su hija de dieciséis años hubiera sido estafada y encima por alguien como yo. Supongo que hizo bien al ponerse duro…
Llegados a este punto no sé qué decir.
—Se marcharon del pueblo —prosigue—. La gente apenas lo comentó. —Se vuelve hacia mí. Noto sus ojos en mi cara—. Y llevo tres años viviendo con eso.
Se ha tranquilizado pero está tenso. Pasa una hora. Espero. Pregunto.
—¿Has ido a esa dirección?
Se tensa un poco más.
—No. Lo he intentado pero no he podido. —Retoma la historia—. Una semana después de presentarme en casa de los Bishop, Sarah vino a verme al trabajo. Me entrega el papel y dice: «Prometí no contárselo a nadie, y aún menos a ti, pero no me parece justo». Y añadió: «Ve con cuidado, Marv. El padre de Suzie dice que te matará como vuelvas a acercarte a ella». Y se marchó. —La expresión de su rostro se vacía—. Recuerdo que ese día caían finas cortinas de agua.
—¿Sarah es aquella chica alta y morena tan bonita? —pregunto.
—Sí —responde Marv—. Después de lo que me dijo fui varias veces a la ciudad. En una ocasión hasta llevaba diez mil dólares en el bolsillo para ayudarla. Es lo único que quiero, Ed, ayudarla.
—Te creo.
Se frota la cara solemnemente y dice:
—Lo sé. Gracias.
—Entonces, ¿todavía no has visto al niño?
—No. Nunca logro reunir el valor suficiente para acercarme siquiera a su calle. Soy patético. —Empieza a tararear—: Patético, patético. —Y suavemente, ferozmente, golpea el volante con el puño. Estoy esperando que explote, pero no le quedan fuerzas para un arrebato emocional. Ya no. Durante tres años, desde la marcha de Suzanne, ha mantenido el tipo, pero ahora se está viniendo abajo.
—Este… —Tiembla—. Este es mi estado todos los días a las tres de la mañana, Ed. Veo a esa chica, a esa chica pobre y espectacular. A veces voy hasta el campo de maíz y caigo de rodillas. Oigo los latidos de mi corazón pese a no querer oírlos. Detesto los latidos de mi corazón. Suenan demasiado fuertes en ese campo.
Lo oigo.
Lo imagino.
—Cincuenta mil —me dice Marv—. Me detendré en los cincuenta mil. Al principio me dije que diez mil, luego veinte mil, pero no podía parar.
—Una manera de aliviar tu sentimiento de culpa.
—Exacto. —Intenta arrancar el coche varias veces y finalmente nos ponemos en marcha—. Pero el dinero no arreglará las cosas. —Detiene el coche en medio de la calzada. Los frenos arden y el rostro de Marv se inflama—. Quiero tocar a ese niño…
—Tienes que hacerlo.
—Hay muchas maneras de hacerlo —dice.
—Solo una… —contesto.
Marv asiente.
Cuando me deja en casa la noche ha refrescado.
—Oye, Marv —digo antes de apearme.
Me mira.
—Te acompañaré.
Cierra los ojos.
Hace ademán de hablar, pero no puede. Es mejor así.
Uno para otro
Mañana es el día.
Cuando entro en casa, me retiro a la sala y me siento en el sofá, exhausto. A los cinco minutos Marv me llama. No dice ni hola.
—Iremos mañana.
—¿Sobre las seis?
—Te recogeré.
—No —digo—. Te llevaré en el taxi.
—Buena idea. Si van a darme una paliza mejor contar con un coche que arranque a la primera.
Llega el momento. Salimos de mi casa a las seis y llegamos a Auburn cerca de las siete. El tráfico es denso.
—Espero que el maldito niño todavía esté levantado —pienso en voz alta.
Marv no responde.
Cuando me detengo frente al número 17 de Cabramatta Road reparo en que se trata del mismo tipo de casucha de cemento fibroso que los Boyd tenían en el pueblo. Estamos al otro lado de la calzada.
Marv mira la hora.
—Entraré a las siete y cinco.
Las 7.05 llegan y pasan.
—Bien, a las siete y diez.
—Tranquilo, Marv.
A las 7.46 Marv baja del coche.
—Buena suerte —le digo. Señor, puedo oír su corazón desde dentro del taxi. Es alucinante que al pobre no le haya estallado aún.
Se queda inmóvil. Tres minutos.
Cruza la calle. Dos intentos.
El jardín es diferente. Primer intento —una sorpresa.
Luego, el gran intento…
Acerca los nudillos a la puerta catorce veces. Cuando finalmente les oigo golpear la madera, suenan como heridas.
La puerta se abre y Marv aparece enmarcado en ella, con sus tejanos, su camisa elegante, sus botas. Se pronuncian palabras pero, naturalmente, no alcanzo a oírlas. Estoy atrapado en el recuerdo de los latidos de Marv y los golpes en la puerta.
Entra y ahora es mi corazón el que oigo. «Esta podría ser la espera más larga de mi vida», pienso. Estoy equivocado.
Treinta segundos después Marv sale de espaldas por la puerta. Disparado hacia el jardín. Henry Boyd, el padre de Suzanne, le está propinando una paliza que nunca olvidará. Un pequeño rastro de sangre mana hasta el suelo. Bajo del taxi.
Para que os hagáis una idea, Henry Boyd no es un hombre grande pero tiene fuerza.
Es bajo pero pesado.
Y posee brío. Es una especie de versión tamaño bolsillo de mi mensaje de Edgar Street. Otra cosa. Está sobrio y yo no tengo una pistola conmigo.
Cruzo la calle mientras Marv permanece tirado en la hierba como una marioneta.
Lo patean.
Con palabras.
Le disparan.
Con el dedo acusador de Henry Boyd.
—¡Y ahora lárgate de aquí!
Bajo y duro como un bistec, el hombre se eleva sobre Marv frotándose las manos.
—Señor —oigo suplicar a Marv. Lo único que mueve son los labios. Nada más. Habla en dirección al cielo—. Tengo casi cincuenta mil…
Pero Henry Boyd no está interesado. Se acerca un poco más, hasta encontrarse justo encima.
Hay un niño llorando. Los vecinos se están congregando en la calle. Han venido a disfrutar del espectáculo. Henry se vuelve hacia ellos y les espeta que vuelvan a sus putas casas. Sus palabras, no las mías.
—¡Y a ti! —Vuelve a castigar a Marv con su voz—. No se te ocurra volver por aquí en la vida, ¿entendido?
Me acerco y me acuclillo junto a Marv. Tiene el labio superior hinchado y bañado en sangre. No parece muy consciente.
—¿Y tú quién demonios eres?
«Mierda —pienso con nerviosismo—. Creo que me está hablando a mí». Respondo al instante. Respetuosamente.
—Solo he venido a llevarme a mi amigo de su jardín.
—Buena idea.
Ahora veo a Suzanne. Está en la puerta con un niño cogido de la mano. Una niña. «¡Tienes una hija!», quiero gritarle a Marv, pero soy consciente de que no es una buena idea.
Saludo a Suzanne con la cabeza.
—¡Entra en casa, Suzie!
Me devuelve el saludo.
—¡Vamos!
La niña vuelve a llorar.
Desaparece y ayudo a Marv a incorporarse. Una gota de sangre le mancha la camisa.
Henry Boyd llora lágrimas de rabia. Le perforan los ojos.
—Este cabrón trajo la deshonra a mi familia.
—También su hija. —No doy crédito a las palabras que salen de mi boca.
—Será mejor que te largues, muchacho, o volveréis a casa pareciendo gemelos.
Simpático.
Le pregunto a Marv si puede sostenerse solo. Puede. Me acerco a Henry Boyd. No estoy seguro de que le haya ocurrido muchas veces. Es bajo, pero cuanto más cerca lo tienes más imponente resulta. Ahora mismo está desconcertado.
Le miro con respeto.
—Es una niña muy bonita —digo. Mi voz suena firme. Eso me sorprende y me infunde valor para continuar—. ¿No le parece, señor?
Forcejea. Soy consciente de su debate interno. Quiere estrangularme pero puede oler la extraña confianza que reviste cuanto digo. Finalmente responde. Tiene patillas. Le bailan antes de hablar.
—Sí lo es.
Ahora estoy señalando a Marv mientras permanezco todo lo erguido que puedo frente al señor Boyd. Los brazos le cuelgan a los lados. Son cortos y musculosos.
—Marv trajo la deshonra a su familia y sé que se marcharon del pueblo por eso —digo. Dirijo de nuevo la mirada a la figura ligeramente sangrante de Marv—. Pero lo que acaba de hacer, el haberse enfrentado a usted, eso merece respeto. No encontrará un comportamiento más decente o digno que ese. —Marv tiembla y bebe un ligero sorbo de sangre—. Él sabía que pasaría esto y sin embargo vino. —Dejo que mis ojos se claven en los de Henry—. Si usted hubiera estado en su lugar, ¿habría sido capaz de actuar así? ¿Se habría enfrentado a usted?
El hombre habla ahora con voz queda.
—Por favor —nos suplica. Advierto que me embarga una enorme pena por él. Ha sufrido mucho—. Marchaos.
Cuando llego al coche me doy cuenta de que estoy solo.
Estoy solo porque hay un chico con sangre en la boca que ha dado unos pasos más. Ha echado a andar hacia la casa, y la chica a la que solía ver en el campo de maíz para hacerle el amor hasta el amanecer está en el porche.
Se miran.
Los columpios
Pasa una semana.
Aquella noche en el taxi desde Cabramatta Street, Auburn, Marv viajó en el asiento del copiloto, sangrando y en silencio. Se tocó la boca, el labio se le abrió y la sangre le resbaló por el mentón. Cuando manchó el asiento le dije, como es lógico, que se bajara.
Solo dijo una cosa.
—Gracias, Ed.
Creo que agradecía que siguiera tratándole como siempre, aun cuando las cosas ahora fueran distintas.
Una mañana que estoy saliendo de VACANT TAXIS Marge me para. Se acerca corriendo y agitando una mano. Cuando freno y bajo la ventanilla, inspira hondo y dice:
—Menos mal que te pillo. Anoche llamaron pidiendo una carrera contigo, Ed. Parecía personal. —Me percato de que Marge tiene muchas arrugas. En cierto modo, la hacen aún más simpática—. No quería anunciarla por radio…
—¿Dónde está? —pregunto.
—Era una mujer, Ed, o una chica, y te pidió a ti en concreto. Hoy a las doce en punto.
Lo intuyo, lo sé.
—¿Cabramatta Road? —pregunto—. ¿Auburn?
Marge asiente.
Le doy las gracias y me lanza un mirada de «De nada, cielo». Mi primer impulso es llamar a Marv y contárselo. No lo hago. El cliente es lo primero. Después de todo, soy un profesional. No, en lugar de eso paso en coche por donde Marv ha estado trabajando últimamente, en un nuevo barrio próximo a Glory Road. La camioneta de su padre está aparcada fuera y eso es cuanto necesito saber. Sigo mi camino.
A las doce me detengo frente al domicilio de Suzanne Boyd en Auburn. Sale puntualmente con su hija y una sillita para el coche.
Nos miramos unos instantes.
Suzanne tiene el cabello largo y meloso y unos ojos color café, aunque mucho más oscuros que los míos. En los suyos no hay leche. Está muy delgada. Su hija tiene el mismo color de pelo, pero todavía lo lleva corto y se le riza alrededor de las orejas. Me sonríe.
—Este es Ed Kennedy —le informa su madre—. Dile hola, cariño.
Me agacho.
—¿Cómo te llamas tú? —En los ojos ha salido a Marv.
—Melinda Boyd. —Posee una sonrisa encantadora.
—Es fantástica —le digo a Suzanne.
—Gracias.
Abre la puerta de atrás e instala a su hija. Me produce un fuerte impacto ver a Suzanne en el papel de madre. La miro mientras sus manos se aseguran de sujetar bien a Melinda. Está tan bonita como siempre.
Suzanne trabaja media jornada. Odia a su padre. Y se odia a sí misma por no plantarle cara. Se lamenta de todo.
—Pero adoro a Melinda —dice—. Es el toque de belleza en medio de tanta fealdad. —Se sienta al lado de su hija y me mira por el retrovisor—. Hace que yo misma merezca la pena.
Arranco y partimos.
Solo el sonido del motor llena el coche mientras Melinda Boyd duerme, pero cuando se despierta, juega y habla y baila con las manos.
—¿Me odias, Ed? —pregunta Suzanne cuando nos aproximamos al pueblo. Recuerdo que Audrey me hizo la misma pregunta.
Me limito a mirarla por el retrovisor y decir:
—¿Por qué iba a odiarte?
—Por lo que le hice a Marv.
Las palabras que me vienen a la cabeza son, de hecho, pocas. Puede que las haya ensayado inconscientemente. Simplemente digo:
—Eras una chiquilla, Suzie. Marv era un chiquillo… Y tu padre era el que era… En cierto modo —le digo—, me da pena. Sufre mucho.
—Sí, pero lo que le hice a Marv es imperdonable.
—Estás en este taxi, ¿no? —Vuelvo a mirarla.
Tras una pausa, Suzanne Boyd me dirige una mirada de agradecimiento y dice:
—¿Sabes una cosa, Ed? —Menea la cabeza—. Nadie le ha hablado jamás a mi padre como lo hiciste tú.
—Ni se ha enfrentado a él como lo hizo Marv.
Asiente con la cabeza.
Le digo que puedo llevarla al lugar donde trabaja Marv, pero me pide que pare en un parque cercano.
—Buena idea —contesto, y allí se queda, esperando.
El martilleo de Marv se detiene un instante. Está muy arriba, con unos cuantos clavos en la boca. Aprovecho el inciso para llamarle.
—Creo que será mejor que vengas conmigo, Marv.
Ve la determinación en mi semblante, hace una pausa, escupe los clavos, se quita el cinturón de herramientas y baja. Ya en el coche, creo que está más nervioso que la otra noche.
Llegamos al parque y bajamos.
—Están esperando —le digo, pero creo que no me oye. Me siento en el capó del taxi y Marv echa a andar con paso torpe.
El césped está reseco, amarillo, abandonado. Es un parque viejo. Bonito. Con un enorme tobogán de hierro, columpios con cadenas y un balancín que te deja el trasero hecho un asco. Como debe ser. Nada de esas porquerías de plástico.
Una ligera brisa acaricia el césped.
Cuando Marv se vuelve para mirarme veo que el miedo se agazapa en sus ojos. Camina despacio hacia la zona de juegos donde aguarda Suzanne. Melinda está sentada en un columpio.
Marv parece enorme.
Su andar y sus manos, y su nerviosismo.
Aunque no oigo nada puedo ver que están hablando, y la mano gigantesca de Marv estrecha la de su hija. Noto que desea levantarla, abrazarla, estrecharla, pero se contiene.
Melinda regresa al columpio y, tras mirar a Suzanne en busca de aprobación, Marv la empuja.
Transcurridos unos minutos Suzanne se escabulle con sigilo y viene a verme.
—Han congeniado —dice con voz queda.
—Sí. —Sonrío, por mi amigo.
Oímos aullar a Melinda:
—¡Más fuerte, Marvin Harris! ¡Más fuerte, por favor!
Marv la columpia un poco más fuerte. Empuja la espalda de su hija con ambas manos y ella entra en el cielo riendo con fuerza.
Cuando Melinda se cansa, Marv detiene el columpio. La niña se baja, coge a su padre de la mano y se acerca a nosotros. Confío en que os imaginéis la sonrisa de Marv.
Audrey, primera parte: tres noches de espera
Esa noche no pego ojo.
Veo a Marv columpiando a la niña o regresando con ella de la mano. Hacia la medianoche oigo la voz de Marv en la puerta. Cuando abro, me lo encuentro delante mostrando exactamente lo que siente.
—Sal —dice, y cuando obedezco mi amigo Marvin Harris me abraza. Me abraza con tanta fuerza que puedo olerle y notar el gusto de la dicha que mana de su interior.
Ritchie y Marv son, por tanto, asunto zanjado.
Ya solo me queda Audrey.
No quiero perder tiempo. He recorrido mucho camino desde el atraco al banco. He pasado por once mensajes y este es el último. El más importante.
Al día siguiente por la noche voy a casa de Audrey y espero. Durante un rato temo que Daryl y Keith aparezcan de nuevo pero no lo hacen. Sé lo que estoy haciendo y parece que en tales ocasiones me dejan solo.
No me siento justo delante de casa de Audrey, sino en un pequeño parque situado algo más abajo. Es un nuevo lugar de juegos. Parece de plástico. El césped está cortado y cuidado.
Su casa se halla en uno de esos complejos de ocho o nueve viviendas adosadas. Parecen grapadas la una con la otra. Los coches están estacionados delante, en fila.
Acudo tres noches seguidas. Cada noche hace su aparición Simon, pero ninguna de ellas me ve acampado en el parque. Está concentrado en Audrey y en lo que van a hacer. Pese a la distancia que nos separa, puedo ver el deseo en él cuando llega con el coche.
Una vez dentro, me acerco y miro.
Comen.
Tienen sexo.
Beben.
Tienen más sexo.
El sonido escapa por la rendija inferior de la puerta mientras recuerdo mi conversación con Simon en Navidad, cuando me recogió en casa de Milla.
Sé lo que tengo que darle a Audrey.
Audrey no ama a nadie.
Se niega a amar.
Pero lo necesita, necesita permitírselo aunque solo sea un momento. Necesita vivir ese sentimiento. Conocerlo plenamente. Al menos una vez.
Las tres noches espero hasta el amanecer. Simon se marcha antes de la salida del sol. Tiene que estar trabajando en la ciudad a primera hora.
La tercera noche tomo una decisión.
«Mañana».
Sí.
«Lo haré mañana».
Marv se lo repiensa
Al día siguiente por la noche, justo cuando me dispongo a ir a casa de Audrey, Marv se presenta de nuevo en mi porche, esta vez con una pregunta.
Salgo y se niega a seguirme.
Desde el porche, dice:
—¿Todavía necesitas el dinero, Ed? —Me mira preocupado—. Lo siento, lo olvidé por completo.
—No te preocupes —le digo—. Creo que, bien mirado, no voy a necesitarlo.
Debajo del brazo llevo un viejo radiocasete con una cinta dentro.
Mientras camino Marv me alcanza con su voz y me arrastra de nuevo hacia él.
Me mira pensativamente y dice:
—¿Lo necesitaste en algún momento?
Me acerco un poco más.
—No. —Niego con la cabeza—. No, Marv.
—Entonces… —Baja los escalones para mirarme directamente a la cara—. Entonces, ¿por qué dijiste…?
—Guardé el naipe que recibí en el correo, Marv. —Si Ritchie merecía la verdad, Marv también. Se lo cuento. Todo—. Marv, he pasado por diamantes, tréboles, picas y corazones, y de este último todavía me queda uno.
—¿Es ahí donde yo…?
—Sí, Marv —respondo—. Tú estabas en el as de corazones.
Silencio.
Perplejidad.
Marv está paralizado y no tiene ni idea de qué decir, pero parece feliz.
Cuando casi he desaparecido, grita:
—¿El último es Audrey?
Me vuelvo y le miro andando hacia atrás.
—¡Que haya suerte! —responde.
Esta vez sonrío y agito una mano.
Audrey, segunda parte: tres minutos
La noche transcurre como siempre, pero esta vez el viejo radiocasete que he traído transpira a mi lado mientras la luna se eleva, cae y desaparece cuando la mañana finalmente se acerca. Por un momento me pregunto por qué no me puse el despertador en casa y vine al alba, pero sé que debo hacer las cosas bien. Tenía que soportar la noche para hacer esto como es debido.
Mis piernas se estiran pero la noche se estira aún más. El primer atisbo de luz me asusta.
Estoy adormilándome en el parque cuando oigo un portazo y el coche de Simon arranca. Sale con un viraje torpe y sigiloso. Dejo pasar un rato pero me doy cuenta de que ha llegado el momento. La situación es idónea.
El radiocasete. La luz.
Y ahora mis pasos dirigiéndose a la puerta de Audrey.
Llamo.
No tengo respuesta.
Vuelvo a cerrar el puño pero justo cuando me dispongo a golpear nuevamente la madera se abre una rendija en el marco y la voz cansada de Audrey se cuela por ella.
—¿Has olvidado al…? —Se le apaga la voz.
—Soy yo —digo.
—¿Ed?
—Sí.
—¿Qué estás haciendo…?
Mi camisa se me antoja de cemento. Llevo pantalones de madera, calcetines de papel de lija y yunques por zapatos.
—He venido —susurro— por ti.
Audrey, la chica, la mujer, lleva un camisón rosa.
Descalza, abre la puerta y con los dedos se retira el sueño de los ojos. Me recuerda a la pequeña Angelina.
Lentamente, la cojo de la mano y la conduzco hasta el camino. La pesadez me ha abandonado y ahora solo estamos ella y yo. Coloco el radiocasete en el jardín salpicado de cortezas, me agacho y pulso el botón de reproducir.
Al principio una electricidad estática zarandea el aire. Luego la música empieza a sonar y los dos podemos oír la lenta, queda, dulce desesperación de una canción que no voy a mencionar. Imaginad la canción más dulce, más dura, más bella del mundo… pues esa. La inhalamos y mis ojos se enganchan con los de Audrey. Me acerco y le tomo las manos.
—Ed, ¿qué…?
—Chist.
La atraigo hacia mí por las caderas y responde.
Coloca sus manos alrededor de mi cuello y descansa la cabeza sobre mi hombro. Puedo oler el sexo en ella, y solo deseo que ella pueda oler el amor en mí.
—Mmmm —gime suavemente, y bailamos en el camino. Nos abrazamos. Luego me separo y la hago girar despacio. Regresa y me da un beso, un beso fugaz, en el cuello.
«Te quiero», deseo decirle, pero no es necesario.
El cielo se inunda de fuego y yo estoy bailando con Audrey. Cuando la música termina, permanecemos abrazados un rato más. Calculo que hemos bailado tres minutos.
Tres minutos para decirle que la quiero.
Tres minutos para que ella reconozca que también me quiere.
Me lo dice cuando nos separamos, pero sin que una sola palabra de amor salga de su boca. Simplemente cierra un ojo y dice:
—Caray, Ed Kennedy.
Sonrío y contemplo los pies desnudos de Audrey, sus tobillos, sus espinillas, y trepo hasta su rostro. Sus ojos cansados y el pelo, del color del heno, enredado. Una sonrisa arañando suavemente sus labios. Sus orejas pequeñas y su nariz tersa. Y los últimos retazos de amor, aferrándose extrañamente a…
Ha dejado que la ame durante tres minutos.
«¿Pueden tres minutos durar eternamente?», me pregunto pese a conocer la respuesta.
«Probablemente no —contesto—. Pero tal vez duren lo suficiente».
Fin
Recojo el radiocasete y nos quedamos un rato más en el camino. No me invita a entrar y no se lo pido.
Lo que tenía que hacer ya lo he hecho, así que me vuelvo y digo:
—Hasta luego, Audrey. Puede que hasta la próxima timba. Puede que antes.
—Pronto —me asegura, y me marcho.
He repartido doce mensajes.
He completado cuatro ases.
Siento que es el mejor día de mi vida.
«Estoy vivo —pienso—. He ganado». Me siento libre por primera vez en meses y una sensación de satisfacción me acompaña durante todo el trayecto a casa. Permanece conmigo incluso cuando cruzo la puerta, beso a Doorman y preparo café para los dos en la cocina.
Estamos bebiendo cuando otro sentimiento se abre paso en mi estómago, se agita y rebosa.
Ignoro por qué, pero la sensación de satisfacción se esfuma de golpe cuando Doorman me mira. Fuera, oímos un pestillo que se abre y se cierra y una persona que echa a correr.
Salgo despacio y bajo los escalones del porche.
Mi buzón está ligeramente torcido. Tiene aspecto culpable.
El corazón se me acelera.
Me acerco y tiemblo cuando abro el buzón.
«Oh, no —pienso—. ¡No, no, no!».
Introduzco una mano y mis dedos agarran un sobre. Lleva escrito mi nombre y ya puedo intuir lo que contiene.
Un último naipe.
Una última dirección.
Cierro los ojos y caigo de rodillas sobre la hierba.
Ya no puedo ni pensar.
Un último naipe.
Abro lentamente el sobre y cuando mis ojos encuentran la dirección, me quedo de piedra.
Leo:
Shipping Street, 26
Esta es mi dirección.
El último mensaje es para mí.