12 Abierta la discusión, comenzaron el ataque los provincianos, los de Siberia, los del Cáucaso. Pero, ¡cuál no fue nuestra sorpresa cuando al final de nuestros discursos, Lenin se adelantó y declaró que él había sido partidario de participar en las elecciones, pero que ahora vela su error y estaba dispuesto a apoyar nuestro bando! Nos quedamos perplejos. Aquello produjo la impresión de una descarga eléctrica. Y le dedicamos una estruendoso ovación.»

Nadie más ha mencionado aquella «descarga eléctrica» ni la «estruendosa ovación» de cincuenta pares de manos. Sin embargo, es posible que la versión que da Stalin de la ocurrencia sea exacta. En aquellos días, la «firmeza» bolchevique aún no se había llegado a asociar con la flexibilidad táctica, especialmente entre los «prácticos» desprovistos de fondo y de perspectiva mental. El mismo Lenin podría haber flaqueado: la presión de los provincianos pudo habérsele figurado la presión de los elementos revolucionarios mismos. Pero fuera eso así o de otro modo, la Conferencia resolvió «tratar de minar esta Duma policíaca, rechazando toda participación en ella». Lo único extraño del caso es que Stalin continuara viendo en 1920 el «error» de Lenin en su inicial tendencia a tomar parte en las elecciones; por aquel tiempo, Lenin había llegado a reconocer por entonces que su verdadero error consistió en haberse allanado a la pretensión del boicot.

Koba tenía exactamente veintiséis arios cuando, al fin, pudo abrir a picotazos la cáscara de su huevo provincial y emergió en la órbita del Partido como conjunto. En verdad aquella salida suya no fue apenas advertida, y hubieron de pasar otros siete años antes de que llegara a ser miembro del Comité Central. No obstante, la Conferencia de Tammerfors constituyó un importante hito en su vida. Visitó San Petersburgo, conoció a la plana mayor del Partido, observó su mecanismo, se comparó con otros delegados, tomó parte en los debates, fue elegido por un Comité y (según hace constar en su biografía oficial) «se asoció definitivamente con Lenin». Por desgracia nuestra, se conoce muy poco a este propósito.

Fue posible reunir el Congreso de unificación en Estocolmo, pero no antes de abril de 1906. Por aquel tiempo, el Soviet de San Petersburgo había sido detenido, aplastada la sublevación de Moscú y el rulo de la represión había rodado sobre todo el país. Los mencheviques se desbandaron hacia la derecha. Plejanov expresó su estado de ánimo con su alígera frase: «¡No debimos alzarnos en armas!» Los bolcheviques siguieron fieles a su método de insurrección. Sobre los restos de la revolución, el zar convocaba la primera Duma, en la cual se advirtió claramente desde el primer día la victoria de los liberales sobre la reacción francamente monárquica. Los mencheviques, que apenas una semana antes hablan sostenido un semiboicot de la Duma, ahora ponían sus esperanzas en las conquistas constitucionales, abandonando la lucha revolucionaria. Por la época del Congreso de Estocolmo, el apoyo de los liberales les parecía la más importante tarea de la Socialdemocracia. Los bolcheviques esperaban el ulterior desarrollo de las revueltas campesinas, confiando en que ayudarían a la lucha del proletariado para reanudar la ofensiva barriendo al mismo tiempo la Duma del zar. En oposición a los mencheviques, continuaron defendiendo el boicot. Como siempre después de una derrota, las diferencias de opinión tomaron en seguida un carácter agudo. Con tan malos auspicios comenzó sus sesiones el Congreso de unificación.

El número de delegados votantes en el Congreso era de 113, de ellos 62 mencheviques y 42 bolcheviques. Como teóricamente cada delegado representaba a 300 socialdemócratas organizados, puede decirse que todo el Partido tenía unos 33.000 miembros, de los cuales 19.000 eran mencheviques y 14.000 bolcheviques. Considerando la vehemencia con que se trabajaban las elecciones, estas cifras se consideran indudablemente exageradas. En todo caso, cuando el Congreso se reunió, el Partido no estaba creciendo, sino do lo contrario. De los 113 delegados, Tiflis tenía once, de ellos diez mencheviques y un solo bolchevique. Aquel único bolchevique era Koba, por seudónimo Ivanovich. La relación de fuerzas se expresa aquí en la exacta terminología de aritmética simple. Beria tuvo la temeridad de afirmar que «bajo la dirección de Stalin», los bolcheviques del Cáucaso habían aislado a los mencheviques de las masas. Estas cifras poco lo confirman. Y, además, los mencheviques caucásicos, bien trabados, desempeñaron un enorme papel en su propia facción dentro del Congreso.

La participación de Ivanovich en el Congreso, bastante activa, se reflejó en las actas. Pero, a menos de saber durante su lectura que Ivanovich era Stalin, no prestaría uno la más mínima atención a sus discursos y observaciones. No más lejos de diez años, nadie citaba esos discursos, y aun los historiadores del Partido no habían caído en la cuenta de que Ivanovich y el secretario general del Partido eran una misma persona. Ivanovich fue incorporado a uno de los Comités técnicos designados para revisar los nombramientos de los delegados al Congreso. Aparte su significación, dicho nombramiento era sintomático: Koba estaba en su verdadero elemento cuando se trataba de sutilezas de la máquina. A este propósito, los mencheviques le acusaron por dos veces de mentir en el curso de su informe. Es imposible responder de la objetividad de los mismos acusadores; pero tampoco puede dejarse de consignar que tales incidentes fueron siempre asociados al nombre de Koba.

En la médula del programa del Congreso estaba la cuestión agraria. El movimiento campesino había sorprendido al Partido virtualmente dormitando. El viejo programa agrario, que apenas había hecho intrusiones en las grandes propiedades, se vino abajo. La confiscación de las tierras de los hacendados se hacía inminente. Los mencheviques estaban luchando por la «municipalización», esto es, la transferencia de la tierra a las manos de los órganos democráticos de la administración local autónoma. Lenin se pronunciaba por la nacionalización de la tierra, pero Stalin recomendaba no fiarse del futuro Gobierno central ni armarle con las heredades del pueblo. «Esa república —decía— con que Lenin ha soñado, una vez establecida no se mantendría para siempre. No podemos obrar a base de que en un próximo futuro se ha de establecer en Rusia la misma clase de orden democrático que en Suiza, en Inglaterra y en Estados Unidos. Considerando las posibilidades de restauración, la nacionalización es peligrosa...» ¡Así de circunspectas y modestas eran las expectativas del fundador del marxismo rojo! En su opinión, la transferencia de la tierra a las manos del Estado sólo hubiera sido admisible en el caso de que el Estado mismo perteneciese a los trabajadores. «...La apropiación del Poder nos hace falta —decía Plejanov— cuando estamos haciendo una revolución proletaria. Pero como la revolución inminente ahora sólo puede ser pequeñoburguesa, estamos obligados a renunciar a la toma del Poder.» Plejanov subordinaba la cuestión de la lucha por el Poder (y aquello era el talón de Aquiles de su estrategia doctrinal) a una definición o más bien a una nomenclatura sociológica a priori de la revolución, y no a la correlación real de sus fuerzas inherentes.

Lenin luchaba por la incautación de las tierras de los hacendados por Comités de campesinos revolucionarios y por sancionar tal incautación desde la Asamblea constitucional por medio de una ley sobre nacionalización. «Mi programa agrario —escribió y decía— es enteramente un programa de insurrección campesina y la realización completa de la revolución democrática burguesa.» Sobre el punto básico seguía de acuerdo con Plejanov: la Revolución no sólo comenzaría, sino que culminaría también como revolución burguesa. El líder del bolchevismo no sólo consideraba a Rusia incapaz de establecer el socialismo independientemente (nadie hubiera sido capaz de plantear tal cuestión antes de 1924), sino que creía imposible retener siquiera las futuras conquistas democráticas en Rusia sin una revolución socialista en Occidente. Precisamente en aquel Congreso de Estocolmo fue donde expresó este criterio con más claridad. «La Revolución (democrática burguesa) rusa puede vencer con sus propias fuerzas —dijo—, pero de ningún modo podrá retener y reforzar sus conquistas con su propia mano. No puede lograrlo, a menos que se produzca un levantamiento socialista en Occidente.» Sería equivocado pensar que, en concordancia con la reciente interpretación de Stalin, Lenin pensaba en el peligro de la intervención militar desde el exterior. No, él hablaba de la inevitabilidad de una restauración desde dentro, a consecuencia de que el campesino, convertido en propietario, se volviera contra la revolución después del levantamiento agrario. La restauración es igualmente ineludible en el caso de municipalizar, nacionalizar o dividir la tierra, pues el pequeño propietario rural, en cualquiera y en todas las formas de posesión y propiedad sigue siendo el sostén principal de la restauración. «Después de la victoria completa de la revolución democrática —insistía Lenin—, el pequeño propietario se volverá inevitablemente contra el proletario, y cuanto antes se derroque al enemigo común del proletariado y del pequeño propietario, tanto más pronto volverá... Nuestra revolución democrática no tiene otra fuerza de reserva que el proletariado socialista de Occidente.»

Ahora bien, para Lenin, que colocaba el sino de la Democracia rusa en dependencia directa del socialismo europeo, el llamado «objetivo final» no estaba separado del levantamiento democrático por una época histórica indefinida. Dentro mismo del período de lucha por la democracia aspiraba él a desplegar los puntos de apoyo para el avance más rápido hacia la meta socialista. El sentido de la nacionalización de la tierra estaba en el hecho de que abría una ventana hacia el futuro: «En la época de la revolución democrática y de la sublevación campesina —decía—, no es posible limitarse a la mera confiscación de la tierra de los hacendados. Es necesario ir más allá, asestar el golpe fatal a la propiedad privada de la tierra con el fin de allanar el camino a, la lucha por el socialismo.»

Ivanovich no estaba de acuerdo con Lenin en esta cuestión crucial de la Revolución. En aquel Congreso se manifestó resueltamente contra la nacionalización y en favor de distribuir las tierras confiscadas entre los campesinos. Hasta hoy, pocas personas en la Unión Soviética conocen esta diferencia de opinión, que está enteramente recogida en las páginas de las actas, porque a nadie se permite ni siquiera citar o comentar el discurso de Ivanovich durante el debate sobre el programa agrario. Y, no obstante, es digno de nota. «Puesto que estamos sellando una unión revolucionaria pasajera con el campesino en lucha —decía Stalin—, como justamente por eso no podemos desconocer las demandas de ese campesinado, hemos de apoyarlas, si en conjunto y de modo general no están en pugna con las tendencias de desenvolvimiento económico y con el progreso de la revolución. Los campesinos piden el reparto; este reparto no es incompatible con los fenómenos aludidos (?); por lo tanto, debemos defender la completa confiscación y distribución. Desde este punto de vista, la nacionalización y la municipalización son igualmente inaceptables.» Años después, Stalin había de decir que en Tammerfors, Lenin había pronunciado un insuperable discurso acerca de la cuestión agraria, que había despertado general entusiasmo, sin revelar que él, no sólo había hablado en contra del programa agrario de Lenin, sino que lo había declarado «igualmente» inaceptable que el de Plejanov. (Además, en 1924, pretendía haberse sentido fuertemente impresionado por él en 1906.)

En primer lugar, el solo hecho de que un joven caucásico, que no conocía Rusia en absoluto, se atreviese a contender de modo tan irresponsable con el dirigente de su facción sobre el programa agrario, campo en el cual la autoridad de Lenin era considerada particularmente formidable, no puede menos de suscitar sorpresa. El precavido Koba, por regla general, no gustaba de aventurarse por el hielo no explorado ni de quedar en minoría. Solía participar en los debates sólo cuando sentía que la mayoría estaba tras él, o, como años más tarde, cuando la máquina le aseguraba la victoria, sin tener en cuenta la mayoría. Tanto más imperiosos tuvieron que ser los motivos que le impelieron a hablar en aquella ocasión en defensa del reparto de la tierra, no muy popular. Esos motivos, en la medida en que es posible descifrarlo treinta años y pico después, eran dos, y ambos característicos de Stalin.

Koba vino a la revolución como demócrata plebeyo, provinciano y empirista. Las ideas de Lenin sobre la índole internacional de la revolución le eran a la vez remotas y extrañas. Buscaba garantías» más próximas. El acceso individualista a la propiedad de la tierra se imponía más sutilmente y encontraba una expresión mucho más espontánea entre los georgianos que entre los demás rusos, porque los primeros no tenían experiencia directa con los predios comunales. De donde el hijo de campesinos de la aldea de Didi-Lilo concluía que dotando a esos pequeños propietarios de parcelas adicionales de tierra, ellos serían la garantía principal frente a la contrarrevolución. Se ve, pues, claramente que, en su caso, el «divisionismo» no era una convicción doctrinal (de hecho, se inclinaba más bien a rechazar convicciones derivadas de doctrinas, con la mayor facilidad), sino antes bien su programa orgánico, en perfecta armonía con las inclinaciones fundamentales de su naturaleza, su educación y su medio social. En efecto, veinte años más tarde, hemos de descubrir en él una reversión atávica al «divisionismo».

Casi tan inconfundible se revela el segundo motivo de Koba. A sus ojos, el prestigio de Lenin se había reducido patentemente a causa de la derrota de diciembre: él siempre daba más importancia al hecho que a la idea. En aquel Congreso, Lenin estaba en minoría; Koba no podía ganar a su lado. Aquello sólo disminuía considerablemente su interés por el programa de nacionalización. Tanto bolcheviques como mencheviques consideraban la distribución de la tierra como mal menor en parangón con el programa de la facción de enfrente. Por lo tanto, Koba tenía motivos para esperar que la mayoría del Congreso vendría a concertarse a la postre sobre la base del mal menor. Así, las inclinaciones orgánicas del demócrata radical coincidieron con los cálculos tácticos del arbitrista. Pero Koba erró en sus cálculos: los mencheviques tenían una mayoría sobrada, de modo que no necesitaban decidirse por el mal menor, supuesto que querían el mayor.

Es importante anotar para posterior referencia que durante el Congreso de Estocolmo, siguiendo las huellas de Lenin, Stalin conceptuaba la unión del proletariado con los campesinos como «pasajera», limitada simplemente a tareas democráticas comunes. Ni siquiera se le ocurrió mantener que el campesinado como tal podría en todo momento llegar a ser un aliado de los obreros en la causa de la revolución social. Veinte años más tarde, aquella «incredulidad» en el campesinado habría de proclamarse la herejía principal del «trotskismo». En efecto, mucho había de reaparecer alterado en este aspecto veinte años después. Declarando el programa agrario de los mencheviques y el de los bolcheviques «igualmente inaceptables» en 1906, Stalin consideraba la división de la tierra «no en pugna con las tendencias de desenvolvimiento económico». En lo que realmente pensaba era en las tendencias del desenvolvimiento capitalista. En cuanto a la inminente revolución socialista, a la que no dedicó ni un solo pensamiento serio en aquellos días, estaba completamente seguro de que habrían de transcurrir veinte años antes de que tuviera probabilidad de realizarse, y entretanto el capitalismo, con sus leyes naturales, se encargaría de concentrar y proletarizar la estructura económica de la aldea. No sin razón se refería Koba en sus folletos a la remota meta socialista con las bíblicas palabras «la Tierra de Promisión».

El principal informe por parte de los partidarios del reparto no fue, como es natural, el del virtualmente desconocido Ivanovich, sino el del más autorizado bolchevique, Suvorov, quien desarrolló el punto de vista de su grupo con amplitud suficiente. «Se dice que ésta es una medida burguesa —argüía—, y si es posible que ayudemos a los campesinos deberemos hacerlo sólo en ese sentido. Comparada con la servidumbre, la independencia económica del campesinado representa un paso adelante; pero más tarde se ha de ver desbordado por nuevos progresos.» La transformación socialista de la sociedad estará en condiciones de intervenir sólo cuando el desarrollo capitalista deje «rezagados» (esto es, arruinado y expropiado) al labrador independiente creado por la revolución burguesa.

El autor original del programa de la división de la tierra no era, naturalmente, Suvorov, sino el historiador radical Rozhkov, que se había unido a los bolcheviques poco antes de la revolución. Si no apareció como informante en el Congreso, es porque entonces estaba en la cárcel. Según el parecer de Rozhkov, desarrollado en su polémica contra el autor del presente libro, no sólo Rusia, sino hasta los países más adelantados estaban lejos de hallarse aprestados para una revolución socialista. El capitalismo mundial aún tiene la perspectiva de una larga etapa de trabajo progresivo, cuya culminación se perdía en las tinieblas del futuro. Para subvertir los obstáculos que se oponen al esfuerzo creador del capitalismo ruso, el más atrasado de los sistemas capitalistas, el proletariado estaba condenado a pagar el precio de la división de la tierra si quería unirse con los campesinos. El capitalismo sabría hacer luego tabla rasa de tales ilusiones de nivelación agraria concentrando gradualmente la tierra en las manos de los terratenientes más poderosos y progresivos. Lenin había calificado a los defensores de este programa, que directamente predicaba confianza en el labrador burgués, de «rozhkovistas», de acuerdo con el nombre de su dirigente. No es superfluo añadir que el mismo Rozhkov, cuya actitud era seria en cuestiones de doctrina, se pasó durante los años de reacción al lado de los bolcheviques.

En la primera votación, Lenin se unió a los partidarios del reparto, según él mismo explicó, «a fin de no disgregar votos contra la municipalización». Consideraba el programa de división como mal menor, agregando, sin embargo, que si bien el reparto ofrecía cierta defensa contra la restauración de los hacendados ricos y el zar, por desgracia, podría crear también la base de una dictadura bonapartista. Acusó a los partidarios del reparto de ser «parciales al juzgar el movimiento campesino sólo desde el punto de vista del pasado y del presente, sin tener en cuenta el futuro» del socialismo. Había mucha confusión y no poco individualismo disfrazado de misticismo en el modo de apreciar los campesinos la tierra como «de Dios» o «de nadie»; pero inherente a tal apreciación había una tendencia progresiva y era por eso necesario descubrir cómo apoderarse de ella y aprovecharla contra el orden social burgués. Los partidarios de la división no sabían cómo hacerlo. «Los prácticos... vulgarizarán este programa..., harán de un error pequeño otro mayor... Gritarán a la multitud campesina que la tierra es de nadie, de Dios, del Gobierno, encomiarán las ventajas del reparto, y así difamarán y vulgarizarán el marxismo.» En labios de Lenin, la palabra «prácticos» significa, en este caso, revolucionarios de estrechas miras, propagandistas de lindas formulitas. Aquel golpe da tanto más en el clavo si consideramos que en el curso del siguiente cuarto de siglo Stalin había de calificarse orgullosamente a sí mismo de «práctico», a diferencia de los «literarios» y de los «emigrados». Llegaría a proclamarse teórico sólo después de que la máquina política asegurara su victoria práctica y le pusiera a cubierto de toda crítica.

Plejanov tenía razón, naturalmente, cuando situaba el problema agrario en directa e inseparable relación con la cuestión del Poder. Pero también Lenin comprendía la naturaleza de aquella conexión, y bastante más a fondo que Plejanov. Según él lo expresaba, para hacer posible la nacionalización, la revolución tenía forzosamente que establecer la «dictadura democrática del proletariado y de los campesinos», que distinguía estrictamente de la dictadura socialista del proletario. A diferencia de Plejanov, Lenin creía que la revolución agraria sería consumada, no por manos liberales, sino por manos plebeyas, o no se consumaría en absoluto. Sin embargo, la índole de la «dictadura democrática» que él predicaba quedaba algo confusa y paradójica. Según Lenin, si los representantes de los pequeños propietarios llegaran a obtener una posición dominante en un Gobierno revolucionario (eventualidad improbable de una revolución burguesa del siglo XX), ese mismo Gobierno amenazaría convertirse en instrumento de fuerzas reaccionarias. Pero aceptar la proposición de que el proletariado estaba obligado a tomar posesión del Gobierno a la zaga de la revolución agraria, derriba las barreras entre la revolución democrática y la revolución socialista, pues la una se encajaría naturalmente en la otra haciéndose así la revolución «permanente». Lenin no disponía de respuesta a punto frente a este argumento. Pero no hace falta decir que Koba, el «práctico» y el «divisionista», mostraba un olímpico desdén por la perspectiva de la revolución permanente.

Arguyendo contra los mencheviques en defensa de los Comités revolucionarios de campesinos como instrumentos para apoderarse de las tierras de los hacendados, Ivanovich decía: «Si la liberación del proletariado puede ser obra del proletariado mismo, la liberación de los campesinos puede ser igualmente obra de los mismos campesinos.» En realidad, esta fórmula simétrica es una parodia del marxismo. La misión histórica del proletariado proviene en gran medida justamente de la incapacidad de la pequeña burguesía para liberarse por sus propias fuerzas. La revolución campesina es imposible, desde luego, sin la activa participación de los campesinos en forma de destacamentos armados, Comités locales, etc. Pero la suerte de la revolución campesina se decide no en la aldea, sino en la ciudad. Resto informe del medievalismo en la sociedad contemporánea, el campesino no puede tener una política independiente; necesita un director extrínseco. Dos clases nuevas compiten para adueñarse de esa dirección. Si el campesinado siguiera a la burguesía liberal, la revolución se detendría a mitad de camino, para retroceder a renglón seguido. Y si encontraba su guía en el proletariado, la revolución ha de traspasar necesariamente los límites burgueses. Precisamente en esta peculiar correlación de clases dentro de una sociedad burguesa históricamente demorada se fundaba la perspectiva de la revolución permanente.

Sin embargo, nadie en el Congreso de Estocolmo defendió esta perspectiva, que yo traté de esclarecer de nuevo mientras ocupaba una celda de la cárcel de San Petersburgo. EI levantamiento había sido ya sofocado: la Revolución retrocedía. Los mencheviques suspiraban por formar un bloque con los liberales. Los bolcheviques estaban en minoría; y, además, divididos. La perspectiva de revolución permanente se hallaba en riesgo. Habría de tener que esperar otra oportunidad pareja once años. Por sesenta dos votos contra cuarenta y dos, y seis abstenciones, el Congreso adoptó de programa de municipalización de los mencheviques. Aquello no significó absolutamente nada en el futuro curso de los acontecimientos. Los campesinos hicieron oídos sordos a tal programa, y los liberales no lo velan con buenos ojos. En 1917, los campesinos aceptaron la nacionalización de la tierra como aceptaron el Gobierno de los Soviets y la dirección de los bolcheviques.

El Congreso de Estocolmo, llamado «de unificación», como ya hemos dicho, logró reunir las dos facciones principales del Partido y las organizaciones nacionales: la socialdemocracia de Polonia y Lituania, la socialdemocracia lapona y la Liga judía. Justificó, pues, su nombre. Pero su importancia real, como dijo Lenin, estaba más bien en el hecho dé que «contribuyó a hacer más patente la hendedura entre las alas derecha e izquierda de la socialdemocracia». Si la escisión en el segundo Congreso no fue más que un «anticipo» y pudo remediarse más tarde, la «unificación» en el Congreso de Estocolmo no pasó de ser un hito en el camino hacia la escisión final y definitiva que ocurrió seis años después. Sin embargo, durante aquel Congreso, Lenin estaba muy lejos de pensar que tal cisma fuese inevitable. La experiencia de los turbulentos meses de 1905, en que los mencheviques habían dado un fuerte viraje hacia la izquierda, estaba aún muy reciente. A pesar de que luego, como escribe Krupskaia, «enseñaron francamente la oreja», Lenin, según ella afirma, siguió confiando en que «el nuevo auge de la oleada revolucionaria, del que no tenía la menor duda, los abrumaría, obligándoles a reconciliarse con la línea bolchevique». Pero el nuevo auge de la Revolución no se presentó.

Inmediatamente después del Congreso, Lenin escribió un llamamiento al Partido, en el que se consignaba una crítica resumida pero nada ambigua, de las resoluciones adoptadas. El llamamiento iba suscrito por delegados pertenecientes a «la antigua facción de bolcheviques», que se consideraba disuelta en el papel. Lo más notable es que de los cuarenta y dos bolcheviques que asistieron al Congreso, sólo veintiséis firmaron aquel documento. La firma de Ivanovich no figura en él, ni tampoco la de quien encabezaba el grupo, Suvorov. Al parecer, los partidarios del reparto atribuían tanta importancia a sus diferencias de opinión con Lenin que no quisieron aparecer junto a él ante el Partido, a pesar de aludirse a la cuestión de la tierra con mucha moderación en aquel llamamiento. Sería inútil buscar comentarios sobre este hecho en las actuales publicaciones oficiales del Partido. Pero tampoco hizo Lenin ni una sola referencia a ninguna de las Intervenciones de Ivanovich en su extenso informe impreso acerca del Congreso de Estocolmo, en el que daba minuciosa cuenta de los debates y mencionaba a los principales oradores, mencheviques y bolcheviques; evidentemente, Lenin no consideraba los discursos de Ivanovich tan esenciales para el debate como se ha querido presentarlos treinta años después. La posición de Stalin dentro del Partido (exteriormente, en todo caso) no había cambiado. Nadie le propuso para el Comité Central, compuesto de siete mencheviques y de los tres bolcheviques Krassin, Rikov y Desnitsky. Después del Congreso de Estocolmo, igual que antes del mismo, Koba siguió siendo un activista del Partido de «calibre meramente caucásico».

Durante los dos últimos meses del año revolucionario, el Cáucaso era una caldera en ebullición. En diciembre de 1905, el Comité de huelga, que se había hecho cargo del ferrocarril y el servicio postal en Transcaucasia, comenzó, a regular el transporte y la vida económica de Tiflis. Los suburbios estaban en poder de los trabajadores armados; pero no por mucho tiempo. Las autoridades rechazaron prontamente a sus enemigos. El Gobierno de Tiflis quedó sometido a la ley marcial. Hubo encuentros sangrientos en Kutais, Chituary y otras poblaciones. Georgia occidental pasaba por las angustias de una sublevación de campesinos. El 10 de diciembre, el jefe de policía Shirnkin, del Cáucaso, informaba al director de su Departamento en San Petersburgo: «El Gobierno de Kutais está en situación difícil..., los gendarmes han sido desarmados, los rebeldes se han apoderado del sector occidental del ferrocarril, y ellos mismos se encargan de expender los billetes y de asegurar el orden público... No he recibido informes de Kutais. Los gendarmes han sido retirados de la línea y se han concentrado en Tiflis. Los correos enviados con despachos son registrados por los revolucionarios, que les confiscan la documentación; la situación allí es insufrible... El gobernador general está enfermo de agotamiento nervioso... Mandaré detalles por correo y, de no ser posible, por un mensajero...»

Todos estos sucesos no ocurrieron por generación espontánea. La iniciativa, conjunta de las masas sublevadas era, naturalmente, la causa más importante; y a cada paso se necesitaban elementos para emplearlos como agentes, organizadores, jefes... Koba no estaba entre ellos. Sin apresurarse, comentaba los acontecimientos después de ocurridos. Sólo eso pudo permitirle ir a Tammerfors en los momentos de mayor agitación. Nadie advirtió su ausencia, ni tampoco su regreso.

La pugna se había decidido al aplastarse la sublevación de Moscú. Por entonces, los trabajadores de San Petersburgo, agotados por las luchas y los cierres de fábricas anteriores, se tenían ya en actitud pasiva. Pacificado Moscú fueron luego sofocadas las rebeliones de Transcaucasia, de la región transbáltica y de Siberia. La reacción volvía por sus fueros. Los bolcheviques se resistían, sin embargo, a reconocerlo así, tanto más cuanto que el oleaje tardío del temporal aún se agitaba en medio del general reflujo. Todos los partidos revolucionarios estaban resueltos a creer que la novena ola estaba a punto de romper. Cuando algunos de los más escépticos seguidores de Lenin le sugirieron la posibilidad de que la reacción se hubiese afirmado, respondió: «¡Seré el último en admitirlos!» Los latidos de la Revolución rusa seguían teniendo aún su expresión más patética en huelgas obreras, eterno método básico de movilizar a las masas. El número de huelguistas bajó de cerca de tres millones en 1905 a alrededor de un millón en 1906; la aguda regresión no podía ser más patente.

Según la explicación de Koba, el proletariado había sufrido una derrota episódica, «ante todo porque no tenía armas, o muy pocas a lo sumo; ¡por mucha conciencia de clase que se tenga, no se puede responder a las balas con las manos nada más!» Evidentemente, esa explicación simplificaba más de la cuenta el problema. Es natural que resulta bastante duro «responder» a les balas con las manos nada más. Pero había otras causas más profundas de la derrota. Los campesinos no se levantaron en su totalidad; el levantamiento fue mucho menor en el centro del país que en los aledaños. El Ejército no estaba ganado sino a medias. El proletariado no conocía aún bien su propia fortaleza, ni la de su contrario. El año 1905 pasó a la historia (y en ello reside su inmensa importancia) como «el ensayo general». Pero Lenin sólo pudo caracterizarlo así después del hecho. En 1906, él mismo confiaba en una súbita revelación. En enero, Koba, parafraseando a Lenin, escribía en términos por demás simplistas, como de costumbre: «Tenemos que rechazar de una vez y para siempre toda vacilación, prescindir de vaguedades y asumir irrevocablemente el punto de vista de atacar... Un Partido unido, una sublevación armada organizada por el Partido, y la política de ataque; esto es lo que pide de nosotros el triunfo de la sublevación.» Ni siquiera los mencheviques se atrevían a decir en voz alta que la Revolución había terminado. En el Congreso de Estocolmo, Ivanovich tuvo oportunidad, de declarar sin riesgo de contradicción: «Y así, estamos en vísperas de una nueva explosión... Nadie entre nosotros lo duda.» En rigor, por entonces la «explosión» era ya cosa del pasado. La «política de ataque» se iba haciendo cada vez más la política de choques de Guerrillas y de golpes dispersos. El país estaba extensamente inundado de las llamadas «expropiaciones»: asaltos armados a Bancos, tesorerías y otras reservas de dinero.

La disgregación de la Revolución iba extinguiendo la iniciativa de ataque, y ésta pasaba a manos del Gobierno, que por entonces se esforzaba en calmar sus propios nervios deshechos. En otoño e invierno, los partidos revolucionarios comenzaron a resurgir de la ilegalidad. Las justas continuaron a visera levantada. Los agentes de la policía zarista vinieron a conocer al enemigo por su fisonomía, en conjunto e individualmente. El reinado del terror comenzó el 3 de diciembre de 1905, con la detención del Soviet de San Petersburgo. Todos los comprometidos que no pudieron esconderse cayeron a su tiempo en las garras de la policía. El triunfo del almirante Dubassov sobre los combatientes de Moscú añadió más ruindad a los actos corrientes de represión. Entre enero de 1905 y la convocatoria de la primera Duma el 27 de abril (10 de mayo) de 1906, el Gobierno zarista, según cálculos aproximados, había matado a más de catorce mil hombres, ejecutado a más de mil, herido a veinte mil y detenido, deportado y encarcelado a unos sesenta mil. La mayoría de las víctimas sucumbieron en diciembre de 1905 y durante los primeros meses de 1906. Koba no se ofreció como «blanco de tiro». No fue herido, ni deportado o detenido. Ni siquiera tuvo necesidad de esconderse. Permaneció como antes en Tiflis. Esto no puede explicarse en modo alguno como habilidad personal o accidente afortunado. Le fue posible acudir a la Conferencia de Tammerfors secretamente, a hurtadillas. Pero no era posible en absoluto conducir el movimiento de masas de 1905 a escondidas. Ningún «afortunado accidente» pudo haber preservado a un agitador activo en el pequeño Tiflis. En realidad, Koba se mantuvo apartado de los importantes sucesos a tal punto que la policía no fijó en él su atención. A mediados del año 1906 continuaba vegetando en la redacción de un periódico bolchevique legal.

Mientras tanto, Lenin estaba oculto en Finlandia, en Kuokalla, en constante contacto con San Petersburgo y con todo el país. Los otros miembros del Centro bolchevique estaban con él. Allí se recogieron los rotos hilos de la organización ilegal para entrelazarlos de nuevo. «De todos los rincones de Rusia —escribía Krupskaia— venían camaradas, con los cuales discutíamos nuestra labor.» Krupskaia menciona varios nombres, incluso el de Sverdlov, quien «goza de enorme influencia» en los Urales, el de Vorochilov, y otros más. Pero, a pesar de las ominosas imprecaciones de la crítica oficial, no menciona una sola vez a Stalin durante aquel período. Y no porque se guarde de citar su nombre; por el contrario, siempre que tenía el más ligero fundamento de hecho, se esforzaba por destacarlo. Es que, sencillamente, en su memoria no guardaba de él el menor recuerdo.

La primera Duma fue disuelta el 8 de julio de 1906. La huelga de protesta que los partidos del ala izquierda propugnaron no llegó a materializarse; los trabajadores habían aprendido que una huelga por sí sola no bastaba, y que no había tampoco fuerzas para otra cosa. El intento de los revolucionarios de estorbar la movilización de los reclutas del Ejército fracasó lamentablemente. La sublevación de la fortaleza de Sveaborg, con participación de los bolcheviques, resultó un estallido aislado, y fue dominada pronto. La reacción ganaba fuerzas. El Partido fue hundiéndose cada vez más en la clandestinidad. «Desde Kuokalla, Ilich dirigía de hecho toda la actividad de los bolcheviques», escribía Krupskaia. Y cita de nuevo cierto número de nombres y episodios, sin aludir tampoco a Stalin. Ni se le menciona con relación a la sesión de noviembre del Partido, en Terioki, donde se decidía la cuestión relativa a las elecciones a la segunda Duma. Koba no fue a Kuokalla. No hay el menor vestigio de la pretendida correspondencia entre Lenin y él durante el año 1906. Tampoco hubo contacto personal entre ambos, a pesar de haber coincidido en Tammerfors. El segundo encuentro en Estocolmo no los aproximó más. Krupskaia, hablando de un paseo por la capital de Suecia en que participaron Lenin, Rikov, Stroyev, Alexinsky y otros, no dice nada de que Stalin estuviese entre ellos. También es posible que las relaciones personales recién iniciadas sufrieran un eclipse a causa de las diferencias de opinión sobre el problema agrario; Ivanovich no firmó el llamamiento, y por eso Lenin no mencionó a Ivanovich en su informe.

De conformidad con los acuerdos adoptados en Tammerforx y en Estocolmo, los bolcheviques del Cáucaso se unieron con los mencheviques. Koba no fue elegido miembro del Comité Regional Unificado. Pero entonces, si hemos de creer a Beria, le hicieron miembro del Buró bolchevique del Cáucaso, que existía secretamente en el año 1906, paralelo al Comité Oficial del Partido. Sin embargo, no hay pruebas de la actividad de aquel Buró ni del papel que en el mismo cupo a Koba. Una cosa es cierta: las ideas sobre organización del «hombre de Comité» de los días del período Tiflis-Batum sufrieron un cambio si no en su esencia, sí al menos en su forma de expresión. Ya no se atrevió Koba a pedir a los trabajadores que confesasen no estar aún suficientemente maduros para prestar servicio en Comités. Los Soviets y los Sindicatos elevaban a los trabajadores revolucionarios al primer plano de importancia, y generalmente demostraban estar mucho mejor preparados para guiar a las masas que la mayoría de los intelectuales de la clandestinidad. Como Lenin había previsto, los «hombres de Comité» se vieron obligados a cambiar de opinión bastante de prisa, o, al menos, de argumentos. Ahora defendía Koba en la Prensa la necesidad de democracia del Partido; más aún, de la clase de democracia en que la «masa misma decide lo que ha de hacerse y actúa por sí misma». La mera democracia electiva no era suficiente. «Napoleón III fue elegido por sufragio universal; pero, ¿quién no sabe que este emperador elegido fue el máximo sojuzgador del pueblo?» Si Besoshvili (seudónimo de Koba por aquel entonces) hubiese previsto su propio porvenir, se hubiera guardado bien de referirse a un plebiscito bonapartista. Pero había muchas cosas que él no previó. Su don de previsión era bueno pata corta distancia solamente. En ello estribaba, como veremos, no sólo su debilidad, sino también su fuerza, al menos para cierta época.

Las derrotas del proletariado forzaron al marxismo a retirarse a posiciones defensivas. Enemigos y adversarios, enmudecidos durante los meses de tormenta, volvieron a levantar la cabeza. La izquierda, como la derecha, hicieron responsable al materialismo y a la dialéctica de la furia de la reacción. A la derecha, los liberales, los demócratas, los populistas; a la izquierda, los anarquistas. El anarquismo no intervino para nada en el movimiento de 1905. Sólo hubo tres facciones en el Soviet de San Petersburgo: mencheviques, bolcheviques y essars. Los anarquistas encontraron mejor caja de resonancia en la atmósfera de desilusión que siguió a la caída de los Soviets. El reflujo dejó también su huella en el atrasado Cáucaso, donde en muchos aspectos las condiciones eran más propicias al anarquismo que en ningún otro lugar del país. Como parte de su defensa de las posiciones marxistas entonces atacadas, Koba escribió en su idioma vernáculo una serie de artículos periodísticos sobre el tema Anarquismo y Socialismo. Estos artículos que atestiguan las buenas intenciones de su autor, no se prestan a la reproducción porque, en realidad, constituyen a su vez una reproducción de trabajos ajenos. Ni tampoco es fácil escoger citas de ellos, pues están levemente embadurnados de un gris uniforme que justamente dificulta más la selección de ninguna expresión característica. Baste decir que estos trabajos suyos nunca volvieron a publicarse.

A la derecha de los mencheviques georgianos, que continuaban teniéndose por marxistas, surgió el partido de los federales, una parodia local entre essars y cadetes. Besoshvili, muy justamente, denunció la tendencia de aquel partido a transacciones y maniobras cobardes, aunque al hacerlo recurrió a figuras de dicción bastante aventuradas: «Como es bien sabido —escribía—, cada animal tiene su color definido. Pero la naturaleza del camaleón no se conforma con eso; con un león, adopta el color de un león; con un lobo, de un lobo; con una rana, de una rana, según el color que más le convenga...» Un zoólogo protestaría quizá contra una calumnia tan ofensiva para el camaleón. Pero, puesto que la crítica bolchevique era justa en esencia, podemos olvidar el estilo de quien falló en sus intentos de ser pope de aldea.

Todo esto es cuanto hay que decir sobre las actividades de Koba-Ivanovich-Besoshvili durante la primera Revolución. No es mucho, ni siquiera en el sentido puramente cuantitativo. Sin embargo, el autor se ha esforzado seriamente en no omitir nada digno de nota. El caso es que el intelecto de Koba, carente de imaginación, no era muy productivo. La disciplina del trabajo intelectual le era extraña. Se necesitaban móviles personales preponderantes para estimularle a una atención sostenida y sistemática. No halló móviles así en la Revolución, que le arrojó al margen. Por eso sus aportaciones a aquel movimiento resultan tan lamentablemente minúsculas en comparación con lo que la Revolución contribuyó a su medro personal.

 

Stalin
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