Capítulo 4

 

Cuando termino de explicarles la historia, las cuatro están mirándome con cara de circunstancias.

—Vale. Supongo que la única explicación es que me la he tirado, ¿no? Estoy siendo un maníaco y negándome a aceptar la realidad. ¿Es eso?

—No sé, Draven. La verdad es que hay poco a lo que agarrarse… —comenta María.

Pues nada. Supongo que ya está. Lo he hecho. Me he acostado con Noelia y punto.

Es mejor asumirlo en vez de hacer caso a este instinto endiablado que me trae siempre de cabeza, joder. Estoy seguro de que no me la he tirado, pero todas las pruebas apuntan hacia lo contrario, así que la explicación más sencilla es que me estoy equivocando. Tengo que asumirlo de una vez. Da igual lo que quiera. Da igual lo que crea.

—¿Por qué iba a mentirte ella, además? —dice Asia.

—La gente no necesita razones para mentir —replica Valeria con una mueca agria—. A lo mejor estaba celosa. Tal vez solo quería fastidiar. Lo que está claro es que si ibas tan mal como para no poder llegar solo a tu casa y tuvieron que subir contigo, muy dispuesto para el tema no estarías, ¿no?

—Eso es verdad.

—Igual la tía se aprovechó de la situación.

—¿Y el preservativo?

—Bueno, cuando mi novio está muy borracho, a veces tengo que tirarme dándole un buen rato hasta que eso se pone en condiciones, pero normalmente, con esfuerzo y tiempo, acaba poniéndose. Igual ella lo hizo todo sola.

—¿Pero qué coño estáis diciendo? —Miro a Asia, estupefacto. Se me ha vuelto a congelar la sangre en las venas—. Eso no es… eso es…

Se ha hecho de noche y la playa solo está iluminada por las luces de las farolas que bordean el paseo marítimo. El mar se ve negro.  El cielo también, y empiezo a tener un frío de la hostia. No me gusta una mierda lo que estoy oyendo, y solo pensar que eso pueda ser verdad, me produce un asco insoportable.

—Sí. Fliparías si supieras la de veces que eso nos pasa a las chicas. No a todas, pero a más de las que imaginas.

Mierda. Mierda, mierda. Recuerdo las manchas de carmín sobre mi cuerpo. Cuando me metí en la ducha para quitármelas tuve la misma sensación, de asco y de inquietud.

—En fin, yo no quiero amargarte más, pero si esa chica ha hecho algo contigo mientras estabas inconsciente o sin control de tu voluntad… eso se llama…

—Eso lo puedes denunciar, ¿sabes? —corta rápidamente Valeria, mirando a Asia de reojo con expresión censora.

—¿Qué?

Joder.

Me estoy dando cuenta de lo que Asia insinúa. Esta chica tiene muy poco tacto, pero me viene bien que me ponga las cosas así de claras. Aunque me estoy mareando y de nuevo no me encuentro nada bien. María se ha debido percatar de algo, porque se me acerca y me pone la mano en el brazo. Yo lo aparto con brusquedad. No estoy ahora para hostias.

—Oye, estás solo aquí y esto puede ser duro, pero podemos acompañarte si quieres. Averiguar lo que ha pasado, y luego, si quieres denunciar, te ayudamos.

—No quiero denunciar nada —suelto a la defensiva—. No es lo que estáis pensando.

No puede ser, es imposible que haya pasado algo como eso. No puedo siquiera imaginarme la situación. Si yo estaba tan borracho, si estaba dormido… si lo estuve… ¿qué me hizo esa tía entretanto, sin que pudiera defenderme?

«Eso se llama…».

No. No voy a decir la palabra. No quiero pensar la palabra. Ahora solo quiero… quiero… no sé. Ojalá tuviera a Matt cerca para emprenderla a hostias con él de nuevo.

—Lo primero es saber qué pasó en realidad —resuelve Ana—. Luego podrás pensar en los pasos a seguir.

Asiento con la cabeza, poniéndome en pie.

—Sí. Tengo que encontrar a Noelia y hablar con ella otra vez…

De pronto todo me da vueltas. No sé si es por el descontrol emocional que tengo o que aún estoy jodido por los chupitos de anoche, pero esto empieza a ser rayante. María se me acerca y tira de mi brazo para que me siente otra vez. Dicen algo de ir a buscar algo de comer y una Coca-Cola. Yo quiero responderles que odio la Coca-Cola, pero ahora mismo no soy capaz. De pronto no me sale la voz del cuerpo.

Tomo aire profundamente y el pánico empieza a bombardear mi cabeza con ideas confusas y aterradoras.

¿Y si ha sucedido eso? ¿Y si Noelia ha abusado de mí? Dios, no puedo siquiera… no, no puedo. Tiene que haber sido otra cosa. Me la he tirado porque se me fue la cabeza, y ya está. ¿Y Evan? ¿Dónde estará? Seguramente estará solo por ahí, queriendo odiarme… y con razón. O tal vez esté con Matt. Mierda, quiero verle. Le necesito cerca. Necesito que esté a mi lado y que entienda esto, que sea capaz de comprender que yo no quería… ¿Estará con él? Ese gilipollas estaría disfrutando si me viera ahora.

Busco el móvil en los bolsillos. No tengo llamadas ni mensajes. Claro que no, ¿qué esperaba? Abro el menú de la agenda. María sigue a mi lado, y Ana también. Las otras dos se han marchado. Todo esto parece un mal viaje.

No sé si llamar a Evan o a mi madre. Aunque mi madre no podría hacer nada, pero de pronto quiero hablar con ella y que me diga que todo irá bien.

Quizá solo quiero escuchar una voz amiga.

—¿Me dejáis un momento? Voy a ver si puedo hablar con Grimm.

Ana y María asienten y se apartan un poco para dejarme privacidad. Marco su número y espero, con el corazón latiéndome a toda prisa. Tengo la garganta cerrada, como si alguien estuviera estrangulándome. Me duele la cabeza y empiezo a ver borroso. Suenan los tonos pero no hay respuesta.

Quisiera intentarlo otra vez, pero no tengo fuerzas. Abro el WhatsApp y pienso en enviarle un mensaje, pero no sé qué poner. Debería disculparme y decirle que le necesito, que estoy pasando un momento de mierda, que puede que me hayan atacado de una forma que ni siquiera soy capaz de pronunciar y que solo quiero arreglarlo. Debería decirle que…

«Joder, Chris. ¡Deja de comportarte como un crío! Asume tus actos y no seas llorica».

Gracias, subconsciente.

Aprieto los dientes, mirando la pantalla, y guardo de nuevo el teléfono. Me paso las manos por la cara y cierro los ojos durante unos segundos, tratando de recomponerme. Escucho las voces de Ana y María, que vuelven a acercarse, y al poco rato, regresan las otras dos chicas.

Han traído patatas asadas, un par de bocadillos calientes de carne de cerdo y bebidas energéticas. Odio la Coca-Cola, pero tengo que reconocer que me sienta bien. Y la comida también. Les pregunto cuánto ha sido y ajustamos cuentas; luego me pongo en pie y me despido de ellas.

—¿Te vas solo? Si quieres te acompañamos.

—No hace falta.

—Oye, toma nuestros números. Si necesitas algo nos avisas, ¿vale?

—Tampoco iremos muy lejos —añade María—. Estaremos aquí al menos hasta mañana así que…

Las miro con gratitud y apunto los números que me dan. Escribo sus nombres en la agenda del móvil como buenamente puedo, aunque la verdad es que espero no tener que recurrir a ellas para nada.

Odio sentirme así, tan jodidamente incapaz de… no sé. Siempre he sido muy independiente. Un tío autónomo que no solía necesitar a nadie más, pero lo que ha ocurrido me ha desestabilizado por completo.

Camino a buen paso en dirección a la parte alta del pueblo. Tengo que volver al hotel, cambiarme de ropa y buscar a Noelia. Lo único que tengo para localizarla es la tarjeta que me dio Sandra con el teléfono del tío del buceo. Si le llamo, podrá darme el teléfono de Sandra, y Sandra el de Noelia.

Al llegar al hotel me paro en seco delante de la puerta. ¿Estará Evan en la habitación? No, no creo. Conociéndole, imagino que no querrá volver aquí para nada. Entro al recibidor, donde me encuentro con el hijo de la recepcionista, un chaval español con barba negra que aguarda detrás del mostrador. Le pregunto si estaba anoche y si nos vio llegar.

—Sí, pero no hay problema —dice en inglés con una agradable sonrisa—. Es verano, hay que divertirse.

El tipo piensa que le estoy preguntando porque me avergüenzo del pedo que llevaba, o algo así. Hago un gesto negativo con la cabeza e intento aclararle las cosas.

—Verá, no recuerdo nada de lo que pasó. ¿Sabe si cuando llegué estaba consciente?

Él me mira con extrañeza.

—¿Cómo? ¿A qué se refiere?

—He tenido un problema y necesito saber qué pasó anoche. No sé cómo llegué ni en qué estado estaba. ¿Qué vio usted? No escatime en detalles.

El hombre se rasca la barba y piensa durante unos segundos. Yo tengo ganas de aporrearle contra la mesa y sacarle la información a hostias, pero ese chaval no me ha hecho nada, así que me conformo con zarandearle en mi mente.

—Pues... eran las tres, más o menos. Venían con usted una chica y un hombre.

Describo a Matt y a Noelia y él asiente.

—Sí, eran ellos. Usted no podía andar, le llevaban entre los dos.

—¿Entre los dos?

—Sí. De los brazos. —Hace un gesto como pasándose algo sobre los hombros y yo asiento con la cabeza, comprendiendo… y cada vez más tenso. Esto no me gusta nada—. Tenía los ojos cerrados y la cabeza colgando, así. Ni siquiera podía andar.

Le doy las gracias al tipo y me abalanzo hacia las escaleras, con la sangre hirviéndome en las venas. Me va a dar una puta trombosis como siga así, joder. El barbas viene detrás preguntándome si ha ocurrido algo malo, si me han robado, pero le digo que no se preocupe. Espero que no se ponga plasta o tendré que decirle que se meta en sus asuntos. Por si acaso, cuando llego a la habitación cierro con llave. Después me apoyo en la puerta, suspirando.

Esto es una mierda. Es una mierda de las grandes.

—Joder —me quejo, golpeando la puerta con el puño.

Noelia y Matt me arrastraron hasta aquí cuando estaba inconsciente. ¿Por qué? ¿Cómo me encontraron? ¿Dónde? ¿Y por qué no estaba Grimm conmigo?

«Tranqui, Chris. Eso son muchas preguntas. Tómatelo con calma».

Rebusco por la habitación hasta dar con la tarjeta que me entregó Sandra y miro el número de teléfono. Aún no es demasiado tarde para llamar a su colega.

Necesito respuestas.

 

***

 

El aire de la noche no ha borrado nada, pero cuando regresamos a la casa de Matt puedo pensar con más claridad. Tengo que solucionar esto, no puedo quedarme bloqueado y dejar que todo me pase por encima, así que lo primero que debo hacer es recoger mis cosas. Luego buscaré la manera de ir al aeropuerto y volver a casa. Ahora mismo me siento como si me hubieran arrancado algo, y no estar en mi hogar me hace sentir inseguro constantemente. Necesito estar allí, encerrarme unos días, o unos meses, y acostumbrarme al dolor hasta que no sea más que un eco sordo.

—Tengo que volver al hotel a por mis cosas —le digo a Matt, que se ha sentado en la barra de la cocina y me ofrece un cigarro.

—Toma, no fumo demasiado pero los tengo para ocasiones especiales.

Asiento y acepto. Yo tampoco suelo fumar, pero la nicotina me relaja los nervios de vez en cuando. Matt me enciende el cigarrillo cuando me inclino.

—¿Estás seguro de que es buena idea?

—Toda mi ropa y mi dinero están allí, tengo que hacerlo —le digo exhalando la primera calada.

—Pero también puede estar Chris —apunta él. Tiene razón. Suspiro y tiro la ceniza en el cenicero, apoyándome en la barra—. Si no quieres hablar con él, puedes llamar a recepción para asegurarte.

—Sí, eso haré.

Trago saliva y dejo el cigarro en el cenicero, buscándome el móvil en los bolsillos, sin éxito.

—Joder… creo que he perdido el móvil.

—Ah, no, se te cayó mientras dormías en el sofá. Está en la mesilla auxiliar.

Matt señala la mesa que hay junto al sofá, y ahí está. Suspiro con alivio y lo cojo. No hay llamadas perdidas en la pantalla, y cuando compruebo el Whatsapp —Draven me regaló un Smartphone y me empujó hacia estas modernidades— solo veo las notificaciones de los cientos de mensajes sin leer que hay en el chat de los Masters of Darkness. Chris no me ha vuelto a llamar, debería aliviarme, debería liberarme que respete mis deseos de no hablar con él, pero no es así. Siento una punzada fría y desagradable en el estómago. Si lo que vi no era cierto, ¿no debería darme una respuesta? Solo recibí silencio cuando le pregunté, y que el silencio se perpetúe me hace sentir peor de lo que esperaba.

Intento no pensar en ello y centrarme en lo que debo hacer. Busco el número del hotel en la agenda y no tarda en responder una voz masculina con un marcado acento español.

—Buenas noches. Soy Evan Dwight, estoy hospedándome en su hotel y necesitaba hacerle una pregunta.

—Buenas noches, Evan. Le recuerdo, claro que sí. ¿Qué necesita?

—Quería saber si mi compañero de habitación se encuentra en el hotel en estos momentos.

Hay un instante de silencio, y el tipo parece dudar, pero finalmente responde.

—Sí, ha subido hará unos minutos. ¿Quiere que le dé algún recado?

El pinchazo en mi estómago se vuelve más intenso. Apoyo la espalda en la pared y miro a Matt. Creo que me he puesto pálido porque se pone en pie y parece preocupado. Niego con la cabeza.

—No, no. No le diga que he llamado, ¿de acuerdo?

—Como usted quiera. ¿Le puedo ayudar en algo más? —pregunta, solícito.

—No, gracias, llamaré en otro momento.

—De acuerdo. Buenas noches, señor Dwight.

Cuelgo y me paso las manos por el pelo. Matt se acerca y me trae el cigarro, lo agarro para darle otra calada profunda que mantengo en los pulmones hasta que el ligero mareo acude a mí.

—No te preocupes, Evan. Tengo una habitación de sobra, puedes quedarte aquí. La ropa no será un problema, puedo prestarte algo. No tienes por qué irte esta noche.

Exhalo la calada en un suspiro y aparto la mirada de él. Me avergüenza esto, que esté ayudándome sin conocerme de nada. Sentirme una carga. Siempre he preferido estar solo cuando he tenido problemas, aunque ahora, siendo sincero conmigo mismo, lo único que quiero es ver a Chris, pero mi dignidad me dice que es la última persona con la que debería estar. Me siento demasiado débil para enfrentarle, y tampoco parece que él quiera enfrentarme a mí.

—Estoy comenzando a abusar de ti, Matt. Tienes trabajo y cosas que atender en tu propia vida, y estoy siendo un estorbo.

—En absoluto. —Niega con la cabeza y sonríe. A pesar de lo marcada que tiene la cara por la pelea sigue resultando atractivo y de pronto encuentro algo extraño en sus ojos, un brillo amargo que se afana en ocultar con su sonrisa—. Sinceramente… te lo pido de un modo egoísta, preferiría que pasaras aquí esta noche. No solo por ti, también por mí. No quiero pasarla solo.

Vaya, eso no me lo esperaba. ¿Le habré traído recuerdos? Joder, Matt debe tener sus propios problemas, parece bastante solo aquí, y yo he venido a lloriquearle mis penas. No sé por lo que estará pasando, pero al menos le debo esto, después de todo lo que está haciendo por mí.

—Está bien.

—Gracias.

—Matt, por Dios, no me des las gracias.

Sonríe y me quita el cigarro, apartándose de mí.

—Si no puedo darte las gracias, entonces deja que te haga la cena.

—¿No hemos cenado antes?

—No, eso era un tentempié. Hoy has comido muy poco y te mereces algo bueno de verdad. Abre el balcón y siéntate en la terraza, yo me haré cargo del resto. Ah, y llévate esto —dice sirviéndome una copa de vino y tendiéndomela.

La verdad es que vuelvo a tener hambre y no tengo ganas de cocinar. Realmente, lo único que quiero hacer es dormir y olvidarme de todo, pero Matt está intentando animarme y tengo que poner de mi parte. No solo por él, también por mi propio bien.

He sobrevivido a cosas peores, o eso intento decirme a mí mismo. ¿Cómo he dejado que Chris calara tan profundamente en mí? Si todo hubiera seguido como antes, yo siendo el idiota enamorado y él ignorándome… tal vez habría acabado superándolo. Cuidado con lo que deseas, suele decirse. Pues mis deseos se hicieron realidad, y ahora lo estoy perdiendo todo.

Cuando abro el balcón me encuentro con una pequeña terraza al otro lado, hay plantas en jardineras y el suelo es de barro cocido. También hay un sofá de mimbre y cojines y una mesa de cristal. Se pueden ver los tejados descender hacia la playa y la línea de luces titilantes de la costa. Me siento y me acomodo en el sofá, bebiendo un poco de vino mientras observo el paisaje, que me provoca una punzada de melancolía de nuevo.

De pronto, desde el interior de la casa, comienza a sonar A forest de The Cure, y eso me hace sonreír. Matt no lo sabe, pero The Cure es mi grupo favorito, y aunque muchos no estarían de acuerdo en cuanto a su utilidad para mejorar los estados depresivos, a mí siempre me han ayudado en mis peores momentos. La música no tarda en envolverme, anestesiante, y me trae imágenes lúgubres y amables de un bosque. Tengo mucha facilidad para abstraerme con la música, y es una bendición inesperada que esté sonando esta, precisamente, porque mis pensamientos se calman hasta convertirse en susurros débiles, y el dolor constante en el estómago comienza a diluirse. El vino también está haciendo su trabajo, y me provoca un ligero y agradable mareo mientras me calienta las venas. Normalmente no me mareo con el vino, pero no me parece algo anormal, dado que tengo la tensión por los suelos.

Matt enciende los farolillos de la terraza, que iluminan el espacio con agradables luces de colores. Sopla una brisa suave, impregnada del aroma de las flores que brotan en los patios y en los balcones, y en lo alto el cielo está cuajado de estrellas desafiando a la luz artificial.

—¿Cómo sabías que me gustan The Cure?

—Era fácil de adivinar. —Me guiña el ojo antes de volver al interior de la casa.

Mientras la música suena, Matt cocina y pone la mesa. Cuando intento ayudarle él no me deja y me obliga a sentarme de nuevo. No sé qué está haciendo, pero huele de maravilla, y no tardo demasiado en descubrirlo cuando comienza a sacar platos y los dispone sobre la mesa.

—Joder… ¿esto lo has hecho tú?

—No se me dan mal los fogones.

Matt sirve más vino y se sienta a mi lado. Sobre la mesa humea el confit de canard con manzanas asadas y ciruelas que se ha marcado el pintor. También ha traído un plato con pequeñas tostadas con queso de cabra y lo que parece mermelada de tomate, y unos hojaldres que no soy capaz de adivinar de qué están rellenos, pero tienen una pinta demasiado apetitosa. El olor y el aspecto de la comida me terminan de abrir el apetito, y cuando Matt sirve los platos me pongo a comer con ganas.

Todo está tan delicioso como parecía. Esta vez sí encuentro el sabor de las cosas y soy capaz de comerme mi parte, e incluso el postre que Matt trae al final, unas fresas con crema de queso que a pesar de que ya no tengo hambre encuentran su hueco en mi estómago. Espero que esto no acabe por sentarme mal.

Matt me tiende la copa de vino cuando hemos terminado de comer. Hemos estado hablando un rato de música, pero la conversación se ha ido agotando y Matt se ha quedado un poco ensimismado mirando la luna, que brilla en su plenitud sobre el mar.

—Matt, perdona si soy indiscreto pero… ¿por qué quieres que me quede esta noche contigo? Me gustaría saberlo, después de todo, yo te he cargado con mis problemas y me gustaría poder ayudarte como tú me estás ayudando a mí.

El pintor me mira con afecto.

—Gracias, Evan. Pues… va a sonarte a locura. Aunque tal vez lo sea. —Se ríe por lo bajo y da un sorbo al vino, mirándome con cierto misterio.

—Vivo rodeado de locos, creo que pocas cosas me van a escandalizar a estas alturas.

—Esta noche hay luna llena. Soy bastante sensible a las fases lunares, ¿sabes? —Niego con la cabeza, mirándole mientras doy un trago al vino. Sabe un poco amargo, pero me reconforta el calor que provoca en mi estómago—. A veces me afectan de manera positiva, me paso las noches sin dormir, pintando sin parar y sintiéndome eufórico y lleno de ideas y creatividad, pero otras veces…

—¿Te deprime?

—Sí. Aunque eso es bastante suave. Suele coincidir con la luna llena, como esta noche. Comienza con una melancolía que va convirtiéndose en algo más oscuro. Entonces no soy capaz de hacer nada, todo lo que pinto me parece terrible y me lleno de pensamientos negativos… hasta el punto de que más de una vez me he encontrado en la orilla del mar, de noche, queriendo sumergirme en las profundidades y no volver a la superficie.

Matt ha bajado un poco la voz. Su tono es confidente, y su voz grave suena aterciopelada y suave. Me está contando un secreto, y sus ojos azules parecen el fondo de ese mar que le llama... ¿Será verdad lo que me cuenta? No me cuesta creerlo, imaginarle en la orilla, descalzo y avanzando hacia las aguas oscuras en una especie de trance.

Así son sus cuadros, eso es lo que vi en ellos. La luna y el mar, y el azul de las profundidades. La melancolía y la oscuridad.

—Eres el primer lunático que conozco.

—Bueno, no soy exactamente un lunático.

—¿No?

—No. Estuve en tratamiento psicológico por esto, pero nadie supo hacer que remitiera. He conseguido controlarlo cuando lo he aceptado. No es un problema de mi cabeza, no es que esté loco, es algo que está en mis genes… en mi alma, si lo prefieres. Mi madre también tenía una relación muy especial con la luna, pero ella supo cultivarla. Era una bruja.

—¿Una bruja? ¿Como las de Salem?

Matt se ríe.

—No, no exactamente. Era capaz de curar enfermedades y tenía sueños premonitorios. Ella me contó que se puso de parto una noche de luna nueva, y que yo era un hijo de la luna negra.

—¿Qué significa eso?

—Según ella, que he nacido con dones especiales.

Doy otro sorbo al vino. El relato de Matt está terminando de relajarme y alejar mis pensamientos de la melancolía. Me agradan esas historias, sean fantasía o no. Comienzo a sentirme cómodo y su presencia me resulta cada vez más familiar. Me gusta que me cuente sus secretos, porque no creo que algo así se lo pueda contar a cualquiera sin que piense que está rematadamente loco.

—¿Y qué dones son esos? —le pregunto en voz baja, mirándole.

—El de la visión —me dice, acercándose un poco.

En otras ocasiones, que Matt se me acercara tanto me ponía nervioso, pero esta vez no es así. Su gesto me reconforta. La verdad es que no quiero estar solo, y creo que Matt es el único capaz de comprender lo que me ocurre. El único capaz de comprenderme.

Le miro un momento, perdiéndome en sus ojos profundos y en las líneas de su rostro.

—¿Y qué es lo que ves...?

—Veo en el interior de las personas —me responde casi en un susurro, mirándome a los ojos.

Me apoyo en él y cierro los párpados. No entiendo por qué esas palabras me hacen sentir tan bien, tal vez porque no necesito dar ninguna explicación. Tal vez porque quiero creerlas, porque me hacen sentir en conexión con alguien. Con él. Matt siempre ha hablado como si me conociera. Creo que somos muy afines, no sé si tendrá que ver con la luna, pero que él esté aquí ahora está poniéndome las cosas mucho más fáciles.

No sé qué estaría pasando si no le hubiera encontrado.

—Matt, ¿tú crees que las cosas siempre pasan por alguna razón?

—Sin duda. Yo creo en el destino.

Abro los ojos y le miro. Los suyos parecen brillar en la oscuridad, azules como el cielo crepuscular, profundos como el mar, hipnóticos.

De pronto, una idea loca cruza por mi cabeza. Tal vez… tal vez él tiene que ser parte de mi vida.

Todo ocurre por algo, ¿no?

 

***

 

No sé cuántas veces he hecho este mismo recorrido desde que estamos aquí: desde la parte alta del pueblo hasta la ciudad nueva, y a la inversa, de abajo hasta arriba, venga a subir y bajar cuestas. Empiezo a cansarme de todo esto; no de este lugar, que es bastante guay, sino de esta situación, de estas vacaciones de mierda, que debían servir para que pasáramos tiempo juntos, divirtiéndonos, y solo han hecho que nos separemos.

Otra vez cuesta abajo, Draven.

No importa. Voy a resolverlo de una vez por todas.

He podido contactar con Sandra hace cosa de media hora. La muchacha se ha quedado de piedra cuando le he dicho que necesitaba ir a casa de Noelia y le he contado lo ocurrido. Habría preferido no hacerlo, pero ella no me conoce de nada y como es natural, no quería darme la dirección de su amiga, así que he tenido que darle algunas explicaciones. Al relatarle la historia, le ha cambiado la voz.

—Joder… ten cuidado, Chris. Mira, Matt no es de fiar. No puedo acusarle de nada porque no tengo pruebas, pero es un hombre muy turbio. Y Noelia… bueno, Noelia es mi amiga, pero sé que a veces se le va la cabeza y hace cosas que no debe.

Lo de Matt no me ha pillado de nuevas, pero aun así, que alguien como Sandra, una tía que parece muy centrada y legal, hable mal de él hace que me reafirme en mis prejuicios, ¿ok? Yo sé que ese tío es un cabronazo. Ahora bien, tengo que encontrar algo sólido que lo confirme o seguirá pareciendo que le parto la cara de forma injustificada.

Camino a buen paso, con la adrenalina alborotada y el desasosiego en el corazón, mirando de vez en cuando los nombres de las calles y comparándolos con el que he apuntado en un papel. Tengo prisa, no solo por mí. Cuando salí del hotel, el recepcionista me dijo que Evan había llamado. He intentado ponerme en contacto con él, pero otra vez ha sido en vano.

Sé cómo es. Estará jodido, amargado y enfadado, pero sobre todo muy dolido. No se esconde para castigarme o hacerme daño sino porque no quiere dañarse él. Así que cuando arregle esta mierda con Noelia iré a buscarle de nuevo. No voy a dejar que las cosas se queden así.

Al fin, tras dar unas cuantas vueltas y perderme dos veces, encuentro el lugar. Es un bloque de pisos cerca del paseo marítimo, un edificio blanco con piedra clara en la fachada. Busco el piso y llamo al portero automático.

—¿Quién es?

—Noelia, soy Chris —digo con tono de voz tranquilo—. Abre, tenemos que hablar.

Hay un silencio indeciso y luego escucho el ruido del telefonillo cuando la muy zorra me cuelga. ¡Será cabrona! Respiro con fuerza y vuelvo a hundir el dedo en el botón, una, dos y tres veces, con llamadas cada vez más largas. Ella no vuelve a responder. No voy a dejar que se salga con la suya, así que me alejo un poco y localizo el balcón que creo que puede ser el suyo. Coloco las manos alrededor de mi boca y me pongo a gritar.

—¡¡Noelia!! ¡¡Ábreme la puerta!!

No hay respuesta. Así que grito más.

—¡¡¡Noelia, ábreme!!! ¡¡¡No tienes derecho a putearme así, y lo sabes!!! ¡¡¡Da la cara!!!

Sigo llamándola, exigiendo que responda, y un par de vecinos se asoman a ver qué ocurre, pero no les hago caso. Al fin, la chica aparece en la ventana, despeinada y con el rostro desencajado por la ira.

—¡Márchate de una vez, no quiero saber nada de ti!

—¡Yo tampoco, pero tienes que explicarme lo que ocurrió la otra noche!

—¡No hay nada de qué hablar! ¡Márchate o llamaré a la policía!

Ja. Si cree que con eso me iba a amedrentar, la muy estúpida se ha columpiado de lo lindo.

—¡Estupendo, hazlo! ¡Les contaré unas cuantas cosas, a ver si delante de ellos eres un poco más sincera!

Los vecinos empiezan a cuchichear y ella se pone pálida. Hay un momento de silencio y al rato, escucho el zumbido de la puerta metálica al abrirse. Empujo y entro, subiendo las escaleras a toda prisa hasta el tercero. Allí, Noelia me espera envuelta en el albornoz, con la puerta entreabierta y mirándome con una mezcla de odio y miedo. Veo que tiene una mano escondida, imagino que lleva algo para defenderse por si me pongo violento. Pero no le va a servir de mucho. En cuanto entro, la agarro del brazo, cierro la puerta con el pie y le quito de la mano el…

—¿Qué coño es esto? ¿una raqueta de tenis?

Bueno, no era mala idea.

—¡Si me tocas llamo a la policía, lo juro por dios! —exclama ella retrocediendo.

—Siéntate. Vamos a hablar tranquilos.

Dejo la raqueta y me siento yo el primero, obligándome a estar calmado. Noelia duda, pero al final se dirige al sofá y se acomoda en el extremo, bien alejada de mí. No sé muy bien cómo empezar, así que decido tirarme un farol. Viendo que mi amenaza de ahí abajo ha funcionado tan bien, sigo por el mismo camino.

—No voy a denunciarte. —Ella se pone blanca y veo el miedo en sus ojos. Perfecto. Eso me confirma que ha hecho algo malo. Maldita puta… «Chris, mantén la calma»—. No voy a denunciarte pero tienes que contarme qué pasó exactamente. Cómo me encontrasteis, por qué ibas con Matt… necesito saberlo todo. No recuerdo nada, es un puto escenario oscuro, ¿vale? Intenta ponerte en mi lugar por un momento, por mucho que me odies, y entiende que tengo que saber lo que ha ocurrido.

—No te odio, joder, pero estás loco. ¡Me pegaste!

—No te pegué.

—Ibas a hacerlo.

—Soy una persona muy violenta. Qué se le va a hacer. —Ella desvía la mirada. Está encogida y tiene mal aspecto. De hecho, tiene muy mal aspecto, como si estuviera enferma. De pronto me da hasta un poco de pena—. ¿Qué coño ha pasado? Hace dos días estábamos riéndonos en la playa, chica. Pensaba que nos llevábamos bien, que éramos colegas… ¿Qué fue lo que ocurrió para que lleguemos a esto?

De pronto, la tía rompe a llorar. Me quedo estupefacto, porque es como si hubiera llegado al límite de algo, y no sé de qué. ¿Le habrán hecho algo a ella también? Me cuesta reaccionar, pero al cabo de un rato, me levanto y voy a la cocina a por servilletas. Cojo una y se la ofrezco para que se limpie las lágrimas. Por alguna razón, ella llora más. Le traigo un vaso de agua porque le va a dar algo, diría que está con un ataque de nervios.

—Venga, tranquila. Mira, cuéntame lo que sea, te sentirás mejor —digo, intentando aprovechar su momento de sensibilidad o lo que sea esto.

—Tú no lo entiendes… no era más que un juego, una broma retorcida… yo no esperaba que…

—¿Qué?

—Dios mío, me vas a matar… sé que lo harás, me vas a golpear y me lo merezco…

Ella sigue llorando como si fuera a morirse de pena ahí mismo. Joder, en serio. Menudo puto drama. Y eso que el perjudicado soy yo. La dejo un rato hasta que se tranquiliza.

—Mira, Noelia, no te voy a matar, ni a pegarte, ni nada parecido. Tampoco te voy a denunciar, no es mi intención por ahora. Pero me estás poniendo muy nervioso, ¿entiendes? Mi novio se ha largado, y está destrozado porque nos encontró juntos en la cama, y yo no puedo darle ninguna explicación porque no recuerdo absolutamente nada. Ni te imaginas lo mal que lo está pasando…

—Sí me lo imagino. —Noelia sorbe la nariz y trata de recuperar la entereza—. No creas que no lo he pensado. —Levanta la mirada hacia mí. Está jodida, tiene ojeras y la expresión muy angustiada—. Llevo pensando en ello todo el día… No soy ninguna santa, ¿vale? He roto muchas parejas, a veces solo para sentirme bien, para… sentir que valía algo, que podía hacer que un hombre me prefiriese a mí antes que a su chica… pero… esto se me ha ido de las manos. Me das miedo, sé que me vas a hacer daño…

—Ya vale con eso, suéltalo de una vez y que sea lo que tenga que ser —le insisto, exasperado.

—Tú me gustabas desde que nos vimos en la playa y cuando dijiste que eras gay no me lo creí. Me parecía que me estabas despreciando y quería… ya sabes… quería que cayeras. Me… me encontré con Matt en el bar y estuvimos hablando. Había bebido un poco y las cosas que decía me parecían buena idea. No me pareció tan terrible, creí que sería una especie de broma cabrona, pero no esperaba…

Matt. Cómo no. Mis instintos asesinos se disparan otra vez.

—¿Qué te dijo ese tío?

—No lo sé… no lo recuerdo bien. Hablamos de ti, él dijo que pensaba que eras hetero pero que estabas fingiendo.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Ya… pero entonces sí lo tenía. Me dijo que podíamos probarlo, poneros a prueba a ti y a tu novio, como una especie de novatada, ¿sabes? Sonaba como algo así, como una de esas películas de comedia romántica… joder, no pensaba que fuera a acabar así.

—¿Qué? —Me estoy quedando de piedra con la puta historia—. ¿Comedia romántica? ¿Sois imbéciles, o qué coño os pasa?

Noelia se encoge en el sofá y vuelve a llorar, me he puesto de pie sin darme cuenta y la verdad es que debo resultar amenazador. Pero me obligo a sentarme de nuevo.

—Me dijo que iba a animar la noche, me dijo que… él es conocido en el pueblo porque todos le compramos a él en vacaciones. Tiene de todo, coca, speed, ácido… hasta opio. Me dijo que iba a ser divertido, que sería como una gran lección y que yo tendría lo que quería… me dijo que tú también querías pero que no podías admitirlo… toda esa mierda era lo que yo deseaba oír, ¿sabes? Y me lo tragué. Le dije que de acuerdo, que le ayudaría.

Voy a matar a ese tío. Voy a matar a ese hijo de la gran puta. Noelia también se merece dos hostias, pero lo de Matt…

Aprieto los puños, dando vueltas por el salón, conteniéndome.

—Sigue.

—Me dijo que os íbamos a poner algo en la bebida y que luego os separaríamos, que él se quedaría con tu novio para que no le pasara nada mientras yo… bueno, ya sabes. Me dijo que tú ibas a querer…

—Sigue.

—Algo fue mal y os fuisteis pronto. Matt me dijo que teníamos que ir a buscaros. Os encontramos en la playa, inconscientes. Te llevamos al hotel y yo me quedé contigo…

—Sigue. —Noelia se ha quedado callada. La miro. Está más pálida y tiene la mirada perdida—. ¡Sigue, joder!

—No… no puedo…

—Cuéntamelo todo de una vez, o me voy a pensar lo de la denuncia —le exijo, acercándome a ella de nuevo con una actitud poco amistosa—. ¡Habla!

Me da igual asustarla. Estoy rabioso como nunca recuerdo haberlo estado. Ella da un respingo, tartamudea, pero se fuerza a continuar.

—Lo intenté, pero no había manera… ni siquiera estabas despierto, de vez en cuando volvías en ti y decías cosas sin sentido pero no podías hacer nada… probé a intentar espabilarte pero no había manera… y luego me asusté y pensé que sería peor si te despertabas, así que…

—¿Qué hiciste?

—¡Nada! No pude hacer nada. No… eso no… no había manera.

La miro, suspicaz.

—¿Y el preservativo?

—Lo preparé. Pensé que si lo veías a la mañana siguiente, tal vez te diera todo igual y quisieras hacerlo, pensando que ya lo habíamos hecho…

—¿Cómo que lo preparaste?

—Era jabón. Lo que había dentro. Gel de ducha.

La tía está temblando, mirándome con pavor. Dios. La arrastraría de los pelos, en serio, pero ahora hay algo que me urge más que eso.

—Dame la dirección de Matt.

Noelia se levanta a toda prisa, coge un bolígrafo con manos temblorosas y la apunta en una de las servilletas que he traído.

—No quiero saber nada más de él. Ni de todo esto —balbucea—. No vuelvas por aquí, por favor. Estoy harta de vivir con miedo.

Cojo el papel y la miro, alucinando. Vivir con miedo, dice. Ha pasado un día asustada porque creía que le iba a pegar, y a eso lo llama vivir con miedo. Será mala perra.

—¿Vivir con miedo? ¿Y mi novio, solo en un país extranjero pensando que le he puesto los cuernos contigo, cómo debe estar él, eh? Esperaba que al menos te disculparas, pedazo de puta. Pero ya veo que no.

—Chris, yo…

—Es igual, ya no hace falta. Por mí como si te pudres. Me alegro de que estés sufriendo, tienes lo que te mereces —le suelto antes de largarme, cerrando de un portazo.

Salgo del edificio y echo a correr hacia el casco antiguo, otra vez pueblo arriba, a través de las mismas calles de siempre. Me alivia saber que, tal y como yo creía, no hice nada con Noelia, pero todo esto me ha causado una inquietud aún mayor.

Y es que ahora sé que seguramente, Evan está con Matt. Con un hijo de puta que ha sido capaz de drogarme y de montar una jodida parafernalia como esta para quedarse a solas con él.

 

***

 

—El comienzo fue algo difícil. Estuve un tiempo durmiendo en la calle.

Llevo un rato en silencio, solo escuchándole. La voz de Matt es agradable, es como una caricia grave, como el roce del terciopelo, cálida y con cuerpo. Me reconforta como lo hace el vino, y me da la impresión de que resuena dentro de mi cabeza, espantando los malos pensamientos.

—¿En serio? —Me he encogido un poco en el sofá y tengo la cabeza apoyada en el respaldo mientras le miro—. Eso debe ser horrible.

—En realidad aprendí mucho, sobre mí mismo y sobre la gente. Cuando llegué a España estaba resentido con el mundo, creía que no podían existir personas buenas, que en las intenciones de todos siempre había intereses ocultos, o que al final siempre acabarían haciéndome daño.

—Pero no fue así.

—No. Encontré apoyo entre los desconocidos, los últimos en los que uno cree que podría confiar. Comencé a dibujar en la playa y hubo gente que me apoyó comprando las obras, o simplemente dándome dinero por verme pintar. Al poco pude permitirme una habitación en condiciones, y hoy ya ves… —Hace un gesto hacia el paisaje frente a nosotros. Sonrío, acomodándome más en el mullido sofá.

Me gusta lo que dice. Me hace sentir cierta esperanza. Creo que yo no sería tan valiente como para romper con toda mi vida y buscar nuevos horizontes, pero en estos momentos no me importa fantasear con ello. Tal vez podría acostumbrarme a vivir en un lugar como este, con un trabajo tranquilo del que tuviera el control completo, sin giras estresantes, sin conciertos, sin jefe, sin sesiones fotográficas… lejos de todo, y de todos.

—Me alegro de que te fuera bien.

Sonrío, mirándole. Matt aparta la mirada hacia el paisaje, un amago de sonrisa curva imperceptiblemente sus labios y un mechón de pelo largo se desliza sobre su pecho y le cubre la mitad del rostro. Parece tan negro que es como petróleo resbalando por su hombro. Cuando vuelve a mirarme, sus ojos me parecen más profundos, más oscuros y misteriosos. Hay algo en la luz que me muestra sus rasgos de manera distinta; los ángulos de su rostro, viriles y armónicos, parecen los de una estatua animada, perfectamente esculpida. No tiene imperfecciones en la piel, pálida como la mía, y su mirada parece ocultar mil secretos, mil vivencias que no soy capaz de imaginar.

—No me iba tan bien, aún faltaba algo en mi vida, algo que me devolviera la inspiración… la verdadera inspiración.

Se acerca. Su pelo se precipita ante su rostro, agua negra que me dan ganas de tocar. Pero no lo hago. Mis dedos se han quedado paralizados. Su mirada me atraviesa y tira de mí, la veo bajar hacia mis labios, anhelante, y luego volver a mis ojos con un fuego nuevo. Mi corazón empieza a latir más rápido y un hormigueo cálido se agita en mi vientre.

—Y… ¿lo has encontrado?

—Sí. Lo tengo justo ante mis ojos.

El pulso se me dispara. Me desea, y una parte de mí se deleita con ello, quiere abandonarse y disfrutarlo, dejarse llevar... pero la angustia se cierra en mi garganta de pronto cuando Matt se inclina y busca mis labios.

Una noche en el Nightforest. Las manos de Chris en mi cuello, su boca contra la mía…

Le pongo la mano en el pecho y le empujo con suavidad, apartando el rostro con un resuello angustiado. Draven, siempre Draven, maldito sea... no puedo sacarle de mi cabeza, el recuerdo de sus besos, de sus manos sobre mí, de tantas noches y tantos días… de su risa... y también la imagen de los cuerpos enredados sobre nuestra cama. Podría hacer esto, debería hacerlo. Él me ha engañado, ¿no? Yo no sería el desleal.

Sin embargo la sola idea me hace sentir sucio.

—No… Matt, no puedo. Lo siento. Lo siento.

Él se aparta lo justo para mirarme. No parece molesto, pero sonríe con cierto pesar mientras me aparta el pelo de la cara con una caricia gentil. Me hace sentir extraño que me toque. No quiero que lo haga, y ahora tampoco quiero que esté tan cerca, pero estoy cansado de esta angustia y solo quiero olvidarla.

—¿Aún piensas en Chris?

—¿Cómo no voy a pensar en él?

Ojalá pudiera sacarle de mi cabeza a la fuerza.

—No he debido hacerlo… pero no he podido evitarlo. ¿Puedes perdonarme?

—Sí… sí, pero no quiero que vuelva a suceder.

Se aleja, y puedo respirar mejor. Le veo coger la botella de vino y llenar mi copa de nuevo. Me la tiende, inclinando la cabeza al ofrecérmela.

—Olvida que haya ocurrido.

Se me ha hecho un nudo en la garganta. Mi corazón vuelve a latir angustiado. No quiero volver a precipitarme en ese abismo, quiero alejarme, seguir fingiendo que nada ha ocurrido, que el mundo sigue en su sitio y yo sigo íntegro.

Entonces bebo de la copa, y todo se diluye en el calor del oscuro licor.

 

Oscuridad. Mares infinitos de oscuridad y paz. Mares en los que el tiempo no existe.

Creo que estoy soñando. Hay luces bailando ante mis ojos. Hay besos en mi boca.

 

Y de pronto, abro los ojos. Oigo una respiración en mi oído, el calor de unos labios en mi cuello me eriza la piel y me hace jadear, mi cuerpo se estremece cuando los dedos cálidos me rozan por debajo de la camiseta. Quiero apartarme, pero cuando lo intento mi cuerpo no responde, no hace lo que yo le pido. No sé lo que estoy haciendo. Mis brazos rodean el cuerpo de Matt, él sigue besando mi cuello, y mis manos se agarran a su espalda como si necesitasen un asidero.

Parpadeo con fuerza. No sé dónde estoy, y no sé por qué está besándome. Hay una cama a nuestro lado, un tapiz sobre el cabecero de forja, y lámparas que emiten una luz roja. Todo está teñido de rojo, y parece dar vueltas a nuestro alrededor. Creo que me he dormido, debo estar soñando.

Tomo aire y dejo caer la cabeza hacia atrás, sus manos levantan mi camiseta... intento mirarle, pero la tela oscura me vela la visión unos instantes antes de que la piel desnuda de mi pecho se erice. Suspiro de alivio cuando le veo. Es Chris. Chris, Draven, es él. Me mira entre los mechones desordenados de su melena, sus ojos azules brillan en la oscuridad y el mundo deja de girar y se centra en él.

¿Realmente estoy soñando? No… tal vez la pesadilla era lo otro, aquello en lo que no quiero ni pensar y que de pronto queda atrás como un recuerdo difuso.

Chris está conmigo, está aquí, y no hay nadie más. Quiero decirle lo mucho que le he necesitado, lo mucho que me cuesta imaginar una vida sin él. Y quiero besarle.

Me acerco y ladeo el rostro. Noto sus manos en mi espalda, descendiendo, y de pronto su rostro se desfigura. Los ojos oscuros de Matt me observan con hambre. Me aparto, dando un traspié cuando el mundo vuelve a girar sobre sí mismo.

—¿Qué está pasando? —Apenas soy capaz de hilvanar las palabras. Cuando miro alrededor, no hay nada estable, las luces rojas giran y oigo el eco de mi propia voz—. ¡¿Qué coño estás haciendo?!

Sus manos se cierran como cepos en mis brazos. De pronto soy consciente de que esto es real, de que no es un sueño, y de que estoy en peligro. Intento desembarazarme de él pero su presa se vuelve más fuerte.

—Shhh… No te preocupes, Evan. Todo va a ir bien. No tengas miedo. Sé cómo te sientes ahora, pero pronto lo entenderás. Mereces ser feliz, y yo sé cómo hacerte feliz.

Las luces giran cada vez más deprisa. Su voz se diluye. Un eco se pierde en la oscuridad cuando las luces se apagan y las fuerzas me abandonan.

 

***

 

La casa de Matt está en el casco antiguo, es una casa vieja con balcón y terraza. Cuando llego son más de la una. Estoy sudando otra vez, en esta maldita aldea no deja de hacer calor. Además, he subido a toda pastilla por las pendientes y las cuestas, así que tengo que parar a recuperar el aliento antes de aporrear con fuerza la puerta de madera.

No se escucha nada en toda la calle y apenas hay dos faroles atornillados a la pared; el resto está oscuro. La luz blanquecina de esas dos únicas luces ilumina las fachadas y los árboles proyectan sus sombras, negras como espectros. Este pueblo no da miedo, pero yo tengo una sensación de inquietud muy jodida pegada al estómago. Cuando Matt no responde, vuelvo a soltarle puñetazos y patadas a la puerta y recurro a la misma técnica que empleé con Noelia.

—¡¡Matt!! ¡¡Soy Chris, abre la puerta o la tiro abajo!!

Paso de andarme con tonterías.

Los segundos pasan. Nada. No oigo ni un maldito paso al otro lado. Aprieto los dientes hasta hacerme daño, maldiciéndole.

Cansado de esperar, bajo a toda prisa la pendiente para arrancar una papelera metálica de su pie. No es la primera vez que hago algo así, no es complicado si sabes cómo funcionan. Levanto el trasto y me acerco a la puerta, golpeándola con la papelera como si fuera un ariete.

—¡¡Matt!! —grito al mismo tiempo—. ¡¿Estás llamando a la policía?! ¡Espero que sí, cabronazo!

En esta callejuela no debe haber más casas habitadas, porque no se enciende ninguna luz y nadie sale a ver qué demonios ocurre. En una de estas, cuando voy a cargar de nuevo con mi improvisado ariete, la puerta se abre y prácticamente me caigo dentro.

—¿Se puede saber qué haces?

Ahí está él. Matt. Está vestido solamente con un batín largo y tiene los cabellos despeinados y manchas de pintura. Huele a pachulí y a algo que me resulta espantosamente familiar: esa colonia fresca y dulzona que usa Grimm.

Ahora, sin las gafas, veo por primera vez sus ojos. Nunca he podido verle los ojos, y ahora sé que ocultaba su mirada de mí porque es un cobarde y un cabrón. Pero ahora ya no le hace falta. No me sorprende encontrar desprecio en sus ojos, pero hay algo más, algo frío y turbio, más allá del asco normal que sé que me tiene. Sí, es más profundo. Este tío me odia.

Bien. Mejor.

Suelto la papelera y le enfrento, con las manos abiertas a ambos lados de mi cuerpo y la adrenalina disparada, dispuesto a matarle ahí mismo con mis propias manos si hace falta. La colonia de Grimm. Qué hijo de puta.

—¿Está Evan aquí contigo?

Me mira de arriba abajo y se piensa la respuesta. Se ata bien el estúpido cinturón y se pasa los dedos por el pelo; luego yergue la espalda como si quisiera intimidarme.

—¿Y qué si lo estuviera?

—Pues que igual es buen momento para que subas y le cuentes cómo has estado jugando con nosotros desde que llegamos, ¿no?

El muy cínico levanta la ceja.

—No sé de qué me hablas.

—Ya. Claro que no —siseo venenosamente.

No sé cómo me contengo. Debería estar apaleándole ya.

—Pareces nervioso. ¿Quieres una infusión? Tengo hojas de menta fresca, tal vez…

Le agarro de las solapas del estúpido batín y le empujo contra la pared. Hay un estante con figuras de cerámica que se caen al suelo y ruedan sobre la alfombra. Me acerco a su cara hasta casi rozar mi nariz con la suya.

—Escúchame bien, gilipollas, tu amiguita Noelia me lo ha contado todo. Al contrario que tú, yo no me la he tirado, y por si crees que voy de farol, piensa en cómo he podido dar con tu maldita casa. Así que se acabó, ¿comprendes? Dime dónde está Evan, voy a solucionar las cosas y tú no puedes hacer nada para impedirlo.

Los ojos azules de Matt se entrecierran con un destello frío. Pero el muy cabrón no parece intimidado. Suelta una risa seca y me agarra de las muñecas, apartándome con un empujón más duro de lo que esperaba. Este mediodía, cuando nos dimos de hostias en la terraza, no parecía tan fuerte. «Se estaría conteniendo», pienso.

—¿Y crees que eso va a cambiar algo? A Evan ya no le importas. Que te hayas acostado con Noelia o no es lo de menos... él solo tenía que darse cuenta de cómo eres. Y ya lo ha hecho, por suerte para él.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo soy según tú?

No sé por qué pregunto. Pero al menos ganaré algo de tiempo mientras pienso en cómo reventarle la cara y dejarle fuera de combate antes de que él me deje a mí. Si pega tan fuerte como empuja, esta pelea no va a ser fácil.

—Vaya, ¿ahora quieres hablar? No parecías tan dispuesto esta mañana.

—Cambio de opinión con facilidad. Además, ya que pareces conocerme tan bien, seguro que tienes muchas cosas interesantes que decir.

Matt se recoloca el batín.

—Déjalo. Estás a otro nivel, Chris. No tengo intención de ofenderte, pero tienes que comprender que este no es tu lugar. Será mejor que te vayas y no sigas poniéndote en ridículo.

—Ya. Sí, vale, pero explícame eso para que lo entienda, por favor. Ya sabes, como si fuera tonto. ¿Por qué dices que estoy a otro nivel? ¿Por qué estás tan seguro de que he perdido?

Matt sonríe a medias con mucho sarcasmo. Sé lo que está pensando, pero ahora me da igual. A diferencia de él, a mí no me traiciona mi propio orgullo.

—La gente como tú solo veis la punta del iceberg. Vivís la vida con hambre y con prisa, nada os colma porque simplemente, no queréis profundizar. —Saca un paquete de cigarrillos y se pone uno en los labios, encendiéndolo con el mechero. Luego me ofrece otro, que yo acepto—. He seguido tu carrera. De entre todos tus compañeros, tú eres el más joven. Bastante más joven que Grimm, de hecho, y un auténtico imán para las fans. El más popular entre las chicas, por detrás de Crowley.

—Veo que sabes quiénes son Masters of Darkness.

—Claro que sí.

Hijo de puta. El muy psicópata sabía perfectamente quiénes éramos. Todo lo que ha hecho… todo estaba estudiado. Cabrón. Puto loco.

—Imagino que eres nuestro fan. Y de Grimm en especial.

—No creas. Aunque siempre me llamó la atención su aire misterioso y esa especie de velo parcial con el que se cubre…

Ya está diciendo mierdas que no entiendo, así que le corto de un gesto.

—Ibas a explicarme por qué no estoy al nivel.

—Ah, sí. Bueno, no es por tu juventud, pero simplemente, no tienes capacidad de trascendencia. Grimm… Evan, en cambio, es un hombre puro. De emociones sin mácula. —Se le iluminan los ojos y su expresión se vuelve extraña, dulce y turbia a la vez. Parece sentir por él una admiración enfermiza—. Sus sentimientos transcurren bajo la superficie, como un manantial subterráneo. No es fácil comprenderle, ni satisfacerle… pero es imposible no amarle. —De nuevo vuelvo a tener escalofríos. Las cosas que dice este cabrón no me gustan, pero es como si le conociera de verdad… como si le conociera mejor que yo. «No. No es cierto. Nadie le conoce mejor que yo, no pienses gilipolleces, Chris»—. Es refinado, es un artista, y tiene muchas aspiraciones… necesita estar junto a alguien que le comprenda, que le motive. Alguien con quien pueda compartir todo lo que él es. Alguien que esté a su altura. Y tú no lo estás, Chris… lo sabes, ¿verdad? Siempre lo has sabido.

—Vete a la mierda.

—Tú me has preguntado. Pero no te estoy diciendo nada que no hayas pensado ya, ¿no es cierto? Yo no he hecho nada. Me he limitado a hacer evidente lo que los dos ya sabéis: que vuestro amor no es real.

Me quedo mirándole, incrédulo. ¿En serio este tío…? Sí, habla totalmente en serio. Ahí está, fumando mientras me contempla con lástima, casi de forma paternalista.

—Todo esto lo tenías planeado…

—Por supuesto.

—Tú estás como una puta cabra, ¿no? Eso también es evidente.

Matt se ríe.

—Si quieres verlo así… Ahora vete de mi casa, por favor. Evan no quiere verte.

—No me lo creo. Déjame entrar. —Intento abrirme paso pero Matt me detiene con el brazo. Le empujo mientras le llamo a gritos—: ¡Evan! ¡Evan, soy yo!

—Si no te marchas tendré que llamar a la policía —insiste Matt mientras forcejeamos.

—Genial, llámales. ¡Evan, ¿me oyes?! ¡¡Evan, estoy aquí!!

De pronto escucho un golpe en el piso de arriba. Levanto el rostro, sobresaltado. Voy a decir algo cuando un fuerte puñetazo impacta contra mi mandíbula en el punto exacto para hacer que me tambalee hacia atrás. Mierda, no debí bajar la guardia.

Me zumban los oídos y me duele el cuello. Ha sido un buen golpe, hay que reconocerlo.

Mientras sacudo la cabeza y recupero la estabilidad, veo que Matt está cerrando la puerta de su casa con llave. Sus ojos azules me miran con odio. Echo un vistazo alrededor y veo que hay un bate detrás de la puerta de madera. Antes de que pueda cogerlo, me lanzo sobre él con un grito de ira… y esta vez no soy yo el único que grita. Matt, caídas ya todas las máscaras, me mira con furia y aprieta los dientes en una mueca iracunda mientras gruñe, rabioso.

Y esta vez, cuando empezamos a zurrarnos, no me siento nada culpable. Ni un poco.

 

***

 

Las voces se mezclan en la oscuridad. Como en las anteriores ocasiones, me cuesta abrir los ojos, mis párpados pesan y apenas puedo moverme. Consigo enfocar la mirada en el caballete que hay frente a mí y los pensamientos amenazan con esquivarme de nuevo.

¿Dónde estoy? ¿Qué está pasando?

Tengo las manos y los pies atados. Estoy desnudo sobre la cama. La cama de Matt. El maldito Matt. Su nombre trae los recuerdos que parpadean como flashes. No sé cuándo me he quedado inconsciente, pero he despertado un par de veces, y sé que no estoy soñando, aunque mi mente quiera creer que sí. Las cuerdas me duelen cuando intento deshacerme de ellas, retorciéndome, pero esta vez Matt no acude a calmarme como ha hecho antes. Aún tengo la sensación repulsiva de sus dedos en mi piel, su mirada enfermiza parece horadarme desde el recuerdo.

Está loco, joder. Está completamente loco, y he caído en sus redes como un imbécil. No sé cómo demonios lo ha hecho, pero ha debido drogarme. Cuando desperté, no sé en qué momento, él estaba medio desnudo, pintando en el lienzo que hay frente a mí como un maníaco, mientras con la otra mano se tocaba sobre la ropa interior. Intenté hablar con él, con la mente nublada y apenas pudiendo creer lo que estaba ocurriendo.

—Matt, suéltame. ¿Qué estás haciendo?

Su mirada es el recuerdo más claro, sus ojos eran como pozos oscuros, delirantes, y su gesto había cambiado, como si se hubiera quitado una máscara. Había algo febril y enfermizo en su expresión.

—¿No lo entiendes? Esto es cosa del destino, Evan. Hace mucho tiempo que te admiro... cuando te vi, observando mis obras con fascinación, lo comprendí con claridad. No podía permitir que nada se interpusiera entre los dos. Sé que ahora no eres capaz de entenderlo, pero tú también lo has visto, lo has sentido, ¿verdad? Tarde o temprano iba a ocurrir, solo me he encargado de eliminar los obstáculos.

La sangre se me congela en las venas. Creo que las drogas que me ha dado me han impedido sentirlo con tanta intensidad como lo estoy sintiendo ahora al recordar sus palabras, al ser consciente de mi propia desnudez, al comenzar a hacerme preguntas… ¿Ha pasado algo? ¿Me ha hecho algo? Creo que me ha tocado, creo que ha acercado sus manos a mí… por eso tengo que esforzarme en recordar.

Recordar...

—¿Obstáculos? Matt, joder, ¿de qué hablas? ¿Qué es lo que has hecho? ¿Has tenido que ver con lo de Chris?

—Solo he adelantado las cosas —Recuerdo que se acercó a mí, como entre la bruma, y se sentó en el borde de la cama, mirándome con una compasión que me revolvió el estómago. Maldito hijo de puta—. Solo he provocado lo que antes o después iba a ocurrir. Chris es voluble, no es capaz de centrar su atención en nada, no valora nada, y no sabe lo que significa tener un tesoro como tu amor. Tarde o temprano habría ocurrido, su sed le habría impulsado, se habría acostado con otro tío, con otra tía, qué importa, como si lo hubiera hecho con su moto… es su naturaleza, y tú te mereces algo más. Algo mejor.

Me acercó la mano y acarició mi rostro. Una oleada de angustia y miedo me hizo revolverme, y no solo la provocó su contacto.

¿Cómo sabes que Chris tiene una moto?

—No te preocupes… te lo explicaré todo, ahora solo deja que termine con esto.

Debí volver a quedarme inconsciente, solo recuerdo imágenes sueltas de él pintando como un puto poseso mientras yo intentaba en vano desatarme, sin fuerzas.

Pero ahora no está. La habitación está vacía, y sobre el caballete sigue un cuadro a medio pintar. Aún veo borroso, pero sé que soy yo. Me está pintando como a un ángel, desnudo y alado. Rezo para mis adentros porque eso le haya mantenido ocupado, porque no haya pasado nada más... Tengo que encontrar la manera de llamar a…

—¡Evan, ¿me oyes?! ¡¡Evan, estoy aquí!!

El corazón me salta en el pecho. ¡Es él! ¡Es Chris!

No sé cómo ha llegado aquí, y espero estar lo suficientemente consciente como para que no sea una maldita ilusión. Su voz termina de tirar de mi mente, la angustia y el miedo se convierten en un fuego furioso y comienzo a retorcerme sobre la cama, golpeo la mesita de noche y la hago caer, con la esperanza de que pueda oírme desde el piso de abajo.

—¡Chris! —intento gritar, pero apenas me sale la voz del cuerpo. Dios, esto es como una pesadilla, una verdadera pesadilla, pero no puedo dejar que el miedo me paralice.

Comienzo a retorcer las manos y a aflojar las cuerdas, con una fuerza tan desesperada que ni siquiera me duele cuando me las raspo. Se me ponen rojas y las cuerdas me estrangulan la carne, pero finalmente, a base de tirones desesperados, consigo abrir lo suficiente los nudos que me ha hecho el puto loco de Matt, y no tardo en arrancarme las cuerdas que me mantienen atados los tobillos.

Me pongo en pie, y aunque estoy mareado y aún veo borroso, me visto a toda prisa. Ese cabronazo ha dejado mi ropa sobre la silla, perfectamente plegada.

Estoy escuchando los golpes allí abajo, los gritos enfurecidos de Chris, que parecen hacer eco en mi cabeza. Está ahí, está peleándose con Matt. Y todo el miedo que siento se transforma en ira.

 

***

 

La primera vez que vi a Matt pensé que era un figurín de gimnasio pero ahora me doy cuenta de que el muy cabrón entrena en serio. Llevamos más de cinco minutos zurrándonos y ya estoy hecho polvo. Estoy sangrando otra vez, por la nariz y también por la boca. Creo que me ha saltado una muela, y aunque pude protegerme de los peores puñetazos, ahora ha conseguido tirarme al suelo y se está ensañando con mi estómago.

—¿En serio pensabas que no iba a saber defenderme de ti, eh? —Oigo su voz melosa mientras me cubro con los brazos y aguanto, intentando recuperar fuerzas para sacármelo de encima y dejarle fuera de combate. Cosa que espero poder hacer—. No eres más que un perro callejero. Impulsivo. —Me suelta una patada que me hace doblarme por la mitad. Exagero un poco el gesto para que me crea más débil de lo que estoy—. Salvaje. Pero sin control. Y el control, querido Chris, es importante. Deberías haberlo aprendido de Evan, pero ni siquiera a eso has llegado.

—Basta…

—¿Cómo dices? No te he oído.

Él se inclina sobre mí. Aparto los brazos con pretendido agotamiento y le miro. De pronto, antes de que pueda reaccionar, le agarro del pelo y tiro con fuerza para golpearle la cabeza contra el suelo. Después me muevo con rapidez para ponerme en pie y ahora soy yo quien le empieza a patear.

Sí, soy un perro callejero. Sí, peleo como un animal y no tengo escrúpulos. Si hubiera arena por aquí se la tiraría a los ojos. Para mí las peleas nunca han sido una cuestión de honor, sino de poner las cosas claras a quien te ofende o de defenderse contra hijos de puta, como es el caso. A Matt le gusta mucho hablar, pero yo no malgasto el aliento en hacer discursitos de mierda. Cada una de mis respiraciones, de mis resuellos ahogados, está destinado a proyectar la fuerza de mi cuerpo en una patada o un puñetazo, a castigarle el hígado, la entrepierna o el estómago.

Matt es más resistente de lo que pensaba y se vuelve a poner en pie, el muy hijo de puta. Veo su rostro descompuesto, una máscara de ira fría, afilada. Respira de forma profunda y lenta mientras trata de defenderse de mis golpes y me detengo un instante, dando un par de pasos hacia atrás para recuperarme.

Ahora sé que no voy a ganar la puta pelea. Lo sé. Es más fuerte que yo y está menos cansado. Tiene mejor forma física, y eso es malo para mí. Porque sé que este tío no se va a detener ante nada. Solo me queda una oportunidad: ser más listo que él. Pero, seamos sinceros… ese no es mi fuerte, ¿ok?

Así que le miro, limpiándome la sangre de la cara con la manga y sorbiendo la nariz.

—Te voy a matar, bastardo —me dice Matt en su perfecto inglés de neoyorkino.

—Pues ya puedes currártelo. Pero deja que te diga algo… —Hago una pausa, recuperando el aliento. Le miro. Y se lo digo. Total, si me va a destrozar a palos, al menos me voy a quedar a gusto—. Eres patético, tío.

Por un momento Matt parece estupefacto.

—¿Qué?

Supongo que no se espera que le vacile en un momento así, pero que se joda.

—Todo eso que has dicho antes no es más que un montón de mierda. Evan me quiere a mí, yo le quiero a él. Jódete. Sé que te mueres de envidia, pero mira, no puedes hacer nada. Y no necesitamos que tú ni nadie lo entienda, ni lo apruebe, ¿ok? —Me apoyo en la pared un instante, resollando—. Así que deja de entrometerte, porque el único que hace el ridículo eres tú…—jadeo de nuevo, riéndome entre dientes y escupiendo sangre—. No eres más que un fan patético y obsesionado. Solo te falta escribirte su nombre cortándote en el brazo, como las colegialas…

La siguiente hostia que me da llega cargada de rabia y frustración, acompañada de un grito. Pero no me importa. Sé que a él le está doliendo más que a mí.

 

***

 

Estoy escuchándoles. Los golpes son terribles, oigo cristales romperse y las voces de ellos discutiendo sobre el sonido de los golpes. Estoy acojonado, acojonado por lo que le está haciendo a Chris, y lo que haya podido pasarme a mí aquí arriba de pronto queda en segundo plano.

No voy a permitir que ese perturbado siga haciéndonos daño.

—¡Cállate! —oigo gritar a Matt entre los sonidos de pelea—. ¡Cállate, cállate, cállate! ¡Esta vez pienso llegar hasta el final, bastardo! ¡No eres más que un perro! ¡Un perro, ¿me oyes?! ¡No te lo mereces! ¡No te lo mereces!

«Dios, no permitas que esto acabe mal, no lo permitas. Dame fuerzas para enfrentarme a ello».

Bajo las escaleras con cuidado. Me queda la claridad mental suficiente como para no descubrirme, y no sé cómo lo estoy haciendo para no volverme loco de desesperación. De verdad, no sé cómo lo hago para mantenerme en silencio cuando les veo al fin. Matt está golpeando con los puños a Chris, que le devuelve los golpes con furia. Nunca le he visto pelearse así con nadie, y nunca he visto a nadie golpear con tanta violencia como lo está haciendo Matt, descargando patadas y golpes que le hacen doblarse. Uno de los rodillazos en el estómago hace que Chris escupa sangre y se encoja antes de derrumbarse en el suelo.

«Dios, no lo permitas. Dame fuerzas. No lo permitas».

Lo que ocurre a continuación parece una escena ralentizada. Sé lo que Matt va a hacer antes de que lo haga. Mientras Chris intenta levantarse, apoyándose en las manos, le veo volver el rostro hacia el bate que hay junto a la puerta. Ni siquiera tengo que pensar. Solo actúo.

Él no me ha oído bajar, y no me oye cuando cojo uno de los taburetes de la barra de la cocina. Él coge el arma y la levanta. Yo levanto el taburete y antes de que pueda hacer nada más, descargo un golpe sobre su cabeza. Toda mi rabia, toda la angustia y el miedo al que me ha sometido se convierten en una fuerza que no había sentido jamás, y ni siquiera me pregunto el daño que podría estar causándole con esto. Solo siento el que nos ha hecho a nosotros. Solo puedo pensar en lo que ha estado a punto de hacerle a Chris. Le golpeo una y otra vez, con el fuego ardiendo en mi interior.

Cuando se desploma sobre el suelo, sangrando por una brecha en la cabeza, su estado es lo último que me importa.

—Hijo de puta...

Tiro los restos del taburete y me concentro en respirar.

El silencio se ha hecho de pronto. Chris, que ha conseguido apoyar una rodilla en el suelo, me mira resollando y con la nariz ensangrentada, estupefacto. Mi voz es un nudo en la garganta cuando intento decirle algo.

—Evan… joder…

Me acerco a él, aún tambaleándome. Quiero llorar. Quiero abrazarle. Quiero… quiero muchas cosas. Pero no me atrevo.

—No hice nada —dice él—. Yo no...

—Lo sé —respondo, como si me hubiera devuelto el aliento con esas palabras.

Él se pone en pie y yo me precipito a por él. Acaban de darle una paliza, pero me abraza con fuerza y no se queja cuando yo hago lo mismo, temblando, aferrándome a él como si fuera la única tabla de salvación en el abismo al que estaba cayendo.

—Lo siento, Chris, lo siento tanto… yo…

—Ya lo sé. —Me hace callar estrechándome con más fuerza. He escondido el rostro en su cuello y siento sus dedos hundirse en mi pelo, entonces no puedo contener las lágrimas que me resbalan de puro alivio por las mejillas—. Yo también lo siento.

Quiero irme de aquí. Quiero marcharme y no mirar atrás, curar nuestras heridas, asegurarme de que Chris está bien... de que los dos lo estamos. Pedirle perdón por las cosas que he dicho, por mi desconfianza.

Matt está inconsciente en el suelo y no me importa si respira o no, ahora no puedo pensar en ello. Nunca he golpeado a nadie, y nunca pensé que pudiera sentirme tan liberado después de hacerlo. Aunque hubiera preferido que nada de esto ocurriese.

 

***

 

Cuando salimos de la casa de Matt aún no quiero soltarle. Estoy agarrándole de la mano como si temiera que fuera a desaparecer. Todavía tengo ese desasosiego dentro. He tenido miedo, es verdad. Y miedo del chungo. Ya no es que pudiera perderle porque se fuera con otro, es que le podía haber ocurrido algo horrible. Me siento como un idiota por haber dejado que esto suceda, pero tampoco sé qué podría haber hecho para evitarlo.

—Te estuve llamando…

—Borró el registro. Me quitó el móvil. Puto loco...

—¿Te encuentras bien? —Lo pregunto por décima vez, pasándole los dedos por el pelo, mirándole a la cara, tocándole los brazos—. ¿Seguro que no quieres que…? No sé. Que le mate.

—No vas a matar a nadie, Chris. Ya ha habido suficiente violencia.

Evan está lívido y tiene los ojos hundidos, apagados.

—¿Te ha hecho algo?

—No… creo que no. Nada grave, al menos. —Siento deseos de entrar de nuevo y matarle de verdad, reventarle su odiosa cabeza contra las baldosas. Nunca he matado a nadie, y lo cierto es que no quiero. Siempre que digo que voy a matar a alguien es en sentido figurado… pero ahora pienso que podría hacerlo. Podría hacérselo a Matt—. Mira, vamos al pueblo, llamamos a la policía desde una cabina y nos largamos. No quiero perder más tiempo con esto… solo quiero olvidarlo. Olvidarlo del todo.

Tomo aire y asiento, rodeándole con el brazo mientras caminamos calle abajo, dejando atrás al puto loco de Matt. Pero no se pueden dejar atrás las cosas que se han vivido, ni tampoco las cosas que nos hemos dicho. Evan camina en silencio, aún aturdido por lo que ha pasado, creo.

Matt. Noelia. Las discusiones, los putos conflictos… Todo empieza a entrar en ebullición dentro de mí, y para cuando llegamos a una pequeña plaza con una fuente en medio ya estoy otra vez de los nervios. Me detengo en seco y le agarro de los brazos para girarle de forma que tenga que mirarme a la cara.

Tengo que decirle algo. Tengo que decirle muchas cosas. Y lo primero que sale de mi boca es otra vez lo mismo.

—Te juro que no hice nada, Evan. No hice nada con esa chica.

—Ya lo sé. Lo sé, Chris, yo…

Pero yo no puedo parar de hablar, le interrumpo constantemente con un torrente de palabras que se derrama a borbotones.

—Fui a su casa y le saqué la verdad, ella y Matt nos estuvieron echando mierdas en la bebida, por eso nos quedamos fuera de combate en la playa, después de hacerlo, y entonces ellos llegaron y me arrastraron al hotel.

—Lo sé, no tienes que…

—La muy zorra intentó… intentó… ya sabes, pero no pudo, así que puso las pruebas alrededor para que tú te lo creyeras y yo decidiera que, no sé, que de perdidos al río.

—Pero las marcas de carmín…

—Estaba inconsciente, no hice nada... y tampoco me enteré de nada.

Evan traga saliva y sus ojos empiezan a brillar de angustia.

—Dios mío… ¿No quieres denunciarla?

—No. Paso. No quiero pensar en eso nunca más. En realidad no me importa, no es más que una zorra restregándose conmigo mientras estoy dormido. No es nada que no haya ocurrido antes.

—Creo que no deberías frivolizar sobre ello, esa chica ha…

—No quiero pensarlo, Evan, en serio. Y no quiero que sea más que eso para mí.

Evan se muerde el labio y asiente, meneando la cabeza después.

—Desde luego, sabes cómo hacer las cosas fáciles para todo el mundo… incluso para ti mismo.

Su piel es muy blanca a la luz de la luna e incluso después de todo lo que ha ocurrido, está jodidamente guapo. Grimm siempre ha sido así, como una especie de criatura sobrenatural. Hasta la tristeza le sienta bien, pero prefiero verle feliz. Caminamos juntos hasta un banco de madera y nos sentamos ahí, el uno junto al otro. Él está echado hacia atrás, con las manos aferradas al borde de madera. Yo me he inclinado hacia delante y tengo los codos apoyados en las rodillas. De vez en cuando me vuelve a caer un hilo de sangre de la nariz y lo limpio con el dorso de la mano.

—Olvidemos todo esto, ¿vale? —le digo—. Nada de lo que ha pasado merece la pena ser recordado.

—Algunas cosas sí. —Evan suspira—. Yo… creo que me he comportado como un cobarde, una vez más. Estoy siempre asustado, temiendo que esto deje de funcionar… buscando pretextos, aterrado por la posibilidad de que salga mal. Y no hago más que exigirte. Tú no dejas de adaptarte a mí, y yo soy incapaz de… Dios, me siento como un idiota.

—No digas eso. No estás siendo justo contigo mismo.

—Sí. Ese hijo de puta se ha aprovechado de mi debilidad, porque tú tienes razón. Soy un inseguro. Y ahora que por primera vez puedo estar seguro de algo… de ti… casi te…

Joder.

—Ya vale, Grimm. Deja de torturarte así.

Le rodeo con los brazos y él se agarra a mí. Sentirle de nuevo cerca es jodidamente balsámico. Un alivio que no puedo comparar con nada. Estar lejos, estar enfadados era como si me hubieran arrancado el puto corazón del pecho, joder. Era insoportable. Y eso que solo han sido veinticuatro horas. Su voz suena ahogada, débil. Llena de vergüenza.

—¿Puedes perdonarme?

Me angustia escuchar esas palabras. No quiero que se sienta así. ¿Qué tengo que hacer para que vuelva a ser feliz? Haría cualquier cosa. Daría lo que fuera. Le abrazo con fuerza, aguantando ese extraño magma que se agita en mi pecho, una mezcla de euforia, nostalgia y necesidad ardiente.

—No has hecho nada que tenga que perdonar. Yo tampoco… en fin. Siempre estoy cagándola, los dos lo sabemos. Hago lo que puedo.

—No deberías. No tienes que hacer nada, yo también me adaptaré, solo sé tú mismo. No necesito que seas otra cosa.

Esas palabras deberían aliviarme. O alegrarme. No lo sé. Sin embargo me causan también un poco de incertidumbre.

—Ser yo mismo no nos va a poner las cosas fáciles, ¿sabes? —Me aparto un poco para mirarle, acariciándole la mejilla con los dedos. Dios, pero ¿por qué es tan guapo? Es imposible que sea tan guapo, joder—. Somos muy diferentes, Evan. Yo no soy… no soy un tío culto, ni quiero serlo, esa es la verdad. Me gusta ser así. Me gusta beber cerveza, ver el fútbol, gritar en los conciertos y ponerme a ciento sesenta en la carretera. Y tengo un problema con la violencia, está claro.

Grimm palidece y sus ojos se vuelven distantes. Siento cómo alza sus barreras.

—¿Qué estás intentando decirme? ¿Que lo nuestro no va a funcionar?

—No, lo nuestro… bueno, intento decirte que lo nuestro no va a ser fácil, ¿ok? Pero mira, así son las cosas. Fácil o no, yo te quiero, y no soporto la idea de que estemos separados solo porque las cosas sean complicadas o porque un puto loco se meta en medio, o porque la gente no entiend…

No puedo seguir hablando. De pronto, Evan me está besando, enganchado a mi cuello, apretándose contra mí con una fuerza inesperada. No entiendo nada, pero respondo, claro. Le beso con ganas, y luego con desesperación, y cuando al fin nos separamos, le miro interrogativamente. Pero él solo niega con la cabeza y me vuelve a besar, esta vez con un roce suave y lleno de dulzura.

Puto Grimm. No le entiendo, pero le adoro. Y ahora sus ojos vuelven a brillar con fuerza y parece que todo lo que ha ocurrido hace menos de una hora se haya borrado sin dejar ninguna huella en él. Sé que no es así, pero lo parece… y al menos ha recuperado la luz.

—Sabes, una vez alguien me dijo unas palabras muy sabias. —Me mira, y sus ojos como estrellas parecen insuflarme una vida nueva, llenarme los pulmones de aire limpio y el alma de serenidad—. Que le jodan a la gente. Si no lo entienden, que no lo hagan. Me da igual. Ni siquiera yo lo entiendo a veces… pero quizá esas son las mejores cosas de la vida, ¿no? Las que no pueden explicarse ni comprenderse, pero aun así, son reales.

Enlazo mis dedos con los suyos y desvío la vista hacia la fuente. Me quedo pensando en lo que ha dicho, impresionado. Hace una bonita noche, una de estas que yo no sabría describir bien con palabras, pero las de Evan resuenan en mi mente y me iluminan el corazón.

—Joder. Qué bien hablas, tío.

Él me sonríe. Y el universo entero vuelve a su lugar.