— Disculpe… —lo reclamó Antonio, el bedel.
Mariano lo miró detenidamente, sacó un mechero del otro bolsillo del abrigo, encendió una llama y la acercó al cigarro. Antonio esperaba que le procurara atención de un modo más evidente antes de molestarlo de nuevo.
Mariano, cogió el cigarro con delicadeza, dio una calada potente que abrasó las hebras liadas del canutillo de papel en un destello incandescente, e intentó quitárselo de la boca. Le costó un gran esfuerzo y un pedazo de piel del labio inferior. Al instante, comenzó a sangrar y, con el gesto agriado, se dirigió hacia Antonio.
— Dígame —pronunció sin dejar salir el humo aspirado mientras se lamía la herida.
—Pasaron cosas muy extrañas ayer ¿Eh? —le dijo de pronto, sin preámbulos—. Nunca había visto a Don Manuel así. ¿Sabe?
—¿Así, cómo? —indagó el policía, que aún se escocía del pequeño desgarro de la boca y retiraba el trozo de piel de la boquilla del cigarro.
—Pues… primero… la chica se había ido el viernes de improviso ¿Eh? Sin decírselo a nadie. Después, ayer por la mañana, vino Don Manuel directamente hacia la habitación de ella sin saludarme tan siquiera —explicó con la mirada extraviada.
—¿Cree usted que había algún tipo de relación entre ellos?
—No, noooo, no lo creo —dijo con seguridad, a pesar de utilizar una palabra que denotaba duda—. Ella se encerraba en su cuarto por las noches. ¿Sabe? Y por el día se iba a recorrer Burgos mientras Don Manuel iba y venía. No –se reafirmó—. Además, la riñó como a una niña un par de veces. ¿Entiende? Y ella actuó como actuaría con cualquier profesor, con rabia, pero no parecía haber resentimiento personal.
—¿Cómo puede asegurar eso tan tajantemente? —se extrañó Mariano mirando con suspicacia a Antonio, que no aparentaba ser un hombre docto precisamente.
—Porque, aquí, en la residencia, se ve de todo... ¿Sabe? Y esas cosas acaban saltando a la vista de un hombre como yo, después de tantos años viendo... pues... esas cosas –admitió turbado, por la mirada inquirente del policía—. Y más cuando se trata de una alumna y un hombre casado. Usted me entiende ¿No?
—Entonces… ¿Qué iba a buscar a la habitación de Andrea?
—Pues, eso es lo curioso —comentó en un susurro encorvando la espalda y arrugando la mirada—. Quería entrar a toda costa a revisarla. ¿Eh? Cuando le dije que ella no estaba desde el viernes, quiso entrar para asegurarse de que no se había llevado todas sus pertenencias. ¿Sabe? Pero me negué, por supuesto. Y, después, cuando supo que había muerto y vino el cura preguntando por ella... ¿Eh? Quiso que los permitiera subir a los dos con la excusa de buscar algo referente al proyecto que estaba elaborando.
—¿No sabe lo que quería buscar? —insistió Alfredo.
—Algo referente a la investigación que estaba haciendo la chica ¿Sabe? Porque se interesó mucho por lo que pudiera tener el cura en la carpeta que traía para ella —informó Antonio con perfecta exactitud.
—¿Qué cura era ese? —se extrañó—. ¿Y de qué conocía a la muchacha?
—Por lo visto –vaciló—. Vamos, comentó el cura, que la chica lo fue a visitar a su parroquia para preguntarle alguna cosa… y creo que dijo que era de La Antigua de Gamonal.
—De la Antigua… —repitió Mariano mirando hacia el exterior.
—No, pero no era de la Antigua. No. —Antonio cogió del brazo a Alfredo con cierta inquietud—. Se me olvidaba. ¿Sabe? Manuel fue en su busca ¿Eh? Porque el cura se le escapó.
—¿Que el cura se le escapó? —dijo Mariano, atónito.
—Sí. Llamaron a Don Manuel al teléfono ¿Sabe? Y el cura se marchó. Don Manuel se fue a buscarlo a La Antigua ¿Eh? Pero el cura no era de allí.
—¿De dónde era? —se interesó Alfredo comenzándose a desesperar.
—No lo sé. Pero, unos minutos después de que Don Manuel se fuera… ¿Sabe? Una media hora o así, un hombre lo llamó al teléfono de la residencia. Yo le respondí que Don Manuel no estaba pero él me dijo que sí, que estaba a punto de entrar por la puerta ¿Comprende?… —Mariano entornó los ojos intentando hacerse una idea de lo que Antonio le contaba—. Y así fue —continuó—. Al momento. ¿Eh? Entró Don Manuel. ¿Sabe usted? Al ponerse al teléfono le dijo al hombre que no sabía de qué parroquia era y que no iba a confiar en él… ¿Entiende? Así que, digo yo que debió mentir cuando dijo que era de la Antigua.
—Entonces… ¿Aquél cura llamó a este teléfono ayer por la mañana? —preguntó Mariano.
—Sí —aseguró Antonio.
—¿A qué hora?
—A eso de las once de la mañana, aproximadamente.
Mariano sacó su teléfono del bolsillo e hizo una llamada.
—José Antonio… consígueme los números de teléfono que llamaron a la residencia Gil de Siloé ayer por la mañana, sobre todo aquellos entre las diez y las doce. —Se calló un instante para escuchar a José Antonio—. No sé si buscamos un móvil o un fijo.
—Un móvil —susurró Antonio.
— ¿Qué? — Mariano separó el teléfono de su rostro un momento.
— Que llamó desde un móvil —repitió Antonio.
— José Antonio, espera un segundo —le indicó al inspector para girarse de nuevo hacia Antonio y preguntarle: —¿Cómo lo sabe?
— Porque, al momento de colgar, después de que Don Manuel saliera hacia el Ayuntamiento. ¿Sabe? El mismo cura bajó esas escaleras desde la primera planta y salió de la residencia con el teléfono en la mano.
Alfredo no daba crédito a lo que le estaba relatando Antonio y pegándose el teléfono a la oreja, se dirigió a su compañero:
—José Antonio, busca un móvil. Y estate seguro de que esa debe ser la primera línea de investigación. —Colgó el teléfono al momento y, girándose hacia Antonio le dijo: — ¿Recuerda algo más que pueda ser de utilidad?
—Ahora mismo no se me ocurre nada.
—Muy bien, ha sido de gran ayuda. – Mariano sacó una tarjeta del bolsillo interior de su chaqueta—. Pero si observa algo extraño o recuerda alguna otra cosa, llámeme a este número... ¿Eh? Por favor.
Antonio accedió con el rostro compungido y Mariano abandonó definitivamente la Residencia.
Cuando aún no habían dado las nueve de la mañana, Sara regresaba de dejar a las niñas en las convivencias organizadas en el colegio por las Hermanas Concepcionistas, para que los padres pudieran conciliar su vida laboral con las vacaciones navideñas.
Al acceder a su calle, frente a la verja de su casa, descubrió a dos personas vestidas de traje que se encontraban apostadas en el enrejado.
Aparcó con delicadeza, salió del coche y, al acercarse a la entrada, las dos personas, hombre y mujer, se le aproximaron mostrándole sus credenciales.
—Buenos días. Somos los inspectores Carmen y Javier –se pronunció el hombre—. Necesitamos hacerle unas preguntas.
—¿Es mi marido? —se asustó Sara.
Los agentes se miraron, silenciosos.
—Es para saber dónde se encuentra su marido —respondió ella.
—No lo sé —sollozó congestionada—. Se marchó el sábado y no regresó…
—Se fue el sábado. ¿Dónde fue? —inquirió Javier.
—Espera. ¿Podemos pasar dentro, a su casa? Así hablaremos con más… intimidad —solicitó Carmen.
Sara afirmó con la cabeza mientras sacaba las llaves para abrir la puerta. Una vez dentro, prosiguieron el interrogatorio.
—¿Sabe usted dónde fue su marido?
—Se marchó porque discutimos por una tontería… y antes de comer, cuando regresé del parque con las niñas ya no estaba. —Los ojos se le empañaron al momento y comenzó a vocalizar con cierta dificultad—. Habíamos quedado en que me recogería ayer por el mediodía… lo llamé muchas veces a la oficina, a la residencia, al móvil… pero no di con él en ningún momento a pesar de que, tras cada llamada a un sitio o a otro, siempre me indicaban que acababa de estar allí. —Se dejó llevar por un llanto amargo y pesaroso.
—¿Conoce usted a Andrea Martínez? —Espetó el inspector.
—¿Andrea? —Sara se limpió las lágrimas con un pañuelo y se sonó la nariz—. ¿La chica de la beca?
—¿Sabe usted quién es Sonia Arauzo… y Alfredo Antón?
—No. ¿Quiénes son? —preguntó desorientada.
Los inspectores se volvieron a mirar al cerciorarse de que Manuel no hablaba de ningún otro becado salvo de la propia Andrea. Aunque aquello también resultaba extraño.
—¿Qué nos puede decir de Andrea Martínez? —preguntó la inspectora.
—Pues… es una de las becadas para un proyecto propuesto por mi marido… Esa chica parece tener algo especial para la arquitectura y Manuel venía ilusionado con ella porque suponía que iba a ser un éxito si era capaz de finalizar el proyecto con la brillantez con la que lo había comenzado.
—Doña Sara —dijo Carmen—… no pretendo alarmarla, pues en modo alguno hay indicios de nada de lo que le voy a preguntar… sólo quiero conocer su percepción al respecto.
—Dígame —se prestó Sara conservando un tono de voz frágil y afectado.
—¿Desconfiaba de su esposo?
—No —respondió tajante—. Jamás he desconfiado de Manuel.
—¿Por qué discutieron el sábado?
—Por algo sin importancia… —volvió a lagrimear—. Le hice ver que un asunto que le andaba rondando la cabeza era una locura sin fundamento y se ofendió… no supe hablarle con tacto.
—Aquel asunto… ¿Tenía algo que ver con la beca o con Andrea Martínez? —preguntó al momento Carmen.
Sara miró a los inspectores con pesadumbre y el ceño plegado.
—No. En realidad no tenía que ver con ella pero sí que fue ella quien le metió en la cabeza una historia absurda sobre un tesoro o un mapa de un tesoro o no sé qué.
—¿Sintió celos? —indagó Javier.
—¡No! Jamás me ha dado razones para dudar de él.
—Dígame. ¿Sabe dónde se encuentra su marido, Sara? —volvió a preguntar Javier pero, aquella vez, con un tono pausado, como si quisiera ser su confidente.
—¿Qué insinúa? ¿A caso cree que yo he matado a mi marido? —se alarmó Sara rompiendo a llorar desconsoladamente.
—Yo no he pretendido decir eso —se escabulló el hombre.
—¿Dónde estaba usted el viernes por la mañana? —preguntó Carmen.
—¿El viernes? Estaba… pues… depende de a qué hora… o con mi madre en rehabilitación o… paseando por El Parral o llevando a mis hijas a clase.
—¿Seguro que no estuvo en Madrid a eso de las diez de la mañana?
—No. A las ocho dejé a mis hijas en el colegio y a las diez y media llevé a mi madre a rehabilitación —repitió Sara.
—¿Tiene testigos que certifiquen que a las diez y media estuvo con su madre?
—Por supuesto que sí, todo el personal del centro de rehabilitación. ¿Me quieren decir qué sucede? —preguntó alterada.
— Verá. No podemos localizar a su marido y necesitamos hablar con él para saber qué relación puede tener con Andrea Martínez.
— Le pedimos que se mantenga cerca del teléfono y que, por favor, no abandone la ciudad —le solicitó Carmen—. Y si tiene alguna noticia de su marido o recuerda algo que pudiera ser importante, llame a este número.
Carmen le entregó una tarjeta y ambos inspectores salieron de la casa dejando a Sara con el alma deshecha.
En el Ayuntamiento, las dos personas destinadas a averiguar alguna cosa que pudiera iluminar el camino a la verdad, se separaron en busca de gente que hubiera visto a Manuel a lo largo del día para saber a qué hora exactamente desapareció de la faz de la Tierra.
Andrés se dirigió al encuentro del concejal de urbanismo y Óscar recorrió todos los despachos del edificio.
—Muy buenos días. Soy el inspector Andrés. ¿Tendría unos minutos para hablar sobre Manuel Velasco?
El concejal, que se esperaba algo así desde la mañana anterior cuando había descubierto a Manuel en mentira, se irguió un momento sobre la silla para mirar frontalmente al inspector. Al instante, poniéndose de pie, saludó cordialmente a Andrés y lo invitó a sentarse frente a él.
—Por supuesto. Estoy a su disposición.
—¿Conocía a Manuel Velasco desde hace mucho tiempo?
—Desde niños. Íbamos juntos al colegio… después le perdí la pista y hace tres años regresó a Burgos, cuando entró a formar parte de la plantilla funcionarial del Ayuntamiento.
—¿Hablaban regularmente?
—Todos los días. Aunque la mayoría de las veces por cuestiones oficiales.
—¿Qué día lo vio por última vez?
—¿Le ha pasado algo? —se extrañó el concejal con aquella pregunta del inspector.
—En realidad no sabemos muy bien dónde ha podido ir, por eso necesitamos seguir todos los pasos que ha dado en los últimos días.
El concejal miró a su mesa de trabajo sobre la que aún se encontraba el trozo de papel con el listado de los libros que se habían recogido de la habitación de Andrea y se sentó en su sofá como si hubiese estado corriendo durante una hora. Respiró profundamente y lanzó sus ojos sobre los de Andrés.
—La verdad… es que lo vi ayer y me dejó muy preocupado.
—¿Por qué? —se intrigó Andrés.
—Primero, porque apareció vestido de manera muy extraña. Siempre vestía traje con corbata y ayer, bajo la camisa se podía adivinar una camiseta roja de cuello de pico y, bajo ella, una camiseta de cuello cerrado de color verde.
El concejal se acercó a la puerta para apagar el aire caliente mientras el oficial lo seguía con la mirada y le preguntó:
—¿Y segundo?
—Segundo… tras la muerte de la muchacha —levantó las cejas lanzándole una mirada transparente a Andrés para confirmar que sabía de quién estaba hablando, y aquél, relajado, asintió cerrando los ojos lentamente—. Tras su muerte —continuó—… apareció aquí. Serían las diez de la mañana. Me pidió que intercediera con ustedes para que le devolvieran los libros que él le había dejado… ¿No le consta eso? Porque la policía había estado en la habitación de la chica recogiendo todas sus pertenencias —explicó—. Lo lamentable fue que ninguno de los libros eran de él… sólo que estaba detrás de uno de aquellos ejemplares del que no sabía el nombre. —El concejal levantó la hoja con los títulos y leyó en alto—. “El Monasterio en Imágenes”
—¿Disponemos de ese libro?
—Lo ignoro —afirmó—. Sé que ayer lo tenían ustedes todo preparado en comisaría para hacérselo llegar a la familia de la muchacha… pero no les puedo decir más.
—¿Sabe usted por qué Don Manuel buscaba ese libro en concreto? —preguntó Andrés sin dejar de hacer anotaciones en una libreta.
— No, en realidad… lo único que parecí entender fue que la chica había encontrado algo en aquel libro en lo que había basado todo su proyecto. Creo que la chica estaba haciendo un trabajo excepcional.
—¿De qué Monasterio se trata?
—Tampoco lo sé. Me imagino que del Monasterio de Las Huelgas —respondió desprovisto de información—. ¡Sobre la historia de Burgos! —dijo el concejal, súbitamente, recordando una frase que pronunciara Manuel—. Me dijo que la chica había encontrado algo en el libro que cambiaba la historia de Burgos.
El inspector anotó hasta la última palabra que había dicho el concejal y dio por terminada la conversación.
—Muy bien. Le dejo aquí una tarjeta para que, si averigua algo o recuerda otra cosa que nos pueda interesar, se pueda poner en contacto con nosotros.
Se despidió con la cortesía acostumbrada hacia un cargo electo y se apresuró a reunirse con su compañero Óscar.
Óscar, por su parte, sólo había averiguado que Manuel había ido y tornado varias veces a lo largo del lunes y que la última vez que se le vio por los pasillos, todos lo habían visto hablando con el Padre Ángel. Los dos inspectores se dirigieron a la comisaría para poner en conocimiento de Mariano todo lo averiguado.
—Según comentan todos… el Padre Ángel lleva los asuntos de la Diócesis y trata regularmente con todos los concejales del Ayuntamiento. Así que no es difícil que hubiera hablado en cualquier momento del día con él —explicó Óscar.
—Muy bien, sin embargo, me interesa sobre manera los temas que trataban —solicitó Mariano—. Hay otro cura involucrado con Manuel y Andrea. Quiero que uno de vosotros visite a ese tal Padre Ángel… y que el otro se acerque hasta la parroquia de San Gil Abad y pregunte por el Padre Alfredo. Este último resulta muy intrigante en toda la historia y quiero que le hagáis saber que estamos en busca de Manuel, que sabemos que había concertado una cita con él y que conocía a Andrea. No le expliquéis más. Quiero que sea él quien hable.
—Además… —intervino Óscar, que no había terminado de explicar todo lo que había averiguado—… el sospechoso ha sustraído documentos del archivo municipal. Todos ellos referentes a obras públicas de la Plaza Mayor, de la Casa del Cordón, del Puente de San Pablo y todo lo relativo al Monasterio de San Pablo, del Aparcamiento de Caballería y de los contratos del Museo que se está construyendo allí.
—Eso indica que, seguramente, Manuel estaba aprovechando su puesto para algún interés particular —comentó Mariano—. Marchad con urgencia. Quiero tener cuanto antes las respuestas de esos dos hombres sobre mi mesa.
Andrés, llegó hasta el pequeño obelisco que había junto a la Iglesia de San Gil.
Aparcó en el mismo lugar donde terminó accidentado el coche de Manuel y se dirigió hacia la verja de acceso al recinto siguiendo el mismo recorrido que llevara el maltrecho hombre veinticuatro horas atrás.
Al momento sintió un agudo pinchazo en sus fosas nasales. Un acentuado olor a amoniaco trascendía desde la piedra de aquellos suelos. Desde la verja, descendía un reguero gris ya seco. Andrés se arrodilló y acercó la nariz. Se confirmó su sospecha cuando aspiró sin la menor mesura. Su frente se inundó de aquel ácido aroma que parecía perforarle el cerebro. Lejía y amoniaco, reconoció.
Se reincorporó como un resorte y llamó a la puerta de la iglesia. Un hombre de avanzada edad se mostró y lo sonrió sutilmente.
—Buenas tardes tenga usted. ¿Qué desea?
—Venía a preguntar por el Padre Alfredo –solicitó exhibiendo sus credenciales.
—Está usted hablando con él —respondió abriendo la puerta por completo y ofreciéndole entrada.
—Muchas gracias.
Andrés accedió a la casa y, siguiendo las indicaciones de Alfredo, entró en el salón.
—Tome asiento por favor —dijo gentilmente Alfredo.
—Gracias.
—¿A qué atiende su visita, señor? –preguntó solícito.
—Verá… —comenzó a hablar sin perder mucho tiempo—, soy el inspector Andrés… estoy investigando la desaparición de una persona.
—¿De quién? —se alteró Alfredo con sofoco y preocupación.
—¿Conocía usted a Don Manuel Velasco?
—Sí. Lo conozco desde ayer por la mañana. De hecho, habíamos quedado en vernos ayer a las dos y media de la tarde para hablar de un asunto del Museo de la Evolución —se apresuró a informar para que no cupiera duda de su franqueza, no fuera a ser que el inspector estuviera bien informado.
—¡Ah! —Andrés hizo anotaciones en una libreta y mostraba satisfacción por la respuesta tan cercana a lo que él conocía—. ¿Y se puede saber qué era eso de lo que iban a hablar?
—Pues verá… —Alfredo se alejó hacia la cocina para ir en busca de una tetera que lo esperaba humeando—. Si me disculpa un instante, voy a por un té que me estaba preparando. ¿Le apetece un café o alguna cosa?
—No, muchas gracias.
Andrés revisó el salón, lúgubre y cálido al mismo tiempo. Estaba repleto de imágenes de santos y beatos. Había una cruz adherida a un rosario enorme y, en un rincón, una gran Biblia abierta decoraba una mesita presidida por un busto de la Virgen.
—Así que ha desaparecido… ahora entiendo que no viniera. Ya me extrañaba con lo interesado que se había mostrado —fue diciendo Alfredo desde la penumbra del pasillo, entrando ya en el salón— Por lo que sé… al parecer, Don Manuel había convocado una beca para un proyecto de diseño del Museo. —Se sentó frente a Andrés mientras sostenía un plato con una mano y la taza con la otra—. Una de las becadas se presentó la semana pasada en la parroquia preguntándome por cómo eran los suelos del Monasterio de San Pablo…
—San Pablo era el Monasterio que estaba donde hoy se construye el Museo. ¿No? —se interesó Andrés.
—Exactamente —confirmó Manuel—. Realmente ella me preguntó si en los suelos del Monasterio había alguna gran cruz griega. Que yo recordara en aquellos momentos, no había más que un gran círculo con una flor dibujada dentro. Pero el lunes encontré un grabado que me llamó la atención…
—¿Lo tiene a mano para mostrármelo? —le interrumpió Andrés.
—A mano… sí. En la sacristía tengo la carpeta que no llegué a entregarle a ella… porque la pobre murió en un accidente en Madrid.
—¿Sabe eso?
—Sí. Fui a la residencia justo en el momento en el que informaron a Don Manuel de la mala noticia. Espere un momento, y le traigo la hoja que le había preparado a la muchacha.
Alfredo se levantó y volvió a salir por el pasillo. Aprovechó el paseo para liberar tensión y respirar profundamente. Caminó con rapidez para evitar que el inspector lo siguiera. Entró en la sacristía, extrajo todos los papeles de la carpeta y los guardó entre unos cuantos libros. Después, cogió aquél al que se había referido y regresó junto a Andrés.
—Creo que era un elemento en el que la chica quería basar su diseño… y, según me comentó Don Manuel, él quería utilizarlo como homenaje por su muerte.
Andrés cogió la hoja y vio la flor diseñada por la piedra.
—¿Qué tiene de peculiar?
—Poca cosa en realidad. La chica preguntó por una cruz griega… y esa flor estaba formada por dos cruces griegas entrelazadas. —Alfredo se las señaló con la punta de un lápiz—. Tal vez es el elemento que ella buscaba… vaya usted a saber por qué.
¡BLIIIIIIB! Sonó el teléfono de Andrés. Era Mariano.
—Disculpe, Don Alfredo.
—Por favor –asintió galante.
—Dígame… —reclamó Andrés tras descolgar.
—Andrés —dijo la voz de Mariano—, se ha recibido una denuncia desde el aeropuerto de Barajas. Un coche ha hundido el maletero de otro en el aparcamiento. Ha resultado ser el coche de Manuel Velasco. Hemos confirmado que ha tomado un avión con destino a Brasil. Termina con lo que estés haciendo y regresa para elaborar el informe.
—Muy bien, inspector… enseguida.
Alfredo observaba a Andrés con atenta mirada.
— Don Alfredo… creo que ya hemos terminado el cuestionario. Muchas gracias por su cortesía.
— A mandar, hijo… espero que se encuentre bien. Parecía un hombre afectado.
— Yo también lo espero. Buenas tardes, padre.
— Buenas tardes.
Según apuntaban las pruebas desacertadamente, Manuel había escapado del país y los interrogatorios carecían de excesiva importancia.
Óscar, en tiempo paralelo al que Andrés empleó en visitar a Don Alfredo, se dirigió al Obispado. Una vez allí, ante él, se presentó un hombre con traje negro y alzacuellos. Era agraciado, alto y esbelto. Mostraba una sonrisa que parecía haber sido tocada por un haz de luz divina, pues ostentaba serenidad y sosegaba el ánimo de quien lo viera. Sus ojos eran claros y brillantes y la piel se plegaba alrededor en un acogedor y entrañable gesto.
—Buenos días, me han dicho que preguntaba por mí.
—Buenos días. Soy el inspector Óscar y venía a hacerle unas preguntas en referencia a Don Manuel Velasco.
—¿Manuel? Por supuesto. —Adoptó un gesto serio y sereno al tiempo—. Pero… ¿Me puede informar de la naturaleza de esas preguntas?
—Verá. Don Manuel está siendo investigado por varias causas y, además, ha desaparecido con información de gran importancia.
Al Padre Ángel se le paró el corazón por un instante. ¿Qué podría saber la policía sobre aquellos documentos que estaban en su poder en aquel preciso momento?
—Pues usted dirá. —Se entregó plenamente a la curiosidad inspectora relajando el tono de su voz.
—En primer lugar… me gustaría saber de qué trataban en sus conversaciones.
—Discúlpeme pero… no entiendo ¿A qué conversaciones se refiere? —preguntó extrañado.
—Bueno… nos han comentado que hablaban regularmente en el Ayuntamiento y que usted visitaba su despacho semanalmente.
—Pues… simplemente hablamos de todo lo relacionado con el urbanismo que afecta a los terrenos de la Iglesia.
—¿Sobre el lugar donde se está edificando el Museo de la Evolución hablaban también?
Ángel entornó los ojos inconscientemente, sorprendido por la dirección tan concreta que parecían tomar las consultas del inspector.
—Sí. De hecho… últimamente nos encontrábamos a menudo para hablar de… bueno –rectificó—, no del Museo en sí, sino de la investigación en los yacimientos de Atapuerca. Tenga en cuenta que la Caja de Ahorros y Monte de Piedad… está invirtiendo mucho dinero en ello.
—Muy bien —dijo Óscar mientras anotaba en su libreta signos de taquigrafía—. ¿Cuándo fue la última vez que tuvieron conversaciones a ese respecto?
—Pues —dudó Ángel—… creo recordar que el martes de la semana pasada. Nos encontramos en el edificio en construcción y hablamos sobre unos documentos que necesitaba llevar al Obispado sobre previsiones de gastos de la excavación y esas cosas.
Óscar pareció querer sosegar sus ánimos tomando aire profundamente. Sabía que el día anterior al mediodía el Padre Ángel y Manuel se encontraron en el despacho del segundo.
—¿Conoce a Andrea Martínez? —Preguntó bruscamente.
—No —respondió Ángel sin dudar un instante—. ¿Quién es?
—Era una alumna de la beca que había promovido Don Manuel. Se la solía ver con él los últimos días.
—Ahora que lo menciona… aquel día estaba con una joven que, al parecer, se había perdido por Burgos y se había descolgado de sus compañeros.
—¿Le comentó alguna cosa sobre ella o el proyecto que estaba elaborando?
—No… no. Nunca hablábamos de otra cosa que no fuera estrictamente lo que respecta a Iglesia—Ayuntamiento.
—¿De qué hablaron ayer usted y Don Manuel?
—¿Perdón? —se vio desarmado Ángel al escuchar aquella pregunta.
—Antes le he preguntado que cuándo habló con Manuel por última vez sobre los temas que les ocupan… Usted me ha respondido que hace una semana. —A Ángel le palideció la tez e intentó tragar saliva sin que se le notara—. Ahora, sin embargo, me comenta que no habla con él de otro tema que no sea lo estrictamente profesional y, por lo tanto, me pregunto qué era de lo que hablaron ayer. Pues… según nos han informado, usted es, posiblemente, la última persona en verlo.
—Es cierto. Fue un encuentro fugaz. Ni siquiera fui a verlo a él… —frunció el ceño y adoptó un tono magistralmente creíble—. Pasé junto a la puerta de su despacho justo en el momento en el que él salía con mucha prisa. Hablar… lo que se dice hablar… no hablamos. Todo se quedó en un saludo… él me informó de que ya estaban preparados los documentos que le había solicitado y se marchó.
—Ya. —Óscar siguió anotando con los mismos rasgos ilegibles.
—Pero, tal vez no fui yo él último en ver a Manuel. Quizá, aquél que nos vio hablando, lo siguió viendo después de que nos despidiéramos él y yo –concluyó, mirando con firmeza al inspector.
Óscar levantó la mirada hacia los ojos de Ángel.
—Es posible. ¿Le dijo hacia dónde se dirigía? —preguntó sin hacer demasiado caso al comentario del Padre Ángel.
—No. Simplemente se despidió y bajó al aparcamiento.
—De acuerdo, pues ya está –finalizó de pronto, guardando su pluma y la libreta—. Muchas gracias por su tiempo. —Le ofreció la mano para despedirse—. De todas formas, si recuerda alguna cosa, llame a este teléfono. —Sacó una tarjeta del bolsillo y se la ofreció—. Y, tal vez nos veamos con la necesidad de hacerle más preguntas sobre las obras en el Museo de la Evolución.
—Pues quedo a su entera disposición. —Sonrió fraternalmente.
Al despedirse de Ángel, Óscar se acercó hasta el Ayuntamiento. Subió al despacho de Manuel y preguntó por la posibilidad de que tuvieran algunas plazas de aparcamiento reservadas para los trabajadores. Le comentaron que había un grupo de plazas reservadas pero que no había una concreta para nadie. Desde allí, siguió el camino hasta el aparcamiento y, nada más llegar a la zona reservada para los funcionarios y cargos públicos, sintió un inconfundible olor a lejía y amoniaco. Ya se había disipado por el tiempo, pero flotaba en el ambiente como si quisiera permanecer allí, estático.
Sin hallar nada relevante, regresó a las oficinas y, de camino, un mensaje en el teléfono le indicó que Mariano lo había intentado localizar. Una vez que llegó junto a todos sus compañeros, averiguó la razón.
Unificaron los resultados de los interrogatorios, elaboraron un extenso dossier y archivaron el caso bajo el sello de “En Busca y Captura”. Sin embargo, en aquellos papeles no figuraban detalles que se habían ofrecido sin relevancia a los ojos de los inspectores. Detalles que no llegaron a comentar entre ellos por no haberles encontrado relación con todo lo demás. Grapadas, todas las hojas de las libretas de los oficiales, se sumaron dentro del mismo cajón, casi ilegibles, por hábito más que por interés o valor documental. Hojas que nadie daría mayor importancia.
Aquél mismo martes, los becados, a excepción de Sonia, abandonaron la ciudad con pesadumbre y desconcierto. Estaban sobrecogidos por las noticias acaecidas y, víctimas de su prolífica imaginación espoleada por la escasa información recibida, se miraban en silencio figurándose una historia truculenta y escabrosa.
Mientras tanto, Sonia caminaba por la plaza mayor, decidida. Se dirigió al ayuntamiento y, sin vacilar, preguntó a la primera persona con cara de funcionario:
—Disculpe... –revisó un papel que portaba en la mano—... ¿La... concejalía de urbanismo, por favor?
El hombre, la miró con atención y le dijo:
—Sí... mire. ¿Ve aquella ventanilla? –Sonia siguió con la mirada el dedo de aquel individuo—. Allí responderán a todas sus dudas.
El hombre, recogió su brazo tal y como lo había extendido, dribló a la muchacha y se alejó como si nunca le hubiesen hecho pregunta alguna. Sonia, sin darse por aludida, se acercó a la ventanilla de información y desplegó la documentación que portaba en su carpeta.
—Buenos días, venía a poner una queja formal.
—Buenos días –respondió una mujer sonriente, de mirada experta—. Así que usted quiere poner una queja.
—Una queja formal –especificó—. Tengo todo redactado y la documentación pertinente.
—Muy bien. Y... esa queja formal... ¿A qué departamento va destinado?
—A urbanismo por la cancelación de una beca, sin previo aviso, sin notificación oficial que proponga una solución...
—Muy bien –intentó intervenir la responsable de atención al ciudadano sin éxito.
—...con la circunstancia de que el resto de los becados se han marchado sin hacer su propia notificación firmada. Además...
—Perdone –intentó decir la mujer.
—...quiero reclamar todos los derechos sobre la beca porque tengo el trabajo avanzado y no me resigno a aceptar...
—Disculpe –elevó la voz su interlocutora.
—...que me manden a mi casa.
—¡Ya está bien! –gritó al fin—. Disculpe, si hace el favor.
Sonia estiró el rostro con los ojos expandidos con desagrado.
—No me grite –dijo.
—Si es que, señora, usted no escucha –le comentó con simpatía y la misma sonrisa amable del principio—. Le estoy intentando decir que yo sólo le puedo facilitar información. Que, sólo le he preguntado a qué departamento va destinada su queja para poderle decir dónde debe dirigirse.
Sonia recogió sus papeles con disgusto, sin mirar al rostro que le hablaba.
—Muy bien. ¿Dónde está el responsable de urbanismo?
—Bueno, las quejas no las gestiona esa persona –explicó—. Usted tiene que subir...
—Esta vez sí me voy a hacer cargo de la queja –se pronunció la voz firme de un hombre a espaldas de Sonia.
—¿Usted? –dijo Sonia con asco en el rostro.
—Sí, yo –respondió el concejal de urbanismo.
—Usted me ha obviado cuando le he preguntado...
—Es que, no me dedico a recoger quejas. Se denomina “protocolo”. Pero nos lo vamos a saltar y voy a agilizar las gestiones.
Sonia miró a su alrededor contrariada.
—Comencemos por su queja formal –solicitó—. ¿Tiene dos copias? —Sonia Asintió—. Muy bien... permítame. —Sonia le extendió las hojas, inquieta—. Disculpe, Rosa... ¿Podría sellar una copia para la Señora... –revisó la hoja en busca de la reclamante—... Leguizamón, por favor?
La mujer, presta, correspondió con la petición del concejal devolviéndole la copia a la propietaria.
—Además –comentó Sonia—. Tengo una solicitud para hacerme con la Beca final por ser la única participante con un desarrollo completo y no abandonar como sí ha hecho el resto de mis competidores.
—Permítame su solicitud, por favor –solicitó el concejal. Lo leyó y se lo entregó a la responsable de atención al cliente—. Rosa, por favor.
—Por supuesto –respondió aquella con una sonrisa igual de amplia pero con un matiz claramente diferente.
—Y... Sonia, me permite revisar su proyecto.
—Con mucho gusto –aceptó Sonia entregándole la carpeta—. Están los originales y las fotocopias... por supuesto, me llevo los originales.
—Por supuesto... si me lo permite, lo cotejo rápidamente.
Sonia asintió. Rosa regresó con la copia sellada. El concejal, revisó el proyecto de Sonia fugazmente, pero algo lo detuvo. Miró a los ojos de Sonia y sonrió.
—Dibuja usted muy bien –admitió el concejal.
—Gracias –se pavoneó ella.
—Me encanta dibujar –le comentó el concejal con una sonrisa afable—. Soy arquitecto... Aunque yo quería ser pintor... Pero, la vida te va marcando un compás que, aunque no vaya con el ritmo de uno... termina por hacerte caminar a su son.
—Entiendo –susurró Sonia.
—¿Tiene un lápiz por ahí, a mano? –solicitó, con voz serena.
—Por supuesto –respondió al tiempo que hurgaba en su bolso localizando uno al instante—. Aquí tiene.
—Si me permite me gustaría dejarle mi impronta.
—Se lo agradezco –aceptó Sonia, alagada.
El concejal apoyó los documentos en el mostrador e hizo activarse el movimiento de su muñeca. La fricción de la mina de lápiz era ágil e incesante. Y duró poco. Muy poco. Excesivamente poco.
Sonia se extrañó y se quiso asomar en el instante en el que el concejal se giró hacia ella.
—Ya está –informó—. Verá. Le propongo algo –Sonia levantó las cejas, presta a escuchar—. Usted sigue con su queja en firme y yo me quedo con su proyecto original para testar qué es suyo y qué le ha robado a cada uno de sus compañeros de beca.
—¿Cómo se atreve?
—O se lo lleva y se olvida de tonterías.
Según terminaba de decir la palabra “tonterías” reforzando cada sílaba de manera insultante, levantó un dibujo de un edificio que recordaba a unos bocetos que el concejal había visto entre las pertenencias de Andrea. Abajo, una mancha de grafito dejaba ver una firma en blanco donde rezaba el nombre de la desaparecida.
—Y, para el futuro, recuerda que la goma no es fiable en un cien por cien.
Sonia se mostró indignada. Miró a los rostros del concejal y de Rosa seguidamente, insegura. Rompió sus papeles sellados.
—Eso dice mi padre –comentó Rosa entre sutiles carcajadas—. Que es farmacéutico.
El concejal rió, con contención, no se esperaba el comentario de Rosa ni la interpretación a sus palabras y sujetó con evidente firmeza el proyecto. Sonia titubeo y, al fin, sostuvo con fuerza su maleta con una mano y, con la otra, se agarró a su mochila, se dio la vuelta y...
—Por cierto, Señora Leguizamón... –Sonia se giró, rabiosa—. ¿Le ha dicho al inspector dónde estuvo el viernes pasado?
—¿A usted qué le importa?
—Llame a la comisaría, Rosa, por favor.
—Sí –respondió Sonia—. Ya me han investigado y también mi coartada.
—Oh. Tiene usted coartada, pero... ¿Es inocente?
Sonia arrugó el gesto, asqueada, ni se inmutó, volvió a darle la espalda y, como todos los becados, abandonó Burgos para siempre.
Rosa se acercó al concejal.
—¿Va a dejar que se marche? –se interesó.
—Si tiene algo que ocultar, el Mundo no es tan grande.
—Llamo a la comisaría ¿No?
—Sí, por favor. Diles que tenemos más documentos sobre el caso de Andrea.
—Muy bien.
-
EL SECRETO MEJOR GUARDADO
Fernando no pudo dormir desde que había terminado la conversación con Alfredo en la noche del lunes al martes. Y no porque no lograra cerrar los ojos, sino porque cuando llegó a su celda eran las siete de la madrugada y a las ocho tenía que acompañar a su mentor en los Santos Oficios.
Dejó su crucifijo debajo de la almohada, se dio una ducha fría y marchó.
Estaba deseando que llegaran las tres de la tarde. Había quedado con el Padre Alfredo en la parroquia de aquél para dirigirse juntos hacia el Monasterio de San Pedro de Cardeña.
Se adelantó hora y media. Cuando llegó, notó al Padre Alfredo inquieto y meditabundo.
El anciano, sin decirle una palabra sobre la visita de la policía, que acababa de marchar, ni sobre lo que aconteciera por la tarde anterior frente a la iglesia, se acercó hasta la capilla y, arrodillado, comenzó a rezar.
Después de unos minutos, se reincorporó, se santiguó y le ofreció algo de comer al joven, que aceptó con notable apetito.
Alfredo miró con seriedad a Fernando.
—¿Sabes lo que queda del Monasterio primigenio de San Pedro de Cardeña? —le dijo casi en un suspiro.
—Sí, Padre Alfredo. Lo único original que queda es el Claustro de los Mártires y la Torre Cidiana —respondió Fernando, que ya se había informado nada más llegar a su habitación antes de la misa.
—Entonces está claro ¿no? Los constructores no iban a levantar, a la vista de todos, los suelos que ocultan las Reliquias. Por lo tanto… tienen que estar en algún lugar de la torre. Dentro de un muro extrañamente ancho o bajo las losas… o bajo las escaleras —intentó ajustar su tiro sabiendo que no tendrían muchas oportunidades antes de levantar recelos entre los cistercienses que vivían entre aquellas paredes.
—Yo apuesto por las escaleras. Seguramente debajo del primer tramo —dijo Fernando.
No sabían muy bien cómo iban a alcanzar su propósito, pero aquello no los retuvo. Alfredo conocía el lugar y veía fácil acercarse hasta el muro más antiguo del Monasterio, que, además, era el de la torre pretendida. Estaba a la derecha de la iglesia, dando al exterior, y a escasos metros de un camino. Sería fácil deslizarse de noche desde el boscaje, pero, frente a ese muro, había unas casas desde las que se les podía ver. Apenas eran cinco metros desde el último árbol hasta la torre, sin embargo suponía demasiado riesgo y Alfredo no era un espía internacional, ni mucho menos y, al mismo tiempo, era un gran amigo del Abad.
La única posibilidad era entrar por la puerta, visitar a sus hermanos, acceder a la iglesia e intentar penetrar en la Torre con autonomía. De tal modo que Alfredo se puso en contacto con el Abad Don Mario para advertirle de su visita.
—Reverendísimo Señor Don Mario… —comenzó a decir Alfredo.
—Alfredo, viejo amigo —lo reconoció el Abad con su agudo oído.
Contaban casi con la misma edad, Alfredo setentaidós y Don Mario a punto estaba de cumplir sesentaiocho.
A pesar de la estrecha relación que habían llegado a tener y de conocer la recta actitud y la pureza del alma del Abad, Alfredo no le invitó a conocer sus intenciones. En realidad, aterrado por lo que pudiera acontecer con el Padre Ángel, que estaba en posesión de los documentos originales, Alfredo no quería complicarle la existencia a nadie más.
—Lo llamo para avisarlo de mi intención de hacer una visita a su Monasterio…
—No es mío, Don Alfredo… es de Dios… y por lo tanto, de todos los hombres de buena voluntad —comentó ceremonioso y dicharachero al tiempo.
—Pretendo hacer la visita con un recién ordenado sacerdote que creo que debe conocer la gran historia que se guarda entre esas piedras. Los doscientos mártires, el paso de las hijas del Cid, y tantas cosas que no saben igual contadas fuera de aquel lugar… siempre que usted nos dé su bendición.
—Venid a la hora que os plazca… seréis bienvenidos y podréis disponer de cada estancia para recrear vuestro sabio recuerdo de la historia.
Cuando las campanas de San Gil tañeron definiendo la hora a la que habían quedado, salieron a la calle donde el coche de Fernando los esperaba. Alfredo se apoyaba ligeramente sobre un bastón que Fernando jamás le había visto usar y tampoco se atrevió a preguntarle por la causa que le había obligado a utilizarlo en aquel momento.
Al llegar ante el Monasterio, comprobaron que el Gótico había dejado alguna sutil impronta en sus edificios. Sin embargo, el Neoclasicismo se había apoderado de todo, envolviendo el recinto de un aura demasiado sofisticada para la trascendencia de aquel lugar.
Los dos se bajaron del coche con tranquilidad y se acercaron hasta la puerta de entrada.
Era una construcción sorprendentemente grande. Uno no era capaz de percatarse de aquello hasta que se ponía a caminar hacia ella y se iba sintiendo cada vez más insignificante.
El propio Abad los salió a recibir con un tono cordial y cariñoso.
—Sed bienvenidos hermanos… esta es vuestra casa y podéis disponer de cuanto tenemos.
—Reverendísimo Señ… —intentó decir Fernando.
El abad levantó la mano con afecto para indicarle que se dejara de formulismos y protocolos.
—Sois amigos, al menos en calidad de amigos os recibo… si no… me habría quedado donde estaba.
Se carcajeó afablemente y los dos lo acompañaron en sus risas, Alfredo abiertamente y el joven Fernando con más recato.
—Alfredo… ¿Usas bastón? —se percató el Abad.
—No, Mario… él me usa a mí para sentirse útil. —Rió—. Lo utilizo para buscar agua y cosas preciosas.
Rieron juntos Mario y Alfredo mientras a Fernando se le desencajaban las facciones de la cara al escuchar cómo frivolizaba Alfredo convirtiendo la verdad en chiste y haciendo un juego de palabras tan insultante.
Los dos hombres, de vida dilatada, recordaron anécdotas del pasado y se contaron alguna más reciente y, después de una hora de palmadas en la espalda y entusiasmada demostración de amistad, Fernando y Alfredo se encontraron solos en mitad del Claustro de los Mártires. Desde allí se marchó Don Mario en busca de sus quehaceres diarios.
—Dudo que se encuentren los tesoros en este lugar ¿Verdad? —se reiteró Alfredo con mirada cómplice.
—Verdad —asintió Fernando con una sonrisa.
Alfredo lo miró entornando los ojos.
—Pues… vamos a caminar con tranquilidad mientras te cuento cosas de este Monasterio.
Comenzaron recorriendo el atrio con zancadas pausadas y cortas. Después, lo rodearon por el paseo cubierto, cuyo suelo estaba formado por mosaicos de cantos creando diferentes motivos a cada paso y, después, se dirigieron hacia la iglesia.
A cada pisada, mientras hablaba sin parar, Alfredo iba golpeando suavemente el suelo para acostumbrar a los presentes a tal acto como algo natural, y para acostumbrar su propio oído al sonido del suelo compacto para diferenciarlo del lugar que buscaban. De momento, todos los golpes pulsaban firmes y compactos, tal y como esperaban.
Al entrar en la iglesia, miraron las cámaras mortuorias.
—“Lapidem Fundi” –comentó Fernando en un instante de duda.
En seguida Alfredo negó con la cabeza. Ya había valorado aquello anteriormente y, el día anterior, había marcado su objetivo. Sabía que a lo largo de los siglos, se abrían infinidad de veces aquellas sepulturas y, por lo tanto, era imposible que se guardara allí cosa alguna que no fuera la osamenta de algún hombre pío.
—Esta iglesia se reedificó allá por el siglo XVI —explicó Alfredo—. Para hacerla, se tuvo que derribar la anterior, de la que sólo queda la Torre Cidiana –dijo con voz potente—, que es robusta y resistente. Su construcción data del siglo X.
—¿Del siglo X? Pero… —intentó decir Fernando.
Alfredo negó con la cabeza y lo miró intensamente. No quería que pudiera hacer comentario alguno sobre el hecho de que aquello no coincidía en tiempo con lo que les había llevado hasta allí.
—Esa torre, es el testigo absoluto de todo lo que ha acontecido por estas tierras –volvió a alzar la voz, didáctico.
Fernando comprendió la estrategia que pretendía seguir su compañero de aventura.
—¿Se puede visitar? —dijo al fin.
—Por supuesto —respondió Alfredo, aprovechando que se acercaban a un sacerdote—. Salvo que nos digan lo contrario… Disculpe…
—Claro que pueden pasar a verla —respondió el monje sin dejar que Alfredo terminara la pregunta—. Es una construcción de las que hay pocos ejemplos en el mundo. —Sonrió—. No se puede visitar el Monasterio sin subir a lo alto de la torre —aseveró antes de despedirse y dirigirse hacia el presbiterio.
—Pues aquí estamos —comentó con naturalidad Alfredo mientras golpeaba insistentemente las losas a su paso.
—Sí —denotó nervios Fernando.
Alfredo caminó hacia la escalera. Miró a ambos lados cerciorándose de todo lo que los rodeaba y, cuando comprobó que no había nadie cerca, tanteó el suelo.
—¿La primera piedra, no estará bajo las escaleras? –Se preocupó Fernando.
Alfredo se acercó al muro sobre el que reposaba la escalera y, de pronto, el sonido de los golpes en aquel suelo cambió. No se sabía lo que había bajo aquellas losas pero, desde luego, no era la tierra compacta que soportaba al Monasterio.
Fernando dejó sonar su sorpresa en un suspiro extraño. Alfredo le hizo un gesto solicitando que se controlara y siguió hablando mientras tanteaba las piedras colocadas en sillar.
—La Torre se llama Cidiana simplemente por su relación histórica con el Cid. A lo largo de todo su destierro, ha dejado su nombre en infinidad de estructuras. Y... la primera piedra no tiene por qué ponerse debajo del resto y, la que buscamos, no tuvo por qué ser la primera en ponerse.
—Pero... usted dijo que “lapidem fundi” se refiere a lo que antiguamente denominaron “la primera piedra”, pero en clave.
—Y, dentro de la clave, entran muchas estrategias más. ¿No crees?
Unas pisadas se comenzaron a acercar y Alfredo, que se encontraba de rodillas con el oído sobre una losa, se vio imposibilitado para levantarse con rapidez y, como aquella situación le resultaba embarazosa, apremió a Fernando.
—Sal a hacer cualquier pregunta, corre —susurró.
Fernando salió inmediatamente para atajar a quien anduviera por la iglesia.
Alfredo, apoyando su peso en el bastón, se irguió del todo mientras observaba las juntas de las piezas que formaban los muros y los suelos. Entre losa y losa se veían diminutas fisuras que reverberaban un leve eco que procedía de alguna oscura y profunda lejanía. No había duda, allí tenía que estar, a menos que fuera una cámara vacía que empalizara tan sólo aire antiguo.
Como un soplo de brisa helada, Alfredo se percató de que Fernando no había llegado a pronunciar una sola palabra al salir de la torre al encuentro de quien quiera que se les acercaba. En aquel instante, los pasos se volvieron a escuchar entrando con diligencia en la torre a la espalda del anciano, el cual, cerrando los ojos intensamente y tomando aire profundamente, dijo:
—Padre Ángel.
Al abrir los ojos y girar el rostro hacia la respiración que sentía a su lado, se encontró la sonrisa perfecta y afectuosa del mismo que había mentado.
—Impresionante —dijo Ángel—. Pensaba haber venido a esperarte pero… ¡cuál ha sido mi sorpresa! Cuando he llegado, me han informado de que… un buen amigo del Abad andaba por estos lugares.
—Mario no sabe nada de esto —aseguró Alfredo que, de pronto, se estremeció de terror y de arrepentimiento.
¿Qué hacía un anciano involucrando a un sacerdote joven y a un abad consolidado, en una trama turbia y conflictiva que arrastraba más de mil años de disputas, luchas, devastación y conspiraciones? Pura codicia. Se sintió mezquino al darse cuenta del peligro en el que había metido a los dos.
Ya, cuando había ido en busca de Andrea, Alfredo pretendía averiguar hasta donde había llegado ella en sus investigaciones en vez de ir a darle, tal y como explicara primero a Manuel y más tarde al inspector, la información que le había solicitado la muchacha.
Alfredo, en aquella Torre, en aquel momento y junto al Padre Ángel, cuyas razones desconocía, asumió lo que le pudiera suceder como castigo a su pecado egoísta.
—A mi edad… —se escapó de su boca en un etéreo aliento, lamentándose de sus actos.
—A tu edad, mi querido Alfredo… mintiendo por puro hambre de poder.
—No fue hambre de poder, Padre Ángel —se defendió—, ha sido para proteger los tesoros de la gente.
—¿No eras tú quien protegía las almas de esa gente? Ahora va a resultar que esa gente no es de tu confianza.
—Podría decirlo al revés, Ángel. Que quería librar al mundo del afán de poder si descubrieran su existencia.
—Para eso, estimado amigo, habría sido mejor no remover la Historia? —razonó Ángel.
—Sí, pero no sabía cuánta gente podía conocer todo lo que había encontrado la joven —explicó Alfredo.
—Yo, sin embargo —dijo Ángel mientras rodeaba a Alfredo con pasos lentos—… creo que has mentido por tu propio afán… por tu propia satisfacción… por esa sed de descubrir y tocar con tu propia piel lo más sagrado que ha existido sobre este mundo.
Una voz se escuchó al fondo de la iglesia. Estaba exaltada y parecía elevarse reprendiendo a alguien. Alfredo esquivó el hombro de Ángel con la vista y miró por la puerta al tiempo que, el otro, se giraba exasperado. Ángel, poniendo la mano sobre el pecho de Alfredo, lo empujó hacia el rincón del fondo y salió a ver qué sucedía. Alfredo perdió el equilibrio y se golpeó la cabeza contra el muro.
Todo se hizo borroso al momento pero pudo distinguir la voz de su amigo el Abad. Ángel voceó algo y entró de nuevo junto a Alfredo. De fondo se comenzó a formar un revuelo en la iglesia y las voces se fueron alejando. Detrás de Ángel se aparecieron dos hombres vestidos con traje oscuro, reincorporaron a Alfredo y lo sentaron en un escalón. Después, se agacharon en la zona donde los bastonazos de Alfredo habían repercutido con sonido hueco.
—¿Quién más sabe esto? —preguntó Ángel con su tono más suave y gentil, inclinado hacia él.
Alfredo aún oía las cosas como si se filtraran por medio de un radiotransmisor mal sintonizado y miró a Ángel con desconcierto. Las voces de la iglesia se alejaban cada vez más pero parecían incrementar su hostilidad, aunque él no alcanzaba a comprender lo que estaba sucediendo.
Don Mario se había acercado hasta allí alertado por el séquito que acompañaba a la última visita recibida por el Monasterio: Ángel había entrado con diez hombres, todos ellos vestidos con traje oscuro, y los había paseado por todo el recinto sin haberlos identificado a la entrada.
Al llegar junto a ellos para exigir una explicación, Ángel había requerido a sus hombres que se lo llevaran de allí y que cerraran todos los accesos de la iglesia. Don Mario no pudo dar crédito y se reveló con furia. Sin embargo, su corazón se resintió, pues ya arrastraba problemas cardiacos. Los Cistercienses, que comenzaban a acercarse a la iglesia en defensa del Monasterio, recogieron a su Abad con preocupación, se dieron órdenes unos a otros y se apresuraron a llevarlo a la enfermería.
Los hombres que acompañaban a Ángel, entonces, pudieron sellar las puertas tal y como les fue encomendado mientras, dos de ellos, hacían guardia en el acceso Sur. Dentro de la iglesia, ya sólo quedaban esos diez hombres junto con Ángel, Alfredo y Fernando, el cual había sido reducido, apenas hubo salido de la Torre Cidiana, por uno de los lacayos de negro.
Ángel se aproximó a Alfredo de nuevo.
—Es igual, Alfredo. En realidad, ya da igual cuánta gente lo sepa. Como bien has dicho tú, no sabemos a cuántas personas se lo pudo contar la muchacha… porque, dudo que Manuel se lo quisiera revelar a demasiada gente. Si se quiso poner en contacto contigo sería porque tenías algo que le interesaba. Supongo que información que él no era capaz de extraer de todo lo que la chica había recopilado —hablaba Ángel con su sonrisa más piadosa, que resultaba convincente hasta un punto desesperante para Alfredo—. Qué buen trabajo hizo esa muchacha —comentó con franca admiración.
—Sin ella jamás habrías podido llegar hasta aquí ¿Verdad? —se burló Alfredo.
—Sin ella, mi trabajo era extremadamente sencillo —le contradijo serenando el rostro y borrando la sonrisa—. Solamente tenía que cerciorarme de que en cada proyecto, en cada nuevo levantamiento de terrenos, quedaran dudas y zonas inaccesibles que mantuvieran ocupadas a las mentes lerdas de los que han estado persiguiendo estas riquezas. Cuando uno tiene tiempo de pensar y perspectiva para hacerlo, acaba descifrando, incluso, los secretos de “La Piedra de Roseta” —continuó diciendo el Padre Ángel mientras el gesto de Alfredo se torcía por la incredulidad—. Desde hace mil ciento cincuenta años, hemos sido sesentaisiete los responsables de cuidar de las Reliquias. Fíjate, Alfredo, ni cuando ocuparon el Monasterio los musulmanes, ni aún entonces, corrieron tanto peligro.
—¿Me estás diciendo que tú conocías todo esto? —preguntó con el gesto desquiciado y el rostro pálido.
—De hecho… hoy por hoy sólo yo lo sé… y tú… y ese joven. Mis hombres, miopes y sordos, son unos engendros muy útiles y no suponen riesgos.
—No puedo creer –dijo Alfredo interrumpiendo a Ángel—… que la Iglesia ampare esta forma de operar. Asesinatos, raptos…
—No seas ingenuo, Alfredo. Mi mayor problema es la propia Iglesia. Yo fui instruido para cuidar de estas Reliquias desde niño y mi principal premisa era que el Vaticano jamás supiera dónde se hallaban.
Alfredo miró a los hombres que trabajaban en el suelo. Usaban unas extrañas varillas con las que parecían estar serrando las juntas de las losas.
—¿Por qué? ¿No tendría más sentido que fuera el Vaticano quien las conservara y, así, justificar su existencia en este mundo cada vez más deteriorado, tendente a un laicismo pervertido y con sucedáneos hostiles y cargados de fanatismo?
—Si “El Vaticano” poseyera esas Reliquias, el mundo tal y como lo conocemos se acabaría. El despotismo dominaría el mundo bajo las premisas del Papa…
—¡Eso no tiene por qué ser así! —se molestó Alfredo.
—Pero ése es el riesgo que se corre —afirmó categóricamente Ángel.
—¿Acaso alguno de esos sesentaisiete guardianes que habéis sido estabais exentos de correr ese riesgo? —preguntó Alfredo con tono firme.
—Sí —respondió con pasmosa seguridad—. Fuimos educados para ello. La prueba es que, si no, alguno habría podido hacerse con el poder mundial. Pero somos siervos de los hombres, y velamos por la igualdad entre ellos. Al menos, a priori. Después, si las vanidades ganan a las virtudes y la humanidad asume como borrega la autoridad de otros, no nos inmiscuimos… pero no podemos consentir que una persona ostente todo el poder universal sobre el resto de los hombres.
—¿Y si fuera honesto? Tal vez acababa con el hambre en el mundo.
—Si algún hombre fuera honesto, ninguno aspiraría a puestos de poder. Ninguno entraría en política ni ofrecería su candidatura a cosa alguna. Serían los demás, igual de honestos, quienes pedirían al más capacitado que los ayudara a gestionar y, aquél, con la misma virtud, accedería con una constante y fluida comunicación con sus vecinos. Tal vez… no habría gobiernos globales y, simplemente, habría comunidades pequeñas que se relacionarían entre sí mediante el sentido común. Pero no, el hombre consigue las cosas por la fuerza, por la mentira y por la confabulación.
—¿Y es más honroso matar? ¿Crees que tienes el derecho de matar a quien te plazca? —preguntó Alfredo con toda la rabia que pudo.
—Si te refieres a Andrea… fue un accidente. De hecho… el contacto que tengo dentro del Colegio de Arquitectos… me comunicó la fatal suerte de la chica al instante. En cuanto a lo de Manuel… he de confesar que me dolió en el alma. Era un gran hombre… pero no podemos permitir que la información saliera de donde estaba. Ahora, sin embargo, ya no tenemos constancia de cuántas personas conocen esto —suspiró con desaliento—, y posiblemente ninguna persona se lo crea a estas alturas de la Historia… pero no podemos comprometer la seguridad del Mundo. Los papistas están con el ojo vigilante.
—¿Me vais a matar a mí también? —retó Alfredo.
—No. Tú… vas a caerte trágicamente desde la Torre.
A Alfredo, al escuchar aquellas palabras, se le anudó la garganta y por un momento no pudo respirar.
—Entonces… Podrás decirme lo que harás con las Reliquias —le tentó—. Si tú no las vas a utilizar para obtener el poder del mundo… y nadie más las puede tener, sería mejor destruirlas.
—Eso es lo primero que se intentó. El fuego, la fuerza, un peso descomunal...
—¡Un volcán! –gritó Alfredo.
—Todo se aplicó sobre ellas. En Turquía, en el año 115 de nuestro señor… produjo un tsunami que arrasó el mediterráneo. En el año 175, ya no con la intención de destruirlas, se volvieron a lanzar al interior del volcán, aquella vez como defensa contra los intereses de Roma.
—¿Quién… ¿Cómo volvieron a reunirse… No, algo no tiene sentido.
—Sí, Alfredo… no voy a relatarte la historia, ahora… es tarde. Te haría gracia saber que en un apócrifo cuentan que Moisés intentó reducir a cenizas las Tablas y el Arca porque creía estar volviéndose loco escuchando voces por aquí y por allá, pero que no llegaron a chamuscarse ni las Reliquias –sonrió con picardía—… ni la zarza que prendió para tal fin. Ni el más mínimo rasguño las ocasionó.
—Hablas de la zarza…
—Eso fue hace demasiado tiempo y así lo relatan desde hace más de mil años las cartas que se me encomendaron, pues nunca he comprobado que ahí debajo hubiera algo y, por lo tanto, tampoco he comprobado que sean indestructibles, ni sé si es mito los efectos devastadores de intentar deshacerse de ellas o una simple estrategia para impedir que se haga… a la espera de que regrese nuestro Padre a instalar el edén en la Tierra. Sólo sé lo que se me ha contado y, por lo que veo, tengo muchas razones para creerlo al detalle. Con respecto a este rincón… sólo tenemos una información documentada —dijo señalando hacia el suelo que se obstinaban en desenlosar sus hombres—. Esa información es: que jamás se levantó una piedra hasta hoy.
La emoción lo embargó y no pudo reprimirla al dejar sonar su voz acaramelada.
—¿Indestructibles? —dijo Alfredo a la vez que lanzaba una nueva mirada hacia el lugar donde trabajaban los dos hombres.
Ángel y Alfredo callaron su voz con expectación, pues la baldosa oscilaba. Con unos finos artilugios, lograron asir la piedra por debajo. Disponían de agarraderas en los extremos. Los dos hombres, deslizaron los artilugios hasta los puntos apropiados e izaron la losa. Era tan pesada que, cuando lograron levantarla unos centímetros, otros dos hombre tuvieron que ir en su ayuda.
Apoyaron la losa junto al hueco abierto y los hombres de negro, sin necesidad de indicaciones, siguieron retirando maderas que descansaban sobre unas vigas profundas hasta alcanzar lo que fuera que hubiere bajo ellas.
A la vista, unos tejidos grises se ofrecieron envolviendo algunos volúmenes inconcretos y, cuando uno quiso tirar de una de las telas, aquélla se deshizo como una capa de polvo apelmazada. Debajo, un resplandor inexplicable derramó una luz deliciosa por todos los muros.
—¡Quietos! —ordenó Ángel.
Los hombres, con absoluta lealtad, se separaron del hueco con solemnidad y se apostaron junto a la puerta. En absoluto eran miopes, y mucho menos sordos, simplemente eran tan leales como canes perfectamente adiestrados, lo habían sido desde niños, como el propio Ángel, pero sin tanta información.
Ángel se acercó a la cavidad, apoyó una rodilla en la piedra y se inclinó hacia el resplandor.
Alfredo seguía sentado en el escalón y no podía ver lo que Ángel ya estaba acariciando con sus manos.
Al fin, el Padre Ángel se levantó con un gesto serio y respetuoso alzando un vaso de metal, bruñido hasta el límite, que fulguraba con el escaso haz de luz que entraba por el ventanuco de la Torre. Sin embargo, era basto en sus formas, como si lo hubieran amasado con las manos.
—Ya tengo un lugar donde guardarlo otros mil años —le dijo a Alfredo con una sonrisa paternal—. Dependo de que el Obispo Gregorio… cumpla con su cometido.
—¿El obispo Gregorio? —se extrañó Alfredo—. ¿Qué tiene que ver él en esto si ni siquiera tiene potestad en esta Diócesis?
—Por eso precisamente. Cuando cumpla con su cometido, como te digo, podré utilizar la suya para la causa. En el cementerio de su capilla más recatada descansarán las Reliquias, pero él no lo sabe y tú no se lo vas a decir porque, si lo haces… simplemente me obligarás a encontrar otro lugar donde guardarlo. Lo cual me molestará, porque el lugar elegido es perfecto y no sé si hallaré otro igual.
De pronto, una nueva voz comenzó a caminar por la nave central de la iglesia desde el acceso Sur. Era Monseñor Gregorio que preguntaba por el Abad del Monasterio y se mostraba molesto ante la posibilidad de que Ángel hubiera podido abrir la cripta sin estar él delante. Lógicamente, había podido acceder a la iglesia porque, los dos hombres que se apostaban junto a dicho acceso, sabían de su inminente llegada.
—¡¿Cómo es posible que no me hayáis esperado?! —bufó sin alcanzar a superar la puerta.
Ángel aguardó en silencio y deslizó su mirada hacia Alfredo. Don Gregorio se asomó y vio al veterano párroco agazapado en las escaleras.
—El anciano lo ha intentado saquear –informó Ángel a Don Gregorio chasqueando los dedos para que un hombre le llevara agua bendita en una botella de cristal—. Pero… lo hemos reducido.
El hombre, le entregó la botella al Padre Ángel. Éste, abrió el recipiente, dio un largo sorbo de él y, sin más, vertió un buen chorro dentro del vaso plateado.
—¿Es…? —comenzó a decir Don Gregorio con los ojos desorbitados al ver el cuenco extraño— ¿De verdad es…?
Ángel caminó hacia Alfredo mientras, con la cabeza, asentía a la pregunta inconclusa de Don Gregorio. Acercó el vaso a los labios del viejo párroco y esperó a que, aquél, abriera la boca.
Alfredo apretó los ojos con egoísta miedo y, al fin, levantó sus manos y sostuvo el frío Cáliz. La piel se le erizó. Aquel objeto había pasado oculto más de diez siglos y otros tantos había estado de templo en templo desde Jerusalén hasta Alejandría. Y lo más importante, sobre él posó sus labios aquél que murió por todos los hombres. Tal vez fueron los labios del mesías quien le proporcionó su poder o tal vez sus manos… o tal vez su materia ya era santa antes de darle forma.
Las emociones se amontonaron y Alfredo dejó de sentir miedo, miró al recipiente y bebió de él aceptando su condena. Y no la aceptó porque Ángel se la administrara, sino por creerla merecida y justa.
Tragó con dificultad, porque su alma luchaba contra su mente ya que, al fin y al cabo, solamente era un hombre. Bajó el vaso y esperó su fin con entereza, pero sin abrir los ojos. Ángel le retiró la ansiada Reliquia de las manos y esperó paciente. Gregorio, por el contrario, se agitaba…
Al cabo de unos minutos, los ojos de Alfredo se abrieron con una mezcla de alegría y decepción. Estaba exactamente igual que si hubiera bebido de un vaso vulgar. Ángel le ofreció el Cáliz a Gregorio con una sonrisa de satisfacción. Tenía razón, el Cáliz no mataba. Entonces, Gregorio, ávido de poder, se lo arrebató y tragó con ansiedad el resto del agua. Cuando lo alejó de sus labios y secó las comisuras con delicadeza, Monseñor habló:
—Por supuesto… él no puede seguir con vida —dijo señalando a Alfredo—. Y tú y yo guardaremos esto en secreto.
—Por supuesto que… —pareció admitir Ángel cuando fue interrumpido.
—¡No es el verdadero Cáliz! —aseguró Alfredo.
El viejo sentía el júbilo de seguir vivo y la desilusión de no haber fenecido ante el efecto justiciero del vaso sagrado que debería haber leído los pecados de su alma.
—Por supuesto que es el verdadero —le contradijo Ángel—, y por supuesto que seguirá en secreto… —le respondió a Don Gregorio, girándose hacia él—. De hecho, permanecerá en el más absoluto de los secretos… como siempre ha estado.
Al terminar de decir aquella frase, Don Gregorio palideció, los ojos se le nublaron y cayó sin vida.
—¡Lo has envenenado! —se alarmó Alfredo.
—No, ha muerto envenenado por su propia alma, sucia por el pecado capital… por todos en realidad, porque su gula por el poder se convertía en lujuria cuando se ruborizaba por la satisfacción… avaricia por alcanzar el cénit del mundo, soberbia por creer ser merecedor de ello, envidia por creer que tú también habías cobrado las virtudes del universo con tu sorbo y la ira que le sigue a la envidia y que le ha llevado a pedirme que te matara.
—Pero… yo… también he pecado —se extrañó, contrariado, Alfredo.
—Pero tú bebiste obligado y no esperabas dones a cambio. Es más, si no me equivoco, estabas esperando la muerte —acertó Ángel.
—¿Y tú? ¿Beberás? —se interesó Alfredo a pesar de saber que no lo haría, tan sólo por conocer la respuesta.
—Yo también tengo pecados y, el pecado mayor, es creer ser digno de beber. Y en el caso de que lo fuera, posiblemente moriría de codicia, o de soberbia, o de lujuria, o de gula, o de cualquier cosa, una vez que probara el sabor del poder.
—Entonces… nadie puede beber de él —dijo con lamento en la voz.
—Sí. Sólo una persona… pero ya no está entre nosotros.
Se hizo el silencio y Alfredo recapituló todo lo sucedido.
—Entonces… cuando me visitaste… sabías todo esto y sólo buscabas averiguar lo que sabía yo…
—Y fuiste transparente —aseguró Ángel levantando y agitando ligeramente la botella que contenía el agua bendita.
—Y conoces la lectura del mapa con detalle…
—Con absoluto detalle —admitió Ángel.
—Hay un símbolo sobre Grecia… —comentó Alfredo.
—Es una palabra árabe —informó Ángel con una sonrisa—. Mejor dicho, es “La Palabra” árabe.
Entonces cobró valor y lógica un documento que Alfredo había menospreciado de aquellos que se encontraban en el maletín y sobre el que Andrea había reparado. Aquél que desmenuzaba el texto cincelado en la base de la escultura del Cid.
—¡Claro! —exclamó Alfredo—. Grecia es el Cid. Ese texto árabe significa Alá… la palabra que encontró Andrea —miró a Ángel—… pero… ¿Qué quiere decir?
—¿Que qué quiere decir? En realidad… dice dónde está escondido el motivo real de las Guerras Santas. A finales del Siglo XI, robamos algo sagrado para los musulmanes y les hicimos creer que lo escondimos en Jerusalén. Aquella ciudad, al contrario de lo que todo el mundo piensa, era un lugar del que se podía prescindir y que tenía tanta importancia histórica que fácilmente se lo creerían los infieles. Entonces, salieron a la luz nuestras órdenes secretas. Nuestros… espías, por decirlo de alguna manera… y pasaron a ser conocidos como nuestros Soldados de Cristo para atestar Jerusalén de ellos y que los musulmanes no supieran seguir el rastro a su Reliquia.
—¿Qué Reliquia es esa? —se intrigó Alfredo.
—Una gran Piedra Negra —respondió Ángel con seguridad.
—Eso no es posible, entonces en La Meca…
—Desde el año 930, pocos años después de que el nieto de Porcelos colocara el Lapidem Fundi de Burgos...
—¿El nieto de Diego Porcelos? Diego Porcelos no tuvo ni hijos.
—No figura en las escrituras oficiales. Pero no te voy a aburrir... sólo decirte que se supone que Diego Porcelos fundó Burgos un año antes de su muerte y en ese tiempo no podría ni haber levantado un granero y que Burgos no cobra relevancia en ningún escrito hasta el año 931. Los condes de la zona se ocupan de fortificar el río Duero y Burgos queda relegada, como estructura militar, a la retaguardia. Su nieto, el verdadero Constructor, desde 1909, derribó pequeñas capillas para no confundir a los suyos y erigió las nueve capillas convenidas. Veinte años tardó en cumplir los planes de la orden a la que pertenezco. Instruido en geometría, arquitectura y conocedor de los secretos de las reliquias, elaboró un trabajo meticuloso que, hasta la incursión de una joven mexicana en el asunto, había logrado volver locos a los hombres más poderosos de los últimos once siglos. Cuando hubo terminado la obra, con las reliquias bajo la torre del primigenio monasterio Cisterciense de San Pedro de Cardeña, recibió la piedra sagrada que los musulmanes veneraban. Y, como te iba diciendo, los musulmanes, desde entonces, tienen una piedra cualquiera, un cristal de basalto seguramente. Tardaron una década en darse cuenta de que necesitaban darles una piedra a los suyos y se la inventaron. La colocaron en La Meca, se les rompió en una de sus festividades delante de todos sus fieles y no tuvieron más remedio que juntar sus vulgares pedazos en un envoltorio extravagante. Levantaron todo Jerusalén y comprobaron que allí no estaba. Supieron, con el paso de los siglos, que tenía que estar en Europa. Y en estos tiempos, poco a poco, la comienzan a invadir, en silencio, sin armar mucho más ruido que antaño. El Constructor, guardó la Piedra Negra en una capilla menor de Gamonal. Los sucesivos conflictos entre reinos, los intereses económicos y políticos durante los prolegómenos de la construcción de la Basílica donde, al final se terminaría levantando una Catedral Gótica a cambio, llevó a que la propia Iglesia expropiara a los suyos de tres de aquellas capillas menores de Gamonal, dejando sólo a Santa María, “La Antigua” y a lo que hoy conocemos como la Cartuja. Entonces, hubo que reubicar la piedra negra con urgencia. Por eso te he dicho que mi mayor problema es la propia iglesia.
—Sin embargo —dudó Alfredo—, Diego Porcelos no pudo escribir esa palabra en el mapa… lo que me relatas es cien o doscientos años más tarde.
—Por supuesto que no. Fue el duodécimo protector de las Reliquias quien enterró a siete varas de distancia la sagrada roca negra.
—¿También sabes quiénes han sido cada uno de los protectores de las Reliquias?
—Sí. Y todas sus vidas fueron olvidadas intencionadamente para que no ofrecieran fisura alguna por la que indagar. De hecho, el único que no fue ordenado en ninguna congregación, resultó ser un instrumento de gran peligro para la seguridad de las Reliquias. Fue ese mismo protector, el duodécimo. Que por su histórica situación, se entregó a las armas para luchar contra los infieles. Pero los poderosos de los reinos de Castilla recelaron al comprobar que, aquel hombre, había confundido a sus eruditos en sus cálculos acerca de los Tesoros Sagrados, y terminaron por desterrarlo para que no pudiera interferir en sus búsquedas. Idearon un complot, una batalla en Sevilla contra el reino cordobés. De allí, se vio obligado a hacer una visita desafortunada a la fortaleza donde Alfonso VI recluyó a su propio hermano. La excusa perfecta para acusarlo de traición.
—¿Hablas de “El Cid”? —preguntó sorprendido Alfredo.
—Por supuesto que hablo de Don Rodrigo.
—Es muy anterior a la Catedral –arguyó.
—Pero no a las primeras intenciones de levantar un gran templo. Hay que admitir que se movió en un momento difícil y que supo adaptarse. Se hizo amigo de árabes por la seguridad de todo. Se alejó de las reliquias, se ofreció al reino de Zaragoza para tener controlados a los árabes. Recibía información precisa y desviaba las miradas de los contrarios hacia puntos equívocos. ¿Por qué si no tomaría el camino que tomó en su destierro? Para dejar a su relevo la información necesaria y para llevar la lucha lejos de Burgos. ¿Por qué crees que en el Cantar del Mío Cid, poéticamente inexacto, se nombra a sus hijas con los nombres de “Elvira” y “Sol”?
—Lo ignoro —admitió Alfredo—. Sé que se llamaban en realidad Cristina y María, pero no sé por qué pudieron utilizar esos otros nombres.
—Usaron esos nombres para dejar un mensaje encriptado. Al Abad Sisebuto lo rodeaban papistas a diario, cuando Don Rodrigo pasó de camino a Zaragoza, le dio el relevo llevando a sus hijas consigo y dijo exactamente: “Mi señor Abad… esa torre fui y vos seréis el relevo, Elvira. Sol dejo a tu cuidado”. Esa es la fórmula que debemos usar los protectores de las Reliquias. Formamos e informamos a nuestro sucesor y, cuando llega el momento, sólo cambiamos Mi señor Abad por lo que corresponda. Elvira significa “guardián noble” y… ¿Qué hay más valioso que el Sol para esta Tierra?
—Es decir que lo que hizo el Cid al dejar a sus hijas fue escenificar una farsa usándolas a ellas como anzuelo —se sonrió Alfredo con los ojos abiertos—. Mi señor Abad… esta torre y yo somos uno y ahora vos me sustituiréis, guardián noble. Dejo a tu cuidado los tesoros —tradujo Alfredo con pasión.
—Exacto, mi viejo amigo —afirmó Ángel—. Después, se unió a los árabes y, al final de sus días, asedió las tierras de Valencia porque eran las más cercanas a las zonas conflictivas.
—¿No era muy mayor el Abad? —indagó.
—No te dejes engañar por lo que hoy implica ser Abad, Alfredo. Era de alta estirpe y contaba con doce años menos que Don Rodrigo. Poco después, murió a los ojos de la historia. Nada se conoce de su vida, de su edad, ni siquiera la fecha exacta de su fingida muerte, sólo el año de 1086. Eligió un buen sucesor, evitando que alguien reprodujera el error del décimo guardián, la de atestar el Monasterio de Soldados de Cristo. Su sucesor estaba en Cluny formándose y, desde allí, comenzó a trazar su labor como satélite, sin involucrarse demasiado con Cardeña.
Alfredo dislocó el rostro. Todo lo que él intuía y había averiguado indagando en los libros precisos, no sólo se confirmaba sino que sumaba nuevos datos tan o más sorprendentes que los que él barajaba.
—Entonces… ninguna de las versiones sobre “El Cid”…
—Ninguna —intervino Ángel con autoridad y cierto enfado—. No fue ningún desertor, ni un mercenario… Los franceses lo sabían. Conocían bien los acontecimientos del pasado y al despertar su vida y sacarla a la luz pública, pretendían conseguir que el Protector de las Reliquias de aquel momento, del primer tercio de 1800, diera un paso en falso.
—¿Quién fue aquél? —se interesó fascinado, Alfredo.
—El clérigo más afrancesado, Don Juan Alfredo Llorente. Un riojano que supo medrar para llevar a buen puerto su cometido en una época convulsa. Él, del mismo modo que hiciera El Cid, obtenía información de primera mano para ofrecérsela a su segundo… que era Jerónimo Merino en este caso. El uno calmaba las aguas y el otro guerreaba para tener ocupados a los ejércitos galos. Sólo que aquél, delegó pronto al entregarse a la lucha definitivamente.
—Y… me estás diciendo que la Piedra Negra… está debajo del Cid —dijo Alfredo recuperando el más importante de los datos que acababa de conocer.
—No, Alfredo, me defraudas. Aquella piedra se enterró en un punto… que se encuentra entre La Cartuja y este mismo lugar —aseguró Ángel—. ¿Olvidas que el plano se volvió a escalar? —Alfredo no cabía en sí de asombro—. Sí —continuó diciendo Ángel que parecía leer en los ojos de Alfredo todo lo que pensaba—. Se la quitamos para que dejaran de tener como objetivo las nuestras. Y dio resultado.
A Alfredo se le salían los ojos de las órbitas imaginando la magnitud de aquella circunstancia y los problemas que se podían haber evitado a lo largo de los siglos. Todo por distraer la ubicación de las Reliquias. Y siguió remembrando todo lo que había sucedido frente a él. Observó a Don Gregorio tendido en el suelo, expirado, y, como en una película a cámara rápida, repasó en su mente lo que había visto desde el patio de San Gil… el cuerpo agonizante de Manuel que se desplomó sin pulso. Recuperó en sus retinas el fulgor de la juventud y la pasión que desbordaba Andrea cuando fue a hacerle aquellas preguntas, y se imaginó como le arrebataba la vida un coche a toda velocidad.
—¿Cuando hablabas del cometido que debía cumplir Monseñor Gregorio —preguntó sobrecogido y atemorizado—… contabas con darme de beber del Cáliz como cebo para que él bebiera?
Observó cómo Ángel, lejos de atender a sus dudas, se había inclinado sobre el agujero practicado en el suelo.
—¿Qué más hay ahí? —le preguntó, impaciente por desvelar lo que guardaba la Torre Cidiana desde hacía tanto tiempo.
Ángel se giró hacia Alfredo con una sonrisa hermosa como la del mismo diablo.
—Está todo —dijo solemne.
Estaba emocionado como quien ve a un hijo después de una vida y comprueba que lo hizo bien como padre al ver que se ha convertido en un hombre de provecho.
Alfredo se levantó de la escalera con las ganas de un niño en “Día de Reyes” y, al hacerlo, su hambre por verlo, su mirada lasciva por contemplarlo o su codicia por sentirse especial al avistar algo que nadie había tenido ante sí en mil años, lo hicieron caer sin aliento. Fulminado. Sin preámbulo ni agonía. Como un relámpago que pasa de la vida a la nada. Sin sufrimiento… sin sentimiento. Una víctima más de un plan perfectamente orquestado por el Padre Ángel, que había tendido la trampa al Obispo Gregorio aquella madrugada en el obispado para convencerlo de que bebiera del Cáliz utilizando al anciano párroco como señuelo. Y también tenía previsto que Alfredo, inmune al trago inquisidor por haber sido obligado a ello, se envenenara después con sus propias ansias, pues ya tenía el verdugo dentro a la espera del desliz.
Ángel, con delicado tacto, sin prestar atención a los dos cuerpos que yacían junto a él, levantó dos piezas de piedra. Esperaba encontrar en ellas diez líneas labradas en hebreo. Sin embargo, al extraerlas y girarlas por todos sus costados, se encontró con que eran lisas como pizarra. Las fue a dejar, y como un susurro claro que se pronunciara junto a su oído, unas palabras le expresaron la situación de su alma:
“No manipularás a los hombres”.
Se asustó, pues sabía que aquellas palabras estaban dedicadas a él y, al momento, dirigió su mirada hacia uno de sus secuaces para comprobar si habían escuchado algo… y la voz resonó de nuevo:
“No desearás el cuerpo de persona alguna por la fuerza”.
Sabiéndose casto, supo que era su hombre quien tenía aquella inclinación por la carne forzada. Observó detenidamente al otro que se encontraba custodiando la entrada y escuchó:
“No desearás la muerte de ser alguno”.
Y con las piedras en la mano, pasó reconocimiento a todos sus hombres hallando sus pecados más íntimos. Tan sólo una de las personas de las que se encontraban allí tenía el alma pura y, mirándolo, pareció escuchar una melodía delicada de campanillas. Era Fernando, el mismo en el que Alfredo encontrara esa grandeza de alma con mirarlo a los ojos.
Otra vez, cuando regresaba a la torre sin mirar a nadie, la voz se pronunció:
“No desearás el poder absoluto”.
El terror lo asoló. Ángel depositó las tablas sobre una la piedra y pidió que no se tocara cosa alguna sin vestir guantes de látex en las manos. Después, siguiendo sus indicaciones, se envolvieron con cuidado en telas y se embalaron cuidadosamente para transportarlas lejos de aquel Monasterio.
Aquella tarde se anunció la muerte de Monseñor Gregorio en la capilla de la iglesia de San Pedro de Cardeña. Entre ellos, el propio Alfredo. Intentaron comunicar con él, pero fue inútil. A la mañana siguiente, hallaron su cuerpo anciano acostado y sin vida en su lecho, en la casa parroquial de San Gil.
Dos cuerpos longevos que dejaron escapar su alma por causas naturales, a todas luces.
Andrea, tenía a personas que la lloraban y esperaban sus restos para darle su última despedida.
Su madre, desecha, no quería escuchar nada, ni siquiera atendía a su hija mayor.
—Viejita, cuando serenemos el alma… tenemos que viajar a España.
La madre, no respondía. Sencillamente, no podía entender que hubiera sobrevivido a una hija. No había sufrido guerras, como ella a los dos años, cuando tuvo que escapar de Cuba en brazos de su madre. Había alejado a sus hijas de los territorios más hostiles, donde llegaron a pasar casi diez años. Había logrado que vivieran una vida normal, sin sobresaltos y con cierta calidad.
La vida, al final no ceja en su empeño de ligar caminos en los que cada cual se desenreda intentando alejarse de aquellos que teme. Porque toda persona tiene un miedo propio pero parece que, cuanto más se intenta alejar uno de él, más se agranda el daño que provoca cuando indefectiblemente lo alcanza.
Aquella certeza se le clavó en el pecho y le anudó la garganta provocando que estallara en grave llanto.
—Parece que la gente está señalada y no escapa –se quejó.
Marisol, la hermana mayor de Andrea, la miró en silencio. Había estado en contacto con la autoridades españolas durante los trámites de la repatriación y se estuvo interesando por las personas que habían tratado con su hermana. Entonces, en busca de una reacción de su madre, le dijo sin previo aviso:
—Manuel Velasco ha desaparecido —Pero no hubo reacción ante la noticia—. Se ha fugado —incidió.
En aquel instante, la mujer, ahondó su llanto y silenció su voz con la intención de que fuera para siempre. Y marcó la senda a su hija mayor, que apagó su ímpetu al recibir el cuerpo dañado de su preciosa hermana.
Sara no lloraba ya, hacía preguntas por todos los sitios desconcertando a sus pequeñas hijas, que no entendían la ausencia de su padre ni la distancia que comenzaba a marcar su madre. Y todo ello sin una explicación satisfactoria.
Sara, por medio de amigos de Manuel, bien posicionados en el ayuntamiento, solicitó las imágenes que pudiera tener el aeropuerto desde la llegada de su vehículo a los aparcamientos y la salida del vuelo que, supuestamente, había tomado su marido. No fueron determinantes. Y, a los pocos días, recibió el coche en su establecimiento.
—¿Han visto el coche con “luminol”? –reclamó.
—Señora, con todos los respetos… —le respondió el oficial que le estaba entregando—. No conozco los procedimientos llevados a cabo. Pero… no buscamos un cadáver ni a un asesino… sólo buscamos a un hombre que se ha ido del país.
—Pues deberían buscar el cuerpo de mi marido y a su asesino, porque jamás se iría sin contarme nada.
—Salvo que quisiera protegerla a usted y a sus hijas. Vera –le dijo con tono fraternal—. Deje que pasen unos meses. Él le hará saber que sigue ahí. Ahora, sus hijas la necesitan más.
—No me de lecciones. Usted no conoce a mi marido –gritó Sara.
—Lo lamento, señora. No pretendía ofenderla. Con su permiso… necesito que me firme el documento de conformidad, le hago entrega del vehículo, de los documentos que teníamos requisados y la dejo en paz.
Ángel, escondió las reliquias en su propia celda durante semanas y sintió un vacío que jamás había sentido en sus más de sesenta años de vida.
—Fernando –comentó a su pupilo, que había aceptado el duro papel que había desempeñado Ángel desde los veinticuatro años, relevándolo en su cargo a su muerte—. Fernando, hijo mío. He sido castigado. Pequé al osar tocar aquellas riquezas –se confesó entre sollozos.
—Padre Ángel. Yo no soy quien…
—¡Sentí su poder…! —lo interrumpió, ofuscado—. Y deseé poseerlas… —lloró—. Ya da igual. Han dejado de ser útiles en mi piel. Mi alma está sucia.
Fernando no sabía lo que Ángel había experimentado en la Torre Cidiana y no comprendía de qué pretendía hacerle participe su maestro.
—Padre Ángel. –tremoló su voz. —Ya es duro saber que sustentar el orden del Mundo implica asumir sus miserias… es más duro aún saber que no podemos intervenir. No deposite toda la responsabilidad en mis manos tan pronto, por favor –requirió, asustado.
—Estaré a tu lado unos años más, Fernando. Pero ya no puedes fiarte de mis actos. Sólo de lo que te pueda mostrar con mis propias manos. Pero una cosa sí debo recalcarte para que tengas paz… lo que vas a hacer tú, lleva más de diez mil años repitiéndose. Son unos secretos que pasan de unas manos a otras tras su muerte… una herencia letal. Pero no te ofusques, Fernando, no es más letal que la propia vida.
Fernando asintió, afligido.
Semanas después, Ángel fue nombrado Obispo, ocupando el lugar de Monseñor Gregorio. Cobijó todos aquellos objetos sublimes bajo el suelo sagrado de un modesto cementerio en un pueblecito del noroeste de la península y volvió a actuar con serena conducta.
Mario, el Abad de San Pedro de Cardeña, no se repuso de su recaída y, antes de verano, lo alcanzó un infarto drástico, llevándose las conclusiones que se estaban formando en su cabeza a la espera de recuperar sus facultades. Nunca llegaron.
El Mundo ignora, sufre, disfruta, se engaña, se ayuda y se castiga. La gente mala no descansa. La valiente sigue luchando. Los demás, cedemos y nos dejamos llevar por la corriente. Y, bajo un lecho de piedra, de nuevo, descansa el secreto mejor guardado de todos los tiempo.