Mafia Boy

 

Melinda Jackson

 

Al salir de la clase, Doris sintió que la blusa se le pegaba a la piel, y que la humedad le mojaba el pelo, convirtiéndolo en el desastre horroroso que había deseado que no se convirtiera. Una corriente de chicas salió rápidamente, dirigiéndose hacia el baño de mujeres. Historia del arte era una asignatura tediosa y, aunque a diferencia de sus compañeras, la disfrutaba mucho, hoy no era el día. Encendió el teléfono, comprobando el millón de mensajes que saturaban la bandeja de entrada de su correo electrónico. Lo apagó rápidamente, caminando hacia la cafetería. Encontró a Hannah sentada en la única mesa medio vacía en el extremo izquierdo, el sitio en el que solían sentarse en la cafetería.

"¿Por qué te empeñas en averiguar dónde estoy cuando sabes que nos vemos aquí todos los días?" dijo sonriendo mientras le daba un abrazo rápido a Hannah. Se sentó y tomó un sorbo del refresco que le esperaba.

"Simplemente me gusta saber que estás aquí. Además, siempre tengo el miedo de que me abandones por Regina y compañía", dijo Hannah guiñando un ojo, y usando la mirada para señalar hacia la mesa de Regina y Todd, que bullía de ajetreo y dama escolar.

Hannah había sido descartada por Regina en su primer día en el Mill's College. Con su aspecto europeo, una figura con ciertas curvas y su fuerte acento británico, ella era la pieza perfecta que faltaba en la colección personal de amigas de Regina. Según Hannah, Todd y Regina habían empezado una extraña excusa para una fraternidad en su facultad, y ella nunca habría dejado que una chica sensible como Doris arruinara su educación al convertirse en parte de su grupo.

"Hablando de Regina, ¿sabes que sus primas han organizado otra fiesta de medianoche en la casa de Todd este año?", dijo Hannah entre bocados a su hamburguesa.

"¿A la que prometiste que nunca iríamos?", preguntó Doris, incrédula, aunque extremadamente sorprendida por la última sugerencia extraña de su amiga.

"Sí, la misma", dijo con una sonrisa dulce nunca vista. "Scott va a acompañarnos este año... o al menos nos recogerá, así que no tendremos el problema de quién cuidará de nosotros después de que terminemos la noche. La última vez no pudimos hacerlo porque tenía que entregar uno de sus estúpidos envíos, pero ahora está libre", sus ojos brillaban. "Podríamos pasárnoslo muy bien".

"No creo que me apetezca ir...", murmuró.

"¡Doris Elizabeth Fleming! ¡No quiero oír ninguna de tus tonterías!", le interrumpió Hannah. "El año pasado dijiste que no conocías a nadie. Bueno, la mitad de la escuela te conoce por tus clases de intercambio de arte y tu fama con el discurso del Dr. Morrison...".

"Oh, por favor", dijo Doris poniendo la cabeza entre las manos. "Eso no".

"¿Cómo era? Oh, “Sí señorita Fleming- ser o no ser”’, comenzó, haciendo muecas con la cara para llevar a cabo una terrible imitación del Dr. Morrison.

‘“¡Esa es la cuestión!”’, dijo Doris uniéndose a su mejor amiga antes de estallar en carcajadas.

Doris sólo llevaba en el Mill's College un año y ya estaba empezando a acostumbrarse a sus maneras. Nunca había querido que la admitieran en una universidad de gran reputación; no era precisamente una niña perfecta con la única meta de triunfar o morir en el intento, como su madre hubiera querido. En lugar de ello, prefirió elegir un par de facultades pequeñas y acogedoras, una de las cuales era Scripps College. La escuela oculta perfecta para estudiar artes liberales sin el obstáculo de la invasión maternal, había pensado. No sabía que el primer mes de su recién encontrada libertad iba a convertirse en una pesadilla. Oakland era famosa por disturbios y huelgas y Donna Fleming no iba a permitir jamás que su hija se viera envuelta en un mundo de violencia y agresión.

Su padre era otra historia completamente diferente. Trabajaba en una galería y había soñado con ser un artista aclamado durante toda su vida. Entendía a su hija precoz y deseaba que lograra la libertad que todos los artistas conseguían a su edad, razón por la cual, arriesgándose a sufrir la cólera de su mujer, tomó a Doris una noche y la llevó a la casa de su tía lejana Audrey, que era mayor pero se mantenía en forma. Doris adoraba a Audrey, ya que nunca interfería en sus asuntos, pero siempre estaba ahí cuando la necesitaba. Uno de sus primeros días en Mill’s College, cuando Doris aún estaba esforzándose por encajar con sus curvas mientras el resto de las chicas estaban planas y secas como palos, Doris encontró a Audrey llevándole helado a su habitación.

"¿Qué crees que estás haciendo mirándome así?", preguntó Audrey al pillar a Doris observándola fijamente.

"Me preguntaba cuándo empezará la gente a aceptar un poco de carne", dijo suspirando.

Audrey notaba que la joven no estaba pasándolo bien en la nueva facultad. Le trajo una tarrina de helado de crema y dijo, "¿Y si vemos unas buenas películas de las antiguas en las que los hombres se enamoraban de las bellezas con carne?"

Su oferta de paz no conseguía más que derretir el corazón de Doris.

"Eso sería genial", dijo sonriendo, aceptando la tarrina de helado.

Había contestado lo mismo cuando Hannah, a modo de ofrenda de paz, le entregó las flores de mentira del jarrón que la cocinera Jarvis usaba siempre para decorar los extremos del comedor.

* * *

Las manos de Doris temblaban mientras luchaba por dibujarse la línea del ojo. Como de costumbre, Hannah estaba lista antes de que ella, vestida con una minifalda vaquera y una blusa rosa brillante con un escote bastante profundo. Ella iba con un vestido de asillas negro decente que le llegaba a la rodilla. Doris no iba a dar a las chicas de su clase la satisfacción de hablar de sus méritos... o del poco mérito de su cuerpo y de su vestimenta. Limpiando el último trazo de tinta negra del extremo de sus ojos, suspiró.

"Me rindo. Ser femenina no es lo mío".

"No entiendo cuál es tu problema, Dori. Eres preciosa, pero te infravaloras constantemente. Como con esto", dijo arrebatándole el lápiz de ojos de las manos. "Píntalas como pintas pájaros volando en el cielo".

"Vaya, vaya, qué poéticas nos ponemos de repente...", dijo Doris, sonriendo a su amiga.

"Lo que tu digas", murmuró Hannah, sonriendo y dejando que el humor de su amiga se le contagiara.

Doris se retiró ligeramente del espejo para observarse. Nunca había tenido el aspecto que tenía esa noche. De nuevo, quizás nunca había querido. Le encantaba el arte, pero después de todo era una introvertida y el mundo de las fiestas y de los farsantes nunca le había interesado. Tampoco es que hubiera estado expuesta a él. Su madre siempre había insistido en que se fuera a la cama como máximo a medianoche, y esa era la hora a la que la mayoría de las fiestas empezaban. Era una Cenicienta por defecto.

"¡Tierra a Dori!", llamó Hannah, sacudiendo su bolso en el aire. "¿A dónde se ha ido tu mente?", preguntó.

"A ningún sitio en particular", sonrió Doris.

"Entonces, ¿estás lista para ir a donde nos lleve la noche?", preguntó Hannah con un brillo en los ojos, ofreciendo su brazo a Doris.

"¡Te apuesto a que sí!" contestó.

Llegaron a casa de Todd justo a tiempo. Doris sintió otro subidón de nerviosismo al tocar el timbre.

"Ho... hola", murmuró un chico con unas gafas más grandes que su frente.

"¡Hola!", contestó Hannah alegremente. "Hemos venido a la fiesta de novatos".

"Pasad", dijo él, iluminándose como una bombilla, mientras miraba a Hannah de arriba a abajo.

"Aquí hay vasos. El ponche está en el lado derecho y en el izquierdo. Aunque no sé cuál de los dos está mejor", dijo babeando, dándole con el codo a Hannah y guiñándole el ojo a Doris. "Por cierto, me llamo Patrick", dijo ofreciéndole la mano a Doris.

"Hola, Patrick. Ella es muda, y tenemos que irnos", dijo Hannah, recuperando su mano en un instante y ofreciendo a Doris un poco de tiempo para volver a su modo de felicidad usual.

"Estoy segura de que no te has encontrado nunca con monumentos como este. Son bastante comunes en las fiestas. Anímate, Dori. Tómate algo y mézclate con la gente".

Doris hizo exactamente lo que Hannah le dijo. Aún así, por mucho que lo intentara, no conseguía integrarse bien con el resto de las chicas. En una esquina, algunas estaban ocupadas bebiendo chupitos mientras insultaban a otras. Había un barril lleno de algo que la gente llamaba ponche pero que ella estaba casi segura de que se trataba de ron, y agarraron a uno de los novatos cabeza abajo mientras bebía directamente de allí y el resto de la gente coreaba. La música que estaba sonando parecía ser ofensiva no sólo para sus oídos sino también para el resto de su cuerpo. No podía imaginarse por qué iba gente en su sano juicio a bailar con aquello. Hannah se había marchado hacía rato a servirles "un poco más de ponche", pero no se le veía por ninguna parte. Después de una hora, Doris se levantó y empezó a moverse por los alrededores buscando a su amiga. En la última habitación en lo alto de la casa, parecía que salía humo de una esquina. Cuando los respiró, le dieron un puñetazo en las entrañas. En seguida se dio cuenta de lo que estaba haciendo la gente en aquella habitación. Al entrar encontró a Hannah sentada en una esquina con un par de tíos, uno de los cuales rondaba sobre ella sin disimulo e intentaba acariciarla mientras ella les narraba la historia de la liberación de América.

"Así que fue Abe Lincoln quien...", continuó mientras el chico que estaba a su lado estaba a punto de deslizar las manos por debajo de su ropa.

"¡Hannah! ¿Para esto te habías ido?", gritó Doris.

"¡Dori! ¡Escuchad, escuchad! Todos, ¡esta es Dori! Le encanta la historia tanto como a mi. ¡Entra, siéntate con nosotros!", dijo moviendo el dedo hacia el resto de la gente.

"Tenemos que marcharnos, Hannah. Ahora mismo", dijo cortante.

Hubo algún tipo de furia en aquella frase que hizo que Hannah se estremeciera. "Vale... vale. Déjame que alcance mi bolso primero. ¡Buenas noches, caballeros!", hizo una reverencia y se derrumbó en el suelo.

Sacarla de la habitación arrastrándola no fue tarea fácil. Llevó a Hannah hacia la esquina de la primera planta y sacó su teléfono. Por primera vez en su vida había empezado a estar de acuerdo con su madre, que siempre le había dicho que esas fiestas eran una pérdida de tiempo. Empezó a buscar entre todos los números, que eran en su mayoría de la gente de la universidad. Entonces se encontró con Scott, el número de su hermano, y decidió llamarlo. Contestó al tercer tono.

"Hola"

"Hola, soy la amiga de Hannah, Doris"

"¿Dónde está Hannah? ¿Está bien?"

"Bueno, sí y no. Está un poco intoxicada. Y creo que sería mejor que alguien la llevara a casa."

"¿Qué? Voy de camino", dijo y cortó la llamada, sin darle oportunidad a decir nada más.

Doris esperó con Hanna en sus brazos a que alguien viniera a buscarla. Ya que Hannah era también la acompañante de Doris, no podía irse a casa. Pasó un buen rato y la casa de Todd empezó a vaciarse hasta que solo quedaban un par de personas en la habitación de la droga y en el patio. Doris estaba a punto de llamar a Audrey cuando un tío de cabello oscuro se les acercó.

"¿Cómo está Hannah? ¿Está bien?", dijo con el ceño fruncido.

Doris de pronto sintió que las mejillas se le enrojecían al escuchar el sensual acento británico de Scott.

"Está bien. Sólo se siente un poco mal", dijo Doris secamente.

Para cuando terminó de decir aquello, Scott ya había descubierto lo que estaba haciendo."¡Hachís! ¡Con eso era con lo que se estaban colocando! ¿Por qué no le dijiste que no lo hiciera?", dijo mirándole con los ojos entrecerrados.

"¡Ella no me dijo a dónde iba! Todo lo que dijo fue que iba a servirme ponche. Esperé una hora antes de ir a buscarla. ¡Yo qué iba a saber que estaba aquí con gente de la universidad practicando su pasatiempo favorito!", gritó.

Scott la miró de nuevo. Según Hannah, la chica con la que se juntaba en la universidad era bastante guay, un poco empollona, pero a la que no le gustaban la moda y otras cosas que les suelen gustar a las otras chicas, y él le había dicho que siguiera saliendo con ella. Ahora que la tenía delante, veía a una jovencita con aspecto de diva, embutida en un vestido negro de asillas, con unas mejillas perfectas y el cabello rojo derramándose por encima de sus hombros como una cascada furiosa. Tenía los ojos casi llorosos, y ayudaba a Hannah por tercera vez a vomitar en un cuenco enorme. Decidió que había sido muy duro con ella, e intentó suavizar el tono.

"Llevémosla al coche. Con suerte la brisa le sentará bien", dijo con voz neutral.

Doris asintió. Notó entonces que tener modales suaves se correspondía con el hermano de Hannah, tanto como con el estar enfadado. Llevaba el pelo castaóoscuro rapado de un lado de la cabeza, de forma que el otro lado tenía mechones que le cubrían ligeramente la frente. Aquel peinado iba bastante bien con su imagen de hombre joven furioso. Lo siguiente en lo que se fijó fue que sus ojos oscuros e intensos encajaban perfectamente en una cara perfecta, pero en seguida tuvo que concentrarse en Hannah, que parecía estar más pesada que cuando la arrastró fuera de la habitación.

"¿Todo listo ahí detrás?", le preguntó a Doris cuando terminó de meter a Hannah en su coche.

"Casi", dijo antes de sentarse junto a él en el asiento delantero. "No te preocupes, vivo a dos manzanas de aquí. Audrey no me espera, porque le dije que iba a estar con Hannah y a ella no le gusta que vuelva a casa sola".

"Genial. Creo que Hannah te va a necesitar", dijo. "Creo que deberías venir a casa y quedarte esta noche. No se muy bien cómo cuidar de una drogadicta, además tú podrás ayudarla de formas que yo no."

Scott no sabía por qué había dicho aquello. Sabía que Hannah tomaba drogas de vez en cuando, pero nunca dejaba que se metiera en ningún tipo de mal hábito cuando estaba cerca. Estaba claro que su amiga ignoraba totalmente los hábitos de Hannah así que, ¿por qué no dejarlo así?

Doris no tenía a dónde ir, y un poco de aventura tampoco le vendría mal, así que asintió y se unió a Scott y a una Hannah inconsciente. Scott las llevó a su casa en unos quince minutos, y ayudó a Doris a llevar a Hannah al apartamento.

"Se ha puesto bastante pesada, ¿no crees?", dijo él jadeando al tumbarla sobre la cama.

"No lo sé, nunca la había levantado en brazos antes", dijo ella sonriendo.

"Me gusta tu sentido del humor", contestó. "¿Cuál es tu nombre de nuevo?"

"Doris. Aunque ella me llama Dori."

"Dori, ¿como en Doritos?", dijo con mirada alegre.

Doris bajó la mirada. Otra broma. ¿Por qué siempre tenía que tratarse de su aspecto?

Scott notó que algo no iba bien.

"Oye, ¿estás bien?", le preguntó con tono preocupado. Sabía que tenía que haberse tomado bien la broma, y de todas formas, no era el único que se había burlado de ella por no se anoréxica como el resto de la gente en la facultad.

"Sí", dijo forzando una sonrisa, intentando olvidarse del efecto que había tenido la frase de Scott sobre ella.

"Venga, Dori. Se nota que te pasa algo".

No le había gustado que se riera de ella. Especialmente porque se había burlado de ella.

"Mira, no todo el mundo es perfecto como tú y Hannah, ¿vale? Y a mi me gusta como soy. Puede que parezca un Dorito, pero..."

"Espera, ¿eso es lo que te ha molestado? ¡Dios míos! Es lo primero que me ha venido a la cabeza, teniendo en cuenta que no he comido en dos días. Lo siento..."

"¿Qué?", preguntó incrédula. "¿No has comido en dos días? ¿Por qué?"

"Es una larga historia, preciosa. De hecho, ahora que estoy aquí, voy a comer algo", dijo caminando hacia la nevera. Después de venir con las manos vacías, Doris empezó a recorrer los estantes de la cocina y encontró dónde guardaban el azúcar y la harina.

Media hora después, Scott devoraba tortitas frescas y un vaso de leche mientras se preguntaba cómo la chica frente a él podía pasar de la diva seductora que había visto al principio a una chica insegura y llorosa y después a una cocinera increíble que honraba su apetito cocinándole a pesar de que apenas le conocía.

Doris sintió una extraña fascinación por Scott. Sabía que había algo en él que no estaba bien. No sabía si era la confianza en si mismo, o de la forma en que iba vestido, como si fuera a matar. Determinó que había algo que no estaba bien, aunque deseaba que la tomara entre sus brazos y le susurrara que era suyo, con unas ganas que la atrapaban y le hacían estremecerse un poco.

"¿Siempre has sido así?"

"¿Así cómo?"

"¿Ausente?", preguntó ella, a falta de una palabra mejor.

"¿Qué? Oh, no. Yo estaba aquí con Hannah cuando se matriculó. Suelo controlar cómo está. Salvo eso, tengo otras cosas de las que ocuparme."

Doris sabía que el pasado de Hannah había sido un poco movido. Su padre era médico, y él y su madre habían fallecido en un accidente. Salvo eso, nunca le había contado nada más. Tampoco le había hablado de su hermano, pensó.

Era un poco más tarde del amanecer cuando Hannah entró en el salón.

"Veo que los dos os habéis hecho amigos en mi ausencia. Dori, este es mi hermano Scott. Casi nunca está aquí pero ya veo que has conseguido algo que yo no he podido hacer. Y Scott, esta es mi mejor amiga de la facultad. Espero que no le hayas dejado claro ya quién eres", dijo ella con preocupación.

"¿Qué quieres decir con eso?"

"Nada, olvídalo", dijo notando la mirada fría de Scott y volviendo a su asiento.

"Estoy hambrienta, y cansada. ¿Quedan más tortitas de esas?", dijo mirando alrededor.

* * *

Una semana después, cuando el Mill's College abrió de nuevo para las solicitudes del semestre, Doris salió de clase de Arte Moderno con una blusa con cuello en V y unos pantalones negros. Lucía en el cuello y collar grueso de cuentas y unos zapatos de tacón que sorprenderían hasta una modelo. Hannah estaba esperándola en la cafetería en el lugar de siempre. Casi escupió el sorbo de capuchino cuando vio a Doris acercándose.

"¡Pero qué...!"

"Bonito, ¿verdad? He estado jugando con la antigua ropa y las joyas de Audrey para venir con esto a mis exámenes finales. Era mi modelo del proyecto."

"Guau. Debe ser genial vivir con Audrey, ¿eh?"

"No mucho. Estaba nerviosa con este proyecto y básicamente se apiadó de mi."

En ese mismo momento, le llegó un mensaje al teléfono. Por lo general sólo leía el nombre del remitente y lo ignoraba. Pero esta vez parecía, bueno.... importante.

Te veré en la esquina del árbol antiguo de la escuela después de clase. No se lo digas a Hannah. – Scott

Le resultaba emocionante e intimidante recibir un mensaje de texto del hermano de su mejor amiga; alguien a quien no conocía salvo por un encuentro muy inoportuno, ¡y con una petición tan extraña! Doris decidió pensar en ello después de clase y se quedó absorta escuchando las últimas novedades de su amiga.

Informó a Hannah de que Audrey le había dicho que volviera a casa después de clase por un mensaje urgente de su madre, así que Hannah se marchó. Adoraba a su amiga por ser el tipo de amiga que ella quería que fuera. Aún así, al dirigirse sola hacia el viejo árbol de la escuela, que se rumoreaba que estaba encantado desde siempre, le tenía el corazón acelerado. Doris no veía nada más que el árbol pero podía ver el contorno del coche de Scott en la distancia. En cuanto llegó al árbol, él salió, haciéndole señas para que se acercara al coche.

‘Escucha, no tengo mucho tiempo para darte esta información. Pídele a Hannah que vaya a tu casa y cierra todas las puertas hasta mañana. Toma mi tarjeta de crédito, haz la compra, lo que quieras. Pero mantenla contigo. Saltaos las clases, si es que tenéis alguna. No dejes que Hannah lo averigüe, y escríbeme un mensaje mañana por la noche. Si todo está tranquilo, te pediré que la mandes de vuelta a casa."

"¿Si está tranquilo el qué? ¿Qué pasa, Scott?", preguntó ella, pero sin dar más información, le puso una tarjeta de crédito en la mano, entró al coche y se marchó.

Doris se quedó preguntándose qué era lo que ocurría. Puso de nuevo la tarjeta de crédito en el bolso y volvió caminando a la escuela, llamando a Hannah de camino.

Hannah estaba eufórica. Se gastó un poco del límite de la tarjeta de crédito en algunas tonterías en el supermercado y en películas de alquiler, ya que iban a pasar el día en casa. Doris, sin embargo, tenía otros planes. En cuanto vio a Hannah quedándose dormida, encendió el ordenador y buscó el perfil de Scott en un sitio de profesionales. Para su asombro, no había nada que pudiera darle alguna información acerca de Scott o de lo que hacía para ganarse la vida. Lo único que le devolvían los motores de búsqueda era que era parte del Oakland 21. Al principio lo tomó como un grupo de deporte al que habría sido parte. Aunque cuanto más buscaba el nombre de Scott Lee, más aparecía lo de Oakland 21. Decidió buscar de qué se trataba. El primer resultado que apareció fue el titular de un periódico.

“16 arrestados en un caso de intento de atropello en medio de los disturbios causados por las bandas más antiguas del este de Oakland, Oakland Guns 21 y Dog-town. Tres heridos, dos muertos. La policía busca a todos los miembros involucrados.”

La sangre se le quedó fría.

No podía ser. ¿Sería Scott parte importante de una banda involucrada en golpes y asesinatos? ¿Es que no sabía lo peligroso que era? Llamó a Scott un par de veces para decirle exactamente lo que pensaba de esto y lo peligroso que resultaba. Cuando quedó claro que no iba a contestar, le dejó un mensaje de texto preguntándole dónde estaba y cuándo volvería. Sin embargo, sabía que no iba a contestar.

Doris estaba en un apuro. No podía decírselo a Hannah porque Scott le había hecho prometérselo. No podía llamar a la policía porque quizás culparían y arrestarían a Scott y no podía arriesgarse a salir con Hanna, ya que era peligroso.

De repente, sonó el timbre de la puerta.

"Qué raro", dijo Audrey, saliendo al salón. "Nadie llama a esta hora".

"Oh, probablemente es uno de mis compañeros de la escuela de arte, Audrey", dijo Doris, saliendo.

"Vale. Pero diles que primero te llamen. Sabes que necesito mi cura de sueño", dijo volviendo hacia su dormitorio.

Doris echó un vistazo a través de las ventanas y vio a dos hombres extraños. Apagó el timbre y todas las luces del salón y volvió a su habitación. No pudo dormir en toda la noche porque sentía que alguien venía hacia ella. Estuvo dando vueltas toda la noche, incapaz de dormir mientras Hannah roncaba. El teléfono le sonó con un mensaje sobre las cinco de la mañana.

Todo está tranquilo, Dori. Vuelve con ella mañana por la mañana. –E

Sin saber cómo tomarse el mensaje, Doris esperó a que llegara la mañana. Al día siguiente, recogió todas sus cosas y las de Hannah y la comida en una mochila y se marchó al apartamento de Hannah.

"Es el momento de que hablemos de algunas cosas, Hannah", dijo con cuidado.

"¿De qué cosas?", preguntó Hannah.

"Creo que tu hermano sería la persona más adecuada para explicártelo", dijo tocando al timbre.

Tan pronto como la puerta del apartamento se abrió, todo el mundo dentro gritó "Feliz cumpleaños" y Hannah miró a su alrededor, sorprendida, feliz y preocupada a la vez. Se giró para mirar a Doris.

"Sabía que estabais tramando algo. ¡Nunca nadie me había dado una sorpresa así!", dijo, abrazando fuerte a Doris.

Doris no sabía si reírse, llorar o enfadarse con Scott. ¡Cómo se atrevía a tenerla toda la noche en vilo sólo para darle una fiesta sorpresa a su hermana! ¿Y qué pasaba con lo de Oakland Guns 21 y la mafia y la violencia en la que estaban metidos? Doris agarró una silla cercana y se sentó. Aún no podía encontrarle el sentido a todo aquello.

¿Lo habría soñado?

Absorta en sus pensamientos, no se dio cuenta del bullicio que había a su alrededor. De repente, un brazo la agarró por la cintura y la atrajo hacia Scott. ¡Scott! Tenía tantas cosas que preguntarle. La había pillado desprevenida, y no podía concentrarse en ninguna de las preguntas que tenía que hacerle a causa del perfume que llevaba, que la atraía tanto como su sonrisa soñadora. Él la deslumbró con su sonrisa de mil vatios antes de presionar las mejillas contra las suyas y susurrarle un "Gracias". Giró la cabeza en ángulo y le dio un beso breve en los labios. Después murmuró, "sabía que podía confiar en ti".

Doris sintió que las rodillas le fallaban y cerró los ojos al poner de forma instintiva el brazo alrededor de tu cuello, presionando sin saber lo poderoso que era el dominio que Scott tenía sobre su cuerpo. Sin embargo, podía sentir que había algo que le atraía tanto como para creer sus reparos acerca de la seguridad de Hannah. Al separarse, Scott la miró tímidamente.

"Se que te diste cuenta de lo que los hombres que estuvieron fuera de tu casa", dijo convirtiendo la sonrisa en una mueca.

"¿Así que eso era de verdad?"

"¡Pues claro que lo era!"

"¿Eso significa que el cumpleaños de Hannah es una artimaña?", preguntó confusa.

"No, no lo es. Tenemos un par de familiares de mamá en Berkeley y querían ver a Hannah así que les llamé para invitarlos y planeé la sorpresa".

"¿Tan pronto?", dijo Doris levantando la ceja.

"Mira, no me creas si no quieres. Sólo quería darte las gracias porque has sido suficientemente valiente como para proteger a mi hermana contra todo pronóstico cuando más lo necesitaba", dijo y se marchó, dejándola aún con la duda.

Doris sintió cómo se derretía un poquito. Nunca nadie había mostrado tanta fe en ella, y mucho menos le habían pedido que hiciera algo por un ser querido. Su mente seguía volviendo a la sonrisa de Scott y a la forma en la que la alagaba. Entró a la cocina, en donde estaba él de pie, hablando con una de las personas que estaban allí por el cumpleaños de Hannah.

"Jason, esta es la mejor amiga de Hannah, Doris", dijo Scott, presentándola.

"Tío, ¿es ella?", le preguntó a Scott. "Chica, tienes unos nervios de acero por defender a Hannah así. ¡Los de OG deben estar orgullosos de ti!".

Los ojos de Doris se abrieron como platos al escuchar las iniciales OG. Nunca se hubiera imaginado que hubiera gente de la banda presente en casa de Hannah, ¡y ya ni hablar de venir a la fiesta!

"No te preocupes nena, se irá de aquí en seguida. Todo lo que Hannah sabe es que es mi mejor amigo", le susurró Scott cuando Jason no estaba mirando.

Jason pronto se excusó en cuanto vio a Hannah. "¡Tengo que felicitar a mi chica por su cumpleaños!".

"Es mi hermana, Jason", dijo Scott tajante.

"¡Pero si estoy enamorado de ella!", replicó Jason, y para sorpresa de Doris, se marchó.

"Bueno, ahora que se ha ido, ¿podrías decirme qué fue eso?"

"Con una condición", contestó Scott, con una sonrisa pícara en los labios.

"¿Cuál?"

"Que bailes conmigo", dijo.

Sin esperar respuesta, la agarró entre sus brazos y empezó a moverse con ella. La mantenía con firmeza, dirigiéndola con decisión. Por primera vez, Doris sintió que alguien intentaba apoderarse de ella, y la sensación le pareció maravillosa. Sintió que el corazón se le escapaba del pecho cuando colocó la mano al final de la espalda. La música cambió a una canción suave y seductora y Doris sintió que Scott se pegaba a ella, casi como si quisiera llevar el baile a otro nivel. Ella se rindió, sucumbiendo a las necesidades que hacían que siguiera hacia delante. Scott deslizó sus manos por encima de su cintura, justo detrás de sus pechos y la apretó contra sí, haciendo que los dos parecieran casi uno.

La habitación estaba repleta de gente, quizás por eso nadie se dio cuenta cuando él la guió a su habitación con el brazo rodeando su cintura. Aquella era la primera vez que un chico expresaba su deseo de intimar con ella, y era aquel del que Doris creía estar enamorándose.

Con un sólo movimiento, abrió la puerta que llevaba a la inmensa cama de su habitación. Él la dirigió hacia la cama y prácticamente la empujó sobre ella. Tumbado encima de ella, Scott la besó, acariciando sus labios ligeramente al principio, e incrementando la intensidad a continuación, como si la empujara a darle más.

Doris le devolvió el favor con el mismo fervor, abriendo los labios para invitar a su lengua dentro, luego dándole la bienvenida con su lengua repetidas veces, en una danza seductora dentro de sus bocas. Él dejó escapar un gemido que ella absorbió, moviendo las manos por todo su cuerpo. Scott le besó los ojos, luego las mejillas, y después presionó sus labios en una parte de su cuello, justo detrás de sus orejas, que hizo que gimiera. Entonces supo que la deseaba, y que la deseaba con locura.

Dejando besos por todo su cuello, le quitó con habilidad la blusa que llevaba dejando al aire unos senos grandes. Sintiéndolos con sus labios, los acarició suavemente con la lengua antes de chuparlos, uno a uno, haciendo que gimiera más alto que antes. Scott se entretuvo abriéndose la cremallera de los pantalones y colocó los dedos en el valle sagrado de su cuerpo, donde sintió lo preparada que estaba de deseo por él. Jugueteó con su dedo hasta que supo que estaba completamente lista; ella le tiraba del pelo y le arañaba la espalda con las uñas, y la penetró hasta que ambos quedaron agotados del placer.

"Nunca hubiera imaginado que llevabas dentro de ti una zorrita tan atrevida, Dori", dijo cuando se separaron.

"Podría ser el resultado de enamorarse de un gángster", replicó satisfecha.

Al día siguiente, después de que todo el mundo se hubiera marchado, se levantó para tomar algo de desayuno. Hannah vino a ella y de repente abrazó a Doris.

"Gracias por salvarme la vida, Dori".

"¿Qué? ¿Tú lo sabías?", preguntó en shock.

"Pues claro que lo sabía".

"¿Y por qué no dijiste nada?"

"Porque quería saber lo mucho que te preocupabas por mi hermano y por mi".

Doris pasó de quedarse pálida a ponerse totalmente roja en un momento. ¿Cómo podía saber Hannah lo que sentía por Scott? ¿Lo sabía él también? ¿De verdad era tan transparente? ¿O es que nunca había considerado lo hondo que había ido su amistad?

Pensando en estas preguntas y feliz por lo que había hecho, Doris se marchó ignorando la insistencia de Scott en llevarla a casa porque ella sentía que él y Hannah necesitaban un descanso después de un día tan largo. Salió del edificio de apartamentos y estaba a punto de tomar la primera calle a la derecha cuando una furgoneta gris se detuvo junto a la acera y un hombre con capucha salió de ella y empezó a seguirla. Con una manzana aún por recorrer hacia casa, aceleró el paso, esperando que el hombre no fuera tras él. Entró en la heladería Macy's que estaba cerca, esperando que el hombre no entrara. Tenía razón. Tras una hora de espera salió de Macy's, contenta de que nadie la estuviera siguiendo pero, de repente, vio el brazo de alguien venir hacia ella, y entonces todo se volvió negro.

Al día siguiente, Hannah llamó al teléfono móvil de Doris varias veces pero estaba apagado. Decidió ir a visitarla. En casa de Doris conoció a Audrey, que pensaba que Doris estaba en casa de Hannah para quedarse a dormir. Hannah le aseguró que así era y se marchó, un poco enfadad con Doris pero también preocupada por ella.

Scott, por otro lado, había enviado un mensaje de texto a Doris para quedar con ella en un restaurante, ahora que las cosas parecían estar mucho mejor. Sin embargo, no recibió respuesta. Después de enviarle varios mensajes y llamarla y de no recibir respuesta, preguntó a Hannah si sabía si Doris le estaría evitando. Para su asombro, Hannah tampoco sabía dónde estaba. Scott decidió entonces hacer algunas llamadas.

Doris se despertó en una habitación lúgubre y húmeda que apestaba a alcohol. Se sentía dolorida, y pronto se dio cuenta de que no podía ver nada. Cuando intentó mover las manos, sintió una resistencia en las muñecas. También tenía los pies atados. No había ninguna fuente de luz en la habitación salvo por una pequeña ventana, que estaba abierta ligeramente para ventilar.

"¿Hola?", gritó, intentando que alguien la escuchara, si es que hubiera alguien en aquella situación. "¿Hay alguien ahí?"

"Cállate y vuelve a dormirte", contestó alguien a su grito. "Te abrirán cuando Crystal vuelva".

¿Quién era Crystal? ¿Dónde estaba? ¿Por qué le estaba ocurriendo aquello? Miró a todas partes intentando ajustar los ojos a la escasa luz que entraba por la ventana.

El sitio estaba lleno de suciedad, y sus manos también. Había un trapo abandonado en una esquina de la habitación y podía sentir cómo las termitas empezaban a recorrerle la piel. Sintió la necesidad de evacuar pero no había forma de que pudiera hacerlo con las manos y los pies atadas, así que aguantó tanto como pudo.

Una puerta al final de la habitación se abrió de golpe y entró un hombre con el pelo largo. Su estatura se acentuaba con las botas altas que llevaba. El sonido metálico de sus botas les seguía a dónde caminaba. Doris se sentía sorprendida y asustada por lo que estaba ocurriendo a su alrededor.

"Así que estás despierta", dijo, con una voz extrañamente chillona y un acento extrañamente europeo.

"¿Quién eres y por qué me has traído aquí?", preguntó.

"¿No te dijo tu amado que no te metieras en nuestros asuntos?"

"¿Qué negocios?", preguntó, antes de tragar en seco al reconocer a lo que se refería.

"Exactamente. Soy Jacob, o Crystal. El jefe de Dog-town. Hemos estado rodeando la casa de Lee con la esperanza de atrapar a uno de los suyos y tenerlo cautivo hasta que Lee nos diga por qué asesinó a Rob".

"¿Que lo asesinó?", preguntó Doris horrorizada por la revelación.

"Pues claro que lo asesinó. Aunque parece un marica, ¿a que sí?", dijo con una carcajada.

Doris no podía creerlo. Sabía que Scott nunca sería capaz de algo así. Sí que se juntaba con personas que no le convenían, e incluso puede que estuviera involucrado en algunos delitos, pero no podía creer ni por un sólo segundo que pudiera quitarle la vida a alguien.

"¿No me crees? Bueno, lo sabrás cuando te deje por otra, y también mate a alguien relacionado con ella. Antes de que tu chico Lee se involucrara con OG21, solía trabajar para nosotros. El chico tenía verdaderos problemas controlando la ira, y siempre estaba molesto y enfadado con alguno de nosotros. Entonces un día se le fue de las manos y disparó a Rob en la cabeza cuando iban en el coche buscando a nuestro último objetivo. Lo siguiente que supimos era que había huido a OG21 para refugiarse."

"No me creo nada de tu terrible historia inventada."

"Pues no me creas, cariño. Te lo tendrás que creer cuando estés muerta, ¿verdad?", contestó Crystal.

"¿Qué es lo que quieres de mi?"

"Necesitamos que nos digas todo lo que sabes acerca de Lee y de su hermana. Sus horarios, salidas... todo. Quiero pillarlo yo mismo y plantarle una bala entre los ojos. Y luego deshacerme de su hermana."

"¿Qué te hace pensar que iba a hacer eso?"

"El hecho de que no querrás pudrirte aquí el resto de tu vida, ¿verdad?", dijo burlándose.

"Te daré exactamente una hora para pensarlo. Disfruta de tu comida", dijo lanzándole lo que parecía una manzana estropeada, tras quitarle las ataduras de las manos. "Supongo que esto no supondrá un problema para nosotros, teniendo en cuenta que casi no puedes ver aquí dentro."

Crystal permaneció durante unos segundos, observando cómo ella intentaba decidir si comerse la fruta o no, y luego se marchó tarareando una extraña melodía con la garganta.

Doris esperó a sacar algo en claro de todo aquello, pero por mucho que lo intentó, nada le parecía tener sentido. Sólo sabía que Scott y Hannah habían perdido a sus padres en un terrible accidente, y que a Hannah no le gustaba hablar de su pasado. Nunca antes había sabido nada de los asuntos de Scott o de a lo que se dedicaba. El hecho de que trabajara para una banda había sido una revelación para Doris, y era suficiente información. Sabía que había conseguido un chico malo, pero nunca hubiera pensado que resultara ser un asesino. Aún así, era posible que toda la historia que Crystal le contó fuera mentira. Tenía que llegar al fondo de todo aquello sin levantar sospechas. Doris esperó de nuevo una hora para que reapareciera. Cuando no lo hizo, asumió que era seguro empezar a tantear el terreno en la oscura habitación. Intentó localizar su teléfono móvil para llamar a Scott o a Hannah. Cuando le quedó claro que se habían llevado todas sus cosas, intentó moverse por la habitación usando sus sentidos.

Era evidente que no había agujeros o salidas por las que escapar de la habitación. Intentó buscar una cerradura y encontró uno situado bastante por encima de su cabeza en la puerta por la que había entrado Crystal. Agradeció su buena suerte por haber decidido ponerse horquillas aquella noche. Sacándose una del cabello, intentó tantear la cerradura. Estuvo haciéndolo durante varios minutos hasta que por fin cedió y la cerradura crujió ligeramente, abriendo la puerta. Empujándola hacia afuera, vio luz procedente de un pasillo que parecía vacío. Unas escaleras llevaban del pasillo a un lugar desconocido, y mientras Doris las subía, siguió esperando y rezando para que nadie la viera, o estaría peor que muerta. El miedo a ser mutilada la mantuvo rezando hasta que alcanzó lo alto de la escalera y se encontró otro pasillo lleno de habitaciones oscuras. ¿La habían encerrado en una casa vacía? Luchó por encontrar una salida, o un teléfono, y descubrió que una luz emanaba de la última habitación del pasillo. Empezó a dirigirse lentamente hacia ella sin bajar la guardia.

"¿Qué es todo esto, Jo? ¡Tienes que ir a echarle un vistazo a la chica!", gritó una de las voces.

"No me voy a mover. Déjame ver esta serie", gritó otra.

Doris siguió moviéndose despacio y se deslizó dentro, lo más sigilosamente que podía, y localizó un teléfono al final de la habitación sobre una silla. Pasando agachada por delante de la puerta, intentó colocar la mano y extender el brazo hacia él, y le llevó varios intentos atrapar el teléfono. Encendiéndolo, escribió:

Dog-town. Peligro. Ayuda. – D

Y se lo envió a Hannah varias veces, esperando que lo leyera y contestara. Colocándolo de nuevo donde debía estar, intentó girarse cuando su zapato crujió y se rompió en dos.

Los dos guardas, al oír un sonido extraño, se levantaron y empezaron a inspeccionar la habitación. Uno de ellos agarró a Doris del brazo justo cuando se iba a marchar.

"¿A dónde te creías que ibas, señorita?"

"Te diré a dónde: directa a ver a Crystal", chilló el otro, arrastrándola hacia las escaleras al lúgubre ático.

Mientras tanto, el móvil de Hannah sonaba sobre la mesa de comedor. Horas después había intentado buscar a Doris. Scott, ajeno al sonido, estaba tumbado en el sofá. Después del cuarto pitido, pensó que algo pasaba con el teléfono, así que se levantó a mirar. En cuanto leyó el mensaje, salió corriendo de la casa, sabiendo dónde buscar a Doris.

Al llegar al cuartel general de Dog-town, Scott se tocó la pistola que llevaba siempre agarrada a los tobillos, y la sacó. Se acabó, Jacob, pensó. Un asesinato podría justificar la horrible tragedia a la que sus padres se habían enfrentado.

Se coló dentro utilizando la llave que sabía de otras épocas que estaba escondida debajo de un jarrón fuera de la casa. Abriendo la puerta principal, entró deslizándose junto a paredes y a través de pasillos que conocía muy bien. Estaba furioso con Jacob, o Crystal, como se le conocía ahora, por intentar arrebatarle otra cosa importante para él, de golpear a su padre y de disparar a su madre la noche que descubrió que toda la herencia que su abuelo había dejado iba al Dr. Lee y su mujer, y nada para su hijo que estaba supuestamente traficando con drogas.

Pasó de puntillas por el pasillo hasta el ático. Podía oír los chillidos de Crystal alto y claro.

"Así que crees que eres más lista que yo, ¿eh?"

"Nadie es más listo que tú, Cristal. Para eso tienes que ser suficientemente fuerte."

Ambos se sorprendieron a descubrir a Scott. Nadie esperaba verlo. Doris había enviado un mensaje a Hannah, y no a Scott precisamente por esta razón. No podía soportar pensar en él o en lo que había hecho ahora.

"No tenías derecho a tomar como rehén a alguien que no tiene relación con esto", le soltó Scott a Crystal.

"¡Qué no tenía derecho! Tú no tenías derecho a matar a Rob, Scott."

"Aquello fue hace años, y sabes que no fui yo. Suéltala, ahora", dijo entrecerrando los ojos.

"Oblígame si puedes. Sé lo importante que es para ti. No la dejaré ir hasta que me digas dónde está mi parte".

"¿De qué parte estás hablando? Ya te has llevado lo que es tuyo. ¡Ahora suéltala!"

Crystal sacó una pistola de un bolsillo lateral. Doris, temerosa de que pudiera herir a Scott, se precipitó hacia delante golpeando su brazo justo cuando él apretó el gatillo. El tiro rebotó contra la pared y golpeó a Crystal detrás de la cabeza. Con los ojos abiertos, contrajo la cara en una mueca, como si fuera a decir algo antes de derrumbarse sobre el suelo. La sangre comenzó a acumularse alrededor de su cuerpo y Doris rompió a llorar.

"Shh... No llores, Dori. Te llevaré a un lugar seguro", dijo cuando empezaban a escucharse sirenas de la policía acercándose.

Los siguientes días los pasaron hablando con la policía. Doris descubrió que dog-town era la banda de Jacob Lee, impulsada por su viejo amigo del colegio Rob. Había empezado a traficar con drogas siendo muy jóvenes, y el padre de Lee, que también era era el abuelo de Scott, había desheredado a su hijo y le había echado de casa, porque siendo inmigrantes, había tenido siempre una vida dura y Arthur Lee había trabajado muy duro para lograr establecer su propio negocio, y deseaba que sus hijos se convirtieran al menos en personas respetables dentro de sus profesiones, en lugar de convertirse en parte de una mafia de traficantes de droga.

El padre de Scott, el Dr. Lee, era un médico famoso. Jacob había invertido un montón de dinero en varios negocios con droga que fracasaron, y terminó en la cárcel durante cuatro años. Mientras tanto, Rob empezó a perseguir al Dr. Lee para que le diera dinero después de que el abuelo de Scott muriera. Sabía que el Dr. Lee era el único heredero de las posesiones de su padre, así como de su negocio. Harto del acoso, el Dr. Lee denunció a la policía. Fue entonces cuando las cosas se pusieron serias y unos días después les dijeron a Scott y a su hermana que sus padres ya no volverían.

Scott, que aún era un adolescente en busca de las piezas perdidas de un rompecabezas encontró a Jacob, que fue entonces liberado de la cárcel, y empezó a tratar a Scott como su protegido. Cansado de la dinámica de la familia Lee y de que Jacob le robara el protagonismo y la atención, Rob empezó a contarle a Scott lo que había ocurrido, lo que hizo que Scott se metiera en interminables discusiones con él.

Un día, un antiguo traficante que había estado buscando a Rob le encontró conduciendo con Scott en una gasolinera. En un intercambio de disparos, la bala de Scott no alcanzó al hombre, pero el tiro del enemigo alcanzó a Rob y le mató de forma instantánea. Ese fue el día en el que Jacob pensó que ni el Dr. Lee ni nadie de su familia podría apoyarle nunca.

A medida que la historia se desenredaba ante Doris, ella se impacientaba más. ¿Qué ocurriría ahora con Dog-town? ¿Y con OG21? Scott le aseguraba que todo sería historia, y que él mismo quería marcharse de la vida de Oakland y comenzar una vida nueva con su hermana en un lugar mejor y más seguro.

Sin embargo, aquel fue el año más inolvidable de su vida. Encontrar el amor de su vida y casi perderlo en una batalla sin sentido no era lo que habría querido.

"Ah, estás despierta. Buenos días, cariño", dijo él, retirándole el cabello suavemente de la cara.

Tenía que haber ocurrido algo durante la última semana, la forma en que Scott y Hannah le habían ayudado tras el trauma del incidente, porque se sentía extrañamente renovada. El olor del ático había desaparecido y todo a su alrededor eran sábanas limpias y el héroe que la había rescatado.

"Te debo tantísimo, Scott. Gracias por..."

"Shhh. No sé cómo te las arreglaste para matar a mi peor enemigo y a ayudarme a librarme de todos mis miedos en una sola vida, pero eres la única persona con la que he compartido esta vida", dijo, mirándola profundamente a los ojos. "Y no querría que fuera de otra manera".

Doris se inclinó para besarle, sintiéndose más valiente. No se sentía consciente de sus acciones al abrazar a Scott. No podía imaginarse cómo esta chica dulce y maravillosa podía sentir tanto por un rufián como él. Apretándose más hacia sus besos, Scott empezó a acariciar su precioso cuerpo, recorriéndolo con la mano de arriba a abajo, mientras ella se agarraba con más fuerza a sus labios. Fue Doris la que tomó la iniciativa esta vez, quitándose la camiseta con manos hábiles y arqueándose sobre él. Scott respondió quitándole el sujetador, lo único que llevaba puesto bajo las sábanas que envolvían su piel suave y desnuda, y empezó a apretarle un pezón con los dedos, lo cual le hizo soltar un gemido agudo desde lo más profundo de la garganta. Él deslizó la otra mano por su espalda, mientras ella le acariciaba desde el pecho hasta los pantalones, justo por encima del punto sensible que tenía sobre el ombligo. Se detuvieron en unos segundos de placer secreto cuando Scott bajó la lengua al lugar dentro de sus braguitas que siempre había querido saborear. Metía y sacaba el dedo, intentando calcular si estaba preparada. Acarició los labios con la lengua y la empujó dentro y fuera de ella, saboreando su humedad y enviándole ráfagas de placer por todo el cuerpo. Ella le hizo un gesto para que se levantara, tomando su masculinidad en sus manos y acariciándola, deseando que la penetrara.

Descendiendo para entrar en ella, enviaba ondas de su propio placer a su interior, mientras ella sucumbía completamente a él. Él se movía dentro de ella, y tras terminar completamente extasiados, se tumbó junto a ella y susurró:

"Te amo, Dori. ¿Te quedarás conmigo para siempre?"

FIN

 

Gracias por leer!