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MENTALIDAD ECUÁNIME

Tener una mentalidad ecuánime es tener una disposición apacible, ya que no se puede decir de nadie que haya logrado la paz si ha permitido que su espíritu se perturbe y pierda el control a causa de los acontecimientos.

El hombre prudente es desapasionado y lo resuelve todo con la calma del espíritu en armonía y libre de prejuicios. Sin apasionarse, es imparcial y está siempre en paz consigo mismo y con el mundo, no se pone del lado de una parte u otra ni se autoexcluye, sino que congenia con todos.

Quien ha tomado partido está tan convencido de que su opinión y su lado son los correctos, y que es erróneo todo lo que está en contra, que no puede ni pensar que hay algo bueno en la opinión del otro lado. Vive siempre en una continua fiebre de ataque y defensa, y carece de la paz tranquila de un espíritu ecuánime.

La persona ecuánime está pendiente de sí misma para controlar y superar incluso las menores apariencias superficiales de pasión y prejuicio; de este modo, progresa en empatía por los demás, y logra comprender su posición y especial estado anímico. A medida que los comprende, cae en la cuenta de la insensatez de condenarlos y de una oposición personal contra ellos. Crece, entonces, en su corazón un amor divino que es imposible limitar, sino que se extiende a todo lo que vive, lucha y sufre.

Cuando alguien cae bajo el influjo de la pasión y el prejuicio, está espiritualmente ciego. Ver solo lo bueno del propio lado y únicamente lo malo del otro lado lleva a que no se pueda percibir nada tal como es en realidad, ni siquiera lo de uno mismo. Si uno no se entiende a sí mismo, no puede comprender el corazón de los otros, y cree que es justo condenarlos. Así, crece en su corazón un odio sombrío hacia aquellos que no ven las cosas como él, quienes, a su vez, lo condenan a él; queda, entonces, aislado de sus relaciones y se recluye en una angosta cámara de torturas, producto de su propia invención.

Dulces y tranquilos son los días del hombre de mentalidad ecuánime: fructíferos en el bien y ricos en múltiples bendiciones. Su sabiduría le lleva a evitar los caminos que le conducen al odio, a la aflicción y al dolor. Los acontecimientos de la vida no le molestan ni se lamenta por aquello que todo el mundo considera grave, pero por lo que debemos pasar todos en el curso normal de nuestras vidas. No se pone eufórico con el éxito ni se abate con los fracasos. Valora los hechos que le suceden en la vida en su justa medida y no deja lugar a los deseos egoístas, a los lamentos inútiles, a las expectativas superfluas o a los desengaños infantiles.

¿Cómo se adquiere esta mentalidad ecuánime, esta dichosa condición de la mente y de la vida? Solo con la superación del egoísmo propio, solo con la purificación del corazón, pues la limpieza de este lleva a una comprensión imparcial, y esta a una mentalidad ecuánime, la cual conduce a la paz. El individuo impuro es barrido sin esperanza por las olas de la pasión; el puro navega seguro hasta el puerto para reposar. El necio dice: «A mí me parece…»; el sensato, por el contrario, lleva adelante sus objetivos.