Estaba concentrado en el poema escrito cuatro meses antes: lo encontré al hurgar en unos papeles guardados hacía tiempo en un portafolios. Recordaba perfectamente mi estado de ánimo al escribir ese No soy nada y soy eterno. La sucesión de ideas, la muerte de Laura, el final con Germaine, etcétera. Incluso, recordaba demasiado bien la mirada de aquel mendigo al pedirme la limosna. De todo eso distaban cuatro meses. Para entonces ya estudiaba preparatoria (en la misma escuela), bachillerato único, listo para terminar ese par de años e ir directo a Filosofía y Letras. En una semana cumpliría diecisiete años.
Jacques había terminado de leer su ensayo y todos los circuloliterariomodernistas se miraban, sin saber cómo empezar la crítica. Dejé el poema, decidiendo atender a la reunión.
Tulio, el pederasta, empezó. Luego, David: mi hermano de saliva. Vicky y Rosaura no opinaron. El señor Muñiz, presidente, repitió la opinión de los demás y la señora Ruth dio puntos vagos. Confesé no haber escuchado, lo que me trajo la consiguiente mirada desdeñosa de Jacques.
Junto a Rosaura y Vicky estaba una amiga de ellas, fumando cigarro tras cigarro. Sus ojos grandes y hermosos parecían distraídos. Era muy bonita y me sorprendí admirándola: desde Germaine no me había fijado en ninguna muchacha. Esbelta, alta —casi de mi estatura—, piel acariciable. Y los ojos grises, gélidos. Nada sabía de ella, salvo que era amiga de Vicky y que estaba frente a mí.
Distraídamente, sacó un centésimo cigarro, mirando al vacío, y de repente, se volvió hacia mí con una sonrisa.
—¿No tienes lumbre?
Nerviosamente saqué el encendedor. Cuando prendió su cigarro volvió a sonreír con cortesía y a lucir su cara de distracción.
Críticas y lecturas finalizaron y el señor Muñiz se sentó correctamente para decir:
—Asuntos generales, ¿hay algo que decir o proponer?
Vick levantó la mano, y sin esperar permiso para hablar, dijo:
—Tengo el gusto de presentarles a Elsa, Elsa…
—Galván —terminó ella.
—Eso es, Elsa Galván. Es la mar de inteligente y escribe poesía, quisiera pedir que sea aceptada en este Círculo Etcétera por ser una persona positiva y con inquietudes.
Alguien pidió que leyese algo y Elsa, más rápido que de prisa, leyó tres poemas sin dedicatorias, un poco cursis. Por votación unánime de los circuloliteratomodernistas fue aceptada.
Cuando terminó la reunión, salí hasta el final, para encontrar con que me esperaban Vicky, Rosaura y Elsa. Llevé a las hermanas San Román a su casa, y ya con Elsa, fuimos a cafetear. Platicamos de Sandburg y Pound y después me dediqué a alabarla. Debió sentirse satisfecha, pues tras sonreír muy coqueta, me invitó a su casa para escuchar a los clásicos.
Su casa era enorme, llena de lujos idiotas. Nos colocamos en el salón de audiciones, donde un maravilloso estereofónico con cuatro speakers y reverberación era la principal joya. Platicamos escuchando La sorpresa (que no me sorprendió), la Historia de un soldado (sin faltas de ortografía) y el buen Lohengrin. Tras despedirme, la dejé en su casa, agitando la mano.
Llegué a mi casa, sumamente contento por haber pasado un rato agradable, cosa que hacía mucho tiempo no lograba. En la mesita del vestíbulo encontré una carta. ¡De Viena! Garabatos dóricos a la vista. Sonriendo por la sorpresa, encontré un disco, una grabación estereofónica deutsche-grammophon de los valses de Strauss (daddy & kiddo).
Subí a mi recámara rápidamente para poner el disco. Primero, Wein, Weib und Gesang, y sintiéndome como un vienés ante el sucio Danubio, empecé la lectura de la carta que transcribo.
Canallísimo pero querido Gabrielucho,
¡ya casi aprendí a hablar alemán! Estoy segura de que en poco tiempo lo domino. Tenías razón, aunque mis primeros días en Osterreich los pasé odiándote, ahora estoy feliz. Exceptuándote, no extraño a nadie de México y sólo en instantes mi pensamiento vuela hacia allántaros para odiar Con Todas Mis Fuerzas a Colbert y a mi Vater. Los valses te los mando y desde aquí me burlo, porque fuera de los archiconocidos títulos, no entenderás nada.
También te mando una postalucha del Schönbrunn en la época de Franz Josef (como seguramente no sabes quién fue ese obeso señor, aclaro: Kaiser de Austria y rey de Hungría hasta su muerte —acaecida en 1916—, esposo de Sissi de Wittelsbach-Schneider, hermano de Maximiliano —el de la orate Carlota— y tío del retrasado mental que mataron en Sarajevo desatándose la erze guerra mundial, alias la Gran. ¿Satisfecho? Bueno). Te mandaré también el Ritter Nerestan, que tanto nos gusta. Mi tía es muy gente y me da todas las libertades, razón por la que ha ganado un cacho de mi afecto. Por esos contornos conozco ya, de Checoslovaquia, Praga, Baviera y Bohemia (donde la gente no es ídem). Hace poco regresé de Budapest y me preparo para ir a Berlín. Otra nueva: soy casi marxista y estoy encantada de serlo. Pienso, en un tiempo nada lejano, ir a Moscú y a la Grado de Lenin. Comprendo que aún soy una burguesita —¿hamburguesita?—, no, burguesita, je je, pero he de proletarizarme —¿se dirá así?—, y eso deberías hacer tú, dejar esa vida retrógrada que llevas. Como podrás imaginar no he entrado en ninguna escuela, ni pienso hacerlo por lo pronto. Me dedicaré a viajar y a estudiar marxismo. Bueno, espero tu elemental respuesta contando chismes del CLM, de l’école y demás. A pesar de la chuequez que me hiciste, te quiero desde siempre.
DORA
Acabé la carta cuando el Du und Du terminaba también. Fuera de que sí sabía quién fue Pancho Pepe, la carta me agradó muchísimo. Levanté la vista y vi el techo azul con gusto, por primera vez en mi vida. Me sentía contento: apreciaba mi cuarto, la música, me vi en el espejo con simpatía, y al acostarme el contacto con las sábanas fue casi una caricia.
Me dormí al instante.
Aproveché una hora libre para hablar a Elsa. Desde que había despertado estuve pensando en esa llamada telefónica. Bajé corriendo para salir a la calle, en busca de un teléfono público. Veinte centavos. Su número: 43-25-66, lo aprendí de memoria. Marqué lentamente, no quería equivocarme.
Cuatro.
¿A dónde podré invitarla?
Tres.
¿A tomar un café?
Dos.
O, ¿a dar una vuelta?
Siete.
¡Ya me equivoqué, si seré estúpido!
Clic.
Rebuzno…
Cuatro.
Mis dedos están temblando
Tres.
jamás he visto ojos parecidos
Dos.
no puedo perder la oportunidad por ningún
Cinco.
¡Vaya, voy bien!
Seis.
Es más que interesante, tengo que intimar con ella.
Seis.
Ya está, llaman.
Empezaron los ruidos y sus intervalos: uno largo, silencio corto. Mi oído pegado al auricular, los largos dedos de pianista envolviendo el tubo negro. Ruido largo y corto silencio. La mirada en el vacío, una pierna adelante de la otra. Largo ruido, silencio corto. Una mano en el bolsillo, buscando el pañuelo. Ruido, silencio. Respiración rápida. Una señora obesa con un niño espera turno. El ruido prolongado con su breve silencio. La mano fuera del bolsillo para frotar el ojo izquierdo. Ruido, silencio. La mirada en la señora, los pies juntos, los dientes en los labios. Ruido largo, silencio corto. La señora ve su reloj, la mano sacudiendo la camisa. Ruido y silencio, ruido/¡Listo, contestan!
—¿Bueno? —pregunta Voz Desconocida.
—Por favor, con Elsa.
—¿De parte de quién?
—De Gabriel Guía, un amigo del Círculo Literario Moderno.
—¿De dónde?
—Del Círculo Cuaternario Incierto.
—Veré si está, un momento.
—Muchas gracias.
Un instante de silencio con la mirada de la señora.
—¿Sí? ¿Quién habla?
—Gabriel, ¿no me recuerdas?
—La verdad, no.
—Soy del Círculo Literario Moderno/Ayer estuve en tu casa…
—Ah, sí. Es que no sabía cómo te llamabas.
—Me imagino, que yo recuerde, no nos presentaron.
—Bueno, eso no importa, ahora sé tu nombre. Gabriel.
—Lo veo.
—Bueno, ¿y para qué puedo servirte?
—Te hablé porque realmente me dejaste impresionado —recité, de carretilla.
—Por favor…
—Es cierto, y pues, quisiera invitarte a tomar un café, a dar una vuelta, o a cualquier lugar, ¿podrías?
—¿A qué horas?
—Cuando gustes, sólo quiero verte de nuevo.
—Qué genial. Pues, mira, yo, encantada; hoy salgo de clases a las siete, ¿puedes pasar por mí a la escuela?
—Con gran placer, ¿dónde está tu escuela?
—Perdóname, creí que sabías: es la Facultad de Filosofía y Garabatos, en CU.
—Ajajá. ¿Dónde te encuentro?
—En el café, ¿okay?
—Okeyísimo; entonces, hasta las siete, Elsa.
—Hasta las siete. En el café. Chao.
—Sí, en el café Chao.
El auricular en su puesto y corresponde el turno a la redondez con niño. El sol estaba en su cenit (mais non, G.!), repartiendo luz y calor sin egoísmos. Caminé lentamente hacia la escuela, gozando de los rayos solares, al pensar en los ojos grises de Elsa Apellidonacional.
¡Galván, eso es!, pero qué importa su nombre ante ella, toda belleza, nunca había visto alguien así.
Llegué a la escuela hecho sonrisas, saludando a los maestros (lo cual era insólito en mi caso).
A la salida encontré a Vicky y nuestra plática se redujo a Elsa. Me contó: su familia era del DF, tenía dieciocho años, estudió en la Universidad Femenina la preparatoria, y ahora, estaba en Filosofía; informóme también: aunque salía con bastantes muchachos no tenía novio conocido, era vecina suya e informaciones idóneas.
—Es muy mona. Y bonita. A veces es sangre. Pero conmigo no. Bueno, una vez/
La dejé en su casa para luego enfilar hacia el campo, donde un anodino vientecillo hacía que las hojas se meneasen, arrítmicas. Es primavera, pensé resumiendo toda la cursilería que me era posible en ese instante.
En casa me esperaban a comer. Mamá, de pésimo humor, se decía muy mala de salud. Como antítesis, mi padre estaba muy contento y nos dedicamos a bromear con mamis. Pero se enfadó y empezaron los insultos maternos. Papá, aún bromeando, dijo:
—¿Qué te pasa, mujer? —ella lo miró encolerizada—, alégrate, no hay ningún funeral.
Como resorte aceitado, mi madre se levantó.
—No lo hay, pero lo habrá, el tuyo y el de tu amante si me sigues molestando, imbécil.
Mi padre palideció y de su sonrisa sólo quedó una mueca de rabia.
—No digas las estupideces de siempre.
Mamá, sin hacerle caso, fue a la cocina. Mi padre quedó paralizado viéndola salir, para después levantarse rápidamente, mascullando un
—Es el colmo.
Yo me quedé allí, con el plato de carne a medio terminar. Pero mi humor era demasiado bueno para entristecerme.
Acabarán divorciándose, todo mundo conoce sus sendas aventuras… Respiré profundamente y fui a oír un disco —los valses austriacos—. Sentado en mi escritorio, con la pluma bailando entre los dedos, ataqué la novela con entusiasmo. Las frases se hilaban una tras otra y yo seguí trabajando a todo vapor.
Papá entró en mi recámara y, tras mirarme un breve momento, dijo:
—¿Tienes algo que hacer esta tarde?
—Tengo cita con Elsa.
—¿Quién es Elsa?
—Una muchacha.
—Pues claro. ¿De quién es hija?
—Se apellida Galván, deduce.
—Galván, me suena/ ¿Dónde vive?
—Cerca de la casa de Vicky, digo, del ingenebrio San Román.
—Ajá.
—¿Por qué preguntabas si tengo algo que hacer?
—Quería que me representaras en el Club.
—Pues, sorry, no puedo.
—Sí, me doy cuenta. ¿Qué escribes?
—Una novela.
—¿Cómo se llama?
—La tierna garra, o Tierna es la garra, todavía no sé.
—¿Y de qué se trata?
—Es muy largo de contar.
—Bueno, que te salga bien. Me la enseñas.
Salió, dejándome sorprendidísimo: mi padre jamás se había molestado en pedirme algo, y mucho menos en interesarse por mis affaires.
A las seis y media ya había escrito seis cuartillas, el esbozo de un cuento y un acróstico para Elsa. (Comme tu travailles!). Tras guardar todo cuidadosamente, me puse un traje grisóxford.
Llegué faltando diez minutos para las siete. Elsa aún no llegaba. Eso gano por venir antes, pensé al sentarme a una mesa. Junto, había unos tristísimos esnobs, casi beatniks, con clásica barba y clásicos sacos de pana (aún no gastados por la luna). Discutían acerca de Herr Hegel el Insondable, pero como decían puras barbaridades, no les presté atención. Entonces, el show fue una kleine con ojos excesivamente pintados y suéter de treintaidós colores. Hacía grandes ademanes y su risa se escuchaba en toda la Facultad.
Al fin apareció Elsa, platicando animadamente con dos amigas. Las presentó. Por suerte, se fueron pronto. Café, cigarro, lumbre, su mirada.
—¿Qué tal está tu café?
—Pasable. ¿Tuviste clase?
—Sipi.
—¿A dónde quieres ir?
—Me es igual. Menos, claro, a un café.
—Pero ¿algún lugar en especial?
—¿Conoces algún bar beat?
—Varios. Pero beat modesto.
—¿Vamos a La Mosca Azul?
—Suave.
Cuando apenas subíamos en el coche, propuso que mejor fuéramos al Mirador, lo que me agradó por razones obvias. En el camino, sintonicé música selecta. Bastaron tan sólo unas cuantas notas para que Elsa precisara que ése era el concierto Tal, opus Tal, del autor Tal, con la sinfónica Tal —conducida por Tal— y el solista Tal. Por lo que supe que era una perfecta connaisseur musital. Gracias a eso, para conquistarla, desplegué la táctica de hablar sólo de asuntos culturales, lo cual funcionó perfectamente.
En el Mirador, no sabía si lanzarme a fondo declarándome o esperar algún indicio: un tip de Vicky, su disposición. La respuesta la dio ella misma cuando, al encender un cigarro, retuvo mi mano unos momentos, viéndome con fijeza. Supe que ése era el momento adecuado, y entonces, fui yo quien tomó su mano al declamar melodramáticamente:
—Sabes, Elsa-Elsa, bien sé que sólo nos hemos visto dos conmovedoras veces, mas esas ambas ocasiones han sido suficientes para comprender que eres algo que ha penetrado en mí; ha sido tu sonrisa un aliciente, y tus ojos (grises, radiantes, bellísimos) los que imperan en mi mente desde que te conozco, los que me harían luchar contra todo si supiera que no los miraría jamás. Estás en mí, Elsa, eres parte mía. No puedes abandonarme ahora que siento desesperadamente la necesidad de tu cariño. A ti me une algo más que amistad voluble y pasajera, es afecto, amor, adoración; esto es, Elsa-Elsa, que quisiera que fueses mi novia, ¿comprendes? ¿Qué me dices?
Era bien claro que Elsa tenía tendencias románticas y por eso me lancé tan arteramente cursi. Elsa miró a la ciudad dando una larga bocanada de humo y dijo, sin mirarme, aunque sonriendo divertida:
—Casi perfecto, Gabriel. Destilaste un poco más de la necesaria miel, pero estuvo okay. Bueno, con respecto a la pregunta de que si acepto ser tu chamaca, bien sabes, y sabías, que te daría el yes. Espera, sólo me falta responderte con la misma moneda: querido y ya futuramente entrañable Gabriel-Gabriel, tu amor es altamente correspondido, tu figura varil, digo viril, tu gallardía, tu maravillosa personalidad han hecho que tu imagen no se aparte de mis sueños. Te amo locamente, Gabriel, eres carne mía que no me dejaré amputar. Te amo, sí, te amo, ¡ámame tú también!
Soltamos la carcajada al unísono y tras reír alegremente, Elsa colocó sus labios sobre los míos: un beso dulce. Sus brazos entrelazaron mi cuello y el segundo fue más ardiente y con más pasión. Al fin podía sentir esos labios estéticos, poesía en rojo vivo. (Gee!).
Wild things leauve skins behing them…
T. WILLIAMS
Casi mordí la almohada. Tenía enterrado el rostro. Ya estaba húmeda, mis lágrimas la habían mojado. Trataba de contener el llanto y no era posible. Sentía el cuerpo vacío y las lágrimas corrían sin detenerse. Era triste realmente. Yo, que menospreciaba los problemas sentimentaloides, sufría, y mi llanto era la mejor prueba. Primero intenté aguantarme, mordí mis labios, entumecí el cuerpo, mascullé majaderías sordamente, pero luego hice erupción: empecé a llorar con escándalo, sin discreción. Entonces me arrojé en la cama para llorar más a gusto. ¿La causa? Ríanse: Elsa Galván. Elsa Gavilán. Su zarpazo fue demoledor.
Cometí la estupidez de enamorarme de ella, y al saber que había tenido un amante, profesor de filosofía, el dolor fue más grande. Chistoso, ¿no? Mi alma era un círculo de dudas, dolor y rabia; pero aún fue más cuando Elsa lo admitió con sonrisas candorosas. Hombre, muchachito, ¿qué te pasa? Normal, era normal. ¿No conoces los facts of life? ¿No sabías cómo te procrearon tus papitos? ¿Acaso tenía yo esa clase de convencionalismos burgueses? En realidad, me jactaba de no tenerlos. Pero, comprendan, con ella era distinto. Que me cuelguen si sabía por qué era distinto. Pero era. Considerándola fuera de ese núcleo, no podía creer que también estuviese en la onda. Por eso, más que nada (qui te va croire, petit?), fue mi llanto. No porque hubiera tenido un amante/
—Yaaa. ¿A poco no sabías?
—Bueno, sí, Gabrielito/
—Señorita Galván, procedamos con la lección.
—claro, me acosté con él/
—Veremos la metafísica de los cuerpos, como nunca la pudo entender Kant, es decir, sobre un fondo mullido, acolchado, bamboleante.
—Era un relajo, Gabriel, en clase siempre le veía las piernas/
—¿No quiere tomar un café conmigo, señorita Galván?
—no, hace poco en realidad, pero ¿de veras no sabías?
—Bésame, Elsa, esta noche te deseo más que nunca.
—Pero en qué país vives/
sino por mi imbecilidad de considerarla pura. Por eso lloré, yo, que la respetaba, por haberme equivocado. Yo, que empezaba a amarla, porque se había adueñado de mi ser. Yo El Equivocado.
—Mire, Elsa, el amor burgués es una cosa y nuestras relaciones, otra. El tipo mediocre necesita una mujer virgen, sumisa, que se ruborice al desnudarse en la oscuridad/
Pero no, no caeré en el mismo error. Ahora mismo iré por ella y será mía. No merece el tratamiento que le estaba dando. Ya aprenderá.
—Ya aprenderás, Gabriel.
Me levanté para lavar mi cara. Me vi en el espejo: ojos irritados, facciones descompuestas. Empapado de loción, tomé el teléfono.
—Quisiera ver si tienes tiempo libre para ir a un café —claro que ya no dije eso. Secamente, ordené:
—Te espero en el Viena a las seis, no quiero que faltes.
Y colgué, dejándola, lo más probable, sorprendidísima. Ya son las cinco y cuarto, tendrá que apurarse. Decidí llegar tarde, pero no teniendo nada que hacer, me senté tranquilamente. (Pensez, idiot, c’est ton heure). Escuché Die Lohengrin. Cuando dieron las seis y cuarto, fui al café Viena de Insurgentes.
Ahí estaba, tomando un vienés un poco disgustada. Desde sus confesiones (tres días antes), no la había visto. Y ya estaba ahí.
—No falló —mascullé con satisfacción al llegar hasta ella, sonriendo.
—Creí que no vendrías —dijo al instante.
—Ya ves, no he fallado —contesté distraído, dando a entender que ninguna excusa saldría de mi boca. Un mesero se presentó para preguntar si quería un vienés. Respondí que no me gustan los bebistrajos. Té. Negro. Se fue, malhumorado, y yo sonreí, observando a una mujer que chachareaba con el señor Ascohumano. La voz semirritada de Elsa se dejó oír:
—¿Cuál es el problema?
—¿Cuál problema?
—¿Para qué diablos me hiciste venir?
—Porque tenía ganas de verte, es lógico.
—¿Nada más?
—Claro, ¿debió morirse alguien?
—Casi. Tengo asuntos que tratar. No puedo perder el tiempo así como así.
—No lo perderás, te lo aseguro.
—Bueno, y aparte de beber café, ¿qué haremos?
—Ir al cine, ¿qué te parece?
—¿Al cine?
—Yep, veremos un programa doble.
—¿Vamos a ir a un cine de barriada?
—Claro. No me salgas con convencionalismos burgueses, Elsa-Elsa. Además, el programa ya está hecho. Pasan dos films: uno lo quiero ver; el otro, no. Por lo tanto, primero me divertiré con la película, y después, contigo.
—¿Qué te pasa, estás loco?
—Nada de eso, Galván, primero nos divertimos con la película, y luego, con nosotros mismos. ¿Te gusta esa versión? ¿La pescas?
Claro que la pescaba. Me miró sorprendida, abriendo los ojos al máximo, pero sin objetar. Terminamos nuestros cafés y fuimos al cine Gloria, donde exhibían una película austriaca muy chistosa. Luego seguía un nauseabundo western y fue entonces cuando sostuve un apasionado encuentro con la Galván. Confesó, al salir, estar «un poco aturdida», y viendo que no nos dirigíamos al coche, inquirió:
—¿A dónde vamos?
La miré con una sonrisilla sardónica al responder:
—Pues a un hotel, ¿a dónde si no?
Volvió a mirarme sorprendida pero sin decir absolutamente nada.
Con toda premeditación no la dejé en paz hasta ya avanzada la noche, y entonces, no insistió en ir a su casa. Por el contrario, cayó dormida con pesadez. Yo, viendo logrado lo que buscaba, dormí también.
Me dejaba arrastrar por un arroyo que iba creciendo de caudal. Crecía, crecía, crecía, pasando por valles, selvas y cataratas, hasta desembocar en un mar sucio, oscuro, que con furia embatía las costas, causando destrozos. Yo iba en ese mar.
Avanzado el día, Elsa me despertó alarmada. La iban a despellejar en su casa. Aunque también correría igual suerte, me di el lujo de hacerle bromas, tomando la cosa con gran calma. Al fin, viéndola tan desesperada, fui a dejarla.
Cuando entró en su casa a toda velocidad, mi apenas visible sonrisa empezó a desarrollarse. Yo, sentado en el auto, riendo frente a la casa del señor Galván. Con grandes carcajadas me dirigí a la escuela, donde hice rabiar al profedistoria. Saliendo, fui a La Linterna. Tomé un enorme helado y ordené cuatro sándwiches de jamón. Al comer, recordaba las caras y gestos de Elsa, la noche anterior, cuando temerosa de embarazarse, me pedía toda clase de precauciones que por supuesto no tuve.
(—Wear a safe… —La ingenua. La apenaba decirlo en español).
Y mi grotesca mano larga sobre su cuello cuando se durmió.
En casa, como imaginaba, me regañaron impecablemente, mas hice caso omiso de los argüendes paternos, dedicándome a estudiar la copia de una pintura de Goya (¡mi culto padre!) que había en la sala. Papá se cansó. Entonces, fingiendo tranquilidad, comí leyendo un pornográfico libro de homosexuales parisinos. Al irse mis padres a Nosedónde, enfilé a la sala para hacer escándalo con el estéreo. Carmina Burana, La caída de Berlín y Lohengrin. Comprendí que se hacía tarde y enfilé mis pasos a la reunión circuloliterariomodernista.
Llegué demasiado temprano. Apenas estaban el señor Ruiz y la señora Ruth. Empezamos a discutir la estructura de la novela contemporánea y la doña monopolizó la palabra (no porque supiera más, sino porque hablaba más: tenía la desgraciada costumbre de ladrar estupideces sin tregua). Para nuestra salvación llegó Tulio, quien fue atacado por Ruth: tenía «algo importante que comunicarle». Vicky y Rosaura me preguntaron por Elsa-Elsa. No supe si vendría, probablemente no.
—Me reservo la razón, je je.
Inquirieron luego si haría fiesta al día siguiente. ¿Qué era el día siguiente? Mi cumpleaños. Ah, sí, no recordaba/
—Inviten arrobas de amiguitas.
Luego interrogaron por mis trabajos.
—Van bien, van bien.
Quieren saber si leeré algo.
—Nop, hay que pulir los textículos.
Volvió a salvarme Tulio al pedir la rigurosa cuota, que pagué en ese mismo instante. David llegó con Jacques y se dio principio a la reunión. Informóse que el pasquín por nosotros publicado saldría en una semana non sancta. Invité a todos a la fiesta. David leyó un capítulo de Rojo y negro que fue comentado (alabado). Jacques gruñó algo de Malraux que fue criticado y alabado. La señora Ruth leyó una pieza de teatro que fue criticada (y con razón). Se aprobó el informe de las finanzas. Y después de que Rosaura leyó un par de poemuchos sin métrica, sin rimas y sin poesía, me di cuenta de que la reunión había terminado, sin la presencia de Elsa.
Fui a casita para telefonearle. Me contó, con acento patético, que la habían regañado y estaba castigada. Le dije que sus padres eran de un burgués subido, lo que ella aplaudió. Luego, informé acerca de la fiesta y aseguró que, contra viento y marea, estaría presente. Con un dulce.
—Buenas noches, mi vida —se despidió.
Después llamé a Germaine, quien se turbó, sorprendida por el telephony. La invité a la fiesta, y cortésmente, se negó. Con un
—Buenas noches —sin vida, se despidió para siempre.
Hice millones de llamadas entre vecinos, amigos y compañeros de escuela. Visité a mi padre y me dio el innecesario permiso, preguntando qué deseaba de regalo. Dije: lo que gustase. Tras preguntar por mi novela, se fue a dormir, lo mismo que yo.
Me despertaron Las mañanitas a las seis. Tenía tanto sueño que odié Las mañanitas, y sobre todo, a quien las puso. Fue mi padre, quien se presentó para felicitarme (¡oh, padre comprensivo!), diciendo:
—Mira, hijo, realmente no sé qué regalarte, creo que tú eres el único que puede comprar algo de tu gusto —sic—, así es que toma este cheque y a ver qué te encuentras.
Gruñí, asintiendo, y volví al sueño.
Desperté de nuevo, a las diez, para ver el cheque: tres mil pesos, mexican currency. Me dio rabia. Hubiera preferido cualquier cosa, zapatos, un frijol o cualquier chuchería, menos dinero.
Mis ojos comenzaron a anegarse. Tenía el cheque en la mano, viendo nublado. Tres mil. El techo. Azul triste, sin manchas. Desolación. Estuve así largo rato, sin levantarme. Mi madre aún no me felicitaba. Papá, dinero. Día nublado. La casa silenciosa. Me bañé sin deseos, y el agua, que normalmente me traía tranquilidad, picoteaba mi cuerpo, despiadada.
Al bajar al desayuno, giré instrucciones a la servidumbre. (Mon pauvre ami!). Salí a cambiar el cheque, para contratar a una orquesta: los Colosos del Huarachazo. Después, meseros y barhombre.
Fui a la escuela para seguir invitando. Hacía un calor infernal; daban deseos, como en aquella leyenda china, de tirar flechas al sol para que se ocultase. Saliendo de etimologías, enfilé hacia el centro de la ciudad.
Con el coche estacionado, recorrí Madero para luego entrar en una nevería del zócalo. Después, compré unos gaznés de seda italiana hechos en Kioto. Tras recorrer un museo, fui a una biblioteca —de donde saqué informes biográficos de Jaspers que no necesitaba—. En una discoteca compré varios largopléis: Satchmo, Adderly, Debussy y Grieg. De nuevo en el auto (al que llegué tomando un pesero), emprendí hacia la Embajada Austriaca para pedir un plano de Viena e informes sobre clases de alemán. Me remitieron al Humboldt, pero enfilé a una librería (poemas: Perse, Verlaine; teatro: Beckett; novela: Kerouac y Lagerkvist). Comí en el Rendezvous, de donde telefoneé a Elsa-Elsa, quedando de recogerla frente al monumento a Cuauhtémoc. En el restorán, encontré a unos obesos amigos de mi padre que pagaron mi cuenta.
Fui, ya entonces, por Elsa-Elsa que se había escapado.
(A propos, ella me inquirió por qué había empezado a decirle Elsa-Elsa.
—Es claro —respondí—, recuerda a Lola-Lola, a Yom Yom y a Hummy Hummy).
Estuvimos en un cafetín hasta las ocho y entonces partimos a mi casa. Los encargados de la cantina y de atender a los invitados estaban ahí, preparándose ya. Los Colosos del Huarachazo también habían llegado y afinaban sus instrumentos entre trago y trago.
Elsa tomó posesión del baño, para arreglarse. Mi padre llegó con un terceto de torvos amigos y empezaron a beber copiosamente en el jol. Llegaron unos compañeros de escuela con sus parejas cuando la orquesta atacaba un rocanrol. Mis amigos aullaron de alegría al empezar las hostilidades, bailándolo. Elsa regresó y nos unimos a la jauría de compañebrios. Tal parece que el rock fue grito de guerra, pues empezaron a llover invitados en busca de jaiboles. Mi madre no estaba y lo extraño era que papá estuviese.
Saboreábamos whisky enrocado cuando mi padre y compañía se aparecieron para decir:
—Nos iremos para que puedan divertirse.
Y lo hicieron, no sin antes guiñar el ojo significativamente. Para entonces ya había gente por doquier: en el jardín, jol, cocina, comedor, salas, etcétera. Los meseros no se daban descanso sirviendo cocteles. Como era natural había mucho paracaidista y puesto que era poca la gente que conocía, jalé a Elsa, dedicándome a bailar y beber como un invitado más, olvidando mis sagrados deberes de anfitrión.
La fiesta fue, como la gente dice, de mucho relajo. Todos se divirtieron al encontrar lo indispensable: ganado hembruno, música y licor. (Yo también encontré las tres evasiones para mi seudodiversión). Tampoco faltó el ridículo de siempre que empezara a bailar rumba, con sus inevitables gruñidos simiescos, siendo el foco de todas las risas.
La cosa duró hasta las cinco de la mañana, cuando sólo quedábamos Elsa y yo. Músicos, barcuate y meseros habíanse pirado. El estéreo demostró, de nuevo, su utilidad y bailamos unos momentos, hasta que Elsa decidió quedarse conmigo. Por suerte, mis padres brillaban por su ausencia.
La segunda mañana consecutiva viendo la espalda de Elsa me dio la impresión de algo sucio y triste. Un raro sentimiento se empezó a formar en mí, mientras veía los rubios vellitos de su espalda. Mi cabeza era un caos, dolía terriblemente. La sed devorando el interior de mi cuerpo febril. Veía la piel: blanca, tersa, y luego, la azulez del techo, y mi cuarto, y los muebles, y la ventana, y el tocadiscos, y mi mano, y yo. El vértigo, los círculos, vueltas ininterrumpidas abrasando a mis ojos cerrados. Todo en mi cabeza.
De mi boca escapó un grito de angustia. Elsa despertó alarmada, por segunda vez también.
—Estás muy pálido, ¿qué te pasa, Gabriel? —su vocecilla un tono más agudo de lo usual.
—Nada —respondí, dándole la espalda.
Como quiso cerciorarse, hice lo posible por aparentar serenidad, mientras que en mi cerebro los círculos se desvanecían, quedando sólo la sed y el martilleo.
—¿Qué horas son?
Manoteé, tratando de tomar el reloj del buró.
—Doce y cuarto.
—¿Doce en un cuarto?
—No, doce y quince.
—Veintisiete.
La dejé por imposible. Ella hizo un cómico gesto de resignación al mascullar:
—Otra regañada.
Quise reír y lo único reflejado en mi rostro fue una mueca de hastío, que a Elsa debe haber divertido mucho, pues riendo dijo:
—A lo hecho, pecho, bajemos por un hectolitro de aqua o por unos cuantos bloodymaries, no aguanto esta cochina cruda.
Me sorprendió cuando, sin ninguna pereza, dio un salto para vestirse al instante. Tras mirarme, dijo sonriendo:
—Vamos, niño, no seas pudoroso, levántate, no me interesan tus velludas piernas.
Sonreí también al levantarme. Ella no se quiso dar un regaderazo y encogió los hombros mientras explicaba:
—Poco me importa el baño, como Yasabesquién, no tengo prejuicios tan idiotas acerca de la limpieza.
—Uy, qué europeda.
Bajamos, y cuando la cocinera vio a Elsa sentada en el desayunador, exigiendo unos chilaquiles bien picosos, abrió los ojos hasta desorbitarlos, mirándome escandalizada, sólo para encontrarse con una de mis mejor-ensayadas-miradas-glaciales.
Un gesto de valentía: Elsa me invitó a nadar en su casa de campo. Naturalmente, acepté. Después del desayuno subimos en el coche, con todos los aditamentos necesarios, para marchar a la carretera de Cuautla, donde estaba su casa. Ahí, tras nadar un rato, dormimos y despertamos hasta el anochecer, hambrientos.
De nuevo en la ciudad, nos colamos en un restorán y luego fui a dejarla a su casa.
En la mía, papito estaba encolerizado. La cocinera le contó que Elsa había pasado la noche conmigo. Furioso, me soltaba las de siempre:
—¡Eres un desvergonzado!, el que fuera tu cumpleaños no te daba derecho de convertir la casa en un prostíbulo. ¿Quién te crees ser?, no mereces lo que hacemos por ti; tu madre y yo no nos hemos divorciado sólo por ti.
Yo pensaba frases como qué penoso, don’t say, divórciense, tarareando la Danza del sable. Mi padre me dejó por imposible y yo subí a la recámara para oír El Lohengrin y para seguir escribiendo mi novela.
Durante el octavo capítulo, mi mente se desvió para ocuparse de mis paparruchos.
¡Qué idiota es el viejo, qué mente tan putrefactamente cerrada, no merece respuesta ni los honores de la refutación!
Mi madre aún no regresaba y recordé cuando Germaine, refiriéndose a la suya, dijo:
—Debe haber salido con alguno de sus maquereaux —y comprendí que mi madre andaba en las mismas. Die Lohengrin terminó, y sin saber por qué, puse un rock.
Warden threw a party
in the county jail,
pensaba en lo hermoso que sería vivir solo, completamente retirado de la sociedad
—¿Suciedad?
no, sociedad. En el sótano de una casa semiderruida, comiendo plátanos, bebiendo whiskín y escribiendo versos cursis a la naturaleza y escatológicos a la humanidad. Pero, como no podía ser, bajé al jol para ver TV. Una arcaica película de Galán-apuesto-traje-pipa-gabardina (Notable Actor, por supuesto). Al terminar el extranjero film, festejé su final con un largo trago de mezcal de Oaxaca.
Desperté porque alguien me había telefoneado. Gruñendo, bajé a contestar.
—¿Quién es?
La sirvienta respondió que una señorita Dora. Solté la carcajada, pero cuando oí su voz, hasta la soñolencia se esfumó.
—Pero ¿en verdad eres tú?
—¡Claro!
—Oye, ¿qué andas haciendo por aquí?
—Me mandó llamar mi vomitable padre para que recogiera todos mis cochinos papeles y para regañarme, por rojilla…, je je, ya enteróse.
—Caray, Doruca, esto es increíble.
—¿Qué tiene de increíble? Pareces de la Edad Media, ¿no sabías que existen aviones supersónicos?
—Ya párale, ¿no?
—¿Te acabas de levantar?
—Sí, pero eso no importa. ¿Dónde te puedo ver?
—En tus sueños.
—En serio.
—No, ahorita estoy en mi casa.
—Ja, ja. Espérame, no te muevas, voy para allá/ Oye ¿cuándo llegaste?
—Quetin.
—Enloqueciste en Luropa, ¿eh?
—Llegué ayer en la noche, y me voy mañana a Mérida.
—Okay. Attends.
Me vestí y arreglé rapidísimo para ir a verla. Al llegar, me esperaba ya en la calle. Realmente, se veía mejor. No sé, diferente (qu’est-ce qu’a Wien?). Subió en el auto.
—¿A dónde vamos?
Nada de respuesta. Encogió los hombros para relatarme sus andanzas en Europe (dijo oirope). Su tía seguía tratándola muy bien (sehr schön, dijo ella), lo que reprobaba su feudal padre. Del estudio, ni sombra. Austria, muy bonita, difícil situación política, problemático el balance de fuerzas. Engordó dos kilos (se le veían bien, etcétera).
Nos detuvimos en un bar drive-in, como en los viejos tiempos. ¡Sorpresa!, no bebió.
Realmente está distinta.
Fuimos después a otro bar de día, mientras le contaba chismes, mis problemas y etcétera. Poco a poco fui embriagándome. Dora saldría, al día siguiente, a Yucatán, luego a Miami, a Chicago; y de ahí, a Viena, todo por Panam. Sentí sinceramente que tuviera que irse. Le dije que se quedara, no sabría explicarlo, pero la necesitaba.
Otro scotch.
—Ya no bebas, Gabriel.
—No te vayas, no te vayas.
Dora suspiró. ¡Ay, imbécil, estupidísimo, ultraidiota! Traté de besarla, mascullando
—No te vayas,
pero, claro, ella se separó. Ya no era la misma.
—¿Para qué, Gabriel, para qué?
Quedé abatido. Con vergüenza. Sin saber qué decir. Dora prosiguió.
—En verdad, no entiendo ya esto. Quizá antes fue mi vida, quizá fue lo normal, pero ahora es tan distinto, Gabriel, así debe ser, ¿no? Debes cambiar, superarte, encontrar otro mundo. Lucha, rompe tu lindo hocico. Siempre pelea por algo, cuate; tarde o temprano sabrás por qué. Pero debes abandonar la vida que llevas. Tienes que buscar para entablar la batalla, ¿oyes?, esto es muy serio, Gabriel, buscar. Detesto parecer moralista, pero ¿qué caso tiene que me beses y que vayamos a la cama y que todo sea igual que antes? Debemos avanzar, no quedarnos estancados, seguir adelante hasta rompernos la cara. Y hay que averiguar la manera de hacerlo. Yo sé qué busco, pero tú debes buscar aún. Maldita sea, escúchame, Gabriel, hay que hacerlo. Entiende, por lo que más quieras, hay que buscar.
Al oírla me sentí completamente hueco y frustrado. Supe que había algo equívoco en mí. Dora decía:
—No llores, ¿para qué?, enfréntate a la vida, busca.
Respondí entre sollozos:
—Sí, Dora, Dora, Dora, yo buscaré y voy a alcanzarte.
Dora, no obstante sus sonrisas dulces, repetía y repetía.
—Palabra que sí, Dora.
Fui a dejarla. Y después, en mi casa, sentí el martilleo. No hubo círculos esa vez. Sólo la sensación de vacío. Quería que las palabras de Dora me llenaran, pero no fue así. Sólo pensé:
Es imposible, ya estoy muerto, morido, fallecido; necesito una tumba, con pastito y lápida limpia, qué mierda soy/
Sin embargo, seguían en mi mente sus palabras. Y quise dormir. Pensar, pensar, tal vez meditar/
—Una tumba/
me dormí.
Una inmensa sensación de tristeza me invadió al saber que Dora había abordado un confortable jet hacia Mérida, luego a Miami, a Chicago, y sin conexión, a Viena.
Tras releer el último capítulo de mi novela, me dieron ganas de destruirla.