Run Samosn run
Delilah’s on her way
Run Samson run
I airn’t got time to stay
SEDAKA & GREENFIELD
Día nublado con vientos soplando violentamente. Hacía pocos momentos anunciaban que «el arribo» del jet de Chicago se retrasaría una hora, a causa del tiempo. Vi el enorme reloj: eran las cinco de la tarde. Miré a mis padres y a mi prima sentados, con los gruesos abrigos colgando en sus cuerpos.
—¿Ahí piensan estar hasta que llegue?
Mi padre asintió, y entonces, balbucí que estaría en el café. Mi prima se levantó, anunciando que me acompañaría. Tras encoger los hombros, me dejé seguir.
Pero no fuimos a la cafetería: entramos en el bar.
—¿Conoces a esa tía?
—No; jamás la he visto.
—Dice mi madre que vive en Chicago desde los once años.
—Algo oí de eso.
—Y que allá se casó.
—¿Está casada?
—Sí.
—Allá ella.
—En efecto, yo no me pienso casar en bastante tiempo.
—Porque no tienes con quién.
—Tú sabes que eso no es verdad.
—Yo no sé nada.
—Contigo no se puede hablar, eres imposible.
—De acuerdo, soy imposible.
—Dicen que es muy bonita.
—¿Quién?
—Nuestra tía: Berta de Ruthermore.
—¿Así tiene el descaro de llamarse?
—¿Berta?
—No. Ruthermore.
—Es su marido quien se llama así.
—Lo cual no impide que el apellido deje de ser un cañonazo al tímpano.
—No seas exagerado.
—No es exageración.
—Sea, pues… ¿Piensas ir a la fiesta de los Babosos Artigas?
—¿Cuándo será eso?
—Pasado mañana.
—No sé, no me habían pasado la onda.
—Va a aguantar. El licor correrá sin diques.
—Lo sé, y tú te revolcarás con Nosequién.
—Me revolcaré con Yosisé, alias Jaimito Valle.
—¿Tu novio en turno, Laura?
—Mi novio en turno, Gabriel.
Sonreí ligeramente al tomar mi trago. Laura era todo un carácter: tenía mi edad y su fama de intrépida parrandera era bien conocida en todas las élites. Cualquiera diría que le encantaba «la vida ligera y sin preocupaciones». Tenía entendido que sus estudios iban por los suelos, mas era bastante poco lo que eso le interesaba.
Es simpática, pensé, congeniamos bien.
—ción anuncia la llegada de su vuelo 801, procedente de Chicago, servicio/—dijo una voz profesional, femenina.
Laura pagó los licores, con mi correspondiente sorpresa. Nos reunimos con mis padres en la llegada internacional, para ver el descenso de los pasajeros del jet.
Mis padres empezaron a saludar a alguien. No supe a quién hasta que mi madre señaló a Berta Guía de Ruthermore. No parecía tener más de treinta años (quizá los pasase, pero su figura era joven): un poema hecho mujer, como dijera Torres B. Alta, ojos destellando simpatía y malicia, cuerpo digno de un anuncio.
—Realmente es bonita —dijo Laura con miradas de envidia y admiración.
La tía estaba ya frente a nosotros saludándonos con sonrisa alegre. La vimos, a través de los vidrios, hacer todos los trámites.
Cuando al fin se reunió con nosotros, su conversación fue el centro de todo. Laura estuvo callada, aunque tenía una bien merecida fama de conversadora simpática. Mr. Ruthermore tuvo que quedarse en Chicago. Estancia de sólo tres días para decir hello a la familia. Ya casi no hablaba español, pero afortunadamente yo conozco el inglés, mi padre también y Laura hacía un grandísimo esfuerzo por hablarlo (sin éxito, es obvio).
Mrs. Ruthermore tenía treinta y tres mesiánicos años y era la hermana menor de mi padre. Odié ser su sobrino, pues me miraba con un aire maternal, haciéndome sentir como el imbécil número uno sobre la tierra.
En casa, ocupó la recámara de los huéspedes (o de los guests, como ella decía). Tomó un sándwich: en el avión había comido. Quedé con la comisión de pasearla y ella aceptó de buena gana cenar en un restorán de seudocategoría.
Fuimos a Focolare, uno de los llamados restoranes tres chic. La tía era realmente inteligente, con agilidad mental asombrosa. Cultura sólida en varios aspectos. Conocedora de todo lo cosmopolita. Había viajado considerablemente y hablaba inglés, francés y alemán; casi había olvidado el español pero lo recordaba con rapidez.
Haciendo un increíble esfuerzo de rapidez, la llevé a dos museos, a una exposición, a CU y a todo lo digno de verse. Llegamos a la mitad de una obra de Strindberg, y finalmente, cenamos en una boite, donde casi se agotó el dinero que mi padre me había dado.
Juró haberse divertido bastante.
Desperté, no muy tarde, con la idea fija de hacer una fiesta en la noche para agasajar a doña Berta Ruthermore, hermana de mi padre, y por consiguiente, mi tía.
Hice un millón de llamadas telefónicas. Mis padres luego de conocer mis intenciones (que los alegraron bastante), invitaron a Lo Más Granado De La Sociedad Capitalina (lo cual yo no quería). Decidiendo invitar a Germaine Etcétera, pero mandar al diablo a los circuloliterariomodernistas, enfilé a casa de mi recién amiga.
Afortunadamente, la pesqué antes de que saliera. Me miró muy sorprendida y con grandes trabajos logré que se acordara de mí. Ya entonces, aceptó con gusto, e incluso recordó que mi padre ya había invitado al señor Giraudoux una hora antes. Quedó, muy formalita, de presentarse en compañía de sus galos padres.
Era imposible mantener el secreto a la Ruthermore, y cuando lo supo, se mostró muy contenta, «porque tenía ganas de bailar». Hice todos los preparativos. Despejé, con la ayuda de los criados, las salas, el jol y todos los lugares donde se pudiera bailotear. Contraté meseros y un conjunto de música tropical, para no dar mala impresión a los imbéciles de la High.
Germaine llegó a las siete —sola— «para ayudar». Mi tía había salido con mamá a visitar a la familia, y en casa sólo estaban los meseros. Aunque yo pretendía fiscalizar todos los preparativos de la fiesta, Germaine, con esa sonrisa tan chistosa, me jaló a la terraza.
Anochecía y el viento penetraba por mi camisa. Al pedirme un cigarro, saqué dos. Observé su rostro con la luz del encendedor (desde el incidente con Dora uso encendedor). El rostro no parecía real, era algo de otra naturaleza; desgraciadamente, sólo fue cosa de un instante, pues tuve que apagar y perder uno de los momentos más agradables con Germaine.
—¿Cuál es el motivo de la fiesta?
—Ya lo dije, para agasajar a mi tía.
—Una apreciable anciana, seguramente.
—¡Qué va!, es toda una belleza.
—Ja, ja.
—No te burlarás cuando la veas.
—No te enfades, Enrique.
—Gabriel.
—Ah, sí, que coincidimos en las ges.
—Bien sûr.
—¿Quiénes van a tocar?
—Un conjunto de chachachá.
—¿Quiénes?
—Los Siguas.
—No son conocidos.
—Eran los únicos a mano.
—Ya doy.
—¿Cómo te ha ido?
—Reg’lar.
—¿Has leído algo últimamente?
—Rimbaud, Une saison en enfer.
—No conozco a Rimbaud.
—¡Toda una francesa que no conoce a Rimbaud! ¡Qué cinismo!
—Ni modo. Y no soy francesa.
—¡Ah! A mí me encanta.
—¿Te sabes algún poemucho?
—Claro.
—Declama uno.
—Uh, no. Soy pésimo declamando.
—Perfecto. Así tendré de qué burlarme.
—Ya, ¿eh?
—Ándale.
—¿En francés o en español?
—En francés, naturalmente.
—Bueno, hay uno muy famoso que se llama «Voyelles».
—Déjate de circunloquios, y venga.
Declamé las «Vocales» y díjome que sólo le había gustado aquello de Ô, l’oméga, rayon violet de ses yeux! Aclaré que el poema pertenece a los Delirios, lo que no pareció importarle. Sólo dijo:
—Ahora puedo decir que conozco a Rimbaud.
Y ante tal imbecilidad, saqué a flote mi más sarcástica risa.
Al cuarto para las nueve, los músicos hicieron su aparición. Poco después, los invitados empezaron a llegar. El ambiente se tornaba más y más pesado. Mi madre y mi tía llegaron y esta última fue presentada a los invitados, que ya habían empezado a platicar unos y a bailar otros. Yo bailaba con la Giraudoux cuando la Ruthermore se acercó en brazos de don Yonoloinvité, diciendo:
—La próxima conmigo.
Y se fue en los brazos, bastante velludos, del mismo señor. Al acabar la pieza, dije a Germaine:
—Iré a cumplir con mis deberes de buen sobrino.
Ella hizo un mohín y enfiló hacia la repartición de bebistrajos.
Bailé varias piezas con mi tía al american way of dance y luego fui a bailar con Germaine. Eso, hasta que sus padres aparecieron, y entonces huimos a la biblioteca, para que nadie fiscalizase su modo exorbitado de beber.
Sus padres la mandaron llamar a las dos de la mañana y ella tuvo que partir.
Salí entonces de la biblioteca para encontrarme con luces tenues invadiendo a danzantes, que ahogados en alcohol se apretaban unos contra otros, llenos de la música sexy que tocaban los Siguas. Mis padres no aparecían por ninguna parte: salieron cada quien por su lado. Mi tía trataba de hacerse entender en español con un mesero; sin éxito, como era natural. Ya estaba muy embriagada, demasiado.
Al invitarla a bailar, aceptó y lo hicimos nuevamente muy pegaditos (sí, al american way of dance).
—He bebido, bebido, y seguiré haciéndolo, mi querido Gabrielito, y tú lo harás conmigo; bebo porque hace mucho que no bebía y porque aquí hay licor y bailo porque no está el imbécil de mi marido y porque tengo con quien hacerlo. Me gusta tu mejilla, por eso oprimo la mía a la tuya. Estoy muy contenta, Gabriel, hacía mucho tiempo sin sentirme contenta.
Mi tía, Berta de Ruthermore, era quien decía eso y en inglés. En otras circunstancias no lo hubiera creído, pero en aquellos momentos estaba muy embriagado y sólo decía en su oído:
—Okay, okay, okay.
Ella siguió hablando incoherentemente.
—Okay, okay, okay.
Luego hablaba de mí.
—Me caes muy bien, sobrino, me caes muy bien, me gustas, tengo ganas de besarte no con un beso maternal ni de tía, no, no, no.
Y lo mismo:
—Okay okay, okay/
Su beso tuvo tal ardor que me asustó, haciendo que me separase.
—Te lo dije, Gabriel, te lo dije.
Seguimos bailando, muy pegados, y ella seguía hablando. Luego bebíamos y bailábamos y bebíamos, bailábamos, bebíamos, sí, sí, sí.
Las cuatro de la mañana: los músicos se van. Mis padres no regresan. Otros se van. Alguien ronca en la biblioteca. Más gente se retira. Nosotros, sí, bailamos. Otros más se van. Bailamos. En el estéreo suena Swing down sweet chariot. Los más borrachos se han ido. Afrojazz ahora. No han vuelto mis padres. Aún bailamos. Ya no hay nadie en la casa. Bailamos. La mano fina de mi tía oprime el interruptor de la luz. Bailamos. Otro trago. Ya no hablamos. Bailamos. Se separa. Me toma de la mano. Ha caído otro disco. Subimos las escaleras. Música de Peter Appleyard. Abre la puerta. Oscuro. Jazz. Cierra la persiana. Más oscuro. Sus labios enterrándose en los míos. Mareado. Hemos caído en la cama. Ya están aquí: vueltas, vueltas, vueltas. El vértigo. Círculos. Mi tía me besa. Ondas, giros, órbitas. Besándome. ¡El vértigo! Las vueltas vueltas, círculos…
De la misma manera como había llegado, Mrs. Berta Ruthermore se fue. Mis padres la despidieron en el aeropuerto. No quise ir, no podía verla otra vez. Sentía que la vergüenza se desbocaba por mis sienes. En la mañana, muy en la mañana, al despertar viendo la espalda desnuda de mi tía, me odié terriblemente y salí de ese cuarto. Los efectos de la embriaguez de la noche anterior, la árida boca, la casa desordenada, mis manos temblorosas, el recuerdo de mi tía, los vasos vacíos, y por último, mi imagen reflejada en el espejo de la sala, se revolvieron en mí, bulleron en mi cerebro haciendo que abandonara la casa para refugiarme en un hotel cercano.
Regresé hasta estar seguro de que Mrs. Ruthermore ya se había ido. Los criados se afanaban borrando los recuerdos de la noche anterior. Caminé por el pasillo, dirigiéndome, inconsciente, al cuarto de los huéspedes. Entré atemorizado. Aún no lo arreglaban. La cama deshecha, las persianas bajadas. Todo igual. Sobre el buró estaba un papel doblado, donde se leía: GABRIEL.
«Forget that night of madness, excuse my heavy drinking and thanks for the memory».
Tras leerlo, reí: reí a carcajadas, sin poderme controlar. Del lado no escrito, puse:
It was a terrific sound
Giggle or noise
Perhaps was spellbound
Perhaps a voice.
—La debilidad exterior proviene de la debilidad interior —dijo Jacques, orgulloso de su frase, pero todos se la reprobaron al instante. Ganó un sinfín de silbidos y de opiniones mordaces.
Con esa frase terminaba su ensayo titulado Tentativa de un estudio acerca de la intelectualidad contemporánea o la siquis de don Juan Tenorio a los dieciocho años, donde citaba en griego, latín y esperanto. Jacques me miró con angustia.
—¿Qué te pareció, Gabriel?
Miré las caras de los circuloliterariomodernistas: esperaban mi respuesta como acertado colofón, mientras Jacques imploraba con los ojos una crítica satisfactoria. Al fin dije:
—Indubitablemente, tu modesta tentativa es la prueba irrefutable de que tu obra parafrasea con éxito la totalidad de la sandez humana.
Hubo una explosión de carcajadas crueles, con la ira de Jacques en crescendo. Me llamó mediocre, burgués, tarado y cosas por el estilo.
—Vas a ver.
Al terminar la reunión, me escabullí rápidamente, temiendo la mirada de Jacques. Fui a un café, donde bebí esa mezcolanza de sombras pensando si realmente había líquido en mi cerebro.
En la mesa contigua estaba un pederasta tirándome el anzuelo, pero me fingí ídem y prefirió retirarse. Recordé a Germaine y me pregunté (estúpidamente) si estaría pensando en mí. Después, inclinaba la cabeza de un lado al otro.
Con ritmo, pensé, para seguir con el juego.
Después, la noia. Fui hacia allá. Casi al llegar, decidí telefonearle. Su voz sonaba lejana. Pregunté si podía visitarla y accedió.
El automóvil, funcionando casi perfectamente, me transportó a su casa. Me senté en un mullido sofá. Todo era lujo y comodidades. No fue mucha espera: bajó sonriendo. Se sentó en un sillón, junto a mí, entornando los párpados, con su sonrisilla. Extrajo de la falda una cajetilla de extranjeros cigarros y ofreció sin mirarme.
—¿Qué deseas?
—¿Acaso es necesaria una razón para verte?
—Mais oui.
—Entonces, hipócritamente, diré que ansiaba estar contigo.
—¡Vete al infierno!
—Yo aclaré.
—Está bien.
—No muy bien, pero está.
—¿Te sientes ingenioso?
—Mais non.
—No me arremedes.
—Ya vas.
—¿Cómo has estado?
—Mira, chérie, ésa es una pregunta vulgar que amerita una respuesta del mismo calibre.
—¿Cuál?
—Bien.
—¡Ahhh!
—Y, ¿tu madre?
—En fin, ¿estás sola?
—Con mi estúpida hermana. ¿Quieres un trago?
Salió dando pasitos cortos, como de ballet. Me dediqué a observar un retrato de su señor padre que fue, seguramente, la obra de un morfinómano con pretensiones abstraccionistas. Cuando regresó con las copas, le pregunté por el mamarracho que intentó pintar a su padre. Respondió, sin inmutarse, que había sido ella. Mis carcajadas invadieron la estancia.
—¡Tu padre debe quererte mucho para colgar ese engendro en plena sala!
—Vamos, no te burles. Mi talento, combinado con el ocio, produjo esto.
—Y aparte de tus bocetos, ¿qué haces?
—Sabrás, soy el arte mediocre con faldas, pues también escribo.
—¡Caray, cuántos intelectuales en un solo país! Habrá que ver tus trabajos, puede ser interesante.
—¿Crees?
—Yep. Formo parte de un círculo literario y correteamos a los nuevos valores.
—¿Podría entrar?
—Claro, andamos escasos de fondos y tus cuotas nos empujarían bastante.
—Entonces, entraré.
—No podrás escaparte —precisé con expresión de canalla.
Salimos de su casa para anegarnos de licor en un bar. Whisky, whisky, Castillo. Pensé que mi cerebro se volvería charco. Pasado un momento, los efectos del alcohol empezaron a dejarse sentir: las luces se empeñaban en bailar un cursi pizzicato. Germaine, mirándome divertida. Luego, para mi pesar, irrumpió el show. Cosas vulgares y gazmoñamente pornográficas se sucedieron.
—Este show es una invitación al vómito —dije a Germaine—, yo me largo.
Sus ojos se alegraron, y tras acabar con su licor, respondió.
—Nos largamos. Allons, enfants de la mairie!
Tras pagar, nos refugiamos en el cochemóvil. Estábamos embriagados hasta la médula.
—¿Qué hacemos? —preguntó, mientras el aire se colaba para juguetear con su clitorito.
—¿Por qué no vamos a faire l’amour?
Pero se negó.
—Vete al infierno, ésas son cochinadas.
Sin insistir la llevé a su casa. Después, ya en mi cuarto, al desvestirme, advertí que todo era nebuloso.
¡Oye, Gabriel, tienes líquido en el cerebro!
Logré acostarme, sólo para sentir el deseo de que Germaine estuviera conmigo. Mas no era así y un raro sentimiento me llenaba, como cuando las olas alcanzan la arena. Y yo, borracho e idiota, me sentí solo, ahogado en el líquido de mi cerebro.
Al día siguiente desperté con un dolor que puso fin a las pesadillas con que bregaba. La cabeza bailoteaba sobre mi cuello y el sabor de whisky corroía mi boca. Estaba atravesado en la cama, con la lengua seca y el cuerpo perdido en una humedad desquiciante.
No sentía deseos de nada: me odiaba casi en serio. Nada era imposible. No tenía ganas de levantarme ni de permanecer en la cama. La luz lograba penetrar por algunas rendijas enterrándose en mis entreabiertos ojos, con rabia.
—Soy un cochino —dije al levantarme.
La regadera brindó su hospitalidad y el agua hizo que reaccionase. Recordé que ya era tarde y aún no desayunaba. Me sentía extraño, confuso, débil, y el dolor ubicado en mis sienes permanecía con terquedad. Agua caliente resbalando por mi cuerpo; abierta la boca, las gotas penetran en ella. Abrí la fría: mi cuerpo se contrajo sintiéndome un poco mejor.
No comí casi nada, pero bebí hectolitros de agua. Mi madre me regañó por llegar tarde la noche anterior, mientras yo balbuceaba disculpas incoherentes.
En el jardín el sol me golpeó con furia, obsequiándome una comezón exasperante. El cuerpo me picaba y sentí la necesidad de huir para refugiarme en la sombra. La casa y yo estábamos tristes. Sentí deseos de pegarme un tiro.
Sería sencillo, y divertido, acomodar el cañón de la pistola en mi boca, ¡qué albur tan suicida!, y juguetear un poco con el gatillo hasta que la lengua de fuego acompañara a la mía. Pero no, no podría ver la cara de los asistentes al velorio, ni de los amigos incrédulos, ni la nota en los periódicos, ni mi sepelio… En el seno de la Santa Madre… ¡Pura madre! No vale la pena, el principal goce me sería vedado, como todo.
Intenté escuchar música seria, pero se atoraba en mis oídos, negándose a penetrar. Tuve que recurrir al jazz que me dejó una sensación de vaciedad interna. Mascullé:
—Realmente debo saludar con buen rostro a mi propio ser —para agregar en voz alta—, ¡buena suerte, ignorado!
Mi prima entró, mirándome divertida. Me volví para espetar con enojo:
—Estimada Laura Algomás, prima hermana mía, lárgate al infierno antes de que opines algo.
Rio de buena gana.
—Alguna vez pensé que estabas orate y ahora lo compruebo.
Traté de encerrarme en mí mismo, pero ella pidió:
—Gabriel, la mañana está demasiado hermosa para que la eches a perder con tus idioteces; sírveme un collins.
—Pídelo, no soy tu criado.
—Deja tu agresividad, lo prepararé yo misma.
Tras ir a la cantina, regresó con un par de ginebras en las rocas. Me ofreció un vaso, y tras dar un pequeño sorbo:
—Revuélvelo, no seas salvaje.
Haciendo un mohín, revolvió la ginebra con jugo de toronja. Me supo bien y despejó mi estado de ánimo. A Laura no le gustó el Solitude de Duke Ellington y puso unos rocks comprados en una debilidad pasajera.
—De Ellington a Washington, prefiero Washington.
—Yo, Remington —agregué con sorna.
Coreamos las canciones durante un buen rato, y con el trago, desapareció mi dolor de cabeza. Laura estaba inquietísima, no permanecía más de dos segundos en un lugar. Se acercaba para hacerme cosquillas, mascullando sandeces.
—Broco emboco y coloco porquentoco y tienes una chistosísima cara de/
Yo la rechazaba, riendo, pero agradecía en lo profundo su ligereza. De pronto me vi haciendo chistes, y luego, escuchando con interés su plática.
—me veo en el aprieto, Gabriel. Este Jaime Jaimito quiere poner en práctica las teorías del Kama Kostra o como se llame. Le digo chitón, perrito, ¿qué mosca picóte? Pero no me hace caso. Entonces, aprovechando mi característica agilidad, me levanto. Jaimín se queda literalmente nadando en el sofá. Debe creerse en camita, con enternecedores sueños eróticos, porque se bambolea y se agita como loquito. Tarda siglos en darse cuenta de que ya no tiene partner. Lo observo despatarrándome de risa. Cómo eres, mi vida, dice el idiota: No paro de reír como enana. ¿Qué te pasa?, ¿de qué te ríes?, pregunta el menso, enojándose poco a poco. Tú sabes que cuando empiezo a reír ni quien me pare. Jaimazo se enoja. Está rojo rojo, buscando una palabra cochinísima para insultarme. Pero no la encuentra, ya ves que anda corto de riqueza idiomática. Por fin se sacude todo y eructa: ¡Mancornadora!, aúlla temblando. Yo casi doy brincos y volteretas de la risa. Ve nomás: mancornadora. Se voló la barda. Eso fue un día después de la fiesta en su casa. Desde entonces no lo he vuelto a ver, ni ganas: reventaría de risaloca. ¿Dónde vamos a comer?
—Ah, con que venías a gorrear la comida…
—Claro. Mi padre, tío tuyo por añadidura, está enojado conmigo porque le contaron un truculento chisme/
—¿Chisme?
—Chisme —recitó— no es contar mentiras, sino contar cosas con mala fe.
Aplaudí.
—Grazie. Así es que prefiero torearlo más tarde, cuando se le haya pasado la furia. Bueno, no te hagas, invítame la papa, ¿no? Detesto la comida casera.
Riendo, le comuniqué mi falta de dinero. Tras un buen rato de meditación, subimos a la recámara de mi mamá para birlar un broche de esmeraldas.
Nos estacionamos frente al Monte de Piedad, donde dieron tres mil pesos por el broche. Al salir, un agente de tránsito se afanaba en quitar la placa del auto.
—No sea malito, señor —lloriqueó Laura—, si sólo estuvimos un ratito adentro.
Los coyotes del Monte de Piedad contemplaban la escena atentísimos (ya antes habían querido comprar el broche, y después, la boleta), intimidando al agente.
—Está prohibido pararse aquí. Déjeme ver su licencia.
—Cómo es, ándele, no se lleve la plaquita, para qué le sirve… —insistía Laura, con su sonrisa sexy, moviendo los hombros.
—Además, olvidé la licencia —pio Laura, entornando los párpados.
—Uh, señorita, le conviene más que me lleve la placa, en realidad debería llamar a la grúa y llevarme el coche.
—Pero usted no es tan malo —dijo Laura compungida—, a leguas se le nota lo buena gente. ¿Le han dicho que se parece a Pedro Infante? —agregó con cínica coquetería.
El agente se ruborizó.
—Palabra, ¿no vio usted ATM y Qué te ha dado esa mujer? Con el uniforme de tránsito era igualito a usted/
—Pero/
—y acuérdese qué buena persona era Pedrito cuando salía de agente. ¡Dios mío!, se parecen horrores.
Coloradísimo, el agente nos dejó la placa. Laura, tras hurgar en su bolsa, le dio cincuenta pesos.
—Un recuerdito, señor. ¿Siempre está aquí? A ver cuándo lo invitamos a una fiesta.
El agente se fue, feliz, tarareando Amorcito corazón.
Laura y yo reíamos como locos. Cuando arrancaba, ella sugirió:
—Momento, primito. ¿Para qué quieres la boleta? Ni que pensaras desempeñar el broche. Vamos, véndela.
No me dejó titubear siquiera: arrebató la boleta y la vendió —¡en quinientos pesos!— a un coyote voraz que rondaba el auto.
Pero no me molesté. Me sentía espléndido. Laura exigió los cincuenta pesos del agente y también los restituí.
Fuimos a La Pérgola y Laura dio mucha guerra a los meseros. Nos sirvieron Chateaubriand con salsa de Berna y tinto de Anjou. Dejé cuarenta pesos de propina, por lo que salimos entre vítores y múltiples.
—Hasta la vista, señor.
Siempre me carcajeo cuando me dicen señor y por eso manejé muy mal, pero logramos llegar a la Arena México. Una multitud de muchachitos idiotas (con suéteres de grecas y toda la cosa) se lucían patinando, como si estuvieran en Cortina d’Ampezzo.
Laura, fingiendo no saber patinar, tiró a cuanta persona se cruzaba por su anárquico camino. Tomaba vuelo y a media pista agitaba los brazos hasta empujar a quien estuviera más cerca. Caían de sentón en el hielo. Yo la veía de lejos, sonriendo. Vi cómo alquiló a un instructor de patinaje (que pagué yo) y cómo lo hizo sufrir sin piedad, fingiendo ser neófita.
Antes de salir nos atiborramos de sándwiches y malteadas. Luego, Laura dio cuatro vueltas a la pista, patinando impecablemente, con piruetas y todo. El instructor se puso verde.
A las ocho cuarenta salimos de la Arena México y fuimos al Pedregal. Fiesta en casa del senador Robatealgo. Nos miraron escandalizados porque éramos los primeros en llegar y no vestíamos adecuadamente: Laura, pantalones; yo, levis y chamarra de gamuza.
Rocanroleamos sin tregua. Cuando alguien quería bailar con mi prima, ella se negaba.
—Este día se lo concedí a mi primacho.
La fiesta estaba infame pero nos divertimos epatando a los presentes. Íbamos de un lado hacia otro con sendas botellas de old parr y platicábamos con los mayores.
—¿Cómo anda el senado, senador? —preguntó Laura bebiendo a pico de botella.
—Cuéntenos —reforcé.
El senador estaba acompañado por tres colegas barrigoncitos y nos miró, visiblemente nervioso.
—Bien, bien…
—¿Se divierte, senador?
—¿Ya cenó, senador?
—¿Usted cree que yo pueda llegar a senadora, senador?
—¿Usted cree que yo pueda llegar a líder del senado, senador?
—¿Usted no es líder del senado?
—Pues, no/
—¿Por qué no?
—¿Le cenaron el mandado, senador?
—¿Es difícil la grilla del senado, senador?
—¿Pertenece usted a alguna comisión?
—Sí, a la/
—¿Cuánto le pagan, senador?
—¿Le costó cara su casita?
—Échese un trago con nosotros, senador.
—Ándele, brinde por la juventud, no sea ranchero.
El senador nos miró glacialmente.
—Sí, senador, ya nos íbamos.
—Vamos a cenar, senador.
—Muchas gracias por sus consejos, señor senador, los tomaremos muchísimo en cuenta; y gracias por narrarnos tan gongorinamente sus vicisitudes como senador. Acuérdese que ya quedó en ayudarme a ser senadora, senador.
—Antes de irnos, ¿por qué no baila con mi prima, senador? Ficha barato. Tostón la pieza.
—No sea malito, senador, baile conmigo. Gratis por ser para usted. Un rock y ya.
El senador no quiso: seguramente estaba guardando energías para una sesión recamaral con el proyecto en turno.
En el jardín, abrimos las jaulas de los pájaros para dejarlos escapar. También echamos tierra en la alberca. Rompimos dos floreros. En el baño tiramos la pasta de dientes en la tina, mojamos todos los jabones, limpiamos nuestros zapatos con las toallas y yo oriné en el lavabo, tapándolo previamente.
Salimos al coche, sin olvidar las botellas de whisky, y hasta entonces llevé a Laura a su casa. Apagué el motor y encendí un par de cigarros, antes de seguir bebiendo.
Le conté lo de Germaine, y tras algunos reparos moralistas, lo de la tía Ruthermore. Me escuchó con interés, y cuando terminé, dijo:
—Quién te viera, Gabrielongo. Te felicito. La tía Berta es una pieza fuerte. Pero me voy, como andas incestuosón, a la mejor aquí quedo. Chao.
Reí falsamente al verla bajar, mas para mi sorpresa, solamente sacó su coche.
—Voy a dar un paseíto por el campo, para refrescarme —gritó.
No quiso que la acompañara, riendo divertidísima.
La vi salir a toda velocidad y ya entonces fui a casa, donde dormí como un diablito.
¡Maldita sea!, después de todo, conocí mi figura enfundada en traje de riguroso luto. Esa misma noche, cuando Laura regresaba a su casa, el auto volcó.
Tuve que soportar los aspavientos exagerados de los parientes. Laura, con quien había logrado congeniar, abandonaba el campo. Me abandonaba, sollocé con todo mi egoísmo. Este pensamiento, y el ambiente en general, hacían que odiara a todos. Vomité cada vez que oía sandeces acerca de la falta de precaución de los jóvenes.
—Me dan asco —dije sordamente.
Las miradas en el suelo, susurros de oreja a oreja, alabanzas a Laura de quienes antes la criticaban (mis padres entre ellos). Luego, el entierro. Gente de negro, cabizbaja, fingiendo tristeza y desolación. Una tía, que apenas conoció a Laura, hizo su escena ante la tumba. A la fuerza, algunas lágrimas salían de los ojos de los presentes. Miradas de soslayo, evitando verse las caras. Y los chismes acerca de las ropas. El tono de lástima para con mi tía, que supo comportarse mejor que todos ellos, por lo que ganó un poco de mi estimación.
Qué miedo tan idiota ante la muerte, es lo único digno de estudiarse en esta vida.
Desde la muerte de Laura, decidí trabajar literariamente. Escribir una novela. Me encerraba en mi cuarto casi todo el día, escribiendo capítulos que nunca me gustaban y que perecían en el bote de la basura.
—Tengo que hacer algo.
Ensayé con poemitas en inglés y francés. Mecánicamente tomaba cuartillas para intentar algo. Mirando el papel, encendía un cigarro, para atacar nuevamente la novela.
—Qué bodrio.
Luego, más versos.
No soy nada y soy eterno
eterna impotencia oscura.
Voz que se pierde en susurro
alma que almas enluta.
Ojos áridos sin luz,
ojos de obra inconclusa.
Sonrisa nunca advertida:
helada sombra de gruta.
Existencia sin razón,
vida sin olmos ni luna.
Lo hecho nada ha valido,
sólo temores y angustias.
El amor está deforme
en languidez de la bruma,
el canto ya es canto sordo,
sin matices y sin música.
¿Para qué vivir así
si mis cantos no se escuchan?
¿De qué me sirve llorar
si yo he tenido la culpa?
Y sirvió el retrofechado poemita: me hizo ver que mi cerebro estaba realmente lleno de algún líquido extraño.
Preferí botar las cuartillas para leer una novela de Barbusse, y así, fumando, leyendo, leyendo, fumando y sabiendo que no estaba entendiendo.
¡Sorpresa! Germaine vino a verme la tarde siguiente con aquello de
—Si la montaña, etcétera.
Aunque no la había visto durante un mes, no pidió explicaciones porque sabía —o creo que sabía— que no estaba dispuesto a darlas.
Considerando que en mi casa el ambiente estaría fúnebre, la invité a salir a cualquier parte. Pero se negó, arguyendo que quería estar en mi casa, conmigo (que je n’entends pas!). Pasamos a la biblioteca, donde se había divertido tanto (sic), para iniciar la ronda de costumbre que tanto me hastiaba ya. Beber whisky, adquirir un tono rojizo en la cara y comportarse como imbécil.
En efecto, ya con varios tragos encima y nada de non plus ultra, enfaticé:
—¿Sabes qué necesito?
—¿Qué?
—Acostarme contigo.
—¿Para qué?
—Sais pas.
—Tú bien sabes que no soy una vagina andante, lárgate a un burdel.
—Tú no quieres eso.
—Pues tampoco estoy dispuesta a entregarme así como así.
—Entonces, ¿cómo le hago?
—Sedúceme, despliega tus dotes donjuanescas.
—¿Es un reto?
—Mais oui.
—Acepto.
—Parfait, puedes darte por frustrado.
—Y tú, por seducida.
Seguimos con el whisky, mientras trataba de excitarla, pero ella eludía mi erotismo con frialdad. Redoblé mis ataques y nada. El poseerla se había convertido en obsesión, era ya por orgullo.
Estuvimos aún bastante rato y proseguí mi lucha con el temor de que mis padres se fueran a presentar. Por eso, con un par de botellas, salimos en el auto.
Pasada la medianoche finalmente hicimos el amor, sin sentir más que una mínima satisfacción. De regreso en su casa, dijo:
—No puedo negar que fue una buena contienda, pero, Gabriel —no pudo aguantar más la ironía—, jamás quise hacer el amor contigo, al fin lo hicimos y me siento humillada, muy humillada…
Como buen imbécil que era, contesté secamente:
—Estamos demasiado ebrios, vete a acostar.
Me miró con angustia, entre sollozos.
—No, Gabriel, esto ha sido demasiado. Por favor, no quiero verte de nuevo, no podría.
Confieso que entonces no comprendí, sólo pude asentir, encogiendo los hombros. Vi consternado cómo entró en su casa, llorando, sin volverse.
Permanecí un largo rato mirando a la puerta, y luego, con pasos lentos, regresé al coche. Estuve en un club nocturno de las afueras de la ciudad casi hasta el amanecer. Después, anduve por varias calles, estacionándome en una al azar.
Al amanecer, me encontraba sentado ante el volante, viendo los rayos solares reflejarse en las más altas ventanas de un edificio. Me sentía como golpeado, sin sueño. El dolor de cabeza llegaba en oleadas. Supe perfectamente que en mi casa estaría la voz áspera de mi padre y que mi vida seguiría su mismo monótono curso.
¿Tengo realmente deseos de volver?
Advertí que deseaba con ardor mandar todo al infierno, incluyéndome. Botar mi vida, ir a cualquier parte, pegarme un tiro o algo, algo que no encontré. Vi el sol que aún se reflejaba en el edificio. Lo miré largamente y supe que mis manos sudaban. Me sentí pálido, sin vida. Metí la llave en la ignición y mantuve ahí mis dedos, acariciándola.
¿Me esfumo para siempre del círculo o sigo, sigo hasta que explote?
Cerré los ojos con violencia y el dolor de cabeza se pronunció aún más. Mis dedos acariciaban la llave.
Abrí los ojos, para encontrarme con un anciano que pedía limosna. Negué con fuerza, con los ojos cerrados. Luego, volví a abrirlos y pude ver que el mendigo se retiraba, encorvado. Retiré al instante la mirada de él para encontrar mi mano, sudorosa, los dedos sobre la llave, y en uno de esos largos dedos de pianista, un anillo de brillantes minúsculos brillando profusamente.
Vi al anciano perderse al final de la calle y vi el anillo que brillaba y arranqué el motor, arranqué el motor y salí, sí, exacto, rumbo a mi casa.