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EXTRAORDINARIA ESTUPIDEZ

Tengo la suficiente edad como para recordar aquello que quieran mis años salvar del triste olvido. La suficiente arrogancia como para perdonar todo aquello que nunca nadie se atrevería a imaginar. La suficiente malicia como para desfallecer y sentirme perdido si alguien me mira a los ojos y pregunta por aquellos días. En cambio, tengo la suficiente insensatez como para no dejar que el remordimiento muera conmigo y con mi juramento.

Cuando te paras a pensar en el tiempo que ha pasado desde que eras un niño, no caes en la cuenta de que el alma también envejece. Un pedazo muy frágil de la vida sorprendentemente subsiste en la inocencia esperando con los ojos muy abiertos a que la ventana iluminada de la esperanza se vuelva a abrir. Mi historia es un grito que necesito marchitar y dejar escapar al abrigo del perdón.

A veces uno no se cree lo que conoce de sí mismo hasta que no es capaz de contarlo a los demás.

Hay quienes atesoran una larga retahíla de anécdotas sobre su nacimiento o sobre su familia. Remembranzas que la mayoría de las veces solo existen en sus cabezas, recuerdos falseados que les hacen sentirse especiales. A mí nunca me hizo daño la nostalgia de un beso paterno, o la ausencia alada de una canción de cuna. De lo único que estaba seguro era de que mi madre murió a los pocos años de darme la vida, y de que mi padre jamás me tuvo entre sus brazos. Para mí, el mundo era un escenario enorme donde yo era un mero espectador que esperaba impávido su hora. Siempre me conformé con creer lo que quería creer, y por eso nunca necesité inventarme grandes hazañas que alimentaran mi pasado.

Todo empezó cuando tenía diecisiete años. Yo era nadie en ningún sitio. Mi pueblo, muy húmedo en invierno y poco soleado en verano, siempre fue una isla solitaria en mitad de los bosques que envolvían a La Capital, un lugar donde las tropelías más graves eran las propias de los zagales al salir de misa, con las calles empedradas de grises y tristeza la mayoría de los días, y con los corrales de las casas desgastados con el blanco de la cal viva. Mis pocas carnes se habían aburrido tantas veces de pasear por la plaza de la iglesia, o de corretear del cuartelillo a la calleja de detrás de mi casa, o al revés, cuesta arriba o cuesta abajo, que ya no me importaba que los vecinos más severos me vieran descansar del aburrimiento en cualquier rincón del pueblo, incluso tumbado a la bartola. Vivía absorto en mi mundo, en un viejo desván, arrinconado por una hilera de libros, la mayoría podridos y carcomidos por la humedad. Mientras escribo vuelvo a sentir el olor a rancio de toda la casa, desde el chiribitil donde yo dormía hasta el sótano donde mi tutor, Tito Donabella, se pasaba noches enteras contando y recontando todo el dinero que tenía escondido en los cimientos de la joyería. El rastro que dejaban sus retintines al chocar las monedas bien pudo atraer a Paulo hasta nosotros.

—Buenos días. Quisiera hablar con el dueño.

Tantas veces le había visto mirar por encima de la caja registradora a los clientes, apenas con la luz ceniza de la bombilla del pasillo, que distinguir sus intenciones de entre la multitud de gestos que se dibujaban en su rostro me era de lo más natural.

—Lo tiene usted delante, señor. ¿En qué puedo servirle?

La silueta delgada del caballero parecía formar parte del mobiliario de la joyería. Vestía un abrigo negro y polvoriento, con un pañuelo muy rojo y exagerado saliendo de su cuello.

—¿Es usted el dueño? —preguntó vacilando.

—El mismo —contestó mi tutor un poco incómodo ya.

—¿Hay algún otro sitio donde podamos hablar a solas?

Escruté aquel rostro manido de rasgos delicadísimos, como los de los actores del cine mudo. Intuí que la expresión de dureza de su mirada era el fruto de mucho sufrimiento, de muchas batallas.

—No tengo lugar más idóneo que este para cualquier asunto que precise de la más discreta de las atenciones. —Con una mirada de complicidad, Tito me indicó que cerrara la puerta que daba a la calle. Colgué el letrero de «Cerrado»—. El chico se queda, si no le importa.

Nuestro personaje me miró de arriba abajo. Marcó unos hoyuelos que tenía dibujados bajo los pómulos y sonrió maliciosamente.

—Mi nombre es Paulo, es todo lo que le voy a decir de mí. Vengo a proponerle un negocio muy rentable para usted. Pero antes debo saber si no me estoy equivocando —dijo esto mirando alrededor suyo, como un animal al acecho—. ¿Hay alguien más aquí?

—Le puedo asegurar que no. —Yo me había sentado detrás del mostrador. Desde allí podía ver a Tito sonriendo por debajo de esa proa venturada que tenía por nariz, con la frente chorreando sudor—. Si lo que usted…

—Llámeme Paulo —le interrumpió—, tutéeme.

—Si lo que tiene que proponerme, Paulo, no es nada fuera de la legalidad, le puedo asegurar que no se está…, no te estás equivocando.

Paulo volvió a sonreír. Esta vez sus finos labios no trazaban la misma presencia, consiguieron despertarme de la indiferencia en la que estaba sumido.

—Te creo…, joyero. —Se dejó caer sobre el mostrador y alargó todo lo que pudo sus brazos hacia atrás, sacando de algún sitio una pequeña caja marrón oscura no más grande que una lata de sardinas. La depositó sobre un expositor—. No me andaré con rodeos, necesito que me guardes esto en tu caja fuerte, o donde sea, durante unas semanas, un par de meses a lo sumo. Sin preguntas. Te pagaré bien, muy bien.

Mi tutor se humedecía los labios con frecuencia debido a una falta constante de vida en su piel, pero en aquellos instantes parecía que el pellejo se le había acuartelado y ennegrecido más que nunca. Yo percibía una endeble sensación de miedo mezclado con avaricia. Estiró su mano izquierda con la intención de coger la cajita. Paulo lo impidió ágilmente abalanzándose sobre Tito de una manera muy brusca.

—Nunca… jamás… debes abrirla. Lo que hay ahí no te incumbe. —Sacó de un bolsillo cinco billetes de cien pesetas con Julio Romero de Torres pintado en una de sus caras. Nunca había visto al pintor ni a su mujer morena en los billetes de cien—. Tienes mi palabra de que no hay nada de lo que preocuparte. Yo vendré todos los viernes, sobre esta hora, y dejaré encima de este poyete quinientas pesetas. Todos los viernes a esta hora. Cuando llegue el momento te daré mil pesetas y tú me traerás la cajita sin que yo necesite decirte nada. ¿Lo entiendes?

Sus manos se movían como si estuvieran enguatadas por una pátina de azufre. Realmente poco le importaba a Tito Donabella si en el interior de la caja habitaban mil demonios encerrados o cuatro cacharros de desvergüenzas atrincheradas buscando una maldición. ¡Por Dios!, quinientas pesetas. Era todo lo que le importaba, y parecía que Paulo lo sabía muy bien.

—Confío en ti, Tito Donabella —era la primera vez que le llamaba por su nombre. Nadie se lo había dicho—, confío en tu buen hacer. Buenas tardes.

A los pocos segundos de salir Paulo por la puerta, mi tutor y yo nos echábamos encima del expositor, miramos con curiosidad la cajita, y después de sopesar unos minutos la posibilidad de guardarla tal como nos había pedido el extraño cliente, es decir, accediendo a que la prudencia nos dejara respirar sin dolores de cabeza, decidimos abrirla y ver qué curioso secreto era el que guardaba dentro para que valiera tantas pesetas juntas…

—Una llave.

—¿Una llave? —contesté cómicamente a la frase apática—. Vaya chasco.

—¿Y no sabes cómo se llama? —Nano era cinco años mayor que yo, pero el sarampión y otras enfermedades le habían mermado sus capacidades mentales de una manera alarmante. Era un milagro que aún siguiera vivo—. ¿Y dices que tenía una pistola en el bolsillo de la chaqueta? ¿No sería un espía?

—No te he dicho que tuviera una pistola en la chaqueta, no sé cómo hablarte para que no lo entiendas todo al revés.

Empezaba a amanecer. Allí, en el descampado, parecía que el sol salía casi de golpe. En un santiamén el cielo se nublaba de rayos y todo aparentaba que adquiría un relumbrón nunca visto. Nos dirigimos a la higuera para sentarnos a contemplar a las muchachas que iban a la conservera.

—Te digo que no me extrañaría que hubiese llevado una pistola debajo del abrigo. No que llevase una en la chaqueta —bajé la voz—. Olvida lo que te he dicho de una vez.

Allí estaba, con su morena melena recogida. Parecía que el mundo lo habían pintado para ella. Era la criatura más bonita que jamás hubiese creado Dios. Creo que el día que la vi por primera vez fue el más feliz de mi vida, fue una verdadera bendición. Por supuesto que para ella yo no era más que un amigo que la miraba con unos ojos inocentes, pero para mí lo era todo. Bajé rápido de la higuera y corrí hacia donde ella estaba.

—Dulce —no podía llamarse de otra manera—, ¿vas a ir esta tarde a la plaza?

—Hola, Adiel. Me gustaría mucho pero no puedo, voy con mi madre a la costurera para que me arregle los bajos de un vestido —sonrió. Me pareció ver a la mismísima Afrodita.

—Tengo muchas cosas que contarte. El otro día hablé con Gonzalo…, ya sabes, el hijo de Pascualín el Mangascortas, el que quiso ser cantante…, a lo mejor voy con él a América. Me ha dicho que de allí con un poco de suerte puedes venir nadando en oro. Además, te tengo que contar algo. —Nano acababa de llegar, se colocó entre ambos, respiraba con dificultad y saludaba con una mano al mismo tiempo que se agachaba para inspirar aire—. Esta noche he soñado contigo. Otra vez.

—¿Ah, sí?, espero que nada indecente —se burló—, llego tarde al trabajo y me tengo que ir ya. Otro día dejo que me cuentes lo que has soñado todas estas noches, de verdad. Ahora no puedo. —Arrancó a correr saltando las piedras del camino—. ¡Dile a don Tito que mi madre quiere las esclavas con el nombre para antes de la comunión de mi hermana! —gritó.

Mientras Dulce corría en dirección a la puerta de la fábrica, Nano me miraba distante e inocentemente. Le pasé el brazo por los hombros y subimos por la carretera camino del campanario de la iglesia. Tenía que recoger del cura un cáliz para llevarlo a la joyería a lustrar y a darle un baño de oro a su copa. El sacristán estaba en la portilla de la entrada a la parroquia hablando con dos lugareños. Una palabra llamó poderosamente mi atención: «Asesino». Disimuladamente nos acercamos hasta donde estaban ellos.

—Dicen que el asesino se mueve por estos lugares como Pedro por su casa. Que ni la Guardia Civil es capaz de seguirle la pista. Muchos creen que es el mismo demonio.

—Paparruchas, seguro que no es para tanto.

—¿Que no es para tanto? —El más fornido de los dos lugareños apretó los dientes antes de responder—. Maldita la gracia que le haría escuchar eso a las pobres víctimas y a sus familias.

—Pero ¿ha vuelto a matar?

—El lunes pasado, de mañana, en La Capital. Parece ser que en una joyería del centro. La pobre sirvienta que llevaba café y tortas de anís a su amo se lo encontró esparramado sobre el mostrador con el cuello abierto en canal. Los civiles no se explican cómo a plena luz del día nadie pudo ver ni oír algo. Además —el sacristán tomó aire—, no se llevó nada.

—Pero, entonces, ¿cómo saben que es el mismo de la otra vez?

El sacristán, que ya se había dado cuenta de nuestra presencia, bajó tanto la voz que me fue muy difícil afinar el oído.

—Cuentan que se ha encontrado una cajita de metal marrón vacía sobre el cadáver. Al parecer, en las ocasiones anteriores también se hallaron otras similares.

Debieron ver en mi cara cómo se desnudaba el miedo dentro de mi espíritu, porque los tres parroquianos se quedaron mirándome petrificados durante unos segundos. Mi mente había elucubrado en una porción de nada miles de intrigas, Paulo, la cajita, la llave, el dinero… Salí de mi ensoñación y entramos en la parroquia para recoger nuestro encargo. El cura estaba recostado sobre una mesa en la sacristía, dormitaba entre pequeños silbidos.

—Padre, venimos de parte de don Tito —rezumé sofocado—. Tenemos un poco de prisa, si usted nos lo permite, recogemos el cáliz y nos marchamos ya.

Salimos a tropezones de la iglesia. No podía dejar de pensar en lo que había escuchado, sentía un plomizo estremecimiento recorrer todo mi cuerpo. Veía desfilar por un cielo claro nubarrones de gritos, un ancho camino lleno de lodo por el que circularían sufrimiento y tinieblas. No sé por qué, pero esa era mi sensación. Nano canturreaba mientras a mí los nervios me zarandeaban en un mar de desesperanzas. Tendría que contarle lo que había escuchado a hurtadillas en el portillo de la parroquia a mi tutor, sin demora, era miércoles y se acercaba el día en el que Paulo vendría a pagar. A él le tocaría decidir si dar parte a las autoridades o no.

De nada sirvió que le mancillara los oídos con las verdades más justas que le podría haber dicho. La insaciable codicia que hasta en sueños le atormentaba le decía que más valían las pesetas que podía ganar con el cuento de la llave que todas las historias de asesinos y crímenes que un puñado de catetos recitaban en la puerta de una iglesia. ¡Por favor!, repetía una y otra vez, ¡no son más que sandeces! Sandeces o no, ya era viernes, y a mí, en el interior de mi ser, la magullada estupidez de mi tutor me tenía muy preocupado.

Unas pocas gotas de agua caían de las tejas rojas en el patio interior. Hacía más de veinte minutos que había dejado de llover y el viento desganado era ahora quien golpeaba las ventanas de la joyería. Tito suspiraba metido dentro del despachito, debajo de dos troneras que apenas dejaban pasar la luz. Esperaba la hora pactada en la que Paulo aparecería con las quinientas pesetas. La hora en la que el poyete se relamería de riquezas. La campanilla de la puerta sonó. Mi tutor se agachó inocentemente a mirar de reojo, yo me abalancé como un indeciso héroe al lado del poyete.

—Buenas noches —dijo Paulo depositando cinco billetes de cien—, ¿estás solo, chaval?

—Quizá —respondí majaderamente—. ¿Quién es usted de verdad?

Paulo sacudió la cabeza dejando ver su incipiente coronilla. Se acercó a mi oído y me susurró.

—¿Alguna vez has visto morir a un hombre?

Nunca olvidaré aquel silencio. Agarró mi oreja derecha y la retorció hasta que conseguí zafarme a grito limpio. Tito salió temblando de su madriguera con la cajita en la mano y las quinientas pesetas que le había dado la semana anterior. Parecía un alma en pena que sabía lo inútil de huir. Aguardó unos instantes sin hacer nada. Paulo reía a carcajadas.

—¡Hola, señor Donabella!, pensaba que no estaba usted. Aquí el chaval y yo jugando un rato. —Miró directamente a los enrojecidos ojos de mi tutor—. ¿Adónde iba usted con eso? —rio de nuevo a carcajadas—, ¡guarde eso, hombre!, aún no me lo llevo.

La campanilla de la joyería volvió a sonar. Entró mi dulce Dulce con su madre. Venían a recoger las esclavas. Las dos mujeres, madre e hija, tenían en común mucho más que su particular belleza, ambas se habían quedado huérfanas a edad temprana, ambas eran muy religiosas, ambas rebosaban alegría incontenible que derrochaba vida, y ambas eran terriblemente inteligentes. Entre las dos existía un vínculo indisoluble mayor incluso que el que existe entre madre e hija.

—Buenas tardes, doña Lucía, buenas tardes, Dulce. Lo suyo lo tengo preparado para que se lo lleven. —Tito se mesó los pocos cabellos que le quedaban y, temblando más de lo normal, escondió la cajita debajo de unos papelujos.

—No se preocupe, don Tito, termine usted con el señor.

—¡Oh!, no se inquiete, señora, yo ya estoy listo —dijo Paulo sonriendo como un insolente—. De todas maneras, el chaval y yo nos íbamos a un mandado.

El reloj de la pared indicaba las seis y cuarto. Agaché la cabeza sabiendo que no tenía otro remedio que seguir a ese indeseable hasta que pudiese pedir ayuda. A unas malas saldría corriendo calle abajo hasta el cuartel de la Guardia Civil. Miré hacia atrás un momento antes de salir de la joyería y pude ver cómo los ojos de Dulce se ensartaban en los míos. Mi tutor respiraba temeroso. Paulo me clavó los dedos en el brazo y no aflojó sus garras hasta que no estuvimos a unos metros de la puerta.

—En condiciones normales te pegaría un tiro en la cabeza. Por gilipollas.

Ya no había duda. Era el asesino del que hablaban.

—Te voy a contar un secreto. —Me miró a los ojos fríamente—. Hace unos años un hombre me confió algo que cambiaría para siempre mi percepción de la vida. Me dijo que si quería triunfar en este mundo debía ser extraordinariamente estúpido, el estúpido más estúpido de todos. ¿Entiendes lo que te digo, chaval? —Tragué saliva—. Nunca nadie ha sido más feliz que yo desde que aprendí que no enterarse de nada es lo más extraordinariamente estúpido que me podría pasar. Algún día yo me iré y seré olvidado y tú podrás contar las historias que quieras. Pero hasta entonces, hazme caso…, sé extraordinariamente estúpido.

Caminamos por el empedrado unos cien metros más. Se giró y se puso frente a mí, todavía con sus dedos clavados en mi brazo.

—No debes tenerme miedo —dijo—. Tito Donabella no es tu padre, ¿verdad?

Le miré descorazonado. Unas matas de hierbabuena sobresalían de unas rocas desprendidas. El olor fresco de la lluvia se mezclaba con la hierba.

—No. Es mi tutor.

—¿Tutor? —volvió a reír a carcajadas—. Entiendo, entiendo.

—Mis padres murieron cuando yo era un bebé. —Miré hacia el suelo, la calle estaba encharcada—. ¿Puedo irme ya?

Paulo pareció embargarse de la intensa fragancia que se elevaba del empedrado. Intentó suavizar sus facciones abriendo y cerrando la boca varias veces seguidas. Me soltó del brazo e inclinó la cabeza en señal de asentimiento. No corrí, andaba despacio, trataba de olvidar el cosquilleo que el miedo provocaba en mi cuerpo.

—¡Oye, chaval! —gritó—. Muy guapa tu novia…, ya sabes…, la chica que entró en la joyería.

No volví la cabeza, me daba igual lo que pensara.

—No es mi novia, es una amiga.

Cuando regresé a la joyería aún se encontraba Dulce con su madre en el interior de la misma. Al verme entrar, Tito dio un respingo y tiró al suelo las esclavas que estaba envolviendo. Necesitaba llorar, pero no delante de ella, así que me disculpé y fui al aseo para poder estar solo. Había pasado mucho miedo. Al cabo de unos diez minutos me armé del suficiente valor y salí de mi escondite con las lágrimas enjugadas de ínfima soberbia. Las clientas se acababan de ir y mi pobre tutor estaba derrumbado en un sillón con la cabeza escondida entre sus manos. Me fui en busca de Nano, era la única persona que podía darme la «extraordinaria estupidez» que necesitaba en aquellos momentos. Le encontré en un desvío de la carretera que bajaba al polígono. Al acercarme a él me di cuenta de que no estaba solo, la neblina había escondido el perfil de una persona vestida de negro. Atravesé un portón de madera y crucé rápido un pequeño paso a nivel sin barreras. Entre los cipreses que rodeaban a la enorme cruz de basalto, cerca de donde estaba Nano, había aparcado un Citroën muy bonito, rojo y con matrícula extranjera. Me detuve un instante a observarlo de cerca, nunca había visto un modelo como ese.

—¡Adiel! —era Nano quien me llamaba—. ¡Espera!, vamos hacia allá.

El hombre que iba con él cojeaba de la pierna derecha. Vestía demasiado desabrigado dado el mal tiempo que estaba haciendo esos días. Resultaba evidente que no era de estos lugares.

—¿Te gusta el coche, hijo? —Se acercó a mí y frotó con la manga del jersey el capó del Citroën—. Tiene sesenta y cinco caballos. Es pisar el acelerador y ya estás volando por la carretera.

—Me ha prometido que otro día que venga me daré una vuelta con él en su coche. —Nano me miraba excitado—. ¡Es francés como tu padre, Adiel!

—Mi padre no era francés —dije con desgana—. A ver si te enteras de una vez de que mi padre no era francés, que solo vivió allí por culpa de la guerra.

El hombre se enderezó sobre sí mismo y pude ver que era tan alto como alcanzaba yo a mirar hacia arriba. Se agachó para quitarse el barro de las botas.

—Hola, me llaman el Francés —dijo—. Nano me ha contado que sois muy buenos amigos. Es importante tener buenos amigos en esta vida. No hay nada más importante.

—Eso creo yo también —dije poco convencido.

Empezaba a chispear. Nano daba vueltas con los brazos extendidos alrededor del Citroën B11, hacía pedorretas con los labios como si fuese un avión. El desconocido abrió los dedos de una mano sobre el capó para dar acompasados golpecitos al acero con las yemas de los mismos. Después, al cabo de dos redobles, los cerró formando un puño, propinando un pequeño golpe sobre el metal. Yo miraba concentrado todos esos movimientos mientras agitaba lentamente en una callada intención mi propia mano.

—Pareces un chico muy inteligente, ¿te puedo hacer una pregunta?

Asentí levemente.

—Nano me ha contado que un hombre te ofreció dinero para que le guardaras una cosa. —El labio inferior tenía una enorme cicatriz que le dividía las muecas en dos pequeñas sonrisas—. ¿Ese hombre se llama Paulo, y es alto y delgado con una coronilla como la de los frailes?

En mi memoria aún permanecía viva la sensación del miedo. Extraordinaria estupidez, extraordinaria estupidez, extraordinaria estupidez…

—Nano es un bocazas y un mentiroso.

Mi amigo se detuvo en seco delante de mí, me miraba extrañado, como si tuviese miopía y necesitara gafas.

—¡No, no es verdad, Adiel! —dijo contrariado—, ¡yo no soy ningún mentiroso!, ¡incluso me dijiste que tenía un revólver escondido en la chaqueta!

—¡Calla, retrasado! —Le di un rabioso empujón—. ¡Un día de estos te vas a meter en un lío por tu facinerosa boca! ¡Imbécil!

No tenía ni idea de lo que podía estar pasando, pero en aquel momento una revelación difusa y casi misteriosa sobre mí mismo me impedía ser ese inofensivo y buen chaval que a todos gustaba. Paulo primero, y después este hombre que parecía haber venido ex profeso a encontrarle, me llenaban la cabeza de unas preocupaciones que no tendrían por qué estar ahí. Nunca me había detenido a pensar en cómo sería la vida con preocupaciones de verdad.

—No quiero causaros problemas —el Francés mantenía el rostro inclinado hacia el suelo—, pero Paulo es un hombre muy peligroso y tiene algo que no le pertenece. —Alzó levemente la cabeza.

El pelo mojado me ocultaba la cara y no podía mirarle directamente a los ojos, aunque estaba seguro de que nuestras miradas se estaban cruzando incesantemente. Al tiempo que el cielo tronó, Nano salió corriendo carretera abajo. Lloriqueaba y miraba hacia atrás continuamente. Cada poco se golpeaba la espalda con una vara, y meneaba la cabeza a la vez que se alejaba de nosotros. Nos quedamos solos bajo la llovizna.

—Nano no es muy listo, ¿sabe?, a veces se lía y no sabe lo que dice. El otro día paseando oímos a unos del pueblo hablar de unos asesinatos en la capital, de unos crímenes horribles. Para él todo lo que escucha es verdad —dije—, pero yo no sé nada.

—¿Estás seguro? —Tronó la noche de nuevo, más fuerte—. ¿Y entonces por qué sabía lo de la llave?, ¿también se lo escuchasteis a los del pueblo?

Contuve la respiración durante unos segundos.

—¿La llave?

—La llave —repitió.

—Eso seguramente también lo escucharía. Sí, eso es.

El Francés me ofreció un cigarrillo que no cogí. Se sentó en el capó del automóvil y me dejó un sitio a su lado. Intentaba por todos los medios no dejarme impresionar por la cicatriz de su labio, pero su media sonrisa me daba escalofríos.

—¿Estás seguro de que lo escuchó de aquellos vecinos? —Exhaló el humo del tabaco americano por la nariz—. ¿Tú también lo escuchaste?

—Sí, señor, yo también lo escuché, ahora lo recuerdo. No hay duda, lo dijeron ellos.

Me sorprendía el hecho de que mis piernas no insistieran en salir corriendo. Estaba perdido y totalmente acobardado como una presa cazada en un cubil de estiércol. Con las lozanas ideas pidiendo ayuda. En realidad no sabía cuánto tiempo más iba a aguantar sentado. Ni una cetrina luz se divisaba en toda la carretera, y necesitaba con urgencia poder ver algo de claridad.

—Bueno, mozalbete —dijo por fin el Francés en un tono muy cordial—, está bien. Se está haciendo tarde, vete ya a casa si no quieres que se preocupen por ti. Yo iré a un hotel a buscar cobijo para esta lluvia.

El Francés tiró el cigarrillo humeante, me ofreció su mano extendida, que apreté aliviado, y se metió en el coche. Escuché cómo el sonido ronco del motor despertaba de su silencio. Salí del resguardo de los cipreses y crucé de nuevo el paso a nivel. Abrí el portón de madera que daba al empedrado de la calle principal. Estaba calado hasta los huesos. Dejó de llover. La luna se prodigaba ausente en el estrellado cielo. Mientras caminaba caí en la cuenta de algo. Sentía cómo se apagaba el sosiego en mi mente, la paz huía de nuevo. Me detuve para digerir sin ruido ese algo.

No daba crédito a mi simpleza: en ningún momento dije a Nano que Paulo me hubiese confiado la llave, mi pobre amigo no le había podido decir nada. El Francés me había cazado en mi propia mentira.

Extraordinariamente estúpido.