12

Durante los dos meses que transcurrieron desde aquel día hasta el inicio de la primavera, Shimamoto y yo nos vimos casi todas las semanas. Ella solía aparecer de improviso. Alguna vez, por el bar, aunque lo más frecuente era que viniera al Robin’s Nest. Llegaba siempre pasadas las nueve de la noche. Se sentaba en la barra, tomaba dos o tres cócteles y se iba alrededor de las once. Yo me sentaba a su lado y hablábamos. No sé qué debían de pensar de nosotros los empleados. Pero a mí no me importaba. De la misma forma que, en primaria, tampoco me había preocupado lo que pensaran nuestros compañeros de clase.

A veces telefoneaba al local y me preguntaba si podíamos vernos el día siguiente a mediodía. Solíamos quedar en una cafetería de Omotesandô. Tomábamos un almuerzo ligero y dábamos una vuelta. Cuando se acercaba la hora de irse, ella miraba el reloj y me decía sonriendo: «Bueno, tengo que irme». Siempre con aquella magnífica sonrisa. Sin embargo, en aquella sonrisa, yo no podía descifrar cuáles eran sus emociones. Ni siquiera si la apenaba mucho tener que marcharse o no. O si sentía alivio al separarse de mí. Ni siquiera podía asegurar que fuera verdad que tuviera que irse a aquella hora.

De todas formas, durante las dos horas que transcurrían antes de la despedida, no parábamos de hablar. Pero yo nunca le pasaba el brazo alrededor de los hombros, tampoco ella me cogía la mano. Jamás volvimos a tocarnos.

En las calles de Tokio, Shimamoto había recuperado su serena y encantadora sonrisa. La violenta explosión de sentimientos que había mostrado en Ishikawa aquel frío día de febrero no volvió a aparecer. Ni tampoco recuperamos la cálida y espontánea intimidad que había surgido entre ambos. Como por un acuerdo tácito, jamás mencionamos lo ocurrido durante aquel corto y extraño viaje.

Cuando andaba a su lado, solía pensar en qué sentimientos debía abrigar su corazón. Y adónde la conducirían. A veces escudriñaba sus pupilas. Pero en ellas sólo descubría un silencio plácido. Aquella pequeña línea que se dibujaba en sus párpados me recordaba siempre la lejana línea del horizonte. Entonces podía entender la soledad que había sentido Izumi ante mí en la época del instituto. En su interior, Shimamoto poseía un pequeño mundo propio. Un mundo que sólo ella conocía y al que sólo ella tenía acceso. Una única vez había estado a punto de abrírseme la puerta de este mundo. Pero ahora volvía a estar cerrada.

Al pensar en ello, acababa por no saber lo que era correcto y lo que no. Tenía la sensación de volver a ser aquel niño de doce años, impotente y confuso. Ante ella, era incapaz de juzgar qué debía hacer, qué debía decir. Intentaba serenarme. Intentaba pensar. Pero de nada servía. Tenía la sensación de decir siempre cosas equivocadas, de no hacer nunca lo correcto. Dijera lo que dijese, hiciera lo que hiciese, ella ahogaba todos sus sentimientos y me miraba esbozando aquella maravillosa sonrisa. «¡No importa! ¡Qué más da!», parecía decir. Yo desconocía todo de su vida. No sabía dónde vivía. Ni con quién. Tampoco sabía de dónde obtenía sus ingresos. No sabía si estaba casada o no. O si lo había estado. Lo único que sabía era que había tenido una hija y que ésta había muerto al día siguiente de nacer. En febrero del año anterior. Una vez había dicho, además, que no había trabajado nunca. Sin embargo, vestía ropas muy caras y llevaba joyas muy caras. Eso quería decir que sacaba dinero de alguna parte. No sabía más de ella. Quizás estuviera casada cuando dio a luz. Claro que eso no era ninguna prueba definitiva de nada. Se trataba de una simple hipótesis. Evidentemente, podía haber tenido un hijo sin estar casada.

No obstante, conforme nos fuimos viendo, Shimamoto empezó a hablar, poco a poco, de sus años de instituto. Esa época no guardaba una relación directa con el presente y parecía creer que no había impedimento alguno en hablar de ella. Así supe lo terriblemente sola que había estado durante aquel tiempo. Shimamoto siempre había intentado ser justa con los demás. No disculparse a sí misma bajo ningún concepto. «No me gusta buscar pretextos», dijo. «Una vez empiezas, ya no puedes parar. Y yo no quiero vivir así». Pero esa manera de pensar, en aquella época, no le resultó. Entre la gente que la rodeaba provocó una serie de estúpidos malentendidos que la hirieron profundamente. Y ella se fue encerrando, más y más, en sí misma. Al levantarse vomitaba porque no quería ir a la escuela. Una vez me enseñó una fotografía de cuando ingresó en el instituto. En la imagen aparecía sentada en una tumbona en un jardín. A su alrededor, florecían los girasoles. Era verano. Ella llevaba unos tejanos cortos y una camiseta blanca. Estaba preciosa. Sonreía mirando fijamente al objetivo. Comparada con su sonrisa actual, la de entonces parecía un poco forzada, pero, con todo, era maravillosa; una de esas sonrisas que, al delatar la inseguridad de la persona que la esbozaba, conmovía al espectador. No parecía la sonrisa de una chica solitaria que llevara una vida infeliz.

—Mirando la fotografía, habría jurado que eras feliz —dije.

Shimamoto negó moviendo lentamente la cabeza. En el rabillo del ojo se le dibujaron unas encantadoras arrugas. Parecía estar recordando alguna escena lejana en el tiempo.

—¿Sabes, Hajime? —dijo—. A través de una fotografía no puedes comprender nada. No es más que una sombra. El verdadero yo está en otro sitio. Y eso no sale reflejado en la imagen.

Aquella fotografía hacía que me doliera el corazón. Al mirarla, me daba cuenta de cuánto tiempo había perdido. Un tiempo precioso que jamás volvería. Un tiempo que, por más que me esforzara, jamás podría recuperar. Un tiempo que únicamente existía en aquel instante y en aquel lugar. Mantuve los ojos fijos en la fotografía durante largo rato.

—¿Por qué la miras con tanta atención? —dijo Shimamoto.

—Para llenar ese espacio de tiempo —le respondí—. No te he visto durante más de veinte años. Quiero llenar este vacío.

Ella me miró sonriendo como si algo le hubiera parecido extraño. Como si yo tuviera algo raro en la cara.

—¡Qué curioso! —exclamó—. Tú quieres llenar el vacío de esos años y yo quiero dejar esos años en blanco.

En el instituto, Shimamoto no había salido con ningún chico. Era muy bonita, así que su aspecto no fue impedimento para que se le acercaran. Pero ella apenas les había prestado atención. Había intentado salir con compañeros de clase alguna vez, pero la cosa no había prosperado.

—Los chicos de esa edad no podían gustarme de ninguna de las maneras. Ya sabes. A esa edad, los chicos son unos groseros que sólo piensan en sí mismos. Y lo único que tienen en la cabeza es meter la mano bajo las faldas de las chicas. Me decepcionaron muy pronto. Lo que yo quería era algo como lo que había existido entre tú y yo.

—Oye, Shimamoto —dije—. A los dieciséis años, yo también era un chico que sólo pensaba en meter la mano bajo las faldas de las chicas. Vamos, seguro.

—Entonces, tal vez haya sido una suerte que no nos viéramos en aquella época —dijo Shimamoto sonriendo—. Quizá, separarnos a los doce años y reencontrarnos a los treinta y siete haya sido lo mejor para ambos.

—Tal vez sí.

—Ahora eres capaz de pensar en otras cosas aparte de en meter la mano bajo las faldas de las chicas, supongo.

—Un poco —dije—. Un poco sí. Pero si te preocupa lo que bulle en mi cabeza, quizá sea mejor que la próxima vez que nos veamos te pongas pantalones.

Shimamoto apoyó ambas manos sobre la mesa y estuvo un rato contemplándolas con una sonrisa en los labios. Como de costumbre, en sus dedos no lucía ningún anillo. Solía ponerse brazaletes, siempre llevaba un reloj distinto. También pendientes. Pero anillos, jamás.

—Además, odiaba ser un estorbo para los chicos —dijo—. Ya me entiendes. Había muchas cosas que no podía hacer. Ni ir de excursión, ni a nadar, ni a esquiar, ni a patinar, ni a la discoteca. Incluso cuando paseaba tenía que andar despacio. Lo que sí podía hacer era estar sentada, charlando y escuchando música. Y un chico corriente, a esa edad, eso no lo soporta mucho tiempo. Y yo no quería ser un estorbo.

Bebía agua Perrier con una rodaja de limón. Era una cálida tarde de mediados de marzo. Entre la gente que andaba por Omotesandô se veían jóvenes con camisa de manga corta.

—Si hubiera estado contigo en aquella época, seguro que habría acabado pensando que era un estorbo. Seguro que te habrías hartado de mí. Como eras más activo, habrías deseado volar hacia mundos más amplios. Y, para mí, habría sido muy duro.

—Shimamoto —dije—, eso es imposible. Jamás me habría cansado de ti. Entre nosotros había algo muy especial. Lo sé muy bien. No puedo explicarlo con palabras. Pero estaba ahí. Y era algo muy valioso, muy importante. Deberías de saberlo tú también. —Shimamoto me miraba fijamente sin cambiar de expresión—. Yo no valgo gran cosa. No tengo nada de qué enorgullecerme. Antes era mucho más bruto que ahora, más insensible, más egoísta. Así que quizá no habría sido la persona adecuada para ti. Pero una cosa sí puedo asegurártela. Jamás habría podido cansarme de ti. En este sentido, soy distinto a los demás. En lo que respecta a ti, soy una persona muy especial. Puedo sentirlo.

Shimamoto volvió a mirarse las manos que reposaban sobre la mesa. Las tenía ligeramente abiertas, como si quisiera estudiar la forma de sus diez dedos.

—Oye, Hajime —dijo—, es una lástima, pero hay cosas que no pueden volver atrás. Una vez has dado un paso hacia delante, por más que lo intentes, ya no puedes retroceder. Si se estropean, así se quedan para siempre.

Fuimos a escuchar los conciertos para piano de Liszt. «Si tienes tiempo, podemos ir juntos», me había propuesto Shimamoto. Los interpretaba un famoso pianista sudamericano. Busqué tiempo y me fui con ella al auditorio de Ueno. Fue una interpretación magnífica. La técnica era impecable, la música poseía elegancia y profundidad, y podía sentirse en todo momento la viva emoción del pianista. Sin embargo, por más que cerré los ojos e intenté concentrarme en la música, no conseguí que me absorbiera. Un fino velo se interponía entre la música y yo. Un velo muy fino, casi imperceptible, pero que, pese a mis esfuerzos, me impidió pasar al otro lado. Después del concierto, cuando se lo expliqué a Shimamoto, ella me dijo que había tenido la misma sensación.

—¿Qué fallaba? —me preguntó—. La interpretación me ha parecido excelente.

—¿No te acuerdas? En el disco que escuchábamos nosotros, hacia el final del segundo movimiento se oía dos veces un ¡cree!, ¡cree! Y yo lo encuentro a faltar, la verdad.

Ella se rió.

—No creo que a eso pueda llamársele un criterio artístico.

—¡Y qué más da! El arte se lo puede comer un águila calva, si le apetece. A mí, digan lo que digan, me falta aquel ¡cree!

—Tienes razón —admitió Shimamoto—. Pero ¿qué has dicho sobre águilas calvas? ¿Qué es eso? Los buitres son calvos, pero no las águilas. Vamos, no sé de ninguna que lo sea.

De vuelta a casa, en el tren, le expliqué con todo detalle la diferencia entre el águila calva y el buitre. Cuál era el habitat de cada uno, las diferencias entre el chillido de una y otro, los distintos periodos de celo.

—El águila calva se alimenta del arte. El buitre devora los cadáveres de personas anónimas.

—¡Qué tipo tan raro eres! —dijo ella riendo. Y nuestros hombros se rozaron un instante por encima del respaldo. Nuestros cuerpos se tocaron por primera vez en dos meses.

Pasó marzo, llegó abril. Mis dos hijas empezaron a ir a la misma guardería. Liberada del cuidado de las niñas, Yukiko entró en un grupo de voluntarios del barrio que trabajaba para buscar instalaciones para los niños discapacitados. Solía ser yo quien llevaba e iba a recoger a mis hijas a la guardería. Si no tenía tiempo, iba ella. Viendo cómo crecían las niñas, me daba cuenta de que el tiempo también pasaba para mí. Ellas crecían, día a día, solas, fueran cuales fuesen mis designios. Yo las quería, por supuesto. Y verlas crecer representaba una de mis mayores dichas. Pero, al ver que se hacían mayores, a veces sentía una terrible opresión. Era como si, dentro de mí, fuera creciendo un árbol a toda prisa, un árbol que echaba raíces y extendía las ramas. Y conforme iba desplegándose, me oprimía las entrañas, la carne, los huesos y la piel. A veces, esta idea me angustiaba hasta el punto de quitarme el sueño.

Una vez a la semana veía a Shimamoto y hablaba con ella. Llevaba a mis hijas a la guardería y las iba a recoger; hacía el amor con mi mujer varias veces a la semana. Desde que veía a Shimamoto me acostaba con Yukiko más a menudo que antes. No era porque me sintiera culpable, sino porque abrazarla o que ella me abrazara era la única forma de sentirme aferrado a algo.

—Oye, ¿qué te pasa? Últimamente estás un poco raro —me dijo Yukiko un día. Era una tarde después de hacer el amor—. Jamás había oído que a los hombres les aumentara de repente a los treinta y siete años el impulso sexual.

—Nada especial. Lo normal —dije.

Yukiko se me quedó mirando.

—No sé qué te debe andar rondando por la cabeza —dijo.

En mi tiempo libre, escuchaba música clásica mirando distraídamente el cementerio de Aoyama por la ventana de la sala de estar. No leía tanto como antes. Me costaba cada vez más concentrarme en la lectura.

Vi varias veces a la joven del Mercedes 260E. Charlábamos esperando a que nuestras hijas salieran de la guardería. De asuntos prácticos que sólo atañían a las personas que vivían en Aoyama. El aparcamiento de qué supermercado estaba más vacío y a qué hora. Qué restaurante italiano había cambiado de cocinero con la consiguiente pérdida de calidad. Que el mes próximo en Meijiya había rebajas de vino de importación. «¡Vamos!», pensé, «¡la típica cháchara de marujas!». En todo caso, ésos eran los únicos temas que teníamos en común.

A mediados de abril, Shimamoto volvió a desaparecer. La última vez que nos encontramos, estuvimos hablando sentados en la barra del Robin’s Nest. Pero, poco antes de las diez, me llamaron del bar y tuve que acudir sin falta.

—Volveré en treinta o cuarenta minutos —le dije.

—De acuerdo —me dijo con una sonrisa—. No te preocupes. Te esperaré leyendo.

Cuando, tras resolver el asunto, corrí de vuelta al local, su taburete estaba vacío. Eran poco más de las once. Me había dejado un mensaje sobre la barra escrito en el dorso de una caja de cerillas. «Por una temporada, quizá no pueda venir. Tengo que volver a casa. Adiós. Cuídate.»

Durante semanas, me sentí terriblemente perdido. No sabía qué hacer. Daba vueltas por la casa sin sentido, recorría las calles, iba a recoger a mis hijas pronto. Charlaba con la joven del Mercedes 260E. Fuimos a una cafetería cercana a tomar un café. Y hablamos, como de costumbre, de las verduras de Kinokuniya, de los huevos fertilizados de Natural House, de las rebajas de Miki House. Me dijo que le encantaba la ropa de Inaba Yoshie y que, antes de cada temporada, encargaba por catálogo toda la ropa que quería. Luego hablamos de un delicioso restaurante de anguilas, que ya ha cerrado, cerca de la comisaría de Omotesandô. Pronto congeniamos. Ella era mucho más abierta y simpática de lo que aparentaba. Lo que no quiere decir que me atrajera sexualmente. Yo sólo quería hablar con una persona cualquiera y de cualquier cosa. Y lo que necesitaba, además, era una charla inofensiva, absurda. Necesitaba una charla que, por más que se prolongara, jamás me condujera a Shimamoto.

Cuando terminaba de resolver mis asuntos, iba de compras a los grandes almacenes. Un día adquirí seis camisas de golpe. Compraba juguetes y muñecas para las niñas, joyas para Yukiko. Fui muchas veces al Salón del BMW a mirar un M5 y le hice explicar al vendedor hasta los más mínimos detalles pese a no tener intención alguna de comprarlo.

Sin embargo, tras varias semanas de inquietud, volví a centrarme en mi trabajo. Decidí que no podía seguir así durante mucho tiempo. Llamé a un diseñador y a un interiorista para tratar las reformas de los locales. Había llegado la hora de cambiar la decoración y de revisar el sistema de gestión. Los locales tienen periodos de continuidad y periodos de cambios. Igual que las personas. Cualquier cosa, si sigue igual indefinidamente, va perdiendo energía. Desde hacía tiempo, sentía que había llegado la hora de las reformas. Un jardín de ensueño jamás debe de cansar a la gente. En primer lugar, opté por reformar el bar de arriba abajo. Tenía que convertirlo en un local mucho más funcional, así que, en aras de la funcionalidad, sustituí algunas instalaciones poco prácticas y reformé aquellas partes que habían sido concebidas primando los criterios estéticos. Había llegado la hora de revisar el sistema de audio y el aire acondicionado. También el menú pedía a gritos grandes cambios. Primero hablé con cada uno de los empleados, sondeé su opinión y elaboré una lista exhaustiva de lo que había que renovar y cómo. Resultó una lista muy larga. Expliqué detalladamente a los diseñadores la imagen concreta que del nuevo bar tenía en mi cabeza y les hice trazar los planos. Luego añadí unos detalles que se me habían ocurrido y les pedí que rehicieran los planos. Repetí la operación infinitas veces. Estudié cada uno de los materiales, pedí presupuestos a los constructores y ajusté la calidad y el precio. Tardé tres semanas en encontrar las jaboneras de los lavabos. Durante estas tres semanas recorrí todas las tiendas de Tokio buscando la jabonera que soñaba. Todo ello representó un trabajo ingente. Pero eso era precisamente lo que yo quería.

Pasó mayo, llegó junio. Shimamoto no apareció. Pensaba que se había ido para siempre. «Por una temporada, quizá no pueda venir», había escrito. Me atormentaba la ambigüedad de aquel «quizá» y de aquel «por una temporada». Tal vez no volviera. Yo no podía sentarme a esperar ese «quizá» y ese «por una temporada». De seguir viviendo así, acabaría completamente desquiciado. Ante todo, intenté no permanecer ocioso. Iba con más frecuencia a la piscina. Cada mañana nadaba casi dos mil metros de un tirón. Luego hacía pesas en el gimnasio de arriba. Pasada la primera semana, mis músculos lanzaban alaridos de dolor. Un día, parado ante un semáforo, se me agarrotó la pierna izquierda y, durante unos instantes, no pude pisar el embrague. Pero al poco tiempo los músculos se habituaron. El ejercicio físico no me dejaba tiempo para pensar en mis problemas y me daba fuerzas para concentrarme en los detalles de la vida diaria. Evitaba quedarme abstraído. Me esforzaba en centrarme al máximo en cualquier actividad. Cuando me lavaba la cara, lo hacía a conciencia; cuando escuchaba música, lo hacía a conciencia. En realidad, de no haberlo hecho así, no habría podido seguir viviendo.

En verano, Yukiko y yo llevamos a las niñas al chalé de Hakone. Lejos de Tokio, en plena naturaleza, parecían más relajadas y contentas. Las tres cogían flores, observaban los pájaros con unos prismáticos, se perseguían las unas a las otras, se bañaban en el río. O permanecían en el jardín sin hacer nada. Pero ellas no sabían la verdad. No sabían que un día de nieve, de haberse cancelado el vuelo a Tokio, yo lo habría dejado todo y me habría ido con Shimamoto. Aquel día me había sentido capaz de dejarlo todo. El trabajo, la familia, el dinero. Habría renunciado a todo sin pestañear. Y ahora no podía quitarme a Shimamoto de la cabeza. La sensación que había tenido al abrazarla y besarla en la mejilla permanecía vívida en mi memoria. Y cuando hacía el amor con mi mujer no lograba apartar su imagen de mi mente. Nadie sabía cuáles eran mis verdaderos pensamientos. Al igual que yo no sabía cuáles eran los de Shimamoto.

Hice coincidir las reformas con las vacaciones de verano. Mientras mi mujer y mis hijas estaban en Hakone, me quedé solo en Tokio supervisando las obras y dando las últimas indicaciones. A ratos libres, iba a la piscina y hacía pesas en el gimnasio. Los fines de semana me acercaba a Hakone, nadaba con mis hijas en la piscina del hotel Fujiya y luego comíamos juntos. Por la noche, hacía el amor con mi mujer.

Aunque me aproximaba a lo que llaman mediana edad, no había engordado ni un gramo, tampoco me clareaba el pelo. Ni tenía canas. Gracias a la práctica regular del deporte, no sentía la menor decadencia física. Llevaba una vida ordenada, evitaba los excesos, tenía cuidado con la comida. No había estado jamás enfermo. Nadie me hubiera echado más de treinta años.

A mi mujer le gustaba tocarme. Le gustaba tocarme los músculos del pecho, el vientre plano, acariciarme el pene y los testículos. También ella iba al gimnasio y hacía ejercicio con regularidad. Pero no lograba librarse de la grasa superflua.

—Es la edad, por desgracia —me dijo un día suspirando—. Pierdo peso, pero el michelín de la cintura no desaparece.

—Pero si a mí me gusta tu cuerpo tal como está. No hace ninguna falta que te mates haciendo ejercicio y dietas. No estás gorda.

No mentía. Me gustaba su cuerpo suave, un poco metido en carnes. Me gustaba acariciar su espalda desnuda.

—Tú no entiendes nada —replicó negando con la cabeza—. No digas tan a la ligera que te gusto así. ¡Pero si a duras penas logro mantenerme como estoy!

Un extraño habría pensado que llevábamos una vida de ensueño. Incluso a mí me lo parecía a veces. Me encantaba mi trabajo y ganaba mucho dinero. Tenía un apartamento de cuatro habitaciones en Aoyama y un pequeño chalé en las montañas de Hakone, un BMW y un jeep Cherokee. Tenía una familia feliz. Amaba a mi mujer y a mis hijas. ¿Qué más podía pedirle a la vida? Si mi mujer y mis hijas se me hubieran acercado y me hubiesen pedido humildemente que les dijera qué podían hacer ellas para ser mejores y para que yo las quisiera más, no habría sabido qué responder. No podía hacerles el más mínimo reproche. No tenía ninguna queja sobre mi vida familiar. Ni se me ocurría una vida mejor.

Pero desde que Shimamoto había dejado de venir, me parecía hallarme sobre la superficie sin aire de la luna. Al desaparecer ella, no podía encontrar en este mundo a nadie a quien abrirle mi corazón. En las noches de insomnio, yacía en la cama recordando una vez tras otra el aeropuerto nevado de Ishikawa. Pensé que, a fuerza de evocarlos, aquellos recuerdos irían perdiendo fuerza. Pero no palidecían. Cuanto más los evocaba, más intensidad cobraban. El anuncio del retraso de los vuelos para Tokio en el panel del aeropuerto. La nieve cayendo con fuerza al otro lado de los ventanales. Tan espesa que no se podía ver a cinco metros. Shimamoto, inmóvil, con los brazos cruzados, sentada en un banco. Llevaba un chaquetón azul marino y una bufanda enrollada alrededor del cuello. Su cuerpo exhalaba olor a lágrimas y tristeza. Aún podía olerlo ahora. A mi lado, mi mujer respiraba acompasadamente. Ella no sabe nada. Cerré los ojos y negué con un movimiento de cabeza. Ella no sabe nada.

Recordé cómo, en el aparcamiento de la bolera cerrada, le había hecho beber nieve fundida pasándosela de mi boca a la suya. La recordé bajo mi brazo recostada en mí en el avión. Recordé sus ojos cerrados, sus labios entreabiertos al suspirar. Su cuerpo suave y exhausto. Entonces ella me quería de verdad. Me había abierto su corazón. Pero yo me había detenido. Me había detenido en aquel mundo sin vida, desierto como la superficie de la luna. Poco después, Shimamoto se había ido y mi vida había vuelto a perderse.

En aquellas noches de insomnio, rememoraba los recuerdos con toda su intensidad. Me despertaba a las dos o a las tres de la madrugada y ya no podía volver a conciliar el sueño. Saltaba de la cama, iba a la cocina, me servía un whisky y me lo bebía. Desde la ventana, se veía el cementerio oscuro y, más abajo, en la carretera, los faros de los coches que pasaban. Con el vaso en la mano, me quedaba contemplando esta escena. Las horas que iban de la medianoche al alba eran largas y duras. A veces pensaba que llorar me produciría alivio. Pero no sabía por qué llorar. No sabía por quién llorar. Era demasiado egoísta para llorar por los demás, demasiado viejo para llorar por mí.

Y llegó el otoño. Yo había tomado ya una decisión. No podía seguir viviendo de aquella forma. Ésa era mi conclusión definitiva.