Confía en mí
Helen Brooks
Confía en mí (2005)
Título Original: A Ruthless Agreement
Editorial: Harlequin Ibérica
Sello / Colección: Bianca 1696
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Melody Taylor y Zeke Russell
Argumento:
Zeke Russell no tenía rival como abogado; era dinámico, inteligente y siempre ganaba. Por eso cuando su ex prometida, Melody Taylor, le pidió ayuda, Zeke aprovechó para saldar una vieja deuda. Melody creía que no volvería a ver a Zeke, pero ahora no tenía otra opción que tragarse el orgullo y aceptar su proposición de retomar la relación…aunque esa vez sería a su manera. Sin embargo, había una cosa que jamás conseguiría que hiciera… ¡No se iría a la cama con nadie por chantaje!
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S A Hermosilla, 21 28001 Madrid
© 2005 Helen Brooks Todos los derechos reservados
CONFÍA EN MÍ, N° 1696 - 6 9 06
Título original A Ruthless Agreement
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd , Londres
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción,
total o parcial Esta edición ha sido publicada con permiso de
Harlequin Enterprises II BV
Todos los personajes de este libro son ficticios Cualquier parecido
con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia
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ISBN 84-671-4079-8
Depósito legal B-34266-2006
Editor responsable Luis Pugm
Composición M T Color & Diseño, S L
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Distribuidor para Chile DISTRIBUIDORA ALFA, S A
Capítulo 1
¿ESTOY haciendo lo correcto? Y si es así, ¿por qué no me lo parece, por qué siento como si estuviera al borde de un precipicio?». Las preguntas se arremolinaban en su cabeza, lo habían estado haciendo durante las últimas veinticuatro horas, pero la fachada se mantenía intacta. Quien la mirara vería a Melody Taylor tranquila y serena como siempre, en absoluto el tipo de mujer dado a ataques de pánico.
«Le pediste que viniera porque es el mejor abogado que hay, y eso es lo que tu madre necesita en este momento. Las cuestiones personales no pintan nada aquí, así que contrólate». Su propia reprimenda hizo que apretara los labios en un gesto decidido mientras su mente trabajaba a toda velocidad. «Vas a demostrarle que te va estupendamente sin él, ¿está claro? Será fácil si te mantienes firme. Te enfrentas a situaciones difíciles cada día, así que puedes enfrentarte a Zeke Russell».
La reflexión se cortó en seco cuando la puerta del salón se abrió para dar paso a su madre; al ver la expresión que había en su tez pálida, Melody se apresuró a ir junto a ella.
-No pongas esa cara. Todo saldrá bien, te lo prometo -le dijo con voz suave, pero firme.
-No puedes estar segura de eso, Melody.
-Sí que lo estoy, y tú también debes creerlo. Con alguien como él, supone media batalla ganada.
-Oh, cielo, ¿qué haría yo sin ti? -exclamó Anna Taylor, depositando en la mejilla de su hija un beso fugaz.
La expresión de cariño reveló el alcance de su angustia; Melody siempre había sabido que su madre la quería, pero Anna lo expresaba físicamente en contadas ocasiones. Las dos mujeres se miraron por un momento, y Anna continuó:
-A mí tampoco me gusta que tengas que pedirle un favor a Zeke después de todo lo sucedido.
-No voy a pedirle un favor; le explicaremos la situación, y si cree que puede aceptar el caso, le pagaremos como haría cualquier otro cliente.
-Sabes lo que quiero decir.
Sí, Melody sabía a qué se refería, y si hubiera habido alguna otra salida, habría optado por ella. Pero no la había. Él no tenía rival como abogado, y ganaba casos que todo el mundo daba por perdidos; esos eran los hechos, por muy irritantes que fueran. Melody se encogió de hombros.
-Accedió a venir, así que al menos no tenemos que ir a su oficina -dijo. No añadió «y ver a Angela», pero era algo que estaba en la mente de ambas. Angela Brown era la sexy secretaria de Zeke, además de su amante... si su aventura aún continuaba. Melody borró de su mente a la otra mujer; ya tenía bastante en lo que concentrarse con la inminente llegada de Zeke.
El timbre de la puerta las dejó heladas por un segundo, pero Melody se recompuso.
-Ése debe de ser él -dijo con calma, como si el corazón no estuviera a punto de salírsele del pecho—, ¿por qué no vas a poner la cafetera mientras voy a abrirle la puerta?
Sus suaves y carnosos labios se tensaron ante otro imperioso timbrazo. Enérgico, decidido, arrogante... obviamente, Zeke no había cambiado en los seis meses que habían pasado desde que se habían visto por última vez. Una vez que su madre hubo huido hacia la cocina, Melody salió al vestíbulo, respiró hondo, plantó en su cara una amable sonrisa y abrió la puerta. Sus ojos se dilataron, pero confió en que el hombre de pie en el umbral no se hubiera percatado. Aunque había estado preparándose toda la mañana para aquel momento, verlo allí la dejó sin aliento.
-Hola, Melody -murmuró la profunda voz masculina. Sólo un deje casi imperceptible revelaba sus orígenes-. ¿Qué tal estás?
-Estoy bi... bien -tartamudeó, pero con tono firme le preguntó-: ¿y tú?
-Preguntándome a qué se debe tu misteriosa llamada -su cabeza se inclinó en un gesto característico en él cuando su aguda inteligencia intentaba encontrarle el sentido a algo-. Creo que Anna tiene algún tipo de problema, ¿verdad?
-Pasa -dijo ella con amabilidad mientras intentaba ignorar lo abrumadora que era su presencia.
Con sus casi dos metros, Zeke era más alto que la mayoría de los hombres, además de fornido. Sin embargo, ella sabía por experiencia que no había ni un gramo de grasa en su cuerpo: sus hombros y su pecho estaban revestidos de puro músculo. Su cara, de planos y ángulos definidos, era más atractiva que bien parecida, y la impresión general de implacable cinismo estaba grabada en cada uno de sus rasgos. Pero sus ojos... sus ojos siempre habían tenido el poder de hacer que le flaquearan las piernas. Eran de un curioso tono entre dorado y ámbar, con unas pestañas densas y negras como el carbón, a juego con su pelo de corte severo; aquellos ojos podían mantener cautiva a una persona sin esfuerzo aparente, hecho que él aprovechaba en el juzgado con efectos devastadores al enfrentarse a testigos contrarios.
Zeke entró en el vestíbulo y ella cerró la puerta y se volvió hacia él, dándole vueltas a la idea; pensó con ironía que, cuando su relación acabó, se había sentido como uno de aquellos pobres desgraciados. Había sido entonces cuando había entendido realmente por qué se le consideraba un abogado tan extraordinario a pesar de ser relativamente joven con sus treinta y cinco años.
Zeke esperó a que ella le precediera al salón; Melody tuvo cuidado de no rozarse con él al pasar, pero no pudo evitar que le llegara fugazmente el delicioso aroma de su loción para después del afeitado, y se le hizo un nudo en el estómago mientras su corazón palpitaba con fuerza.
«Tranquila, chica, tranquila», se advirtió calladamente mientras él la seguía hasta la espaciosa sala. «Es experto en leer la expresión de los demás para saber lo que piensan, no dejes entrever nada o te arrepentirás». Se volvió hacia él, su voz cortés y carente de emoción.
-Siéntate, Zeke. Mi madre traerá el café de un momento a otro.
Aún no había acabado de hablar cuando su madre apareció en el umbral con una pesada bandeja con el café; Melody hizo gesto de ir a ayudarla, pero él se adelantó y tomó la bandeja.
-Permíteme. Tienes buen aspecto, Anna -dijo con calma.
-Gracias, tú también -Anna había adoptado el papel de anfitriona, y mantenía escondida su angustia.
Zeke Russell colocó la bandeja en la mesita de haya antes de enderezarse y contemplar a las dos mujeres, que aún se parecían como dos gotas de agua. Sólo había que mirar a su madre para saber cómo sería Melody en veinte años; incluso a los cincuenta, Anna era bellísima, con su brillante y sedoso pelo rubio cortado por manos expertas y con una piel que sólo mostraba leves signos de envejecimiento alrededor de los ojos. Altas, delgadas y de constitución delicada, habrían podido pasar por hermanas, en vez de por madre e hija. Pero sus ojos eran distintos: mientras que los de Anna eran de un azul pálido y en ocasiones podían resultar fríos, sobre todo cuando se centraban en él, los de Melody tenían un tono gris ahumado con un trasfondo de pasión. Su cuerpo se tensó, pero su tono se mantuvo tranquilo cuando preguntó:
-¿En qué puedo ayudaros?
Su voz pareció hacer que reaccionaran; mientras ayudaba a sentarse a su madre, Melody dijo:
-Yo me ocupo del café, explícale tú lo que ha pasado.
Cuando se hizo evidente que Anna era incapaz de empezar a hablar, Melody miró directamente a Zeke, indicándole que se sentara en la silla enfrente de su madre.
-Se trata del negocio. ¿Te acuerdas de Julián Harper, el secretario de mi madre?
Zeke asintió. Claro que se acordaba del perrito faldero de Anna; el pequeño individuo de pelo grasiento era un indeseable, pero siempre que Zeke había intentado expresar su opinión sobre él, Melody había defendido al hombre a capa y espada.
-Julián es completamente leal a mi madre -había argumentado ella-. Es su mano derecha en el negocio, además de un buen amigo.
Zeke enarcó las cejas cuando Melody tuvo dificultades para continuar, y la alentó con calma.
-¿Julián?
-Ha estado amañando las cuentas -interrumpió Anna con voz acerada.
Él reconoció el tono, pues raramente se había dirigido a él de otro modo. Se volvió hacia ella, pero Anna se negaba a mirarlo a los ojos.
-Entre otras actividades comerciales dudosas -siguió ella con aspereza-. Falsos pedidos, notificaciones alteradas, materiales de calidad inferior... -respiró hondo-, y ha sido muy listo, haciendo que parezca que yo también estoy involucrada.
-¿Cómo? -Zeke se enderezó en su silla-. ¿Falsificando tu firma?
-No, yo... al parecer, sí que he firmado cosas indebidas. Él me traía un montón de documentos, y si estaba ocupada... -su voz se fue apagando, pero añadió-: yo los firmaba sin más.
Zeke la miró, atónito. Consideraba a Anna Taylor una de las mujeres más duras que había conocido, una hermosa reina de hielo con un corazón gélido. Sentía un profundo desagrado hacia ella, y sabía que el sentimiento era mutuo. Si le hubieran dicho que la madre de Melody firmaría alguna vez un papel sin leerlo antes, se habría tronchado de risa. Ella le dirigió una rápida mirada, y Zeke se dio cuenta de que la mujer sabía lo que estaba pensando.
Melody rompió el contacto cuando le ofreció una taza de café, solo y bien cargado, como a él le gustaba; naturalmente, ¿quién sino su antigua prometida podía conocer sus gustos? Sus manos se tocaron por un segundo antes de que ella retirara las suyas con un movimiento tan brusco, que el café estuvo a punto de ir a parar a sus pantalones, y Zeke sintió una punzada de perversa satisfacción. ¿Así que no estaba tan tranquila como quería hacerle creer? Tras estirar sus largas piernas y tomar un sorbo de café, miró de nuevo a Anna y dijo indolente:
-¿Deduzco que el asunto se ha hecho público?
La mujer asintió.
-Uno de mis principales clientes afirma que unos materiales defectuosos que le suministramos le han costado cientos de miles -dijo sin andarse por las ramas-. Y no lo dudo, ya que era un pedido especial para una nueva línea de muebles de salón que estaban promocionando. En cuestión de meses, el material empezó a deteriorarse; tuvieron que retirar todos los muebles, claro, pero su reputación se vio dañada. Cuando el asunto salió a la luz, les ofrecí una compensación económica, pero quieren un chivo expiatorio y van a llevarme a juicio.
Zeke asintió, sintiendo cierta satisfacción al verla en aquella situación. De no ser por las intromisiones de la madre de Melody, a esas alturas su hija y él estarían casados; Anna había tramado toda clase de ardides para separarlos desde el primer día. Pero su cruzada contra él no habría tenido éxito si Melody no se lo hubiera permitido. El gesto de su boca se endureció.
-La cosa no pinta demasiado bien para ti, ¿verdad, Anna? -murmuró con suavidad.
-¡Ya lo sé! -espetó ella.
Zeke vio que Melody le lanzaba a su madre una mirada angustiada que decía con claridad, «no pierdas los estribos, sé amable. Recuerda lo que hay en juego». ¿Y qué estaba en juego? El querido negocio textil de Anna, la empresa que había creado doce meses después de que el padre de Melody las abandonara cuando su hija tenía sólo tres años. ¡En su opinión, el hombre merecía una medalla por aguantar tanto tiempo!
-Zeke, todo esto es tan injusto... mamá podría perderlo todo sólo porque confió en Julián. Tú crees en su inocencia, ¿verdad? -preguntó Melody con voz atropellada.
Él dejó que sus ojos se posaran en el rostro de su antigua prometida; estaba sonrojado, y sus ojos, oscurecidos por la emoción, mostraban un gran desasosiego. Estaba tan bella que se le removieron las entrañas. Esperó un segundo antes de responder, lo justo para que su respuesta dejara entrever cierta falta de sinceridad.
-Por supuesto.
-Sabía que esto era un error.
El tono de Anna fue brusco, pero cuando hizo ademán de levantarse, Melody la detuvo con una sequedad que Zeke jamás había oído en ella.
-Siéntate, mamá, y no seas tonta. Necesitas a Zeke mucho más que él a ti.
Él se sintió sorprendido por segunda vez en otros tantos minutos. Durante los seis meses en que habían estado juntos antes de que ella rompiera su compromiso y diera por finalizada la relación, nunca había visto que Melody le levantara la voz a Anna; de hecho, él se había preguntado a menudo cómo había resistido la presión de su madre para que se uniera al negocio familiar. Aquélla había sido la única vez en que Melody no había cedido ante ella; había seguido su propio camino estudiando logopedia, y Zeke la había conocido cuando ella trabajaba para un cliente con sordera parcial al que él defendía.
Melody fijó la mirada en el rostro de Zeke, consciente de que aquella fachada impasible ocultaba una mente que trabajaba a toda velocidad. Respiró hondo y trató de aparentar calma.
-Como te he dicho, mi madre podría perderlo todo si las cosas salen mal. Al margen de que creas o no en su inocencia, ¿aceptarás llevar su defensa?
Él la miró sin responder durante unos segundos, y, cuando habló, su voz fue igual de tranquila.
-No defiendo a nadie al que crea culpable, al menos si no existen circunstancias atenuantes.
Melody tragó para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta, confiando en que su madre no volviera a interrumpir.
-¿Eso es un sí o un no?
Zeke respondió volviéndose hacia Anna y mirándola directamente.
-¿Quieres que te defienda? -preguntó con serenidad-. Está claro lo que quiere Melody, pero ¿cuál es tu opinión? ¿Deseas realmente que yo sea tu abogado?
-Sí -dijo Anna tras un prolongado silencio.
-¿Por qué?
-Porque coincido con Melody en que eres el mejor en tu profesión. Soy inocente, y si alguien puede sacar la verdad a la luz, ése eres tú.
Se hizo un silencio aún más tenso. Zeke se movió ligeramente en su silla.
-¿Eres consciente de que me has dado la única respuesta capaz de convencerme de que acepte el caso? -preguntó con sequedad.
-Por supuesto -respondió Anna en el mismo tono.
Media hora después, Melody acompañaba a Zeke hasta su coche, un flamante deportivo rojo aparcado en la pequeña plaza de hormigón que hacía las veces de jardín delantero de su madre. Su maletín rebosaba con los documentos que Anna le había entregado, y habían acordado que al día siguiente enviarían a su oficina de Kensington otros papeles que Zeke había pedido.
El día de mayo era cálido y tranquilo; las flores se mecían suavemente en los árboles, y una pequeña bandada de gorriones trinaba en las ramas. Melody permaneció en el escalón de entrada del adosado que su madre tenía en Beckenham, en el área metropolitana del Gran Londres, mientras Zeke caminaba hacia el coche; el sol realzaba el toque de gris en su pelo negro, lo que no hizo sino acrecentar su atractivo cuando se volvió hacia ella.
-Asegúrate de que tu madre comprende que no quiero que hable de esto con nadie a partir de ahora -dijo con calma-. Si Julián sale de su madriguera, que no le diga nada. ¿De acuerdo?
Melody asintió. El día que se había descubierto su juego, Julián se había declarado mal de los nervios, y a la mañana siguiente había llegado una carta médica según la cual el paciente sufría algún tipo de crisis nerviosa debida al agotamiento. Anna no había vuelto a verlo desde entonces.
-¿Crees que puedes ganar el caso? -preguntó Melody sin andarse con rodeos; su tono controlado no ocultaba del todo su ansiedad.
Zeke la miró por un momento, y entonces se volvió hacia ella. Melody se humedeció los labios con gesto nervioso. Aunque estaba en el escalón y Zeke en la calle, parecía cernirse sobre ella.
-Siempre gano -dijo con suavidad. Tras una pausa, añadió-: excepto contigo.
El corazón de Melody latió con fuerza. Sabía que antes o después Zeke sacaría el tema.
-Eso es agua pasada -dijo, intentando parecer tranquila.
-Ni hablar.
-Esto no se trata de nosotros.
-Estás equivocada -los hermosos ojos ámbar capturaron los de ella-, muy equivocada.
-Zeke, han pasado seis meses. He seguido adelante, igual que tú -Melody oyó el temblor de su propia voz, y podría haberse dado contra la pared. Cuando uno trataba con alguien como Zeke Russell, la debilidad no era una opción.
-Estoy de acuerdo... hasta cierto punto. Pero aún existen asuntos pendientes entre nosotros; ¿quizás por eso aún no sales con nadie?
-¿Cómo sabes eso? -preguntó acaloradamente.
Él se limitó a observarla con aquella mirada leonada que recordaba a la de los grandes felinos. Algo en su silencio hizo que ella retrocediera contra la pared cuando se dio cuenta de la verdad.
-Me has estado espiando -dijo, a medio camino entre atónita y furiosa-. ¿Verdad que sí?
Él no se molestó en negarlo.
-Yo no lo llamaría espiar -dijo con indolencia-. Sólo quería asegurarme de que no hacías ninguna tontería tras la ruptura.
-¿Y a ti qué más te da? -tuvo una idea súbita-, a menos que pensaras que eso dañaría tu imagen; una mujer tiene que tardar en olvidar a Zeke Russell, ¿de eso se trata?
-Exactamente -él tuvo la audacia de sonreír.
Melody contó hasta diez. Debía recordar que su madre necesitaba que él la defendiera.
-¿Y cómo está Angela? -preguntó con dulzura-. ¿Supongo que aún es tu secretaria?
-Supones bien -contestó, y la miró directamente a los ojos con expresión inescrutable-; es muy buena en lo que hace.
-No lo dudo -contestó ella con sarcasmo.
-Pero sus servicios se han limitado, ahora y siempre, a su profesión de secretaria, y si tuvieras dos dedos de frente verías que es así -su expresión se había vuelto fría, sin rastro de diversión-. Cualquier otra cosa existe sólo en la febril y retorcida mente de tu madre.
-¿Cómo te atreves a decir algo así? -siseó ella-. Ya tiene que aguantar bastante en este momento como para escuchar que su abogado la tilda de mentirosa.
-Me sorprende que te vaya tan bien en tu trabajo, si oyes tan mal -contestó él con calma-. No he dicho que sea una mentirosa, sino que tiene una mente retorcida en lo que a mí respecta y, créeme, podría decir algo mucho peor. Desde nuestra primera cita buscó un arma para utilizar contra mí, y lo sabes tan bien como yo. Cuando le llegó un chisme jugoso, un chisme sin ningún fundamento basado sólo en que Angela es una mujer muy hermosa, se aferró a él encantada.
Su comentario de que Angela era una mujer hermosa le sentó como una patada en el estómago; jamás había sentido tal deseo de golpear a alguien. ¡Zeke era capaz de plantarse allí y defender a aquella mujer despreciable sin parpadear, haciéndola quedar como una santa!
-Tenías cientos de candidatas para el puesto de secretaria cuando la señora Banks se jubiló -dijo tensa, luchando por que su voz no delatara su dolor-. ¿Por qué elegiste a Angela Brown?
-Porque era la mejor -contestó. Su tono indicaba que creía a Melody un poco corta.
-No me dijiste en su momento que la señora Banks se había ido y que Angela había ocupado el puesto -dijo inexpresiva.
-¿Para qué hablar de negocios cuando existen un millón de temas mucho más interesantes?
¡Tenía respuesta para todo! Melody evitó a duras penas que sus dientes rechinaran.
-La llevaste contigo a París.
-Mi secretaria me acompañó en un viaje de negocios al extranjero; hay una ligera diferencia. Pero todo esto ya lo habíamos hablado.
Su voz había adoptado el tono impaciente que Melody recordaba de antaño.
-Esperaba que a estas alturas hubieras entrado en razón -terminó él.
¡Hacía que sonara como si él hubiera ido tras ella! Lo miró con furia, completamente indignada; había sido ella quien se había puesto en contacto con él por el juicio contra su madre. No había vuelto a saber de él desde el día en que le había devuelto el anillo; ni una llamada, ni siquiera una postal navideña. Hasta aquel mismo momento Melody no había admitido lo mucho que le había dolido la completa salida de Zeke de su vida, pero él la había ignorado por completo. Sin embargo... dudó un instante. ¿Por qué la había estado controlando todo el tiempo? Porque él podía juguetear tan feliz con Angela, pero su prometida no podía hacer lo propio, se dijo con amargura. Además, su última pelea no había sido sólo por su secretaria.
-En fin, ¿cómo te va en tu nuevo trabajo? -dijo él como si le hubiera leído el pensamiento.
-No tan nuevo; ya llevo seis meses -levantó la barbilla en un gesto desafiante-. Estoy encantada.
Y era cierto: amaba su trabajo. La agotadora y absorbente tarea de tratar con pacientes que padecían trastornos del habla debido a embolias o a accidentes era fascinante y gratificante, pero tras un par de semanas se había dado cuenta de hasta qué punto tendría que comprometerse y de lo mucho que el trabajo afectaría a su vida. La teoría que había estudiado, con asignaturas como psicología, neurología o patología del habla, no la había preparado para el grado de implicación que tenía en el bienestar de sus pacientes; si alguien necesitaba más tiempo, se lo dedicaba con gusto. Por no hablar de todo el papeleo con el que tenía que lidiar; debía mantener registros detallados y actualizados para trabajar de forma eficiente con los trabajadores sociales, los médicos y los psicólogos del hospital y centro de salud donde estaba asignada.
Cuando había surgido el puesto, Zeke y ella acababan de comprometerse y estaban empezando a planear la boda, y los problemas no habían tardado en aparecer.
-No te veo tanto como querría -había dicho él con calma cuando Melody, entusiasmada, lo había puesto al tanto de la gran oportunidad-. Por naturaleza das siempre el cien por cien, y es algo que me encanta de ti, no me malinterpretes, pero si aceptas el puesto te veré aún menos.
-Eso no lo sabes -había respondido ella, desilusionada.
-Se ve venir, Melody. Ya han admitido que van cortos de personal, y que quizás tengas que trabajar bastantes horas, ¿no ves que es una advertencia? Piénsalo con calma; ya realizas un valioso trabajo, ¿no es suficiente de momento, al menos durante un tiempo hasta que estemos casados y asentados en nuestra nueva vida juntos?
Había sonado razonable, y Melody había estado a punto de ceder, pero tras uno o dos días había empezado a dudar si era prudente rechazar una oportunidad tan buena para su carrera. Su madre le había contado cómo había dejado su trabajo para casarse con su padre, y lo mucho que se había arrepentido de ello cuando él se había ido un par de años después. Zeke podía hacerle lo mismo a Melody, si no se andaba con cuidado.
-Naturalmente, había otra mujer involucrada -había dicho su madre con rencor-. Siempre hay otra mujer. Lo que pasa es que los hombres no son monógamos, ninguno lo es, pero si saben que eres una mujer de éxito e independiente van con pies de plomo.
-Zeke no quiere que deje de trabajar, sólo que no acepte este puesto -había protestado Melody.
-Es lo mismo -su madre había meneado la cabeza-, no dejes que crea que te tiene en sus manos; es la sentencia de muerte en cualquier relación, sobre todo con un hombre como Zeke. Tu padre también era de altos vuelos -había agregado en tono grave.
Era lo que Melody había estado oyendo en mayor o menor medida durante toda su vida, pero aquella vez las palabras de su madre la habían impactado con fuerza, quizás porque nunca antes había conocido a nadie que le importara tanto como Zeke.
Lo miró entonces cuando él dijo:
-Me alegro de que seas feliz, Melody.
¿Feliz? Nunca volvería a ser feliz, pero no podía decírselo. Cuando lo echó de su vida había renunciado a toda felicidad, toda alegría, toda esperanza, y a cien sentimientos más.
-Sí, lo soy, soy muy feliz -dijo, ofreciéndole una sonrisa radiante.
Él alargó una mano y trazó con sus largos dedos las sombras bajo los ojos de Melody; ella tuvo que obligarse a no retroceder ante la tierna caricia.
-Pareces cansada -dijo él con suavidad.
¿Cansada? ¿Acaso era otra forma de decir que estaba ojerosa y demacrada?
-El asunto de Julián me tiene muy preocupada -dijo con rigidez-. Sabes perfectamente que la empresa es para mamá como la niña de sus ojos; su pérdida la destrozaría.
No mencionó las largas noches sin dormir, en que imágenes de Zeke y Angela juntos atormentaban su mente. Al principio no pudo creerlo cuando su madre admitió que había contratado a un detective para que investigara a Zeke, ni siquiera cuando se tomaron fotografías de Angela y él. En ellas aparecían cenando y entrando en un taxi juntos, momento en que la secretaria mostraba una porción desmesurada de pierna. Se había enfurecido con su madre, con Zeke, consigo misma por ser tan tonta y tan crédula; y cuando él le había explicado lo del viaje de negocios a París, Melody no se había creído que se tratara sólo de trabajo. Aún no se lo creía. Quizás la voluptuosa morena fuera buena en su trabajo, pero el gesto coqueto de su cabeza y la forma en que miraba a Zeke lo decían todo. Con voz acerada y gesto altivo dijo:
-Gracias por venir, Zeke, y por aceptar el caso. No quiero entretenerte más.
-Cada día te pareces más a tu madre.
No era un cumplido, sino un comentario hiriente que cumplió su objetivo. «No reacciones. No le des la satisfacción de saber que te importa su opinión de ti». Consiguió esbozar otra sonrisa.
-Gracias -dijo con cuidado-. Es una mujer increíble, ¿verdad?
-Increíble.
-Adiós, Zeke -contestó ella, ignorando su tono seco.
Cuando Melody empezaba a volverse, él la sorprendió sujetándola por el brazo.
-¿No quieres saber mis condiciones para que acepte defender a tu madre? -dijo con calma.
-¿Condiciones? -sus ojos se agrandaron con alarma-. No has mencionado ninguna condición al hablar con ella en la casa.
-Dudaba que tú lo quisieras; además, son sólo para tus oídos. Como tú misma has dicho, ella ya tiene bastante en qué pensar; saber que vas a cenar conmigo sólo la preocuparía más, teniendo en cuenta que cree que soy una mezcla entre el Marqués de Sade y Don Juan.
Lo miró con atención, buscando una confirmación visual de que estaba bromeando; no podía estar sugiriendo en serio que quería que cenara con él, ¿verdad? No después de lo sucedido; ni siquiera Zeke Russell podía ser tan arrogante.
-Hablo en serio, Melody -como siempre, parecía leer su mente-. Quiero cenar contigo hoy.
-Ni hablar -contestó ella cuando hubo recuperado la voz.
-Qué pena -los ojos ámbar se entornaron-, pero puedo sugerir otro abogado para tu madre.
-No hablas en serio. No serías capaz de chantajearme para que cenara contigo -estudió los fuertes planos de su mandíbula, los pómulos firmes y el mentón decidido.
-Chantaje es una palabra inaceptable; prefiero considerarlo como hacer que entres en razón -dijo con una sonrisa sin humor.
-Estás loco -Melody no podía creer que estuviera manteniendo aquella conversación.
-Por qué, ¿porque quiero exponer mis argumentos? No se me permitió hacerlo hace seis meses, quizás es lo que hace falta para que ambos superemos lo sucedido.
-Yo ya lo he superado; me va muy bien -sabía que su temblor era apreciable, pero no podía controlarlo. Aquél era el Zeke más peligroso, con voz tranquila y controlada y rostro impasible.
-Me alegro.
-No quiero cenar contigo, Zeke, ¿no puedes entenderlo? Eres el último hombre sobre la faz de la tierra con el que quiero salir -no sabía a quién estaba intentando engañar, si a él o a sí misma.
Melody se sintió alentada al ver la reacción que relampagueó en los ojos de Zeke antes de que él pudiera ocultar su ira; « ¿cómo se atreve a pensar que puede entrar de nuevo en mi vida y darme órdenes?», se preguntó, pasando por alto que había sido ella quien lo había llamado.
No esperaba que él la tomara en sus brazos, y fue tal la sorpresa, que por un instante permaneció tierna y dócil contra su pecho; cuando empezó a resistirse, los labios de Zeke tomaron los suyos de la misma manera posesiva de antaño. Su boca era cálida y firme, y la abrazaba de tal forma que podía sentir lo que su cuerpo femenino provocaba en él; aun así, los brazos de él se tensaron, y no parecía estar afectado por su propia excitación.
Su fuerza musculosa, el limpio aroma de su loción y el calor de su cuerpo resultaban dolorosamente familiares y embriagadores. ¿Cuántas veces había soñado con sus besos y sus caricias en los últimos meses, y había despertado en la soledad de su cama con lágrimas rodando por sus mejillas? No debía responder a sus caricias, pero su cuerpo no obedecía los mandatos de su cabeza; como siempre, un roce había bastado para desatar la pasión entre ellos.
Para cuando Zeke levantó la cabeza, Melody sentía que le bullía la sangre y la cabeza le daba vueltas, pero gracias a una fuerza interior que desconocía poseer resistió la tentación de devolverle el beso. Sin embargo, la satisfacción en los ojos leonados dejaba claro que él sabía el efecto que causaba en ella. Melody levantó la barbilla en gesto orgulloso.
-Hay una manera de definir a hombres como tú -dijo con voz cáustica y mejillas encendidas.
-Lo sé -contempló su rostro con una mirada calculadora-, es «aprovechado». En fin, tenemos cena a las ocho; pasaré a buscarte a eso de las siete y media. Estáte lista, no me gusta que me hagan esperar.
-No puedes decirme lo que tengo que hacer.
Él sonrió con frialdad.
-De hecho, sí que puedo... si quieres que ayude a tu madre, claro. Personalmente, creo que a Anna le vendría bien perder, para que se enfrentara al hecho de que es humana como todos nosotros. Ha estado demasiado tiempo encerrada en esa torre de marfil que es su empresa.
Melody logró controlar su genio con gran dificultad. Lo odiaba, ¡cuánto lo odiaba! ¿Cómo había podido creer que lo amaba? Aún intentaba encontrar una respuesta cortante cuando Zeke se volvió y fue hacia su coche; por encima del hombro, exclamó:
-A las siete y media, Melody. Y ponte algo elegante, vamos a ir a un sitio especial.
-Eres... eres despreciable...
Seguía buscando los adjetivos apropiados cuando él se alejó con el coche. Sonriendo.
Capítulo 2
MELODY tuvo que quedarse quieta unos segundos antes de recuperar la compostura para girarse y cerrar la puerta; escondiendo las manos temblorosas en los bolsillos de su falda vaquera, se dirigió hacia el salón, donde su madre la esperaba.
-¿Se ha ido? -preguntó Anna innecesariamente.
Melody asintió.
-No ha ido demasiado mal, ¿verdad? Ha sido más razonable de lo que esperaba, teniendo en cuenta las circunstancias.
Su hija volvió a asentir.
-Has tardado mucho en despedirlo. ¿De qué habéis hablado?
-De nada importante -Melody sintió que si continuaba hablando del tema se pondría a gritar-. Ya hablaremos después, tengo que ir a trabajar. No pusieron pegas para que me tomara un par de horas libres, pero tengo que estar en la evaluación de un par de pacientes esta tarde.
-¿Te encuentras bien, Melody? Zeke no habrá dicho algo que haya podido importunarte, ¿verdad? -dijo Anna, observando a su hija con una mirada penetrante.
¿Aparte de dejar claro que era él quien mandaba, y que ella iba a pagar los platos rotos?
-Si quieres puedo pararlo todo y decirle que no seguiremos adelante con él -añadió Anna.
Melody aprovechó la oportunidad para evitar que su madre insistiera en su pregunta anterior.
-Ni se te ocurra -dijo con firmeza-. Vamos a ir hasta el final; Julián no va a arruinarte. Al margen de todo, Zeke es un gran abogado, y eso es lo que necesitamos.
-Sí, lo sé.
La rápida conformidad de su madre reveló lo preocupada que estaba. Melody se detuvo lo justo para tranquilizarla un poco antes de irse, pero ya en el coche condujo de forma automática, con la mente puesta en la velada que tenía por delante. Para cuando llegó al hospital, la excitación se mezclaba con el enfado, pero habría caminado desnuda por las calles de Londres antes de admitirlo. Ese día se sentía mucho más viva que en los últimos seis meses, y era humillante; ¿cómo podía sentirse atraída por un hombre que la había traicionado? Y no sólo eso, además había estado a punto de convencerla de que dejara su carrera profesional para jugar a la parejita feliz mientras él mantenía una sórdida aventura con su secretaria. Su madre tenía razón, los hombres eran incapaces de ser monógamos; nunca volvería a ser vulnerable por ningún hombre, especialmente, por Zeke Russell.
Zeke estaba sentado en su despacho, mirando sin ver un montón de papeles. Tenía grabado en su mente un bello rostro de una piel pálida y casi traslúcida, unos ojos gris azulado enmarcados por rizadas pestañas y unos labios carnosos de forma perfecta. Su hermosura era casi pecaminosa, y lo irónico era que ella no se daba cuenta.
Desde la primera cita, había sabido que el perfecto cuerpo de Melody albergaba muchas inseguridades; algunas se remontaban al abandono de su padre, otras podían atribuírsele a su madre. Incluso después de que se comprometieran, Zeke había tenido la clara impresión de que ella estaba esperando a que algo saliera mal. Su actitud le había irritado un poco, lo admitía, pero no se había dado cuenta de lo enraizadas que estaban sus inseguridades, y había creído que su amor podría con todo. Sonrió con sorna. Se había equivocado.
Se levantó con un movimiento brusco, caminó hasta la ventana que daba a una concurrida calle londinense y contempló desde su segundo piso a la gente y los coches que pasaban. Había manejado mal la situación, permitiendo que las acusaciones de ella le ofuscaran. Se había sentido furioso porque ella no ha confiado en él lo suficiente para escuchar su versión de los hechos, porque lo había juzgado y sentenciado antes de hablar con él. Además, estaba el orgullo; no había estado dispuesto a arrastrarse y suplicarle que lo escuchara. Y, por último, estaban su decepción y su indignación; se había abierto a Melody más que a nadie en su vida, y ella se lo había arrojado todo a la cara. Aquel día habría podido zarandearla con gusto.
Alejándose de la ventana, se dejó caer de nuevo en la amplia silla de cuero y se apartó el pelo de la frente. Jamás sería capaz de ponerle un dedo encima, ya que no sentía sino desprecio por los hombres que se comportaban así; pero tampoco podía renunciar a su hombría, suplicar y arrastrarse. Cuando ella lo abandonó fue como si le cortaran el brazo derecho, pero eso era preferible a perder la dignidad. Si Melody no confiaba en él lo suficiente para concederle al menos el beneficio de la duda y escucharlo, no existían fundamentos para una relación.
Miró ceñudo el montón de documentos mientras una vocecilla en su cabeza se burlaba: «pero no esperabas que estuviera tanto tiempo lejos de ti, ¿verdad? Pensaste que entraría en razón y volvería a tu lado en menos de un mes, cuando hubiera podido reflexionar con calma». Pero pasó otro mes, y otro más, y finalmente había tenido que aceptar que ella no pensaba llamarlo ni intentar arreglar las cosas.
Así que su madre había ganado. Levantó la cabeza y clavó la mirada en el otro extremo de la habitación; qué ironía... tenía fama de ser el mejor abogado defensor del momento, pero había sido una nulidad total en su propia defensa. Cómo debía de haberse reído Anna Taylor. Profirió una palabrota salvaje, pero no sintió ningún alivio. ¿Por qué había aceptado representarla cuando lo único que quería era ver cómo lo perdía todo? El ceño se hizo más pronunciado. Porque creía en su inocencia. Despreciaba a aquella mujer, nunca hubiera creído que podría llegar a odiar tanto a otro ser humano, pero al margen de todo, Anna no era ni una mentirosa ni una estafadora. Lástima, porque a Zeke le hubiera gustado que recibiera una dosis de humildad.
En cuanto a Melody... puso el índice y el pulgar en los lagrimales de sus ojos y presionó con fuerza antes de levantar la cabeza con determinación. No podía permitir que ella volviera a controlar sus emociones, pero tampoco estaba dispuesto a rendirse y dejarla marchar. Su principal razón para ir a la casa de su madre aquella mañana había sido verla, estar cerca de ella. La segunda razón había sido satisfacer su curiosidad. Había conseguido lo segundo fácilmente, ya que ellas se habían apresurado a explicarle lo sucedido; lo primero le había dejado claro que haría lo que fuera para continuar viéndola... por el momento, hasta que hubiera decidido cómo iba a acabar la función. Y aquella vez sería él quien orquestara el gran final.
Melody sabía que su apariencia era la mejor posible cuando Zeke llamó a la puerta de la vieja casona en Finsbury Lane donde estaba su pequeño apartamento; por una vez, su cabello había colaborado y se mantenía en un moño flojo. El maquillaje era perfecto, el rímel separaba y alargaba sus pestañas en vez de apelotonarlas, y sus labios tenían un brillo satinado y húmedo.
Sabía que el vestido que había elegido le sentaba bien. El corpiño de terciopelo gris, la falda de gasa con pedrería y el chal a juego eran seductores y glamorosos y realzaban sus curvas; su perfume era embriagador.
Había pasado toda la tarde hecha un manojo de nervios, pero cuando llegó el momento y oyó sonar el timbre, una calma fatalista se apoderó de ella. No le había quedado otra opción que salir con él, lo que hasta cierto punto era reconfortante; ella no había tomado la decisión, así que no tendría que preguntarse si se estaba equivocando. Pero cualesquiera que fueran las expectativas de Zeke, ella no iba a ser la mujer complaciente y amorosa que había sido antes de su ruptura, una mujer tan enamorada que no había podido pensar con claridad, una mujer aterrada por la posibilidad de que él se cansara de ella antes o después. Su suave boca se curvó con tristeza.
El timbre volvió a sonar, y Melody fue hasta el interfono que había al lado de la puerta.
-¿Sí? -dijo con voz queda.
-Soy Zeke.
La profunda voz masculina hizo que su corazón volviera a latir con fuerza, pero Melody consiguió mantener un tono firme al contestar:
-Ya bajo.
Su apartamento estaba en el piso superior de la casa victoriana adosada de tres plantas; en cada planta había dos apartamentos y un baño separado, y en el piso inferior una gran cocina común al servicio de los inquilinos.
Melody se había mudado allí hacía siete años, cuando con veintitrés había dejado la casa de su madre. Un considerable aumento en el sueldo que recibía en su primer trabajo, que conservaba desde que dejó la universidad, le había permitido poder alquilar por fin su propio apartamento. Se volvió para contemplar la espaciosa habitación; el alto techo y las dos grandes ventanas le conferían una sensación de amplitud. Al instalarse había cambiado la decoración, pintando las paredes y el techo de color hueso y la carpintería de un tono lila suave; las cortinas de muselina mantenían la luminosidad, y había colocado persianas para conservar la privacidad de noche. El sofá cama doble era de un lila pálido, y unos cojines de un tono más fuerte y un jarrón rojo con flores ornamentales aportaban un toque de color.
Había colocado la pequeña mesa de comedor con dos sillas cerca de las ventanas, y le encantaba comer contemplando el cielo por encima de los tejados. A veces sentía que estaba en la cima del mundo. Era una casa tranquila, serena, y con la pequeña zona para cocinar que tenía en un rincón, con su horno microondas, su diminuta nevera y su encimera de dos fuegos, no tenía que usar las instalaciones colectivas si no quería.
Cerró la puerta y bajó con cuidado por las estrechas y empinadas escaleras, consciente de que las delicadas sandalias que llevaba eran mucho más altas que los zapatos que solía usar. Tras cruzar el vestíbulo, abrió la puerta principal. Zeke estaba apoyado en la verja que separaba la entrada pavimentada de la calle; el esmoquin y la corbata negros enfatizaban su masculinidad.
Melody respiró profundamente. Estaba muy atractivo. Sus propias palabras se burlaron de ella; durante los últimos seis meses no había vivido, se había limitado a existir. Vivir era estar junto a Zeke. El pánico que sintió ante sus sentimientos hizo que su voz sonara brusca cuando dijo:
-Sabes que esto no es una buena idea, ¿verdad? -no lo era para ella; de hecho, era un suicidio emocional.
-Yo no lo veo así -él se incorporó y la tomó del brazo, acariciándola con aquellos ojos ámbar antes de decir-: estás fantástica.
-Gracias -incluso en sus propios oídos sonaba como una remilgada matrona de edad avanzada, con la voz seca. Volvió a respirar hondo y se esforzó más-. ¿Adonde vamos?
-Al teatro -dijo él. Mencionó un espectáculo que Melody había estado deseando ver, pero las entradas estaban muy caras, y acabó diciendo:
-Y después tenemos mesa reservada en el Black Cat.
Melody lo miró sorprendida; era imposible que hubiera conseguido las entradas y la reserva con tan poca antelación. Obviamente, había planeado salir con otra persona aquella noche. ¿Angela? Un escalofrío le recorrió la espalda, y no sintió satisfacción alguna al saber que la otra mujer debía de haberse sentido indignada. Qué situación tan horrible.
Los ojos leonados diseccionaron su reacción, y Zeke dijo con suavidad:
-Marvin... ¿te acuerdas de Marvin?
Melody asintió; era un socio del bufete donde Zeke trabajaba.
-Había planeado traer a su mujer por su veinticinco aniversario de casados -explicó él-. Desgraciadamente, ayer tuvieron que ingresarla en el hospital por molestias en la vesícula biliar. Así que no había riesgo de decepcionar a ninguna de las componentes de mi harén.
Aunque él parecía haber leído sus pensamientos, Melody mantuvo su expresión inalterable.
-No sé de qué estás hablando -mintió.
-Claro que no -contestó él con una gélida neutralidad. Señaló con un gesto el taxi que los esperaba-. ¿Nos vamos?
«Buena forma de empezar la velada, Melody. Bien hecho», se reprendió mientras entraba en el taxi. La noche ya iba a ser suficientemente difícil como para empeorar las cosas desde el principio. Tragó con fuerza cuando él se sentó a su lado.
-Lo siento -dijo con voz casi inaudible-. No debería haber sacado conclusiones precipitadas.
Por un momento pensó que él se mostraría difícil, y Melody admitió para sí que estaba en su derecho. Tras mirarla unos segundos, Zeke meneó la cabeza, dejando escapar un largo suspiro.
-Vas a volverme loco, mujer -dijo, pero su tono era más resignado que hostil-. Mira, para que conste, no salgo con nadie. De hecho, no he estado con nadie desde que tú y yo cortamos.
Ella sintió un estremecimiento de loca alegría antes de que se impusiera la lógica; casi podía oír la voz de su madre: que él dijera algo así no significaba que fuera cierto.
-¿Me crees? -preguntó Zeke.
Algo en su tono hizo que Melody lo mirara a los ojos. Sabía lo que él quería que dijera, y debería mostrarse cooperativa, ya que iba a defender a su madre; pero dudó demasiado.
-No digas más -dijo él con sequedad.
-No he dicho nada.
-Lo suficiente.
-Mira, Zeke... -Melody tragó saliva. Él estaba muy cerca, y era difícil disipar el recuerdo de otros trayectos en taxi, en los que ella había estado en sus brazos-. No quiero pelear contigo.
-Qué amable -la expresión de su rostro no se correspondía con sus palabras.
-Lo que quiero decir es... -Melody vaciló. ¿Qué era lo que quería decir? No tenía ni idea-. Eres libre, puedes hacer lo que quieras -dijo al fin, con voz insegura.
-¿Soy libre? -Zeke asintió-. Sí, y creo que intentas decirme que tú también, ¿verdad?
-Bueno... sí -aunque no le servía de nada, ya que su corazón le pertenecía a él.
-Ha quedado claro -dijo él, estirando sus largas piernas.
Los sentidos de Melody se dispararon. «Por el amor de Dios, ni siquiera te está tocando y tú ya estás perdiendo el control», pensó con irritación. Zeke continuó:
-Ahora que hemos dejado claro que los dos estamos libres, ¿puedes relajarte un poco?
Él miraba hacia delante, pero parecía como si sus ojos fueran un láser que la estuviera diseccionando trocito a trocito. Melody arrancó su mirada del masculino perfil.
-Estoy completamente relajada -mintió con voz tensa.
-Sí, claro.
-Además, ¿cómo esperas que se sienta una persona cuando se la obliga a salir a cenar? -espetó.
-¿Cuando la cena es en el Black Cat y el espectáculo previo es el que todo el mundo quiere ver? -contestó él con indolencia-. Yo diría que tendría que sentirse agradecida.
-¿Agradecida? Ni hablar.
-Como quieras.
Su total indiferencia era increíblemente exasperante, sobre todo porque, si se tratara de lo que ella quería, a aquellas alturas estarían felizmente casados y viviendo juntos, sin ninguna intención de separarse. «No», se dijo, «no vayas por ahí. Contrólate». Era una cuestión de poder, el de él sobre ella, pero Melody no podía dejarle creer que tenía la sartén por el mango. Se encogió de hombros, imprimiendo su voz con un forzado tono despreocupado.
-De todas formas, no importa; sólo es otra prueba de lo diferentes que somos.
Él le dirigió una fría mirada neutral. Espoleada por su indiferencia, Melody añadió:
-Hemos cambiado; pasa constantemente.
-¿Como con tus padres?
Fue como un golpe, y la conmoción era evidente en sus ojos cuando sus miradas se encontraron.
-Mis padres no tienen nada que ver -dijo temblorosa.
-¿No? -sus ojos eran implacables-. Creo que tienen que verlo todo, al menos tu madre. Te ha alimentado con resentimiento desde que eras pequeña, pero tú no lo ves, ¿verdad? No sé qué pasó entre tu padre y Anna, y no me interesa lo más mínimo, pero una cosa está clara: es la razón de que esté haciendo todo lo posible por arruinar tu vida.
-Eso no es verdad -sus mejillas ardían de furia-. No tienes ni idea de lo difícil que han sido las cosas para ella por culpa de mi padre. Si fuera por él, nos habríamos muerto de hambre. Fue ella quien fundó el negocio, quien proveyó un techo sobre nuestras cabezas...
-No digo que no cuidara de ti -la interrumpió bruscamente-, sino que dejó que su dolor y su desilusión fueran el motor de todas sus acciones, igual que ahora. No le gustan los hombres, Melody, ¿no lo ves? Para tu madre, son lo más rastrero que ha pisado la faz de la tierra.
-¿Y puedes culparla?
-Sí, claro que sí, porque nos ha afectado a nosotros -respondió con furia.
-Lo que pasó entre nosotros...
Melody se detuvo en seco cuando el taxista alargó la mano y abrió la mampara que lo separaba del resto del vehículo.
-Se preguntará por qué voy por aquí, amigo -se dirigió a Zeke con voz animada-. Hay obras en el camino más corto. Anoche me pasé horas allí parado.
-¿Qué...? -cuando asimiló las palabras del hombre, Zeke moderó el tono de su voz-: oh, está bien; vaya por donde quiera.
-Mientras no piense que se la estoy jugando...
-No, ni se me ocurriría -contestó Zeke; su voz indicaba que no le importaba lo más mínimo.
-Porque anoche un impresentable me hizo una escena, aunque yo le puse las cosas claras. Le dije «sal y vete andando, tío, si crees que vas a llegar antes». ¿Y sabe lo que hizo el tipo?
-¿Salió y se fue andando?
-Sí, eso hizo. Y sin pagar, el muy cerdo.
La voz del taxista sonaba tan indignada, que Melody estuvo a punto de estallar en carcajadas histéricas. Allí estaban Zeke y ella discutiendo su ruptura, una ruptura que le había causado tal dolor, que al principio había pensado que no sobreviviría, y aquel hombre estaba despotricando porque no le habían pagado una carrera.
Fue Zeke quien volvió a cerrar la mampara de separación, y aunque el taxista entendió la indirecta y no dijo nada más, en la parte posterior del vehículo reinó el silencio hasta que llegaron al teatro.
Las entradas eran para el anfiteatro, y sus asientos estaban muy bien situados. Zeke le compró unos bombones y un programa, y Melody se enfrascó en él durante los cinco minutos previos a la función; sin embargo, no podía evitar ser consciente de cada movimiento del hombre, y sus nervios estaban en una sintonía tan perfecta que zumbaban. Debido a la corpulencia de Zeke, sus muslos se tocaban, y un ancho hombro se apretaba contra ella. Su cercanía era perturbadora.
Sintió un enorme alivio cuando las luces se apagaron y la orquesta empezó a tocar; sus mejillas habían ardido durante los cinco minutos, y tampoco había ayudado que él aparentara estar muy cómodo sentado en silencio, sin hacer ningún esfuerzo por entablar conversación y completamente relajado, aunque un tanto distante y sombrío. Melody no sabía cómo iba a lograr sobrevivir a aquella noche.
Sin embargo, a pesar de sus enfebrecidos pensamientos, pronto se vio arrastrada por la música y la historia acerca del amor perdido y recuperado. Era un espectáculo dramático con un toque cómico para aliviar el trasfondo sombrío, y Melody se sumergió en los entresijos de la trama. Cuando llegó el intermedio, apenas podía creer que hubiera pasado una hora.
Se abrieron paso entre el gentío hasta llegar a la zona del bar, y cuando Zeke hubo comprado las bebidas, buscaron un rincón tranquilo.
-¿Te gusta? -preguntó Zeke con voz suave; su cuerpo era un escudo contra la multitud.
-Mucho -Melody le dirigió una educada sonrisa de cortesía.
-Bien -su boca se torció ligeramente-. La velada no es tan horrible como imaginabas, ¿no?
-No creí que iría mal -se apresuró a mentir.
-¿No? -su respuesta estaba cargada de incredulidad.
-No. Es que no me gustó verme obligada a hacer algo, eso es todo.
-No me dejaste otra opción -dijo, observándola atentamente.
Melody no respondió y tomó un sorbo de su bebida. De pronto se dio cuenta de que no quería discutir con él; sólo quería aprovechar aquella noche a su lado, porque tendría que durarle para el resto de su vida. Eran muy diferentes en todos los temas importantes, sin ningún terreno en común; estaba claro, porque para ella la fidelidad era algo imprescindible y siempre lo sería.
-Tu cabello sigue pareciendo oro hilado -Zeke levantó un mechón que descansaba sobre la mejilla de Melody y dejó que resbalara de entre sus dedos.
No podía dejar que Zeke supiera el efecto que tenía en ella. Débilmente consiguió decir:
-Es demasiado fino.
-No, es perfecto -sus ojos se oscurecieron-. Luz del sol entrelazada con reflejos de rayos de luna. Nunca he visto un pelo rubio con tantos matices.
-Es igual que el de mi madre.
En cuanto lo dijo deseó poder tragarse sus palabras, ya que sabía que mencionar a Anna sólo servía para sacar de quicio a Zeke. Al principio había creído que el antagonismo instantáneo que había nacido entre ellos desaparecería conforme se fueran conociendo; sin embargo, las cosas habían ido a peor, y Melody sabía que su madre no había dado ninguna oportunidad al abogado. Él lo había intentado, pero Anna lo había seguido tratando con una frialdad casi obsesiva. Zeke lo ignoraba, pero más de una vez su madre y ella habían peleado a causa de aquella actitud.
Los padres de Zeke habían fallecido en un accidente de coche tres años antes de que lo conociera, y como era hijo único, Melody había querido que hubiera una buena relación; sólo después de la ruptura su madre había admitido que Zeke le recordaba al padre de Melody.
-No sólo en el físico, aunque tu padre era muy alto y fornido -había dicho Anna-. Eso no acaba de apreciarse en las fotografías; pero la forma de ser de Zeke, su... bueno, su carisma, su poder de atracción, llámalo como quieras. ¿Me entiendes? -y sin esperar una respuesta, había añadido con tono ácido-: y el mismo ego enorme, naturalmente.
Melody había tardado en perdonar a su madre por su conducta arbitraria en el tema de las fotografías, y Anna lo sabía. Sólo habían hecho las paces después de tres o cuatro meses porque Melody sabía que su madre había creído estar haciendo lo correcto... y porque Anna había escrito una emotiva carta en la que daba las razones que tuvo para interferir. Había escrito:
No quería que tuvieras que pasar por lo mismo que yo; por eso sentí que tenía que averiguar su verdadero carácter. Quizás creas que te sientes mal ahora, pero si te hubieras casado con él, si hubieras tenido hijos y luego hubieras descubierto que te había estado engañando, te habrías quedado destrozada. Como me quedé yo. No quería que te pasara, a ti no.
Dejando a un lado los recuerdos, Melody vio que el rostro de Zeke se había endurecido con la mención de su madre, y observó cómo hacía un esfuerzo visible para relajar los tensos músculos faciales. La voz masculina estaba deliberadamente carente de emoción cuando dijo:
-Creo que tu cabello es único, pero quizás tengas razón respecto al de Anna -se hizo una incómoda pausa, tras la cual continuó-: ¿quieres otra bebida?
Lo cierto era que no, pero Melody contestó afirmativamente de todas formas, con la esperanza de que disminuyera la tensión. Cuando él regresó, charlaron de naderías hasta que sonó el primer aviso; para entonces, Melody estaba un poco mareada después de dos vasos de vino en el estómago vacío. Tomó nota mental de pedir un agua con gas en el Black Cat antes de cenar.
La segunda parte de la obra fue incluso mejor que la primera, y el clímax, en el que la joven protagonista renunció a su amado en favor de otra mujer a quien él había amado, pero dado por muerta años atrás, hizo que Melody se deshiciera en sollozos ahogados. Aceptó el pañuelo que Zeke le ofreció sin decir palabra mientras la música finalizaba su crescendo, secándose los ojos y sonándose la nariz antes de devolvérselo.
-Ha sido maravilloso -dijo con fervor cuando el público empezó a levantarse y a salir del teatro-. Pero tan triste. La pobrecilla, dejándolo marchar cuando lo amaba tanto.
-Sólo es una historia -dijo Zeke suavemente.
Quizás. Mientras se levantaban y salían del edificio, Melody estuvo a punto de volver a echarse a llorar; era una historia como la vida misma. Ella lo había perdido por otra persona, ¿no?
A pesar de la multitud arremolinándose a la salida del teatro, Zeke no tuvo problemas para conseguir un taxi; el mundo entero parecía estar a sus órdenes. Una vez en marcha hacia el club nocturno, y quizás porque la función aún estaba muy fresca en su mente, Melody dijo:
-La vida parece ser un tiovivo de altibajos, ¿no te parece?
-Hasta cierto punto. También es lo que cada uno hace de ella.
Sus palabras parecieron una crítica de lo que ella había dicho, y Melody se enfureció.
-No siempre podemos hacer que sea mejor o diferente.
Él se encogió de hombros, volviendo la cabeza para mirarla mientras deslizaba un brazo por el respaldo del asiento. Ella se quedó inmóvil, plenamente consciente de su tacto y su aroma.
-Eso puede ser cierto a veces -dijo él. Su indolente displicencia contrastaba con la voz tensa de Melody-. Con una enfermedad grave, por ejemplo, o con la muerte de un ser querido. Incluso entonces, la manera en que uno afronta la situación repercute en cómo se siente sea cual sea el desenlace. La amargura, la rabia, el resentimiento, son criminales; si arraigan, lo tiñen todo.
Melody se lo quedó mirando, convencida de que se estaba burlando de ella, ¿o se estaba volviendo paranoica? En cualquier caso, no podía contestarle porque él diría que si se daba por aludida, sería por algo. Se movió nerviosamente. Era el hombre más exasperante del mundo.
-¿No estás de acuerdo? -preguntó Zeke con una voz suave como la seda.
-Estás diciendo que, sea lo que sea lo que le hagan a uno, por mala que sea la situación y sin importar lo que vaya mal... ¿hay que aguantarlo con una sonrisa? ¿Al mal tiempo buena cara?
-Claro que no -por su tono parecía estar hablando con un mocoso recalcitrante.
En aquel preciso momento el taxi llegó al Black Cat, uno de los clubs nocturnos más famosos de Londres. A Melody no le importó. La conversación la había afectado mucho, aunque eso era algo típico con Zeke. No podía permitir que él controlara la situación. No se dio cuenta de que fruncía el ceño mientras él la ayudaba a salir del vehículo hasta que Zeke susurró:
-¿Podrías al menos intentar aparentar que te alegra estar aquí? No están acostumbrados a que la gente los fulmine con la mirada al entrar, sobre todo teniendo en cuenta los precios y la larga lista de espera que hay para conseguir una mesa.
Ella contestó con una grosería que los dejó a ambos boquiabiertos, y cuando Melody entró del brazo de Zeke, sus mejillas estaban teñidas de un vivo color rosado. El interior era cromado y color plata, con espejos por todas partes y un aire chic. Su mesa estaba muy bien situada, cerca de la pequeña pista de baile, pero como estaba ligeramente retirada en uno de los reservados que salpicaban la estancia, disfrutaban de cierta privacidad aun estando imbuidos en el ambiente.
Melody se hundió en su asiento, y cuando llegó hasta ella el delicioso aroma de la comida no pudo evitar olfatear el aire con disimulo. Estaba hambrienta, y por lo que había visto mientras se dirigían a la mesa, todo parecía delicioso. Su metabolismo le permitía comer lo que quisiera sin engordar, pero se mareaba si pasaba demasiado tiempo entre comidas, como en aquel momento.
Cuando el sumiller se acercó a su mesa, Zeke pidió una botella del caro clarete que había sido su preferido cuando salían juntos, además de una botella de agua con gas para ella. Les sirvieron una cesta con panecillos calientes, y él dijo:
-Cómete uno ahora; tus niveles de azúcar están bajos, ¿verdad?
Melody asintió; había olvidado lo agradable que era tener a alguien que la cuidara. Él siempre se daba cuenta de que se sentía mal o de que pasaba algo sin tener que decírselo; ninguno de los hombres con los que había salido antes habían sido tan intuitivos. Claro que nunca había dejado que ningún otro hombre se acercara tanto a ella como Zeke, y ninguno la había excitado tanto.
Antes de conocerlo, se había considerado un poco fría en lo referente al sexo; algunas de sus amigas parecían creer que ir saltando de cama en cama era de lo más normal, pero ella nunca lo había hecho. Jamás había sentido la tentación. Con Zeke había sido diferente: por primera vez, la necesidad y el deseo habían puesto en peligro su sueño de la infancia de caminar por el pasillo de la iglesia con un vestido de ensueño, sabiendo que la noche de bodas sería especial.
Cuando habían empezado a salir, ella le había dicho tímidamente que quería reservarse para su marido; él no se había reído ni se había burlado de ella, como algunos de sus anteriores novios, y tampoco intentó hacer que cambiara de idea. Había sido ella la que había flaqueado en más de una ocasión, cuando sus caricias eran tan maravillosas que había deseado llegar hasta el final. Lo único que Zeke había dicho, la noche en que le dio el anillo y le pidió que se casara con él, fue que tendría que ser un compromiso corto. Según él, había un límite en el número de duchas frías que un hombre podía aguantar por noche.
Ella se había reído, abrazándolo, y habían acordado fijar la fecha para dos meses después, con lo que tendrían tiempo de encontrar una iglesia y de que ella comprara el traje de sus sueños. No quería una gran boda con toda la parafernalia, sólo a Zeke, casarse en un lugar especial y lucir el vestido soñado. Y entonces descubrió lo de Angela.
Melody untó generosamente el panecillo con mantequilla y tomó un bocado; estaba delicioso, pero sus pensamientos habían embotado su sentido del gusto.
-¿Así que el trabajo va bien? -preguntó Zeke de repente.
Ella lo miró sorprendida. Con la boca llena de pan, asintió.
-¿Mucho trajín?
-Muchísimo -contestó ella después de tragar. Decidió que lo mejor era ser sincera-: a veces hasta doce horas al día, pero no siempre -dijo, admitiendo para sí que era lo más corriente-. No podría haberlo hecho si aún estuviéramos... -se detuvo, consciente de su falta de tacto.
-¿Si aún estuviéramos juntos? -acabó él la frase.
Melody volvió a asentir.
-Los que trabajan en la unidad son solteros o tienen parejas muy comprensivas -admitió.
El sumiller llegó con su botella; una vez que les sirvió y se fue, Zeke se bebió medio vaso de golpe antes de decir, jugueteando con su plato:
-La verdad es que me precipité en esa cuestión.
Melody se lo quedó mirando antes de darse cuenta de que se había quedado con la boca abierta y que la imagen no debía de resultar demasiado agradable, ya que la tenía llena de pan. La cerró de golpe, tragó y dijo:
-De hecho, probablemente tenías razón. Los tres primeros meses fueron agotadores, y no hice más que trabajar y dormir. No hubiera sido la mejor manera de empezar un matrimonio.
-No discutas -dijo con una sonrisa que se evaporó cuando continuó-: después entendí que era una gran oportunidad para ti, y que probablemente no volvería a presentarse en mucho tiempo. Hiciste lo correcto al aceptarla. Lo mínimo por mi parte hubiera sido tener una comida caliente esperándote, seguida de un buen baño y quizás de un masaje en los músculos tensos.
Lo dijo medio en broma, pero sonó tan bien que ella no pudo responder con la sonrisa de rigor; sus ojos se llenaron de lágrimas, y horrorizada se apresuró a dirigir la vista hacia su plato.
-Eso ya es agua pasada -consiguió decir con bastante entereza-. No importa.
-Supongo que sólo quería que lo supieras, eso es todo -contestó él.
Algo en su voz hizo que ella deseara levantar los ojos y tomar su mano, pero la imagen de Angela Brown la detuvo en seco.
La llegada del primer plato no pudo ser más oportuna. La creación había sido bautizada con el exótico nombre de fruits de mer, y consistía en marisco aderezado con limón y canónigos; para cuando el ajetreado camarero lo hubo colocado todo a su gusto, Melody había recuperado el control de sí misma. Mientras ensartaba una suculenta gamba con el tenedor, se dijo con firmeza que se había imaginado la vulnerabilidad en la voz de Zeke.
Tras el marisco llegó un plato de costillas rebozadas en salsa de mostaza y azafrán, que Melody acompañó con un vaso de clarete. Todo estaba delicioso. Se lo dijo a Zeke, y él sonrió.
-Debería sentirlo por el pobre de Marvin y por su mujer, pero soy demasiado egoísta -admitió él, impenitente-. No todos los días le cae a uno un regalo del cielo en el momento justo.
-¿En el momento justo?
-Cuando había conseguido que salieras a cenar conmigo.
-Quizás habría salido a cenar contigo antes si me lo hubieras pedido.
Lo dijo con ligereza, casi con coquetería, pero algo en su voz capturó la atención de Zeke. Los ojos dorados se fijaron en su rostro y lo estudiaron por un momento.
-Me dejaste, ¿te acuerdas? -dijo con suavidad-. No fui yo quien dijo haber cometido el mayor error de su vida. Te amaba, yo no cambié.
Su osadía la dejó sin habla por un momento, y sus ojos adquirieron un brillo peligroso.
-Tenías una aventura con otra mujer -dijo con furia.
Zeke negó con la cabeza, y ella siseó:
-Y si me querías tanto, ¿por qué no intentaste verme? ¿Por qué no viniste tras de mí?
-¿Para que pudieras volver a lanzarme insultos?
Melody pudo entrever el fuego escondido en su mirada, pero Zeke controlaba su rabia mejor que ella y su voz aparentaba una calma absoluta cuando continuó:
-Ni hablar. No había hecho nada malo, y no estaba dispuesto a suplicar. Desde el primer momento en que te vi, para mí no ha existido nadie más, y pensé que con un poco de tiempo te darías cuenta de ello.
La manera en que lo dijo, el tono sincero de su voz, hizo que Melody parpadeara. A veces, en las largas y solitarias noches, se había preguntado si se habría equivocado.
-Y ya que hablamos de razones, ¿por qué no fuiste a ver a Angela para preguntarle si teníamos una aventura? -preguntó Zeke en el mismo tono calmado y razonable.
¿Estaba completamente loco? ¿Por qué darle a la mujer aquella satisfacción?
-¿Irías tú a hablar con otro hombre si fuera al revés y pensaras que yo había tenido una aventura? -preguntó con sarcasmo.
-Oh, iría a ver al hombre, Melody, no te equivoques -dijo él aún más suavemente-. Y si descubriera que era cierto, el tipo desearía no haber nacido.
Melody volvió a parpadear; la onda de energía en la voz de Zeke fue tan intensa que resultó casi palpable. Bebió un sorbo de vino.
-Bueno, los hombres y las mujeres se enfrentan a estas cosas de forma diferente.
-Te equivocas -la miró con hostilidad-, el noventa y nueve por ciento de la gente reaccionaría de una manera: a mi manera. En cambio, tú perteneces al uno por ciento que hace las cosas al revés. Lanzas acusaciones sin fundamento que sé perfectamente que son falsas, rompes nuestro compromiso y desapareces de mi vida, y no pides pruebas de nada.
-Tenía las fotografías...
-No me hagas reír. Si acusáramos de tener una aventura a todos los hombres y las mujeres que comparten un taxi, no se salvaría nadie. Tuvimos una larga reunión de negocios, y después nuestros anfitriones nos invitaron a cenar antes de llamar a un taxi para volver al hotel. Fin de la historia. Y si recuerdo bien, tenía tantas ganas de volver a tu lado que al día siguiente tomé de madrugada el primer avión, y dejé allí a Angela para que atara los cabos sueltos y regresara después. No parecen las acciones de un amante enamorado aprovechando al máximo su aventurilla. Y todo hubiera podido confirmarse en su momento si te hubieras molestado en preguntar, pero no te importaba tanto, ¿verdad? Eso es lo que pasó, en resumidas cuentas.
-Eso es muy injusto -se sentía entumecida; sus palabras le habían llegado tan hondo que habían erradicado toda sensación.
-Melody, me entregué a ti por completo, pero tú retuviste gran parte de ti misma desde el principio... por si acaso -dijo implacable.
-¿Por si acaso? No sé de qué hablas.
-Deja que te ilumine. Por si hacía lo que todos los hombres están programados a hacer desde que nacen, al menos según tu madre, y te era infiel.
Debajo de la mesa las manos de Melody formaban puños tan apretados que las uñas se clavaban en sus palmas. Quería negarlo todo, decirle que estaba loco, pero por primera vez reconoció que Zeke tenía razón, y que ella se había comportado como él decía. No se había dado cuenta, pero era la razón por la que no había tenido una relación plena en el sentido físico con nadie antes de conocerle, ni con él; y emocionalmente también había sido siempre muy cauta, incluso recelosa.
Melody levantó la copa de vino, y se la bebió toda antes de volver a dejarla sobre la mesa. Para bien o para mal, sabía que no podía entregar su cuerpo a un hombre sin darle también su corazón, su alma y su mente; aquello no había sido un problema antes de Zeke, y le había sido fácil mantener la distancia, pero con él... a pesar de la agonía que había pasado al ver las fotografías, se daba cuenta de que había sentido también cierto alivio. Había pasado lo peor. No tenía que vivir cada día temiendo que él se cansaría de ella cuando estuvieran casados, que la abandonaría con sus hijos como le había pasado a su madre o, aún peor, que lo querría tanto que se quedaría con él pasara lo que pasara.
-¿Más vino?
La voz de Zeke era tranquila, y cuando lo miró a los ojos volvió a impactarla su devastador atractivo. Incapaz de hablar, Melody se limitó a asentir. Lo observó mientras le llenaba la copa y luego miraba taciturno hacia el otro extremo del local, con los ojos ligeramente entornados y el mentón en un gesto inflexible. En aquel preciso momento, sin saber por qué, supo de pronto que él era inocente. Quizás en el fondo siempre había creído en él.
Él era todo lo que siempre había imaginado en un hombre, y sin embargo había dejado que se le escapara. Ella misma lo había echado de su lado. ¿Cómo podía explicarle que la intensidad de su amor por él la había aterrorizado? Siempre había relacionado el amor con dolor y pérdida, con una persona dando y la otra recibiendo. Tales ideas habían cristalizado incluso antes de que su padre se fuera y su madre se consumiera en rencor hacia los hombres; aunque era una niña cuando él las abandonó, podía recordar vagamente ecos de las horribles peleas que solían tener, y las interminables lágrimas de su madre. Había algo más, algo que había pasado y que era importante, pero estaba en el filo de su conciencia y no podía sacar la memoria a la superficie.
Cuando Zeke se volvió hacia Melody, le sorprendió la emoción desnuda en su rostro.
-¿Estás bien? -preguntó-. Mira, olvida lo que he dicho -su voz era brusca, pero no hiriente-; te he traído aquí para que disfrutáramos de una velada juntos por los viejos tiempos, no para abrir viejas heridas -no era del todo cierto, pero Zeke no estaba dispuesto a admitirlo.
Melody hizo un esfuerzo visible para centrarse en él.
-Lo siento si te hice daño, Zeke. Y sí que te quería.
Él deseaba responder que no lo suficiente, y que desde luego no como él la quería a ella, pero no lo hizo. En parte porque el camarero se acercaba con la carta de postres, y en parte porque estaba harto de volver a lo mismo. Ella siempre lo consideraría un ser mezquino, así que quizás lo mejor sería minimizar las pérdidas, dejarlo y acabar de una vez. Había otras mujeres en el mundo, conocía a varias que estarían encantadas de ocupar su lugar si las llamaba. Mujeres dispuestas a pasar un buen rato sin ataduras, que disfrutaban de la compañía masculina, pero que no querían las complicaciones de un compromiso serio interfiriendo en sus vidas; quizás debería llamar a una de ellas. Pero no lo haría. Con un gesto de agradecimiento hacia el camarero, tomó la carta de postres y la abrió.
Capítulo 3
MELODY se levantó muy temprano al día siguiente, y aunque era el primer sábado en semanas que no tenía que ir a trabajar, no pudo quedarse en la cama. Su primer pensamiento al abrir los ojos había sido Zeke; había soñado con él toda la noche, aunque no podía recordar los detalles. Tras abrir las ventanas de par en par para disfrutar del aire fresco, plegó el sofá cama y preparó café; con una taza en las manos, fue hasta la mesa de comedor y se sentó con un profundo suspiro.
Qué mal lo había hecho. Era demasiado tarde para arreglar las cosas... Zeke no la perdonaría por haber dudado de él, y no podía culparlo. Y aunque sucediera un milagro y la perdonara, sabía que había dañado la relación más allá de cualquier posibilidad de recuperación. Se obligó a analizar los hechos, recordando implacable las fotografías; aunque habían sido destruidas hacía tiempo, estaban grabadas en su mente. Aún la herían, pero de diferente forma, ya que en aquel momento era consciente de su estupidez. Creía en él. Demasiado tarde, pero creía en él.
Para cuando llevaba tres tazas de café, el sol brillaba ya con fuerza en el cielo, y Melody había llorado y se había secado los ojos antes de volver a repetir el proceso. Jamás se había sentido tan miserable. Podría haber jurado que nunca se sentiría peor que cuando abandonó a Zeke, pero se había equivocado; aquello era peor, mucho peor. Tras pasarse una mano cansada por el rostro, apuró lo que quedaba del café y se puso de pie.
-Basta -dijo en voz alta-. Vas a ahogarte en auto-compasión y culpa. Dúchate y lávate el pelo, y después saldrás a comprar.
Ya en la ducha se quedó largo rato bajo el chorro de agua, consciente de que Caroline, la joven ejecutiva de mercadotecnia que vivía en el otro apartamento de aquella planta, no saldría de la cama hasta el mediodía; o hasta más tarde, si el novio del momento se había quedado a dormir.
Tras secarse el pelo, Melody preparó un plato de cereales con leche. Por su apariencia y su sabor parecían desechos de la jaula de un roedor, pero la penitencia se ajustaba a su estado de ánimo. «Soy una cobarde», pensó mientras lavaba la taza y el plato; debería haberle dicho algo a Zeke la noche anterior, confesarle que se había equivocado, pero no había podido pronunciar las palabras. Cuando bailaban se había dicho que no era el momento apropiado, y lo mismo cuando volvían en el taxi; ni siquiera cuando la acompañó a la puerta dijo nada. Quizás lo hubiera intentado si Zeke la hubiera besado o mostrado algún deseo de hacerlo, pero a pesar de la actitud agradable que había mantenido después de su conversación, parecía un poco indiferente.
Ya no la quería, ni siquiera le importaba; sólo le había pedido... exigido que saliera con él porque quería dar su versión de los hechos. Había dejado clara su postura, insinuando de paso que ella no estaba bien de la cabeza, y se acabó. Melody no debería sorprenderse; seis meses con él habían bastado para que se diera cuenta de que Zeke no daba segundas oportunidades.
Sonó el teléfono, y Melody gimió en voz alta; otra emergencia en el trabajo, seguro. Normalmente no le importaría, pero aquel día era demasiado; respiró hondo y dejó escapar el aire lentamente. Era una profesional, y mucho más para algunos de sus pacientes; amiga, consejera, confidente, apoyo... algunos de sus pacientes se enfrentaban a la experiencia más aterradora y desmoralizante de sus vidas, y necesitaban saber que tenían a alguien a su lado. Sin importar cómo se sintiera, les debía esa ayuda. Contestó con voz competente y formal:
-Melody Taylor al habla. ¿Puedo ayudarle?
-Eso creo.
-¿Zeke? -Melody sintió que le clavaban un puñal en el pecho. Dijo con voz cauta-: ¿Qué pasa?
-Estamos a fin de semana, sábado, concretamente; cuando el día termine y llegue la noche, la gente saldrá de fiesta. Así es como debe ser, sólo que yo no tengo a nadie del sexo opuesto con quien pasarlo bien -se hizo una breve pausa y añadió con suavidad-: ahí es donde entras tú.
-¿Yo? -contestó ella con un gritito.
-Exacto.
Sonaba tan seguro de sí mismo, que le crispó los nervios; Melody fulminó el teléfono con la mirada. ¡Allí estaba ella, sufriendo, y él tan tranquilo! Era injusto e irracional, lo sabía, pero de algún modo su indolencia la irritaba. Zeke no había tardado demasiado en superar la ruptura.
-Pero ya no salimos juntos -contestó, aunque estaba de más decirlo.
-Exacto.
Melody frunció la frente, perpleja, pero él continuó:
-Si le pido a otra persona que salga conmigo se creará falsas esperanzas, pensará que estoy interesado en ella, y ahora mismo no tengo tiempo para eso. Tengo mucho trabajo -añadió.
-Oh -¿y ella qué era, un tronco de madera?
-Tú, en cambio, dejaste claro cuando nos separamos que preferirías caminar sobre brasas ardiendo antes que seguir con nuestra relación; sin embargo, creo que entonces disfrutábamos mutuamente de nuestra compañía, ¿verdad? Sería una pena que dejáramos de ser amigos.
¿Amigos? ¿Se había vuelto loco? Nunca podría ser su amiga... bueno, no solamente su amiga.
-Como ves, es perfecto. Ambos sabemos a qué atenernos, y aun así podemos pasarlo bien, a un nivel completamente platónico, por supuesto. Hasta que las circunstancias cambien.
-¿Hasta que cambien? -susurró ella.
-Uno de los dos puede conocer a alguien.
Lo dijo con tanta frivolidad que lo hubiera abofeteado. Él continuó:
-Naturalmente, quizás esa persona no entienda nuestra situación.
Melody no lo dudaba, ya que ni ella misma la entendía. Apretó los dientes con fuerza.
-No estoy segura de que sea una buena idea -dijo impávida-; al menos para nosotros.
-¿Porque no confías en mí y piensas que soy lo más rastrero que hay?
Su voz tenía una inflexión que Melody no podía acabar de definir; Zeke continuó:
-Pero eso ya no importa, ¿no lo ves? No apruebo muchas de las cosas que hacen mis amigos, pero son asunto suyo. El que el corazón no esté involucrado le quita hierro al asunto.
Melody acababa de reunir el coraje suficiente para decirle que sí que confiaba en él, que era ella quien se había equivocado, pero sus palabras fueron un duro golpe. El corazón no estaba involucrado. Bueno, eso dejaba las cosas claras, ¿no?
-Y no es que yo hiciera nada malo, claro, pero todo eso es agua pasada y anoche acordamos que no volveríamos a hablar de ello.
¿De veras? Melody no lo recordaba. Él continuó:
-Bueno, entonces estarás lista a eso de las nueve para ir a la fiesta en casa de Brad, ¿verdad?
Brad. Su mejor amigo, que sin duda estaría furioso con ella por cómo había tratado a Zeke.
-Esta noche no me va bien -dijo con calma.
-Me lo debes, Melody -su voz había cambiado-. Le estoy haciendo un favor a tu madre aceptando el caso, cuando ya estoy hasta las cejas de trabajo.
-Así que los amigos se chantajean para conseguir lo que quieren, ¿verdad? Encantador -su tono era ácido-. Tu concepto de la amistad difiere del mío.
-No lo dudo -fue su aterciopelada respuesta; tras una larga pausa, continuó-: ¿paso a buscarte?
Ella se rindió. Deseaba verlo con todas sus fuerzas, pero no de la manera fría que él había expuesto; admitió con tristeza que, si la hubiera llamado para decirle que había estado pensando en ella, para pedirle que hablaran las cosas, habría estado en el séptimo cielo. Pero así...
-Estaré lista a las nueve -masculló.
-Qué gentileza la tuya.
Canalla sarcástico. Por un momento, deseó poder volver a pensar lo peor de él, ya que así era más fácil creer que lo odiaba. Nunca lo había creído del todo, pero había seguido intentándolo.
-¿No se extrañará Brad cuando aparezcamos juntos? -preguntó con tono glacial.
-Es posible.
-¿Vas a llamarlo para explicarle la situación? -insistió ella-. Nos ahorrará explicaciones posteriores; si quieres, puedes obviar lo del chantaje -añadió mordaz.
-Te gusta mucho esa palabra, ¿verdad? -parecía divertido.
-No me gusta su significado -su tono calmado era más efectivo que la rabia desnuda.
-Y a mí no me gusta que me acusen de libertino sin corazón, así que todos llevamos nuestra propia cruz. A las nueve en punto. Estáte lista -colgó el teléfono.
Melody pasó los diez minutos siguientes paseándose por el apartamento y murmurando imprecaciones, antes de salir a comprar. El pequeño supermercado dos calles más abajo de su casa estaba lleno hasta los topes, y después de comprar lo que necesitaba se detuvo a comprar fruta y verdura en la parada de la esquina. Para cuando volvía a casa, se sentía más tranquila. «Tienes que ver las cosas desde un punto de vista positivo», se dijo mientras entraba en el vestíbulo principal; Zeke controlaba la situación, pero lo importante era que había accedido a defender a su madre.
Ya en su apartamento, guardó la compra y preparó más café, mientras los pensamientos se sucedían como un torbellino. Estaba claro que ya no sentía nada por ella, aunque su comportamiento revelaba que la falta de confianza de Melody le había afectado; estaba disfrutando poniéndola nerviosa. Tendría que decirle que sabía que se había equivocado y que lo había juzgado mal; no cambiaría mucho las cosas, pero quizás su disculpa lo apaciguara un poco. Fuera como fuese, le debía cierto arrepentimiento, aunque seguía pensando que había sido completamente estúpido que no le mencionara que había cambiado de secretaria.
Oh, Zeke, Zeke... de repente, el dolor de su pérdida alcanzó una intensidad insoportable. Ojalá pudiera dar marcha atrás.
Sonó el teléfono, y volvió a gemir. Esta vez sí que tenía que ser del trabajo; sólo esperaba que no quisieran que se ocupara de algo que se alargara hasta la noche, porque Zeke no la creería. El alivio que sintió al oír la voz de su madre se vio templado por sus reflexiones previas.
-¿Melody? ¿Eres tú?
¿Quién más se pondría al teléfono en su apartamento?
-Sí, mamá -dijo en voz baja, intentando que su irritación no fuera evidente.
-Acabo de dejar los documentos que Zeke quería en su oficina, y me ha dicho que acababa de hablar contigo. También me ha comentado que ayer saliste a cenar con él. ¿Te has vuelto loca?
No tenía por qué aguantar aquello. La suave boca de Melody se tensó.
-No, estoy bastante cuerda -dijo tajante.
-Entonces, ¿por qué aceptaste verlo anoche? Supongo que te das cuenta de que es el colmo de la estupidez. No vas a ser tan tonta y dejar que te engatuse para volver con él, ¿verdad? No después de su comportamiento. Es un mujeriego, salta a la vista. No se puede confiar en él.
-Me extraña que digas eso, cuando le has confiado tu buen nombre y tu negocio -el corazón de Melody latía con fuerza, y tenía dificultad para respirar. No quería discutir con su madre.
-Eso es diferente, y lo sabes.
Hubo un breve silencio que Melody no intentó romper; habían pasado más de treinta segundos cuando su madre admitió con rigidez:
-Admito que Zeke es bueno en su trabajo, nunca lo he negado.
-¿Ha quedado satisfecho con los documentos que le has llevado esta mañana? -preguntó, intentando llevar la conversación por derroteros menos espinosos.
-Creo que sí -la voz de su madre sonó suave e intensa cuando dijo-: no cometas otro error, Melody. No con un hombre como él. Si lo ha hecho una vez, volverá a hacerlo.
-Como... ¿como papá?
El corazón estaba a punto de salírsele del pecho. Nunca hablaban de él. Había crecido sabiendo que no podía mencionarlo, aunque no podía recordar que su madre se lo hubiera prohibido; era una de esas reglas tácitas e instintivas. Sabía que su padre se había ido con otra mujer, que se había divorciado de su madre en cuanto había podido y que nunca había hecho nada por ver a su única hija. Nada más. Mientras esperaba la respuesta de su madre, se apoderó de ella una extraña sensación, y por un momento sintió que se ahogaba. La ominosa sensación era casi palpable.
-Sí -la respuesta, cuando llegó, fue seca y cortante.
-Zeke no es como él.
-Zeke es exactamente igual que él -la voz de Anna era gélida-. No escondas la cabeza en la arena; yo lo hice una vez, y viví para arrepentirme. Tu padre podía ser muy convincente, tenía todo el encanto del mundo. Ni siquiera cuando tuve pruebas irrefutables de que era un adúltero fui capaz de creerlo. «No quería creerlo». Y entonces su última fulana vino a casa, dando gritos...
-Lo siento -era demasiado doloroso oír la agonía en la voz de su madre-. No quería disgustarte.
-La muchacha estaba embarazada de tres meses, y le había prometido que se casarían -continuó Anna, como si no la hubiera oído-. Le había dicho que nos estábamos divorciando; pronto fue así, claro. Después me enteré de que había perdido el bebé y tu padre se había marchado al extranjero. Era un hombre endiablado, Melody. He oído hablar de hombres que maltratan, que son irracionales y posesivos, pero tu padre era peor, mucho peor. Hacía que lo amaras, que creyeras que lo eras todo para él, cuando mientras tanto... no tenía corazón ni conciencia.
-Estabas muy enamorada.
-Ciegamente, con todo mi corazón; pensaba que no podría vivir sin él. Cuando nos peleábamos, me convencía porque quería creerle. Si después de una discusión se iba de casa durante un par de horas, como solía hacer, pensaba que era el fin del mundo.
Melody podía recordar vagamente aquellos momentos, como a través de un velo. Y había algo más, algo que no podía recordar; entornó los ojos. ¿De qué se trataba? Sabía que era importante, pero estaba enterrado tan hondo que sólo le quedaba una terrible sensación de pánico.
-Por favor, Melody, no vuelvas a ver a Zeke; ni siquiera en calidad de amigos, como él me ha dicho. Los hombres como él no tienen amigas, las mujeres sólo tienen un propósito para ellos.
La voz de Anna era suave y suplicante, atípica en ella. No había duda de su sinceridad, y Melody sabía que hablaba así porque estaba preocupada por ella. Pero no podía aceptar no volver a ver a Zeke, por mucho que le doliera lastimar a su madre.
-¿Melody? ¿Me prometes no quedar con él a nivel personal?
-No puedo hacerlo -le resultaba muy difícil negarse a obedecer a su madre-. Pero no tienes de qué preocuparte, ha dejado muy claro que ya no piensa en mí de ese modo. Lo que teníamos ha desaparecido.
-¿Estás segura de eso?
-Sí, lo estoy -dijo con grave decisión.
-Es lo mejor, cariño -Anna no intentó ocultar su alivio-, después de las fotografías y demás.
Melody estuvo a punto de admitir que creía que las fotografías se habían sacado de contexto, pero se contuvo justo a tiempo. Por el momento, era suficiente que su madre aceptara que Zeke volviera a la vida de su hija; en otra ocasión, le confesaría que ya no creía en su culpabilidad.
-Mamá, tengo que irme. Prometí a unas amigas que iría a comer con ellas si no tenía que trabajar -lo cual era cierto-. Te llamaré mañana.
Después de despedirse, Melody colgó el teléfono y se quedó mirando al vacío durante cinco minutos. Los últimos seis meses sin Zeke habían sido terribles, pero al menos había tenido una cierta tranquilidad; en aquel momento, el mundo se había vuelto otra vez del revés, y sentía como si estuviera en el ojo de un huracán. Un paso en falso y sería arrastrada hacia el vórtice, y ¿quién sabía si sobreviviría a la caída cuando finalmente saliera despedida del remolino?
Y con tan buen ánimo se levantó y fue a prepararse para salir a comer con sus amigas.
Capítulo 4
ZEKE llegó pronto, y media hora era mucho tiempo cuando una persona se había quedado dormida de puro agotamiento y acababa de despertar quince minutos antes. Melody oyó su voz por el interfono con una sensación de fatalidad. Llevaba puesto el albornoz, y aún estaba húmeda por la ducha rápida que se había dado, despeinada y sin un gramo de maquillaje. Afortunadamente, sabía qué se iba a poner. Contempló el escotado vestido de lana color crema, que pensaba combinar con un ancho cinturón de cuero y con unas sandalias de color canela. La prenda no parecía gran cosa hasta que estaba puesta; entonces se ceñía a los lugares adecuados, y el ligero vuelo de la falda enfatizaba la esbelta figura que el cinturón revelaba. Zeke no se lo había visto puesto, y Melody quería producir el máximo efecto aquella noche; al menos ése había sido el plan, porque en aquel momento iba a verla hecha un desastre.
-¿Melody? -su voz era paciente-, ¿puedo subir?
-¿Qué? Oh, sí, claro, sube -dijo, muy nerviosa-. Aún no estoy lista... me he dormido.
-Está claro que la idea de salir con tu ex te llenaba de emoción.
Aunque su tono era tranquilo, sonaba irritado; Melody lo encontró alentador, aunque no se detuvo a analizar por qué mientras se apresuraba a peinarse un poco antes de que él llegara. Le había dejado la puerta abierta, y poco después Zeke estaba en el umbral.
-Hola -saludó sonriente, enarcando una ceja-. Iba en serio lo de que no estabas lista, ¿verdad?
Ella se ruborizó. La mirada dorada parecía traspasar los pliegues del albornoz, y de repente su desnudez bajo la tela le resultó violenta.
-Me quedé dormida -volvió a repetir inútilmente, antes de recuperar la compostura lo suficiente para decir-: siéntate y te traeré un café.
Mientras lo preparaba, decidió que tendría que arreglarse en el baño; no tenía otra opción, porque no pensaba pasearse delante de Zeke desnuda. Sospechaba que él sabía lo que sentía, y que se lo estaba pasando en grande. Qué ironía, que se mostrara tan inflexible y difícil con ella, cuando antes había sido tan dulce. «Debe de sentir un gran rencor hacia mí», pensó con amargura, aunque seguramente ella se portaría igual si hubiera sucedido al revés. Decidió dar el paso antes de poder echarse atrás; mientras le alcanzaba una taza humeante, dijo:
-Zeke, quiero que sepas que sé que me equivoqué con lo de las fotografías y todo lo demás. No creo que tuvieras una aventura con Angela.
Él no respondió, sólo aceptó el café y se quedó quieto en su asiento, observándola con serenidad; tras unos momentos, Melody continuó, incómoda:
-Sólo quería que lo supieras.
-No tienes que mentir, Melody -su voz era completamente inexpresiva-. Te he dicho que me ocuparé del caso de tu madre.
-No lo digo por eso -le dolió que pensara así.
-Entonces, ¿por qué lo dices? -preguntó él en voz baja, impasible ante su indignación.
-Yo... he tenido tiempo de pensar -consiguió decir ella con voz insegura.
-Y si tu madre no hubiera tenido problemas con el negocio te habrías puesto en contacto conmigo, ¿verdad? -dijo con un bufido-. No lo creo. Ayer, tanto en la casa como cuando salimos, aún estabas en pie de guerra.
-Sí, lo sé, porque no me había dado cuenta... -su voz se apagó. Podía hablar todo lo que quisiera, pero él no la creería. Lo leía en sus ojos-. Mira, no me gusta nada...
-No te gusta la posición en la que te encuentras respecto a mí -interrumpió él, y añadió inflexible-: pero todo tiene un precio en esta vida.
-Te pagaremos; pensaba que lo habíamos dejado claro -había estado a punto de decir que no le gustaba nada el mal ambiente que había entre ellos, y que sabía que era culpa suya, que daría lo que fuera por deshacer el daño que había causado, pero después de las palabras de él no pensaba hacerlo. Zeke no quería escucharla, lo había dejado claro, y ella no estaba dispuesta a arrastrarse, ni siquiera por él-. No sé por qué tienes que ser así -dijo sin más.
-¿Ser cómo? -su mirada volvió a recorrer el rostro femenino-. He aceptado defender a tu madre, te he invitado a cenar y a una fiesta, en calidad de amigos, no lo olvides. No estoy insistiendo en que acabemos en la cama esta noche; no creo que lo que he hecho sea tan terrible. Es cierto que me he aprovechado de una cierta ventaja, pero no habrías salido conmigo de otra forma. Por el momento, me satisface llevar del brazo a una hermosa acompañante sin riesgo de enredos amorosos. Sin importar tu opinión, me lo debes.
No podía creer que fuera Zeke quien hablaba; él siempre había sido apasionado, cariñoso y sensual. A veces sus caricias la habían llevado al borde del éxtasis, y sólo su deseo de esperar hasta la noche de bodas había impedido que consumaran su amor. Pero todo había desaparecido; ¿había habido amor, o Zeke lo había confundido con deseo? Quizás se había dado cuenta al separarse, quizás ella le había hecho un favor. Melody contuvo las amargas lágrimas hasta que pudiera escapar al refugio del baño; tras recoger sus cosas, sólo comentó brevemente:
-Estaré lista en cinco minutos -y salió de la habitación.
Ya en el baño, se negó a dar paso al llanto; ya había llorado bastante durante los meses anteriores. Se acabó. Zeke estaba esperando, y no pensaba volver con los ojos rojos.
Se puso el vestido, el cinturón y las sandalias, antes de hacerse un elegante moño que le rozaba los hombros. Aunque no solía llevar demasiado maquillaje, aquella noche, como la anterior, se esforzó un poco más; aplicó sombra de ojos y una segunda capa de rímel, además de un nuevo pintalabios color ciruela que había comprado la semana anterior. Cuando acabó, se quedó un momento mirándose en el espejo. Aparentaba frialdad y compostura, y volvió a asombrarse de que su agitación no fuera visible. Pero había sido Zeke quien había iniciado el despertar de sus emociones; aunque la intensidad de sus sentimientos la había aterrorizado, se había enamorado perdidamente de él desde el primer momento. De hecho, no había disfrutado de un momento de paz desde que lo conoció. Había creído que el amor sería una experiencia maravillosa, excitante y mágica, y así había sido; sin embargo, no había anticipado la otra cara de la moneda: una corrosiva ansiedad y un miedo subyacente de que algún día la abandonara por otra persona.
-¿Melody? Supongo que eres tú, ¿no? ¿Vas a tardar mucho?
La voz de Caroline la arrancó de su ensoñación. Abrió y sonrió a la pelirroja.
-Ya me iba -dijo.
-¡Vaya, estás fantástica! -los ojos azules de Caroline estaban abiertos como platos, y su tono era alegre cuando exclamó—: ¡no me lo digas, tienes una cita! Ya era hora. Te dije que tenías que volver a salir ahora que Don Bragueta es historia, ¿a que te lo dije?
Don Bragueta era el apodo que Caroline le había puesto a su prometido tras la ruptura; cuando Melody había preguntado la razón, la pelirroja había anunciado que se debía a que Zeke era incapaz de mantener cierta parte de su anatomía dentro de los pantalones.
-Sí -murmuró Melody con intención-. Unas diez veces por semana, si mal no recuerdo.
-Me alegra que me hayas hecho caso -Caroline le dirigió una gran sonrisa- Hay tantos peces por ahí, que no me gustaba verte en la orilla cuando tendrías que estar nadando por las profundidades. Y hablando de nadar... -bajó la voz, mirándola con ojos chispeantes-. Tendrías que ver al tío que tengo en mi cama; es una mezcla entre George Clooney y Orlando Bloom, con un toque de Brad Pitt. Y es insaciable -puso los ojos en blanco con expresión pícara-. Llevamos desde las diez de anoche en la cama, y no he dormido nada. Estoy hecha polvo.
Melody no pudo evitar reír. A Caroline le encantaba escandalizar, y siempre decía las cosas más chocantes. Aunque tenía un buen sueldo, parecía tener un agujero en el bolsillo, y siempre estaba llamando a su puerta para pedir algo. Era divertida, simpática y leal, y eran buenas amigas. Melody decidió que tenía que decirle quién era su cita; la reacción de la pelirroja fue la esperada: un reflejo de la de su madre, aunque expresada de otra manera.
-¡No, el mismísimo Don Bragueta no! -gimió Caroline-. ¿Qué cuento te ha endilgado esta vez?
Antes de que Melody pudiera contestar, la pelirroja continuó:
-Apuesto a que ha sido todo un cuento de hadas, y hasta con algún que otro diamante del príncipe encantador. No puedes dejar que te la vuelva a pegar, Melody.
-No ha sido así.
-Siempre es así con los tipos como él -dijo Caroline con firmeza-. Creen que sólo tienen que presentarse convenientemente arrepentidos e inocentones para que una caiga en sus brazos.
-Fui yo quien se puso en contacto con él -explicó Melody apresuradamente, la única forma de poder meter baza. Su afirmación pareció dejar muda a Caroline, por lo que pudo continuar-: por un caso que quería que aceptara.
La pelirroja enarcó las cejas, y Melody insistió:
-Te estoy diciendo la verdad. Mi madre tiene un problema muy grave, aunque no es culpa suya, y le pedí a Zeke que nos ayudara. Es muy bueno en su trabajo.
-Eso nunca se ha puesto en duda -contestó Caroline, arrastrando las palabras-. Sólo digo que lo que quiere es trabajarte a ti.
-No es así -reiteró Melody, su voz poco más que un susurro mientras miraba con aprensión hacia el rellano de su puerta cerrada. No quería que Zeke oyera nada de aquello-. Ha aceptado el caso, y ahora sólo nos vemos en calidad de amigos; eso es todo.
Caroline hizo una mueca con los labios que lo decía todo.
-De verdad -Melody dudó-. Él... bueno, Zeke ha dejado claro que no quiere retomar las cosas. De momento no quiere tener una relación, y de todas formas yo sería la última de la lista.
Caroline se la quedó mirando con gesto sorprendido.
-¿Eso es lo que te ha dicho? Cariño, hace seis meses el tipo estaba loco por ti, aunque no pudiera evitar algo tan típico del ego masculino como echar una canita al aire. No me digas que un macizo de sangre caliente como Zeke va en plan platónico, porque no me lo trago.
-No creo que lo hiciera. No creo que echara una cana al aire -la voz de Melody era casi inaudible-. Me equivoqué en lo de la aventura con su secretaria.
-¡Lo sabía!
La exclamación fue tan fuerte que Melody dio un respingo y miró de nuevo hacia la puerta. Afortunadamente, permaneció cerrada. Caroline continuó:
-Sabía que tarde o temprano te engatusaría. Eres demasiado buena, ése es el problema. Mel, te rompió el corazón, ¿se te ha olvidado? -preguntó en un susurro furioso cuando Melody intentó acallarla-. Escúchame bien... -tras aferraría del brazo la metió en el baño y cerró la puerta antes de decir-: si lo ha hecho una vez, volverá a hacerlo. Siempre pasa, con esa clase de tipos.
-No es de esa clase de hombres, pero me he dado cuenta demasiado tarde. Creo que le hice mucho daño al acusarlo de tener una aventura con Angela.
-¿Lo dañaste a él, o a su orgullo? -preguntó Caroline, inflexible-. Puede que simplemente no le gustara que, por una vez, lo hubieran pillado.
-No, anoche salimos a cenar...
Caroline gimió, pero ella la ignoró y siguió hablando:
-Me contó su versión de los hechos, y lo creí; también dejó claro que no tenemos ningún futuro.
-Entonces, ¿por qué ha vuelto a aparecer esta noche?
-Necesitaba que alguien lo acompañara a la fiesta de un amigo suyo.
-¡Venga ya!
-Mira, tengo que irme -Melody tocó el brazo de su amiga, y su voz era suave al decir-: gracias por preocuparte, pero te equivocas con él. Yo te induje a error, antes te caía bien, ¿te acuerdas?
-Mel, no hay mujer en el mundo que pueda resistirse si Zeke quiere caerle bien. Puede resultar irresistible, lo admito, pero hará falta más que una conversación durante la cena para convencerme de que no volverá a tener problemas para mantener la bragueta cerrada. Pero si estás segura de que se ha acabado todo entre vosotros...
-Lo estoy -contestó Melody con tono firme.
-Entonces supongo que no tengo nada de qué preocuparme -dijo Caroline... con tono preocupado-. Mira, Juan se irá mañana. No te rías, es su nombre de verdad, pero sin el «Don» delante; es español. Así que pásate a tomar un café, ¿vale? Podemos tener una charla de chicas.
-Genial. ¿A eso de las once? -contestó Melody, intentando mostrar algo de entusiasmo.
Cuando volvió al apartamento, Zeke estaba hojeando una revista. Levantó la vista cuando la oyó entrar y la miró con ojos inescrutables.
-Siento haberte hecho esperar -dijo ella con tanta tranquilidad como pudo. Era irritante que le hubiera dado un vuelco el corazón nada más verlo, pero siempre había tenido aquel efecto sobre ella; «sobre ti y sobre el resto del género femenino», pensó con tristeza.
-No pasa nada.
Zeke continuó mirándola con atención, sin sonreír, y Melody se sintió muy torpe mientras iba a buscar su bolso y una fina chaqueta de verano. Él tenía un aire intenso y pensativo y estaba devastadoramente sexy, y ella se preguntó por enésima vez lo que sentiría una mujer al perder su virginidad con un hombre tan viril y experimentado como él. Qué sentiría ella. Pero jamás lo sabría, y no podía culpar a nadie más que a sí misma.
-¿Has avisado a Brad de que voy contigo? -preguntó, intentando que su mente no siguiera caminos prohibidos.
-No -contestó él mientras iba hacia la puerta-. He pensado sorprender a todo el mundo.
Genial. Bueno, al menos la entrada espectacular estaba garantizada, aunque eso sólo empeoraba las cosas. Tanto Brad como el resto de los amigos de Zeke debían de considerarla el enemigo público número uno por cómo había roto su compromiso.
-Quizás sea más apropiado decir que «horrorizaremos» a todo el mundo, ¿no? -dijo en un intento fallido de parecer indiferente-. Seguramente me odian.
Sus ojos eran dorados, imperturbables, y su firme boca se torció en una sonrisa cínica.
-¿De verdad te importa lo que Brad o los demás piensen te ti? -preguntó con suavidad.
Ella lo miró boquiabierta. Debía de considerarla dura como el pedernal.
-Sí, la verdad es que sí.
-Quédate tranquila, ni siquiera Brad se atrevería a decir algo para molestarte; piensen lo que piensen cuando nos vean juntos, todos serán amables. Saben que no toleraré otra cosa.
¿Creía que aquello la reconfortaba? De pronto se sintió furiosa por la situación en que la había colocado a propósito, y con voz cortante dijo:
-Si es así, estoy segura de que disfrutaré de la velada.
-Y yo también -murmuró él.
Los músculos de Melody se tensaron. Estaba jugando con ella al gato y el ratón, pero no podía impedírselo. Había intentado decirle que sabía que se había equivocado, pero Zeke no la creía y ella se negaba a ponerse de rodillas y suplicar.
No fue consciente de que cuadró los hombros y levantó la barbilla, pero el hombre que la observaba tan de cerca captó el sutil lenguaje corporal. Mientras bajaban las escaleras, Zeke tuvo que admitir una reacia admiración; Melody tenía agallas. Se le hizo un nudo en el estómago cuando le llegó el exótico y sensual aroma de su perfume; nunca había puesto en duda su coraje, era una de las cualidades que habían hecho que se enamorara de ella, además de su calidez, su fortaleza, su dulzura, su belleza... cortó en seco aquellos pensamientos, recordándose implacable que su ternura escondía una determinación que podía llegar a ser tan dura como el acero. La mujer enfurecida de ojos coléricos que se había enfrentado a él seis meses atrás era tan dulce como un tanque blindado, e igual de dispuesta a entrar en razón.
Cuando llegaron al vestíbulo y salieron a la calle la tomó del brazo, y las ingles de Zeke se tensaron ante la suavidad de su piel y la manera en que el suave cabello acariciaba las curvas de sus hombros. Ya no estaba enteramente seguro de hacia dónde iba todo aquello, o de qué era lo que quería de ella, pero fuera lo que fuese, sabía que la venganza jugaba sólo una pequeña parte.
Capítulo 5
PARA cuando llegaron a la fiesta, Melody era un manojo de nervios. La cercanía del cuerpo masculino en el reducido espacio del deportivo era, cuanto menos, desconcertante. En el pasado, cuando salía con Zeke, Melody había visitado en numerosas ocasiones el flamante apartamento de soltero que Brad tenía cerca de la calle Strand; sin embargo, cuando el abogado la ayudó a bajar del coche vio con sorpresa que delante de la casa había un cartel de vendido.
-Ese cartel no es de la casa de Brad, ¿verdad? -preguntó mientras se dirigían hacia el edificio-. ¿Se muda?
La casa se había dividido en dos grandes apartamentos años atrás; Brad vivía en el de abajo, que estaba formado por un piso inferior y la planta baja, y los dos pisos superiores pertenecían a otro soltero empedernido. Las fiestas que organizaban eran legendarias.
-Dentro de unas semanas se muda a una casa en el barrio de Streatham -dijo Zeke mientras llamaba a la puerta.
Melody se lo quedó mirando, sorprendida.
-¿Se va del apartamento? Pero le encanta vivir aquí, ¿por qué se muda?
-Su prometida no quería iniciar su vida de casados en una casa por la que han pasado varias mujeres a lo largo de los años -contestó él con sequedad.
-¿Su prometida? -cuando dejó a Zeke, Brad era aún un mujeriego para quien asentarse con una mujer era sinónimo de condena.
-Conoció a Kate un par de semanas después de nuestra ruptura, y fue amor a primera vista por ambas partes -contestó Zeke, sonriendo ante su evidente sorpresa-. Con treinta y cinco y treinta y siete años respectivamente, no querían perder más tiempo. El reloj biológico de Kate se disparó en cuanto vio a Brad, y quieren formar una familia; se mudan a una casa tradicional de tres dormitorios, y esperan que pronto lleguen los niños.
Melody se dio cuenta de que se había quedado con la boca abierta, y la cerró de golpe. Podría haber jurado que Brad seguiría soltero hasta el fin de sus días. Con voz débil, dijo:
-Pero adoraba su apartamento.
-Su amor por Kate es mayor.
Se abrió la puerta, y allí estaba Brad, con el brazo alrededor de una morena alta y esbelta que debía de ser Kate. Melody compadeció al mejor amigo de Zeke; por su expresión, no tenía ni idea de que ella había vuelto a la vida de Zeke, aunque fuera de forma temporal.
-¡Melody, menuda sorpresa! -Brad se recuperó con rapidez; sus ojos volaron por un momento al rostro impasible de Zeke, y luego volvió a mirarla-. No conoces a Kate, ¿verdad? Kate, ésta es Melody. Ella es... -dudó por un momento.
-Soy una amiga de Zeke.
Melody estrechó la mano de la otra mujer; se dio cuenta de que Brad le había hablado de ella anteriormente, ya que los ojos de la morena se habían agrandado con sorpresa al oír su nombre.
-Sólo una amiga -añadió. Deseaba evitar que Brad malinterpretara la situación, pero también quería demostrarle algo a Zeke, aunque ni ella misma supiera el qué.
-Ven a tomarte algo -dijo Kate.
La morena la guió a través del gentío sin esperar a ver si los dos hombres las seguían, y Melody podría haberle dado un beso de agradecimiento por facilitar las cosas. Con los brazos enlazados caminaron hacia el bar, que era el orgullo de Brad y estaba tan bien abastecido como el de cualquier club. Melody pidió un vaso de vino, y una vez que se lo sirvió, Kate comentó:
-Creo que esto es lo que Brad va a echar más de menos; le encanta pavonearse en las fiestas, y el bar es su plato fuerte.
-Puede construir otro en la nueva casa -sugirió Melody, agradecida porque la morena no la había abandonado en cuanto le hubo servido la bebida y no hacía preguntas incómodas.
-Por encima de mi cadáver -sonrió abiertamente-. Puede llegar a ser un buen padre de familia, pero cuantas menos tentaciones tenga a su alcance, mejor.
-¿Tú también has vendido tu casa? -preguntó Melody, sonriendo con timidez.
Lo dijo para mantener la conversación; había notado más de una mirada en su dirección, y cómo el murmullo de las conversaciones se había detenido brevemente cuando había entrado en la habitación. Kate asintió y contestó:
-Un pisito de una habitación, nada que ver con esto; se vendió en veinticuatro horas. Vivo en casa de una amiga hasta la boda, no me quedaría aquí ni por todo el oro del mundo.
Melody podía entenderla.
-¿Cuándo es la boda?
-¿No te lo ha dicho Zeke?
Los dos hombres acababan de llegar a donde ellas estaban, y Kate dijo:
-Zeke, ¿no has invitado a Melody a la boda? Tienes que venir, Melody, es completamente informal. Nos casamos en un barco en el Támesis dentro de dos semanas, nos lo pasaremos muy bien. Zeke es el padrino, y mi hermana me entregará. Mi perra es la única dama de honor; es una pequeña cocker spaniel, y le hemos comprado un vestidito de encaje precioso.
Melody miró a Brad; en su atractivo rostro había una sonrisa bastante tontorrona, y estaba claro que no podía quitarle los ojos de encima a Kate. «Está completamente enamorado», pensó con cierta sorpresa, ya que la morena no era el tipo de mujer que solía atraer al amigo de Zeke. Siempre había sentido inclinación por las rubias, preferentemente bien dotadas de pecho. Kate era alta y delgada, con una figura juvenil y un rostro más atractivo que hermoso.
El corazón de Melody latió con fuerza cuando Zeke la tomó del brazo y la atrajo hacia su costado con gesto despreocupado.
-No es mala idea, Kate -dijo él con voz perezosa-. Ya sé que el padrino suele acompañar a la dama de honor, pero preferiría bailar toda la noche con Melody, por muy guapa que esté Bizcochito con su traje nuevo. ¿Qué te parece, Melody? -añadió, con un brillo diabólico en la mirada-. ¿Te apetece pasar el día con un viejo amigo?
Pensaba que declinaría la invitación con una excusa, lo leía en su rostro. Melody sintió cómo se sonrojaba mientras los tres la miraban. Era intensamente consciente de la mano de Zeke sobre su brazo, y de su muslo musculoso mientras la sostenía contra su cuerpo; el aroma de su loción, una mezcla de lima y algo sexy, tenía el efecto más extraño en su corazón. Por un momento, el deseo de borrar de su rostro aquel gesto burlón resultó casi abrumador. La exasperaba que creyera que la conocía como la palma de su mano, sobre todo porque su primer impulso había sido hacer lo que él esperaba y rechazar la invitación. Se oyó decir con voz alegre:
-Me encantaría ir, Kate. Acuérdate de darme la lista de bodas.
-Oh, no te preocupes por eso -Kate parecía encantada, y Brad perplejo-. Zeke ya ha tirado la casa por la ventana y nos ha pagado la luna de miel: diez días en Venecia.
-¿Qué se le puede regalar a una pareja que lo tiene todo? -intervino Zeke con voz afable.
-Aun así, me gustaría ver la lista -dijo Melody con firmeza-. Me sentiría incómoda si no os regalara nada; estoy segura de que lo entendéis.
Kate volvió a echarle una mano.
-Claro -dijo con naturalidad mientras tomaba a Brad del brazo-. A mí me pasaría igual. Pero no tenemos una lista oficial... ¡todo ha sido tan rápido! Sorpréndenos con cualquier detalle, y estaremos encantados. Por si te sirve de ayuda, la nueva casa tiene jardín y nos faltan las herramientas; siempre que no te importe comprar algo práctico, claro...
-En absoluto -Melody sonrió-. No querría que acabarais con un montón de jarrones.
Kate continuó hablando durante un rato de su nueva casa, y Melody respondió lo más naturalmente posible, pero sentía una gran tristeza. Zeke y ella habían hablado de comprar una casa en las afueras de Londres en el futuro, pero habían acordado que cuando se casaran, ella se mudaría al espacioso apartamento que él tenía cerca de su oficina. Ella no había tenido dudas al respecto; sólo quería estar junto a él, y estaba de acuerdo en que después sería divertido ir en busca de una casa nueva juntos. Contemplar la felicidad de Kate le hacía recordar infinidad de momentos emotivos que se había esforzado en olvidar durante los últimos seis meses.
Al cabo de un rato, Kate y Brad los dejaron para charlar con los demás invitados; Melody se volvió hacia Zeke, y le dijo en voz baja:
-Brad ha cambiado.
-¿Para bien? -preguntó él con suavidad.
-Creo que sí. Kate va a ser muy buena para él -contestó ella.
-Y esperemos que él también lo sea para ella.
Melody asintió, pero no dijo nada. No podía. La aterrorizaba humillarse echándose a llorar.
-Tú también has cambiado -comentó Zeke tras una breve pausa.
Ella respiró hondo y eliminó cualquier posibilidad de llanto a base de pura fuerza de voluntad.
-¿Para bien o para mal? -preguntó. Intentó hablar con voz despreocupada, ya que no quería que él supiera la importancia que su opinión tenía para ella.
Zeke tomó un sorbo de vino antes de responder con voz inexpresiva.
-Creo que tanto en un sentido como en el otro.
Ella volvió la vista hacia su rostro, y descubrió que los ojos ambarinos la estaban esperando.
-¿Cómo, exactamente? -no quería saber la respuesta, pero tenía que preguntarlo.
-Pareces más segura de ti misma de lo que recordaba -dijo lentamente- Eso es algo positivo; me di cuenta en la casa, con tu madre, y lo he notado en varias ocasiones más.
Melody no quería decirle que se equivocaba, que desde que había vuelto a su vida ya no estaba segura de nada, ni siquiera de sí misma.
-Quizás sea el nuevo trabajo -sugirió con cautela-. Conlleva más responsabilidad.
Él inclinó la cabeza y apuró el vaso de vino antes de decir:
-A lo mejor.
Ella lo miró fijamente.
-¿Y lo malo?
Él se quedó inmóvil por un momento y después se encogió de hombros.
-Olvídalo -dijo con voz suave.
-Me gustaría saberlo.
Vio cómo él respiraba hondo y parecía escoger cuidadosamente las palabras antes de decir:
-Pareces más reservada, menos... cálida. Como si faltara algo.
Él se había girado para contemplar la sala mientras hablaba, y Melody se alegró de ello. Se quedó mirando su duro perfil mientras su mente gritaba:
« ¡Tú! ¡Tú eres lo que falta, no lo ves?».
-Han sido seis meses muy duros -admitió ella.
Intentó mantener la voz calmada e inexpresiva, pero debió de temblarle un poco, porque la mirada masculina volvió inmediatamente a su rostro.
-Por culpa del trabajo, ¿no?
«Al cuerno con el trabajo», pensó Melody antes de contestar:
-No exactamente -no podía soportar aquello, no podía. Tomó un gran trago de vino y alargó el vaso vacío-. Tengo que ir al baño; vuelvo en un minuto.
Su repentino anuncio pareció dejarlo perplejo, pero se recuperó rápidamente y preguntó:
-¿Te sirvo otro vaso de lo mismo?
-Sí, por favor -Melody se volvió y fue casi corriendo a refugiarse en el baño.
¿Qué significaba todo aquello? Los ojos de Zeke siguieron fijos largo rato en el punto donde Melody había desaparecido de su vista. ¿Lo había echado de menos? ¿Era eso lo que había insinuado? Si era así, no había bastado para que contactara con él, ni para que aceptara hablar las cosas y permitirle exponer su versión de la historia.
Volvió a llenar los vasos antes de encontrar un rincón tranquilo cerca de una ventana, donde se mantuvo de espaldas a la habitación y a sus ocupantes. Cuando pensaba en cómo habían confiado el uno en el otro, cómo habían construido sus sueños de futuro, cómo habían hablado de sus miedos y sus esperanzas... al menos él. Zeke frunció el ceño. Siempre había intuido que ella no se entregaba del todo, pero había pensado que sería diferente cuando se casaran, cuando pudiera demostrarle sin reservas lo mucho que la amaba, lo mucho que significaba para él.
A pesar de que ella había elegido una profesión exigente y a menudo agotadora, siempre le había parecido infinitamente frágil; había querido protegerla, cuidarla para que nadie pudiera hacerle daño. Hizo un gesto impaciente, irritado con la dirección que estaban tomando sus pensamientos. Por eso se había sentido como un tonto cuando Melody le había demostrado que no le necesitaba. Fue capaz de alejarse de él sin mirar atrás, cuando en el fondo de su alma, Zeke sabía que él no habría podido dejarla marchar, sin importar lo que ella hiciera. «Maldición». Su boca se endureció; quien dijo que los hombres hacían el ridículo por amor, tenía toda la razón.
Se mostraba tan distante con él... Zeke se volvió y contempló la habitación; su aspecto taciturno y sombrío se encargaba de que nadie cometiera el error de intentar entablar conversación con él. Sin embargo, Melody no se comportaba así con el resto de la gente; sin ir más lejos, había simpatizado de inmediato con Kate, y sabía que su ternura innata hacía que fuera muy buena en su trabajo. Tenía la habilidad de hacer que los demás se sintieran a gusto y se abrieran a ella.
¿Cómo podía pensar siquiera que se acostaría con otra mujer, cuando su compromiso con ella era absoluto? Se le retorcieron las entrañas.
Una vocecilla le recordó que Melody había reconocido su equivocación, pero ¿podía creerla? No, ni por un momento. Mientras hablaban en la puerta de su madre, y la noche anterior en la cena, tanto su rostro como sus palabras habían dejado claro su desprecio hacia él. Zeke intentó dejar la mente en blanco; estaba en una fiesta, por el amor de Dios, celebrando la despedida de Brad del apartamento y su entrada en una nueva vida y un nuevo hogar. No era el momento de sumirse en mórbidas reflexiones.
Aún podía desquitarse. Recorrió la habitación con los ojos, con la mirada perdida. Vengarse de ella no le proporcionaba ninguna satisfacción; la atracción que sentía por ella se negaba a desaparecer, y era tan poderosa como siempre. Aunque le disgustaba admitirlo, ella le afectaba como ninguna otra mujer podría hacerlo jamás.
Siempre había despreciado a los hombres que se dejaban pisotear por sus parejas, pero allí estaba él, a punto de dejar que le pasara... no, no lo permitiría. Su cuerpo entero se tensó. De todas formas, Melody ya no era su pareja; entonces, ¿qué papel tenía en su vida? ¿Era una amiga? Sonrió con cinismo. Qué tontería.
-Estás envuelto en un aura negra que está aterrorizando a mis invitados.
La voz de Brad lo devolvió a la realidad, y Zeke miró a su amigo con sorpresa; había estado tan inmerso en sus sombríos pensamientos, que la habitación y sus ocupantes habían desaparecido.
-No tendrá nada que ver con tu acompañante, ¿verdad? -continuó Brad secamente-. ¿Cuándo habéis vuelto?
La sonrisa de Zeke no se reflejó en sus ojos.
-No imagines más de lo que hay; Melody me pidió que representara a su madre, eso es todo. Anna tiene problemas, y yo accedí a ayudarla.
-Eso es muy magnánimo de tu parte, teniendo en cuenta tu historia con la malvada bruja -comentó Brad, enarcando las cejas-. Imagino que disfrutarás haciendo que sufra un poco.
Melody reapareció en el otro extremo de la sala en aquel mismo instante, y mientras Zeke la contemplaba, Brad miró del uno a la otra.
-Ya veo -murmuró para sí.
-¿Qué crees que ves? -preguntó Zeke con irritación-. No -levantó la mano cuando Brad fue a contestar-, pensándolo bien, no quiero saberlo. Pero sea lo que sea, te equivocas. No hay nada entre Melody y yo, nada excepto amistad.
Mientras pronunciaba las palabras, Zeke sabía que Brad no lo creería; se conocían desde hacía mucho tiempo, y el uno sabía si el otro era poco sincero. Melody llegó hasta ellos, y tras aceptar con una sonrisa la copa que Zeke le ofrecía, empezó a hablar con Brad sobre su futuro matrimonio. Se fue sumando gente, y pronto se hubo formado un grupo con viejos amigos.
Melody estaba sorprendida de lo fácil que era estar con todo el mundo... menos con una persona en particular. Tenía cuidado de mantener la mirada apartada de Zeke, pero era consciente de cada uno de sus movimientos, de cada inclinación de la cabeza, de cada sonrisa. Estaba más relajado que cuando habían llegado, con el rostro animado e incluso un poco travieso mientras discutía sobre fútbol con uno de sus amigos. Estaba para comérselo.
El resto de la velada transcurrió bastante bien, sobre todo porque no estuvieron solos en ningún momento. Melody no podía evitar que sus ojos se desviaran a menudo hacia Zeke. Sabía que muchas otras mujeres tenían la mirada puesta en él, pero aquello no era nada fuera de lo común; siempre había sido así, aunque nunca se había acostumbrado. Y no es que él hubiera respondido jamás a las sonrisas y las insinuaciones de otras mujeres, pero aun así la habían molestado.
Eran más de las dos cuando salieron del apartamento de Brad; en algún momento de la velada, Melody aceptó cuidar de la perrita de Kate durante el gran día si fuera necesario.
-Mi madre se la quedará mientras estemos en Venecia -había explicado Kate-, pero el día de la boda quiere disfrutar del papel de madre de la novia, con un elegante traje y un enorme sombrero. Ya está muy decepcionada porque no es una boda de postín en una iglesia y con toda la parafernalia, así que no me atrevo a pedirle que se haga cargo de la perra ese día. Seguramente no tendrás que hacer nada, es muy buena, pero me gustaría saber que hay alguien haciéndose cargo de ella, por si se pone nerviosa o algo así.
Ya en el coche, Melody se reclinó en el asiento con un suspiro. ¿Cómo había llegado al punto de tener que ir a una boda con Zeke de padrino, y a tener que cuidar a la mascota de la novia?
-¿Qué pasa? -Zeke le dirigió una mirada rápida mientras ponía en marcha el coche.
-Nada.
Melody sabía que, como tenía que conducir, Zeke sólo había bebido agua además de un vaso de vino, mientras que ella había apurado imprudentemente varios vasos de un tinto bastante fuerte; eso la ponía en desventaja, ya que el alcohol siempre le soltaba la lengua... de ahí que hubiera aceptado cuidar a Bizcochito. Pero hacerse cargo de una perra era una cosa, y lo que pudiera revelar a Zeke en un momento de debilidad era otra. Ya era bastante malo que él hubiera rechazado su intento de confesarle que sabía que se había equivocado; si él llegara a sospechar que estaba deseando que la besara, se moriría de vergüenza. Pero lo deseaba. Lo deseaba tanto...
-Parecía que lo estabas pasando muy bien en la fiesta.
Melody lo miró de reojo. Llevaba puesta una camisa sin corbata, y los dos botones superiores desabrochados dejaban entrever la sombra oscura del vello de su pecho; los pantalones gris marengo se ajustaban a sus muslos fuertes en el limitado espacio del coche. Melody se alegró de estar sentada, porque le flaquearon las rodillas. Tuvo que humedecerse los labios antes de decir:
-Ha sido muy agradable.
No era del todo cierto. Si hubieran sido pareja, habría sido una velada maravillosa, como todas las que había pasado con él en el pasado. Tal como estaban las cosas, la mezcla de emociones que había sentido durante toda la noche la había dejado exhausta... y muy frustrada sexualmente, admitió reticente. Pero Zeke era el control en persona, un completo desconocido.
¿Por qué mantenía las distancias? Volvió a mirarlo, bastante ofendida, pero de repente la enormidad de su pérdida la inundó y arrasó con la indignación. Qué tonta había sido. Daría lo que fuera por volver atrás en el tiempo, por deshacer su abandono. Se estremeció ligeramente, aunque la noche era cálida y llevaba puesta una chaqueta de lino.
-¿Tienes frío? -Zeke subió la calefacción-, es el cambio de ambiente.
«No, es que ya no me quieres». Melody se hundió en el asiento; de repente se sentía muy sola e insignificante. La necesidad de convencerlo de que sabía que había cometido un terrible error era casi abrumadora, pero sabía por cómo la había rechazado antes que no la creería.
-Voy a intentar arreglar lo de tu madre para que no tenga que ir a juicio, ¿te lo ha dicho? -preguntó él cuando llevaba un rato conduciendo en silencio.
Melody estaba tan tensa que dio un salto al oír su voz, y tardó un segundo en poder responder:
-No, no me ha dicho nada.
-Después de echarle un vistazo a los documentos, diría que la parte contraria tiene una base bastante sólida, pero quizás se avenga a razones. A veces, un pequeño farol puede ayudar bastante -dijo con sequedad-. Comeré el domingo con Anna para discutir los pros y los contras, antes de contactar con el otro abogado.
-¿Has quedado para comer con mi madre? -Melody se lo quedó mirando, boquiabierta. Jamás, ni en sus sueños más alocados, hubiera imaginado que vería tal cosa.
-Es una comida de negocios -aclaró él con voz calmada-. Me espera una semana muy ajetreada, y el domingo era el único día disponible. Fue tu madre quien sugirió la hora.
Una sensación fatalista ocupó el lugar de la sorpresa. ¿Querría su madre sacarle información sobre su relación, con el pretexto de hablar de negocios?
-No te preocupes -dijo él con un toque de diversión en la voz-. Creo que ambos sobreviviremos a la experiencia de vernos sin que estés tú desviando los proyectiles. Quién sabe, a lo mejor incluso nos toleramos -la expresión de su rostro desmentía sus palabras.
-Mi madre... puede ser un poco difícil de tratar -le advirtió ella débilmente.
-No si quiere que me quede -su tono era rotundo-. No tengo por qué aguantar ninguna... -se detuvo bruscamente, y poco después continuó-: basura.
Melody sabía que había estado a punto de decir algo mucho peor; Zeke siguió hablando:
-Por una vez va a hacer lo que se le diga, o tendrá que atenerse a las consecuencias.
La situación tenía todos los ingredientes para acabar siendo un desastre.
-Zeke, mi padre le hizo mucho daño cuando se fue. Está herida...
Él la interrumpió con un tono que no era alto ni agresivo, pero que contenía cierto matiz que tensó los labios de Melody.
-Y ella te ha hecho mucho daño a ti, lo que me resulta inexcusable. Sí, me doy cuenta de que tu padre era un miserable; el que no haya intentado verte nunca es prueba suficiente de ello. Pero su responsabilidad tiene un límite, Melody. Tu madre te ha alimentado desde que naciste a base de inseguridad y desconfianza hacia todos los hombres, y eso es culpa suya, no de tu padre.
-¿Cómo puedes decir eso? -Melody estaba indignada-. Se portó fatal con ella...
-No estoy diciendo lo contrario, ni que ella no tuviera que soportar muchas cosas -interrumpió inflexible-, pero eso no quita que te envenenara la mente.
-No sabes de qué estás hablando -dijo ella con furia-. Por el amor de Dios, tú no estabas allí.
-El amor no tiene nada que ver; dímelo a mí, que soy quien ha pagado los platos rotos.
-Mi madre nunca te cayó bien -acusó ella.
-Eso es cierto -le dirigió una mirada llameante-. Preferiría ser amigo de una boa constrictor. Pero estaba dispuesto a que la relación fuera amistosa y a llevarme bien con ella, por ti. Pero eso pertenece al pasado, ya no importa.
Fue como si la hubiera golpeado en el pecho; Melody tragó con dificultad.
-Ha hecho un trabajo excelente contigo, ¿no lo ves? -siguió él, implacable- Maldita sea, despierta antes de que tires tu vida por la ventana y te conviertas en una copia de Anna.
-No lo entiendes -Melody luchaba con todas sus fuerzas por contener las lágrimas-. Debajo de esa fachada hay una mujer muy vulnerable; sé que lo que hizo estuvo mal -volvió a tragar, intentando deshacer el gran nudo que le obstruía la garganta- Pero creyó de forma equivocada que lo hacía por mi bien, realmente pensaba que tenías una aventura con Angela.
-Tú también lo creíste -le recordó él con voz tensa.
Melody levantó la barbilla.
-Sí, es cierto, y no me alcanzan las palabras para decirte lo mucho que siento no haber confiado más en ti -irónicamente, resultaba fácil decirlo una vez llegado el momento-. Te fallé y destrocé lo que había entre nosotros, y no puedo borrar lo sucedido. Lo único que puedo hacer es decirte que no importa lo que pareciera en las fotografías, sé que me equivoqué.
Hubo un silencio profundo y total. Finalmente, Zeke dijo:
-¿Qué ha hecho que cambies de opinión?
Melody tenía que responder con sinceridad.
-No lo sé —admitió con cansancio-, ojalá lo supiera; de repente, anoche me pareció imposible que pudieras hacer algo así.
Volvió a reinar el silencio mientras el coche avanzaba por las calles de Londres. Cuando llegaron a su destino, el ambiente era tan tenso que el aire parecía crepitar. Melody agarraba su bolso con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.
Zeke apagó el motor, y la quietud de la ciudad descendió sobre ellos. Melody no se movió, era incapaz de hacerlo, y no tenía ni idea de qué podía decir o hacer.
Sólo sabía que no quedaba nada más que decir. Al fin, Zeke se movió ligeramente y dijo:
-Te he echado de menos. Te he echado tanto de menos... -«y aún te amo, sé que siempre te amaré. Y la basura que me he ido repitiendo durante los últimos seis meses respecto a haberte olvidado es sólo eso, basura. En cuanto tuve la oportunidad de volver a tenerte en mi vida, fuera cual fuera la razón, la aproveché. Lo que me convierte en un auténtico necio»-. Pero no sé si puedo repetirlo, si puedo volver a donde estábamos.
-Sé que no merezco tu perdón...
-No es eso -Zeke hizo un gesto rápido con la mano-. Créeme, no lo es. Pero creo que a lo mejor volvería a pasar lo mismo. Te torturas a ti misma... -se detuvo en seco.
Melody vio cómo el gato de unos vecinos caminaba por la acera, con la cola erguida y la cabeza alzada en actitud garbosa. «Sin preocupaciones», pensó, envidiando al animal con toda su alma.
-No puedo ir siempre con pies de plomo, Melody -dijo Zeke al fin-. Mirando continuamente por encima del hombro, preguntándome si me he pasado de la raya en cualquier situación que te estés imaginando. Y no se trata sólo de Angela, los dos lo sabemos. Esperabas que te fallara mucho antes de aquello, desde que nos conocimos. Nunca has confiado en mí.
Ella no podía negarlo, porque sabía que era cierto. Lo único que pudo decir fue:
-Lo siento.
-Fue duro perder a mis padres -su voz era suave, controlada-, pero fue aún peor perderte a ti. Sin embargo, tú no sentías lo mismo...
-¡Eso no es cierto! -se volvió hacia él y lo aferró del brazo-. Estuve a punto de enloquecer. No podía comer, no podía dormir...
-Pero no volviste a mí.
-No -dejó caer la mano que lo agarraba.
-Porque estabas completamente segura de que había tenido una aventura; y fue esa actitud la que hizo que siempre mantuvieras una parte de ti fuera de mi alcance.
Ninguno de los dos habló durante más de un minuto; fue Zeke el que rompió el tenso silencio:
-Bueno, ¿y ahora qué hacemos?
Melody no contestó. Él contempló cómo su lengua se deslizaba nerviosamente por el labio inferior, humedeciéndolo. Su cuerpo entero respondió.
-¿Volvemos a empezar? -preguntó con voz muy suave-. ¿Volvemos a salir juntos tomándolo con calma, día a día? Nada excesivamente serio, sin promesas, y... ¿vemos adonde nos lleva?
Era más de lo que Melody había podido soñar. Lo miró a los ojos.
-Sí, por favor -susurró.
-Pero esta vez hablamos las cosas -dijo él con firmeza-. Nada de conclusiones precipitadas, ni de preocupaciones secretas; nada de escuchar a otras personas. Primero vienes a hablar conmigo, y yo haré lo mismo contigo; incluso si no me gusta lo que tengas que decir, te escucharé y lo aceptaré y valoraré tu esfuerzo por sacarlo a la luz. ¿Puedes vivir con eso?
Melody asintió.
-Estoy siendo sincero contigo, Melody. No sé si el amor bastará para arreglar las cosas, pero ahora mismo no puedo alejarme de ti. No quiero hacerlo, nunca lo he querido. Deseo que funcione, pero ahora sé que a veces eso no basta. Pero podemos intentarlo y ver lo que pasa.
Ella volvió a asentir; sus ojos empezaron a verter lágrimas de alivio, de dolor, de un hambre desesperada.
Era cuanto él necesitaba. Zeke inclinó la cabeza y tomó su boca, acercándola a él mientras saboreaba la dulzura que recordaba tan bien. No quería hablar, discutir o racionalizar más. Lo único que quería era abrazarla y sentirla contra su cuerpo. Melody respondió inmediatamente; su boca era ansiosa contra la tentadora lengua masculina en las sombras del coche, su cuerpo moldeándose al de Zeke cuando se inclinó hacia ella y el beso se volvió más apasionado. Él dejó escapar un profundo gemido, tomando su cabello entre los dedos mientras la acercaba aún más.
Las manos de Melody se deslizaron por sus hombros para aferrarlo contra ella, y cuando Zeke acarició sus pechos, un temblor recorrió el cuerpo femenino. Las grandes manos acunaron sus abundantes curvas a través de la fina tela que las cubría, y ella se estremeció.