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Como no nos habíamos terminado el vino en el restaurante, decidí compensar el déficit de alcohol resultante sirviéndome un vaso de tequila. Después encendí el televisor y el ordenador y accioné el avance rápido para dar una última oportunidad a Casablanca. Observé a Humphrey Bogart mientras hablaba de la relativa insignificancia de su relación con Ingrid Bergman en el ancho mundo y finalmente anteponía la lógica y la decencia a sus egoístas deseos emocionales. El dilema y la decisión subsiguiente la convertían en una película fascinante, pero la gente no lloraba por eso. «Se amaban pero nunca podrían estar juntos». Me repetí la frase para forzar una reacción emocional. No lo conseguí. No me importó. Ya tenía bastantes problemas propios.

Sonó el timbre y de inmediato pensé en Rosie, pero cuando pulsé el botón del circuito cerrado de televisión la que apareció fue la cara de Claudia.

—Don, ¿estás bien? ¿Podemos subir?

—Ya es demasiado tarde.

—¡¿Qué has hecho, Don?! —exclamó Claudia, aterrorizada.

—Son las diez horas, treinta y un minutos, demasiado tarde para recibir visitas.

—¿Estás bien? —repitió.

—Estoy bien. La experiencia ha sido sumamente útil. Nuevas aptitudes sociales. Y solución definitiva al Problema Esposa. Demostración clara de que soy incompatible con las mujeres.

La cara de Gene apareció en la pantalla.

—Don. ¿Podemos subir a tomar una copa?

—El alcohol sería una mala idea. —Todavía tenía medio vaso de tequila en la mano. Había dicho una mentira educada para evitar el contacto social. Desconecté el portero automático.

La luz del contestador parpadeaba. Eran mis padres y mi hermano, que me deseaban un feliz cumpleaños. Ya había hablado con mi madre hacía dos días, en la llamada habitual del domingo por la noche. Las últimas tres semanas también había intentado contarle algunas cosas, pero no había mencionado a Rosie. Usaban el altavoz del teléfono para cantarme colectivamente Cumpleaños feliz, o al menos mi madre cantaba mientras animaba a mis otros dos familiares a participar.

«Llama si vuelves a casa antes de las diez y media», decía mi madre en el mensaje.

Eran las 22.38, pero decidí no ser puntilloso.

—Son las diez y treinta y nueve, me sorprende que hayas llamado —reconoció mi madre.

Era evidente que esperaba que me mostrase puntilloso, algo razonable dado mi historial, pero parecía contenta.

—Oye —dijo mi hermano—, la hermana de Gary Parkinson te vio en Facebook. ¿Quién es la pelirroja?

—Sólo una chica con quien salía.

—Anda ya —dijo mi hermano.

Lo que le había dicho también me había sonado raro, pero no estaba bromeando.

—Ya no nos vemos.

—Lo suponía. —Se echó a reír.

—Basta ya, Trevor —lo interrumpió mi madre—. Donald, no nos habías dicho que salías con alguien. Ya sabes que siempre que…

—Te tomaba el pelo, mamá —terció mi hermano.

—Como iba diciendo —recalcó mi madre—, siempre que quieras traer a alguien para que lo conozcamos, sea ella o él…

—Dejadlo en paz, los dos —intervino mi padre.

Hubo una pausa y conversaciones de fondo.

—Lo siento, tío —dijo al cabo mi hermano—; sólo quería pincharte un poco. Sé que me tomas por palurdo, pero acepto lo que eres. No quiero que a tu edad pienses que todavía me molesta.

Así que, para rematar un día memorable, corregí una falsa idea que mi familia tenía desde hacía como mínimo quince años y me declaré heterosexual.

Las conversaciones con Gene, Phil y mi familia habían sido sorprendentemente terapéuticas. No necesitaba usar la Escala Edimburgo de Depresión Posparto para saber que estaba triste, pero ya había salido del fondo del pozo. Tendría que reflexionar disciplinadamente en un futuro próximo para cerciorarme de que me encontraba bien, pero por ahora no estaba obligado a cerrar del todo la parte emocional de mi cerebro. Quería esperar un poco y observar cómo me sentía después de los acontecimientos recientes.

Hacía frío y diluviaba, pero mi balcón estaba a cubierto. Saqué una silla y mi vaso; luego volví a entrar, me puse el jersey de lana virgen tejido por mi madre en un cumpleaños muy anterior y cogí la botella de tequila.

Tenía cuarenta años. Mi padre solía escuchar una canción compuesta por John Sebastian. Recuerdo que el autor era John Sebastian porque Noddy Holder anunciaba, antes de cantarla: «Vamos a tocar una canción de John Sebastian. ¿Hay algún admirador de John Sebastian por aquí?». Al parecer los había, pues se oía un sonoro y entusiasta aplauso antes de que Holder empezara a cantar.

Decidí que esa noche yo también sería un admirador de John Sebastian y quería oír la canción. Era la primera vez en mi vida que recordaba querer oír una pieza de música en concreto. Tenía los medios tecnológicos… al menos hasta ese momento. Cuando fui a buscar mi móvil y descubrí que estaba en la americana que había arrojado a la basura, entré en la sala, encendí el portátil, me registré en iTunes y descargué Darling Be Home Soon del álbum Slade alive! de 1972. Añadí Satisfaction, doblando así el tamaño de mi colección de música popular. Saqué los auriculares de su estuche y volví al balcón, me serví otro tequila y escuché esa voz de mi infancia. Cantaba que había tardado un cuarto de su vida en empezar a conocerse.

A los dieciocho años, justo antes de marcharme de casa para ingresar en la universidad y cuando me acercaba estadísticamente a un cuarto de mi vida, esa letra me había recordado lo poco que me conocía. Había tenido que esperar hasta esta noche, cuando me hallaba aproximadamente a medio camino, para verme con razonable claridad. Y eso tenía que agradecérselo a Rosie y al Proyecto Rosie. Ahora, una vez concluido, ¿qué había aprendido?

  1. No me hacía falta ser ostensiblemente raro. Podía seguir los protocolos de los demás y pasar inadvertido entre ellos. ¿Cómo podía tener la certeza de que no había otros que hacían lo mismo, seguir el juego pese a sospechar que eran distintos?
  2. Poseía aptitudes de las que otras personas carecían. Mi memoria y mi capacidad de concentración me habían hecho destacar en las estadísticas de béisbol, la preparación de cócteles y la genética. La gente había valorado estas aptitudes en lugar de burlarse de ellas.
  3. Era capaz de disfrutar de la amistad y pasarlo bien; lo que me frenaba era la falta de aptitudes, no la motivación. Había adquirido la suficiente competencia social para abrirme a una gama más amplia de personas. Podía tener más amigos. Dave el Hincha de Béisbol quizá fuese el primero de muchos.
  4. Les había dicho a Gene y Claudia que era incompatible con las mujeres. Era una exageración. Era capaz de disfrutar de su compañía, como demostraban mis actividades conjuntas con Rosie o Daphne. Siendo realista, podía llegar a mantener una relación de pareja con una mujer.
  5. La idea en que se basaba el Proyecto Esposa seguía siendo válida. En muchas culturas, una casamentera hacía rutinariamente lo que yo había intentado, aunque ella con menos tecnología, alcance y rigor, pero partiendo del mismo supuesto: que la compatibilidad es una base tan viable para el matrimonio como el amor.
  6. Yo no estaba configurado para sentir amor. Y fingirlo no era aceptable, no para mí. Había temido que Rosie no me amara, pero, muy al contrario, era yo quien no podía amarla.
  7. Poseía muchos conocimientos valiosos sobre genética, informática, aikido, kárate, ajedrez, vino, cócteles, baile, posturas sexuales, protocolos sociales y probabilidades de que se produjera una racha de cincuenta y seis hits en la historia del béisbol. Sabía un montón de tonterías, pero no lograba solucionar mis problemas.

Mientras mi reproductor de música seleccionaba las mismas dos canciones una y otra vez, comprendí que también yo empezaba a pensar en círculos y que en mi metódica formulación había algún defecto lógico. Decidí que era mi tristeza por cómo había acabado la noche y mis deseos de que todo pudiera ser distinto.

Contemplé la lluvia sobre la ciudad y me serví lo que quedaba de tequila.