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Estaba en el zaguán de una casa de una zona residencial que me recordaba a la vivienda con revestimiento de ladrillo que mis padres tenían en Shepparton. Aunque había decidido no asistir nunca más a una fiesta de solteros, el cuestionario me ahorraba la angustia de mantener una interacción social no estructurada con desconocidos.

Distribuí los cuestionarios entre las invitadas a medida que llegaban para que lo rellenaran cuando les fuera posible y me lo devolvieran, bien en la fiesta o bien por correo. Al principio la anfitriona me invitó a que me uniera a la multitud de la sala, pero le expliqué mi estrategia y me dejó en paz. Al cabo de dos horas, una mujer de unos treinta y cinco años, con IMC estimado de 21, salió de la sala con dos copas de vino espumoso. En una mano también llevaba el cuestionario.

Me tendió una copa.

—He pensado que tendrías sed —dijo con un atractivo acento francés.

Yo no estaba sediento, pero me gustó el ofrecimiento de alcohol. Había decidido no dejar de beber a menos que encontrase una pareja abstemia y, tras cierto autoanálisis, había concluido que la c) moderadamente era una respuesta aceptable a la pregunta sobre el alcohol, por lo que me recordé que debía actualizar el cuestionario.

—Gracias.

Esperé que me devolviese el cuestionario y que quizá, por improbable que pareciera, aquél fuese el fin de mi búsqueda. Era sumamente atractiva y el detalle del vino indicaba un elevado nivel de consideración no mostrado por ninguna de las invitadas ni por la anfitriona.

—Eres investigador, ¿verdad? —preguntó, dando unos golpecitos al cuestionario.

—Correcto.

—Yo también. Esta noche no hay muchos académicos aquí.

Aunque es peligroso sacar conclusiones a partir de las apariencias y los temas de conversación, mi evaluación de los invitados coincidía con ese comentario.

—Me llamo Fabienne —añadió, tendiéndome su mano libre, que estreché cuidándome de aplicar el nivel recomendado de firmeza—. Este vino es horrible, ¿no crees?

Me mostré de acuerdo. Era un vino dulce carbonatado sólo aceptable por su contenido de alcohol.

—¿Crees que deberíamos ir a un bar y tomar algo más decente? —me preguntó.

Negué con la cabeza; la escasa calidad del vino era molesta, pero no un problema esencial.

Fabienne respiró hondo.

—Oye, he bebido dos copas de vino, llevo seis semanas sin acostarme con nadie y esperaría seis meses más antes de intentarlo con otra persona de aquí. ¿Puedo invitarte a una copa?

Resultaba una oferta sumamente amable, pero todavía era temprano.

—Tienen que llegar más invitados, quizá encuentres a alguien apropiado si esperas.

Fabienne me entregó su cuestionario.

—Supongo que notificarás el nombre de las ganadoras a su debido tiempo.

Le dije que así lo haría. Cuando se hubo marchado, comprobé rápidamente sus respuestas. Como era de esperar, suspendía en varios aspectos. Fue decepcionante.

Mi última opción al margen de internet eran las citas rápidas, una modalidad que nunca había probado.

El punto de encuentro era la sala de fiestas de un hotel. Gracias a mi insistencia, la convocante reveló la verdadera hora de inicio y esperé en el bar hasta ese momento para ahorrarme interactuar sin ton ni son. Cuando volví, me senté en la última silla libre de una larga mesa frente a una persona etiquetada como Frances, edad aproximada cincuenta, IMC cerca de 28, no convencionalmente atractiva.

La convocante hizo sonar una campanilla y empezaron mis tres minutos con Frances.

Saqué el cuestionario y garabateé su nombre; en tales circunstancias, no había tiempo para sutilezas.

—He ordenado las respuestas para obtener la máxima velocidad de eliminación —expliqué—. Creo que puedo descartar a la mayoría de las mujeres en menos de cuarenta segundos. Después podrás elegir un tema de conversación para el tiempo restante.

—Entonces ya no importará. Estaré eliminada —objetó Frances.

—Sólo como posible pareja. Pero podremos mantener una conversación interesante.

—Pero estaré eliminada.

Asentí con un gesto.

—¿Fumas? —pregunté.

—De vez en cuando.

Aparté el cuestionario.

—Excelente.

Me encantaba que mi secuencia de preguntas funcionase tan bien. Podríamos haber perdido el tiempo hablando de sabores de helado y maquillaje para acabar descubriendo que era fumadora. Huelga decir que lo de fumar no era negociable.

—No hay más preguntas. ¿De qué te gustaría hablar?

Lamentablemente, Frances no estaba interesada en seguir hablando tras haber determinado yo que no éramos compatibles. Aquélla resultó ser la pauta del resto de la reunión.

Estas interacciones personales eran, claro está, secundarias. Yo confiaba sobre todo en internet, desde donde empezaron a llegarme cuestionarios rellenados poco después de su publicación. Programé una reunión con Gene para revisarlos en mi despacho.

—¿Cuántas respuestas? —me preguntó.

—Doscientas setenta y nueve.

Gene se quedó impresionado. No le dije que la calidad de las respuestas variaba mucho y que numerosos cuestionarios sólo se habían rellenado a medias.

—¿No hay fotos?

Muchas mujeres las incluían, pero yo las había suprimido de la base de datos para dejar espacio a cuestiones más importantes.

—Veamos esas fotos —dijo Gene.

Modifiqué los parámetros a fin de que apareciesen las fotografías y Gene examinó varias antes de seleccionar una. La resolución era impresionante. Él pareció aprobarla, aunque una rápida comprobación de los datos demostró que la candidata era de todo punto inadecuada. Recuperé el ratón y la borré. Gene protestó.

—¡Espera, espera!, ¿qué haces?

—Cree en la astrología y la homeopatía. Y ha calculado mal su índice de masa corporal.

—¿Cuál es?

—Veintitrés coma cinco.

—Perfecto. ¿Puedes recuperarla?

—Es del todo inadecuada.

—¿Y cuántas son adecuadas? —repuso Gene, yendo por fin al grano.

—Por ahora, ninguna. El cuestionario es un filtro excelente.

—¿No crees que pones el listón demasiado alto?

Señalé que estaba reuniendo datos que corroborasen la decisión más importante de mi vida. No era momento de hacer concesiones.

—Siempre hay que hacerlas —aseguró Gene.

Una declaración increíble y totalmente falsa en su caso.

—Tú has encontrado a la esposa perfecta. Muy inteligente, guapísima y que deja que te acuestes con otras mujeres.

Gene me recomendó que no felicitase personalmente a Claudia por su tolerancia y me pidió que le repitiese el número de cuestionarios rellenados. El total real era mayor que el número mencionado antes, ya que no había incluido los cuestionarios en papel: 304.

—Dame esa lista. Seleccionaré algunas por ti.

—Ninguna cumple los criterios. Todas tienen algún defecto.

—Considéralo unas prácticas.

En eso tenía cierta razón. Había pensado varias veces en Olivia la Antropóloga India y considerado las implicaciones de vivir con una hindú vegetariana de marcadas preferencias por determinados sabores de helado. Sólo recordándome que debía esperar a que apareciese la coincidencia perfecta evité ponerme en contacto con ella. También había reevaluado el cuestionario de Fabienne la Investigadora Privada de Sexo.

Envié el gráfico a Gene por correo electrónico.

—Nada de fumadoras —insistí.

—Bien. Pero tendrás que quedar con mujeres. Para cenar. En un buen restaurante.

Gene sabía que no me entusiasmaba la perspectiva. Abordó el problema con sagacidad, proponiendo una alternativa aún menos aceptable.

—Siempre nos queda el baile de la facultad.

—Restaurante.

Gene sonrió para compensar mi falta de entusiasmo.

—Es muy fácil. «¿Qué tal si cenamos esta noche?». Repítelo.

—¿Qué tal si cenamos esta noche? —repetí.

—¿Ves? No es tan complicado. Haz sólo comentarios positivos sobre su aspecto. Paga tú. No hables de sexo. —Gene se dirigió a la puerta; luego se volvió—. ¿Y los cuestionarios en papel?

Le entregué los cuestionarios de Mesa para Ocho, los de la fiesta de solteros y, ante su insistencia, también los incompletos de las citas rápidas. Ahora ya nada estaba en mis manos.