CAPÍTULO V
EL ASALTO
EL torpedo subterrestre progresaba lenta, pero ininterrumpidamente, hacia Nemania. El enorme disco volteante de proa proyectaba un violento chorro de átomos de “dedona”, que en un proceso parecido al chorro efe arena utilizado para horadar el vidrio, convertía en sutil polvo la roca y la tierra del subsuelo marciano. Este polvo era empujado hacia atrás, pasaba entre el fuselaje del torpedo y las paredes del túnel por unas hendiduras y era capturado por las robustas palas del ventilador. El ventilador, en sus giros vertiginosos, lo aventaba hacia atrás en forma de huracán impetuoso hasta la superficie del suelo. Nadie podría penetrar por aquel túnel en tanto los torpedos no hubieran llegado a su destino y dejado de soplar hacia atrás. Pero la distancia no era grande.
Al cabo de quince minutos, Miguel Ángel dio orden a los soldados de prepararse para el asalto. En el cuadro de instrumentos, las agujas magnéticas indicaban la proximidad de Nemania.
Lola Contreras dejó que el Almirante atornillara su escafandra. Luego, ella ayudó a Miguel Ángel a adosarse la suya. Vistos así, al fulgor rojizo de la luz interior, aquellos hombres vestidos de hierro parecían seres extraterrestres apretujados en un agujero del infierno. Las paredes metálicas del torpedo irradiaban un espantoso calor. El aire viciado era casi irrespirable. Entre la vibración de la máquina escuchábase el silbido de las válvulas de escape de las 200 escafandras expulsando el aire. Y la monstruosa lombriz de acero continuaba mordiendo el subsuelo, arrastrándose sobre su vientre.
Tras el cristal azulado de su escafandra, los ojos del almirante permanecían clavados en las saetas de los indicadores eléctricos. La aguja magnética cayó de golpe sobre el cero.
—¡Atención!
El pequeño altavoz situado bajo la mirilla de la escafandra del almirante difundió el aviso por toda la nave. El grito fue recogido por los auriculares que cada hombre tenía adosados a los lados de sus caparazones y los músculos se pusieron en tensión.
Escuchóse un ruido fragoroso, semejante al de una pared de ladrillo desmoronándose con estrépito. En la pantalla del aparato de televisión, ciega hasta este momento, se hizo la luz. La máquina había venido a irrumpir en mitad de una casa “thorbod” y se detuvo en seco. Se abrió la puerta. Las tropas especiales salieron velozmente por el agujero y se escuchó el seco restallar de una pistola eléctrica. Un soldado acababa de matar a un hombre gris, acudido a esta habitación desde otras dependencias de la casa, atraído por el ruido que hizo el torpedo. La bestia quedó de través bajo el dintel de una puerta. Los soldados terrestres saltaron sobre su cuerpo y se dispersaron por el edificio disparando contra cualquier cosa dotada de movimiento.
Miguel Ángel empuñó su pistola eléctrica y saltó fuera de la nave. Lola le siguió llevando su cámara cinematográfica. Echaron a correr saltando sobre el cuerpo de la bestia muerta. Se lanzaron por una escalera hacia abajo, en seguimiento de un grupo de soldados, cruzaron un patio y se vieron en mitad de una de las calles subterráneas de Nemania.
Corrían por todos lados los hombres grises, apelotonándose en los zaguanes de las casas para huir de la explosión de los proyectiles atómicos disparados por las tropas de asalto terrestres: Las ametralladoras tableteaban pestañeando en los rincones en sombras como pupilas que se encendían y apagaban velozmente. Los proyectiles surcaban la calle como chispas de fuego arrastradas por un huracán y al chocar en cualquier obstáculo estallaban con una luz vigorosa y blanca, irradiando un calor abrasador en mitad de una explosión ensordecedora. Estos diminutos proyectiles tenían la fuerza de un obús de 12 pulgadas de los que utilizaba la artillería del siglo XX, y al hacer explosión arrancaban de golpe esquinas enteras de un edificio, abrían enormes boquetes en las paredes del túnel y ensanchaban enormemente las puertas de acceso a los edificios.
Sofocantes nubes de humo invadieron el túnel, obligando a las tropas especiales a recurrir a sus depósitos de oxígeno individuales. Los focos pegados al techo brillaban a través de esta neblina opaca, turbios y rodeados de un halo espectral. Los hombres cobraban un tamaño mayor al moverse entre la humareda, semejando espantables monstruos, algo cabeceantes en sus grotescas armaduras de hierro.
Un coro de sirenas levantaron su largo clamor de quejas. La voz de la ciudad llamaba a sus moradores a las armas. Lola Contreras vio interrumpida su tarea de captar estas imágenes por un brazo vigoroso que tiraba de ella, empujándola hacia el resguardo que ofrecía el zaguán por donde habían salido. Era el almirante.
—Ahora vendrá la reacción “thorbod” —explicó el joven a modo de excusa—. No debe permanecer en mitad de la calle.
Escucháronse potentes explosiones muy lejos de allí.
—Esos deben de ser los restantes “torpedos” que han alcanzado la ciudad por otros puntos —apuntó Miguel Ángel.
—¿Hemos de permanecer aquí? —interrogó Lola.
—Sólo hasta que lleguen nuestras tropas que están avanzando por los túneles que hemos dejado tras nosotros. Reserve su provisión de film para entonces.
—¿Pues qué va a ocurrir?
—Nada agradable, puedo garantizárselo. No hay nada tan violentó y horrible como una lucha dentro de una ciudad, máxime cuando las ciudades son subterráneas. Usted no se habrá visto jamás en una situación semejante, ¿verdad? Le recomiendo mucha prudencia. Desconfíe de todo. No avance sola por una calle ni entre en una habitación sin saber lo que hay dentro. No toque nada, pues puede estar conectado a una granada que la convertirá en pedazos. Si disparan contra usted y no le dan, corra hacia el sitio donde ocurrió la última explosión, pues el que le esté tirando apuntará al lugar donde se encontraba un segundo antes. Y sobre todo, no se entusiasme demasiado cinematografiando lo que ocurre. Es la única forma de que ese film llegue a proyectarse alguna vez… y de que usted pueda verlo.
Lola asintió con profundos movimientos de su grotesca escafandra. Sería prudente. Prometía a su excelencia no apartarse de él, no cometer tonterías ni apasionarse demasiado en la toma de imágenes sensacionalistas. Una ráfaga de proyectiles aulló a lo largo del túnel, dejando tras sí rastros de fuego, chocando contra las paredes, desencadenando una tormenta de ensordecedores truenos y deslumbrantes relámpagos blancos.
—Esos son los hombres grises —dijo Miguel Ángel—. No se han hecho esperar mucho rato.
Las tropas especiales, agazapadas en los zaguanes, contestaron con otra descarga cerrada que chirrió a lo largo de la calle en sentido inverso. Del cinturón del almirante pendía una pequeña emisora de radio del tamaño de una linterna eléctrica de bolsillo. Con este aparatito, Miguel Ángel estableció contacto con las tropas que venían a marcha forzada por los túneles abiertos por los torpedos subterrestres.
—Dense prisa —les dijo—. Los “thorbod” contraatacan y nuestra situación se hará insostenible sin refuerzos.
El almirante volvió la emisora a su cinturón, empuñó el fusil ametrallador atómico y se puso de rodillas bajo el dintel del portal. Asomando con precaución la cabeza, miró al fondo de la calle. El humo producido por las explosiones era tan espeso que le impidió ver nada. Esto favorecía a la bestia, que podría acercarse a los terrestres protegida por esta neblina opaca.
Comprendiéndolo así, las tropas especiales barrían el túnel en sucesivas descargas, ora hacia arriba, ora hacia abajo de la calle. A la vez, tenían que cuidar de proteger sus espaldas. Los “thorbod” que ocupaban los pisos altos de los “rascasuelos”, pugnaban por bajar al nivel de la calle, abriéndose paso entre las ruinas y cascotes de las escaleras destruidas por los terrestres. De vez en cuando, alguna bestia conseguía introducir entre los escombros el cañón de un fusil y disparar contra los hombres vestidos de hierro que se atrincheraban en los zaguanes.
Los ojos vigilantes de Miguel Ángel, detrás de la mirilla de cristal azulado que contribuía a oscurecer la visión, advirtieron unas figuras borrosas moviéndose entre la neblina, pegadas a la pared.
Apuntó rápidamente y disparó. Una explosión aterradora, una llamarada blanca. En la breve fracción del fogonazo vio como se aplastaban contra la pared, haciéndose pedazos, dos hambres grises que habían avanzado, pese a las descargas terrestres, arrastrándose pegados a la pared y el suelo.
No eran los únicos que habían conseguido avanzar de esta forma, desafiando los proyectiles terrestres con una audacia que no era nueva en la conducta de estas extrañas criaturas. Saliendo de la neblina, tomando forma corpórea de entre el borrón gris, una turba de bestias se lanzaron al asalto de las posiciones humanas haciendo fuego a quemarropa. Un disparo atómico efectuado a la distancia de seis metros era tan peligroso para el que disparaba como para quien encajaba el proyectil. Sin embargo, con un valor que sobrepujaba el más delirante heroísmo, los hombres grises cayeron sobre los terrestres y dispararon sin vacilación sobre ellos con sus armas atómicas, fuera cual fuere la distancia que les separaba.
Miguel Ángel abandonó el quicio del zaguán y retrocedió hacia lo más hondo del patio, arrastrando consigo a Lola. Una silueta grotesca se destacó sobre el fondo parcialmente iluminado de la calle. Era un hombre gris enfundado en un traje de hierro. Miguel Ángel empujó a Lola, tirándola al suelo, se dejó caer a su vez y disparó desde la posición de tendido. Sobre su cabeza pasó el proyectil atómico dejando un penacho de muerte. La bala fue a estallar contra la jaula del ascensor, que estaba a cuatro metros por detrás de los terrestres. Al mismo tiempo, el proyectil del almirante alcanzaba a la bestia en mitad del pecho y la hacía pedazos. Pero la onda expansiva del proyectil atómico “thorbod” levantó a Miguel Ángel y Lola tres metros sobre el suelo y les lanzó a gran distancia, casi a la misma calle.
Al caer, las armaduras produjeron un ruido de chatarra espantoso. Lola sintió crujir todos sus huesos. Aunque las armaduras estaban forradas interiormente de caucho espumoso, la conmoción fue tan repentina y violenta que dejó a la muchacha medio atontada. El almirante, dando bandazos como un borracho, púsose en pie y fue a levantar a la reportera.
—¿Se hizo daño? —preguntó tirando de ella.
—Siento mis huesos como si hubiera caído desde un quinto piso aseguró la muchacha, apretándose la parte de coraza que cubría sus riñones.
Escucháronse pasos precipitados que descendían la escalera situada a sus espaldas. Miguel Ángel se volvió, empuñando su ametralladora, pero la volvió a bajar al reconocer a las tropas especiales. Un coronel, de cuyo cinto pendía una diminuta emisora receptora de radio, saludó al almirante.
—A sus órdenes, excelencia. Ya estamos aquí. Creí que ese túnel no terminaba nunca.
—Bien venido, coronel Prendes. No sabe con cuanta ansiedad le esperaba. ¿Cuántos hombres vienen con usted?
—Todo mi batallón. Mil hombres. Detrás viene el coronel Sumapaz con el primer batallón. Los restantes batallones han venido por los otros pasadizos.
El almirante dio las órdenes oportunas y comenzó el asalto formal a la ciudad de Nemania. Los soldados terrestres se lanzaron arrojadamente a la calle subterránea y avanzaron en apretada línea disparando sus ametralladoras. Por un curioso azar de la guerra, estas tropas acorazadas contra la radiación cósmica, el calor y los golpes, que llevaban al cinto pistolas eléctricas y entre las manos ametralladoras atómicas, que se movían entre gases mortales y pertenecían al superadelantado siglo XXV, adoptaban la formación de los ejércitos de la antigüedad, avanzando codo con codo, formando una muralla con sus cuerpos cubiertos de acero, inconmovibles al fuego del enemigo, llenando los huecos de los caídos inmediatamente que se producían y atronando la lobreguez de aquella vía subterránea con el pisar firme y acompasado de centenares de pies.
La semejanza con los ejércitos antiguos, sin embargo, paraba aquí. Las tropas especiales habían adoptado esta formación por no caber otra en estas circunstancias. Tenían que avanzar, costara lo que costase, y ocupar las plantas bajas de aquellos edificios de un centenar de pisos. Por lo demás, el volumen de fuego de sus armas automáticas era tan formidable que nada ni nadie podía oponerse a su paso. Una línea compacta de ametralladoras tronaba ininterrumpidamente barriendo el enorme túnel con una espesa lluvia de pequeños proyectiles atómicos que desmoronaban paredes, hacían caer grandes moles de cemento de las bóvedas y tendían una crepitante ola de fuego por delante, convirtiendo aquella vía subterránea en un infierno.
El rodillo de acero llegó así hasta una imponente plaza cuyo techo abovedado se alzaba a un centenar de pies sobre las cabezas de los terrestres. Aquí, la muralla se disolvió como por arte de magia al recibir desde las ventanas de los edificios una lluvia de proyectiles atómicos. Los comandos se lanzaron al asalto de las casas, dando comienzo a una batalla cruenta, febril y obstinada, disputando cada escalón y cada rellano de las escaleras bloqueadas de escombros y cadáveres, cada piso repleto de asechanzas y peligros, cada edificio convertido en ruinas…
Era esta lucha mil veces más terrible de todas cuantas se libraron en las ciudades abiertas al cielo de principios de la era atómica. También las armas eran más terribles. Olas de líquidos en llamas descendían por las escaleras formando cascadas abrasadoras. Mortales gases que corroían la carne formaban espesas nubes por las calles y plazas subterráneas. Bombas de fósforo estallaban dentro de las plantas de los edificios, incendiando cuanto había a su alrededor. Los techos se desplomaban o saltaban bajo el empuje bestial de formidables explosivos. Bóvedas enteras derrumbábanse bloqueando los subterráneos con montanas de rocas y de tierra. La ciudad restallaba y crujía por sus cuatro costados, resquebrajándose como si en sus mismas entrañas hubiera despertado de un sueño de siglos un rugiente volcán.
Los comandos ponían en juego todas las armas de destrucción que una fecunda ciencia puso a su disposición. Gases, líquidos de fuego, bombas que demolían las casas como castillos de naipes o incendiaban todo el aire a su alrededor… todo era lícito. En el alma de aquellas tropas especiales estaba grabado a fuego el recuerdo de 500 millones de seres aniquilados de un sólo golpe en la Luna, unas pocas horas antes.
Una furia demoníaca dominaba a los comandos terrestres. Moviéndose lentamente entre escombros y ruinas, entre llamas y lagos de fuego, borrosos tras las nubes de humo, de polvo y de gases deletéreos o corrosivos, iban saltando de obstáculo en obstáculo, empujando a los ocho millones de habitantes de Nemania hacia la superficie del suelo.
Pero en la superficie de su ciudad enterrada, otro huracán de fuego y metralla esperaba a la bestia, cortándole la retirada. El Rayo, tras desembarcar apresuradamente al cuerpo expedicionario, habíase remontado en el espacio situándose sobre Nemania, fuera del alcance de las baterías antiaéreas de la ciudad, sometiéndola a un brutal bombardeo atómico.
Enjambres de platillos volantes, acudidos a toda prisa desde diversos puntos del planeta, atacaban como avispas furiosas al Rayo. Este habíase rodeado de su “atmósfera” y ponía en juego sus defensas de Rayos Z. Los platillos volantes que intentaban acercarse al autoplaneta a gran velocidad perecían abrasados por su propia frotación con esta envoltura invisible. Otro tanto ocurría con los proyectiles dirigidos, dotados de gran velocidad. El único sistema de aproximarse al Rayo y penetrar aquella envoltura atómica era volando a velocidades inferiores a 3 “mach”. Pero a esta velocidad, las baterías del autoplaneta jugaban a su capricho con el enemigo, derribándole envuelto en llamas sobre Nemania.
A su vez, los destructores y cazas del Rayo andaban a la greña con los platillos volantes y las defensas de la ciudad. Descendiendo en vuelo rasante, a velocidades que ningún otro avión construido de metales corrientes hubiera podido resistir sin desintegrarse por la frotación con el aire, las “zapatillas voladoras” de Miguel Ángel iban acallando las baterías “thorbod” con el certero fuego de sus cañones lanzacohetes.
La bestia, desalojada de las profundidades de su ciudad por los bravos comandos, caía agavillada en la superficie bajo el violento bombardeo del Rayo. Los cadáveres amontonados en las bocas de la ciudad bloqueaban la salida. Cogida entre dos fuegos, la bestia se defendía con ferocidad, oponiendo una resistencia tenaz al avance de los comandos.
Lola Contreras, siempre en pos del almirante, no daba abasto para captar todas las animadas escenas que se ofrecían al objetivo de su cámara cinematográfica. Le parecía estar viviendo una horrible pesadilla, de la que iba a despertar de un momento a otro en el mullido lecho de su apartamento en Madrid, descubriendo con alivio que todo había sido un sueño de su exaltada fantasía y ni siquiera era verdad que la Tierra y Marte estuvieran empeñadas en una cruenta guerra.
Ella y Miguel Ángel, rodeados de un pelotón de comandos vestidos de hierro, seguían a corta distancia el avance lento de las tropas de asalto. Los derrumbamientos de las bóvedas les obligaban a un continuo y violento ejército, saltando sobre montones de escombros, eludiendo cables eléctricos esparcidos por el suelo, pasando entre las llamas y hollando cadáveres de bestias y de terrestres horriblemente destrozados.
En un principio, Lola rehuía poner sus plantas sobre este acolchado de carne blanduzca, de vista repugnante. Luego optó por no fijarse en los muertos, cerrando los ojos ante los cuadros más espeluznantes. Esto era causa de numerosos tropezones y caídas. Miguel Ángel la asió de una de las manos enguantadas y acercó su monstruosa escafandra a la de Lola.
—Me parece que empieza a arrepentirse de haber venido —le dijo el almirante—. Esto es demasiado fuerte para usted.
—Estoy tomando un documental estupendo —dijo ella, eludiendo la respuesta directa—. El documental me hará enfermar, pero me consagrará para siempre como corresponsal de guerra.
—¡Cuidado! —gritó un soldado, propinándoles un tremendo empujón.
Miguel Ángel se dejó caer en el suelo entre dos vigas de acero, arrastrando consigo a Lola. Brilló una llamarada cegadora, acompañada de una formidable detonación. Una lluvia de cascotes cayó sobre los dos jóvenes, sepultándoles entre las dos vigas. Otras detonaciones ensordecedoras restallaron a su alrededor. Su ruido hubiera roto los tímpanos de los terrestres, a no ser porque los sonidos exteriores sólo llegaban hasta sus oídos a través de los auriculares y estos no podían registrar toda la violencia de una explosión atómica.
—“Se acabó —exclamó Lola—. Este es el final.”
Todo había quedado en silencio a su alrededor. Probó a mover piernas y brazos, comprobando que los músculos respondían a sus órdenes mentales.
—¡Quieta! —susurró una voz junto a su auricular—. ¡No haga ruido!
Lola volvió lentamente la cabeza. A través del cristal azulado, en una oscuridad casi total, vio confusamente al almirante. Un débil rayo de luz rojiza, procedente de un incendio, se filtraba por una ranura abierta entre los escombros. Miguel Ángel estaba mirando por este agujero. Volvió la cabeza hacia la corresponsal.
—Han matado a todos nuestros compañeros —susurró—. ¿Dónde está mi ametralladora?
La ametralladora estaba debajo de Lola. La muchacha se incorporó y su escafandra golpeó en los cascotes que les cubrían. Las dos vigas de acero formaban una angosta oquedad, y en ella estaban los dos terrestres enterrados. Lola miró por la rendija. Vio media docena de hombres grises, enfundados en corazas semejantes a las terrestres, dialogando entre sí. Era un grupo de rezagados que se habían ocultado dejando pasar a las avanzadillas terrestres y ahora surgían a su retaguardia.
—¡Apártese! —ordenó Miguel Ángel a la joven.
Lola retiró la cabeza. Al hacerlo golpeó en la viga de acero. El ruido resultante se le antojó tan formidable como un cañonazo. Vio a una de las bestias volverse con rapidez y mirar hacia allí. Señaló, diciendo algo a sus compañeros, y empuñó su fusil atómico.
—¡Van a disparar!
Miguel Ángel la echó a un lado de un empujón, metió apresuradamente el cañón de su ametralladora por la rendija e hizo fuego.
La ráfaga de Miguel Ángel cogió de lleno a las bestias y las hizo pedazos. A su vez, el único proyectil que consiguieran disparar los hombres grises, dio en la base del montón de escombros y lo dispersó con furia apocalíptica, levantando a los dos terrestres en el aire y dejándoles caer luego desde varios metros de altura.
Quedaron atontados por el golpe, viendo a través de las mirillas azules de sus escafandras los juegos de luz de las llamas sobre el techo. Al cabo de un rato empezaron a moverse, alzándose primero de rodillas, contemplándose mutuamente y poniéndose en pie con lentitud.
—Parece que todavía estamos enteros —murmuró Lola contemplándose a sí misma.
—Déjeme ver si su armadura no tiene ningún agujero —dijo Miguel Ángel acercándose a la muchacha y examinándola de pies a cabeza con detenimiento—. Cualquier pequeño resquicio por donde pudieran penetrar estos gases sería mortal… No. No parece haber sufrido ningún daño, a excepción de unas cuantas abolladuras sin importancia. ¿Quiere pasarme revista ahora a mí?
Lola inspeccionó la armadura del almirante, asegurándose de que continuaba en perfecto estado.
—¿Y mi cámara? —preguntó la corresponsal—. ¿Dónde fue a parar? —Miraron en rededor, sin hallar el menor rastro de ella.
—Sabe Dios dónde habrá ido a parar —farfulló el almirante.
—Pues he de encontrarla, ¡no faltaba más!
—No sea tonta, señorita —dijo Miguel Ángel—. Su cámara estará enterrada bajo esas toneladas de cascotes y no podemos perder tiempo buscándola. ¿Para qué la quiere? Cuando acabe todo esto la gente estará harta de tanta guerra. Y si quiere que le diga la verdad, no creo que se le ofrezca oportunidad de lucirse con su reportaje.
Lola miró fijamente al almirante a través del cristal azulado.
—¡Cómo! ¿Por qué? —preguntó.
La llegada de un grupo de comandos, al mando de un coronel, impidió a Lola exigir explicaciones al almirante. Este accedió a dejar allí a la muchacha con media docena de comandos para que la ayudaran a buscar la cámara y se fue con el coronel.