CAPITULO 6
Tenía la garganta seca y decidió penetrar en aquel saloon cuando ya la noche tiraba sobre Dallas sus primeras sombras.
El mostrador, como de costumbre, era una larga barra de madera con apoyos de zinc, que se encontraba a la izquierda ocupando casi la totalidad del mamparo. Había gran cantidad de anaqueles con múltiple botellería, un espejo de dorado marco, un enorme reloj de pared que esparcía sobre el ambiente su monótono latir, mesas de juego y un reducido tablero para que las nenas salieran a mostrar sus aptitudes (que solía ser la perfección de sus muslos y la rigidez de sus pechos) cuando al del piano le daba la vena de liarse a aporrear las teclas.
Tres o cuatro partidas organizadas en las que se sabía de antemano quién acabaría perdiendo, media docena de bebedores taciturnos y solitarios, y otros tantos acodados en el mostrador.
¡Ah...! Y una chicas preciosas que meneaban el culo con garbo y salero en su ir y venir por entre las mesas, sirviendo a bebedores y jugadores.
Provocaban algún que otro pellizco, más de un sobo, con la esperanza de que el tipo, luego, decidiera pasar la noche con ellas. El amor, allí, tenía una tarifa que iba desde veinte dólares a los sesenta.
Más o menos, lo de siempre.
—¡Buenas noches, amigo! —se alegró el que estaba al otro lado del mostrador— ¿ Qué le sirvo?
—Cerveza.
—¡Está hecho!
West, distraídamente, fue estudiando a la concurrencia. El espejo era un buen auxiliar.
El camarero le sirvió la cerveza.
—¿Está en Dallas de paso?
—Psé...
—Es usted poco conversador, ¿verdad?
—¿Qué le parece, lo soy o no lo soy?
—No demasiado.
—Entonces..., esfúmese.
Lo hizo al momento liándose a fregar los vasos.
Un sorbo. Y otra mirada al espejo.
Dos nuevos clientes acababan de entrar en el saloon.
¡Joder con la pinta de los tipos!
Hay cosas en la vida que no se comprenden ni cuando hace años que sucedieron.
Otras, las «huele» uno al vuelo.
Máxime, si se tiene experiencia.
Como la tenía Jerry West.
Por eso lo supo en el mismo instante.
Con sólo mirar a la pareja de fulanos a través del espejo. Supo que los dos habían entrado con el objetivo concreto de «cargárselo».
Sin lugar a dudas.
¡Menuda pareja de hijos de puta!
Uno, muy largo y delgado, echado el sombrero hacia las cejas, apenas mostraba los diminutos ojillos pardos de aviesa mirada. Torcía los incoloros labios en rictus déspota, cruel. Era esquelético el cabrón. Muy ceñidos los vaqueros y apretado al cinto canana. Muy ostensibles las culatas de los revólveres. Con muchas muescas.
Con..., demasiadas muescas.
El otro era el reverso de la medalla. Con la misma cara de cabrón que el esquelético, pero gordo. Trajo al pensamiento de West la imagen del escudero de cierto hidalgo hispano, otros «sus justicias», que había leído en una ocasión. Sí, aquel menda le recordaba a Sancho Panza. Con la diferencia de que vestía de cowboy y llevaba, de manera harto elocuente, significativa, un par de Smith & Wesson del «14».
West fingió desentenderse de ambos. Llevó a los labios el vaso de cerveza.
Fue entonces cuando el esquelético con innegable facha de gun-man se precipitó hacia la barra propinándole un brutal codazo que dio con el vaso y su contenido en el suelo.
—¡Estos niños de mierda..., bebiendo con los hombres! —farfullo groseramente.
Jerry nada dijo. Pasados unos segundos le pidió al cantinero:
—Póngame otra cerveza.
Ricky Martin, el pistolero de apariencia enfermiza, ladeó la cabeza echando atrás el sombrero con clásico gesto de chulería. De matón barato.
—¿Por qué no tomas leche, bastardo? Los niños no pueden beber alcohol...
—¡Martin! —exclamó John Carredine, su obeso acompañante—. ¿Cuántas veces he de decirte que no te metas con las animadoras de saloon?
—¿Estás insinuando que este mastuerzo es marica?
—¿Es que no tienes ojos en la cara, Martin? ¡Maricón perdido! ¿No lo ves?
Ricky le metió un codazo a West.
—¡Eh, tú...! ¿Es verdad que eres una maricona guarra y grosera?
Los concurrentes se movilizaron. Y de prisa. Vamos, que perdieron el culo buscando un sitio donde pudiesen permanecer a buen recaudo. Aquella escena ya la habían visto comenzar miles de veces y sabían como terminaba. Por eso, presurosos, dejaron el campo libre a la inminente trayectoria de los proyectiles.
—¿Tú, qué opinas?
¡Qué sí! Y quiero que bailes. ¡Que nos enseñes las piernas! Carredine dice que los maricas las tenéis mejor hechas que las mismas mujeres ¡Venga...! ¡Baila o te coso a balazos, mariquita de mierda!
Chispearon los ojos grises mientras West se ladeaba para encararse de lleno con el chulo del saloon.
—¿Quieres que te mate, pocilga?
—¡Eh...! John! ¿Has oído eso? ¡Dice que va a matarme!
—¿Se lo toleras? —preguntó el gordo fingiendo sorpresa.
Richy Martin largó un espeso escupitajo al rostro de West.
—¡Que bailes he dicho!
Se limpió el salivazo con la zurda manteniéndose inmóvil.
Y vio cómo Carredine se hacía un paso atrás, separando las piernas y arqueando los brazos, gruesos y cortos.
Se preparaba para actuar.
Como el cantinero, que escondiendo la cabeza tras el mostrador, encogiéndose, rezaba fervoroso, suplicante, por la salvación de las botellas, los vasos, el espejo, el reloj... y de que su alma, en lo peor de los casos.
El esquelético, rompiendo aquellos momentos de tensión, insistió:
—¡He dicho que bailes!
Y viendo a West proseguía inmóvil, extrañamente inmóvil, dio un paso atrás al tiempo que gritaba:
¡Tú te lo has buscada, cobarde!
Jerry entró en movimiento de súbito. Como un huracán. Metiéndole un imponente zurdazo en el mentón que puso al delgaducho patas arriba, le hizo describir un grotesco arco y estampar las costillas contra una cercana mesa con la que se fue por el suelo.
No obstante y demostrado una capacidad física superior a la que podía esperarse dado el enclenque de su naturaleza, Ricky Martin brincó hacia West inyectados en sangre los crueles ojillos pardos.
—¡Ahora verás quién...!
Jerry, tras esquivar fácilmente la ciega cometida del gun-man, le clavó el puño derecho en la boca del estómago. Y cuando el tipo se inclinaba en boqueo agónico clavó otra vez su izquierda, con violencia, en la faz esquelética, obligando a Martin a efectuar extrañas piruetas derrumbando cuantas sillas y mesas salieron al paso.
Quedó tendido de espaldas.
En medio de un expectante silencio.
John Carredine, el gordo, a quién había sorprendido la fulminante pelea, aguardó unos segundos. Pero Martin no salía de su inmovilidad.
Miró a West fríamente. Con manifiesta seguridad. Con la que le otorgaba el ser uno de los tipos más rápidos a la hora de «sacar» en todo el territorio de Texas. Aunque por su aspecto se le pudiese creer abúlico, lento y apático. Craso error que muchos hombres habían pagado con la vida.
Dio otro paso atrás.
—Voy a matarte, cerdo —anunció ominosamente. Agregando—: En cuanto te vea pestañear, «sacaré».
Los labios carnosos de Jerry West se entreabrieron en extraña sonrisa. Intencionada y lentamente, parpadeó.
Varias veces consecutivas.
John Carredine entró en fulminante acción. Increíble rapidez la suya. Hizo un amago con la diestra. Y «sacó» con la izquierda.
Un Smith & Wesson del «44».
Plomo.
Jerry West cayó de rodillas fracciones de segundo antes de que los cálidos abejorros hendieran el aire de su cabeza..
De rodillas, sí.
Luego, a velocidad de vértigo, se tiró hacia la izquierda, trazó en semicírculo con el cuerpo, hizo saltar de la funda el revólver zurdo... Y no le dio tiempo al gun-man para efectuar un nuevo disparo. Porque sus movimientos habían sido centelleantes.
El gatillo.
Y proyectil con destino al entrecejo del que le había recordado a Sancho Panza. Entre las dos cejas, sí. Un negruzco orificio con una vía de sangre se dibujó en aquel punto por cual, en una décima de segundo, se escapó la vida de aquel canalla. Llevándose al infierno una expresión de asombro, un rictus estupefacto.
Y muchas muertes en la conciencia.
West, de pie, sopló el humeante cañón de su revólver. Tras sustituir en el cilindro la bala empleada, devolvió el «Colt» a la funda
—¡Magnífico, forastero! —le aplaudió el primero en salir de su escondrijo— He visto cientos de «saques», pero el suyo ha sido algo diferente. ¡Fantástico! ¡Se lo digo yo!
Jerry, inexpresiva la mirada de los ojos grises y helada la sonrisa en sus labios, nada dijo. Caminó hacia el inconsciente esquelético sacudiéndole un puñetazo en las costillas que siluteaban a través de la camisa.
Se contrajo, regresando a la inmovilidad.
West, sin pensárselo dos veces y ante el asombro de los concurrentes, se cargó al hombro el cuerpo de Martin y fue hacia las batientes. Nadie se atrevió a formular la menor objeción ni preguntar. A un fulano que acababa de ofrecer semejante «recital» no era prudente ni saludable incordiarle con preguntas indiscretas,
Jerry tenía dos razones poderosas para salir del Tuesday Saloon con el pistolero a cuestas; una, evitar al sheriff Howard le encontrara en el local al presentarse a indagar el por qué de los disparos. Le dirían que se lo había llevado un forastero, y forasteros había muchos en Dallas. Sin verle, no tenía porque asociar al matador de Carredine con el tipo que había conocido el día anterior junto al destrozado puente de Lazos River. Otra: saber los motivos que habían impulsado a John y Ricky a provocarle con intención de matarlo. No se conocían. No tenían nada pendiente. Por lo tanto, debían de haber recibido el encargo de asesinarle. Porque los tipos como aquellos vivían de eso: del dinero que obtenían por encargo.
Ya en la calle, procuró protegerse de la noche, avanzando con la mayor rapidez que se hacía compatible con el silencio.
Alerta.
Despiertos los sentidos.
Tensos los músculos.
Preparado para hacer frente a cualquier contratiempo que pudiera seguir en la oscuridad.
No era descabellado pensar que otros gun-men hubiesen recibido la orden de enmendar el posible, y ahora consumado, fallo de sus predecesores.
Mentalmente agradeció el escaso tránsito que aquella noche registraban las calles de Dallas.
Guiándose de manera instintiva, dando mayor rapidez a sus zancas y sin apenas notar el peso del forajido sobre el hombro izquierdo, caminó hacia la salida norte de la ciudad, en diagonal, eludiendo las zonas más iluminadas o aquellas otras donde pudieran encontrarse grupos de gente comentando todavía la tragedia del ferrocarril y el desenlace del subsiguiente juicio.
Las primeras casas de Dallas quedaron atrás sin que, afortunadamente, hubiesen surgido nuevos contratiempos.
Durante un buen trecho fue cruzando entre cercas, corrales y establos en desuso, alcanzando una suave elevación del terreno donde alzaba un medio derruido edificio de piedra, cuadrangular, que en otros tiempos había servido para apostar avanzadillas de la guarnición militar de Fort Worth.
Era el sitio ideal.
Ni hecho a propósito lo hubiese encontrado mejor.
Se metió por entre las ruinosas paredes dejando caer su «carga» sin excesivas precauciones.
El redondo y luminoso disco de la luna parecía estar colgado, exactamente, encima de aquel reducto. Se oían chasquidos y siseos producto, sin duda, de lagartijas insectos y ratas de campo, que huían asustadas ante la presencia del hombre.
Jerry, tranquilo, lió un cigarrillo prendiéndole fuego.
Los rayos límpidos de la luna le permitían distinguir a la perfección los rasgos de aquel rostro chupado, ojos diminutos y pómulos hundidos, del repulsivo Ricky Martin.
Una patada. Dos... Hasta cuatro.
Un violento puñetazo; el quinto.
¡Eh...! —abrió los ojos— ¿Dónde...?
—Estás conmigo, pistolero. ¿Me recuerdas?
El fulano parpadeó con dificultad.
¡Mierda...! ¿Y Carredine?
—En el infierno.
—¿Le has baleado tú?
¿A ti, qué te parece?
West soltó chorros de humo por la nariz. Ahora, viéndole en aquella situación y comportándose acorde con su prisionero, nadie habría reconocido en él al hombre que tanto impresionase a Constance Jarber y Mortimer Crawson.
Ahora, era el que tenía que ser para dar cara a tipejos como el que estaba tendido en el suelo.
El gun-man, despacio, mirando con sus ojos aviesos la firme silueta de su captor, del que le había puesto «caliente», se puso de pie.
Y aunque se dio perfecta cuenta de que no le había despojado de sus armas, se abstuvo de hacer el menor movimiento que indicara que estaba dispuesto a utilizarles. La distancia entre los dos no era suficiente para arriesgarse en un precipicio «saque»... máxime, sabiendo que un hombre rápido como John Carredine había caído frente a West. Meditando sobre ello, el pistolero decidió esperar a la ocasión propicia, si ésta se presentaba. Entonces, sin duda, aunque fuera por la espalda lo acribillaría.
Se miraron el silencio.
West tiró el cigarrillo al suelo. Y pisoteándolo, clavados sus ojos grises en el torcido rostro del otro, preguntó:
—¿Por qué habéis intentado matarme?
Una risita oscura se dibujo en los delgados labios de Martin.
—Porque nos has caído «gordo», forastero.
—Tío, te estás buscando que te meta una patada en los cojones y te deje inhábil para ejercer las labores propias de tu sexo. Y no te lo tomes a coña porque tengo muy pocas ganas de broma.
—¿Qué quiere que me invente entonces? —el fulano se mantenía fiel a quien le contratara.
Lo cual, como se vio seguidamente, era un grave riesgo.
La patada, existió.
En medio de su masculinidad.
—¡Aaaaaaaag...!
Y al encogerse, un gancho de zurda le hizo estallar su anémica espalda contra la pared.
Dando la sensación de que iba a terminar de caerse el muro.
—¡Basta, BASTA! —gimió, retorciéndose.
—Cuenta, cuenta... Soy todo orejas. Pero procura no equivocarte ni tomarme el pelo, ¿eh? Ya has comprobado que no tengo paciencia ni sentido del humor. Así que...
—Duke Glover nos ha pagado para que le liquidemos...
—¿Quién es Duke Glover, buena pieza?
—Es un fulano de San Marcos que lleva pocos días en Dallas. Creo..., creo que trabaja para un tipo de ese lugar que les proporciona manadas de ganado para conducirlas a Oklahoma y Kansas. No sé lo que tiene contra ti. Pero nos ha pagado mil dólares a John y a mí para que te matáramos. Nos ha dicho que podríamos encontrarte en la Fonda del Irlandés. Te hemos seguido al salir de ella hasta el Tuesday Saloon y...
—¿Y por qué supones tú que el tal Glover tiene interés en deshacerse de mí si no nos conocemos?
El esquelético tragó saliva y la nuez se pronunció hacia adelante en su escuálido gaznate.
—Pues... lo ignoro. Nunca hago preguntas cuando me encargan un «trabajo».
—Cómodo «trabajo» el tuyo, ¿eh? Y bien remunerado. Dime... ¿está solo ese tal Glover?
Negó con la cabeza.
—Hay otros fulanos con él. Neil Winger, Samuel Dalton, Paul Hogan, Kervin Cassidy... y un par más cuyos nombres no recuerdo. Todos son componentes de la partida que manda Glover a quienes el tipo de San Marcos contrata para conducir las reses a los mercados ganaderos. Al menos, eso cuentan ellos.
—¿Y tú que crees? ¿Dicen la verdad?
—Supongo...
—¡Ya!, supones. Mira, basura, yo creo que serás lo suficientemente listo como para largarte de esta ciudad antes de que amanezca. De lo contrario, si no te mata Glover y los otros al enterarse de tu fracaso, te mataré yo si volvemos a encontrarnos. ¿Me he explicado bien?
—Sí, sí... ¡Claro que me largaré!
—Procura que no volvamos a tropezamos...
Y con esas palabras, Jerry West giró sobre sus tacones de sus botas alejándose hacia la salida de aquel ruinoso baluarte que un día sirviese de avanzadilla a la guarnición militar.
Ricky Martin tuvo que contenerse para no estallar en carcajadas bestiales, en un arrebato de salvaje hilaridad.
¿Qué clase de estúpido era aquel fulano?
¡Volverle la espalda! ¡Admitir su afirmación de que iba a largarse de Dallas!
Todo eso desfiló por el criminal cerebro del gun-man en menos de cinco segundos.
Cuando la espalda de West estaba tres yardas por delante de los malignos y sucios ojillos.
Pudo sacar los revólveres con toda tranquilidad. Pudo apuntar tranquilamente sobre el ancho blanco que, ni borracho, podía fallar. Pudo oprimir los gatillos con lentitud.
Sonriendo con feroz sadismo.
Jerry West, haciendo alarde de una temeridad escalofriante, de unos nervios templados como el acero, había calculado los movimientos del pistolero que se encontraba tras él a la milésima de segundo. Igual que si un poder mágico hubiera situado su mente en el interior de la de Martin permitiéndole seguir el curso de sus pensamientos.
Ambos disparos, entre aquellos cuatro muros medio en ruinas, retumbaron como cañonazos.
West cayó en tierra.
Una fracción de segundo antes de que las balas hendieran el silencio en busca de su espalda.
West cayó, sí... Pero girando al mismo tiempo con zigzagueante velocidad y sacando su Colt con una rapidez que ni los agudos ojos del águila hubiesen sido capaces de captar.
Gatillo.
Más gatillo.
Dos veces, dos balas. Que pasaron a acomodarse en la raquítica naturaleza del gun-man por el mismo agujero. En el pecho. Dentro del corazón. Que se convirtió en una bomba de sangre causándole al tipo una muerte rápida. Martin expresó toda la terrible sorpresa que aquello le producía, su gran tragedia, contrayendo las escuálidas facciones en un rictus de asombro, de enorme extrañeza.
Luego, dejó de pensar en el por qué y cómo de su estúpida muerte. Se fue hacia atrás, chocando con el muro. Se fue al infierno chocando con Satanás.
Jerry, fríamente, devolviendo el revólver al interior de la funda, contempló el cadáver.
No...
Nunca le había gustado matar. Pero si llegado el momento por el cañón de sus Colt debía de oírse la voz de la justicia, entonces, no le importaba.
No... No le importa matar.