CAPITULO 2
Apeadero de Waco, a las dos de la tarde del cinco de junio de 1870.
Era de piedra y de madera, brillantes tablas recién pintadas.
Oliendo a nuevo hasta casi tufar.
Con muchos bancos.
Y un reloj.
Una campana para advertir de la llegada y salida del tren.
Y una cantina para los bebedores intransigentes. Para aquellos que no podían pasar demasiadas horas sin traguear una dosis de alcohol.
Bonito apeadero, sí.
Esperando la llegada del primer tren.
Del ferrocarril que cubría el viaje inaugural entre Dallas y aquella ciudad.
En el extremo norte del andén, como correspondía en aquellos casos, se encontraban alineados los miembros de una improvisada banda de músicos. No tenían demasiada experiencia. Pero harían mucho ruido que era de lo que se trataba.
Algún día de algún año se hablaría del concierto interpretado por la «sinfonía del lugar», el 5 de junio de 1870, conmemorando la llegada del primer tren a Waco.
Pero ahora no se pensaba eso.
Una multitud enfebrecida se apiñaba a lo largo del apeadero, gesticulando, vociferando, haciendo esfuerzos por contener su nerviosismo y así poder desencadenarlo cuando hiciese su aparición el ferrocarril.
El sheriff y sus comisarios se multiplicaban en el noble y fracasado intento de poner allí un poco de orden y paz. Y el alcalde, ¡que no podía desaprovechar aquella ocasión para demostrarles a sus conciudadanos lo buen orador que era!, llevaba algo más de quince minutos subido a la tarima que se elevaba sobre el nivel del andén, desde la que tenía que pronunciar un grandilocuente discurso acerca del avance, del progreso y de las muchas ventajas que resumía en sí mismo el ferrocarril.
Todos aquellos prolegómenos, toda la ilusión que se había concentrado en cada habitante de Waco, sólo necesitaba el momento justificado para poder explotar.
Jerry West, un tipo moreno, alto y bien plantado, también estaba allí.
Pero no para escuchar el absurdo del alcalde ni para saltar de alegría cuando apareciese el morro sudoroso del «caballo de hierro», sino por otras razones.
Alguien le había requerido para que estuviese allí...
Ni él mismo sabía con exactitud el por qué.
Pero estaba allí de acuerdo con las instrucciones recibidas.
Y a esperar tocaban.
Atisbando hacia la entrada del andén merced a su privilegiada estatura, esperando como los demás, eso sí, a que el tren llegase al apeadero de una puñetera vez.
La impaciencia ya comenzaba a caldear el ambiente.
Y todo aquel personal no necesitaba demasiado para ponerse nervioso.
—¡Joder! —exclamó uno que ya estaba hecho un manojo de nervios—.¿Es que no va a llegar nunca?
Otro, dado a la filosofía, le respondió con acento calmoso:
—El que espera, desespera, John.
—¡Coño! ¡Vaya un consuelo! —se quejó un tercero.
Pero quiso el reloj que sus manecillas inexorables convirtiesen los minutos en horas. Primero una, luego dos...
Tres y cuatro, hasta que hicieron acto de presencia la seis de la tarde.
—¡Ya está bien!, ¿no? ¡Hay que joderse! Esto es una tortura de pelo en toda regla...
Los componentes de la banda estaban sentados en el suelo junto a sus instrumentos, porque veían esfumarse la ocasión de demostrarles a aquella pléyade de ignorantes se virtuosismo musical. El alcalde tenía ya cierta parte del cuerpo dilatado, casi tanto como cuando veía aparecer a su suegra por el dulce hogar, pensando también que sus dotes de orador iban a quedar en el anonimato. El sheriff y sus auxiliares habían ido a imponer orden a «unos vasos de whisky»..., ¡que para esto tenían cantina en la estación!
¿Y alguien tenía que estrenarla, no?
Pero seguía faltándoles a todos lo más importante de aquella magna fiesta: EL FERROCARRIL.
Uno, que siempre los hay brutos, le preguntó a su vecino:
—¿Pero dónde coño se ha metido este tren?
—¿Y a mí qué puñetas me cuentas?
Empezó a cundir el desánimo. Incluso algunos, descorazonados, emprendieron el regreso a sus hogares.
¡Pues vaya tomadura de pelo con el jodido ferrocarril!
Entonces, al irse despejando el andén, aún destacó más la elevada silueta de aquel forastero de rampante camisa roja que, ciertamente nervioso también, paseaba de un extremo a otro intentado calmarse.
Pero lo verdaderamente alarmante, lo que puso el corazón en un puño de los que todavía se encontraban en el andén (que eran casi todos), fue la entrada en tromba de un hombre menudo, de nervioso ademanes, con camisa de colorines y manguitos negros, con una visera separando su frente de la cabeza pelada.
Mathias Wade, funcionario de la Western Union corrió en dirección a la tarima donde, hecho ya unos zorros, seguían tambaleándose el alcalde, con un papel en la diestra que agitaba en su veloz carrera.
—¡Señor Keats, señor Keats...! —gritaba.
Lo presintieron.
Lo habían presentido desde el instante en que el menudo empleado de la Western Union hiciese acto de presencia en el andén.
Jerry West corrió también hacia el punto donde se encontraba el alcalde. Llegando en el justo instante en que Wade entregaba el telegrama.
Por instinto, el alcalde lo leyó en voz alta:
CORREO PROCENDENTE DE DALLAS STOP VIAJES INAUGURAL HASTA WACO SINIESTRADO AL CRUZAR PUENTE SOBRE LAZOS RIVER STOP INFRUCTUOSOS TRABAJOS DE SALVAMIENTO STOP NADIE HA SOBREVIVIDO STOP LAMENTO CURSAR TAN ACIAGA NOTICIA STOP STEVE MARLEY ALCALDE DE DALLAS STOP
—¡Santo cielo! —exclamó Roscoe Keats, llevándose las manos a la cabeza.
Jerry West mostraba en su rostro una expresión taciturna, preocupada.
Las premoniciones siniestras de quien le había citado en el apeadero de Waco, acaban de cumplirse.
Eso significaba que su tarea comenzaba en aquel momento.
Dio media vuelta desapareciendo del andén.