Capítulo IV

MARSHA Jensen era ese tipo de mujer que forzosamente tenía que acabar en las páginas de una novela.

¿Por qué?

Por la sencilla y abrumadora razón de que estaba superestupendamente bien desde cualquier ángulo que se la mirase.

Sobre todo desde el ángulo obtuso inferior que dejaba entreabierta la mesa de despacho sobre la que ella trabajaba.

Yo siempre he dicho que a buen entendedor… le sobran los detalles.

La chiquilla estaba un rato largo imponente.

Cabellos rojizos que caían como una cascada indómita y salvaje encima de los estrechos hombros, a cuyo alrededor se ceñía un perlón blanco que oprimía sus turgentes protuberancias.

Exhaustiva.

Los labios, gordezuelos, grueso el inferior, dentro de un óvalo nacarino en el que destacaban con el fulgor de la más brillante constelación un par de ojos ambarinos que hablaban como trinos de pájaro.

La nariz era breve, recta y ligeramente respingona.

Y las piernas, estudiadas desde el ángulo obtuso.

A Dean Curtis se le cayó el cigarrillo al suelo y trabajo le costó recogerlo.

—¡Estúpido! —exclamó la inmensa pelirroja, alzando sus preciosos ojos de los papeles que estaba repasando.

El, todo ingenuidad, frunció el entrecejo:

—¿Es a mí? ¿Al niño bueno del CIA?

—Sí, al niño bueno, al niño guapo, al niño engreído —soltó con burlona reticencia—. ¡Muérete!

La secretaria de Jerry Kellaway tenía sólo dos defectos.

Estar perdidamente enamorada de Curtis.

Ser tremendamente celosa,

—¿Está el jefe?

—Esperándote, niño guapo. ¿Es todo lo que se te ocurre preguntar?

Se encogió de hombros.

—En vista del recibimiento…

Estiró por debajo de la mesa aquel par de piernas largas, esbeltas, de curva firme y bien dibujada.

—¿Cómo no te has arrojado en mis brazos para decir jubilosa… ¡welcome querido!, eh, Marsha?

La pelirroja lo fulminó con la mirada.

—¡Muérete! —repitió, furiosa como una tigresa.

Curtis se encogió nuevamente de hombros.

Dio unos pasos hacia delante cruzando muy despacio frente a la mesa de ella mientras tarareaba a media voz con matices irónicos:

«…triste es mi vida sin un cariño lloro en silencio mi desventura…»

—¡Qué gran muchacho ese Nat «King» Cole! —musitó tras la canción.

Ella alzó la cabeza como si le hubiese picado una víbora.

—¡Cínico, cerdo!

Curtis enarcó las cejas.

—¡Eh, pero…! ¿Es a mí?

Aquellas pecas agradables que se repartían graciosamente por el rostro de Marsha, estaban ahora encendidas.

Su busto ampuloso palpitaba con peligrosa velocidad-

—Curtis… —Su voz, contrastando con la expresión agresiva de sus ojos ámbar, se tornó suplicante—. ¿Sigues pensando en mí?

Sonrió él.

—Eso, amor, es inevitable. ¿Un beso?

Ella salió de la mesa.

—¿Sólo uno, Dean?

—¡Y que sea corto! —tralló una voz, saliendo virulenta del dictáfono que descansaba sobre la mesa de Marsha.

Se miraron ambos. ¡Cosas del «viejo»!

El beso fue de aúpa.

Tras él, Dean tomó rumbo al despacho del «viejo».

Había un hombre de edad pareja a la de Kellaway sentado en una de las butacas.

Jerry Kellaway, director del Departamento Nacional de Defensa del CIA, contaba aproximadamente unos cincuenta y siete años de edad.

Cabellos grises con los aladares plateados. Ojos pardos de mirada penetrante. Labios finos y barbilla puntiaguda.

Unas gafas de montura metálica cubrían su mirada a veces cansina.

—Estamos encantados de verle, Curtis —saludó el «viejo», agregando—: El caballero es míster Halsted Lloyd, secretario general del OIDM.

—Es un placer, señor.

—Me alegra conocerle, Dean.

Se estrecharon las manos.

Dean Curtis tomó asiento frente a Kellaway, quedando a la izquierda de Halsted Lloyd. —¿Qué tal Hawai, CI-003? —inquirió Kellaway, con cierta soma.

Curtis se encogió de hombros.

—Hace buen tiempo allí, señor.

—¡Oh, sí! Por supuesto. Le creo. Tengo entendido que de noche sopla una brisa muy agradable por la playa… ¿No la llaman brisa-bikini?

—Lo ignoro, señor. ¿Me ha hecho venir desde allí con la lengua fuera, para interesarse por el tiempo? ¿Es que ya no funcionan los servicios informativos meteorológicos? Kellaway le miró con fijeza. Con su característica severidad que, en el fondo, velaba la enorme simpatía que Curtis le inspiraba.

—¿Ha oído hablar de la «Doctora Cosmógono»?

Curtis esperaba cualquier pregunta, la que fuese, menos aquélla.

Soltó un respingo y la propia inercia la levantó de la butaca.

—¡Cómo! —tralló con los ojos muy abiertos.

—¡Curtis! ¿Qué le sucede?

Dean volvió lentamente a su asiento.

—Nada, señor. Nada. ¿Qué hay de la «Doctora Cosmógono»?

—Parece que se ha familiarizado pronto con el nombre.

Curtis enarcó las cejas.

—¡Oh, no! Pura retentiva.

Y es que Dean Curtis no estaba dispuesto a confesar que precisamente en Honolulú, los esbirros de aquella enigmática mujer habían tratado de asesinarle en varias ocasiones. ¿Empezaría a comprender ahora el porqué?

—Un asunto muy peligroso —desgranó Kellaway, con severo acento.

—Lo estaba suponiendo, señor. Las damas siempre se empeñan en complicarnos la vida y en hacérnosla peligrosa. ¡Ah! Pero es tan, agradable vencerlas…

—¡Curtis! —tronó Kellaway, congestionado.

CI-003 mostró la palma de ambas manos.

—¿Señor…?—

El secretario general del OIDM tenía la cabeza vuelta hacia la derecha para ocultar la sonrisa que lucía en sus labios.

Y trataba de evitar la carcajada.

—Señor Lloyd —habló el director del Departamento Nacional de Defensa del Central Intelligence Agency—, cuando usted quiera.

Halsted Lloyd dirigió sus ojos hacia la figura del CI-003, clavándolos en su rostro por un espacio de tiempo prolongado que transcurrió en silencio.

Estudiándolo.

—Curtis —dijo al fin, con tono pausado y voz clara—, no creo que jamás, en dos mil' años de historia, haya recaído sobre la espalda de un hombre la grave responsabilidad que vamos a dejar caer sobre la suya.

Dean ensayó de entre la gama de sus sonrisas, la más ingenua. Y dijo con notoria ironía: —No merezco tanto, señor. Le estaré siempre muy agradecido.

—Su desenfada, me simpatiza, Curtis —admitió satisfactoriamente Halsted Lloyd—. ¿Le gustaría que lo fragmentizaran?

—No entiendo, señor.

—Preste atención y no tardará en comprender.

Desde aquel instante, el secretario general del OIDM relató, con todo lujo de detalles, cuanto había sucedido pocas horas atrás en el interior de una estancia con paredes de cristal pulimentado.

Al término de su relato, tanto él como Jerry Kellaway quedaron visiblemente sorprendidos de la actitud meditativa, de la extraña expresión que se dibujaba en la faz de Dean Curtis, quien inclinada la cabeza hasta rozar el pecho con la barbilla, parecía sumido en hondas meditaciones.

Profundizando en algo que los otros no podían alcanzar a comprender.

—¡Vaya con la «Doctora Cosmógono»! —le oyeron murmurar—. Ya entiendo…

Halsted Lloyd alzó las cejas para mirar a Kellaway, interrogándolo con la mirada.

Y Jerry Kellaway, con igual gesto, miró a Curtis sin atreverse a interrumpirle.

Preguntó al fin:

—¿Qué ocurre, CI-003? ¿Qué es lo que comprende?

Curtis levantó la cabeza, apartó displicente un mechón de rebeldes cabellos que caían encima de su frente antes de responder:

—¡Oh, nada de importancia! Comprendo por qué una mujer no recogió su bolso al caérsele, por qué otra se coló en la habitación del hotel acompañada de un mastodonte con cuchillo… ¿No ha recibido noticias de la Policía de Hawai, señor?

—¿Quiere expresarse de una manera que podamos atenderle?

Curtis renunció a su primitiva idea de guardar silencio acerca de lo ocurrido en

Honolulú.

Se explicó en detalles.

—¿Y usted cree que ese triple ataque del que ha sido objeto está relacionado con el ultimátum que la «Doctora Cosmógono» ha lanzado al mundo?

—Si sólo lo creyera… ¡Estoy firmemente seguro y convencido de ello! Esa mujer, de la misma forma que les hablaba, podía escucharles. Ustedes me eligieron a mí para enfrentarme a ella… Ella decidió eliminarme antes de que se me encomendara la misión. Está claro como la luz del día. Esa endiablada dama debe de contar con agentes repartidos por todos los lugares del mundo.

—Desde luego —aprobó Kellaway—. No existe mejor explicación.

—Quizá no le cayó usted demasiado simpático a esas chicas —se insinuó Lloyd.

Curtis soltó una estentórea carcajada.

—No sea iluso, mi buen secretario general… ¿Del qué?

—OIDM.

—Correcto. Pues sepa y entienda que desde pequeñín simpatizo a las primeras de cambio con las niñas de buenos perímetros torácicos. Mi madre tuvo que despedir a la primera ama de cría que tuve. Mi apetito era voraz, señor.

—¡Curtis! —tronó Kellaway—. ¡Guarde las distancias!

—Señor, ¿acaso he tratado de subirme encima de la mesa?

Halsted Lloyd, al fin, soltó la carcajada.

—Yo creo que Dean Curtis está en lo cierto —dijo después de su hilarante expansión—. La «Doctora Cosmógono» pudo oír perfectamente a los miembros de la OIDM mientras discutían…, mejor dicho, discutíamos, nuestro plan de acción contra ella.

—Y para una mujer que dispone de esos poderes —intervino Curtis, acto seguido—, ¿qué dificultad podía plantearle el localizar a CI-003 en unos minutos y enviar a sus esbirros? Ninguna. Saber al dedillo mis debilidades por las anatomías femeninas bien dotadas…

—Ahórrese los detalles, Curtis —le atajó Kellaway.

—Pero usted sigue vivo, CI003 —apuntó Lloyd, con mucha sutileza.

Sonrió el aludido con su fingida humildad.

—Eso se lo debo a las buenas enseñanzas recibidas de mi jefe. Pero, ¿cuántos días me dan ustedes de vida?

Nadie respondió.

—Podemos encargar la misión a otro de sus hombres —dijo Halsted Lloyd al cabo de unos minutos, dirigiéndose al director del Departamento Nacional de Defensa del CIA.

—¡Protesto! —exclamó Curtis, como lo hubiese hecho un fiscal en el transcurso de un proceso—. Con la venia de su «señoría»… —miró a Kellaway, burlonamente—, me siento obligado a aceptar la sentencia de muerte que me imponen.

—Lo siento —dijo el director, taciturno—. Comprendo que sería arriesgar su vida inútilmente. Otro agente se encargará del asunto.

—¿Quiere defraudar a la «Doctora Cosmógono», señor? ¿Quiere demostrarle que le tenemos miedo? ¡Oh, no, por favor! Permítame que tenga el placer de conocerla y presentarle mis respetos.

—¿Y si lo fragmentizan? —inquirió Lloyd, lúgubremente.

—Lo siento por mis admiradoras —repuso CI-003, con extraordinaria sangre fría—. No les quedará el consuelo de conservar al menos mis cenizas…, ¡pobrecitas!

—Eso no debe preocuparle, CI-003 —sonrió Jerry Kellaway en su primer rasgo de humor—. Las mujeres le librarán siempre… como a Rodolfo Valentino.

—Sus palabras inundan mi alma de esperanza, señor, ¿Algo más?

Curtis se había puesto en pie.

—Pero… —no pudo por menos que exclamar Halsted Lloyd—. ¿Se marcha?

—Ahí sentado no conseguiré cazar a la «Doctora Cosmógono», aunque me ayuden todos los geólogos y cosmógonos del mundo; ¿no cree; señor Lloyd? ¡Les mandaré postales desde Hawai!

—¡Curtis! —tronó Kellaway.

—Soy todo oídos, señor.

—¿Piensa empezar por Honolulú?

—Pregunta obvia. ¿No ha sido allí donde he tenido los primeros contactos con mi amiga la doctora?

El director del Departamento Nacional de Defensa del CIA se encogió de hombros.

—Usted dispone de sus «no cenizas»—, Curtis… ¡Ah! Pase por el laboratorio antes de partir. Bruce Adams le ha preparado un magnífico «Mercedes Benz» biplaza, sport, descapotable…

—Trucado —le atajó Curtis—, etcétera, etcétera… ¡Hasta la vista!

—¡Manténgame al corriente de sus progresos! —exclamó Kellaway, desgañitándose.

Dean Curtis ya había traspuesto el umbral de la puerta. Pero volvió atrás para decir enigmáticamente:

—En caso de que los haya, señor.

Y ahora sí que desapareció definitivamente.

—¡Jamás había conocido otro hombre igual! —exclamó Halsted Lloyd—. Parece que no te haya dado importancia a lo que está obsesionando en estos momentos a cientos de políticos y hombres de Estado, a nosotros, al mundo entero. ¿Qué opina usted?

Kellaway sonrió abiertamente.

—Opino que usted no conoce a mis muchachos y menos a Curtis. ¿Se imagina usted cómo trabaja en estos instantes el cerebro de ese individuo que usted juzga escéptico, burlón, jovial, veleidoso y desenfadado? No. Ni puede llegar a imaginarlo. Ni yo mismo en realidad. Dean Curtis es un auténtico pedazo de oro en barra» señor Lloyd. ¿Qué pensaríamos nosotros si le viéramos pensativo, taciturno, vacilante… o asustado por la importancia de la misión que acabamos de encomendarle? Temeríamos de inmediato su fracaso, ¿no es así?

—Puede que esté en lo cierto, Kellaway.

—Sin duda, sin duda. Curtis es un sicólogo fenomenal. Sabe que arriesga su vida con escasas posibilidades de salvarla. ¿Qué hace, sin embargo? Inyectarnos una enorme inyección intracerebral de optimismo, para que creamos en el triunfo que para él es una incógnita.

Lloyd suspiró profundamente.

—En verdad es meritoria la labor de esos hombres —dijo a continuación—. No sé si envidiarlos o compadecerlos.

—Usted, yo, las naciones y el mundo entero —habló Kellaway, enfático—, no podemos hacer otra cosa que envidiarles, señor Lloyd. Ninguno de nosotros seríamos capaces de afrontar con la serenidad y sangre fría de que ellos hacen gala, trabajos tan difíciles. Las cosas, desde el cómodo respaldo de una butaca de escritorio, se ven sencillas, amigo Lloyd.

—Esperemos, pues —dijo el secretario general del OIDM, con el ceño fruncido—, que esté usted en lo cierto…, y que la «Doctora Cosmógono» no derrita nuestro oro en barra.

Fuera del despacho, mientras los dos hombres continuaban la conversación, Curtis había cruzado silenciosamente frente a la mesa de Marsha Jensen.

—¡Eh, cariño! ¿Te vas así?

Torció él la cabeza, expresando en su mirada ingenua un asombro en exceso fingido.

—¿Cómo debo irme?

—¿Cómo se despide un caballero de la dama que está enamorada de él?

Curtis se encogió de hombros.

La respuesta llegó sin palabras.

Buscando a Marsha, alzándola por los delicados y frágiles hombros, besándola suavemente en los labios

—Ya he oído que regresas a Hawai…

—Feo vicio ese de escuchar a través de los interfonos aprovechando el descuido del «viejo».

Hizo ella un mohín picaresco arrugando su naricita respingona.

—¿Qué importa? En la guerra y el amor todo está permitido, Curtis.

—¡Ah! —bromeó él—. ¿Estás también enamorada del «viejo»?

Marsha le clavó los ojos con rabia.

—¡Estúpido! ¿Podemos cenar juntos esta noche?

Se fijó en la cortísima falda que apenas cubría las bonitas piernas, las estupendas rodillas.

—Me convendría descansar —musitó meditativo—pero bueno, ¡trato!

Beso en cinemascope.