Me tomé un tiempo para volver a la galería. Necesitaba recolocar y encajar los últimos acontecimientos de mi vida. La galería estaba vacía sin él. Tenía que recobrar fuerzas para seguir. Decidí poner tierra de por medio y me marché unas semanas a Brasil para visitar a mi amiga Marta, que llevaba tres años viviendo allí con su nuevo marido, un terrateniente al que había conocido durante unas vacaciones en Canadá. Según ella, había vuelto a enamorarse, después de tantos años. Y la vida loca que llevaba con su exmarido se acabó cuando se casó con Paulo Salgueiro. Vivían en una pequeña hacienda, en el estado de Ceará, cerca de Fortaleza.
La pequeña hacienda, de doscientas cincuenta hectáreas, tenía playa privada, helipuerto, caballos, piscina, un gimnasio y todo el servicio que un millonario puede pagar. Marta vivía como una reina y era muy feliz. Habían adoptado dos niños de la rua, dos bebés de las favelas de Río de Janeiro, hermanos gemelos. Mi amiga me sorprendía una vez más. Una superrubia con dos niños mulatos.
Pasábamos las mañanas tomando el sol en su pequeña playa.
—¡Qué lugar tan bonito, Marta! Es el paraíso terrenal. Aquí estarás en la gloria, arena blanca, agua azul turquesa, brisa fresca y, por supuesto, la caipiriña. Qué buena combinación. ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!
—¡Ja!, ¡ja!, ¡ja! Es la mejor del mundo. Brindemos por nosotras, por los viejos tiempos y por los maravillosos momentos que vendrán —chocamos nuestras copas—. No quiero verte triste. Albert te vigila desde donde sea que se encuentre y no le gustaría que abandonaras a su gran amor.
—¿La galería?
—No, tonta. Tú. Pero de momento no pienses en nada. Has venido aquí para relajarte y disfrutar de mi pequeño universo. Te esperan un montón de actividades que te ayudarán a renacer como el ave fénix, como siempre has hecho. Después decidirás qué vas a hacer con tu vida, con la galería y con todo lo demás.
—Gracias por animarme. Pero te conozco, no quiero conocer a ningún hombre. Por el momento no puedo plantearme una nueva relación. Necesito descansar, alejarme de todo, sobre todo de los hombres.
—Vamos a darnos un baño. Podemos hacerlo desnudas si quieres. Estamos en mi playa, amiga.
Nos quitamos el biquini y, como Dios nos trajo al mundo, nos metimos en el mar para gozar y disfrutar de la compañía de otro dios. Poseidón.
Paulo, el marido de Marta, se desvivía por agradarme, por animarme. Me sorprendieron con una fiesta de bienvenida que empezó por la tarde con una parrillada que dio de cenar a más de cincuenta personas venidas de varios rincones del país. Después de la cena, un grupo de mulatas y mulatos, con cuerpos de quitar el hipo, nos deleitaron con un espectáculo multicolor lleno de plumas, lentejuelas y purpurina. Era un auténtico minicarnaval.
La fiesta terminó al amanecer, con todos bañándonos en la piscina y en el mar. Pasé la noche entera moviendo las caderas con la samba y otros ritmos brasileños. Algunos nativos me enseñaron un baile del norte del país, el forró, parecido a la lambada, en el que el aire no puede pasar entre las caderas juntas. Es un baile muy exótico y excitante. Durante toda la canción no te despegas del otro y no es extraño que, después de tanto roce, termines en la cama con tu compañero de baile. La caipiriña también ayuda mucho. Menos mal que, cuando estaba a punto de sucumbir en manos de un espectacular mulato, Marta nos sugirió ver el amanecer en la playa. El chapuzón en el agua fresca del mar me enfrió el calentón que sentía momentos antes. Aún no me encontraba preparada para acostarme con otro hombre. La muerte de Albert estaba muy reciente, pero me gustó lo que sentí en la entrepierna cuando el mulatazo rozó, durante varias canciones, su pelvis contra la mía. Me sentí viva, muy viva.
Marta y yo recorrimos toda la costa del estado de Ceará, desde Fortaleza, la capital, hasta Canoa Quebrada, playa famosa por sus acantilados y por ser la morada de hippies de todas las décadas y de todas partes del mundo. Al oeste estaban las playas más increíbles, de arenas blancas, dunas y aguas cristalinas.
Jericoacara fue el lugar que más me impresionó, por lo salvaje que era y por los pequeños pueblos pesqueros en los que el tiempo parecía haberse detenido, con sus calles sin asfaltar y donde la electricidad aún no había llegado. Naturaleza en estado puro.
Pero lo mejor de mi estancia en Brasil con Marta llegó cuando su marido nos invitó a pasar unos días en el estado de Maranhao. Fuimos en su helicóptero hasta Sao Luís, la capital. El casco antiguo, de calles estrechas empedradas y edificios de estilo colonial, me transportó en el tiempo a la época de los colonizadores portugueses. Pero lo inolvidable de esta pequeña escapada de tres días no fue su encantadora capital, sino la joya de la cual los lugareños están tan orgullosos. El Parque Nacional de Lençóis Maranhenses. El desierto inundado, como lo llaman ellos. Una deslumbrante extensión de dunas de arena blanca con centenares de lagunas de agua dulce color verde azulado.
Sobrevolamos este enorme desierto de arena blanca que bordea el océano Atlántico y que está rodeado de bosques tropicales. Las numerosas lagunas que se forman entre las dunas son el resultado de la abundante lluvia que cae durante los meses de junio, julio, agosto y septiembre. El resto de año, época seca, casi todas desaparecen, quedando solo un poco de agua en algunas de ellas, recuerdo de que al año siguiente volverán a llenarse si el clima lo permite.
Desde el cielo se ve cómo las lagunas dibujan el contorno de las dunas, proporcionando al observador un espectáculo visual inigualable. Es una de las muchas joyas que tiene nuestra Tierra. El planeta azul.
He estado en muchos lugares del mundo, pero este sitio te deja sin aliento, sin palabras para expresar semejante belleza.
Por tierra, desde Barreirinhas, punto de partida para visitar el parque en 4x4, el viaje cambió totalmente. Lo hicimos por carreteras de tierra y arena. Tuvimos que pasar un gran río en una balsa bastante vieja y seguimos el sendero arenoso, cruzando riachuelos y atravesando pequeños bosques, hasta llegar al parque. El viaje duró más o menos una hora.
El camino por tierra lo realizamos por la tarde, para disfrutar de una magnífica puesta de sol tras dunas de más de treinta metros. Contratamos a un guía con un todoterreno que nos llevó a las lagunas más famosas, Lagoa Bonita y Lagoa Azul, ideales para darnos un fresco y relajante baño. Aunque el agua está muy fría, a pesar de las altas temperaturas, resulta reconfortante después de subir una agotadora duna de cuarenta metros. Tus piernas se hunden en la fina arena, como si fuera espuma, y tu peso hace que des tres pasos hacia arriba para retroceder luego uno. Es muy divertido, aunque bastante cansado. Pero la naturaleza siempre recompensa el esfuerzo. Cuando llegas arriba y divisas la inmensidad del parque, con sus infinitas lagunas, cualquier sufrimiento es poco para ese increíble regalo de la madre Tierra.
De vuelta a la hacienda. Tomando un zumo tropical en la piscina.
—¡Qué lugar tan increíble ese desierto! Este planeta nunca deja de asombrarme. ¿Te acuerdas de nuestros viajes, Marta?
—Como para olvidarlos, nos lo pasamos muy bien juntas. Pero eso es parte de un pasado muy lejano de mi vida, supongo que para ti también. No me arrepiento de nada de lo que hice, pero, cuando lo recuerdo, siento un gran vacío en mi interior.
—A mí me pasa lo mismo. Fue una búsqueda incesante de llenar nuestro vacío a través del sexo. Hemos sido mujeres amadas por nuestros maridos, pero, al mismo tiempo, abandonadas. Teníamos la vida que queríamos, pero nos faltaba amor, amor de verdad.
—Todos anhelamos conocer y vivir el amor, incluso los que dicen que no quieren compromisos. En el fondo de sus corazones, lo desean, pero huyen porque nunca han experimentado el verdadero amor. Amor basado en el respeto, en el reconocimiento del otro y en la libertad. Para encontrar este tipo de amor tienes que estar bien contigo misma y no tratar de que el otro te llene el vacío. Jamás lo harán. Lo tiene que hacer una misma. Me di cuenta de todo eso cuando conocí a Paulo. A pesar de ser un hombre muy ocupado, siempre que puede, está conmigo, viajamos juntos, participa de la educación de los gemelos y no me siento para nada la mujer florero que fui. Compartimos todo sin olvidarnos de quienes somos. A mi ex le daba igual que me acostara con quien fuera mientras le dejara la libertad que él quería. No había respeto ninguno entre nosotros. Paulo ni en sueños soportaría que estuviese con otro. Ni él tiene la necesidad de estar con otras. Nos complementamos perfectamente.
—Se ve que te quiere mucho. Y la prueba de que realmente has sentado la cabeza y madurado es la adopción de los niños. Yo sigo sin tener ganas de ser madre. Con Albert era imposible, la verdad es que nunca nos lo planteamos. Él sabía, en el fondo, que no disfrutaría mucho tiempo de la paternidad y que yo nunca he querido tener hijos.
—Nunca hay que forzar las cosas. A nosotros nos surgió la oportunidad de adoptarles, no lo buscamos. Estoy muy contenta con mis nenes, con nuestra decisión.
—Son una monada —se me llenaron los ojos de lágrimas.
Marta se levantó y me abrazó.
—¡¡¡Ohhh… Marta!!! Estoy tan emocionada con tu vida, con tu familia. Gracias por todo.
—Sé que eres muy emotiva, pero ¿por qué lloras, Rita? La última vez que te vi así fue por tu primer marido. Eran lágrimas de amor y desamor.
—Es que no te lo vas a creer. ¿Te acuerdas de Alex, el que conocí en el Kilimanjaro?
—Sí, claro. ¿Cómo voy a olvidar a tu gran amor? Nunca te vi tan entregada a un hombre como a él.
—Albert fue un marido maravilloso. Me quería de verdad, me cuidaba, me respetaba, y yo le quise mucho también, pero nunca he podido olvidar del todo a Alex. Su recuerdo estaba escondido en mi interior, latente, sin que yo lo supiera. Y ahora que Albert se fue, no dejo de pensar en él.
—¿Por qué no le buscas?
—¿Seis años después? A saber qué será de él. Y además, él nunca me buscó a mí.
—Eso no tiene por qué significar que te haya olvidado. A lo mejor sus circunstancias le han impedido hacerlo. O, simplemente, no tuvo el valor por lo mal que se portó contigo. Lo que te pasa es que no sabes cuáles fueron los motivos para que te abandonara de la forma en que lo hizo.
—La verdad es que nunca lo entendí. Seguro que lo que me duele es la espinita que se me quedó clavada. Ojalá tuviera la posibilidad algún día de saber lo que pasó.
—La vida me ha enseñado muchas cosas y una de ellas es que si por lo que sea tenéis que volver a veros, os encontraréis, aunque sea esquiando en Groenlandia. Créeme. Llámalo destino, necesidad de vuestras almas, o como quieras.
Estuve casi un mes con mi amiga y su familia hasta sentirme con fuerzas y energía suficientes para enfrentarme a un nuevo comienzo. Volví a España. A mi casa y a mi nueva vida.
Durante el siguiente año, me dediqué a vaciar el chalet de los efectos personales de Albert. Regalé todo lo que pude y me quedé con algunos recuerdos de nuestra vida en común. Alquilé la casa y volví a mi ático de la Gran Vía. Trasladé las exposiciones de la galería a una nave improvisada con un pequeño despacho y dejé que Ana se encargara de los artistas que habíamos fichado antes de que Albert se fuera.
Reformé entera la antigua galería, de arriba abajo. Las tres plantas que tenía. Puse toda la entrada de cristal, dejando paso a un gran hall. Los clientes, desde la puerta o la misma acera, podían ver lo que la galería exponía echando un simple vistazo. En el centro, dando la bienvenida a los coleccionistas, coloqué una escultura de bronce, autoría de mi querido amigo Toni. Fue su regalo para la inauguración de Rita Rico’s Gallery.
El sótano lo dejé como estaba, con su minicocina, su lavabo y la habitación para guardar el material que utilizábamos en las muestras. En la planta de arriba estaba la sala grande y allí instalé mi despacho. En la planta principal, al fondo, había una pequeña recepción donde Ana atendía a los clientes. Ella era la jefa de prensa y mi secretaria personal. Era mi brazo derecho, una excelente profesional. Jamás me defraudó en mis continuas ausencias. Le pagaba muy bien para tenerla satisfecha, motivada y realizada con su trabajo.
Con respecto a la extensa colección de arte que poseía Albert, la que heredé, no tenía nada de qué preocuparme, porque los asesores, que llevaban toda la vida gestionando sus bienes, eran de total confianza. Además, Albert lo dejó todo muy bien atado, de manera que yo me enteraba de cualquier cambio que hubiese en los museos donde su patrimonio estaba concedido a varios gobiernos, pues, sin mi consentimiento, sin mi firma, no se podía hacer nada. Tanto si había una renovación de alguna concesión, traslado de obras, un nuevo contrato o una cancelación, yo era notificada a la vez que mis asesores. Siempre estuvo todo bajo mi control. Conocía todos los movimientos, pero nunca negocié nada. Realmente no me preocupaba y tampoco me interesaba. Solo me gustaba llevar la galería y seguir la labor de mi querido Albert.
A principios del año 2013 inauguré Rita Rico’s Gallery con Antonio Garzarán como artista invitado. Sus obras y su trayectoria no dejan indiferente a nadie. Su larga carrera en Holanda y Francia ha sido reconocida con el Primer Premio Internacional de Escultura Antoine Bourdelle. Ha expuesto en muchos países europeos y ha recibido diferentes premios en famosos certámenes. Varias de sus monumentales obras están esparcidas por ciudades, parques y avenidas del mundo. Su currículum es tan extenso que me sería muy difícil recordarlo completo. Sus obras, muchas de ellas abstractas, expresan su generosidad, su visión, su sentir. Yo diría que hace el amor con el bronce, con el mármol, con el acero para parir sus genialidades. Sus líneas infinitas me llevan a un mundo cambiante pero que mantiene su armonía.
Modela y da forma a sus ideas utilizando la aleación del cobre y el estaño, para trabajar con el bronce, el metal de la resurrección, según los fundidores, después de la vida en el barro y la muerte en el acero.
Quise hacerle un homenaje fusionando sus etapas y los distintos materiales utilizados por él. Expuse trabajos suyos por las dos salas de la galería. Obras hechas en bronce, mármol, piedra y acero. Las vitrinas de la segunda planta estaban repletas de fotos de las docenas de esculturas que tiene esparcidas por el mundo. Méjico, China, Francia, Corea del Sur, Turquía, Siria, Alemania entre otros países.
Toni me regaló la posibilidad de inaugurar la galería con su magnífica obra y su reconocidísimo nombre y yo le retribuí atrayendo a toda la prensa del país, a nuestros mejores clientes, nuevos ricos que querían entrar en el mundo del coleccionismo y grandes inversores de arte, tanto europeos como norteamericanos.
Fue un éxito. Salimos en todos los periódicos, en los informativos y también en la prensa digital.
A partir de ese momento, mi galería fue reconocida como una de las más importantes de Madrid. De vez en cuando, obsequiaba a mis clientes con alguna exposición para los amantes de Miró, Picasso, Dalí y Tàpies, entre otros. Reunía material difícil de ver en los grandes museos. Sin poner nada a la venta y cobrando un precio simbólico por la entrada, conseguía traer de distintas colecciones esparcidas por Europa una variedad increíble de grabados, litografías, aguafuertes, serigrafías y xilografías de varios artistas.
Estaba feliz con mi nueva vida. Feliz y tranquila. Cuando no me apetecía ir de viaje, mandaba a Ana en mi lugar. Contratamos a una becaria de Bellas Artes para que ayudara a mi secretaria y brazo derecho, así, yo podía escaparme de vez en cuando de los múltiples compromisos de la galería.
A veces echaba de menos a un hombre en mi vida, pero me sentía tan bien sola que no buscaba a nadie en particular. Tampoco me apetecía complicarme la vida con alguien que no mereciera la pena. No es que me hubiera olvidado del sexo, nunca lo he hecho, pero me daba mucha pereza volver a empezar una relación. Y sexo por sexo ya no me apetecía. Tenía que tener mucha confianza y complicidad con mi compañero de cama, si no, me parecía practicarlo sin sabor, sin color. Una amiga decía que el sexo es amor y sin amor es gimnasia erótica.
Salía con mis amigos de cena y, cuando el cuerpo me pedía playa y sol, me iba a Marbella. A veces cogía el yate y contrataba a Jacob solamente para ir en busca de los delfines. Me encantaba verlos. Me daban ganas de tirarme al agua para nadar con ellos, pero me daba miedo hacerlo sola. —Años después cumplí aquel sueño, y no lo hice sola—. Estar en mitad del mar, a solas con ellos, me reconfortaba y me recargaba las pilas. No podía vivir lejos de la naturaleza. Y, para mí, siempre fue muy importante tener cerca el mar. Cada vez que podía me escapaba de Madrid.
Después de una de aquellas semanas de sol y playa, a mi regreso en la galería, Ana me dijo que un señor de unos cincuenta años había preguntado por mí durante mi ausencia.
—¿Y no dijo qué quería?
—No. Ni tampoco dejó ninguna tarjeta. Solo preguntó por Rita Rico.
—Seguro que es algún vendedor de seguros. Ya volverá, son muy pesados.
—¿Te importa que me vaya dos horas antes, Rita? Tengo una reunión familiar esta noche y me toca hacer la cena.
—Claro que no. ¡Vete ya! Yo voy a quedarme un rato más, haciendo unas llamadas arriba. Dile a Patri que esté aquí abajo, por si entra alguien.
Me quedé en mi despacho, repasando en la web los últimos artistas que había visitado para conocer su obra e hice una preselección de las siguientes exposiciones. Me gustaba dejar cerradas las propuestas para que Ana se encargara de toda la organización, por si tuviese que irme de viaje. Me detuve en un pintor paisajista y observé un cuadro en el que aparecía una montaña al fondo que me recordaba a mi cumbre favorita. El Kili. El recuerdo de la ascensión me entristeció, volví a sentir algo de la emoción que viví allí, al alcanzar la cima con Alex. Una sensación difícil de olvidar, sin embargo, su recuerdo había perdido fuerza con el tiempo.
Me coloqué los cascos del Mp3 y puse una selección de música. Las canciones siempre han sido muy importantes en mi vida. A veces, sus letras, consiguen poner palabras a lo que siento, o, simplemente, me ayudan a encontrar la respuesta a alguna duda que tenga. No concibo el mundo sin música. Cuando estoy triste y melancólica, escucho a Mozart, Bach, Beethoven, Liszt, o a cualquier otro clásico que tenga un instrumento protagonista, como el piano o el violín, mis favoritos. Estos divinos compositores sí fueron tocados, inspirados, por las estrellas, por el universo. Siempre que los escucho, mi espíritu se eleva al cosmos, quedándose allí largo rato, como mis orgasmos. Hacía mucho que no me iba de viaje al cosmos, que no subía a las estrellas con un buen orgasmo. Pero no estaba tan triste como para escucharlos, así que resolví poner un recopilatorio de Enya.
Patri, la becaria, me comunicó que un señor había llamado por teléfono preguntando por mí, y que, en unos minutos, estaría en la galería. Rogaba que, por favor, le esperase. Que era importante. No había dejado su nombre. Me mosqueó tanto misterio con aquel hombre.
Enya empezó a cantar mi canción favorita, Only time. Mi corazón se animó al oírla y, de repente, dejó de latir un instante cuando le vi en la puerta del despacho. El pelo estaba más canoso, él, más delgado, su piel morena, curtida por el sol, y la barba, muy bien recortada, plateada como sus cabellos. Los ojos azules resaltaban aún más, por el contraste con el color de su piel, y su sonrisa era inconfundible. Era Alejandro Molina.
—¡Alex! —me levanté de la silla y fui a su encuentro.
—¡Rita! —su mirada azul brillante me atravesó.
Me paré delante de él, mirándole a los ojos sin decir nada. No sabía si estaba soñando o soñaba despierta. Todo mi cuerpo había reaccionado menos yo. Estaba paralizada por fuera, sin poder moverme, mientras mi corazón volvía a latir con fuerza, bombeando la sangre que circulaba a gran velocidad por mis venas. El estómago se me encogió y las mariposas, que estaban dormidas, revolotearon otra vez en mi interior y pasearon por todo mi cuerpo, alegrando cada parte de mi ser. Al llegar al rostro, me dibujaron una tímida sonrisa y humedecieron mis ojos.
Nos abrazamos sin besarnos. Un abrazo largo y fuerte. Alex me levantó en el aire y volví a sentir lo mismo que la primera vez que juntamos nuestros cuerpos al bajar el Kilimanjaro, la mágica montaña. Sentí esa chispa, esa corriente eléctrica, esa conexión de nuestros corazones, de nuestras almas, que nunca había sentido con nadie. No quería soltarle. No quería que aquel abrazo acabase jamás. Tenía miedo de que al final todo fuera un sueño y fuera a despertarme de un momento a otro. Estaba en sus brazos otra vez.
Alex buscó mi boca, pero no me besó. Me miró a los ojos, nuestros labios estaban a un milímetro de rozarse. Me acarició el pelo, el rostro, sin decirme nada. Parecía que le diera miedo tocarme, besarme, como si aquel momento fuera de cristal y se hiciera añicos con un simple roce. Al final, su deseo, mi deseo, nos unió en un beso largo y apasionado. Las lenguas se entrelazaron, jugando a redescubrirse, a reencontrarse. Las respiraciones se aceleraron y mi corazón se encontró con el suyo en el palpitar de nuestros sentidos.
Una oleada de sentimientos confusos me invadió, impulsándome a separarme de él.
—No, Alex, no. No puedes aparecer después de tantos años, después del modo en que te fuiste, y encontrar todo exactamente como estaba. Han cambiado muchas cosas. Yo ya no soy la misma. ¿No crees que me debes una explicación?
—No te debo una explicación, te debo mucho más que eso, Rita. Tu entrada en mi vida fue muy importante, pero no lo supe entonces. Me comporté como un idiota, un inmaduro, un cobarde. Me asusté y me fui. Pero déjame que te lo cuente invitándote a cenar.
—Estoy deseando oír lo que me tienes que contar.
—Por cierto, estás guapísima, y muy cambiada. Me gusta el pelo corto, resalta más tus ojos —se acercó y me cogió la barbilla, obligándome a mirarle muy de cerca—. Tu mirada, Rita, sigue iluminándome. Te recojo mañana a las nueve, en tu casa. ¿Sigues viviendo en la Gran Vía?
Asentí.
Me dio un suave beso en los labios y se fue.
Me quedé en el despacho, pellizcándome para despertar. Me di cuenta de que no era un sueño. Alex había estado en la galería y me recogería en mi casa al día siguiente. Me puse nerviosa, ansiosa, feliz. Sentí rabia, miedo, euforia. Estaba en una montaña rusa de emociones.
Puntual, como siempre, Alex vino a buscarme a casa y nos dirigimos hacia nuestro reencuentro. No quiso desvelarme a dónde íbamos. Solo me dijo que comería el mejor manjar que hubiera probado nunca.
Nos metimos en el garaje de una finca privada. Subimos al ascensor y paramos en la décima y última planta. Entramos en un piso con la letra A. Era su casa. Jamás había estado en ella. Sabía que se había comprado un piso después del divorcio, pero nunca me había invitado a conocerlo. Tenía dos habitaciones, un salón-comedor, la cocina y un baño. Lo más atractivo del piso era la espaciosa terraza que daba a la habitación principal y al salón. Estaba llena de plantas. Había también una mesa con dos sillas y dos tumbonas. Desde la terraza, podíamos ver la sierra de Madrid. Cuando pasamos por su habitación, mientras me enseñaba la casa, mi cuerpo se estremeció al recordar las veces que habíamos estado juntos sobre una cama.
Pasamos a la cocina, donde me senté con un delicioso cava rosado en la mano que me sirvió mientras terminaba de preparar la cena.
—No sabía que cocinabas, Alex. Creo recordar que tu especialidad era la paella, lo único que sabías hacer.
—Tampoco conocía otras muchas cosas sobre mí. Lo que era capaz de hacer y sentir.
—Y tampoco supiste el daño que me hiciste al marcharte sin decirme nada.
—Hui en pánico. Mi intención no era causarte daño, pero no me sentía bien conmigo mismo y tampoco quería hacerte sufrir. Me sentía vacío, sin rumbo, sin saber qué hacer con mi vida. Había logrado todo y no tenía nada.
—Pero me heriste de todos modos. Yo nunca te pedí nada. Te dejé tu espacio, tu libertad. Solo quería ser un regalo para ti. Una alegría después de una semana dura, de estrés. Lo único que quería era disfrutar del momento que pasábamos juntos sin pensar en nada, sin expectativas, solo los dos y nada más.
—Pero me asusté, Rita. Contigo todo era fácil. Hablar, reír, hacer el amor. Tenías tanta energía, tanta vida, tanto amor… y yo no estaba acostumbrado a eso. Te vi tan entregada a mí y a disfrutar del momento que no podía acompañarte. Me ofrecías todo y yo no tenía nada que darte. Estaba amargado, aburrido, obsesionado con irme lejos y olvidarme de todo. Y no tenía el valor de hacerlo. De mandar todo a la mierda y vivir la vida que siempre quise. Realmente fuiste un regalo repleto de generosidad, de amor, de comprensión, de amistad, que no supe valorar.
—Intenté decirte quién era, contarte como soy. Quería demostrarte lo maravilloso que eras para mí, tu gran corazón y que me gustabas tal cual, con tus miedos y tus conflictos. Que teníamos mucho que compartir, que aprender el uno del otro. Traté de llegar a ti, pero estabas muy cerrado. No me dejaste.
—Necesitaba huir de todo para encontrarme a mí mismo. Y, gracias a lo que moviste en mi interior, lo conseguí. Aunque me alejara de tu vida y de la mía.
—Habrás ido lejos porque te veo muy cambiado, Alex. Más sereno, más guapo, más interesante que nunca.
La campanilla del horno sonó, avisando de que el pescado ya estaba en su punto e interrumpiendo la conversación más profunda que había tenido con Alex. Me volvió a llenar la copa de cava y brindamos por nosotros. Tomamos un trago, nos miramos un rato a los ojos y nos besamos.
No me apetecía cenar. Él era mi alimento. Quería estar en sus brazos y hacer el amor con él. Quería sentirle otra vez dentro de mí. Su piel sobre mi piel. Pero había preparado todo con tantas ganas, con tanto cariño, que no podía rechazar su invitación. Salí a la terraza donde la mesa ya estaba puesta con todos los detalles y un aperitivo muy apetitoso. Palitos de zanahoria y pepino con dos salsas, una de yogur con menta y otra de queso con eneldo.
Alex fue trayendo plato por plato.
Después del aperitivo, tomamos una mousse de tomate con mascarpone. A continuación, trajo una ensalada repleta de frutas de temporada y nueces, aliñada con una vinagreta de limón, fruta de la pasión y aceite. Estaba riquísima. El plato fuerte era pescado blanco al horno con salsa de papaya y leche de coco, acompañado con arroz blanco. A los dos nos encantaba el arroz de cualquier manera, de cualquier clase o color. Aquella receta la había aprendido en México.
—Estoy sorprendida, Alex. Estaba todo buenísimo. Gracias por esta cena tan deliciosa —me acerqué a sus labios y le besé.
Mi beso fue correspondido con pasión, con ansiedad, como si quisiera recuperar el tiempo perdido. Me senté en su regazo y le abracé, le besé con prisa, con deseo de tenerlo dentro de mí. Alex se levantó conmigo en los brazos y me llevó a su habitación. Me quitó la ropa despacio, para disfrutar de cada parte de mi cuerpo que iba redescubriendo. Me desabrochó el sujetador y acarició los pechos. Lentamente, con delicadeza. Le quité la camisa y descubrí un pecho dorado por el sol. Nos abrazamos para sentir nuestras pieles juntas otra vez. Nuestros cuerpos se estremecieron con el contacto, recordando lo vivido. Sin dejar de mirarnos, nos despojamos del resto de las ropas. Completamente desnudos, nos pegamos y bailamos la melodía de nuestros corazones. Sus manos subían y bajaban por mi espalda. Me enredé en su pelo y le mordí los labios cuando sus manos me apretaron las nalgas.
—Te deseo, Rita —me susurró al oído—. Te he echado tanto de menos.
Nos acostamos en la cama sin dejar de besarnos. Alex se puso encima de mí y pude notar la erección en mi pubis. Todo mi cuerpo vibró al volver a sentir su miembro tan cerca de mí, pegado a mí. Había soñado tanto tiempo con aquel momento. Abrí las piernas y le rodeé la espalda con ellas. Su pene, que anhelaba tanto, buscó la parte más recóndita de mi ser y la penetró despacio. Suavemente y poco a poco, se cobijó dentro de mí. Sentí su calor, su fuerza, llenándome entera.
—Ahhh… Alex. Deseaba tanto sentirte otra vez. Me gustas tanto que me quitas el aliento.
—Bésame, Rita, bésame.
Nuestras lenguas se entrelazaron dentro de su boca, dentro de la mía, mientras Alex me torturaba con movimientos largos y profundos. Entraba y salía casi abandonándome, para volver a penetrarme, cada vez con más ímpetu. Ardíamos de placer.
—Ponte encima. Quiero ver cómo te transformas.
Me puse en cuclillas sobre Alex, cogí el deseado falo y lo metí en mi interior. Sentí la misma punzada de antes, como si fuera la primera vez.
—Ahhhh… Alex. Cómo me gusta sentirte. Hummmm… me encanta —me mordí el labio inferior.
—Sigue, Rita, sigue.
Empecé a frotarme contra su pubis. Mi clítoris estaba muy duro, lo noté al tocarlo. Introduje mis dedos mojados en la boca de Alex, que los chupó con ganas, gozando con mi sabor. Mi corazón latía muy deprisa. Alex se aferró a mis pechos y empecé a cabalgar sobre él. Su tacto en los senos me volvió loca. Me movía enloquecida de placer. Alex me acompañaba agitando su pelvis. Me soltó los pechos para cogerme las manos y me perdí en un vibrante orgasmo, repitiendo su nombre entre suspiros y gritos. En ese momento, él también estalló dentro de mí y yo empalmé un orgasmo con otro, mientras mi querido amante se deleitaba con aquel espectáculo privado, derramando toda su esencia en mi interior.
Abrimos otra vez la puerta del universo a través de la fusión de nuestros cuerpos, de nuestras almas entregadas a la pasión.
Me desplomé rendida y feliz sobre su pecho, pegando nuestros cuerpos mojados por el sudor. Nos quedamos así largo rato, abrazados, sintiéndonos, respirándonos en el silencio de la noche.
Gracias a Alex abrí mi corazón. Descubrí que era capaz de amar de verdad. Podía aceptar y entender lo que tenía a mi lado. Él consiguió tocarme el corazón, que se abrió de par en par, abandonando su coraza, sin miedo de entregarme a una fusión total. Por fin conseguí sumar uno más uno, uno. La ecuación perfecta entre dos seres que se aman. Pude entender sus miedos, aceptar sus sombras, convivir con sus manías, con sus imperfecciones. Conseguí comprender también que todos tenemos nuestras historias, nuestro pasado, y que somos lo que somos por el resultado de nuestras experiencias. Aprendí que debemos hacer solos el camino hasta llegar a comprendernos, a descubrirnos a nosotros mismos, a lograr la paz interior. Y a veces hay que huir para volverse a encontrar con uno mismo. Eso fue lo que hizo Alex cuando se fue por el mundo con varias ONGs para hacer reportajes fotográficos y apoyarles en su labor en países en vías de desarrollo. Se alejó de todo para poder mirarse más de cerca. Lo dejó todo, se despojó de lo conocido para conocerse y reconocerse a sí mismo. Y, desnudo, partió a vivir otras realidades de nuestro mundo, de nuestro planeta, regresando vestido con una ropa más sencilla, más ligera, cien por cien natural, original, y de una marca única en el mundo. La marca Alejandro Molina. Y este Alex auténtico se encontró con una Rita que puso en práctica lo que aprendió con Albert. Aprendí a estar en el presente.
Con Alex, supe que las separaciones son muy dolorosas, y que te dejan una herida de difícil cicatrización cuando hay arrepentimiento por no haber vivido en armonía, por no haber sido auténtico con tu semejante. Entonces, quedan cosas pendientes que arrastras durante mucho tiempo. Te arrepientes cuando no has querido verdaderamente conocer a esa persona, entenderla, respetarla y disfrutar del regalo de la convivencia, de la magia de muchos momentos. La separación es mucho menos dolorosa si no queda nada pendiente, si la comprensión y la aceptación del otro es total. Y esa unión es completa cuando uno es capaz de verse a sí mismo en la otra persona. Cuando se llega a esta percepción, a esta visión de uno reflejado en el otro, todo se vuelve mágico, sublime, divino.
Alex y yo decidimos empezar de cero, aunque sin olvidar quiénes éramos y lo que ya sabíamos el uno del otro. Nos conocíamos profundamente, pero no sabíamos casi nada sobre nuestras vidas. Socialmente hablando. Qué géneros de películas o literatura nos gustaban más, cuáles eran nuestros directores de cine favoritos, si preferíamos la playa o la montaña; y, como todo el mundo, fuimos descubriéndonos poco a poco.
Continué con mi galería y él con sus reportajes gráficos. Pasábamos tardes enteras viendo fotografías de sus viajes. Había estado en Guatemala, Nicaragua, Venezuela y Ecuador con Médicos Mundi. Sus fotos habían sido publicadas en National Geographic, en Geo, y en diversos dominicales y revistas especializadas. Sus reportajes trataban temas diferentes, como la malaria en Ruanda, la ablación y los campos de refugiados en África, el cáncer y el petróleo en Ecuador, el tratamiento de las aguas en Latinoamérica.
—Son unas fotos buenísimas, Alex. La pena es el tema, pero tu trabajo es inmejorable.
—Siempre se puede mejorar. Es muy duro todo lo que he visto. La labor de las ONGs es imprescindible, pero aún queda mucha tela que cortar, los gobiernos de esos países son muy corruptos y muchas ayudas no llegan a la población.
—Antes el tema de la corrupción parecía que solo afectaba a América o a África, pero no hay que irse muy lejos para vivirlo. Ahora mismo somos la vergüenza de Europa, creo que incluso superamos a Grecia. Es vergonzoso lo que está pasando en nuestro país.
—Sí que lo es. Pero créeme, Rita, hay lugares en los que es mucho peor que en España. Aquí, al menos, el nivel cultural no es bajo y el intelecto ayuda a que el pueblo pueda encontrar una salida. Esa pobre gente no tiene, en muchos casos, ni acceso a los estudios elementales. Hay que comer, sin alimento, el cerebro no rinde.
—Es cierto que un pueblo informado no es manipulado, pero también es importante que tengamos el valor de quitarnos la venda de los ojos. No todos quieren ver. En Europa…
—Ven aquí —me tiró de la mano y me eché sobre él en el sofá—. Me encanta cuando sueltas tus discursos con tanta vehemencia —me besó y me entregué a mi compañero solidario.
Me deslicé sobre su cuerpo y me dirigí a mi lugar favorito. Su pene ya esperaba tenso a su compañera de juegos. Lo liberé del pantalón y del slip. Ohhh… me encantaba descubrir cómo se alegraba de verme. Me lo metí entero en la boca hasta la garganta, como le gustaba. Nunca me cansaba de complacerle y él me respondía siempre como si fuera la primera vez. Adoraba ver a Alex disfrutar con mis entregadas y largas mamadas hasta que culminaba en mi boca.
Lo hacíamos en todos los sitios posibles, entre nosotros no había nada prohibido, nada nos daba reparo, pero siempre solos los dos. Nunca metimos a una tercera persona en nuestra relación. Él no lo necesitaba y yo tampoco. Nos completábamos, nos complementábamos, nos queríamos. Encajábamos como dos piezas de un rompecabezas.
A Alex le faltaba la experiencia de cubrir un país en guerra. Me puse muy nerviosa cuando decidió ir a Siria con el corresponsal de un diario digital. Intenté persuadirle, pero él lo necesitaba con todas sus fuerzas. Finalmente comprendí que para él era muy importante ver de cerca el mayor horror de los seres humanos. Matarse entre sí, entre hermanos. Y se fue. Desde ese día, aprendí a rezar para que regresara vivo y entero.
Estuvo tres meses sin volver a España. Gracias a internet y a que él permanecía siempre con las agencias internacionales de televisión, que nos mandaban diariamente terribles imágenes de los acontecimientos, podíamos comunicarnos sin problemas.
—He visto suficiente. Llevo años viajando por el mundo, retratando la miseria humana. Aunque también he podido asombrarme con la fortaleza y el instinto de supervivencia que tenemos los seres humanos. He visto lo mejor y lo peor de nosotros. Todos tenemos el mismo fin: perpetuar la raza, nuestra especie. Incluso con hambre, en guerra, en crisis económicas y sociales, el ser humano nunca pierde la esperanza de que algún día las cosas cambien y haya un mundo mejor para nuestros descendientes.
—Yo soy una afortunada porque veo y convivo con el arte, que es una de las más bellas expresiones materiales del hombre. El arte, en general, eleva el espíritu, embellece el entorno. Aunque el mundo es bello a pesar de todo. Nuestro planeta tiene sitios maravillosos, seguro que aún hay muchísimos por descubrir.
—Por eso aplacé el viaje de mis sueños, para hacerlo contigo.
—¿Cuál?
—¿No te acuerdas que, cuando nos conocimos, te conté que quería seguir los pasos de Livingstone y después recorrer el Nilo desde su nacimiento hasta el Mediterráneo?
—Por supuesto que me acuerdo. Me quedé con las ganas de irme contigo. Pero creía que ya lo habías hecho.
—No. Este lo quiero hacer contigo, y muchos más.
—Recuerdo que querías recorrer África durante todo un año.
—Livingstone tardó mucho más. Ocho años, concretamente. Lo organizaré desde aquí con los contactos que tengo en África, y nos vamos.
—Pero yo no puedo irme así como así. No puedo abandonar la galería. Necesito tiempo para organizar todo un año y si mis asesores me necesitan, tendría que volver.
—No hay prisa. Este viaje no se arma en una semana. Yo también tengo que arreglar muchos asuntos. Visados, equipos humanos en los países en que estaremos, equipos de supervivencia, internet y muchas cosas más. Tú organiza la galería que yo me encargaré de todo lo demás.
—Iré encantada. Será el viaje de mi vida.
—De nuestra vida, Rita.
—Pero solo voy con la condición de que Rita Rico’s Gallery patrocine el viaje.
—No hace falta. Tengo dinero suficiente para vivir hasta que me jubile.
—Entonces, vamos a medias con los gastos.
—Ya veremos si hace falta. Conozco gente en todos los países por los que pasaremos y nos ayudarán con lo que necesitemos. Preocúpate solo de que puedas venir conmigo. Cuando quieras o necesites volver, lo haces y nos encontramos en otro punto de la expedición. Eso sí, te advierto de que allí no habrá grandes hoteles para dormir, ni ducha diaria, ni olores agradables.
—No te preocupes. Llevaré mi colección de perfumes. ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!
—¡Ja!, ¡ja!, ¡ja! Te creo Rita, sé que eres capaz de llevarlos.
Nos besamos y nos acostamos. Pero no fui capaz de dormir por la excitación del viaje. Era mi sueño hecho realidad. Aventurarme en el mundo junto al hombre que amaba.
Llevábamos tres años de relación cuando empezamos a planificar el viaje. Seguíamos teniendo nuestras respectivas viviendas, pero pasábamos bastante tiempo juntos, ya fuera en mi casa o en la suya. Sin embargo, manteníamos nuestra independencia. Si él se iba de viaje, yo volvía a mi casa, y cuando regresaba, se quedaba conmigo. Cuando me iba yo, él hacía lo mismo.
Antes de partir hacia nuestra gran aventura, decidimos vivir juntos para conocernos más a fondo y que no hubiese ninguna sorpresa durante el viaje. La convivencia fue perfecta. Seguíamos haciendo lo mismo, cada uno con sus ocupaciones diarias, solo que dormíamos todas las noches en la misma cama. Y casi siempre nos pegábamos un buen revolcón, un polvo rápido o largo, antes de dormir o por la mañana, antes del desayuno. O nos dábamos un masajito que al final siempre terminaba en nuestro juego favorito, el sexo. Ese juego que, con un poco de imaginación, nunca cansa.
Fuimos a Namibia vía Londres. Llegamos a Windhoek a la mañana siguiente. En el aeropuerto, nos recogió el guía que Alex había contratado y nos fuimos al hotel. Nos quedamos tres días en la capital para que Alex y su equipo ultimasen los detalles.
Viajaban con nosotros dos cocineros, un guía, un conductor, dos porteadores y un cámara inglés, que grababa a Alex mientras este hacía su reportaje. Llevábamos un camión con todo el equipaje. Era un camión frigorífico, con enchufes para cargar nuestros móviles, los portátiles y todo el equipo que traíamos. También disponía de compartimentos para dormir. Alex y yo íbamos solos en el 4x4, un Land Rover que parecía un tanque de lo grande que era. Tenía capacidad para ocho personas. Quitamos los asientos de la parte de atrás e improvisamos una habitación. Realmente solo tenía un colchón grande, una especie de retrete para casos de emergencia y los víveres que necesitábamos cuando pasábamos la noche en él. Llevábamos las tiendas, pero más de una noche tuvimos que dormir en el coche mientras los demás lo hacían en el camión.
No me acuerdo exactamente del itinerario que seguimos, pero sí de los lugares que visitamos, tan increíbles que se quedaron grabados en mi retina para siempre.
Fuimos al Cape Cross, en la costa de los Esqueletos. Un lugar espectacular, poblado de focas y leones marinos. Nunca había visto tantos juntos y tan de cerca.
Cambiamos totalmente de paisaje cuando nos adentramos en tierra hasta Spitzkoppe, donde visitamos un antiguo santuario bosquimano lleno de pinturas rupestres.
En cada lugar que llegábamos, nos tomábamos nuestro tiempo para disfrutar verdaderamente del sitio y de su gente. Y para que Alex hiciera su mejor foto. La foto.
En el noroeste de Namibia, conocimos un poblado Himba. Nos permitieron visitarlos y, curiosamente, sin pedirnos dinero. Cosa que me había sucedido con los masáis en Tanzania. Los Himba todas las mañanas se pintan de rojo el pelo y el cuerpo. El propósito de este singular ritual matutino no es otra cosa que protegerse de los mosquitos y de las quemaduras solares. Mezclan manteca de vaca con polvo de piedra rojiza previamente triturada. Con la manteca, también fabrican perfumes de plantas, para el aseo. Jamás se lavan con agua.
Seguimos camino al desierto del Kalahari. Un desierto fascinante, como todos los que he visto, sin embargo, este está formado por altísimas dunas de arena roja. Los desiertos son básicamente arena, cada uno con su color y con su escasa vegetación, cuando la tienen. A menos que te encuentres con un oasis, como nosotros lo hicimos más adelante. Este paraje me recordaba, quizá por su color azafranado, al Wadi Rum, en el sur de Jordania.
Entramos en la reserva de Mahango antes de cruzar la frontera de Botswana. Allí acampamos a la orilla de un río. Lo primero que se debe hacer al llegar a un lugar salvaje es encender un fuego y luego preparar todo lo demás. Nuestra tienda estaba enganchada al 4x4. Desde ella, podíamos acceder al coche con facilidad y usar el baño improvisado. Sobre todo por las noches, cuando nos visitaban algunos animales salvajes.
Aún era de día y la temperatura era agradable. Alex quiso bañarse en el río, que, según los nativos, no tenía ningún peligro. Mientras los demás preparaban el campamento, Alex y yo fuimos a darnos un baño. Le pedí que entrase primero y me dijese cómo estaba el agua. Desde allí, no veíamos el campamento y ellos tampoco podían vernos gracias a los matorrales de la orilla. Alex se desnudó y se metió en el agua.
—Está buenísima, Rita. ¡Ven!
—Voy —me quité la ropa y, en pelotas, me metí también.
Di dos pasos dentro del río y me hundí. Alex me retuvo y me cogió en brazos. Era bastante profundo. Un paso más y no tocabas fondo. Pero yo estaba encantada de que mi hombre y amante me sujetase. Le rodeé con los brazos y las piernas. El agua estaba bastante fría, pero nuestros cuerpos ya ardían de deseo. Nos besamos y Alex nos hundió mientras nuestras bocas permanecían pegadas. Emergimos, tomamos una bocanada de aire y continuamos besándonos. Estábamos en plena naturaleza salvaje, desnudos bajo el agua y con el mismo deseo de siempre de poseernos. Alex cogió su serpiente marina y buscó su cueva favorita para esconderse. Apreté los pies contra su culo para ayudar a que el miembro entrase con más facilidad. Nos costó un poco, a causa de la falta de lubricación en el agua. Encajó la cabeza en la entrada y, con nuestros movimientos pélvicos, fue introduciéndose lentamente.
—Ohhhh…Alex. Me encanta sentirte.
—Ya estoy dentro de ti. Que calentita estas —me besó con furia, con pasión.
—Me excitas mucho. Muévete, muévete.
—¿Así?—me golpeó con fuerza, agarrándose de mi culo.
—Sí, sí —me embistió con más ímpetu.
—¿Es así como te gusta, Rita? —preguntó mientras aumentaba el vigor de sus movimientos.
—Sigue, sigue. Así, así.
—¿Qué quieres, Rita?
—¡Que me folles!
—Pídemelo. Me gusta que me lo pidas.
—Fóllame Alex. Fóllame.
—Te estoy follando. ¿Quieres más?
—Sí, síííí!!!! Alex…Alex…me voy a correr.
—Córrete Rita.
—Voy a gritar, Alex, voy a gritar. No puedo, no puedo. Más, por favor, más.
—Hummm…córrete, córrete —se movió más rápido, salvajemente.
—Alex, Alex, me corro. Ahhhhhh…
—Así, así…me voy, Rita, me voy…¡Ah, ah, ah, ah, ah, ahhhhhhh!
Nuestros orgasmos hicieron que los cuerpos temblasen y se contrajeran bajo el agua.
Salimos del río, nos vestimos y volvimos al campamento donde todo ya estaba preparado para pasar la noche.
—Espero que nuestro reportero no nos haya grabado en el río —comenté con dudas.
—Recuerda que reviso el material todas las noches para enviarlo por internet y todo es de mi propiedad. No te preocupes, como buen inglés, ya estará medio bebido con la colección de licores que ha traído. Le dije que podía beber solo por la noche y con moderación, porque no le quiero con resaca al día siguiente.
—Es un poco raro, o tímido, ¿no?
—Es inglés, pero muy buen cámara. He coincidido con él en muchas ocasiones. Va a su bola y no da guerra. Sobre todo hace bien su trabajo, que es lo que me interesa.
—Bueno, vamos a cenar. No sé por qué pero el baño en el río me ha dado mucha hambre…
En Botswana hicimos un safari fluvial con barco a motor por el río Okavongo, antes de llegar al delta, en mitad del desierto donde desemboca. El delta del Okavongo, un enorme pantanal lleno de islas y con una fauna muy variada, es el único lugar de África donde hay leones nadadores, ya que, en la época de lluvias, la crecida les obliga a entrar en el agua para poder cazar los antílopes. Los elefantes, todos los años, a lo largo de semanas, cruzan el desierto del Kalahari hasta alcanzar este increíble lugar de abundante agua y vegetación donde alimentar durante meses a sus manadas.
Alquilamos una avioneta, sobrevolamos el delta y seguimos el río que, desde el aire, parecía una enorme serpiente negra, bordeada por una exuberante vegetación. Recorrimos el delta durante más de una semana, con sus islas y los pueblos que nos encontrábamos en la ribera del río. Casi todos los días dormíamos en la tienda, a la orilla del delta. Una de las noches nos instalamos en la isla central, en una casa flotante. Para llegar allí, tuvimos que coger una barca a motor y después una piragua hecha con un tronco vaciado de árbol. La llevaba un nativo que se servía de una larga vara para poder impulsar la canoa sobre el agua. Horas más tarde, después del paseo entre juncos, cañas y papiros, llegamos a la cabaña, a una cama. Llevábamos casi un mes de viaje y me hacía mucha falta una cama de verdad y una ducha caliente.
Dejamos el delta atrás y emprendimos el camino hacia las cataratas Victoria. En el trayecto nos pasó de todo. Tardamos días en llegar, hacíamos kilómetros y kilómetros sin cruzarnos con nadie ni con nada. A veces daba la sensación de que estábamos solos en el mundo. Lo único que encontrábamos de vez en cuando era a algunos animales. Sufrimos la lluvia, el calor infernal y también bajas temperaturas. Lo peor era cuando llovía, el camino se llenaba de grandes piscinas que nos obligaban, dependiendo de la vegetación, a abrir nuevas veredas para no atascarnos en el lodo. Pero era imposible evitar todos los enormes y, a veces, profundos charcos, y en uno de ellos nos quedamos atollados. Fue muy complicado salir y tardamos horas hasta que lo conseguimos con el remolque del camión. Ese día fue angustioso, se nos hizo de noche y no había luna cuando por fin logramos liberar el 4x4. Aunque esta no fue la peor noche.
Nos instalamos, como siempre, antes del atardecer. Estábamos en el Parque Nacional de Chobe, o en el de Etosha, no lo recuerdo, estuvimos en los dos. En los sitios autorizados para acampar siempre había placas con advertencias sobre los animales salvajes. Y en este sitio concretamente se nos avisaba de la posibilidad de encontrarnos con leones. Hicimos el fuego y preparamos el campamento. Esa noche decidimos dormir en la tienda. De madrugada, oímos el rugir de los leones. Al principio parecía que estaban lejos y que eran varios. Nos quedamos quietos, sin hacer ni un ruido, para que se marcharan. Toda la noche estuvieron merodeando alrededor de nuestra tienda. Cuando la hoguera se apagó del todo, empezaron a dar zarpazos en la lona. Desde dentro, podía ver los golpes de sus patas y sentir sus arañazos. No sabíamos cuántos eran, si eran adultos, cachorros o estaba toda la familia. Mi adrenalina subió a unos niveles que los felinos podían oler a metros. Pude sentir el miedo de Alex. Uno de los leones, o quizá más de uno, se subió al Land Rover. Lo supimos cuando oímos un estruendo metálico, y al día siguiente nos lo confirmó el guía, que, al oír el ruido, se había asomado para ver qué pasaba. Esa noche todos los demás habían dormido en el camión. Nuestra tienda era para los leones como la atracción de un parque. El que se subió al capó tenía también la intención de subirse a la tienda, entonces el guía disparó un tiro al aire y yo, aterrorizada, grité todo lo que mis cuerdas vocales me permitieron. Los leones huyeron despavoridos por el ruido del disparo. Está terminantemente prohibido usar o llevar cualquier tipo de arma en un parque nacional a causa de los cazadores furtivos que, afortunadamente, hoy en día, están muy perseguidos. Al guía le podía caer una multa como para arruinarle y quitarle el permiso. Le dijimos que si había algún problema, le apoyaríamos, además de pagar la multa. No pasó nada ni nadie se enteró. Todo quedó en un susto. Un buen susto. Según el guía, se trataba de tres leones adultos y cuatro cachorros.
Llegamos por fin a las cataratas Victoria. El humo que truena. Es el nombre que les dan los nativos, por el ruido y la niebla que se forma en su espectacular caída de más de cien metros de altura, una de las más grandes del mundo. Es la caída del río Zambeze, que llega de la llanura y se vierte por un estrecho precipicio, formando esta maravilla de la naturaleza. Estuvimos varios días alojados cómodamente en un hotel con vistas a las cataratas. Hicimos fotos desde todos los sitios posibles. Sobrevolamos la zona en helicóptero, la vista es impresionante desde arriba. Realmente es una belleza que te fascina. Sobrevolamos buena parte del río que provoca este majestuoso espectáculo y también lo recorrimos en barca. Divisamos hipopótamos, elefantes y cocodrilos. Impresiona verlos tan de cerca y desde dentro del río. En los tramos tranquilos, nos cruzábamos con muchos turistas en grandes barcas. Las puestas de sol son inolvidables, de un color naranja fuego muy típico de los atardeceres africanos que se refleja en las aguas, dándolas un toque dorado.
Desde las cataratas Victoria, emprendimos el recorrido a Tanzania. Después de muchos días, llegamos a Kenia y navegamos por el lago Victoria, principal fuente del Nilo, para luego cruzar hacia Uganda. Allí empezamos una aventura de varios meses, siguiendo el río Nilo. En Kampala, la capital de Uganda, tuve que coger un vuelo hacia Madrid, mis asesores requerían mi firma para autorizar el traslado de algunos cuadros de un museo a otro. Abandoné el viaje y esperé a que Alex me avisara cuando estuviesen llegando a la capital de Etiopía para reincorporarme a la expedición.
Me dio mucha pena dejar a Alex, pero el deber me llamaba y sabíamos que era muy probable que aquello pasara. Aproveché para respirar aire europeo. Echaba de menos nuestros olores, y también nuestros sabores. Me gustaba la vida salvaje y natural que teníamos allí, pero el arreglarme, perfumarme y ponerme los tacones también era importante para mí. Me sentía muy afortunada, privilegiada, por tener la posibilidad de vivir en aquellos dos mundos tan diferentes y poder regresar a alguno de ellos cuando quisiera. Creo que todos deberíamos cambiar un poco de mundo de vez en cuando para tener otra perspectiva de nuestra propia vida. Y para eso no hace falta irse tan lejos, simplemente practicando la empatía podemos tener otra visión de las cosas, de las personas que nos rodean.
Y eso fue lo que pasó en la sociedad española después de la gran crisis. Para el año 2018, la situación en España había cambiado mucho. En las últimas elecciones la mayoría absoluta desapareció, el pueblo votó en masa creyendo sinceramente en un cambio. Esta transformación solo fue posible cuando varios partidos políticos, nuevos, de ideas afines a la plataforma de Democracia Real Ya, se unieron para gobernar. Nuestra democracia dejó de ser representativa y pasó a ser participativa. España volvió a levantar la cabeza gracias a la conciencia colectiva y la colaboración de todos.
El pueblo se hartó de no estar representado por sus políticos, y mucho más de nunca ser escuchado.
El nuevo gobierno eliminó los privilegios de los representantes políticos, bajó sus sueldos, y pasaron a cotizar lo mismo que el resto de los ciudadanos hasta la edad de jubilación. Las dietas solo las cobraban quienes realmente las necesitaban para desempeñar su función. Disminuyó la jornada laboral para que todos pudieran trabajar, alcanzándose así un porcentaje muy bajo de desempleo. Se incentivó a los emprendedores, el autoempleo se convirtió en una alternativa más fácil a la crisis, terminando con la asfixia de los impuestos para los autónomos. Al bajar los impuestos a los pequeños empresarios, los precios de los productos también disminuyeron y, en consecuencia, aumentó el consumo. Persiguieron a todos los que tenían dinero y posesiones en paraísos fiscales y no tributaban en España. Las casas que no fueron vendidas por exceso de construcción, fueron expropiadas por el Estado, ayudando así a los menos favorecidos, que pudieron vivir en régimen de alquiler protegido. Los desahucios con endeudamiento terminaron al entregar la vivienda como pago por el resto de la deuda. El rescate a la banca se acabó. O se quebraban, como cualquier empresa, o pasaban a ser del gobierno, creando una banca pública. Recuperamos también nuestros derechos sociales y adquirimos otros nuevos, igualándonos al resto de Europa.
Se han producido muchísimos cambios en estas últimas décadas. Hoy, en la tercera del siglo XXI, España respira libremente y camina despacio pero sin pausa. Los años de la terrible crisis quedaron en un pasado que marcó a muchísimas familias, pero que unió al pueblo con un mismo fin. Libertad, igualdad y respeto para todos.
Volví a reunirme con nuestra particular expedición y me encontré con Alex en Addis Abeba, capital de Etiopía. Lo que no le conté fue que, durante mi estancia en Madrid, había conseguido, gracias a los contactos que tenía en el Museo Reina Sofía, una exposición sobre todo su trabajo de seguimiento de los pasos de David Livingstone. La exposición sería en el 2023, para celebrar el ciento cincuenta aniversario de su muerte. Yo estaba segura de que Alex volvería a varios pueblos y lugares para completar la biografía digital de Livingstone a través del objetivo de su cámara. Sabía que a él le gustaría también mostrar los infortunios que sufrió durante su expedición, varias personas murieron por el camino, y retratar los pueblos en donde acontecieron todos estos hechos. Fueron otros cuantos meses de viaje.
Etiopía me sorprendió enormemente por ser un país de contrastes. Puedes encontrar paisajes montañosos, selvas, sabana, o sorprenderte con una ciudad tan cosmopolita como lo es su capital, donde conviven alrededor de ochenta nacionalidades.
Al Nilo, en Etiopía, lo llaman el Nilo Azul. Siguiendo este largo río, nos encontramos con cataratas e inmensos lagos, como el de Tana, el más grande del país. En él hay numerosas islas, algunas de ellas albergan monasterios del siglo XIV. En mitad de la nada, puedes tropezarte con castillos de estilo medieval. Visitamos muchas tribus, dos de ellas me llamaron bastante la atención. Una habitaba en el territorio Karo, donde los hombres se adornan mucho más que las mujeres, con peinados muy extravagantes. A algunos les gusta ataviarse la cabeza con chapas de refrescos de diversas bebidas. En el Parque Nacional del Omo nos encontramos con la tribu Mursi. Allí, las mujeres me dejaron pasmada con sus platos de barro insertados en el labio inferior y en las orejas. Me dolía verlas con aquellos adornos puestos.
¡Qué curiosas costumbres las de los seres humanos! Lo que todos tenemos en común, pertenezcamos a la tribu que pertenezcamos, salvaje o urbana, es que nos gusta adornarnos el cuerpo. Desde nuestros ancestros hasta la actualidad, ya sea con piercings, tatuajes, pinturas o con cualquier otro tipo de ornamentación que se ponga de moda.
Pero el que nunca dejaba de sorprenderme era mi querido Alex. Cada vez que volvíamos a encontrarnos reaccionaba como si fuera la primera vez después de muchos años. Me cogía en brazos, me daba vueltas en el aire y no se cansaba de decirme todo lo que me había echado de menos.
—Tú también me hacías mucha falta, Alex. Estaba deseando poder volver y estar en tus brazos otra vez.
—Cada vez que me separo de ti, siento que pierdo una parte de mí. Que me falta algo. Y cuando te vuelvo a ver, me siento completo de nuevo. Te quiero, Rita. Me haces muy feliz.
—Yo también te quiero, a mí me pasa lo mismo cuando no estoy contigo. Luego, al volver a estar juntos, recupero la parte de mí que dejé en ti.
—Somos un buen equipo, dos piezas de un engranaje que funciona muy bien, sin fricciones, con constancia, y con un ensamblaje perfecto.
—Ahora mismo no es perfecto, porque no te encuentras donde más me gusta que estés.
—Dime dónde, Rita.
—Dentro de mí. Ahí es donde siento que nos fusionamos realmente, que somos uno. Ohhh… cómo te he echado de menos. Bésame, bésame.
Nos fundimos en un beso cariñoso, lleno de ternura pero intenso. Desnudos en la tienda de campaña, iluminados por la luz rebotada en el techo de una potente linterna, disfrutamos en silencio de nuestros cuerpos acariciándonos mutuamente. Su piel era tan tersa como la mía, sus músculos fuertes y tensos. Su cuerpo era muy masculino. El roce de nuestras pieles siempre me erizaba el vello, me electrizaba el cuerpo. En nuestros encuentros sexuales saltaban chispas. Era como los fuegos artificiales, lleno de explosiones de luz y color. El ruido lo ponía yo, siempre fui muy escandalosa en la cama. Alex prefería disfrutar en silencio, pero yo necesitaba hablar, expresar lo que sentía, y oírle también me gustaba. Al principio siempre le pedía que me contase lo que estaba sintiendo, él hacía un esfuerzo y me complacía. Siempre he tenido dos clítoris. Uno en la vagina y otro en el oído.
Con el tiempo, aprendí a disfrutar solo con el tacto, el paladar y la vista. Las palabras ya no tenían tanta importancia porque ya nos conocíamos perfectamente, en la cama y fuera de ella. Bastaba con mirarnos para saber qué necesitaba el otro o qué estábamos sintiendo.
Nuestro viaje siguiendo el Nilo hasta el Mediterráneo duró unos cinco meses más. Pasamos por Sudán y terminamos en Egipto. El recuerdo que tengo de Sudán es amarillo, por su arena y por la extensión de su desierto. Desde que dejamos la frontera de Etiopía, pasábamos días sin llegar a ninguna parte. De pronto, nos encontrábamos con pirámides en ruinas, tumbas musulmanas en forma de conos, templos y, en mitad de la nada, una necrópolis real sobre dunas, con más de cuarenta pirámides de diversos tamaños. Pequeñas, muy pequeñas, comparadas con las de Egipto.
Pudimos ver las dos únicas cataratas del Nilo que quedaron en Sudán. Había seis, cuatro de ellas fueron inundadas por presas. La segunda, también llamada la Gran Catarata, está bajo el lago Nasser, en la parte egipcia, lago de Nubia, en la parte de Sudán.
El pueblo Nubio fue realmente lo que más me gustó de este país amarillo y arenoso. Vivían en pequeñas poblaciones cercanas al Nilo, bajo la sombra de los palmerales. Las fachadas de sus casas eran muy alegres, de un estilo muy peculiar y de colores muy vivos. La gente era muy hospitalaria, agradable, y les gustaba el paso de forasteros como nosotros. Alex hizo un amplio reportaje sobre los nubios. Pasamos allí casi un mes y nos hicimos muy amigos de dos familias que se unieron por la boda de sus hijos mayores. La celebración duró varios días. El novio llegó al pueblo con un camello ataviado hasta las orejas, cargado de regalos para la novia y para todas las mujeres de su familia. En la ceremonia, todas las mujeres iban cubiertas de joyas. Aros en las orejas, brazaletes, tobilleras, collares y anillos. Sus vestimentas eran de colores fuertes, como el rojo, el naranja y el amarillo. Su piel estaba decorada con tatuajes de henna. Se pintaban el rostro, las manos, los brazos y los pies. Nosotros fuimos invitados y me vestí como una más. Me adornaron el cuerpo con sus típicos abalorios y me tatuaron flores, ramas, semillas, hojas y distintas formas geométricas en las manos y en los pies. Lo bueno del dibujo con henna es que si no te gusta cómo te queda, sabes que en quince días desaparecerá del todo. Para ellos, los novios, este ritual del tatuaje tenía un significado más importante que el del simple adorno. Se les bendecía con salud, fertilidad, sabiduría y suerte.
Alex y yo aprovechamos para hacer nuestro propio ritual de boda.
—Ven aquí, Rita. Te voy a quitar los tatuajes con la lengua.
—Hummm… me encanta la idea. No pararás de lamerme hasta que no quede ni rastro de la henna en mi piel. Pero primero humedece tu lengua en mi chichi. ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!
—Como tú desees, mi ama. ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!
Recorrimos todo Egipto con el río Nilo de fondo. Estuvimos en varias islas y en los múltiples templos construidos sobre ellas. Visitamos Aswan, Luxor, Asyut, Al Minya, Al Fayyum, Al Jizah. Nos detuvimos en todos los pueblos de ambas orillas del río hasta El Cairo. Adoro este país. Tengo muy buenos recuerdos de él. Me gusta su gente, su gastronomía, sus templos, los zocos y sobre todo me fascina su historia. La del Antiguo Egipto. No me canso de visitar este bello e interesante país.
Al llegar a El Cairo, le regalé a mi compañero de viaje, y a mí misma, la estancia en un espectacular cinco estrellas con vistas al Nilo. Nos lo merecíamos después de tantos meses de viaje. Estuvimos en el fantástico Cairo Marriott Hotel. En la última planta, con una panorámica increíble de la ciudad. Lo primero que hicimos fue meternos directamente en la doble bañera con jacuzzi, donde nos pusimos a remojo con las burbujas, jugando con nuestros cuerpos hasta quedarnos totalmente relajados. Pedimos una botella de Dom Pérignon Rose y sus burbujas bajaron por nuestras gargantas acariciándolas y refrescándolas.
—Quiero brindar por ti, Alex, y agradecerte esta increíble aventura que hemos vivido en este gran continente. Gracias por este inolvidable viaje. No podía haber sido mejor.
—Y yo brindo por la increíble mujer que me acompañó. Y espero y deseo que sigas siendo mi compañera de viajes. Mi compañera de vida.
—Estaremos juntos hasta que uno de los dos decida marcharse. Yo quiero irme de tu lado muy viejecita, aunque no me gusta hacer planes a largo plazo, pero me encantaría envejecer a tu lado y que nos cuidemos hasta el fin de nuestros días, Alejandro Molina.
—Yo también, Rita Rico. Yo también —chocamos las copas y bebimos el delicioso caldo francés.
Volvimos a Madrid y Alex organizó y seleccionó sus mejores fotos. Varias revistas especializadas se interesaron por su reportaje sobre el Nilo y se lo vendió a muy buen precio a algunas de ellas. Fragmentó su recorrido en distintos reportajes que trataban diferentes temas. La vida salvaje, los pueblos nómadas, las tribus, las grandes ciudades, la flora y la fauna. Todo con el Nilo de fondo como tema principal. Tenía miles de fotos y tardó varios meses en preparar y presentar su trabajo.
Yo seguí con mis viajes por los museos más importantes del mundo, con mis asesores negociando nuevas concesiones. De vez en cuando Alex me acompañaba para aprovechar el viaje y presentar proyectos de exposiciones de sus fotos. Con los años, Alex fue haciéndose un hueco en el mundo de la fotografía digital en Europa y en América. Fue invitado de honor varias veces en exposiciones en Latinoamérica y en Europa del Este. A pesar de que muchos trabajos suyos eran de protesta o denuncia, Alex siempre tuvo mucha mano izquierda con las autoridades y sus trabajos generalmente no eran censurados.
En mis viajes a Nueva York, cuando Alex podía estar más tiempo conmigo, aprovechaba para estudiar alguna técnica nueva de fotografía. La última que aprendió fue la de las fotos en movimiento: cinemagraphs. También hizo cursos de varios programas de montaje y tratamiento digital, como el Photoshop, After, Fireworks, entre otros. Cada vez que vendía un reportaje o preparaba una exposición se tiraba semanas trabajando en las fotos hasta dejarlas perfectas.
Para su cincuenta y cinco cumpleaños le hice una exposición sorpresa, en la galería, con las mejores fotos de todos sus viajes. Escogí a nativos en sus quehaceres cotidianos y la titulé Gente en su mundo. Invité a políticos, gente de la prensa, del mundo artístico y, por supuesto, a todos nuestros amigos. Alex se emocionó muchísimo. En ningún momento sospechó lo que le estaba preparando. Algunas fotos las tuvo que retirar al día siguiente de la inauguración porque ya estaban vendidas. Pero Alejandro no se enfadó conmigo porque la exposición fue un éxito de público y, casualmente, al organizador de una galería londinense, que había pasado por allí para hacerme una visita, le gustaron tanto las fotografías de personas de todo el planeta en sus distintas actividades que quiso llevarla a su galería de Londres. Sobre todo le impresionó la selección de primeros planos con rostros tapados, adornados, envejecidos, sonriendo, llorando, gritando, con la mirada perdida. A esta sección de fotos la titulé Emociones vividas.
—¿Te das cuenta, Alex, que tus fotos son maravillosas sin retoques? Se vendieron todas en Londres. No hace falta que estés tanto tiempo metido en tu despacho, noche tras noche, para mejorar lo inmejorable.
—Eres muy arriesgada, Rita. Pero estoy sorprendido con tu gusto, yo hubiese escogido casi todas las que seleccionaste para la expo.
—Tengo un buen maestro y soy una alumna muy aventajada.
—No lo dudo. Ven a mi estudio. Te tengo una sorpresa.
Me enseñó una foto aérea de las cataratas Victoria con el río Zambeze de fondo. Alex utilizó la nueva técnica que había aprendido y la caída del agua estaba en movimiento.
—Ohhh, Alex. Es asombrosa. La caída del agua parece un video y lo demás permanece estático. Me encanta esa fusión.
—Así serán las fotos del viaje de Livingstone para el Reina Sofía. En el fondo de cada sala voy a poner un enorme video Wall, proyectando la foto más importante de cada espacio. Todas las demás estarán en movimiento, como esta, pero en distintos tamaños. ¿Qué te parece la idea?
—Me parece magnífica. Y conociéndote, trabajarás solo, como siempre. Menos mal que aún quedan tres años para la exposición.
—No me queda tanto tiempo. Me han encargado un reportaje para un dominical sobre las geishas. En quince días me voy a Japón y estaré allí un mes. ¿Te vienes?
—¿En quince días? Imposible. Pero a lo mejor me voy una semanita cuando estés terminando y nos encontramos en Phuket, hace mucho que no voy a Tailandia.
—Ya lo iremos hablando. Todo depende del tiempo que me lleve el reportaje. Aunque, por pasar una semana en la playa contigo, hago lo que haga falta.
Nos besamos, yo me fui a la cama y Alex a su estudio. Al encuentro de su segundo amor. La fotografía.
Hubo muchos momentos de mi vida que me marcaron para siempre. El año 2020 fue inolvidable por dos grandes acontecimientos. El primero fue que inventaron la Body Beauty Clean 2020. La famosa BBC 2020. La usaba con frecuencia. Tenía cincuenta y cinco años y los llevaba muy bien. Pero este invento del hombre me hizo llevar los años con mucha más facilidad. Cada vez que me metía en ella —aprovechaba algún viaje de Alex—, salía renovada, más joven. Alex me veía más guapa, más luminosa, y yo le decía que eran sus ojos. Los ojos de un enamorado. Nunca le conté mi pequeño secreto de belleza. Algún retoquito en la cara y en el cuerpo también me hice, pero nunca he pasado por el quirófano.
El otro hecho importante de este año fue que Alex y yo decidimos irnos de Madrid para vivir en las afueras. Compramos una parcela de dos mil metros y construimos nuestra casa domótica. A Alex le encantaba la tecnología y a mí la comodidad. La casa, de seiscientos metros cuadrados construidos, que para los dos solos era más que suficiente, está dividida en dos plantas. La fachada principal da a un enorme jardín, decorado de forma minimalista, estilo japonés, con su piscina y un pequeño invernadero de orquídeas. Con mi primer marido, Rafael, aprendí a tratarlas y a cuidarlas. Pasó a ser mi hobby, los ratos que estaba en casa.
Lo que más me gusta de la casa es la disposición de la parte de arriba. El dormitorio principal tiene un gran balcón que da al jardín. A la derecha, de la habitación, el baño y el vestidor de Alex y, a la izquierda, el mío con mi vestidor. Toda la casa, excepto el tejado y el garaje, es de cristal. En las mesillas de noche hay iPads con los que se controlan todos los programas de la casa. Con ellos, se chequean las luces, la climatización, se activa la alarma de seguridad y programamos la hora que queremos levantarnos, con música o con la tele.
Siempre ponemos para que se encienda una luz tenue y se conecte la música, que suena por donde vamos. A la media hora los cristales se vuelven transparentes, dejando que la luz ilumine de forma natural la habitación.
Todo está absolutamente programado. Las luces del jardín, las de la entrada de la casa y las de los pasillos se encienden automáticamente a través de sensores que hay instalados por toda la finca. Tenemos paneles de control en todas partes. Hasta en el espejo del baño puedes ver la tele, abrir tu correo electrónico o atender una llamada telefónica. Me encanta toda esa tecnología y el manejo no es nada difícil, pero en el momento en que algún sistema se cae, o algún programa se bloquea, entro en pánico si estoy sola. Me da terror que este avance y modernidad se vuelva en contra mía y me encierre en casa. Cuando Alex se fue a Venezuela y a Brasil a pasar una larga temporada, contraté a Héctor, mi informático del hogar. Se quedaba todas las horas extras que hicieran falta y siempre estaba disponible. Le pagaba muy bien para estar tranquila en las ausencias de mi querido fotógrafo aventurero.
Diseñamos la casa a nuestro antojo. El lugar en el que más tiempo pasábamos era en la sala de home cinema. Allí veíamos películas en 3D en una gran pantalla de cristal, sin gafas, y todo lo que Alex hacía en su estudio. También realizábamos videoconferencias con todo el mundo, presentábamos proyectos e incluso hicimos reuniones con museos y galerías.
Yo, por aquel entonces, ya empezaba a estar cansada de tanto viajar. Cada vez delegaba más la galería en manos de mi secretaria. La convertí en mi socia, sin serlo oficialmente. Pasé a darle participaciones de las ventas, igual que hizo Albert conmigo. Nunca me desprendí de la galería. Fue el legado más bonito que me dejó mi querido marchante. Sigo con su labor de ayudar a los artistas noveles hasta hoy.
Tardamos casi un año en construir nuestra casa futurista. Toda la instalación está alimentada por energía solar. Casi todo el tejado está revestido con paneles solares. Hicimos la casa todo lo ecológica que pudimos en su momento. Siempre fuimos amantes de la naturaleza, y todo lo que podíamos hacer para cuidar y preservar el medioambiente, lo hacíamos. En lo que se refiere a la alimentación, con los años, aprendimos a comer de forma más sana y eliminamos los animales de nuestra dieta, incluso los del mar.
A medida que vas cumpliendo años, te vuelves más consciente de la salud. Creo que es porque ves la vejez de cerca y te planteas la calidad de vida que quieres tener cuando seas mayor. Entonces la salud pasa a ser una prioridad. Bajamos la cantidad de alcohol que consumíamos, lo dejamos para las fiestas y las reuniones con amigos. Alex volvió a correr, siempre que estaba en Madrid, y yo contraté a un personal trainer, que venía a mi casa tres veces por semana para mantenerme en forma.
Los últimos dos años Alex estuvo muy liado y concentrado en su exposición del Reina Sofía. Era muy importante para él que fuera un éxito de crítica, y el resultado de ella le catapultó definitivamente al cosmos de los grandes fotógrafos internacionales.
Era el año 2023 cuando celebramos el homenaje del ciento cincuenta aniversario de la muerte de David Livingstone. Alex usó los últimos avances tecnológicos que pudo en sus fotos para presentárselas al público. Mezcló tecnología y sentimientos. Era una exposición muy moderna y muy emotiva a la vez. Contó toda la vida de este explorador y misionero escocés a través de imágenes estáticas mezcladas con la técnica cinemagraphs, que por aquel entonces solo se podía ver en internet. Expuso su obra en gigantescas pantallas de cristal flexible donde el espectador se sorprendía al ver que las fotos podían apreciarse en distintos ángulos. Dependiendo de dónde te situabas, veías partes de la escena que no podías observar desde el lado opuesto. Era como estar allí, en el paisaje o con los nativos.
Con esta técnica digital dio movimiento al pelo de los nativos; al fuego; al agua; a las hojas de los árboles; a canoas que entraban y salían de la escena; y a alguna mirada en primer plano, con los ojos parpadeando.
La joya de la exposición era un video, sobre una mesa redonda, que proyectaba la vida cotidiana de una tribu. No habría sido nada extraordinario si no fuera porque utilizó la holografía. Era como ver a diminutos seres en sus vidas diarias sobre una base de cristal. A Alex le costó mucho crear y preparar la exposición, y también la inversión económica fue bastante elevada. Pero mereció la pena. Tuvo tanto éxito de público que el museo español quiso renovarla otros tres meses más, pero la Tate Modern ya nos había hecho una excelente oferta y la exposición se fue para Londres.
Alejandro Molina, con sesenta y dos años, se convirtió en uno de los fotógrafos más cotizados del momento. El precio de sus fotografías pasó a ser de los más altos del mercado y varios museos de arte moderno de todo mundo organizaron exposiciones de los temas que a él le apetecía en cada momento. Ya no solo sus fotos eran famosas, sino también su nombre.
Éramos muy felices. Estábamos mucho tiempo juntos, pero nos sentíamos libres. No había compromiso ni obligaciones. Había respeto, deseo de compartir, de estar, de ser. Pero íbamos cumpliendo años y nos asustaba la idea de que, igual que le pasó a Albert, muriésemos sin herederos. Alex tenía solo un hermano y una sobrina con los que apenas tenía relación. Sus padres ya habían muerto, igual que los míos. Yo tuve dos sobrinos, pero mi contacto con ellos era casi inexistente. Me felicitaban por mi cumpleaños porque las redes sociales nos chivan las fechas de nacimiento de las personas que tenemos en la lista de contactos. De mi parte, el único ser que siempre ha sido como una hija para mí, es Aline Novoa. Mi ahijada. Ella siempre me visitaba en la galería o pasaba algunos días conmigo en casa. Varias veces me acompañó en mis viajes de trabajo a París o a Londres. Aprovechábamos para ver musicales e ir de compras. A Alex no le gustaban los musicales, así que hicimos un trato: yo cambiaba un musical por algún partido de fútbol importante, como alguna final de la Champions League o de los mundiales cuando España llegaba a semifinales. Veíamos el partido de turno y visitábamos la ciudad y su entorno. Para mí, realmente era una muy buena excusa para visitar lugares que no conocía.
Decidimos casarnos. Él, con sesenta y cuatro años, y yo, con sesenta. Hicimos a Aline nuestra heredera universal. Como no teníamos hijos, las leyes no nos obligaban a nombrar a nadie de la familia como herederos. Así que, cuando me muera, mi ahijada quedará forrada. Pero la galería la dejaré bajo la dirección de Ana, pasando a ser suya entonces, pero con la condición de no cambiar el nombre del negocio.
Nos casamos en el ayuntamiento del pueblo donde vivíamos y, por la noche, dimos una gran fiesta en nuestra casa. Celebramos mi cumpleaños y nuestra unión oficial.
Era la tercera vez que me casaba. Y, sinceramente, esperaba que por ser la tercera vez, fuera también la vencida. Por fin había terminado la búsqueda agotadora, pero placentera a la vez, de mi príncipe azul. Llevábamos muchos años juntos y tenía miedo de que, al formalizar nuestra situación, la cosa fuera mal. Eso les pasa a muchas parejas. Pero en nuestro caso no fue así. Teníamos muy claro que lo hacíamos únicamente por nuestro legado, por nuestras propiedades. No nos afectó en absoluto, al contrario, nos tranquilizó. Los derechos de sus obras también los heredará mi ahijada. Nunca fuimos muy familiares y la descendencia nunca formó parte de nuestros planes de vida.
Pero la vida siempre te da sorpresas. Y la mía siempre estuvo llena de ellas. Por eso resolví, a mis sesenta y cinco años, escribir mis memorias.
Un año antes de que Alex se jubilara oficialmente, quiso hacer su último reportaje de aventura por el mundo. Su destino fue Venezuela y Brasil. Quería plasmar en fotos el Parque Nacional de Canaima, en la región de Bolívar, y Roraima, al sur de Venezuela. Su objetivo, además de la selva tropical, eran los tepuyes. Grandes formaciones rocosas, muy altas, con paredes verticales y cimas planas. Son las formaciones más antiguas del planeta. El tepuy más famoso es el de la cascada más alta del mundo, conocida como el Salto del Ángel. También, en el mismo estado de Bolívar, Alex quería hacer un reportaje sobre la comunidad indígena de la etnia Pemón. Luego, pasar a Brasil, al estado de Amazonas, para conocer a la tribu de los Yanomamis, que se extiende entre los dos países. Recorrer el río que da nombre al estado y llegar hasta Manaos, su capital.
El viaje era muy tentador. Pero me parecía demasiado salvaje su plan de caminar por la selva, descender ríos y subir los tepuyes. Además de quedarnos con los indios el tiempo que ellos nos permitiesen y no pisar la civilización hasta que tuviese concluido el reportaje. Y, conociéndole, estaríamos varios meses. Estaba en forma, pero, a mi edad, ya no me apetecía tanta aventura, tanta incomodidad. Sin embargo, él lo necesitaba, y lo hizo. Y yo no se lo impedí.
Así se marchó a su gran aventura. La mayor que vivió hasta hoy.
Contrató a un ayudante de cámara venezolano que conocía muy bien la región, y voló a Caracas. Hablábamos todos los días por videoconferencia. Lo bueno de internet es que llega a casi todos los rincones del planeta. Las fotos que él iba haciendo me las enviaba y yo las archivaba en carpetas, con los nombres de los lugares y sus experiencias allí. Hubo días en que la comunicación era imposible y esperaba angustiada noticias suyas. Además de las fotos, me mandaba un diario de lo que iba viviendo y encontrando en aquellos lares. Explicaba la flora y la fauna endémica de la región de los tepuyes, narraba toda la experiencia vivida con los indígenas, la variedad de serpientes con que se topaba en plena selva, los gigantescos insectos y las devoradoras hormigas del lugar.
Durante todo el viaje de Alex en Sudamérica, mi corazón no estuvo tranquilo, a pesar de hablar con él con bastante frecuencia. A lo largo de mi vida, a causa de todas las experiencias que viví, desarrollé mi intuición, y, además, Alex y yo, teníamos una gran conexión. Siempre que le pasaba algo, bueno o malo, lo intuía, y luego él me lo confirmaba. Sonaba el teléfono y, sin mirar, adivinaba cuándo era él. Sabíamos cómo nos sentíamos, con solo mirarnos. Desarrollamos una comunicación no verbal. Todo esto gracias a nuestra honestidad, el uno con el otro. Siempre poníamos sobre la mesa lo que no nos gustaba en el otro o con lo que sí estábamos de acuerdo, pero siempre siendo sinceros y actuando en consonancia con nuestra verdadera persona. Hasta llegamos a coincidir en varias ocasiones en el mismo sueño. No era el mismo escenario, pero estábamos los dos juntos en nuestros respectivos sueños, la misma noche. Estando en la misma cama o a miles de kilómetros de distancia. Todo esto lo logramos a base de esforzarnos por mantener la magia en cada momento de nuestras vidas. Aprendimos a escuchar a nuestros corazones. Cuando sigues el dictado de tu corazón, solo puedes amar y ser libre. La mente debe unirse al corazón y no dominarnos con sus constantes juicios, que no son más que el fruto del miedo y la inseguridad. Cuando se produce esta unión, todo es posible.
Pero esta vez mi corazón le comunicaba a mi mente que el viaje de Alex sería una aventura que él jamás olvidaría. Y yo tampoco.
Después de tres meses viajando por la región de Bolívar, Alex y su ayudante cogieron una avioneta para sobrevolar la selva amazónica en la parte sur de Venezuela y llegar al poblado indígena, en la frontera con Brasil. Harían una parte por el aire y otra por río, hasta la población de los yanomamis. En nuestra última conexión me comentó que tardaría en volver a ponerse en contacto conmigo, porque esta población indígena tenía muchas aldeas esparcidas por la selva, a varios kilómetros de distancia unas de otras. Y bastante lejos de la civilización. Los yanomamis siempre estuvieron amenazados, por los colonos, por los religiosos, por los blancos, que les llevaron enfermedades que no podían combatir con la facilidad con que lo hacemos nosotros. Alex consiguió un permiso especial para acercarse a ellos y hacer un reportaje. Solo podían ir él y su ayudante. Les hicieron un exhaustivo chequeo médico antes de salir al encuentro de su fatídico destino.
Dos semanas sin saber nada de Alex. Decidí investigar si les había pasado algo, a pesar de que él me había advertido que le llevaría tiempo volver a ponerse en contacto conmigo. No sabía de cual aeropuerto habían salido y llamé a los periódicos del país. Me costó mucho que alguien me diera alguna información. Me fueron pasando con varios periódicos hasta que por fin conseguí que me informaran de que hacía dos semanas una avioneta de la compañía Canaim Air, una empresa privada de taxis aéreos, había desaparecido al poco de despegar. En ese momento empezó mi odisea con las autoridades venezolanas. Me confirmaron que en la avioneta iban Alex, su ayudante y el piloto. La noticia me heló el corazón, me paralizó el cuerpo y me desplomé en el sillón de mi despacho. Ana, mi secretaria, me trajo un ansiolítico y un vaso de agua. No quise tomarlo. Necesitaba pensar. Necesitaba estar al cien por cien para actuar e ir en busca de mi marido. Probablemente, como las autoridades locales me dijeron, estarían muertos. La espesura de la selva dificultaba la búsqueda. Los helicópteros llevaban dos semanas rastreando desde el aire sin encontrar nada. Estaban buscando en las inmediaciones del punto en donde se encontraba la avioneta cuando se comunicó por última vez con la torre de control.
—Ana, llama a todas las agencias de viaje con las que trabajamos y reserva el primer vuelo que salga para Caracas. Mientras, voy a llamar a Paulo, el marido de Marta, para que use sus influencias desde Brasil y la búsqueda no cese.
Hablé con Paulo y quedé con él en Caracas. Al llegar a la región de Bolívar, de donde despegó el bimotor, nos recibieron el gobernador y un empresario, el dueño de la compañía aérea. Nos contó que, a los cuarenta minutos de despegar la avioneta, el piloto comunicó a la torre de control que se encontraba en una situación de emergencia. Un motor se había parado y tenían que hacer un aterrizaje forzoso. A continuación, la torre perdió el contacto con el aparato y, rápidamente, avisaron a las autoridades locales para empezar la búsqueda de la avioneta.
Paulo consiguió que los dos países se pusieran de acuerdo, y cada uno dispuso un equipo de rescate en su lado de frontera.
Estuvimos dos semanas en Venezuela hasta que, después de un mes de búsqueda infructuosa, la brigada de rescate la dio por finalizada.
Volé a Brasil con Paulo y me encontré con mi mejor amiga, que me recibió una vez más con los brazos abiertos para consolarme.
—No me creo que Alex esté muerto.
—Pero ya sabes lo que dijeron, Rita. Es imposible que después de un accidente en plena selva amazónica, los encuentren con vida. Si no les mató la caída de la avioneta, lo habrá hecho algún animal salvaje, o una picadura de serpiente o de..
—Me da igual. Yo siento que Alex está vivo. Lo sé. Lo sé —rompí a llorar.
Mi amiga me abrazó y empapé su blusa con mis desconsoladas lágrimas. No quería aceptar que hubiese muerto. Habría dado lo que fuera, todos mis bienes, por rescatarle con vida.
Estuve un mes más en Brasil. El marido de Marta organizó un equipo de rescate terrestre para rastrear la zona de la frontera con Venezuela. No encontraron nada.
Ni todo el oro del mundo puede con la naturaleza. La selva es muy grande y todo lo que cae en ella, ella lo engulle.
Volví a España frustrada, decepcionada. El sentimiento de impotencia era muy grande. No podía hacer nada. Solo aceptar que Alex había desaparecido, pero, sin su cuerpo, no podía asimilar que hubiera muerto. No me lo quería creer, o intuía que estaba vivo.
Seis meses después del accidente, Paulo me llamó para darme la última noticia sobre mi desaparecido Alex. Habían hallado la avioneta partida en dos. Encontraron restos de dos cuerpos, que lo identificaron como el del piloto y el del ayudante. Fue fácil reconocerlos, puesto que los dos eran del país. Sentí una enorme pena por ellos, pero mi corazón se alegró de que no estuviera el cuerpo de Alex.
—Rita, no quiero quitarte la esperanza de que esté vivo, pero seis meses después es muy probable que haya muerto de otra manera. Estaría malherido por el accidente o cualquier cosa le puede haber pasado después de tanto tiempo.
—Me voy para allá, Paulo. Tenemos que buscarle. Estoy segura de que está vivo.
—Pero, si lo está, ¿dónde se encuentra? Además, tu allí no puede hacer nada. ¿Vas a buscarle tú misma por la selva?
—No sé qué haré, pero aquí no hago nada. No quiero rendirme.
—Te entiendo, pero ¿qué puedes hacer? Quédate ahí. Veremos si podemos movilizar otro equipo que rastree la zona varios kilómetros a la redonda del lugar del accidente. Te tendré informada de cada paso que den.
Pasaron otros dos meses de angustia y no encontraron ningún signo de nada, ni siquiera de que Alex se pudiera haber salvado. Dieron por finalizada definitivamente la búsqueda.
Lloré, lloré y lloré. Mi querido Alejandro Molina, mi verdadero y gran amor, se había ido para siempre. No celebré un funeral, tampoco le hice un homenaje, como hice con Albert. Para mí, él no estaba muerto. Todos los días le rezaba, hablaba con él y le mandaba mi amor allá donde estuviese. Pasé muchos meses de duelo hasta aceptar la dura realidad. Atravesé por todas las fases. La negación, la ira, la tristeza profunda hasta llegar a la aceptación.
Mis amigos de Brasil me animaron a que pasara con ellos una temporada, pero rehusé su invitación. Necesitaba estar sola. No quería salir de la realidad corriendo, como hice cuando murió mi segundo marido. Quería estar donde estaban nuestras cosas, sus cosas. Miré sus últimas fotos en su estudio y resolví dejar todo como él lo dejó. No toqué tampoco su vestidor ni su coche. Todo se quedó como si él aún estuviese conmigo. No me cambié de casa porque en ella fuimos muy felices. La construimos juntos, a nuestro estilo y según las necesidades de cada uno. No, no quise huir. Quise enfrentarme de cara con lo que más tememos. La muerte. La propia da miedo, pero la de un ser querido es muy dura, nos hace enfrentarnos con la ausencia, con la soledad.
Estaba sola otra vez. Mi vida fue un continuo abandono y una continua búsqueda de llenar ese vacío de no sentirme querida. Me pasé toda la vida recomponiendo mi corazón que, con cada pérdida, se rompía en mil pedazos.
Ulises se marchó de mi vida porque no podía darme lo que una chica tan joven necesitaba: atención constante, juegos y fiesta.
Alfredo era atento, cariñoso, materialmente generoso, pero, sexualmente hablando, no me satisfacía del todo. Era un egoísta con respecto al sexo y nunca le preocupó el hecho de que no fuera feliz con él en la cama.
Rafael, su padre, me daba todo lo que el dinero podía comprar y todos los placeres del sexo. Me abandonó cuando decidió aislarse de la sociedad, dejándome enganchada al sexo y al consumismo sin control. Era muy joven todavía y lo único que conseguí fue ahondar más el agujero que sentía en mi interior, rompiéndome el corazón, que ya estaba lleno de heridas.
Busqué el remedio para curarlas en la cama de muchos hombres hasta que uno definitivamente me mostró que el camino que había emprendido era el equivocado. Este fue el violador del hotel, Fred. Salí corriendo de mi vida completamente destrozada, humillada y hundida.
Este horrible hecho me hizo recapacitar y plantearme las preguntas más difíciles que me he hecho en la vida. ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué estoy buscando? ¿Qué coño quiero? Estuve meses tratando de encontrar la respuesta hasta que la naturaleza me la dio en la cima del Kilimanjaro, cuando pude superar el reto del ascenso y enfrentarme a todos mis miedos. Estaba lista para recomenzar mi vida, sola otra vez. Pero se me cruzó un hombre que puso a prueba lo que supuestamente ya había aprendido. Alex. Él abrió mi corazón y cerró mis viejas heridas, para después herirme abandonándome, sin que yo pudiese entender su marcha.
Sola otra vez y teniendo que volver a recomponer mi corazón roto, entendí que no podía tener el control de nada que no estuviese en mis manos. Era yo la que tenía que cuidarme a mí misma, amarme y llenar mi propio vacío. Al pensar que Alex era la respuesta a todas mis necesidades, lo único que logré fue hundirme más en mi soledad cuando se fue. Su huida me enseñó a vivir sola y a no esperar nada de nadie.
Albert fue como un ángel que pasó por mi vida. Con él aprendí a vivir el día a día, a disfrutar y a agradecer todos los momentos, sin expectativas. Mi corazón se curó del todo con él. No le amé como a un hombre, le amé como a un maestro paciente y comprensivo que me enseñó a calmar mi corazón y a relajar mi mente. Pero lo más importante que aprendí fue a no luchar contra la naturaleza, a fluir con la corriente. Él me dejó su mayor legado: su amor, su bondad y su alegría de vivir.
Cuando Alex volvió a mi vida, no se encontró con ningún vacío que llenar y tampoco ninguna herida que sanarme. Él, a su vez, también había curado su corazón, y se encontró con el mío, que estaba sano y lleno de amor para compartir. Cada uno había entendido por su cuenta que ninguno de los dos éramos la medicina que el otro necesita. Somos responsables de nosotros mismos y no tenemos el derecho de cargar a nadie con nuestras frustraciones, con nuestros dolores. Todos tenemos que descubrir nuestra propia medicina.
Así fue cómo pudimos estar juntos todos estos años, sin fricciones, con respeto y libertad. Pero, con su accidente, la vida otra vez me dejó sola. Otra vez tuve que enfrentarme a la soledad y al abandono involuntario de Alex. Sin embargo, ya no me sentía sola ni vacía. Hice todo lo que pude para encontrarle y salvarle, pero una vez más entendí que no estaba en mis manos el traerle a casa.
Me entristecí cuando las autoridades de Venezuela y Brasil dejaron de buscarle. Solo me quedó pensar que al menos no hubiese sufrido al morir.
El tiempo pasó, concretamente dos años, y perdí totalmente la esperanza de volver a verle. Lo único que hice durante aquella época fue recordar todos los maravillosos momentos que compartimos en nuestros viajes y en nuestro día a día. Las lágrimas que derramaba eran de emoción y agradecimiento por todo lo vivido y aprendido con él.
Seguí con mi vida, bastante alejada de la galería. Viajaba lo menos posible. Dejé que mis asesores lo llevasen todo. Solo quería dedicar mi valioso tiempo para mí. Tenía tantos recuerdos, tantas experiencias, que decidí escribir mis memorias. Con la ayuda de Héctor, mi informático del hogar, archivé en un PC todos los momentos de mi vida. Todas las personas que me marcaron, todos los países que visité, todos los eventos relevantes a los que acudí, todas las buenas y malas experiencias de mi existencia..
Una vez archivado todo, hice una selección de lo más importante para contarlo aquí, en este libro. Los hombres con quienes simplemente me divertí los cuento en mi blog, pero los que realmente me importaron se quedarán aquí y en mi corazón.
En mitad de este proceso de selección, que duró mucho tiempo, recibí una llamada. La llamada más importante y sorprendente de mi vida.
—¿Rita? —oí su inconfundible voz al otro lado del teléfono, a pesar de ser más pausada de lo habitual.
—¡¡¡Alex!!! ¿Eres tú?
—Sí, Rita. Soy yo.
Le recogí a los dos días en el aeropuerto de Barajas. Estaba muy flaco, con una larga barba blanca y una melena gris claro que le pasaba los hombros. No se parecía al Alex que conocía. Pero su profunda mirada y sus brillantes ojos azules eran inconfundibles. Nos abrazamos y, al pegar nuestros cuerpos, pude sentir la chispa, la misma chispa que sentí cuando nos abrazamos por primera vez, en la cima de la mágica montaña. Era él. Mi adorado Alex. Estábamos juntos otra vez, y juntos seguiremos hasta que la vida decida separarnos definitivamente.
Y este ha sido mi largo recorrido en busca del hombre perfecto. Mi príncipe azul. Azul en sus ojos y, en su ser, todos los colores del arco iris, incluido el negro que no se ve.
Con todo este bagaje y todos nuestros colores, nos fuimos a vivir a una isla de Indonesia. Un paradisiaco lugar donde los vehículos motorizados están prohibidos. El lema de la isla es No cars, no motorbikes, no worries.
En este paraíso particular, nos divertimos contando nuestras aventuras en nuestros respectivos blogs y contestando a los miles de seguidores que tenemos. Él, en El mundo de Alex Molina, nombre que dio a su blog, cuenta todas sus aventuras por el mundo y lo usa como un portal de protesta y divulgación de las barbaridades que, aún hoy, siguen existiendo en el planeta. Ha empezado, igual que yo, a escribir sus memorias. Cada seis meses volvemos a España para controlar nuestros intereses y luego regresamos a nuestro pequeño mundo. Al mundo de Rita y su único hombre. Alex.