Capítulo Uno
Emma James quería escapar del aburrimiento de su vida. Todo lo que hacía era predecible. Después de terminar con honores en la universidad de Dartmouth, iba a estudiar derecho en Harvard en otoño, tal y como habían hecho su padre y su hermano mayor antes que ella. Si Emma se pareciera en algo a su hermano mayor, Bradley, encontraría al "chico definitivo" en Harvard, se casaría al acabar derecho, y estaría cargada de niños poco después de convertirse en socia junior de un importante bufete de Washington DC. Estaba predestinada.
Después de todo, el senador Alan James Senior lograba todo lo que se proponía.
Esa noche Emma había ido con sus dos mejores amigas, Alexis y Parker, al local de moda de Georgetown, para fantasear con que era libre. Fue una especie de rebelión por tener que estar otras dos semanas más enterrada bajo gruesos tomos de jurisprudencia y encadenada a la biblioteca preparando el inicio de las clases. Su padre insistió en que se acostumbrara primero a los textos legales, puesto que sabía lo duro que le resultaría, al haber sido él mismo abogado antes de convertirse en senador. Tras haber estado varias horas encerrada en el sótano, tuvo la sensación de que la vida pasaba por delante sin disfrutarla. Necesitaba un respiro.
―Es tu cuarto Grey Goose. ―La reprendió Alexis, mientras se apartaba un largo mechón color miel de la cara. Cuando frunció el ceño, su nariz aguileña parecía aún más angular y pronunciada.
―Sólo es medianoche. ¿No prefieres que nos vayamos?
Emma puso los ojos en blanco y dio un trago a su vodka con tónica.
―Apenas bebo. Qué diablos, apenas hago nada aparte de estudiar.
―Lo sé, y por eso lo vas a lamentar en menos de dos horas. ―respondió Alexis, bebiendo tranquilamente su ron con cola, y añadió:
―Pero, ¿qué es lo que te agobia tanto?
Emma suspiró y miró a la multitud. Parker ya estaba bailando, flanqueada por dos chicos de la fraternidad enfundados en polos de color pastel con los cuellos levantados. Era una chica alta, esbelta, de largas piernas, justo lo contrario que Emma, que, lejos de ser fea (su madre siempre decía que tenía "una cara bonita"), no era exactamente lo que en la avenida Madison considerarían una belleza. Su cabello era rubio natural, tan claro que parecía blanco, y tenía los ojos azules, aunque no era exactamente delgada. Es decir, tenía sus curvas, y un cuerpo voluptuoso y algo rubenesco.
Con un metro sesenta, era bajita, can anchas caderas y un busto más generoso de lo que a ella le hubiese gustado. Nunca sería tan espectacular como Parker, que podía ser modelo si los estudios universitarios le fallaban, ni como Alexis, a la que se le pegaban los chicos fuera donde fuese. La opción que le quedó a Emma fue convertirse en la lista del grupo, la alumna estudiosa y aplicada, la paciente amiga que ayudaba a los demás a enfocar mejor sus problemas. Normalmente no le importaba su físico, pero entre otro sermón de su padre y su inminente ingreso en la facultad de derecho, Emma estaba empezando a preocuparse por todo.
―Es que quizás no es todo tan genial.
Alexis resopló. ―Soy yo la que no tiene más remedio que estudiar derecho en la universidad estatal. Tú eres muy afortunada, querida.
―Quizás yo no pienso así― murmuró Emma, antes de terminar su bebida y saltar a la pista de baile.
Tal vez otra persona podría dejar de lado esas preocupaciones y dejarse llevar por la locura de la noche, aunque en realidad ella nunca había sido ese tipo de chica. En el instituto sólo tuvo un novio y, después, un fugaz compromiso en su último año en Dartmouth. Kevin, su prometido, había resultado ser un completo idiota. Emma se lo encontró en la cama con otra al regresar pronto de un viaje, tras entrar en el apartamento que compartían ambos. Desde entonces, su vida había sido básicamente la de una monja. Un infierno para su autoestima, pero excelente para sus notas.
Dirigiéndose al grupo de Parker, Emma sorteó a la gente que danzaba y reía, hasta llegar al lado de su amiga, y se unió al baile. Le encantaba. Sintió el repiqueteo del bajo, y el calor de la gente que la rodeaba, mezclándose entre sí, bajo las luces estroboscópicas que destelleaban sobre la pista. Cerrando los ojos, Emma se apoyó en Parker moviendo las caderas al ritmo de su amiga. Se escucharon silbidos y aplausos por parte de la gente que las observaban, y, por un momento, fue divertido formar parte del grupo con el que todo el mundo quería bailar.
Una vez que se calmó el alboroto, Parker se separó y se fue con los dos chicos, dejando a Emma bailando sola y sintiendo cómo su pulso se aceleraba al ritmo del tema de hip-hop que salía a todo volumen por los altavoces.
Cuando abrió los ojos de nuevo, fue porque Alexis le estaba dando golpecitos en el hombro. Unos inquietos ojos verdes se clavaron en los suyos.
―Parker se ha ido a casa con Grant y Matt. Y ha llamado mi hermana, que está al final de la calle, en el restaurante Sullivan’s. ¿Quieres venir conmigo?
Emma se obligó a no fruncir el ceño mientras seguía a su amiga hasta una esquina de la pista de baile. Cada vez que comían juntas, pasaba lo mismo, pero esa noche haría todo lo posible por evitarse el mal rato. Cuando Emma iba a un restaurante, lo hacía, obviamente, para pedir comida y disfrutar de ella. La hermana de Alexis, por el contrario, no tomaba más que una minúscula ensalada y un vaso de agua... para luego pasarse el resto de la noche sermoneando impertinentemente a Emma sobre lo malo que es cenar en exceso. Lo último que quería era juntarse con alguien que la regañara mientras saboreaba la última copa de la noche
Pero Alexis era una buena amiga, por lo que Emma encontró la manera de declinar su invitación con sutileza. Fingiendo un bostezo, sonrió.
―No. Ve tú. Prometí a mis padres que volvería pronto para poder almorzar con ellos mañana. Debería irme antes de que todo me empiece a dar vueltas.
Alexis dudó, y miró de reojo hacia la puerta del local. ―Hemos aparcado a varias manzanas y está bastante oscuro.
―Y resulta que estamos en Georgetown, rodeadas de universitarios y boutiques. No hables como mi padre, que esto no es el centro ni hay cerca ningún fumadero de crack.
―Cierto. Sólo quiero que llegues bien a casa. Pero si estás segura... ― añadió su amiga, mordiéndose el labio.
―¡Por supuesto! Todo está controlado. No está tan lejos, ¿qué podría pasarme? ―respondió Emma, yendo en dirección a la mesa y recogiendo su bolso. Dejó unos billetes de propina para el camarero, que había sido muy amable, y al fin y al cabo, alguna ventaja tenía que tener vivir en una jaula de oro. Al menos podía dar buenas propinas a los desafortunados que habitualmente tenían que lidiar con los borrachos del mundo.
―Te llamo cuando llegue a casa. Si no tienes noticias mías en una hora, es que me ha pasado algo, ¿de acuerdo?
―Vale. Aunque no te va a pasar nada por ir a comer algo al Sullivan’s, y así luego nos vamos juntas.
Sólo que Allison no le quitaría el ojo de encima y soltaría su risita con cada patata frita que rozara sus labios. No, gracias.
―No, me marcho a casa, estoy cansada, luego te llamo ¿vale? ―insistió ella, abrazando a su amiga.
Después de todo, ¿qué le podía pasar por caminar sola cuatro ridículas manzanas?
***
Durante el primer tramo, todo fue bien.
No era tan tarde, y de vez en cuando se cruzaba con grupos de universitarios de su edad, que iban de bar en bar por aquella calle. Pero al cruzar a la siguiente manzana, una zona apartada de los locales y mal iluminada, Emma dejó de ver a otros jóvenes. En la tercera manzana se dio cuenta de que un escalofrío le recorría lo más profundo de sus entrañas.
Había un hombre detrás ella. Al principio no estaba muy segura. Al fin y al cabo, lo más probable era que también se dirigiera al aparcamiento, pero había algo raro. La iba siguiendo muy de cerca, y sus pasos parecían coordinarse con los suyos.
Hasta le pareció notar su aliento caliente y pútrido en el cuello.
Cuando se detuvo en seco, él hizo lo mismo.
Tragando saliva, apretó su bolso con fuerza y empezó a correr.
En un primer momento, Emma pensó que todo había sido paranoia suya, porque el hombre no se puso a correr tras ella, pero de repente sintió cómo apresuraba el paso. Se paró y miró por encima del hombro a su supuesto perseguidor. Parecía estar caminando con rapidez, adrede. Su piel se veía oscura bajo la luz de la farola, tenía una tez olivácea y unos ojos negros que se cruzaron con los de ella. Pero lo que más la alarmó fue su barba; era larga y gruesa, y le recordó a las que lucen los terroristas de Oriente Medio en los telediarios.
Dios mío, ¿Qué está pasando?
Hacia la cuarta manzana, Emma corría hacia su coche a toda velocidad, y de pronto, el hombre se puso a correr. Ella jadeaba, mientras el sudor le corría por la frente. De repente, al girar la esquina del área de estacionamiento, perdió una de las sandalias, y con una patada se deshizo de la otra. Al cuerno. Podía comprar otras, podía hacer cualquier cosa siempre que ese tipo no la tocara.
Cuando llegó a su Volkswagen Escarabajo, buscó en el bolso, apartando a un lado el móvil y el maquillaje. Su llavero era grande, una cabeza de Yoda por la que sus amigas le tomaban el pelo, pero que era muy útil para encontrar las llaves tanto en el apartamento como en el fondo del bolso. En ese momento, se sintió muy afortunada de tenerlo. Emma tomó las llaves y pulsó el botón para abrir el coche. Estaba rozando el tirador de la puerta cuando su perseguidor la alcanzó.
La agarró con fuerza del brazo, y ella gritó ¡Fuego! tan alto como pudo. Hacía tiempo que le habían enseñado que esa palabra es más efectiva que cualquier otra para pedir ayuda en una situación así.
El hombre trató de tirar de ella, pero Emma se echó hacia atrás, contenta, por una vez, de tener unos kilos de más, haciendo que su asaltante perdiera el equilibrio.
―¡Zorra!―gritó él, y añadió un sonido desagradable y gutural, en un idioma que ella no pudo identificar.
Él extendió la mano de nuevo con la intención de agarrarla, pero Emma estaba preparada. Con un movimiento rápido, le dio un rodillazo en la entrepierna. Su aspirante a captor gimió y cayó al suelo. Gracias a Dios. Emma no esperó. Se retorció para abrir la puerta y entró en el coche de un salto. No se molestó en cerrarla antes de poner en marcha el motor.
―¡Vamos, vamos!
Fue entonces cuando sintió una descarga de electricidad provocada por una pistola taser, y se dio cuenta, con horror, de que había más de un hombre, y que habían venido preparados para secuestrarla.
***
La sacudida de la pistola eléctrica fue suficiente para hacerle perder el conocimiento. Cuando despertó, se encontró en la parte posterior de un VUD. Por desgracia, tenía las ventanas tintadas, tan oscuras que se preguntó si el tinte sería legal. Nadie podía verla. Con el corazón latiéndole a mil por hora, intento acercarse a la ventana para golpearla y llamar la atención de la gente para que la liberaran.
Pero sintió el frío cañón de una pistola clavándose en sus costillas.
―¡Ay! ―Gritó, y al parpadear distinguió a cuatro hombres que la rodeaban. Los asientos del todoterreno se habían recolocado de forma que quedaban unos frente a otros, como en las limusinas en las que su padre se desplazaba al Capitolio. Escudriñó a los cuatro hombres a la vez, eran grandes y musculosos, y no le quitaban el ojo de encima. Todos tenían el mismo color de piel y lucían largas y tupidas barbas negras.
―¿Qué está pasando? ¿Quiénes sois?
Uno de ellos, el más alto, y al que le faltaba un ojo, centró su atención en ella. Tiró de la solapa de su chaqueta hacia atrás, lo suficiente para revelar la pistola taser allí escondida, haciéndole entender a Emma que había sido él el que la había dejado inconsciente.
―Trabajamos para el Jeque Munir Yassin de Yoman.
A Emma se le heló la sangre en las venas. Conocía ese nombre. Cualquiera que hubiera visto últimamente las noticias lo conocía. Yassin era el nuevo gobernante de aquel reino en mitad del desierto, y había llegado al poder el año anterior, después de que su padre hubiese abdicado tras sufrir un fallo cardíaco. Era un aliado en potencia para los Estados Unidos, en una zona del mundo realmente inestable, pero nadie había conseguido influir en él ni convencerle para que firmara una alianza con Occidente. Aquel hombre era todo un enigma, tal como le había contado su padre.
Papá se enterará de mi ausencia muy pronto.
Su padre era el presidente del Comité de Servicios Armados y un auténtico lince en asuntos de guerra.
―¿Qué queréis de mí?
El hombre que había empezado la persecución le lanzó un escupitajo, pero su osadía fue inmediatamente recompensada con una sonora bofetada por parte del tuerto.
―No, nadie va a hacerle daño. Esas fueron las órdenes explícitas del Jeque. Kashif, serás castigado.
―Esta zorra me ha atacado.
El tuerto rió. ―Entonces deberías avergonzarte de que una mujer te haya superado, sin mencionar que es una civil, sin entrenamiento. Yo, en tu lugar, no querría que esa historia llegara a oídos del Jeque, o te pondrá a vigilar los baños del palacio en cuanto regresemos a casa.
―¿Palacio? ―preguntó Emma. ―Mirad, tengo que irme a casa. Tenéis que dejarme ir. No tenéis ni idea de con quién estáis tratando.
―Eres la hija del senador James. Sabemos exactamente a quién nos han ordenado que capturemos.
―¿Capturar?―Exclamó, deseando tener una réplica más ingeniosa. En ese momento, quería hacer algo estúpido, como arrojarse contra la puerta e intentar salir del vehículo, pero estaba segura de que si se movía le iban a llenar el cuerpo de balas.
―Si sabes quién es mi padre, sabrás que tiene poder, y un montón de amigos. Esto NO le va a gustar nada.
―Eso esperamos. Estamos convencidos de que tu padre va a pagar mucho dinero por tu rescate. ―respondió el tuerto, y con aquel fuerte acento, provocó en Emma unos escalofríos a lo largo de su espina dorsal. No podía creerlo.
―¡No puedo ir a Yoman!¡Tienes que soltarme!―Exigió, tratando de alcanzar el tirador de la puerta.
El matón que tenía a su lado la golpeó con una de sus armas. Emma escupió sangre y miró con odio al tuerto. ―Si hacéis eso, tendréis al ejército de los Estados Unidos pateándoos el culo.
―O conseguiremos un buen rescate, como espera nuestro Jeque. Harás lo que te digamos. No podemos matarte, pero hay maneras de no dejar marcas, zorra americana. Así que haz lo que te decimos.
―Hijos de puta. ―espetó, aguantándose las lágrimas. Observó su reflejo en el cristal oscurecido. Tenía la mandíbula amoratada.
De pronto, el coche se detuvo y los matones la sacaron de allí. Kashif, el que la había golpeado, le ató las muñecas con unas bridas para limitar sus movimientos e impedir que escapara. Las finas tiras de plástico se clavaron en su piel y la hicieron sangrar. Aquel punzante dolor provocó que finalmente las lágrimas se deslizaran por sus mejillas. Tragando saliva, Emma se concentró en su marcha a través de la pista del aeropuerto. Deben tener autorización en un aeródromo privado, pensó. Hubiera sido imposible que el Aeropuerto Nacional Reagan o el Dulles permitiesen a unos terroristas aparcar en la pista de aterrizaje y caminar tranquilamente hasta su jet privado.
Al llegar a la escalera, vaciló. Una de las conferencias a las que asistió en su primera semana de universidad, trataba sobre la seguridad en distintos escenarios de un secuestro. Y aunque no lo hubiese oído allí, sabía, por las instrucciones de seguridad de su propio padre, que si los secuestradores te llevan a una segunda ubicación, tus probabilidades de ser encontrado con vida se reducen a un mínimo. Con el agravante de que volaban a un país extranjero, lejos del alcance y poder de su padre, Emma sabía que subir a ese avión era una sentencia de muerte.
Dio un paso atrás y trató de salir huyendo.
Los cuatro hombres la agarraron de inmediato. Ella gritó, les dio patadas, e incluso logró morder la mano de Kashif con la suficiente profundidad como para hacerle sangrar. Pero fue inútil. La superaban en número, y la fuerza de cualquiera de ellos, y más multiplicada por cuatro, sobraba para someterla.
―¡Imbéciles!—gritó mientras la levantaban para subir las escaleras del avión. ―¡Dejadme marchar!
Kashif y el tuerto la cogieron de las piernas y uno de los otros hombres le inmovilizó los brazos. Ella se retorcía mientras subían los escalones, pero no había nada que hacer, estaba tan atrapada como un cerdo ensartado en el asador de una barbacoa hawaiana. No tenía escapatoria.
Una vez cerrada la puerta del avión, el frío que le había helado las venas se convirtió en entumecimiento. Sé resignó a su trágico destino, porque no había forma de ser rescatada. Al mirar a su alrededor, Emma pensó que si las circunstancias hubieran sido distintas, podría haber hasta disfrutado del viaje. La cabina era preciosa, con sillones hechos de piel suave, y había una enorme consola de paneles de madera con un televisor gigante en el centro.
Ya había viajado en avión privado, cuando su padre la llevó de regreso a Carolina del Norte tras su Campaña Electoral, pero nunca había visto algo tan hermoso.
―Deberías relajarte ―le dijo el tuerto, ofreciéndole un vaso de agua con gas.
Ella lo olió desconfiada y le devolvió la mirada.
―Estoy en un avión con destino a Yoman, y no voy a volver a ver a mi familia a no ser que encuentren la manera de pagar a vuestro Jeque, e incluso entonces, no hay garantías de que me liberéis. Así que deja de decirme que me relaje... ¡y vete a la mierda!
―Mira, niña. Vamos a estar aquí catorce horas. Echa un trago e intenta calmarte. Podemos pelearnos durante todo el viaje, haciendo que sea muy desagradable para todos, ―sentenció, señalando con un gesto su mandíbula. ―o podemos relajarnos todos y tú puedes dedicar el tiempo a tramar algo para cuando llegues.
―Me gusta esa idea.
Él sonrió. ―Además, aunque huyeras de nosotros, no puedes ir a muchos sitios estando a 30.000 pies de altura. Limítate a beber eso y trata de descansar.
Emma tomó un sorbo e hizo una mueca al notar un sabor amargo. Tal vez el agua del grifo del avión no es de lo mejor, pensó. Sin embargo, después de haber vaciado el vaso, comenzó a sentirse como en una nube, desorientada. Mientras el avión despegaba, a Emma le latían las sienes. Lo último de lo que fue consciente, fue del tintineo del vaso deslizándose por sus dedos y cayendo al suelo.
***
Lo siguiente que Emma recordaba era un aire abrasador en su rostro, cuando se abrió la puerta de coche. Entornó los párpados, convencida de que era un sueño. A su alrededor no había más que desierto. En la lejanía sólo se veían enormes dunas de arena y el sol ocultándose. Los granos de arena arremolinados por el viento le arañaban las mejillas, obligándola a ocultar su rostro. No le parecía real. No podía serlo. En mitad de un desierto abrasador y con un gigantesco castillo delante de ella. Era una estructura titánica, repleta de altas torre que casi llegaban a las nubes. Le recordó a Aladín, y en un momento de lo más estúpido, se sintió como Jasmine.
Pero esto... no podía ser más que un sueño.
Llevaba mucho tiempo deseando correr aventuras, y seguro que bebió demasiado en la discoteca. Se había pasado con el vodka. Emma estaba segura de que se despertaría en cualquier momento, con una loca historia que contar a Parker y Alexis. No le importaba que sus ojos lagrimearan ante las cortantes ráfagas de viento, ni que su mandíbula palpitara donde la habían golpeado. No era real.
Y menos todavía cuando la rodearon unos brazos y la sacaron del coche. Se sentía tan cansada que no se molestó ni en mirar hacia arriba, y enterró el rostro en el pecho de su portador. A través del tejido, pudo percibir la densidad de sus músculos y la fuerza de sus brazos. Quienquiera que fuese, olía estupendamente. Ella debía apestar como un camello tras galopar por el desierto durante tres días, a juzgar por el calor y el sudor que notaba en su cuerpo. No podía decirse lo mismo de aquel extraño. Su piel estaba fresca y desprendía un delicioso aroma a jazmín y cúrcuma, y a un embriagador almizcle, una combinación puramente masculina.
Se le hizo la boca agua.
Si su sueño le había concedido un hombre a quien oler y hacerle sentir así, Emma casi podía perdonarlo. Pero ese momento no iba a durar para siempre. De pronto, sintió que la dejaban sobre el colchón más mullido que había probado en su vida. Emma se hundió en él, y al mirar hacia arriba, por fin pudo ver al sirviente que la había acarreado.
Fue entonces cuando se tuvo que enfrentar a la dura realidad y se dio cuenta de que no era un sueño.
No tenía tanta imaginación como para inventar un ejemplar masculino de tan alto nivel.
Era alto, de más de un metro ochenta, con hombros anchos. También tenía la piel aceitunada, pero no llevaba la barba tupida, sino bien recortada y aseada. Sus patillas le parecieron muy sensuales, y deseó sentir el cosquilleo de su barba sobre la piel desnuda de su vientre. Sus ojos eran penetrantes, de un hermoso color avellana con motas doradas. Dotado también de un fuerte mentón y marcados pómulos, aquel hombre podría estar desfilando por las pasarelas de Milán o París.
―Yo... esto... ¿eres un sirviente?
Él rió, y en ella se activó algo profundo y primario que despertó un ardiente deseo en su vientre, haciéndola temblar. ―Soy tu esposo. El Jeque Munir Yassin.