Capítulo V

EL caso de «Romeo y Julieta Smith» pasó a ser oficialmente de jurisdicción federal aquel mismo mes, en sus últimos días.

El Federal Bureau of Investigation distribuyó órdenes concretas a todos sus agentes en los Estados de Nueva York, Vermont y Massachusetts para que, unidos en su acción conjunta a las respectivas Policías locales, examinaran cada aspecto del asunto y profundizaran en él, requiriendo los testigos necesarios, apelando a pruebas periciales y testificales de toda índole, y utilizando, en suma, toda la vasta, compleja suma de factores y de recursos que el Departamento de Justicia de los Estados Unidos concede a su Oficina Federal de Investigación para la salvaguarda de la Ley en los diversos Estados de la Unión, muy especialmente en aquellos casos en los que, de forma indiscutible, han sido quebrantados los principios de la Ley federal.

Orwell Fisher fue prácticamente el héroe de aquella decisión, como pudo haberlo sido, en los años veinte, el federal Elliott Ness, para lograr que Roosevelt firmase la ley declarando delito federal el asalto o robo de Bancos Nacionales.

Orwell Fisher se sintió satisfecho cuando supo que su proyecto, basado en sus investigaciones, había hallado la aceptación por parte de Edgar H. Hoover, director del F.B.I., y posteriormente la supervisión afirmativa del fiscal general de la nación.

Sabía que era solamente el principio de una ardua y difícil tarea. «Romeo y Julieta Smith» eran una pareja peligrosa, cruel, despiadada y llena de astucia. Cometían sus delitos y, tras descargar el «golpe», desaparecían como si la tierra misma se los hubiera tragado, sin dejar el menor rastro de su paso por los lugares que ensangrentaron con sus violencias.

Ahora, el F.B.I, podía ocuparse definitivamente del asunto, y lanzar a sus hombres en pos de todo rastro relacionado con la pareja de salteadores. Pero Orwell estaba seguro de que el éxito no iba a ser rápido ni sencillo.

Por el momento, hacía más de veinte días que sucediera lo del «Road House Club», en las afueras de Albany, y no habían vuelto a dar señales de vida. Los misteriosos amantes de las carreteras invernales habían desaparecido de nuevo, tal y como sucediera el año anterior.

—¿Será posible que hayan vuelto a su nido, en espera de otro invierno? —temió Orwell Fisher, desesperanzado ante la carencia de noticias, de indicios, de testimonios que hablaran de una pareja similar, vista en alguna parte.

No quería admitir eso, y se lanzó entusiásticamente a la tarea de batir el terreno, en busca de la siniestra pareja. Pero eso no significaba que confiase en hallarla.

Él se ocupó, personalmente, y por designio del propio Hoover, de la investigación exhaustiva en el Estado de Nueva York, especialmente en la zona comprendida entre los puntos de Albany, Kingston y Utica, como extremos o ángulos de un triángulo enorme, de más de mil setecientas millas cuadradas de área.

Bajo su dirección, hábiles agentes del F.B.I., como Norman Waters o Greg Lawrence, cuidaron de establecer vigilancia, de prevenir a dueños de paradores, surtidores de gasolina, moteles y clubs nocturnos, para que vigilasen a cualquier pareja sospechosa. Unidos a ellos en la ardua tarea, coches patrulleros de la «Highway Patrol», y agentes uniformados o de paisano de la Policía del Estado de Nueva York, colaboraban tenazmente en el cerco invisible donde pretendían encerrar, si había fortuna y oportunismo, al fantasmal «Romeo» y su implacable «Julieta».

Pero la red, hábil y solapadamente tendida, permaneció vacía.

Primero fue el resto del invierno, languideciendo en su crudeza, disminuyendo los fríos, derritiéndose nieves y hielos, a medida que el mercurio se encaramaba por los tubos de vidrio de los termómetros.

Después, avanzada la primavera, los amantes asesinos siguieron sin aparecer. Desde Vermont, la Policía informó de sucesos que podían tener conexión con los asaltantes, pero a la larga se demostró que otros habían sido los culpables, y tampoco en ese terreno se llegó a nada.

Entrando el verano, el F.B.I, comenzó a dudar de la existencia de la pareja, y los agentes encargados de la búsqueda fueron perdiendo gradualmente entusiasmo en su tarea, faltos del menor aliciente en su empeño.

Orwell Fisher se dio cuenta de que no todo se había logrado con alcanzar el éxito parcial de la intervención de Washington en el misterio de las carreteras de Massachusetts y Nueva York.

Allí había empezado un nuevo aspecto de la cuestión. Pero lentamente, el esfuerzo amplio, denodado, de las formaciones de agentes especiales a la caza y captura de la pareja misteriosa, iba languideciendo por falta de acierto, de éxitos sensibles, incluso de esperanzas de un resultado positivo, a largo o corto plazo.

Se llegó, incluso, al arresto de numerosas parejas que viajaban por el país, y se examinó atentamente cualquier aspecto relacionado con ellas. Se desmenuzaron sus coartadas para los días de los sangrientos sucesos. Muchos, ni siquiera recordaban dónde estuvieron aquel día. Los más, se hallaban muy lejos de los lugares señalados, y pudieron demostrarlo, de mejor o peor forma. Después, al llamar a Linda Lou o a Tab, el dueño del parador cercano a Utica, para identificarles, el fracaso era ya rotundo, e incluso los más sospechosos tenían que salir ante las respuestas invariables de gente como Linda Lou, Tab o Dean Cole, el convencionista que fuera testigo del asesinato de Chuck Barney, de Joe Leavenwater y de Basil Randell.

—No, no son ellos…

—Ella se asemeja algo, pero muy poco. El, desde luego, no es…

—No, no. Eran más bajos…

—Aquellos eran más fuertes, más altos, más jóvenes…

—No son, puedo jurarlo.

—Él tiene cierto parecido, muy vago. Ella es completamente distinta.

—No.

—¡No, no! Ni pensarlo…

Era irritante. Una, otra vez así. Identificaciones, careos, interrogatorios, exhaustivas investigaciones, búsquedas por doquier.

Y siempre la misma respuesta, al final. Como un callejón sin salida:

—No… no… NO.

Así llegó el otoño.

El F.B.I, se olvidó casi totalmente del asunto. Incluso Orwell Fisher, de vacaciones en Canadá, disfrutando de la pesca del salmón y de los paseos bajo bosques inmensos de coníferos, llegó a borrar de su recuerdo los sucesos de las rutas generales de Nueva York.

Los periódicos dejaron de citar a «Romeo y Julieta Smith», y dejaron también de poner en la picota la ineficacia de la Policía del Estado y la poca eficiencia que demostraban también las investigaciones del F.B.I.

Eso era una prueba palpable de que las cosas se iban relegando al olvido, de que tal vez los asesinos, la joven parejita de delincuentes, había resuelto abandonar su papel de románticos «tórtolos» armados hasta los dientes y con ello su labor criminal. Es posible que tuvieran suficiente dinero para no pensar en nuevas hazañas.

Fisher pasaba sus vacaciones otoñales en un albergue montañero de Ontario. Había dejado su dirección a la Policía de Nueva York, por si algo sucedía. En cuanto al F.B.I., naturalmente, sabía bien los movimientos de sus agentes, para reclamarlos en cualquier ocasión de emergencia.

Sin embargo, los temores de Fisher—temores en cierto modo esperanzados—, de que una llamada urgente le hiciese abandonar su bucólica paz y sus excelentes salmones, no se confirmaron.

Solamente en los últimos días de aquellas vacaciones, su casillero en el albergue apareció ocupado por algo, una cartulina brillante, en color, estampillada y sellada. Una tarjeta postal, con una vista de nieve, y la ciudad de Nueva York al fondo.

Se estremeció, sin saber la razón. Tomó la tarjeta de manos del conserje del albergue. Le dio vuelta, dejando en lugar secundario el tema nevado de la fotografía, para examinar el texto.

Había sido escrita con letra angulosa, rápida y segura.

«Señor Fisher:

El otoño se termina.

Vamos a entrar en el invierno.

Ha pasado un año.

¿Cree usted que la calma va a durar mucho todavía?

Aún espero mi «vendetta».

O su justicia.

Lissa.»

Agitó la postal, caminando hacia el comedor, donde le hirió el aroma apetitoso de las truchas doradas al horno y rociadas con mantequilla. Ya no sentía el menor apetito, pese a ello, cuando se acomodó ante el pulcro mantel a cuadros, la lámpara típica y el florero, en forma de tronco de árbol canadiense, cortado a hachazos.

La tarjeta de Nueva York le había dejado desganado de pronto.

Lissa Paluzzi continuaba con idea fija, obsesiva. Ella no había olvidado, Quizá era la única.

Y lo malo era que, interiormente, Orwell Fisher sentía las mismas aprensiones manifestadas por la joven en su postal.

El invierno iba a llegar muy pronto. Eso era bien cierto. ¿Sería igualmente verdad que, con los fríos, iban a llegar otras cosas mucho más inquietantes y siniestras?

¿Volverían «Romeo y Julieta Smith» con las primeras nevadas del año?

Contempló el caldo caliente, humeando en la taza, la sonrisa de la camarera ataviada a la usanza de los leñadores del Canadá. Y vio pasar ante él una dorada, sabrosa trucha, entre rodajas de limón y guarniciones.

Frunció el ceño. Le irritaba no tener apetito. Le irritaba que hubiera sido precisamente Lissa Paluzzi la que se lo quitara. Y le irritaba mucho más aún que ella pudiera tener razón.

* * *

Frunció el ceño Fisher, escudriñando el cielo, grisáceo y torvo. Parecía tener el mismo color del cemento de los rascacielos ciudadanos, en el gran conglomerado de Manhattan. La tarde toda tomaba un tono de hábito franciscano, mientras los copos blancos, como pequeñas esponjas, iban goteando mansamente desde el cielo.

Era sólo el principio. Fisher conocía bien el clima de Nueva York. Pronto las nevadas se intensificarían y el invierno volvería a su habitual crudeza, con el viento cortando la cara de los transeúntes y azotando los millones de ventanas de Nueva York.

Se detuvo ante la residencia de apartamentos cuya dirección poseía. Subió al piso once y buscó la puerta rotulada con la letra «Q».

Llamó en vano durante algunos minutos. Nadie respondió a los timbrazos insistentes. Se dispuso a marcharse. Entonces sonó una puerta a su espalda. Se volvió, esperanzado de que al fin atendieran su llamada.

No era así. La letra «Q» continuaba herméticamente cerrada. Era la «R» la que se había abierto, inmediata a la anterior, como era ortodoxo. Una mujer de pelo rubio oxigenado y sonrisa sociable asomó en la abertura.

—Hola—saludó—. ¿Vende usted algo?

—No, no—sonrió Fisher—. No vendo.

—Lástima—suspiró la rubia—. Sería el único vendedor atractivo que viera. Incluso le hubiera hecho pasar, y hubiese comprado algo.

—Lo siento. No vendo nada, señora.

—¿Buscaba a esa joven, a la señorita Paluzzi? —indagó la vecina, curiosa, apoyándose en el quicio de la puerta, sin preocuparse de que llevara una bata transparente, de nylon, a contraluz de una buena lámpara interior. O quizá preocupándose bien de ello.

—Sí, la buscaba.

—No está —sonrió la vecina, pasándose la lengua por los labios, lentamente. Le guiñó un ojo—. Es bonita la chica, ¿eh?

—Sí, es bonita—Fisher se dijo que parecía tonto repetirlo todo, pero aquella conversación era absurda. La vecina estaba muy bien formada y, evidentemente, se aburría en soledad. Pero él no podía perder el tiempo con ella—. ¿Sabe si tardará en volver?

—Oh, supongo que tardará bastante —rió la otra, agitando un brazo—. Varios días, al menos. ¿Por qué no pasa? Aunque no venda usted nada, charlaremos mejor en casa. Yo dará a la señorita Paluzzi cualquier recado que…

—No, gracias —cortó Fisher secamente—. No puedo esperar más. ¿Ha dicho usted… varios días?

—Sí, eso dije —ella empezó a mostrarse malhumorada. Dio un puntapié en el suelo, quizá irritada o quizá para que se abriese el vuelo de su bata, y el contraluz dejara paso a una exhibición más directa, hasta mucho más arriba de su rodilla.

—¿Adónde ha ido?

—Yo que sé —se encogió de hombros, con creciente enfado—. Creo que dijo a Vermont, o algo parecido… Buenas tardes.

Cerró de golpe, sin ceremonias. Seguiría aburriéndose en soledad. Y maldiciendo al joven visitante. Fisher sonrió, meneando la cabeza. A veces, a uno le ocurrían cosas así de peregrinas. Pero siempre cuando había mucho que hacer y poco tiempo por delante.

Regresó a la calle. En la acera, empezaban a cuajar los copos de nieve. El frío no era intenso, pero el cielo tenía un aspecto, hosco y feo. Ya se encendían luces en las calles y comercios. Desde el escaparate de una Agencia de Viajes, un risueño cartel, con arena, palmeras y blancos hoteles, le gritó la delicia de un invierno en Miami.

Eso estaba bien. Pero irse en pleno invierno a Vermont…

—Vermont—meditó, parándose en medio de la acera—. ¿Qué habrá ido a hacer allí esa chica?

Había sacado un rato libre a su duro trabajo en la Oficina Federal, después de las vacaciones, para visitar a Lissa Paluzzi y cambiar impresiones con ella. Suponía que, después del año casi transcurrido, los sentimientos de ella podrían seguir leales a su afán de revancha, pero mucho menos apasionados que entonces, reciente la muerte trágica de su novio.

Y resultaba que Lissa Paluzzi se había ido a Vermont, donde ahora debía de estar nevando con mucha más intensidad que en Nueva York.

Se estremeció. Nieve… invierno… Recordó los sucesos de entonces. Y la postal de Lissa, recibida en Ontario.

—¿Tendrá ella razón? —masculló entre dientes.

Sacudió la cabeza. Siguió caminando, en busca de su automóvil, aparcado allí cerca. La nieve arreciaba en intensidad. Fisher, subiéndose el cuello del sobretodo, apresuró el paso. No quería creer que todo aquello volviera a repetirse. «Romeo y Julieta Smith» no aparecerían aquel año. No aparecerían nunca más.

Hasta diez días más tarde no sucedió aquello.

Entonces, en la Oficina Federal de Investigación se recibió el telegrama, fechado en Bennington, ciudad de mediana importancia, al oeste de Vermont.

Allí se comunicaba al F.B.I, que un albergue próximo a la carretera había sido asaltado por dos personas de diferente sexo. Un hombre joven, de baja estatura, y una mujer rubia, de ojos pardos.

Se habían presentado como huéspedes del hotel, recién casados. Dijeron venir de Nueva York y llamarse «señor y señora Smith». Poco después tenía lugar el atraco. Los propietarios del albergue acababan de retirar una fuerte cantidad en metálico del Banco más próximo para pagos y gastos de final de mes.

El dueño del local intentó resistir a los asaltantes. Había muerto a tiros. Y fue la mujer la que disparó su metralleta sobre el infortunado propietario del albergue. Su esposa se encontraba enferma de cuidado, internada en una clínica próxima, bajo los efectos de un fuerte «shock» y ataque cardíaco, tras ser testigo del crimen que su esposo fue víctima.

Ese era el informe telegrafiado por la Policía de Vermont al F.B.I., cuando apenas había comenzado el invierno, y la nieve blanqueaba ya las carreteras de Vermont y del Estado de Nueva York…