Capítulo II
EL doble asesinato del parador de Chuck Ramsay sucedió tres días antes de lo del «Road House Club», a once millas de Albany.
En el parador de Chuck, los muertos a balazos fueron dos: los únicos que trataron de resistir a los atracadores:
Basil Randell, rubicundo presidente del Grupo Convencionista Veintitrés, y el propio Chuck Ramsay, que trató de defender su flamante caja, bien repleta en la última hora. Joe, el cocinero, no había muerto. Pero su balazo en el pulmón derecho no permitía albergar muchas esperanzas. El dictamen médico era de que su situación resultaba desesperada, y posiblemente moriría antes de transcurridas seis o siete horas. Entonces, el asesinato sería triple…
El hielo empezaba a derretirse de las carreteras del Estado de Nueva York, cuando se informó a la Prensa de la muerte del cocinero de color Joe Leavenwater, sin haber vuelto en sí. Duró más de lo que dijeran los médicos que, por suerte o desgracia para sus pacientes, se equivocan con mayor frecuencia de la prevista. Tres días llevó entre la vida y la muerte. Al final, la Muerte ganó la batalla. Como casi siempre ocurre.
El mismo día en que murió Joe y la nieve empezó a formar charcos de agua o de escarcha en los caminos y campos, sucedió lo del «Road House Club»…
* * *
—¿Qué melodía es ésta?
—«Stardust», querida…
—«Stardust»… «Polvo de Estrellas»… Me gusta el nombre. Me gusta la música, Doug.
—Es bella, sí. Tan bella como la noche. Tan bella como tú, Lissa…
—Oh, Doug, gracias… —se inclinó hacia él, y él hacia ella. Se fundieron sus labios en un contacto ardiente. El abrazo de la pareja se hizo más fuerte.
No eran la única pareja, ciertamente. Muchas más bailaban en la sala, a media luz, entre reflejos indirectos, entre reflectores difusos, azules y rojos, sobre el negro bruñido de la pista oval.
Fuera, más allá de los ventanales curvos del «Road House Club», la carretera y sus luces, el restaurante inmediato, el «New-Yorker Motel», y un enorme anuncio iluminado de la Coca-Cola, formaban como manchas de luz y de color en la noche, sobre el fondo lejano de las luces diminutas, polícromas, de la capital del Estado, la ciudad de Albany.
La orquestina era reducida; solamente cinco músicos. Pero sonaban como un coro angelical. Al menos, para Doug, para Lissa. Y para todos los que eran como ellos…
Iban tan ensimismados, que tropezaron con otra pareja. Se volvió Doug, confuso.
—Perdón—rogó—. No vimos…
—Esta perdonado—sonrió un joven, no muy alto, de aspecto jovial y mechón saliente, algo rubio—. No se preocupe.
—Gracias—musitó Doug, mirando por un fugaz instante a la risueña, menuda muchacha de cabello rojizo, de ojos pardos y breve nariz, que ritmaba, en brazos del desconocido, el compás de la melodía de Carmichael.
Siguieron bailando. Continuó «Polvo de estrellas», como una nube alada de magia y de ensueño, envolviendo en polvillo de melodía y de romance a las parejas jóvenes que se reunían habitualmente en el «Road House Club».
Doug y Lissa fueron a otro extremo de la pista, siguiendo el ritmo de «Stardust». De pronto, ella alzó los ojos. Le miró preocupada.
—Doug, ¿crees que debimos venir hoy aquí? —indagó en un susurro.
—¿Y por qué no? —sonrió él—. Te lo había prometido.
—Sí, ya sé eso…
—¿Entonces…? ¿Ya no te— gusta esto como te gustó ayer mi idea?
—No es eso, Doug. Ayer… ayer no sabía que hoy ibas a ir en primer lugar al Banco.
—¿Y bien…?
—Esos… esos ciento setenta mil dólares que llevas en tu portafolios…
—Chist—sonrió Doug, poniéndose un dedo en los labios—. Nadie sabe ese detalle. No temas, querida. Era una promesa. Entonces, tampoco sabía yo que papá iba a enviarme a esa misión a Saratoga Springs. Creí que sólo debía recoger allí un cheque, no una cantidad semejante en dinero. Pero carece de importancia. El dinero no es peligroso, cuando nadie sabe que uno lo lleva.
—¿Y nadie lo sabe, Doug?
—Claro que no, tonta. Me pagó el sobrino de nuestro socio en Saratoga Springs, el señor Maskell. Sólo él y el cajero, James Garland, saben que me fue entregado ese dinero. Ambos son de fiar, no temas.
—A veces, aunque nadie sepa algo sobre un dinero, Doug… hay peligro.
—¿Peligro? —Doug rió, viendo la expresión inquieta de los grandes ojos de Lissa, su pareja—. ¿Qué peligro, querida?
—No sé. Bandidos, salteadores, atracadores… A veces, buscan diez dólares. Y encuentran diez mil.
—En este caso, serían muchos más—Doug se mofó, abiertamente, de los temores de ella—. Vamos, bailemos. Creo que si seguimos hablando de todo eso, el cochino dinero echará a perder nuestra cita en la carretera… con música de Carmichael.
Siguieron bailando. Pero por poco tiempo. Muy poco.
Todo lo estropeó aquella voz, al tiempo que la orquesta se paraba:
—¡No se mueva nadie! NADIE, ¿entendieron? O al primero que lo haga… le atravesaré de lado a lado…
Todos miraron al estrado. Tenían motivos para hacerlo. Los músicos se agrupaban a un lado. Un hombre, con un pañuelo cubriéndole totalmente el rostro, apuntaba a los reunidos. El pañuelo dejaba ver unos ojos brillantes, a través de dos agujeros, casi dos rendijas. Y el pelo. El pelo crespo, rubio, agitado, sobre el pañuelo que le tapaba hasta la frente.
El arma que utilizaba era una pistola ametralladora de calibre 44. Alguien trató de moverse. Una voz chillona, desde otro punto, avisó agudamente:
—¡Cuidado! Ya le oyeron. ¿O quieren que sea yo quien apriete el gatillo?
Los rostros volvieron ahora a mirar hacia el lado opuesto. Hacia las mesas. Allí estaba la mujer. Igualmente enmascarada. Pero se veía su pelo rojizo sobre el pañuelo. La mano enguantada de azul oscuro, empuñaba un arma. Una automática presta a disparar…
—Ahora, vayan tirando su dinero, sus alhajas y sus objetos de valor en medio de la pista. Usted, amigo, tire su chaqueta. Sí, usted…
Señalaba ostensiblemente a Doug. Lissa, asustada, trató de aferrarle. El arma se movió, imperiosa. Doug se quitó la chaqueta. La tiró en el suelo de la pista. Miró, sonriente, a Lissa.
—No te preocupes—susurró—. No pasará nada…
—¡No hablen entre sí! —voceó la mujer armada—. ¡Callen y obedezcan pronto! O no quedará nadie vivo en este local…
Comenzaron a obedecer. Dinero, carteras—, monederos, joyas, relojes, pulseras… Todo fue a la chaqueta de Doug. Luego, cada uno se apartaba, iba a su mesa. Por orden siempre de los que controlaban fríamente la situación.
Doug y Lissa se volvieron a su mesa. De pronto, cuando ambos se miraban, tensos, la voz del hombre del estrado de la orquesta sonó rotunda:
—¡Eh, usted! Usted… ese portafolios. ¡Démelo!
Se miraron de nuevo Doug y Lissa. Volvió Doug la cara, asombrado y confuso, hacia el atracador. Era evidente. Señalaba hacia él. Le apuntaba, agitando su arma.
—Sí, usted—remachó, glacial—. Deme el portafolios.
—No… no tiene nada. Sólo documentos sin valor. Sin valor, salvo para mí.
—¡Eso lo veré yo! ¡Tráigalo aquí, enseguida! —fue la voz tajante, imperiosa.
—Doug… —sollozó Lissa, con el rostro lívido.
—Calma. Calma, pequeña—sonrió Doug—. No va a pasar nada. Nada, ya verás…
Tomó el portafolios. Se movió hacia el estrado. Se paró en medio de la sala, cuando la voz del atracador ordenó:
—¡Quieto! Ahí mismo… Tire eso sobre la chaqueta. No dé un paso más.
—Es que quiero mostrarle que en este portafolios no hay nada de…
—¡Yo lo veré! ¡Deje el portafolios en la chaqueta! ¡Ya, amigo!
No estaba lejos del estrado. Era una locura. Pero Doug la cometió.
En vez de arrojar el portafolios a la chaqueta extendida, donde se amontonaban ya los billetes, relojes, joyas de mujer sin gran valor, pero de oro o platino en su mayoría, tomó impulso su brazo repentinamente, y el portafolios, amplio, negro y pesado, voló hacia el brazo armado del atracador cubierto con un pañuelo.
—¡Estúpido! —jadeó el atracador, cuando el objeto golpeó su brazo, desviándolo en el momento mismo del disparo. Retumbó la detonación, y una bala se incrustó en el techo de cristal y de luces cambiantes, donde hubo quebrar de vidrios y se extinguieron círculos luminosos, verdes y ámbar.
Doug corrió hacia el asaltante, agazapado y con los músculos a punto de entrar en violenta acción directa. Su segundo error, después de resistirse al ataque armado, fue olvidarse de la mujer armada.
Ella fue la que hizo fuego por dos veces. Su automática ladró repetidamente. Dos llamaradas, dos fogonazos naranja centellearon en la sala en penumbras. Las dos tenían un mismo blanco. Y las dos llegaron a él.
Doug se paró en seco, con un gemido ronco, quebrado. Giró sobre sus talones, con expresión aturdida. La sangre brotó de su nariz, tras el impacto de una bala en su nuca y de otra en su espalda. Boqueó, mirando a Lissa con estupor y angustia.
—Li…ssa… —jadeó, impidiéndole continuar la oleada de sangre que escapó entre sus labios.
Ella chilló. Chilló histérica, desesperadamente, mientras veía caer a Doug, como un pelele ensangrentado, en medio de la sala del «Road House Club».
De haber seguido chillando, quizá hubiese sido la segunda víctima de la fría mujer del arma humeante. Pero una providencia veló por la novia repentinamente enlutada. Perdió el conocimiento, se desvaneció, ante el terrible «shock» de ver morir a su prometido. El cuerpo de Lissa rodó por entre las mesas. Su falda se agitó sobre sus piernas plegadas, hasta remontar los muslos. Allí permaneció inerte, mientras el resto de asistentes, mudos de horror y de pánico, se limitaba a permanecer hacinado, como un coro fantasmal de rostro blancos, demudados.
El atracador del estrado de la orquestina había tirado de la cremallera del portafolios, descubriendo los abultados sobres que se alineaban en los compartimentos interiores de la cartera. Rasgó uno solo. El mazo de billetes de alto valor destacó ante sus ojos centelleantes de codicia. No miró más. Cerró de golpe el portafolios, y gritó roncamente a su cómplice:
—¡Vamos ya! ¡Deja eso en el suelo! ¡Nada de joyas ni dinero! ¡Aquí hay suficiente! ¡Vamos!
Una mirada de su compinche fue suficiente. No hubo dudas, ni discusiones entre ambos. Echaron a correr hacia la salida, encañonando con sus armas a los presentes, avisando fríamente a cuantos les podían escuchar:
—Un movimiento, un error de cualquiera de ustedes… y seguirán a ese idiota en el acto, ¿entendieron?
Claro que todos entendían. Nadie se movió, mientras en la pista de baile gorgoteaba la sangre en dos heridas mortales, sobre un cuerpo humano que ya no era sino un cadáver.
Fuera del «Road House Club» rugió el motor de un automóvil a toda velocidad. Alguien asomó antes de tiempo. Un balazo quebró los vidrios de la puerta del local, y el atrevido se apresuró a volver al interior.
Cuando de nuevo se arriesgaron algunos a salir a la carretera, un coche oscuro, con las luces de la matrícula apagadas, se perdía por la curva siguiente de la carretera, a enorme velocidad.
Algunos corrieron al motel, otros a la estación de servicio, y un par de ellos se esforzaron en telefonear a la Policía, para informarles del atraco y el asesinato habidos en el local del parador de carretera.
Sobre la pista, la sangre había cesado de brotar del cuerpo sin vida de Doug. Lissa, entre tanto, era asistida por algunos de los presentes.