Capítulo VIII
EL perro ladró alegremente. Moore, con el torso desnudo y la cabeza protegida por un sombrero de paja, se incorporó para contemplar a la visitante.
Syra se detuvo a pocos pasos da él, con la sonrisa en los labios.
—He venido a comprar productos frescos de tu granja —anunció. Moore se limpió las manos en los costados de los pantalones.
—¿Qué es lo que quieres?
—Verduras frescas para mi dieta, tomates, algunos melones,… Oye, los melocotones del último día eran exquisitos.
—Puedo venderte unos cuantos kilos. A precio de productor, claro está.
—Mucho más barato que en la tienda.
—El comerciante tiene que ganarse la vida, ¿no…?
Moore dejó la llave inglesa con la que había estado apretando unas tuercas de una manguera de irrigación y se acercó a un árbol, del que arrancó un par de melocotones, uno de los cuales fue a parar a manos de Syra.
—Obsequio de la casa —dijo. Ella mordió la fruta. Sonreía.
—¿Cuándo vienes a jugar a mi casa otra vez…? —preguntó. Moore se encogió de hombros.
—No lo sé. Tengo algo de trabajo atrasado —repuso.
—Y el tiempo que te sobra tienes que emplearlo en atender a la abogado.
—Sólo deseaba enterarme de ciertos detalles referentes a su cliente —contestó él.
—Para lo cual, necesitaste nada menos que seis horas. Moore enarcó las cejas.
—Estás bien enterada de mi forma de emplear el tiempo —observó.
—Veinte dólares son un estimulante poderoso para un conserje de hotel —sonrió la joven.
—De modo que me espías.
—Te vi llegar a la ciudad a una hora desacostumbrada, antes de las seis de la tarde. Eso me extrañó un poco. Yo pensé que irías a ver a Jessica mucho antes.
Moore trazó un círculo con la mano.
—No puedo abandonar esto siempre que quiero —respondió.
—Ya. ¿Resultaron interesantes los informes de Jessica?
—Mucho. Sin embargo, sospecho que no me dice toda la verdad. A pesar de mis dotes de persuasión, tuve que averiguar el nombre de su cliente por otras personas.
—¿Lo conoces?
—No, nunca le he visto. Lo único que sé es que se pasó veintidós años en presidio y que ha salido hace pocos días. Vendrá pronto a Neighton.
—Veintidós años es casi una vida, Ethan.
—La cuarta parte sólo, Syra.
—A mí me parecería un siglo. —Ella suspiró—. Ethan, te lo digo sinceramente, hay veces que me siento infinitamente vieja.
Se limpió los labios con un pañuelo y sonrió de mala gana.
—¿Te extraña? —preguntó.
—Esa vida que llevas no contribuye precisamente a tu optimismo, aunque creas lo contrario —dijo él.
—Gano dinero, Ethan.
—Sí, eso es indiscutible.
—¡Pero no querría pasarme la vida en una granja! Ya conoces mi forma de pensar…
—Nadie te lo ha pedido, que yo sepa.
—Hay otros oficios, otras profesiones…
—A raí me gusta este oficio. Y todavía me sobran tierras para ampliar la zona de cultivo en más del doble de lo que tengo ahora. Pronto iniciaré sondeos para buscar una nueva vena de agua.
Syra entornó los ojos.
—Eso cuesta dinero. Ethan.
—Sí.
—Puedo hacerte un préstamo…
—Olvídalo, hermosa.
—¿Por qué no? Sería como invertir en un negocio, ¿no?
—Es que todo depende del inversionista, Syra.
—Ah, yo no te gusto en ese sentido. Moore miró a la joven de pies a cabeza.
—Será mejor que empieces a elegir lo que quieras llevarte —dijo. Ella le agarró por un brazo, cuando ya iniciaba la marcha.
—¡Mírame bien, Ethan Moore! —exclamó con singular vehemencia—. Tú me quieres, pero detestas mi profesión y odias hasta lo infinito el hecho de haberme visto comprometida en un asunto de drogas. ¿Por qué no podemos llegar a un término medio? Alguien podría cuidar de tu granja y tú…
—Yo podría cuidar del orden en tu local, ¿verdad? —dijo él sarcásticamente.
—No, pero podríamos montar otro negocio.
Moore meneó la cabeza. De pronto, agarró la mano de la joven y tiró de ella durante cincuenta metros. Luego extendió el brazo.
—Ahora, mira tú bien —exclamó, después de poner la mano que había soltado de la de Syra sobre el tronco de un árbol que no medía más de diez centímetros de diámetro—. Mira bien esto. Los plantó mi padre hace cinco años. Dentro de otros cinco, tendrán ya de quince a veinte metros de altura. Imagínate qué aspecto tendrán entonces. Y todavía pienso plantar más, sobre todo, después de haber alumbrado mi nuevo pozo. ¿Quieres, después de ver esto, que me vaya a la ciudad?
Syra contempló las cuatro hileras de arbolillos, cada una de las cuales tenía un centenar, aproximadamente. El espacio entre árbol y árbol era de unos tres metros y el suelo estaba cubierto de una fina, pero espesa capa de césped.
—Sólo son chopos —dijo, despectiva.
—Sí, pero dan sombra y frescura al lugar y protegen la tierra de los vientos y, más adelante, darán madera… Hasta tengo en proyecto excavar una gran alberca donde recoger el agua que mane del próximo pozo… Antes de cinco años, este valle, en medio del desierto, será un Edén. ¿Comprendes ahora?
Syra asintió lentamente. Su esbelto pecho subía y bajaba con profundos vaivenes.
—Amas la tierra —murmuró.
—Sí, aunque también amaba mi oficio. Pero aquí, al menos, las plantas son leales.
—Salvo cuando hay plagas…
—Las plagas se combaten y nadie te lo impide ni te pone la zancadilla cuando caminas con el pulverizador de insecticidas a la espalda.
Syra entornó los ojos.
—A ti te gustaría usar uno de esos cacharros en la ciudad, ¿no es así? —murmuró.
—La lástima es que no puedo hacerlo —rezongó Moore—. Anda, vamos a casa, creo que conviene dar por terminada la discusión.
—Maldito obstinado… ¿Cómo podría hacerte creer que aquellos sobres con drogas fueron puestos en mi despacho, sólo para comprometerme, porque no quería vender mi negocio por cuatro centavos?
Moore se volvió vivamente.
—Eso no me lo habías dicho —exclamó.
—Tú nunca quisiste ponerte en razones…
—¿Quién te hizo la oferta de compra? ¿Hunnicut?
—No, Ganz —contestó ella sorprendentemente.
* * *
El hombre salía del bar, sujetando un palillo con los dientes, cuando, de repente, oyó una voz a su derecha:
—Hal.
Eastly volvió la cabeza.
—Moore —dijo a media voz.
—Sí, yo mismo. ¿Puedo hacerle una pregunta?
—Claro. Usted ya no es policía. Nada de lo que diga puede comprometerme —rió el hampón.
—Entonces, no le importará decirme quién le entregó la droga que puso usted, hace seis meses, en uno de los cajones de la mesa del despacho de Syra Drynn.
Los ojos de Eastly se achicaron repentinamente.
—No sé de qué me habla —gruñó.
—Pero ¿no habíamos quedado en que no tenía miedo de contarme todo lo que sabe?
—Váyase al infierno…
—¿Se lo ordenó su jefe Ganz?
—Moore, es usted un maldito entrometido, al que me gustaría mucho aplastarle las narices de un buen puñetazo —dijo el hampón torvamente.
—Hal, cuando a mí me gusta una cosa, la hago en el acto, sin esperar a que me indiquen si me conviene o no. Adelante, venga ese puñetazo.
Eastly vaciló.
—No tengo ganas de gresca —rezongó. Moore emitió una tenue sonrisa.
—Dígale a su jefe que un día de éstos iré a verle —se despidió.
Cuando echaba a andar, sintió fijos en su nuca los ojos del hampón. Tenía la seguridad de que Eastly le hubiera disparado de buena gana un par de tiros. Pero había demasiada gente en la calle.
Cenó con la abogado. Jessica le dijo que había estado en el registro y le habían prometido una copia legalizada de los títulos de propiedad de Gus Hackett.
—Entonces, el robo de los documentos de Mac Kenna no sirve para nada —dijo él.
—Depende —contestó Jessica.
—¿De qué?
—Hackett ha estado veintidós años en la cárcel. No ha trabajado sus tierras ni pagado los impuestos. Lo que debe no es mucho, pero alguien puede reclamar que esas tierras salgan a subasta por el importe de los débitos.
—Y entonces se quedaría con ellas por cuatro dólares.
—Sí, Ethan.
—¿Le has hablado a tu cliente de este asunto?
—Estoy aguardando a que venga. En total, son unos once mil dólares, a quinientos por año, aproximadamente. No creo que tenga ese dinero.
—Lástima —dijo Moore—. Aunque el Banco podría hacerle un préstamo…
—¿A un ex presidiario?
—¿Por qué no? Tiene las garantías de sus tierras y los informes de Mac Kenna, Jessica.
—Esos informes le han perdido y no había copias.
—Comprendo.
—Pero además, el Banco necesitaría también los informes de un geólogo propio. Mac Kenna era un perfecto desconocido en Neighton.
—Sí —suspiró él—; conozco perfectamente la manera de operar de los Bancos. Yo necesité cinco mil dólares hace medio año y me costó Dios y ayuda conseguir el préstamo. Y eso que tengo una granja en plena producción.
Jessica sonrió.
—Tú no has querido ayudarme —dijo—. Podías haberte ganado diez mil dólares.
—No quiero más jaleos —se defendió Moore—. A propósito, ¿qué piensas hacer esta noche?
Ella respondió con una sonrisa ambigua. Moore sugirió:
—¿Quieres correr el riesgo de perder cien dólares en el Sun of Desert?
—Se puede probar, ¿no? —aceptó Jessica de inmediato. Cuando salían, Moore recordó de pronto una cosa:
—Oye, ¿qué has averiguado de la señora Hackett y de su hija?
—Después de que él fuese condenado, se trasladaron a un pueblecito de Wyoming, a casa de su madre. Pero la esposa murió hará unos diecisiete años. La hija desapareció, es todo lo que sé.
—Lástima —suspiró él.
Momentos más tarde, se situaban en la mesa de juego presidida por Syra. Los ojos de la dueña del Sun of Desert llamearon al ver a Moore acompañado por la hermosa forastera.
Aquella noche, Jessica perdió los cien dólares iniciales y trescientos más. Moore, cauto y astuto, sólo permitió que la raqueta del croupier se le llevara veinticinco.
Después, acompañó a Jessica hasta el hotel, pero se negó a subir a su habitación a tomar una copa con ella, alegando que al día siguiente tenía trabajo. En realidad, su trabajo estaba en la taberna de Nancy.
* * *
Nancy Haskins se acercó al hombre que dormitaba en un rincón de la sala y le sacudió por el hombro.
—Es hora de cerrar —dijo.
Moore levantó el párpado superior izquierdo.
—Me quedo —dijo.
—Pero, Ethan…
—Anda, empieza a apagar las luces.
La mujer titubeó ira momento. Luego hizo lo que le decían.
Bajó las persianas de las ventanas. En el local sólo había quedado encendida la luz que proporcionaba una lámpara situada en el pasillo interior.
—Cierra la puerta trasera con doble vuelta de llave, Nancy —ordenó Moore.
—¡Ethan, me estás crispando los nervios! —protestó ella.
—Obedece, por favor.
Nancy se resignó a hacer lo que le indicaban. Todavía estaba al otro lado de la casa cuando, de pronto, se abrió la puerta de la taberna.
—No hay nadie, tú —dijo Norton.
—Hemos llegado en el momento adecuado —sonrió Morrison.
—En eso se equivocan, amigos —sonó de pronto la voz de Moore—. Hay un revólver apuntándoles. Si tocan un solo cabello de la señora Haskins, les enviaré al infierno.
Los hampones se quedaron helados. Moore seguía hablando desde la mesa del rincón, con las manos escondidas bajo el tablero. Morrison y Norton sólo veían una sombra oscura, de la que brotaban las palabras con calmoso acento.
Norton tragó saliva.
—Sólo queríamos to… tomar una copa…
—El bar está cerrado —dijo Moore fríamente—. Y una advertencia: si intentan molestar a la señora Haskins, no les haré nada a ustedes; a Hunnicut le retorceré el cuello como a un pollito. Vamos, fuera.
Los hampones se marcharon. Nancy asomó por la puerta interior.
—¿Que… querían hacerme algo? —preguntó con voz temblorosa.
—Sí, pero no te preocupes, ya no te pasará nada —sonrió Moore, a la vez que se encaminaba hacia la salida.
—Pero ¿por qué? Yo no les había hecho nada…
—Dijiste algo el día en que Broxton detuvo a un asesino, aquí en esta casa.
—Comprendo. —Nancy se indignó—. Esos bastardos… Voy a tener que hacer lo mismo que tú: comprarme un revólver. Y como intenten hacerme algo, les freiré a tiros.
—Es una buena precaución, guapa.
Moore se acercó a la robusta mujer y le besó una mejilla.
—Adiós, Nancy.
—Ethan, gracias —contestó ella—. Les has metido el resuello en el cuerpo con tu revólver…
—Nancy, no estoy armado —confesó Moore.
—¡Cielos! —se espantó la señora Haskins.
—Pero, claro, ellos no lo sabían —rió el joven, mientras se dirigía hacia la puerta.