Capítulo IV

EL estampido de la detonación llegó medio segundo más tarde. Moore reaccionó fulgurantemente. Saltó hacia la joven, agarró uno de sus brazos y la hizo agacharse al pie de la veranda.

Se oyó otro disparo. El segundo proyectil hizo volar astillas del pasamanos.

—No… nos tiro…tirotean… —tartamudeó Syra.

—Esos disparos van dirigidos contra un granjero que fue policía en tiempos — respondió él ceñudamente.

De pronto, oyeron el distante rugido de un motor que arrancaba a toda velocidad. Moore se puso en pie.

—Ya ha pasado el peligro —anunció.

Ella se incorporó, sin el menor rastro de color en la cara. Vaciló un poco y Moore tuvo que sostenerla con su fuerte mano.

—Será mejor que entres en casa —recomendó él—. En la cocina hay café. Tómate un par de tazas. Yo iré enseguida.

Syra asintió sin pronunciar palabra. Moore se quedó solo.

Durante unos minutos, estudió los efectos de los disparos y procuró localizar visualmente el punto aproximado desde el que se había situado el tirador. Luego empezó a buscar con toda atención.

Un cuarto de hora más tarde entró en la casa, con un objeto en la mano, que dejó sobre la mesa junto a la cual se hallaba Syra.

—Sólo he encontrado una —dijo.

Syra contempló atónita el proyectil deformado que tenía junto a sí.

—Una bala…

—«Remington 300». Probablemente, del mismo calibre y, ¿quién sabe también?, hasta salida del rifle que mató a Mac Kenna.

—¿Cómo lo sabes?

—Le dispararon con un rifle; sobre esto, no hay duda alguna, puesto que la bala no se quedó en el cuerpo. Si le hubieran tirado con pistola, tendrían que haber disparado desde muy cerca, para lograr buena puntería y, aun así, el proyectil habría quedado dentro del pecho. Pero el que le dispararon traspasó limpiamente su cuerpo.

—Han disparado dos veces contra ti…

—Sí, desde la curva del camino, cuando ya inicia la pendiente. Se domina bien la casa y sólo hay doscientos metros. Pero más bien creo que no querían matarme.

—¿Por qué lo dices? Moore sonrió.

—Hermosa, aun con visor telescópico se necesita siempre buena puntería cuando se quiere acertar a un hombre a doscientos metros. El visor telescópico ayuda, ¿qué duda cabe?, pero si no se tiene buena puntería, hay que acercarse, como sucedió en el caso de Mac Kenna a quien, seguramente, dispararon desde menos de cincuenta metros…

—Pero iba en un coche —alegó Syra.

—Seguramente pondrían un obstáculo en el camino, a fin de obligarle a detenerse.

Luego retiraron ese obstáculo…

—Debieran haberte hecho jefe de policía —exclamó la joven vivamente. Moore sonrió.

—No, gracias; tal como están las cosas, no me interesa —respondió. Syra se sonrojó.

—Lo dices por mí, ¿verdad?

—Tú no eres la única.

Ella se puso en pie y agarró el bolso.

—Tengo que irme —dijo—. ¿No correré peligro?

—Los disparos iban contra mí, Syra.

—De todos modos, celebro que no te hayan acertado.

—Seguramente, eran una especie de advertencia para que pague la «protección» que me solicitaron.

—Y pagarás…

—No. Ah, por favor, no te olvides de hablar con Jessica Waldron. Dile que te cuente todo lo que me dijo a mí, sin omitir detalle. Quiero ver si es sincera.

—Está bien. Gracias por la rosa, Ethan.

Moore sonrió. Ella subió al coche, dio el contacto y arrancó.

«Chick» se frotó contra las piernas de su dueño. Moore estuvo en la misma posición, hasta que vio el coche de la joven desaparecer a lo lejos, en la llanura elevada. Luego se quitó la camisa y volvió al trabajo.

A media tarde, llegó un taxi, en el que viajaba una mujer de unos cincuenta años, acompañada de un sinnúmero de bultos. «Chick» ladró alegremente y saltó con gran alborozo en torno a la recién llegada. Moore acudió a recibirla y la besó afectuosamente en una mejilla.

—¿Todo bien, Ana?

—Estupendo, señor —contestó el ama de llaves, mientras abría el bolso para pagar el taxi—. Tengo toda la familia perfectamente y… ¿Cómo van las cosas por aquí, señor?

—Como siempre —respondió él—. Ana, guarde su dinero, yo me encargaré de pagar el taxi.

—Gracias, señor. ¡«Chick», si no te estás quieto, acabarás rompiéndome las medias! — protestó el ama de llaves.

Moore se echó a reír. Agarró dos maletas y caminó hacia la casa, seguido por la mujer.

Ana le había hecho una pregunta y él había mentido, pensó. No, las cosas no marchaban como siempre.

* * *

El desagradable olor corporal de Broxton hirió su pituitaria apenas se situó frente a la mesa de trabajo.

—Hombre, Ethan —exclamó el subjefe de policía—.

¡Cuánto bueno por aquí! ¿Podemos servirte en algo?

Impasible, Moore dejó dos objetes sobre la mesa. Broxton los contempló con ojos atentos.

—Parecen dos balas —dijo.

—«Son» dos balas. Una llegó a mi casa. La otra es la que hirió de gravedad a Mac Kenna.

—¿Cómo? —respingó el policía.

—Se me ocurrió revisar el coche, que por cierto sigue en el mismo sitio. La bala entró por el lado izquierdo del parabrisas, atravesó oblicuamente el cuerpo de Mac Kenna, atravesó también el respaldo delantero y acabó alojándose en el mullido del asiento posterior. Es la que se ve en mejores condiciones; la que encontré en mi casa, a fin de cuentas, rebotó en un poste, tropezó con un leño y se hundió a la tierra, lo que le causó más deformaciones que en el otro caso.

—Pe… pero ¿qué tengo yo que ver con todo esto?

—Nada —contestó el joven plácidamente, a la vez que se encaminaba hacia la puerta—

. No tienes nada que ver con estas dos balas.

Broxton reaccionó y se puso en pie de un salto.

—¡Escucha, Ethan! Aquí sabemos muy bien lo que debemos hacer —barbotó—. No quieras ahora dártelas de detective aficionado, ¿entiendes?

—Todo lo contrario, Rim; lo único que yo quiero es ayudar a la justicia. ¿Cómo podría yo dedicarme a investigar por mi cuenta, habiendo un departamento de policía tan competente?

Broxton lanzó una maldición entre dientes.

—Has dicho que dispararon contra ti —gruñó—. ¿Por qué no formulas una denuncia?

—¿Para qué? No pude verle la cara al que disparó contra mí. Adiós, Rim.

Moore abandonó la oficina y se alejó calmosamente. Cruzó la calle, sentándose a poco en un bar, cuyo mostrador estaba situado bajo una marquesina abierta, de modo que desde allí podía dominar una vasta extensión de terreno.

Pidió una cerveza. Apenas se la habían servido, vio salir a Broxton y subir a uno de los coches oficiales, que arrancó de inmediato.

Tranquilamente, apuró la cerveza. Luego pagó y su— tarde, no lejos ele un pretencioso edificio de planta y primer piso, con un monumental rótulo luminoso que estaba apagado, dada la hora, poco más de mediodía.

Esperó muy poco, menos de cinco minutos. Broxton salió del edificio por una puerta lateral, subió a su coche y se marchó.

Entonces, Moore se apeó de la furgoneta y, sin prisas, cruzó la calle.

* * *

—No se puede pasar —dijo Norton hoscamente.

Moore sonrió.

—¿Ha resultado elevada la factura del dentista…? —preguntó.

Norton enrojeció y soltó una maldición. Sin hacerle caso, Moore señaló con una mano la puerta de paneles de roble que había a espaldas del sujeto.

—Anda, avisa a tu jefe. Dile que quiero hablar con él.

Norton volvió a gruñir, pero acabó por abrir la puerta. Entró en la habitación y salió a los pocos instantes.

—Entre —dijo hoscamente.

Wolf Hunnicut estaba en pie, junto a una mesita con servicio de licores. Era un sujeto de mediana edad, más bien bajo y algo regordete, pero en sus ojos, pese a su constante sonrisa de afectada simpatía, había una dureza diamantina.

Moore lo sabía muy bien.

—Me han dicho que quería hablar conmigo —dijo Hunnicut, sin volver la cabeza—. ¿En qué puedo serle útil, Moore?

—He venido a pedirle una moratoria, Hunnicut.

—¿Una moratoria? ¿Qué diablos tengo yo que ver…?

—Ando mal de dinero. Por tanto, no puedo pagar quinientos dólares por la protección que usted me ofrece. Pero si tanto aprecia mi integridad, usted me ofrecerá esa protección gratuitamente, hasta que disponga de fondos suficientes, ¿no es eso?

Hunnicut se volvió hacia el visitante.

—No sé de qué me está hablando —manifestó.

—Bueno, quizá Norton y Morrison actuaron por propia iniciativa —contestó el joven sonriendo—. Le preguntaré a Norton…

 

—¡Espere! —gritó Hunnicut, alarmado y desconcertado a un tiempo—. Vamos, Moore, diga de una vez qué diablos quiere.

—¡Pero si ya se lo he dicho! —Sólo quiero que tenga un poco de paciencia, hasta que pueda pagarle esos quinientos dólares mensuales. Ahora, la verdad, ando un poco escaso de fondos y…

Las cejas de Hunnicut se juntaron en su centro.

—Está bien, le concedo la moratoria —dijo—. Y ahora, lárguese. Tengo trabajo.

—Magnífico. Muchas gracias, Hunnicut. Ah, y diga a sus hombres que no se preocupen por mí: en mi casa tendrán toda la comida y la bebida que necesiten.

—Pero ¿qué está diciendo…?

—Está claro, ¿no? Si sus hombres van a protegerme, tienen que residir en mi casa. Pero no se preocupe; tengo un ama de llaves que es una magnífica cocinera.

—Mire, Moore, lo mejor será que se vaya de una vez. Ya hemos hablado bastante — contestó" Hunnicut de muy mal humor.

—Sí, me marcho ahora mismo, y gracias por la moratoria… Hombre, ahí veo dos balas de un «Remington 300»…

Hunnicut se volvió vivamente hacia la mesa y hasta alargó una mano, pero la retiró enseguida.

—¡Aquí no hay balas de rifle! —vociferó dándose cuenta del desliz cometido.

—¡Caramba, entiende usted mucho de armas! Enseguida ha sabido que el «Remington 300» es un rifle y no una pistola. Bueno, no quiero molestarle más, amigo Wolf. Gracias otra vez por todo. Cuando tenga dinero, repito, vendré a pagar sus servicios de protección. Adiós.

Moore salió con la sonrisa en los labios, mientras oía a sus espaldas unos atroces juramentos. Norton le miró con expresión malévola.

—Al jefe le duele mucho la úlcera —dijo el joven amablemente—. Será mejor que llame al doctor Masterson para que le recete un calmante.

Norton parpadeé. Tranquilamente, sin ser molestado, Moore buscó la escalera.

Cuando llegaba al final, se encontró con un tipo que se disponía a subir al primer piso.

—¿Qué diablos hace usted aquí? —preguntó el individuo hoscamente.

Moore le miró de arriba abajo. Por su corpulencia, Kit Brook podía ser el que…

—Estás muy cambiado ahora, Kit —dijo—. Sin bata blanca, sin lentes y sin bigote, eres muy distinto. Pero con todo eso puesto, podrías pasar por el doctor Masterson, sobre todo, si te mirase un policía soñoliento.

Brook palideció horriblemente. Abrió la boca, pero no pudo decir nada. Moore continuó su camino. Momentos después, estaba en la calle.

A pocos pasos de la puerta había parado un coche, con dos hombres en el asiento delantero. Moore reconoció a uno de ellos y, con un impulso irresistible, se acercó al vehículo.

—Hola, Slim —dijo al que estaba sentado junto al conductor—. ¿Has limpiado bien tu «Remington 300»?

Los ojos de Slim Pattern eran muy claros, de mirada glacial. Ni siquiera chispearon al oír aquellas palabras.

Moore contempló el agujereado lado izquierdo de la cara de Pattern. Una curiosa manifestación de las viruelas que había padecido el sujeto muchos años antes, pensó.

—Pero no te preocupes —dijo sonriendo—. El jefe tiene ya el proyectil que hirió a Mac Kenna. Lástima que no muriese de inmediato, ¿verdad?

Pattern y el otro permanecían silenciosos. Moore se irguió.

—Mac Kenna pudo hablar antes de morir —añadió—. Lástima que no pueda repetir lo que vio ante un jurado.

Los dos esbirros seguían callados. Moore se marchó en busca de su automóvil, que había dejado estacionado a prudente distancia.

Cuando ya iba a entrar, un hombre se situó ante él.

—Si no le importa, iré con usted, Moore —dijo.

El joven miró al sujeto que tenía frente a sí. En el lado izquierdo de su chaqueta se notaba un abultamiento harto significativo.

—¿Tan pobre es el señor Ganz? —preguntó, irónico. Hal Eastly no hizo caso de la burla.

—Entre y conduzca —ordenó secamente.

—Sí, señor.

Moore no necesitó preguntar adónde debía guiar el coche. Minutos más tarde, se detenía ante un fastuoso edificio, pero Eastly le hizo estacionar el automóvil en la explanada posterior.

—Venga conmigo —dijo.

Los dos hombres cruzaron una puertecita de servicio y subieren al primer piso. Había otro sujeto ante una puerta lujosamente decorada.

—Tuck, dile al jefe que ya estamos aquí —habló Eastly.

* * *

Walter Ganz llenó dos vasos altos y ofreció tino a su visitante. Ganz era un hombre alto, distinguido, apuesto, de sienes plateadas. Moore le sabía rival encarnizado de Hunnicut.

—Apuesto algo a que Hunnicut le ha hecho una buena oferta —dijo, después del primer sorbo.

—Se equivoca, Walter —contestó el joven—. ¿Por qué iba a hacer una buena oferta a un simple granjero?

—Vamos, vamos, Ethan; usted es el mejor policía que ha tenido Neighton desde que la fundaron el siglo pasado. Pero también le encuentro a usted un tanto remilgado.

—Es cuestión de opiniones, Walter.

—El jefe de policía es un inepto. Broxton es un mulo con dos patas. Usted podría ser un magnífico jefe de policía… si quisiera volver al cargo, claro.

—Usted tiraría de los hilos, ¿verdad?

—Sólo le pediría neutralidad en… algunas cosas. Mire, ni siquiera tocaría el asunto de las drogas, se lo prometo. Pero un hombre de su clase podría prosperar mucho a mi lado.

—Walter, ¿por qué me ha hecho venir, si conoce mi respuesta? Ganz suspiró.

—Debía intentarlo —se justificó—. Le admiro, Ethan, créame que le admiro, aunque actitudes como la suya no conducen a ninguna parte. Dígame, por favor, sólo una cosa, se lo ruego encarecidamente.

—¿Sí?

—Usted recogió a Tom Mac Kenna. ¿Ha dicho Hunnicut algo de los documentos que éste llevaba consigo y que no se han encontrado?

—¿Documentos? No sé de qué me está hablando, Walter. Lo único que he hecho ha sido pedirle una moratoria.

Ganz puso cara de idiota al oír aquellas palabras.

—¿Moratoria? Pero ¿qué diablos…?

—Hombre, está claro. Norton y Morrison vinieron a ofrecerme «protección» por quinientos dólares al mes. Ahora ando escaso de fondos y he ido a decirle a Hunnicut que tenga un poco de paciencia, hasta que mis negocios marchen mejor. Hunnicut, comprensivo, ha accedido. Eso es todo, Walter.

Ganz frunció el ceño.

—De modo que también se ha metido ahora en estos asuntos —dijo—. Es completamente nuevo para mí, Ethan.

Moore se dirigió hacia la puerta.

—Pues ya lo sabe. En cualquier momento pueden venir dos empleados de Hunnicut a solicitarle un donativo para los servicios de protección. A usted, dado el negocio que tiene, no le pedirán menos de cuatro o cinco mil dólares al mes.

—Los recibiré a palos —exclamó Ganz, colérico.

—Tendrá que ser a tiros —rió el joven, mientras abría la puerta.

Detrás de él, Ganz se descompuso y empezó a vomitar interjecciones. Pero muy pronto se serenó y llamó a Eastly.

—Hal, tenéis que vigilar a Moore —dijo.

—¿Sólo eso, jefe?

—Nada más. Bueno, lo que quiero es que… por ahora, no le ocurra nada.

—Vaya, yo creía…

—Tú no debes creer nada más que lo que yo te diga. Evita que le pase algo, como sea, ¿estamos?

—Bien, jefe, lo que usted mande. Si no le importa, me llevaré a Tuck Leyden conmigo.

—De acuerdo, pero antes envía a Lafe Willis: que se quede en el sitio de Leyden.

—Entendido.

Poco después, Leyden y Eastly vieron que Moore salía del Sagamore Hotel. Moore subió a su coche y se encaminó al Sun of Desert, del que salió unos minutos más tarde, con la decepción claramente pintada en su rostro.

A cinco kilómetros de la ciudad, un coche se atravesó súbitamente en el camino. Dos hombres, armados con sendas pistolas, corrieron hacia la furgoneta.

—¡Salga! —gritó uno de ellos—. Ahora mismo.

Moore, sorprendido, obedeció. Puso las manos en alto y dejó que le registrasen.

Los dos pistoleros le eran desconocidos. Empezó a sospechar vagamente que Hunnicut tenía más gente empleada de lo que había pensado en un principio.

—Está bien —dijo uno de ellos—. No tiene armas.

—¿Puedo saber, por favor, qué piensan hacer conmigo? —preguntó Moore con notoria cortesía.

—El desierto es muy grande —respondió uno de los pistoleros significativamente.