CAPÍTULO II

Lane pasó una mala noche. Apenas si pudo pegar un ojo en la cama del único hotel de Long Creek. Al tomar la habitación, había intentado conversar con el encargado de la recepción, pero el hombre se había mostrado reticente y poco dispuesto a dar detalles de lo ocurrido y de la vida de Edwina Coogan en su residencia de Hanlon Road.

Por la mañana, encargó el desayuno en su habitación. Mientras lo tomaba, decidió que habría alguien que le daría detalles de lo ocurrido. En Long Creek debía de haber a la fuerza un jefe de policía, comisario, alguacil o algo por el estilo. ¿Por qué el representante de la ley no había impedido el suceso de la víspera?

Terminó de desayunar y se vistió. Bajó a la planta y vio que el conserje era otro. El hombre tenía un aspecto más agradable que el hosco conserje nocturno. Intentaría obtener informes del individuo, se dijo, aparte de no haber desistido de sus propósitos de conversar con el jefe de policía.

Se acercó al mostrador.

—Buenos días —saludó, cortés—. Soy Clem Lane. Tomé anoche una habitación. Usted no estaba en recepción, amigo…

—Joe Larson, señor —sonrió el conserje—. ¿Puedo serle útil en algo, señor Lane?

—A decir verdad, sí. Llegué anoche justamente cuando había una multitud en las inmediaciones de Hanlon Road. Ocurrió algo horrible, creo.

La cara de Larson se demudó.

—Espantoso, señor —dijo—. Pero ella se lo tenía bien merecido.

—¿Cómo?

—Me refiero a la señora Coogan, bueno, era viuda, creo, pero usaba corrientemente su apellido de soltera. Fue ella quien mató a Jim Foreman y lo devoró.

Lane creyó que sus oídos se hallaban en mal estado.

—Amigo Larson, no irá a decirme que la señora Coogan era una caníbal —exclamó, procurando contener la ira que le producía la respuesta que había recibido.

—Sí, ya sé que es difícil creer una cosa semejante, pero las pruebas que se obtuvieron…

El teléfono sonó de pronto. Larson se excusó:

—Perdone un momento, señor —rogó. Levantó el aparato y dijo—: Recepción del Magnus Hotel… ¿Cómo? ¿El señor Lane? Sí, por favor, aguarde un instante, señora: precisamente está aquí, en recepción…

Larson alargó el teléfono.

—Para usted —indicó.

—¿Quién diablos conoce mi estancia en Long Creek? —masculló.

De pronto, una voz conocida resonó en su oído:

—Clem, por favor, no digas nada, no te sorprendas, no lances ninguna exclamación ni pronuncies siquiera mi nombre. Soy Edwina. Es probable que te hayan contado cosas horribles de mí. Yo te contaré la verdad, Esta noche te aguardo en mi casa. Por favor, no lo comentes con nadie. ¿Has comprendido lo que quiero decirte?

—Desde luego. ¿Hora?

—La que quieras, con tal que sea de noche. Por favor, Clem, eres el único en quien puedo confiar…

—Descuida. ¿Algo más?

—No, eso es todo.

Lane consiguió sonreír al devolver el teléfono a Larson.

—Muy amable, Joe —dijo.

—Ha sido un placer, señor Lane. ¿Piensa permanecer mucho tiempo en Long Creek?

—Todavía no lo sé, pero me parece un buen sitio para unas vacaciones. No había estado nunca aquí.

—Lo que ocurrió anoche puede que influya desfavorablemente en los visitantes —dijo Larson, preocupado—. La verdad es que Long Creek gozó siempre de buena fama, como una población tranquila y agradable, con bonitas vistas y un par de lagos con pesca abundante, pero este suceso tan horrible… Y lo peor es que la gente de fuera, cuando lean los periódicos, nos tacharán de locos, retrógrados y qué sé yo cuántas cosas más.

—Seguramente, no comprenderán lo que motivó la justa ira de la muchedumbre —dijo Lane con virtuoso acento.

—En cierto modo, yo les comprendo, señor. La señora Coogan devoró a dos hombres jóvenes y muy apreciados por la población: Rock Mendoza y Jim Foreman. Se dudaba en el primer caso, pero cuando se produjo el segundo, ya se tuvo la certeza de que ella se los había comido, así como suena. Entonces, resulta comprensible que se disparase la cólera del pueblo.

—Muy comprensible, en efecto —convino Lane con acento neutral.

* * *

El tiempo se le hizo interminable. Para distraerse, realizó una excursión a los parajes más pintorescos de los alrededores, encontrando que Larson no había exagerado en absoluto al elogiar las bellezas naturales de la comarca. Pero su ánimo no estaba para apreciar paisajes más o menos hermosos.

Volvió al pueblo a media tarde. Había un ambiente fúnebre, de temor; la gente evitaba mirarse a los ojos. Tal vez estaban arrepentidos de lo que había pasado la víspera. O tal vez no habían sabido librarse todavía de los horrores presenciados.

Lane, por su parte, se sentía profundamente conturbado. ¿Cómo era posible que la gente acusara de canibalismo a una mujer tan hermosa como Edwina Coogan? Ciertamente, Edwina tenía sus defectos, como todo el mundo; se la podía acusar, incluso, de ligereza y hasta de vanidad, pero nunca, pensaba él, podía cometer un crimen tan horrible como el de la antropofagia.

Pero es que, además, pensándolo fríamente, cada vez lo encontraba más incomprensible. Acusaban a Edwina de haberse comido a dos hombres. Era mucha carne, ciento cuarenta o ciento cincuenta kilos de carne… y si su mente estaba desvariada, no creía llegase a rebasar el extremo de comer un poco de la carne de sus víctimas, no en su totalidad, como había declarado Larson.

Al fin, llegó la noche.

Lane supo contener su impaciencia todavía media hora más. La temperatura era agradable y fingió que iba a dar un paseo a pie.

Ya había trazado una ruta durante el día. Long Creek era una población prácticamente construida a ambos lados de una calle principal, por la que pasaba el tráfico de vehículos. Algunas calles transversales llevaban a residencias esparcidas por las colinas cercanas. Lane embocó la calle paralela a Hanlon Road y la siguió hasta su final.

Entonces se halló en pleno campo. Giró a la izquierda. Abundaban los árboles, en especial los pinos y los abetos. La vegetación le permitía esconderse sin dificultades.

Momentos después, divisó la casa de Edwina.

Habría una puerta trasera, calculó. La encontró. Por fortuna, no estaba cerrada con llave.

Abrió cautelosamente. Luego hizo girar la puerta de nuevo, sin encender la luz, para evitar se conociera su presencia en la casa.

—Edwina —llamó a media voz.

—¿Clem? —llamó ella.

—Sí. Estoy en la cocina…

—Ven al salón. Las cortinas están corridas. Nadie podrá vernos.

Lane avanzó a tientas. Al abrir la puerta interior de la cocina, divisó una luz al fondo de un pasillo.

Momentos después, estaba frente a Edwina. Ella le tomó las dos manos, a la vez que le dirigía una penetrante mirada.

—Sabía que no me abandonarías, Clem —dijo Edwina.

—Soy siempre fiel a los amigos —sonrió él—. Por favor, dime, ¿en qué puedo ayudarte?

Los ojos de Edwina despidieron un fulgor singular, A Lane le pareció que al otro lado de las pupilas había dos diminutos hornos encendidos.

—Clem, no te preguntaré si estás enamorado de mí, porque ya conozco la respuesta —dijo ella con voz tensa—. Lo que hubo entre nosotros fue una especie de fuego muy intenso, pero alimentado por una leña muy seca, que se consumió con gran rapidez. No obstante, quiero saber si me aprecias verdaderamente, si me tienes el suficiente afecto como para librarme del horrible mal que me aqueja.

Lane se espantó. ¿Le proponía Edwina un acto de eutanasia? ¿Muerte por piedad?, se preguntó.

Ella sonrió tristemente.

—No me has contestado, Clem —dijo.

—Bien, te aprecio muchísimo y no querría que te ocurriese nada malo…

—Entonces, ¡mátame, Clem, mátame! ¡Por favor, líbrame de la carga insoportable de la existencia! ¡Clem, mátame!

* * *

Durante unos segundos, Lane contempló estupefacto a la hermosa mujer cuyas manos estaban en las suyas. La negra cabellera, la tersura de la piel, la figura escultural, de contornos que no necesitaban de ningún artificio ortopédico para semejar los de Venus…

¿Había alguna enfermedad incurable en aquel bellísimo cuerpo?

Edwina tiró de él y lo llevó hasta un diván cercano.

—Quiero contarte lo que me sucede —dijo—. Es probable que hayas oído en el pueblo cosas horribles de mí.

—Las he oído, pero, francamente, no puedo creer…

—Es cierto, Clem, yo devoré a esos dos hombres.

Lane cerró los ojos un instante, Edwina estaba loca de remate, no le cabía la menor duda.

—Nos separamos hace cuatro años —continuó ella—. Yo me casé, pero enviudé antes de los seis meses. Soy joven y hermosa, ¿para qué engañarnos?, por tanto, me creí en el derecho de ser feliz de nuevo. Rock Mendoza empezó a cortejarme. Después vino Jim Foreman… y anoche me quemaron.

Edwina lanzó una amarga carcajada.

—Los muy torpes no sabían que el fuego no podría conmigo —exclamó—. Pudieron quemar la mayor parte de mi cuerpo, pero un minúsculo fragmento, no mayor que la mano, se había separado ya y se deslizaba por la hierba hasta la casa. Fue suficiente para que yo recobrase mi forma habitual, ¿comprendes?

Lane sentía que la cabeza le daba vueltas. Era horrible, se dijo, estar al lado de una mujer de belleza incomparable y saber que tenía el cerebro destruido por un espantoso género de demencia.

Lo mejor era seguirle la corriente, decidió.

—Está bien. Te quemaron, pero has sobrevivido —dijo.

—Sólo puedo morir de una manera —declaró ella.

—¿Ah, sí?

Edwina se puso en pie de pronto. Lane vio que se dirigía a una mesa en la que había una pistola.

—¡Edwina! —gritó—. ¿Qué haces?

Ella se volvió y sonrió con infinita tristeza.

—Lo siento —dijo—. Yo misma lo he intentado más de una vez, pero me ha resultado imposible. Tienes que ser tú, Clem, tú eres el único que puede disparar esta pistola contra mí.

Lane se incorporó de un salto, horrorizado por la petición de la joven.

—Edwina, si estás enferma… Tengo algún dinero… Te llevaré a los mejores médicos… Pero no puedes cometer esta locura, cuando tienes solamente veintiocho años y toda una vida por delante…

Edwina movió lentamente la cabeza.

—No, Clem, no; lo mío no tiene cura —declaró. Avanzó un par de pasos, alargando la mano que sostenía la pistola.

—Por lo que más quieras, dispara… ¡Dispara, Clem! Hubo un momento de silencio. De repente, un vivo fogonazo iluminó la estancia.