TRES
1
Las estaciones se buscan una a la otra, como el hombre y la mujer, a fin de poder curarse de sus propios excesos.
La primavera, si se dilata más de una semana de su límite final, comienza a sentir ansias de que el verano ponga fin a los días de promesas perpetuas. El verano, a su vez, pronto comienza a sudar, pidiendo algo que aplaque su calor y el más mórbido de los otoños finalmente acaba por cansarse de la benevolencia y muere de ganas de que una rápida y penetrante escarcha aniquile toda su fecundidad.
Incluso el invierno —la estación más dura, más implacable— sueña con las llamas que en breve lo derretirán, mientras febrero avanza lentamente. Con el tiempo, todas las cosas se cansan y comienzan a buscar algún oponente que las salve de sí mismas.
Entonces, cuando agosto dio paso a septiembre, se oyeron muy pocas quejas.
2
Con trabajo, la casa de la calle Ludovico comenzó a tener un aspecto más hospitalario. Hasta los visitaron algunos vecinos que —después de haberse formado un juicio sobre la pareja— les hablaron libremente de cuanto se alegraban de que el número cincuenta y cinco estuviera otra vez ocupado. Solo uno de ellos llegó a mencionar a Frank, refiriéndose a un extraño sujeto con el que se había cruzado y que había vivido en la casa por unas semanas durante el verano anterior. Hubo un momento de incomodidad cuando Rory revelo que el inquilino era su hermano, pero la situación pronto fue olvidada gracias a Julia, cuyos hechizos no conocían límites.
Rory apenas había mencionado a Frank durante los años de matrimonio que llevaba con Julia, aunque él y su hermano tenían una diferencia de edad de sólo dieciocho meses y, de niños, habían sido inseparables. Julia se había enterado de esto durante un ataque de borrachera nostálgica de Rory —uno o dos meses antes de la boda—, en el que le había hablado de Frank largo y tendido. Había sido un relato melancólico. Una vez superada la adolescencia, los senderos de los hermanos habían divergido considerablemente y Rory lo lamentaba. Lamentaba todavía más el dolor que ocasionaba a sus padres la salvaje vida de Frank. Parecía que cuando Frank hacía su aparición, cada muerte de obispo, surgido de cualquier rincón del planeta en el que hubiera estado perdiendo el tiempo, solo acarreaba dolor. Los cuentos de sus aventuras en los abismos de la criminalidad, sus charlas sobre prostitutas y rateros, consternaban a la familia. Pero había cosas peores, o al menos eso decía Rory. En sus momentos más descontrolados, Frank hablaba de una vida transcurrida en el delirio, de un apetito por nuevas experiencias que no reconocía ningún mandato de la moral.
¿Había sido el tono del relato de Rory, mezcla de repulsión y envidia, lo que había acicateado tanto la curiosidad de Julia? Cualquiera fuese la razón, pronto la dominó una curiosidad imposible de aplacar sobre todo lo referente a ese loco.
Después, apenas dos semanas antes de la boda, apareció la oveja negra en persona. Últimamente las cosas le habían ido bien. Tenía anillos de oro en los dedos y la piel tersa y tostada. Había muy pocas señales externas del monstruo que Rory había descrito. El hermano Frank era tan suave como una piedra pulida. Julia sucumbió a sus encantos en el lapso de unas horas.
Sobrevino una época extraña. A medida que los días avanzaban hacia la fecha de la boda, Julia se descubría pensando cada vez menos en su futuro marido y cada vez más en el hermano. No eran totalmente disímiles: una cierta cadencia de sus voces y los modales desenvueltos eran los signos que indicaban el parentesco. Pero, a las cualidades de Rory, en Frank se sumaba algo que su hermano nunca tendría: un hermoso furor.
Lo que ocurrió después acaso era inevitable; por más que Julia hubiese luchado contra sus instintos con todas sus energías, no habría logrado otra cosa que posponer la consumación de lo que sentían el uno por el otro.
Al menos, esa fue la excusa con la que Julia trató de justificarse más tarde. Pero cuando terminó de autorrecriminarse siguió guardando como un tesoro el recuerdo de su primer —y último— encuentro con Frank.
Cuando llegó Frank, Kirsty estaba en la casa, ¿verdad?, encargándose de algún preparativo para la boda. Pero, por esa telepatía que acompaña al deseo (y que se esfuma con él), Julia supo que hoy era el día. Dejó a Kirsty haciendo una lista o algo así y llevó a Frank arriba, con el pretexto de enseñarle el vestido de novia. Así era como Julia lo recordaba: Frank le pidió ver el vestido; ella se puso el velo, riéndose al imaginarse vestida de blanco, y de pronto él se puso a su lado y le levantó el velo, y ella siguió riendo y riendo, como tratando de averiguar cual era la intensidad de sus propósitos. Sin embargo, él no se enfrió con las risas, ni tampoco perdió el tiempo con delicadezas para seducirla. El suave exterior dio paso, casi inmediatamente, a una materia más cruda. En todos los aspectos, salvo en el hecho de que contaba con el consentimiento de Julia, la cópula hizo gala de toda la agresión y la ausencia de gozo de una violación.
La memoria, por supuesto, endulzaba los acontecimientos; en los cuatro años (y cinco meses) que habían pasado de aquella tarde, Julia había rememorado la escena con frecuencia. Ahora, al recordarla, las magulladuras sufridas le parecían trofeos de la pasión; sus propias lágrimas, prueba positiva de lo que sentía por él.
Al día siguiente, Frank desapareció. Voló a Bangkok o la Isla de Pascua, algún sitio donde no tuviera deudas de las que hacerse cargo. Julia lo lloró; no pudo evitarlo. Y sus llantos no pasaron desapercibidos. Aunque nunca se discutió explícitamente, a menudo se preguntaba si el subsiguiente deterioro en su relación con Rory no habría comenzado entonces: ella pensando en Frank mientras le hacía el amor a su hermano.
¿Y ahora? Ahora, a pesar del cambio de ambiente doméstico y de la oportunidad de comenzar una nueva vida juntos, parecía que la situación conspiraba para volver a recordarle a Frank.
No eran solo los chismes de los vecinos los que lo habían devuelto a su memoria. Un día, cuando estaba sola en la casa y desembalando diversas pertenencias personales, se topó con varios álbumes de fotos de Rory.
Muchas eran fotos relativamente recientes de ellos dos, juntos, en Atenas y Malta. Pero, enterradas entre las sonrisas transparentes, había algunas fotos que Julia no recordaba haber visto antes (¿Rory se las había escondido?), retratos familiares que databan de hacía décadas. Una fotografía de la boda de los padres de Rory: una imagen en blanco y negro, degradada por los años a matices de gris. Fotos de bautismos en las que orgullosos abuelos sostenían bebés tapados de ropa con puntillas.
Y luego, fotografías de los hermanos juntos; de bebés, con los ojos grandes; como ariscos escolares, fotografiados en exhibiciones gimnásticas y en teatralizaciones de la escuela. Después, en el periodo en que sus ojos miraban tímidamente desde una adolescencia llena de acné, la cantidad de fotos mermaba, hasta que, superada la pubertad, los sapos se convertían en príncipes.
Al ver a Frank en colores brillantes, haciéndose el gracioso ante la cámara, sintió que se sonrojaba. Había sido un joven exhibicionista, cosa previsible: siempre vestido a la moda. Rory, en comparación, se veía desaliñado. Le pareció que esos retratos primitivos esbozaban las vidas futuras de los hermanos. Frank, el camaleón sonriente, seductor; Rory, el ciudadano decente.
Finalmente, guardó las fotos y descubrió, cuando se puso de pie, que además de sonrojarse había llorado. No de arrepentimiento. Eso era algo que no tenía sentido. Era la furia lo que le hacía arder los ojos. De algún modo, de un instante a otro, se había extraviado.
También sabía, con perfecta certeza, en que momento el control de su propia vida había flaqueado por primera vez. Acostada en la cama cubierta con el ajuar de boda, mientras Frank le colmaba el cuello de besos.
3
De vez en cuando, Julia subía a la habitación de las persianas selladas.
Hasta ahora, habían realizado muy pocos trabajos de decoración en el piso de arriba, prefiriendo organizar primero las zonas expuestas a la manera pública. Por lo tanto, el dormitorio había quedado intacto. Inexplorado, en realidad, excepto por esas pocas visitas de Julia.
No estaba segura de por qué subía, ni de cómo considerar el extraño acopio de sentimientos que la acosaba mientras estaba allí. Pero había algo en ese oscuro interior que le daba una sensación de bienestar: era una especie de útero, el útero de una mujer muerta. A veces, cuando Rory estaba trabajando, ella ascendía los escalones y sencillamente se quedaba sentada en la quietud, pensando en nada, o en algo que no podía expresar con palabras.
Esas estadías la hacían sentir raramente culpable y trataba de mantenerse apartada del dormitorio cuando Rory andaba por ahí. Pero no siempre era posible. A veces, sus pies la llevaban allí sin tener instrucciones de hacerlo.
Así ocurrió ese sábado, el día de la sangre.
Había mirado a Rory mientras trabajaba en la puerta de la cocina, levantando con un formón las varias capas de pintura que rodeaban a las bisagras, cuando le pareció oír que el dormitorio la llamaba. Satisfecha de que Rory estuviera completamente enfrascado en sus labores, subió.
Hacía más frío que de costumbre y se alegró. Apoyó la mano en la pared y luego transfirió la helada palma a su propia frente.
—Es inútil —murmuró para sí misma, imaginándose al hombre que trabajaba abajo. No lo amaba; no más de lo que él, rendido ante el encanto de la belleza de su rostro, la amaba a ella. Él rasqueteaba pintura en su propio mundo; aquí, muy distante de él, ella sufría.
Una corriente de aire empujo la puerta trasera del piso de abajo. Julia oyó que se cerraba de golpe.
En la planta baja, el sonido hizo que Rory perdiera concentración, el formón resbalo, clavándose profundamente en el pulgar de su mano izquierda. Al ver el chorro de color que brotaba, lanzó un grito. El formón cayó al suelo.
—¡Por todos los demonios!
Ella lo oyó, pero no hizo nada. Emergiendo de un estupor de melancolía, advirtió, demasiado tarde, que Rory estaba subiendo. Buscando torpemente la llave y una excusa para justificar su presencia en el cuarto, se puso de pie, pero él ya estaba en la puerta, cruzando el umbral, corriendo hacia ella, con la mano derecha cerrada sobre la izquierda. La sangre manaba en abundancia. Se colaba por entre sus dedos y se le escurría por el brazo, goteándole del codo, dejando mancha tras mancha sobre el piso de madera.
—¿Qué hiciste? —le preguntó ella.
—¿Qué te parece? —dijo él rechinando los dientes—. Me corté.
Su rostro y cuello se habían puesto del color de la masilla de la ventana. No era la primera vez que Julia lo veía así; en una ocasión, Rory se había desmayado ante la vista de su propia sangre.
—Haz algo —dijo él con náuseas.
—¿Es profunda?
—¡No lo sé! —le gritó él—. No quiero mirar.
Rory era un ridículo, pensó ella, pero éste no era el momento de ventilar el desprecio que sentía. En vez de hacerlo, tomó la mano sangrante de Rory en las suyas y, mientras él apartaba la vista, examinó el corte. Era de considerable tamaño y seguía sangrando profusamente. Sangre profunda; sangre oscura.
—Creo que será mejor que te lleve al hospital —le dijo.
—¿Puedes cubrirla? —le preguntó él, ahora con la voz desprovista de irritación.
—Claro. Buscaré una venda limpia. Vamos…
—No —dijo él, meneando el rostro ceniciento—. Si doy un solo paso, creo que me voy a desmayar.
—Entonces quédate aquí —lo apaciguo ella—. Te pondrás bien.
Al no encontrar en el botiquín del baño vendas adecuadas para la curación, tomó unos pañuelos limpios del cajón de él y regresó al dormitorio. Rory estaba apoyado contra la pared, con la piel brillante de sudor. Había pisado la sangre derramada. Julia percibió su sabor en el aire.
Tranquilizándolo, le dijo con calma que no se iba a morir por un corte de cinco centímetros; le envolvió la mano con un pañuelo, ató el otro alrededor de éste y luego lo escoltó, mientras él temblaba como una hoja, escaleras abajo (escalón por escalón, como un niño) y hasta el auto.
En el hospital, esperaron una hora en la fila de heridos ambulatorios antes de que finalmente lo atendieran y lo cosieran. A Julia le resultaba difícil saber, en retrospectiva, qué era lo más cómico del episodio: la debilidad de Rory o la extravagante gratitud que le expresó después. Cuando el exceso de elogios se le hizo demasiado repugnante, Julia le dijo que no quería que le diera las gracias, y era cierto.
No quería nada que él pudiera ofrecerle, excepto, tal vez, su ausencia.
4
—¿Limpiaste el piso del dormitorio húmedo? —le preguntó Julia al día siguiente. Lo llamaban «el dormitorio húmedo» desde aquel primer domingo, aunque, del cielorraso al zócalo, no había señales de hongos en la habitación.
Rory apartó la mirada de la revista. Bajo sus ojos colgaban grises medialunas. No había dormido bien, según le había dicho. Un dedo cortado y ya había tenido pesadillas de muerte. Ella, por el contrario, había dormido como un bebé.
—¿Qué dijiste? —le preguntó.
—El piso… —volvió a decir ella—. Había sangre en el piso ¿La limpiaste?
Él meneó la cabeza.
—No —dijo sencillamente, y volvió a la revista.
—Bueno, yo tampoco —dijo ella.
Él le dedico una sonrisa indulgente.
—Eres un ama de casa tan perfecta… —dijo—. Cuando haces las cosas ni siquiera te das cuenta.
El tema quedó cerrado allí. Aparentemente, él se contentaba con creer que Julia estaba perdiendo la cordura.
Ella, por el contrario, tuvo la extrañísima sensación de que estaba a punto de volver a encontrarla.