CON LAS UNIDADES DE LA FLOTA NOVENTA Y TRES

DESTINO/S.591134.45 MID. TODAS LAS UNIDADES INTACTAS.

-Maldición -jadeó Horza.

-¿Qué significa eso? -preguntó Wubslin. Introdujo los números de la pantalla en el ordenador de navegación de la Turbulencia en cielo despejado-. Oh -dijo el ingeniero reclinándose en su asiento-, es una de las estrellas cercanas. Supongo que querían fijar el punto de cita a medio camino entre esa estrella y...

Se volvió hacia la pantalla principal.

-Sí -dijo Horza, y contempló el mensaje de la pantalla con cara de preocupación.

Tenía que ser falso. No había nada que demostrara su origen idira-no. Ningún número de mensaje, código de clase, nave de origen, firma..., nada que tuviera la más mínima apariencia de autenticidad.

-¿Esa señal ha sido enviada por los tipos de las tres patas? -preguntó

Wubslin. Introdujo un diagrama holográfico en otra pantalla. El diagrama mostraba estrellas rodeadas por una parrilla esférica de finos trazos verdes-. Eh, estamos bastante cerca de allí.

-Sí, ¿verdad? -replicó Horza.

Seguía observando los resplandores y oleadas de luz creados por la batalla. Introdujo unas cuantas cifras en los sistemas de control de la Turbulencia en cielo despejado. El morro de la nave giró hasta quedar enfilado hacia el sistema del Mundo de Schar. Wubslin miró a Horza.

-¿Crees que no es de ellos?

-No estoy seguro -dijo Horza. La radiación estaba empezando a disiparse. El enfrentamiento parecía haber llegado a su fin, o uno de los dos bandos estaba huyendo-. Creo que si vamos allí quizá encontremos una UGC esperándonos. O una nube de AMC.

-¿AMC? ¿Qué...? ¿Esa cosa con la que liquidaron Vavatch? -dijo Wubslin y lanzó un silbido-. No, gracias.

Horza desconectó la pantalla en la que había aparecido el mensaje. Todo volvió a repetirse menos de una hora después, desde las oleadas de radiación hasta las perturbaciones creadas por los campos distorsionadores, y esta vez había dos mensajes, uno ordenándoles que no hicieran ningún caso de la primera señal y otro proporcionando nuevas coordenadas para la cita. Ambos parecían auténticos; ambos terminaban con la palabra «Xoralundra». Horza siguió masticando la comida que se acababa de poner en la boca cuando oyó sonar la alarma y lanzó una maldición. Un tercer mensaje dirigido personalmente a él apareció en la pantalla. Le ordenaba que ignorara las dos señales anteriores y que dirigiera la Turbulencia en cielo despejado hacia otras coordenadas de cita distintas.

Horza dejó escapar un grito de ira. Los fragmentos de comida salieron despedidos de su boca y chocaron contra la pantalla. Desconectó el comunicador de banda ancha y fue al comedor.

-¿Cuando llegaremos a la Barrera del Silencio?

-Dentro de unas horas. Puede que medio día.

-¿Estás nervioso?

-No. Ya he estado allí antes. ¿Y tú?

-Si tú dices que todo irá bien... Te creo.

-Todo debería ir bien.

-¿Conoces a algunas de las personas que hay ahí?

-No lo sé. Han pasado unos cuantos años. No cambian al personal con mucha frecuencia, pero la gente se va. No lo sé. Tendré que esperar a que lleguemos.

-Hace mucho tiempo que no ves a nadie de tu especie, ¿verdad?

-Sí. Desde que me marché de allí.

-¿No tienes ganas de volver a verles?

-Quizá.

-Horza... Mira, ya sé que te dije que no debíamos hacernos preguntas sobre el pasado..., sobre todo lo que ocurrió antes de convertimos en tripulantes de la Turbulencia en cielo despejado pero..., eso fue cuando..., antes de que muchas cosas cambiaran..

-No nos ha ido mal, ¿verdad?

-¿Quieres decir que no quieres hablar de eso ahora?

-Puede. No lo sé. ¿Quieres que te hable de...?

-No. -Le puso la mano sobre los labios. Horza sintió el roce de sus dedos en la oscuridad-. No, está bien. No tiene importancia. Olvídalo. Estaba sentado en el asiento central. Wubslin ocupaba el asiento del ingeniero a la derecha de Horza, y Yalson estaba a su izquierda. Los demás se habían quedado de pie detrás de ellos. Había dejado venir a Balveda. Ahora apenas si podía ejercer ninguna influencia sobre lo que fuese a ocurrir. La unidad flotaba cerca del techo.

La Barrera del Silencio estaba aproximándose. Tenía el aspecto de un campo espejo situado justo delante de ellos, y debía de medir como un día luz de diámetro. Había aparecido de repente en la pantalla cuando se encontraban a una hora de ella. Wubslin temía que estuviera indicando su posición, pero Horza sabía que ese campo espejo sólo existía en los sensores de la Turbulencia en cielo despejado. Allí fuera no había nada visible.

Cuando estaban a unos cinco minutos de distancia todas las pantallas se ennegrecieron. Horza ya les había advertido de que ocurriría, pero en cuanto las pantallas dejaron de mostrar las imágenes habituales incluso él se puso algo nervioso. Era como si se hubiera quedado ciego de repente.

-¿Estás seguro de que esto es normal? -preguntó Aviger.

-Si no hubiera ocurrido me sentiría mucho más preocupado de lo que estoy ahora -replicó Horza.

Aviger se agitó nerviosamente a su espalda.

-Creo que todo esto es increíble -dijo Dorolow-. Esta criatura es... Es una especie de dios. Estoy segura de que puede captar nuestros pensamientos y nuestros estados de ánimo. Ya empiezo a sentirlo.

-Bueno, en realidad no es más que una colección de sistemas autoreferenciales que...

-Balveda... -dijo Horza.

Se volvió hacia la mujer de la Cultura. Balveda no llegó a completar la frase. Se llevó una mano a los labios y le miró con ojos que echaban chispas. Horza se volvió hacia la pantalla vacía.

-¿Cuando se supone que...? -empezó a decir Yalson.

NAVE QUE SE APROXIMA, dijo la pantalla en varios idiomas.

-Bueno, vamos allá... -dijo Neisin.

Dorolow le hizo callar.

ESTÁS APROXIMÁNDOTE AL PLANETA LLAMADO

MUNDO DE SCHAR, UN PLANETA DE LOS MUERTOS

DRA'AZON. EL AVANCE A PARTIR DE ESTE PUNTO SE ENCUENTRA SOMETIDO A VARIAS RESTRICCIONES.

-Lo sé. Me llamo Bora Horza Gobuchul. Deseo que se me permita volver al Mundo de Schar durante un breve período de tiempo. Hago esta petición con el máximo respeto.

-No cabe duda de que sabes cómo convencer a la gente, ¿eh? -dijo Balveda.

Horza le lanzó una rápida mirada de soslayo. El comunicador sólo transmitiría sus palabras, pero no quería que olvidara su condición de prisionera.

HAS ESTADO AQUÍ ANTES.

Horza no estaba muy seguro de si aquello era una pregunta o una afirmación.

-He estado en el Mundo de Schar antes -confirmó-. Era uno de los centinelas Cambiantes.

Explicarle cuándo había estado allí en calidad de centinela no serviría de mucho. El idioma de los Dra'Azon poseía tiempos verbales, pero para los Dra'Azon cada momento de la eternidad era «ahora». La pantalla quedó en blanco unos segundos antes de repetir el mensaje anterior. HAS ESTADO AQUÍ ANTES.

Horza frunció el ceño. No sabía qué decir. -Senilidad irreversible, está claro -murmuró Balveda.

-Puedo sentirlo, puedo sentir su presencia -susurró Dorolow. HAY OTROS HUMANOS CONTIGO.

-Muchísimas gracias -dijo Unaha-Closp desde algún punto cercano al techo.

-¿Veis? -dijo Dorolow casi gimoteando.

Horza oyó como Balveda lanzaba un bufido. Dorolow empezó a tambalearse. Aviger y Neisin tuvieron que agarrarla para impedir que cayera al suelo.

-No he podido desembarcarles en ningún sitio antes de venir aquí dijo Horza-. Pido tu indulgencia. Si es necesario, se quedarán a bordo de esta nave.

NO SON CENTINELAS. SON DE OTRAS ESPECIES HUMANOIDES.

-Yo soy el único que necesita pisar el Mundo de Schar. LA ENTRADA ESTÁ RESTRINGIDA.

Horza suspiró.

-Soy el único que pide permiso para desembarcar.

¿POR QUÉ HAS VENIDO AQUÍ?

Horza vaciló. Oyó el bufido casi imperceptible de Balveda. Busco a alguien que está allí.

¿QUÉ BUSCAN LOS OTROS? -Nada.

Vienen conmigo.

ESTÁN AQUÍ.

-Ellos... -Horza se lamió los labios. Todos sus ensayos anteriores y todo el devanarse los sesos pensando en lo que diría cuando llegara aquel momento le parecieron inútiles-. No están aquí por voluntad propia, pero no tenían alternativa. Tenía que traerles conmigo. Si lo deseas, se quedarán a bordo de la nave en órbita alrededor del Mundo de Schar, o un poco más lejos dentro del perímetro de la Barrera del Silencio. Dispongo de un traje, puedo... ESTÁN AQUÍ CONTRA SU VOLUNTAD.

Que él supiera, el Dra'Azon nunca había interrumpido a nadie. Tuvo la impresión de que no era buena señal.

-Las... circunstancias son... complicadas. Ciertas especies de la galaxia están en guerra. En ese tipo de situaciones la libertad de elección queda severamente limitada. Haces cosas que nunca harías en circunstancias normales. AQUÍ HAY MUERTE.

Horza contempló las palabras que acababan de aparecer en la pantalla con tanta atención como si fueran ojos capaces de ver en lo más profundo de su ser. El silencio más absoluto se adueñó del puente durante unos segundos. Después oyó el sonido de dos cuerpos removiéndose nerviosamente.

-¿Qué quiere decir con eso? -preguntó Unaha-Closp.

-¿La..., la hay? -preguntó Horza. Las palabras seguían en la pantalla. El Dra'Azon estaba comunicándose en marain. Wubslin pulsó unos cuantos botones en su parte de la consola. Normalmente esos botones servían para controlar lo que aparecía en las pantallas situadas ante él, pero ahora todas repetían las palabras que iban apareciendo en la pantalla principal. El ingeniero se reclinó en su asiento. Parecía estar muy tenso, como si el asiento se hubiera vuelto repentinamente demasiado pequeño para su cuerpo. Horza carraspeó en un intento de aclararse la garganta.

-Hubo una batalla... Un enfrentamiento cerca de aquí -dijo-. Justo antes de que llegáramos. Quizá aún no haya terminado. Puede que haya muertes.

AQUÍ HAY MUERTE.

-Oh... -dijo Dorolow, mientras se derrumbaba en los brazos de Neisin y Aviger.

-Será mejor que la llevemos al comedor -dijo Aviger mirando a Neisin-. Se le pasará si puede acostarse un rato.

-Oh, de acuerdo -dijo Neisin.

Sus ojos recorrieron el rostro de la mujer. Dorolow parecía estar inconsciente.

-Quizá yo pueda... -empezó a decir Horza. Tragó una honda bocanada de aire-. Si hay muerte aquí quizá yo pueda detenerla. Quizá pueda impedir que se produzcan más muertes. BORA HORZA GOBUCHUL.

-¿Sí? -preguntó Horza tragando saliva.

Aviger y Neisin transportaron el flaccido cuerpo de Dorolow a través del umbral y se alejaron por el pasillo que desembocaba en el comedor. El mensaje de la pantalla cambió: ESTÁS BUSCANDO LA MÁQUINA QUE SE HA REFUGIADO EN EL PLANETA.

-Jo, jo -dijo Balveda, volviendo la cabeza con una sonrisa en los labios mientras se llevaba la mano a la boca.

-¡Mierda! -exclamó Yalson.

-Parece que nuestro dios no es tan estúpido -dijo Unaha-Closp.

-Sí -dijo secamente Horza. ¿Para qué seguir fingiendo? Al parecer no serviría de nada-. Sí, estoy buscando esa máquina. Pero creo que... PERMISO CONCEDIDO.

-¿Qué? -dijo la unidad.

-Bueno... ¡Yuuuupi! -gritó Yalson.

Se cruzó de brazos y apoyó la espalda en el mamparo. Neisin volvió

a aparecer en el umbral y se quedó quieto en cuanto vio el mensaje de la pantalla.

-Vaya, sí que han cambiado las cosas -dijo volviéndose hacia Yalson-. ¿Qué le ha dicho?

Yalson se limitó a menear la cabeza. Horza sintió como una inmensa oleada de alivio invadía todo su ser. Observó atentamente las dos palabras de la pantalla como si temiera que aquel breve mensaje podía contener alguna negación oculta.

-Gracias -dijo sonriendo-. ¿He de bajar yo solo al planeta?

PERMISO CONCEDIDO.

AQUÍ HAY MUERTE.

CUIDADO.

-¿A qué clase de muerte te refieres? -preguntó Horza. El alivio estaba empezando a desvanecerse. La obsesión del Dra'Azon con la muerte hizo que un escalofrío recorriera todo su cuerpo-. ¿Dónde?

¿Quiénes han muerto o van a morir?

El mensaje de la pantalla volvió a cambiar. Las dos primeras líneas desaparecieron. Ahora sólo decía:

CUIDADO.

-Esto no me gusta ni pizca -dijo Unaha-Closp.

Las pantallas volvieron a funcionar como siempre. Wubslin dejó escapar un suspiro y se relajó. El sol del sistema del Mundo de Schar brillaba ante ellos a menos de un año luz de distancia. Horza comprobó

los datos del ordenador de navegación mientras su pantalla se encendía y apagaba hasta volver a la normalidad al mismo tiempo que las demás, ofreciéndole todo un surtido de números, gráficos y hologramas. En cuanto hubo terminado la comprobación, el Cambiante se reclinó en su asiento.

-Hemos pasado sin problemas -dijo-. Hemos atravesado la Barrera del Silencio.

-Ahora nada puede tocarnos, ¿verdad? -preguntó Neisin. Horza contempló la pantalla. La enana amarilla ocupaba todo el centro de la imagen, un punto de luz que ardía sin vacilaciones ni parpadeos. Los planetas seguían siendo invisibles. Asintió con la cabeza.

-No, estamos a salvo. Al menos, nada que esté al otro lado de la Barrera del Silencio puede hacernos daño...

-Estupendo. Creo que lo celebraré tomando un trago.

Neisin saludó con la cabeza a Yalson y su flaca silueta desapareció

por el umbral.

-¿Crees que eso quiere decir que sólo puedes bajar tú o podemos bajar todos? -preguntó Yalson.

Horza meneó la cabeza sin apartar los ojos de la pantalla.

-No lo sé. Nos pondremos en órbita y entraré en comunicación con la base de los Cambiantes poco antes de que intentemos acercarnos con la Turbulencia en cielo despejado. Si al Señor Corrección no le gusta, estoy seguro de que nos lo hará saber.

-Vaya, has llegado a la conclusión de que es un varón, ¿en? -dijo Balveda, y Yalson habló casi al mismo tiempo que ella.

-¿Por qué no te pones en contacto con ellos ahora?

-Todo eso de la muerte no me ha gustado nada. -Horza se volvió

hacia Yalson. Balveda estaba junto a ella. La unidad descendió un poco para colocarse al nivel de sus ojos. Horza miró a Yalson-. Es una precaución, nada más. No quiero precipitarme. -Volvió la cabeza hacia la mujer de la Cultura-. Que yo sepa, la transmisión regular de la base en el Mundo de Schar debía de haberse producido hace unos días. Supongo que no tendrás ni idea de si ha sido recibida o no,

¿verdad?

Miró a Balveda. Su sonrisa indicaba que no tenía muchas esperan-zas de recibir respuesta o, por lo menos, de que esa respuesta fuese sincera. La agente de la Cultura clavó los ojos en el suelo, pareció encogerse de hombros y acabó alzando la cabeza. Sus ojos se encontraron con los de Horza.

-Sé que llevaba retraso -dijo.

Horza siguió contemplándola en silencio. Balveda no apartó la mirada. Los ojos de Yalson fueron del uno al otro. Unaha-Closp acabó

rompiendo el silencio.

-Francamente, nada de todo esto me inspira mucha confianza dijo-. Mi consejo es que... -Horza le miró con cara de pocos amigos y la unidad no llegó a completar la frase-. Hmmm -dijo-. Bueno, no importa. Flotó hacia la puerta y salió del puente.

-Parece que todo va bien -dijo Wubslin. Al parecer, no se dirigía a nadie en particular. Se reclinó en el asiento y asintió para sí mismo-. Sí. la nave ya ha vuelto a la normalidad.

Giró sobre sí mismo y les sonrió.

Fueron a buscarle. Estaba en un estadio jugando a la pelota en ingravidez. Creía encontrarse a salvo, rodeado de amigos por todas partes (durante un segundo parecieron flotar ante él como si fueran una nube de moscas, pero no le dio importancia. Se rió, cogió la pe- lota, la arrojó y se anotó un tanto.) Pero fueron a buscarle allí. Les vio llegar. Eran dos. Salieron por una puerta incrustada en una an- gosta chimenea del estadio esférico sostenido por nervaduras. Vestían capas que no tenían ningún color determinado, y fueron en línea recta hacia él. Intentó alejarse volando, pero su arnés había dejado de funcionar. Estaba atrapado, flotando en el aire incapaz de avanzar en ninguna dirección. Intentó nadar a través del aire y quitarse el ar- nés para poder arrojárselo -quizá consiguiera darles, y de lo que sí

estaba seguro era de que el gesto serviría para hacerle salir despedido en dirección opuesta-, pero le cogieron antes de que pudiera hacer nada.

Ninguna de las personas que le rodeaban pareció darse cuenta de lo que ocurría y de repente comprendió que no eran amigos suyos. De hecho, no conocía a nadie. Le cogieron por los brazos y un instante después, sin haberse movido y sin haber atravesado ningún espacio, se las arreglaron para hacerle sentir que habían doblado una esquina in- visible y habían llegado a un lugar que siempre estaba allí pero que no podía verse. Estaban en una zona de oscuridad. Cuando miró a lo lejos vio aquellas capas que no tenían ningún color definido destacando en la oscuridad. Estaba indefenso, tan impotente como si se encontrara atrapado en un bloque de piedra, pero podía ver y respirar.

-¡Ayudadme!

-No estamos aquí para eso.

—¿Quiénes sois?

-Ya lo sabes.

-No lo sé.

-Entonces no podemos decírtelo.

-¿Qué queréis?

-A ti.

-¿Por qué?

-¿Por qué no?

-Pero ¿por qué yo?

-No tienes a nadie.

-¿Qué?

-No tienes a nadie.

-¿Qué quieres decir con eso?

-No tienes familia. No tienes amigos.

-... ni religión. Ni creencias.

—¡Eso no es cierto!

-¿Estás seguro?

-Creo en...

-¿En qué?

-¡En mí!

-No es suficiente.

—De todas formas, nunca llegarás a saberlo.

-¿El qué? ¿Qué es lo que nunca llegaré a saber?

-Basta. Hagámoslo ahora.

-¿Hacer el qué?

-Quitarte el nombre.

-Yo....

Se metieron dentro de su cráneo y le quitaron el nombre. Y por eso gritó.

-¡Horza!

Yalson meneó la cabeza con tanta brusquedad que se la golpeó con el mamparo que había sobre la pequeña cama, Horza despertó balbuceando algo incomprensible. El gemido murió en sus labios. Su cuerpo se tensó durante un momento y se relajó.

Extendió los brazos y las yemas de sus dedos rozaron el vello que cubría la piel de la mujer. Yalson puso las manos detrás de la cabeza de Horza y le abrazó atrayéndole hacia su pecho. Horza no dijo nada, pero los latidos de su corazón fueron haciéndose gradualmente más lentos hasta que acabaron acompasándose con los de ella. Yalson le meció

suavemente durante un rato. Después le apartó la cabeza, se inclinó y le besó en los labios.

-Ya me encuentro mejor -dijo Horza-. Ha sido una pesadilla, nada más.-¿Qué has soñado?

-Nada -dijo él.

Volvió a apoyar la cabeza en su pecho, colocándola entre sus senos con tanta cautela como si su cabeza fuera un huevo inmenso y muy delicado.

Horza se había puesto el traje. Wubslin estaba sentado en su sitio de costumbre. Yalson ocupaba el asiento del copiloto. Los dos llevaban puesto el traje. El Mundo de Schar ocupaba la pantalla que había ante ellos. Los sensores incrustados en el vientre de la Turbulencia en cielo despejado apuntaban hacia aquella esfera gris y blanca y aumentaban su tamaño.

-Vuelve a intentarlo -dijo Horza.

Wubslin transmitió el mensaje grabado por tercera vez.

-Quizá ya no utilizan ese código -dijo Yalson.

Sus ojos no se apartaban de la pantalla. Se había cortado el cabello hasta dejar una capa de sólo un centímetro de grosor cubriéndole el cráneo, no mucho más espesa que el vello esparcido sobre su cuerpo. El efecto amenazador producido por el corte de pelo no encajaba demasiado bien con la pequeñez de la cabeza que asomaba por el enorme cuello del traje.

-Es tradicional. Es más un lenguaje de ceremonia que un código

-dijo Horza-. Si captan la transmisión sabrán que soy un Cambiante.

-¿Estás seguro de que hemos apuntado el haz hacia el sitio correcto?

-Sí -dijo Horza intentando no perder la calma.

Llevaban menos de media hora en órbita, inmóviles sobre el continente donde se encontraban los túneles del Sistema de Mando. Casi toda la superficie del planeta estaba cubierta de nieve. El hielo ocultaba la península de mil kilómetros de longitud bajo la que se había excavado el sistema de túneles que se extendía hasta el mar. El Mundo de Schar había entrado en otra de sus eras glaciales periódicas hacía ya siete mil años, y el océano había quedado reducido a una banda relativamente angosta que ceñía el ecuador, deslizándose por entre los trópicos del planeta, todavía no muy bien definidos. El cinturón gris acero del océano era visible ocasionalmente a través de los remolinos de las nubes tormentosas.

Se encontraban a veinticinco mil kilómetros de la capa de nieve que cubría la superficie del planeta, y su comunicador estaba lanzando un haz de señales hacia una zona circular que tendría escasas decenas de kilómetros de diámetro situada entre los dos brazos helados de mar que le proporcionaban una especie de leve cintura a la península. Allí se encontraba la entrada a los túneles; allí era donde vivían los Cambiantes. Horza estaba seguro de que no había cometido ningún error, pero hasta el momento su mensaje seguía sin obtener respuesta.

«Aquí hay muerte», pensaba una y otra vez. El frío del planeta parecía estar invadiendo lentamente su cuerpo e introduciéndose en sus huesos.

-Nada -dijo Wubslin.

-Bien -dijo Horza. Sus manos enguantadas se posaron sobre los controles manuales--Vamos a bajar.

Los campos distorsionantes de la Turbulencia en cielo despejado se deslizaron sobre la leve curvatura del pozo gravitatorio creado por el planeta y la nave fue bajando cautelosamente por aquella pendiente invisible. Horza desconectó los motores y dejó que volvieran a la modalidad sólo-para-emergencias. Ahora ya no los necesitarían, y en cuanto el gradiente gravitatorio hubiera aumentado un poco dejarían de ser utilizables. La Turbulencia en cielo despejado fue cayendo cada vez más deprisa hacia el planeta. Los motores de fusión estaban preparados. Horza observó los gráficos y diagramas de las pantallas hasta quedar convencido de que seguían el curso correcto. Se quitó el arnés y volvió al comedor mientras el planeta parecía ir girando lentamente bajo la nave.

Aviger, Neisin y Dorolow llevaban los trajes y estaban sentados con los arneses de sujeción asegurados. Perosteck Balveda también estaba inmovilizada por un arnés. Llevaba una chaqueta bastante gruesa y unos pantalones de abrigo. Su cabeza emergía por el cuello de una camisa blanca. La gruesa tela de la chaqueta le cubría el torso hasta la altura de la garganta. Calzaba botas de montaña y un par de guantes de piel esperaban sobre la mesa el momento de que se los pusiera. La chaqueta contaba con una pequeña capucha que colgaba sobre su espalda. Horza no estaba muy seguro de si Balveda había escogido aquella blanda e inútil parodia de un traje espacial como reproche o si había obrado de forma inconsciente impulsada por el miedo y la necesidad de sentirse más segura y protegida.

Unaha-Closp estaba acostado en un asiento con la parte delantera apuntando hacia el techo, envuelto en las tiras del arnés de sujeción.

—Confío en que no vayamos a pasar por otra exhibición de circo volante con escombros incluidos corno la que soportamos la última vez en que el capitán tomó los mandos de este montón de chatarra -dijo la unidad.

Horza le ignoró.

-El Señor Corrección no ha vuelto a ponerse en contacto con nosotros, por lo que parece que podemos bajar -dijo-. Cuando lleguemos allí

saldré de la nave para echar un vistazo. Cuando vuelva decidiremos qué vamos a hacer.

-Supongo que eso significa que usted decidirá lo que... -empezó a protestar la unidad.

-¿Y si no vuelves? -preguntó Aviger.

La unidad emitió una especie de siseo, pero no dijo nada. Horza contempló la silueta del viejo. Su traje le daba el aspecto de un juguete mecánico.

-Volveré, Aviger -dijo-. Estoy seguro de que todos los Cambiantes de la base están perfectamente. Hasta les persuadiré de que nos preparen una comida caliente, ya lo verás. -Sonrió, pero sabía que sus palabras no habían sonado demasiado convincentes-. De todas formas y aunque me parece muy improbable -siguió diciendo-, si algo va mal volveré enseguida a la nave.

-Bueno, esta nave es lo único con que contamos para salir de aquí dijo Aviger-. Procura recordarlo, Horza. Parecía bastante asustado. Dorolow puso una mano sobre el brazo de su traje.

-Confía en Dios -dijo-. No nos ocurrirá nada. -Miró a Horza-.

¿Verdad, Horza?

Horza asintió.

-Claro que no. Todo irá estupendamente.

Giró sobre sus talones y volvió al puente.

Estaban muy arriba, entre las nieves, observando el sol de mediados del verano que iba hundiéndose en los mares rojizos de aire y nubes. Una ráfaga de viento frío hizo que varios mechones de su cabellera se agitaran sobre el rostro de la mujer, castaño rojizo acariciando la blancura de la piel, y el hombre alzó una mano casi sin pensarlo para apartarlos de sus ojos. La mujer se volvió hacia él y apoyó

la cabeza en el hueco de su mano. Sus labios se curvaron en una leve sonrisa.

-Bueno, se acabó el día de verano.

Había hecho un día muy hermoso, con la temperatura todavía bas-tante por debajo del punto de congelación pero, aun así, lo suficientemente suave para que pudieran quitarse los guantes y prescindir de la protección que les ofrecían las capuchas. El hombre sintió el calor de la piel de su cuello en la palma de la mano, y cuando la mujer alzó la cabeza hacia él para mirarle su lustrosa y pesada cabellera le rozó el dorso de la mano. Su piel era blanca como la nieve, blanca como el hueso.

-Otra vez esa expresión... -dijo ella en voz baja.

-¿Qué expresión? -preguntó él, poniéndose a la defensiva y sabiendo muy bien a qué se refería.

-Como si estuvieras muy lejos de aquí -dijo ella.

Le cogió la mano y se la llevó a la boca, besándola y acariciándola como si fuese un animalito indefenso.

-Bueno, eso no es más que una opinión tuya, ¿no te parece?

La mujer apartó la vista y contempló la lívida bola rojiza del sol que estaba ocultándose detrás de la cordillera.

-Es lo que veo -dijo-. Conozco muy bien tus expresiones. Las conozco todas, y sé lo que significan. El hombre sintió una punzada de rabia al ver lo fácil que le resultaba leer en su interior, pero sabía que la mujer tenía razón, al menos en parte. Le conocía tan bien que sólo ignoraba aquello que ni él mismo sabía de su personalidad (aunque se dijo que esa parte seguía siendo muy considerable). Hasta era posible que le conociera mejor de lo que se conocía él mismo...

-No soy responsable de mis expresiones -dijo pasados unos segundos intentando tomárselo todo a broma-. A veces consiguen sorprenderme incluso a mí.

-¿Y qué haces entonces? -preguntó ella. Los últimos rayos del sol caían sobre su pálido y delgado rostro dándole un falso color sonrosado-. ¿Te sorprenderás mucho cuando te marches?

-¿Por qué siempre das por sentado que voy a marcharme? -exclamó

él con voz irritada. Metió las manos en los bolsillos de la gruesa chaqueta y contempló el hemisferio de la estrella que iba desapareciendo detrás de las montañas-. Ya te he dicho no sé cuántas veces que soy feliz aquí.

-Sí -dijo ella-. No paras de repetírmelo.

-¿Por qué iba a querer marcharme?

La mujer se encogió de hombros, deslizó un brazo alrededor del suyo y apoyó la cabeza en su hombro.

-Las luces brillantes, las multitudes, emociones y aventuras; otras personas.

-Soy feliz aquí contigo -dijo él.

Le puso el brazo sobre los hombros. Incluso llevando aquella cha-queta acolchada la mujer producía una impresión de delgadez que casi llegaba a la fragilidad.

La mujer guardó silencio durante unos momentos.

-Tienes razones más que suficientes para serlo, ¿no te parece? -dijo por fin en un tono de voz muy distinto al de antes. Se volvió hacia él y le sonrió-. Y ahora, bésame.

La estrechó entre sus brazos y la besó. Sus ojos fueron deslizándose por encima de su hombro hasta llegar al suelo y vio algo pequeño y rojo que se movía sobre la nieve pisoteada junto a las botas de la mujer.

-¡Mira! -exclamó, apartándose de ella. Se agachó, la mujer se acuclilló junto a él y se dedicaron a observar el pequeño insecto parecido a un palito que se deslizaba lenta y laboriosamente sobre la nieve, otro ser viviente que se movía sobre la desnudez del mundo-. Es el primero que he visto -dijo volviéndose hacia la mujer.

Ella meneó la cabeza y sonrió.

-No miras con la atención suficiente -le riñó bromeando. El hombre alargó la mano y cogió al insecto en el hueco de su palma antes de que la mujer pudiera impedírselo.

-Oh, Horza... -dijo ella, y en su voz había una huella casi imperceptible de desesperación. Horza la miró sin entender por qué se había puesto tan triste mientras el calor de su mano acababa con la existencia de aquella criatura de las nieves.

La Turbulencia en cielo despejado siguió bajando hacia el planeta, moviéndose en círculos sobre las gélidas capas superiores de la atmósfera, yendo del día a la noche para volver al día, acercándose un poco más al ecuador y los trópicos con cada nueva espiral. Poco a poco fue encontrándose con una atmósfera cada vez más consistente: iones y gases, ozono y aire. Atravesó la delgada envoltura del planeta con una voz de fuego, iluminando el cielo nocturno como si fuera un inmenso meteorito capaz de alterar su rumbo, dejó

atrás el terminador del alba, avanzó sobre mares color gris acero, icebergs en forma de meseta, riscos de hielo, morenas y acantilados, costas heladas, glaciares, cordilleras, tundras, más capas de hielo compacto y, finalmente, fue descendiendo sobre sus columnas de llamas hasta llegar a una península de mil kilómetros de longitud que asomaba del mar helado como un monstruoso miembro fracturado envuelto en escayola.

-Ahí está -dijo Wubslin.

Estaba observando la pantalla del sensor de masas. Una luz se encendía y se apagaba moviéndose lentamente sobre el diagrama. Horza miró por encima de su hombro.

-¿La Mente? -preguntó.

Wubslin asintió con la cabeza.

-Tiene la densidad correcta. A cinco kilómetros de profundidad... Pulsó algunos botones y contempló los números que empezaron a desfilar por la pantalla-. Está en el extremo más alejado de la entrada..., y se mueve. -El puntito de luz desapareció. Wubslin manipuló los controles durante unos momentos y acabó reclinándose en el asiento mientras meneaba la cabeza-. El sensor necesita un buen repaso. Ha perdido mucha potencia y la Mente está demasiado lejos. -Se rascó

el pecho y suspiró-. También siento lo de los motores, Horza. El Cambiante se encogió de hombros. Si los motores funcionaran correctamente o si el sensor de masas no estuviera en tan malas condiciones alguien podría haberse quedado a bordo de la Turbulencia en cielo despejado -en vuelo, si llegaba a ser necesario-, transmitiendo la posición de la Mente a los demás para que la buscaran en los túneles. Ninguna de las reparaciones que había intentado llevar a cabo parecían haber mejorado de forma significativa el estado de los motores o del sensor, y Wubslin daba la impresión de sentirse algo culpable por ello.

-No te preocupes -dijo Horza contemplando las inmensas extensiones de hielo y nieve que desfilaban por debajo de ellos-. Al menos ahora sabemos que está ahí.

La nave les había llevado hasta el lugar correcto. Horza había recorrido aquella zona muchas veces en el pequeño aerodeslizador de la base, y la reconoció nada más verla. Cuando la nave dio comienzo a su aproximación final el Cambiante se mantuvo atento para ver si localizaba al aerodeslizador. Siempre era posible que alguien estuviera usándolo.

La llanura recubierta de nieve estaba circundada por un anillo de montañas. La Turbulencia en cielo despejado pasó por encima del desfiladero que se abría entre dos picos, pulverizando el silencio y haciendo que chorros de nieve en polvo cayeran desde los riscos y hendiduras de las rocas que había a cada lado. La nave redujo un poco más la velocidad y fue bajando con el morro hacia arriba sostenida por el trípode de fuego que emergía de sus motores de fusión. Siguieron bajando y los chorros de aire caliente cayeron sobre la nieve que cubría el suelo helado, creando surtidores de agua, nieve, vapor y partículas de plasma. La ventisca barrió la llanura con un aullido estridente, haciéndose más y más fuerte a medida que la nave iba descendiendo.

Horza estaba guiando la Turbulencia en cielo despejado con los controles manuales. Contempló la pantalla que tenía delante, vio el falso viento y la tormenta de nieve y vapor que estaban creando y, más allá, la entrada al Sistema de Mando.

Era un agujero negro incrustado en un promontorio rocoso de contornos irregulares que asomaba de los riscos mucho más altos que tenía detrás, como si fuera una avalancha solidificada. La tormenta de nieve se agitaba alrededor de la oscura entrada como hilachas de niebla. Las llamas de la fusión empezaron a calentar el suelo congelado de la llanura, derritiéndolo y haciéndolo saltar en un chorro de tierra y barro que se fue mezclando con la tormenta hasta volverla de un color marrón.

La Turbulencia en cielo despejado entró en contacto con la superficie del Mundo de Schar sin sacudidas ni golpes, y sólo hubo una ligera vibración cuando las patas se hundieron en la ahora algo viscosa y embarrada superficie de la llanura. Horza clavó los ojos en la entrada del túnel. Era como una inmensa pupila oscura que le devolvía la mirada.

Los motores se apagaron y el vapor empezó a dispersarse. La nieve volvió a caer al suelo, y unos cuantos copos nuevos se fueron formando a medida que el agua suspendida en el aire volvía a congelarse. La Tur- bulencia en cielo despejado crujió y se quejó a medida que iba perdiendo el calor provocado por la fricción de la reentrada y sus propios chorros de plasma. El agua gorgoteó sobre la martirizada superficie de la llanura, convirtiéndose en una mezcla de barro y nieve. Horza activó el láser de proa de la Turbulencia en cielo despejado. No había ninguna señal de movimiento procedente del túnel. La nieve y el vapor habían desaparecido y podía verlo con toda claridad. Hacía un día soleado y sin viento.

-Bueno, aquí estamos -dijo Horza.

En cuanto las palabras salieron de su boca tuvo la impresión de que había dicho una tontería. Yalson asintió sin apartar los ojos de la pantalla.

-Aja -dijo Wubslin, asintiendo con la cabeza mientras sus ojos recoman las pantallas-. Las patas se han hundido medio metro. Tendremos que acordarnos de poner en marcha los motores un rato antes de que intentemos despegar cuando vayamos a marcharnos. Dentro de media hora todo volverá a estar helado.

-Hmmm -dijo Horza.

Estaba observando las pantallas. Nada se movía. El cielo de un azul claro estaba totalmente desprovisto de nubes, y no había ningún viento que pudiera agitar la nieve. El calor del sol no era lo bastante potente para derretir la nieve y el hielo, por lo que no había agua en movimiento, y ni tan siquiera avalanchas en los lejanos picos de las cordilleras. Con la excepción del mar -que aún contenía peces, pero que ya no contaba con ninguna especie de mamíferos-, las únicas cosas que se movían en el Mundo de Schar eran unos cuantos centenares de especies de pequeños insectos, los líquenes que iban cubriendo lentamente las rocas cerca del ecuador y los glaciares. La guerra de los humanoides o la era glacial habían acabado con cualquier otra cosa capaz de moverse.

Horza volvió a emitir el mensaje codificado. No obtuvo ninguna contestación.

-Bueno, voy a salir de la nave y echaré un vistazo -dijo levantándose del asiento. Wubslin asintió. Horza se volvió hacia Yalson-. Estás muy callada -dijo.

Yalson no le miró. Estaba contemplando la pantalla y el ojo inmóvil que era la entrada del túnel.

-Ten cuidado -dijo por fin, y alzó la cabeza hacia él-. Ten mucho cuidado, ¿de acuerdo?

Horza sonrió, cogió el rifle de Kraiklyn que había dejado en el suelo y fue al comedor.

-Ya hemos llegado -dijo mientras cruzaba el umbral.

-¿Ves? -exclamó Dorolow volviéndose hacia Aviger.

Neisin tomó un trago de su petaca. Balveda contempló al Cambiante con una leve sonrisa mientras iba de una puerta a la otra. Unaha-Closp resistió la tentación de decir algo y empezó a librarse de las tiras que le sujetaban al asiento.

Horza bajó al hangar. Tenía la sensación de pesar menos que de costumbre. Había desconectado el campo gravitatorio de la nave mientras sobrevolaban las montañas, y la gravedad del Mundo de Schar era inferior a la gravedad estándar utilizada a bordo de la Turbulencia en cielo despejado. Horza bajó por la rampa del hangar hasta llegar al pantano en rápido proceso de congelación. La brisa era algo cortante, limpia y fresca.

-Espero que todo vaya bien -dijo Wubslin.

Él y Yalson estaban observando a la pequeña silueta que avanzaba por entre la nieve hacia el promontorio rocoso que tenían delante. Yalson no dijo nada, pero sus ojos no se apartaban de la pantalla y no parpadeaba. La silueta se detuvo, puso una mano sobre la muñeca del traje, despegó del suelo y empezó a flotar lentamente sobre la nieve.

-Ah -dijo Wubslin, y se rió-. Me había olvidado de que aquí podemos usar las unidades antigravitatorias. He pasado demasiado tiempo en ese maldito Orbital.

-No nos servirán de mucho en esos jodidos túneles -murmuró

Yalson.

Horza bajó junto a la entrada del túnel. Las lecturas que tomó mientras volaba sobre la nieve le habían revelado que el campo de la entrada no estaba activado. El campo servía para que el interior del túnel no se llenara de nieve y para resguardarlo del aire frío, pero el campo no estaba en funcionamiento, y pudo ver que algo de nieve había entrado en el túnel. Los primeros metros del suelo se encontraban cubiertos por una especie de abanico blanco. El interior del túnel estaba mucho menos caliente de lo que habría debido estar, y ahora que se hallaba tan cerca de él la negra profundidad del ojo se había convertido en una boca inmensa. Se volvió hacia la Turbulencia en cielo despejado. La nave se alzaba a doscientos metros de él, una reluciente masa metálica agazapada sobre las señales marrones dejadas por los motores que interrumpían la blancura del panorama.

-Voy a entrar -dijo.

No quería emitir la señal con el comunicador, por lo que usó un haz muy delgado.

-De acuerdo -dijo la voz de Wubslin en su oído.

-¿No quieres tener a nadie ahí para que te cubra? -preguntó Yalson.

-No -replicó Horza.

Entró en el túnel manteniéndose pegado a la pared. El primer compartimento para el equipo contenía algunos trineos y equipos de rescate, aparatos de seguimiento y balizas para señales. Todo seguía estando prácticamente igual a como lo recordaba.

El segundo compartimento que habría debido albergar al aerodeslizador estaba vacío. Horza fue al siguiente: más equipo. Se había adentrado unos cuarenta metros en el túnel, y estaba a diez de la desviación en ángulo recto que le llevaría al pasadizo más amplio dividido en segmentos donde se encontraban los habitáculos de la base. Se volvió hacia la boca del túnel y vio que se había convertido en un agujero blanco. Alteró el haz de la señal para emitirlo al máximo de anchura.

-Todavía nada. Estoy a punto de entrar en la zona de los habitáculos. Si me recibís, contestad con un zumbido pero nada más. Los altavoces de su casco emitieron un zumbido.

Antes de doblar la esquina desprendió el sensor remoto del lado del casco y asomó su pequeña lente por la esquina de roca tallada. Una pantalla interna le mostró un breve tramo de túnel, el aerodeslizador posado en el suelo y, unos metros más allá de él, la pared de láminas de plástico que ocupaba el túnel e indicaba el comienzo de la sección de base destinada a los alojamientos del personal Cambiante. Junto al aerodeslizador había cuatro cuerpos.

No vio ni la más mínima señal de movimiento.

Horza sintió cómo se le formaba un nudo en la garganta. Tragó saliva con un gran esfuerzo y volvió a colocar el sensor remoto en los soportes del casco. Avanzó por el suelo de roca fundida hacia los cuerpos. Dos de ellos vestían trajes ligeros desprovistos de blindaje. Eran hombres, y Horza no conocía a ninguno de ellos. Uno había muerto a causa del disparo de un láser. El metal y los plásticos del traje se habían derretido, mezclándose con la carne y las entrañas que había dentro. El agujero dejado por el láser tenía medio metro de diámetro. El otro hombre carecía de cabeza. Sus brazos estaban rígidamente extendidos ante él como si se dispusiera a abrazar algo.

Había otro hombre vestido con ropas holgadas. Algo le había golpeado el cráneo por detrás, destrozándolo, y tenía por lo menos un brazo roto. Yacía sobre un flanco, tan congelado y muerto como los otros dos. Horza se dio cuenta de que conocía su nombre, pero su mente era incapaz de recordarlo. Kierachell debía de haber estado dormida. Su esbelto cuerpo yacía envuelto en un camisón azul. Tenía los ojos cerrados y en su rostro había una expresión apacible. Alguien o algo le había roto el cuello.

Horza la contempló durante unos momentos. Se quitó los guantes y se inclinó. Había escarcha sobre sus pestañas. Horza sintió la presión que el sello interior del traje ejercía sobre su antebrazo, y notó la frialdad del aire al que había expuesto sus manos. La piel de Kierachell estaba muy dura. Su cabello seguía tan suave como siempre, y Horza dejó que resbalara entre sus dedos. Era más rojo de lo que recordaba, pero eso quizá fuera un efecto producido por el visor del casco que aumentaba la escasa luz existente en el túnel. Quizá debiera quitarse el casco para verla mejor, y usar las luces incrustadas en... Meneó la cabeza y se dio la vuelta.

Abrió la puerta que daba a la zona de los habitáculos, moviéndose con cautela después de haber permanecido inmóvil durante unos segundos para oír cualquier posible ruido al otro lado de la pared. El área abovedada donde los Cambiantes guardaban sus ropas de abrigo, sus trajes y algunos equipos de tamaño reducido estaba en orden, y no había nada que indicara un ataque. Cuando se adentró en la zona de habitáculos empezó a encontrar señales de lucha: manchas de sangre seca; quemaduras de láser... En la sala de control se había producido una explosión. Parecía como si una granada de no mucha potencia hubiera estallado debajo del panel de los controles. Eso explicaba el que ni la calefacción ni las luces de emergencia funcionaran. Las herramientas, repuestos y cables esparcidos alrededor del panel hacían pensar que alguien había estado intentando reparar los daños. Examinó los cubículos y encontró señales de ocupación idirana en un par de ellos. Los cubículos estaban vacíos, y había símbolos religiosos trazados con el haz de un láser en sus paredes. El suelo de otro cubículo había sido recubierto con una especie de gelatina seca. El cubículo olía a medjel, y había seis surcos bastante largos en la capa de gelatina. El cubículo de Kierachell estaba intacto, con sólo la cama deshecha. Por lo demás, todo seguía igual que durante su estancia allí. Horza salió del cubículo y fue al otro extremo de la zona. Una pared de plástico indicaba el comienzo de los túneles.

Abrió la puerta con mucha cautela.

Un medjel muerto yacía al otro lado del umbral. Su cuerpo parecía señalar el camino que llevaba a los pozos y túneles. Horza lo contempló en silencio durante unos momentos, examinó el cuerpo (inmovilizado por el frío y la muerte), lo empujó con el pie y acabó disparándole en la cabeza para asegurarse de que no le causaría ningún problema. El medjel vestía el uniforme habitual de las fuerzas de combate terrestres de la flota, y había recibido una herida bastante grave hacía ya mucho tiempo. Por su aspecto parecía haber sufrido de congelación antes de morir a causa de la herida y el frío. Era un macho. La piel de un marrón verdoso se había vuelto casi tan dura como el cuero a causa de la edad, y el largo hocico de su rostro y sus manecitas de aspecto delicado estaban cubiertas de arrugas. Horza contempló el tramo de túnel que se alejaba hasta perderse en la oscuridad.

La lisura del suelo de piedra, la suave curvatura de las paredes... El túnel se adentraba en la montaña. Los contornos de las puertas de seguridad eran como nervaduras que surcaban las paredes del túnel. Las guías y ranuras habían sido talladas en la piedra del suelo y el techo. Horza podía ver las puertas del ascensor y el punto de acceso a las cápsulas que se deslizaban por el tubo de servicio. Caminó por el túnel dejando atrás las puertas de seguridad hasta llegar a los conductos de acceso. Todos los ascensores se hallaban en el fondo; el tubo de tránsito estaba cerrado. Todos los sistemas parecían desactivados y carentes de energía. Se dio la vuelta y regresó a la zona de habitáculos, la atravesó y dejó atrás los cadáveres y el aerodeslizador sin mirarlos, hasta acabar saliendo al exterior.

Se sentó sobre la nieve junto a la entrada del túnel y apoyó la espalda en la roca. Su silueta era claramente visible desde la Turbulencia en cielo despejado.

-¡Horza! -gritó Yalson-. ¿Te encuentras bien?

-No -dijo Horza apagando el rifle láser-. No, no me encuentro nada bien.

-¿Qué ocurre? -se apresuró a preguntar Yalson.

Horza se quitó el casco y lo dejó junto a él. El aire frío empezó a absorber el calor de su rostro. La atmósfera era tan tenue que le costaba respirar.

-Aquí hay muerte -dijo alzando la cabeza hacia el cielo sin nubes. 10 El Sistema de Mando:

Batolito

-Es lo que se llama un batolito, una intrusión granítica que emergió

de las profundidades como una burbuja de lava hasta adentrarse en las rocas sedimentarias y metamórficas que ya estaban aquí hace cien millones de años.

»Los habitantes de este planeta construyeron el Sistema de Mando hace unos once mil años dentro del batolito con la esperanza de que la capa rocosa les serviría como protección contra el impacto de las cabezas de fusión.

»Construyeron nueve estaciones y ocho trenes. La idea era que los políticos y los jefes militares estarían en un tren y sus lugartenientes y ayudantes en otro, y cuando hubiera una guerra los ocho trenes se desplazarían constantemente por los túneles, deteniéndose en una estación para ponerse en contacto mediante canales de comunicación muy bien protegidos con los transceptores más cercanos. Éstos se pondrían en contacto con los transceptores repartidos por toda la nación, y eso les permitiría dirigir el curso de la guerra. El enemigo tendría que esforzarse muchísimo para abrirse paso a través de una capa de granito tan gruesa, pero acertar algo tan relativamente pequeño como una estación sería aún más difícil, y nunca podrían estar seguros de si había un tren en ella o de si estaba ocupado y, para colmo, no sólo tendrían que destruir el tren principal sino también el secundario.

»La guerra bacteriológica acabó con toda la población y el Dra'Azon llegó al planeta no se sabe cuándo entre ese momento y hace diez mil años. Sacó el aire de los túneles y lo sustituyó con gases inertes. Hace siete mil años empezó una nueva era glacial, y unos cuatro mil años después el planeta se enfrió hasta tal extremo que el Señor Corrección sacó el argón de los túneles y dejó que la atmósfera del planeta volviera a entrar en ellos. La atmósfera es tan fría y seca que cuanto hay dentro de los túneles lleva tres milenios sin sufrir los estragos de la oxidación.

»Hace unos tres mil quinientos años los Dra'Azon llegaron a un acuerdo con la mayor parte de Federaciones Galácticas rivales y permitieron que las naves en apuros cruzaran las Barreras del Silencio. Las especies neutrales y relativamente desprovistas de poder obtuvieron permiso para establecer pequeñas bases en la mayoría de Planetas de los Muertos con el fin de proporcionar ayuda a esas naves en apuros y supongo-, como una especie de consolación para las personas que siempre habían querido saber qué aspecto tenían esos planetas. En el caso del Mundo de Schar, el Señor Corrección nos dejaba echar un vistazo al sistema cada año y siempre que bajábamos allí sin permiso oficial hacía la vista gorda. Aun así, nadie ha podido obtener grabaciones en los túneles. Cuando se sale de ellos descubres que todos los datos y grabaciones han quedado inutilizables.

»La entrada ante la que nos hallamos se encuentra aquí, en la base de la península y encima de la estación cuatro, una de las tres estaciones principales. Las otras son la uno y la siete. Las estaciones principales son las que cuentan con equipos de mantenimiento y reparación. Las estaciones tres, cuatro y cinco están vacías. La estación uno alberga dos trenes, la siete otros dos y hay un tren en cada una de las restantes. Al menos, ésa debería ser la situación... Los idiranos pueden haberlos desplazado, aunque lo dudo.

»Hay de veinticinco a treinta y cinco kilómetros entre una estación y otra, y las estaciones están unidas entre sí por un doble juego de túneles. El conjunto del Sistema se encuentra a unos cinco kilómetros de profundidad.

»Llevaremos láseres y un aturdidor neurónico, además de algunas granadas de fragmentación para protegernos. No iremos armados con nada más pesado. Neisin puede llevarse su rifle de proyectiles; las balas de que dispone sólo contienen explosivos de poca potencia. Nada de micronucleares o cañones de plasma. Bien sabe Dios que usarlos en los túneles ya resultaría bastante peligroso, pero también podrían hacer que la ira del Señor Corrección cayera sobre nosotros, y no queremos eso,

¿verdad?

»Wubslin ha adaptado nuestro sensor de anomalías de masa para que podamos llevarlo con nosotros, lo cual nos permitirá localizar a la Mente. Además, mi traje cuenta con un sensor de masas, por lo que no deberíamos tener ningún problema para encontrar lo que andamos buscando, incluso suponiendo que se haya escondido.

»Si los idiranos no disponían de comunicadores propios estarán usando los de los Cambiantes. Nuestros transceptores cubren sus fre-cuencias y una gama algo más amplia, así que podremos oírles pero ellos no podrán captar nuestras señales.

»Bueno, éstos son los túneles... La Mente se encuentra en algún punto de ellos, y es de suponer que también haya unos cuantos idiranos y medjels.

Horza estaba sentado a la cabecera de la mesa del comedor debajo de la pantalla. La imagen mostraba un diagrama de los túneles superpuesto a un mapa de la península. Todos estaban mirándole. El semitraje vacío del medjel que había encontrado yacía en el centro de la mesa.

-¿Quieres que todos vayamos a los túneles? -preguntó lentamente Unaha-Closp.

-Sí.

-¿Y la nave? -preguntó Neisin.

-La nave puede cuidar de sí misma. Programaré los mecanismos automáticos para que nos reconozca y se defienda de cualquier otra presencia.

-¿Y quieres que ella también vaya? -preguntó Yalson señalando con la cabeza a Balveda, que estaba sentada enfrente de su sitio. Horza se volvió hacia la mujer de la Cultura.

-Prefiero tener a Balveda allí donde pueda verla -dijo-. Si la dejara a bordo de la nave con alguno de vosotros, fuera el que fuese... Bueno, confieso que no me sentiría demasiado seguro.

-Sigo sin comprender por qué he de ir a esos túneles -dijo UnahaClosp.

-Porque tampoco confío en ti lo suficiente para dejarte a bordo dijo Horza-. Además, quiero que te encargues de llevar unas cuantas cosas.

-¿Qué? -exclamó la unidad.

Parecía bastante enfadada.

-Mira, Horza, no sé si estás siendo totalmente sincero con nosotros dijo Aviger meneando la cabeza con cara de preocupación-. Según tú, los idiranos y los medjels... Bueno, afirmas que están de nuestra parte. Pero ya han matado a cuatro Cambiantes, y crees que están en algún lugar de esos túneles vagabundeando de un lado para otro... Además, se supone que son los mejores soldados de toda la galaxia, ¿no? ¿Y quieres que nos enfrentemos a ellos?

-Para empezar, yo estoy de su parte -suspiró Horza-. Todos andamos detrás de lo mismo. En segundo lugar, me parece que no cuentan con mucho armamento, pues de lo contrario puedes estar seguro de que ese medjel habría llevado algún arma encima. Probablemente sólo dispongan de las armas que les hayan podido quitar a los Cambiantes. Y a juzgar por el traje de ese medjel que tenemos aquí... -señaló el traje cubierto de nervaduras que él y Wubslin habían estado estudiando desde que lo subieron a bordo-, lo más probable es que la mayor parte de su equipo esté inservible o haya estallado. Este traje está hecho un desastre. Lo único que funciona son las luces y el sistema de calefacción. Todo lo demás se ha fundido. Mi teoría es que debió ocurrir cuando cruzaron la Barrera del Silencio. Iban metidos dentro del chuy-hirtsi, y su equipo de combate sufrió daños considerables. Si su armamento lo ha pasado tan mal como sus trajes, están virtualmente inermes y tienen montones de problemas. Nuestros láseres y esos flamantes arneses antigravitatorios hacen que estemos mucho mejor equipados que ellos..., incluso en el caso bastante improbable de que acabemos viéndonos obligados a combatir.

-Lo cual es muy probable, considerando que no les debe quedar ningún comunicador capaz de funcionar -dijo Balveda-. Nunca conseguirás acercarte lo suficiente para explicarles quién eres. Y aun suponiendo que lo consigas, ¿cómo pueden estar seguros de que eres quien afirmas ser? Si son quienes crees, esos idiranos llegaron aquí muy poco después que la Mente. Ni tan siquiera han oído hablar de ti, y puedes estar seguro de que no te creerán. -La agente de la Cultura se volvió hacia los demás-. Vuestro capitán en funciones os llevará a la muerte.

-Balveda -dijo Horza-, permitir que asistas a esta reunión ha sido un mero gesto de cortesía por mi parte. No hagas que me enfade. Balveda enarcó las cejas y guardó silencio.

-Bueno, entonces... ¿Cómo podemos estar seguros de que esos idiranos son los mismos que llegaron aquí metidos dentro de ese animal tan raro? -preguntó Neisin contemplando a Horza con expresión suspicaz.

-¿Quiénes pueden ser si no? -replicó Horza-. Han logrado sobrevivir a la represalia del Dra'Azon, por lo que pueden considerarse muy afortunados, y en cuanto se dieron cuenta de lo que le había ocurrido a este contingente ni tan siquiera los idiranos se atreverían a correr el riesgo de enviar más fuerzas.

-Pero eso significa que llevan meses enteros allí abajo -dijo Dorolow-. ¿Cómo se supone que vamos a encontrar algo si ellos llevan todo ese tiempo dentro de los túneles y todavía no han encontrado nada?

-Puede que sí lo hayan encontrado -dijo Horza, extendiendo los brazos y sonriéndole. Cuando siguió hablando su voz se había teñido de un leve sarcasmo-. Pero si no lo han encontrado es muy posible que sea porque no cuentan con el equipo adecuado. Tendrán que registrar todo el Sistema de Mando.

»Además, si ese animal realmente sufrió daños tan graves como he oído comentar, no debían de tener mucho control sobre él. Lo más probable es que se posaran a centenares de kilómetros de distancia y tuvieran que llegar hasta aquí abriéndose paso por entre la nieve. En ese caso, puede que sólo lleven algunos días dentro de los túneles.

-No puedo creer que el dios haya permitido que ocurriera esto -dijo Dorolow, meneando la cabeza y contemplando la superficie de la mesa que tenía delante-. Aquí debe de haber oculto algo más de lo que sabemos. Pude sentir su poder y su..., su bondad cuando atravesamos la Barrera. El dios jamás permitiría que esas pobres personas murieran de una forma tan horrible.

Horza puso los ojos en blanco.

-Dorolow -dijo, inclinándose hacia adelante y apoyando los nudillos sobre la mesa-, el Dra'Azon apenas si es consciente de que se esté

librando una guerra. Los individuos les importan un rábano, tanto a él como a todos los de su especie. Sienten un gran respeto por la muerte y la podredumbre, pero en cuanto a la esperanza y la fe... Eso les importa muy poco. Mientras los idiranos o nosotros no destruyamos el Sistema de Mando o hagamos volar el planeta, les da igual quién viva o quién muera.

Dorolow se reclinó en su asiento. No dijo nada, pero estaba claro que Horza no había conseguido convencerla. Horza se irguió. Su discurso no había estado nada mal. Tenía la impresión de que los mercenarios le seguirían, pero en lo más hondo de su ser -una parte de él que apenas guardaba ninguna relación con el lugar de donde brotaban las palabras-, se sentía tan desprovisto de vida y tan incapaz de sentir interés por las cosas como la llanura cubierta de nieve que les rodeaba. Horza había vuelto a los túneles acompañado por Wubslin y Neisin. Recorrieron toda la zona de los cubículos y encontraron más señales de que había servido como alojamiento a los idiranos. Parecía como si una fuerza muy pequeña -uno o dos idiranos y quizá media docena de medjels-, se hubiera quedado un tiempo en la base de los Cambiantes después de haberse apoderado de ella. Al parecer se habían llevado consigo una considerable cantidad de raciones de emergencia congeladas, los dos rifles láser y las pocas pistolas que le estaba permitido poseer al personal de la base, así como los cuatro comunicadores portátiles que estaban guardados en el almacén. Horza cubrió a los Cambiantes muertos con la tela reflectante que encontraron en la base y desnudó al medjel muerto quitándole el semitraje. También inspeccionaron el aerodeslizador para averiguar si estaba en condiciones de ser utilizado. No lo estaba. Una parte de la micropila había desaparecido y el proceso había causado daños bastante considerables. Como casi todo lo demás de la base, el aerodeslizador se había quedado sin energía para funcionar. Cuando volvieron a la Turbulencia en cielo despejado, Horza y Wubslin diseccionaron el traje del medjel y descubrieron el sutil pero irreparable daño que se le había infligido. Y, desde entonces, cada vez que dejaba de preocuparse pensando en sus posibilidades y sus opciones o relajaba su concentración en lo que estaba mirando o aquello en lo que se suponía había de pensar, veía un rostro congelado formando un ángulo recto con el cuerpo al que estaba unido. Las pestañas de aquel rostro estaban cubiertas por una capa de escarcha.

Intentó no pensar en ella. No serviría de nada. Ya no podía hacer nada por ella. Tenía que seguir adelante. Tenía que cumplir la misión que se había impuesto, ahora más que nunca.

Estuvo pensando largo rato en qué podía hacer con los otros ocupantes de la Turbulencia en cielo despejado, y acabó decidiendo que no tenía elección. Debía llevarlos al Sistema de Mando con él. Balveda era un grave problema. No se sentiría seguro ni dejando a toda la tripulación con ella para que la vigilara, y quería ir acompañado por los mejores combatientes, no dejarlos a bordo de la nave. Podría haber resuelto el problema matando a la agente de la Cultura, pero los demás se habían acabado acostumbrando demasiado a su presencia. Balveda empezaba a caerles demasiado bien. Si la mataba les perdería.

-Bueno, pues yo creo que bajar a esos túneles es una auténtica locura

-dijo Unaha-Closp-. ¿Por qué no esperamos aquí a que reaparezcan los idiranos con o sin esa preciosa Mente?

-Para empezar -dijo Horza observando atentamente los rostros de quienes le rodeaban por si alguien daba señales de estar de acuerdo con la unidad-, si no la encuentran lo más probable es que no reaparezcan. Son idiranos y, además, se trata de un grupo de élite cuidadosamente seleccionado. Se quedarán allí abajo para siempre. -Contempló el diagrama del sistema de túneles que aparecía en la pantalla y se volvió hacia las personas y la unidad-. Pueden pasarse mil años buscando a la Mente por ese laberinto, especialmente si no hay energía y si no conocen el procedimiento que se sigue para volver a conectarla, como supongo que es el caso.

-Y tú sí sabes cómo volver a conectarla, naturalmente -dijo la unidad.

-Sí -dijo Horza-. Sé cómo hacerlo. Podemos volver a conectar la energía en tres estaciones distintas: ésta, la número siete o la número uno.

-¿Crees que el equipo seguirá funcionando?

Wubslin no parecía estar muy seguro.

-Bueno, cuando me marché funcionaba. La electricidad es produci-da mediante centrales geotérmicas situadas a gran profundidad. Los conductos de la energía tienen más de cien kilómetros y atraviesan toda la corteza.

»De todas formas y como ya os he dicho, ahí abajo hay demasiado espacio para que esos idiranos y los medjels tengan alguna posibilidad de registrarlo de forma medianamente concienzuda sin ningún equipo detector. Un sensor de anomalías de masa es el único instrumento con el que se puede localizar a la Mente, y los idiranos no disponen de ninguno. Nosotros tenemos dos. Ésa es la razón de que debamos bajar a los túneles.

-Y luchar -dijo Dorolow.

-Probablemente no haga falta. Los idiranos disponen de comunicadores. Me pondré en contacto con ellos y les explicaré quién soy. Naturalmente, no puedo revelaros los detalles exactos, pero poseo ciertos conocimientos sobre el sistema militar idirano, sus naves e incluso sobre algunos idiranos que ocupan puestos destacados, y podré convencerles de que soy quien afirmo ser. No me conocen personalmente, pero se les dijo que un Cambiante sería enviado al Mundo de Schar poco después que ellos.

-Estás mintiendo -dijo Balveda con voz gélida.

Horza sintió cómo la atmósfera del comedor cambiaba para volverse mucho más tensa. La mujer de la Cultura estaba mirándole fijamente con los rasgos apretados en una mueca de firmeza y decisión a la que también se mezclaba algo de resignación.

-Balveda -dijo en voz baja-, no sé qué te habrán contado, pero me encargaron esta misión cuando estaba en La mano de Dios 137, y Xoralundra me dijo que la fuerza de choque idirana enviada dentro del chuyhirtsi sabía que pensaban mandarme allí. -Habló en el tono de voz más tranquilo de que fue capaz-. ¿De acuerdo?

-No fue lo que yo oí contar -replicó Balveda, pero Horza tuvo la impresión de que no estaba demasiado segura de sí misma y de lo que decía.

Había corrido un gran riesgo abriendo la boca, probablemente con la esperanza de conseguir que Horza la amenazase o hiciera algo que volviese en su contra a los otros miembros de la tripulación. El truco no había funcionado.

El Cambiante se encogió de hombros.

-Bueno, Perosteck, si los datos que te dieron en la sección de Circunstancias Especiales antes de encargarte la misión no son exactos... Eso no es culpa mía, ¿verdad? -dijo Horza con una leve sonrisa. Los ojos de la agente de la Cultura se apartaron del rostro del Cambiante para posarse primero en la mesa y luego en los rostros de quienes la ro-deaban, como si quisiera averiguar a quién de los dos creían-. Mira, no quiero morir por los idiranos y sólo Dios sabe por qué, pero el caso es que he acabado sintiendo un considerable aprecio hacia ti -dijo Horza hablando en su tono de voz más razonable y sincero y extendiendo los brazos con las palmas de las manos hacia arriba-. Jamás te llevaría allí

en una misión suicida. No nos ocurrirá nada. En el peor de los casos siempre podemos retroceder, ¿no? Volveremos a cruzar la Barrera del Silencio en la Turbulencia en cielo despejado y nos dirigiremos hacia algún lugar neutral. Podéis quedaros con la nave; yo habré capturado a una agente de la Cultura. -Miró a Balveda. La mujer de la Cultura había cruzado las piernas, tenía los brazos recogidos ante el pecho y la cabeza gacha-. Pero no creo que nos veamos obligados a acabar haciendo eso. Creo que encontraremos a esa especie de superordenador y conseguiremos que nos den una buena recompensa a cambio.

-¿Y si cuando salgamos con o sin la Mente descubrimos que la Cultura ha ganado la batalla al otro lado de la Barrera y que sus naves nos están esperando? -preguntó Yalson.

No parecía hostil, sólo interesada. Horza tenía la sensación de que era la única en quien podía confiar, aunque creía que Wubslin también le seguiría. Horza asintió con la cabeza.

-Eso es altamente improbable. Me parece difícil que la Cultura decida resistir justo aquí después de haberse retirado durante tanto tiempo, pero aun suponiendo que lo hicieran, necesitarían muchísima suerte para atraparnos. No olvidéis que sólo pueden ver la Barrera en el espacio real, por lo que no tienen forma de averiguar por qué punto de ella saldremos. Eso no es problema.

Yalson se reclinó en su asiento, aparentemente convencida. Horza sabía que daba la impresión de encontrarse muy tranquilo, pero esperar la decisión final de los demás hacía que por dentro estuviera terriblemente tenso. Su última respuesta había sido sincera, pero el resto eran mentiras puras y simples o medio verdades.

Tenía que convencerles. Necesitaba que estuvieran de su lado. Era la única forma de llevar a cabo su misión, y había recorrido demasiada distancia, matado a demasiadas personas, hecho demasiadas cosas e invertido unas cantidades excesivas de propósito y determinación para retroceder ahora. Tenía que encontrar a la Mente, tenía que bajar al Sistema de Mando con idiranos o sin ellos y tenía que convencer a los restos de lo que había sido la Compañía Libre de Kraiklyn para que le acompañaran. Les miró. Yalson, severa e impaciente, deseosa de que la charla llegara a su fin y de que pusieran manos a la obra. La sombra de su cabello le daba un aspecto muy joven, casi infantil y, al mismo tiempo, la hacía parecer muy dura. Dorolow, vacilante, mirando a los demás y ras-candóse nerviosamente una oreja. Wubslin, reclinado cómodamente en su asiento con su robusto cuerpo irradiando un aura casi palpable de relajación y tranquilidad. Cuando Horza describió el Sistema de Mando, el rostro de Wubslin había mostrado señales de interés, y el Cambiante se dio cuenta de que para el ingeniero aquel gigantesco complejo ferroviario era algo increíblemente fascinante. Aviger parecía tener muchas dudas, pero Horza creía haber dejado bien claro que la nave se iba a quedar vacía, y supuso que Aviger preferiría aceptar su decisión antes que tomarse la molestia de discutirla y correr el riesgo de un enfrentamiento personal. En cuanto a Neisin... No estaba seguro. Neisin había estado bebiendo tanto como de costumbre y Horza nunca le había visto tan callado y serio, pero aunque recibir órdenes y ser llevado de un lado para otro no le hacía ninguna gracia, estaba claro que se había hartado del encierro a bordo de la Turbulencia en cielo despejado, y mientras Wubslin y Horza examinaban el traje del medjel ya había salido a dar un paseo por la nieve. A falta de otra razón mejor, Neisin era muy capaz de seguirle por puro aburrimiento. En cuanto a Unaha-Closp, no le preocupaba. Haría lo que se le ordenase, como hacían siempre las máquinas. Sólo la Cultura permitía que se desarrollaran hasta el punto en que parecían poseer voluntad propia. Y en cuanto a Perosteck Balveda, era su prisionera. Así de sencillo...

-Entrada fácil, salida fácil -dijo Yalson. Sonrió, se encogió de hombros y miró a los demás-. Qué coño... Será una forma de matar el tiempo, ¿no os parece?

Nadie se mostró en desacuerdo con ella.

Horza estaba volviendo a reprogramar las fidelidades de la Turbu- lencia en cielo despejado, introduciendo las nuevas instrucciones del ordenador mediante un tablero manual bastante viejo pero aún utilizable, cuando Yalson entró en el puente. Se dejó caer en el asiento del copiloto y le observó mientras trabajaba. La pantallita del tablero proyectaba las sombras de los caracteres marain sobre el rostro de Horza.

-Marain, ¿eh? -dijo pasado un rato, observando los caracteres que iban desfilando por la pantallita.

Horza se encogió de hombros.

-Es el único lenguaje preciso que esta antigualla y yo compartimos. Tecleó unas cuantas instrucciones más-. Eh... -Se volvió hacia ella-. No deberías estar aquí mientras hago esto.

Sonrió para demostrarle que no hablaba en serio.

-¿No confías en mí? -preguntó Yalson devolviéndole la sonrisa.

-Eres la única persona de a bordo en quien confío -dijo Horza, vol-viendo a concentrar su atención en el teclado-. Y, de todas formas y dado el tipo de instrucciones que estoy introduciendo, no importa demasiado. Yalson le observó en silencio durante unos momentos.

-¿Significaba mucho para ti, Horza?

Horza no alzó la cabeza, pero sus manos se quedaron quietas sobre el teclado. Sus ojos contemplaron los caracteres de la pantallita sin verlos.

-¿Quién?

-Horza... -dijo Yalson en voz baja y suave.

Horza seguía sin mirarla.

-Fuimos amigos -dijo por fin, como si estuviera hablando con el teclado.

-Ya... -dijo Yalson y, después de unos instantes de silencio, añadió-: Supongo que debe ser bastante duro, ¿no? Quiero decir... Era gente de tu especie y todo eso.

Horza asintió sin levantar la cabeza.

Yalson le estudió en silencio durante unos momentos más.

-¿La amabas?

Horza tardó un poco en replicar. Sus ojos recorrieron los contornos de aquellos caracteres tan compactos y precisos con tanta atención como si la respuesta estuviese oculta en alguno de ellos. Acabó encogiéndose de hombros.

-Quizá -dijo-. Quizá la amé. -Carraspeó, alzó los ojos hacia Yalson durante un momento y volvió a bajarlos hacia el teclado-. Ya hace mucho tiempo de eso. Yalson se levantó del asiento y le puso las manos sobre los hombros antes de que el Cambiante pudiera seguir tecleando más instrucciones.

-Lo siento, Horza. -Horza volvió a asentir y le acarició una mano-. Les encontraremos -dijo-. Si es lo que deseas, claro. Pero si quieres que...

Horza negó con la cabeza y la miró.

-No. Iremos allí abajo, encontraremos la Mente y nos marcharemos. Si los idiranos se interponen no me importa lo que pueda ocurrirles, pero... No, ¿para qué correr más riesgos? De todas formas... Gracias. Yalson asintió lentamente.

-De acuerdo.

Se inclinó, le besó y salió del puente. Horza contempló la puerta cerrada durante unos momentos y volvió a concentrar su atención en la pantalla repleta de caracteres marain.

Programó el ordenador de la nave para que lanzara una salva de aviso seguida por disparos láser letales dirigidos contra cualquier persona u objeto que se aproximara a la Turbulencia en cielo despejado, salvo si podía identificarlos sin ningún lugar a dudas como algún miembro de la Compañía Libre mediante la firma electromagnética emitida por su traje. Además, haría falta el anillo de identidad de Horza -o de Kraiklyn-, para activar el ascensor de la nave y, una vez a bordo, para asumir el control de ésta. Cuando hubo terminado Horza se sintió bastante más seguro. La única forma de controlar la nave era a través del anillo, y confiaba en que nadie conseguiría arrebatárselo..., al menos, no sin correr un riesgo superior al que significaba enfrentarse con un grupo de idiranos hambrientos y enfurecidos.

Aun así, siempre cabía la posibilidad de que muriera y los demás lograran sobrevivir. Horza quería que tuvieran alguna ruta de escape que no dependiera totalmente de él..., sobre todo por Yalson. Se llevaron consigo unas cuantas láminas de plástico de la base para transportar la Mente si lograban encontrarla. Dorolow quería enterrar a los Cambiantes muertos, pero Horza se negó. Llevó los cadáveres hasta la entrada del túnel y los dejó allí. Cuando se marcharan los subiría a la nave y los transportaría a Heibohre. El congelador natural que era la atmósfera del Mundo de Schar los conservaría hasta entonces. Contempló el rostro de Kierachell durante un segundo a la pálida luz de finales del atardecer. Un banco de nubes procedentes del mar helado estaba acumulándose sobre las montañas, y el aire se iba volviendo más frío a cada momento que pasaba.

Encontraría a la Mente. Estaba decidido a encontrarla, y tenía la corazonada de que lo conseguiría. Pero si el proceso de encontrarla exigía que se enfrentara con los culpables de aquella matanza... Bueno, no vacilaría. Hasta era posible que disfrutara con ello. Balveda quizá no lo hubiese entendido, pero no todos los idiranos eran iguales. Xoralundra era amigo personal suyo y su comportamiento como oficial siempre había sido correcto -suponía que entre los de su raza el viejo Querl debía estar considerado algo así como un moderado-, y Horza conocía y respetaba a otros idiranos que ocupaban puestos diplomáticos o militares. Pero había idiranos que eran verdaderos fanáticos y despreciaban a cualquier especie que no fuese la suya.

Xoralundra no habría matado a los Cambiantes. Lo habría considerado un acto innecesario y poco elegante. Pero, naturalmente, las misiones como ésta no eran para encomendárselas a los moderados. Si querías que se llevaran a cabo con éxito enviabas a un grupo de fanáticos. O a un Cambiante. Horza volvió con los demás. Había llegado al aerodeslizador -el aparato inservible estaba rodeado con las láminas de plástico que habían arrancado de las paredes, y su proa apuntaba hacia el agujero de la zona de habitáculos como si fuese a entrar en un garaje-cuando oyó

disparos.

Corrió por el pasillo que llevaba a la parte trasera de la zona de habitáculos preparando su láser.

-¿Qué ha sido eso? -preguntó por el micrófono del casco.

-Láseres. A bastante distancia por el túnel, desde los pozos -dijo la voz de Yalson.

Horza entró corriendo en el área de almacenes donde estaban los otros. El agujero que habían practicado en el recubrimiento de plástico tenía unos cuatro o cinco metros de diámetro. En cuanto Horza emergió

del pasillo un chorro de llamas lamió la pared, y vio los fugaces resplandores que los haces de láser dejaban en el aire, casi rozando un flanco de su traje. Los haces habían atravesado el agujero de la pared y venían del túnel. Estaba claro que fuera quien fuese el que disparaba podía verle. Horza se echó al suelo, rodó sobre sí mismo y acabó junto a Dorolow y Balveda, quienes habían buscado refugio junto a una combinación de grúa y cabrestante móvil. Las láminas de plástico de la pared se llenaron de agujeros que ardieron con un brillante destello durante un momento y se apagaron enseguida. Los chasquidos y siseos del láser crearon ecos que se esparcieron a lo largo de los túneles.

-¿Qué ha ocurrido? -preguntó mirando a Dorolow.

Recorrió con los ojos el área de almacenamiento. Los demás estaban allí, refugiándose donde podían. Estaban todos salvo Yalson.

-Yalson fue a... -empezó a decir Dorolow, y la voz de Yalson la interrumpió antes de que pudiera terminar la frase.

-Entré por el agujero de la pared y alguien me disparó. Estoy tumbada en el suelo. Me encuentro bien, pero me gustaría saber si puedo devolver el fuego. No estropearé nada, ¿verdad?

-¡Dispara! -gritó Horza, y en ese mismo instante otro abanico de haces luminosos creó una hilera de cráteres ardientes sobre la pared interior del área de almacenamiento-. ¡Devuelve los disparos!

-Gracias -dijo Yalson. Horza oyó el chasquido de su arma y, a continuación, los ecos producidos por el aire al calentarse bruscamente. Una explosión hizo vibrar el túnel-. Hmmm -dijo Yalson.

-Creo que le ha... -dijo Neisin desde el otro extremo del área de almacenamiento, pero se calló en cuanto nuevos disparos se estrellaron contra la pared que tenía detrás.

La pared quedó salpicada de agujeros oscuros cuyos contornos burbujeaban.

-¡Bastardo! -gritó Yalson.

Volvió a disparar, ahora una serie de breves ráfagas láser.

-Impide que levante la cabeza -dijo Horza-. Voy a ir hasta la pared. Dorolow, quédate aquí con Balveda.

Se puso en pie y corrió hacia el agujero que habían practicado en el recubrimiento de plástico. Los agujeros humeantes del material indicaban la poca protección que era capaz de ofrecer, pero aun así Horza se arrodilló, pegando el cuerpo a las láminas. Podía ver los pies de Yalson a pocos metros de distancia. Las botas de su traje parecían brotar del liso suelo de roca fundida. Oyó el sonido de su arma.

-Bien -dijo-. Deja de disparar el tiempo suficiente para que pueda ver de dónde vienen los haces y vuelve a empezar.

-De acuerdo.

Yalson dejó de disparar. Horza asomó la cabeza por el hueco sintiéndose increíblemente vulnerable y vio dos minúsculos destellos a bastante distancia túnel abajo, casi junto a una pared. Alzó su arma y empezó

a disparar. Yalson le imitó. El traje de Horza emitió un silbido. Una pantalla se encendió junto a su mejilla indicándole que le habían dado en el muslo. No había sentido nada. La pared del túnel que estaba junto a los pozos de los ascensores palpitaba con mil chispazos luminosos. Neisin apareció al otro lado del agujero, se arrodilló y empezó a disparar con su rifle de proyectiles. La pared del túnel estalló en un surtidor de humo y destellos. Las ondas expansivas recorrieron toda la extensión del túnel haciendo vibrar las láminas de plástico y creando ecos en los oídos de Horza.

-¡Basta! -gritó.

Dejó de disparar. Yalson le imitó. Neisin disparó una última ráfaga y también se detuvo. Horza corrió hacia el agujero, se metió por él y avanzó sobre el oscuro suelo rocoso del túnel hasta llegar a la pared. Se pegó a ella intentando aprovechar al máximo la pequeña protección ofrecida por una puerta de seguridad que había algunos metros más adelante.

Su blanco ya no estaba allí. Horza vio un montón de objetos rojizos de contornos irregulares que yacían sobre el suelo del túnel. Estaban empezando a enfriarse, emitiendo el calor amarillo adquirido gracias a los disparos láser que los habían arrancado de la pared. Horza usó la visión nocturna del casco y pudo ver una serie de ondulaciones compuestas de humo caliente y gas que se deslizaban silenciosamente bajo el techo del túnel procedentes de la zona dañada.

-Yalson, ven aquí -dijo. Yalson rodó sobre sí misma hasta que su cuerpo entró en contacto con la pared justo detrás de Horza. El Cambiante oyó cómo se incorporaba rápidamente y se pegaba al suelo junto a él-. Creo que le hemos dado -dijo por el transmisor del casco. Neisin, que seguía arrodillado junto al agujero, asomó la cabeza para mirar. El cañón del rifle de microproyectiles subió y bajó como si su propietario esperara otro ataque procedente de las paredes del túnel. Horza se puso en movimiento manteniendo la espalda pegada a la pared. Llegó a la puerta de seguridad. La mayor parte de su metro de grosor estaba escondida en el hueco de la pared, pero el panel asomaba como medio metro de éste. Horza volvió a observar el túnel que tenía delante. Los fragmentos seguían brillando como ascuas al rojo esparcidas sobre el suelo del túnel. La ola de humo negro pasó sobre su cabeza y se fue alejando lentamente. Horza se volvió hacia el otro lado. Yalson le había seguido.

-Quédate aquí -le dijo.

Siguió avanzando con la espalda pegada a la pared hasta llegar al primer pozo de ascensor. A juzgar por el agrupamiento de cráteres y señales que rodeaban sus puertas considerablemente deformadas, habían estado disparando contra el tercer y último de los pozos. Horza vio una carabina láser medio derretida tirada en el centro del túnel. Apartó la cabeza de la pared y frunció el ceño.

Observó con más atención la zona de suelo que había ante el pozo del ascensor. Estaba casi seguro de que... Sí, allí estaban, entre las puertas calcinadas y llenas de agujeros, rodeadas por un mar de escombros que brillaban con un apagado resplandor rojizo: un par de guantes. Los dedos eran cortos y gruesos y habían recibido un impacto (el guante que estaba más cerca de él había perdido un dedo), pero no cabía duda de que eran un par de manos. Parecía como si alguien estuviera colgando en el vacío dentro del pozo agarrándose al reborde con las puntas de los dedos. Horza dirigió el haz de su comunicador hacia la dirección en que estaba mirando.

-¿Medjel? ¿Medjel en el pozo del ascensor? ¿Me oyes? Contesta inmediatamente. Las manos no se movieron. Horza se acercó un poco más.

-¿Qué ha sido eso? -preguntó Wubslin.

-Un momento -dijo Horza.

Siguió acercándose con el rifle preparado para disparar. Una mano se movió ligeramente, como si estuviera intentando conseguir un asidero algo más firme en el reborde que daba al suelo del túnel. El corazón de Horza latía a toda velocidad. Fue hacia las puertas del ascensor aplastando con los pies los fragmentos recalentados. Vio unos brazos, después vio la parte superior de un casco alargado con señales de haber recibido varios impactos de láser...

Oyó el mismo ruido jadeante que había oído salir de la boca de los medjels cuando cargaban durante una batalla y una tercera mano -Hor-za sabía que era un pie, pero parecía una mano y sostenía una pequeña pistola-emergió del pozo del ascensor acompañada por la cabeza y el torso del medjel. Horza empezó a agacharse. La pistola emitió un chasquido y el chorro de plasma pasó a escasos centímetros de su cuerpo. Horza disparó rápidamente, agachándose y lanzándose a un lado. Un diluvio de fuego cubrió la entrada del ascensor con los guantes como centro. Las manos enguantadas se desvanecieron y un grito hizo vibrar la atmósfera. Una fugaz serie de destellos luminosos parpadeó

en el conducto circular. Horza corrió hacia adelante, metió la cabeza por el hueco de las puertas y miró hacia abajo.

Las llamas que seguían consumiendo los guantes de su traje iluminaban la silueta del medjel que caía por el conducto. No había soltado la pistola de plasma, y mientras se precipitaba en el vacío gritaba e iba disparando la pequeña arma. Los chasquidos y los destellos de los chorros de plasma se fueron alejando a medida que la criatura que empuñaba la pistola se perdió en la oscuridad, gritando y disparando sin dejar de agitar sus seis miembros.

-¡Horza! -gritó Yalson-. ¿Te encuentras bien? ¿Qué cono ha sido eso?-Estoy bien -dijo Horza.

El medjel era una silueta minúscula casi invisible en el túnel de noche vertical. Sus gritos seguían creando ecos y las chispas microscópicas de sus manos envueltas en fuego y su pistola de plasma seguían iluminando las tinieblas. Horza apartó la vista. Unos cuantos golpes sordos le indicaron que la infortunada criatura había empezado a rebotar en las paredes del túnel mientras caía.

-¿Qué ha sido todo ese ruido? -preguntó Dorolow.

-El medjel seguía vivo. Me disparó, pero he acabado con él -explicó Horza alejándose de las puertas del ascensor-. Ha caído..., sigue cayendo por el pozo del ascensor.

-¡Mierda! -jadeó Neisin, que seguía escuchando los ecos cada vez más débiles y lejanos-. ¿Qué profundidad tiene ese conducto?

-Diez kilómetros, suponiendo que todas las compuertas de seguridad estén abiertas -dijo Horza. Se volvió hacia los controles externos de los otros dos ascensores y la entrada a la cápsula de tránsito. Estaban más o menos intactos. Las puertas que daban acceso a los tubos de tránsito estaban abiertas. Cuando Horza inspeccionó la zona hacía un rato estaban cerradas. Yalson se echó el arma al hombro y fue hacia Horza.

-Bueno -dijo-, hay que ponerse en marcha, ¿no te parece?

-Sí -dijo Neisin-. ¡Qué diablos...! Esos tipos no son tan duros,

¿verdad? Uno de ellos ya ha caído.

-Sí, no cabe duda de que ha caído -dijo Yalson.

Horza inspeccionó los daños sufridos por su traje mientras los demás se aproximaban por el túnel. El disparo que le había dado en el muslo derecho había creado una quemadura de un milímetro de profundidad y unos dos dedos de anchura. Salvo en el improbable supuesto de que recibiera otro disparo en el mismo sitio, el traje seguía estando en perfectas condiciones.

-Un gran comienzo, si alguien quiere saber mi opinión al respecto dijo la unidad mientras seguía a los demás. Horza fue hasta las maltrechas puertas del ascensor y miró hacia abajo. Con el sistema de aumento al máximo apenas si podía distinguir una chispita minúscula situada muy, muy por debajo de él. Los micrófonos externos del casco captaron un ruido, pero estaba tan lejos que hacía pensar en el gemido del viento deslizándose a través de una valla. Estaban delante de un ascensor distinto a aquel por el que había caído el medjel. Las puertas tenían dos veces la altura de cualquiera de ellos y les empequeñecían, haciéndoles sentir que se habían convertido en niños. Horza había abierto las puertas para echar un vistazo, bajó un trecho usando la unidad antigravitatoria del traje y volvió a subir. No parecía haber ningún peligro.

-Yo iré primero -dijo volviéndose hacia los demás-. Si tenemos problemas lanzaremos un par de granadas y volveremos a subir. Nuestro objetivo es el nivel principal del sistema, a unos cinco kilómetros de profundidad. Cuando hayamos dejado atrás las puertas estaremos a poca distancia de la estación número cuatro. Una vez allí podremos volver a conectar la energía, algo que los idiranos no han sido capaces de hacer. Después podremos usar las cápsulas de los tubos de tránsito para ir de un sitio a otro.

-¿Y los trenes? -preguntó Wubslin.

-Los tubos de tránsito son más rápidos -dijo Horza-. Si encontramos a la Mente quizá tengamos que poner en marcha un tren. Eso dependerá del tamaño que tenga. Además, a menos que los hayan desplazado desde la última vez que visité el complejo, los trenes más cercanos estarán en la estación dos o en la seis, no allí. Pero la estación uno cuenta con un túnel en forma de espiral que puede utilizarse para hacer subir un tren del Sistema.

-¿Y el tubo de tránsito que llega hasta aquí? -preguntó Yalson-. Si el medjel vino por ese túnel, ¿qué impedirá a los demás que lo utilicen?

Horza se encogió de hombros.

-Nada. No quiero soldar las puertas por si se da el caso de que desee-mos volver hasta aquí en cuanto tengamos a la Mente, pero si uno de ellos sube por el conducto hasta aquí... ¿Qué más da? Será uno menos del que tendremos que preocuparnos cuando estemos allí abajo. De todas formas, uno de nosotros puede quedarse arriba hasta que hayamos llegado al fondo sin problemas y seguirnos entonces. Pero no creo que otro medjel se anime a subir tan poco tiempo después de que ése lo intentara.

-Ah, sí, el medjel al que no conseguiste convencer de que los dos estáis en el mismo bando -dijo la unidad.

Horza se acuclilló y miró fijamente a la unidad. El montón de equipo que transportaba hacía que Unaha-Closp fuera totalmente invisible desde arriba.

-Ese medjel no disponía de un comunicador, ¿vale? -dijo Horza-. En cambio los idiranos que haya allí abajo tendrán a su disposición los comunicadores que se llevaron de la base, ¿no es así? Y los medjels siempre hacen lo que les ordenan los idiranos, ¿no? -Esperó a que la máquina contestara y al ver que guardaba silencio añadió-: ¿Tengo razón o no?

Horza tuvo la impresión de que si la unidad hubiera sido un ser humano habría escupido.

-Lo que usted diga, señor -replicó la unidad.

-¿Y yo qué hago, Horza? -preguntó Balveda. Llevaba un mono de tela y una chaqueta de piel-. ¿Piensas arrojarme por el pozo y decir que se te olvidó que no disponía de arnés antigravitatorio, o he de ir a pie por el túnel de tránsito?

-Vendrás conmigo.

-Y si tenemos problemas, tú... ¿Qué harás? -preguntó Balveda.

-No creo que tengamos ninguna clase de problemas -dijo Horza.

-¿Estás seguro de que no había arneses antigravitatorios en la base?

-preguntó Aviger.

Horza asintió.

-De haberlos ese medjel habría llevado puesto uno, ¿no te parece?

-Puede que los idiranos se los hayan reservado para su uso personal.

-Los idiranos pesan demasiado.

-Podrían usar dos -insistió Aviger.

-No había arneses -dijo Horza tensando las mandíbulas-. Nunca se nos permitió disponer de arneses. Se suponía que no debíamos entrar en el Sistema de Mando salvo para la inspección anual, momento en el que teníamos permiso para activar la energía de todos los sistemas. Naturalmente, íbamos allí de vez en cuando aunque no teníamos permiso para ello. Bajábamos por la espiral hasta la estación cuatro siguiendo el mismo trayecto por el que debió subir ese medjel, y no se nos permitía disponer de arneses antigravitatorios, ¿está claro? Habrían hecho que bajar resultara demasiado fácil, ¿comprendes?

-Maldita sea, bajemos de una vez -dijo Yalson con impaciencia mirando a los demás. Aviger se encogió de hombros.

-Si mi sistema de antigravedad falla por culpa de toda esta basura que llevo encima... -empezó a decir la unidad, su voz algo ahogada por el equipo que transportaba.

-Máquina, como se te caiga algo por el pozo te aseguro que irás detrás de lo que se te haya caído -dijo Horza-. Y ahora, reserva tus energías para flotar y no para hablar. Irás detrás de mí. Mantente a unos quinientos o seiscientos metros de distancia, ¿entendido? Yalson, ¿te quedarás aquí arriba hasta que abramos las puertas? -Yalson asintió-. En cuanto a los demás, seguid a la unidad. No os apelotonéis, pero intentad no separaros demasiado los unos de los otros. Wubslin, quiero que estés cerca de la máquina y que tengas preparadas las granadas. Horza extendió una mano hacia Balveda-. ¿Señora?

La atrajo hacia él y Balveda puso los pies sobre sus botas dándole la espalda. Horza fue hacia el pozo y empezaron a descender por las profundidades sumidas en las tinieblas.

-Os veré en el fondo del pozo -dijo Neisin por los altavoces del casco.

-No vamos al fondo del pozo, Neisin -suspiró Horza, cambiando ligeramente la posición del brazo con que rodeaba la cintura de Balveda-. Vamos al nivel principal del sistema. Os veré allí.

-Sí, bueno... Donde sea.

Siguieron descendiendo sin incidentes de ninguna clase hasta llegar a su objetivo, y Horza forzó las puertas del nivel situado a cinco kilómetros por debajo del suelo. Durante el trayecto sólo había tenido un intercambio de palabras con Balveda, un minuto o dos después de que empezaran a bajar.

-Horza...

-¿Qué?

-Si hay algún tiroteo..., si nos disparan desde ahí abajo, o si ocurre alguna cosa y tienes que soltarme..., quiero decir si..., si me dejas caer...

-¿Qué estás insinuando, Balveda?

-Mátame. Hablo en serio. Dispárame. Prefiero eso antes que caer toda esta distancia.

-Será un auténtico placer, te lo aseguro -dijo Horza después de unos segundos de silencio.

Siguieron descendiendo por el túnel envueltos en el gélido y pétreo silencio de aquella garganta negra, abrazados como una pareja de enamorados.

-Maldita sea -dijo Horza en voz baja.

Él y Wubslin se encontraban en una habitación junto a la oscura bóveda llena de ecos que era la estación cuatro. Los demás esperaban fuera. Las luces de los trajes de Horza y Wubslin revelaban un espacio repleto de equipo para la transmisión de electricidad; las paredes estaban cubiertas de pantallas y controles. Gruesos cables serpenteaban sobre el techo y a lo largo de las paredes, y placas metálicas cubrían la entrada de conductos donde había más equipo eléctrico.

La atmósfera de la habitación olía a quemado. Una larga cicatriz negra cubierta de hollín atravesaba una pared por encima de los cables chamuscados y derretidos.

Notaron el olor apenas entraron en los túneles que conectaban el pozo con la estación. Horza lo olió y sintió cómo la bilis intentaba subir por su garganta. El olor era muy débil y no podría haber trastornado ni al más sensible de los estómagos, pero Horza sabía lo que significaba.

-¿Crees que podremos arreglarlo? -preguntó Wubslin.

Horza meneó la cabeza.

-Lo más probable es que no. Esto ya ocurrió una vez en una prueba anual durante mi estancia aquí. Activamos los sistemas siguiendo una secuencia equivocada y nos cargamos ese mismo cableado. Si han hecho lo mismo que hicimos nosotros entonces, los daños producidos en los niveles más profundos serán todavía peores que los visibles aquí. Necesitamos semanas enteras para repararlos... -Horza meneó la cabeza-. Maldición -dijo.

-Supongo que si esos idiranos han logrado averiguar tantas cosas sobre el sistema es que deben ser bastante listos, ¿no? -Wubslin subió

el visor de su casco, metió la mano dentro y se rascó la cabeza con cierta dificultad-. Lo que quiero decir es... Bueno, si han conseguido llegar hasta aquí...

-Sí -dijo Horza, atizándole una patada a un transformador-. Son demasiado listos.

Hicieron un breve recorrido del complejo de la estación, volvieron a la caverna principal y se congregaron alrededor del sensor de masas que Wubslin había sacado de la Turbulencia en cielo despejado. El sensor estaba rodeado por un amasijo de cables y fibras ópticas, y en su parte superior había una pantalla canibalizada del puente de la nave que Wubslin había unido al sensor mediante una conexión directa. La pantalla se iluminó. Wubslin empezó a juguetear con los controles. El holograma de la pantalla mostró una representación de una esfera con tres ejes apareciendo en perspectiva.

-Eso son unos cuatro kilómetros -dijo Wubslin. Daba la impresión de estar hablando con el sensor de masas, no con las personas que le rodeaban-. Probemos con ocho... -Volvió a manipular los controles. El número de líneas de los ejes se dobló.

Una manchita de luz casi imperceptible empezó a parpadear junto a uno de los bordes de la pantalla.

-¿Es eso? -preguntó Dorolow-. ¿Está en ese sitio?

-No -dijo Wubslin, volviendo a manipular los controles en un intento de conseguir que la manchita luminosa apareciese con más claridad-. No es lo bastante densa.

Wubslin volvió a doblar el alcance, pero no consiguió nada. La manchita luminosa seguía allí, rodeada de estática y señales fantasma. Horza miró a su alrededor orientándose mediante el diagrama que mostraba la pantalla.

-¿Crees que ese trasto puede dejarse engañar por una pila de uranio?-Oh, claro -dijo Wubslin asintiendo con la cabeza-. Dada la cantidad de energía que estamos metiendo en el sensor, cualquier clase de radiación puede trastornar las lecturas. Ésa es la razón de que el alcance quede reducido a unos treinta kilómetros, ¿comprendes? Todo este granito... Si hay algún reactor cerca, incluso uno bastante viejo, aparecerá

en la pantalla cuando las ondas lectoras del sensor lleguen a él. Pero la imagen visible sería una mancha borrosa, como ésta. Si la Mente que buscamos sólo mide unos quince metros de largo y pesa diez mil toneladas, la imagen tendría que ser muy fuerte y nítida. Iluminaría toda la pantalla igual que una estrella.

-Bien -dijo Horza-. Eso de ahí debe ser el reactor que hay en el último nivel de servicio.

-Oh -dijo Wubslin-. ¿También tenían reactores?

-Formaban parte de un sistema de emergencia -dijo Horza-. Ése servía para activar los ventiladores en caso de que la circulación de aire natural no bastara para disipar el humo o algún gas. Los trenes también poseen reactores por si fallaba el sistema geotérmico. Horza comprobó la lectura de la pantalla con el sensor de masas incorporado a su traje, pero el reactor de emergencia quedaba fuera de su alcance.

-¿Crees que deberíamos echar un vistazo? -preguntó Wubslin. La luz de la pantalla bañaba su rostro.

Horza se irguió y meneó la cabeza.

-No -dijo con voz cansada-. Al menos, no por ahora.

Se sentaron en el suelo de la estación y comieron. La estación tenía algo más de trescientos metros de longitud y dos veces la anchura de los túneles principales. Los raíles metálicos sobre los que se desplazaban los trenes del Sistema de Mando se extendían a través del suelo de roca fundida en un doble juego de vías que asomaba de una pared por el hueco de una U invertida y desaparecía por otra pared, alejándose hacia la zona de mantenimiento y reparaciones. A cada extremo de la estación había estructuras metálicas y rampas que casi llegaban hasta el techo. Cuando Neisin preguntó para qué servían, Horza explicó que proporcionaban acceso a los dos pisos superiores de los trenes cuando se encontraban detenidos en la estación.

-Me muero por ver esos trenes -farfulló Wubslin con la boca llena de comida.

-Si no hay luz no podrás verlos -dijo Aviger.

-Creo que es intolerable que siga estando obligado a llevar encima toda esta basura -dijo la unidad. Había dejado la plancha del equipo en el suelo-. ¡Y ahora se me dice que aún tendré que cargar con más peso!

-No peso mucho, Unaha-Closp -dijo Balveda.

-Oh, ya te las arreglarás -dijo Horza.

No podían volver a activar los sistemas, por lo que no les quedaba más remedio que usar las unidades antigravitatorias para llegar hasta la próxima estación. Sería más lento que el tubo de tránsito, pero seguiría siendo más rápido que el caminar. La unidad tendría que cargar con Balveda.

-Horza... Estaba preguntándome si... -dijo Yalson.

-¿Qué?

-¿Cuánta radiación hemos recibido en los últimos tiempos?

-No mucha.

Horza activó la pantallita interior de su casco. El nivel de radiación no era peligroso; el granito que les rodeaba emitía un poco de radiación, pero no habrían corrido ningún peligro real ni aun suponiendo que fueran sin trajes.

-¿Por qué lo preguntas?

-Oh, por nada. -Yalson se encogió de hombros-. Es sólo que... Con todos esos reactores, y el granito, y la bomba que estalló después de que la echaras por el vactubo de la Turbulencia en cielo despejado... Bueno, pensaba que quizá hubiéramos recibido una dosis bastante alta, y además hay que añadir la dosis que recibimos en el Megabarco cuando Lamm intentó hacerlo volar en pedazos. Pero si tú dices que no pasa nada, te creo.

-A menos que alguien sea especialmente sensible a la radiación, no tenemos por qué preocuparnos.

Yalson asintió.

Horza estaba preguntándose si debía dividirles en dos grupos. ¿Qué

sería mejor, ir todos juntos o formar dos grupos para que cada uno fuese por uno de los túneles de peatones que seguían el trazado de la línea principal y el tubo de tránsito? La división no tenía por qué detenerse allí, claro. Podía hacer que una persona fuese por cada uno de los seis túneles que llevaban de una estación a otra. Eso sería ir demasiado lejos, pero demostraba cuántas posibilidades había. Si se dividían estarían mejor preparados para un ataque de flanco en el caso de que un grupo se encontrase con los idiranos, aunque durante las primeras etapas del combate no dispondrían de la misma potencia de fuego que si hubieran seguido juntos. Eso no aumentaría sus probabilidades de encontrar a la Mente siempre que el sensor de masas funcionara, pero sí aumentaría sus probabilidades de encontrarse con los idiranos. Aun así, la idea de mantenerse juntos dentro de un túnel hacía que Horza sintiera una mezcla de claustrofobia y aprensión. Una granada podía acabar con todo el grupo de golpe; un solo abanico de fuego láser de gran potencia bastaría para que todos acabaran muertos o heridos. Era como enfrentarse a un problema ingenioso pero improbable en uno de los exámenes finales de la Academia Militar de Heibohre. Ni tan siquiera estaba muy seguro de en qué dirección ir. Cuando inspeccionaron la estación, Yalson vio huellas en la delgada capa de polvo que cubría el túnel para peatones que llevaba a la estación cinco, lo cual sugería que los idiranos habían ido hacia allí. Pero, ¿debían seguirles o harían mejor yendo en dirección opuesta? Si les seguían y si no lograba convencer a los idiranos de que estaba de su parte, no les quedaría más remedio que combatir.

Pero si iban en dirección opuesta y conectaban la electricidad en la estación uno, los idiranos también dispondrían de energía. No había ninguna forma de confinar la energía a una sola parte del Sistema de Mando. Cada estación podía aislar su trazado de vías del conector general, pero los circuitos habían sido diseñados para impedir que un traidor -o un incompetente-, pudiera desactivar la totalidad del Sistema. Los idiranos también podrían utilizar los tubos de tránsito, los trenes y los talleres de reparaciones... No, sería mejor encontrarles y hacer un intento de parlamentar con ellos. Al menos así el problema de su presencia en los túneles quedaría resuelto de una forma o de otra. Horza meneó la cabeza. La situación estaba empezando a volverse demasiado complicada. Los túneles, cavernas, niveles, pozos, escondites, encrucijadas, desvíos y recovecos del Sistema de Mando parecían un diagrama de flujo infernal concebido para que sus pensamientos corrieran en un eterno circuito cerrado. Puede que dormir un poco le ayudara a ver las cosas con más clari-dad. Necesitaba dormir, igual que los demás. Horza lo notaba. La máquina podía acabar averiándose o quedándose sin energía, pero no necesitaba dormir, y Balveda parecía capaz de seguir despierta durante mucho tiempo; pero los demás daban señales de necesitar un descanso más profundo que un rato sentados en el suelo. Sus relojes corporales indicaban que era hora de dormir. Exigirles que siguieran avanzando sería una estupidez.

La carga de Unaha-Closp incluía un arnés de sujeción. Eso debería impedir que Balveda pudiera intentar algo. La máquina montaría guardia, y Horza podía activar el sensor remoto de su traje para que detectara cualquier movimiento producido en los alrededores de la zona donde estaban. Esas precauciones deberían bastar para mantenerles a salvo. Acabaron de comer y todo el mundo estuvo de acuerdo en que lo mejor sería dormir un rato. Balveda se dejó poner el arnés de sujeción y fue instalada en uno de los almacenes vacíos que había junto a la plataforma. Unaha-Closp recibió órdenes de usar su sistema de antigravedad para subir a lo alto de una estructura de acceso y quedarse allí sin hacer ningún movimiento a menos que oyera o viese algo extraño. Horza colocó su sensor remoto cerca del sitio donde pensaba acostarse, sobre uno de los soportes inferiores de un cabrestante automático. Quería hablar unos momentos con Yalson, pero cuando hubo terminado de hacer esos arreglos varios miembros del grupo ya se habían quedado dormidos -Yalson incluida-, con la espalda apoyada en la pared o tumbados en el suelo y los visores opacados de sus cascos vueltos hacia donde no llegaban las débiles luces de los demás trajes.

Horza observó durante un rato a Wubslin, que estaba vagabundeando por la estación. El ingeniero acabó acostándose en el suelo y el silencio se adueñó del lugar. Horza activó el sensor remoto ajustándolo para que diera la alarma si captaba cualquier movimiento por encima de cierto nivel.

No durmió demasiado bien. Tuvo pesadillas, y los sueños acabaron despertándole.

Los fantasmas le perseguían por muelles repletos de ecos y naves abandonadas sumidas en el silencio, y cuando se daba la vuelta para enfrentarse con ellos sus ojos siempre estaban aguardándole, tan vacíos e inexpresivos como bocas o blancos de tiro; y las bocas le engullían y Horza se precipitaba en la negra boca del ojo dejando atrás el hielo que la rodeaba, el hielo muerto que recubría los contornos de aquel ojo frío que le devoraba; y un instante después ya no estaba cayendo sino que corría, corría con la lentitud de alguien que carga con un peso terrible o intenta avanzar entre el cieno, corría por las cavidades de los huesos de su cráneo, y su cráneo estaba desintegrándose lentamente; su cráneo era un planeta muy frío repleto de túneles que siempre terminaban en un muro de hielo infinito, y los túneles se derrumbaban a su espalda cada vez más deprisa hasta que terminaron atrapándole y Horza volvió

a caer en el frío túnel de aquel ojo, y mientras caía oyó un ruido que brotaba de la garganta helada del ojo y de su propia boca, un sonido que le heló hasta la médula de los huesos con un frío más terrible que cualquiera de los que podían provocar el hielo o la nieve, y el ruido decía: EEEeee... Situación de la partida: Tres

Fal 'Ngeestra estaba allí donde más le gustaba estar: en la cima de una montaña. Acababa de terminar su primera escalada digna de tal nombre desde que se había fracturado la pierna. La montaña no era demasiado imponente y había seguido la ruta más fácil, pero ahora, deleitándose con el panorama visible desde la cima, hizo un somero repaso de su estado físico y comprobó, abatida, que era pésimo. La pierna fracturada seguía doliéndole un poco, naturalmente, pero aparte de eso los músculos de las dos piernas le dolían con tanta intensidad como si hubiera acabado de escalar una montaña dos veces más alta llevando una mochila con carga completa a la espalda. Fal intentó animarse pensando que se le pasaría en cuanto hiciera algo de ejercicio. Estaba sentada en la cima contemplando los picachos blancos de menor altura, los riscos de las cordilleras más altas y la suave curvatura de las lomas donde los árboles se combinaban con la hierba. La llanura quedaba más lejos, con sus ríos centelleando bajo la luz del sol, y en el extremo más distante se alzaban las colinas donde estaba el albergue, su hogar. Los pájaros planeaban en la lejanía sobrevolando los valles que había debajo de ella, y de vez en cuando la llanura emitía un chispazo, como si alguna superficie reflectante se estuviera moviendo por ella.

Una parte de su ser estaba atenta al distante dolor de huesos, evaluándolo y analizándolo hasta que se hartó de él y decidió no prestar más atención a las sensaciones que la incomodaban. No quería distracciones. No había recorrido tanta distancia sólo para disfrutar del panorama. Había subido hasta aquí con un propósito. El hecho de subir por una montaña arrastrando aquel saco de carne y huesos durante todo el trayecto, llegar hasta la cima, pensar y existir en sí misma tenía un significado muy especial para ella. Podía haber llegado a la cima en un aerodeslizador durante cualquier momento de su convalecencia, pero no lo había hecho, aunque Jase se lo sugirió varias veces. Resultaba demasiado fácil. Llegar hasta aquí de esa forma no habría tenido ningún significado.

Se concentró, fue entornando los párpados y dejó que su mente repitiera el cántico interno, aquel hechizo sin un solo átomo de magia que invocaba a los espíritus enterrados en sus glándulas genoalteradas. El trance llegó acompañado por una oleada inicial de mareo que le hizo extender los brazos para apoyar las manos en el suelo, manteniendo el equilibrio de su cuerpo aunque no necesitaba hacer ese gesto para conservarlo. Los sonidos que vibraban en sus oídos -la circulación de su sangre, la lenta marea de su aliento-, se fueron haciendo más potentes y cobraron extrañas armonías. La luz que ardía detrás de sus párpados empezó a palpitar siguiendo el ritmo de su corazón. Sintió que estaba frunciendo el ceño y se imaginó su frente arrugándose hasta imitar los pliegues de las colinas, y una parte de su ser que seguía observándolo todo desde una gran distancia pensó que aún no dominaba demasiado bien el proceso.

Abrió los ojos y el mundo había cambiado. Las colinas eran olas verdes y marrones coronadas por crestas de espuma blanca. La llanura estaba inundada de luz y el dibujo de pastizales y bosquecillos que llegaba hasta el nacimiento de las cordilleras parecía un mero camuflaje, inmóvil y en continuo movimiento, como un edificio muy alto visto contra el telón de fondo de las nubes que se deslizan rápidamente por el cielo. Los riscos boscosos eran divisiones en un inmenso y atareado árbol-cerebro, y los picachos cubiertos de nieve y hielo que la rodeaban se habían convertido en fuentes vibratorias emisoras de una luz que también era sonido y olor. Fal experimentó una vertiginosa sensación de concentricidad, como si su cuerpo fuera el núcleo alrededor del que giraba todo aquel paisaje.

Y allí, en el centro de aquel mundo vuelto del revés, un hueco invertido. Parte de él. Nacido aquí.

Todo lo que era, cada hueso y órgano, célula, producto químico, molécula y átomo, electrón, protón y núcleo, cada partícula elemental, cada ondulación de energía, desde aquí..., no sólo el Orbital (un nuevo ataque de mareo y sus manos enguantadas rozaron la nieve), sino la Cultura, la galaxia, el universo...

Este es nuestro sitio y nuestro tiempo y nuestra vida, y deberíamos estar disfrutándolo. Pero ¿disfrutamos de él? Contémplalo desde el ex- terior, pregúntatelo a ti misma... Pregúntate qué estamos haciendo. Estamos matando lo inmortal, cambiando para conservar, haciendo la guerra para conseguir la paz..., y con ello nos entregamos para siempre a aquello que jurábamos haber rechazado por muy buenas ra- zones que conocemos perfectamente.

Bueno, ya estaba hecho. Los miembros de la Cultura que tenían objeciones realmente serias y fundadas a la guerra se habían marchado; ya no formaban parte de la Cultura y no contribuían a su esfuerzo. Se habían convertido en neutrales, habían formado sus grupos y adoptado nuevos nombres (o afirmaban ser la auténtica Cultura; lo cual añadía un nuevo matiz a la confusión ya existente sobre cuáles eran los verdaderos límites de la Cultura). Pero por una vez los nombres carecían de importancia. Lo que importaba era la discrepancia, y los efectos nocivos producidos por aquella separación.

Ah, el desprecio... Ese inmenso tesoro de desprecio que parece he- mos logrado acumular. Nuestro propio desprecio encubierto hacia los

«primitivos», el desprecio de los que abandonaron la Cultura cuando quienes habían decidido oponerse a los idiranos declararon la guerra, el desprecio que un número tan grande de los nuestros sienten hacia Circunstancias Especiales..., el desprecio que todos suponemos las Mentes deben sentir hacia nosotros.... y por todas partes, mires donde mires, el desprecio que los idiranos sienten no sólo hacia nosotros sino hacia todos los humanos, y el desprecio humano hacia los Cambiantes. Un disgusto federado, una galaxia de desprecio y odios. Disponemos de una vida tan corta y lo único que se nos ocurre es malgastar los años compitiendo para averiguar quién es capaz de sentir más despre- cio hacia los otros.

Y lo que los idiranos deben sentir hacia nosotros... Piensa en ellos: casi inmortales, singulares e inmutables. Cuarenta y cinco mil años de historia en un planeta con una sola religión/filosofía que lo abarca todo; eones de erudición y estudio sucediéndose los unos a los otros, una era tranquila de devoción en ese lugar sagrado sin interesarse por nada de lo que pueda haber fuera de él. Y de repente, hace ya milenios, la invasión en otra guerra que hoy es historia; encontrarse de repente con que se han convertido en meros peones movidos por el escuálido imperialismo de otra especie. De la paz introvertida a la militancia ex- trovertida y el celo militante gracias a eras de tormento y represión... Toda una fuerza moldeadora, desde luego.

¿Quién podía culparles? Habían intentado mantenerse a distancia y se habían visto atrapados y casi destruidos en un torbellino de fuerzas mucho más grandes que cualquiera de las que ellos podían crear o manipular. ¿Quién podía sorprenderse de que hubieran decidido que la única forma de protegerse a sí mismos era atacar antes, expandirse, hacerse cada vez más y más fuertes, extender sus fronteras lo más lejos posible del sagrado tesoro que era Idir, su planeta natal?

E incluso hay un modelo genético para ese cambio catastrófico de lo apacible a la ferocidad, simbolizado en el paso que lleva del idirano capaz de reproducirse al guerrero... Oh, sí, una especie noble y salvaje justificablemente orgullosa de sí misma que se niega a modificar su có- digo genético y que no se equivoca demasiado cuando afirma que ya ha alcanzado la perfección. ¡Lo que deben sentir hacia el enjambre de tribus bípedas que es la humanidad!

Repetición. Materia y vida, y los materiales que podían soportar el cambio -que podían evolucionar-, repitiéndose eternamente: el alimento de la vida discutiendo con la misma vida.

¿Y nosotros? No somos más que otro eructo en la oscuridad. Sonido pero no palabra, ruido que carece de significado. Para ellos no somos nada: meros biotómatas, y el ejemplo más te- rrible de esa variedad. La Cultura debe parecerles una demoníaca amalgama de todo lo que los idiranos siempre han considerado repug- nante.

Somos una raza de mestizos, nuestro pasado es una historia de en- redos y conflictos, nuestros orígenes son oscuros, nuestra tumultuosa evolución está repleta de imperios codiciosos y cortos de miras y de diásporas tan crueles como derrochadoras de recursos irrepetibles. Nuestros antepasados fueron los huérfanos encontrados en el portal de la galaxia, reproduciéndose continuamente, matando y rebelándose, con sus sociedades y civilizaciones atrapadas en el proceso intermina- ble del desmoronamiento y el volver a formarse... Sí, algo debía andar muy mal dentro de nosotros, tenía que haber algún factor mutante en el sistema, algo demasiado rápido, nervioso y frenético para nuestro propio bien o el de cualquier otro. Somos unas criaturas tan patéti- camente carnosas, de vida tan breve, tan confusa y dominada por el enjambre... Y a un idirano debemos parecerle pura y simplemente es- túpidos.

Ya tenemos la repugnancia física, pero aún faltaba algo peor. So- mos capaces de alterarnos a nosotros mismos, jugueteamos con el mismísimo código de la vida, volvemos a escribir de forma distinta la Palabra que es el Camino, el encantamiento del ser. Interferir con nuestra propia herencia e interferir en el desarrollo de otras socieda- des... ¡Ja! Al menos compartimos ese interés... Y hay algo todavía peor, lo peor de todo, y es que no nos limitamos a producir sino que acabamos entregándonos al anatema final: las Mentes, las máquinas conscien- tes; la mismísima imagen y esencia de la vida profanada y rebajada. La idolatría encarnada.

No es extraño que nos desprecien. Somos unas lastimosas mutacio- nes enfermas, miserables y obscenas, servidoras de las máquinas-de- monios a los que adoramos. Ni tan siquiera estamos seguros de nues- tra propia identidad. ¿Qué o quién es la Cultura? ¿Dónde empieza y acaba exactamente? ¿Quién pertenece a la Cultura y quién está fuera de ella? Los idiranos saben muy bien quiénes son. La raza única y pura, o nada... ¿Y nosotros? Contacto es Contacto, el núcleo, pero,

¿aparte de eso? El nivel de manipulación genética varía; pese al ideal, no todo el mundo puede aparearse con los que le rodean y producir descendencia. ¿Las Mentes? No hay ninguna pauta real. También son individuos, y no resultan del todo predecibles..., son demasiado preco- ces e independientes. ¿Vivir en un Orbital fabricado por la Cultura, o en una Roca, o en alguna otra especie de mundo ahuecado, un pequeño vagabundo del espacio? No; hay demasiados que se atribuyen alguna clase de independencia mayor o menor. Así pues, la Cultura carece de límites claros; se limita a irse desvaneciendo poco a poco, deshila- chándose y, al mismo tiempo, extendiéndose cada vez más. ¿Dónde nos deja eso?

El zumbido del significado y la materia que la rodeaban y la canción de luz emitida por las montañas parecían hervir a su alrededor como el líquido en un caldero, empapándola y sumergiéndola. Fal se percibió a sí misma como la mota insignificante que era; un puntito, una minúscula fracción de vida imperfecta que luchaba para no acabar extraviada en el inmenso desierto de luz y espacio que la rodeaba por todas partes. Sintió la fuerza congelada del hielo y la nieve que había a su alrededor, y se sintió consumida por aquella frialdad que quemaba la piel. Sintió los rayos del sol que caían sobre su cuerpo, y conoció el lento desmoronamiento de los cristales de nieve al derretirse, conoció lo que sentía el agua mientras goteaba y corría y se convertía en burbujas oscuras debajo del hielo y en gotas de rocío sobre los carámbanos. Vio los hilillos de agua que acariciaban la vegetación, los arroyos que corrían veloces y los ríos que se despeñaban en cataratas; captó el serpenteo del río cuando éste remansaba su curso y se movía con la tranquila lentitud de un buey hasta acabar llegando al lago y el mar, allí donde el vapor de agua volvía a subir hacia los cielos.

Y se sintió perdida dentro de todo aquello, y tuvo la sensación de estar disolviéndose, y por primera vez en su joven existencia sintió

auténtico miedo, y el temor que la invadió allí en ese instante fue muy superior al que había sentido cuando cayó y se fracturó la pierna o durante los breves momentos de la caída, el segundo del impacto y el dolor que la dejaron aturdida o las largas y frías horas que le siguieron cuando yacía hecha un guiñapo sobre la nieve y las rocas, temblando, intentando no llorar y buscando algún refugio. Eso era algo para lo que se había ido preparando desde hacía mucho tiempo; sabía qué estaba ocurriendo, había meditado en los efectos que podía tener y las formas en que podía reaccionar. Era un riesgo que corrías, algo que comprendías. Esto no lo era, porque ahora no había nada que entender y quizá

no existiera nada -incluida ella misma-, que pudiera entenderlo.

¡Socorro! Algo gemía dentro de su ser. Fal escuchó sus gemidos, y no pudo hacer nada para ayudarle.

Somos hielo y nieve, somos ese estado atrapado.

Somos el agua que cae, vaga e itinerante, el agua que siempre bus- ca el nivel más bajo, el agua que intenta acumularse y reunirse con más agua.

Somos vapor que se alza pese a cuanto hagamos para impedirlo, vapor que se convierte en masas nebulosas que serán arrastradas por el primer viento que empiece a soplar. Para empezar de nuevo, en for- ma glacial o no.

(Podía escapar. Sintió como el sudor iba peinando su frente y como sus manos iban creando moldes de sus contornos en la nieve que cedía bajo la presión de sus dedos, y supo que había una salida, supo que podía bajar..., pero que rendirse significaría bajar sin nada, sin haber descubierto, hecho o comprendido nada. No, se quedaría y lucharía con todas sus fuerzas.)

El ciclo volvió a empezar. Sus pensamientos giraron locamente y Fal vio el agua que fluía por gargantas y valles o que se iba acumulando junto a los árboles, o que se precipitaba en los lagos y el mar. Vio como caía sobre las praderas, los pantanos y los páramos, y cayó con ella, terraza sobre terraza, esparciéndose sobre los rebordes rocosos, espumeando y moviéndose en círculos (sintió como la humedad que cubría su frente empezaba a congelarse y como el frío atravesaba su piel, y supo que corría peligro, y volvió a preguntarse si debía salir del trance, cuánto tiempo llevaba sentada allí y si la estarían observando o no). Sintió

una nueva oleada de mareo y hundió las manos un poco más en la nieve que la rodeaba. Sus guantes ejercieron presión sobre los copos helados, y el recuerdo llegó junto con ese acto.

Volvió a ver la estructura de espuma congelada. Volvía a estar en pie sobre la fría superficie del páramo, junto a la cascada minúscula y el laguito donde había encontrado la lente de hielo espumoso. Recordó haberla sostenido en sus manos y recordó que cuando la golpeó con la yema del dedo no emitió ningún sonido, que cuando la rozó con la lengua sabía a agua y a nada más..., y que su aliento se deslizó sobre ella igual que una nube, otra imagen que se arremolinaba en el aire. Y esa imagen era ella misma.

Eso era lo que significaba. Algo a lo que agarrarse.

¿Quiénes somos?

Los que somos. Aquello por lo que se nos acepta y considera, nada más. Lo que sabemos y lo que hacemos. Nada más y nada menos. Información que es transmitida. Pautas, galaxias, sistemas estela- res, planetas..., todo evoluciona; la materia primigenia cambia y, en cierta forma, avanza y progresa. La vida es una fuerza más rápida que reordena y halla nuevos nichos, que empieza a cobrar forma; la inteligencia, la consciencia..., una magnitud más rápida, otro plano distinto a los anteriores. Más allá estaba lo desconocido, lo que era demasiado vago para ser comprendido (pregúntaselo a un Dra'Azon, quizá, y espera su respuesta)..., todo se reducía a ir refinando las cosas, a un proceso de mejora y de dar con una solución mejor (si es que podía considerarse que términos como «mejor» y «peor» tenían algún significado)... Y si jugueteamos con nosotros mismos para alterar nuestra heren- cia, ¿qué importa? ¿Acaso hay algo que nos pertenezca más que nues- tra herencia? ¿Quién está en condiciones de afirmar que la naturaleza se equivoca menos que nosotros? Si nos equivocamos es porque somos estúpidos, no porque la idea fuese mala. Y si dejamos de estar en la avanzadilla, si perdemos nuestro puesto en la cúspide de la ola... bue- no, mala suerte. Pasa el relevo con tus mejores deseos; que te divier- tas, amigo.

Todo lo que somos y todo lo que nos rodea, todo lo que sabemos y todo aquello sobre lo que podemos llegar a saber algo se compone en última instancia de pautas y modelos hechos de nada; ésa es la verdad final, a eso se reduce todo. Por lo tanto, cuando descubrimos que go- zamos de cierto control sobre esas pautas y modelos, ¿por qué no crear los más elegantes, los mejores y los más agradables según nuestros propios términos? Sí, señor Bora Horza Gobuchul, somos hedonistas. Buscamos el placer y nos hemos moldeado a nosotros mismos para po- der sacar el máximo placer de la vida. Lo admitimos. Somos lo que so- mos. Pero ¿y tú? ¿En qué te convierte eso?

¿Quién eres?

¿Qué eres?

Un arma. Un objeto concebido para engañar y matar, algo creado por seres que murieron hace mucho tiempo. Toda la subespecie de los Cambiantes es un resto de una vieja guerra, una guerra de hace tanto tiempo que nadie recuerda quién la libró, o cuándo, o por qué. Ni tan siquiera recordamos si los Cambiantes luchaban por el bando que ven- ció o por el que fue derrotado.

Pero en cualquier caso lo innegable es que fuiste fabricado, Horza. No evolucionaste de una forma que puedas calificar de «natural»; eres el producto de cuidadosas meditaciones, de la manipulación genética, la planificación militar y un propósito deliberado..., y de la guerra; tu mismísima creación dependió de ella. Eres el hijo de la guerra, eres su legado.

Cambiante, cambíate a ti mismo..., pero ni puedes ni quieres hacer- lo. Lo único que puedes hacer es tratar de no pensar en ello. Y, sin embargo, el conocimiento está ahí. La información se encuentra im- plantada a gran profundidad en alguna parte de tu ser. Aun así podrías vivir en paz con ella, y deberías hacerlo, pero no creo que seas capaz de conseguirlo...

Y me das pena, porque ahora creo saber a quién odias en realidad. Fal emergió rápidamente del trance en cuanto las glándulas de su cuello y su médula espinal dejaron de fabricar sustancias químicas. Los compuestos que habían invadido las células cerebrales de la joven empezaron a descomponerse y sus efectos se fueron desvaneciendo poco a poco.

La realidad sopló alrededor de ella y la fresca caricia de la brisa rozó su piel. Fal se limpió el sudor de la frente. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Se las limpió, resoplando, y se frotó su enrojecida nariz. Otro fracaso, pensó con amargura. Pero su amargura era joven y extrañamente inestable, una especie de falsificación, algo que asumía durante un tiempo como una criatura que se prueba las ropas de un adulto. Disfrutó durante unos segundos de las sensaciones que le producía el imaginarse vieja y desilusionada y se olvidó de ellas. Aquel estado anímico no le sentaba bien. «Ya tendré tiempo más que suficiente para disfrutar de su versión genuina cuando sea vieja», pensó con sarcasmo mientras contemplaba la hilera de montañas que se extendía al otro extremo de la llanura. Pero, aun así, había fracasado. Había albergado la esperanza de que el trance le proporcionaría alguna idea nueva relacionada con los idiranos, Balveda, el Cambiante, la guerra o..., bueno, con lo que fuese. Y, en vez de eso, el viaje del trance la había llevado por territorios que ya le eran conocidos, mostrándole hechos aceptados y lo que ya sabía.

Un cierto disgusto ante el hecho de ser humana, una comprensión del orgulloso desdén que los idiranos sentían hacia los de su especie, una reafirmación de que por lo menos las cosas eran su significado, y una fugaz inmersión probablemente equivocada y excesivamente benevolente en el carácter de un hombre al que nunca había visto y al que jamás conocería, un hombre separado de ella por casi toda uña galaxia y toda una moralidad.

Fal volvería de su ascensión a la cima helada con las manos casi vacías.

Suspiró. El viento seguía soplando. Fal observó las nubes que se iban acumulando sobre la cordillera. Tendría que empezar a bajar ahora mismo, o de lo contrario acabaría atrapada en plena tormenta. Bajar con algún tipo de ayuda mecánica sería como hacer trampas, y si su estado físico empeoraba hasta el punto de obligarla a llamar un aerodeslizador para que la recogiera, Jase le daría una buena bronca. Fal 'Ngeestra se puso en pie. El dolor de su pierna volvió a torturarla: señales enviadas desde su punto débil. Se quedó inmóvil durante unos segundos evaluando el estado de aquel hueso recién soldado, decidió que podría aguantar y empezó a descender hacia el mundo libre de hielo y nieve que había debajo de ella.

11

El Sistema de Mando: Estaciones

Alguien le estaba sacudiendo suavemente para despertarle.

-Vamos, despierta. Venga, venga, despierta... Vamos, es hora de le- vantarse...

Reconoció la voz. Era Xoralundra. El viejo idirano estaba intentan- do despertarle. Fingió que seguía dormido.

-Sé que estás despierto. Venga, ya es hora de levantarse. Abrió los ojos con una falsa mueca de cansancio. Xoralundra esta- ba allí, en una habitación circular azul provista de muchos divanes que ocupaban las pequeñas alcobas esparcidas alrededor de las paredes. Alzó la cabeza y vio un cielo blanco con nubes negras. La habitación estaba brillantemente iluminada. Se protegió los ojos con una mano y miró al idirano.

-¿Qué ha sido del Sistema de Mando? -preguntó, recorriendo la habitación circular de paredes azules con la vista.

-Ese sueño ha terminado. Lo has hecho estupendamente y se te ha concedido la nota máxima. Tanto la Academia como yo estamos muy contentos de ti.

No pudo evitar el sentirse complacido. Un halo cálido pareció en- volver su cuerpo, y no pudo impedir que sus labios se fueran curvando en una sonrisa.

-Gracias —dijo. El Querl asintió.

-Tu interpretación de Hora Horza Gobuchulfue soberbia -dijo Xo- ralundra con su vozarrón de trueno-. Ahora deberías tomarte un poco de tiempo libre. Ve a divertirte con Gierashell. Cuando Xoralundra pronunció esas palabras estaba bajando los pies de la cama y se preparaba para ponerlos en el suelo. Se volvió ha- cia el viejo Querl y le sonrió.

-¿Con quién?

Se rió.

—Con tu amiga Gierashell —dijo el idirano.

-Querrás decir Kierachell.

Se rió y meneó la cabeza. ¡Xoralundra debía estar haciéndose viejo!

-No, quiero decir Gierashell -insistió fríamente el idirano, dando un paso hacia atrás y contemplándole con extrañeza-. ¿Quién es Kie- rachell?

-¿Quieres decir que no lo sabes? Pero ¿cómo es posible que no se- pas pronunciar bien su nombre? -exclamó.

El error cometido por el Querl hizo que volviera a menear la cabe- za. ¿O sería parte de alguna otra prueba?

-Un momento -dijo Xoralundra. Contempló algo que tenía en la mano, un objeto que proyectaba luces multicolores sobre su rostro. Después se llevó la otra mano a la boca y se volvió hacia él con una expresión de sorpresa y perplejidad en el rostro-. ¡Oh, lo siento!

Se inclinó sobre él y volvió a empujarle hacia la... Se irguió de golpe. Algo zumbaba en su oreja.

Se echó lentamente hacia atrás mientras observaba la textura granulosa de la oscuridad para averiguar si alguien más había despertado, pero todas las siluetas seguían inmóviles. Pulsó un botón ordenando a la alarma del sensor remoto que se desconectara. El zumbido se desvaneció. Unaha-Closp era visible en lo alto de la estructura de acceso al tren. Horza subió el visor de su casco y se limpió el sudor de la frente y las cejas. Estaba seguro de que la unidad le había visto despertar. Se preguntó qué estaría pensando y qué opinaría de él. ¿Podría ver lo bastante bien para darse cuenta de que había sufrido una pesadilla? ¿Sería capaz de ver su rostro más allá del visor, de captar los leves movimientos que agitaban su cuerpo mientras su cerebro iba construyendo imágenes con los restos de todos los días que había vivido? Podía opacar el visor; podía hacer que el traje se expandiera y tensar las articulaciones dejándolas rígidas...

Pensó en el aspecto que debía tener para Unaha-Closp. Un pequeño objeto blando y desnudo que se retorcía dentro de aquel duro capullo de metal y plástico, convulsionándose a causa de las ilusiones que le dominaban durante su coma... Decidió seguir despierto hasta que los demás empezaran a moverse. La noche llegó a su fin, y la Compañía Libre despertó para enfrentarse de nuevo con la oscuridad y el laberinto. La unidad no dijo si le había visto despertar durante la noche, y Horza no se lo preguntó. Se mostró falsamente alegre y jovial, rió y dio palmaditas en la espalda de los demás, diciéndoles que hoy llegarían a la estación siete y que una vez allí podrían activar los sistemas de iluminación y hacer funcionar los tubos de tránsito.

-¿Sabes una cosa, Wubslin? -exclamó, contemplando al ingeniero con una sonrisa en los labios. Wubslin estaba frotándose los ojos-. Intentaremos poner en marcha uno de esos trenes. Sólo para divertirnos un poco y ver cómo funcionan... ¿Qué te parece?

-Bueno... -Wubslin bostezó-. Si tú crees que no será peligroso, entonces...

-¿Por qué no? -dijo Horza extendiendo los brazos-. Creo que el Señor Corrección lo ha dejado todo en nuestras manos. Tengo la impresión de que ha decidido hacer la vista gorda hasta que todo esto haya acabado. Pondremos en marcha uno de esos supertrenes, ¿de acuerdo?

Wubslin se estiró, sonrió y asintió con la cabeza.

-Bueno, sí... Creo que es una idea magnífica.

Horza le obsequió con una gran sonrisa, le guiñó el ojo y fue a soltar a Balveda. «Es como abrir la jaula de un animal salvaje», pensó mientras apartaba el enorme tambor de cable que había usado para bloquear la puerta. Casi esperaba descubrir que Balveda había desaparecido, que había logrado liberarse milagrosamente de sus ataduras y había salido del almacén sin abrir la puerta; pero cuando asomó la cabeza por el umbral vio que estaba allí. La agente de la Cultura yacía tranquilamente envuelta en sus ropas de abrigo. El arnés de sujeción había dejado señales sobre la piel de la chaqueta, y la estructura metálica seguía unida a la pared, tal y como la había dejado Horza.

-¡Buenos días, Perosteck! -dijo Horza con voz jovial.

-Horza -dijo la mujer con cara de mal humor, irguiéndose lentamente mientras flexionaba los hombros y arqueaba el cuello-, veinte años viviendo con mi madre, un montón de años que me gustaría olvidar como joven alocada disfrutando de todos los placeres que la Cultura ha llegado a producir a lo largo de su existencia, uno o dos de madurez, diecisiete en Contacto y cuatro en Circunstancias Especiales no han conseguido hacer de mí una persona con la que sea fácil llevarse bien, y tampoco me han enseñado a saltar de la cama alegremente por las mañanas. Supongo que no se te habrá ocurrido traerme un poco de agua,

¿verdad? He dormido demasiado rato, no estaba nada cómoda, hace frío y todo está oscuro, he tenido pesadillas que creí eran realmente horribles hasta que despertaba y me acordaba de la realidad y... Hace un momento he dicho algo de agua, ¿me has oído? ¿O es que ni tan siquiera puedo beber un poco de agua?

>-Iré a buscarte algo de agua -dijo Horza. Fue hacia la puerta y se detuvo junto al umbral-. Por cierto, tienes toda la razón. Por las mañanas resultas realmente insoportable. Balveda meneó la cabeza en la oscuridad. Se metió un dedo en la boca y lo pasó por un lado de ésta, como si estuviera dándose masaje en las encías o intentando limpiarse los dientes. Después se quedó inmóvil con la cabeza entre las rodillas, contemplando el vacío negro azabache del frío suelo de roca fundida que había bajo ella, preguntándose si éste sería el día de su muerte.

Estaban en una inmensa estancia semicircular tallada en la roca contemplando el oscuro espacio de la zona de mantenimiento y reparaciones de la estación cuatro. La caverna medía trescientos metros cuadrados o quizá un poco más, y desde la galería en la que se hallaban hasta el suelo cubierto de equipo y maquinaría de aquella inmensa caverna había una distancia de treinta metros en línea vertical. Enormes grúas capaces de levantar y sostener en el aire todo un tren del Sistema de Mando colgaban del techo sobre sus cabezas a otros treinta metros de distancia por entre la penumbra. Una pasarela emergía de la caverna hasta llegar a una galería en el otro lado, dividiendo en dos mitades la oscura masa de la caverna,

Estaban listos para moverse. Horza dio la orden.

Wubslin y Neisin activaron sus unidades antigravitatorias y se dirigieron hacia los pequeños túneles secundarios que llevaban al túnel principal del Sistema de Mando y el tubo de tránsito, respectivamente. Una vez dentro de los túneles se mantendrían a la altura del grupo principal. Horza activó la unidad antigravitatoria de su traje, quedó suspendido a un metro escaso del suelo y fue por un túnel que se originaba en la galería donde se encontraban. Después fue avanzando lentamente por entre la oscuridad con rumbo hacia la estación cinco, que se hallaba a treinta kilómetros de distancia. El resto le seguiría flotando sobre el suelo gracias a sus unidades antigravitatorias. Balveda compartiría la plancha con el equipo que habían traído consigo.

Cuando vio a Balveda sentada sobre la plancha, Horza sonrió. La imagen le hizo acordarse de Fwi-Song sentado sobre su litera en aquella espaciosa playa, con la luz del sol que caía sobre un lugar ahora desaparecido. La comparación le pareció maravillosamente absurda. Horza siguió flotando a lo largo del túnel, deteniéndose para inspeccionar los tubos laterales a medida que iban apareciendo y poniéndose en contacto con los demás cada vez que inspeccionaba uno. Los sentidos mecánicos de su traje estaban ajustados al máximo de potencia disponible. Cualquier emisión luminosa, el más leve ruido, la alteración del movimiento del aire, incluso las vibraciones transmitidas por la roca que le rodeaba... Todo era captado y analizado. Los olores que se salieran de lo normal también eran captados por el traje, así como la energía que se desplazara por los cables enterrados en las paredes del túnel o cualquier clase de transmisión mediante ondas. Horza pensó en si sería conveniente mandar señales a los idiranos mientras avanzaba, pero acabó decidiendo no hacerlo. Había enviado una señal de muy corta duración desde la estación cuatro sin recibir ninguna contestación, pero si (tal y como sospechaba) los idiranos no estaban de humor para escucharle; enviar más señales mientras se desplazaba sería demasiado peligroso. Avanzó a través de la oscuridad como si estuviera sentado en un asiento invisible con el SAERC acunado en sus brazos. Podía oír los latidos de su corazón, el sonido de su aliento y el leve deslizarse de aquella atmósfera fría y un tanto estancada alrededor de su traje. Los sensores captaban un vago telón de fondo de radiación emitida por el granito que le rodeaba, puntuado ocasionalmente por algún que otro rayo cósmico. El visor de su casco le ofrecía una fantasmagórica imagen radar de los túneles a medida que iban serpenteando y extendiéndose por entre la roca. Había tramos donde el túnel era totalmente recto. Si se daba la vuelta podía ver al grupo principal siguiéndole a medio kilómetro de distancia. En otros lugares el túnel describía una serie de curvas muy pronunciadas, con lo que la imagen proporcionada por el haz del radar quedaba limitada a doscientos metros o menos, y Horza tenía la impresión de estar flotando en aquella negrura gélida. Cuando llegaron a la estación cinco se encontraron con un campo de batalla.

Su traje había captado olores extraños. Ésa había sido la primera señal: moléculas orgánicas carbonizadas flotando en el aire. Horza ordenó a los demás que se detuvieran y avanzó lo más cautelosamente posible.

Cuatro medjels muertos yacían junto a una pared de la oscura caverna. Sus cuerpos quemados y desmembrados recordaban el agrupamiento de cadáveres helados de los Cambiantes que había encontrado en la base de superficie. Símbolos religiosos idiranos trazados con láser cubrían las paredes por encima de los cadáveres. Aquel lugar había sido escenario de un encarnizado tiroteo. Las paredes de la estación estaban repletas de pequeños cráteres y largas cicatrices dejadas por los láseres. Horza encontró los restos de un rifle láser con un trocito de metal incrustado en la culata. Los cuerpos de los medjels habían sido destrozados por centenares de aquellos minúsculos proyectiles metálicos.

Fue al otro extremo de la estación, hasta los restos de una rampa de acceso medio demolida, y encontró las piezas y componentes dispersos de una máquina bastante tosca que parecía haber sido montada a toda prisa, una especie de cañón sobre ruedas que hacía pensar en un vehículo blindado miniatura. Su maltrecha tórrela seguía conteniendo cierta cantidad de municiones, y aquella ruina destrozada por las llamas estaba rodeada de pequeños proyectiles metálicos. Horza cogió algunos de aquellos proyectiles no utilizados, los sopesó en la palma de la mano y contempló el vehículo destrozado con los labios curvados en una débil sonrisa.

-¿La Mente? -exclamó Wubslin contemplando los restos del pequeño vehículo-. ¿La Mente fabricó este trasto?

Se rascó la cabeza.

-Tiene que haber sido ella -dijo Horza, observando cómo Yalson empujaba cautelosamente un fragmento metálico con la puntera de su bota. Su arma estaba lista para disparar-. Aquí abajo no había nada remotamente parecido a esto, pero no habría costado mucho fabricarlo en uno de los talleres. Parte de la vieja maquinaria sigue siendo capaz de funcionar. Resultaría bastante difícil, desde luego, pero si la Mente conserva algunos campos y puede que una o dos unidades móviles..., podría hacerlo. Desde luego, ha tenido tiempo más que suficiente para ello.-Bastante tosco -dijo Wubslin, dando vueltas a una pieza del mecanismo que hacía funcionar el cañón en la palma de su mano-. Pero no cabe duda de que ha sido lo bastante eficaz -añadió contemplando los cuerpos de los medjels.

-Según mis cálculos, ya no quedan más medjels -dijo Horza.

-Aún quedan dos idiranos -dijo Yalson con voz irritada. Su pie golpeó una ruedecilla de goma, que rodó un par de metros sobre los escombros y acabó deteniéndose junto a Neisin, quien estaba celebrando el descubrimiento de los medjels muertos con un trago de su petaca.

-¿Estás seguro de que esos idiranos no siguen por aquí? -preguntó

Aviger mirando a su alrededor con cara de preocupación. Dorolow también estaba inspeccionando la oscuridad que les rodeaba, y Horza vio como hacía el Signo de la Llama.

-Sí, estoy seguro -dijo Horza-. Lo he registrado todo. La estación cinco no había sido muy difícil de registrar. Era una estación corriente, con unos cuantos compartimentos, una interrupción del doble trazado del Sistema de Mando y un sitio para que los trenes se detuvieran y pudieran ponerse en conexión con los equipos de comunicación que transmitían señales a la superficie del planeta. Había unos cuantos almacenes y habitaciones junto a la caverna principal, pero no había equipo para transmitir o acumular energía y la estación carecía de salas de control o una gran zona de mantenimiento y reparaciones. Las señales visibles en el polvo indicaban el punto donde los idiranos se habían alejado de la estación después de la batalla con el tosco autómata de la Mente. Estaba claro que iban hacia la estación seis.

-¿Crees que habrá un tren en la siguiente estación? -preguntó

Wubslin.

Horza asintió.

-Tendría que haber uno.

El ingeniero asintió y contempló con rostro inexpresivo el doble trazado de raíles de acero que relucía sobre el suelo de la estación. Balveda bajó de la plancha y estiró las piernas. Horza seguía teniendo activado el sensor infrarrojo del traje, y vio como el aliento de la agente de la Cultura emergía de su boca formando una nubécula cálida que brillaba débilmente. Balveda dio unas cuantas palmadas y golpeó

el suelo con los pies.

-Sigue haciendo bastante frío, ¿no? -dijo Balveda.

-No te preocupes -gruñó la unidad desde debajo de la plancha-. Puede que este lugar pronto empiece a estar excesivamente caldeado. Eso debería hacer que os sintáis cómodos hasta que yo empiece a derretirme. Balveda sonrió y volvió a sentarse sobre la plancha.

-¿Sigues pensando que podrás convencer a tus amigos trípedos de que todos estáis en el mismo bando? -preguntó volviéndose hacia el Cambiante.

-¡Ja! -exclamó la unidad.

-Ya veremos -se limitó a decir Horza.

Y, una vez más, el ruido de su aliento, los latidos de su corazón, la lenta caricia de la atmósfera estancada...

Los túneles se adentraban en la noche de aquella vieja roca como si fueran un insidioso laberinto circular.

-La guerra no terminará con la victoria de un bando -dijo Aviger-. No, la guerra sólo acabará cuando no quede nadie que pueda seguir luchando, ya lo veréis. Horza flotaba por el túnel escuchando distraídamente lo que decían los demás por el canal general mientras le seguían. Había sintonizado los micrófonos externos de los altavoces del casco para que dieran señal en una pantallita situada cerca de su mejilla. De momento la pantalla no se había activado.

-No creo que la Cultura vaya a rendirse como afirma todo el mundo

-siguió diciendo Aviger-. Los idiranos tampoco se rendirán nunca. Seguirán luchando hasta el último miembro de su raza, y ellos y la Cultura seguirán matándose los unos a los otros hasta que las hostilidades se extiendan a toda la galaxia, y sus armas, bombas, rayos y demás cacharros irán siendo cada vez más eficientes y terribles, y al final la galaxia entera se convertirá en un campo de batalla. No pararán hasta haber hecho volar en pedazos todas las estrellas, planetas y Orbitales, y todo lo que sea bastante grande para que puedas vivir encima, y luego cada bando destruirá todas las naves grandes del otro, y luego destruirán todas las naves pequeñas, y al final todo el mundo acabará viviendo dentro de trajes individuales, y seguirán atacándose los unos a los otros con armas capaces de aniquilar planetas..., y así acabará todo. Probablemente inventarán armas o unidades todavía más pequeñas, y al final sólo habrá máquinas cada vez más y más diminutas luchando por controlar lo que quede de la galaxia, y no quedará nadie que sepa por qué

empezó todo.

-Bueno -dijo Unaha-Closp-, eso suena muy divertido. ¿Y si las cosas van mal?

-Venga, Aviger, esa actitud tuya es tan negativa que no merece ni ser discutida -dijo la voz de Dorolow, tan estridente como siempre-. Tienes que ser más positivo. La competición es un proceso formativo; la batalla es una prueba; la guerra es una parte de la vida y del proceso evolutivo. Sus rigores permiten que nos encontremos a nosotros mismos.

-Casi siempre para descubrir que la mierda nos llega al cuello -dijo Yalson.

Horza sonrió.

-Yalson, aunque tú no... -empezó a decir Dorolow.

-Callaos -dijo Horza de repente. La pantalla situada junto a su mejilla acababa de emitir un parpadeo-. Que todo el mundo se quede quieto donde está sin hacer ningún movimiento. Estoy captando sonidos delante de mí. Horza dejó de avanzar, quedó suspendido en el aire y pasó el sonido a los altavoces de su casco.

Un ruido grave y regular, como el oleaje oído desde una gran distancia o una tormenta en una cordillera muy lejana.

-Bueno, ahí delante hay algo que hace ruido -dijo Horza.

-¿Cuánto falta para la próxima estación? -preguntó Yalson.

-Unos dos kilómetros.

-¿Crees que son ellos?

Neisin parecía estar bastante nervioso.

-Probablemente -dijo Horza-. Bien, yo iré delante. Yalson, ponle el arnés de sujeción a Balveda. Que todo el mundo compruebe sus armas y se asegure de que funcionan. Nada de ruidos. Wubslin, Neisin, avanzad lentamente. Deteneos tan pronto como podáis ver la estación. Intentaré hablar con esos tipos. El ruido seguía retumbando delante de él, y le hizo pensar en una avalancha de rocas oída desde el interior de una mina perdida en las profundidades de una montaña.

Estaba bastante cerca de la estación. Vio aparecer una puerta de seguridad detrás de un giro del túnel. La estación debía estar a sólo cien metros de distancia. Oyó unos cuantos ruidos metálicos envueltos en ecos que emergían de la oscuridad del túnel. La distancia apenas disminuía su intensidad. Parecía como si alguien estuviera uniendo los eslabones de una cadena colosal o como si accionara unos interruptores de palanca inmensos. El traje captó la presencia de moléculas orgánicas flotando en el aire: la atmósfera olía a idirano. Horza dejó atrás la puerta de seguridad y vio la estación.

La estación seis disponía de luz. Era una débil claridad amarillenta, como la que emite una linterna cuando se le están acabando las pilas. Esperó a que Wubslin y Neisin le dijeran que podían ver la estación desde sus túneles y siguió avanzando.

La estación seis albergaba un tren del Sistema de Mando, un objeto enorme que tenía tres pisos de alto y medía trescientos metros de longitud. El tren ocupaba la mitad de aquella caverna cilíndrica. La luz procedía del extremo más alejado del tren, allí donde estaba la sala de control. Los sonidos también venían del tren. Horza avanzó unos metros más para poder ver el resto de la estación. La Mente estaba suspendida en el aire flotando sobre el otro extremo de la plataforma. Horza la observó durante un momento y aumentó la imagen para estar absolutamente seguro de lo que veía. Sí, tenía todo el aspecto de una Mente. Era un elipsoide de unos quince metros de longitud y tres de diámetro al que la débil claridad de la cabina de control del tren arrancaba destellos entre amarillos y plateados. La Mente flotaba en aquella atmósfera estancada como un pez muerto en la superficie de una char-ca. Horza echó un vistazo al sensor de masas del traje. El sensor mostraba una débil mancha luminosa producida por las emisiones del reactor instalado a bordo del tren, pero nada más.

-Yalson -dijo hablando en voz baja aunque sabía que no era necesario-, ¿detectas algo en ese sensor de masas?

-Nada salvo una mancha débil y borrosa. Supongo que debe de ser un reactor.

-Wubslin -dijo Horza-, puedo ver lo que parece la Mente en la estación, flotando al final de la plataforma. Pero no aparece en ninguno de los dos sensores. ¿Crees que su sistema de antigravedad puede hacer que escape a la detección?

-No debería hacerlo -respondió Wubslin. Parecía perplejo-. Eso podría engañar a un sensor de gravedad pasiva, pero... Horza oyó un fuerte ruido de algo metálico que se rompía dentro del tren. Su traje captó un brusco aumento en la radiación local.

-¡Mierda santa! -exclamó.

-¿Qué está pasando? -preguntó Yalson.

Nuevos chasquidos y crujidos metálicos crearon ecos en toda la estación, y otra débil luz amarillenta iluminó la parte inferior del vagón que contenía el reactor, hacia el centro del tren.

-Están hurgando en el reactor, eso es lo que ocurre -dijo Horza.

-Dios -exclamó Wubslin-. ¿No saben lo vieja que es toda esta maquinaria?

-¿Y para qué están hurgando en el reactor? -preguntó Aviger.

-Quizá están intentando poner en marcha el tren -dijo Horza-. Locos bastardos...

-Quizá son demasiado perezosos para volver a la superficie remolcando su trofeo -sugirió la unidad.

-Esos... Esos reactores nucleares no pueden estallar, ¿verdad? -preguntó Aviger. Justo en ese instante una cegadora claridad azulada emergió de la parte central del tren. Horza se encogió sobre sí mismo y cerró los ojos. Oyó la voz de Wubslin gritando algo. Aguardó la onda expansiva, el ruido, la muerte.

Elevó la mirada. La luz seguía parpadeando debajo del vagón donde estaba el reactor. Oyó una especie de silbido intermitente, como de estática.

-¡Horza! -gritó Yalson.

-¡Por las pelotas de Dios! -gritó Wubslin-. Ha faltado poco para que me llenara los pantalones de orina.

-No pasa nada -dijo Horza-. Creía que habían hecho volar todo el maldito tren... ¿Qué ha sido eso, Wubslin?

-Creo que están soldando algo -dijo Wubslin-. Parece un arco eléctrico.

-Sí, debe ser eso -dijo Horza-. Detengamos a esos locos antes de que nos hagan volar a todos por los aires. Yalson, reúnete conmigo. Dorolow, ve con Wubslin. Aviger, quédate con Balveda. Los demás necesitaron unos cuantos minutos para obedecer sus órdenes. Horza siguió observando el parpadeo de la luz azul que chisporroteaba bajo la parte inferior del tren. La luz desapareció de repente. Ahora la estación sólo estaba iluminada por las débiles luces del vagón que albergaba el reactor y la sala de control. Yalson apareció flotando por el túnel para peatones y se posó sin hacer ningún ruido junto a Horza.

-Listos -dijo Dorolow por el intercomunicador.

Una pantalla del casco de Horza emitió un destello; un altavoz zumbó en su oído. Algo había transmitido una señal bastante cerca de ellos. La señal no venía ni de sus trajes ni de la unidad.

-¿Qué ha sido eso? -preguntó Wubslin, y añadió-: Mirad, allí... En el suelo. Parece un comunicador. -Horza y Yalson intercambiaron una rápida mirada-. Horza -dijo Wubslin-, hay un comunicador en el suelo del túnel, y creo que está activado. Debe haber captado el ruido que hizo Dorolow cuando se posó a mi lado. Eso es lo que ha transmitido. Están usando el comunicador como sistema de alarma para que les advierta de si se acerca alguien.

-Lo siento -dijo Dorolow.

-Bueno, no se os ocurra tocar ese trasto -se apresuró a decir Yalson-. Podría ser algún tipo de trampa.

-Ahora ya saben que estamos aquí, ¿no? -dijo Aviger.

-De todas formas, no iban a tardar en saberlo -dijo Horza-. Intentaré

hablar con ellos. Que todo el mundo está preparado por si no tienen ganas de conversar.

Horza desconectó su unidad antigravitatoria y fue hasta el final del túnel, deteniéndose a pocos metros de donde empezaba la plataforma de la estación. Otro comunicador colocado en el suelo transmitió su señal de aviso. Horza contempló la inmensa masa oscura del tren y activó

el altavoz exterior de su traje. Tragó una honda bocanada de aire y se preparó para hablar en idirano.

Algo emitió un destello desde una ventana parecida a una tronera situada a un extremo del tren. La nuca de Horza chocó con el recubrimiento interior de su casco aturdiéndole y haciendo que le silbaran los oídos. Su cuerpo cayó al suelo. El sonido del disparo creó ecos por toda la estación. La alarma del traje estaba zumbando frenéticamente. Horza rodó sobre sí mismo hasta quedar pegado a la pared del túnel y recibió

unos cuantos impactos más que arrancaron destellos a su casco y al resto del traje. Yalson se agachó todo lo que pudo y corrió hacia él. Patinó hasta el comienzo del túnel y lanzó una ráfaga contra la tronera desde la que procedían los disparos. Giró sobre sí misma, cogió a Horza de un brazo y tiró de él haciéndole retroceder por el túnel. Chorros de plasma se estrellaron contra la zona de pared junto a la que había estado pegado.

-¿Horza? -gritó Yalson, sacudiéndole.

-Anulación de órdenes nivel cero -trinó una vocecita casi inaudible a causa del zumbido que había invadido los oídos de Horza-. Este traje ha sufrido daños fatales para el sistema, por lo que todas las garantías quedan automáticamente revocadas a partir de este momento. Cualquier utilización posterior del traje puede suponer un serio riesgo para el usuario. Disminución de energía.

Horza intentó tranquilizar a Yalson diciéndole que estaba bien, pero el comunicador no funcionaba. Se señaló la cabeza con la mano para hacérselo entender. Un instante después la atmósfera del túnel vibró

con el eco de nuevos disparos y el ruido del tren. Yalson se arrojó al suelo y empezó a devolver el fuego.

-¡Disparad! -gritó por el canal general-. ¡Acabad con esos bastardos!

Horza vio como Yalson disparaba contra el final del tren. Los haces láser emergieron parpadeando del lado izquierdo del túnel y los proyectiles trazadores del derecho cuando los demás empezaron a usar sus armas. La estación se llenó de una luz llameante y temblorosa. Las sombras bailaban y saltaban sobre las paredes y el techo. Horza siguió

inmóvil, aturdido y confuso, escuchando la cacofonía de sonidos que se estrellaba contra su traje como las olas de un mar embravecido. Sus dedos lucharon con los controles del rifle láser intentando recordar cómo dispararlo. Tenía que ayudar a los demás. Sentía un dolor terrible en la cabeza.

Yalson dejó de disparar. La parte del tren sobre la que había concentrado su fuego brillaba con un resplandor rojizo. Los proyectiles explosivos del arma de Neisin habían destrozado la ventana de la que salieron los primeros disparos. Wubslin y Dorolow habían salido del túnel principal y ya habían dejado atrás el promontorio formado por la parte trasera del tren. Estaban agazapados junto a la pared, disparando contra la misma ventana que Neisin.

El arma de plasma había dejado de disparar. Los humanos también dejaron de disparar poco a poco. La estación se fue sumiendo en las tinieblas. Los ecos de los disparos se fueron acallando. Horza intentó ponerse en pie, pero alguien parecía haberle extirpado los huesos de las piernas.

-Que alguien... -empezó a decir Yalson.

Un diluvio de fuego cayó sobre Wubslin y Dorolow. Los disparos procedían de la parte inferior del último vagón. Dorolow gritó y cayó al suelo. Los espasmos que se adueñaron de su mano hicieron que el arma empezara a disparar contra el techo de la caverna. Wubslin rodó sobre el suelo devolviendo el fuego. Yalson y Neisin también empezaron a disparar. El ataque combinado hizo que el metal del vagón se cubriera de agujeros y abolladuras. Dorolow seguía caída en la plataforma, gimiendo y moviéndose espasmódicamente. Una nueva salva de disparos brotó de la parte delantera del tren e hizo impacto alrededor de las entradas del túnel. Un instante después algo se movió junto al último vagón, cerca de la estructura metálica que daba acceso al tren. Un idirano salió corriendo por el hueco de la puerta y empezó a subir por la rampa central. Alzó su arma y disparó, primero contra Dorolow, que seguía caída en el suelo, y luego contra Wubslin, que estaba tumbado cerca del tren.

El traje de Dorolow se incendió y empezó a rodar sobre el negro suelo de la estación. El arma de Wubslin recibió un impacto. Un instante después la ráfaga disparada por Yalson se dispersó sobre el traje del idirano, la estructura de la grúa y el flanco del tren. Los soportes de la rampa cedieron bajo el traje blindado del idirano. La grúa se fue ablandando y desintegrando a causa del torrente de fuego y acabó derrumbándose. La plataforma superior de la rampa cayó encima del guerrero idirano, atrapándole bajo los escombros humeantes. Wubslin maldijo y empezó a disparar contra el morro del tren y el segundo idirano que seguía intentando acabar con ellos desde allí. Horza yacía con el cuerpo pegado a la pared. Sentía un continuo rugir en los oídos, y tenía la piel fría y cubierta de sudor. Estaba aturdido, como si todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor no guardara ninguna relación con él. Quería quitarse el casco y tragar un poco de aire fresco, pero sabía que no debía hacerlo. Aunque dañado, el casco seguía siendo capaz de protegerle de un segundo impacto. Se decidió por un compromiso y subió el visor. Los sonidos invadieron sus oídos. Las detonaciones y ondas expansivas tamborileaban sobre su pecho. Yalson le miró y le hizo señas para que retrocediera un poco más por el túnel mientras una nueva ráfaga de disparos se estrellaba en el suelo. Horza se puso en pie, pero cayó y perdió el conocimiento durante una fracción de segundo.

El idirano situado en el morro del tren dejó de disparar unos momentos. Yalson aprovechó la oportunidad para volverse hacia Horza, quien estaba caído en el suelo del túnel moviéndose débilmente. Después se volvió hacia Dorolow. Su traje estaba destrozado y echaba humo. Neisin casi había salido de su túnel y estaba disparando ráfagas que se esparcían por la estación. El morro del tren desapareció bajo una granizada de pequeñas explosiones. El ruido de su arma hizo vibrar la atmósfera, y los ecos se desplazaron velozmente por toda la caverna, acompañados por una especie de parpadeo luminoso que parecía originarse allí donde estallaban los proyectiles. Yalson oyó gritar a alguien. Era una voz de mujer, pero el arma de Neisin hacía tanto ruido que no logró entender nada de lo que decía. Varios chorros de plasma emergieron de la parte delantera del tren para barrer la plataforma. El tirador se encontraba bastante arriba, cerca de la rampa de acceso. Yalson devolvió el fuego. Neisin lanzó unas cuantas ráfagas en la misma dirección que ella y dejó de disparar.

-¡...no! ¡Alto! -gritó aquella voz de mujer en los oídos de Yalson. Era Balveda-. Tu arma tiene problemas, va a... -Neisin volvió a disparar, y el ruido de sus ráfagas ahogó la voz de la agente de la Cultura-.

¡Va a estallar!

Yalson captó toda la desesperación que había en el grito de Balveda, y un segundo después una línea de luz y sonido pareció invadir toda la estación con Neisin como punto final. El tallo de ruido y llamas se expandió y floreció hasta convertirse en una explosión tan potente que Yalson pudo sentirla a través de su traje. Fragmentos del arma de Neisin llovieron sobre toda la plataforma. Neisin salió despedido hacia atrás y chocó contra la pared. Cayó al suelo y se quedó inmóvil.

-Mierda, mierda, mierda -se oyó decir Yalson.

Echó a correr por la plataforma hacia el morro del tren intentando abrir un poco más el ángulo de tiro. Las ráfagas del enemigo bajaron de nivel para seguirla y se interrumpieron. Yalson siguió corriendo sin dejar de disparar, y el segundo idirano apareció en el último nivel de la rampa de acceso empuñando una pistola con las dos manos. El idirano alzó su arma sin hacer caso de las ráfagas de Yalson y Wubslin, y disparó

contra la Mente que seguía inmóvil al otro extremo de la caverna. El elipsoide plateado se puso en movimiento y avanzó hacia el túnel para peatones más alejado. El primer disparo pareció atravesarlo, igual que el segundo; el tercer disparo hizo que se desvaneciera, dejando una nubécula de humo minúscula para indicar el sitio donde había estado. Las ráfagas de Yalson y Wubslin dieron en el blanco. El traje del idirano empezó a brillar. El guerrero se tambaleó. Giró sobre sí mismo como si quisiera disparar contra ellos y el blindaje cedió justo cuando completaba el movimiento. El idirano salió despedido hacia atrás y voló sobre la grúa. Uno de sus brazos desapareció en una nube de llamas y humo. Cayó de la rampa y se estrelló contra el nivel central. El traje estaba ardiendo, y una pierna quedó enganchada en la barandilla de la rampa central. La pistola de plasma escapó de entre sus dedos. Nuevas ráfagas se estrellaron contra el gran casco, agrietando el visor ennegrecido. El idirano siguió colgando en aquella posición durante unos cuantos segundos, envuelto en llamas y sacudiéndose con cada nuevo impacto de láser. La pierna que se había enganchado en la barandilla y que estaba soportando todo su peso se desprendió del cuerpo y cayó al suelo de la estación. El idirano chocó con la superficie de la rampa y se quedó inmóvil, convertido en una masa de llamas y humo. Horza estaba intentando oír algo. Seguía sintiendo un terrible zumbido en los oídos. El silencio había vuelto a adueñarse de la estación. Una humareda acre compuesta por los vapores del plástico quemado, el metal fundido y la carne chamuscada invadió sus fosas nasales.

Había estado inconsciente y despertó con el tiempo justo de ver a Yalson corriendo por la plataforma. Intentó proporcionarle fuego de cobertura, pero le temblaban demasiado las manos y ni tan siquiera logró

hacer funcionar el arma. Ahora todo el mundo había dejado de disparar y el silencio era absoluto. Horza se puso en pie y avanzó con paso tambaleante hacia la estación. El tren había quedado envuelto en nubes de humo.

Wubslin estaba arrodillado junto a Dorolow, intentando quitarle uno de los guantes con una sola mano. Su traje seguía humeando. El visor del casco estaba manchado de rojo. La sangre había cubierto toda la parte interior, ocultando el rostro de Dorolow.

Horza vio como Yalson volvía hacia ellos. Seguía manteniendo el arma en posición de disparar. Su traje había recibido un par de impactos de plasma en la zona central. Las señales en forma de espiral parecían cicatrices negras sobre la superficie gris. Yalson alzó los ojos hacia las rampas de acceso traseras donde un idirano yacía atrapado e inmóvil y las contempló con suspicacia. Después se subió el visor del casco.

-¿Te encuentras bien? -preguntó mirando al Cambiante.

-Sí. Un poco aturdido. Me duele la cabeza -dijo Horza. Yalson asintió y fueron hacia donde yacía Neisin.

Neisin seguía vivo, pero a duras penas. Su arma había explotado llenándole el pecho, los brazos y la cara de metralla. Los gemidos emergían como burbujas de la ruina carmesí en que se había convertido su rostro.

-Mierda, mierda -dijo Yalson.

Sacó un minibotiquín de su traje y metió la mano por entre los restos del visor de Neisin para inyectar un calmante en el cuello del moribundo.

-¿Qué ha ocurrido? -preguntó la voz de Aviger. Venía del casco de Yalson-. ¿Ya no hay peligro?

Yalson rniró a Horza, quien se encogió de hombros y asintió con la cabeza.

-Sí, Aviger, ya no hay peligro -dijo Yalson-. Puedes venir.

-Dejé que Balveda usara el micrófono de mi traje; dijo que...

-Ya lo oímos -dijo Yalson.

-Algo acerca de un... ¿Estallido del cañón? ¿Era eso...? -Horza oyó

la voz de Balveda diciendo que sí-. Creía que el arma de Neisin podía reventar o algo parecido.

-Bueno, pues ha reventado -dijo Yalson-. Tiene bastante mal aspecto. -Se volvió hacia Wubslin, quien estaba dejando la mano de Dorolow en el suelo. Wubslin se dio cuenta de que Yalson estaba mirándole y meneó la cabeza-. Dorolow ha sido alcanzada, Aviger -dijo Yalson. El viejo guardó silencio durante unos momentos.

-¿Y Horza? -preguntó después.

-Recibió un disparo de plasma en plena cabeza. El traje está dañado; el comunicador no funciona. Vivirá. -Yalson hizo una pausa y suspiró-. Pero parece que hemos perdido a la Mente. Ha desaparecido. Aviger guardó silencio unos momentos más antes de volver a hablar y cuando lo hizo le temblaba la voz.

-Bueno, vaya catástrofe... Entrada fácil, salida fácil. Otro triunfo.

¡Nuestro amigo Cambiante ha sabido seguir dignamente los pasos de Kraiklyn!

La voz de Aviger se convirtió en un alarido de rabia que se extinguió en cuanto desconectó el canal de su comunicador. Yalson miró a Horza y meneó la cabeza.

-Viejo gilipollas -dijo.

Wubslin seguía arrodillado junto al cuerpo de Dorolow. Le oyeron sollozar un par de veces antes de que él también desconectara el canal general de su comunicador. El aliento de Neisin borboteaba abriéndose paso por entre una máscara de sangre y carne, y se iba haciendo más lento e imperceptible a cada segundo que pasaba.

Yalson trazó el signo del Círculo de Llamas sobre la neblina roja que ocultaba el rostro de Dorolow y tapó el cuerpo con una sábana que había cogido de entre el equipo. El aturdimiento que se había apoderado de Horza se fue desvaneciendo. Ya no le zumbaban los oídos. Balveda, nuevamente libre del arnés de sujeción, estaba observando como el Cambiante se ocupaba de Neisin. Aviger estaba de pie junto a Wubslin, a quien ya le habían curado la herida del brazo.

-Oí el ruido que hacía -explicó Balveda-. Es un ruido muy característico. Wubslin le había preguntado cómo era posible que el arma de Neisin hubiera estallado, y cómo sabía que iba a estallar.

-Yo también habría reconocido ese ruido si no hubiera recibido el impacto en la cabeza -dijo Horza.

Estaba arrancando fragmentos de visor del rostro del hombre inconsciente y rociando gelipiel sobre las zonas que sangraban. Neisin se hallaba sumido en un profundo shock y lo más probable era que le faltase muy poco para morir, pero ni tan siquiera podían sacarle del traje. La cantidad de sangre que se había coagulado entre su cuerpo y los materiales del traje era tan grande que lo impedía. La sangre coagulada taponaría de forma muy efectiva la enorme cantidad de pequeñas heridas que había sufrido hasta que le sacaran el traje, pero en cuanto lo hicieran, Neisin empezaría a desangrarse por tantos sitios a la vez que no podrían contener la hemorragia. No tenían más remedio que dejarle dentro del traje, como si los daños sufridos por ambos hubieran hecho que el humano y la máquina se convirtieran en un solo organismo de considerable fragilidad.

-Pero ¿qué ha ocurrido? -preguntó Wubslin.

-El cañón de su arma reventó -dijo Horza-. Ese tipo de proyectiles estar preparados para detonar en cuanto reciban un impacto, pero los del arma de Neisin debían haber sido ajustados para estallar ante un impacto demasiado suave, por lo que empezaron a hacer explosión cuando se encontraron con la onda expansiva de los proyectiles que los habían precedido en vez de al dar en el blanco. Neisin siguió disparando, con lo que la onda expansiva fue retrocediendo hasta llegar a su arma.

-Las armas disponen de sensores para impedir que ocurra eso -añadió Balveda torciendo el gesto como si estuviera sintiendo el dolor de Neisin cuando Horza extrajo un fragmento de visor que se había introducido en uno de sus ojos-. Supongo que los suyos no debían funcionar.

-Cuando compró esa arma ya le dije que se la habían vendido demasiado barata -masculló Yalson, poniéndose junto a Horza.

-Pobre desgraciado -dijo Wubslin.

-Dos muertos más -anunció Aviger-. Espero que esté satisfecho, señor Horza. Espero que esté complacido ante el comportamiento de esos «aliados» suyos que...

-Aviger -dijo Yalson sin perder la calma-, cierra el pico. El viejo la miró con rabia durante un segundo y se alejó haciendo mucho ruido con los pies. Fue hacia Dorólow y se quedó inmóvil ante ella, contemplándola fijamente.

Unaha-Closp bajó de la rampa de acceso trasera.

-Ese idirano de ahí arriba sigue vivo -dijo con la voz un poco más aguda que de costumbre para ocultar la sorpresa que sentía-. Tiene un par de toneladas de escombros encima, pero aún respira.

-¿Y el otro? -preguntó Horza.

-Ni idea. No quiero acercarme demasiado. Toda esa zona ha quedado destrozada. Horza dejó a Yalson para que cuidara de Neisin y fue por la plataforma cubierta de escombros hasta llegar al acceso posterior de la estructura. Llevaba la cabeza al descubierto. El casco estaba destrozado, y en cuanto al traje había perdido la mayor parte de sus sentidos, así como la unidad antigravitatoria y la energía motriz. Los sistemas de emergencia aún eran capaces de alimentar las luces y la pantallita repetidora incrustada en una muñeca. El sensor de masas estaba dañado; cuando la sintonizaba con el sensor, la pantalla de la muñeca se llenaba de estática e interferencias, y apenas lograba registrar la señal emitida por el reactor del tren.

Al menos su rifle seguía funcionando, aunque no sabía muy bien para qué podía servirle ahora.

Se detuvo unos instantes en el nacimiento de las rampas y sintió los restos de calor emanados por los soportes metálicos allí donde habían dado los disparos de los láseres. Tragó una honda bocanada de aire y subió por la rampa hasta donde yacía el idirano. Su enorme cabeza asomaba a través de los escombros, atrapada entre los dos niveles de la rampa. El idirano volvió lentamente la cabeza para mirarle y un brazo se tensó ejerciendo presión sobre los escombros, que crujieron y se movieron unos centímetros. El guerrero logró liberar el brazo del metal que le aprisionaba y abrió el cierre del casco cubierto de señales y quemaduras, dejando que cayera al suelo. Aquel enorme rostro en forma de silla de montar contempló al Cambiante.

-Los saludos del día de la batalla -dijo Horza en su mejor idirano.

-Oh -atronó la voz del idirano-, el diminuto habla nuestra lengua.

-No sólo eso sino que además estoy de vuestra parte, aunque no espero que me creas. Pertenezco a la sección de inteligencia de la Primera Dominación Marina y estoy a las órdenes del Querl Xoralundra. -Horza se sentó en la rampa, y sus ojos quedaron casi a la altura de los del idirano-. Fui enviado aquí para averiguar el paradero de la Mente -siguió diciendo.

-¿De veras? -preguntó el idirano-. Lástima. Creo que mi camarada la ha destruido.

-Eso he oído comentar -dijo Horza alzando su rifle láser y apuntan-do el cañón hacia el enorme rostro atrapado entre las retorcidas planchas metálicas-. También «desunisteis» a los Cambiantes de la base. Yo soy un Cambiante; ésa es la razón de que los amos a quienes ambos servimos me enviaran aquí. ¿Por qué matasteis a mis congéneres?

-¿Qué otra cosa podíamos hacer, humano? -replicó el idirano con impaciencia-. Eran un obstáculo. Necesitábamos sus armas. Podrían haber intentado detenernos. Éramos demasiado pocos. No podíamos hacerlos prisioneros.

El peso de la rampa que oprimía su torso y el cilindro de sus costillas hacía que la voz del idirano sonara jadeante y tensa. Horza alzó el rifle un poco más.

-Bastardo asqueroso... Tendría que volarte esa jodida cabeza ahora mismo.

-Adelante, enano. -El idirano sonrió y la mueca hizo que su doble juego de labios se distendiese-. Mi camarada ya ha caído valerosamente. Quayanorl ha empezado su largo viaje a través del Mundo Superior. Yo he sido capturado, pero también he logrado alcanzar la victoria, y ahora me ofreces el consuelo del arma. No cerraré los ojos, humano.

-No hace falta que los cierres -dijo Horza bajando el cañón del arma.

Sus ojos escrutaron la oscuridad de la estación, intentando ver el cuerpo de Dorolow, y acabaron posándose en la tenue luz medio oculta por el humo que brillaba a lo lejos. El morro y la sala de control del tren seguían emitiendo su pálida claridad, iluminando el trozo de suelo vacío sobre el que había estado flotando la Mente. Horza se volvió hacia el idirano.

-Voy a llevarte con nosotros. Creo que sigue habiendo unidades de la Rota Noventa y Tres al otro lado de la Barrera del Silencio. Tengo que informar de que he fracasado y entregar una agente de la Cultura al Inquisidor de la Flota. Informaré que te excediste al matar a los Cambiantes de la base, aunque supongo que hacerlo no servirá de nada,

¿verdad?

-Tu historia me aburre, diminuto. -El idirano apartó la mirada y su cuerpo volvió a tensarse contra el peso del metal retorcido que le cubría, pero el esfuerzo no sirvió de nada-. Mátame ahora. Apestas, y tu discurso hace que me duelan los oídos. Nuestro idioma no ha sido hecho para que lo empleen los animales.

-¿Cómo te llamas? -preguntó Horza.

La cabeza en forma de silla de montar se volvió nuevamente hacia él. Los ojos parpadearon lentamente.

-Xoxarle, humano. Ahora supongo que insultarás mi nombre intentando pronunciarlo, ¿verdad?

-Bueno, Xoxarle, descansa y no te muevas de ahí. Como te he dicho hace un momento, pienso llevarte con nosotros. Primero quiero averiguar si esa Mente que habéis destruido era lo que parecía. Se me acaba de ocurrir una idea.

Horza se puso en pie. Sentía un dolor terrible en la parte de su cabeza que había chocado con el recubrimiento interior del casco, pero ignoró las dolorosas palpitaciones que atravesaron su cráneo y bajó por la rampa cojeando levemente.

-Tu alma es mierda -retumbó la voz del idirano llamado Xoxarle a su espalda-. Tu madre debería haber sido estrangulada apenas entró en celo. Pensábamos comernos a los Cambiantes que matamos, ¡pero apestaban!

-No malgastes el aliento, Xoxarle -dijo Horza sin mirar al idirano-. No voy a dispararte.

Horza se encontró con Yalson esperándole al final de la rampa. La unidad había accedido a cuidar de Neisin. Horza se volvió hacia el otro extremo de la estación.

-Quiero echar un vistazo al sitio donde estaba la Mente.

-¿Qué crees que le ha ocurrido? -preguntó Yalson, empezando a caminar junto a él. Horza se encogió de hombros-. Quizá repitió su truco de antes. Puede que haya vuelto a refugiarse en el hiperespacio. Quizá

ha reaparecido en algún otro punto del complejo de túneles.

-Quizá -dijo Horza. Se detuvo junto a Wubslin, le cogió por el codo y le apartó del cadáver de Dorolow. El ingeniero había estado llorando-. Wubslin, vigila a ese bastardo -le dijo-. Puede que intente provocarte para que le pegues un tiro , pero no lo hagas. Eso es lo que quiere. Pienso llevar a ese hijo de puta con nosotros y entregarlo a la flota para que le formen un consejo de guerra. Ensuciar su nombre es un castigo; matarle sería hacerle un favor, ¿comprendes?

Wubslin asintió. Horza se alejó por la plataforma frotándose la zona dolorida de su cabeza. Yalson le siguió.

Llegaron al sitio sobre el que había estado flotando la Mente. Horza encendió las luces de su traje e inspeccionó el suelo. Se inclinó junto a la entrada del túnel que llevaba a la estación siete y cogió un objeto de pequeño tamaño que daba la impresión de estar medio calcinado.

-¿Qué es eso? -preguntó Yalson.

La mujer había estado observando el cadáver del idirano que yacía sobre la otra estructura de acceso.

-Creo que es una pequeña unidad controlada a distancia -dijo Horza, dando vueltas a la máquina todavía caliente que sostenía en el hueco de su mano.

-¿La Mente se la dejó olvidada al desaparecer?

Yalson se acercó para verla mejor. No era más que un montón de sustancia ennegrecida con algunos tubos y filamentos asomando de la superficie irregular y llena de bultos provocados por el impacto de los chorros de plasma.

-Sí, no cabe duda de que pertenecía a la Mente -dijo Horza. Miró a Yalson-. ¿Qué ocurrió exactamente cuando dispararon contra la Mente?

-Cuando por fin logró darle la Mente se desvaneció. Había empezado a moverse, pero no hay forma de que pudiera alcanzar semejante aceleración. Habría notado el impacto del aire que desplazaba. Sencillamente se desvaneció.

-¿Fue como si alguien apagara un proyector de hologramas? -preguntó Horza. Yalson asintió.

-Sí. Y también hubo un poco de humo, no demasiado. ¿Qué estás sugiriendo?

-Cuando por fin logró darle... ¿Qué quieres decir con eso?

-Quiero decir que necesitó disparar tres o cuatro veces para darle dijo Yalson, poniéndose una mano en la cadera y contemplándole con cara de impaciencia-. Los primeros disparos pasaron a través de ella.

¿Estás intentando decirme que era una proyección?

Horza asintió y alzó la pequeña máquina que sostenía en la palma de su mano.

-Te lo explicaré. Esta unidad controlada a distancia se encargó de producir un holograma de la Mente. También debía poseer un campo de fuerza no muy potente para que se la pudiera tocar y empujar igual que si fuese un objeto sólido, pero lo único que había dentro era esto. Contempló los restos de la unidad y sus labios se curvaron en una leve sonrisa-. No me extraña que ese maldito trasto no apareciera en nuestros sensores de masas.

-Entonces la Mente sigue estando en algún lugar de los túneles dijo Yalson contemplando la pequeña unidad. El Cambiante asintió en silencio.

Balveda vio como Yalson y Horza se adentraban en la oscuridad al otro extremo de la estación. Fue hasta la unidad, que flotaba encima de Neisin controlando sus funciones vitales. Unaha-Closp estaba examinando algunos frasquitos de medicinas que había sacado del minibotiquín. Wubslin seguía apuntando con su arma al idirano atrapado entre los escombros, pero usó el rabillo del ojo para mantener bajo observación a Balveda. La mujer de la Cultura se sentó junto a la camilla y cruzó las piernas.

-Antes de que me lo preguntes... No, no puedes hacer nada por él dijo la unidad.

-Ya me lo había imaginado, Unaha-Closp -dijo Balveda.

-Hmmm... Entonces, ¿es que disfrutas con esta clase de espectáculos?

-No. Quería hablar contigo.

-¿De veras?

La unidad siguió inspeccionando los medicamentos.

-Sí... -Balveda se inclinó hacia adelante, colocó el codo sobre una rodilla y apoyó el mentón en la mano. Cuando volvió a hablar lo hizo en un tono de voz bastante más bajo que antes-. ¿Estás esperando el momento adecuado, o qué?

La unidad giró sobre sí misma hasta que su parte frontal quedó ante Balveda. Los dos sabían que era un gesto innecesario, pero solía hacerse.

-¿Que si espero el momento adecuado?

-Hasta ahora te has limitado a permitir que te utilice. Me preguntaba hasta cuando piensas seguir consintiéndoselo. La unidad se alejó un poco de ella y volvió a quedar suspendida sobre el agonizante.

-Puede que no se haya dado cuenta de ello, agente Balveda, pero mis opciones en este asunto son casi tan escasas como las suyas.

-Yo sólo dispongo de dos brazos y dos piernas, y me atan y me encierran cada noche. Tú te encuentras en una situación muy distinta.

-Tengo que montar guardia. Además, Horza posee un sensor de movimientos y siempre lo deja conectado, por lo que si intentara escapar se daría cuenta enseguida. Y suponiendo que lograra escapar... ¿Adonde iría?

-A la nave -sugirió Balveda sonriendo.

Se volvió hacia las tinieblas de la estación. Las luces de sus trajes le permitieron ver a Yalson y al Cambiante. Horza estaba agachándose para recoger algo del suelo.

-Necesitaría su anillo. ¿Quiere intentar quitárselo? Por mí adelante.

-Debes poseer un sistema efector. ¿No podrías engañar a los circuitos de la nave? Bastaría con que lograras engañar a ese sensor de movimientos...

-Agente Balveda...

-Llámame Perosteck.

-Perosteck, soy un civil y se me utiliza en labores no especializadas. Poseo campos de poca intensidad; el equivalente de muchos dedos sin ningún miembro capaz de ejercer una fuerza considerable. Puedo producir un campo capaz de cortar los objetos, pero su profundidad es de escasos centímetros y no es capaz de atravesar ninguna clase de blindaje. Puedo entrar en conexión con otros sistemas electrónicos, pero no puedo interferir con los circuitos protegidos del equipo militar. Poseo un campo de fuerza interno que me permite flotar sea cual sea la gravedad, pero aparte de para utilizar mi propia masa como arma no creo que sirva para mucho, ¿verdad? De hecho, no soy especialmente fuerte. Cuando el trabajo que desempeñaba exigía que lo fuese tenía a mi disposición equipo con el que podía conectarme. Desgraciadamente, cuando fui secuestrado no estaba trabajando con ninguna clase de equipo pesado. De haberlo estado empleando probablemente ahora no me encontraría aquí.

-Maldición -dijo Balveda dando la impresión de que hablaba con las sombras-. ¿No tienes ningún as guardado en la manga?

-Ni tan siquiera tengo mangas, Perosteck.

Balveda tragó una honda bocanada de aire y contempló la negrura del suelo con expresión lúgubre.

-Oh, cielos -dijo.

-Nuestro líder se aproxima -dijo Unaha-Closp con un falso tono de cansancio en la voz.

Giró sobre sí mismo y dirigió su parte frontal hacia Yalson y Horza, que volvían del otro extremo de la caverna. El Cambiante estaba sonriendo. Horza le hizo una seña y Balveda se puso en pie con un solo y fluido movimiento.

-Perosteck Balveda -dijo Horza, en pie junto a los demás al comienzo de la estructura de acceso posterior, extendiendo una mano hacia el idirano atrapado bajo los escombros-, te presento a Xoxarle.

-Humano, ¿ésta es la hembra que, según tú, trabaja como agente para la Cultura? -preguntó el idirano, moviendo la cabeza con un considerable esfuerzo para contemplar al grupo que tenía debajo.

-Encantada de conocerle -murmuró Balveda, enarcando una ceja y alzando la cabeza para observar al idirano atrapado. Horza subió por la rampa dejando atrás a Wubslin, quien continuaba apuntando al idirano atrapado con su arma. Horza seguía sosteniendo la unidad controlada a distancia en el hueco de la mano. Llegó hasta el segundo nivel de la rampa y bajó los ojos hacia el rostro del idirano.

-¿Ves esto, Xoxarle?

Alzó la mano que sostenía la unidad. Las luces de su traje le arrancaron destellos. Xoxarle asintió lentamente.

-Es una pequeña pieza de alguna maquinaria, y parece considerablemente estropeada. Su vozarrón sonaba más ronco y jadeante que antes, y Horza pudo ver un hilillo de sangre color púrpura deslizándose por el suelo de la rampa junto al cuerpo de Xoxarle.

-Bien, orgullosos guerreros, éste es el objeto contra el que disparasteis creyendo disparar contra la Mente. Allí no había nada más que esta unidad manejada por control remoto proyectando un solidograma de poca potencia. Si hubierais vuelto a reuniros con la flota llevando esto os habrían arrojado al interior del agujero negro más cercano y habrían borrado vuestros nombres de los registros. El que yo apareciera justo en ese momento... Bueno, puedes considerarte muy afortunado. El idirano contempló los restos de la unidad con expresión pensativa durante unos segundos.

-Eres más rastrero y despreciable que cualquier alimaña, humano dijo por fin-. Tus mentiras y tus trucos patéticos harían reír hasta a una criatura de un año. Tu grueso cráneo debe contener todavía más grasa de la que hay esparcida sobre tus delgados huesos. No eres digno ni de ser vomitado.

Horza subió a la rampa que había caído sobre el idirano. Oyó cómo el ser tragaba aire con un ronco jadeo por entre sus tensos labios y fue lentamente hasta donde el rostro de Xoxarle asomaba por entre los escombros.

-Y tú, maldito fanático, no eres digno de vestir ese uniforme. Voy a encontrar esa Mente que creías haber destruido, y te llevaré a la flota, donde si tienen algún sentido común dejarán que el Inquisidor te ajuste las cuentas por estupidez pura y simple.

-Que se... joda... tu... -el idirano tragó aire con un gemido de dolor-, tu alma animal... Horza apuntó con el aturdidor neurónico a Xoxarle y disparó. Después él, Yalson y Unaha-Closp apartaron la rampa que había caído sobre el cuerpo del idirano y dejaron que cayera por los aires hasta chocar con el suelo de la estación. Cortaron las articulaciones de la armadura que cubría el cuerpo del gigante para poder quitársela, le ataron las piernas con cable metálico y le ataron los brazos, dejándoselos pegados a los costados. Xoxarle no había sufrido ninguna fractura, pero la queratina de uno de sus flancos estaba agrietada y rezumaba sangre, y otra herida abierta entre las placas de su cuello y la de su hombro derecho se había cerrado por sí sola en cuanto su cuerpo dejó de soportar la presión de los escombros. Xoxarle era grande incluso para ser idirano. Medía unos tres metros y medio de altura, y no estaba precisamente flaco. Horza se alegró de que el gigantesco macho -según las insignias de la armadura que llevaba su rango era el de líder de sección-tuviera mu-chas probabilidades de haber sufrido heridas internas que le provocarían considerables dolores. Eso haría que el problema de vigilarle en cuanto despertara no fuese tan grave. Xoxarle era tan corpulento que el arnés de sujeción le quedaba pequeño.

Yalson estaba sentada en el suelo comiendo una barra de las raciones con el rifle en equilibrio sobre una rodilla. El cañón del arma apuntaba al idirano inconsciente. Horza estaba sentado al final de la rampa e intentaba reparar su casco. Unaha-Closp seguía junto a Neisin, aunque la unidad podía hacer tan poco por él como cualquiera de los demás. Wubslin estaba sentado sobre la plancha del equipo haciendo algunos ajustes en el sensor de masas. Ya había llevado a cabo una breve inspección del tren, pero lo que realmente deseaba era ver uno funcionando, con más luz y sin radiaciones que le impidieran echar un vistazo al vagón que albergaba el reactor.

Aviger había permanecido un rato junto al cadáver de Dorolow. Después fue hacia la otra rampa de acceso. El cuerpo del otro idirano al que Xoxarle había llamado Quayanorl yacía entre los escombros, maltrecho y lleno de agujeros. Había perdido un brazo y una pierna. Aviger miró a su alrededor y creyó que no había nadie observándole, pero tanto Horza -quien alzó los ojos del casco que intentaba remendar-, como Balveda -que iba dando vueltas de un lado para otro golpeando el suelo con los pies en un intento de no pasar frío-, vieron como el viejo alzaba el pie y pateaba con todas sus fuerzas el casco que cubría la cabeza del cadáver. El casco se desprendió del traje. El pie de Aviger se estrelló

contra la cabeza del idirano. Balveda miró a Horza, meneó la cabeza y siguió yendo de un lado para otro.

-¿Estás seguro de que ya no quedan más idiranos? -preguntó Unaha-Closp. La unidad había flotado por la estación y había acompañado a Wubslin durante su inspección del tren. Ahora estaba flotando delante de Horza, con su parte frontal vuelta hacia él.

-No queda ni uno -dijo Horza, sin apartar los ojos del confuso amasijo de fibras ópticas deformadas y semifundidas que había dejado al descubierto en cuanto quitó la placa externa del casco-. Ya viste las huellas.

-Hmmm -dijo Unaha-Closp.

-Hemos ganado, unidad -dijo Horza, con los ojos clavados en las entrañas del casco-. Conectaremos la energía en la estación siete, y en cuanto lo hayamos hecho no tardaremos mucho en dar con la Mente.

-Tu «Señor Corrección» parece no preocuparse en lo más mínimo por las libertades que nos hemos tornado con su tren de juguete -observó la unidad. Horza se volvió hacia los escombros esparcidos alrededor del tren, se encogió de hombros y volvió a concentrar su atención en los sistemas del casco.

-Puede que no le importe -dijo.

-O quizá se lo está pasando en grande -dijo Unaha-Closp. Horza le miró-. Después de todo, este lugar es un monumento a los muertos -siguió diciendo la unidad-. Un lugar sagrado... Puede que tenga tanto de altar como de monumento, y quizá nos estamos limitando a hacer un sacrificio a los dioses.

Horza meneó la cabeza.

-Máquina, creo que se les olvidó incluir algún fusible en tus circuitos de imaginación -dijo, y volvió a concentrarse en la reparación del casco.

Unaha-Closp emitió una especie de siseo y volvió a observar a Wubslin, quien seguía hurgando en el sensor de masas.

-¿Qué tienes contra las máquinas, Horza? -preguntó Balveda, interrumpiendo sus paseos de un lado a otro para detenerse junto a él. La agente de la Cultura se pasaba las manos por la nariz y las orejas de vez en cuando. Horza suspiró y dejó el casco en el suelo.

-Nada, Balveda, mientras sepan quedarse en su sitio. Balveda dejó escapar un bufido y reanudó sus paseos.

-¿Has dicho algo divertido? -le preguntó Yalson desde más arriba de la rampa.

-He dicho que las máquinas deberían saber quedarse en su sitio. No es la clase de observación que le guste mucho oír a alguien de la Cultura.

-Ya -dijo Yalson sin apartar los ojos del idirano. Cuando lo hizo fue para contemplar la quemadura que cubría la parte delantera de su traje, allí donde había sido alcanzado por un chorro de plasma-. Horza, ¿podemos hablar? -le preguntó-. Aquí no, en algún otro sitio... Horza alzó los ojos hacia ella.

-Claro -dijo con cara de perplejidad.

Wubslin sustituyó a Yalson en la rampa. Yalson fue hacia UnahaClosp, que seguía flotando junto a Neisin. La unidad tenía las luces a la potencia mínima y un campo que parecía una niebla casi imperceptible sostenía un inyector.

-¿Cómo está? -preguntó Yalson.

Unaha-Closp aumentó la intensidad de sus luces.

-¿Qué aspecto tiene? -preguntó la unidad. Horza y Yalson no dijeron nada. La unidad apagó sus luces-. Puede que dure unas cuantas horas más. Yalson meneó la cabeza y fue hacia la entrada del túnel que llevaba al tubo de tránsito. Horza la siguió. Yalson se detuvo una vez dentro del túnel, allí donde los demás no podían verles, y se volvió hacia el Cambiante. Daba la impresión de estar buscando palabras con las que expresarse y de que no lograba encontrarlas. Acabó meneando la cabeza, se quitó el casco y apoyó la espalda en la curvatura de la pared del túnel.

-¿Cuál es el problema, Yalson? -le preguntó Horza. Intentó cogerle la mano, pero Yalson se cruzó de brazos-. ¿Es que has cambiado de parecer? ¿No quieres seguir adelante con esto?

Yalson meneó la cabeza.

-No; pienso seguir adelante. Quiero ver ese condenado supercerebro. No me importa quién se apodere de él o si acaba hecho pedazos; pero quiero encontrarlo y ver qué aspecto tiene.

-Vaya, no creía que te importara tanto.

-Ha llegado a ser importante. -Yalson apartó la vista durante unos segundos. Cuando volvió a mirarle sonreía con expresión de incertidumbre-. Diablos, habría venido de cualquier forma... Sólo para cuidar de ti y evitar que te metieras en líos.

-Tenía la impresión de que durante los últimos tiempos nos habíamos distanciado un poco -dijo Horza.

-Sí -dijo Yalson-. Bueno, la verdad es que no he estado... Ah... Dejó escapar un lento suspiro-. Qué diablos.

-¿Qué? -preguntó Horza.

Vio como se encogía de hombros. La pequeña cabeza casi desprovista de cabello volvió a inclinarse y sus contornos se recortaron contra las luces distantes.

Yalson meneó la cabeza.

-Oh, Horza -dijo, y lanzó una carcajada que casi parecía un gruñido-. No vas a creértelo.

-¿Que es lo que no voy a creer?

-No estoy muy segura de que deba decírtelo.

-Dímelo.

-No espero que me creas; y si me crees no espero que te guste. Estoy convencida de que no va a gustarte nada. Hablo en serio. Quizá no debería...

Parecía realmente preocupada. Horza dejó escapar una risita nerviosa.

-Vamos, Yalson -dijo-. Ahora no puedes callártelo. Acabas de decir que estabas dispuesta a seguir adelante. ¿Qué ocurre?

-Estoy embarazada.

Al principio Horza creyó haberla entendido mal y estuvo a punto de hacer alguna clase de broma sobre lo que creía haber oído, pero una parte de su cerebro le repitió los sonidos creados por la voz de Yalson, los repasó y Horza supo que eso era exactamente lo que había dicho. Tenía razón. No lo creía. No podía creerlo.

-No me preguntes si estoy segura -dijo Yalson. Había vuelto a bajar la vista y estaba jugueteando con sus dedos, contemplándoselos o mirando el suelo que se perdía en la oscuridad. Se había quitado los guantes y sus manos asomaban de las mangas del traje, estrujándose nerviosamente la una a la otra-. Estoy segura. -Le miró, aunque Horza no podía verle los ojos y ella tampoco podía ver los suyos-. Tenía razón, ¿verdad? No me crees, ¿en? Quiero decir... Es tuyo. Por eso te lo he contado. No habría dicho nada si.., si no fueras..., si fuese de otro. -Se encogió de hombros-. Pensé que quizá lo adivinarías cuando te pregunté cuánta radiación habíamos absorbido... Pero ahora estás preguntándote cómo ha podido ocurrir, ¿verdad que sí?

-Bueno -dijo Horza, carraspeando para aclararse la garganta y meneando la cabeza-, desde luego no debería haber sucedido. Ambos somos... Pero nuestras especies son muy distintas; no debería ser posible.

-Bueno, hay una explicación. -Yalson suspiró y siguió contemplando sus dedos, entrelazándolos y retorciéndolos-, pero creo que tampoco te va a gustar.

-Ponme a prueba.

-Es... Verás, mi madre... Mi madre vivía en una Roca. Una Roca que se movía en un enjambre con otras muchas Rocas, ¿comprendes?

Una de las más antiguas. Llevaba... Puede que llevara unos ocho o nueve mil años dando vueltas por la galaxia, y...

-Espera un momento -dijo Horza-. Una de las más antiguas...

¿Qué? ¿A qué sociedad pertenecían esas Rocas?

-Mi padre era..., era de otro lugar, de un planeta en el que la Roca se detuvo una vez. Mi madre dijo que volvería pasado algún tiempo, pero nunca regresó. Yo le dije que volvería en alguna ocasión para verle, si es que seguía vivo... Supongo que fue puro sentimentalismo por mi parte, pero dije que lo haría y volveré allí, aunque no sé cuando... Si salgo viva de todo esto, claro. -Emitió la misma mezcla de risa y gruñido de antes y dejó de observar el movimiento de sus dedos durante un segundo. Sus ojos recorrieron los oscuros confines de la estación. Después su rostro se volvió nuevamente hacia el Cambiante y su voz adoptó un tono apremiante, casi de súplica-. Horza, por nacimiento... Sólo una mitad de mi herencia pertenecía a la Cultura. Me marché de la Roca en cuanto fui lo bastante mayor para saber apuntar con un arma. Sabía que la Cultura no era el lugar adecuado para mí. Así es como heredé los genes alterados necesarios para el apareamiento con otra especie. Nunca había pensado en ello antes. Se supone que es algo deliberado o, por lo menos, tienes que dejar de pensar que no quieres quedar embaraza-da, pero esta vez no ha funcionado. Puede que bajara la guardia, no lo sé... No fue deliberado, Horza, de veras, te lo aseguro. Ni tan siquiera se me pasó por la cabeza. Sencillamente, ocurrió. Yo...

-¿Cuánto hace que lo sabes? -le preguntó Horza en voz baja.

-Desde que estábamos a bordo de la Turbulencia en cielo despejado. Aún nos faltaban unos cuantos días para llegar aquí. No recuerdo exactamente cuándo lo supe. Al principio no lo creí. Pero ahora sé que estoy embarazada. Mira... -Se acercó un poco más a él y su voz volvió a adoptar el tono suplicante de antes-. Puedo abortar. Si quieres basta con que lo piense para abortar. Quizá ya debería haberlo hecho, pero me hablaste de que no tenías familia, nadie que transmitiera tu apellido y yo pensé... Bueno, mi apellido no me importa... Pero pensé que quizá tú... Se calló antes de completar la frase. Echó bruscamente la cabeza hacia atrás y volvió a entrelazar sus dedos.

-Bueno, Horza, te dejo escoger -dijo sin mirarle-. Puedo dejar que la cosa siga adelante. Puedo dejar que crezca.... Tú decides. Quizá no quiero verme obligada a tomar la decisión. Lo que quiero decir es... Quizá no estoy siendo tan noble como parece. Puede que no esté dispuesta a ese sacrificio, pero ahí está. Tú decides. No sé qué extraña especie de mestizo puedo llevar dentro, pero pensé que debías saberlo. Porque me gustas mucho y... Porque... No sé... Porque ya iba siendo hora de que hiciese algo por otra persona. -Volvió a menear la cabeza y su voz sonó simultáneamente confusa, resignada y compungida-. O

quizá porque quería hacer algo para ser más feliz y estar satisfecha de mí misma, como de costumbre. Oh...

Horza había empezado a rodearla con los brazos atrayéndola hacia él. Yalson se lanzó hacia adelante y sus brazos le envolvieron apretándole con todas sus fuerzas. Sus trajes hicieron que el abrazo resultara bastante incómodo y la postura algo forzada hizo que Horza empezara a sentir dolor en la espalda, pero siguió abrazándola y la meció suavemente hacia atrás y hacia adelante.

-Horza, si quieres sólo será Cultura en una cuarta parte. Siento hacerte cargar con el peso de esa decisión. Pero si no quieres saber nada del asunto... No me importa. Volveré a pensar en ello y acabaré tomando mi propia decisión. Sigue siendo una parte de mí, por lo que quizá

no tenía ningún derecho a contártelo. Te juro que yo no... -Dejó escapar un ruidoso suspiro-. Oh, Dios, no sé qué hacer, Horza, la verdad es que no sé qué hacer...

-Yalson -dijo él, habiendo meditado muy bien lo que iba a decirle-, me importa un comino que tu madre fuese de la Cultura. Me importa un comino el porqué ha ocurrido lo que ha ocurrido. Si quieres seguir adelante... Bueno, por mí estupendo. Y lo de que sea un mestizo también me importa un comino. -La apartó unos centímetros de su cuerpo y contempló la oscuridad que era su rostro-. Me siento muy halagado, Yalson, y también te estoy muy agradecido. Ha sido una buena idea. Y, como tú dirías... ¡Qué diablos!

Horza se echó a reír y Yalson rió con él, y se abrazaron muy fuerte el uno al otro. Horza notó como los ojos se le llenaban de lágrimas, aunque lo incongruente de toda aquella situación hacía que sintiera deseos de reír a carcajadas. El rostro de Yalson rozaba la dura superficie del hombro de su traje, muy cerca de la quemadura dejada por un láser. Su cuerpo temblaba levemente dentro de su traje.

Detrás de ellos, en la estación, el agonizante se agitó casi imperceptiblemente y dejó escapar un gemido que se perdió en el frío y la oscuridad sin crear ni un solo eco. Horza siguió abrazándola durante unos momentos. Después Yalson se apartó y volvió a mirarle a los ojos.

-No se lo digas a los demás.

-Claro que no. Si es lo que tú quieres...

-Por favor -dijo ella.

Las tenues luces de sus trajes hacían que el vello de su rostro y el escaso cabello que cubría su cabeza parecieran brillar, como si fuesen un capa de atmósfera muy tenue alrededor de un planeta visto desde el espacio. Horza volvió a estrecharla entre sus brazos. No sabía qué decir. En parte era por la sorpresa, naturalmente..., pero además estaba el hecho de que esta revelación hacía que lo existente entre ellos dos -fuera lo que fuese-se hubiera vuelto súbitamente mucho más importante, y ahora le preocupaba más que nunca el que pudiera decir algo equivocado. No quería cometer ningún error. Tampoco podía permitir que aquello significara mucho para él... Al menos, todavía no. Yalson acababa de hacerle el mayor elogio que había recibido en toda su existencia, pero el valor que encerraba era tan grande que le asustaba y hacía que no supiera cómo reaccionar. Horza tenía la sensación de que fuera cual fuese la clase de continuidad para su apellido o su clan que estaba ofreciéndole aún no podía edificar sus esperanzas sobre ella. El brillo de aquella sucesión potencial parecía demasiado débil y, aunque no estaba muy seguro del porqué, también le parecía peligrosamente tentador, como si entregarse a él significara perder la capacidad de enfrentarse a la eterna medianoche gélida de los túneles.

-Gracias, Yalson. Terminemos con lo que nos ha traído a este sitio y después podremos pensar con más claridad en lo que queremos hacer. Pero aun suponiendo que luego cambies de parecer... Gracias. Era todo cuanto podía decir.

Volvieron a entrar en la oscura caverna de la estación con el tiempo justo de ver como la unidad cubría la inmóvil silueta de Neisin con una sábana.

-Oh, estáis ahí -dijo Unaha-Closp-. Me pareció que no valía la pena avisaros. -Su voz era casi inaudible-. Nadie podría haber hecho nada por él.

-¿Satisfecho? -preguntó Aviger volviéndose hacia Horza después de que hubieran colocado el cadáver de Neisin junto al de Dorolow. Estaban junto a la estructura de acceso y Yalson había reanudado su vigilancia junto al idirano inconsciente.

-Siento lo de Neisin y lo de Dorolow -dijo Horza-. Yo también les apreciaba, y comprendo perfectamente que su muerte te haya alterado. No hace falta que sigas adelante con nosotros. Si quieres puedes volver a la superficie. Ahora ya no hay ningún peligro. Hemos acabado con el enemigo.

-Y casi has acabado con nosotros, ¿verdad? -dijo Aviger con amargura-. Eres igual que Kraiklyn.

-Cállate, Aviger -dijo Yalson desde lo alto de la estructura de acceso-. Sigues vivo, ¿no?

-Y a ti tampoco te ha ido demasiado mal, ¿verdad, jovencita? -dijo Aviger alzando la cabeza hacia ella-. Oh, no, tú y tu amiguito aquí presente os las habéis arreglado muy bien... Yalson guardó silencio durante un momento.

-Eres más valiente de lo que pensaba, Aviger -dijo por fin-. Pero recuerda que el hecho de que seas más viejo y más débil que yo no me molesta en lo más mínimo. Si quieres que te reviente las pelotas a patadas... -Asintió y frunció los labios sin apartar los ojos del fláccido cuerpo del oficial idirano que yacía ante ella-. Bueno, viejo amigo, será un auténtico placer.

Balveda fue hacia Aviger y pasó el brazo alrededor del suyo, tirando de él para alejarle de allí.

-Aviger -dijo-, voy a contarte lo que me ocurrió cuando estaba en... Pero Aviger la apartó con un encogimiento de hombros y se marchó

para acabar sentándose con la espalda apoyada en la pared de la estación delante del vagón que contenía el reactor. Los ojos de Horza recorrieron la plataforma hasta posarse en la silueta del viejo sentado.

-Será mejor que vigile su contador de radiaciones -dijo volviéndose hacia Yalson-. Los alrededores de ese vagón están bastante calientes. Yalson empezó a mordisquear otra barra de las raciones.

-Oh, deja que se fría. Viejo bastardo... -murmuró.

Xoxarle acababa de despertar. Yalson vio como recobraba el conocimiento y agitó el arma ante sus ojos.

-Oye, Horza, ¿quieres decirle a ese bicho que empiece a bajar lentamente por la rampa?

Xoxarle miró a Horza y logró ponerse en pie con un considerable esfuerzo.

-No te molestes -dijo en marain-. Puedo ladrar esa miserable parodia de lenguaje tan bien como tú. -Se volvió hacia Yalson-. Después de usted, caballero.

-Soy una hembra -gruñó Yalson, y movió el arma señalando hacia el final de la rampa-. Y ahora, mueve ese culo tan raro que tienes y empieza a bajar. La unidad antigravitatoria del traje de Horza no volvería a funcionar y aunque hubiera podido utilizarla, Xoxarle pesaba demasiado para Unaha-Closp, por lo que tendrían que caminar. Aviger podía flotar, igual que Wubslin y Yalson, pero Balveda y Horza tendrían que turnarse para ir en la plancha del equipo, y en cuanto a Xoxarle, no le quedaría más remedio que recorrer a pie los veintisiete kilómetros que les separaban de la estación siete. Dejaron los dos cadáveres junto a los tubos de tránsito con la idea de llevárselos cuando volvieran. Horza arrojó los restos de la unidad controlada a distancia al suelo de la estación y los derritió con su láser.

-¿Te sientes mejor? -preguntó Aviger.

Horza alzó los ojos hacia el viejo. Aviger flotaba dentro de su traje listo para entrar en el túnel con los demás.

-Voy a decirte una cosa, Aviger. Si quieres hacer algo útil, ¿por qué

no subes flotando hasta esa rampa de acceso y disparas unas cuantas veces contra la cabeza del camarada de Xoxarle para asegurarte de que está muerto y bien muerto?

-Sí, capitán -dijo Aviger, y le saludó con expresión burlona. Se alzó por los aires hasta llegar a la rampa donde yacía el cuerpo del idirano.

-Bueno, en marcha -dijo Horza volviéndose hacia los demás. Entraron en el túnel justo cuando Aviger se posaba en el nivel central de la rampa de acceso. Aviger contempló al idirano. El traje blindado estaba cubierto de agujeros y quemaduras. La criatura había perdido un brazo y una pierna. Charcos de negra sangre coagulada estaban esparcidos a su alrededor. Uno de los lados de la cabeza del idirano estaba chamuscado, y Aviger pudo ver la queratina agrietada debajo de la cuenca del ojo iz-quierdo, allí donde la había pateado antes. El ojo muerto le miraba fijamente. Daba la impresión de haberse desprendido de su hemisferio de hueso, y había rezumado una especie de pus. Yalson apuntó con su arma a la cabeza ajusfando los controles para que no disparase a ráfagas. El primer chorro de energía hizo saltar el ojo; el segundo agujereó

el rostro de la criatura por debajo de lo que podría haber sido su nariz. Un chorro de líquido verde brotó del agujero y se esparció sobre la parte delantera del traje de Aviger. Aviger echó un poco de agua de su cantimplora sobre la mancha y dejó que el líquido viscoso fuera goteando del traje.

-Qué asco -murmuró echándose el arma al hombro-. Todo esto es una auténtica mierda.

-¡Mirad!

Llevaban recorridos menos de cincuenta metros de túnel. Aviger acababa de entrar en él y se les aproximaba flotando cuando Wubslin lanzó su grito. Todos se detuvieron y se volvieron hacia la pantalla del sensor de masas.

La pantalla mostraba una mancha grisácea casi en el centro del apretado diagrama de líneas verdes. Era la huella del reactor que ya estaban tan acostumbrados a ver. La pila nuclear del tren que habían dejado atrás engañaba a los mecanismos del sensor, haciéndoles creer que habían detectado lo que buscaban.

Pero casi pegada al borde de la pantalla, a unos veintiséis kilómetros de distancia, había otro eco. No era ninguna mancha gris o una señal falsa. Era un puntito de luz tan brillante que parecía una estrella. 12 El Sistema de Mando:

Motores

-Un cielo que parecía hecho de hielo desmenuzado, un viento que se abría paso hasta el centro de tu cuerpo. Durante la mayor parte del trayecto hacía tanto frío que no nevaba, pero nos encontramos con una ventisca que duró once días con sus noches, una ventisca que volaba sobre el campo de hielo por el que caminábamos y que aullaba como un animal capaz de morder con dientes de acero. Los cristales de hielo fluían igual que un torrente sobre la tierra congelada. No podías contemplarla y no podías respirar; incluso intentar mantenerse en pie resultaba casi imposible. Hicimos un agujero en el suelo y nos acostamos allí hasta que el cielo volvió a despejarse.

»Éramos como muertos que siguen caminando. Perdimos a algunos porque la sangre se heló dentro de sus cuerpos. Uno desapareció de noche durante una tormenta de nieve. Algunos murieron a causa de sus heridas. Les fuimos perdiendo uno a uno, nuestros camaradas y nuestros sirvientes... Todos nos suplicaron que usáramos sus cuerpos de la mejor manera posible cuando se hubieran marchado. Teníamos tan poca comida... Todos sabíamos lo que querían decir. Todos estábamos preparados. ¿Se os ocurre algún sacrificio más total o más noble?