CAPÍTULO VII
Como de costumbre, el teniente Harry Labor, a las ocho de la mañana, era un hombre muy poco sociable. Y aquélla era una mañana como las demás, de manera que cuando el sargento entró en su oficina para entregarle los últimos informes referentes al asalto de la farmacia, recibió un seco gruñido por todo agradecimiento.
Pero el sargento necesitaba algo más contundente para amilanarse.
—Observará usted que la farmacia pertenece a la Cadena Lindad.
Otro gruñido algo más suave fue la respuesta.
—Como verá usted en el informe, la farmacia vuelve a estar abierta con otros dependientes.
—Todo esto no importa. ¿Qué hay del casquillo encontrado en la acera?
El sargento enarcó las cejas.
—Creí que había leído esos detalles anoche —dijo—. Corresponde a una automática calibre «38», probablemente «Colt» a juzgar por la profundidad del punto del percutor. Además, el percutor del arma está descentrado… golpea desplazándose hacia la izquierda.
—¿Eso es todo?
—No puede esperar que un simple casquillo le cuente toda la historia del que lo ha disparado.
—A veces sí. Se da el caso de que suelen contener huellas.
—Éste no, teniente.
—Mala suerte.
—Lo que es seguro es que no pertenece a la misma arma que sirvió para matar a los dos dependientes.
—No obstante, no tenemos noticias de que fuera empleada otra para el asesinato… los proyectiles extraídos de los cadáveres salieron del mismo revólver… es un detalle curioso.
Encendió un cigarrillo. Hizo una mueca al tragar el humo. Luego gruñó:
—Sigue sin aclararse el asunto de los disparos que algunos vecinos dicen haber escuchado antes de que fueran asesinados los empleados. Es un atraco incomprensible.
—Cuando echemos el guante a ese tipo Meres estará aclarado sin duda alguna. El hecho de que no se haya presentado le señala como culpable.
El teniente repitió la misma mueca de disgusto, pero esta vez no fue provocada por el humo.
—No estoy yo tan seguro. Recuerde que se nos ha informado que es un beodo empedernido. Puede estar durmiendo una borrachera descomunal en cualquier rincón.
El sargento no pareció compartir ese punto de vista, pero se abstuvo de manifestarlo. Observó que el teniente se enfrascaba en la lectura del extenso informe, murmuró una despedida y abandonó la oficina.
Labor estudió los datos contenidos en el pliego. Luego lo apartó a un lado. Sus hombres habían hecho un buen trabajo identificando en pocas horas la personalidad del hombre que había bebido por última vez en el mostrador de soda, antes del crimen. Cabía presumir que había sido el último puesto que sus huellas estaban en el vaso y éste todavía continuaba sobre el mostrador cuando la policía llegara al local.
Muy bien, un perfecto trabajo de rutina. Averiguar la identidad había sido fácil. Y saber el hotel en que se alojaba… Luego, las cosas se habían estropeado cuando los reporteros de sucesos consiguieron meter las narices en el caso. Los berre antes periódicos debían haber puesto sobre aviso al ex-soldado…
Pero no habían hecho más preguntas en el hospital, una vez enterados del domicilio del sospechoso. Inconvenientes del trabajo de rutina.
Se levantó, advirtió de su marcha al sargento y, tomando un coche, se dirigió al hospital del ejército en el que Lane Meres había estado internado.
Pronto advirtió que tampoco haciendo más preguntas iba a conseguir nada de interés. Los médicos que se habían ocupado de Meres coincidían en describirlo como a un hombre desplazado, lleno de amargura, atormentado por los recuerdos del infierno que había soportado, introvertido y esquivo.
Todo esto ya lo sabía el teniente, así que, impaciente, cortó la catarata de términos médicos que le estaban endosando y preguntó:
—¿No trabó amistad con nadie aquí, en el hospital, mientras estuvo en observación?
—No era el carácter adecuado para hacer amistades fáciles.
—Eso no me dice nada. Meres es un hombre como los demás, dejando aparte sus malos recuerdos. Observo que tienen aquí enfermeras muy atractivas… este… ¿quizá se interesó particularmente por alguna?
—¿De dónde ha sacado semejante idea?
El director del hospital le miraba casi escandalizado. Labor suspiró resignadamente.
—Mire, un policía no puede dejarse impresionar por las apariencias. Yo no insinúo que hubo algo deshonesto entre un enfermo y su enfermera. Sólo pregunto si alguien notó cierta familiaridad, eso es todo. Por otra parte, no me importa lo que pudo hacer Meres con todas sus enfermeras, doctor. Es algo que queda fuera de mis pesquisas.
—Es usted bastante rudo, teniente.
—Eso se debe a lo temprano de la hora. ¿Y bien?
—Esa pregunta será mejor que la formule a la encargada del personal femenino… Aguarde.
Pulsó un botón de un intercomunicador. Luego ordenó:
—Busquen a la señorita Watt. La necesito en mi despacho con urgencia.
La efectividad de la organización del hospital se demostró con la celeridad con que la jefa de enfermeras llegó a la oficina.
Era una mujer de unos cuarenta años, de aspecto hombruno y eficiente. Escuchó la pregunta con rostro impasible. Luego comentó:
—Me preguntaba cuándo alguien haría esas averiguaciones…
Labor se enderezó en el asiento.
—¿Quiere decir que Meres intimó con alguna de las enfermeras?
—Con una llamada Alice Morgan, según mi modesta opinión. Se les veía juntos con mucha frecuencia, incluso fuera del tumo de servicio de la Morgan.
—¿Dónde está ahora esa chica?
—Aquí. Es su tumo.
—Mándela aquí, por favor.
La rígida señorita Watt salió, satisfecha a pesar de su actitud ausente.
El policía gruñó:
—No me gustaría estar enfermo y que me cuidase esa pájara, doctor.
—¿Pájara?
—¿Eh? Oh, bueno, esa eficiente amazona.
El médico no pudo ocultar una sonrisa.
Cuando la puerta volvió a abrirse, la muchacha que apareció en el umbral era un regalo para los ojos, No pasaría de los veinticinco años, era alta y el uniforme blanco no lograba velar la pletórica gracia de su cuerpo. Tenía un rostro armonioso en el que destacaban los ojos inteligentes y vivos.
El policía fue directo al grano.
—Se nos ha dicho que, mientras duró la estancia en el hospital de Lane Meres, usted trabó cierta amistad con él. ¿Es cierto?
Ella miró al director con un poco de embarazo, pero respondió sin titubeos:
—Sí —dijo.
—Supongo que sabe usted que le buscamos a causa de cierto asalto…
—He leído los periódicos.
Labor notó la fría reserva en que ella se amparaba.
—Muy bien —gruñó—. Quizá usted piense que debe mostrarse leal a su enfermo y no ayudamos a encontrarlo, pero déjeme decirle que eso sería una solemne tontería. ¿Comprende?
—No hay nada de eso, señor. Si Lane Meres cometió esos dos crímenes debe ser juzgado. ¿Qué es lo que quiere de mí?
—Bien… pienso que quizá le hizo alguna confidencia durante sus charlas. Tal vez le habló de sus proyectos, de algún lugar al que le gustaría ir…
—No recuerdo que me dijera nada de eso. Era un muchacho atormentado por una experiencia inhumana, brutal y que le había dejado un profundo poso de amargura. Yo sólo intenté hacerle más agradable las horas que pasó aquí mediante conversaciones intrascendentes.
—Ya veo… Después de verla a usted estoy seguro que lo consiguió. Veamos, ¿sabe si tiene, o tenía novia? Tal vez vino alguna mujer a visitarle…
Ella sacudió la cabeza.
—Nunca vino a verlo porque él no la avisó…
—De modo que existía.
—Sí. Pero él se consideraba una ruina de hombre y nunca quiso que la muchacha supiera que estaba internado aquí. No obstante, él estaba profundamente enamorado de ella.
—Su nombre…
—Todo lo que sé es que se llamaba Ta sha. Era diseñadora de modas.
—Pero él debió avisarla cuando le dieron de alta… ¿sabe si lo hizo, si le mandó una nota o…?
La enfermera estaba negando con enérgicos movimientos de cabeza antes que él terminase de hablar.
—No lo hizo —aseguró—. Cuando se despidió de mí le aconsejé que fuera al encuentro de la mujer que amaba y rehiciera así su vida. Él se negó. Antes de eso que Tía reponerse, para presentarse a ella tal como debía recordarle, no pálido y débil, con más aspecto de cadáver que de otra cosa.
—Comprendo. ¿No hay forma de averiguar dónde vive esa mujer?
—Por lo menos, yo no puedo ayudarle. El nunca mencionó ese detalle:
Resignadamente, Labor la dejó marchar tras hacerla un par de preguntas más. No obstante, al quedar a solas con el médico comentó:
—¿Se da usted cuenta? Ya tengo un importante dato que desconocía. Sólo es cuestión de encontrar a esa diseñadora… Y a propósito de ese trabajo… ¿Me permite usar su teléfono?
—Por supuesto.
Llamó al sargento. Tras un carraspeó soltó rápidamente:
—Hay una mujer llamada Ta sha. Es diseñadora de modas. Trate de encontrarla en las editoras de revistas de figurines y cosas así. Si falla por ese lado, investigue en el sindicato de la alta costura, o entre los dibujantes. Es importante averiguar dónde vive. ¿Entendido?
—Perfectamente, teniente. ¿Regresará usted a la oficina?
—Seguro.
—Bien, le mantendré informado. De todos modos, por si no le veo hasta la tarde, creo que debe saber que uno de nuestros confidentes acaba de decirnos algo interesante referente a uno de los nuevos dependientes de la farmacia atracada.
—¿Qué es ello?
—El nuevo empleado se llama Joe Duque. Es un sujeto con un prontuario más largo que el puente de Washington. He consultado nuestros archivos y ha sido detenido dos veces por posesión de narcóticos. Procesado por tráfico de lo mismo. Fue condenado a tres años. Hace ocho o nueve meses que está en libertad.
—Está bien, me ocuparé de eso más tarde. Encuéntreme usted a esa mujer, sargento.
Colgó. Minutos después descendía la escalinata del hospital, cejijunto y con rostro preocupado.