CAPÍTULO V

Sacar un informe a los burócratas de un Banco es algo más difícil que intentar arrancarle una muela a alguien que no quiere que la muela le sea arrancada. Me costó horas de paciente labor de zapa y soborno, pero al fin lo conseguí.

La cuenta privada de Alma Foster arrojaba un saldo de ochocientos quince dólares con cuarenta centavos.

¿Cómo iba nadie a hacerle chantaje con esa cantidad? Y menos un chantaje tan importante como para justificar mi muerte… No tenía pies ni cabeza.

No obstante, el asunto olía a chantaje desde mil millas de distancia. Tal vez estuvieran preparándolo, atando todos los cabos para que la víctima no pudiera salirse del aprieto si no era pagando, pero aun así tampoco tenía sentido. Los tipos capaces de un plan semejante forzosamente debían estar enterados de las posibilidades monetarias de Alma…

Regresé al hotel, retocé casi media hora bajo la ducha y luego, después de vestirme, cargué el revólver asegurándome de que funcionaba como era debido. Tenía el presentimiento de que iba a necesitarlo muy a menudo durante mi estancia en Summerville.

Comí en el mismo hotel, y estaba terminando cuando entró Foster. Dio un vistazo para localizarme y vino a sentarme a mi mesa tan agitado que daba pena.

—Es preciso hacer algo inmediatamente, Duncan —exclamó sin perder tiempo en saludos.

—¿Qué ocurre?

—Alma…

—La he visto esta mañana —dije.

Respingó, sorprendido.

—¿Cuándo?

—En realidad, ella ha roto mi sueño. Ha estado aquí, en el hotel.

—¡Cielos! ¿Ella ha venido a verle a usted?

—Sí. Según me ha dicho, usted le ha contado todo lo referente a mí y al trabajo que me encargó…

—Es cierto.

—Muy bien. Alma quería que abandonase.

—Ya veo…

Le miré recto a los ojos.

—¿Qué ha surgido de nuevo, Foster?

—Alma… Algo le ha sucedido esta mañana…

—Explíquese.

—La he encontrado llorando, desesperada. La he acosado a preguntas, pero ha sido inútil. No ha querido decirme una palabra de lo que oculta… Sin embargo, según el mayordomo, Alma ha recibido una llamada telefónica esta mañana, poco después de regresar a casa.

—¿Ha podido saber de quién?

—No. Sólo sé que era un hombre. A raíz de esa llamada Alma ha recibido una gran impresión. Se ha encerrado en su habitación y ha estado llorando hasta que yo la he encontrado.

—Bueno, eso indica que empiezan a moverse. Tal vez ahora las cosas cambien para nosotros.

—Tienen que cambiar. No puedo ver a Alma en ese estado, Duncan. Me volveré loco…

—Tómelo con calma. ¿Sabe quién es «Mamie» Johns, Foster?

Dio un respingo en la silla.

—¡No me diga que Alma tiene algo que ver con esa bruja! —exclamó, aterrado.

—Yo no he dicho eso. Sólo le he preguntado si sabe quién es.

—¡Naturalmente que sé quien es! Todo el mundo ha oído hablar de ese vejestorio.

—Yo no —le recordé—. Soy forastero. Hábleme usted de ella.

Intrigado, estuvo tentado de seguir haciéndome preguntas, pero al fin optó por afirmar:

—«Mamie» Johns es una bruja negra, casi una leyenda aquí… Sobre todo para los negros. Creen en ella ciegamente, la respetan y la temen al mismo tiempo. Algunos la adoran como si fuera una deidad africana… ¡Santo Dios! ¿Quién no ha oído hablar de semejante vieja?

—Usted me cuenta las cosas desde el punto de vista de los morenos. ¿Qué opinan de ella los blancos?

—Bien… Yo creo que la desprecian. Se ríen de las creencias de los negros. Pero en el fondo apostaría el cuello que la temen. Ningún blanco se atrevería a ponerla la mano encima.

—¿Por qué?

—No sé… En parte por temor supersticioso, supongo. Pero en parte también porque temen la posible reacción de los negros. ¿Comprende lo que quiero decir?

—Perfectamente. ¿Usted la ha visto alguna vez?

—No. Sólo sé que pasa de los cien años y que es ciega. Aparte de eso, todo lo que puedo decir de ella es lo que se ha comentado muchas veces a raíz de ciertos sucesos misteriosos que se le han atribuido.

—¿Sabe usted qué clase de ceguera es la de esa mujer? —pregunté, obsesionado por aquellas cuencas vacías.

—¿Cómo?

—No tiene ojos.

Se estremeció de pies a cabeza.

—Ya lo sé —murmuró, a regañadientes—. Le arrancaron los ojos siendo todavía joven, cuando mató a un blanco que estaba azotando a una hija suya… Pero todo esto me hace suponer que usted la ha visto, Duncan, ¿no es así?

—Sí, he estado en su casa, hablando con ella.

Se removió en la silla, inquieto.

—¿Por qué? ¿Qué tiene que ver con Alma?

—Todavía no lo sé. Aunque yo de usted no me inquietaría de este modo sólo por eso. «Mamie» Johns no es tan terrible como usted la pinta. Estoy convencido de que se oculta un gran fondo de bondad en ella…

Me miró, como si no diera crédito a lo que estaba oyendo.

—Usted debe haberse vuelto loco. ¡Meterse en el cubil de esa víbora!

—No sea idiota. No puede hacer daño a nadie. Apenas puede moverse. Pero dejemos esto. He investigado en el Banco también. El saldo de su esposa no llega a novecientos dólares.

—Ya lo suponía.

—¿Seguro que no existe otra cuenta a su nombre?

—Completamente.

—Pues es todo un panorama. Cada vez estoy más seguro de que están preparando un chantaje contra ella. Todo lleva a esta conclusión. Ahora bien, ¿qué dinero piensan sacarle?

—Si eso es cierto deben contar con el mío…

—No lo creo. Si ella empezaba a pedirle grandes sumas usted quería saber para qué las quiere… No, eso no encaja. La única manera de chantajear a Alma es amenazándola con revelarle a usted algo que puede dar al traste con su matrimonio. Esa idea puede tener sus variantes, pero el nudo del asunto tiene que ser éste. Llevo muchos años metido en estos trotes para saber lo que me digo.

—Pero usted mismo reconoce que no tiene sentido. ¿Qué dinero van a sacarle si no es el mío?

—Ahí está el problema Usted me dijo que conoció a Alma en Miami. ¿Era allí donde residía mientras vivió su primer marido?

—No. En Miami vive la madre de Alma… Ella residía en París con su marido.

—¿Cómo se llamaba éste?

—John Doughty.

—¿Qué hacía en París?

—Pues no lo sé exactamente. Estaba relacionado con las galerías de arte o algo así. Compraba y vendía cuadros… Parece que iba muy bien.

—Bueno… ¿Y qué tal tipo era? Imagino que Alma debe haberle hablado de él…

—Sí, muchas veces. Está orgullosa de Doughty. Parece ser que era un perfecto caballero.

La adoró, y, después de dos años de matrimonio con ella, comprendo perfectamente ese sentimiento en él. A Alma sólo puede adorársela cuando se la conoce y se la ama…

Una idea estaba dándome vueltas por la cabeza. Entre las otras que danzaban en busca de encajarse en algún resquicio del misterio, ésta empezaba a cobrar forma.

Decidí que Foster era lo bastante ecuánime para no saltar hasta el techo al oírla.

—Hay algo que me gustaría saber con seguridad —dije.

—Bien, adelante. ¿De qué se trata?

—¿Es completamente seguro que ese primer marido de Alma ha muerto?

No saltó hasta el techo, pero faltó poco.

—¡Cielos! ¿Es que lo duda usted?

—Yo he preguntado primero. ¿Qué seguridad hay de la muerte de ese hombre?

—Supongo que existe el certificado de defunción… aunque yo no lo haya visto nunca. Pero creo a Alma. Su marido está muerto. ¿Qué le hace dudar a usted?

—No se trata de una duda. Pero pienso que ése sería un motivo magnífico para un chantaje. Algo que Alma desearía mantener oculto… sobre todo amándole a usted como le ama.

—No lo creo. No lo creeré nunca —machacó, obstinado.

—Hay que examinar todos los caminos antes de decidirse por uno determinado —dije pausadamente—. Ésa es una posibilidad como otra cualquiera.

—Es perder el tiempo imaginar todo esto —afirmó—. No puede tratarse de chantaje. Alma no tiene dinero suficiente para…

—Pero usted sí.

Abrió la boca como un pez fuera de agua. Cuando logró hablar balbuceó:

—¿Trata de volverme loco? Antes me ha rebatido usted ese argumento.

—Estoy dándole vueltas a una nueva idea. Supongamos que usted muere. ¿A quién pasa su fortuna?

—La mía, íntegramente a Alma. Y en su día también entra en posesión de la correspondiente a mis padres. Soy el único heredero.

—Bien… Eso reduce los motivos…

—No le comprendo.

—Ni falta que le hace —aplasté el cigarrillo en el cenicero y me levanté—. Voy a dejarle a usted. Foster. Y no se preocupe, esto se ha convertido en una cuestión personal para mí. Anoche me soltaron unos tiros… Es algo que me disgusta profundamente.

Se levantó de un salto, pero antes que pudiera hablar me adelanté:

—Están dispuestos a matarme, lo cual demuestra la clase de alimañas con las que tenemos que luchar. Vaya usted con cuidado también. Foster. ¿Comprendido?

—¿Cree que atentarán contra mí también?

—Tal vez, aunque de otra forma. Si mi idea resulta acertada, usted debe morir en un accidente.

No pareció asustado. El muchacho tenía nervio.

—Yo sabré cuidarme —refunfuñó—, pero tenemos que darnos prisa en terminar con esta situación. Me inquieta terriblemente el estado de Alma.

—Creo que es cuestión de un par de días, Foster. Puedo equivocarme en algunas de mis suposiciones, pero no en todas. Hasta la vista.

Le dejé allí, profundamente preocupado y con el ceño fruncido.

No me detuve hasta la oficina de telégrafos. Después de pensar el texto y rectificarlo varias veces, despaché un cable urgente con destino a París, haciendo algunas preguntas y dando mi dirección del Cecil. Con un poco de suerte podía tener la respuesta el día siguiente.

Después de esto dediqué casi toda la tarde a visitar la mayoría de hoteles de Summerville. Anochecía cuando di con lo que buscaba, viendo que había acertado en mi idea.

El tipo muerto por mí era un forastero. Se había alojado en el hotel Colonial, y el botones recordaba muy bien el coche con matrícula de Miami.

Cité a ese botones en un bar cercano, y cuando terminó su turno compareció allí, atraído por el señuelo de un billete prometido.

Le invité a beber y eso le hizo sentirse importante. Después de probar el whisky quiso asegurarse de la parte financiera. Dijo:

—Usted ha hablado de un billete de diez…

—Efectivamente —asentí—, pero antes tienes que ganártelo. ¿Cómo te llamas?

—Charlie.

—Bueno. Charlie. Entrando en materia, te diré que me interesa todo lo que puedas decirme del forastero que murió en un tumulto. Me has dicho antes que su nombre era Crane…

—Eso es, Cass Crane, de Miami.

—¿Cuánto tiempo llevaba alojándose en el hotel?

—Poco más o menos un mes.

—¿Sabes si recibió correspondencia durante ese tiempo?

—No, señor. No lo sé. Eso habría que preguntárselo al recepcionista…

—Está bien, dejémoslo. Supongo que mientras estuvo en el hotel recibió alguna visita o hizo amistad con alguien, ¿no es cierto?

—Un par de veces vino a verle otro hombre… Un tipo alto y recio, con cara de pocos amigos.

—¿Sabes su nombre?

—No señor. No se hizo anunciar cuando llegó.

—Pero ¿le reconocerías si volvieras a verle?

—Seguro.

—Algo es algo… aunque de poco va a servirme todo esto, Charlie. Lo que me dices no tiene ningún valor para mí. ¿Qué hay de mujeres con respecto a Crane?

—Nunca trajo ninguna al hotel, señor, si es eso lo que quiere decir.

—¿Ni vino ninguna preguntando por él?

—Que yo sepa no, aunque pudo venir cuando yo no estuviera de servicio…

—Sí, claro…

Empezaba a decepcionarme. Había cifrado ciertas esperanzas en esa entrevista, y hasta el momento no salía nada de interés.

—La policía habrá estado en el hotel preguntando por Crane, Charlie —aventuré—, y habrán registrado su habitación. ¿No es así?

—Sí, señor.

—¿Se llevaron algo del cuarto?

—No lo creo. Les oí comentar que habían estado perdiendo el tiempo…

—O sea, que todo lo que pertenecía a Crane está en su habitación todavía…

—No, señor. Ya no.

Estuve a punto de soltar una maldición, hasta que el botones añadió:

—El gerente ha mandado limpiar la habitación. Todas las pertenencias de Cass Crane están guardadas en el almacén. Hay dos maletas de buen tamaño…

Bien, después de todo tal vez los diez pavos no fueran desperdiciados.

—Necesito echar un vistazo a esas maletas, Charlie —dije—. Tú vas a llevarme hasta ellas.

Me miró, alarmado.

—¿Cree que voy a jugarme el empleo por diez machacantes?

Su voz era despectiva. Yo acababa de perder varios enteros en su aprecio.

—Nadie te pide semejante cosa —afirmé, tratando de convencerle—, imagino que no habrá un guardián permanente en el almacén. Tú te limitarás a llevarme hasta allí y a desaparecer. Lo demás correrá de mi cuenta.

—¿Y si le descubren?

—Eso es cuenta mía.

—Le advierto que en ese caso le entregarán a la policía sin dudarlo un segundo. Y la policía de aquí tiene muy malas pulgas… Están furiosos por el trabajo que les dan los continuos jaleos con los negros.

—Te repito que eso es cuenta mía. ¿Cuándo puedes introducirme en el almacén?

Vaciló. No estaba convencido todavía ni mucho menos. Pero el señuelo de los diez dólares pesaba en la balanza.

Al fin se decidió:

—Cuanto antes mejor, así no tendré tiempo de arrepentirme. Podemos ir ahora si quiere.

—¿Cómo se llega al almacén?

—Entraremos por la puerta de servicio. Hay un pasillo que desemboca en la cocina: la puerta del almacén está en ese pasillo. Todo depende de que no nos vea nadie entrar allí.

—¿No está cerrado?

—Eso no es problema… Y ahora, ¿puedo ver el color de su dinero?

Le pasé el billete. No quiso verle el color, sino que lo dobló, haciéndolo desaparecer en el bolsillo.

Pagué las bebidas y le seguí hacia la puerta. Mientras andábamos le advertí:

—Recuerda esto, Charlie: Si alguna vez echas la vista encima al hombre que visitaba a Crane, trata de saber dónde se aloja. O, si está en algún bar o en cualquier otro sitio, llámame al Cecil. Te ganarás otro cromo como el que acabas de embolsarte.

—Ese negocio me interesa —refunfuñó—. Pero supongamos que no le encuentro a usted en el hotel…

—Dejas el encargo para que yo me ponga en contacto contigo.

Asintió con un gesto. Unos minutos más tarde estábamos en un oscuro pasillo por el que flotaba el típico olor a guisados propio de las cocinas hoteleras. Charlie me dijo que esperase unos instantes y él desapareció por el fondo.

—He birlado la llave sin que me viera nadie —susurró—. La dejaré en la cerradura. Si alguien descubre que ha desaparecido y la encuentra aquí creerán que se le olvidó al último que vino a sacar algo para la cocina, ¿comprendido?

—Okay, Charlie…

Me deslicé dentro y él cerró la puerta. Miré a mi alrededor, viendo montones de cajas, estanterías llenas de conservas y botellas, sacos y muebles estropeados. Localicé las valijas sobre un montón de cajas de whisky, al fondo, cerca de un ventanuco de ventilación.

Eran dos maletas nuevas, con cuatro o cinco etiquetas de otros tantos hoteles de Miami. No estaban cerradas con llave. Abrí la primera y comencé a revisar su contenido rápidamente.

El descubrimiento no era como para animar a nadie. Ropas de cierta calidad, camisas, pañuelos y calcetines. Una máquina eléctrica de afeitar y útiles de aseo, y pare usted de contar. Estaba perdiendo el tiempo.

La segunda maleta parecía más prometedora a simple vista. También en ella había un par de trajes y otras ropas, pero aparte de esto también contenía algunos papeles.

Tras examinarlos rápidamente dejé aparte una serie de facturas de hoteles. Por lo visto, Crane guardaba todas esas notas como un coleccionista. Un par de cartas no me dijeron nada. Eran inocentes misivas enviadas por una tal Rosalind, desde Miami, el amor de Cass Crane por lo visto.

Sin embargo, algo encontré. Dentro de un sobre había un documento cuya lectura me hizo dar un respingo. Lo primero que saltó a mis ojos fue el nombre de John Dougthy, el primer marido de Alma. Y lo que me dejó estupefacto fue el documento en sí, por cuanto era nada menos que la partida de defunción, expedida en París. Pensé que podía haberme ahorrado el cable que había remitido hacía pocas horas.

No había duda de que el marido de Alma estaba muerto. Muy bien. ¿Con qué diablos querían hacerle chantaje? Mi hipótesis se derrumbaba estrepitosamente.

Doblé el certificado y me lo guardé. Tal vez pudiera serme útil más adelante.

Seguí pasando revista al resto de papeles, sin hallar nada más de interés. Ya estaba a punto de cerrar la valija cuando, en el respaldo de una factura de hotel encontré otro dato que me reafirmó en la creencia de que había un lazo de unión entre Alma, el pistolero muerto y la centenaria ciega. Era solamente una anotación a mano con las señas y el nombre de «Mamie» Johns.

Éste lo dejé en la maleta y cerré ésta.

Cuando abandoné el almacén experimentaba una sensación de acusado disgusto. Tuve que confesarme a mí mismo que, aparte mi convencimiento de que estaba preparándose un chantaje, no había adelantado un paso para su esclarecimiento. Y mi disgusto crecía por cuanto ya no se trataba solamente de ganarme la respetable cifra de diez mil dólares, sino que consideraba la resolución del embrollo como cosa personal, casi como un desafío. Por una parte, habían intentado matarme, y eso era una poderosa razón para ajustar las cuentas a semejante pandilla de bastardos.

Y, en segundo lugar, había conocido a Alma, y había experimentado la extraña sensación del influjo que se desprendía de ella. Deseaba verla sonreír feliz, sin la sombra de la amenaza que, de un modo u otro, pesaba sobre ella.

El conseguirlo ya era otro asunto…