CAPÍTULO III

Encontré el número del teléfono de los Foster en la guía, y llamé desde la cabina de un bar. Tuve que convencer a un puntilloso sirviente de que se trataba de algo realmente importante para que me permitiese hablar con Anthony Foster. Al fin, la voz de éste sonó por el auricular.

—Aquí Duncan —dije—. ¿Cuándo podemos vernos?

—Esta misma noche. He hablado de ti con mi esposa, Mark… ¿Puedes venir dentro de media hora?

Deduje que ella estaba escuchándole, de manera que, para acostumbrarme, seguí en la misma tónica.

—Me complacerá mucho conocer a tu esposa. Tony. Estaré ahí dentro de media hora.

—No te retrases.

Colgó. Pensativo, regresé al mostrador y estuve saboreando el whisky mientras mis pensamientos volaban por variados derroteros.

Iba a conocer a Alma. Bien, eso estaba muy bien. Pero… ¿Qué lograba con ese contacto? Como no surgiera algún imprevisto no veía manera de adelantar un paso.

Tuve que confesarme que toda mi experiencia en investigaciones no me servía para maldita la cosa en esta ocasión.

Pedí otra ración de whisky y dejé pasar el tiempo.

Llegué ante el portón de los Foster treinta minutos después. A mi primera llamada apareció el criado negro, que me franqueó el paso. Recorrí casi media milla de jardín antes de detenerme frente a la casa.

Foster me esperaba de pie en lo alto de la escalinata, que desembocaba en un porche sostenido por gruesas columnas de mármol. La casa era de estilo colonial, perfectamente conservada. Habían enterrado una montaña de billetes en su construcción.

El dueño de semejante palacio estrechó mi mano al mismo tiempo que me guiñaba un ojo.

—Creo que será bien recibido —susurró, señalando el interior de la casa con un gesto de cabeza.

—Así lo espero.

Entramos. Yo estaba preparado para ver magnificencia por todas partes, pero comprobé al instante que me había quedado corto. La riqueza imperaba por doquier. Los menores detalles revelaban un gusto exquisito y me pregunté si ese gusto sería el de Alma Foster.

Ésta se encontraba en el salón, esperándonos. En cuando entramos me sonrió con una cordialidad de perfecta anfitriona.

—Tony me ha hablado mucho de usted, Duncan… —dijo como saludo, después de las presentaciones.

—También a mí me ha hablado de usted, señora —repliqué, y añadí, sonriendo—: Y lo ha hecho en tales términos que por primera vez he lamentado estar soltero.

Rió. Su alegría era deliciosa y parecía sincera. ¿Dónde estaba el misterio en esa mujer, cuya belleza turbaba incluso a un tipo como yo, acostumbrado a poner cara de palo a cualquier circunstancia?

Tony soltó algunas frases dando a entender lo mucho que nos habíamos apreciado en otros tiempos y preparó las bebidas. Noté que Alma me miraba con fijeza cuando creía que yo no me daba cuenta. Sin embargo, no pude sorprender en ella ningún signo de inquietud, de amargura ni de sospecha respecto a mí.

—¿A qué negocios se dedica? —inquirió en un momento de la conversación—. Tony no lo ha especificado.

Yo ya había pensado la respuesta para esta pregunta.

—Terrenos —dije—. Compro y vendo tierras, pero no de labor, sino para construcción.

—Comprendo…

Seguimos la charla Una charla insulsa y llena de lugares comunes, aunque mantenida con exquisito tacto por la dueña de la casa.

Llevábamos así una media hora cuando Alma se excusó y abandonó el salón.

—¿Qué le parece? —quiso saber Foster.

—Una mujer encantadora, sin duda alguna. Pero no se nota ninguna inquietud en ella…

—Yo le he advertido que…

—Lo sé, lo sé —corté secamente—. He tenido la evidencia de que algo no marcha bien aquí.

—¿A qué se refiere? ¿Sabe adónde ha ido Alma?

Había ansiedad en su voz.

—No. Alguien me ha impedido seguirla hasta el final.

Expresó su asombro, pero más se asombró cuando le hube contado mi aventura de la tarde. Se inquietó mucho más de lo que ya estaba, pero eso no me importa. Añadí al final:

—Necesito saber en qué Banco tiene ella su cuenta particular. También quiero saber si recibe llamadas telefónicas de gente que no sea habitual en la casa, o sea, que no estén debidamente justificadas. ¿Cree poder conseguir eso?

—Lo del Banco es fácil. Pero las llamadas…

—Siempre que esté usted en casa puede estar alerta por si se producen. Inmediatamente me advertirá a mí. Y cuando usted no esté, puede encargar a algún sirviente de confianza para que vigile en su lugar. Después de todo, es en bien de su mujer.

—Lo intentaré, aunque no me gusta mucho todo esto… ¿Por qué cree usted que le han golpeado, Duncan?

—Para impedirme seguir a Alma, no hay duda sobre esto. Lo que quisiera saber es si ella está enterada de esa agresión…

—¡No diga tonterías! —saltó Foster, indignado—. ¿Cómo va ella a saber…?

—No se precipite…

Me interrumpí. Alma regresaba. Nos sonrió a los dos y fue a sentarse en la misma butaca que había ocupado.

Y noté el cambio en ella tan claramente como si se hubiera puesto una máscara. Me desconcertó. Su sonrisa era mecánica, fría y distante como una mueca. Y en sus ojos había una mirada vacía, como si detrás de sus pupilas hubiese un profundo abismo.

Foster lo notó también y me miró a mí, como para asegurarse de que me había dado cuenta. Insensiblemente comprendí entonces la preocupación de mi cliente, la inquietud que le había empujado a pedir ayuda.

Sin que se hubiera pronunciado una palabra relativa al cambio, se había establecido una atmósfera pesada, de violencia casi entre nosotros. Era algo que no lograba explicarme.

Fingiendo no advertir nada de esto, seguí manteniendo una conversación trivial con Tony, y poco después me levanté, acercándome donde estaban los licores. Mientras me escanciaba el whisky en mi vaso hice una seña a Foster para que se acercase. Alma no podía vernos desde donde estaba sentada a menos que volviese la cabeza.

Tony miró su vaso, donde todavía quedaba casi la mitad de licor. Lo vació de un trago y comentó:

—Creo que voy a repetir…

Vino hacia mí pausadamente. Empezó a prepararse su bebida.

Yo murmuré, muy bajo:

—Déjeme a solas con ella.

Vaciló, mirándome asustado.

—Algo ha sucedido mientras ha estado fuera —susurré—. Quiero saber qué ha sido.

Asintió finalmente. Habló sobre su marca preferida de whisky, y seguramente estaba barrenándose el cerebro en busca de una excusa para abandonar el salón cuando un sirviente negro asomó la cabeza por la puerta después de llamar discretamente.

Mr. Donovan está al teléfono, señor —anunció—. He pasado la comunicación a su despacho…

—Bien, James, gracias.

Noté el alivio en la voz del muchacho que se apresuró a salir como si le persiguieran.

Estaba verdaderamente trastornado.

En cuanto se hubo cerrado la puerta me acerqué a Alma, decidido a tirar por la calle de en medio. Pero ella no me dio tiempo.

—¿Quién es usted realmente, Mr. Duncan? Suponiendo que se llama así…

No pegué un respingo, pero yo sé el esfuerzo que me costó.

—Creo que no la comprendo —dije, reuniendo de nuevo mi serenidad.

—No trate de engañarme. ¿Por qué ha organizado esta comedia?

—Sigo sin comprender. Mi nombre es Mark Duncan —intenté que mi voz fuera burlona cuando añadí—: ¿Quiere que le muestre mis documentos, señora?

—No es preciso. Creo que ése es su nombre, pero…

—¿No cree en la palabra de su esposo? —retruqué—. Él me ha presentado a usted como su amigo… Nos conocimos hace mucho tiempo.

—Sí, sí, ya lo sé; en Corea. Pero sigo sin creer en su historia de la compra de terreno y demás. ¿Quién es usted?

—Créame que lamento ese criterio suyo. Alma —dije, franqueándome un poco—. ¿Qué ha sucedido durante su ausencia de este salón para que se hayan despertado en usted esas absurdas sospechas?

Me miró recto a los ojos. Sentí un estremecimiento ante el dolor de aquella mujer. Y me turbó la extraña belleza de la mujer, una belleza aureolada por algo más que la presencia física de su cara y de su cuerpo.

—He visto su coche —murmuró.

Bien, podía haberlo supuesto.

—¿Y qué? —insistí, no obstante.

—Usted ha estado siguiéndome esta tarde. Recuerdo muy bien ese coche y esa matrícula de otro estado.

—Así que lo ha advertido… Debí haberlo supuesto. Es usted una mujer inteligente, y con su sensibilidad afinada por lo que la preocupa.

—A mí no…

—No diga que no hay algo que la atormenta porque no la creeré, Alma. Está bien —afirmé, trazándome una línea de conducta—, la he seguido, o mejor dicho, he intentado seguirla.

Su voz temblaba ahora. Casi se le extinguió al preguntar:

—¿Y ha descubierto el lugar de mi visita?

—No.

Relajó la tensión de sus nervios, como si se hubiese sacudido de encima una tonelada de plomo.

—Quisiera creerle.

—Puede creerlo. La prueba está en mi nuca.

Me miró, sin comprender. Incliné la cabeza ante ella para que pudiera examinar el corte, en el que había algunos cabellos pegados en las últimas gotas de sangre.

—El que ha hecho esto —dije—, es quien me ha impedido seguirla hasta el final de su recorrido.

Me erguí. Había metido la pata. Mi chaqueta estaba abierta, y al inclinarme había quedado al descubierto la culata del revólver. Los ojos de Alma estaban fijos en el arma.

Cuando los apartó de allí los clavó en mi cara.

—No se necesita un revólver para comprar y vender tierras —murmuró secamente.

—No sé distinguir un solar de tierra de otro de arena —confesé—. Mi trabajo es muy distinto. ¿Sabe quién ha sido el amigo que me ha sacudido en la nuca?

—¿Cómo puede creer que yo lo conozco? ¿Pretende acaso insultarme?

—Nada más lejos de mi intención. Pero no hay duda de que me han golpeado para impedirme seguirla a usted hasta el fin. El que haya sido, naturalmente, lo ha hecho para protegerla. Así las cosas, no es descabellado relacionarlo con usted.

Se levantó, indignada. Sus maravillosos ojos destellaban de ira.

—Mi esposo le ha presentado como amigo. Respetando las decisiones de Tony, no le arrojo a usted de mi casa. Pero le agradeceré que salga de aquí cuanto antes, Mr. Duncan… y que no vuelva.

Caminó hacia la puerta con la majestad de una reina. ¡Qué mujer!

Acababa de cerrarse la puerta tras ella, cuando volvió a abrirse con cierta violencia y entró Tony, pálido y descompuesto.

—¿Qué ha sucedido, Duncan? Alma no ha querido ni mirarme a la cara cuando se ha cruzado conmigo.

—Tiene usted una mujer muy inteligente, Foster. Debíamos haber contado con esto.

—¿Con qué?

—Ha visto mi coche y ha recordado que esta tarde lo ha tenido pegado a la cola del suyo. La matricula de otro estado nos ha delatado.

Se derrumbó sobre un sillón, abrumado.

—Comprendo —gruñó—. Eso hace inútil seguir con este asunto.

Yo no estaba dispuesto a renunciar a los diez mil machacantes.

—¿Por qué? El hecho de que ella sospeche que estamos tratando de averiguar su problema no cambia nada. Además, ahora es cuando empiezo a ver la gravedad de lo que hay tras todo esto. Quiero seguir adelante, Foster. Alma está en un verdadero aprieto, sea el que sea.

Dudó. Mis diez mil estaban en el aire.

Al fin masculló:

—Si ella sospecha que le he contratado… Bien, las complicaciones para mí no han hecho más que empezar. Tendré que afrontar escenas muy desagradables, Duncan.

—Y si su mujer se hunde más en este misterio todavía serán peores.

Levantó la cabeza.

—Siga usted, Duncan. Saque todo lo que pueda y aclare el asunto por los medios que sean. Todo es preferible a esta incertidumbre.

Suspiré, aliviado. Mis diez grandes se habían afianzado.

—Hay algo que quiero decirle, Foster —comenté para animarle un poco—. Estoy convencido de que sea lo que sea lo que su esposa oculta, no es nada vergonzoso. Le causa demasiado dolor para que sea así.

—¿Lo piensa usted sinceramente?

—Si.

—Gracias, Duncan. Es usted un gran tipo.

Nos despedimos y me acompañó hasta el coche. Allí le recordé:

—No olvide las llamadas telefónicas.

—Pierda cuidado.

Me alejé por el paseo sin poder sacar de mi mente la cara atormentada de Alma. Mi cabeza era un caos, lo cual no contribuía en nada a aliviar el desagradable dolor de mi nuca.

El portón estaba abierto y un sirviente negro esperaba mi salida para cerrarlo. Entonces descubrí el pequeño pabellón a un lado de la gran puerta. Una construcción casi cubierta por las plantas trepadoras. Allí debía residir el portero.

Una vez fuera aceleré y el motor zumbó alegremente al darle lo que quería. También mis nervios necesitaban una válvula de escape.

A correr.