¿Llegó el hombre a la Luna?
El 20 de julio de 1969, millones de telespectadores en la Tierra contemplaron atónitos el mayor acontecimiento tecnológico provocado por el hombre durante el siglo XX. Los astronautas norteamericanos Neil Armstrong, Michael Collins y Edwin Buzz Aldrin culminaban con éxito su llegada a la Luna, iniciando así su conquista.
En los últimos años; Internet ha servido para difundir la teoría de que el hombre no llegó a Luna. Quien quiera creerlo así, que lo crea, pero que explique de dónde proceden los más de 300 kilos de rocas lunares que se trajeron los astronautas desde la bella Selene.
Era una misión para la que se habían preparado a conciencia durante largo tiempo y cuya piedra angular estaba asentada en el proyecto espacial Apolo. Las fotografías de las sondas estadounidenses Rangers 7, 8 y 9 y Lunar Orbiter I y 2 de 1964 y 1966 allanaron el camino de la magna empresa, confirmando los orígenes geológicos de la Luna, además de establecer los lugares idóneos en los que se podría alunizar con el menor riesgo posible. En la década de los sesenta, diversas tripulaciones se entrenaron minuciosamente con el fin de pilotar artefactos capaces de realizar el viaje más grande jamás soñado. Algunos de ellos murieron en el intento, como por ejemplo la terna de astronautas que falleció el 27 de mayo de 1967 al incendiarse su nave. Empero, estos infortunios no detuvieron la carrera espacial norteamericana, muy comprometida en un logro que, entre otras circunstancias, debía contribuir a garantizar la supremacía estadounidense ante los evidentes progresos espaciales que estaba consiguiendo el bloque soviético. En 1959, la sonda rusa Luna 3 había desvelado los misterios de la cara oculta de la Luna, lo que incitó a pensar que los comunistas conquistarían el satélite mucho antes que los norteamericanos, asunto que provocó la aceleración de los trabajos, mientras se incrementaba notablemente el presupuesto de la carrera espacial norteamericana. El presidente John Fitzgerald Kennedy prometió a sus compatriotas que ellos serían los primeros en llegar a la Luna. Y este vaticinio, bien fundamentado, se cumplió siete años más tarde, cuando el 16 de julio de 1969 la nave Apolo 11 portadora del módulo lunar Eagle despegaba con la propulsión de un cohete Saturno 5. Su destino era el único satélite de nuestro planeta, estudiado constantemente por los telescopios desde el siglo XIX y del que conocíamos tan sólo imágenes visibles en los observatorios terrestres. Cuando cuatro días más tarde el comandante Armstrong, de treinta y nueve años de edad, bajó los nueve peldaños del Eagle tras haber alunizado de forma manual en la Luna, la emoción se tornó en indescriptible en el centro operativo de la NASA en Houston. El momento álgido de aquel acontecimiento tuvo lugar al posar el veterano piloto su pie izquierdo en la superficie lunar pronunciando una frase que pasaría a los anales de la historia: «Éste es un pequeño paso para el hombre, pero un salto gigantesco para la humanidad». Más tarde le acompañaría en la hazaña el capitán Aldrin, quien también tuvo palabras para la posteridad: «¡Qué magnífica desolación!». Durante dos horas, los hombres de la NASA recogieron unos veinte kilos de muestras rocosas lunares. Asimismo situaron aparatos destinados a medir diferentes parámetros, como la velocidad del viento solar, la temperatura o la actividad sísmica del satélite. Tras esto regresaron a casa amerizando en el océano Pacífico y pasando unas tres semanas de cuarentena a fin de evitar supuestos peligros biológicos traídos del exterior.
En cambio, no tardó en generarse una polémica en torno a esta gesta sin precedentes, elevándose varias hipótesis conspiranoicas. Una de ellas afirmaba que la expedición del Apolo 11 había sido vigilada muy de cerca por ovnis celosos del descubrimiento que los astronautas pudieran efectuar sobre unas supuestas construcciones extraterrestres en la Luna. Por otra parte, se defendió que la misión había sido un éxito, si bien muchos detalles como filmaciones, fotografías o banderas ondeantes, no eran más que un simple montaje efectista realizado en platos terráqueos a modo de propaganda oficial. Sin embargo, lejos de aspectos conspiranoicos, no cabe duda de que el hecho fue más que cierto y quedó constatado gracias a las pruebas de alto calado que se ofrecieron en años sucesivos. Aunque se me antoja que la prueba más auténtica sobre la veracidad de este suceso nos la ofrece el KGB soviético, con su sonoro silencio, dado que a nadie se le escapa que, en ese difícil momento de la guerra fría, los servicios secretos del Kremlin no hubiesen tenido mayor dificultad en enterarse del supuesto fraude cometido por su ancestral enemigo, poniendo rápidamente en circulación la verdadera historia para desacreditar a sus competidores a la par que les infligían una humillación tan demoledora que aún hoy en día resonarían sus ecos. Además, no podemos obviar que tras el Apolo 11 otras cinco naves consiguieron el alunizaje hasta 1972. Son demasiados viajes y demasiados testimonios como para pretender que la llegada del hombre a la Luna fue una treta perpetrada por los norteamericanos. En total, las tripulaciones de los Apolo 11, 12, 14, 15, 16 y 17 trajeron a la Tierra trescientos ochenta y cuatro kilos de material lunar. En la última misión viajó por primera vez un geólogo, Harrison Schmitt, quien recorrió en un vehículo lunar más de treinta y cinco kilómetros por el valle de Taurus-Littrow. Todo un hito que se espera repetir en las futuras misiones que, según el gobierno de George W Bush, se reactivarán en próximos años. En 1996 se comenzó a especular con la posibilidad más que real sobre la existencia de hielo lunar. Este asunto dio alas a los que soñaban con instalar en la Luna una estación permanente habitada por humanos. La base constituiría una perfecta lanzadera hacia la conquista de Marte, el siguiente objetivo para la exploración de nuestro sistema solar. Si bien a estas alturas todavía no se ha constatado la presencia de agua helada en el satélite terráqueo, los especialistas dudan cada vez menos de esa variable, y es más que posible que nuestra generación vuelva a emocionarse con una narración televisiva similar a la que ofreció para España el célebre Jesús Hermida. Por tanto, ya falta poco para que podamos asistir a un nuevo salto gigantesco para la humanidad.