Cuando llegaron a la vista de la ciudad el chico dejó atrás al resto del grupo y continuó solo. Los jefes se sentaron a esperar su regreso. Bebieron vino y fumaron su pipa ceremonial y cantaron sus viejas canciones. Esto también formaba parte del ritual, y lo mantendrían así, sin detenerse, hasta que él regresara.
Avanzó a buen paso a través del terreno abierto. Después, se agachó y se inclinó hacia delante, de modo que su cuerpo oscuro se confundió con la hierba quemada por el sol. Se movió con elegancia y con seguridad porque aquel territorio era su hábitat natural.
Eran las últimas horas de la tarde. Planeaba llegar a las afueras de la ciudad justo poco antes del anochecer. No tenía el menor deseo de penetrar en el terrible laberinto hasta que la luz del día se hubiera desvanecido, de modo que decidió esperar el momento propicio para empezar a moverse bajo la protección de la penumbra, cuando la oscuridad encubriera su pequeña figura.
Cuando se paró a pensar en los peligros que le aguardaban, su cuerpo tembló aterrado. Pero sabía que si sobrevivía a esta larga noche de iniciación, mañana sería un hombre.
Cuando ya hubo recorrido una cierta distancia, comenzó a hacer más lento su avance. Encontró un árbol adecuado y se subió a él. Se situó con seguridad en la bifurcación de dos ramas altas y se dispuso a esperar la llegada del anochecer.
Nada se movió. Un hinchado sol de color naranja se estaba hundiendo lentamente, desapareciendo detrás del horizonte de la ciudad. Enormes edificios se perfilaban contra este brillo amenazante, como los escarpados de alguna cadena montañosa prohibida. Allá lejos, en la distancia, creyó escuchar los suaves cantos de los jefes que llegaban hasta él montados sobre los hombros del viento de la noche, pero quizá sólo fuera su imaginación. Se sintió repentinamente perdido y solo, y muy lejos de casa.
El mundo se fue oscureciendo poco a poco. Al cabo de un rato, enlazó sus manos reverentemente colocándolas ante sí, y fijó sus ojos en la primera estrella que apareció en el cielo crepuscular. Susurró una solemne Oración de Paso. Después, descendió del árbol e inició la siguiente fase de su viaje.
Los campos abiertos eran peligrosos cuando se cruzaban a pie. Estaban salpicados de reliquias de los Antiguos, enterradas profundamente en la hierba, y el evitarlas se había convertido en una verdadera habilidad adquirida. Pero él fue avanzando con lentitud.
Caminó con precaución en dirección a una amplia autopista que le llevaría directamente hasta el corazón de la ciudad. Pero no se arriesgó a exponerse subiendo a ella. La fue siguiendo a una distancia discreta, con el cuerpo tan inclinado que sus dedos rozaban la tierra.
Sus sentidos, altamente desarrollados, se esforzaban por detectar cualquier señal o sonido que le advirtieran la presencia de cualquier depredador natural que pudiera estar vagabundeando por aquella zona de nadie entre la ciudad y el terreno abierto. De vez en cuando, la terrible figura de un automóvil antiguo aparecía por arriba y él rehuía el encuentro. Todo el mundo sabía que los perros salvajes y los lobos utilizaban a menudo aquellos viejos vehículos para dormir cuando caía la noche, y él no sentía el menor deseo de despertar su curiosidad. Aún tenía que recorrer muchos kilómetros antes de convertirse en un hombre.
Su mano derecha nunca se apartaba mucho de la pesada hoja metálica que llevaba enfundada en el cinto. Una fina capa de sudor cubría ahora su cuerpo desnudo y su respiración se hizo más pesada. No le resultaban extraños los viajes largos, pero éste era el más peligroso que jamás había intentado. Se trataba de un gran acontecimiento en su proceso de maduración, un puente que aparecía como un desafío entre su juventud y lo que pudiera reservarle el futuro, y un ritual de su gente, establecido desde hacía ya mucho tiempo.
Aquella noche habría luna llena y no había una sola nube en el cielo. Eran buenas señales. La ciudad sería un tortuoso laberinto de oscuridad y la luz del cielo iba a ser su única guía.
Una vez llegado a las afueras, aún le quedaban unos quince kilómetros de viaje antes de alcanzar el centro de la ciudad, donde los edificios gigantescos se elevaban a ambos lados de las calles desiertas. Aquella carretera le llevaría hasta allí, pero no arriesgaría su vida viajando sobre su brillante superficie de hormigón. En lugar de ello, buscaría las sombras y se mantendría en las calles laterales cuando fuera necesario. Haría amistades con las sombras y se introduciría en ellas para que su presencia fuera un secreto.
Confiaba en llegar al centro de la ciudad antes de medianoche. Una vez allí, buscaría un lugar donde ocultarse en un edificio de diez pisos y esperaría durante el resto de la noche. Poco antes del amanecer, cogería un pequeño trofeo —también parte del ritual— y se apresuraría a marcharse de allí antes de que la luz del día le traicionara.
Se encontró entonces con los primeros edificios. Parecían viviendas. Pero eran cuadrados y feos y su sombra se cernía de manera discordante sobre su cabeza. No eran como las viviendas de su gente, que estaban mucho más en armonía con todo aquello que les rodeaba. Se estremeció y se apretó a ellas, pues sabía bien que iba a necesitar sus sombras protectoras. Y, de esta forma tan intrincada, penetró en la silenciosa ciudad, como una sombra oscura moviéndose con agilidad líquida a través de los familiares cañones de la noche.
Sus sentidos hipersensibles se extendieron por delante de él y a su alrededor, preparados para detectar los primeros débiles sonidos del peligro. Pero ¿qué podía esperar hallar allí que pudiera amenazarle?
Incluso entonces, más de un siglo después de La Caída, la ciudad no estaba desierta por completo. Los otros iniciados habían traído consigo numerosas historias extrañas, pero uno nunca podía estar seguro de cuánto había en ellas de verdad y de fantasía, exagerada esta última por el temor, la ansiedad y la soledad. Pero también había que tener en cuenta la cuestión de los iniciados que no habían podido regresar: una prueba de que la ciudad no siempre era amistosa.
La mayor parte de lo que sabían sobre la ciudad era de oídas y a través de la leyenda, y mediante aquello se podían establecer unos cuantos hechos. Todo parecía indicar que la jungla de hormigón estaba habitada por numerosos perros y gatos salvajes, y que éstos podían llegar a ser mucho más peligrosos que sus hermanos del campo. Pero aquello nunca se había probado. Excepto en las épocas de iniciación, las gentes evitaban la ciudad por considerarla como un lugar maldito. Algunos afirmaban que ni siquiera los animales más peligrosos de las llanuras penetraban en la ciudad, y que sentían tanta desconfianza de su naturaleza como los propios hombres. El chico no estaba dispuesto a correr riesgos. Deseaba pasar la noche vivo… y salir de ella convertido en un hombre.
Aún le quedaban muchos kilómetros por delante. Se movió con rapidez, avanzando por las desiertas aceras, saltando ágilmente sobre gran variedad de obstáculos que le salieron al paso. El silencio no parecía natural, pero a medida que sus sentidos se fueron ajustando a él, descubrió que no era un silencio tan absoluto como había imaginado.
Allá a lo lejos, hacia el centro de la ciudad, pudo escuchar el aullido blando y triste de algún animal. Podría haber sido un perro… o alguna otra cosa. Había demasiada distancia como para estar seguro, pero sonaba como si se tratara de un animal solitario que estuviera aullando hacia el cielo de la noche. Sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo, y se apresuró a seguir su camino, agarrando el cuchillo con la mano derecha e internándose cada vez más profundamente en la necrópolis.
La ciudad despedía un fuerte hedor. Él sabía que iba a ser así, pero no estaba preparado—para recibir aquel olor que parecía colgar, del aire húmedo, como un sudario. Demasiada gente había perecido allí. El silencio resultaba pesado, cargado de muerte. Quizás al cabo de otro siglo habría desaparecido ya aquel terrible olor, arrastrado por la lluvia y por el viento juguetón, pero de momento, seguía atrapado en los valles y cañones de la ciudad, y el chico se movió a través de él como una mariposa a través del humo desprendido por la madera encendida.
Un poco más tarde, la luna se elevó y transformó la carretera en una brillante cinta blanca que se deslizaba a través de la oscuridad. Aquello hizo que le resultara más fácil ver hacia dónde se dirigía y apresuró el paso. Pero también le hizo más vulnerable. Descubrió entonces que las calles estaban cubiertas con un polvo fino y blanco. El polvo le cubrió de la cabeza a los pies y obturó su nariz y su boca. En varias ocasiones, se sintió a punto de estornudar, pero se las arregló para no hacerlo. Una explosión semejante reverberaría a lo largo de estas calles desiertas como un disparo en un cañón. Se contuvo y continuó su apresurado caminar.
A medida que se iba acercando más al corazón de la ciudad se fueron haciendo más claros los terribles aullidos que había oído antes. Se extendían de una forma discordante a través de la metrópoli, como si se tratara de animales aislados aullando su soledad de un lado a otro de la ciudad. Sus dolorosos gritos le ponían los pelos de punta y le hicieron desenvainar el cuchillo. Si le atacaban en grupos, tendría muy mala suerte…
Los edificios habían transformado su aspecto de una forma sutil. Ya no se les podía confundir con viviendas. Pero los más altos no mostraban más que cuatro hileras de ventanas y él sabía que aún tendría que recorrer una buena distancia antes de encontrar refugio en uno de diez pisos.
No le valía la pena engañar a nadie y ocultarse en uno de aquellos edificios que encontraba a medio camino hacia el centro de la ciudad. Su sentido de la culpabilidad le traicionaría constantemente ante los jefes y su desgracia sería irremediable. No podía ni quería evitar el verdadero objetivo. La única forma de alcanzarlo era seguir adelante, y así lo hizo.
La luna ascendió y lanzó un chal de color plateado sobre la ciudad. El polvo blanco estaba en todas partes y la carretera comenzó a empinarse, sostenida por rígidas columnas de hormigón. El chico pensó por un momento en la luna. Mucho tiempo atrás, los hombres habían vivido allí, en maravillosas ciudades abovedadas. Pero aquello había sido antes de que La Caída les hubiera cortado el contacto, dejándolos como buzos de aguas profundas privados de aire. ¿Seguían soñando con un mundo inalterable con el paso de los tiempos, con sus rostros tan frescos y tan poco afectados y sus ojos muertos vueltos para siempre hacia aquella Tierra que giraba lentamente?
Se frotó las mugrientas manos con inquietud. Ya comprendía de dónde procedía aquel polvo que parecía estar en todas partes. Era lo que quedaba de más de un millón de seres humanos… con sus cuerpos destrozados por las corrosivas estaciones y llevados de un lado a otro por los vientos que a menudo soplaban a través de los cañones hacia el centro de la ciudad.
Aquel pensamiento le hizo estremecerse. Miró rápidamente a su alrededor, como si esperara que algún fantasma viejo y gris saliera de alguna parte y le tocara en un hombro. Pero por allí no había ningún fantasma. Sólo había la ya no muy distante cacofonía de animales solitarios que hacía estremecer sus nervios.
La carretera se elevaba hacia el cielo de la noche Parecía como si quisiera alcanzar la brillante luna que colgaba allá arriba. Abandonó la atractiva cinta y se apresuró a caminar de sombra en sombra, por entre las enormes columnas de sostenimiento de la autopista. La carretera se extendía sobre él como un oscuro corte de guadaña a través de las estrellas.
Cuando volvió a descender hasta el nivel del suelo, se ocultó en las leves sombras que se extendían a lo largo de las aceras. Se sentía cansado después de su larga caminata, pero sabía que ya se encontraba cerca del final. Las formas de los edificios se habían alterado dramáticamente en los últimos minutos y los aullidos de lo que parecía ser un grupo de perros vagabundos estaban ya demasiado cerca para que pudiera sentirse cómodo. Tendría que apresurarse…
Encontró las anchas calles llenas de automóviles abandonados de muy diferentes formas y tamaños. Su diversidad le extrañó; nunca había visto tantos vehículos reunidos en un lugar tan pequeño. La leyenda decía que La Caída había ocurrido con tal rapidez que la gente apenas si tuvo tiempo de pensar. Todo se desmoronó. Y las plagas que estaban al acecho se movieron con tal rapidez que nada se pudo hacer para detenerlas. Así es que la organización del mundo se vino abajo.
A cada uno de los lados de la calle, se elevaban enormes edificios como torres. El chico había llegado al corazón de la ciudad. Todo lo que tenía que hacer era seleccionar un lugar que le pareciera seguro y esconderse en él durante el resto de la noche. ¿Pero cuál?
Podía escuchar los aullidos a su alrededor, acercándose cada vez más. No tenía tiempo que perder. Elevó la mirada, contó las hileras de ventanas del edificio que se encontraba frente a él, y lanzó un suspiro de alivio. Tenía muchos más que diez pisos. Le sería útil.
Cruzó la calle con toda rapidez, como una mancha oscura buscando un paso seguro a través de los coches abandonados y del polvo blanco. Los escaparates de las tiendas le parecieron una pared de sombreado cristal que se le enfrentaba. Había cristal esparcido por la acera, y se mezclaba con el polvo. Algunos automóviles habían metido sus morros a través de las ventanas expulsando a los viajeros dentro de las casas.
Su corazón casi se detuvo por un momento. Creyó ver gente al otro lado de las ventanas, gente que no pudo haberse conservado durante tanto tiempo en aquel clima cruel. Pero, cuando se acercó más, vio que no eran reales; se trataba de estatuas. La luz de la luna le había engañado, haciéndole pensar que se trataba de seres humanos. Algunas de las estatuas todavía estaban de pie en los escaparates, con sus brazos extendidos en una grotesca parodia de la vida y sus ojos, apagados y vacíos, faltos de toda sensación. De sus extremidades, ridículamente estrechas, colgaban restos deshilachados de lo que, en otros tiempos, pudieron haber sido ropas. Al joven le recordaron los muñecos que se hacían en las fiestas de conmemoración de la perdida civilización de los Antiguos.
Entró con precaución a través de la ventana rota. La oscuridad existente en el interior del local era casi total. Al cabo de un rato, su visión se fue ajustando y pudo ir distinguiendo detalles importantes. Vio muchas hileras de casillas aisladas y paredes muy altas que estaban divididas en estantes que contenían multitud de latas de diferentes tamaños.
Siguió avanzando hacia el interior de la enorme habitación. Las estanterías más próximas estaban llenas de recipientes de brillantes colores; cada uno de ellos llevaba una etiqueta blanca en la que se veía una imagen de una fruta o vegetal familiar. El chico quedó encantado. Tenía una buena oportunidad de conseguir trofeos en abundancia.
Recordó a Martin y la brillante caja de plata que había traído de la ciudad. Estaba cubierta de muchos botones, y que tenía una estrecha tira de metal que cuando uno pulsaba uno de los botones se movía hacia arriba y hacia abajo. Los jefes estuvieron mirando la caja durante algún tiempo, con actitud recelosa. Después, cantaron su canción ritual de entierro y la enterraron en el suelo antes de llevarse al chico a casa.
Se sintió alegre. Había muchas cosas entre las que poder elegir. Seleccionaría algo que deslumbrara y confundiera a los jefes y que le asegurara su respeto. Pero eso podía esperar hasta el amanecer. Por el momento, estaba cansado y necesitaba encontrar algún sitio seguro donde descansar durante el resto de la noche.
Encontró un rincón desde el que podía observar toda la enorme habitación y también el exterior de la calle. Se acurrucó allí, dispuesto a esperar en la oscuridad. Los pesados aullidos ya se habían alejado; el grupo había seguido moviéndose. Y, sin embargo, sólo hacía unos momentos que el aire se había visto conmocionado por el más lastimero y terrible aullido que el chico jamás escuchara. Le hizo temblar y, en la oscuridad de la tienda, agarró su largo cuchillo con nerviosismo. El amanecer parecía estar muy lejos.
Pero, al cabo de un rato, disminuyó su tensión. Su cuerpo se relajó permitiendo que el cansancio se apoderara de él. Se quedó dormido, sabiendo con seguridad, como todos los cazadores, que sus sentidos altamente entrenados le despertarían a la primera impresión de peligro. Y mientras dormía, soñó en su hogar y en el valle y en las viviendas de su gente. Soñó en cómo el sol penetraba en cada uno de los pequeños rincones de sus vidas y en cómo encantaba el terreno y hacía crecer sus cosechas de la tierra. Y cuando despertó descubrió que el primer y débil rubor del amanecer ya había penetrado a través de las ventanas abiertas… y que no estaba solo.
Instantáneamente se revolvió y quedó agazapado sobre el suelo polvoriento, como un animal asustado. Su brazo derecho estaba extendido hacia delante, como el cuchillo en punta, preparado para rechazar a cualquier asaltante invisible. Su brazo izquierdo estaba extendido hacia un lado, para guardar el equilibrio. Sin embargo, no pudo ver a nadie en la tienda.
¿Qué sonido le había despertado? ¿Qué peligro había arrojado sus frías manos sobre su sueño, arrancándole de él?
Sus ojos agudos escudriñaron la semipenumbra. Pudo oír unos sonidos débiles, como de algo que se mueve muy despacio sobre el suelo y, efectivamente, al otro lado de la habitación algo se movió.
Pudo distinguir una sombra oscura, no mayor que un hombre, y que se movía con una furtiva agilidad, como no había visto en ningún otro animal. Su corazón empezó a latir con violencia.
—Dios, protégeme —murmuró para sí.
De algún modo, tuvo la sensación de que estaba a punto de pasar por el momento supremo de la iniciación. Si sobrevivía, se convertiría en un hombre y, en caso contrario, el pueblo le lloraría. Hubo muchos chicos que jamás regresaron de la ciudad. Pero él estaba decidido a vivir.
La criatura avanzó a tientas a través de las sombras. Parecía no haberse dado cuenta aún de su presencia. Y él podía escuchar su pesada respiración mientras aquello avanzaba por entre las largas estanterías, al otro lado de la habitación.
¿Estaría buscando algo? De ser así, ¿qué clase de animal rebuscaría por entre aquellos edificios desiertos?
Su temor desapareció para ser sustituido por una verdadera curiosidad. Súbitamente, sintió gran confianza en su pesada hoja. Se inclinó un poco más hacia delante, tratando de ver mejor a la extraña criatura que le había despertado.
Observó una vaga sombra, visible entre dos altas pirámides de pequeñas latas. Aquella distancia y con aquella pobre luz no pudo distinguir ningún rostro. Parecía que la criatura le daba la espalda, y pensó que aquél era un buen momento para escapar. Antes de que el animal se diera cuenta ya se habría marchado del edificio y habría iniciado su camino de regreso a casa.
No tenía ninguna intención de quedarse oculto en aquel rincón hasta que la criatura tropezara con él. No tenía la menor idea de lo rápido que podía correr, pero él era veloz y confiaba en que podría dejar atrás a cualquier perseguidor. Excepto a los perros, recordó. No podría dejar atrás a una jauría.
Calculó la distancia que había entre el lugar donde se encontraba y la sombra, así como la distancia que le separaba de la calle. No tenía ningún sentido el retrasar más su huida. Ningún sentido.
Y, en ese preciso momento, estornudó.
No supo qué fue lo que provocó aquel paroxismo repentino, si se trató de algo involuntario y fuera del alcance de su control, o si dejó salir de sus pulmones aquella repentina explosión para anunciar su presencia en la tienda y desafiar así, deliberadamente, a aquella extraña bestia.
Pero en aquel momento, no tuvo tiempo para pensar. La criatura se giró de repente como si la hubieran golpeado. El chico vio sus enormes brazos elevarse a ambos lados, derribando las dos elevadas pirámides de latas entre las que se encontraba. Después emitió un terrible grito de cólera que hizo que el chico se levantara rápidamente. Su rostro palideció. Entonces reconoció el terrible aullido que había oído en la noche. Ésta era la criatura que había tratado de evitar: no era ningún perro, sino algo más…
En la semipenumbra, que penetraba por las ventanas destrozadas, pudo ver que se trataba de un hombre, pero un hombre como jamás había visto. Su enmarañado cabello blanco salía de su cabeza como finos hilos arrugados, y lucía una barba larga y sucia que le llegaba hasta la cintura. En sus enormes ojos oscuros había una mirada enloquecida y cada centímetro de su cuerpo sucio amenazaba mucho más peligro de lo que el chico había visto y con lo que se había enfrentado jamás. Llevaba unas vestiduras andrajosas que podría haber tomado de cualquiera de las esculturas de los escaparates, y su piel tenía el color del vientre de un pez.
No les separaban más que unos diez metros. La criatura le vio, y sin dudarlo un momento se lanzó hacia él, arañando el aire con sus terribles manos, con los ojos encendidos y lanzando un gran aullido.
El chico tampoco dudó. Su entrenamiento se apoderó por completo de él y se enfrentó a la carga con frialdad y con un astuto cálculo. Esperó hasta que la criatura cruzó la mitad de la distancia que les separaba. Una débil sonrisa apareció en las comisuras de sus labios cuando elevó con rapidez su mano derecha, la llevó hacia atrás e hizo que la hermosa y larga hoja saliera volando de entre sus dedos. La hoja salió con rapidez y exactitud, y se introdujo profundamente en la garganta del loco.
La criatura se tambaleó. Se detuvo de pronto, y sus grandes ojos miraron hacia arriba. Por un momento, sus manos terribles agarraron inútilmente el cuchillo enterrado en su cuello. Trató de aullar, de gritar, pero los espasmódicos sonidos produjeron unas burbujas e hicieron gotear la sangre a lo largo de su barba grisácea. Tosió una vez y finalmente se desmoronó. Sus ojos quedaron mirando al techo y sus brazos se estremecieron durante un largo rato. Después, quedó muerto. Su sangre oscura fluyó durante un rato y se mezcló con el polvo blanco del suelo, los huesos de sus antepasados. El chico permaneció quieto.
Había sucedido todo con mucha rapidez. El joven se acercó con precaución y observó el cuerpo. Sacudió la cabeza, lleno de admiración. El pelo blanco de la criatura estaba manchado de sangre y se había extendido sobre el suelo, formando un halo solidificado alrededor del rostro sin vida.
La luz del amanecer estaba cayendo sobre la ciudad. No era momento para distracciones. El chico apretó los dientes y se inclinó para retirar su cuchillo. Parpadeó al retirarlo y después lo limpió rápidamente en las ropas del hombre muerto.
Ya era hora de regresar a casa.
Estaba a punto de marcharse cuando recordó algo. Su trofeo. No podía regresar sin llevarse uno. Formaba parte del ritual. ¿Pero qué? ¿Y dónde? Su mente vaciló confusa. Sus ojos se fijaron entonces en el hombre muerto. Una sonrisa de triunfo iluminó su expresión. Sí, eso sería estupendo…
Huyó a través de la ciudad como si todos los demonios inimaginables de la humanidad estuvieran pisándole los talones Pero hizo su viaje de regreso sin ningún otro incidente, consciente ya de que nunca antes había estado en los grandes espacios solitarios que separaban a las criaturas de la necrópolis. Su trofeo colgaba ligeramente de su mano izquierda sin impedirle avanzar a toda velocidad.
Corrió con rapidez, buscando las débiles sombras de los edificios y rogando para que nada ni nadie le viera. A veces, cuando el espacio se hacía muy abierto, prefería seguir por calles y paseos laterales, y siempre levantaba con sus pies el polvo blanco que cubría el suelo y también el cuerpo, que ya empezaba a dolerle. En varias ocasiones, creyó oír detrás de él unos terribles aullidos, lo que sólo contribuyó a hacerle aumentar la velocidad de su carrera. Pero no se le acercó ningún depredador. Los había dejado muy atrás.
Corrió hasta que las afueras de la ciudad quedaron muy detrás de él y el espacio abierto y verde se extendió frente a sí hasta la línea del horizonte. Sólo disminuyó la velocidad de su marcha cuando hubo puesto varios kilómetros de distancia entre la ciudad y él.
Los jefes le vieron llegar. Mientras se dirigía hacia ellos con paso orgulloso y satisfecho, con una ligera expresión de arrogancia, sonrió y sus ojos se iluminaron. La larga noche había pasado.
Los jefes le recibieron con la adecuada dignidad. Le examinaron para ver si tenía heridas y raspaduras y quedaron contentos al no encontrar ninguna. Pasaron sus dedos sobre la espesa costra de sal y polvo seco que le cubría de la cabeza a los pies, y murmuraron con aprobación.
Él sonrió y les tendió su trofeo.
El hombre más viejo lo sostuvo trémulamente en sus manos oscuras y tocó las trenzas blancas y duras, con admiración. Los demás se acercaron para examinarlo. Y sus rostros se llenaron de pavor y respeto. Cada uno de ellos acarició la mata de largo pelo blanco, mirando después al chico con expresión de respeto. Ningún otro iniciado había traído jamás un trofeo tan extraño y magnífico. Más tarde, el ritual fue completado. El hombre más viejo consagró un trozo de terreno y los jefes abrieron un profundo agujero y enterraron el cuero cabelludo del hombre muerto. Después, iniciaron un regreso lento y tranquilo hacia el valle.
Y por las expresiones de sus rostros, él sabía que ya era un hombre.