Uno podría pensar que si una forma de vida extraña e inteligente decidiera dar a conocer su presencia, para hacerlo elegiría a alguien importante, como quizás el propio presidente. Pero no fue ésta la forma en que sucedió. El primer hombre en establecer contacto con la vida extraterrestre fue Joe Rudkin, propietario de una sucia casa de comidas situada al borde del desierto.
Conocí a Joe cuando yo trabajaba como vendedor para la Koochy Kandy Bars. Por aquellos días recorría el circuito Yuma-Las Vegas-Phoenix, y a veces me detenía en la casa de comidas de Joe, cuando sabía que no me encontraría con nada mejor a cierta distancia y viajando con tranquilidad. En cualquier caso, hace unos pocos meses volví a encontrarme con Joe en un bar del centro de la ciudad de Los Angeles, y él me contó esta historia. Estaba bastante borracho, pues de no ser así supongo que no habría contado nada. Uno no va por ahí fanfarroneando de haberse encontrado con monstruos del espacio, porque, en tal caso, la gente ya no te habla más.
La instalación de la casa de comidas de Joe fue un error desde el principio. Joe había oído decir que se iba a construir una nueva autopista que correría paralela a la carretera 66, aunque bastante más al sur, así es que calculó instalar su pequeño negocio al lado de la sucia carretera, al oeste de Castle Hot Springs, y después se sentó a esperar a que el negocio empezara a funcionar. Pero aquella autopista nueva nunca se construyó, y el negocio de Joe se limitó principalmente a dar de comer a vendedores, unos pocos exploradores y algún que otro turista ocasional que abandonaba la autopista principal, prefiriendo las sucias carreteras con el único propósito de ver a toda velocidad el Gran Sudoeste.
Antes de llegar al lugar de Joe no se ve gran cosa de la civilización, y después de pasarlo en cuatrocientos o quinientos kilómetros sólo se ven cactos, hierbas ruinosas y marchitas por el calor. Joe ya se ha marchado, pero el edificio sigue allí, aunque aquello ya no es un lugar de descanso, porque sólo queda un destartalado cuchitril de madera rodeado por una veranda. A uno de los lados hay una gasolinera, monumento solitario de los dudosos beneficios de la sociedad moderna, y algo alejado, queda un pozo bastante profundo, con un cubo atado al extremo de una cuerda muy larga. El techo de la cabaña está rematado por un vistoso anuncio que informa a todo aquél que pase por allí que ése es el lugar de Joe y que es la última oportunidad de conseguir comida y agua en varios cientos de kilómetros.
Cuando Joe residía allí, se le podía ver, la mayor parte de las tardes, sentado en una vieja mecedora ante la sombreada escalinata de entrada, con las manos entrelazadas sobre su panza descubierta y con el sombrero Stetson sobre sus ojos. Detrás de él y a través de una puerta abierta, se podía echar un vistazo a las figuras y sombras de las mesas y las sillas y a diferentes clases de m quinas expendedoras; además, se podía ver el orgullo y la joya de Joe, un largo mostrador rematado con mármol que había sido expresamente traído desde Phoenix. Frente al mostrador, y alineados como si fueran soldados, había varios taburetes giratorios. Desgraciadamente, los alimentos que permanecían guardados en el gran frigorífico o expuestos sobre el mostrador, no tenían la misma calidad que el mobiliario. Muchos de los vendedores itinerantes que pasaban por allí decían que las hamburguesas eran serrín humedecido y que los perros calientes estaban compuestos principalmente de cuerdas. Detrás del mostrador había tres puertas, una que conducía a la cocina y a las salas de estar y las otras dos las habitaciones. En estas habitaciones era donde dormitaban más de una tarde dos holgazanas femeninas, la madre y la esposa de Joe. Aquellas mujeres eran verdaderos monstruos y habían hecho que Joe llevara una vida de perro.
Joe es un hombre corpulento, y cuando vivía en la casa de comidas necesitaba siempre un buen afeitado, un baño y un cambio de ropa interior. No sé por qué, pero esto parece ser típico de la desgarbada cofradía de los que dedican su tiempo a servir la comida a los viajeros descarriados.
En cualquier caso, volvamos al encuentro de Joe con el ser extraño. Como ya se ha dicho, Joe se pasaba la mayor parte de las horas de la siesta en el porche, balanceándose bajo un calor que podría haber causado ampollas a un escorpión. Joe no siempre dormía por las tardes. A veces se limitaba a sentarse y a reflexionar sobre las injusticias de la vida. Eso era precisamente lo que estaba haciendo el día en cuestión. Habiéndose enfrentado con éxito a una complicada masa informe de filosofía casera, Joe carraspeó y se dispuso a escupir. Llevó la mecedora hacia atrás, elevándose al mismo tiempo la punta del sombrero y apartándola de sus ojos. Su intento quedó malogrado por completo, pues cuando ya estaba colocando los labios en posición adecuada vio cómo aterrizaba aquel objeto volante no identificado.
Aquel objeto volador era muy silencioso. Sí, silencioso y pequeño. De hecho, no era mucho más grande que un sedán familiar y tenía una forma parecida a un huevo. Cuando Joe lo distinguió por primera vez, se encontraba a unos diez metros de altura y estaba descendiendo con la suavidad de un insecto de mayo. Su casco no tenía señales visibles y centelleaba a la luz del sol. Lentamente, mientras Joe seguía su trayectoria con los ojos enrojecidos, la nave se fue acercando más y más al suelo, hasta que por fin se posó en él, elevando una pequeña nubecilla de polvo amarillento.
—¡Esto sí que es el colmo! —exclamó Joe, con admiración—. ¿Qué se habrán inventado ahora esos tipos de Washington?
Siguió sentado allí, esperando, con expectación. Pero no sucedió nada y, al cabo de unos minutos, Joe levantó de mala gana su enorme armazón de la mecedora y salió a la luz del sol. Volvió a sentir la necesidad de escupir y un pobre escarabajo, que acertó a cruzarse ante él, le sirvió de escupidera. Al principio, Joe permaneció a varios metros de distancia de la nave, con las manos en las caderas, aguardando, como si abrigara la esperanza de que aquel objeto pudiera hablarle. Después, se colocó los dos dedos pulgares en el cinturón —como había visto hacer a John Wayne en una película— y fue rodeando lentamente el brillante objeto ovoide. Su superficie exterior era suave; no se veía ni una junta, ni un remache, ni una entrada, ni siquiera una ventanilla.
Después de haberle dado la vuelta por dos veces, Joe empezó a sentirse aburrido y lanzó un gruñido. Después, expectoró una vez más y finalmente regresó a la mecedora del porche y se sentó en ella, dispuesto a esperar.
Cuando ya empezaba a adormilarse otra vez, se produjo algo nuevo en forma de un zumbido bajo. De uno de los lados de la nave se deslizó una puerta, abriéndose. Era una puerta muy pequeña. Joe se inclinó hacia adelante, ansioso ante el siguiente acto del espectáculo. El zumbido se detuvo y fue sustituido por un silbido muy agudo. Por la abertura surgió una plataforma larga y estrecha que acabó por posarse sobre la arena del desierto.
—¡Demonios! —murmuró Joe—. La Fuerza Aérea tiene que haber estado reclutando pigmeos.
Su interés se renovó inmediatamente. Sin embargo, los ocupantes de la nave iban a demostrar ser mucho más interesantes que cualquier pigmeo que hubiera podido haber por allí. No les extrañe que, cuando aparecieron en la puerta de su nave y comenzaron a deslizarse plataforma abajo, Joe quedara asombrado, con la boca abierta. Parpadeó, se restregó los ojos con las manos y volvió a mirar por segunda vez. No, no le sucedía nada malo a su vista.
Los dos seres extraños eran pequeños y gordos, pero en eso terminaba toda la semejanza entre ellos. El primero —el que Joe supuso que sería el jefe—, era, en tamaño y apariencia, como una especie de cabeza de estropajo animada. Aquella cosa no tenía ni principio ni final. Era como una bola blancogrisácea y multitentacular. Su compañero no podía ser calificado en realidad como una entidad viviente, pues no parecía ser más que una esfera metálica de color azulado.
La extraña pareja llegó al final de la plataforma y comenzó a avanzar hacia el porche sin emplear para ello ningún medio visible de locomoción. Alcanzaron las escaleras, se articularon hacia arriba, subiéndolas, y después se quedaron allí, desproporcionadamente bajos, observando a Joe con solemnidad.
No es precisamente lo más fácil del mundo mirar algo que no tiene rasgos aparentes, pero aún resulta mucho más difícil mirar dos cosas así. Joe estaba empezando a sufrir cuando el cabeza de estropajo dijo con claridad.
—Buenos días tenga usted, señor.
Los ojos de Joe se abrieron un poco más, tragó saliva, recordó entonces su buena educación y balbució:
—Eh… ¡diablos!… Pero… ¡si habla norteamericano!
—Sí, con la misma facilidad con que hablo inglés —contestó con seriedad el cabeza de estropajo—, y también alemán, hindi y serbocroata. Pero eso no son más que cosas sin importancia. ¿Tengo razón al suponer que este establecimiento es alguna especie de… ¡oh!… punto de suministro? ¿Un lugar que proporciona provisiones a los viajeros errantes?
Joe se dio cuenta de que poca gente en los Estados Unidos hablaba de aquella forma, pero logró comprender el significado de las palabras pronunciadas por el ser extraño.
—¡Vaya, vaya! Sí, agua y la mejor comida de los alrededores.
—Queremos hacer una compra bastante grande —dijo la criatura—. ¿Podrá usted suministrarnos… por ejemplo, cien o ciento cincuenta kilos de alimentos?
Joe se rascó la barbilla, que mostraba una barba de tres días.
—¡Claro! Allá dentro, en el comedor, tengo un refrigerador completamente lleno. Pero si tiene que hacer un pedido tan grande como ése, ¿por qué no va a un pueblo grande, o incluso a una ciudad? De ese modo, podría tener más variedad de alimentos.
—Las reglas —contestó suspirando el visitante tentacular—. Ordenes y reglas. Instrucciones que gobiernan la disciplina de las Patrullas Exploradoras de la Federación, sección 461, párrafo 6, subpárrafo (d), y cito: Se darán los pasos necesarios para evitar todo contacto con grupos tribales de seres extraños primitivos.
—¡Diablos! —exclamó Joe—. ¡Pero si está haciendo contacto conmigo!, ¿no?
—¡Ah, sí! pero el subpárrafo (e) permite el contacto con unidades individuales en casos de emergencia. Los grandes grupos de entidades muestran tendencia a chismorrear, a especular y, lo que es peor, a investigar.
El ser extraño se detuvo, a la espera de que su interlocutor comprendiera sus palabras.
—Yo tengo tendencia al chismorreo —señaló Joe con honradez.
—Cierto, señor —admitió el cabeza de estropajo—. Pero si usted habla sobre nosotros, sus congéneres estarán seguros de que la soledad y el calor se han combinado para alterar su cerebro.
—Sí, supongo que tiene razón en eso —concedió el grueso Joe—. Bueno, entre y coja lo que quiera.
Lanzando un gruñido mientras apartaba la mecedora, Joe atravesó la puerta arrastrando los pies, con los seres extraños pegados a sus talones. Empezó a colocar algunos alimentos sobre el mostrador para que sus clientes pudieran apreciar su mercancía. Entonces, de repente, se le ocurrió algo.
—¡Eh! ¿Cómo van ustedes a pagarme? Supongo que no utilizarán dólares norteamericanos, como solemos hacer por aquí.
El cabeza de estropajo no dio una contestación inmediata. Se limitó a encogerse sobre sí mismo durante un breve instante, y después comenzó a extender uno de sus brazos hasta que el tentáculo quedó a la altura del mostrador. Una pesada piedra sonó, al ser depositada sobre el mármol. Joe la observó con atención, interesado. Era una especie de gema; de cada una de sus caras centelleaba la luz y parecía tener un brillo azulado en lo más profundo de su núcleo.
—Es un diamante —le dijo el ser extraño—. Vale aproximadamente cien mil dólares de su moneda. Para no despertar las sospechas de sus congéneres, hasta le puedo proporcionar un certificado incuestionable de propiedad y autenticidad.
El hombre corpulento se quedó mirando la joya fijamente, con cierta sospecha, reflexionando detenidamente sobre la cuestión. Después, recogió el diamante o lo que fuera y se dirigió hacia una máquina de música automática que había en un rincón. Entonces restregó con firmeza la piedra sobre el cristal de la máquina. Y el cristal se partió con nitidez en dos trozos. Sí, aquello parecía ser un diamante, pensó Joe. Después, se volvió hacia los visitantes.
—Lo había leído alguna vez en algún libro —explicó—. Decía que el diamante es más duro que cualquier otra cosa. Bueno, supongo que está bien. Usted me ha ofrecido algo. Ahora puede ver lo que yo tengo para ofrecerle. Solo tiene que decirme lo que desea que le envuelva.
—No es así de simple —le dijo a Joe la diminuta cabeza de estropajo—. Antes, cada uno de los alimentos tiene que ser sometido a análisis. Son las reglas, ya comprenderá. Instrucciones que gobiernan la disciplina de las Patrullas Exploradoras de la Federación 3, sección 842, párrafo 3, y cito: En la remota circunstancia de que los miembros de la tripulación se vean en la necesidad de consumir alimentos extraños, se llevar a cabo un completo análisis químico de dichos alimentos, .para asegurarse de que no contengan sustancias nocivas.
—Está bien, mi pequeño amigo —dijo Joe, mostrándose de acuerdo, aunque no de muy buena gana—. Adelante… analice todo lo que quiera.
—Todas esas tareas secundarias son delegadas a mi robot, aquí presente —confió el ser extraño.
La esfera de metal emitió un tranquilo sonido —clic-jrrrr-clic— y comenzó a moverse de un lado a otro, lanzando continuos sonidos agudos, como si se sintiera muy contento consigo mismo.
Joe lo observó, lleno de interés.
Para empezar, aquella cosa gravitó hacia el extremo más alejado del mostrador, donde Joe había colocado muestras de diversas bebidas. La primera de la fila era una lata abierta de cerveza. De las entrañas del robot surgió un diminuto tubo capilar que se extendió hacia arriba —como había hecho el elastópodo de su dueño— y terminó por introducirse sin error alguno en el interior de la lata de cerveza.
De repente, la pequeña máquina se retiró hacia atrás, dándoles la espalda —o lo que Joe imaginó sería la espalda— y tembló con violencia. Comenzó a brillar entonces con una parpadeante luz roja y una voz de bajo, incongruente en un ser tan pequeño, empezó a espetar:
—¡Tóxico y cáustico! ¡Tóxico y cáustico! ¡Perjudicial para el sistema nervioso central! Veredicto… inadecuado para que lo consuma Gnaar.
El robot se estremeció coléricamente durante unos breves instantes y después se dirigió hacia la botella de la inevitable Coca.
—¿Guh-nahr? —preguntó Joe, bajando la mirada hacia la cabeza de estropajo.
—Somos nosotros —replicó el ser extraño—. G-n-a-a-r, Gnaar. Mi raza. Por el momento estamos en el sector de patrulla y en servicio de observación.
—Ya entiendo —musitó Joe—. Supongo que vosotros habréis venido desde muy lejos. Y eso quiere decir que sois gente inteligente. Entonces, ¿cómo es que venís aquí para aprovisionaros?
—Emergencia —le dijo el Gnaar—. Un meteorito chocó contra la nave nodriza, allá arriba, sobre su atmósfera, y estropeó nuestra unidad de refrigeración. ¡Quedaron arruinados todos aquellos suculentos filetes de gom, suficientes para alimentarnos hasta que llegáramos a casa!
—Pero, bueno, señor Gnaar, ¿y no habría sido mejor detenerse en algún rancho de ganado, o algo parecido, y haberse llenado la despensa hasta los topes?
El pequeño explorador del espacio volvió a suspirar suavemente.
—Las reglas. Estamos sujetos a ellas. Instrucciones que gobiernan la disciplina de las Patrullas Exploradoras de la Federación, sección 39, párrafo 12, subpárrafo (a), y cito: Se entregará una compensación adecuada por todos los materiales requisados. Las requisas sólo se harán con el permiso de la persona o personas propietarias de los materiales…
Joe empleó entonces el tuteo, de un modo simpático.
—Por lo que se ve, vosotros tenéis más reglas que el cuerpo de la Marina de los Estados Unidos, ¿no? ¿Oye, qué le pasa a ése?
Ese —el robot—, ya había pasado la Coca y una botella de leche achocolatada con una expresión de disgusto, y después había atacado el café. Ahora, estaba girando como un loco, zumbando mientras trazaba cerrados círculos, con su luz roja parpadeando y su voz resonando salvajemente:
—¡Se recomienda confiscación legal! ¡Valor nutritivo negativo!
El robot recuperó su compostura con la misma rapidez con que se había puesto histérico y entonces se sirvió un pequeño trozo de hamburguesa, que dirigió hacia sus fauces.
—Seguramente está un poco fuera de sí, ¿verdad? —observó el hombre grueso.
—Nuestros robots están programados para ser supereficaces —contestó el Gnaar—. Y como su eficacia nos ahorra muchos desastres, tienen tendencia a ser un poco nerviosos a veces.
Los dos observaron al robot, que arrojó con violencia el trocito de hamburguesa y seleccionó un embutido de aspecto horrible. Joe tuvo un momentáneo acceso de pesar por poner tantos ingredientes ilegales y poco nutritivos en sus alimentos. Después de todo, se dijo, por una piedra que vale cien mil pavos supongo que el cliente se merece un trato honrado.
Al cabo de unos momentos de silencio y con una mirada ensoñadora en sus redondeados ojos, dijo:
—Supongo que si yo estuviera en vuestro lugar, al encontrarme con un planeta con un poder menor al mío, lo invadiría y lo conquistaría y después me lo pasaría bomba. Pero también supongo que estaréis sujetos a alguna clase de estúpida regla sobre eso, ¿verdad?
—¡Claro que la tenemos! —confirmó el ser extraño, pareciendo sentirse conmocionado—. Instrucciones que gobiernan la disciplina de las Patrullas Exploradoras de la Federación, sección 1, párrafo 1, y cito: «Cualquier acto de agresión cometido deliberadamente contra una especie indígena sobre un mundo en observación, será castigada sumariamente por desintegración molecular». Pero no se preocupe, porque esa regla en particular no es realmente necesaria. Nosotros, los exploradores, somos reclutados de entre razas extremadamente pacíficas —y a continuación, con un acento de disgusto, añadió—: ¡Y creo que su raza tendría mucha suerte si consiguiera calificarse durante el próximo milenio!
Cuando el Gnaar terminó de hablar, se oyó un crujido final de frustración, procedente del robot. Había rechazado las hamburguesas, el embutido, los francforter, la ensalada de col, las patatas fritas y las bananas partidas. Irradiando indignación, se dirigió pesadamente hacia donde estaban Joe y el Gnaar.
—¡No hay nada adecuado! ¡Nada! —dijo, en tono quejumbroso.
—Bueno, me parece que eso es algo muy malo —dijo Joe, suspirando. Recogió entonces el diamante, lo miró con expresión de pesar, y se lo tendió al Gnaar, devolviéndoselo—. Créame que lo siento mucho, señor Gnaar.
El pequeño ser extraño se volvió, muy abatido, dispuesto a marcharse. Y cuando lo hizo…
—¡Por Sa-ta-nás! ¡Qué diablos! —gritó Joe, lleno de angustia, dando saltos de un lado a otro a la pata coja.
Sin advertírselo a nadie, el robot había introducido profundamente una c nula de exploración en el muslo de Joe.
—¡Clic-jrrrr-clic!
El modelo de luces decorativas del robot se puso una vez más en marcha, sólo que en esta ocasión se encendió un bonito color verde. Felizmente triunfante, el robot gritó:
—¡Alimento adecuado! ¡Alimento adecuado! ¡Composición general parecida a la del gom! ¡Recomiendo inmediata destrucción humana! ¡Clic-jrrrrr-clic!
El Gnaar se volvió y se quedó muy quieto mirando a Joe.
El hombre grueso tardó varios segundos en comprender la idea, pero cuando lo hizo palideció y empezó a temblar.
—¡Eh, no! ¡Espere un momento!…
—Créame que lo siento mucho —le dijo el Gnaar—, pero si el robot dice que usted…
—¿Y qué me dice de esas estrictas reglas suyas? —gritó Joe—. ¿Qué me dice de esa prohibición de agresión?
Resulta difícil imaginarse una cabeza de estropajo con aspecto de avergonzado, pero el Gnaar se las arregló para dar esa impresión.
—Bueno, ver… es que hay un subpárrafo —dijo, como pidiendo disculpas—, y cito: Si la supervivencia de una tripulación de exploradores dependiera de una acción perjudicial para una especie indígena, entonces se llevará a cabo dicha acción. Créame que lo siento mucho.
Desde el interior del robot surgió una brillante aguja hipodérmica, con una diminuta gota de brillante líquido en su punta. Y la punta fue dirigida con seguridad hacia Joe.
En aquel instante, la tensión quedó repentinamente conmocionada por un agudo grito procedente de una de las habitaciones.
—¡Joe Rudkin! ¡Deja ahora mismo de seguir parloteando con esos extraños y prepárame un café! Ahora mismo, Joe Rudkin, ¡o me vas a oír!
Desde la otra habitación surgió otro grito, que acudió en ayuda del primero, aunque éste último era de mayor edad y parecía un falsetto.
—¡Y a mí también, Joe! ¡Y a mí! ¡O sabrás lo dura que es mi mano, bribón, gandul!
El Gnaar y el robot parecieron haber sido atrapados por sorpresa y dudaron un momento. Joe frunció el ceño, mirando hacia las habitaciones; volvió la mirada hacia el Gnaar y después volvió a mirar hacia las habitaciones —en esta ocasión con una expresión de mayor reflexión—, y entonces apareció un astuto brillo en sus ojos.
—¡Eh, espera un momento, pequeñín! —le dijo al robot y a continuación, dirigiéndose a Gnaar, añadió—: ¿Tiene todavía ese diamante, señor Gnaar? Porque si lo tiene, me parece que después de todo podremos llegar a un acuerdo…
A primera hora de la mañana siguiente, Joe se encontraba en su lugar habitual, sobre el porche, meciéndose suavemente y observando una nube de polvo que se aproximaba desde el este. La nube se fue acercando cada vez más y, al final, un enorme Cadillac se detuvo frente a la casa de comidas. Del vehículo salió un hombre de aspecto sólido —todo en él describía al típico vendedor—, que salía.
—¡Hola!
—¡Hola! —replicó Joe—. ¿Quiere combustible?
—No, gracias —dijo el extraño—, siempre llevo bidones de repuesto, pero sí me gustaría recoger un par de bidones de agua y algunos bocadillos, un poco de café recién hecho, para mi termo, y quizás una o dos tazas para tomar ahora.
—Claro. Pase al interior —le invitó Joe—. ¿Va muy lejos?
—A Santa Bárbara —le contestó el hombre—. Allí me espera un buen negocio.
Mientras Joe preparaba el pedido de comida, el viajero bebió el café y curioseó un poco. Después, Joe se dirigió al pozo y sacó agua para llenar los bidones del extraño.
—Muchas gracias —dijo el propietario del Cadillac una vez todo estuvo completado—. ¿Cuánto le debo?
—¡Oh! Digamos que… veinticinco pavos.
—¡Veinticinco dólares! —gritó el extraño—. ¡Veinticinco dólares por un par de bidones de agua y un poco de café y unos bocadillos! ¡El desierto le habrá vuelto loco!
Con impasividad completa, Joe señaló con su pulgar hacia el cartel colocado sobre el techo del edificio.
—Señor, va usted en dirección a Santa Bárbara y no hay forma de que pueda enlazar con la carretera principal, a menos que se aparte por completo de su camino. Entre este lugar y Santa Bárbara tiene que atravesar los desiertos del Colorado y del Mohave. Es un viaje muy largo, y no podrá hacerlo sin agua para su automóvil. Sé muy bien que hoy va a ser un día muy caluroso… quizás hasta más caluroso que ayer…
Profundamente disgustado, el hombre fornido arrojó hacia Joe un billete de diez dólares y tres de cinco.
—Ya conozco a los de su clase —se quejó—. ¡Venderían a su propia esposa y madre por un dólar!
Joe carraspeó abundantemente y escupió; después, sonrió burlonamente, con presunción, y le dijo al extraño:
—No por un pavo, señor. No por un piojoso dólar…