28
-Estoy convencida que el Coronel
Fielding tiene algo que ver con esos dos – dijo Sara paseándose por
el estudio – Pero no entiendo mucho lo que sucede. ¿Por qué me
devolvería una joya falsa? ¿Y porque dice que es Ingles y sin
embargo tiene un acento tan marcado? – se giró hacía Alex que se
estaba colocando el abrigo - ¿vas a salir a estas
horas?
-Simón está en la zona de
puerto. En cuanto le encuentre vengo aquí.
-¿no puedo ir
contigo?
-Preciosa, ahora eres una mujer
casada y prefiero que te quedes cerca de Kendal mientras estoy
fuera. Si vinieras conmigo estaría todo el tiempo preocupado además
que una tasca no es lugar para una dama. Todo va a ir bien, no
tardaré más de dos horas.
Sara le vio guardarse una pequeña
pistola en el bolsillo de la chaqueta y su corazón comenzó a latir
con fuerza, asustada.
-¿prometes que no tardaras
más?
-Lo intentaré. Porque no subes
arriba y te das un buen baño caliente, cenas algo y me esperas
levantada.
-Alex – gruño ligeramente
enfadada – No me trates como a una niña.
-Sé perfectamente que no lo eres
– la besó largamente. Aquella era la única forma de hacerla callar
y lo consiguió aunque Sara no podía dejar de pensar en el peligro
que corrían. La acompañó hasta la escalera.
Sara sintió la puerta principal al ser
cerrada y se giró desde lo alto de la escalera. De buena gana
hubiera salido corriendo tras de él pero Alex tenía razón, era
mejor que se quedara con el niño.
Se sentó en lo alto de la escalera
pensativa, las luces del vestíbulo se habían apagado casi todas y
donde ella estaba las sombras la envolvían en una oscuridad
total.
No habían pasado ni cinco minutos
cuando Rexford, el mayordomo, apareció en su campo de visión
envuelto en un negro y largo abrigo dispuesto a salir de la casa en
una actitud bastante sospechosa.
Sara miró por unos segundos el largo
corredor oscuro pensando velozmente si debía seguir al tipo. Si aún
hubiera estado en su casa podría haber confiado al pequeño a su
hermana y aunque Laura era como su familia no podía arriesgarse a
dejarla expuesta con esa carga.
Esperó que Rexford saliera y ella no
perdió ni un solo minuto en subir a despertar a
Laura.
Después de recorrer varias tabernas,
Yaron encontró a Simón sumido en una partida de
cartas.
Reconoció a la mayoría de los hombres
que antes habían sido la tripulación del diábolo y que ahora
esperaban que la nueva goleta estuviera lista para
partir.
Escuchó las felicitaciones de sus
hombres entre alguna palmada en la espalda que
otra.
-¿Cómo se te ocurre venir el día
después de tu boda? – preguntó el tabernero entregándole una jarra
de espumosa cerveza. – No es posible que te hayas cansado tan
pronto de tu esposa.
Algunos hombres, incluido Alex rio por
la broma.
-He decidido dejarla descansar –
contestó guiñándole un ojo.
El local estaba lleno de voces y de
humo. En el fondo alguien cantaba tomando tragos de una botella de
ron y varios compañeros le vitoreaban entre
risas.
-¿no será que la señorita Sara
te ha echado de casa tan pronto? – preguntó
otro.
-Ese sería el menor de mis
problemas. Ahora necesito tener una conversación con Simón, de modo
que os lo voy a robar.
-¡No haga eso, jefe! ¡No puede
llevarse nuestras ganancias sin más!
Yaron se fijó en la mesa. Las apuestas
parecían ser bastantes elevadas y junto a Simón había una montaña
de billetes y un reloj de brillantes que algún incauto se habría
jugado.
Simón recogió todo con ambas manos y
se lo metió en los bolsillos como pudo.
-Prometo daros la revancha –
dijo el hombretón bebiéndose su cerveza de un solo
golpe.
-Si necesitas ayuda, Gita…
Yaron, no dudes en informarnos – comentó uno de los hombres
escupiendo en el suelo – Nos invade el
aburrimiento.
-No será por mucho tiempo, pero
ya que lo dices necesito que averigüéis sobre un tal
Fielding,
El tabernero que pasaba un trapo sucio
sobre el encharcado mostrador levantó la cabeza y lo miró
pensativo.
-Hace tiempo ese señor vino aquí
buscando un empleo en cualquier nave. Lo recomendé para los hombres
de Ford, no tenía mucha pinta de ser marinero. Tu flota fue la
primera en la que pensé pero no había ninguno de tus barcos en
Londres. Creo que al final consiguió trabajo junto al capitán Bells
del Águila Blanca, eso antes de que el Diábolo lo mandara al fondo
del océano.
Alex escuchaba sorprendido con los
ojos abiertos como platos. Aquí había una trama mucho más
importante de lo que se imaginaba.
¿Fielding de marinero en el Águila
Blanca? Debía ser imposible, no podía imaginarse a ese hombre a
bordo de ningún barco y menos en uno donde se había practicado la
trata de blancos, aunque si de veras se dedicaba a la falsificación
de joyas ya nada debía extrañarlo.
-Necesito que tú y tú – señaló
al hombre que había escupido y a su compañero de borrachera –
viajéis a Birmingham y me traigáis todo lo que averigüéis sobre
él.
-Yo estaré al pendiente por si
regresa por aquí – el tabernero lanzó el trapo sobre un barril de
madera – Intentaré sacar algo a los hombres de la Ford, creo que
arribaron puerto hace unos días.
Alex asintió y depositó unas monedas
sobre el mostrador:
-Invita a esta gente de mi parte
y consígueme una mesa limpia.
Al poco tiempo Simón y él ingresaron
en un apartado privado donde pudieron charlar sin ser
molestados.
-Por supuesto que me convertiré
en la sombra de tu esposa – accedió el hombretón tamborileando los
dedos sobre la mesa – Quien más reparos va a poner será la criadita
esa, Laura. No soporta verme cerca de ella.
-Ten paciencia entonces – Alex
miró la hora. El tiempo pasaba volando y deseaba regresar a casa y
comprobar que todo se hallara en orden. –No la hagas enfadar
mucho si no quieres que Sara te salte a la
yugular.
Simón soltó una carcajada divertida,
de Sara Yaron se podía esperar cualquier
cosa.
-No creo que deba hacer esto –
gimió Laura sujetando el candelabro en alto mientras Sara penetraba
en la oscura habitación de Rexford, de vez en cuando miraba al
vestíbulo con preocupación - ¿Y si no se ha ido más que a tomar un
poco de aire? –insistió la doncella con voz
nerviosa.
-Tu vigila bien – la voz de Sara
llegó en un susurró apagado. La muchacha recorrió la cámara con la
vista. Si se daba prisa nadie debía enterarse de que por fin había
decidido hacer algo respecto al mayordomo. Lo que sentía hacía ese
hombre era una corazonada tan fuerte que no podía
desestimar.
Abrió los cajones de la mesilla
sin hallar nada que pudiera llamar su atención, varios pañuelos y
una pequeña caja que contenía unos anillos. Después de estudiar
varias piezas pasó a registrar la cómoda. Las prendas se hallaban
bien dobladas y todas en perfecto orden, solo ocupaban un cajón del
mueble y el resto se hallaban completamente vacío. Desde luego ese
hombre o era pobre o apenas poseía nada. Bueno, quizá si iba
vendiendo anillo por anillo llegaría a
subsistir.
Sara intentó no tocar nada y dejarlo
como estaba, realmente no sabía si quiera lo que estaba buscando.
Alguna pertenencia personal, cartas que indicaran quienes eran sus
familiares o si tuviera alguna novia secreta. Yaron le había
contratado a si es que él debía conocer los antecedentes de
Rexford. Pero ¿y si fueran falsos?
“Basta Sara – se dijo – solo me cae
mal, pero no es un asesino o algo así, eso
espero”
El dormitorio era frio y bastante
impersonal como si el hombre solo lo utilizara para dormir. Ni un
libro, ni un vaso de agua.
-Me ha parecido oír pasos – dijo
Laura de repente.
Sara se quedó quieta observando la luz
de la vela que temblaba en sus manos. Sin respirar y con el corazón
latiendo a mil por hora trató de percibir algún
sonido.
-Yo no escucho ruidos – dijo
después de un rato. Revisó el armario ropero y al no encontrar nada
anduvo hacia la salida, a mitad de camino se giró hacía la cama y
tras agacharse acercó la luz.
Tanteó con la mano en la
oscuridad.
-He encontrado algo – susurró
jubilosa. Dejó su propia vela en el suelo y con cuidado sacó una
caja alargada.
-Dese prisa por
favor.
Sara levantó la tapa con cuidado y se
encontró con un fajo de documentos. Facturas de ropa y accesorios,
papeles ilegibles y llenos de borrones. Desdobló un rollo parecido
a un pergamino, era el plano de alguna casa. Con miedo lo
volvió a colocar en su sitio y su mano rozó un pequeño papel en el
que pudo leer: 22 de diciembre. Recoger pasaje a Nueva
Orleans.
“¿se marcha? – dudó metiendo la
caja otra vez bajo la cama”.
-¡Oigo algo! ¡Oigo algo! – Laura
apagó su candelabro con rapidez y corrió hacía la habitación de
Kendal, Sara escuchó sus pasos ascendiendo hacía el piso de
arriba.
Un extraño crujido la alertó y sopló
la llama de su propia vela cuando creyó ver la sombra de dos largas
figuras.
Se pegó contra la pared rezando para
Rexford no se dirigiera allí primero. La oscuridad se volvió
absoluta y Sara caminó muy despacio hacía donde recordaba haber
visto el armario ropero. Su corazón estaba a punto de estallar y
tuvo que ahogar un grito cuando escuchó muy cerca de ella un golpe
seco y unas pisadas. Tomó aliento, quien quiera que estuviera en la
casa caminaba en silencio y sin iluminarse. Rexford hubiera
encendido alguna vela ¿no? Algo la indicó que el intruso estaba
ante ella, podía escucharle respirar.
Armándose de un valor adquirido con el
terror que la acongojaba y que recorría cada poro de su piel. Se
lanzó hacía su agresor con las manos por delante empujando con
fuerza. Su único pensamiento era llegar a la
puerta.
El intruso debió de caer porque Sara
se vio libre para correr, cayó sobre la alfombra cuando su tobillo
fue apresado por una mano firme. No se estuvo quieta, trató de huir
así tuviera que llevarse a quien fuera a rastras. Gritó todo lo que
daban sus pulmones mientras pateaba la cabeza del apresor, este
debió cambiar de táctica porque enseguida se echó sobre ella
inmovilizando sus piernas.
La joven se aferró con fuerza a los
cabellos tratando de apartarle de su cuerpo que la estaba
aplastando.
Alguien encendió un candelabro. No
podía ser la persona que aún tenía Sara encima, por lo que dedujo
que Rexford estaría acompañado. La joven rodó sobre la alfombra
cuando la soltaron y corrió hacía la chimenea tomando el atizador y
preparándose para golpear al primero que se acercara. Anonadada
observó a Yaron despatarrado sobre el piso y mirándola como un loco
energúmeno a punto de acabar con ella, claro, eso hasta que
descubrió quien era la persona que había encontrado
fisgoneando en una habitación que no era la
suya.
-¡Alex! – Exclamó dejando caer
el atizador - ¿te has vuelto loco? ¿Sabes el susto que me has dado?
– se llevó la mano al corazón como para verificar sus palabras.
–Pensé que era alguien…
-¿Por ejemplo Rexford? –
preguntó él frunciendo el ceño y sacudiéndose el pantalón después
de incorporarse. -¿Qué estás haciendo aquí? – en un abrir y
cerrar de ojos la atrapó la muñeca y la sacó de la habitación.
Simón ya había abierto el camino hacía el
despacho.
-¿y vosotros que hacías? ¿Por
qué habéis entrado a oscuras en la casa? – le apuntó ella
alterada.
Alex sirvió unas copas de brandy y le
acercó una a ella.
-Te va a
relajar.
Sara la vacío de inmediato y no vio la
divertida sonrisa de su esposo al darse
cuenta.
-Acabábamos de llegar pero nos
pareció ver a alguien a través de la ventana. La actitud era
bastante sospechosa por lo que pensamos que estábamos siendo
asaltados. – explicó Simón sentándose en un elegante sillón
con las piernas abiertas. Su postura era ligeramente inclinada por
lo que todos sus colgantes parecían quedar suspendidos en el
aire.
-Pero más sospechoso fue el
momento en que apagaste la vela que nos confirmaste que eras un…
una ladrona preciosa – miró a Simón – Ya sabes donde puedes dormir.
– Miró a Sara – se va alojar aquí una
temporada.
-¡Claro que sí, Simón, puedes
quedarte el tiempo que tú quieras!
-¿Y ahora mi querida Sara, te
importaría contarme lo que hacías en la habitación del
mayordomo?
Sara se paseó nerviosa ante los
hombres. ¿Qué podría explicar? ¿Qué el hombre no le caía bien y
había ido a cotillear entre sus cosas? ¡Menuda tontería! ¿Quién se
iba a creer eso? Lo peor de todo es que era
verdad.
29
El vehículo se detuvo ante una casa de
líneas rectas, la fachada se encontraba descuidada y si bien antes
era blanca ahora lucia gris.
El hombre elevó la mirada hacía las
ventanas superiores observando que una de las habitaciones se
hallaba iluminada. Tan solo se había retrasado un poco y los demás
ya debían estar reunidos.
Golpeó dos veces en la puerta y
enseguida alguien corrió a recibirle.
Rexford entregó su abrigo junto los
guantes y el sombrero y sin esperar subió hacía la
biblioteca.
-¡Rex, por fin! – el coronel
Fielding no se levantó de su silla. –Ya pensamos que no
vendrías.
-Yaron salió y pude escaparme
antes, no me echaran de menos en toda la noche – contestó
acercándose a la dama que estaba junto a una estantería con un
pequeño libro en las manos – es un placer volver a verla señora
Bells – besó la mano que ella le entregaba y seguidamente saludó al
esposo de esta. – Señor Bells.
-Venga, vamos a tomar asiento –
sugirió Fielding – no tenemos toda la noche. Rexford ¿pudiste
evaluar las joyas de esa perra de Ham…
Yaron?
- Posee alguna, todas son más
bien sencillas. Desde luego la mujer no parece tener predilección
por estas piezas. Por lo visto el tema del vestuario y los adornos
no deben ser su fuerte. La doncella es quien se encarga de
asesorarla en estas cosas.
-La maldita escocesa ni siquiera
tiene gusto para estas cosas – replicó el señor Bells sirviéndose
el tercer vaso de Whisky.
-Pues no dicen lo mismo de la
hermana que se va a casar con un conde – intercaló la dama
frunciendo los labios.
Rexford asintió. Miró al Coronel
Fielding que parecía repasar algún documento, le conocía desde
hacía varios años, de hecho había sido su mayordomo hasta que
ingresó en la propiedad de Yaron, sin embargo trabajar como
informador desde el mismo centro de la casa le reportaba muchísimas
más ganancias.
-¿has oído algo nuevo, Rex? –
preguntó Fielding sin levantar la vista.
-Nada en absoluto, los planes
marchan según lo indicado.
-¿Has podido acceder al estudio
de Yaron? – insistió levantando por fin la
mirada.
-Si pero la criada me
interrumpió y debí abandonar…
-¿abandonar? – Repitió Bells
casi en un grito – Allí tiene que haber algo que demuestre que
Yaron y el Gitano son la misma persona. ¿Has buscado algún
documento sellado por la corona inglesa? – Bells agitó su copa y la
mitad de licor cayó sobre el piso – Ese hombre es un corsario que
actúa con total libertad por orden de la corona. Debe haber algo
que involucre a Yaron con el Rey de Inglaterra. Debemos conseguir
colgar a uno y hacer que abdique el otro.
-Ese hombre no es tonto y no va
a tener esas cosas a la vista, querido. Si atraparan al Gitano
deberíamos demostrar nuestras palabras si no queremos ser nosotros
mismos lo que acabemos en New Gate. ¿Cómo haremos para que su
majestad admita que ha estado pagando a un pirata para que defienda
las costas americanas de nuestra propia gente? En vez de provocar
una guerra entre dos países, solo conseguiremos que tanto América
como Inglaterra quieran acabar con
nosotros.
Bells observó a su esposa conforme con
sus palabras.
-Coronel, si mi esposa y yo nos
unimos a su causa solo es para ver a la persona que acabó con la
vida de mi hermano muerto.
-¿creen que no lo sé? Ese es el
motivo de que estéis a favor de mi causa. Ambos queremos al Gitano
muerto por diferentes razones, ustedes por venganza, yo porque si
él desaparece conseguiré por fin crear la discordia entre los dos
países e iniciaremos una nueva guerra. Con toda la confusión me
embolsaré una fortuna y mientras ambos países están en enemistad yo
me marcharé a Europa y me instalaré allí.
-Tienen una caja fuerte – dijo
Rexford – pero debemos esperar a la fecha acordada.- sacó un
pequeño envoltorio del bolsillo de su chaleco y lo puso sobre la
mesa. Al abrirlo descubrió unos gemelos de oro con un diamante del
tamaño de un piñón.
Fielding los cogió entre sus dedos y
sonrió feliz. Los guardó en una pequeña caja dentro del cajón
superior del escritorio y sacó la falsificación
idéntica.
-Con esto tendré para fraguar
los gastos de la nueva tripulación. Espero que esta vez no sean tan
ineptos y se dejen apresar de nuevo. Cuento contigo Rexford ¿has
pensado como entrarás en la plantación? Si los documentos no están
aquí los debe tener a buen recaudo en
Virginia.
-No sé preocupe señor, lo
conseguiré y luego prenderé fuego a la propiedad. Le traeré
esos papeles en persona.
Fielding asintió aunque no muy
convencido. Si bien Rexford era un hombre muy leal no le veía con
la capacidad suficiente para cumplir con su objetivo. No le quedaba
más remedio que cruzar los dedos y confiar en el
hombre.
-¿y sobre el niño? – Quiso saber
la dama devolviendo el libro a su sitio - ¿Cuándo nos lo
entregaras?
- En la fecha acordada, desde
luego. Piensan dejarle en casa junto a la doncella en la
celebración. – respondió.
-¿y si no es así? – Bells dejó
el vaso sobre el escritorio.
-Tengo los planos de la
residencia Hamilton, si deciden llevarse al niño con ellos será
fácil sacarlo de la casa. Habrá mucha gente en esa cena. Laura, la
doncella, no es ningún problema. Y Sara tendrá que separarse en
algún momento de ellos para felicitar a su
hermana.
-¡Pero yo quiero que esa zorra
sufra! ¡Mi hermano murió por su culpa! – rugió Bells con
desconfianza.
-¿no te parece demasiado
sufrimiento no volver a ver al pequeño nunca más y que su marido
acabe ahorcado? – preguntó la mujer con una sonrisa maliciosa.
Estaba deseando apoderarse de la criatura, ella se encargaría de
hacerlo pasar por su propio hijo allí donde se iban
alojar.
-Nos queda menos de una semana
para llevar los planes acabo. – Aseveró Fielding levantándose
de su silla - ¿Rex, has contado con ese hombre… Simón? Ese hombre
es totalmente leal a Yaron.
-De momento se mantiene alejado
– Rexford se encogió de hombros. – Cuando se quieran dar cuenta de
lo que está pasando será demasiado tarde.
Lo tenían todo más que pensado. Con la
desaparición del crio tendrían a todo el mundo buscándolo. Ni
siquiera Yaron podría imaginar que su plantación estaría siendo
saqueada mientras él desesperara buscando a su
heredero.
-Va a ser una lástima no estar
aquí para cuando apresen al Gitano. En la corte se armará un
revuelo enorme cuando descubran que el mismo Rey está involucrado
en todo esto.
-Su majestad lo negará todo –
les avisó la mujer – y Yaron jamás se atrevería a revelar la
verdad. Los defenderá a muerte.
-¿tú crees? – Preguntó su esposo
con una sonrisa fría – Estoy seguro que si le dieran a elegir entre
seguir con su familia o revelar la verdad…
-¡No le conoces! Ese hombre
jamás delataría a la corona. Le tendremos entre la espada y la
pared en menos que canta un gallo. Pero no debemos olvidarnos de su
esposa – Fielding se acercó al mueble de los licores y después de
rebuscar durante unos segundos sacó un pequeño frasquito que
entregó a Rexford.
- Es Arsénico diluido con
botulinum, el sistema nervioso falla y se muere entre dolores
extremos. Si se tiene la más mínima duda de que el plan pueda
fallar o esa perra cambia de idea sobre algún aspecto se lo
administras.
Bells sonrió encantado y cruzo una
alegre mirada con su esposa.
-Eso me gusta más – afirmó el
hombre.
-Sí, pero asegúrese de sacar
primero al niño – La mujer caminó hasta la ventana y clavó sus ojos
en la oscuridad - No saben lo importante que es para mí tener
al pequeño. Lo criaré como si fuera su propia madre y jamás le
contaremos quien fueron sus padres. – Se volvió hacia su marido con
una amplia sonrisa - ¿no te parece fabuloso? ¡Por fin tendremos el
hijo que siempre deseamos!
-Ya falta poco, querida. Pero te
aconsejo que no sigas comprando más cosas a la criatura hasta que
no le tengamos con nosotros. No debemos hacer que nadie
sospeche.
-Ahora están muy ocupados con la
nueva ceremonia – dijo Rexford poniéndose en pie y guardándose la
redoma juntó a la imitación de los gemelos.
-Sera mejor que se marchen ya –
El coronel los guió hasta la puerta principal donde entregaron a
los visitantes sus ropas de abrigo – Nos reuniremos aquí la noche
anterior. Rexford espera que tenga el pasaje
listo.
-Mañana mismo iré a recogerlo.
Pediré un par de horas para acercarme al
puerto.
-Bien, entonces que pasen buena
noche – se despidió Fielding.
-Se me van hacer los días
interminables – suspiró la señora Bells tomándose del brazo de su
esposo.
-Tranquila querida. Todo saldrá
bien. – la palmeó en la mano con afecto.
30
El día había amanecido frio y el
cielo, aunque despejado, lucía un tono gris perla. Desde el
exterior llegaban los cotidianos ruidos de la calle, las ruedas de
los vehículos cruzando los suelos empedrados, los gritos del
vendedor de periódicos, los cristales de las botellas de leche que
el repartidor dejaba junto a las rejas.
Yaron se detuvo ante la puerta del
dormitorio de Kendal y observó con una sonrisa las payasadas que
hacía Sara sobre la alfombra, intentando que el niño diera sus
primeros pasos a gatas. En algunos momentos las faldas se subían
más de lo debido y las largas piernas torneadas asomaban entre los
metros de tela.
Laura se hallaba sentada sobre un
diminuto sofá y leía con interés una revista de
moda.
Cuando Sara levantó la cabeza Alex se
acercó hasta ella y después de tenderla una mano la ayudó a
levantarse.
Kendal al ver que su madre no estaba a
su misma altura, la miró con sus ojos claros y alzó las manos para
que él también fuera incorporado.
-¡Es un poco vago! ¿Sabías que
se arrastra con el trasero? – Le dijo Sara apartando la vista de
Kendal - ¿Qué llevas ahí?
Yaron agitó una hoja de papel que
tenía entre las manos y ladeó la cabeza observándola
enamorado.
-Te doy las referencias de
Rexford a cambio de un beso – se colocó el papel tras la espalda.
Aun, cuando recordaba el asalto de la noche anterior sonreía para
sus adentros. Sara no lo sabía pero había estado a punto de
romperle la cabeza con tanta patada. Su esposa era toda una
fiera.
Sara intentó cogerlo y él lo elevó
sobre su cabeza, soltó una carcajada cuando la muchacha saltó junto
a él tratando de arrebatárselo. Con la mano libre la enlazó la
cintura y la sintió rendirse contra su pecho antes de besarla en
los labios.
Kendal gritó enfadado entre las
piernas de sus padres y por fin Alex la entregó el documento para
recoger al niño entre sus brazos.
Sara echó un rápido vistazo al
historial y miró a su esposo desconcertada.
-No dice nada, solo donde nació
y en las casas que ha estado trabajando. ¿Lo has verificado,
Yaron?
El hombre negó con la cabeza y después
de besar al niño en su redondeada cabeza lo entregó a Laura que ya
había apartado la revista a un lado.
- Creo que te preocupas por el hombre
absurdamente – se encogió de hombros – Si quieres le despido hoy
mismo y nos quitamos un problema de encima.
Sara se mordió el labio inferior
pensativa y sus ojos dorados brillaron
dudosos.
-Tienes razón. Estoy tan
nerviosa con lo de ese matrimonio de la tienda y con la próxima
celebración de Erika que veo fantasmas donde no los
hay.
-Por cierto, tu hermana envió la
invitación de la cena.
-¡Ah, sí! El jueves
¿no?
-Me parece que sí. El día
veintidós.
Sara frunció el ceño sorprendida ¡Qué
casualidad, el mismo día que Rexford tenía apuntado en el trozo de
papel!
-Lamento molestar – carraspeó el
mayordomo que había aparecido ante la puerta como una repentina
aparición– necesitaría un par de horas para arreglar unos asuntos
¿habría algún problema?
-Por mí no – contestó Yaron
mirando a Sara, esta se encogió de hombros.
-Creo que el cocinero necesitaba
cosas ¿podrías pedirle la lista y te llevas el coche? De momento no
vamos a utilizarlo – le ofreció Sara con una dulce sonrisa
escondiendo sus referencias tras las abultadas faldas
violetas.
-Por supuesto – el mayordomo
hizo una pequeña reverencia y salió de
allí.
-¿no te fías de él y aun así le
dejas que se lleve el único vehículo que tenemos? – Preguntó Alex
observándola fijamente -¿Qué te traes entre
manos?
-Nada – ella agitó sus cabellos
platinos que caían revueltos sobre su espalda, desde que despertara
aquella mañana se había dedicado a bañar a Kendal y jugar con él
sin haberse preocupado de que Laura la peinara en condiciones, unas
pasadas rápidas con el cepillo era el único peinado que
llevaba.
Alex la rodeó el talle con ambas manos
y la aplastó contra su pecho nuevamente, le gustaba sentirla cerca,
escuchar su respiración, oler su perfume. No deseaba apartarse de
ella desde que la había vuelto a encontrar. Ahora valoraba muchas
cosas que ni siquiera sabía que existía, despertar junto a ella
cada mañana, observar su hermoso rostro mientras dormía, acariciar
su cuerpo.
-Tengo que reunirme con Andrew –
Alex la soltó de la cintura pero la agarró de una mano y tiró de
ella hacía al corredor. Ambos bajaron las escaleras contándose los
planes que tenían para aquel día. Tomaron un ligero tentempié en el
comedor y se despidieron hasta la hora del
almuerzo.
Sara revoloteó sus faldas cuando
partió presurosa al dormitorio de Rexford. Simón aún no se había
levantado y el cocinero se hallaba trabajando en sus dependencias.
Laura era la única que podía molestarla o asustarla en caso de que
la pillara in fragante.
Le había prometido a Yaron no volver a
registrar las habitaciones de ningún criado, pero debía cerciorarse
si realmente en aquel papel ponía veintidós de diciembre, porque si
era así y el hombre pensaba embarcarse a Nueva Orleans debía de
haberlos avisado puesto que tendrían que buscar otro mayordomo. Eso
sí que era sospechoso.
El cuarto se hallaba iluminado con la
luz del día que penetraba a través del cristal y las cortinas
descorridas. Sin pensarlo dos veces fue directamente hacía la caja
que escondía bajo la cama y después de cogerla se encerró en el
despacho de Alex.
Descubrió sobre el escritorio los
gemelos de su esposo que los había debido de dejar en un descuido.
La muchacha observó las piezas con una sonrisa en los labios,
recordando que eran los mismos gemelos que llevara en su boda. Los
guardó en uno de los bolsillos de su falda para cuando subiera al
dormitorio meterlos en su joyero y que no se
perdieran.
Abrió la caja con manos temblorosas y
buscó el pequeño papel entre los documentos sin hallarlo, en su
lugar había un pequeño frasquito que la noche anterior había debido
pasar por alto. Quizá perfume…
Con la uña abrió la redoma y metió la
nariz, aquel olor era extraño y fuerte, su aroma era más bien
acido, como el cloroformo que utilizaban en las
enfermerías.
Lo apartó en una esquina de la mesa y
tomó el rollo que contenía los planos. A lo mejor Rexford soñaba
con hacerse su propia casa. Extendió el papel sobre la base del
escritorio pero fue incapaz de sacar ninguna conclusión. Al cabo de
un rato escuchó el reloj del vestíbulo y comenzó a guardar todo en
el interior de la caja. Cogió uno de los vasos de licor que Yaron
tenía en un aparador y vació el contenido del frasco. ¿Y si era una
medicina que Rexford se estaba tomando y al no hacerlo se moría?
Dudó en si volver a rellenarlo o no. ¡No estaba bien lo que estaba
haciendo! Yaron podría enfadarse con ella y con razón. Volvió a
echar ese líquido en el mismo frasco y lo guardó de nuevo en la
caja. Corrió al dormitorio del mayordomo, dejo el embalaje en su
sitio y tarareando caminó en dirección al salón. A medio camino se
dio cuenta que había dejado el vaso sobre el escritorio de Alex y
volvió a recogerlo para llevarlo ella misma a la
cocina.
-¿necesita algo señora? – la
preguntó el hombre que trabajaba allí y que lucía un alto sombrero
blanco de uniforme.
- No gracias, solo venía a dejar
esto – estaba a punto de poner el vaso sobre la encimera cuando
escuchó un fuerte golpe proveniente del piso de arriba, se asustó y
la pieza de cristal rodó hasta hacerse añicos contra el
suelo.
-¿Qué ha sido eso? – Sara
apresuró el paso hasta el vestíbulo y el cocinero la siguió armado
con una escoba.
Laura desde lo alto de la escalera los
miró nerviosa.
-Lo siento, quise sacudir la
alfombra de Kendal y sin querer tiré la
trona.
-Pero todo está bien ¿no? –
Preguntó la joven - ¿Kendal?
- juega con una pelota. Está
bien.
El cocinero regresó a la
cocina.
-¡Señora! ¡Señora! – Sara
escuchó los gritos del hombre y corrió hacía allí. Desde luego esa
mañana
no iba a ganar para tanto
sobresalto.
En el suelo de la cocina, un pequeño
minino se retorcía de dolor entre extraños
espasmos.
-¿de quién es ese gato? – se la
ocurrió preguntar con los ojos abiertos como platos. No la gustaba
nada que los animales camparan a sus anchas por su casa. Era bien
sabido que si los animales no se cuidaban como merecían podían
trasmitir muchas enfermedades, y ahora que Kendal se llevaba todo a
la boca era una fuente constante de
preocupación.
Tanto Sara como el cocinero fueron
incapaces de apartar la vista del animal que maullaba con rabia
pero que era incapaz de moverse. En cuestión de segundos el minino
dejo de respirar.
-Era mío – respondió el cocinero
con pesar agachándose a coger el animal -¿Qué tenía en el vaso que
me lo ha matado?
-¿Qué yo lo he…? – Ella negó con
la cabeza y se cruzó de brazos con enojo – en primer lugar no tiene
por qué haber un gato en mi cocina. – contestó ofendida. – De hecho
si quiere seguir trabajando aquí le prohíbo terminantemente que
tenga animales en casa. ¿No se da cuenta que este sitio es muy
pequeño para tenerlos aquí? Además estaba enfermo – le señaló con
el dedo y al hacerlo reparó en el vidrio
roto.
Su corazón latió violentamente y se
apoyó contra una de las mesas.
-No estaba enfermo – respondió
el cocinero terminando de coger al animal para llevarlo al patio de
la cocina. Sara salió tras él para asegurarse que no lo enterraba
en el jardín – Era lo que había en el vaso. –insistió el
hombre.
Sara comenzó a morderse las uñas,
hacía mucho tiempo que no hacía algo así, pero descubrir que el
frasco que Rexford guardaba era alguna clase de veneno la dejó
paralizada. ¿Por qué ese hombre tenía algo tan peligroso
escondido?
¡Por supuesto que hablaría con él en
cuanto llegara y no la importaba admitir que había registrado sus
cosas! Rexford tendría muchas cosas que
explicar.
Decididamente no la gustaba el hombre
y no le daría ni una oportunidad. Ninguna.
31
La puerta principal se abrió de golpe
dejando pasar una fuerte ráfaga de aire, arrastrando pequeños copos
de nieve que sobrevolaron durante un rato el
vestíbulo.
Sara regresaba del patio de la cocina
con rostro serio y los dorados ojos brillando furiosos. Creía que
Rexford había llegado y pensaba ponerlo de patitas en la calle en
ese mismo momento, sin embargo se topó con la entrada de Yaron que
sacudía la nieve de sus anchos hombros.
-¡Que pronto has llegado! – dijo
Sara acercándose – pero mejor, porque tengo que hablar contigo
aunque te enfades.
Alex asintió y recorrió con la mirada
la amplia galería, luego poso la vista sobre
ella.
-¿ya te has dado cuenta? –
preguntó él despojándose el largo abrigo para dejarlo en una alto
perchero de pie.
-¿de
qué?
-Vamos al estudio preciosa, lo
que tengo que decirte no te va a gustar ni un poquito – alzó la
cabeza - ¿Dónde está Rexford?
-No ha llegado aún, pensé que
eras tú. Es bastante importante lo que tengo que
decirte.
-Lo mío también – contestó él
abriéndose paso hasta el estudio. La dejo pasar a ella primero y
una vez a solas cerró la puerta. – No me di cuenta hasta que llegué
a casa de Andrew – Apoyó las caderas en el escritorio y la observó
cruzando los brazos.
Sara dedujo que algo grave habría
pasado, no había visto nunca tanta preocupación en los amados ojos
turquesas.
-Me tienes en ascuas Yaron. ¿Qué
ha pasado?
-Sobre las credenciales de
Rexford… No sé si habrá mentido como tú dices, pero lo que no me di
cuenta fue su lugar de nacimiento. El hombre es de
Birmingham.
Sara abrió los ojos aunque no estaba
del todo sorprendida. Con un puño se golpeó la palma de la otra
mano con satisfacción.
-¿trabaja para el coronel? – le
preguntó animada por aquel descubrimiento – Ya decía yo que había
algo extraño en él. ¿Le contrataste tú?
-No – negó con la cabeza –
Castor se encargó de todo. Por lo visto el hombre vino sabiendo que
necesitábamos mayordomo y lo contrató por ser el primero que
apareció, Andrew estaba con él y le dio el visto
bueno.
Sara se sentó en una silla con los
ojos clavados en su esposo.
-He vuelto a entrar en su
dormitorio – comentó,vio como Yaron tensaba la mandíbula y se
apresuró a explicarle sus razones. – Rexford tiene que recoger un
pasaje para Nueva Orleans, si no lo está consiguiendo en este
momento. – agitó la mano como si eso fuera lo que menos
importara – En un papel tenía apuntado una fecha y esta mañana
quería confirmar si realmente había escrito el día veintidós pero
no halle lo que buscaba, ha debido de quitarlo pero en su lugar
encontré un frasco – le relató la extraña muerte del gato del
cocinero – creo que es veneno.
Alex se enderezó y caminó hasta la
ventana. En el exterior había comenzado a nevar con fuerza y las
calles de Londres empezaban a cubrirse de un manto blanco y espeso,
excepto por donde los peatones y los carruajes pasaban que se
estaban formando verdaderos lodazales.
-¿Dónde lo
guarda?
-Debajo de la cama en una caja.
Despídelo Yaron. No me gusta que ese hombre esté cerca de nosotros.
No sé si realmente tendrá algo que ver con el coronel o es pura
coincidencia pero estoy empezando a tener miedo de
verdad.
- Sara – empezó el hombre
frotándose las manos. Arrastró otra silla hasta ponerla frente a
ella y se sentó con las piernas abiertas y las manos apoyadas en
sus muslos. Clavó su vista en ella con seriedad – Nunca he sido un
pirata como tú crees, por lo menos no un pirata que va asaltando
barcos a diestro y siniestro. Estuve en la armada Británica
bastante tiempo. Cansado de esperar a que me dieran mí ascenso
presente mi renuncia. Solo quería capitanear mi propio barco y
formar una compañía con naves destinadas al comercio. Su Majestad
la reina no aceptó la renuncia y me propuso trabajar de incognito
para la corona. – hizo una pausa estudiando el rostro de su
esposa que lo escuchaba con atención, después de tanto tiempo por
fin iba a descubrir la verdad sobre él – Hasta la corte había
llegado el rumor de que algún notable Ingles con algunas
influencias quería sembrar la discordia entre América y este país.
Fui el encargado de detener esos ataques durante estos últimos años
mientras los hombres de Scotlan Yard averiguaban desde aquí quien
era el líder, cosa que aún no han hecho. La muerte del Gitano fue
pactada para mantener la imagen de la corona limpia, solo unas
pocas personas de la cámara de los lores conocen la
verdad.
-¿quieres decir que Inglaterra
te pagaba por hacer lo… que hacías? – se sorprendió y Alex asintió
aguardando su reacción. Sara no había esperado algo así pero sintió
un gran alivio al descubrir que su esposo no había actuado fuera de
la ilegalidad -¿podría ser el coronel ese hombre que busca la
Yard?
- En este momento apostaría que
sí, por eso no puedo despedir a Rexford aun. Necesito tenerlo cerca
para saber todos sus movimientos. Necesitamos tener pruebas y ese
hombre sin saberlo nos va a servir de
ayuda.
-Pero sería peligroso ¿no? ¿Y si
pensaba envenenarte?
-Si hiciera eso nunca podrían
descubrir el vínculo que me une a este país. – Negó con la cabeza y
sus ojos se dilataron por unas décimas de segundo – Necesito que
Kendal y tú salgáis de la casa, he hablado con mi
hermano…
-¡no quiero marcharme sin ti!
¡Por favor Yaron! Debe haber otra solución – rogó inclinándose
hacía él para tomarle las manos.
-Lo más importante para mi eres
tú Sara y el coronel lo sabe. No voy a permitir que te haga daño
solo para verme colgado. Serán solo unos días. Después de la boda
de tu hermana nos iremos a Virginia una temporada, pero ahora
quiero alejarte de todo esto.
De los ojos dorados descendieron dos
gruesos lagrimones y Yaron, con los dedos pulgares los retiró con
ternura.
-Podría ir con mi padre… -
Empezó a decir ella, Alex negó con una triste sonrisa – Es que creo
que si me separo de ti algo malo te va a ocurrir – rompió a llorar
y él la cogió en brazos para sentarla sobre sus piernas y
consolarla acariciando sus largos cabellos. –Prométeme… que todo…
va a salir bien. ¡Si te ocurriera algo…! – sollozó con más
fuerza.
Yaron la abrazó sintiéndola temblar
bajo sus brazos.
-Voy a estar bien preciosa, te
lo prometo. No pienso perderos a ninguno de los dos ¿de acuerdo?
Debes confiar en mí, Sara. Si tienen planeado algo para la fecha
que dices… - frunció el ceño - ¿es el día de la cena de Erika? –
ella asintió – Estaremos listos.
Ella, suspirando con fuerza se buscó
en el bolsillo de la falda el pañuelo que siempre llevaba encima.
Al hacerlo los gemelos de su esposo cayeron rodando por el suelo.
Se levantó a recogerlos y se los mostró con la palma abierta y el
rostro surcado por las lágrimas,
- Los
olvidaste.
Yaron los tomó para dejarlos sobre la
mesa pero se sorprendió ante el peso de las joyas. Se incorporó él
también para echarlas un vistazo.
-Son falsos. Rexford nos ha dado
el cambiazo – gruñó furioso deseando matar al hombre, matar al
coronel y matar a todo aquel que se atreviera hacer daño a su
familia.
Sara volvió a llorar con más fuerza al
tiempo que se sonaba la nariz ruidosamente.
Yaron salió del despacho pero regresó
enseguida con Simón a quien puso al corriente de
todo.
-Sara preparar vuestras cosas.
Laura se marchara contigo – ordenó Yaron con los ojos inyectados en
furia y su rostro tenso de manera peligrosa, abrió la caja fuerte y
sacó un montón de documentos, todos enrollados y con el sello de la
corona. – quiero que guardes esto contigo. No va a ocurrir nada,
pero si pasara… - La joven parpadeó para enfocar mejor su visión y
negó, sin embargo Yaron continuó – Mi hermano sabria que hacer con
esto. Todo esto te pertenece.
-¿y si solo sacáramos a Kendal?
Yo puedo quedarme contigo y podemos fingir que el bebé se
encuentra…
- Sara no – atajó él. – Haremos
correr el rumor de que Rouse está algo indispuesta y os alojareis
allí para ayudarla en lo que sea. Difícilmente nadie pueda entrar
en la casa. – la colocó las manos sobre los hombros – te prometo mi
amor que te tendré informada en todo
momento.
-El jefe tiene razón – dijo
Simón mirándola – posiblemente al sacaros de la casa el Coronel
sienta dudas y quiera hacer algo antes de darle tiempo a planear
nada.
Sara con nerviosismo se pasó las manos
por la cara. No estaba nada convencida con lo que Alex proponía, es
más estaba aterrorizada de saber que se quedaría solo ¿y si lo
envenenaban? ¿Y si lo asesinaban? Era consciente que si algo de
esto sucedía ella no podría seguir adelante, no querría seguir sin
él porque el dolor sería más fuerte que todo
eso.
-Sara no te preocupes – la
intentó animar su esposo rodeándola los hombros con un brazo – Me
he enfrentado a gente mucho peor que Rexford y El Coronel Fielding.
Estaré preparado para lo que surja. Por supuesto informare a los
hombres de Yard e infiltraremos en la fiesta de tu hermana algunos
hombres del Diábolo.
Ella miró a Simón
ansiosa:
-Prométeme que le vas a
cuidar.
-Siempre lo he hecho – dijo él
con una sonrisa – Un poco de acción no nos vendrá mal ¿verdad
Gitano?
Alex asintió
imperceptiblemente.
- De momento no debemos decir a
nadie donde vas, Sara. Yo prometo reunirme contigo siempre que
pueda.
La joven le abrazó con fuerza clavando
las uñas en sus anchos hombros. ¿No había querido tener una vida
que rompiera con la monotonía? Decididamente era mejor leer esas
historias en las novelas que sentirlas en sus propias
carnes.
Simón abandonó el despacho cuando
Yaron se apoderó de los labios de su mujer con una pasión que no
concordaba para nada con el peligro que les
acechaba.
Sin hablar, solo con besos y caricias
Sara se entregó a su esposo en el estudio. Le amó como si fuera el
último día de su vida y cuando Alex entró en ella, olvidó por un
momento que existía un mundo fuera de aquella habitación y a pesar
de llorar durante todo el acto de amor, y de demostrarle que él era
lo más importante en su vida, disfrutó con ansia del placer que la
regalaba.
32
Quedaba muy poco tiempo para Navidad y
varios comerciantes habían colocado enormes abetos adornados con
multitud de bolas de colores y lazos en plena acera. Las farolas
también lucían hermosas vestidas con las rojas flores de pascuas, e
incluso los carruajes portaban rosetas multicolores en sus partes
traseras. Tras los empañados cristales de los comercios las velas
danzaban al son de los canticos populares. El espíritu de la
Navidad invadía las frías y heladas calles de Londres que ese día
habían despertado cubiertas por una espesa capa de
nieve.
La tarde se había tornado agradable
con la presencia de Erika y su prometido el conde Wakefield, aunque
se habían retirado temprano. Sara hubiera deseado que se quedaran a
cenar, el conde era un bromista encantador y ella tuvo que admitir
que ahora que conocía a los ingleses no parecían tan sosos como
había imaginado, por lo menos algunos.
Sin embargo unas horas después,
Sara salió de Yaron House envuelta en su nueva capa color
berenjena, bajo ella llevaba un vestido rojo con un enorme volante
blanco en el cuello y otros más pequeños en los
puños.
Laura había recogido sus cabellos
plateados en un peinado que nunca pasaba de moda y varios mechones
escaparon en su carrera. La habían informado que Alex la esperaba
fuera con el propósito de llevarla a cenar a algún sitio elegante y
no quería que el hombre permaneciera en el exterior aguardándola
más tiempo de lo normal. Y sobre todo porque deseaba verlo, porque
aun sentía como su corazón palpitaba a mil por hora cuando los ojos
turquesas la miraban con adoración.
Se sentía como si estuviera viviendo
un amor secreto y aunque veía a Alex a menudo echaba mucho de menos
despertarse junto a él cada mañana, eso cuando dormía porque
últimamente había comenzado a sufrir de
insomnio.
Se abrazó a Yaron sin importar estar
en plena calle. Su esposo estaba muy elegante con un traje gris y
una capa del mismo tono.
-¿estas lista? – la preguntó
tomándola de la mano para acercársela a los labios. Su porte
gallardo y al mismo tiempo peligroso la fascinaba cada día más. Su
altura, la anchura de sus hombros, la forma en que inclinaba hacía
ella su cuello bajando la cabeza con lentitud para probar sus
labios. La manera tan cautivadora de mirarla, con esos ojos claros,
brillantes, cálidos y aun tiempo tan inhumanos, esa mirada que
contrastaba sobre la tez morena como dos gemas turquesas. Sara le
acarició la mejilla y pasó sus dedos por la oreja donde tiempo
atrás había lucido un arete. Algún día le pediría que se lo
pusiera, que la hiciera el amor…con él, con aquel chaleco
negro…
Yaron elevó las cejas esperando una
respuesta.
Ella asintió con ojos brillantes
alejando sus lascivos pensamientos en un rincón de su cabeza y dejó
que la guiara por la calle, la mano del hombre rodeaba su talle
para que no resbalara sobre el piso.
-¿Dónde me llevas? – le preguntó
con las mejillas enrojecidas por el frio.
-Ahora lo veras, es una sorpresa
– caminaron hasta la esquina de la calle donde el vehículo les
estaba esperando. Las ruedas estaban totalmente hundidas en la
nieve y fue un milagro que los caballos de tiro lo sacaran del
estacionamiento.
Sara y Alex compartieron el mismo
asiento, ocultos tras las cortinas se besaron y acariciaron como
dos jóvenes que acabaran de descubrir el amor. El tiempo era
crucial y ellos intentaban aprovechar cada segundo que podían
compartir.
El carruaje se detuvo y el cochero
abrió un pequeño compartimento para avisarlos que no podían
continuar.
Yaron se asomó a la ventana algo
desilusionado. A lo lejos podía ver los altos mástiles de su nueva
goleta que se recortaban bajo la luz de la luna “la
escocesa”.
-Andaremos un poco – la informó
saliendo al exterior. Sara le siguió y se vio cogida en vilo por la
cintura hasta posar los pies sobre el suelo, por un momento las
anchas faldas volaron por su cabeza.
-¿en el puerto? – le preguntó
extrañada mirando en derredor–No sabía que aquí hubiera
restaurantes elegantes. – dudó frunciendo el ceño con las palmas de
las manos abiertas sobre el pecho del
hombre.
-Y no los hay – contestó con una
sonrisa que implicaba que estaba cometiendo alguna
travesura.
-¿de qué se trata Yaron? –
preguntó dejándose llevar por la sucia calle que accedía al puerto.
Alguien había retirado bastante nieve con las palas y la habían
amontonado junto al borde de los edificios. De las tabernas salían
retazos de música así como griteríos y risas. Las prostitutas se
dejaban ver saliendo al exterior de vez en cuando, apenas abrigadas
y con ropas bastante provocativas.
El suelo era bastante peligroso, el
barro, el agua y el hielo lo hacían casi intransitable. Por no
contar que la gente de esos barrios lanzaba las aguas residuales
por las ventanas y el olor era
insoportable.
Se detuvieron ante una hermosa
embarcación de tamaño considerable y Yaron la señaló una hermosa
mujer tallada en madera con cuerpo de sirena. La figura tenía un
enorme lazo rojo sobre su pecho desnudo y parecía comandar el barco
con una sonrisa.
-Tu regalo de Navidad – susurró
abrazándola por la espalda para admirar con orgullo la nave – “la
escocesa”
Sara abrió la boca con sorpresa,
extasiada ante tal maravilla.
-¡Un barco! – exclamó
emocionada, sin aliento-¡No lo puedo creer! – se giró entre sus
brazos leyendo en sus ojos turquesas que aquello era cierto -¡Me
has regalado un barco! – repitió con un grito de alegría y con el
deseo repentino de ponerse a bailar sobre el suelo. - ¡Es mío! –
rio de pura dicha.
Yaron lanzó un potente silbido y
Castor apareció por un costado saludándolos desde lo alto, haciendo
señas para que subieran.
Sara se aferró con fuerza a la
pasarela para no resbalar mientras Alex la seguía de cerca, siempre
pendiente de que no cayera. Castor la tendió la mano una vez que
llegaron arriba y la muchacha le saludó con un abrazo lleno de
afecto.
-Bienvenida a “la escocesa” –
Castor sonrió con el mismo orgullo con el que lo hacía
Yaron.
Varias luces iluminaban la cubierta
haciendo que la goleta pareciera mágica. Había lazos dorados,
azules y rojos por todos lados, algunos ya estaban mojados y
embarrados pero bajo la tenue luz no se veían
mal.
-¡Es preciosa! ¡Es…!- no tenía
palabras para definir lo que sentía en aquel momento, jamás había
soñado con poseer una embarcación, ni siquiera se la había pasado
por la imaginación. Y ahora tenía una muy hermosa, parpadeó con
fuerza queriendo evitar que las lágrimas empañaran sus ojos sin
mucho éxito. ¡Yaron, su Yaron la había regalado una goleta! Volvió
a reír encantada y abrazó a su esposo con tanta fuerza que apunto
estuvieron los dos de caer.
Castor caminó hasta un banco de madera
que se hallaba contra una pared, debajo guardaban cuerdas y
aparejos. Sacó una botella de champán y se la entregó a Sara con
una sonrisa.
-Señora Yaron, sería tan amable
de hacer el honor.
Sara la tomó entre sus manos y con una
sonrisa nerviosa los miró expectante.
-Preciosa tienes que lanzarla. –
avisó Yaron después de esperar un rato.
-¿El qué? ¿La botella? – Alex
asintió con una carcajada y se colocó tras ella, la elevó la mano,
apretó su pecho contra la delgada espalda y apoyó su cara en
el hueco de su cuello, mejilla contra mejilla -¿hacia dónde
apuntamos? – le preguntó emocionada, sintiendo la calidez del
aliento de su esposo contra su piel - ¿y porque hacemos esto?
– notó como él se encogía de hombros y disimuladamente la apretaba
con las caderas sintiendo la dureza masculina contras sus nalgas a
pesar de las ropas. Las mejillas de Sara adquirieron un repentino
tono rosado más bien tirando a colorado.
- Una tradición, bautizar la
goleta – contestó Alex dejando escapar una risa suave,
seductora. Lanzaron el champán y la botella se hizo añicos en la
baranda de metal que se recortaba contra la negrura del
mar.
-Yo, Sara Yaron Hamilton te
bautizo como “la escocesa” – bromeó con voz fuerte y clara para que
pudieran escucharla los hombres que se hallaban apostados junto a
la bodega. Los había descubierto cuando Yaron miró hacia allí con
un guiño.
En cuestión de segundos los hombres
vitorearon con fuerza formando un gran alboroto sobre cubierta,
olvidados en ese momento que era de noche y que las
temperaturas posiblemente se encontraran a bajo cero. Entre vivas,
hurras, risas y aplausos Sara se cogió del brazo de su esposo y los
saludó de uno en uno.
Conocía a la mayoría de haberlos visto
en el diábolo. Hombres fieles que seguían al servicio de Yaron,
personas a la que la sociedad le habían mirado tan mal como Alex,
si saber que si no fuera por ellos Inglaterra y América hubieran
iniciado una nueva guerra hacía ya tiempo.
Castor y Yaron la mostraron el lugar a
conciencia aunque acortaron el paseo debido al frio que
hacía.
“La escocesa” tenía un amplio y
elegante comedor con las paredes forradas en papel beige y los
suelos cubiertos con moqueta burdeos. Del techo pendía una araña
que atrapaba todas las luces de los apliques formando un pequeño
arcoíris.
La mesa estaba perfectamente colocada
para dos personas y varias velas lucían en el centro del delicado
mantel de lino.
-Ahora os subirán la cena – dijo
Castor saliendo de allí.
-¡es maravilloso! – rio Sara
tratando de desatar los nudos de su capa. Tenía las manos tan frías
que Yaron tuvo que ayudarla. – No sé qué decirte, no lo esperaba.
¿No crees que es demasiado para un regalo de
Navidad?
Alex inclinó la cabeza y elevó las
cejas con gesto de sorpresa.
-¿tal vez esperabas alguna joya?
– la preguntó apartando la silla para que tomara asiento. Se
despojó su capa y dejo la prenda sobre la de Sara en una butaca de
madera con base de pana roja y sirvió dos copas de
vino.
-Si te soy sincera era eso lo
que esperaba. Pero prefiero esto – se apresuró a decir no fuera a
ser que Yaron cambiara de opinión.
El hombre rio divertido y la entregó
la pieza agachándose junto a ella para entrelazar los brazos y
beber con las copas cruzadas. No se apartó después de beber y sus
labios se rozaron con suavidad. Dejó la copa a tientas sobre la
mesa sin apartar los ojos de ella.
-Una joya para mi joya – la
susurró nervioso. Al incorporarse sus manos tenían un pequeño
estuche forrado es satén amarillo, lo abrió él ante la atónita
mirada de Sara. En el interior una hermosa gargantilla de
brillantes y unas gemas entre ámbar y doradas que Sara no había
visto nunca la dejaron boquiabierta.
-Calomelas – dijo Yaron
señalando las gemas – quería que fueran exactas al color miel de
tus ojos. – asintió satisfecho. - ¿me permites? – agitó la joya y
Sara sonrió girándose ligeramente e inclinando el cuello para que
lo abrochara sin dificultad.
Sintió un reguero de
cálidos besos tras las orejas y soltó un suspiro de
ensueño.
Se giró hacía su esposo para mostrarle
la gargantilla, él se hallaba con una pierna arrodillada sobre el
suelo mirándola con pasión.
Sara apoyó una delgada mano sobre el
ancho hombro y le sonrió con pena.
-No nos pasará nada ¿verdad
Yaron? – Su voz tembló - Será siempre igual para nosotros
¿verdad?
Le vio tragar con dificultad,
disimulaba fatal. Sara le besó para no obligarle a
mentir.
33
Sara se hallaba en medio de la cama
sumida en sus propios pensamientos. Había colocado un almohadón en
el centro del colchón donde apoyaba la cabeza, ajena a la ardiente
mirada del hombre que en ese momento ingresaba en el dormitorio con
una sonrisa lasciva. Estaba recostada de espaldas y una larga
pierna, marfil y deliciosamente torneada, subía por la delicada
columna del dosel mientras los dedos de sus pies jugaban con el
cordón que ataban las colgaduras. Los brazos estirados hacía
arriba, cubiertos a medias por el revuelto cabello que brillaba
como hebras de platas bajo la luz de las velas, se mecían
ligeramente al compás de una melodía que solo ella misma
conocía.
Tenía los ojos cerrados sin embargo
movía los labios entonando una canción
silenciosa.
La visión de su cuerpo cimbreante
contra las sabanas, solo cubierto por un finísimo corsé en tonos
cremas que mostraba la mitad de los senos, caía suelto sobre las
caderas y en ese momento dejaban toda la longitud de las piernas al
descubierto, lograban dejarle sin aliento y excitarlo sin
compasión.
Cuan bella y hermosa era Sara y que
poco parecía darse cuenta de que con una sola mirada lo había
esclavizado. Que distinta había sido su vida antes de conocerla,
tan fuerte, tan listo, siempre controlando las cosas, pendiente de
todo cuanto le rodeaba, liderando con seguridad y ahora, solo una
mirada de ella y sería capaz de poner el mundo a su
pies.
Algunos de sus amigos no le
reconocerían, se preguntarían donde había ido a parar aquel que
trazaba los planes sin omitir detalles, que se enfrentaba a los más
osados con el sable en la mano y una fría sonrisa por compañía. Hay
quienes incluso buscarían reírse, pero por raro que le pareciera,
no le importaba. Ya no era el mismo, aquel loco que no temía a la
muerte, el que era capaz de atravesar el mar sin decaer antes los
suaves cantos de las sirenas, el que había logrado penetrar hasta
las mismísimos calabozos de Palacio Real y Fortaleza de su Majestad
para rescatar a uno de los suyos. ¡Ya no le
importaba!
Se apoyó contra la puerta y con los
brazos cruzados sobre el pecho la observó fijamente. Ella había
elevado la otra pierna y las movía en forma de tijera, se estaba
impacientando sin embargo él se encontraba muy a gusto en aquel
preciso momento, sentía como la excitación viajaba por todas las
venas de su cuerpo.
Ella ladeó la cabeza y lo miró
con ojos burlones. Yaron sonrió pero no se movió, entonces Sara
giró de forma lenta sobre el colchón, sin apartar la vista de él.
Por un momento el escote del corsé apretó las carnes y se quedó
flojo, mostrando los senos que asomaban fuera de la
prenda.
Alex se pasó la lengua por los labios
y un sudor perlado cubrió ligeramente su frente, ella lo hacía a
propósito, sabia el estrago que estaba causando en su interior,
sobre todo en dicha parte del cuerpo que parecía tener vida propia
y que le pedía a gritos que se acercara, que le dejara hundirse y
liberarse de la tensión que aplastaba sus
riñones.
Los ojos de Sara brillaron sensuales
cuando se incorporó de rodillas sobre la cama y con una lentitud
abrumadora desató los finos cordones de la prenda que la
cubría.
Yaron guardó el aliento hasta que la
ropa cayó sobre la cama y los pechos turgentes salieron libres de
presión, liberados ante su atenta mirada. Vio como la rosada lengua
asomaba entre los labios, lamiendo y mordiéndose la piel con total
erotismo, como paseaba las manos por el vientre y la
cintura.
No pudo más. No quiso ser un
simple espectador, se acercó en dos rápidas zancadas y sus manos se
unieron a las de ella, acariciando donde ella lo hacía. Cuando
quiso alcanzarla un pecho la joven le detuvo tomándole de la
mano y una mirada apasionada llena de
promesas.
Yaron la cazó los labios en un solo
movimiento y profundizó su beso hasta que la joven dejo caer las
manos rendida a la caricia de su boca, impotente y sin fuerza bajo
el cálido aliento que ahondaba en su ser, en su alma. Lentamente su
lengua se deslizó por el esbelto cuello y los hombros, deteniéndose
justo en la excitante curva, dejando una agradable quemazón en la
piel, un cosquilleo apabullante que cambió el ritmo de su
respiración. La escuchó jadear cuando sus dientes rozaron la
delicada piel de un pecho, la piel sedosa y fresca reacción y el
pequeño botón que culminaba el perfecto montículo se hinchó
adquiriendo un tono oscuro, casi tostado. Yaron lo tomó con
suavidad entre los dientes y lo golpeó rítmicamente con la lengua.
Sara apoyó las manos en sus hombros para guardar el equilibrio y él
aprovecho para tomar el otro seno y prodigarle las mismas caricias
que a su gemelo.
Sara dejó caer la cabeza hacía atrás y
cerró los ojos con un suspiro, el hombre seguía deslizando los
labios sobre su vientre y jugó muy cerca de su ombligo, bajando
hacia el pubis pero subiendo antes de llegar, lamiendo la piel,
saboreando cada centímetro. La joven le tomó del cabello y lo
atrajo contra ella rogando en un murmullo.
Alex elevó la cabeza y se desnudó con
prisa para volver acercarse y tras tomar las caderas con sus
manos apretar los labios contra su estómago, un vientre plano y
liso que no siempre fue así. Casi con furia y con el oscuro
sentimiento de saber que no estuvo allí cuando hubiera debido la
besó con ansia, haciéndose la solemne promesa de no faltar nunca
más. Sabía que no debería estar haciendo futuros planes cuando su
vida pendía de un fino hilo que en cualquier momento podrían
cortar. Sobre todo en dos días, solo en dos días se decidiría todo
su futuro. A parto esos pensamientos de sí, los echó de su mente
cuando Sara le mordisqueó la mandíbula.
La hizo recostar sobre la cama y
hundió su boca en el cuello donde presionó con la lengua y la notó
temblar entre sus brazos.
¡Era suya! No podía creer que su más
ansiado sueño se hubiera cumplido, que aquella beldad de cabellos
plateados y rostro de ángel le perteneciera, le hubiera dado un
hijo, se hubiera convertido en su esposa. La adoraba y era tanto el
grado que su corazón dolía de imaginar que algo malo pudiera
pasarla. No lo permitiría.
-Te amo – susurró ella y Yaron
se deshizo, se olvidó de todo excepto del cuerpo que se retorcía
contra él excitándolo, llevándolo a los más altos límites de la
pasión. Tan solo esperaba que después de esos dos días ella
siguiera opinando lo mismo. Que se diera cuenta que no tenía otra
forma de actuar si quería mantenerlos a
salvo.
¡Claro que se iba a enfadar! ¿A quién
pretendía engañar? Ella no podía enterarse, el señor Hamilton no
debía saberlo y Andrew lo haría encerrar de saber lo que se
proponía. Fielding quería al gitano, el veintidós de diciembre se
encontraría con él. Lucharía a muerte y ni siquiera le importaba
que la reyerta tuviera lugar en “la escocesa” ni que los hombres
del coronel doblaran a la tripulación. La nave que Fielding había
contratado para comenzar de nuevo sus ataques con la costa de
Virginia. Que sorpresa cuando se enterara que había contratado ni
más ni menos que a su peor enemigo. Lástima que se fuera a dar
cuenta en alta mar.
Cuando Sara le besó ante la puerta de
Yaron House, Alex la detuvo adrede para observar su dulce rostro
aun arrobado por la noche de pasión vivida, para llevarse el
recuerdo de los bellos ojos ambarinos.
-¿Qué ocurre? – le preguntó ella
con mirada preocupada paseando los largos dedos sobre su
mejilla.
-Nada mi amor – La tomó la mano
para besarla el dorso con fuerza, reteniéndola contra él los
últimos segundos antes de marcharse. – Prométeme que te vas a
cuidar mucho – no quería susurrar pero tenía miedo de que su voz
temblara, de que ella dudara. – Hemos pasado una buena noche –
consiguió sonreír.
Sara asintió y con ambos brazos le
enlazó la cintura para aplastar la mejilla contra su
pecho.
- Si pasara algo me lo dirías
¿verdad Alex? – le preguntó sin mirarle.
Alex la observó fijamente la coronilla
y asintió, ella no podía verle pero si sintió su
movimiento.
-Entra preciosa, aquí hace mucho
frio.
Sara asintió elevando la cara para
besarle una vez más.
-Estoy cansadísima – frunció los
labios divertida – no me has dejado descansar
nada.
El brillo de su mirada turquesa no
lució como siempre. La acarició los hombros y con suavidad la
empujó al interior de la casa.
La muchacha levantó una mano a modo de
despedida antes de cerrar la puerta. Alex cruzó la calle y desde
allí observó como alguien iluminaba un dormitorio de la casa , sin
duda Sara que corría a desnudarse para aprovechar la hora que
faltaba para que amaneciera, cinco minutos después la luz se
disipaba.
No supo cuánto tiempo se quedó allí,
pensando, planeando sus próximos
movimientos.
Miró una vez más hacía la ventana
antes de marcharse y la vio, Sara estaba apoyada en el cristal con
los ojos fijos en él y un gesto triste en su
mentón.
34
34
-¡Maldito seas, Yaron! – susurró
Sara con los dientes apretados y los ojos clavados en aquella
escueta nota.
-¡Sara por favor estese quieta o
seré incapaz de prender el broche! – la doncella luchaba por
colocar el alfiler sobre el tercer lazo azul que adornaba la parte
delantera del vestido, justo encima del encaje blanco que cubría el
tórax.
La muchacha no contestó y lanzó el
papel que sostenía hacía el tocador, cayó al suelo antes de llegar
a su destino.
Cuando Laura acabó Sara se giró al
espejo observándose atentamente. El vestido era una maravilla de
satén azul brillante, los puños estaban adornados con un volante de
gasa que provocaba cosquillas en las muñecas y tres lazos colocados
diestramente, en el pecho, en el vientre y en la unión de su
cintura, le daban un aire majestuoso, casi de realeza. Las faldas
caían anchas y largas rozando con un suave siseo el
suelo.
Cogió el abanico de mismos tonos y con
fuerza lo abrió y cerró un par de veces antes de arrojarlo sobre la
cama.
Desde un principio sabía que Yaron se
proponía algo aunque no tuviera idea de que. ¿Por qué no pensaba
acudir a la cena de Erika? ¿Qué era eso tan importante que le
impedía reunirse con ella? Si al menos le pudiera preguntar a
Simón, podría aclarar algunas dudas, sin embargo el hombre tampoco
había dado señales de vida.
¡Que le disculpara ante el Conde
Wakefield y su hermana…! ¿y ella? ¿Acaso estaba destinada a
encontrarse sola en los días más
importantes?
Su enfado iba creciendo a medida que
la mañana avanzaba y los preparativos llegaban a su
fin.
Laura con Kendal en brazos informó que
estaba lista para partir. En el último momento Sara había decidido
llevarse al niño a la fiesta. La casa era bastante grande y Laura y
él se encontrarían seguros en los pisos
superiores.
Fueron los primeros en llegar y Rouse
corrió hacía Erika para tratar de tranquilizarla antes que todo el
ajetreo ingresara entre las paredes de la
mansión.
-Entonces ¿no va a venir? –
preguntó Andrew observando la ancha calle a través del
ventanal.
-No – negó Sara mordiéndose el
labio inferior - ¿a ti no te ha dicho nada? – le miró queriendo
sonsacarle cualquier información por mínima que fuera pero Andrew
tenía cara de no saber absolutamente nada.
-Solo espero que sepa lo que
está haciendo.
-Ja – bufó ella volviéndose de
nuevo hacía la ventana. Llegaron hasta ellos las voces de los
primeros invitados y Sara se agarró la falda azul volviéndose hacía
la escalera – Regreso en seguida, voy a echar el ultimo vistazo a
Kendal.
Laura leía apaciblemente un
cuento al infante y casi obligó a Sara abandonar el dormitorio
ahora que el niño estaba relajado.
Cogió aire antes de descender por las
escaleras y aunque trató de evitar los múltiples saludos no pudo
zafarse de todos.
Hubo una pequeña recepción antes que
los invitados pasaran al comedor, el salón más grande de la casa
había sido habilitado como sala de baile colocando largas mesas
bajos los ventanales adornados con
muérdago.
Las damas venían enjoyadas luciendo
sus mejores galas, una profusión de telas, encajes, gasas y una
fuerte saturación de perfumes hizo que Sara aprovechara en más de
una ocasión para escapar a las cocinas donde allí el ajetreo era
incesante pero se respiraba mejor. Camareros que entraban y salían
con bandejas, doncellas que vigilaban si algún vaso se derramaba o
algún jarrón caía, siempre había alguien que sin querer causaba
algún destrozo. El cocinero francés y su ayudante corrían por las
dependencias haciendo volar los platos, condimentando salsas y
preparando los postres.
Eran muchas las personas que habían
acudido a la fiesta de Erika, entre ellas descubrió a dos de los
hombres que trabajaban al servicio de su marido y que para
incomodidad de ella no la quitaban los ojos de encima, para colmo
la gente comenzaba a murmurar. Ambos hombres, aunque elegantes,
vestían casacas largas adornadas con grandes botones y llevaban los
holgados pantalones introducidos en las botas de piel. Tan solo les
hubiera faltado el pañuelo en la cabeza y el sable en las caderas
para identificarlos como corsarios. Cuando estos se detenían en
algún lado siempre lo hacían con las piernas ligeramente
entreabiertas como si aún siguieran en la cubierta del
navío.
Había también varios soldados con su
rojos uniformes que trataban de seducir a las jovencitas más
incautas, tan solo trataban de pasar una agradable noche con un par
de buenas piernas femeninas rodeando sus
caderas.
La música resonó por todas las
habitaciones de la planta inferior y arriba tan solo llegaba un
débil rumor.
Comieron del amplio y generoso bufet
que habían dispuesto en las mesas y los invitados pronto corrieron
a buscarse sillas donde descansar antes de que la fiesta llegara a
su apogeo.
Sara caminó entre ellos, fingiendo
reírse ante alguna broma y cuando el baile comenzó, por mucho que
tratara de esconderse siempre había alguien que parecía buscarla
continuamente.
Se pasó la mitad de la noche huyendo
de los cotilleos, bullendo en su interior con un mal
presentimiento. Sus pensamientos volaban continuamente hacía Alex
¿Qué estaba haciendo? ¿Dónde estaba?
Era tarde y Kendal ya estaría
durmiendo, subió por última vez a echarle un vistazo. El dormitorio
apenas se hallaba iluminado con la luz del hogar y todo se
encontraba en silencio, por lo menos eso es lo que había pensado
hasta que vio la figura que se movía tras la
cortina.
-¿Quién anda ahí? – preguntó con
voz temblorosa apretando el estúpido abanico con una mano. -¿Laura
eres tú?
Nadie respondió sin embargo Sara podía
ver su forma recortada a la luz de la luna. Caminó despacio hasta
la cuna donde el bebé dormía plácidamente. Frunció el
ceño.
-Quien esté tras las cortinas
que salga ahora mismo – dijo buscando la lamparita que había sobre
una de las mesas. Estaba consiguiendo encender un fosforo cuando la
silueta tras las colgaduras salió de su escondite. - ¿Quién es? –
abrió la boca para gritar. Con seguridad los hombres del diábolo se
hallaban tras la puerta esperando a que ella
saliera.
Se quedó quieta, paralizada cuando
sintió la fría cuchilla de acero presionando contra su cuello
desnudo, justo allí donde latía el pulso con más
fuerza.
-Le aconsejo que no haga ninguna
tontería – susurró una voz ronca junto a su
oído.
Sara asintió con miedo al tiempo que
tragaba con dificultad. En la penumbra descubrió una figura más que
yacía sobre la alfombra. Laura había sido golpeada y abandonada sin
ningún miramiento sobre la alfombra del
piso.
-No debió de subir tan pronto,
señora Yaron. Parece que está empeñada en estropear mis planes una
vez más- volvió a decir otra vez el hombre que la rodeaba los
hombros con fuerza y que seguía apretando el arma contra su
cuello.
-No sé qué piensa hacer – logro
decir con voz serena, aunque su interior deseaba gritar como una
loca deseosa de deshacerse del hombre. – La casa está vigilada y no
podrá salir de aquí.
-Por supuesto que sí – rió el
otro hombre al que no conocía de nada. Hablaba con voz gangosa y se
movía como un auténtico marinero. – No podemos llevarnos a los dos
– le dijo al otro.
Sara abrió sus ojos dorados con
terror. ¿Llevarse? ¿Pretendían llevarse a su hijo? Eso sí que no.
No sabía dónde andaría Yaron pero estaba segura que él la sacaría
de donde fuera.
-No voy a permitir que se lleven
a mi hijo. Mi esposo les buscara y les mandará al infierno en un
abrir y cerrar de ojos.
-¿Quién? ¿El Gitano? – el hombre
del cuchillo se pegó a su espalda y la muchacha sintió con asco la
masculinidad contra sus caderas. Trató de apartarse echando la
cintura hacia delante pero solo consiguió que el hombre riera
divertido.
-Alexander Yaron – contestó ella
con un susurro –Mi esposo se llama Alexander
Yaron.
-Nos lo llevamos a los
dos.
-¿a los dos? – preguntó el otro
levantando ligeramente la voz. – Podremos recoger al niño en otra
ocasión, cuando la perra muera delante de su…
Gitano.
Aquellas palabras fueron las ultimas
que Sara escuchó antes de caer desplomada sobre el piso a causa del
golpe que le asestó el hombre que tenía tras su
espalda.
El hombre que no era otro que un
Rexford muy enojado por haber tenido que seguir los movimientos
exactos al descubrir donde se hallaba el infante, pasó sobre el
cuerpo de la joven para descorrer las
cortinas.
La casa había estado vigilada, pero
solo quedaban los dos hombres del salón, el tercer hombre que se
había apostado en la entrada de la casa, se hallaba escondido en un
oscuro callejón desangrándose con la abertura que le había
propinado en el pecho una hora antes.
Rexford hizo una señal a alguien por
la ventana y se giró hacia la cuna. Su compañero tenía razón, no
podían llevarse a los dos. Su objetivo era el crio, Bells se
enfadaría si no cumpliera con su cometido, pero ¡qué diablos! Él
estaba al servicio de Fielding, estaba arriesgando su propia vida
por su amo, no por el condenado hermano de un traficante de
esclavos.
-Tienes razón. Si Bells quiere
al niño que pague por ello o lo haga él personalmente. Estoy
cansado de tener que soportar sus continuas órdenes. ¿Quién se
habrá creído que es? – Se inclinó sobre el cuerpo de Sara y la tomó
del mentón observándola entre las sombras – Nos pueden dar mucho
dinero por ella si no se la carga el coronel antes. El capitán de
“la escocesa” no pondrá ninguna objeción de que la llevemos con
nosotros hasta Virginia.
-Tuvo mucha suerte de encontrar
ese navío dispuesto a zarpar con este temporal. El coronel ya se
hallará a bordo sin duda.
Rexford asintió. No es que fuera una
suerte, había quedado en pagarle al capitán una fuerte suma de
dinero por hacer la vista gorda. No conocía personalmente al hombre
aunque si había escuchado de los pocos escrúpulos que tenía. La
tripulación eran peligrosos guerreros entrenados para enfrentarse
con las más oscura de las fuerzas que impregnaban los mares. Pero
si, debía ser rápido antes que el hielo que comenzaba a formarse
les impidiera salir hacia las costas
americanas.
Arrancó las cortinas y cubrieron a
Sara con ellas. Desde el balcón superior había una buena distancia
y sería inevitable que la joven se golpeara, el tercer hombre que
esperaba abajo amortiguó el golpe con su propio
cuerpo.
Entre las sombras de la noche y ajenos
a los invitados subieron al destartalado vehículo que les esperaba
al final de la calle.
Ya tendrían tiempo de coger al crio
cuando Sara fuera vendida, si el coronel lo permitía. ¿Dónde
diablos estaría Yaron?
Rexford no había podido averiguarlo,
era como si al hombre se lo hubieran tragado las fauces de la
tierra durante esos últimos dos días.
Si Sara hubiera estado despierta se
habría reído a más no poder al descubrir que la estaban llevando a
su propio barco, donde sin duda, el capitán, el Gitano, esperaba
impaciente.
35
Fielding se apretó la gruesa bufanda
al cuello en un intento por combatir el frio que se deslizaba como
un asesino buscando una pobre víctima. El humo que escapaba de los
respiraderos de los locales se arremolinaba sobre el suelo girando
y danzando de un lado a otro según la brisa lo fuera
empujando.
Su mirada estaba atenta a la
calle y desde su posición en la cubierta de “la escocesa” era capaz
de cubrir una zona más amplia de su perspectiva. Era tarde y la
noche envolvía el puerto formando extensas lagunas de sombra, sin
embargo desde allí, la silueta de cualquier cosa era completamente
visible, sobre todo la inconfundible forma del vehículo que había
entrado en la calle hacía unos minutos y que se acercaba
lentamente. Los cascos de los caballos resonaron en la noche con un
suave eco.
Estaba impaciente por zarpar, cuanto
más pronto se alejaran de allí más tarde el Gitano les encontraría.
También tenía unas ganas locas de perder un poco de vista al
almirante de “la escocesa”, ese hombre le estaba respirando en el
cuello y de su aliento emanaba fluidos alcohólicos que lograban
marearle.
-Parece que ya están aquí – dijo
el hombre rozándole ligeramente con el codo con lo que se ganó una
fría mirada.
-Puede avisar a su capitán si lo
desea. Podremos marcharnos en cuanto suban – le contestó
apartándose un poco de él.
-No puedo hacer eso, señor,
tengo ordenes de verificar que es un crio lo que suben a bordo. A
lo mejor no suben nada.
Fielding sintió ganas de abofetearle
¿acaso pensaba que sus hombres fallarían?
- Traerán al mocoso y nos
podremos marchar, luego lo dejaremos con su madre en Bristol. –
continuó con la mentira que comenzó al
contratarlos.
-Ah, sí, en Bristol le espera su
familia – repitió el almirante asintiendo como bobo sin quitar la
vista del coche que acababa de frenar los
caballos.
Fielding se encogió de hombros y
haciendo una muesca de asco observó también la
escena.
-Usted también descendía en
Bristol – continuó diciendo el almirante como si acabará de
recordarlo.
-Si yo también – dijo Fielding
girándose hacia él nuevamente - ¿Cómo dijo que se llamaba,
almirante?
-Castor – respondió el hombre –
pero llámeme Almirante – volvió asentir y cuando abrió los ojos
sorprendido, el Coronel siguió su mirada para ver que
ocurría.
El vehículo se había detenido y del
interior sacaban a una persona
inconsciente.
-¡Qué diablos! – Exclamó el
hombre tras su espalda – ¡dijeron que era un
niño!
Fielding se volvió una vez más a
mirarle, pero de nada sirvió su amedrentadora mirada, el almirante
ni siquiera lo veía a él, solo se limitaba a seguir los movimientos
de los recién llegados con los ojos entrecerrados, su rictus se
había transformado y esa pose de tonto que tenía había
desaparecido.
-¿habría algún problema? –
preguntó Fielding.
-Dijeron un niño. – Negó con la
cabeza – el capitán no va a permitirlo.
-Voy acercarme a ellos a ver que
ha sucedido, usted espere aquí – sin aguardar respuesta Fielding
atravesó la pasarela agarrándose con fuerza a las sogas. Varias
capas de hielo brillaban peligrosamente sobre las tablillas. No
llegó a bajar, se detuvo a mitad de camino y regresó de nuevo junto
al hombre. Total ¿para qué? Tenían que embarcarse de todas
maneras.
Fijó su mirada en Rexford y luego
descendió sobre la señora Yaron, la inconsciente damisela hija del
demonio.
-¿y el mocoso? – preguntó sin
apartar la vista de ella, tenía que reconocer que la mujerzuela era
hermosa. Un haz de luz caía sobre el pálido y perfecto rostro
acariciando sus parpados y aquellos labios rosados que tanto
deseaba probar.
En el fondo se alegró de que ella
estuviera allí, la dama le iba a pagar una a una todas las veces
que el Gitano desbarató sus planes, las muertes de sus hombres,
cierto que no los conocía, los contrataba y san se acabó, pero no
por eso dejaban de ser sus hombres.
- Preferí traerla a ella. Va a ganar
más dinero vendiéndola, con el niño usted no se embolsaba nada
coronel. – Explicó Rexford.
Fielding alzó las cejas y esbozó una
sonrisa peligrosa.
-Rex a ver como se lo cuentas a
los Bells – señaló con la cabeza el navío – esperan ansiosos al
niño. – se encogió de hombros y recorrió la pálida mejilla de la
muchacha con un dedo. La sostenían los dos hombres y uno comenzaba
a quejarse de estar parado con el peso
encima.
-No estará muerta ¿verdad? – el
almirante se inclinó hacia delante de forma exagerada dándole con
el hombro y metiendo la cabeza casi encima de la
muchacha.
-¡Apártese hombre! – lo empujó
Fielding. Castor se enderezó y miró a la calle una vez
más.
- Nos podemos marchar entonces
¿verdad? Debo avisar al capitán que en vez de un niño han subido
una… parece una dama con ese vestido
¿verdad?
-No se fie de las apariencias –
rió Fielding abriendo la marcha. No vio la oscura mirada del
almirante ni el riesgo que entrañaba.
-Será mejor dejar a la mujer en
uno de los camarotes pequeños, tiene cerradura. Aun no sé qué
responderá el capitán – siguió diciéndole el almirante caminando
tras ellos– si la puerta tiene cerradura evitara que la
tripulación de “la escocesa” se la eche encima. ¿No lo cree,
coronel? Claro, sus hombres tampoco podrán
entrar.
-No. La llevaré a mi
compartimento – le sonrió con frialdad –Recuerde Almirante Castor,
la mujer es mía. Ustedes cobraran cuando cumplan con su cometido en
Virginia. Rexford será quien les indique los objetivos una vez
allí, pero ahora, la mujer es mía ¿me ha oído? Y se lo puede decir
también a su capitán si quiere. Y usted, y usted – les señaló a
todos – no quiero que nadie se acerque a
ella.
-No es de extrañar – contestó el
Almirante sin mirarlos – por lo poco que he visto es una verdadera
beldad. – Fielding le ignoró deliberadamente y por un instante
elevó la vista hacía los tres palos. No se acostumbraba a las
goletas, sus velas estaban dispuestas en el mástil siguiendo la
línea de crujía, de proa a popa, en forma de
cuchillo.
Esa clase de embarcación solía ser
rápida y ligera, está en especial era de gran tonelaje por lo que
estaba totalmente preparado para cruzar de un continente a
otro.
Castor silbó con fuerza y enseguida se
oyó el repiqueteo de una campana avisando a la
tripulación.
El coronel sintió un gran alivio
cuando sintió que el navío se puso en marcha y él por fin, podría
sentarse frente alguna estufa para entrar en
calor.
La esposa de Yaron fue dispuesta sobre
la cama y estaba a punto de cerrar la puerta cuando Castor le
detuvo, otra vez con la cara de bobo en su
rostro.
-Será mejor que deje a la mujer
sola hasta que hable con el capitán – insistió de nuevo. Fielding
ya estaba comenzando a hartarse del empeño de ese hombre por
apartarle de la zorra. Lo miró dispuesto a decirle un par de cosas
pero el almirante terminó de abrir la puerta de golpe con una
lacerante mirada en sus rasgados ojos oscuros– Nos ha contratado
para llevarle a usted y a un niño al puerto de Bristol – enumeró
con uno de sus gruesos dedos – nos ha contratado para robar, atacar
e incluso asesinar en las costas de Virginia – levantó un segundo
dedo y le apuntó con el dedo índice – No dijo nada de la trata de
blancos y eso – se encogió despreocupado de hombros – cambia las
cosas.
-¿Qué quiere? ¿Más dinero? ¿Es
eso? – preguntó enojado, pero el hombre negó con la cabeza
–entonces ¿el qué?
- Quiero que la mujer este sola
hasta que el capitán diga lo contrario. Lo toma o se puede bajar
ahora mismo con sus hombres.
Fielding apretó los puños con fuerza
deseando poder romperle a ese engreído, todos los dientes buenos
que tuviera. Con un fuerte suspiro asintió y salió del camarote
cerrando la puerta con llave – me reuniré ahora con el
capitán.
-Será mañana, hoy se ha ido a
dormir y no quieren que lo moleste. Le sugiero que duerma en el
compartimento de su amigo o en la bodega con el resto de los
hombres y sobre todo, hable con ese matrimonio que está esperando
el crio antes que sea demasiado tarde.
Yaron esperaba en su camarote paseando
de un lado a otro, había escuchado la campana de aviso y de un
momento a otro Castor subiría a informarle.
Se pasó las manos por la cara para
despejarse y aunque deseaba salir en busca de Fielding y cortarle
el cuello se reprimió, aún era demasiado pronto para
actuar.
Se giró cuando llamaron a la puerta,
el sable que colgaba de su cadera quemó su pierna durante un
instante, Castor ingresó acompañado de otro
hombre.
-¿Cómo está mi hijo? – preguntó
con ansia cerrando la puerta tras de ellos y mirando fijamente al
otro hombre. Un marinero que llevaba mucho tiempo a su servicio y
que se había infiltrado como secuaz de
Fielding.
-Su hijo está bien capitán –
asintió – Lo dejamos en la casa. Su esposa llegó justo cuando nos
lo íbamos a llevar. El tal Rexford cambió de opinión y es su mujer
la que está a bordo. –Alex le miró con el ceño fruncido y los ojos
entrecerrados – quería que nos trajéramos a los dos pero le
convencí que con uno bastaba. La doncella solo tendrá un fuerte
dolor de cabeza, como usted dijo procuré que nadie saliera herido
aunque uno de nuestros hombres fue
apuñalado.
-¿Sara está aquí? – preguntó
peligrosamente acercándose al hombre con pasos lentos. -
¿Dónde?
Castor se interpuso entre Yaron y
Hug.
-El coronel… ejem… la está
reclamando. Está en su dormitorio – detuvo al capitán asiéndolo del
brazo antes que hiciera alguna locura – se halla sola. Cuando subió
había perdido el sentido. – le relató lo ocurrido
tranquilizándolo.
-pero ¿la golpeasteis? – se
enfrentó de nuevo a Hug.
El marinero dio dos pasos atrás
atemorizado ante la fría mirada del hombre. Sus ojos turquesas
parecían dos cuchillas a punto de degollar a
alguien.
-¡No pude impedirlo, capitán! La
he protegido en todo momento.
Yaron asintió sin llegar a sentirse
satisfecho, se giró y golpeó la mesa con el puño cerrado, una de
las patas de madera cedió y la pieza cayó al suelo con un golpe
sordo.
-Entonces no hizo falta dejar
ninguna nota a mi esposa explicándola la verdad. ¿No? – resopló
furioso.
La puerta se abrió de nuevo y Simón
entró con paso firme.
-¿Ya tenemos a Kendal? ¿Qué
ocurrió con Laura… la doncella? ¿Está todo bien Gitano? – las
cadenas de su cuello tintinearon con cada movimiento. Miró la mesa
con el ceño fruncido y sacó una pequeña daga que guardaba en su
cintura - ¿nos los cargamos ya?
-Ya veis caballeros – dijo Alex
más tranquilo, como si toda su ira se hubiera esfumado al entrar
Simón – Hay alguien más preocupado que yo. Ponerle al corriente de
todo pero no quiero que aun te dejes ver Simón, Rexford te
reconocería y aunque sería demasiado tarde para ellos quiero acabar
las cosas bien. Castor encárgate de mi
esposa.
-La historia se repite ¿no
capitán? –Simón agitó la cabeza recordando el día que sacó a Sara
del Águila Blanca.
Yaron asintió. Otra vez estaba
secuestrada… ¡mataría a Rexford por eso!
-¿y los demás hombres?
–preguntó.
-tenían la orden de cuidar de
Sara pero al llevárnosla se quedaron para no perder de vista a su
hijo y para atender las heridas del vigía – explicó Hug - ¿se han
dado cuenta que no podremos avanzar mucho? Las aguas están
prácticamente heladas.
-No iremos muy lejos. –
respondió Yaron en un susurro. No sabía si estaba más preocupado
por la reyerta que se aproximaba o por el terrible genio de su
esposa cuando descubriera que él había colaborado para secuestrar a
su propio hijo. Todo había sido estudiado de tal manera que el
infante no había corrido peligro en ningún momento, pero ¿podría
Sara entender eso o por el contrario pensaría que había expuesto a
Kendal a propósito? – Nos va a matar.
-¿Quién? – preguntaron Castor y
Hug a un mismo tiempo.
- La señora Yaron, por supuesto
– respondió Simón con ojos brillantes palmeando el hombro de
Castor, después de todo era el que corría más peligro cuando se
enfrentara a la belleza de ojos dorados y lengua
viperina.
36
Sara despertó acompañada de un
terrible dolor de cabeza, un fogonazo ante sus ojos llevó hasta
ella los recuerdos de lo ocurrido la noche anterior. Miró
ansiosamente en derredor, una vez, dos, se puso en pie entre
gritos, desesperada. Kendal no se hallaba allí. ¡Kendal! Gritó su
nombre entre alaridos recorriendo el dormitorio con prisas,
impaciente por encontrarlo.
-¡Kendaaal!
No quería pararse a pensar donde
estaba ni que es lo que podía suceder, solo deseaba tener a su bebe
entre brazos, a su hijo. ¿Por qué no estaba allí? ¿Por qué se lo
habían llevado a él?
Sabía que debía calmarse, encontrar la
serenidad suficiente como para poder pensar pero lo único que tenía
en la cabeza era el rostro de su niño y era consciente que cuanto
más tardara en salir a buscarlo él se iría
alejando.
-Por favooor – gritó entre
sollozos – ayúdenme a buscar a mi hijo, por favor – se dejó caer
contra la puerta clavando las uñas desesperada – háganme lo que
quieran pero devuélvanme a Kendal, por favor, por
favor.
Lloró contra la puerta, se encontraba
perdida, vagando por un mundo de penas, recordando a cada instante
la mirada del pequeño, su sonrisa, como alzaba los bracitos al
verla llegar. ¡No podía suceder! ¡No podía perderle! No estaba
preparada para vivir sin él.
-Por favor – volvió a rogar esta
vez en un murmullo. ¿Y si no volvía a ver a Kendal? Lloró con
fuerza, no podría marcharse sin darle un último adiós, simplemente
no podía resignarse a perderlo.
-¡Kendal! – su voz era un
desgarró hiriente y profundo.
No supo el tiempo que estuvo allí
sentada, había dejado de respirar, su corazón había dejado de latir
y sin embargo era capaz de ver imagines,
recuerdos.
Se puso en pie y con prisas buscó por
la habitación algo con lo que poder abrir aquella puerta. Iba a
salir de allí, iba a encontrar a su hijo.
-¡Maldita sea! – blasfemó
tratando de encajar algo en la cerradura con manos nerviosas,
desechando las que no parecía servir de
nada.
Con un gritó se levantó el vestido por
encima de las piernas y empujó con fuerza varias veces y la puerta
cedió ligeramente saliendo de los bornes.
Sara se detuvo jadeante, se pasó la
mano por la cara arrastrando las lágrimas.
El dormitorio debía de haber sido
bonito antes que Sara lo destrozara por completo, miró a la puerta
y cargó con el hombro.
Su cuerpo se vio impulsado al exterior
chocando contra una baranda fina, de metal. Era un corredor
estrecho y Sara debió optar por una de las dos direcciones que
tenía ante sí. Algo en su mente la dijo que conocía aquel sitio de
algo ¿Dónde demonios estaba? Tampoco la interesaba mucho, ella solo
tenía un objetivo, Kendall no podría estar muy lejos ¿Cuánto tiempo
había pasado?
Llegó a unas estrechas escaleras y al
mirar hacia arriba sus ojos se toparon con la luna que brillaba en
una negra espesura semejante al terciopelo. Solo el lucero del alba
lucia con más esplendor que nunca.
Le habían robado a su hijo, ahora que
tenía una familia completa, ahora que había recuperado a su padre.
¡Yaron! Dios mío cuando supiera que había perdido a su hijo, que
había dejado que dos criminales se los llevaran. ¡Dios mío! ¡Qué
diría Yaron! ¡La culparía! ¡Sí! Ella era la culpable, ella jamás
debió haber conocido a… ¿pero que estaba diciendo? Si Alex no se
hubiera cruzado en su camino ella no hubiera conocido el amor, no
habría disfrutado tanto como cuando estaba en los brazos de su
esposo y bajo la atenta mirada de Kendal. ¡Lo había perdido!
¡Tonta! ¡Tonta! – su mente era incapaz de callarse, solo eran
gritos y sufrimiento, hasta la mandíbula lanzaba punzadas de dolor
de apretar los dientes con tal intensidad que sentía que podría
partirlos sin esfuerzo.
Alcanzó el exterior y una ola de frio
la golpeó de pleno terminando de soltar las agujas de su pelo que
se abrió tras ella como una larga manta de satén plateado. Sus ojos
ambarinos cubiertos de lágrimas brillaron peligrosos con ansia de
venganza y su rostro, una máscara fría e inexpresiva, tan peligrosa
que prometía justicia para bien o para mal, la
muerte.
Su vestido azul se enroscaba en
sus piernas en una lucha interna por tratar de tirarla, solo había
un ganador y era ella. Escuchó voces tras de sí y regresó guiada
por los sonidos escuchando tras las puertas. ¿Por qué no lograba
reconocer el lugar? ¿El Dover? Era un barco de eso estaba
segura.
Se detuvo abruptamente al escuchar la
voz clara de Rexford ¡Rexford! Había sido él, no le había visto la
cara pero ahora se daba cuenta. Era él quien le había amenazado con
el cuchillo. Dejó escapar un enojado sonido gutural nacido de su
mismo pecho.
¡Pues no le temía! Arrancó una extraña
hacha que halló colgada en la pared junto a otra cantidad de
utensilios que Sara no reconoció y regresó a la puerta, echó el
arma hacía atrás abriendo ligeramente las piernas y sorbió tratando
de enterrar su miedo. Kendal no la dejaba ver nada más. ¡No se iban
a quedar con él, iba a recuperarlo asi se muriera en el
inteto!
-¡No te temó! – gritó en el
corredor - ¡No te temo! ¡Cobarde! ¡Sal ahora mismo y dame a mi bebé
o te juro por Dios que te arrancaré la piel a tiras! – Su voz
resonó con eco y de repente quedo todo en un absoluto
silencio...
Se calló para tomar aliento. Varias
puertas se abrieron a la vez, la de Rexford fue la
última.
Lanzándose a la carrera golpeó a un
hombre con fuerza, no sabía quién era y no se detuvo a mirar, cruzo
sobre su cuerpo e ingresó en la recamara.
-¡Sara! – ¿creyó haber escuchado
su nombres tras de sí o lo había imaginado?
Cargó el arma y de nuevo buscó a
Rexford, gradualmente fue perdiendo el color de su rostro ¡estaba
atrapada!
Fielding y Rexford la miraban con
sorpresa, ambos se habían levantado de las sillas y ahora apoyaban
las espaldas en la pared.
-No puede hacer nada con eso,
Sara, suéltelo. – dijo Fielding con
amabilidad.
-¡No! – se giró un poco y
observó de reojo que la abertura de la puerta estaba ocupadas por
hombres, no importaba, arrancarías lo ojos a Fielding y A Rexford,
era tal el terror que sentía que llegó a creerse
inmortal.
Un atisbo de duda cruzó su mente y
ella bajo la vista dando la casualidad que los hombres al alejarse
había dejado un arma de fuego sobre la
mesa.
Con una sonrisa maliciosa agarró la
pistola y sujetándola con ambas manos los apuntó. Les hizo una
señal con el brazo al matrimonio extranjero que se hallaban en el
otro rincón y en seguida se unieron a sus
compañeros.
-¡Deténganla! ¿No ve que está
loca? – le ordenó Fielding a alguien que debía estar tras su
espalda, en el hueco de la puerta. Ella ya había sentido que el
grupo no pensaba intervenir y eso la dio
ventaja.
-¡Mi hijo! ¡Quiero a mi hijo! –
ladró furiosa.
-No hemos traído al niño, Sara –
Fielding tragó con dificultad. Sabia, porque no era tonto, porque
la luna salía en la noche y el sol de día, que un solo movimiento
contra la furibunda belleza de cabellos plateados y el sable del
Gitano cargado junto al cuerpo de su esposa lo atravesaría de
una sola estocada.