28
 -Estoy convencida que el Coronel Fielding tiene algo que ver con esos dos – dijo Sara paseándose por el estudio – Pero no entiendo mucho lo que sucede. ¿Por qué me devolvería una joya falsa? ¿Y porque dice que es Ingles y sin embargo tiene un acento tan marcado? – se giró hacía Alex que se estaba colocando el abrigo - ¿vas a salir a estas horas?
 -Simón está en la zona de puerto. En cuanto le encuentre vengo aquí.
 -¿no puedo ir contigo?
 -Preciosa, ahora eres una mujer casada y prefiero que te quedes cerca de Kendal mientras estoy fuera. Si vinieras conmigo estaría todo el tiempo preocupado además que una tasca no es lugar para una dama. Todo va a ir bien, no tardaré más de dos horas.
Sara le vio guardarse una pequeña pistola en el bolsillo de la chaqueta y su corazón comenzó a latir con fuerza, asustada.
 -¿prometes que no tardaras más?
 -Lo intentaré. Porque no subes arriba y te das un buen baño caliente, cenas algo y me esperas levantada.
 -Alex – gruño ligeramente enfadada – No me trates como a una niña.
 -Sé perfectamente que no lo eres – la besó largamente. Aquella era la única forma de hacerla callar y lo consiguió aunque Sara no podía dejar de pensar en el peligro que corrían. La acompañó hasta la escalera.
Sara sintió la puerta principal al ser cerrada y se giró desde lo alto de la escalera. De buena gana hubiera salido corriendo tras de él pero Alex tenía razón, era mejor que se quedara con el niño.
Se sentó en lo alto de la escalera pensativa, las luces del vestíbulo se habían apagado casi todas y donde ella estaba las sombras la envolvían en una oscuridad total.
No habían pasado ni cinco minutos cuando Rexford, el mayordomo, apareció en su campo de visión envuelto en un negro y largo abrigo dispuesto a salir de la casa en una actitud bastante sospechosa.
Sara miró por unos segundos el largo corredor oscuro pensando velozmente si debía seguir al tipo. Si aún hubiera estado en su casa podría haber confiado al pequeño a su hermana y aunque Laura era como su familia no podía arriesgarse a dejarla expuesta con esa carga.
Esperó que Rexford saliera y ella no perdió ni un solo minuto en subir a despertar a Laura.

Después de recorrer varias tabernas, Yaron encontró a Simón sumido en una partida de cartas.
Reconoció a la mayoría de los hombres que antes habían sido la tripulación del diábolo y que ahora esperaban que la nueva goleta estuviera lista para partir.
Escuchó las felicitaciones de sus hombres entre alguna palmada en la espalda que otra.
 -¿Cómo se te ocurre venir el día después de tu boda? – preguntó el tabernero entregándole una jarra de espumosa cerveza. – No es posible que te hayas cansado tan pronto de tu esposa.
Algunos hombres, incluido Alex rio por la broma.
 -He decidido dejarla descansar – contestó guiñándole un ojo.
El local estaba lleno de voces y de humo. En el fondo alguien cantaba tomando tragos de una botella de ron y varios compañeros le vitoreaban entre risas.
  -¿no será que la señorita Sara te ha echado de casa tan pronto? – preguntó otro.
 -Ese sería el menor de mis problemas. Ahora necesito tener una conversación con Simón, de modo que os lo voy a robar.
 -¡No haga eso, jefe! ¡No puede llevarse nuestras ganancias sin más!
Yaron se fijó en la mesa. Las apuestas parecían ser bastantes elevadas y junto a Simón había una montaña de billetes y un reloj de brillantes que algún incauto se habría jugado.
Simón recogió todo con ambas manos y se lo metió en los bolsillos como pudo.
 -Prometo daros la revancha – dijo el hombretón bebiéndose su cerveza de un solo golpe.
 -Si necesitas ayuda, Gita… Yaron, no dudes en informarnos – comentó uno de los hombres escupiendo en el suelo – Nos invade el aburrimiento.
 -No será por mucho tiempo, pero ya que lo dices necesito que averigüéis sobre un tal Fielding,
El tabernero que pasaba un trapo sucio sobre el encharcado mostrador levantó la cabeza y lo miró pensativo.
-Hace tiempo ese señor vino aquí buscando un empleo en cualquier nave. Lo recomendé para los hombres de Ford, no tenía mucha pinta de ser marinero. Tu flota fue la primera en la que pensé pero no había ninguno de tus barcos en Londres. Creo que al final consiguió trabajo junto al capitán Bells del Águila Blanca, eso antes de que el Diábolo lo mandara al fondo del océano.
Alex escuchaba sorprendido con los ojos abiertos como platos. Aquí había una trama mucho más importante de lo que se imaginaba.
¿Fielding de marinero en el Águila Blanca? Debía ser imposible, no podía imaginarse a ese hombre a bordo de ningún barco y menos en uno donde se había practicado la trata de blancos, aunque si de veras se dedicaba a la falsificación de joyas ya nada debía extrañarlo.
 -Necesito que tú y tú – señaló al hombre que había escupido y a su compañero de borrachera –  viajéis a Birmingham y me traigáis todo lo que averigüéis sobre él.
 -Yo estaré al pendiente por si regresa por aquí – el tabernero lanzó el trapo sobre un barril de madera – Intentaré sacar algo a los hombres de la Ford, creo que arribaron puerto hace unos días.
Alex asintió y depositó unas monedas sobre el mostrador:
 -Invita a esta gente de mi parte y consígueme una mesa limpia.
Al poco tiempo Simón y él ingresaron en un apartado privado donde pudieron charlar sin ser molestados.
 -Por supuesto que me convertiré en la sombra de tu esposa – accedió el hombretón tamborileando los dedos sobre la mesa – Quien más reparos va a poner será la criadita esa, Laura. No soporta verme cerca de ella.
 -Ten paciencia entonces – Alex miró la hora. El tiempo pasaba volando y deseaba regresar a casa y comprobar que todo se hallara en orden.  –No la hagas enfadar mucho si no quieres que Sara te salte a la yugular.
Simón soltó una carcajada divertida, de Sara Yaron se podía esperar cualquier cosa.


 -No creo que deba hacer esto – gimió Laura sujetando el candelabro en alto mientras Sara penetraba en la oscura habitación de Rexford, de vez en cuando miraba al vestíbulo con preocupación - ¿Y si no se ha ido más que a tomar un poco de aire? –insistió la doncella con voz nerviosa.
 -Tu vigila bien – la voz de Sara llegó en un susurró apagado. La muchacha recorrió la cámara con la vista. Si se daba prisa nadie debía enterarse de que por fin había decidido hacer algo respecto al mayordomo. Lo que sentía hacía ese hombre era una corazonada tan fuerte que no podía desestimar.
 Abrió los cajones de la mesilla sin hallar nada que pudiera llamar su atención, varios pañuelos y una pequeña caja que contenía unos anillos. Después de estudiar varias piezas pasó a registrar la cómoda. Las prendas se hallaban bien dobladas y todas en perfecto orden, solo ocupaban un cajón del mueble y el resto se hallaban completamente vacío. Desde luego ese hombre o era pobre o apenas poseía nada. Bueno, quizá si iba vendiendo anillo por anillo llegaría a subsistir.
Sara intentó no tocar nada y dejarlo como estaba, realmente no sabía si quiera lo que estaba buscando. Alguna pertenencia personal, cartas que indicaran quienes eran sus familiares o si tuviera alguna novia secreta. Yaron le había contratado a si es que él debía conocer los antecedentes de Rexford. Pero ¿y si fueran falsos?
“Basta Sara – se dijo – solo me cae mal, pero no es un asesino o algo así, eso espero”
El dormitorio era frio y bastante impersonal como si el hombre solo lo utilizara para dormir. Ni un libro, ni un vaso de agua.
 -Me ha parecido oír pasos – dijo Laura de repente.
Sara se quedó quieta observando la luz de la vela que temblaba en sus manos. Sin respirar y con el corazón latiendo a mil por hora trató de percibir algún sonido.
 -Yo no escucho ruidos – dijo después de un rato. Revisó el armario ropero y al no encontrar nada anduvo hacia la salida, a mitad de camino se giró hacía la cama y tras agacharse acercó la luz.
Tanteó con la mano en la oscuridad.
 -He encontrado algo – susurró jubilosa. Dejó su propia vela en el suelo y con cuidado sacó una caja alargada.
 -Dese prisa por favor.
Sara levantó la tapa con cuidado y se encontró con un fajo de documentos. Facturas de ropa y accesorios, papeles ilegibles y llenos de borrones. Desdobló un rollo parecido a un  pergamino, era el plano de alguna casa. Con miedo lo volvió a colocar en su sitio y su mano rozó un pequeño papel en el que pudo leer: 22 de diciembre. Recoger pasaje a Nueva Orleans.
 “¿se marcha? – dudó metiendo la caja otra vez bajo la cama”.
 -¡Oigo algo! ¡Oigo algo! – Laura apagó su candelabro con rapidez y corrió hacía la habitación de Kendal,  Sara escuchó sus pasos ascendiendo hacía el piso de arriba.
Un extraño crujido la alertó y sopló la llama de su propia vela cuando creyó ver la sombra de dos largas figuras.
Se pegó contra la pared rezando para Rexford no se dirigiera allí primero. La oscuridad se volvió absoluta y Sara caminó muy despacio hacía donde recordaba haber visto el armario ropero. Su corazón estaba a punto de estallar y tuvo que ahogar un grito cuando escuchó muy cerca de ella un golpe seco y unas pisadas. Tomó aliento, quien quiera que estuviera en la casa caminaba en silencio y sin iluminarse. Rexford hubiera encendido alguna vela ¿no? Algo la indicó que el intruso estaba ante ella, podía escucharle respirar.
Armándose de un valor adquirido con el terror que la acongojaba y que recorría cada poro de su piel. Se lanzó hacía su agresor con las manos por delante empujando con fuerza. Su único pensamiento era llegar a la puerta.
El intruso debió de caer porque Sara se vio libre para correr, cayó sobre la alfombra cuando su tobillo fue apresado por una mano firme. No se estuvo quieta, trató de huir así tuviera que llevarse a quien fuera a rastras. Gritó todo lo que daban sus pulmones mientras pateaba la cabeza del apresor, este debió cambiar de táctica porque enseguida se echó sobre ella inmovilizando sus piernas.
La joven se aferró con fuerza a los cabellos tratando de apartarle de su cuerpo que la estaba aplastando.
Alguien encendió un candelabro. No podía ser la persona que aún tenía Sara encima, por lo que dedujo que Rexford estaría acompañado. La joven rodó sobre la alfombra cuando la soltaron y corrió hacía la chimenea tomando el atizador y preparándose para golpear al primero que se acercara. Anonadada observó a Yaron despatarrado sobre el piso y mirándola como un loco energúmeno a punto de acabar con ella, claro, eso hasta que descubrió  quien era la persona que había encontrado fisgoneando en una habitación que no era la suya.
 -¡Alex! – Exclamó dejando caer el atizador - ¿te has vuelto loco? ¿Sabes el susto que me has dado? – se llevó la mano al corazón como para verificar sus palabras. –Pensé que era alguien…
 -¿Por ejemplo Rexford? – preguntó él frunciendo el ceño y sacudiéndose el pantalón después de incorporarse. -¿Qué estás haciendo aquí? – en un  abrir y cerrar de ojos la atrapó la muñeca y la sacó de la habitación. Simón ya había abierto el camino hacía el despacho.
 -¿y vosotros que hacías? ¿Por qué habéis entrado a oscuras en la casa? – le apuntó ella alterada.
Alex sirvió unas copas de brandy y le acercó una a ella.
 -Te va a relajar.
Sara la vacío de inmediato y no vio la divertida sonrisa de su esposo al darse cuenta.
 -Acabábamos de llegar pero nos pareció ver a alguien a través de la ventana. La actitud era bastante sospechosa por lo que pensamos que estábamos siendo asaltados.  – explicó Simón sentándose en un elegante sillón con las piernas abiertas. Su postura era ligeramente inclinada por lo que todos sus colgantes parecían quedar suspendidos en el aire.
 -Pero más sospechoso fue el momento en que apagaste la vela que nos confirmaste que eras un… una ladrona preciosa – miró a Simón – Ya sabes donde puedes dormir. – Miró a Sara – se va alojar aquí una temporada.
 -¡Claro que sí, Simón, puedes quedarte el tiempo que tú quieras!
 -¿Y ahora mi querida Sara, te importaría contarme lo que hacías en la habitación del mayordomo?
Sara se paseó nerviosa ante los hombres. ¿Qué podría explicar? ¿Qué el hombre no le caía bien y había ido a cotillear entre sus cosas? ¡Menuda tontería! ¿Quién se iba a creer eso? Lo peor de todo es que era verdad.

 

29
El vehículo se detuvo ante una casa de líneas rectas, la fachada se encontraba descuidada y si bien antes era blanca ahora lucia gris.
El hombre elevó la mirada hacía las ventanas superiores observando que una de las habitaciones se hallaba iluminada. Tan solo se había retrasado un poco y los demás ya debían estar reunidos.
Golpeó dos veces en la puerta y enseguida alguien corrió a recibirle.
Rexford entregó su abrigo junto los guantes y el sombrero y sin esperar subió hacía la biblioteca.
 -¡Rex, por fin! – el coronel Fielding no se levantó de su silla. –Ya pensamos que no vendrías.
 -Yaron salió y pude escaparme antes, no me echaran de menos en toda la noche – contestó acercándose a la dama que estaba junto a una estantería con un pequeño libro en las manos – es un placer volver a verla señora Bells – besó la mano que ella le entregaba y seguidamente saludó al esposo de esta. – Señor Bells.
 -Venga, vamos a tomar asiento – sugirió Fielding – no tenemos toda la noche. Rexford ¿pudiste evaluar las joyas de esa perra de Ham… Yaron?
 - Posee alguna, todas son más bien sencillas. Desde luego la mujer no parece tener predilección por estas piezas. Por lo visto el tema del vestuario y los adornos no deben ser su fuerte. La doncella es quien se encarga de asesorarla en estas cosas.
 -La maldita escocesa ni siquiera tiene gusto para estas cosas – replicó el señor Bells sirviéndose el tercer vaso de Whisky.
 -Pues no dicen lo mismo de la hermana que se va a casar con un conde – intercaló la dama frunciendo los labios.
Rexford asintió. Miró al Coronel Fielding que parecía repasar algún documento, le conocía desde hacía varios años, de hecho había sido su mayordomo hasta que ingresó en la propiedad de Yaron, sin embargo trabajar como informador desde el mismo centro de la casa le reportaba muchísimas más ganancias.
 -¿has oído algo nuevo, Rex? – preguntó Fielding sin levantar la vista.
 -Nada en absoluto, los planes marchan según lo indicado.
 -¿Has podido acceder al estudio de Yaron? – insistió levantando por fin la mirada.
 -Si pero la criada me interrumpió y debí abandonar…
 -¿abandonar? – Repitió Bells casi en un grito – Allí tiene que haber algo que demuestre que Yaron y el Gitano son la misma persona. ¿Has buscado algún documento sellado por la corona inglesa? – Bells agitó su copa y la mitad de licor cayó sobre el piso – Ese hombre es un corsario que actúa con total libertad por orden de la corona. Debe haber algo que involucre a Yaron con el Rey de Inglaterra. Debemos conseguir colgar a uno y hacer que abdique el otro.
 -Ese hombre no es tonto y no va a tener esas cosas a la vista, querido. Si atraparan al Gitano deberíamos demostrar nuestras palabras si no queremos ser nosotros mismos lo que acabemos en New Gate. ¿Cómo haremos para que su majestad admita que ha estado pagando a un pirata para que defienda las costas americanas de nuestra propia gente? En vez de provocar una guerra entre dos países, solo conseguiremos que tanto América como Inglaterra quieran acabar con nosotros.
Bells observó a su esposa conforme con sus palabras.
 -Coronel, si mi esposa y yo nos unimos a su causa solo es para ver a la persona que acabó con la vida de mi hermano muerto.
 -¿creen que no lo sé? Ese es el motivo de que estéis a favor de mi causa. Ambos queremos al Gitano muerto por diferentes razones, ustedes por venganza, yo porque si él desaparece conseguiré por fin crear la discordia entre los dos países e iniciaremos una nueva guerra. Con toda la confusión me embolsaré una fortuna y mientras ambos países están en enemistad yo me marcharé a Europa y me instalaré allí.
  -Tienen una caja fuerte – dijo Rexford – pero debemos esperar a la fecha acordada.- sacó un pequeño envoltorio del bolsillo de su chaleco y lo puso sobre la mesa. Al abrirlo descubrió unos gemelos de oro con un diamante del tamaño de un piñón.
Fielding los cogió entre sus dedos y sonrió feliz. Los guardó en una pequeña caja dentro del cajón superior del escritorio y sacó la falsificación idéntica.
 -Con esto tendré para fraguar los gastos de la nueva tripulación. Espero que esta vez no sean tan ineptos y se dejen apresar de nuevo. Cuento contigo Rexford ¿has pensado como entrarás en la plantación? Si los documentos no están aquí los debe tener a buen recaudo en Virginia.
 -No sé preocupe señor, lo conseguiré y luego prenderé fuego a la propiedad.  Le traeré esos papeles en persona.
Fielding asintió aunque no muy convencido. Si bien Rexford era un hombre muy leal no le veía con la capacidad suficiente para cumplir con su objetivo. No le quedaba más remedio que cruzar los dedos y confiar en el hombre.
 -¿y sobre el niño? – Quiso saber la dama devolviendo el libro a su sitio - ¿Cuándo nos lo entregaras?
 - En la fecha acordada, desde luego. Piensan dejarle en casa junto a la doncella en la celebración. – respondió.
 -¿y si no es así? – Bells dejó el vaso sobre el escritorio.
 -Tengo los planos de la residencia Hamilton, si deciden llevarse al niño con ellos será fácil sacarlo de la casa. Habrá mucha gente en esa cena. Laura, la doncella, no es ningún problema. Y Sara tendrá que separarse en algún momento de ellos para felicitar a su hermana.
 -¡Pero yo quiero que esa zorra sufra! ¡Mi hermano murió por su culpa! – rugió Bells con desconfianza.
 -¿no te parece demasiado sufrimiento no volver a ver al pequeño nunca más y que su marido acabe ahorcado? – preguntó la mujer con una sonrisa maliciosa. Estaba deseando apoderarse de la criatura, ella se encargaría de hacerlo pasar por su propio hijo allí donde se iban alojar.
 -Nos queda menos de una semana para llevar los planes acabo.  – Aseveró Fielding levantándose de su silla - ¿Rex, has contado con ese hombre… Simón? Ese hombre es totalmente leal a Yaron.
 -De momento se mantiene alejado – Rexford se encogió de hombros. – Cuando se quieran dar cuenta de lo que está pasando será demasiado tarde.
Lo tenían todo más que pensado. Con la desaparición del crio tendrían a todo el mundo buscándolo. Ni siquiera Yaron podría imaginar que su plantación estaría siendo saqueada mientras él  desesperara buscando a su heredero.
 -Va a ser una lástima no estar aquí para cuando apresen al Gitano. En la corte se armará un revuelo enorme cuando descubran que el mismo Rey está involucrado en todo esto.
 -Su majestad lo negará todo – les avisó la mujer – y Yaron jamás se atrevería a revelar la verdad. Los defenderá a muerte.
 -¿tú crees? – Preguntó su esposo con una sonrisa fría – Estoy seguro que si le dieran a elegir entre seguir con su familia o revelar la verdad…
 -¡No le conoces! Ese hombre jamás delataría a la corona. Le tendremos entre la espada y la pared en menos que canta un gallo. Pero no debemos olvidarnos de su esposa – Fielding se acercó al mueble de los licores y después de rebuscar durante unos segundos sacó un pequeño frasquito que entregó a Rexford.
 - Es Arsénico diluido con botulinum, el sistema nervioso falla y se muere entre dolores extremos. Si se tiene la más mínima duda de que el plan pueda fallar o esa perra cambia de idea sobre algún aspecto se lo administras.
Bells sonrió encantado y cruzo una alegre mirada con su esposa.
 -Eso me gusta más – afirmó el hombre.
 -Sí, pero asegúrese de sacar primero al niño – La mujer caminó hasta la ventana y clavó sus ojos en la oscuridad -  No saben lo importante que es para mí tener al pequeño. Lo criaré como si fuera su propia madre y jamás le contaremos quien fueron sus padres. – Se volvió hacia su marido con una amplia sonrisa - ¿no te parece fabuloso? ¡Por fin tendremos el hijo que siempre deseamos!
 -Ya falta poco, querida. Pero te aconsejo que no sigas comprando más cosas a la criatura hasta que no le tengamos con nosotros. No debemos hacer que nadie sospeche.
 -Ahora están muy ocupados con la nueva ceremonia – dijo Rexford poniéndose en pie y guardándose la redoma juntó a la imitación de los gemelos.
 -Sera mejor que se marchen ya – El coronel los guió hasta la puerta principal donde entregaron a los visitantes sus ropas de abrigo – Nos reuniremos aquí la noche anterior. Rexford espera que tenga el pasaje listo.
 -Mañana mismo iré a recogerlo. Pediré un par de horas para acercarme al puerto.
 -Bien, entonces que pasen buena noche – se despidió Fielding.
 -Se me van hacer los días interminables – suspiró la señora Bells tomándose del brazo de su esposo.
 -Tranquila querida. Todo saldrá bien. – la palmeó en la mano con afecto.

 

30
El día había amanecido frio y el cielo, aunque despejado, lucía un tono gris perla. Desde el exterior llegaban los cotidianos ruidos de la calle, las ruedas de los vehículos cruzando los suelos empedrados, los gritos del vendedor de periódicos, los cristales de las botellas de leche que el repartidor dejaba junto a las rejas.
Yaron se detuvo ante la puerta del dormitorio de Kendal y observó con una sonrisa las payasadas que hacía Sara sobre la alfombra, intentando que el niño diera sus primeros pasos a gatas. En algunos momentos las faldas se subían más de lo debido y las largas piernas torneadas asomaban entre los metros de tela.
Laura se hallaba sentada sobre un diminuto sofá y leía con interés una revista de moda.
Cuando Sara levantó la cabeza Alex se acercó hasta ella y después de tenderla una mano la ayudó a levantarse.
Kendal al ver que su madre no estaba a su misma altura, la miró con sus ojos claros y alzó las manos para que él también fuera incorporado.
 -¡Es un poco vago! ¿Sabías que se arrastra con el trasero? – Le dijo Sara apartando la vista de Kendal - ¿Qué llevas ahí?
Yaron agitó una hoja de papel que tenía entre las manos y ladeó la cabeza observándola enamorado.
 -Te doy las referencias de Rexford a cambio de un beso – se colocó el papel tras la espalda. Aun, cuando recordaba el asalto de la noche anterior sonreía para sus adentros. Sara no lo sabía pero había estado a punto de romperle la cabeza con tanta patada. Su esposa era toda una fiera.
Sara intentó cogerlo y él lo elevó sobre su cabeza, soltó una carcajada cuando la muchacha saltó junto a él tratando de arrebatárselo. Con la mano libre la enlazó la cintura y la sintió rendirse contra su pecho antes de besarla en los labios.
Kendal gritó enfadado entre las piernas de sus padres y por fin Alex la entregó el documento para recoger al niño entre sus brazos.
Sara echó un rápido vistazo al historial y miró a su esposo desconcertada.
 -No dice nada, solo donde nació y en las casas que ha estado trabajando. ¿Lo has verificado, Yaron?
El hombre negó con la cabeza y después de besar al niño en su redondeada cabeza lo entregó a Laura que ya había apartado la revista a un lado.
- Creo que te preocupas por el hombre absurdamente – se encogió de hombros – Si quieres le despido hoy mismo y nos quitamos un problema de encima.
Sara se mordió el labio inferior pensativa y sus ojos dorados brillaron dudosos.
 -Tienes razón. Estoy tan nerviosa con lo de ese matrimonio de la tienda y con la próxima celebración de Erika que veo fantasmas donde no los hay.
 -Por cierto, tu hermana envió la invitación de la cena.
 -¡Ah, sí! El jueves ¿no?
 -Me parece que sí. El día veintidós.
Sara frunció el ceño sorprendida ¡Qué casualidad, el mismo día que Rexford tenía apuntado en el trozo de papel!
 -Lamento molestar – carraspeó el mayordomo que había aparecido ante la puerta como una repentina aparición– necesitaría un par de horas para arreglar unos asuntos ¿habría algún problema?
 -Por mí no – contestó Yaron mirando a Sara, esta se encogió de hombros.
 -Creo que el cocinero necesitaba cosas ¿podrías pedirle la lista y te llevas el coche? De momento no vamos a utilizarlo – le ofreció Sara con una dulce sonrisa escondiendo sus referencias tras las abultadas faldas violetas.
 -Por supuesto – el mayordomo hizo una pequeña reverencia y salió de allí.
 -¿no te fías de él y aun así le dejas que se lleve el único vehículo que tenemos? – Preguntó Alex observándola fijamente -¿Qué te traes entre manos?
 -Nada – ella agitó sus cabellos platinos que caían revueltos sobre su espalda, desde que despertara aquella mañana se había dedicado a bañar a Kendal y jugar con él sin haberse preocupado de que Laura la peinara en condiciones, unas pasadas rápidas con el cepillo era el único peinado que llevaba.
Alex la rodeó el talle con ambas manos y la aplastó contra su pecho nuevamente, le gustaba sentirla cerca, escuchar su respiración, oler su perfume. No deseaba apartarse de ella desde que la había vuelto a encontrar. Ahora valoraba muchas cosas que ni siquiera sabía que existía, despertar junto a ella cada mañana, observar su hermoso rostro mientras dormía, acariciar su cuerpo.
 -Tengo que reunirme con Andrew – Alex la soltó de la cintura pero la agarró de una mano y tiró de ella hacía al corredor. Ambos bajaron las escaleras contándose los planes que tenían para aquel día. Tomaron un ligero tentempié en el comedor y se despidieron hasta la hora del almuerzo.
Sara revoloteó sus faldas cuando partió presurosa al dormitorio de Rexford. Simón aún no se había levantado y el cocinero se hallaba trabajando en sus dependencias. Laura era la única que podía molestarla o asustarla en caso de que la pillara in fragante.
Le había prometido a Yaron no volver a registrar las habitaciones de ningún criado, pero debía cerciorarse si realmente en aquel papel ponía veintidós de diciembre, porque si era así y el hombre pensaba embarcarse a Nueva Orleans debía de haberlos avisado puesto que tendrían que buscar otro mayordomo. Eso sí que era sospechoso.
El cuarto se hallaba iluminado con la luz del día que penetraba a través del cristal y las cortinas descorridas. Sin pensarlo dos veces fue directamente hacía la caja que escondía bajo la cama y después de cogerla se encerró en el despacho de Alex.
Descubrió sobre el escritorio los gemelos de su esposo que los había debido de dejar en un descuido. La muchacha observó las piezas con una sonrisa en los labios, recordando que eran los mismos gemelos que llevara en su boda. Los guardó en uno de los bolsillos de su falda para cuando subiera al dormitorio meterlos en su joyero y que no se perdieran.
Abrió la caja con manos temblorosas y buscó el pequeño papel entre los documentos sin hallarlo, en su lugar había un pequeño frasquito que la noche anterior había debido pasar por alto. Quizá perfume…
Con la uña abrió la redoma y metió la nariz, aquel olor era extraño y fuerte, su aroma era más bien acido, como el cloroformo que utilizaban en las enfermerías.
Lo apartó en una esquina de la mesa y tomó el rollo que contenía los planos. A lo mejor Rexford soñaba con hacerse su propia casa. Extendió el papel sobre la base del escritorio pero fue incapaz de sacar ninguna conclusión. Al cabo de un rato escuchó el reloj del vestíbulo y comenzó a guardar todo en el interior de la caja. Cogió uno de los vasos de licor que Yaron tenía en un aparador y vació el contenido del frasco. ¿Y si era una medicina que Rexford se estaba tomando y al no hacerlo se moría? Dudó en si volver a rellenarlo o no. ¡No estaba bien lo que estaba haciendo! Yaron podría enfadarse con ella y con razón. Volvió a echar ese líquido en el mismo frasco y lo guardó de nuevo en la caja. Corrió al dormitorio del mayordomo, dejo el embalaje en su sitio y tarareando caminó en dirección al salón. A medio camino se dio cuenta que había dejado el vaso sobre el escritorio de Alex y volvió a recogerlo para llevarlo ella misma a la cocina.
 -¿necesita algo señora? – la preguntó el hombre que trabajaba allí y que lucía un alto sombrero blanco de uniforme.
 - No gracias, solo venía a dejar esto – estaba a punto de poner el vaso sobre la encimera cuando escuchó un fuerte golpe proveniente del piso de arriba, se asustó y la pieza de cristal rodó hasta hacerse añicos contra el suelo.
 -¿Qué ha sido eso? – Sara apresuró el paso hasta el vestíbulo y el cocinero la siguió armado con una escoba.
Laura desde lo alto de la escalera los miró nerviosa.
 -Lo siento, quise sacudir la alfombra de Kendal y sin querer tiré la trona.
 -Pero todo está bien ¿no? – Preguntó la joven - ¿Kendal?
 - juega con una pelota. Está bien.
El cocinero regresó a la cocina.
 -¡Señora! ¡Señora! – Sara escuchó los gritos del hombre y corrió hacía allí. Desde luego esa mañana no iba a ganar para tanto sobresalto.
En el suelo de la cocina, un pequeño minino se retorcía de dolor entre extraños espasmos.
 -¿de quién es ese gato? – se la ocurrió preguntar con los ojos abiertos como platos. No la gustaba nada que los animales camparan a sus anchas por su casa. Era bien sabido que si los animales no se cuidaban como merecían podían trasmitir muchas enfermedades, y ahora que Kendal se llevaba todo a la boca era una fuente constante de preocupación.
Tanto Sara como el cocinero fueron incapaces de apartar la vista del animal que maullaba con rabia pero que era incapaz de moverse. En cuestión de segundos el minino dejo de respirar.
 -Era mío – respondió el cocinero con pesar agachándose a coger el animal -¿Qué tenía en el vaso que me lo ha matado?
 -¿Qué yo lo he…? – Ella negó con la cabeza y se cruzó de brazos con enojo – en primer lugar no tiene por qué haber un gato en mi cocina. – contestó ofendida. – De hecho si quiere seguir trabajando aquí le prohíbo terminantemente que tenga animales en casa. ¿No se da cuenta que este sitio es muy pequeño para tenerlos aquí? Además estaba enfermo – le señaló con el dedo y al hacerlo reparó en el vidrio roto.
Su corazón latió violentamente y se apoyó contra una de las mesas.
 -No estaba enfermo – respondió el cocinero terminando de coger al animal para llevarlo al patio de la cocina. Sara salió tras él para asegurarse que no lo enterraba en el jardín – Era lo que había en el vaso. –insistió el hombre.
Sara comenzó a morderse las uñas, hacía mucho tiempo que no hacía algo así, pero descubrir que el frasco que Rexford guardaba era alguna clase de veneno la dejó paralizada. ¿Por qué ese hombre tenía algo tan peligroso escondido?
¡Por supuesto que hablaría con él en cuanto llegara y no la importaba admitir que había registrado sus cosas! Rexford tendría muchas cosas que explicar.
Decididamente no la gustaba el hombre y no le daría ni una oportunidad. Ninguna.

 

31
La puerta principal se abrió de golpe dejando pasar una fuerte ráfaga de aire, arrastrando pequeños copos de nieve que sobrevolaron durante un rato el vestíbulo.
Sara regresaba del patio de la cocina con rostro serio y los dorados ojos brillando furiosos. Creía que Rexford había llegado y pensaba ponerlo de patitas en la calle en ese mismo momento, sin embargo se topó con la entrada de Yaron que sacudía la nieve de sus anchos hombros.
 -¡Que pronto has llegado! – dijo Sara acercándose – pero mejor, porque tengo que hablar contigo aunque te enfades.
Alex asintió y recorrió con la mirada la amplia galería, luego poso la vista sobre ella.
 -¿ya te has dado cuenta? – preguntó él despojándose el largo abrigo para dejarlo en una alto perchero de pie.
 -¿de qué?
 -Vamos al estudio preciosa, lo que tengo que decirte no te va a gustar ni un poquito – alzó la cabeza - ¿Dónde está Rexford?
 -No ha llegado aún, pensé que eras tú. Es bastante importante lo que tengo que decirte.
 -Lo mío también – contestó él abriéndose paso hasta el estudio. La dejo pasar a ella primero y una vez a solas cerró la puerta. – No me di cuenta hasta que llegué a casa de Andrew – Apoyó las caderas en el escritorio y la observó cruzando los brazos.
Sara dedujo que algo grave habría pasado, no había visto nunca tanta preocupación en los amados ojos turquesas.
 -Me tienes en ascuas Yaron. ¿Qué ha pasado?
 -Sobre las credenciales de Rexford… No sé si habrá mentido como tú dices, pero lo que no me di cuenta fue su lugar de nacimiento. El hombre es de Birmingham.
Sara abrió los ojos aunque no estaba del todo sorprendida. Con un puño se golpeó la palma de la otra mano con satisfacción.
 -¿trabaja para el coronel? – le preguntó animada por aquel descubrimiento – Ya decía yo que había algo extraño en él. ¿Le contrataste tú?
 -No – negó con la cabeza – Castor se encargó de todo. Por lo visto el hombre vino sabiendo que necesitábamos mayordomo y lo contrató por ser el primero que apareció, Andrew estaba con él y le dio el visto bueno.
Sara se sentó en una silla con los ojos clavados en su esposo.
 -He vuelto a entrar en su dormitorio –  comentó,vio como Yaron tensaba la mandíbula y se apresuró a explicarle sus razones. – Rexford tiene que recoger un pasaje para Nueva Orleans, si no lo está consiguiendo en este momento.  – agitó la mano como si eso fuera lo que menos importara – En un papel tenía apuntado una fecha y esta mañana quería confirmar si realmente había escrito el día veintidós pero no halle lo que buscaba, ha debido de quitarlo pero en su lugar encontré un frasco – le relató la extraña muerte del gato del cocinero – creo que es veneno.
Alex se enderezó y caminó hasta la ventana. En el exterior había comenzado a nevar con fuerza y las calles de Londres empezaban a cubrirse de un manto blanco y espeso, excepto por donde los peatones y los carruajes pasaban que se estaban formando verdaderos lodazales.
 -¿Dónde lo guarda?
 -Debajo de la cama en una caja. Despídelo Yaron. No me gusta que ese hombre esté cerca de nosotros. No sé si realmente tendrá algo que ver con el coronel o es pura coincidencia pero estoy empezando a tener miedo de verdad.
 - Sara – empezó el hombre frotándose las manos. Arrastró otra silla hasta ponerla frente a ella y se sentó con las piernas abiertas y las manos apoyadas en sus muslos. Clavó su vista en ella con seriedad – Nunca he sido un pirata como tú crees, por lo menos no un pirata que va asaltando barcos a diestro y siniestro. Estuve en la armada Británica bastante tiempo. Cansado de esperar a que me dieran mí ascenso presente mi renuncia. Solo quería capitanear mi propio barco y formar una compañía con naves destinadas al comercio. Su Majestad la reina no aceptó la renuncia y me propuso trabajar de incognito para la corona.  – hizo una pausa estudiando el rostro de su esposa que lo escuchaba con atención, después de tanto tiempo por fin iba a descubrir la verdad sobre él – Hasta la corte había llegado el rumor de que algún notable Ingles con algunas influencias quería sembrar la discordia entre América y este país. Fui el encargado de detener esos ataques durante estos últimos años mientras los hombres de Scotlan Yard averiguaban desde aquí quien era el líder, cosa que aún no han hecho. La muerte del Gitano fue pactada para mantener la imagen de la corona limpia, solo unas pocas personas de la cámara de los lores conocen la verdad.
 -¿quieres decir que Inglaterra te pagaba por hacer lo… que hacías? – se sorprendió y Alex asintió aguardando su reacción. Sara no había esperado algo así pero sintió un gran alivio al descubrir que su esposo no había actuado fuera de la ilegalidad -¿podría ser el coronel ese hombre que busca la Yard?
 - En este momento apostaría que sí, por eso no puedo despedir a Rexford aun. Necesito tenerlo cerca para saber todos sus movimientos. Necesitamos tener pruebas y ese hombre sin saberlo nos va a servir de ayuda.
 -Pero sería peligroso ¿no? ¿Y si pensaba envenenarte?
 -Si hiciera eso nunca podrían descubrir el vínculo que me une a este país. – Negó con la cabeza y sus ojos se dilataron por unas décimas de segundo – Necesito que Kendal y tú salgáis de la casa, he hablado con mi hermano…
 -¡no quiero marcharme sin ti! ¡Por favor Yaron! Debe haber otra solución – rogó inclinándose hacía él para tomarle las manos.
 -Lo más importante para mi eres tú Sara y el coronel lo sabe. No voy a permitir que te haga daño solo para verme colgado. Serán solo unos días. Después de la boda de tu hermana nos iremos a Virginia una temporada, pero ahora quiero alejarte de todo esto.
De los ojos dorados descendieron dos gruesos lagrimones y Yaron, con los dedos pulgares los retiró con ternura.
 -Podría ir con mi padre… - Empezó a decir ella, Alex negó con una triste sonrisa – Es que creo que si me separo de ti algo malo te va a ocurrir – rompió a llorar y él la cogió en brazos para sentarla sobre sus piernas y consolarla acariciando sus largos cabellos. –Prométeme… que todo… va a salir bien. ¡Si te ocurriera algo…! – sollozó con más fuerza.
Yaron la abrazó sintiéndola temblar bajo sus brazos.
 -Voy a estar bien preciosa, te lo prometo. No pienso perderos a ninguno de los dos ¿de acuerdo? Debes confiar en mí, Sara. Si tienen planeado algo para la fecha que dices… - frunció el ceño - ¿es el día de la cena de Erika? – ella asintió – Estaremos listos.
Ella, suspirando con fuerza se buscó en el bolsillo de la falda el pañuelo que siempre llevaba encima. Al hacerlo los gemelos de su esposo cayeron rodando por el suelo. Se levantó a recogerlos y se los mostró con la palma abierta y el rostro surcado por las lágrimas,
 - Los olvidaste.
Yaron los tomó para dejarlos sobre la mesa pero se sorprendió ante el peso de las joyas. Se incorporó él también para echarlas un vistazo.
 -Son falsos. Rexford nos ha dado el cambiazo – gruñó furioso deseando matar al hombre, matar al coronel y matar a todo aquel que se atreviera hacer daño a su familia.
Sara volvió a llorar con más fuerza al tiempo que se sonaba la nariz ruidosamente.
Yaron salió del despacho pero regresó enseguida con Simón a quien puso al corriente de todo.
 -Sara preparar vuestras cosas. Laura se marchara contigo – ordenó Yaron con los ojos inyectados en furia y su rostro tenso de manera peligrosa, abrió la caja fuerte y sacó un montón de documentos, todos enrollados y con el sello de la corona. – quiero que guardes esto contigo. No va a ocurrir nada, pero si pasara… - La joven parpadeó para enfocar mejor su visión y negó, sin embargo Yaron continuó – Mi hermano sabria que hacer con esto. Todo esto te pertenece.
 -¿y si solo sacáramos a Kendal? Yo puedo quedarme contigo y podemos fingir que el bebé se encuentra…
 - Sara no – atajó él. – Haremos correr el rumor de que Rouse está algo indispuesta y os alojareis allí para ayudarla en lo que sea. Difícilmente nadie pueda entrar en la casa. – la colocó las manos sobre los hombros – te prometo mi amor que te tendré informada en todo momento.
 -El jefe tiene razón – dijo Simón mirándola – posiblemente al sacaros de la casa el Coronel sienta dudas y quiera hacer algo antes de darle tiempo a planear nada.
Sara con nerviosismo se pasó las manos por la cara. No estaba nada convencida con lo que Alex proponía, es más estaba aterrorizada de saber que se quedaría solo ¿y si lo envenenaban? ¿Y si lo asesinaban? Era consciente que si algo de esto sucedía ella no podría seguir adelante, no querría seguir sin él porque el dolor sería más fuerte que todo eso.
 -Sara no te preocupes – la intentó animar su esposo rodeándola los hombros con un brazo – Me he enfrentado a gente mucho peor que Rexford y El Coronel Fielding. Estaré preparado para lo que surja. Por supuesto informare a los hombres de Yard e infiltraremos en la fiesta de tu hermana algunos hombres del Diábolo.
Ella miró a Simón ansiosa:
 -Prométeme que le vas a cuidar.
 -Siempre lo he hecho – dijo él con una sonrisa – Un poco de acción no nos vendrá mal ¿verdad Gitano?
Alex asintió imperceptiblemente.
 - De momento no debemos decir a nadie donde vas, Sara. Yo prometo reunirme contigo siempre que pueda.
La joven le abrazó con fuerza clavando las uñas en sus anchos hombros. ¿No había querido tener una vida que rompiera con la monotonía? Decididamente era mejor leer esas historias en las novelas que sentirlas en sus propias carnes.
Simón abandonó el despacho cuando Yaron se apoderó de los labios de su mujer con una pasión que no concordaba para nada con el peligro que les acechaba.
Sin hablar, solo con besos y caricias Sara se entregó a su esposo en el estudio. Le amó como si fuera el último día de su vida y cuando Alex entró en ella, olvidó por un momento que existía un mundo fuera de aquella habitación y a pesar de llorar durante todo el acto de amor, y de demostrarle que él era lo más importante en su vida, disfrutó con ansia del placer que la regalaba.

 

32
Quedaba muy poco tiempo para Navidad y varios comerciantes habían colocado enormes abetos adornados con multitud de bolas de colores y lazos en plena acera. Las farolas también lucían hermosas vestidas con las rojas flores de pascuas, e incluso los carruajes portaban rosetas multicolores en sus partes traseras. Tras los empañados cristales de los comercios las velas danzaban al son de los canticos populares. El espíritu de la Navidad invadía las frías y heladas calles de Londres que ese día habían despertado cubiertas por una espesa capa de nieve.
La tarde se había tornado agradable con la presencia de Erika y su prometido el conde Wakefield, aunque se habían retirado temprano. Sara hubiera deseado que se quedaran a cenar, el conde era un bromista encantador y ella tuvo que admitir que ahora que conocía a los ingleses no parecían tan sosos como había imaginado, por lo menos algunos.
 Sin embargo unas horas después, Sara salió de Yaron House envuelta en su nueva capa color berenjena, bajo ella llevaba un vestido rojo con un enorme volante blanco en el cuello y otros más pequeños en los puños.
Laura había recogido sus cabellos plateados en un peinado que nunca pasaba de moda y varios mechones escaparon en su carrera. La habían informado que Alex la esperaba fuera con el propósito de llevarla a cenar a algún sitio elegante y no quería que el hombre permaneciera en el exterior aguardándola más tiempo de lo normal. Y sobre todo porque deseaba verlo, porque aun sentía como su corazón palpitaba a mil por hora cuando los ojos turquesas la miraban con adoración.
Se sentía como si estuviera viviendo un amor secreto y aunque veía a Alex a menudo echaba mucho de menos despertarse junto a él cada mañana, eso cuando dormía porque últimamente había comenzado a sufrir de insomnio.
Se abrazó a Yaron sin importar estar en plena calle. Su esposo estaba muy elegante con un traje gris y una capa del mismo tono.
 -¿estas lista? – la preguntó tomándola de la mano para acercársela a los labios. Su porte gallardo y al mismo tiempo peligroso la fascinaba cada día más. Su altura, la anchura de sus hombros, la forma en que inclinaba hacía ella su cuello bajando la cabeza con lentitud para probar sus labios. La manera tan cautivadora de mirarla, con esos ojos claros, brillantes, cálidos y aun tiempo tan inhumanos, esa mirada que contrastaba sobre la tez morena como dos gemas turquesas. Sara le acarició la mejilla y pasó sus dedos por la oreja donde tiempo atrás había lucido un arete. Algún día le pediría que se lo pusiera, que la hiciera el amor…con él, con aquel chaleco negro…
Yaron elevó las cejas esperando una respuesta.
Ella asintió con ojos brillantes alejando sus lascivos pensamientos en un rincón de su cabeza y dejó que la guiara por la calle, la mano del hombre rodeaba su talle para que no resbalara sobre el piso.
 -¿Dónde me llevas? – le preguntó con las mejillas enrojecidas por el frio.
 -Ahora lo veras, es una sorpresa – caminaron hasta la esquina de la calle donde el vehículo les estaba esperando. Las ruedas estaban totalmente hundidas en la nieve y fue un milagro que los caballos de tiro lo sacaran del estacionamiento.
Sara y Alex compartieron el mismo asiento, ocultos tras las cortinas se besaron y acariciaron como dos jóvenes que acabaran de descubrir el amor. El tiempo era crucial y ellos intentaban aprovechar cada segundo que podían compartir.
El carruaje se detuvo y el cochero abrió un pequeño compartimento para avisarlos que no podían continuar.
Yaron se asomó a la ventana algo desilusionado. A lo lejos podía ver los altos mástiles de su nueva goleta que se recortaban bajo la luz de la luna “la escocesa”.
 -Andaremos un poco – la informó saliendo al exterior. Sara le siguió y se vio cogida en vilo por la cintura hasta posar los pies sobre el suelo, por un momento las anchas faldas volaron por su cabeza.
 -¿en el puerto? – le preguntó extrañada mirando en derredor–No sabía que aquí hubiera restaurantes elegantes. – dudó frunciendo el ceño con las palmas de las manos abiertas sobre el pecho del hombre.
 -Y no los hay – contestó con una sonrisa que implicaba que estaba cometiendo alguna travesura.
 -¿de qué se trata Yaron? – preguntó dejándose llevar por la sucia calle que accedía al puerto. Alguien había retirado bastante nieve con las palas y la habían amontonado junto al borde de los edificios. De las tabernas salían retazos de música así como griteríos y risas. Las prostitutas se dejaban ver saliendo al exterior de vez en cuando, apenas abrigadas y con ropas bastante provocativas.
El suelo era bastante peligroso, el barro, el agua y el hielo lo hacían casi intransitable. Por no contar que la gente de esos barrios lanzaba las aguas residuales por las ventanas y el olor era insoportable.
Se detuvieron ante una hermosa embarcación de tamaño considerable y Yaron la señaló una hermosa mujer tallada en madera con cuerpo de sirena. La figura tenía un enorme lazo rojo sobre su pecho desnudo y parecía comandar el barco con una sonrisa.
 -Tu regalo de Navidad – susurró abrazándola por la espalda para admirar con orgullo la nave – “la escocesa”
Sara abrió la boca con sorpresa, extasiada ante tal maravilla.
 -¡Un barco! – exclamó emocionada, sin aliento-¡No lo puedo creer! – se giró entre sus brazos leyendo en sus ojos turquesas que aquello era cierto -¡Me has regalado un barco! – repitió con un grito de alegría y con el deseo repentino de ponerse a bailar sobre el suelo. - ¡Es mío! – rio de pura dicha.
 Yaron lanzó un potente silbido y Castor apareció por un costado saludándolos desde lo alto, haciendo señas para que subieran.
Sara se aferró con fuerza a la pasarela para no resbalar mientras Alex la seguía de cerca, siempre pendiente de que no cayera. Castor la tendió la mano una vez que llegaron arriba y la muchacha le saludó con un abrazo lleno de afecto.
 -Bienvenida a “la escocesa” – Castor sonrió con el mismo orgullo con el que lo hacía Yaron.
Varias luces iluminaban la cubierta haciendo que la goleta pareciera mágica. Había lazos dorados, azules y rojos por todos lados, algunos ya estaban mojados y embarrados pero bajo la tenue luz no se veían mal.
 -¡Es preciosa! ¡Es…!- no tenía palabras para definir lo que sentía en aquel momento, jamás había soñado con poseer una embarcación, ni siquiera se la había pasado por la imaginación. Y ahora tenía una muy hermosa, parpadeó con fuerza queriendo evitar que las lágrimas empañaran sus ojos sin mucho éxito. ¡Yaron, su Yaron la había regalado una goleta! Volvió a reír encantada y abrazó a su esposo con tanta fuerza que apunto estuvieron los dos de caer.
Castor caminó hasta un banco de madera que se hallaba contra una pared, debajo guardaban cuerdas y aparejos. Sacó una botella de champán y se la entregó a Sara con una sonrisa.
 -Señora Yaron, sería tan amable de hacer el honor.
Sara la tomó entre sus manos y con una sonrisa nerviosa los miró expectante.
 -Preciosa tienes que lanzarla. – avisó Yaron después de esperar un rato.
 -¿El qué? ¿La botella? – Alex asintió con una carcajada y se colocó tras ella, la elevó la mano, apretó su pecho contra la delgada espalda  y apoyó su cara en el hueco de su cuello, mejilla contra mejilla -¿hacia dónde apuntamos? – le preguntó emocionada, sintiendo la calidez del aliento de su esposo contra su piel  - ¿y porque hacemos esto? – notó como él se encogía de hombros y disimuladamente la apretaba con las caderas sintiendo la dureza masculina contras sus nalgas a pesar de las ropas. Las mejillas de Sara adquirieron un repentino tono rosado más bien tirando a colorado.
 - Una tradición, bautizar la goleta –  contestó Alex dejando escapar una risa suave, seductora. Lanzaron el champán y la botella se hizo añicos en la baranda de metal que se recortaba contra la negrura del mar.
 -Yo, Sara Yaron Hamilton te bautizo como “la escocesa” – bromeó con voz fuerte y clara para que pudieran escucharla los hombres que se hallaban apostados junto a la bodega. Los había descubierto cuando Yaron miró hacia allí con un guiño.
En cuestión de segundos los hombres vitorearon con fuerza formando un gran alboroto sobre cubierta, olvidados en ese momento que era de noche y  que las temperaturas posiblemente se encontraran a bajo cero. Entre vivas, hurras, risas y aplausos Sara se cogió del brazo de su esposo y los saludó de uno en uno.
Conocía a la mayoría de haberlos visto en el diábolo. Hombres fieles que seguían al servicio de Yaron, personas a la que la sociedad le habían mirado tan mal como Alex, si saber que si no fuera por ellos Inglaterra y América hubieran iniciado una nueva guerra hacía ya tiempo.
Castor y Yaron la mostraron el lugar a conciencia aunque acortaron el paseo debido al frio que hacía.
 “La escocesa” tenía un amplio y elegante comedor con las paredes forradas en papel beige y los suelos cubiertos con moqueta burdeos. Del techo pendía una araña que atrapaba todas las luces de los apliques formando un pequeño arcoíris.
La mesa estaba perfectamente colocada para dos personas y varias velas lucían en el centro del delicado mantel de lino.
 -Ahora os subirán la cena – dijo Castor saliendo de allí.
 -¡es maravilloso! – rio Sara tratando de desatar los nudos de su capa. Tenía las manos tan frías que Yaron tuvo que ayudarla. – No sé qué decirte, no lo esperaba. ¿No crees que es demasiado para un regalo de Navidad?
Alex inclinó la cabeza y elevó las cejas con gesto de sorpresa.
 -¿tal vez esperabas alguna joya? – la preguntó apartando la silla para que tomara asiento. Se despojó su capa y dejo la prenda sobre la de Sara en una butaca de madera con base de pana roja y sirvió dos copas de vino.
 -Si te soy sincera era eso lo que esperaba. Pero prefiero esto – se apresuró a decir no fuera a ser que Yaron cambiara de opinión.
El hombre rio divertido y la entregó la pieza agachándose junto a ella para entrelazar los brazos y beber con las copas cruzadas. No se apartó después de beber y sus labios se rozaron con suavidad. Dejó la copa a tientas sobre la mesa sin apartar los ojos de ella.
 -Una joya para mi joya – la susurró nervioso. Al incorporarse sus manos tenían un pequeño estuche forrado es satén amarillo, lo abrió él ante la atónita mirada de Sara. En el interior una hermosa gargantilla de brillantes y unas gemas entre ámbar y doradas que Sara no había visto nunca la dejaron boquiabierta.
 -Calomelas – dijo Yaron señalando las gemas – quería que fueran exactas al color miel de tus ojos. – asintió satisfecho. - ¿me permites? – agitó la joya y Sara sonrió girándose ligeramente e inclinando el cuello para que lo abrochara sin dificultad.
Sintió un reguero  de cálidos  besos tras las orejas y soltó un suspiro de ensueño.
Se giró hacía su esposo para mostrarle la gargantilla, él se hallaba con una pierna arrodillada sobre el suelo mirándola con pasión.
Sara apoyó una delgada mano sobre el ancho hombro y le sonrió con pena.
 -No nos pasará nada ¿verdad Yaron? – Su voz tembló - Será siempre igual para nosotros ¿verdad?
Le vio tragar con dificultad, disimulaba fatal. Sara le besó para no obligarle a mentir.
   

 

33
Sara se hallaba en medio de la cama sumida en sus propios pensamientos. Había colocado un almohadón en el centro del colchón donde apoyaba la cabeza, ajena a la ardiente mirada del hombre que en ese momento ingresaba en el dormitorio con una sonrisa lasciva. Estaba recostada de espaldas y una larga pierna, marfil y deliciosamente torneada, subía por la delicada columna del dosel mientras los dedos de sus pies jugaban con el cordón que ataban las colgaduras.  Los brazos estirados hacía arriba, cubiertos a medias por el revuelto cabello que brillaba como hebras de platas bajo la luz de las velas, se mecían ligeramente al compás de una melodía que solo ella misma conocía.
Tenía los ojos cerrados sin embargo movía los labios entonando una canción silenciosa.
La visión de su cuerpo cimbreante contra las sabanas, solo cubierto por un finísimo corsé en tonos cremas que mostraba la mitad de los senos, caía suelto sobre las caderas y en ese momento dejaban toda la longitud de las piernas al descubierto, lograban dejarle sin aliento y excitarlo sin compasión.
Cuan bella y hermosa era Sara y que poco parecía darse cuenta de que con una sola mirada lo había esclavizado. Que distinta había sido su vida antes de conocerla, tan fuerte, tan listo, siempre controlando las cosas, pendiente de todo cuanto le rodeaba, liderando con seguridad y ahora, solo una mirada de ella y sería capaz de poner el mundo a su pies. 
Algunos de sus amigos no le reconocerían, se preguntarían donde había ido a parar aquel que trazaba los planes sin omitir detalles, que se enfrentaba a los más osados con el sable en la mano y una fría sonrisa por compañía. Hay quienes incluso buscarían reírse, pero por raro que le pareciera, no le importaba. Ya no era el mismo, aquel loco que no temía a la muerte, el que era capaz de atravesar el mar sin decaer antes los suaves cantos de las sirenas, el que había logrado penetrar hasta las mismísimos calabozos de Palacio Real y Fortaleza de su Majestad para rescatar a uno de los suyos. ¡Ya no le importaba!
Se apoyó contra la puerta y con los brazos cruzados sobre el pecho la observó fijamente. Ella había elevado la otra pierna y las movía en forma de tijera, se estaba impacientando sin embargo él se encontraba muy a gusto en aquel preciso momento, sentía como la excitación viajaba por todas las venas de su cuerpo.
 Ella ladeó la cabeza y lo miró con ojos burlones. Yaron sonrió pero no se movió, entonces Sara giró de forma lenta sobre el colchón, sin apartar la vista de él. Por un momento el escote del corsé apretó las carnes y se quedó flojo, mostrando los senos que asomaban fuera de la prenda.
Alex se pasó la lengua por los labios y un sudor perlado cubrió ligeramente su frente, ella lo hacía a propósito, sabia el estrago que estaba causando en su interior, sobre todo en dicha parte del cuerpo que parecía tener vida propia y que le pedía a gritos que se acercara, que le dejara hundirse y liberarse de la tensión que aplastaba sus riñones.
Los ojos de Sara brillaron sensuales cuando se incorporó de rodillas sobre la cama y con una lentitud abrumadora desató los finos cordones de la prenda que la cubría.
Yaron guardó el aliento hasta que la ropa cayó sobre la cama y los pechos turgentes salieron libres de presión, liberados ante su atenta mirada. Vio como la rosada lengua asomaba entre los labios, lamiendo y mordiéndose la piel con total erotismo, como paseaba las manos por el vientre y la cintura.
 No pudo más. No quiso ser un simple espectador, se acercó en dos rápidas zancadas y sus manos se unieron a las de ella, acariciando donde ella lo hacía. Cuando quiso alcanzarla un  pecho la joven le detuvo tomándole de la mano y una mirada apasionada llena de promesas.
Yaron la cazó los labios en un solo movimiento y profundizó su beso hasta que la joven dejo caer las manos rendida a la caricia de su boca, impotente y sin fuerza bajo el cálido aliento que ahondaba en su ser, en su alma. Lentamente su lengua se deslizó por el esbelto cuello y los hombros, deteniéndose justo en la excitante curva, dejando una agradable quemazón en la piel,  un cosquilleo apabullante que cambió el ritmo de su respiración. La escuchó jadear cuando sus dientes rozaron la delicada piel de un pecho, la piel sedosa y fresca reacción y el pequeño botón que culminaba el perfecto montículo se hinchó adquiriendo un tono oscuro, casi tostado. Yaron lo tomó con suavidad entre los dientes y lo golpeó rítmicamente con la lengua. Sara apoyó las manos en sus hombros para guardar el equilibrio y él aprovecho para tomar el otro seno y prodigarle las mismas caricias que a su gemelo.
Sara dejó caer la cabeza hacía atrás y cerró los ojos con un suspiro, el hombre seguía deslizando los labios sobre su vientre y jugó muy cerca de su ombligo, bajando hacia el pubis pero subiendo antes de llegar, lamiendo la piel, saboreando cada centímetro. La joven le tomó del cabello y lo atrajo contra ella rogando en un murmullo.
Alex elevó la cabeza y se desnudó con prisa para volver acercarse  y tras tomar las caderas con sus manos apretar los labios contra su estómago, un vientre plano y liso que no siempre fue así. Casi con furia y con el oscuro sentimiento de saber que no estuvo allí cuando hubiera debido la besó con ansia, haciéndose la solemne promesa de no faltar nunca más. Sabía que no debería estar haciendo futuros planes cuando su vida pendía de un fino hilo que en cualquier momento podrían cortar. Sobre todo en dos días, solo en dos días se decidiría todo su futuro. A parto esos pensamientos de sí, los echó de su mente cuando Sara le mordisqueó la mandíbula.
La hizo recostar sobre la cama y hundió su boca en el cuello donde presionó con la lengua y la notó temblar entre sus brazos.
¡Era suya! No podía creer que su más ansiado sueño se hubiera cumplido, que aquella beldad de cabellos plateados y rostro de ángel le perteneciera, le hubiera dado un hijo, se hubiera convertido en su esposa. La adoraba y era tanto el grado que su corazón dolía de imaginar que algo malo pudiera pasarla. No lo permitiría.
 -Te amo – susurró ella y Yaron se deshizo, se olvidó de todo excepto del cuerpo que se retorcía contra él excitándolo, llevándolo a los más altos límites de la pasión. Tan solo esperaba que después de esos dos días ella siguiera opinando lo mismo. Que se diera cuenta que no tenía otra forma de actuar si quería mantenerlos a salvo.
¡Claro que se iba a enfadar! ¿A quién pretendía engañar? Ella no podía enterarse, el señor Hamilton no debía saberlo y Andrew lo haría encerrar de saber lo que se proponía. Fielding quería al gitano, el veintidós de diciembre se encontraría con él. Lucharía a muerte y ni siquiera le importaba que la reyerta tuviera lugar en “la escocesa” ni que los hombres del coronel doblaran a la tripulación. La nave que Fielding había contratado para comenzar de nuevo sus ataques con la costa de Virginia. Que sorpresa cuando se enterara que había contratado ni más ni menos que a su peor enemigo. Lástima que se fuera a dar cuenta en alta mar.


Cuando Sara le besó ante la puerta de Yaron House, Alex la detuvo adrede para observar su dulce rostro aun arrobado por la noche de pasión vivida, para llevarse el recuerdo de los bellos ojos ambarinos.
 -¿Qué ocurre? – le preguntó ella con mirada preocupada paseando los largos dedos sobre su mejilla.
 -Nada mi amor – La tomó la mano para besarla el dorso con fuerza, reteniéndola contra él los últimos segundos antes de marcharse. – Prométeme que te vas a cuidar mucho – no quería susurrar pero tenía miedo de que su voz temblara, de que ella dudara. – Hemos pasado una buena noche – consiguió sonreír.
Sara asintió y con ambos brazos le enlazó la cintura para aplastar la mejilla contra su pecho.
 - Si pasara algo me lo dirías ¿verdad Alex? – le preguntó sin mirarle.
Alex la observó fijamente la coronilla y asintió, ella no podía verle pero si sintió su movimiento.
 -Entra preciosa, aquí hace mucho frio.
Sara asintió elevando la cara para besarle una vez más.
 -Estoy cansadísima – frunció los labios divertida – no me has dejado descansar nada.
El brillo de su mirada turquesa no lució como siempre. La acarició los hombros y con suavidad la empujó al interior de la casa.
La muchacha levantó una mano a modo de despedida antes de cerrar la puerta. Alex cruzó la calle y desde allí observó como alguien iluminaba un dormitorio de la casa , sin duda Sara que corría a desnudarse para aprovechar la hora que faltaba para que amaneciera, cinco minutos después la luz se disipaba.
No supo cuánto tiempo se quedó allí, pensando, planeando sus próximos movimientos.
Miró una vez más hacía la ventana antes de marcharse y la vio, Sara estaba apoyada en el cristal con los ojos fijos en él y un gesto triste en su mentón.
34

34
 -¡Maldito seas, Yaron! – susurró Sara con los dientes apretados y los ojos clavados en aquella escueta nota.
 -¡Sara por favor estese quieta o seré incapaz de prender el broche! – la doncella luchaba por colocar el alfiler sobre el tercer lazo azul que adornaba la parte delantera del vestido, justo encima del encaje blanco que cubría el tórax.
La muchacha no contestó y lanzó el papel que sostenía hacía el tocador, cayó al suelo antes de llegar a su destino.
Cuando Laura acabó Sara se giró al espejo observándose atentamente. El vestido era una maravilla de satén azul brillante, los puños estaban adornados con un volante de gasa que provocaba cosquillas en las muñecas y tres lazos colocados diestramente, en el pecho, en el vientre y en la unión de su cintura, le daban un aire majestuoso, casi de realeza. Las faldas caían anchas y largas rozando con un suave siseo el suelo.
Cogió el abanico de mismos tonos y con fuerza lo abrió y cerró un par de veces antes de arrojarlo sobre la cama.
Desde un principio sabía que Yaron se proponía algo aunque no tuviera idea de que. ¿Por qué no pensaba acudir a la cena de Erika? ¿Qué era eso tan importante que le impedía reunirse con ella? Si al menos le pudiera preguntar a Simón, podría aclarar algunas dudas, sin embargo el hombre tampoco había dado señales de vida.
¡Que le disculpara ante el Conde Wakefield y su hermana…! ¿y ella? ¿Acaso estaba destinada a encontrarse sola en los días más importantes?
Su enfado iba creciendo a medida que la mañana avanzaba y los preparativos llegaban a su fin.
Laura con Kendal en brazos informó que estaba lista para partir. En el último momento Sara había decidido llevarse al niño a la fiesta. La casa era bastante grande y Laura y él se encontrarían seguros en los pisos superiores.
Fueron los primeros en llegar y Rouse corrió hacía Erika para tratar de tranquilizarla antes que todo el ajetreo ingresara entre las paredes de la mansión.
 -Entonces ¿no va a venir? – preguntó Andrew observando la ancha calle a través del ventanal.
 -No – negó Sara mordiéndose el labio inferior - ¿a ti no te ha dicho nada? – le miró queriendo sonsacarle cualquier información por mínima que fuera pero Andrew tenía cara de no saber absolutamente nada.
 -Solo espero que sepa lo que está haciendo.
 -Ja – bufó ella volviéndose de nuevo hacía la ventana. Llegaron hasta ellos las voces de los primeros invitados y Sara se agarró la falda azul volviéndose hacía la escalera – Regreso en seguida, voy a echar el ultimo vistazo a Kendal.
Laura leía apaciblemente un  cuento al infante y casi obligó a Sara abandonar el dormitorio ahora que el niño estaba relajado.
Cogió aire antes de descender por las escaleras y aunque trató de evitar los múltiples saludos no pudo zafarse de todos.
Hubo una pequeña recepción antes que los invitados pasaran al comedor, el salón más grande de la casa había sido habilitado como sala de baile colocando largas mesas bajos los ventanales adornados con  muérdago.
Las damas venían enjoyadas luciendo sus mejores galas, una profusión de telas, encajes, gasas y una fuerte saturación de perfumes hizo que Sara aprovechara en más de una ocasión para escapar a las cocinas donde allí el ajetreo era incesante pero se respiraba mejor. Camareros que entraban y salían con bandejas, doncellas que vigilaban si algún vaso se derramaba o algún jarrón caía, siempre había alguien que sin querer causaba algún destrozo. El cocinero francés y su ayudante corrían por las dependencias haciendo volar los platos, condimentando salsas y preparando los postres.
Eran muchas las personas que habían acudido a la fiesta de Erika, entre ellas descubrió a dos de los hombres que trabajaban al servicio de su marido y que para incomodidad de ella no la quitaban los ojos de encima, para colmo la gente comenzaba a murmurar. Ambos hombres, aunque elegantes, vestían casacas largas adornadas con grandes botones y llevaban los holgados pantalones introducidos en las botas de piel. Tan solo les hubiera faltado el pañuelo en la cabeza y el sable en las caderas para identificarlos como corsarios. Cuando estos se detenían en algún lado siempre lo hacían con las piernas ligeramente entreabiertas como si aún siguieran en la cubierta del navío.
Había también varios soldados con su rojos uniformes que trataban de seducir a las jovencitas más incautas, tan solo trataban de pasar una agradable noche con un par de buenas piernas femeninas rodeando sus caderas.
La música resonó por todas las habitaciones de la planta inferior y arriba tan solo llegaba un débil rumor.
Comieron del amplio y generoso bufet que habían dispuesto en las mesas y los invitados pronto corrieron a buscarse sillas donde descansar antes de que la fiesta llegara a su apogeo.
Sara caminó entre ellos, fingiendo reírse ante alguna broma y cuando el baile comenzó, por mucho que tratara de esconderse siempre había alguien que parecía buscarla continuamente.
Se pasó la mitad de la noche huyendo de los cotilleos, bullendo en su interior con un mal presentimiento. Sus pensamientos volaban continuamente hacía Alex ¿Qué estaba haciendo? ¿Dónde estaba?
Era tarde y Kendal ya estaría durmiendo, subió por última vez a echarle un vistazo. El dormitorio apenas se hallaba iluminado con la luz del hogar y todo se encontraba en silencio, por lo menos eso es lo que había pensado hasta que vio la figura que se movía tras la cortina.
 -¿Quién anda ahí? – preguntó con voz temblorosa apretando el estúpido abanico con una mano. -¿Laura eres tú?
Nadie respondió sin embargo Sara podía ver su forma recortada a la luz de la luna. Caminó despacio hasta la cuna donde el bebé dormía plácidamente. Frunció el ceño.
 -Quien esté tras las cortinas que salga ahora mismo – dijo buscando la lamparita que había sobre una de las mesas. Estaba consiguiendo encender un fosforo cuando la silueta tras las colgaduras salió de su escondite. - ¿Quién es? – abrió la boca para gritar. Con seguridad los hombres del diábolo se hallaban tras la puerta esperando a que ella saliera.
Se quedó quieta, paralizada cuando sintió la fría cuchilla de acero presionando contra su cuello desnudo, justo allí donde latía el pulso con más fuerza.
 -Le aconsejo que no haga ninguna tontería – susurró una voz ronca junto a su oído.
Sara asintió con miedo al tiempo que tragaba con dificultad. En la penumbra descubrió una figura más que yacía sobre la alfombra. Laura había sido golpeada y abandonada sin ningún miramiento sobre la alfombra del piso.
 -No debió de subir tan pronto, señora Yaron. Parece que está empeñada en estropear mis planes una vez más- volvió a decir otra vez el hombre que la rodeaba los hombros con fuerza y que seguía apretando el arma contra su cuello.
 -No sé qué piensa hacer – logro decir con voz serena, aunque su interior deseaba gritar como una loca deseosa de deshacerse del hombre. – La casa está vigilada y no podrá salir de aquí.
 -Por supuesto que sí – rió el otro hombre al que no conocía de nada. Hablaba con voz gangosa y se movía como un auténtico marinero. – No podemos llevarnos a los dos – le dijo al otro.
Sara abrió sus ojos dorados con terror. ¿Llevarse? ¿Pretendían llevarse a su hijo? Eso sí que no. No sabía dónde andaría Yaron pero estaba segura que él la sacaría de donde fuera.
 -No voy a permitir que se lleven a mi hijo. Mi esposo les buscara y les mandará al infierno en un abrir y cerrar de ojos.
 -¿Quién? ¿El Gitano? – el hombre del cuchillo se pegó a su espalda y la muchacha sintió con asco la masculinidad contra sus caderas. Trató de apartarse echando la cintura hacia delante pero solo consiguió que el hombre riera divertido.
 -Alexander Yaron – contestó ella con un susurro –Mi esposo se llama Alexander Yaron.
 -Nos lo llevamos a los dos.
 -¿a los dos? – preguntó el otro levantando ligeramente la voz. – Podremos recoger al niño en otra ocasión, cuando la perra muera delante de su… Gitano.
Aquellas palabras fueron las ultimas que Sara escuchó antes de caer desplomada sobre el piso a causa del golpe que le asestó el hombre que tenía tras su espalda.
El hombre que no era otro que un Rexford muy enojado por haber tenido que seguir los movimientos exactos al descubrir donde se hallaba el infante, pasó sobre el cuerpo de la joven para descorrer las cortinas.
La casa había estado vigilada, pero solo quedaban los dos hombres del salón, el tercer hombre que se había apostado en la entrada de la casa, se hallaba escondido en un oscuro callejón desangrándose con la abertura que le había propinado en el pecho una hora antes.
Rexford hizo una señal a alguien por la ventana y se giró hacia la cuna. Su compañero tenía razón, no podían llevarse a los dos. Su objetivo era el crio, Bells se enfadaría si no cumpliera con su cometido, pero ¡qué diablos! Él estaba al servicio de Fielding, estaba arriesgando su propia vida por su amo, no por el condenado hermano de un traficante de esclavos.
 -Tienes razón. Si Bells quiere al niño que pague por ello o lo haga él personalmente. Estoy cansado de tener que soportar sus continuas órdenes. ¿Quién se habrá creído que es? – Se inclinó sobre el cuerpo de Sara y la tomó del mentón observándola entre las sombras – Nos pueden dar mucho dinero por ella si no se la carga el coronel antes. El capitán de “la escocesa” no pondrá ninguna objeción de que la llevemos con nosotros hasta Virginia.
 -Tuvo mucha suerte de encontrar ese navío dispuesto a zarpar con este temporal. El coronel ya se hallará a bordo sin duda.
Rexford asintió. No es que fuera una suerte, había quedado en pagarle al capitán una fuerte suma de dinero por hacer la vista gorda. No conocía personalmente al hombre aunque si había escuchado de los pocos escrúpulos que tenía. La tripulación eran peligrosos guerreros entrenados para enfrentarse con las más oscura de las fuerzas que impregnaban los mares. Pero si, debía ser rápido antes que el hielo que comenzaba a formarse les impidiera salir hacia las costas americanas.
Arrancó las cortinas y cubrieron a Sara con ellas. Desde el balcón superior había una buena distancia y sería inevitable que la joven se golpeara, el tercer hombre que esperaba abajo amortiguó el golpe con su propio cuerpo.
Entre las sombras de la noche y ajenos a los invitados subieron al destartalado vehículo que les esperaba al final de la calle.
Ya tendrían tiempo de coger al crio cuando Sara fuera vendida, si el coronel lo permitía. ¿Dónde diablos estaría Yaron?
Rexford no había podido averiguarlo, era como si al hombre se lo hubieran tragado las fauces de la tierra durante esos últimos dos días.
Si Sara hubiera estado despierta se habría reído a más no poder al descubrir que la estaban llevando a su propio barco, donde sin duda, el capitán, el Gitano, esperaba impaciente.

 

35
Fielding se apretó la gruesa bufanda al cuello en un intento por combatir el frio que se deslizaba como un asesino buscando una pobre víctima. El humo que escapaba de los respiraderos de los locales se arremolinaba sobre el suelo girando y danzando de un lado a otro según la brisa lo fuera empujando.
 Su mirada estaba atenta a la calle y desde su posición en la cubierta de “la escocesa” era capaz de cubrir una zona más amplia de su perspectiva. Era tarde y la noche envolvía el puerto formando extensas lagunas de sombra, sin embargo desde allí, la silueta de cualquier cosa era completamente visible, sobre todo la inconfundible forma del vehículo que había entrado en la calle hacía unos minutos y que se acercaba lentamente. Los cascos de los caballos resonaron en la noche con un suave eco.
Estaba impaciente por zarpar, cuanto más pronto se alejaran de allí más tarde el Gitano les encontraría. También tenía unas ganas locas de perder un poco de vista al almirante de “la escocesa”, ese hombre le estaba respirando en el cuello y de su aliento emanaba fluidos alcohólicos que lograban marearle.
 -Parece que ya están aquí – dijo el hombre rozándole ligeramente con el codo con lo que se ganó una fría mirada.
 -Puede avisar a su capitán si lo desea. Podremos marcharnos en cuanto suban – le contestó apartándose un poco de él.
 -No puedo hacer eso, señor, tengo ordenes de verificar que es un crio lo que suben a bordo. A lo mejor no suben nada.
Fielding sintió ganas de abofetearle ¿acaso pensaba que sus hombres fallarían?
 - Traerán al mocoso y nos podremos marchar, luego lo dejaremos con su madre en Bristol. – continuó con la mentira que comenzó al contratarlos.
 -Ah, sí, en Bristol le espera su familia – repitió el almirante asintiendo como bobo sin quitar la vista del coche que acababa de frenar los caballos.
Fielding se encogió de hombros y haciendo una muesca de asco observó también la escena.
 -Usted también descendía en Bristol – continuó diciendo el almirante como si acabará de recordarlo.
 -Si yo también – dijo Fielding girándose hacia él nuevamente - ¿Cómo dijo que se llamaba, almirante?
 -Castor – respondió el hombre – pero llámeme Almirante – volvió asentir y cuando abrió los ojos sorprendido, el Coronel siguió su mirada para ver que ocurría.
El vehículo se había detenido y del interior sacaban a una persona inconsciente.
 -¡Qué diablos! – Exclamó el hombre tras su espalda – ¡dijeron que era un niño!
 Fielding se volvió una vez más a mirarle, pero de nada sirvió su amedrentadora mirada, el almirante ni siquiera lo veía a él, solo se limitaba a seguir los movimientos de los recién llegados con los ojos entrecerrados, su rictus se había transformado y esa pose de tonto que tenía había desaparecido.
 -¿habría algún problema? – preguntó Fielding.
 -Dijeron un niño. – Negó con la cabeza – el capitán no va a permitirlo.
 -Voy acercarme a ellos a ver que ha sucedido, usted espere aquí – sin aguardar respuesta Fielding atravesó la pasarela agarrándose con fuerza a las sogas. Varias capas de hielo brillaban peligrosamente sobre las tablillas. No llegó a bajar, se detuvo a mitad de camino y regresó de nuevo junto al hombre. Total ¿para qué? Tenían que embarcarse de todas maneras.
Fijó su mirada en Rexford y luego descendió sobre la señora Yaron, la inconsciente damisela hija del demonio.
 -¿y el mocoso? – preguntó sin apartar la vista de ella, tenía que reconocer que la mujerzuela era hermosa. Un haz de luz caía sobre el pálido y perfecto rostro acariciando sus parpados y aquellos labios rosados que tanto deseaba probar.
En el fondo se alegró de que ella estuviera allí, la dama le iba a pagar una a una todas las veces que el Gitano desbarató sus planes, las muertes de sus hombres, cierto que no los conocía, los contrataba y san se acabó, pero no por eso dejaban de ser sus hombres.
- Preferí traerla a ella. Va a ganar más dinero vendiéndola, con el niño usted no se embolsaba nada coronel. – Explicó Rexford.
Fielding alzó las cejas y esbozó una sonrisa peligrosa.
 -Rex a ver como se lo cuentas a los Bells – señaló con la cabeza el navío – esperan ansiosos al niño. – se encogió de hombros y recorrió la pálida mejilla de la muchacha con un dedo. La sostenían los dos hombres y uno comenzaba a quejarse de estar parado con el peso encima.
 -No estará muerta ¿verdad? – el almirante se inclinó hacia delante de forma exagerada dándole con el hombro y metiendo la cabeza casi encima de la muchacha.
 -¡Apártese hombre! – lo empujó Fielding. Castor se enderezó y miró a la calle una vez más.
 - Nos podemos marchar entonces ¿verdad? Debo avisar al capitán que en vez de un niño han subido una… parece una dama con ese vestido ¿verdad?
 -No se fie de las apariencias – rió Fielding abriendo la marcha. No vio la oscura mirada del almirante ni el riesgo que entrañaba.
 -Será mejor dejar a la mujer en uno de los camarotes pequeños, tiene cerradura. Aun no sé qué responderá el capitán – siguió diciéndole el almirante caminando tras ellos– si la puerta tiene cerradura  evitara que la tripulación de “la escocesa” se la eche encima. ¿No lo cree, coronel? Claro, sus hombres tampoco podrán entrar.
 -No. La llevaré a mi compartimento – le sonrió con frialdad –Recuerde Almirante Castor, la mujer es mía. Ustedes cobraran cuando cumplan con su cometido en Virginia. Rexford será quien les indique los objetivos una vez allí, pero ahora, la mujer es mía ¿me ha oído? Y se lo puede decir también a su capitán si quiere. Y usted, y usted – les señaló a todos – no quiero que nadie se acerque a ella.
 -No es de extrañar – contestó el Almirante sin mirarlos – por lo poco que he visto es una verdadera beldad. – Fielding le ignoró deliberadamente y por un instante elevó la vista hacía los tres palos. No se acostumbraba a las goletas, sus velas estaban dispuestas en el mástil siguiendo la línea de crujía, de proa a popa, en forma de cuchillo.
Esa clase de embarcación solía ser rápida y ligera, está en especial era de gran tonelaje por lo que estaba totalmente preparado para cruzar de un continente a otro.
Castor silbó con fuerza y enseguida se oyó el repiqueteo de una campana avisando a la tripulación.
El coronel sintió un gran alivio cuando sintió que el navío se puso en marcha y él por fin, podría sentarse frente alguna estufa para entrar en calor.
La esposa de Yaron fue dispuesta sobre la cama y estaba a punto de cerrar la puerta cuando Castor le detuvo, otra vez con la cara de bobo en su rostro.
 -Será mejor que deje a la mujer sola hasta que hable con el capitán – insistió de nuevo. Fielding ya estaba comenzando a hartarse del empeño de ese hombre por apartarle de la zorra. Lo miró dispuesto a decirle un par de cosas pero el almirante terminó de abrir la puerta de golpe con una lacerante mirada en sus rasgados ojos oscuros– Nos ha contratado para llevarle a usted y a un niño al puerto de Bristol – enumeró con uno de sus gruesos dedos – nos ha contratado para robar, atacar e incluso asesinar en las costas de Virginia – levantó un segundo dedo y le apuntó con el dedo índice – No dijo nada de la trata de blancos y eso – se encogió despreocupado de hombros – cambia las cosas.
 -¿Qué quiere? ¿Más dinero? ¿Es eso? – preguntó enojado, pero el hombre negó  con la cabeza –entonces ¿el qué?
 - Quiero que la mujer este sola hasta que el capitán diga lo contrario. Lo toma o se puede bajar ahora mismo con sus hombres.
Fielding apretó los puños con fuerza deseando poder romperle a ese engreído, todos los dientes buenos que tuviera. Con un fuerte suspiro asintió y salió del camarote cerrando la puerta con llave – me reuniré ahora con el capitán.
 -Será mañana, hoy se ha ido a dormir y no quieren que lo moleste. Le sugiero que duerma en el compartimento de su amigo o en la bodega con el resto de los hombres y sobre todo, hable con ese matrimonio que está esperando el crio antes que sea demasiado tarde.

Yaron esperaba en su camarote paseando de un lado a otro, había escuchado la campana de aviso y de un momento a otro Castor subiría a informarle.
Se pasó las manos por la cara para despejarse y aunque deseaba salir en busca de Fielding y cortarle el cuello se reprimió, aún era demasiado pronto para actuar.
Se giró cuando llamaron a la puerta, el sable que colgaba de su cadera quemó su pierna durante un instante,  Castor ingresó acompañado de otro hombre.
 -¿Cómo está mi hijo? – preguntó con ansia cerrando la puerta tras de ellos y mirando fijamente al otro hombre. Un marinero que llevaba mucho tiempo a su servicio y que se había infiltrado como secuaz de Fielding.
 -Su hijo está bien capitán – asintió – Lo dejamos en la casa. Su esposa llegó justo cuando nos lo íbamos a llevar. El tal Rexford cambió de opinión y es su mujer la que está a bordo. –Alex le miró con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados – quería que nos trajéramos a los dos pero le convencí que con uno bastaba. La doncella solo tendrá un fuerte dolor de cabeza, como usted dijo procuré que nadie saliera herido aunque uno de nuestros hombres fue apuñalado.
 -¿Sara está aquí? – preguntó peligrosamente acercándose al hombre con pasos lentos. - ¿Dónde?
Castor se interpuso entre Yaron y Hug.
 -El coronel… ejem… la está reclamando. Está en su dormitorio – detuvo al capitán asiéndolo del brazo antes que hiciera alguna locura – se halla sola. Cuando subió había perdido el sentido.  – le relató lo ocurrido tranquilizándolo.
 -pero ¿la golpeasteis? – se enfrentó de nuevo a Hug.
El marinero dio dos pasos atrás atemorizado ante la fría mirada del hombre. Sus ojos turquesas parecían dos cuchillas a punto de degollar a alguien.
 -¡No pude impedirlo, capitán! La he protegido en todo momento.
Yaron asintió sin llegar a sentirse satisfecho, se giró y golpeó la mesa con el puño cerrado, una de las patas de madera cedió y la pieza cayó al suelo con un golpe sordo.
 -Entonces no hizo falta dejar ninguna nota a mi esposa explicándola la verdad. ¿No? – resopló furioso.
La puerta se abrió de nuevo y Simón entró con paso firme.
 -¿Ya tenemos a Kendal? ¿Qué ocurrió con Laura… la doncella? ¿Está todo bien Gitano? – las cadenas de su cuello tintinearon con cada movimiento. Miró la mesa con el ceño fruncido y sacó una pequeña daga que guardaba en su cintura - ¿nos los cargamos ya?
 -Ya veis caballeros – dijo Alex más tranquilo, como si toda su ira se hubiera esfumado al entrar Simón – Hay alguien más preocupado que yo. Ponerle al corriente de todo pero no quiero que aun te dejes ver Simón, Rexford te reconocería y aunque sería demasiado tarde para ellos quiero acabar las cosas bien. Castor encárgate de mi esposa.
 -La historia se repite ¿no capitán? –Simón agitó la cabeza recordando el día que sacó a Sara del Águila Blanca.
Yaron asintió. Otra vez  estaba secuestrada… ¡mataría a Rexford por eso!
 -¿y los demás hombres? –preguntó.
 -tenían la orden de cuidar de Sara pero al llevárnosla se quedaron para no perder de vista a su hijo y para atender las heridas del vigía – explicó Hug - ¿se han dado cuenta que no podremos avanzar mucho? Las aguas están prácticamente heladas.
 -No iremos muy lejos. – respondió Yaron en un susurro. No sabía si estaba más preocupado por la reyerta que se aproximaba o por el terrible genio de su esposa cuando descubriera que él había colaborado para secuestrar a su propio hijo. Todo había sido estudiado de tal manera que el infante no había corrido peligro en ningún momento, pero ¿podría Sara entender eso o por el contrario pensaría que había expuesto a Kendal a propósito? – Nos va a matar.
 -¿Quién? – preguntaron Castor y Hug a un mismo tiempo.
 - La señora Yaron, por supuesto – respondió Simón con ojos brillantes palmeando el hombro de Castor, después de todo era el que corría más peligro cuando se enfrentara a la belleza de ojos dorados y lengua viperina.

 36
Sara despertó acompañada de un terrible dolor de cabeza, un fogonazo ante sus ojos llevó hasta ella los recuerdos de lo ocurrido la noche anterior. Miró ansiosamente en derredor, una vez, dos, se puso en pie entre gritos, desesperada. Kendal no se hallaba allí. ¡Kendal! Gritó su nombre entre alaridos recorriendo el dormitorio con prisas, impaciente por encontrarlo.
-¡Kendaaal!
No quería pararse a pensar donde estaba ni que es lo que podía suceder, solo deseaba tener a su bebe entre brazos, a su hijo. ¿Por qué no estaba allí? ¿Por qué se lo habían llevado a él?
Sabía que debía calmarse, encontrar la serenidad suficiente como para poder pensar pero lo único que tenía en la cabeza era el rostro de su niño y era consciente que cuanto más tardara en salir a buscarlo él se iría alejando.
 -Por favooor – gritó entre sollozos – ayúdenme a buscar a mi hijo, por favor – se dejó caer contra la puerta clavando las uñas desesperada – háganme lo que quieran pero devuélvanme a Kendal, por favor, por favor.
Lloró contra la puerta, se encontraba perdida, vagando por un mundo de penas, recordando a cada instante la mirada del pequeño, su sonrisa, como alzaba los bracitos al verla llegar. ¡No podía suceder! ¡No podía perderle! No estaba preparada para vivir sin él.
 -Por favor – volvió a rogar esta vez en un murmullo. ¿Y si no volvía a ver a Kendal? Lloró con fuerza, no podría marcharse sin darle un último adiós, simplemente no podía resignarse a perderlo.
 -¡Kendal! – su voz era un desgarró hiriente y profundo.
No supo el tiempo que estuvo allí sentada, había dejado de respirar, su corazón había dejado de latir y sin embargo era capaz de ver imagines, recuerdos.
Se puso en pie y con prisas buscó por la habitación algo con lo que poder abrir aquella puerta. Iba a salir de allí, iba a encontrar a su hijo.
 -¡Maldita sea! – blasfemó tratando de encajar algo en la cerradura con manos nerviosas, desechando las que no parecía servir de nada.
Con un gritó se levantó el vestido por encima de las piernas y empujó con fuerza varias veces y la puerta cedió ligeramente saliendo de los bornes.
Sara se detuvo jadeante, se pasó la mano por la cara arrastrando las lágrimas.
El dormitorio debía de haber sido bonito antes que Sara lo destrozara por completo, miró a la puerta y cargó con el hombro.
Su cuerpo se vio impulsado al exterior chocando contra una baranda fina, de metal. Era un corredor estrecho y Sara debió optar por una de las dos direcciones que tenía ante sí. Algo en su mente la dijo que conocía aquel sitio de algo ¿Dónde demonios estaba? Tampoco la interesaba mucho, ella solo tenía un objetivo, Kendall no podría estar muy lejos ¿Cuánto tiempo había pasado?
Llegó a unas estrechas escaleras y al mirar hacia arriba sus ojos se toparon con la luna que brillaba en una negra espesura semejante al terciopelo. Solo el lucero del alba lucia con más esplendor que nunca.
Le habían robado a su hijo, ahora que tenía una familia completa, ahora que había recuperado a su padre. ¡Yaron! Dios mío cuando supiera que había perdido a su hijo, que había dejado que dos criminales se los llevaran. ¡Dios mío! ¡Qué diría Yaron! ¡La culparía! ¡Sí! Ella era la culpable, ella jamás debió haber conocido a… ¿pero que estaba diciendo? Si Alex no se hubiera cruzado en su camino ella no hubiera conocido el amor, no habría disfrutado tanto como cuando estaba en los brazos de su esposo y bajo la atenta mirada de Kendal. ¡Lo había perdido! ¡Tonta! ¡Tonta! – su mente era incapaz de callarse, solo eran gritos y sufrimiento, hasta la mandíbula lanzaba punzadas de dolor de apretar los dientes con tal intensidad que sentía que podría partirlos sin esfuerzo.
Alcanzó el exterior y una ola de frio la golpeó de pleno terminando de soltar las agujas de su pelo que se abrió tras ella como una larga manta de satén plateado. Sus ojos ambarinos cubiertos de lágrimas brillaron peligrosos con ansia de venganza y su rostro, una máscara fría e inexpresiva, tan peligrosa que prometía justicia para bien o para mal, la muerte.
 Su vestido azul se enroscaba en sus piernas en una lucha interna por tratar de tirarla, solo había un ganador y era ella. Escuchó voces tras de sí y regresó guiada por los sonidos escuchando tras las puertas. ¿Por qué no lograba reconocer el lugar? ¿El Dover? Era un barco de eso estaba segura.
Se detuvo abruptamente al escuchar la voz clara de Rexford ¡Rexford! Había sido él, no le había visto la cara pero ahora se daba cuenta. Era él quien le había amenazado con el cuchillo. Dejó escapar un enojado sonido gutural nacido de su mismo pecho.
¡Pues no le temía! Arrancó una extraña hacha que halló colgada en la pared junto a otra cantidad de utensilios que Sara no reconoció y regresó a la puerta, echó el arma hacía atrás abriendo ligeramente las piernas y sorbió tratando de enterrar su miedo. Kendal no la dejaba ver nada más. ¡No se iban a quedar con él, iba a recuperarlo asi se muriera en el inteto!
 -¡No te temó! – gritó en el corredor - ¡No te temo! ¡Cobarde! ¡Sal ahora mismo y dame a mi bebé o te juro por Dios que te arrancaré la piel a tiras! – Su voz resonó con eco y de repente quedo todo en un absoluto silencio...
Se calló para tomar aliento. Varias puertas se abrieron a la vez, la de Rexford fue la última.
Lanzándose a la carrera golpeó a un hombre con fuerza, no sabía quién era y no se detuvo a mirar, cruzo sobre su cuerpo e ingresó en la recamara.
 -¡Sara! – ¿creyó haber escuchado su nombres tras de sí o lo había imaginado?
Cargó el arma y de nuevo buscó a Rexford, gradualmente fue perdiendo el color de su rostro ¡estaba atrapada!
Fielding y Rexford la miraban con sorpresa, ambos se habían levantado de las sillas y ahora apoyaban las espaldas en la pared.
 -No puede hacer nada con eso, Sara, suéltelo. – dijo Fielding con amabilidad.
 -¡No! – se giró un poco y observó de reojo que la abertura de la puerta estaba ocupadas por hombres, no importaba, arrancarías lo ojos a Fielding y A Rexford, era tal el terror que sentía que llegó a creerse inmortal.
Un atisbo de duda cruzó su mente y ella bajo la vista dando la casualidad que los hombres al alejarse había dejado un arma de fuego sobre la mesa.
Con una sonrisa maliciosa agarró la pistola y sujetándola con ambas manos los apuntó. Les hizo una señal con el brazo al matrimonio extranjero que se hallaban en el otro rincón y en seguida se unieron a sus compañeros.
 -¡Deténganla! ¿No ve que está loca? – le ordenó Fielding a alguien que debía estar tras su espalda, en el hueco de la puerta. Ella ya había sentido que el grupo no pensaba intervenir y eso la dio ventaja.
 -¡Mi hijo! ¡Quiero a mi hijo! – ladró furiosa.
 -No hemos traído al niño, Sara – Fielding tragó con dificultad. Sabia, porque no era tonto, porque la luna salía en la noche y el sol de día, que un solo movimiento contra la furibunda belleza de cabellos plateados y el sable del Gitano cargado junto al cuerpo  de su esposa lo atravesaría de una sola estocada.