3. Cómo podemos conseguirlo
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CÓMO PODEMOS CONSEGUIRLO
«Cada componente de la población, cada capa o estrato, cada pieza del puzle social está, de hecho, afectada por ataques diversos, dispares, siempre singulares. […] El capitalismo golpea a ciegas. Y es de la respuesta a esos golpes que nacen las luchas que hay que hacer converger».
JACQUES BIDET Y GÉRARD DUMÉNIL
Una vez tenemos sobre la mesa una propuesta seria y rigurosa de política económica, respaldada no sólo por los trabajos teóricos de los economistas sino también por las experiencias históricas pasadas, lo que necesitamos es saber quién presionará para que los gobiernos la ponga en marcha. Sabemos que los gobiernos han estado aplicando sistemáticamente políticas económicas que empeoran las condiciones de vida de la mayoría. Sabemos que los políticos que han gobernado conforman junto con los grandes empresarios y grandes fortunas eso que hemos convenido en llamar la élite social, los de arriba. Necesitamos entonces políticos valientes que estén respaldados por una base social suficientemente poderosa. El objetivo no puede ser otro que superar el sistema político y económico que genera tanta frustración e indignación en la ciudadanía.
LA NECESIDAD DE SUPERAR EL CAPITALISMO
En todo este tiempo el capitalismo ha conseguido multiplicar la capacidad productiva de la sociedad y nos ha permitido acceder a un sinfín de nuevos productos y experiencias. Sin embargo, tampoco cabe ninguna duda de que históricamente el capitalismo ha demostrado ser una forma de organización social con grandes deficiencias y, lo que es más preocupante, con deficiencias que son cada vez mayores.
La concentración de la riqueza y el consecuente incremento de la desigualdad, ya no sólo entre los llamados tercer y primer mundo sino también incluso dentro de este último, son procesos que vienen acompañados de al menos tres graves fenómenos más: una extensión generalizada de la lógica mercantil que anula los aspectos puramente sociales y humanos; un creciente deterioro del medio natural en el que la actividad económica se inserta, y la decadencia y abandono de la democracia como sistema ideal de coordinación entre los miembros de una sociedad. La evidencia de todos estos males siempre ha despertado un gran número de protestas y ha dado lugar a la creación de numerosos movimientos sociales en todo el mundo y en todas las épocas.
No obstante, la evolución de la crisis ha demostrado que la tendencia actual del capitalismo es la de acentuar sus rasgos más puros. Con ello presente no es extraño pensar que la transformación o sustitución del capitalismo es aún más necesaria que nunca.
Modelos alternativos de configuración social
Desde la concepción tradicional de democracia representativa se considera que el Estado es el espacio de encuentro de las diferentes sensibilidades ideológicas y que, por tanto, tras una adecuada y justa suma de las preferencias de los ciudadanos es allí donde tienen que tomarse las decisiones relacionadas con el futuro de la sociedad. En esta concepción, el Estado es un mero intermediario entre la voluntad popular y la toma de decisiones final.
No obstante, para entender mejor el proceso político de toma de decisiones no podemos limitarnos a hablar de poder social, referido al que emana del conjunto de los ciudadanos, y poder estatal, el que emerge por los representantes, legítimos o no, de esos ciudadanos. También es necesario hablar del poder económico, aquel que bajo el capitalismo es ejercido por las grandes empresas maximizadoras de ganancias. Esta tríada entre los tres poderes, y las diferentes relaciones institucionales entre ellas, es la que determina la configuración final del sistema social.
Si atendemos a las diferentes combinaciones entre estos distintos poderes encontramos entonces bastantes posibilidades. Todas ellas han sido descritas por el sociólogo Erik Olin Wright[26], y sólo voy a destacar aquí algunas de las más interesantes de acuerdo al propósito apuntado.
Hablemos, de entrada, del socialismo estatista. En esta opción el poder económico no existe y el poder estatal es el que toma las decisiones relativas a la producción. El poder estatal emana de las preferencias del poder social, el cual ha podido dirigirlas a través de unos mecanismos plenamente democráticos.
Esta configuración apuesta por una refundación de los postulados marxistas clásicos, donde el Estado asumía el rol de la planificación central. Así, la actividad económica ya no queda subordinada al criterio de la rentabilidad y puede planificarse en el sentido que la comunidad desee. A pesar del fracaso de sistemas basados en esta configuración, se arguye que las nuevas tecnologías y una cultura democrática mucho más avanzada pueden evitar que los Estados pierdan su conexión real con el poder social. Hablamos por tanto de una democracia radical, no simplemente representativa, donde la influencia del poder social sobre el poder estatal es perfectamente directa. Dado que el poder social controla democráticamente la asignación de recursos puede frenar la destrucción medioambiental y llevar a cabo políticas de redistribución económica, acabando con la pobreza y la desigualdad extrema.
Frente a la anterior, tenemos la opción de la socialdemocracia estatista, donde el poder estatal influye en la economía a través de su interferencia en el poder económico. Aquí el poder estatal es también una institución representativa del poder social.
Esta configuración es probablemente la que más adeptos tiene, y es también un lugar común entre los partidos políticos mayoritarios de derechas y de izquierdas. Las divergencias entre ambas posiciones dentro de esta configuración suelen residir en el papel que juegan los salarios y otras variables económicas en el buen funcionamiento del sistema, pero en ningún caso se realiza una crítica al sistema en sí. Aunque se reconoce la necesidad de la rentabilidad, se trata de minimizar los efectos perjudiciales de la lógica mercantil a través de la acción del Estado
Finalmente, tendríamos la economía social, en la que ni el poder económico ni el poder estatal juegan rol alguno. En este caso los colectivos se organizan para coordinar la producción de forma directa pero sin atender ni a la maximización de beneficios ni a la tecnocracia estatal.
Aquí podríamos incluir las recientes teorías sobre el decrecimiento y el buen vivir. En esta configuración lo económico también queda subordinado a la voluntad popular de forma directa, pero con una preocupación acentuada por la evolución del medio ambiente. En las posturas del decrecimiento se reconoce la incompatibilidad entre capitalismo y sostenibilidad ecológica, y se propone un cambio radical en los modos de producción y consumo. La orientación de la producción debe quedar, bajo esta configuración, subordinada a las necesidades sociales y a una nueva ética del consumo basada en la frugalidad voluntaria[27]. En las posturas, similares en todo caso, del «buen vivir» el objetivo es reformular la relación entre Estado y ciudadanía para que los últimos sean los auténticos poseedores de la soberanía.
En este repaso somero ha podido notarse que las salidas propuestas por las teorías del decrecimiento, el buen vivir y la teoría de democracia radical del «socialismo estatista» no difieren demasiado. De hecho, los únicos matices que pueden encontrarse tienen que ver con la formulación teórica que se esconde detrás y con las diferentes intensidades de preocupación por los problemas.
Es necesario actualizar y reconciliar ambas ideas, recogiendo la filosofía que se encuentra detrás de ambas y proponiendo salidas conjuntas a la crisis y al actual sistema económico. El principio fundamental, en todo caso y bajo cualquier concepto, debe ser la renuncia a que la rentabilidad organice no sólo la producción sino toda la sociedad en su globalidad. En su lugar es necesario insertar en el sistema económico una lógica ecológica y humanista que ponga la satisfacción de las necesidades básicas de la humanidad y la libertad de expresión y creatividad en el centro de la organización social.
¿QUIÉN HARÁ LA REVOLUCIÓN?
La historia ha demostrado que «sin base social suficiente no hay sociedad que pueda existir de forma duradera, por muy atractiva que sea en apariencia»[28], de lo que se deduce que necesariamente cualquier cambio tiene que estar dirigido o, al menos, apoyado por un espectro suficientemente grande de hombres y mujeres.
La versión clásica del sujeto social por excelencia es el movimiento obrero y la organización socialista. En esta opción el colectivo obrero, que en sus inicios hacía referencia a los trabajadores asalariados de las grandes e incipientes industrias, tendría la capacidad suficiente de organizarse y alcanzar el poder del Estado. Y desde allí podría tomar todas las decisiones necesarias para «cambiar al mundo de base». Otras visiones, sin embargo, consideran que ese sujeto no es el proletariado, sino «la multitud» o la «ciudadanía» en general.
Ahora bien, la sociedad se ha estructurado de formas muy distintas a lo largo de la historia. La estructura social de la Rusia zarista no es en absoluto la misma que la estructura social de la Rusia actual o de la Francia de las guillotinas. Por eso tenemos la obligación de comprender cómo funciona, se estructura y se reproduce el capitalismo actual.
Una perspectiva de clase
Nuestra supervivencia y condición de vida como seres humanos depende, en última instancia, de los ingresos que se reciben en el marco económico capitalista. Todos ocupamos un lugar en este sistema, y éste tiene su núcleo en el proceso de acumulación, que determina la capacidad del mismo para reproducirse en el tiempo. Por eso en un alto nivel de abstracción se habla del conflicto capital-trabajo, y por ende la sociedad se divide teóricamente en capitalistas y trabajadores.
Sabido es que esto es pura abstracción y que en la realidad material, cuando descendemos a lo concreto, encontramos que este esquema se difumina. No existe la clase capitalista o la clase trabajadora como tal, homogénea y organizada. Los trabajadores, como los capitalistas, se encuentran divididos en intereses y funciones. Mientras los trabajadores de las fábricas de principios del siglo pasado solían mantener un sentimiento de comunidad e identidad compartido, hoy los rasgos comunes entre los trabajadores son mucho menores. Los trabajadores, o la clase trabajadora como un abstracto, se encuentran mucho más fragmentados.
Lo mismo les ocurre a los capitalistas. Los intereses de los capitalistas productivos y los capitalistas financieros son muy diferentes, especialmente en las últimas décadas. Recordemos que el capitalista financiero (definido como aquel que presta dinero al capitalista productivo para que éste pueda invertir en actividades de la llamada economía real) viene a compartir parte de la ganancia del capitalista productivo. Es una punción sobre su ganancia; hay una relación contradictoria entre ambos tipos de capitalistas. De la misma forma, los grandes capitalistas se distinguen perfectamente de los pequeños y medianos capitalistas, algo que puede comprobarse en su forma de organizarse.
En definitiva, nos encontramos con una sociedad en la que las clases sociales luchan entre sí, para lo cual se organizan en torno a intereses comunes, tratando de influir en las decisiones políticas que configurarán el espacio económico en el que operan.
No obstante, sería un error considerar que la relación de clase, en su sentido más económico, es la única que opera entre oprimidos y opresores. No podría entenderse si no el papel que juegan otros componentes aparentemente «extraeconómicos», como por ejemplo el machismo, que es previo al sistema capitalista. En realidad el capital establece una relación de opresión no sólo sobre el trabajo sino sobre toda la población en su conjunto. Por lo tanto, aunque la posición de clase en el sentido clásico define al sujeto y le proporciona ingresos para sobrevivir, esa posición está co-imbricada con otras relaciones de distinta naturaleza. El machismo, que es opresión de tipo cultural y antropológico y no simplemente económico, es por lo tanto un enemigo más que hay que combatir en la creación de un mundo nuevo. Pero el machismo sólo puede combatirse teniendo muy presente que se inscribe en la actualidad en unas relaciones socioeconómicas de tipo capitalista, es decir, que la opresión de la mujer en tanto ser humano no podrá resolverse sólo desde el plano cultural. El feminismo, en consecuencia, tiene necesariamente que ser anticapitalista.
Conciencia de clase
Las relaciones de dominación no se mantienen sólo a través de la coerción, sino que requieren todo un entramado cultural que permita que los dominados acepten y consientan su papel en la sociedad. Ése es el concepto gramcsiano de hegemonía. Efectivamente, la ideología del individualismo ha triunfado gracias a su promoción en los medios de comunicación y otros canales de propaganda, destruyendo toda sensación acerca de la existencia de rasgos comunes entre los trabajadores. Dividieron y vencieron.
Muchos trabajadores, a diferencia de los capitalistas, no son conscientes del lugar que ocupan en el sistema económico. Que los obreros voten a la derecha a pesar de que, atendiendo a los datos históricos y los propios programas, eso les perjudique se debe a su falta de conciencia de clase. En su conciencia sentirse trabajador ha perdido su sentido combativo y de comunidad, y se reduce al significado político de simple consumidor de productos. La preocupación se ha desplazado desde el ámbito comunitario hacia el ámbito individual. El neoliberalismo no sólo es un proyecto económico sino también civilizador.
La crisis, sin embargo, ha revelado que como en toda la historia de la sociedad humana sigue habiendo ganadores y perdedores. Y la percepción de los trabajadores afortunadamente está cambiando. Se han revelado los intereses contrapuestos entre las clases sociales y, lo más importante, se ha recuperado la percepción de que el Estado es una herramienta que utilizan las clases sociales para llevar a cabo sus decisiones. Es el espacio de lucha, la arena de combate.
La rabia crece y se dirige hacia los sectores que salen beneficiados de la crisis y, muy especialmente, a los capitalistas financieros (la banca). Sin embargo, existe el riesgo de que esta rabia no sea adecuadamente canalizada de acuerdo a propósitos progresistas.
Un comentarista de mi blog apuntaba que el público objetivo de nuestros artículos y actividades deberían ser aquellas personas «que viven profundos procesos de insatisfacción, que tienen una relación directa con el propio funcionamiento del sistema capitalista pero no llegan a identificar correctamente el causante de muchas de esas insatisfacciones». Estoy completamente de acuerdo con esa visión.
El objetivo de la izquierda en la que yo creo y con la que me identifico es poner sobre la mesa el funcionamiento real del capitalismo actual, revelando los durísimos conflictos de clase que existen y explicando a todo aquel que esté dispuesto a escuchar que el problema no son las políticas concretas sino, más generalmente, el propio sistema económico. Pero dejemos de hablar de tópicos y vayamos a ejemplos que lleven a los trabajadores a tomar conciencia de los rasgos en común que tienen con sus semejantes. Las condiciones de las hipotecas y su propia lógica, los salarios y su evolución, la pérdida de calidad de los servicios públicos, el incremento de la desigualdad, la precariedad laboral, el deterioro del sistema de pensiones, entre otros, son en realidad fenómenos producidos por el funcionamiento del capitalismo, que conllevan ganadores y perdedores y pueden ser explicados en términos económicos de forma relativamente sencilla.
LOS MOVIMIENTOS SOCIALES Y EL 15-M
En 2007 estalló la crisis en Estados Unidos y los economistas críticos nos pusimos manos a la obra para intentar explicar a la gente corriente lo que estaba pasando en las finanzas internacionales. En verano de 2008 la crisis se trasladó dramáticamente al tercer mundo y mató de hambre a millones de personas a causa de la especulación en los mercados de futuros de materias primas. En ese momento nosotros comenzamos en ATTAC a escribir nuestro primer libro de divulgación gratuito sobre la crisis (La crisis financiera. Guía para entenderla y explicarla), esperando que la gente pudiera comprender que la crisis tenía unos culpables de carne y hueso y que había que exigir responsabilidades. Durante todo 2009 la crisis se expandió con fuerza y afectó cada vez a más sectores de la población. Y al terminar ese año muchos de nosotros, activistas de izquierdas y militantes de diferentes organizaciones políticas, pedimos públicamente a los sindicatos que organizaran una huelga general.
Hasta entonces todas las movilizaciones políticas habían sido organizadas por movimientos sociales (precarios, vivienda digna, ecologistas, feministas…) y con relativo poco éxito en cuanto a cantidad de participantes. Había una calma tensa que no lográbamos comprender. Pensábamos que estábamos viviendo una crisis cuya resolución dependería de la relación de fuerzas, y confiábamos en que los sindicatos pusieran sus cartas sobre la mesa para plantarle cara al poder económico que estaba pensando ya en agudizar su línea neoliberal. Pero no lo hicieron.
Los sindicatos organizaron una huelga general muchos meses más tarde, el 29 de septiembre de 2010, y en medio de un ataque brutal de la derecha contra las organizaciones de trabajadores. Unos meses antes la comunidad de Madrid había atacado sin piedad al combativo sindicato del metro, poniendo toda la carne en el asador y utilizando los medios de comunicación para inclinar a la opinión pública en su contra. La derecha estaba dispuesta a arrasar cualquier movimiento de izquierdas organizado, ya débil de por sí. La huelga del 29 de septiembre fue un respiro, pero llegaba tarde y sabíamos que muchos no estaban dispuestos a subirse a ese barco que navegaba a la deriva.
Por suerte, paralelamente los movimientos sociales habían ido reuniéndose en torno a la plataforma Democracia Real Ya (DRY). Eran tiempos en los que nosotros insistíamos una y otra vez en la urgencia de una insurrección generalizada, que objetivamente era más necesaria que nunca. Era un bosque de hojas secas y faltaba un chispazo para que el fuego se extendiera. Y eso fue precisamente lo que ocurrió el 15 de mayo de 2011, cuando DRY sacó a la calle a miles y miles de personas exigiendo una salida social a la crisis. Ellos dieron en la clave y consiguieron atraer la atención de muchísima gente desencantada y que, siendo consciente de la necesidad de movilizarse, no había encontrado espacios para hacerlo hasta entonces.
Y de aquel éxito nacieron las asambleas del 15-M, que a su vez dieron luz a las comisiones sectoriales y de barrio y a un nuevo tipo de activismo político que en realidad era muy viejo pero que ahora parecía funcionar nuevamente, aunque no sin obstáculos. Desde entonces conviven experiencias movilizadoras (15-M, DRY y Mesas de Convergencia, entre otras) que unen sus fuerzas y que trabajan conjuntamente para seguir construyendo algo alternativo.
Necesitamos una base social
Desde sus inicios el 15-M se está comportando como una especie de universidad política. La gente va a las comisiones para aprender y para dotarse de herramientas para comprender cómo funciona el mundo y cómo puede cambiarlo. Estamos construyendo una base social, es decir, un colectivo de personas con unos intereses políticos comunes, y que permite sustentar y apoyar un proyecto político alternativo. Sin base social ya hemos visto qué sucede con los partidos y sindicatos revolucionarios: nada. La construcción de la base social es, por lo tanto, la tarea primordial del movimiento 15-M.
Tenemos que politizar a la gente de nuevo. La política tiene que volver al debate cotidiano. Debemos conseguir que todo el mundo sepa lo que está pasando y cómo nos afecta a la mayoría de los ciudadanos, porque es precisamente de la indiferencia y de la individualidad de lo que se nutre el neoliberalismo. Tenemos que construir esa base social, la cual debe estar constituida por personas formadas y con una identidad común, es decir, que se ven como víctimas de un mismo proceso al que hay que responder colectivamente.
Los procesos económicos tienen una velocidad mucho más lenta que los procesos políticos y que los procesos vitales. Estamos en crisis y todavía seguiremos en crisis mucho más. Los economistas tenemos que procurar predecir los escenarios posibles en los que tendrá lugar la acción política. Y sobre esto hay un consenso generalizado. Los planes de ajuste que se están aplicando (y que se seguirán aplicando) agudizarán la crisis y provocarán nuevos escenarios aún más drásticos de regresión social.
La base social no puede limitarse a preparar una revolución, como si de una vanguardia clásica se tratara, sino que en realidad tiene que estar en la calle plantando cara y defendiendo los derechos de sus conciudadanos. La base social no se crea desde los despachos académicos o las reuniones, sino desde la calle, y eso implica tener que actuar siempre en situaciones concretas. Hay que ir a proteger a las personas que pierden sus casas, hay que ayudar a los estafados por la banca y hay que ir a los servicios de empleo a nutrir la base social haciéndoles ver a los parados que nosotros somos ellos y que ellos somos nosotros. Y todo esto debe hacerse de una forma organizada y atendiendo a una estrategia definida y que tenga presente que hay limitaciones de tiempo y energías.
Ventajas y riesgos del 15-M
Las instituciones democráticas están siendo recortadas y abandonadas a mejor suerte, pero la sensación es de calma tensa. Los gobiernos elegidos democráticamente son depuestos por sugerir consultas populares y las instituciones europeas dan paso al poder autoritario de dos únicos países, Francia y Alemania. Las conquistas sociales están siendo arrebatadas con mayor velocidad que nunca y hay un sentimiento de «conmoción social» que se adapta perfectamente al proceso descrito por Naomi Klein en La doctrina del shock[29].
Probablemente estamos viviendo un cambio de época, poco perceptible porque los seres humanos tenemos la mala costumbre de no inscribir los fenómenos sociales en una perspectiva histórica completa. Día a día la base de nuestro sistema político y económico se retuerce y los importantes sobresaltos que observamos son analizados únicamente con el criterio de la espontaneidad. No obstante, estoy convencido de que estamos en mitad de un proceso rupturista. La duda estriba en que no sabemos hacia dónde vamos.
El deber histórico de la izquierda ha sido canalizar la frustración generada por el sistema y convertirla en un elemento de acción política que fuera dirigido hacia un nuevo sistema político y económico. Pero la izquierda no ha estado a la altura, y sólo la aparición del 15-M ha dado algo de esperanza a una izquierda clásica con débiles organizaciones.
El problema es que el 15-M se nutrió de numerosos seguidores sin cultura política. Mucha gente que estaba frustrada pero que mantenía una actitud poderosamente populista. Como dice el filósofo esloveno Slavoj Zizek[30], «el populismo, en última instancia, siempre está sostenido por la frustrada exasperación de la gente común, por el grito de “yo no sé lo que pasa, ¡pero ya he tenido bastante! ¡No puedo más, esto debe parar!”».
El lema de Democracia Real Ya —«No somos mercancía en manos de políticos y banqueros»— se transformó así en un problema importante para dirigir la frustración en un sentido progresista. Porque la gente que acudía a las asambleas estaba muy cabreada, pero lo estaba sobre todo con el elemento visible (los políticos) y no tanto con el elemento invisible (los banqueros). Este segundo elemento, mucho más importante, era más complejo y más complicado de entender. Por eso muchos nos dedicamos en cuerpo y alma a la formación en las asambleas del 15-M, procurando revelar el verdadero origen de la frustración. Horas y horas de charlas y conversaciones en las que tratábamos de convencer de que el político corrupto es un problema pero no el más importante ni el responsable original de la indignación.
La cuestión es que la crisis va para largo. Se están aplicando las reformas que más incrementarán la frustración social, como los recortes en sanidad, educación, el empeoramiento de las condiciones laborales, la reforma de las pensiones y las privatizaciones. El riesgo reside en que objetivamente puede decirse, como ya advertíamos, que la frustración social puede ser más fácilmente canalizada por movimientos populistas y de extrema derecha, los cuales ofrecerán un culpable claro y externo (los políticos o los inmigrantes, por ejemplo) y ofrecerán soluciones radicales.
Hay que tener presente ese escenario y esa lógica del doble movimiento de Polanyi. Y en este escenario, el 15-M actúa de cortafuegos ante la subida espectacular de posturas populistas. Cuando la frustración crezca se alimentarán las movilizaciones sociales, y entonces y por suerte el 15-M ya estará allí. Por eso veo al 15-M no sólo como una universidad popular de reeducación política sino también como cortafuegos del auge populista.
Pero hay riesgos. Si dentro del 15-M vence la postura populista, esa que cree que los problemas no son sistémicos y del sistema económico sino que son de otra índole (de «privilegios de la clase política», de «excesivo gasto público» y «auge de inmigración»), entonces el cortafuegos desaparecerá y se convertirá en un problema.
Mientras tanto, la izquierda tiene que pensar estratégicamente en la gestión política de esa creciente indignación. Porque su propósito sigue siendo el mismo: señalar que la responsabilidad de la indignación está en el propio sistema económico y en determinados actores como el capital financiero especulativo. Por ello, a mi entender, hay tres frentes de lucha en este ingente combate: el ámbito sindical, la calle y las instituciones, donde estamos, también, los políticos de izquierdas. Hay que resistir las agresiones, canalizar la frustración y construir una base social revolucionaria, al tiempo que planteamos un programa estratégico, tanto económico como político. Ésos son nuestros retos en este cambio de época.
Políticas de alianzas
Es urgente que la base social del 15-M, DRY, las Mesas y demás proyectos de este tipo se dirijan a los colegios, a los institutos, a los hospitales, a todas partes y planteen la necesidad de reunir fuerzas. Muchos van a sufrir en sus propias carnes una crisis que hasta ahora parece pasar de largo de sus propias vidas. La gente comenzará a percibir deterioros en los servicios públicos, habrá despidos y la frustración se incrementará. El caldo de cultivo de la insurrección se generalizará y el bosque de hojas secas del que hablábamos antes crecerá exponencialmente.
Y ello conlleva sumar las fuerzas también de los sindicatos y sus afiliados. Hay que olvidar las viejas rencillas que puedan existir, por muy razonables que sean, y sumar a todos en el proyecto. De otra forma estaremos divididos y no podremos enfrentar exitosamente la avalancha que se nos viene encima. Además, el sistema puede tolerar manifestaciones esporádicas sin perder demasiada legitimidad y sin verse acosado, pero no puede soportar la paralización de la actividad productiva por mucho tiempo. Dicho de otra forma, una base social suficientemente amplia y cuya acción dé de lleno en el corazón del mundo económico tendrá todas las cartas para ganar.
LOS SINDICATOS Y LOS PARTIDOS POLÍTICOS
Cuenta David Harvey en su Breve historia del neoliberalismo[31] que a finales de los sesenta, cuando la rentabilidad del sector productivo se redujo hasta niveles incompatibles con la reproducción de la actividad económica y las alzas salariales provocaron un deterioro de la riqueza financiera de las clases altas, tuvo lugar un momento histórico en la lucha de clases. La izquierda de diferentes Estados reclamaba una salida progresista a la crisis, mientras la derecha buscaba aprovechar la crisis para instaurar medidas que permitieran recuperar las cuotas de poder económico perdidas.
La pugna entre la izquierda y la derecha de entonces es crucial para comprender nuestra situación actual. La izquierda salió absolutamente trasquilada de aquella derrota —y en algunas partes, como en Chile y otros países, fue directamente aniquilada, incluso, en parte, físicamente—, y la situación se agravó con la definitiva caída del muro de Berlín; se creía entrar en un mundo nuevo en el cual el capitalismo era el único sistema posible y el neoliberalismo se imponía como la única ideología consistente con la realidad.
Como en aquella crisis, la actual tiene, por su gravedad, la posibilidad de convertirse en un punto de inflexión en la senda. Pero como ya hemos comentado, también en una vuelta de tuerca más. Y la dirección en la que siga la sociedad dependerá plenamente de eso que algunos aún llamamos la lucha de clases. Pero dada la inercia de las últimas décadas, con una gran parte de la izquierda dormida o vendida, era obvio que el primer paso lo iba a dar la derecha.
Los sindicalistas son fundamentales porque la huelga general tiene una función más allá de toda duda: es una demostración de fuerza. Es el instrumento más poderoso que tienen los trabajadores para hacerse escuchar. Detener un país es demostrar que no se puede hacer cualquier cosa con sus ciudadanos; que hay que escuchar sus reivindicaciones. Es el primer paso para cambiar las tornas.
Por otra parte el objetivo de los partidos políticos transformadores no puede ser ganar elecciones, sino cambiar el mundo. Ciertamente, entrar en las instituciones ha sido en muchos casos una forma de contribuir a transformar en un sentido progresista los municipios y en ocasiones hasta las comunidades autónomas, pero también ha causado, a veces, la división de fuerzas, ha desviado la atención de los temas importantes y sobre todo ha impuesto un ritmo y una agenda política que no va en consonancia con los objetivos de una organización transformadora.
Es lógico que esto pase, pero no es deseable. Es lógico que si tenemos concejales tengan que dedicar la mayor parte de su tiempo a tareas de política municipal que a veces no llevan a ningún sitio (mociones, enmiendas, ruedas de prensa, actos formales…) y que obviamente conllevan un coste de oportunidad, ya que mientras se hacen esas tareas hay otras muchas que no se están haciendo. Y cuando se pone en primera línea la necesidad de aumentar el peso político también es normal que se quieran reservar los recursos económicos a los períodos de campaña electoral: la competencia política es en este sentido competencia económica. Pero ésa no puede ser la lógica de una organización que pretende ser la herramienta principal para la transformación del mundo.
La política institucional puede ser necesaria pero siempre tiene que quedar relegada a un papel subordinado de la tarea verdaderamente prioritaria: la concienciación y la movilización social. La política de los partidos de izquierdas no puede reducirse al ámbito institucional sino que debe incluir la totalidad de los sujetos políticos en activo: movimientos sociales, ONG, colectivos de toda naturaleza… Las personas que participan en otros movimientos políticos pero que no tienen intención de entrar en el juego electoral son también, y ante todo, compañeros.
DOS HERRAMIENTAS NECESARIAS: FORMACIÓN Y COMUNICACIÓN
Decía la economista Joan Robinson que el principal motivo para estudiar economía era precisamente para evitar ser engañados por los economistas. Sin embargo, la formación económica —pero no sólo económica— ha sido dejada de lado durante demasiado tiempo. La izquierda, a la que corresponde el deber de articular propuestas propositivas para transformar la sociedad, ha abandonado la formación como objetivo prioritario, y por eso estamos como estamos en un momento en el que el capitalismo se derrumba y las políticas liberales han fracasado.
Los partidos comunistas del siglo pasado lo sabían, y aunque eran estructuras cerradas y extraordinariamente ortodoxas, eran conscientes de que tenían que formar a sus cuadros y militantes. No podía existir un miembro de un colectivo transformador que no supiera en qué mundo estaba y cómo podría cambiar el mismo. Y para eso se dotaban de herramientas, muchas veces tan duras y complejas como El capital, la obra señera de Karl Marx.
Hoy queda claro que eso no ocurre. Los partidos, sindicatos y movimientos sociales de izquierdas se han relajado tanto que ha llegado la crisis y les ha pillado con el piso cambiado. Probablemente de forma inconsciente habían aceptado la tesis del «There is not Alternative» de Margaret Thatcher. Pocos en esos colectivos tienen estudios de economía, y mucho menos estudios de tipo crítico, y como eso es así con el tiempo también las herramientas empiezan a escasear. Al final los que, sabedores de sus deficiencias, quieren aprender no tienen más remedio que formarse de forma autodidacta haciéndose con las pocas herramientas disponibles en la red o en las bibliotecas. Y salimos del paso a trompicones, débiles y aturdidos.
No obstante, aprender economía no es fácil ni se hace en una tarde —ni tal vez tampoco en dos como cierto exministro le propusiera en su día al entonces presidente José Luis Rodríguez Zapatero—. Como todo proceso de aprendizaje requiere un notable esfuerzo y sobre todo mucha dedicación. Y también hay formas y formas de aprender economía. Sabe de economía el pequeño empresario que tiene que resolver problemas para sacar su proyecto adelante, como sabe de economía el banquero que proporciona los créditos a las familias y a otras empresas. Pero lo que se requiere en un proyecto intelectual que pretenda modificar el rumbo de la sociedad es un estudio sistemático y concienzudo de la disciplina. No se puede aprender economía leyendo los periódicos o debatiendo en las plazas del pueblo, por más que todos agradeceríamos esa opción. El esfuerzo es necesario y sin voluntad ni disciplina no hay nada que hacer.
Por otra parte, es necesario dotarse de herramientas adecuadas de comunicación. Los medios más poderosos son en su totalidad propiedad de grandes empresas privadas, poco interesadas en servir de correa de transmisión de las ideologías de izquierdas. Ellas conforman una opinión pública que es por lo general contraria a las movilizaciones que ponen en riesgo la hegemonía de los de arriba. Ante ello los sujetos sociales transformadores tienen el deber de acudir a otras herramientas, y la más importante por su carácter horizontal y democrático es la red.
Aunque hay una brecha digital que resolver, la red permite que toda persona con acceso a Internet pueda informarse de lo que ocurre en cualquier parte del mundo, así como le permite dotarse de libros y documentos con los que formarse. El uso de las redes sociales, tales como Twitter, se convierte así en una herramienta indispensable para esquivar la invisibilidad a la que los grandes medios someten a determinadas ideas y noticias.
La propia manifestación del 15-M se nutrió sobre todo de gente que había sabido de la convocatoria gracias a Internet, lo que ha revelado el poder inmenso que podrían tener las redes sociales. No son éstas, desde luego, las panaceas de nada. Pero sí son herramientas que hay que aprovechar y exprimir. Reducen el coste de la información así como reducen también el tiempo necesario para tomar decisiones, a la par que promueven la participación directa de los ciudadanos en la vida política. Todo ello debe ser parte, sin duda, de la nueva era política.