Sabía que no sería fácil lo que acababa de proponer, ya que aquél era un complejo muy seguro, pero había algo en aquel extraño… No sé si era la mirada de aquel chaval refugiándose bajo la lluvia roja o aquellos planetas pentagonales o la forma en la que me dijo que era importante que conociese a la chica del Español.

El jefe comenzó a sacar mapas de la caja fuerte y a explicar diversas posibilidades. Dani escuchaba atentamente mientras yo pensaba en la chica del teatro.

Yo ya sabía que mi opinión en un plan de fuga no era importante: siempre he conocido mis limitaciones. Creo que ése es mi gran logro: saber adónde no puedo llegar ya sea por falta de inteligencia o por falta de interés.

¿Por qué decía el extraño que la chica del Español era tan importante en mi vida? Estaba pensando en ello mientras se decidían estrategias. ¿Por qué había sentido algo tan intenso por ella? Ojalá el miedo no hubiera podido conmigo y me hubiese atrevido a preguntarle más cosas al extraño.

Y es que aquel extraño tenía algo de fascinante. Me recordaba, curiosamente, a la fascinación que despertaba mi madre en los espectadores de sus coreografías o sencillamente en los que se encontraban ante su presencia.

Dani se había mantenido totalmente en silencio hasta que comprendió el plan en su globalidad y nuestras intenciones.

—Pero ¿adónde lo llevaremos? —apuntó—. Es decir, si logramos sacarlo de aquí, ¿adónde lo trasladaremos? No pararán hasta encontrarlo.

—No vamos a esconderlo —sentenció el jefe—. Tan sólo lo liberaremos.

—Pero y si es… —A Dani le costaba decir las palabras—. Y si es un extraño, ¿no deberíamos vigilarlo?

Dudé si comentarles lo que había visto. Hablarles de la lluvia roja, del planeta pentagonal. Disipar sus dudas sobre su procedencia. Pero temí que aquello les hiciera cambiar de opinión.

—Ayúdanos, Dani —dije—. Confía en mí.

Dani nunca me había fallado; en cuanto le conocí supe que me ayudaría.

Dani estaba enamorado de mí; lo sabía desde que nos vimos la primera vez. Mi madre me enseñó desde pequeño a aceptar que los sentimientos que sentían por nosotros otras personas, aunque no los correspondiéramos, eran importantes.

—Debes comprender que ese amor no deseado, ese deseo no correspondido, es un gran regalo que te hacen —me dijo en un largo viaje en tren entre Barcelona y París—. No lo desprecies simplemente porque no te sea útil.

Yo era muy joven y no la comprendí. Nunca la comprendía. Ella, en cambio, había vivido esos amores de los que hablaba. Mucha gente había estado enamorada de ella. Su danza, su forma de bailar, sus coreografías despertaban todo tipo de pasiones, en las que se mezclaban el amor y el sexo.

Desde pequeño, yo veía cómo ella trataba con afecto a esos enamorados, aunque no sintiese nada por ellos. Pero parecía que el simple hecho de que ese sentimiento por ella fuese real, la alimentaba y hacía que se sintiera más completa.

Había hombres y mujeres enamorados de ella. Y eso jamás le importó.

—No pienses en tendencias sexuales —puntualizó un día—. Las tendencias tan sólo reflejan miedo a la diferencia y a lo que no comprendes. Tan sólo debes aceptar que están proyectando en ti un sentimiento.

Yo creo que ella jamás se acostó con una mujer, aunque no puedo estar seguro, ya que ella comprendía y le llenaban profundamente esos sentimientos que volcaban sobre ella; le importaba poco de quién procedieran.

También me enseñó a notar, a distinguir y a comprender qué gente se enamoraba o te deseaba en secreto. El amor está soldado al sexo o el sexo al amor, me decía. Había que buscar el punto de soldadura.

—Marcos, debes encontrar pistas de ambos sentimientos en la gente que te rodea. Adelantarte a ese deseo, a esa pasión, antes de que ellos te confiesen ese sentimiento. Los deseos ocultos son el motor de la vida —decía mi madre.

El don no me sirvió nunca para encontrar deseos ocultos. Siempre me mostraba situaciones reales, sentimientos que habían sido plasmados, no platónicos.

Así que mi madre me enseñó a distinguir esos sentimientos. El día que vi a Dani noté que el amor y el deseo sexual que sentía por mí eran muy intensos.

Nunca he sabido cómo surgen esos sentimientos intensos y tan difíciles de dominar.

—Cuando el amor y el sexo se enquistan en la irrealidad —decía mi madre—, el goce que la persona siente puede convertirse en dolor. Poseer ese amor que no significa nada para ti es diferente que perderlo. Porque, aunque pierdes algo que no comprendías, nunca más volverás a tenerlo, y eso es terrible.

Estoy seguro de que mi madre no perdió jamás a ninguna de las personas que la amaban platónicamente. Porque, a su manera, ella también las amaba. Creo que eso era lo que la hacía tan potente.

—Está bien, te ayudaré —dijo Dani en respuesta a mi solicitud.

El jefe respiró aliviado; creo que sin la ayuda de Dani todo se le hacía más cuesta arriba. Yo sabía que no me ayudaba tan sólo por sus sentimientos hacia mí, sino sobre todo porque confiaba en mí, en mi instinto.

—Yo tengo que ir al Teatro Español. Llamadme y decidme dónde quedamos cuando le saquéis —dije.

Tanto el jefe como Dani estaban confundidos.

—¿Vas a ver teatro ahora? —preguntó el jefe, sorprendido.

—Debo recoger a alguien —expliqué.

—Pero… —El jefe estaba realmente alucinado.

—Debo hacerlo, es importante. Además, yo no entiendo nada de fugas ni de cómo sacarle de aquí. Vosotros sois mejores en eso y sé que lo lograréis.

Eso es algo que también me enseñó mi madre: confiar en la gente que no tiene tus carencias. Ésa es la base del verdadero talento. Aunque ella, como era tan buena en todo lo relacionado con la danza, jamás debió de ponerlo en práctica.

Me levanté. Ellos no estaban convencidos, pero yo sabía que el jefe lograría sacarle de allí, aun sabiendo que aquello sería el fin de su carrera profesional. Dani, en cambio, se jugaba poco y además no estaba del todo convencido. Sabía que su conciencia podía jugarle una mala pasada. Las conciencias son demasiado peligrosas.

—Pásate a ver al jefe de seguridad de la tercera planta —me ordenó el jefe.

—¿Por? —pregunté.

—Necesito tener algo contra él, para convencerle si las cosas se tuercen. Estúdialo con tu don y llámame si encuentras algo.

Aquello no me gustaba; el jefe jamás me había pedido algo tan poco ético. Utilizar el don para chantajear era algo que no iba ni con él ni con mi conciencia.

Sabía que no debía hacerlo, pero tampoco él debía haber llamado a la prensa ni Dani haber aceptado ayudarnos. Todos estábamos saltándonos normas morales, porque sabíamos que las situaciones desesperadas requieren actos desesperados.

—Lo haré —dije mientras abandonaba la sala.