…no te perderás de mayor». Y, seguidamente, me guiñó el ojo.
¿Cómo podía saber George que yo estaba tan perdido?
No le contesté nada. Absolutamente nada.
Él me miró y me preguntó la edad. Me di cuenta de que sabía parte de mí, de mi mundo de enano, y creo que se imaginaba que mi respuesta desvelaría mi mentira, mi huida y mis miedos…
Le mentí, le dije que rondaba los quince. Sé que no me creyó. Pero no quería confesarle que tenía trece años, que era enano y me sentía muy solo en este mundo. Tampoco deseaba explicarle nada de la muerte de mis padres ni de que estaba a cargo de mi hermano que me odiaba.
Y es que mi hermano, con los meses, se había convertido en un enano todavía más cascarrabias. Aunque yo tampoco estaba de muy buen humor; la ausencia de mi padre y de mi madre me dolía hasta extremos inimaginables.
Además, por todo ello teníamos trifulcas diarias. Cada vez que lo veía, cada vez que recordaba la promesa que le hice a mi madre, odiaba ser enano, aborrecía ser pequeño y ver mi extraño reflejo en el espejo.
Y la verdad es que en aquellos años aún parecía un niño y no un enano. Con trece, hay niños bajos porque todavía no han crecido suficiente, pero que a los catorce dan el estirón, aunque también hay auténticas jirafas que luego se quedan igual para el resto de su vida.
Yo sabía que si al cabo de un año no pegaba un estirón, entonces sí que me quedaría pequeño para mi edad. Y oficialmente sería un enano.
Los médicos decían que todo era posible. Mi genética para ellos era un misterio y podía derivar en enano o en gigantón como decía mi madre.
La barrera era los catorce. A los catorce ya no habría vuelta atrás, entonces se vería si se detenía mi crecimiento. Quizá por ello le dije a George que tenía quince; para situarme en una edad en la que todo ya hubiera pasado.
Y lo de mentirle sobre mi marcha de casa fue porque era realmente duro explicarle las razones de mi huida.
Una parte se debía al bulling que sufría en el colegio, otra en la muerte de mis padres y la última gran porción tenía que ver con ese ser enano y ser cuidado por un hermano con el que no sentía afinidad por razones que espero explicaros si tengo valor.
Quedarme enano… He de confesaros que eso me daba miedo…
Deseaba… Anhelaba ser fuerte y alto… Crecer.
Es difícil explicarlo con palabras, pero saber que no crecerás, que tu marca en la pared se mantendrá inmutable con el paso de los años es terrible para un niño, pero insoportable para un adulto.
Y no tiene que ver con lo que implica ser enano. Mis padres siempre llevaron con orgullo lo que eran, jamás les avergonzó.
Y a mi manera yo también lo llevaba bien. Desde los cinco fui consciente de que formábamos una familia diferente. Éramos como las otras familias pero en reducido. Mi hermano era bajo, mis padres también, y yo lo era más aún… Hasta compramos un perro mini, uno de esos salchicha… Todo a nuestra altura…
Pero tras la muerte de mis padres necesitaba cambiar, abandonar lo que ellos eran para convertirme en lo que yo jamás había sido.
Crecer significaba distanciarme del dolor… Crecer lo haría todo más soportable, porque me alejaría de ellos y sería más fácil olvidar su muerte, su entierro y la inmensa pena que me produjo perderlos.
George fue a buscar algo a la zona de equipajes. Daba la sensación de que era ajeno a todos aquellos pensamientos que había originado su pregunta sobre mi edad o quizá se imaginaba lo que había generado y me dejaba unos segundos para poder digerirlos.
A los pocos minutos regresó con un pesado saco rojo de boxeo y lo colgó en un asidero que parecía inútil hasta aquel instante en que encontró su función ideal. O quizá su destino fue siempre esperado…
Me extrañó que llevara aquel saco gigantesco en el barco. No me podía ni imaginar lo que pesaba, pero a mi modo de ver debía de superar la tonelada.
—¿Lleva un saco de boxeo de equipaje? —pregunté, finalmente.
—No es un saco, es parte de mi vida. Es como mi hijo, siempre va conmigo a todas partes.
—¿Su saco de boxeo es como su hijo? —Reí. Hacía días que no lo hacía.
Olvidarse de reír, un olvido imperdonable a cualquier edad. Un pecado mortal en la infancia.
—No te gusta que se rían de ti, ¿verdad? —dijo muy serio—. ¿Verdad? —volvió a preguntarme.
—No, no me gusta —admití—. Se han reído ya demasiado.
—Pues a mí tampoco me gusta —replicó secamente—. Este saco es mi mayor posesión. Y debo decirte que acepta como nadie los golpes. Cualquier gancho que le propines provocado por rabia, por problemas o por cualquier cosa horrible que te haya pasado, él lo absorberá, lo comprenderá y hará que te sientas mejor…
Una leve corriente de aire nos golpeó la cara. Olía a mar, me hizo recordar dónde me encontraba.
No podía apartar la mirada del saco mágico y George no la quitaba de mí.
—¿De verdad absorbe problemas? —pregunté.
—Lo hace. ¿Tú tienes muchos?
—Unos cuantos —respondí muy serio.
Él no rió. Se lo agradecí. Me miró fijamente y volvió de nuevo a la carga.
—¿Qué edad tienes? —volvió a preguntarme.
No se había creído mi mentira. Yo todavía no deseaba contestar a aquella pregunta, por todo lo que implicaba, pero creo que necesitaba confiar en alguien.
—Trece.
—Enorme valentía se necesita para marcharse de casa con trece años. —Me miró con respeto y continuó—: Si un niño se va de casa a esa edad es porque se siente obligado a ello para sobrevivir… Para crecer… ¿Tu problema tiene que ver con ello?
Asentí con la cabeza. No quería entrar en detalles. Pero aquel «para crecer» me había perforado el esófago… Ya sé que hablaba en sentido figurado, pero igualmente estaba siendo muy certero…
—Pégale al saco —me dijo—. Te sentirás mejor… Mucho mejor.
Estuve a punto de pegar con rabia, pero antes le miré y le hice la pregunta que hacía minutos que deseaba hacerle y que me desconcertaba enormemente.
—¿No tiene miedo de que le vean con un niño?
—¿Miedo de que me vean con un niño? —repitió—. ¿Vas a pegar tan fuerte al saco que me dará miedo estar cerca de ti?
Sonrió. Yo también. Había sido ingenioso.
—Ya me entiende. En el barco la gente se ha dado cuenta de que yo estaba solo. Además soy bajito, puedo aparentar ocho o nueve años y usted me ha llevado al otro lado del barco y no para de hablarme —volví a la carga siendo mucho más claro.
—Para mí no eres un niño, eres una energía —replicó—. Una energía que ahora está inestable…
Al pronunciar esas palabras, George me recordó mucho al Sr. Martín.
Ya sé que el Sr. Martín estaba a punto de morir y se encontraba débil en un hospital; en cambio, George estaba en plena forma en un barco rumbo a Capri. Pero había en ambos una especie de fuerza que me equilibraba. Como si formaran parte de mi mundo. Y cuando hablaban conseguían atraparme y que me interesase lo que me contaban… Poca gente más ha logrado esto en mi mundo, aunque no he dejado de buscarlo.
Y aunque yo no era consciente, justo en ese instante, en aquel barco, iba a recibir la lección más importante que nunca había escuchado…
Rectifico… Tengo la sensación de que la anciana que hablaba de «Si tú me dices ven…» superaría aquella lección. Aunque es difícil hacer un ranking de lecciones de vida… A los trece lo digieres todo de una manera y a los cuarenta de otra totalmente diferente…
Pero volvamos a aquel momento, cuando George me contó su teoría, su lección…
Como pasa siempre en la vida, en aquel instante no le di tanto valor. Ahora es cuando comprendo su sentido. No sé cómo pude estar tantos años viviendo de espaldas a sus palabras…
—Somos energía —me dijo mientras sostenía el saco, inmóvil, esperando mi golpe—. Energía es lo que yo veo en todo este mundo.
»Energías que te inundan cuando las ves, cuando las escuchas, cuando las quieres, cuando te diste cuenta de que las amabas…
»Energías que te permiten encontrar tus sendas.
»Las energías no se pueden fingir, son las que son. Te pueden ayudar a ver tu futuro o devolverte a tu niñez o a tu adolescencia.
»Yo busco energías. No me importa la edad, el sexo o el aspecto físico.
»Tras los cuerpos, tras las palabras, tras el amor, tras el deseo están esas energías poderosas.
»Somos cazadores de energías, Dani. Y haciendo deporte, estando en forma, consigues ser mejor cazador.
»Afina tu cuerpo y tus propias energías, así estarás encauzado para poder lograr las otras que necesitas.
»¿Sabes cuántas energías has de encontrar para completar tu vida?
No entendía casi nada, pero negué con la cabeza. No deseaba que parase.
—Tan sólo cuatro que te impacten. Es suficiente.
Me miró a los ojos.
—Golpea, golpea con rabia. Transforma tu problema en un golpe y sacude el saco. Él se portará bien contigo, te lo prometo…
Pensé en mi hermano cabrón, en lo mal que me lo estaba haciendo pasar. Espero tener fuerza y hablaros de él en algún momento…
También pensé en la muerte de mis padres. En cuánto los necesitaba en mi vida… Y en la ilusión que les haría que yo creciera y en la sensación de que no lo estaba logrando mezclada con la impotencia de ir hacia lo desconocido y el miedo que esto me producía.
Lancé el puño con toda mi fuerza y con la velocidad de todos mis problemas y la amplitud de todas mis preocupaciones.
Añadí en el último instante la soledad, el dolor y la falta de cariño.
Todo eso hizo que el impacto contra el saco fuera brutal. Estoy seguro de que jamás había recibido un golpe con tanta cantidad de matices de problemas diferentes.
Pensaba que me rompería unos cuantos dedos, pero en lugar de eso descubrí que el saco aceptaba mi golpe y noté cómo mi pequeña y huesuda mano se insertaba mullidamente en aquella tela.
Sentí un extraño placer.
El dolor se había convertido en placer. Sonreí.
—¿Tienes donde pasar la noche? —dijo George mientras me indicaba con la mirada que entrábamos en el puerto de Capri.
Negué con la cabeza.
—¿Vienes a casa? —me preguntó.
Me gustó que dijese «casa» y no «mi casa». Fue como si fuera nuestra.
Asentí con la cabeza. No le tenía miedo.
Pegué cuatro golpes y luego cuatro más. Así hasta llegar a la veintena. Y luego veinte más y seguidamente otros cuarenta…
Creo que solté unos doscientos ganchos y poco a poco me fui sintiendo mejor, y aunque cada vez sacudía con más fuerza… notaba cómo aquel saco extraño absorbía toda mi rabia y me devolvía placer y bienestar.
Rabia absorbida.
Ojalá ahora tuviera el saco, necesitaba extraer tanta rabia, tantos problemas…