En el mismo lugar.
En vez de las luces coloristas y fuertes de los actos anteriores hay una tenue luz blanca íntima.
En escena, don Florín, Daniel y Pedrote.
Don Florín pasea agitado. Daniel, con los ojos vendados, está sentado aparte.
FLORÍN.
Me lo temía. Iba todo demasiado bien. ¿Y no te dijo ese hombre cómo se llamaba?
PEDROTE.
No, señor.
FLORÍN.
¿No pudiste saber tampoco por qué preguntaba con tanto interés?
PEDROTE.
Tampoco. Debe de conocer mucho al señor Samy y a su hija. A don Ricardo, no; ni su nombre sabía.
FLORÍN.
Es extraño. ¿Se lo has dicho a Samy?
PEDROTE.
Sí, señor.
FLORÍN.
¿Y qué?
PEDROTE.
Se puso muy pálido; hasta me pareció que temblaba. Y luego quiso saber todo: dónde había sido, qué señas tenía el hombre, cómo vestía…
FLORÍN.
Es preciso que yo vea a Samy inmediatamente. ¿Está en casa?
PEDROTE.
Sí, señor.
FLORÍN.
Llámale. Que venga.
PEDROTE.
En seguida. (Sale. Entra el señor Fantasma y cruza la escena para salir en la dirección opuesta. Viste un traje viejo, holgado, como esos niños que llevan siempre arreglado un traje de su padre.)
Don Florín, Daniel y Fantasma
FANTASMA.
Buenas tardes. Buenas tardes, don Daniel.
FLORÍN.
¿A la huerta otra vez?
FANTASMA.
Otra vez y siempre. ¡Oh, si viera usted qué huerta más hermosa voy a dejar en poco tiempo! He arreglado ya la empalizada para las gallinas. Y un cuadrito de berzas que es una bendición de Dios. Y las flores… una delicia.
DANIEL.
Fortunatus nimium agrícolas!
FANTASMA.— (Volviéndose sorprendido.)
¿Eh?
DANIEL.
Nada.
FLORÍN.
Dice Daniel que dichoso tú.
FANTASMA.
¡Ah! Bueno. Don Daniel puede que no lo diga muy en serio. Pero sí, dichoso. Esto es vivir, y no aquello de antes. Yo, Dios me perdone, le tengo a don Ricardo un respeto como a un padre. Más. Pero aquella vida era un disparate.
FLORÍN.
Es posible.
FANTASMA.
Era mucho Napoleón y mucha fantasía. Y luego un miedo… ¡Si no podía pegar los ojos! Sería muy divertido, como decía don Ricardo; pero yo me hubiera muerto en dos meses. En cambio, ahora. Da gusto volver a vestirse de persona, y sentirse uno vivo de verdad, y salir a la luz del sol. Además, ¿no sabe usted?… ¡La señorita me llama don Joaquín!
FLORÍN.
¡Ah!
FANTASMA.
Es tan buena… Ahora voy a prepararle un ramo de flores. Lo hago todas las tardes, y todas las tardes me da las gracias. ¡Eh, como si yo fuera alguien! ¿Está mejor la señorita Sirena?
FLORÍN.
María. Se llama María.
FANTASMA.
Es verdad, nunca me acuerdo; como antes…
FLORÍN.
Antes era todo distinto. Sí, está mejor.
FANTASMA.
Y acabará por curarse del todo. Usted es un sabio, don Florín; lo que usted no consiga… Un sabio y un santo.
FLORÍN.
Por Dios… (Sonriente.) Anda, vete a tu huerta; vuelve a tus flores… y a tus berzas.
FANTASMA.
Sí, ya iba… Y perdonen. ¡A mi huerta! Buenas tardes, don Daniel. (Sale haciendo una reverencia a Samy que entra.)
Don Florín, Daniel y Samy
FLORÍN.
¿Te ha avisado Pedrote?
SAMY.
Sí.
FLORÍN.
Dice que esta mañana se le acercó un extraño, un hombre de mala catadura, preguntándole con mucha insistencia…
SAMY.
Sí, sí, ya sé.
FLORÍN.
Y bien, ese hombre parece que te conoce mucho. ¿Quién es? (Samy titubea mirando a Daniel.) Habla, es lo mismo.
DANIEL.
¿Estorbo?
FLORÍN.
No. ¿Quién es?
SAMY.
Ese hombre es Pipo. Estoy seguro.
FLORÍN.
Bien. ¿Y quién es Pipo?
SAMY.
El amo; el del circo.
FLORÍN.
Me lo temía. El empresario, ¿verdad?
SAMY.
El mismo. Nos ha descubierto y viene a buscarnos, le conozco bien.
FLORÍN.
Pero ¿con qué derecho?
SAMY.
Con el de la fuerza.
FLORÍN.
Pues no admito semejante derecho. Tendrá que volverse.
SAMY.
¿Volverse él? Usted no sabe quién es Pipo.
FLORÍN.
Sea el que sea; no me importa.
SAMY.
Es todo soberbia y voluntad. Yo le he visto matar a un hombre de un puñetazo porque puso en duda sus músculos. No hay que hacerse ilusiones, don Florín. Ya ve que se trata de mi hija, y sin embargo estoy temblando solo de pensar que él pueda llegar.
FLORÍN.
¿Tienes miedo?
SAMY.
Sí, lo tengo. Si no fuera por Sirena, yo no me hubiera atrevido nunca a desobedecer la menor de sus palabras; no puedo resistir aquel gesto, aquellos ojos fríos, pequeños… No es por mí; soy ya muy viejo. Pero ¿y Sirena?
FLORÍN.
Sirena, ¿qué?
SAMY.
Él viene a buscar lo suyo. Se la llevará por encima de todos.
FLORÍN.
¿Qué quieres decir?
SAMY.— (Ronco.)
Sirena… es suya.
FLORÍN.
¡Eso no! ¿Qué dices?
SAMY.
Yo la hubiera defendido contra el mundo entero. Contra él no podía. La tomó para sí porque le gustaba; era su voluntad.
FLORÍN.
¡Dios! ¡Pero y tú, Samy, y tú!…
SAMY.
Yo ¿qué iba a hacer? Sirena, afortunadamente, no podía comprender; nada podía dolerle porque de nada tenía conciencia. Solo en la carne se la podía herir… Y Pipo también lo hacía.
FLORÍN.
¡Samy!
SAMY.
Le pegaba porque la quería. Eso decía él.
FLORÍN.
¡Oh, calla! Es odioso lo que estás diciendo.
SAMY.
Después se arrepentía y la besaba mucho. Y nos daba cerveza.
FLORÍN.
¡Os daba! ¡Y tú le habías visto pegar a tu hija! ¡Y sabías cómo estaba!
SAMY.
También me pegaba a mí. Era el hércules del circo y el empresario; tenía la fuerza y el dinero. También cuando estaba de buen humor le regalaba joyas. Usted no entiende de esto, don Florín; no sabe usted cómo se llega a tener un dominio así sobre un hombre; por el hambre, por la fatiga, por el miedo. Ese es Pipo. Y está ahí a buscarnos. ¿Comprende? No es por mí…; ¡qué importo yo! Pero ¿y Sirena, que empezaba a vivir, curada de su locura, en un amor y en una casa, con Ricardo…? ¿Eh?
FLORÍN.—(Poniéndole las manos sobre los hombros.)
Me das lástima, Samy… y asco. ¡Cobarde!
SAMY.
¿Qué era yo contra él? Ni sostenerle una mirada puedo.
FLORÍN.
Y si no podías tú, ¿no hay una ley?
SAMY.
Ya sé. Pero a él le meterían en la cárcel unos días. Y yo en la calle para siempre. Y me quitarían a Sirena para encerrarla… ¡Siempre! Sí… hay una ley…
FLORÍN.
Bien está… ¿A Ricardo le has dicho?
SAMY.
A él no me atreví a confesarle todo; pero me temo que lo sospeche.
FLORÍN.
Que no sepa más. Tú vete, haz lo que quieras; pero Sirena es nuestra y nosotros la defenderemos. Imposible que ella vea a Pipo; sería echar a rodar todo lo hecho. Y Ricardo tampoco. Si ese hombre llega, yo le recibiré.
SAMY.
¡Usted!
FLORÍN.
Yo. Tú vete.
SAMY.
Voy. (Inicia el mutis.) ¡Y yo… yo soy el padre! ¡Cobarde! (Sale.)
FLORÍN.
¿Ha oído usted, Daniel?
DANIEL.
Todo.
FLORÍN.
¡Dios… Dios!
DANIEL.— (Con voz tranquila.)
Dígame, don Florín, ¿por qué se empeña usted en curar a Sirena?
FLORÍN.
¡Cómo!
DANIEL.
¿Cree usted que es un bien devolverle la razón y abrirle los ojos otra vez a este mundo sucio que la rodea?
FLORÍN.
No sé… En todo caso, es mi deber.
DANIEL.
Deber. Bien, pero muy cruel. ¡La vida fue tan piadosa con ella! Le dio, a cambio de esto, todo un mundo de fantasía para refugiarse en él. ¿Por qué se lo quita usted?
FLORÍN.
Porque es mentira.
DANIEL.
Si ella lo cree.
FLORÍN.
Aunque lo crea.
DANIEL.
Allá usted, don Florín.
FLORÍN.
Mire, Daniel, ahora tal vez le diera la razón; pero mañana me arrepentiría. Si emprendí la curación de Sirena fue porque Ricardo me lo pedía con gritos del alma. Y cuando le devolví las primeras luces y fui adivinando la verdad de su vida a través de sus ramalazos de razón, sentí espanto de mi propia obra. Vi bien lo que le quitaba y lo que le iba a dar en cambio. ¿Cree usted que no dudé? Pero no importa: Ricardo la quiere. Que la quiera tal como es; yo no puedo hacer otra cosa.
DANIEL.
Allá usted, don Florín.
FLORÍN.
Mentirle no; por dura que sea la verdad, hay que mirarla de frente. (Junto a él con intención.) ¿Me oye, Daniel?; por dura que sea. De nada sirve vendarse los ojos.
DANIEL.— (Angustiado.)
¡Calle! (Recobrándose al sentir pasos.) Buenas tardes, Ricardo. (Sale.)
Don Florín y Ricardo
RICARDO.
Su equipaje está listo. Ahora va Pedrote a preparar el coche.
FLORÍN.
No corre prisa.
RICARDO.
¿No se marcha esta tarde?
FLORÍN.
Ya no.
RICARDO.
¿Ha ocurrido algún trastorno? ¿Sirena…?
FLORÍN.
María. No tengas miedo; María va bien. Pero he de esperar; quiero observarla aún.
RICARDO.
Siendo así…
FLORÍN.
Puede ya considerarse fuera de peligro. Pero con tiento, Ricardo; una recaída ahora sería fatal. No tengo confianza en ti.
RICARDO.
Yo, pobre de mí, ¿qué puedo hacer? Si no me permite usted ni verla apenas.
FLORÍN.
Ya habrá tiempo. Y tú haces muy mal enfermero. El otro día, contra todas mis prohibiciones, la llevaste a dar un paseo a la orilla del mar. Por la noche la encontré peor; ese azul, ese olor de algas la marea, la vuelve a sus delirios de antes.
RICARDO.
Perdón, no me di cuenta.
FLORÍN.
Y aquí mismo, ¿qué hace esa ventana abierta? Entra el rumor del mar. (Ricardo la cierra.) También eso la marea; le da vértigos todo. Es preciso que cuando yo me marche sea en la seguridad de que mis órdenes se cumplen; que ni en los gestos ni en las palabras, ni en los vestidos siquiera, haya nada que no sea simple y natural. Y no le llames Sirena, por lo que más quieras.
RICARDO.
Sí, sí, se hará.
FLORÍN.
Hasta en las luces; nada de luces verdes y rojas; esta luz blanca… y el sol mejor que nada.
RICARDO.
Lo que usted diga.
FLORÍN.
Y si fuera posible, otra casa, en el monte… Un hogar. Esta, con ese aire de brujería, le destroza los nervios a cualquiera.
RICARDO.
Todo lo que sea preciso. Todo, con tal de devolverle la razón.
FLORÍN.
La razón… ¡Cómo la pides ahora! También antes pedías la locura y cuando la encontraste no tuviste más que instinto para volverte atrás.
RICARDO.
Ya pasó. No hablemos más de eso.
FLORÍN.
Dichosamente. Pero piensa en aquel tu afán de deshumanizar la vida, y mira a los demás. Lo que para ti era un simple juego de ingenio era para ellos dolor; operabas sobre carne viva. Y no viste la locura de María, ni el hambre miserable de Samy, ni siquiera la tragedia pueril de ese pobre Fantasma que tenía miedo de su propia sombra y se moría de fe por los desvanes.
RICARDO.
No necesita decirme nada, don Florín; ya lo he medido todo.
FLORÍN.
Y tus sentimientos… ¿los has medido también?
RICARDO.
También.
FLORÍN.
¿Y quieres a María? ¿Estás seguro?
RICARDO.
Con toda mi alma.
FLORÍN.
Pues bien; ya te la voy a devolver curada. Pero… pudiera ser que la verdad que vas a encontrar ahora sea bien triste.
RICARDO.
Como sea.
FLORÍN.
¿La quieres de todos modos?
RICARDO.
Basta. ¡La quiero! (Entra Sirena.)
FLORÍN.
Ahí la tienes. (Bajo.) Despacio Ricardo. (Jovial.) Hola, Maruja. ¿Como anda esa cabecita?
SIRENA.
¡Oh, bien!; muchas gracias.
FLORÍN.
¿Ya no hay mareos?
SIRENA.
Nunca me sentí mejor. Ahora quisiera trabajar un poco en esta lana. ¿Puede ser?
FLORÍN.
Bien. Sin esforzar mucho la atención, ¡eh! (Sirena le estrecha las manos. A Ricardo.) Despacio. (Sale.)
Sirena y Ricardo
SIRENA.
¿No te molesto?
RICARDO.
¡Oh, no! ¿Por qué?
SIRENA.
Don Florín me dice siempre que estás tan ocupado. Yo también; mira. (Muestra su labor: unos zapatitos de lana blanca.) Tanto tiempo que no hacía estas cosas; creí que se me había olvidado. Se me olvida todo; no sé lo que me pasa.
RICARDO.
Cansancio; estás todavía muy débil.
SIRENA.
Todavía. ¿Y desde cuándo? Muy larga ha debido de ser mi enfermedad; todos habláis de ella como de una cosa de siempre. ¿Estabas ahora haciendo algo?
RICARDO.
No…; pensaba.
SIRENA.
¿Qué pensabas?
RICARDO.
Una cosa que quería consultar contigo. Dime: ¿te gusta esta casa?
SIRENA.
Sí…
RICARDO.
Con franqueza. ¿No te gustaría más una casa en el monte, con árboles?
SIRENA.
Sí, eso sí; y con mucho silencio. Esta es tan… rara. Yo recuerdo mi casa de antes, con papá Samy. ¡Aquella sí que era triste! Tenía una luz verde… Papá bebía cerveza y se sentaba en el suelo a tocar la guitarra; y se le caían las lágrimas. Después me leía un libro grande que hablaba de Dios.
RICARDO.— (Inquieto.)
No pienses en eso.
SIRENA.
Lo recuerdo a veces. Eso, y otras cosas; todo como si lo hubiera soñado. Y me ocurre que no sé separar lo que es verdad y lo que es mentira. Porque hay cosas… (Se queda fija, con un esfuerzo de memoria.) Hay cosas que no pudieron ser verdad.
RICARDO.— (Detrás de ella, le pasa la mano por la frente con ternura.)
No pienses, no te esfuerces.
SIRENA.— (Le coge las manos sin mirarle.)
Pero si es mentira, ¿cómo lo sueño tantas veces? Unos ojos fríos, pequeños… Y un látigo en la mano…
RICARDO.
Deja, no pienses más, Sirena.
SIRENA.
Sirena… ¿Por qué me llamas así? ¿No te gusta mi nombre?
RICARDO.
Sí, es muy bonito: María.
SIRENA.
María es un bonito nombre; tan sencillo… Y Sirena… ¿Quién se llamaba así?
RICARDO.
Cualquiera, ¿qué importa?
SIRENA.
Sirena…
RICARDO.
¡Ea, basta!; es preciso que no te esfuerces en nada. Y no trabajes tampoco; deja eso.
SIRENA.
No, esto hay que acabarlo pronto. Puede hacer falta cualquier día.
RICARDO.
¿Qué, esto?
SIRENA.
Esto; unos zapatitos de lana, para que tenga los pies bien abrigados.
RICARDO.
¿Qué estás diciendo?
SIRENA.
Yo he visto una vez un niño llorando con los pies negros de frío. Me dio una lástima… Y el nuestro no, no quiero que llore.
RICARDO.
¿Pero de quién hablas?
SIRENA.
Del hijo.
RICARDO.
¡El hijo!
SIRENA.
Yo me río de don Florín y de lo que sabe. Dice que estos mareos… que si el olor del mar y de las algas. Pero las mujeres sabemos de esto más que los médicos. El mar…, bueno está él. Y esto que siento yo dentro de mí…
RICARDO.
¡Un hijo! (Poniendo una mano crispada sobre la labor.) Pero entonces, ¿de quién?
SIRENA.
¿De quién? (Angustiada.) ¿Qué quieres decir, Ricardo?
RICARDO.— (Con un esfuerzo.)
Perdón… no sé lo que digo… Trabaja.
SIRENA.
Trabaja, trabaja… (Queda indinada sobre la labor. Trabaja. Entra el señor Fantasma con un ramo de flores frescas.)
Dichos y el Fantasma
FANTASMA.
Señorita… No me atrevía a llegar hasta su cuarto. Total, no merece la pena. Son unas flores… Pero yo…, como las cultivo yo…
SIRENA.— (Tendiéndole la mano.)
Es usted muy bueno conmigo. Gracias, don Joaquín.
FANTASMA.— (Puerilmente conmovido.)
Así…, don Joaquín. Parece que no es nada… ¡Y da un gusto oírlo! (Le besa la mano. Saliendo.) Don Joaquín… Don Joaquín… (Sale.) (Sirena acaricia sus flores. Hay una pausa larga.)
SIRENA.
Mucho callas, Ricardo.
RICARDO.
No…; pensaba.
SIRENA.
¡Pensabas! ¿Por qué me tratas así?
RICARDO.
¡Yo! ¿Qué te hago yo?
SIRENA.
¿Ves? Se te escapa el mal humor en todo.
RICARDO.
No lo creas; estaba pensando.
SIRENA.
Pues yo también. ¿Y sabes lo que pensaba? Que no me quieres. Te estorbo.
RICARDO.
Basta; no me gusta que hables así.
SIRENA.
Pero si no me quieres has hecho muy mal en traerme aquí engañada. ¿Qué hago yo aquí? Yo no soy tu mujer, ni tu hermana… ¿Qué hago yo aquí? ¿Y desde cuándo estoy aquí?
RICARDO.
¡Oh, calla!…
SIRENA.
No soy tu mujer… Y voy a tener un hijo. ¿Qué significa esto, Ricardo? ¡Ah, me habéis engañado todos, y decíais que me estabais curando! ¿De qué?
RICARDO.
¡Por lo que más quieras, Sirena!
SIRENA.
¿Y por qué me llamas Sirena? Ya antes me llamaste así otra vez. No os entiendo. Todos, todos me estáis ocultando algo. Y es preciso que yo sepa. (Exaltándose.) ¿Por qué te da miedo que vaya a tener un hijo? Y antes…, antes…, ¿por qué me preguntaste que de quién? (Abrazada a él.) ¡Ricardo! ¿Por qué?
RICARDO.—(Loco.)
¡Porque no es mío! ¡Porque es de todos los canallas que hicieron banquete de tu locura! ¡No es mío!, ¿lo oyes? ¡Ni tuyo apenas! ¡Y te quiero! ¡Te quiero por encima de todo!
Dichos y Don Florín. En seguida Pedrote en la puerta opuesta
FLORÍN.—(Severo.)
¡Ricardo!
RICARDO.—(Se recobra.)
Perdón…
SIRENA.—(Vencida por un dolor físico.)
¡Oh, hijo!…
PEDROTE.
Señor, el hombre ese…
FLORÍN.—(Atajándole enérgico.)
¡Que espere! (Sale Pedrote.)
SIRENA.
No ha sido nada, don Florín.
FLORÍN.— (Rápido.)
¡Por tu alma, Ricardo, llévala!
SIRENA.—(Saliendo sostenida por Ricardo.)
Cómo muerde… cómo me muerde este hijo mío.
Don Florín y Pipo
FLORÍN.
¿Quién le ha autorizado para pasar?
PIPO.
Nadie, es verdad. Ya me ha dicho ese del chaleco encarnado que esperara. Pero yo no estoy hecho a esperar en ninguna parte. Voilá. ¿El amo de la casa, me hace el favor? Ese señorito Ricardo.
FLORÍN.
Ese señorito Ricardo no puede recibirle a usted.
PIPO.
Me lo esperaba. Ya me temía yo que el del chaleco había cantado.
FLORÍN.
Usted me hará el favor de decirme a mí lo que desea.
PIPO.
Perdón. ¿Es usted el apoderado?
FLORÍN.
Le ruego que no siga por ese camino. Ese lenguaje me lo sé de memoria, y es de muy mal gusto. Nos entenderíamos mejor en cualquier otro.
PIPO.
Agradeciendo. También yo me he rozado con las personas, no crea.
FLORÍN.
¿Qué quiere usted?
PIPO.
Antes, permítame que me presente. Yo soy Pipo, empresario del Circo Palace, gran cinturón de la reina de Inglaterra…
FLORÍN.
Ya lo sabía.
PIPO.
¿Y usted?
FLORÍN.
Yo, da lo mismo.
PIPO.
Mucho gusto.
FLORÍN.
Le he preguntado que qué quiere.
PIPO.
Por partes. Yo, cosas del oficio, soy bastante bruto…
FLORÍN.
Se ve.
PIPO.— (Cortado un momento.)
¿Sí?… Pues sí, muy bruto; mucho. Y muy razonable. Las dos cosas. Conque puede usted escoger.
FLORÍN.
Sin rodeos.
PIPO.
Como el agua. Ustedes tienen secuestrada aquí una mujer que es mía. Sí, señor, mí-a. Y al señorito ese parece que le ha gustado. No me opongo; a mí también. Pero yo ya la he tenido mucho tiempo, y no es mujer para tanto.
FLORÍN.
Acabe.
PIPO.
Pues, señor, si le he dicho que es mía y que estoy harto de ella… Moraleja: que si me la pagan bien… (Don Florín da un paso hacia él, Pipo lo detiene con la contera del bastón.) Dispense; hemos quedado en que las cosas claras.
FLORÍN.
¡Pagar dice usted! ¡Y usted se atreve!
PIPO.
Yo digo lo mío. Voilá. Y no hay que ofenderse; también pude haberme ofendido yo y venir en plan de pasional. Pero si es preciso, todo se andará.
FLORÍN.
Deje las amenazas; no es camino.
PIPO.
Me alegro; también yo prefiero el otro.
FLORÍN.
Pues aquí ninguno de los dos. Aquí no entendemos de comprar mujeres.
PIPO.
Será usted. Pero por ahí anda escondido un señorito que puede que le convenga. Dígale que salga, hombre; que no me lo voy a comer.
FLORÍN.
¡Ese hombre no se esconde de nadie!
PIPO.
¿Por dónde se pasa?
FLORÍN.— (Delante de él.)
¡No se pasa!
PIPO.
¿Me lo va impedir usted?
FLORÍN.
Yo.
PIPO.
¡Oh, mon gigoló! (Va a hacerle una carantoña. Don Florín le coge la mano.) Quita. (Le empuja. Entra Samy; ha bebido y viene borracho de vino y de miedo, barbotando compases de La Marsellesa, con un látigo en la mano.)
Dichos y Samy. Después Ricardo
SAMY.
Allons enfants de la patrie…
PIPO.
¡Atiza, Samy! Segundo número.
SAMY.
¡Sí, Samy! ¿Qué te parece? Soy el padre, ¿sabes? Y vengo a abrirte la cabeza.
PIPO.
Como una cuba. Lo de siempre.
SAMY.
Esa cabeza de buey, ¿te enteras? ¡Yo!
FLORÍN.
Vete, Samy.
SAMY.
¡No me voy! Que yo tenía una hija y Pipo tenía un látigo… ¿Comprendes, viejo? Y hoy traigo yo el látigo… y… traigo el látigo… y… (Llega junto a Pipo y cae de rodillas.) ¡No! ¡Perdóname, Pipo!
PIPO.— (Empujándole.)
¡Imbécil!
SAMY.
No quise hacerte mal. Es que he bebido, y… y traigo un látigo, y… y… (Queda derribado, amodorrado contra unos almohadones.)
PIPO.
El padre, ahí tiene usted. ¡Es toda una familia! También ese trasto es mío; pero ese se lo regalo.
FLORÍN.
¡Salga usted de aquí!
PIPO.
Necesito ver a Sirena.
FLORÍN.
¡Eso, no!
PIPO.
O al señorito. A usted le asusta mucho soltar la plata, ya se ve. Y no es para tanto; no voy a pedir la luna… Ya comprendo que la pobre…, como está así…
FLORÍN.— (Abalanzándose a él.)
¡Canalla! (Aparece Ricardo, desencajado, esforzándose en serenarse.) ¡Ricardo!
PIPO.
Servidor.
RICARDO.— (Breve, llegando hasta Pipo.)
Salga.
PIPO.
Oiga, joven.
RICARDO.
Sirena está ahí, ¿me oye? Si le ve, si da usted una voz siquiera, lo mato.
PIPO.
Eso…
RICARDO.
Por mi alma que lo mato aquí mismo. (Sin gritos. Con una firmeza honda. Pipo siente que dice la verdad.) Salga.
PIPO.— (Buscando una posición más airosa.)
Tampoco hay que ponerse así, hombre… Yo venía razonablemente…
RICARDO.
Ni un momento más.
PIPO.
Está bien. (Retrocede.) Entonces…, supongo que volveremos a encontrarnos…
RICARDO.— (Terminante.)
¡Fuera!
PIPO.
Pues, hasta la próxima… No dirán luego que ha sido mía la culpa. Servidor.
(Sale.)
Ricardo, Don Florín y Samy. Luego Daniel
FLORÍN.
Ricardo, hijo…
RICARDO.
La verdad… Hay que mirarla de frente. ¿No es eso lo que usted manda?
SAMY.— (Amodorrado.)
Le jour de gloire est arrivé…
RICARDO.
Este hombre… Samy. (Le sacude.)
FLORÍN.
Déjale; está borracho.
SAMY.
¿Qué? ¿Se ha ido? ¡Y yo…!
FLORÍN.
Vete, Samy; enciérrate en tu cuarto.
SAMY.
Voy… voy… Y yo… yo que traigo un látigo… ¡El padre! Allons enfants… (Sale tropezando con Daniel, que entra.)
RICARDO.
¡La verdad!
DANIEL.
¿Qué va diciendo Samy?
RICARDO.
¡Es bien triste la verdad, don Florín! Pero tiene usted razón; por dura, por amarga que sea… (Exaltado.) ¿Lo oyes, Daniel? ¡Y tú, cobarde, que te vendas las ojos para no ver! (Le arranca la venda.) ¡Mira tú también de frente!
DANIEL.— (Rígido.)
¡Ricardo!
RICARDO.— (Mirándole los ojos blancos, sin expresión.)
¡Ciego!
DANIEL.
¿Por qué lo has hecho? ¿Qué daño te hacía yo? Si era una ilusión olvidarlo… (Tendiendo las manos.) Dame. (Se vuelve a poner la venda.) No lo digas a nadie… No lo digas a nadie… (Sale.)
RICARDO.
¡Ciego!
FLORÍN.— (Amargo.)
¡Ya lo sabía!
RICARDO.
Pero esto es horrible… ¿Y es esta la verdad? ¿Siempre? ¿Es esto lo que usted quería devolver a Sirena? ¡Ah, no, no será! Gracias, don Florín, por lo que quiso hacer. Pero váyase. ¿No se marchaba esta tarde? ¡Pues váyase ya! Yo destruiré su obra otra vez punto por punto. ¡Y con qué alma, con qué alegría nueva! (Gritando.) ¡Sirena! ¡Sirena! (Abre la ventana de par en par.)
FLORÍN.
¡Loco! ¿Qué vas a hacer?
RICARDO.
¡Lo que Daniel! ¡Vendarla otra vez! ¡Suelte!
FLORÍN.
¡No!
RICARDO.
¡¡Sí!! (Se desprende con violencia. Entra Sirena.) Váyase. (Sale don Florín.)
Ricardo y Sirena
SIRENA.
¿Qué ocurre? ¿Por qué gritas así?
RICARDO.
¡Ven! ¡Mía solo!
SIRENA.
¿Por qué reñías a don Florín?
RICARDO.
¡Porque te quiero! Son malos todos esos hombres… Don Florín también… ¡Querían engañarte, devolverte la conciencia de una vida encanallada y sucia!
SIRENA.
¡Oh!, ¿quién… qué dices?
RICARDO.
¡Y es mentira! ¡Tú eres una sirena, eres blanca y azul! ¿No ves: el mar?
SIRENA.— (Con una fuerza de instinto.)
¡Suelta!
RICARDO.
Volveremos al mar cuando tú quieras. Tengo una barca mía. Saldremos por la noche… (Enciende una luz verde fuerte.)
SIRENA.— (Desosegada.)
El mar…, el mar…
RICARDO.
Iremos a nuestra casa del fondo, ¿no te acuerdas?… Una terraza de algas y un palomar de delfines…
SIRENA.
Sí… recuerdo, recuerdo…
RICARDO.
«Mi Amado se hizo una barca de madera del Líbano…» ¡Sus remos hizo de plata y sus arpones de amor!
SIRENA.— (Escondiendo la cara entre los brazos.)
¡Oh, calla! (Cae rendida en una butaca.)
RICARDO.
Ven.
SIRENA.
¡No! Por tu alma, Ricardo…; me estalla la cabeza, me siento morir… Esa luz. Apaga.
RICARDO.
No tengas miedo… Nos espera el mar. ¡Juntos en él para siempre!
SIRENA.
No. Ya estuve una vez… Es un abismo amargo. Y ahora… (Cruza los brazos sobre el vientre y estalla en sollozos.) ¡Hijo mío!
RICARDO.
Sirena.
SIRENA.
¡Por él, Ricardo; no me lleves! Esa ventana… (Ricardo vacila.) ¡Por él! (Ricardo cierra.) Ahora…, junto a mí. No me lleves…
RICARDO.— (Vencido.)
¡Mujer…!
SIRENA.
Es el hijo, ¿comprendes? ¡Si no fuera por él…! A la otra casa, sí, en el monte, con árboles y en silencio. No es nada…; el mareo… (Reclina la cabeza en el asiento.) Esa luz… (Entorna los ojos. Ricardo apaga.)
RICARDO.
Ahora, sí; ahora hay que curarla por encima de todo. (Vuelve junto a ella.) Duerme. (Besándole las manos con una ternura infinita.) María… (Telón.)
FIN DE «LA SIRENA VARADA»