X - LA PROEZA DE LAINTAL AY
La pradera estaba cubierta de flores advenedizas hasta donde se alcanzaba a ver y más lejos, más allá de donde podía llegar un hombre caminando. Blancas, amarillas, anaranjadas, azules, verdes, rosadas; un vendaval de pétalos soplaba a lo largo de millas no registradas en ningún mapa, rompía contra los muros de Oldorando e incorporaba la aldea a sus ráfagas de color.
La lluvia había traído las flores, marchándose luego. Las flores se habían quedado, extendiéndose hasta el horizonte, estremecidas en cálidas franjas, como si la distancia misma estuviese manchada de primavera.
Una parte de este panorama había sido cercada.
Laintal Ay y Dathka habían terminado de trabajar. Inspeccionaban, con sus amigos, lo que habían hecho.
Con árboles jóvenes y arbustos espinosos habían construido una cerca. Habían cortado troncos hasta que la savia les corrió por las espaldas y los brazos. Los árboles habían sido despojados de ramas y asegurados verticalmente. Completaban la cerca haces de ramas y espinos completos. El resultado era casi impenetrable, y alto como un hombre. Encerraba un espacio de casi una hectárea.
En el centro de ese flamante recinto estaba el kaidaw, desafiando todo intento de montar en él.
La dueña del kaidaw, la gillota, había quedado donde había caído, pudriéndose abandonada como era la costumbre. Sólo tres días después se ordenó a Myk y otros dos esclavos que enterraran el cuerpo, que había empezado a apestar.
Unas flores colgaban como baba de los labios del kaidaw. Había arrancado un bocado de flores rosadas. En cautividad, no parecían gustarle, porque estaba con la cabeza erguida, mirando por encima de la estacada, olvidado de masticar. De vez en cuando se desplazaba unos metros sobre las largas patas, y retornaba al punto de partida, con los ojos blancos y brillantes.
Cuando uno de los cuernos se le enredaba entre los espinos, se liberaba con una impaciente sacudida de la cabeza. Era bastante fuerte como para atravesar la cerca y galopar hacia la libertad, pero le faltaban las ganas. Se limitaba a mirar hacia la libertad, suspirando con los ollares distendidos.
—Si los phagors pueden montar, también podemos nosotros —dijo Laintal Ay—. Yo he montado en un pinzasaco. —Trajo un cubo de bitel y lo puso junto al animal. El kaidaw lo olió y retrocedió, alzando vivamente la cabeza.
—Me voy a dormir —dijo Dathka. Fueron sus únicas palabras en muchas horas. Atravesó reptando la cerca, se estiró en el suelo, alzó las rodillas, unió las manos debajo de la cabeza y cerró los ojos. Los insectos zumbaban alrededor. Lejos de amansar al kaidaw, Laintal Ay y él sólo habían conseguido rasguños y magulladuras.
Laintal Ay se secó la frente y se acercó otra vez a la bestia cautiva.
El kaidaw bajó la larga cabeza para mirarlo. Resoplaba suavemente. Observando los cuernos que le apuntaban, Laintal Ay emitió unos ruidos amistosos, listo para saltar. La gran bestia sacudió las orejas contra la base de los cuernos y se apartó.
Laintal Ay contuvo el aliento y volvió a adelantarse. Desde que había hecho el amor con Oyre junto a la laguna, la belleza de la muchacha le cantaba en el eddre. La promesa de nuevos momentos de amor colgaba como una rama fuera de alcance. Tenía que probarse a sí mismo con esa imaginaria proeza que ella reclamaba. Despertaba todas las mañanas envuelto en sueños carnales, como entre flores de dogotordo. Si podía montar y domar el kaidaw ella sería suya.
Pero el kaidaw continuaba resistiendo todos los avances humanos. Esperó mientras él se aproximaba, con los músculos en tensión. En el último instante se alejó de la mano extendida y se irguió sobre las patas traseras, mostrándole los cuernos por encima del hombro.
Laintal Ay había dormido dentro del cercado la noche anterior, o mejor dicho dormitado, temiendo que lo pisotearan los cascos del kaidaw. Pero ni siquiera así la bestia aceptaba que le diera comida o bebida, y esquivaba todos los intentos de acercamiento. Esto se había repetido cien veces.
Finalmente, Laintal Ay cedió. Dejó allí durmiendo a Dathka y regresó a Oldorando para intentar un nuevo método.
Tres horas más tarde, cuando sonaba el Silbador de Horas, un phagor extrañamente deforme se aproximó al cercado. Atravesó la estacada con movimientos torpes, de modo que algunos jirones de la húmeda piel amarilla quedaron aprisionados entre los espinos, como pájaros muertos.
Arrastrando los pies, la criatura se acercó al kaidaw.
Hacía calor dentro de la piel, que era fétida. Laintal Ay llevaba un trapo atado alrededor de la cara y una ramita de raige delante de la nariz. Había hecho que dos esclavos de Borlíen desenterraran el cadáver de tres días y lo desollaran. Raynil Layan había remojado la piel en agua salada para quitarle el olor, al menos en parte. Oyre lo acompañó hasta el cercado y se quedó con Dathka, aguardando a ver qué ocurría.
El kaidaw bajó la cabeza y resopló interrogativamente. Llevaba aún sujeta al tronco la silla de la dueña, completa, con los ornados estribos. Apenas Laintal Ay llegó al confudido kaidaw, puso el pie en el estribo próximo y trepó a la silla. Finalmente logró montar, delante de la giba única de la bestia.
Los phagors montaban sin bridas, agazapados sobre el cuello de los kaidaws aferrados a las duras crines rizadas que tenían a lo largo de la protuberancia del pescuezo. Laintal Ay se tomó firmemente de la crin, esperando el próximo movimiento. Con el rabillo del ojo podía ver a otros aldeanos que cruzaban el puente sobre el Voral para reunirse con Oyre y Dathka y ver qué ocurría.
El kaidaw permaneció quieto, cabizbajo, como si estuviera pesando aquella nueva carga. Luego, lentamente, inició un movimiento absurdo: arqueó el cuello hasta invertir la posición de la cabeza y los ojos alzados pudieron contemplar al jinete. La mirada del kaidaw se encontró con la de Laintal Ay.
El animal no abandonó su extraordinaria posición, pero empezó a temblar.
Ese temblor era una intensa vibración, que parecía nacer en el corazón y extenderse hacia la periferia, como un terremoto en un planeta pequeño. Los ojos del kaidaw miraban fijamente al jinete que llevaba sobre el lomo, como clavados en él. También Laintal Ay permaneció inmóvil, vibrando con el kaidaw. Miraba la cara contraída del animal, donde —como recordó más tarde— se leía una expresión de intenso dolor.
Cuando por fin se movió, el kaidaw saltó hacia arriba como si hubiesen soltado un resorte. En un movimiento continuo, se enderezó y saltó a gran altura, arqueando el espinazo como un gato y recogiendo las patas torpes debajo del vientre. Era el legendario salto del kaidaw, en una experiencia de primera mano. Pasó limpiamente por encima de la cerca. Ni siquiera rozó las ramitas de espino de la parte superior.
Mientras caía, metió el cráneo entre las patas delanteras y echó los cuernos hacia arriba, de modo que golpeó el suelo con el cuello. Uno de los cuernos se le clavó inmediatamente en el corazón. Cayó pesadamente de lado, y lanzó dos coces. Laintal Ay se desprendió a tiempo y rodó sobre los tréboles. Se arrancó del cuerpo la maloliente piel del phagor. La volteó por encima de la cabeza y la arrojó a lo lejos. La piel cayó en la rama de un arbusto y allí quedó columpiándose. Laintal Ay, frustrado, lanzó una maldición, sintiendo un terrible calor dentro de la cabeza. Nunca se había demostrado más claramente la enemistad entre hombre y phagor que en la autodestrucción del kaidaw.
Dio un paso hacia Oyre, que corría hacia él. Vio más atrás a la gente de Oldorando, y franjas de color. Los colores ascendieron, se echaron a volar, se convirtieron en el cielo. Él flotaba hacia ellos.
La fiebre duró seis días. El cuerpo de Laintal Ay estaba cubierto de una erupción. La anciana Rol Sakil le aplicó grasa de ganso, Oyre estaba a su lado. Aoz Roon acudió y lo miró sin decir una palabra. Con él vino Dol, ahora en avanzado estado de gravidez. Aoz Roon no permitió que se quedase. Luego se marchó acariciándose la barba, como si recordara algo.
El séptimo día, Laintal Ay volvió a ponerse sus mielas y regresó a la llanura, con nuevos planes.
La cerca que habían construido parecía más natural, salpicada de brotes verdes. Más allá, los mielas pastaban en el campo colorido.
—No me dejaré vencer —dijo Laintal Ay a Dathka—. Si no podemos montar en kaidaws, montaremos en mielas. No son adversarios como los kaidaws; tienen la sangre tan roja como la nuestra. Veamos si podemos capturar uno entre los dos.
Ambos usaban pieles de miela. Eligieron un animal a rayas blancas y castañas y se acercaron andando sobre manos y rodillas. Estaba descansando. En el último momento, se levantó y se alejó disgustado.
Luego intentaron acercarse desde diferentes direcciones, mientras los demás miraban el juego. En una ocasión, Dathka alcanzó a rozar el pelaje del animal. El miela mostró los dientes y huyó. Trajeron la cuerda de la gillota e intentaron enlazar un miela. Corrieron durante varias horas.
Luego treparon a los árboles nuevos, esperando en las ramas con el lazo preparado. Los mielas se acercaban deportivamente, relinchando y empujándose unos a otros, pero ninguno se aventuró a pasar justamente por debajo.
Al ocaso, ambos hombres estaban exhaustos y malhumorados. Varios buitres con aspecto de estudiosos, cuyo hábito clerical contrastaba con la carne dorada que devoraban, limpiaban el cuerpo del kaidaw. Llegaron entonces los lenguas de sable, que expulsaron a las aves y lucharon entre ellos por el festín. Pronto oscurecería.
Los dos se retiraron a la relativa seguridad de la cerca, comieron unos bollos de pan y huevos de ganso con sal y durmieron.
Dathka fue el primero en despertar por la mañana. Boquiabierto, se apoyó sobre un codo, sin casi poder creer en lo que veía.
Con la fría luz del alba, los colores apenas habían regresado al mundo. Capas de niebla gris ocultaban completamente la aldea. El mundo estaba sumido en la espesa neblina de color gris verdoso que caracterizaba la salida de Batalix. Incluso los cuatro mielas que pastaban alegremente en el cercado parecían esculturas de peltre.
Despertó a Laintal Ay con la punta de una bota. Juntos, se arrastraron sobre la hierba verde y atravesaron la barrera de espinos. Una vez del otro lado, se pusieron de pie en silencio, sonriendo, apretándose mutuamente los hombros para evitar la risa.
Sin duda los mielas habían escapado de los lenguas de sable. Ahora tenían un problema todavía más serio.
Armados de cuchillos, los hombres cortaron brazadas de espino, sin prestar atención a las púas que les desgarraban la piel. Aquellos fuertes arbustos habían crecido aun entre las nieves, con los renuevos protegidos dentro de conos puntiagudos. Ahora desplegaban hojas de color verde cobrizo que revelaban la curva plateada de unas temibles espinas. Los mielas habían abierto una brecha en la enramada para entrar. No fue difícil entrelazar las ramas y reparar el hueco. Pronto tuvieron encerrados a los cuatro animales.
Casi enseguida se pusieron a discutir. Dathka decía que lo mejor era dejar a los animales sin agua hasta que se debilitaran y sometieran. Laintal Ay pensaba que convenía darles cubos de agua y mucha comida. Este método, más positivo, terminó por imponerse.
Pero faltaba todavía mucho para que las bestias pudieran ser montadas. Durante diez días ambos trabajaron concertadamente, durmiendo en el cercado todas las noches, cada vez más cortas. La captura causó sensación: todos los habitantes de Oldorando atravesaron el puente sobre el Voral para no perderse el espectáculo. Aoz Roon y sus lugartenientes iban todos los días. También Oyre, que perdió interés al ver que los mielas rechazaban briosamente a los aspirantes a jinetes. Vry acudía con frecuencia, a veces en compañía de Amin Lim, que traía a su niño recién nacido en brazos.
Los jóvenes cazadores sólo vencieron la batalla de la domesticación cuando tuvieron la idea de dividir el recinto en cuatro partes, con nuevas cercas. Separados entre sí, los animales se mostraron abatidos; con las cabezas gachas, se negaban a comer.
Laintal Ay los alimentaba con pan de centeno. A esta dieta añadió ratel. En la torre Prast se había ido acumulando un gran depósito de ratel. Incluso los hombres preferían ahora el bitel, más dulce, o el vino de centeno, y la bebida tradicional de Embruddock ya no estaba de moda. Como resultado, las mujeres encargadas de los brassimipos se fueron a trabajar en los nuevos campos. Había ratel de sobra para cuatro mielas.
Una pequeña cantidad mezclada con el pan fue suficiente para que los animales cautivos brincaran alegremente, se revolcaran, y se mostraran luego fatigados con los párpados caídos. Durante esta fase, de los párpados caídos, Laintal Ay deslizó una correa alrededor del pescuezo del mielas al que había bautizado Oro. Montó. Oro retrocedió e intentó arrojarlo por encima de las orejas. Laintal Ay se mantuvo firme aproximadamente un minuto. La segunda vez quedó montado más tiempo. La victoria era suya.
Pronto Dathka estuvo a horcajadas sobre Furia.
—Por el eddre de Dios, esto es mucho mejor que montar un pinzasaco ardiendo —gritó Laintal Ay, mientras salían cabalgando del cercado—. Podemos cabalgar a cualquier parte: ¡a Pannoval, al fin de las tierras, a la costa del mar!
Por fin desmontaron y se aporrearon cariñosamente, riendo, jubilosos por el éxito.
—Espera a que Oyre me vea entrar así en Oldorando. Ya no se resistirá.
—Es sorprendente lo que se resisten las mujeres —dijo Dathka.
Cuando se sintieron más seguros, cabalgaron juntos a través del puente, hasta la aldea. Los habitantes salieron a aplaudir, como si presintiesen el gran cambio social que se aproximaba. Desde ese día en adelante, nada sería lo mismo.
Apareció Aoz Roon, con Eline Tal y Faralin Ferd, y pidió uno de los otros dos mielas, que había recibido el nombre de Gris. Los lugartenientes empezaron a pelear por el animal que quedaba.
—Lo siento, amigos; el último es para Oyre —dijo Laintal Ay.
—Oyre no montará un miela —dijo Aoz Roon—. Olvida esa idea, Laintal Ay. Los mielas son para los hombres… Las perspectivas son inconmensurables. Montados en mielas seremos iguales a los phagors, los caldéanos, los pannovalianos, o cualquier otra raza.
Montó en Gris, mirando el suelo. Imaginó un tiempo en que no conduciría sólo unos pocos cazadores, sino un ejército: cien, o incluso doscientos hombres montados, aterrorizando al enemigo. Cada conquista traería más riqueza y seguridad a Oldorando. Las banderas oldorandinas flamearían sobre llanuras ignotas. Miró a Laintal Ay y Dathka, de pie en mitad de la calle, con las bridas en las manos. El rostro oscuro se le arrugó en una sonrisa.
—Habéis trabajado bien. Que el ayer se pierda entre las nieves de ayer. Como señor de Embruddock, os nombro a ambos Señores de las Praderas del Oeste.
Se inclinó para apretar la mano de Laintal Ay.
—Acepta este nuevo título. Tú y tu silencioso amigo quedaréis, desde ahora en adelante, a cargo de todos los mielas. Son vuestros, por deseo mío. Haré que os ayuden. Tendréis obligaciones y privilegios. Soy un hombre justo, lo sabéis. Quiero que todos los cazadores puedan montar un miela lo antes posible.
—Quiero que tu hija sea mi mujer, Aoz Roon.
Aoz Roon se rascó la barba.
—Tú ocúpate de los mielas. Yo me ocuparé de Oyre.
Los ojos velados parecían sugerir que no pensaba alentar la unión; si tenía un rival, no eran los tres adictos lugartenientes sino el joven Laintal Ay. Unirlo con Oyre significaba reforzar esa posible amenaza. Sin embargo, era demasiado astuto para insinuar a su voluntariosa hija que no se interesara en Laintal Ay. Quería un Laintal Ay satisfecho, y un torrente de guerreros montados.
Aunque las visiones de Aoz Roon eran de una grandiosidad imposible, llegaría una época en que otros llevarían a cabo con creces esos sueños. Esa época empezaría en el momento en que Dathka y Laintal Ay montaran a horcajadas en el lanudo lomo de las yeguas mielas.
Movido por el ensueño, Aoz Roon salió del estado de indolencia al que lo había arrastrado la temperatura más cálida, y volvió a ser un hombre de acción. Había conseguido que construyeran un puente; ahora se trataba de construir establos, corrales y un taller para hacer sillas y bridas. La silla de la gillota muerta, con estribos ajustables, fue el modelo de todas las sillas de Oldorando.
Los mielas domados se usaron como señuelo, como se hacía con los ciervos cautivos, y se capturaron más animales. Algunos cazadores protestaron, pero todos tuvieron que aprender a montar; pronto, cada uno tuvo un miela. La era de la cacería a pie había terminado.
El forraje fue un problema muy importante. Las mujeres plantaron más campos de trigo. Hasta las ancianas fueron enviadas a ayudar en lo que pudiesen. Se levantaron cercas en los campos para evitar que penetraran los mielas y otros depredadores. Se enviaron expediciones en busca de nuevos árboles de brassimipo, apenas se descubrió que los mielas comían brassimipo molido, sacado de la misma planta que había albergado a los vidriados en días más negros.
Para todos estos cambios se necesitaba energía. La principal innovación fue la construcción de un molino; un miela, describiendo constantemente un círculo, podía moler todo el grano necesario, y las mujeres fueron liberadas de una tarea matutina inmemorial.
Pocas semanas más tarde, y quizá unos pocos días más tarde, la revolución del miela estaba en marcha. Oldorando era ya una ciudad diferente.
La población se duplicó; por cada ser humano había un miela. En la planta baja de cada torre se guardaban los mielas, junto a las cabras y a los cerdos. En todas las calles había mielas atados mordisqueando la hierba. Los llevaban a abrevar a las costas del Voral, y allí se compraban y vendían. Más allá de las puertas se establecieron primitivos circos y rodeos, donde los mielas tenían el papel estelar. Los mielas estaban en todas partes: en las torres, en las conversaciones, en los sueños.
Mientras nacían oficios auxiliares para abastecer la nueva obsesión, Aoz Roon se adelantaba a convertir las cuadrillas de caza en caballería ligera. La instrucción era permanente. Los viejos objetivos fueron olvidados. La carne disminuyó, y las promesas de más carne aumentaron. Para contrarrestar las quejas, Aoz Roon planeó una primera incursión armada.
Eligió, con sus lugartenientes, una pequeña ciudad al sudeste: Vanlian, dentro de la provincia de Borlien. Vanlian estaba situada junto al Voral, que se ensanchaba allí al penetrar en un valle. Estaba protegida en el este por unos altos riscos de roca blanda que parecían un panal de cavernas. Los lugareños habían levantado allí una presa, de modo que el río se abría en una serie de pequeños lagos en los que criaban peces, el alimento principal en la dieta de Vanlian. A veces, los mercaderes llevaban pescado seco a Oldorando. Vanlian, con más de doscientos habitantes, era más populosa que Oldorando, pero no tenía defensas comparables a las torres de piedra. Un ataque por sorpresa podía destruirla.
La caballería de Aoz Roon contaba treinta y un jinetes. Atacaron al alba de Batalix, cuando los habitantes de Vanlian habían salido de las cavernas a pescar. Aunque alrededor de la ciudad había muchas zanjas, respaldadas por empinados taludes, los mielas treparon con facilidad por encima de los obstáculos y cayeron sobre las víctimas inermes, mientras los jinetes daban gritos salvajes y repartían mandobles.
Dos horas más tarde, Vanlian había sido destruida. Los hombres muertos, las mujeres violadas. Se incendiaron chozas y cavernas y se destruyeron las presas que regulaban los lagos artificiales. Se celebró un festín entre las ruinas, en el que se consumió gran parte de la cerveza local. Aoz Roon elogió a sus hombres y a sus monturas. Ningún jinete había muerto, aunque un miela había recibido la herida mortal de una espada vanliana.
Se consiguió esa victoria a pesar de la gran diferencia numérica porque la población local se espantó al ver a aquellos hombres vestidos de colores brillantes montados en brillantes corceles. Se quedaron quietos, boquiabiertos, esperando el golpe fatal. Se perdonó a los jóvenes y niños de ambos sexos. Estos fueron obligados a reunir el ganado y a iniciar la marcha hacia Oldorando llevando al frente cerdos y cabras. Bajo la mirada de seis jinetes elegidos como guardias, tardaron todo un día en hacer un viaje que Aoz Roon y sus lugartenientes habían hecho en una hora.
Vanlian se consideró una gran victoria. Hacían falta más conquistas. Aoz Roon se puso más exigente, y la población aprendió que las conquistas requerían sacrificios. El señor de Embruddock habló de todo esto a sus súbditos cuando él y la caballería retornaron triunfantes de otra incursión.
—Nunca volveremos a pasar necesidad— anunció. Estaba con las piernas separadas y los brazos en jarras. Junto a él, un esclavo sostenía las riendas de Gris—. Oldorando será una gran ciudad, como dicen las leyendas que fue Embruddock en los viejos tiempos. Ahora somos como los phagors. Todo el mundo nos temerá y seremos ricos. Ocuparemos más tierras y tendremos más esclavos para atenderlas. Pronto atacaremos a la misma Borlien. Necesitamos más población, no somos bastantes. Vosotras, las mujeres, tendréis más niños. Pronto los niños nacerán en la silla, a medida que nuestra expansión se extienda.
Señaló al triste grupo de prisioneros, cuidados por Goija Hin, Myk y otros.
—Esta gente trabajará para nosotros, así como los mielas trabajan para nosotros. Pero por un tiempo tendremos que trabajar el doble, y comer menos, para que esas cosas sean posibles. No quiero oír quejas. Sólo los héroes merecen la grandeza que pronto conquistaremos.
Dathka se rascó el muslo y miró a Laintal Ay con una ceja alta y la otra baja.
—Mira lo que hemos iniciado.
Pero Laintal Ay se dejaba arrastrar por el entusiasmo. Aunque en verdad no simpatizaba con Aoz Roon, a veces le daba la razón. Ciertamente, no había júbilo comparable al de cabalgar en un miela, confundirse con la vivaz criatura, sentir el viento en las mejillas y el suelo resonando abajo. No había nada tan maravilloso… con una sola excepción.
Hizo que Oyre se acercase a él mientras le decía: —Ya has oído lo que dijo tu padre. He hecho una cosa importante, una de las cosas más importantes de la historia. He domado a los mielas. Es lo que querías, ¿verdad? Ahora tienes que ser mi mujer.
Pero ella lo apartó.
—Hueles a miela, como mi padre. Desde tu enfermedad no has hablado de otra cosa que de esas estúpidas criaturas, que sólo tienen de bueno las pieles. Mi padre habla sólo de Gris, tú de Oro. Haz algo que haga la vida mejor, y no peor. Si fuera tu mujer jamás te vería, porque estás lejos de día y de noche. Los hombres habéis enloquecido con los mielas.
En general, las mujeres compartían los sentimientos de Oyre. Comprobaban diariamente los malos efectos de la manía del miela, y no sacaban de ella ningún provecho. Obligadas a trabajar en los campos, no podían disfrutar de la academia en las tardes soñolientas.
Sólo Shay Tal se interesaba por los animales. Los rebaños salvajes ya no eran tan abundantes como habían sido. Al fin, alarmados, se desplazaban a nuevas tierras de pastoreo hacia el sur y el oeste para evitar la cautividad y la matanza. Fue a Shay Tal a quien se le ocurrió aparear un potro y una yegua. Hizo construir un establo cerca de la pirámide del Rey Denniss, y pronto nacieron potrillos. Y el resultado fue una progenie de mielas domesticados, fáciles de adiestrar para cualquier tarea necesaria.
Shay Tal bautizó Lealtad a una de las mejores yeguas. Trataba con gran cuidado a todos los potrillos y potrancas, pero dedicaba especial atención a Lealtad. Sabía que ahora sostenía por la brida el modo de abandonar Oldorando y de llegar a la lejana Sibornal.