ACTO TERCERO

Pasaron velozmente veinte años más. Es ya nuestra época. La escalera sigue siendo una humilde escalera de vecinos. El casero ha pretendido, sin éxito, disfrazar su pobreza con algunos nuevos detalles concedidos despaciosamente a lo largo del tiempo: la ventana tiene ahora cristales romboidales coloreados, y en la pared del segundo rellano, frente al tramo, puede leerse la palabra QUINTO en una placa de metal. Las puertas han sido dotadas de timbre eléctrico, y las paredes, blanqueadas.

(Una viejecita consumida y arrugada, de obesidad malsana y cabellos completamente blancos, desemboca, fatigada, en el primer rellano. Es Paca. Camina lentamente, apoyándose en la barandilla, y lleva en la otra mano un capacho lleno de bultos.)

Paca.— (Entrecortadamente.) ¡Qué vieja estoy! (Acaricia la barandilla.) ¡Tan vieja como tú! ¡Uf! (Pausa.) ¡Y qué sola! Ya no soy nada para mis hijos ni para mi nieta. ¡Un estorbo! (Pausa.) ¡Pues no me da la gana de serlo, demonio! (Pausa. Resollando.) ¡Hoj! ¡Qué escalerita! Ya podía poner ascensor el ladrón del casero. Hueco no falta. Lo que falta son ganas de rascarse el bolsillo. (Pausa.) En cambio, mi Juan la subía de dos en dos… hasta el día mismo de morirse. Y yo, que no puedo con ella…, no me muero ni con polvorones. (Pausa.) Bueno, y ahora que no me oye nadie. ¿Yo quiero o no quiero morirme? (Pausa.) Yo no quiero morirme. (Pausa.) Lo que quiero (Ha llegado al segundo rellano y dedica una ojeada al I), es poder charlar con Generosa, y con Juan… (Pausa. Se encamina a su puerta.) ¡Pobre Generosa! ¡Ni los huesos quedarán! (Pausa. Abre con su llave. Al entrar.) ¡Y que me haga un poco más de caso mi nieta, demonio!

(Cierra. Pausa. Del IV sale un Señor bien vestido. Al pasar frente al I sale de éste un Joven bien vestido.)

Joven.— Buenos días.

Señor.— Buenos días. ¿A la oficina?

Joven.— Sí, señor. ¿Usted también?

Señor.— Lo mismo. (Bajan emparejados.) ¿Y esos asuntos?

Joven.— Bastante bien. Saco casi otro sueldo. No me puedo quejar. ¿Y usted?

Señor.— Marchando. Sólo necesitaría que alguno de estos vecinos antiguos se mudase, para ocupar un exterior. Después de desinfectarlo y pintarlo, podría recibir gente.

Joven.— Sí, señor. Lo mismo queremos nosotros.

Señor.— Además, que no hay derecho a pagar tantísimo por un interior, mientras ellos tienen los exteriores casi de balde.

Joven.— Como son vecinos tan antiguos…

Señor.— Pues no hay derecho. ¿Es que mi dinero vale menos que el de ellos?

Joven.— Además, que son unos indeseables.

Señor.— No me hable. Si no fuera por ellos… Porque la casa, aunque muy vieja, no está mal.

Joven.— No. Los pisos son amplios.

Señor.— Únicamente la falta de ascensor.

Joven.— Ya lo pondrán. (Pausa breve.) ¿Ha visto los nuevos modelos de automóvil?

Señor.— Son magníficos.

Joven.— ¡Magníficos! Se habrá fijado en que la carrocería es completamente…

(Se van charlando. Pausa. Salen del III Urbano y Carmina. Son ya casi viejos. Ella se prende familiarmente de su brazo y bajan. Cuando están a la mitad del tramo, suben por la izquierda Elvira y Fernando, también del brazo y con las huellas de la edad. Socialmente, su aspecto no ha cambiado: son dos viejos matrimonios, de obrero uno y el otro de empleado. Al cruzarse, se saludan secamente. Carmina y Urbano bajan. Elvira y Fernando llegan en silencio al II y él llama al timbre.)

Elvira.— ¿Por qué no abres con el llavín?

Fernando.— Manolín nos abrirá.

(La puerta es abierta por Manolín, un chico de unos doce años.)

Manolín.— (Besando a su padre.) Hola, papá.

Fernando.— Hola, hijo.

Manolín.— (Besando a su madre.) Hola, mamá.

Elvira.— Hola.

(Manolín se mueve a su alrededor por ver si traen algo.)

Fernando.— ¿Qué buscas?

Manolín.— ¿No traéis nada?

Fernando.— Ya ves que no.

Manolín.— ¿Los traerán ahora?

Elvira.— ¿El qué?

Manolín.— ¡Los pasteles!

Fernando.— ¿Pasteles? No, hijo. Están muy caros.

Manolín.— ¡Pero, papá! ¡Hoy es mi cumpleaños!

Fernando.— Sí, hijo. Ya lo sé.

Elvira.— Y te guardamos una sorpresa.

Fernando.— Pero pasteles no pueden ser.

Manolín.— Pues yo quiero pasteles.

Fernando.— No puede ser.

Manolín.— ¿Cuál es la sorpresa?

Elvira.— Ya la verás luego. Anda adentro.

Manolín.— (Camino de la escalera.) No.

Fernando.— ¿Dónde vas tú?

Manolín.— A jugar.

Elvira.— No tardes.

Manolín.— No. Hasta luego. (Los padres cierran. Él baja los peldaños y se detiene en el «casinillo». Comenta.) ¡Qué roñosos!

(Se encoge de hombros y, con cara de satisfacción, saca un cigarrillo. Tras una furtiva ojeada hacia arriba, saca una cerilla y la enciende en la pared. Se pone a fumar muy complacido. Pausa. Salen del III Rosa y Trini: una pareja notablemente igualada por las arrugas y la tristeza que la desilusión y las penas han puesto en sus rostros. Rosa lleva un capacho.)

Trini.— ¿Para qué vienes, mujer? ¡Si es un momento!

Rosa.— Por respirar un poco el aire de la calle. Me ahogo en casa. (Levantando el capacho.) Además, te ayudaré.

Trini.— Ya ves: yo prefiero, en cambio, estarme en casa.

Rosa.— Es que… no me gusta quedarme sola con madre. No me quiere bien.

Trini.— ¡Qué disparate!

Rosa.— Sí, sí… Desde aquello.

Trini.— ¿Quién se acuerda ya de eso?

Rosa.— ¡Todos! Siempre lo recordamos y nunca hablamos de ello.

Trini.— (Con un suspiro.) Déjalo. No te preocupes.

(Manolín, que la ve bajar, se interpone en su camino y la saluda con alegría. Ellas se paran.)

Manolín.— ¡Hola, Trini!

Trini.— (Cariñosa.) ¡Mala pieza! (Él lanza al aire, con orgullo, una bocanada de humo.) ¡Madre mía! ¿Pues no está fumando? ¡Tira eso en seguida, cochino!

(Intenta tirarle el cigarrillo de un manotazo y él se zafa.)

Manolín.— ¡Es que hoy es mi cumpleaños!

Trini.— ¡Caramba! ¿Y cuántos cumples?

Manolín.— Doce. ¡Ya soy un hombre!

Trini.— Si te hago un regalo, ¿me lo aceptarás?

Manolín.— ¿Qué me vas a dar?

Trini.— Te daré dinero para que te compres un pastel.

Manolín.— Yo no quiero pasteles.

Trini.— ¿No te gustan?

Manolín.— No. Prefiero que me regales una cajetilla de tabaco.

Trini.— ¡Ni lo sueñes! Y tira ya eso.

Manolín.— No quiero. (Pero ella consigue tirarle el cigarrillo.) Oye, Trini… Tú me quieres mucho, ¿verdad?

Trini.— Naturalmente.

Manolín.— Oye… quiero preguntarte una cosa.

(Mira de reojo a Rosa y trata de arrastrar a Trini hacia el «casinillo».)

Trini.— ¿Dónde me llevas?

Manolín.— Ven. No quiero que me oiga Rosa.

Rosa.— ¿Por qué? Yo también te quiero mucho. ¿Es que no me quieres tú?

Manolín.— No.

Rosa.— ¿Por qué?

Manolín.— Porque eres vieja y gruñona.

(Rosa se muerde los labios y se separa hacia la barandilla.)

Trini.— (Enfadada.) ¡Manolín!

Manolín.— (Tirando de Trini.) Ven… (Ella le sigue, sonriente. Él la detiene con mucho misterio.) ¿Te casarás conmigo cuando sea mayor?

(Trini rompe a reír. Rosa, con cara triste, los mira desde la barandilla.)

Trini.—(Risueña, a su hermana.) ¡Una declaración!

Manolín.— (Colorado.) No te rías y contéstame.

Trini.— ¡Qué tontería! ¿No ves que ya soy vieja?

Manolín.— No.

Trini.— (Conmovida.) Sí, hijo, sí. Y cuando tú seas mayor, yo seré una ancianita.

Manolín.— No me importa. Yo te quiero mucho.

Trini.— (Muy emocionada y sonriente, le coge la cara entre las manos y le besa.) ¡Hijo! ¡Qué tonto eres! ¡Tonto! (Besándole.) No digas simplezas. ¡Hijo! (Besándole.) ¡Hijo!

(Se separa y va ligera a emparejar con Rosa.)

Manolín.— Oye…

Trini.— (Conduciendo a Rosa, que sigue seria.) ¡Calla, simple! Y ya veré lo que te regalo: si un pastel… o una cajetilla.

(Se van rápidas. Manolín las ve bajar y luego, dándose mucha importancia, saca otro cigarrillo y otra cerilla. Se sienta en el suelo del «casinillo» y fuma despacio, perdido en sus imaginaciones de niño. Se abre el III y sale Carmina, hija de Carmina y de Urbano. Es una atolondrada chiquilla de unos dieciocho años. Paca la despide desde la puerta.)

Carmina, Hija.— Hasta luego, abuela. (Avanza dando fuertes golpes en la barandilla, mientras tararea.) La, ra, ra…, la, ra, ra…

Paca.— ¡Niña!

Carmina, Hija.—(Volviéndose.) ¿Qué?

Paca.— No des así en la barandilla. ¡La vas a romper! ¿No ves que está muy vieja?

Carmina, Hija.— Que pongan otra.

Paca.— Que pongan otra… Los jóvenes, en cuanto una cosa está vieja, sólo sabéis tirarla. ¡Pues las cosas viejas hay que conservarlas! ¿Te enteras?

Carmina, Hija.— A ti, como eres vieja, te gustan las vejeces.

Paca.— Lo que quiero es que tengas más respeto para… la vejez.

Carmina, Hija.— (Que se vuelve rápidamente y la abruma a besos.) ¡Boba! ¡Vieja guapa!

Paca.— (Ganada, pretende desasirse.) ¡Quita, quita, hipócrita! ¡Ahora vienes con cariñitos!

Carmina, Hija.— Anda para adentro.

Paca.— ¡Qué falta de vergüenza! ¿Crees que vas a mandar en mí? (Forcejean.) ¡Déjame!

Carmina, Hija.— Entra…

(La resistencia de Paca acaba en una débil risilla de anciana.)

Paca. (Vencida.) ¡No te olvides de comprar ajos!

(Carmina cierra la puerta en sus narices. Vuelve a bajar, rápida, sin dejar sus golpes al pasamanos ni su tarareo. La puerta del II se abre por Fernando, hijo de Fernando y Elvira. Sale en mangas de camisa. Es arrogante y pueril. Tiene veintiún años.)

Fernando, Hijo.— Carmina.

(Ella, en los primeros escalones aún, se inmoviliza y calla, temblorosa, sin volver la cabeza. Él baja en seguida a su altura. Manolín se disimula y escucha con infantil picardía.)

Carmina, Hija.— ¡Déjame, Fernando! Aquí, no. Nos pueden ver.

Fernando, Hijo.— ¡Qué nos importa!

Carmina, Hija.— Déjame.

(Intenta seguir. Él la detiene con brusquedad.)

Fernando, Hijo.— ¡Escúchame, te digo! ¡Te estoy hablando!

Carmina, Hija.— (Asustada.) Por favor, Fernando.

Fernando, Hijo. —No. Tiene que ser ahora. Tienes que decirme en seguida por qué me has esquivado estos días. (Ella mira, angustiada, por el hueco de la escalera.) ¡Vamos, contesta! ¿Por qué? (Ella mira a la puerta de su casa.) ¡No mires más! No hay nadie.

Carmina, Hija.— Fernando, déjame ahora. Esta tarde podremos vernos donde el último día.

Fernando, Hijo.— De acuerdo. Pero ahora me vas a decir por qué no has venido estos días.

(Ella consigue bajar unos peldaños más. Él la retiene y la sujeta contra la barandilla.)

Carmina, Hija.— ¡Fernando!

Fernando, Hijo. —¡Dímelo! ¿Es que ya no me quieres? (Pausa.) No me has querido nunca, ¿verdad? Ésa es la razón. ¡Has querido coquetear conmigo, divertirte conmigo!

Carmina, Hija.— No, no…

Fernando, Hijo.— Sí. Eso es. (Pausa.) ¡Pues no te saldrás con la tuya!

Carmina, Hija.— Fernando, yo te quiero. ¡Pero déjame! ¡Lo nuestro no puede ser!

Fernando, Hijo.— ¿Por qué no puede ser?

Carmina, Hija.— Mis padres no quieren.

Fernando, Hijo.— ¿Y qué? Eso es un pretexto. ¡Un mal pretexto!

Carmina, Hija.— No, no…, de verdad. Te lo juro.

Fernando, Hijo.— Si me quisieras de verdad no te importaría.

Carmina, Hija.—(Sollozando.) Es que… me han amenazado y… me han pegado…

Fernando, Hijo.— ¡Cómo!

Carmina, Hija. —Sí. Y hablan mal de ti… y de tus padres… ¡Déjame, Fernando! (Se desprende. Él está paralizado.) Olvida lo nuestro. No puede ser… Tengo miedo…

(Se va rápidamente, llorosa. Fernando llega hasta el rellano y la mira bajar, abstraído. Después se vuelve y ve a Manolín. Su expresión se endurece.)

Fernando, Hijo.— ¿Qué haces aquí?

Manolín.— (Muy divertido.) Nada.

Fernando, Hijo.— Anda para casa.

Manolín.— No quiero.

Fernando, Hijo.— ¡Arriba, te digo!

Manolín.— Es mi cumpleaños y hago lo que quiero. ¡Y tú no tienes derecho a mandarme!

(Pausa.)

Fernando, Hijo.— Si no fueras el favorito… ya te daría yo cumpleaños.

(Pausa. Comienza a subir mirando a Manolín con suspicacia. Éste contiene con trabajo la risa.)

Manolín.— (Envalentonado.) ¡Qué entusiasmado estás con Carmina!

Fernando, Hijo.— (Bajando al instante.) ¡Te voy a cortar la lengua!

Manolín.— (Con regocijo.) ¡Parecíais dos novios de película! (En tono cómico.) «¡No me abandones, Nelly! ¡Te quiero, Bob!» (Fernando le da una bofetada. A Manolín se le saltan las lágrimas y se esfuerza, rabioso, en patear las espinillas y los pies de su hermano.) ¡Bruto!

Fernando, Hijo.— (Sujetándole.) ¿Qué hacías en el «casinillo»?

Manolín.— ¡No te importa! ¡Bruto! ¡Idiota!… ¡¡Romántico!!

Fernando, Hijo.— Fumando, ¿eh? (Señala las colillas en el suelo.) Ya verás cuando se entere papá.

Manolín.— ¡Y yo le diré que sigues siendo novio de Carmina!

Fernando, Hijo.— (Apretándole un brazo.) ¡Qué bien trasteas a los padres, marrano, hipócrita! ¡Pero los pitillos te van a costar caros!

Manolín.— (Que se desase y sube presuroso el tramo.) ¡No te tengo miedo! Y diré lo de Carmina. ¡Lo diré ahora mismo!

(Llama con apremio al timbre de su casa.)

Fernando, Hijo.— (Desde la barandilla del primer rellano.) ¡Baja, chivato!

Manolín.— No. Además, esos pitillos no son míos.

Fernando, Hijo.— ¡Baja!

(Fernando, el padre, abre la puerta.)

Manolín.— ¡Papá, Fernando estaba besándose con Carmina en la escalera!

Fernando, Hijo.— ¡Embustero!

Manolín.— Sí, papá. Yo no los veía porque estaba en el «casinillo»; pero…

Fernando.— (A Manolín.) Pasa para dentro.

Manolín.— Papá, te aseguro que es verdad.

Fernando.— Adentro. (Con un gesto de burla a su hermano, Manolín entra.) Y tú, sube.

Fernando, Hijo.— Papá, no es cierto que me estuviera besando con Carmina.

(Empieza a subir.)

Fernando.— ¿Estabas con ella?

Fernando, Hijo.— Sí.

Fernando.— ¿Recuerdas que te hemos dicho muchas veces que no tontearas con ella?

Fernando, Hijo.— (Que ha llegado al rellano.) Sí.

Fernando.— Y has desobedecido…

Fernando, Hijo.— Papá… Yo…

Fernando.— Entra. (Pausa.) ¿Has oído?

Fernando, Hijo.—(Rebelándose.) ¡No quiero! ¡Se acabó!

Fernando.— ¿Qué dices?

Fernando, Hijo.— ¡No quiero entrar! ¡Ya estoy harto de vuestras estúpidas prohibiciones!

Fernando.— (Conteniéndose.) Supongo que no querrás escandalizar para los vecinos…

Fernando, Hijo. —¡No me importa! ¡También estoy harto de esos miedos! (Elvira, avisada sin duda por Manolín, sale a la puerta.) ¿Por qué no puedo hablar con Carmina, vamos a ver? ¡Ya soy un hombre!

Elvira.— (Que interviene con acritud.) ¡No para Carmina!

Fernando.— (A Elvira.) ¡Calla! (A su hijo.) Y tú, entra. Aquí no podemos dar voces.

Fernando, Hijo.— ¿Qué tengo yo que ver con vuestros rencores y vuestros viejos prejuicios? ¿Por qué no vamos a poder querernos Carmina y yo?

Elvira.— ¡Nunca!

Fernando.— No puede ser, hijo.

Fernando, Hijo.— Pero ¿por qué?

Fernando.— Tú no lo entiendes. Pero entre esa familia y nosotros no puede haber noviazgos.

Fernando, Hijo.— Pues os tratáis.

Fernando.— Nos saludamos, nada más. (Pausa.) A mí, realmente, no me importaría demasiado. Es tu madre…

Elvira.— Claro que no. ¡Ni hablar de la cosa!

Fernando.— Los padres de ella tampoco lo consentirían. Puedes estar seguro.

Elvira.— Y tú debías ser el primero en prohibírselo, en vez de halagarle con esas blanduras improcedentes.

Fernando.— ¡Elvira!

Elvira.— ¡Improcedentes! (A su hijo.) Entra, hijo.

Fernando, Hijo. —Pero, mamá… Papá… ¡Cada vez lo entiendo menos! Os empeñáis en no comprender que yo… ¡no puedo vivir sin Carmina!

Fernando.— Eres tú el que no nos comprendes. Yo te lo explicaré todo, hijo.

Elvira.— ¡No tienes que explicar nada! (A su hijo.) Entra.

Fernando.— Hay que explicarle, mujer… (A su hijo.) Entra, hijo.

Fernando, Hijo.—(Entrando, vencido.) No os comprendo… No os comprendo…

(Cierran, Pausa. Trini y Rosa vuelven de la compra.)

Trini.— ¿Y no le has vuelto a ver?

Rosa.— ¡Muchas veces! Al principio no me saludaba, me evitaba. Y yo, como una tonta, le buscaba. Ahora es al revés.

Trini.— ¿Te busca él?

Rosa.— Ahora me saluda, y yo a él no. ¡Canalla! Me ha entretenido durante años para dejarme cuando ya no me mira a la cara nadie.

Trini.— Estará ya viejo…

Rosa.— ¡Muy viejo! Y muy gastado. Porque sigue bebiendo y trasnochando…

Trini.— ¡Qué vida!

Rosa.— Casi me alegro de no haber tenido hijos con él. No habrían salido sanos. (Pausa.) ¡Pero yo hubiera querido tener un niño, Trini! Y hubiera querido que él no fuese como era… y que el niño se le hubiese parecido.

Trini.— Las cosas nunca suceden a nuestro gusto.

Rosa.— No. (Pausa.) ¡Pero, al menos, un niño! ¡Mi vida se habría llenado con un niño!

(Pausa).

Trini.— La mía también.

Rosa.— ¿Eh? (Pausa breve.) Claro. ¡Pobre Trini! ¡Qué lástima que no te hayas casado!

Trini.— (Deteniéndose, sonríe con pena.) ¡Qué iguales somos en el fondo tú y yo!

Rosa.— Todas las mujeres somos iguales en el fondo.

Trini.— Sí… Tú has sido el escándalo de la familia y yo la víctima. Tú quisiste vivir tu vida y yo me dediqué a la de los demás. Te juntaste con un hombre y yo sólo conozco el olor de los de la casa… Ya ves: al final hemos venido a fracasar de igual manera.

(Rosa la enlaza y aprieta suavemente el talle. Trini la imita. Llegan enlazadas a la puerta.)

Rosa.— (Suspirando.) Abre…

Trini.— (Suspirando.) Sí… Ahora mismo.

(Abre con el llavín y entran. Pausa. Suben Urbano, Carmina y su hija. El padre viene riñendo a la muchacha, que atiende tristemente sumisa. La madre se muestra jadeante y muy cansada.)

Urbano.— ¡Y no quiero que vuelvas a pensar en Fernando! Es como su padre: un inútil.

Carmina.— ¡Eso!

Urbano.— Más de un pitillo nos hemos fumado el padre y yo ahí mismo (Señala al «casinillo»), cuando éramos jóvenes. Me acuerdo muy bien. Tenía muchos pajaritos en la cabeza. Y su hijo es como él: un gandul. Así es que no quiero ni oírte su nombre. ¿Entendido?

Carmina, Hija.— Sí, padre.

(La madre se apoya, agotada, en el pasamanos.)

Urbano.— ¿Te cansas?

Carmina.— Un poco.

Urbano.— Un esfuerzo. Ya no queda nada. (A la hija, dándole la llave.) Toma, ve abriendo. (Mientras la muchacha sube y entra, dejando la puerta entornada.) ¿Te duele el corazón?

Carmina.— Un poquillo…

Urbano.— ¡Dichoso corazón!

Carmina.— No es nada. Ahora se pasará.

(Pausa.)

Urbano.— ¿Por qué no quieres que vayamos a otro médico?

Carmina.— (Seca.) Porque no.

Urbano.— ¡Una testarudez tuya! Puede que otro médico consiguiese…

Carmina.— Nada. Esto no tiene arreglo; es de la edad… y de las desilusiones.

Urbano.— ¡Tonterías! Podíamos probar…

Carmina.— ¡Qué no! ¡Y déjame en paz!

(Pausa.)

Urbano.— ¿Cuándo estaremos de acuerdo tú y yo en algo?

Carmina.— (Con amargura.) Nunca.

Urbano.— Cuando pienso lo que pudiste haber sido para mí… ¿Por qué te casaste conmigo si no me querías?

Carmina.— (Seca.) No te engañé. Tú te empeñaste.

Urbano.— Sí. Supuse que podría hacerte olvidar otras cosas… Y esperaba más correspondencia, más…

Carmina.— Más agradecimiento.

Urbano.— No es eso. (Suspira.) En fin, paciencia.

Carmina.— Paciencia.

(Paca se asoma y los mira. Con voz débil, que contrasta con la fuerza de una pregunta igual hecha veinte años antes.)

Paca.— ¿No subís?

Urbano.— Sí.

Carmina.— Sí. Ahora mismo.

(Paca se mete.)

Urbano.— ¿Puedes ya?

Carmina.— Sí.

(Urbano le da el brazo. Suben lentamente, silenciosos. De peldaño en peldaño se oye la dificultosa respiración de ella. Llegan finalmente y entran. A punto de cerrar, Urbano ve a Fernando, el padre, que sale del II y emboca la escalera. Vacila un poco y al fin se decide a llamarle cuando ya ha bajado unos peldaños.)

Urbano.— Fernando.

Fernando.— (Volviéndose.) Hola. ¿Qué quieres?

Urbano.— Un momento. Haz el favor.

Fernando.— Tengo prisa.

Urbano.— Es sólo un minuto.

Fernando.— ¿Qué quieres?

Urbano.— Quiero hablarte de tu hijo.

Fernando.— ¿De cuál de los dos?

Urbano.— De Fernando.

Fernando.— ¿Y qué tienes que decir de Fernando?

Urbano.— Que harías bien impidiéndole que sonsacase a mi Carmina.

Fernando.— ¿Acaso crees que me gusta la cosa? Ya le hemos dicho todo lo necesario. No podemos hacer más.

Urbano.— ¿Luego lo sabías?

Fernando.— Claro que lo sé. Haría falta estar ciego…

Urbano.— Lo sabías y te alegrabas, ¿no?

Fernando.— ¿Qué me alegraba?

Urbano.— ¡Sí! Te alegrabas. Te alegrabas de ver a tu hijo tan parecido a ti mismo… De encontrarle tan irresistible como lo eras tú hace treinta años.

(Pausa.)

Fernando.— No quiero escucharte. Adiós. (Va a marcharse.)

Urbano.— ¡Espera! Antes hay que dejar terminada esta cuestión. Tu hijo…

Fernando.— (Sube y se enfrenta con él.) Mi hijo es una víctima, como lo fui yo. A mi hijo le gusta Carmina porque ella se le ha puesto delante. Ella es quien le saca de sus casillas. Con mucha mayor razón podría yo decirte que la vigilases.

Urbano.— ¡Ah, en cuanto a ella puedes estar seguro! Antes la deslomo que permitir que se entienda con tu Fernandito. Es a él a quien tienes que sujetar y encarrilar. Porque es como tú eras: un tenorio y un vago.

Fernando.— ¿Yo un vago?

Urbano.— Sí. ¿Dónde han ido a parar tus proyectos de trabajo? No has sabido hacer más que mirar por encima del hombro a los demás. ¡Pero no te has emancipado, no te has libertado! (Pegando en el pasamanos.) ¡Sigues amarrado a esta escalera, como yo, como todos!

Fernando.— Sí, como tú. También tú ibas a llegar muy lejos con el sindicato y la solidaridad. (Irónico.) Ibais a arreglar las cosas para todos… Hasta para mí.

Urbano.— ¡Sí! ¡Hasta para los zánganos y cobardes como tú!

(Carmina, la madre, sale al descansillo después de escuchar un segundo e interviene. El altercado crece en violencia hasta su final.)

Carmina.— ¡Eso! ¡Un cobarde! ¡Eso es lo que has sido siempre! ¡Un gandul y un cobarde!

Urbano.— ¡Tú, cállate!

Carmina.— ¡No quiero! Tenía que decírselo. (A Fernando.) ¡Has sido un cobarde toda tu vida! Lo has sido para las cosas más insignificantes… y para las más importantes. (Lacrimosa.) ¡Te asustaste como una gallina cuando hacía falta ser un gallo con cresta y espolones!

Urbano.—(Furioso.) ¡Métete para adentro!

Carmina.— ¡No quiero! (A Fernando.) Y tu hijo es como tú: un cobarde, un vago y un embustero. Nunca se casará con mi hija, ¿entiendes?

(Se detiene, jadeante.)

Fernando.— Ya procuraré yo que no haga esa tontería.

Urbano.— Para vosotros no sería una tontería, porque ella vale mil veces más que él.

Fernando.— Es tu opinión de padre. Muy respetable. (Se abre el II y aparece Elvira, que escucha y los contempla.) Pero Carmina es de la pasta de su familia. Es como Rosita…

Urbano.— (Que se acerca a él rojo de rabia.) Te voy a…

(Su mujer le sujeta.)

Fernando.— ¡Sí! ¡A tirar por el hueco de la escalera! Es tu amenaza favorita. Otra de las cosas que no has sido capaz de hacer con nadie.

Elvira.—(Avanzando). ¿Por qué te avienes a discutir con semejante gentuza? (Fernando, Hijo, y Manolín, ocupan la puerta y presencian la escena con disgustado asombro.) Vete a lo tuyo.

Carmina.— ¡Una gentuza a la que no tiene usted derecho a hablar!

Elvira.— Y no la hablo.

Carmina.— ¡Debería darle vergüenza! ¡Porque usted tiene la culpa de todo esto!

Elvira.— ¿Yo?

Carmina.— Sí, usted, que ha sido siempre una zalamera y una entrometida…

Elvira.— ¿Y usted qué ha sido? ¡Una mosquita muerta! Pero le salió mal la combinación.

Fernando.— (A su mujer.) Estáis diciendo muchas tonterías…

(Carmina, Hija; Paca, Rosa y Trini se agolpan en su puerta.)

Elvira.— ¡Tú te callas! (A Carmina, por Fernando.) ¿Cree usted que se lo quité? ¡Se lo regalaría de buena gana!

Fernando.— ¡Elvira, cállate! ¡Es vergonzoso!

Urbano.— (A su mujer.) ¡Carmina, no discutas eso!

Elvira.— (Sin atender a su marido.) Fue usted, que nunca supo retener a nadie, que no ha sido capaz de conmover a nadie… ni de conmoverse.

Carmina.— ¡Usted, en cambio, se conmovió a tiempo! ¡Por eso se lo llevó!

Elvira.— ¡Cállese! ¡No tiene derecho a hablar! Ni usted ni nadie de su familia puede rozarse con personas decentes. Paca ha sido toda su vida una murmuradora… y una consentidora. (A Urbano.) ¡Cómo usted! Consentidores de los caprichos de Rosita… ¡Una cualquiera!

Rosa.— ¡Deslenguada! ¡Víbora!

(Se abalanza y la agarra del pelo. Todos vocean. Carmina pretende pegar a Elvira. Urbano trata de separarlas. Fernando sujeta a su mujer. Entre los dos consiguen separarlas a medias. Fernando, Hijo, con el asco y la amargura pintados en su faz, avanza despacio por detrás del grupo y baja los escalones, sin dejar de mirar, tanteando la pared a sus espaldas. Con desesperada actitud sigue escuchando desde el «casinillo» la disputa de los mayores.)

Fernando.— ¡Basta! ¡Basta ya!

Urbano.— (A los suyos.) ¡Adentro todos!

Rosa.— (A Elvira.) ¡Si yo me junté con Pepe y me salió mal, usted cazó a Fernando!

Elvira.— ¡Yo no he cazado a nadie!

Rosa.— ¡A Fernando!

Carmina.— ¡Sí! ¡A Fernando!

Rosa.— Y le ha durado. Pero es tan chulo como Pepe.

Fernando.— ¿Cómo?

Urbano.— (Enfrentándose con él.) ¡Claro que sí! ¡En eso llevan razón! Has sido un cazador de dotes. En el fondo, igual que Pepe. ¡Peor! ¡Porque tú has sabido nadar y guardar la ropa!

Fernando.— ¡No te parto la cabeza porque…!

(Las mujeres los sujetan ahora.)

Urbano.— ¡Porque no puedes! ¡Porque no te atreves! ¡Pero a tu niño se la partiré yo como le vea rondar a Carmina!

Paca.— ¡Eso! ¡A limpiarse de mi nieta!

Urbano.— (Con grandes voces.) ¡Y se acabó! ¡Adentro todos!

(Los empuja rudamente.)

Rosa.— (Antes de entrar, a Elvira.) ¡Pécora!

Carmina.— (Lo mismo.) ¡Enredadora!

Elvira.— ¡Escandalosas! ¡Ordinarias!

(Urbano logra hacer entrar a los suyos y cierra con un tremendo portazo.)

Fernando.— (A Elvira y Manolín.) ¡Vosotros, para dentro también!

Elvira.— (Después de considerarle un momento con desprecio.) ¡Y tú a lo tuyo, que ni para eso vales!

(Su marido la mira violento. Ella mete a Manolín de un empujón y cierra también con un portazo. Fernando baja tembloroso la escalera, con la lentitud de un vencido. Su hijo, Fernando, le ve cruzar y desaparecer con una mirada de espanto. La escalera queda en silencio. Fernando, Hijo , oculta la cabeza entre las manos. Pausa larga. Carmina, Hija, sale con mucho sigilo de su casa y cierra la puerta sin ruido. Su cara no está menos descompuesta que la de Fernando. Mira por el hueco y después fija su vista, con ansiedad, en la esquina del «casinillo». Baja tímidamente unos peldaños, sin dejar de mirar. Fernando la siente y se asoma.)

Fernando, Hijo.— ¡Carmina! (Aunque esperaba su presencia, ella no puede reprimir un suspiro de susto. Se miran un momento y en seguida ella baja corriendo y se arroja en sus brazos.) ¡Carmina!…

Carmina, Hija.— ¡Fernando! Ya ves… Ya ves que no puede ser.

Fernando, Hijo.— ¡Sí puede ser! No te dejes vencer por su sordidez. ¿Qué puede haber de común entre ellos y nosotros? ¡Nada! Ellos son viejos y torpes. No comprenden… Yo lucharé para vencer. Lucharé por ti y por mí. Pero tienes que ayudarme, Carmina. Tienes que confiar en mí y en nuestro cariño.

Carmina, Hija.— ¡No podré!

Fernando, Hijo.— Podrás. Podrás… porque yo te lo pido. Tenemos que ser más fuertes que nuestros padres. Ellos se han dejado vencer por la vida. Han pasado treinta años subiendo y bajando esta escalera… Haciéndose cada día más mezquinos y más vulgares. Pero nosotros no nos dejaremos vencer por este ambiente. ¡No! Porque nos marcharemos de aquí. Nos apoyaremos el uno en el otro. Me ayudarás a subir, a dejar para siempre esta casa miserable, estas broncas constantes, estas estrecheces. Me ayudarás, ¿verdad? Dime que sí, por favor. ¡Dímelo!

Carmina, Hija.— ¡Te necesito, Fernando! ¡No me dejes!

Fernando, Hijo. —¡Pequeña! (Quedan un momento abrazados. Después, él la lleva al primer escalón y la sienta junto a la pared, sentándose a su lado. Se cogen las manos y se miran arrobados.) Carmina, voy a empezar en seguida a trabajar por ti. ¡Tengo muchos proyectos! (Carmina, la madre, sale de su casa con expresión inquieta y los divisa, entre disgustada y angustiada. Ellos no se dan cuenta.) Saldré de aquí. Dejaré a mis padres. No los quiero. Y te salvaré a ti. Vendrás conmigo. Abandonaremos este nido de rencores y de brutalidad.

Carmina, Hija.— ¡Fernando!

(Fernando, el padre, que sube la escalera, se detiene, estupefacto, al entrar en escena.)

Fernando, Hijo.— Sí, Carmina. Aquí sólo hay brutalidad e incomprensión para nosotros. Escúchame. Si tu cariño no me falta, emprenderé muchas cosas. Primero me haré aparejador. ¡No es difícil! En unos años me haré un buen aparejador. Ganaré mucho dinero y me solicitarán todas las empresas constructoras. Para entonces ya estaremos casados… Tendremos nuestro hogar, alegre y limpio…, lejos de aquí. Pero no dejaré de estudiar por eso. ¡No, no, Carmina! Entonces me haré ingeniero. Seré el mejor ingeniero del país y tú serás mi adorada mujercita…

Carmina, Hija.— ¡Fernando! ¡Qué felicidad!… ¡Qué felicidad!

Fernando, Hijo.— ¡Carmina!

(Se contemplan extasiados, próximos a besarse. Los padres se miran y vuelven a observarlos. Se miran de nuevo, largamente. Sus miradas, cargadas de una infinita melancolía, se cruzan sobre el hueco de la escalera sin rozar el grupo ilusionado de los hijos.)

TELÓN