ACTO SEGUNDO

Han transcurrido diez años que no se notan en nada: la escalera sigue sucia y pobre, las puertas sin timbre, los cristales de la ventana sin lavar.

(Al comenzar el acto se encuentran en escena Generosa, Carmina, Paca, Trini y el Señor Juan. Éste es un viejo alto y escuálido, de aire quijotesco, que cultiva unos anacrónicos bigotes lacios. El tiempo transcurrido se advierte en los demás: Paca y Generosa han encanecido mucho. Trini es ya una mujer madura, aunque airosa. Carmina conserva todavía su belleza: una belleza que empieza a marchitarse. Todos siguen pobremente vestidos, aunque con trajes más modernos. Las puertas I y III están abiertas de par en par. Las II y IV, cerradas. Todos los presentes se encuentran apoyados en el pasamanos, mirando por el hueco. Generosa y Carmina están llorando; la hija rodea con un brazo la espalda de su madre. A poco, Generosa baja el tramo y sigue mirando desde el primer rellano. Carmina la sigue después.)

Carmina.— Ande, madre… (Generosa la aparta, sin dejar de mirar a través de sus lágrimas.) Ande…

(Ella mira también. Sollozan de nuevo y se abrazan a medias, sin dejar de mirar.)

Generosa.— Ya llegan al portal… (Pausa.) Casi no se le ve…

Señor Juan.— (Arriba, a su mujer.) ¡Cómo sudaban! Se conoce que pesa mucho.

(Paca le hace señas de que calle.)

Generosa.— (Abrazada a su hija.) Solas, hija mía. ¡Solas! (Pausa. De pronto se desase y sube lo más aprisa que puede la escalera. Carmina la sigue. Al tiempo que suben.) Déjeme mirar por su balcón, Paca. ¡Déjeme mirar!

Paca.— Sí, mujer.

(Generosa entra presurosa en el III. Tras ella, Carmina y Paca.)

Trini.— (A su padre, que se recuesta en la barandilla, pensativo.) ¿No entra, padre?

Señor Juan.— No, hija. ¿Para qué? Ya he visto arrancar muchos coches fúnebres en esta vida. (Pausa.) ¿Te acuerdas del de doña Asunción? Fue un entierro de primera, con caja de terciopelo…

Trini.— Dicen que lo pagó don Manuel.

Señor Juan.— Es muy posible. Aunque el entierro de don Manuel fue menos lujoso.

Trini.— Es que ése lo pagaron los hijos.

Señor Juan.— Claro. (Pausa.) Y ahora, Gregorio. No sé cómo ha podido durar estos diez años. Desde la jubilación no levantó cabeza. (Pausa.) ¡A todos nos llegará la hora!

Trini.— (Juntándosele.) ¡Padre, no diga eso!

Señor Juan.— ¡Si es la verdad, hija! Y quizá muy pronto.

Trini.— No piense en esas cosas. Usted está muy bien todavía…

Señor Juan.— No lo creas. Eso es por fuera. Por dentro… me duelen muchas cosas. (Se acerca, como al descuido, a la puerta IV. Mira a Trini. Señala tímidamente a la puerta.) Esto. Esto me matará.

Trini.— (Acercándose.) No, padre. Rosita es buena…

Señor Juan.— (Separándose de nuevo y con triste sonrisa.) ¡Buena! (Se asoma a su casa. Suspira. Pasa junto al II y escucha un momento.) Estos no han chistado.

Trini.— No.

(El padre se detiene después ante la puerta I. Apoya las manos en el marco y mira al interior vacío.)

Señor Juan.— ¡Ya no jugaremos más a las cartas, viejo amigo!

Trini.— (Que se le aproxima, entristecida, y tira de él). Vamos adentro, padre.

Señor Juan.— Se quedan con el día y la noche… Con el día y la noche. (Mirando al I). Con un hijo que es un bandido…

Trini.— Padre, deje eso.

(Pausa.)

Señor Juan.— Ya nos llegará a todos.

(Ella mueve la cabeza, desaprobando. Generosa, rendida, sale del III, llevando a los lados a Paca y a Carmina.)

Paca.— ¡Ea! No hay que llorar más. Ahora a vivir, a salir adelante.

Generosa.— No tengo fuerzas…

Paca.— ¡Pues se inventan! No faltaba más.

Generosa.— ¡Era tan bueno mi Gregorio!

Paca.— Todos nos tenemos que morir. Es ley de vida.

Generosa.— Mi Gregorio…

Paca.— Hala. Ahora barremos entre las dos la casa. Y mi Trini irá luego por la compra y hará la comida. ¿Me oyes, Trini?

Trini.— Sí, madre.

Generosa.— Yo me moriré pronto también.

Carmina.— ¡Madre!

Paca.— ¿Quién piensa en morir?

Generosa.— Sólo quisiera dejar a esta hija… con un hombre de bien… antes de morirme.

Paca.— ¡Mejor sin morirse!

Generosa.— ¡Para qué!…

Paca.— ¡Para tener nietos, alma mía! ¿No le gustaría tener nietos?

(Pausa.)

Generosa.— ¡Mi Gregorio!…

Paca.— Bueno. Se acabó. Vamos adentro. ¿Pasas, Juan?

Señor Juan.— Luego entraré un ratito. ¡Lo dicho, Generosa! ¡Y a tener ánimo!

(La abraza.)

Generosa.— Gracias…

(El Señor Juan y Trini entran, en su casa y cierran. Generosa, Paca y Carmina se dirigen al I.)

Generosa.— (Antes de entrar.) ¿Qué va a ser de nosotros, Dios mío? ¿Y de esta niña? ¡Ay, Paca! ¿Qué va a ser de mi Carmina?

Carmina.— No se apure, madre.

Paca.— Claro que no. Ya saldremos todos adelante. Nunca os faltarán buenos amigos.

Generosa.— Todos sois muy buenos.

Paca.— ¡Qué buenos, ni qué… peinetas! ¡Me dan ganas de darle azotes como a un crío!

(Se meten. La escalera queda sola. Pausa. Se abre el II cautelosamente y aparece Fernando. Los años han dado a su aspecto un tinte vulgar. Espía el descansillo y sale después, diciendo hacia adentro.)

Fernando.— Puedes salir. No hay nadie.

(Entonces sale Elvira, con un niño de pecho en los brazos. Fernando y Elvira visten con modestia. Ella se mantiene hermosa, pero su cara no guarda nada de la antigua vivacidad.)

Elvira.— ¿En qué quedamos? Esto es vergonzoso. ¿Les damos o no les damos el pésame?

Fernando.— Ahora no. En la calle lo decidiremos.

Elvira.— ¡Lo decidiremos! Tendré que decidir yo, como siempre. Cuando tú te pones a decidir nunca hacemos nada. (Fernando calla, con la expresión hosca. Inician la bajada.) ¡Decidir! ¿Cuándo vas a decidirte a ganar más dinero? Ya ves que así no podemos vivir. (Pausa.) ¡Claro, el señor contaba con el suegro! Pues el suegro se acabó, hijo. Y no se te acaba la mujer no sé por qué.

Fernando.— ¡Elvira!

Elvira.— ¡Sí, enfádate porque te dicen las verdades! Eso sabrás hacer: enfadarte y nada más. Tú ibas a ser aparejador, ingeniero, y hasta diputado. ¡Je! Ese era el cuento que colocabas a todas. ¡Tonta de mí, que también te hice caso! Si hubiera sabido lo que me llevaba… Si hubiera sabido que no eras más que un niño mimado… La idiota de tu madre no supo hacer otra cosa que eso: mimarte.

Fernando.— (Deteniéndose.) ¡Elvira, no te consiento que hables así de mi madre! ¿Me entiendes?

Elvira.— (Con ira.) ¡Tú me has enseñado! ¡Tú eras el que hablaba mal de ella!

Fernando.— (Entre dientes.) Siempre has sido una niña caprichosa y sin educación.

Elvira.— ¿Caprichosa? ¡Sólo tuve un capricho! ¡Uno sólo! Y…

(Fernando la tira del vestido para avisarle de la presencia de Pepe, que sube. El aspecto de Pepe denota que lucha victoriosamente contra los años para mantener su prestancia.)

Pepe.— (Al pasar.) Buenos días.

Fernando.— Buenos días.

Elvira.— Buenos días.

(Bajan. Pepe mira hacia el hueco de la escalera con placer. Después sube monologando.)

Pepe.— Se conserva, se conserva la mocita.

(Se dirige al IV, pero luego mira al I, su antigua casa, y se acerca. Tras un segundo de vacilación ante la puerta, vuelve decididamente al IV y llama. Le abre Rosa, que ha adelgazado y empalidecido.)

Rosa.— (Con acritud.) ¿A qué vienes?

Pepe.— A comer, princesa.

Rosa.— A comer, ¿eh? Toda la noche emborrachándote con mujeres y a la hora de comer, a casita, a ver lo que la Rosa ha podido apañar por ahí.

Pepe.— No te enfades, gatita.

Rosa.— ¡Sinvergüenza! ¡Perdido! ¿Y el dinero? ¿Y el dinero para comer? ¿Tú te crees que se puede poner el puchero sin tener cuartos?

Pepe.— Mira, niña, ya me estás cansando. Ya te he dicho que la obligación de traer dinero a casa es tan tuya como mía.

Rosa.— ¿Y te atreves…?

Pepe.— Déjate de romanticismos. Si me vienes con pegas y con líos, me marcharé. Ya lo sabes. (Ella se echa a llorar y le cierra la puerta. Él se queda divertidamente perplejo frente a ésta. Trini sale del III con un capacho. Pepe se vuelve.) Hola, Trini.

Trini.— (Sin dejar de andar.) Hola.

Pepe.— Estás cada día más guapa… Mejoras con los años, como el vino.

Trini.— (Volviéndose de pronto.) Si te has creído que soy tonta como Rosa, te equivocas.

Pepe.— No te pongas así, pichón.

Trini.— ¿No te da vergüenza haber estado haciendo el golfo mientras tu padre se moría? ¿No te has dado cuenta de que tu madre y tu hermana están ahí (Señalando), llorando todavía porque hoy le dan tierra? Y ahora, ¿qué van a hacer? Matarse a coser, ¿verdad? (Él se encoge de hombros.) A ti no te importa nada. ¡Puah! Me das asco.

Pepe.— Siempre estáis pensando en el dinero. ¡Las mujeres no sabéis más que pedir dinero!

Trini.— Y tú no sabes más que sacárselo a las mujeres. ¡Porque eres un chulo despreciable!

Pepe.— (Sonriendo.) Bueno, pichón, no te enfades. ¡Cómo te pones por un piropo!

(Urbano, que viene con su ropita de paseo, se ha parado al escuchar las últimas palabras y sube rabioso mientras va diciendo.)

Urbano.— ¡Ese piropo y otros muchos te los vas a tragar ahora mismo! (Llega a él y le agarra por las solapas, zarandeándole.) ¡No quiero verte molestar a Trini! ¿Me oyes?

Pepe.— Urbano, que no es para tanto…

Urbano.—¡Canalla! ¿Qué quieres? ¿Perderla a ella también? ¡Granuja! (Le inclina sobre la barandilla.) ¡Qué no has valido ni para venir a presidir el duelo de tu padre! ¡Un día te tiro! ¡Te tiro!

(Sale Rosa, desalada, del IV para interponerse. Intenta separarlos y golpea a Urbano para que suelte.)

Rosa.— ¡Déjale! ¡Tú no tienes que pegarle!

Trini.— (Con mansedumbre.) Urbano tiene razón… Que no se meta conmigo.

Rosa.— ¡Cállate tú, mosquita muerta!

Trini.— (Dolida.) ¡Rosa!

Rosa.— (A Urbano.) ¡Déjale, te digo!

Urbano.— (Sin soltar a Pepe.) ¡Todavía le defiendes, imbécil!

Pepe.— ¡Sin insultar!

Urbano.— (Sin hacerle caso.) Venir a perderte por un guiñapo como éste… Por un golfo… Un cobarde.

Pepe.— Urbano, esas palabras…

Urbano.— ¡Cállate!

Rosa.— ¿Y a ti qué te importa? ¿Me meto yo en tus asuntos? ¿Me meto en si rondas a Fulanita o te soplan a Menganita? Más vale cargar con Pepe que querer cargar con quien no quiere nadie…

Urbano.— ¡Rosa!

(Se abre el III y sale el Señor Juan, enloquecido).

Señor Juan.— ¡Callad! ¡Callad ya! ¡Me vais a matar! Sí, me moriré. ¡Me moriré, como Gregorio!

Trini.— (Se abalanza hacia él, gritando). ¡Padre, no!

Señor Juan.—(Apartándola.) ¡Déjame! (A Pepe.) ¿Por qué no te la llevaste a otra casa? ¡Teníais que quedaros aquí para acabar de amargarnos la vida!

Trini.— ¡Calle, padre!

Señor Juan.— Sí. Mejor es callar. (A Urbano.) Y tú: suelta a ese trapo.

Urbano.—(Lanzando a Pepe sobre Rosa.) Anda. Carga con él.

(Paca sale del I y cierra.)

Paca.— ¿Qué bronca es ésta? ¿No sabéis que ha habido un muerto aquí? ¡Brutos!

Urbano.— Madre tiene razón. No tenemos ningún respeto por el duelo de esas pobres.

Paca.— ¡Claro que tengo razón! (A Trini.) ¿Qué haces aquí todavía? ¡Anda a la compra! (Trini agacha la cabeza y baja la escalera. Paca interpela a su marido.) ¿Y tú que tienes que ver ni mezclarte con esta basura? (Por Pepe y Rosa. Ésta, al sentirse aludida por su madre, entra en el IV y cierra de golpe.) ¡Vamos adentro! (Lleva al Señor Juan a su puerta. Desde allí, a Urbano.) ¿Se acabó ya el entierro?

Urbano.— Sí. Madre.

Paca.— ¿Pues por qué no vas a decirlo?

Urbano.— Ahora mismo.

(Pepe empieza a bajar componiéndose el traje. Paca y el Señor Juan se meten y cierran.)

Pepe.— (Ya en el primer rellano, mirando a Urbano de reojo.) ¡Llamarme cobarde a mí, cuando si no me enredo a golpes es por el asco que me dan! ¡Cobarde a mí! (Pausa.) ¡Peste de vecinos! Ni tienen educación, ni saben tratar a la gente, ni…

(Se va murmurando. Pausa. Urbano se encamina hacia el 1. Antes de llegar abre Carmina, que lleva un capacho en la mano. Cierra y se enfrentan, en silencio.)

Carmina.— ¿Terminó el…?

Urbano.— Sí.

Carmina.— (Enjugándose una lágrima.) Muchas gracias, Urbano. Has sido muy bueno con nosotras.

Urbano.— (Balbuciente.) No tiene importancia. Ya sabes que yo…, que nosotros… estamos dispuestos…

Carmina.— Gracias. Lo sé.

(Pausa. Baja la escalera con él a su lado.)

Urbano.— ¿Vas… vas a la compra?

Carmina.— Sí.

Urbano.— Déjalo. Luego irá Trini. No os molestéis vosotras por nada.

Carmina.— Iba a ir ella, pero se le habrá olvidado.

(Pausa.)

Urbano.— (Parándose.) Carmina…

Carmina.— ¿Qué?

Urbano.— ¿Puedo preguntarte… qué vais a hacer ahora?

Carmina.— No lo sé… Coseremos.

Urbano.— ¿Podréis salir adelante?

Carmina.— No lo sé.

Urbano.— La pensión de tu padre no era mucho, pero sin ella…

Carmina.— Calla, por favor.

Urbano.— Dispensa… He hecho mal en recordártelo.

Carmina.— No es eso.

(Intenta seguir.)

Urbano.— (Interponiéndose.) Carmina, yo…

Carmina.— (Atajándole rápida.) Tú eres muy bueno. Muy bueno. Has hecho todo lo posible por nosotras. Te lo agradezco mucho.

Urbano.— Eso no es nada. Aún quisiera hacer mucho más.

Carmina.— Ya habéis hecho bastante. Gracias de todos modos.

(Se dispone a seguir.)

Urbano.— ¡Espera, por favor! (Llevándola al «casinillo.») Carmina, yo…, yo te quiero. (Ella sonríe tristemente.) Te quiero hace muchos años, tú lo sabes. Perdona que te lo diga hoy: soy un bruto. Es que no quisiera verte pasar privaciones ni un solo día. Ni a ti ni a tu madre. Me harías muy feliz si…, si me dijeras… que puedo esperar. (Pausa. Ella baja la vista.) Ya sé que no me quieres. No me extraña, porque yo no valgo nada. Soy muy poco para ti. Pero yo procuraría hacerte dichosa. (Pausa.) No me contestas…

Carmina.— Yo… había pensado permanecer soltera.

Urbano.— (Inclinando la cabeza.) Quizá continúas queriendo a algún otro…

Carmina.— (Con disgusto.) ¡No, no!

Urbano.— Entonces, es que… te desagrada mi persona.

Carmina.— ¡Oh, no!

Urbano.— Ya sé que no soy más que un obrero. No tengo cultura ni puedo aspirar a ser nada importante… Así es mejor. Así no tendré que sufrir ninguna decepción, como otros sufren.

Carmina.— Urbano, te pido que…

Urbano.— Más vale ser un triste obrero que un señorito inútil… Pero si tú me aceptas yo subiré. ¡Subiré, sí! ¡Porque cuando te tenga a mi lado me sentiré lleno de energías para trabajar! ¡Para trabajar por ti! Y me perfeccionaré en la mecánica y ganaré más. (Ella asiente tristemente, en silencio, traspasada por el recuerdo de un momento semejante.) Viviríamos juntos: tu madre, tú y yo. Le daríamos a la vieja un poco de alegría en los años que le quedasen de vida. Y tú me harías feliz. (Pausa.) Acéptame, te lo suplico.

Carmina.— ¡Eres muy bueno!

Urbano.— Carmina, te lo ruego. Consiente en ser mi novia. Déjame ayudarte con ese título.

Carmina.— (Llora refugiándose en sus brazos.) ¡Gracias, gracias!

Urbano.—(Enajenado.) Entonces… ¿Sí? (Ella asiente.) ¡Gracias yo a ti! ¡No te merezco!

(Quedan un momento abrazados. Se separan con las manos cogidas. Ella le sonríe entre lágrimas. Paca sale de su casa. Echa una automática ojeada inquisitiva sobre el rellano y le parece ver algo en el «casinillo». Se acerca al IV para ver mejor, asomándose a la barandilla, y los reconoce.)

Paca.— ¿Qué hacéis ahí?

Urbano.— (Asomándose con Carmina.) Le estaba explicando a Carmina… el entierro.

Paca.— Bonita conversación. (A Carmina.) ¿Dónde vas tú con el capacho?

Carmina.— A la compra.

Paca.— ¿No ha ido Trini por ti?

Carmina.— No…

Paca.— Se le habrá olvidado con la bronca. Quédate en casa, yo iré en tu lugar. (A Urbano, mientras empieza a bajar.) Acompáñalas, anda. (Se detiene, fuerte.) ¿No subís? (Ellos se apresuraran a hacerlo. Paca baja y se cruza con la pareja en la escalera. A Carmina,cogiéndole el capacho.) Dame el capacho. (Sigue bajando. Se vuelve a mirarlos y ellos la miran también desde la puerta, confusos. Carmina abre con su llave, entran y cierran. Paca, con gesto expresivo.) ¡Je! (Cerca de la bajada, interpela por la barandilla a Trini, que sube.) ¿Por qué no te has llevado el capacho de Generosa?

Trini.— (Desde dentro.) Se me pasó. A eso subía.

(Aparece con su capacho vacío.)

Paca.— Trae el capacho. Yo iré. Ve con tu padre, que tú sabes consolarle.

Trini.— ¿Qué le pasa?

Paca.— (Suspirando.) Nada… Lo de Rosa. (Vuelve a suspirar.) Dame el dinero. (Trini le da unas monedas y se dispone a seguir. Paca, confidencial.) Oye: ¿sabes que…?

(Pausa.)

Trini.— (Deteniéndose.) ¿Qué?

Paca.— Nada. Hasta luego.

(Se va. Trini sube. Antes de llegar al segundo rellano sale de su casa el Señor Juan, que la ve cuando va a cerrar la puerta.)

Trini.— ¿Dónde va usted?

Señor Juan.— A acompañar un poco a esas pobres mujeres. (Pausa breve.) ¿No has hecho la compra?

Trini.— (Llegando a él.) Bajó madre a hacerla.

Señor Juan.— Ya. (Se dirige al I, en tanto que ella se dispone a entrar. Luego se para y se vuelve.) ¿Viste cómo defendía Rosita a ese bandido?

Trini.— Sí, padre.

(Pausa.)

Señor Juan.— es indignante… Me da vergüenza que sea mi hija.

Trini.— Rosita no es mala, padre.

Señor Juan.— ¡Calla! ¿Qué sabes tú? (Con ira.) ¡Ni mentármela siquiera! ¡Y no quiero que la visites, ni que hables con ella! Rosita se terminó para nosotros… ¡Se terminó! (Pausa.) Debe de defenderse muy mal, ¿verdad? (Pausa.) Aunque a mí no me importa nada.

Trini.— (Acercándose.) Padre…

Señor Juan.— ¿Qué?

Trini.— Ayer Rosita me dijo… que su mayor pena era el disgusto que usted tenía.

Señor Juan.— ¡Hipócrita!

Trini.— Me lo dijo llorando, padre.

Señor Juan.— Las mujeres siempre tienen las lágrimas a punto. (Pausa.) Y… ¿qué tal se defiende?

Trini.— Muy mal. El sinvergüenza ese no gana y a ella le repugna… ganarlo de otro modo.

Señor Juan.— (Dolorosamente.) ¡No lo creo! ¡Esa golfa!… ¡Bah! ¡Es una golfa, una golfa!

Trini.— No, no, padre. Rosa es algo ligera, pero no ha llegado a eso. Se juntó con Pepe porque le quería… y aún le quiere. Y él siempre le está diciendo que debe ganarlo, y siempre le amenaza con dejarla. Y… la pega.

Señor Juan.— ¡Canalla!

Trini.— Y Rosa no quiere que él la deje. Y tampoco quiere echarse a la vida… Sufre mucho.

Señor Juan.— ¡Todos sufrimos!

Trini.— Y, por eso, con lo poco que él le da alguna vez, le va dando de comer. Y ella apenas come. Y no cena nunca. ¿No se ha fijado usted en lo delgada que se ha quedado?

(Pausa.)

Señor Juan.— No.

Trini.— ¡Se ve en seguida! Y sufre porque él dice que está ya fea y… no viene casi nunca. (Pausa.) ¡La pobre Rosita terminará por echarse a la calle para que él no la abandone!

Señor Juan.— (Exaltado.) ¿Pobre? ¡No la llames pobre! Ella se lo ha buscado. (Pausa. Va a marcharse y se para otra vez.) Sufres mucho por ella, ¿verdad?

Trini.— Me da mucha pena, padre.

(Pausa.)

Señor Juan. —(Con los ojos bajos.) Mira, no quiero que sufras por ella. Ella no me importa nada, ¿comprendes? Nada. Pero tú sí. Y no quiero verte con esa preocupación. ¿Me entiendes?

Trini.— Sí, padre.

Señor Juan.— (Turbado.) Escucha. Ahí dentro tengo unos durillos… Unos durillos ahorrados del café y de las copas…

Trini.— ¡Padre!

Señor Juan.— ¡Calla y déjame hablar! Como el café y el vino no son buenos a la vejez…, pues los fui guardando. A mí, Rosa no me importa nada. Pero si te sirve de consuelo…, puedes dárselos.

Trini.— ¡Sí, sí, padre!

Señor Juan.— De modo que voy a buscarlos.

Trini.— ¡Qué bueno es usted!

Señor Juan.— (Entrando.) No, si lo hago por ti… (Muy conmovida, Trini espera ansiosamente la vuelta de su padre mientras lanza expresivas ojeadas al IV. El Señor Juan torna con unos billetes en la mano. Contándolos y sin mirarla, se los da.) Ahí tienes.

Trini.— Sí, padre.

Señor Juan.— (Yendo hacia el I.) Se los das, si quieres.

Trini.— Sí, padre.

Señor Juan.— Como cosa tuya, naturalmente.

Trini.— Sí.

Señor Juan.— (Después de llamar en el I, con falsa autoridad.) ¡Y que no se entere tu madre de esto!

Trini.— No, padre.

(Urbano abre al Señor Juan.)

Señor Juan.— ¡Ah! Estás aquí.

Urbano.— Sí, padre.

(El Señor Juan entra y cierra. Trini se vuelve, llena de alegría y llama repetidas veces al IV. Después se da cuenta de que su casa ha quedado abierta; la cierra y torna a llamar. Pausa. Rosa abre.)

Trini.— ¡Rosita!

Rosa.— Hola, Trini.

Trini.— ¡Rosita!

Rosa.— Te agradezco que vengas. Dispensa si antes te falté…

Trini.— ¡Eso no importa!

Rosa.— No me guardes rencor. Ya comprendo que hago mal defendiendo así a Pepe, pero…

Trini.— ¡Rosita! ¡Padre me ha dado dinero para ti!

Rosa.— ¿Eh?

Trini.— ¡Mira! (Le enseña los billetes.) ¡Toma! ¡Son para ti!

(Se los pone en la mano.)

Rosa.— (Casi llorando.) Trini, no…, no puede ser.

Trini.— Sí puede ser… Padre te quiere…

Rosa.— No me engañes, Trini. Ese dinero es tuyo.

Trini.— ¿Mío? No sé cómo. ¡Me lo dio él! ¡Ahora mismo me lo ha dado! (Rosa llora.) Escucha cómo fue. (La empuja para adentro.) Él te nombró primero. Dijo que…

(Entran y cierran. Pausa. Elvira y Fernando suben. Fernando lleva ahora al niño. Discuten.)

Fernando.— Ahora entramos un minuto y les damos el pésame.

Elvira.— Ya te he dicho que no.

Fernando.— Pues antes querías.

Elvira.— Y tú no querías.

Fernando.— Sin embargo, es lo mejor. Compréndelo, mujer.

Elvira.— Prefiero no entrar.

Fernando.— Entraré yo solo entonces.

Elvira.— ¡Tampoco! Eso es lo que tú quieres: ver a Carmina y decirle cositas y tonterías.

Fernando.— Elvira, no te alteres. Entre Carmina y yo terminó todo hace mucho tiempo.

Elvira.— No te molestes en fingir. ¿Crees que no me doy cuenta de las miraditas que le echas encima, y de cómo procuras hacerte el encontradizo con ella?

Fernando.— Fantasías.

Elvira.— ¿Fantasías? La querías y la sigues queriendo.

Fernando.— Elvira, sabes que yo te he…

Elvira.— ¡A mí nunca me has querido! Te casaste por el dinero de papá.

Fernando.— ¡Elvira!

Elvira.— Y, sin embargo, valgo mucho más que ella.

Fernando.— ¡Por favor! ¡Pueden escucharnos los vecinos!

Elvira.— No me importa.

(Llegan al descansillo.)

Fernando.— Te juro que Carmina y yo no…

Elvira.— (Dando pataditas en el suelo.) ¡No me lo creo! ¡Y eso se tiene que acabar! (Se dirige a su casa, mas él se queda junto al I.) ¡Abre!

Fernando.— Vamos a dar el pésame; no seas terca.

Elvira.— Que no, te digo.

(Pausa. Él se aproxima.)

Fernando.— Toma a Fernandito.

(Se lo da y se dispone a abrir.)

Elvira.— (En voz baja y violenta.) ¡Tú tampoco vas! ¿Me has oído? (Él abre la puerta sin contestar.) ¿Me has oído?

Fernando.— ¡Entra!

Elvira.— ¡Tú antes! (Se abre el I y aparecen Carmina y Urbano. Están con las manos enlazadas, en una actitud clara. Ante la sorpresa de Fernando, Elvira vuelve a cerrar la puerta y se dirige a ellos, sonriente.) ¡Qué casualidad, Carmina! Salíamos precisamente para ir a casa de ustedes.

Carmina.— Muchas gracias.

(Ha intentado desprenderse, pero Urbano la retiene.)

Elvira.— (Con cara de circunstancias.) Sí, hija… Ha sido muy lamentable… Muy sensible.

Fernando.— (Reportado.) Mi mujer y yo les acompañamos, sinceramente, en el sentimiento.

Carmina.— (Sin mirarle.) Gracias.

(La tensión aumenta, inconteniblemente, entre los cuatro.)

Elvira.— ¿Su madre está dentro?

Carmina.— Sí; háganme el favor de pasar. Yo entro en seguida. (Con vivacidad). En cuanto me despida de Urbano.

Elvira.— ¿Vamos, Fernando? (Ante el silencio de él.) No te preocupes, hombre. (A Carmina.) Está preocupado porque al nene le toca ahora la teta. (Con una tierna mirada para Fernando.) Se desvive por su familia. (A Carmina.) Le daré el pecho en su casa. No le importa, ¿verdad?

Carmina.— Claro que no.

Elvira.— Mire qué rico está mi Fernandito. (Carmina se acerca después de lograr desprenderse de Urbano.) Dormidito. No tardará en chillar y pedir lo suyo.

Carmina.— Es una monada.

Elvira.— Tiene toda la cara de su padre. (A Fernando.) Sí, sí; aunque te empeñes en que no. (A Carmina.) Él asegura que es igual a mí. Le agrada mucho que se parezca a mí. Es a él a quien se parece, ¿no cree?

Carmina.— Pues… no sé. ¿Tú qué crees, Urbano?

Urbano.— No entiendo mucho de eso. Yo creo que todos los niños pequeños se parecen.

Fernando.— (A Urbano.) Claro que sí. Elvira exagera. Lo mismo puede parecerse a ella, que… a Carmina, por ejemplo.

Elvira.— (Violenta.) ¡Ahora dices eso! ¡Pues siempre estás afirmando que es mi vivo retrato!

Carmina.— Por lo menos, tendrá el aire de familia. ¡Decir que se parece a mí! ¡Qué disparate!

Urbano.— ¡Completo!

Carmina. —(Al borde del llanto.) Me va usted a hacer reír, Fernando, en un día como éste.

Urbano.— (Con ostensible solicitud.) Carmina, por favor, no te afectes. (A Fernando.) ¡Es muy sensible!

(Fernando asiente.)

Carmina.— (Con falsa ternura.) Gracias, Urbano.

Urbano.— (Con intención.) Repórtate. Piensa en cosas más alegres… Puedes hacerlo…

Fernando.— (Con la insolencia de un antiguo novio.) Carmina fue siempre muy sensible.

Elvira.— (Que lee en el corazón de la otra.) Pero hoy tiene motivo para entristecerse. ¿Entramos, Fernando?

Fernando.— (Tierno.) Cuando quieras, nena.

Urbano.— Déjalos pasar, nena.

(Y aparta a Carmina, con triunfal solicitud que brinda a Fernando, para dejar pasar al matrimonio.)

TELÓN