Agárralo como puedas
Tal y como había ocurrido en el viaje de ida, el barco haría una primera y única parada en el puerto canario de la Isla de Tenerife. En aquella oportunidad habían arribado a la isla a primeras horas de la mañana y hubo la posibilidad de bajar y conocer, aunque por pocas horas, la primera visión de tierra española que Alejandro y sus hermanos tuvieron, oportunidad que en este viaje de regreso a casa no disfrutaron, ya que las autoridades del barco habían anunciado el día anterior que se iba a realizar una breve parada, mucho más breve que la del viaje de ida, y por ello no se iba a permitir que los pasajeros pudiesen desembarcar, dejando todos abordo y con el puerto canario como paisaje momentáneo a estribor y un mar calmo a babor.
En la parada de aquel viaje de ida, los altavoces, con hablar protocolar, algo distorsionado y llegando su voz femenina a cada rincón del navío, le informaba a los pasajeros que a partir de ese momento podían desembarcar y hacer el recorrido o visita que mejor les cuadrase a lo largo de la isla, no sin antes recordar y repetir en varias oportunidades que para antes de las 4:00 pm deberían de estar de regreso ya que, a esa hora, se reiniciaría el itinerario que tendría como destino final, para Alejandro y demás viajeros, el puerto gallego de Vigo. Si algún pasajero no tenía intención de bajar a tierra, la opción que le quedaba era disfrutar de las instalaciones del barco con menos gente y mayor espacio en las diferentes áreas de entretenimiento tales como el restaurant o la piscina. Para los que tomaron la opción de desembarcar, toda una isla estaba a su disposición y sólo tres llamados, usando la sirena del barco, anunciarían a los pasajeros en tierra el final de la visita y, a la vez, que el mismo se alistaba para partir, los viajantes deberían de dejar lo que estuviesen haciendo y aligerar el paso para llegar al puerto y abordar el navío, el cual, supuestamente, no haría concesiones con nadie a la hora de retirar la conexión con el puerto, elevar el enorme ancla y retomar la ruta preestablecida.
Durante los días de preparación del viaje en Caracas y sabiendo, por lo oído a los paisanos de los padres de Alejandro que con anterioridad habían hecho dicha travesía y que se ratificaba además en la agencia de viajes donde los Cid Abeledo compraron los boletos, de la parada obligada en el puerto de la Isla de Tenerife con posibilidades de conocerla, la mamá de Alejandro no perdió el tiempo para pensar en visitar a aquella vecina del edificio que vivió en la terraza del mismo y que hacia un par de años había decidido dejar Venezuela y volver a su tierra, en este caso isla, y cumplir con el acuerdo que ambas conocidas habían hecho y que consistía en que si algún día la primera regresaba por cualquier excusa a España, y tenía la posibilidad de pasar y tocar la tierra de la segunda, ambas buscarían la forma de reencontrarse. Ya con la certeza de que la mamá de Alejandro regresaría a España y lograría tocar tierra isleña, esta hizo lo imposible por contactar a su conocida. Carta de ida, carta de vuelta, la amigas habían logrado acordar el encuentro. Una esperaría en el puerto a la otra el día de llegada del barco a Tenerife, encuentro que se daría aquella mañana de finales de Junio, miles de kilómetros después, bajo un sol inclemente que durante ese verano azotó no solo la isla sino toda la península.
Área portuaria de Santa Cruz de Tenerife, mañana calurosa de Junio y donde se mantiene presente todo el poder del ardiente calor del trópico. En esta oportunidad unas escalinatas hacen contacto con la isla y son las utilizadas para descender a ella. En poco tiempo las escalinatas se llenan de pasajeros, a medida que estos descienden van sintiendo en aumento el calor en todo el cuerpo mientras la respiración se hacía más pausada y difícil debido a la alta temperatura y lo calmado del ambiente. Para unos pocos ese descenso sería definitivo para otros, la gran mayoría, una excusa que buscaba aprovechar el breve tiempo que les concedieron para conocer lo más que pudiesen de la nueva, desconocida y penúltima parada. A un lado del andén del puerto dos figuras conocidas alzan sus brazos para indicar que allí están, que son ellas, que cumplieron lo prometido y ansiosas esperaban a sus conocidos visitantes. Brazos levantados bajan apresurados por la informal escalinata, al llegar al final detienen su ímpetu, la abandonan y renuevan su paso hasta llegar a aquellas caras familiares, que a pesar de la distancia, los hacían sentir en casa. Las viejas conocidas se funden en emocionado abrazo, las siempre amigas mostraron su felicidad en el reencuentro, los hijos de ambas, nacidos todos en Caracas pero tres con herencia gallega y una con herencia canaria, mostraron también su alegría al volverse a ver y no perdieron el tiempo para hacerse, mutuamente notar, lo cambiados que todos estaban. Las mismas caras sobre cuerpos con mayor altura, más estirados. Los mismos rasgos sobresaliendo sobre una piel más oscura, unos por el viaje marino y la otra por el eterno verano de que goza la isla, en fin, todos se vieron diferentes, todos comprobaron que sí habían cambiado, al menos físicamente, dejando para el momento en que se pusieron a hablar, para aquel en el que pareciera iban a volverse a conocer, el comprobar que aún eran los mismos que hasta hace poco compartieron un mismo lugar en la ciudad que osaron algunos llegar a llamar la “Sucursal del Cielo”.
Mientras las amigas decidían adonde ir para empezar a disfrutar el volverse a ver, sabiendo que el tiempo que tenían era el que le habían otorgado a los conocidos navegantes para apearse del barco y hacer turismo en la isla, los jóvenes aprovecharon para recordar la vida en Caracas, cuando juntos compartían el mismo edificio, los mismos juegos, la misma realidad. Los recuerdos que surgieron a lo largo de la visita fueron variados. Cada hecho que se recordaba iba cargado de una gran complicidad entre los niños, aderezado con mucha risa y nostalgia a la vez.
El terremoto de Caracas en Julio de 1967, aquel movimiento sísmico que sacudió la noche de ese día violentamente tanto a la capital del país como al litoral central (La Guaira), sería el primer tema que los jóvenes tomarían para dar inicio a la conversación. Con una intensidad de más de 6 grados en la escala de Richter y cuya duración se había calculado entre 35 y 55 segundos, dejando un balance de aproximadamente 2000 muertos, decenas de heridos y millones de dólares en pérdidas materiales, aquel duro recuerdo había tenido la singularidad de haber sido profetizado tanto por una vidente italiana de nombre Marina Marotti en el año 1966, publicándose dicha profecía en una conocida revista venezolana en Enero de 1967, como por un parapsicólogo, matemático y físico venezolano, el Dr. Luis Hernández, cuya predicción había salido publicado en los periódicos locales una semana antes del temblor, no sirviendo de mucho ninguna de las dos advertencias ya que a la hora de ocurrir la tan anunciada tragedia esta pilló a todos despreocupados y poco preparados para afrontarla. A pesar de lo pequeño que estaban, aquel trágico momento y los imborrables recuerdos de angustia, zozobra y desesperación que dicho evento les produjo, sirvió para iniciar el listado de remembranzas, que en este caso, al hacerse presente, irónicamente generó comentarios sarcásticos y hasta con un dejo de burla. Chistes y risas del ahora contrastan con el terror vívido al recordar lo que tanto ellos como las demás personas del edificio, que como un todo compartieron la experiencia, hicieron y se las ingeniaron para huir de sus apartamentos y resguardarse, más irónicamente aún, en medio de la calle. La lista con las acciones de los vecinos del edificio en tan inquietante momento la encabezaba, como ejemplo a no olvidar, la señora mayor que vivía sola en el piso dos, exactamente debajo del piso donde vivían los Cid Abeledo, y que todos conocían con el mote de “la viuda”. Este personaje siempre vestía con unas dormilonas estampadas que le llegaban por debajo de las rodillas, calzada con cholas plásticas de diferentes colores, pañuelos estampados envolviendo su blanca cabellera con enormes rollos y unos enormes lentes de gruesa pasta con vidrios de los que se conocen como “culo de botella”. A su particular forma de vestir se le agregaba un achacoso carácter, un muy mal humor y una facilidad para gritar y regañar, por cualquier cosa que no le parecía, a quien se le antojase, sin olvidar sus quejas cada vez que bajaba o subía las escaleras lo que la convertía en la persona más temida y a la cual todos los vecinos buscaban evitar. Fue a ella a la primera que vieron bajar, de forma inesperadamente ágil, sin detenerse y sin las cholas puestas, por las escaleras del edificio que se balanceaban de un lado a otro, o al menos esa era la impresión que daban, a la hora de usarlas para huir de aquel estruendoso sacudón. Ni la viuda ni ningún vecino esperó, como recomiendan los especialistas en estos casos, que la tierra se detuviese, después de haber mostrado toda su furia, para abandonar de forma segura el lugar donde los hubiese pillado el terremoto. Nadie en el edificio cumplió con aquella premisa, que de seguro la mayoría ni la sabía o si lo sabía no iba a esperar para practicarla, y todos corrieron sin detenerse hasta llegar a la calle. La mamá de Alejandro había bajado con sus tres hijos y la hija de la amiga, que se encontraba de visita y jugando con Alejandro y sus hermanos, deteniendo su carrera en la acera frente al edificio. Los jóvenes de forma automática se arrodillaron frente al edificio y comenzaron a rezar para que lo que estuviese pasando se detuviese, dando tiempo para que el papá de Alejandro, que se encontraba en una pensión cercana de unos conocidos jugando a la baraja, llegase, los tomase a todos y juntos se fueran hasta el lugar más seguro en ese momento, la avenida Libertador, una de las principales y más amplias vías de la Caracas de aquellos tiempos y que se encontraba a menos de una cuadra del edificio. Por cierto, la amiga de la mamá de Alejandro cuando llegó al lugar donde se encontraban los Cid Abeledo debajo del edificio, no se percató que su hija la tenía de la mano la mamá de Alejandro y sin mediar palabra comenzó a gritar y entre la desesperación intentó entrar al edificio para buscar a su hija, cosa que se pudo evitar gracias a que esta última la tomo por un brazo y, casi tumbándola, le avisó que estaba bien y segura. Al rato de terminar el terremoto y ya con todos los vecinos de cada uno de los edificios de la zona en la calle, se inició un torrencial aguacero por lo que todos tuvieron que buscar refugio en carros o en los techos de las paradas de autobuses de la amplia avenida. Alejandro, junto al grupo familiar y las dos amigas, lograron resguardarse en el carro del esposo de la amiga, un pequeño Volkswagen amarillo del tipo escarabajo que utilizaba como taxi, quien los estaba buscando y al fin los había encontrado mientras subían a la avenida, lugar que en ese momento se convirtió en el refugio ideal no solo para cuatro adultos preocupados y cuatro niños aterrorizados, sino también para todos los vecinos que terminaron por adoptar aquel sitio como el gran dormitorio para pasar la noche de aquel día en que la naturaleza le mostró por primera vez a Alejandro, hermanos y amiga lo que podía llegar a hacer cuando necesitaba mostrar o alardear de su fuerza, o simplemente desperezarse de su siempre aparente sosiego.
Concluido el tema de aquel inolvidable terremoto con el recuerdo de aquel vecino que decidió no salir de su apartamento y pasar la noche en el mismo como si nada hubiese pasado, asomándose de vez en cuando a la ventana que daba a la avenida como muestra de valor o no dándole tanta importancia a lo ocurrido, continuaron con los personajes más resaltante, para ellos, de los que vivían en su edificio.
No faltó recordar a la joven del primer piso que se cortaba las venas cada vez que aparecía el cantante español Raphael en los shows o musicales que la televisión en blanco y negro de aquella época pasaba y ella hacía notar con sus fanáticos y descontrolados gritos, que retumbaban a todo lo largo del edificio. O el huir de Pecos, el enorme perro bóxer de planta baja que cada vez que alguien entraba o salía del edificio se lanzaba contra la reja del apartamento donde vivía y daba la idea de querer comerse al valiente que por allí osara pasar, habiéndose comprobado más de una vez que lo único que quería era saltar sobre quien fuera, juguetear y mostrar su aparatoso cariño, pero su tamaño y los alaridos que daba jamás permitían suponer tan particular y hasta dócil comportamiento. Los recuerdos no pararon de aflorar, no sin evitar, entre risas cómplices y murmullos, sacar a flote la acción más osada que solían hacer casi todos los días, el ir tocando la mayor cantidad de timbres posibles mientras se iba bajando, lo más rápido que su habilidad le permitiese, y creer, más bien estar seguros, que nadie había notado quiénes habían sido.
Las carreras que los gemelos hacían mientras esperaban el transporte escolar a eso de la 6:30 de la mañana, mortificando a la mamá ya que iban a llegar al colegio sudados y desarreglados, se unieron al recuerdo de las meriendas con pan untado de mermelada y mantequilla o de sólo mantequilla, pero rociado con azúcar, mientras veían en la televisión, aun sin color, la bien nutrida, para aquella época, programación infantil.
Aquella programación, para muchos algo más ingenua y propiamente infantil que la que se puede ver en estos tiempos, se llenaba con una variada gama de comiquitas que incluía la de superhéroes de la talla del Poderoso Hércules y su inseparable amigo el pequeño centauro Newton. Súper Ratón. Astroboy. Popeye el Marino. La Tortuga D´artagnan y el perro ovejero de nombre Dum Dum, como un par de hábiles mosqueteros. El caballo shériff Tiro Loco McGraw y su fiel ayudante el rechoncho burrito mexicano Pepe Trueno. El gato detective Súper Fisgón y su compañero, por raro que parezca, el ratón Despistado. El inigualable agente secreto Inspector Ardilla y su compañero el topo Moroco. La hormiga Atómica. Simbad el Marino con su cinturón mágico y su inseparable amigo el loro Salado. Todos ellos eran algunos de esos personajes particulares que siempre buscaban hacer el bien, no importando como y a quien, a los cuales se sumaban otro grupo de comiquitas, de un tipo más variada y con cierto contenido literario y narrativo, las cuales siempre comenzaban, teniendo como fondo una contagiosa música, con una alegre voz diciendo: “Fantasías animadas de ayer y hoy” - , mientras se podía leer en inglés que su título era Merrie Melodies, y en donde se fusionaba de forma magistral la música, mayoritariamente clásica y en menor grado jazz o rock and roll, con los dibujos animados basados en historietas conocidas, cuentos clásicos o cortometrajes donde el tema principal y la acción es ejecutada por algún personaje original creado para tal fin. Este repertorio infantil era complementado por otros personajes con características muy peculiares entre los que se cuentan a Buggs Bunny, mejor conocido como “El conejo de la suerte”, el cerdito tartamudo Porky Pig, el alocado y frenético Pato Lucas, el sofisticado y siempre astuto Don Gato, acompañado por su Pandilla de gatos quienes eran el dolor de cabeza del inquebrantable policía que vigilaba el callejón y era conocido como el Oficial Matute, las indoblegables Urracas Parlanchinas, pareja de pajarracos que entre chanza y juego hacían lo que les venía en gana y vacilaban a todos aquellos que osaban colocarse en su camino, no pudiendo dejar a un lado al pequeño indio guerrero masai, con un hueso amarrado a su ensortijada cabellera, que pasaba todo el tiempo detrás de un ave muy particular, que caminaba al ritmo de una melodía parecida a una marcha y que el pequeño imitaba, se supone, para no dar sospecha de que la perseguía pero con la velada intención de cazarla, cosa que, hasta donde se recuerda, nunca logró. Eran aquellas comiquitas y la merienda de esa hora de la tarde, lo mejor que había para aprovechar y huir, brevemente, de las obligadas tareas escolares que ese día se habían asignado y que al siguiente, no teniendo ningún tipo excusa para no hacerlo, se tenían que entregar.
Toda la programación de ese momento fue recordada con lujo de detalles, pero ningún espacio televisivo, fuese comiquita, telenovela, película o show de música y entretenimiento, logró superar la emoción que generó en los chicos hablar de ese programa que se transmitía todos los sábados por la noche, cuyo fervor, que rayaba en el fanatismo o más bien en una elevada devoción a una especie de hipnotizante religión, no dejaba espacio para otro culto y no era otro cosa que la lucha libre. Aquel programa, que tenía algo de deporte, espectáculo, circo y mucho de exageración y engaño, en la televisión venezolana se titulaba “Catch as catch can”, juego de palabras en inglés que se puede traducir como “agárralo como puedas”, y que consistía en una pelea entre dos luchadores, o entre dos grupos distintos de luchadores, que, disfrazados o con el torso desnudo y una especie de pantaloneta ajustada, ocultos en máscaras o con el rostro descubierto, representaban dos bandos bien determinados. Uno de los bandos eran los chicos buenos, llamados “limpios” en el argot de la lucha libre y que siempre se atenían a las reglas, mientras el otro bando era el de los chicos malos, llamados estos “sucios” y que no tenían el menor reparo en usar triquiñuelas para ganar la pelea y les importaba bien poco violar las reglas. Los “limpios” y los “sucios”, por el lapso de tres asaltos de unos tres minutos cada uno, luchaban de forma incansable y cada uno utilizando sus mejores armas hasta lograr que el contrincante fuese inmovilizado y de esa forma ganar la pelea. La inmovilización se podía alcanzar mediante algún tipo de arte o habilidad, que en el lenguaje de la lucha se llamaba “llave”, y que terminaba cuando el inmovilizado hacía un gesto para expresar que no soportaba más y se veía en la imperiosa y penosa necesidad de rendirse. La otra forma de ganar era simplemente colocar completamente la espalda del rival en el piso del ring, montarse encima de él y por al menos 3 segundos, tiempo que contabilizaba un árbitro golpeando con su mano el suelo, mantener ese contacto de toda la espalda con el piso, dando por terminada la pelea si al tercer manotazo del árbitro el inmovilizado no lograba salir de tan definitoria situación. Las peleas no se realizaban en un estudio de televisión o en un gimnasio, las “batallas campales”, nombre que el narrador de televisión le daba a los diferentes combates, se hacían en la única Plaza de Toros que se había diseñado en Caracas y que se conocía como el Nuevo Circo, espacio donde también se albergaban, aparte de importantes corridas de toros con importantes carteles de diestros toreros de la época, peleas de boxeo, circos y presentaciones de alguno de los cantantes o agrupaciones, nacionales o internacionales, más populares del momento. La semana que presidía al sábado de “Catch as catch can” se colocaban carteles en el Nuevo Circo informando sobre las peleas que se iban a montar, acompañado esto con una simple publicidad en el canal de televisión que hacía la correspondiente transmisión. A pesar de no poder presenciar en vivo y directo, por ser menores de edad, los cuatro jóvenes no se perdían por nada del mundo aquel espectáculo. A pesar de no saber que los combates eran preparados para que los luchadores no se lastimaran, aunque a veces lo hacían, nada empañaba la ilusión que tenían los ingénuos fanáticos de que asistían a un verdadero y encarnizado enfrentamiento. A pesar de aquellas exageradas demostraciones físicas donde se confundían malabarismos, contorsionismos, equilibrismos y toda suerte de grandes dosis de histrionismo, tales como amenazas, gritos o gestos de una incontrolable agresividad, nada les hacía perder detalle alguno de aquella obra de teatro cuyo guión, tantas veces vieron y por lo repetido no dejaron de gozarlo. Acompañados por sus respectivos papás, tan fanáticos o más que los jóvenes y a quienes no les preocupaba que sus hijos observaran tan “brutal” exhibición, se podía llegar a observar un variado tipo de situaciones que eran las que hacían de este show el más visto e importante en la televisión. Luchadores que salían disparados del ring, luchadores que se perseguían entre el público haciendo volar sillas o cualquier cosa que se interpusiera en su camino, luchadores que se montaban sobre las sogas y se lanzaban sobre los contendores en caída libre, pasando por los luchadores que en ocasiones hasta la emprendían con el árbitro cuando este les increpaba, sobre todo a los “sucios”, el que utilizaran “sustancias” o “accesorios” no permitidos y con los cuales tomaran ventaja sobre sus “limpios” rivales. Todo era válido, todo era permitido, en el espectáculo cabía todo, pero nada era más humillante, nada era más vergonzoso que ver a cualquier luchador como era despojado de su máscara por el rival de turno, algo que equivalía a la “muerte”, algo que equivalía a dejar de ser anónimo y perder ese atuendo que le confería aquel toque de “misterio” sobre el ring, quedando descubierto ante los ojos desorbitados de sus fanáticos, ante las cámaras de televisión, mostrando su verdadero rostro y convirtiéndolo en un participante más. Muchos de aquellos viejos héroes de antaño, aquellos ágiles enmascarados que eran mejores que los superhéroes de los comics porque no tenían poderes sobrenaturales, terminaron sus días de gloria en ancianatos o incluso en la indigencia. Muy pocos figuran en los salones de la fama del deporte. Sin embargo, ninguno de ellos dejó de convertir aquellas noches del sábado en las noches “infantiles” más animadas y añoradas que, durante aquella breve reunión, se pudieron recordar. Aquellas noches del sábado donde la consola de video juego, la televisión por cable o suscripción, la computadora o la internet eran insospechadas, nada entrañables, eran ingenuamente sustituidas por emoción, engaño y básico entretenimiento que se aseguró un sitial de honor en el podio de los mejores recuerdos de la infancia de Alejandro.
Dos anécdotas fuera del ring recordaron el gemelo de Alejandro y su hermana para cerrar lo añorado de la lucha libre y que quedaron como recuerdo indeleble en la historia familiar. La primera, contada de forma burlona por el gemelo, fue la vez que Alejandro tuvo un fuerte dolor de oidos y como parte de la cura, o más bien para tratar de distraer al niño y a este se le fuera olvidando el dolor, a los padres se les ocurrió salir y cenar afuera. La cena fue cerca de la casa y no pasó de una tradicionales arepas, nada ostentoso y digno de resaltar dentro de la culinaria caraqueña. Lo que si era de resaltar fue que el sitio que escogieron para comer fue un restuaran cuyo dueño se decía era el famoso luchador “El Dragón Chino”, que para la epoca era el luchador “sucio” más sucio de todos, el que más odio lograba acaparar de quienes asisitían, y veían la lucha por televisión, y el que nunca había sido derrotado por luchador “limpio” alguno. El papá de Alejandro conocía del sitio, y quien era su propietario, y como buen fanatico a la lucha libre supuso que sería un lugar ideal para llevar a la familia y así todos conocer, sin mascara y muy cordial en su atención, a aquel chileno que tras la careta lograba despertar los más encontrados sentimientos entre los enardecidos fanaticos del “Catch as catch can”. Alejandro no olvidaría aquella cara normal y amable, dificil de imaginar debajo de aquella intrigante y a la vez intimidante máscara, que se preocupó por lo que le pasaba y fue motivo para regalarle una copa de helado de chocolate y mantecado, buscando con ello consentir al enfermo y, porque no, lavar en algo su amplio prontuario de maldades dentro del ensogado. No dejando de terminar que su hermano menor rematara su relato, la hermana de Alejandro recordó la segunda anecdota, la cual también incluía, casualmente, al “malvado” Dragón Chino. Es esa oportunidad aquel fin de semana de “Catch as catch can” se había programado la que sería la pelea de las peleas, el combate que todos querían ver y estaban, desde hace mucho tiempo, esperando y anhelando presenciar. El rey de los luchadores “sucios, El Dragón Chino, se iba a enfrentar contra el luchador “limpio” más admirado, el favorito de todos los fanáticos, el campeón de campeones, nada menos y nada más que el joven luchador de origen libanés Bassil Battha, que con su agilidad y destreza se había ganado la admiración de Alejandro, hermanos y todo aquel que se jactaba de ser experto seguidor de la lucha libre venezolana. En esa contienda las sogas que limitaban los cuatro costados del ring fueron rodeadas con alambre de puas, con lo cual se buscaba evitar salir, al menos ileso, después de estar dentro de esa especie de jaula en la que se había convertido el ring. Los dos luchadores buscaban la gloria, cada uno quería vencer a su oponente de forma contundente y sin dejar dudas de su superioridad, por lo que durante los tres asaltos no dejaron de usar sus mejores armas para quedarse con la pelea y el título de campeón de campeones. En el último asalto el Dragón Chino había logrado llevar la cara de Bassil Battha cerca de las cuerdas y conseguir que esta tuviese contacto con las puas y de esa forma infringir serias heridas en el rostro del gran favorito, quien comenzaba a sangrar abundantemente. En un momento de distracción del enemigo, mientras se jactaba de su accionar frente a las cámaras, con gran habilidad por su parte, Battha logró zafarse de su rival y colocarse a su espalda. Con una llave que solo el sabía hacer logró ponerlo de rodillas, lo inmovilizó con su brazo izquierdo y con el otro empezó a quitarle la máscara, cosa que lograría, con la emoción y gritería de sus seguidores en el sitio y frente al televisor, pero llevándose todos la sorpresa de que el Dragón Chino tenía otra mascara por debajo, lo que se supone previno en caso de que pudiese ir perdiendo y de esa forma no permitir que le descubrieran el rostro. El Dragón Chino logró escabullirse de Battha y dando vueltas, e increpando al público, logra que termine ese asalto, el tercero y último, dejando en tablas la pelea y con un sabor de revancha que nunca se terminó de dar. El Lunes siguiente a tan épica batalla, Alejandro, hermanos y todos los niños que compartían el transporte que los llevaba del colegio a sus casas, no tuvieron otra cosa de que hablar sino de la famosa pelea. Mientras unos hacían como Battha y otros como el Dragón Chino, cual sería la sorpresa que en plena algarabía un pequeño de los puestos de adelante del autobus grita, como si lo estuviesen matando, para que se asomaran todos a las ventanillas ya que estaba nada menos y nada más que Bassil Battha parado sobre la acera. Efectivamente, el gran campeón tenía un negocio en el trayecto por donde pasaba el transporte, pero nunca habían podido verlo hasta ese mediodía cuando todos a viva voz gritan su nombre y el “limpio” luchador voltea y con amabilidad saluda a sus pequeños admiradores. Lo extraño fue que el rostro que vieron los jovenes no era el de una persona que le habían hecho todo lo terrible que había sufrido en aquella gran pelea. Una pequeña gasa cerca de su ceja izquierda era todo el recuerdo que había dejado la cara ensangrentada y pasada por afiladas púas, y que dejó sin habla a los jóvenes fanáticos, que sin ponerse de acuerdo tomaron asiento y no emitieron más palabra hasta llegar cada uno a su respectiva casa. Ilusión, histrionismo, decepción, vuelta a la realidad, todo pasó por la cabeza de Alejandro y sus compañeros de autobus, terminando por ser una simple anecdota que contarían a sus fanaticos padres quienes, buscando que sus hijos no perdiesen la ilusión, justificarían el porqué, su admirado héroe, de tener una cara destrozada se encontraba totalmente sano y con un mínimo recuerdo de aquella tan “ensangrentada batalla”
Posterior al entretenimiento que podían conseguir en la no tan limitada programación de la televisión de aquellos años, no se pasaron por alto las tardes de juegos en la terraza descubierta del edificio mientras las madres subían con ropa sucia para lavar en las bateas que allí se encontraban y todos los del edificio utilizaban, aprovechando después para colgar esa misma ropa, pero ahora limpia, en los tendederos que cubrían gran parte de esa enorme terraza, la cual, al menos para los jóvenes contertulios, era inmensa. Correr, brincar la cuerda o saltar sobre el viejo colchón que usaban como improvisado castillo inflable o cama elástica, saltar obstáculos previamente y estratégicamente colocados a diferentes alturas y distancias, jugar quemados o al escondite, eran actividades fijas en la rutina infantil sobre aquella terraza. Pero de todo aquello lo que más recordaban, y al recordar volvían a revivir, fuer aquel juego que inventaron y que se basaba en la serie televisiva japonesa “Los Agentes Fantasmas”, una mezcla de espías con ninjas que vestían uniformes generalmente color negro, estilo militar o con trajes ninjas, chaquetas de combate de cuero en color negro y siempre llevaban sus cascos al estilo soldado sujetados a la barbilla y botas de combate, y que tenían la capacidad de subir por las paredes de los edificios, trepar fácilmente a los árboles, saltar de entre los tejados, lanzar de forma rápida y precisa estrellas y dagas ninjas, y pelear simultáneamente contra dos o más oponentes doblegándolos a fuerza de increíbles patadas o contundentes puñetazos, todo esto, por supuesto, gracias a sus habilidades ninja. Aquel grupo de increíbles héroes estaba conformado por seis miembros y sus nombres eran tan extraños como Fanta, jefe del grupo y parecido su nombre a una conocida marca de refrescos. Margo, la única mujer, Cordo o Zemo, eran otros de los particulares nombres a los que se agregaron después dos agentes más donde se encontraba Tomba, que era un niño, y que sería el más disputado por Alejandro y compañía para ser actuado durante el juego. Cada uno trataría de alcanzar la habilidad y compromiso del Agente que le tocara en turno. Los Agentes Fantasma tenían el honor y privilegio de ser los únicos que podían competir en admiración y seguimiento con los guerreros del “Catch as catch can”, imitando de los primeros las pintas, los movimientos y estrategias que les costaba más imitar de los segundos.
Vino a la memoria la quincalla del viejo Ángelo, emigrante italiano que había llegado, según él, buscando aventura en el nuevo mundo, adonde se iba a meter la mano en aquellas cestas plásticas llenas de pequeños juguetes cuyo valor no era mayor a una locha (12 y medio centavo de bolívar) y que tanta ilusión hacían, y que la madrina de Alejandro solía llevar a los hermanos para que escogieran lo que les gustase y como era práctica de aquella época, ella le pediría al quincallero italiano que se lo anotase en la cuenta y que, en algún momento del fin de semana, ella pasaría para bajar esa deuda. Por supuesto no pudo faltar hacer mención de aquel accidente “extremo” que tuvo Alejandro quien, adelantado a su tiempo, en el triciclo que le habían regalado sus padrinos, parado frente a la escalera de un tramo que cubría la altura entre la terraza y el piso donde vivía, comenzó a bajar cual estrella del más peligroso de los actuales juegos extremos. Cubriendo la distancia en tiempo récord gracias, en parte, al empujón de su hermano quien, sin medir consecuencias, ayudó a su gemelo a realizar tan notoria hazaña, llegó este último totalmente golpeado a la no planificada meta donde, al escuchar el griterío que los seguidores de Alejandro hacían, lo esperaba su madre quien, sin mediar palabra y con el susto de creer que el hijo se había hecho mucho daño, le sacó el triciclo que se le había quedado enredado entre las piernas y notando que el osado joven estaba sin un rasguño, aunque esperando una atención por parte de su adorada socorrista quien venía a él en su ayuda, lo tomó por un brazo y de forma “convincente” lo “invitó” a meterse en el apartamento donde recibiría el debido “premio”, no por tan original y peligrosa acción sino más bien por no haber hecho caso a lo que, minutos antes, su mamá le había advertido sobre jugar cerca de la escalera.
Muchas otras vivencias salieron a flote, la mayoría de ellas acompañadas por risas y, sobre todo, burlas si quien fue actor principal de aquella vivencia estaba presente. Hubo añoranza por los no tan lejanos tiempos vividos juntos. Hubo recuerdos felices de aquellos simples y discretos días adonde se volvía, como si hubiesen pasado décadas, a cuando eran más pequeños, a cuando eran y se sentían, sencillamente, compartiendo parte de aquella ingenua y siempre añorada primera, pero consciente infancia.
Como lamentablemente el tiempo que se tenía para pasear era restringido, adicionándole a esto el hecho de no contar con vehículo propio, o coche como le decían allá, y tener que apelar a taxi para lograr algo de mayor movilidad y alcanzar más distancia, decidieron las madres ir a lugares cerca del puerto y así aprovechar una para iniciar su tarea como guía turística de la otra. Dos adultos y cuatro niños, después que las primeras acordaron el itinerario, deciden detener un taxi e indicarle los lleve al sitio seleccionado. A pesar de lo pequeño del coche, todos pudieron acomodarse, la mamá de Alejandro con sus hijos y la hija de la amiga en la parte de atrás, y la guía isleña junto al chofer indicando la dirección y dando inicio formal al reencuentro.
La ciudad de Santa Cruz de Tenerife ya gozaba en aquella época de ser un lugar alegre y cordial. Con numerosos jardines, calles muy animadas y sus cotizadísimas playas, hacían del lugar un sitio ideal para vacacionar o veranear, como solían decir por allá. El puerto de la ciudad se encuentra en una bahía y está rodeado por altos riscos, los cuales, le pareció a Alejandro, estaban como cayendo sobre el barco pocos metros antes de que este atracase. Sin embargo, no fueron aquellos cercanos riscos lo que más llamó la atención del joven viajero. La tarde del día anterior a la llegada a la isla, aprovechando lo despejado que el cielo se encontraba, había divisado, de repente, a lo lejos, como si se tratase de un trozo de nube, un pico nevado que quienes tenía a su lado señalaron y a la vez lo llamaron: ¡El Teide! Aquella majestuosa montaña cuyo pico nevado, que por lo aguzada parecía que fuese a tocar el cielo, contrastaría con las de terminación redondeada que Alejandro vería a lo largo de su peregrinar por tierras gallegas. Aquella fastuosa montaña, que era realmente un volcán, con sus 3.718 metros de altura se situaba como el pico más alto de toda España y era el motivo de mayor orgullo de todos los tinerfeños quienes podían jactarse de su patrimonio natural y al cual le cabría la descripción que hacen del Kilimanjaro, el pico más alto de África: “Montaña encantada que se ve desde todos los ángulos y que uno siempre pretende inútilmente alcanzar”. Aquella solemne montaña, entre lejanas penumbras, avisaba al viajero que estaba cerca y como icónico portal iba a permitir su cruce para conocer el lugar donde se levantaba y que con su altiva presencia invitaba a no dejar de ver.
Son numerosos los barcos de turistas o cruceros que este puerto recibía durante todo el año, reforzando así la fama que para veranear tenía, de hecho, muchos turistas de aquella época son en la actualidad habitantes de la isla, la cual los enamoró y los convenció para que su estadía fuese algo más larga, mejor dicho, fija. Los lugares aledaños al puerto son los que concentran la mayor vida en toda la isla, por lo que los nuevos turistas y sus amigables guías pudieron, sin tanto recorrido, disfrutar al máximo el itinerario acordado. Dentro del taxi, la guía indica al chofer que los lleve a la Plaza España, donde se encuentra el Cabildo Insular, sede del Museo Arqueológico y Antropológico, y en donde podrían iniciar la corta visita. Hacía más de dos semanas que los viajeros no veían algo más que no fuera agua, a veces calma otras veces agreste, y cielo, a veces despejado y alegre otras veces oscuro y amedrentador, por lo que pasear con el taxi, acompañados en parte del recorrido por el observar de palmeras que hacían del lugar conocido o parecido al de donde venían, o caminar por la Plaza era el estiramiento visual que permitía entender los mundos en los cuales últimamente se estaban moviendo. Caminaron bajo el inclemente sol por varias de las calles que circundan la Plaza y decidieron que no había tiempo para visitar Museos o edificaciones típicas del lugar, por lo que el paseo terminó siendo un reencuentro fraterno y no un recorrido cultural. Pasado el mediodía con el sol golpeando las cabezas como aplastando todo el cuerpo contra la tierra, y después de comprar algún recuerdo que los hiciera siempre tener presente aquella estadía, deciden almorzar, algo ligero e informal como le gustaba a los más jóvenes, y por último, tomar un helado en aquella cafetería donde los que hacían eran la delicia de quienes habitan la isla e iniciar la ruta de regreso, aprovechando para caminar por el malecón en piedra que flanqueaba el puerto.
Cerca de las tres de la tarde, desde donde se encontraba el grupo, se escuchó aquel estruendoso ruido que no era más que el primer llamado del barco a sus ocupantes para que supieran que él estaba a punto de reiniciar su viaje. Ese ruido hizo notar a todos que aquellas pocas horas juntos ya estaban por expirar, lo que no se recordó se quedaría en el anecdotario de sus memorias, lo que no se vio de aquella calurosa isla quedaría para cuando volviesen y pudiesen quedarse por más tiempo. Varios grupos de personas pasaron por el lado de los Cid Abeledo y compañía, quienes se habían quedado para ojear y montarse, los más jóvenes, en el cañón Tigre con que los tinerfeños habían derrotado al famoso almirante Nelson 150 años antes. A paso veloz y como si los estuviesen persiguiendo, harían notar que eran también pasajeros de aquel barco y que no tenían la más mínima intención de perderlo. La escalinata ya se veía con bastante gente ocupándola y en la cubierta del barco se confundian los que decidieron no bajar, y disfrutar de la soledad del mismo, y los que si habían decidido curiosear la isla y que ya se encontraban de regreso, asomados hacia el puerto como dando el último adiós a esa breve parada, esperando que los que aún no se habían decidido a regresar lo hicieran pronto para que pudiesen reanudar el motivo que los hizo tomar aquel navío hacía 14 días. La despedida no fue tan dramática ni llorosa como la que hubo en La Guaira al iniciarse el viaje, no eran estos afectos tan fuertes como aquellos, pero, a pesar de todo, si hubo ese pequeño dejo de abandono y tristeza que cualquier despedida produce. Los niños se abrazaron en un solo apretón de brazos y cabezazos, las madres reafirmaron su amistad y volvieron a prometerse que pronto, así sea por carta, volverían a saber una de la otra. Frente a la escalinata y sobre el puerto se hizo la despedida final teniendo como sonido de fondo aquel segundo llamado que más que un aviso parecía un ruido metalizado para ahuyentar a las fieras. Los turistas subieron a la cubierta, se quedaron frente a los barrotes de las barandas del barco y movieron sus brazos tantas veces como lo hicieron quienes se quedaban en la isla, escuchando por última y tercera vez el llamado del barco advirtiendo a todos que se iba.
Las grúas ya se habían retirado y algunas amarras se estaban soltando cuando a toda velocidad Alejandro ve a cuatro hombres jóvenes, y no tan jóvenes, quienes suben las escalinatas a la misma velocidad que traían, asustados, quizás, por el riesgo de quedar en tierra, aunado a las voces de los empleados del puerto que se aprestaban en el muelle a retirar la escalera y que con todo tipo de palabras le increpaban por hacer que su trabajo se retrasase y, por ende, la salida del barco. Caminando por la cubierta, y ya con el barco fondeando a la salida del puerto, los Cid Abeledo se fijaron que mucha gente se empezaba a agolpar en la cubierta de estribor como si algo extraño o novedoso estuviese pasando. Esto lo acompañó un detenerse del barco de forma abrupta y que todos no pudieron dejar de sentir. Los jóvenes y la madre no ocultaron su curiosidad, se acercaron para ver lo que sucedía y que sorpresa se llevarían cuando al momento de alcanzar la baranda, notaron que un pequeño bote a motor se acercaba al barco y se colocaba cerca de una de las escaleras que se tenían para hacer algún tipo de desembarco de emergencia. Tomando dicha escalera el responsable del pequeño bote y ayudado este, a su vez, por un tripulante del barco, ambos logran subir a una persona que se había quedado en la isla y no había llegado a tiempo para embarcar después del barco haber hecho sus tres llamados. Lo más notorio, que ya de por si lo era, no había sido que alguien se hubiese quedado, lo digno de resaltar era que aquel personaje era un paisano conocido de la mamá de Alejandro, de hecho del mismo pueblo o aldea como ellos le decían, que siempre estaba como en las nubes y que Alejandro lo había visto vomitar, hasta más no poder, la primera noche del viaje mientras el joven, sentado en la baranda, lloraba por el padre que había dejado hace poco en tierra.
Un solo día de viaje en barco separaba a aquella isla de la península, por lo que el viaje ya se estaba acabando y pronto todos podrían dejar de equilibrarse para comer, caminar y hasta dormir. Pasada la noche de aquel día, los viajantes volverían a pisar tierra firme e iniciar el regreso de algunos y la primera vez para otros.
La Isla de Tenerife, sin proponérselo, pasaría a ser simultáneamente la primera y última visión de suelo español en aquel viaje. La Isla de Tenerife, por conveniente coincidencia, sería el primer y último contacto que los viajantes tendrían de la aún España de El Caudillo. La Isla de Tenerife, que a pesar de pertenecer, geográficamente hablando, al continente africano y no al europeo, o la península como jactanciosamente decían los que habitaban en esta última, sería el primer y último pedazo de tierra española en pisarse durante aquel viaje. La Isla de Tenerife, por mucho que algunos de tierra firme no terminen de aceptar, sería el primer y último pedazo de tierra, rodeado de mar por todos lados, en verse de la Europa Occidental sea antes de continuar camino a tierra firme o, en caso contrario, para reiniciar la travesía por el océano Atlántico y hacerse de aguas que nunca pertenecieron sino a quien se atrevió a cruzarlas.