EL HALLAZGO
En respuesta a la usual postal de Carnacki en que me invitaba a cenar, llegué a buena hora a Cheyne Walk, para encontrarme con que Arkright, Taylor y Jessop ya estaban allí. Minutos después, todos estábamos sentados a la mesa y comenzábamos a cenar. Lo hicimos espléndidamente, como de costumbre, y, como casi siempre en aquellas reuniones íntimas, Carnacki habló de todo lo que le vino a la imaginación, excepto de lo que esperábamos. Y hasta que no nos sentamos confortablemente en nuestros sillones no comenzó a hablar de ello.
—Un caso extremadamente simple —dijo, aspirando una bocanada de su pipa—. Una simple cuestión de análisis mental. Cierto día, estuve charlando con Jones, de Malbrey y Jones, los editores del Bibliophile and BookTable y en el curso de la conversación mencionó que había conseguido un libro, Dumpley's Acrostis , cuyo único ejemplar conocido se encuentra en el Museo Caylen. Aquel segundo ejemplar, encontrado por un tal señor Ludwig, parecía ser genuino. Malbrey y Jones se habían pronunciado en tal sentido, lo que, para cualquiera que conociese su reputación, zanjaba definitivamente el asunto.
Pude enterarme de todos los detalles concernientes al libro, gracias a un amigo holandés, Van Dyll, con quien curiosamente me encontré en el Club cuando me disponía a comer.
—¿Qué sabes de un libro llamado Dumpley's Acrostics? —le pregunte.
—También podrías preguntarme que sé de vuestra ciudad de Londres, querido amigo —me respondió—. En ambos casos, lo único que sé es que no sé gran cosa. De ese libro extraordinario sólo se imprimió un ejemplar, que ahora está en el Museo Caylen.
—Eso era exactamente lo que suponía —confesé.
—El libro fue escrito por John Dumpley —prosiguió—, y le fue entregado a la reina Isabel el día de su cuadragésimo cumpleaños. Era una apasionada de los juegos de palabras similares… Aunque no son más que simples ejercicios gimnásticos, debo decir que Dumpley los llevó a las más altas cimas de la complicación y del escándalo, permitiéndose contar cuentos escabrosos relacionados con la Corte con un ingenio y una pretendida inocencia que resultan increíbles por su maliciosa maestría. Las planchas fueron destruidas y el manuscrito quemado inmediatamente después de imprimir el ejemplar destinado a la Reina. El libro se lo presentó Lord Welbeck, quien debía pagar anualmente a John Dumpley veinte guineas inglesas y doce ovejas, así como doce cuñetes de cerveza de Miller Abbott, por tener bien sujeta la lengua. Lord Welbeck quería hacerse pasar por el autor del libro, y está fuera de duda que fue él quien proporcionó a Dumpley los detalles más escandalosos e íntimos de los personajes más famosos de la Corte que aparecen en el libro. Así que puso su propio nombre en lugar del de Dumpley, pues, aunque no fuese cuestión de gran orgullo para un gentilhombre de la época escribir bien, un genio agudo, como el que se percibe en los Acrostics, sí era algo que se tenía en gran estima en la Corte.
—No tenía ni idea de que el libro fuese tan famoso como dices —comenté.
—Es enormemente conocido para muy poca gente —prosiguió—, debido al hecho de que no sólo es una obra única, sino de gran valor histórico y artístico al mismo tiempo. Hoy día, hay coleccionistas que darían su alma por un segundo ejemplar que llegase a descubrirse de él. Pero eso es imposible.
—Lo imposible parece haberse hecho realidad —dije—. Un tal señor Ludwig ofrece en venta otro ejemplar. Me han pedido que haga unas cuantas averiguaciones. Esto explica todas mis preguntas.
Poco le faltó a Van Dyll para explotar.
—¡Imposible! —rugió—. ¡Otro fraude más!
Entonces saqué el naipe que me había guardado en la manga.
—Los señores Malbrey y Jones han declarado que resulta inconfundiblemente genuino —añadí—, y, como bien sabes, ellos están más allá de toda sospecha. Así que el cuento del señor Ludwig de que compró el libro entre un montón de libros de ocasión de Charing Cross, parece bastante plausible. Dijo que fue en la tienda de Bentloes, y ahí era donde quería llegar. El señor Bentloes dice que es muy posible, aunque poco probable. De todas formas se sentía fatal. ¡No me extraña!
Van Dyll se levantó de un salto.
—Acompáñame a ver a Malbrey y a Jones —dijo, muy excitado.
Y ambos nos fuimos directamente a las oficinas del Bibliophile, donde Van Dyll es muy conocido.
—¿Qué significa todo esto? —preguntó a gritos, antes de haber entrado en el despacho privado de los editores—. ¿A qué viene todo este cuento de los Dumpley's Acrostics?. Enséñenmelo. ¿Dónde lo tienen?
—El profesor pregunta por el ejemplar recién descubierto de los Acrostics —expliqué al señor Malbrey, que estaba sentado en su escritorio—. está un tanto alterado por la noticia que acabo de contarle.
Es muy probable que Malbrey no hubiese enseñado el volumen recién descubierto a nadie en Inglaterra, excepto a su legítimo propietario, y mucho menos mediando tan pocas palabras. Pero Van Dyll resulta ser una gran personalidad en el mundo de los bibliófilos, por lo que Malbrey se limitó a hacer girar su asiento y a abrir un gran cofre, del que tomó un volumen envuelto en papel de seda, que tendió ceremoniosamente al profesor Van Dyll.
El erudito holandés se lo arrancó literalmente de las manos; quitó el papel y se precipitó hacia la ventana, para tener mejor luz. Bajo ella, durante casi una hora, mientras aguardábamos en silencio, examinó el libro, usando una lente de aumento, y estudió tipo, papel y encuadernación.
Finalmente, se sentó en una silla y se pasó la mano por la frente.
—¿Y bien? —le preguntamos al unísono.
—Parece auténtico —dijo—. Pero, antes de pronunciarme definitivamente, me gustaría tener la oportunidad de compararlo con el ejemplar auténtico que se conserva en el Museo Caylen.
El señor Malbrey se levantó de su asiento y cerró el cajón de su escritorio.
—Estaré encantado de poder acompañarle, profesor —comentó—. Nos sentiremos muy complacidos de poder publicar sus opiniones en el siguiente número del Bibliophile, que será especial y que dedicaremos a Dumpley, ya que el interés suscitado por este descubrimiento será enorme entre los coleccionistas.
Llegamos al museo, y Van Dyll entregó su tarjeta de visita al bibliotecario jefe, de suerte que todos fuimos invitados a pasar a su despacho privado. Una vez en él, el profesor expuso los hechos y enseñó al bibliotecario el libro que había llevado consigo.
El bibliotecario se mostró tremendamente interesado y, tras un breve examen del ejemplar, dijo que en su opinión parecía auténtico, pero que le gustaría cotejarlo con el que se guardaba en el museo.
Así lo hizo, y los tres expertos estuvieron comparando ambos libros durante más de una hora, en el transcurso de la cual no perdí palabra, anotando en mi cuaderno de notas lo que decían, para sacar mis propias conclusiones.
El veredicto de los tres fue unánime. No había duda de que el ejemplar recientemente descubierto de los Acrostics era genuino, e impreso al mismo tiempo y con los mismos caracteres que él ejemplar guardado en el museo.
—Caballeros —dije entonces—, dado que represento los intereses de los señores Malbrey y Jones, ¿puedo hacer dos preguntas? La primera va dirigida al bibliotecario, ya que él podrá decirme si el ejemplar conservado en el Museo ha sido dejado en préstamo.
—Ciertamente no —explicó el bibliotecario—. Jamás se prestan las ediciones raras, que por otra parte no suelen ser consultadas; y, si lo son, está presente un auxiliar.
—Gracias —proseguí—. Esa respuesta facilita mi investigación. La otra pregunta que quisiera hacer es por qué hace no mucho estaban todos ustedes tan convencidos de que sólo existía un ejemplar.
—Porque —contestó el bibliotecario—, como el señor Malbrey y el profesor Van Dyll podrían haberle explicado, Lord Welbeck dejó escrito en sus Memorias que sólo se había impreso un ejemplar. Al parecer, había insistido en este punto, quizá para realzar la importancia del regalo hecho a la Reina.
Afirma claramente que sólo se imprimió un ejemplar, y que la impresión se realizó, estando él presente, en la Casa de Pennywell, Impresores de Lamprey Court. Encontrará el nombre en las primeras páginas. También supervisó personalmente la destrucción de las planchas, quemando el manuscrito e incluso las galeradas, como dice en sus Memorias. Además, sus declaraciones respecto a ciertos particulares son tan precisas y categóricas, que yo siempre me habría negado a considerar seriamente la autenticidad de cualquier ejemplar «hallado», a no ser que lo sometiera a una prueba tan drástica como la de hoy.
Pero este ejemplar —prosiguió— es inconfundiblemente genuino, ya que debemos fiarnos más de lo que nos prueban nuestros sentidos que de las afirmaciones de Lord Walbeck. El descubrimiento de este volumen es una especie de terremoto literario, que, si no me equivoco, conmocionará las madrigueras de los coleccionistas.
—¿En cuánto estima su posible valor? —le pregunté.
Se encogió de hombros.
—Imposible contestar a su pregunta —contestó—. Si fuese rico, daría gustoso mil libras para hacerme con él. El profesor Van Dyll, aquí presente, que goza de una fortuna mayor que la mía, pujaría más alto que yo sin consideración alguna. Pero, como los señores Malbrey y Jones no se den prisa en adquirirlo, acabará en América, donde ya están la mitad de los tesoros de la Tierra.
Tras aquellas palabras nos separamos y regresamos a nuestros respectivos quehaceres. Volví a mi casa, me tomé una taza de té y me senté para sumirme en una larga y profunda reflexión, ya que mi intelecto desconfiaba de que todo pareciese tan claro y tan sencillo.
«Ahora —me dije a mí mismo— realicemos un pequeño razonamiento, simple e imparcial, y veamos qué sale de ello. En primer lugar se encuentra la declaración, aparentemente incontrovertible, que Lord Welbeck hace en sus Memorias, de que sólo fue impreso un ejemplar de los Acrostics. Es evidente que tan importante gentilhombre tuvo que tomarse todas las molestias del mundo para que no se imprimiese un segundo ejemplar del libro, por lo que quemó incluso las galeradas. Por otra parte, la idea de que este ejemplar fuese el resultado de una refundición de las diferentes galeradas no se mantiene después del examen al que le sometieron los tres expertos. Esto nos conduce a lo que pudiéramos llamar Certidumbre número uno, o sea, que sólo se imprimió un ejemplar. Y llegamos al paso siguiente, que demuestra que existe otro ejemplar. Esto constituye la Certidumbre número dos. La conjunción de ambas nos conduce a una contradicción…, a una paradoja. Por tanto, al pensar en estas dos certidumbres me veo obligado a optar por la segunda, aunque, al mismo tiempo, no puedo aceptar la completa refutación de la afirmación que hace Lord Welbeck en sus Memorias privadas. Así pues, en todo esto creo que hay gato encerrado.»
Durante unos minutos, Carnacki dio pensativamente unas cuantas bocanadas de su pipa, y reemprendió la narración de los hechos.
En los días siguientes, gracias a simples métodos de deducción y siguiendo las diferentes pistas que me indicaban, pude dejar al descubierto una obra maestra del engaño, planeada con astucia e inteligencia jamás vistas.
Me puse en contacto con Scotland Yard, con mis clientes, los señores Malbrey y Jones, con Ralph Ludwig, el propietario del ejemplar encontrado y con el señor Notts, el bibliotecario. Me las arreglé para que un detective se reuniera con nosotros en las oficinas del Bibliophile and Book Table, y conseguí persuadir al señor Notts de que llevase consigo el ejemplar de los Acrostics que guardaba en el Museo.
Así acabé de montar la escena, junto con todos sus personajes, en la pequeña oficina del centenario Collectors Weekly.
El encuentro había sido fijado a las tres de la tarde y, cuando todos se encontraron reunidos, les rogué que me disculpasen unos minutos.
—Caballeros —dije—, me gustaría que siguiesen durante unos momentos el razonamiento que voy a exponerles. Hace dos días, el señor Ludwig llevó a su oficina un ejemplar de un libro que se suponía único en el mundo. Un examen del mismo, realizado por tres expertos, quizá los tres mejores de Inglaterra, demostró que indudablemente era genuino. Esto constituye el hecho número uno. El hecho número dos es que había numerosas y buenas razones para suponer que no podían existir al mismo tiempo dos ejemplares originales del libro. Así pues, la opinión de los expertos nos obligaba a aceptar el primer hecho como fuera de duda, por lo que había que desechar el segundo, o sea, que había buenas razones para suponer que sólo se había impreso un ejemplar del libro. Constaté que, a pesar de tener que aceptar el hecho del descubrimiento del segundo ejemplar, no podía eliminar mediante una explicación lógica la razón perfectamente fundada que acabo de mencionar. Así pues, sintiendo que mi razón se encontraba insatisfecha, seguí la línea de investigación que me indicaba. Me dirigí al Museo Caylen y comencé a hacer indagaciones. El señor Notts ya me había informado de que las ediciones raras jamás se prestan. Un examen de los ficheros me permitió ver que en los últimos dos años, los Acrostics sólo habían sido consultados tres veces, por tres personas diferentes y siempre en presencia de un auxiliar. Aquello parecía probar que estaba buscando una aguja en un pajar; pero la razón seguía diciéndome al oído que aún quedaban cosas sin explicar. Así que me fui a mi casa y me puse a reflexionar. Después de pensar varias horas llegué a la conclusión de que la única línea de investigación que me quedaba era seguir la que relacionaba a los tres hombres que habían examinado el libro durante los últimos dos años. Sus apellidos eran… Charles, Noble y Waterfield. Mis meditaciones me sugirieron que fuese a ver a un experto en grafología, en cuya compañía me dirigí al fichero del Museo, y comprobé que la razón no me había engañado. El experto declaró que la escritura de los tres hombres pertenecía a una misma persona. Mi siguiente paso era sencillo. Vine aquí, a la oficina, con el experto, y pregunté si podría ver alguna muestra de la escritura del señor Ralph Ludwig. Me dijeron que sí, y el experto me confirmó que el señor Ludwig era la persona que había rellenado las diferentes fichas del Museo. El paso siguiente es una simple deducción por mi parte, sugerida por un razonamiento de lo más sencillo, como la única forma en que el señor Ludwig pudo haber llevado a cabo su trabajo. Sólo puedo suponer que, de una u otra manera, debió de dar con un ejemplar de prueba de los Acrostics, tal vez en el lote de libros que había comprado en la librería de Bentloes. Aquel ejemplar debió de ser preparado por el impresor y el encuadernador, para que Lord Walbeck pudiese apreciar el grosor y la encuadernación que iba a tener el libro. Como saben, esta practica resulta común en el mundo de la edición. La encuadernación puede ser exactamente un duplicado del libro, una vez terminado, pero su interior no lleva más que papel en blanco, del mismo grosor y calidad que aquel en que será impreso el libro. De esta forma, el editor sabe de antemano el aspecto que tendrá la edición. Estoy convencido de haber descrito la primera parte de la ingeniosa estratagema del señor Ludwig, quien sólo había hecho tres visitas al museo y, como verán en unos instantes, si no hubiese llevado en su primera visita un facsímil de la encuadernación de los Acrostics, no habría podido realizar su plan sin efectuar una cuarta. A no ser que me haya confundido en el estudio psicológico del caso, fue la posesión de aquel falso ejemplar lo que le hizo pergeñar todo el plan. ¿No fue así, señor Ludwig?
Se negó a contestar a mi pregunta y permaneció sentado, con aspecto de suma consternación.
—Bien, caballeros —proseguí—, el resto sale solo. Fue por primera vez al Museo para estudiar el ejemplar, después de lo cual, lo reemplazó diestramente por el de prueba que llevaba consigo. El auxiliar cogió el libro, que por fuera era igual que el original, y lo dejó en su sitio. Aquel era el único riesgo importante de la pequeña aventura del señor Ludwig. Aún había otro riesgo, aunque menor: que alguien se presentase para consultar el ejemplar de los Acrostics antes de que él hubiese vuelto a dejar el original, como era su intención en cuanto hubiese fotografiado cada una de sus páginas. ¿No es así, señor Ludwig?
Pero el señor Ludwig se negó a abrir la boca.
—Así —resumí— se explica su segunda visita, cuando devolvió el original y comenzó a imprimir en una imprenta casera las planchas que había reproducido fotográficamente. Una vez cosidas y encuadernadas todas las páginas así impresas, manteniendo como cubierta la original del ejemplar de prueba, volvió al Museo para cambiar los ejemplares, llevándose el genuino a su casa y dejando el duplicado tan excelentemente impreso. Como comprenderán, cada vez dio un nombre diferente y cambió de escritura; es muy posible incluso que se disfrazase, ya que no quería que le relacionasen con el ejemplar guardado en el Museo. Y esto es todo lo que tengo que decirles; aunque no creo que el señor Ludwig se atreva a desmentir mi historia, ¿verdad, señor Ludwig?
Carnacki sacudió su pipa, como si quisiera tirar su ceniza y terminó su narración
—No puedo comprender por qué lo hizo —dijo Arkright—. Seguro que no esperaba poder venderlo.
—Claro que no —replicó Carnacki—. O, al menos, no siguiendo los cauces ordinarios. Se habría visto obligado a vendérselo a algún coleccionista poco escrupuloso, quien desde luego, sabiendo que era robado, le habría ofrecido cuatro cuartos por él, siempre que no hubiese acabado por denunciarle a la Policía. Pero la cuestión es que comprendáis que, si conseguía que todos pensasen que el ejemplar del Museo no había salido de él, entonces podría vender sin ningún miedo el suyo, o sea el auténtico, al mejor postor, como un segundo ejemplar genuino que había aparecido a la luz. Tenía el suficiente sentido común para saber que su ejemplar sería implacablemente cuestionado y examinado. Por eso procedió al tercer cambio, dejando en el Museo el ejemplar falso, que había sido impreso lo más parecido posible al original, y llevándose el volumen auténtico.
—Pero ambos libros acabarían por ser comparados —argüí.
—En efecto, pero el ejemplar del Museo no sería examinado con tanta desconfianza. Todos considerarían que se hallaba fuera de toda sospecha. Si los tres expertos hubiesen concedido la misma atención al falso ejemplar del Musco, que todo el tiempo supusieron que era el original, no creo ni por un instante que hubiera podido contaros esta pequeña historia. Es un excelente ejemplo de la manera como la gente da por sentadas ciertas cosas. Y ahora, ¡fuera todo el mundo! —dijo, en tono de broma, usando la frase con que solía despedirnos.
Y pocos minutos después nos encontrábamos fuera, en el Embankment.