Por desgracia para este último, la situación era en extremo desfavorable. Medianoche en punto; el Mago del Siam con los nervios de punta; y, dándose en abundancia por los alrededores, la consuelda, el licopodio y el conejo albo que, desde hace poco, acompañan inevitablemente los fenómenos de licantropía o, mejor dicho, de antropolicandria, como tendremos ocasión de leer en las páginas que siguen. Enfurecido por la aparición de Denis que, sin embargo, se alejaba ya tan discreto como siempre barbotando una excusa, y desencantado también de Lisette, por cuya culpa conservaba un exceso de energía que pedía a gritos ser descargada de una u otra manera, el Mago del Siam se abalanzó sobre la inocente bestia, mordiéndole cruelmente el codillo. Con un gañido de angustia, Denis escapó a galope. De regreso a su guarida, se sintió vencido por una fatiga fuera de lo común, y quedó sumido en un sueño muy pesado, entrecortado por turbulentas pesadillas.
No obstante, poco a poco fue olvidando el incidente, y los días volvieron a pasar tan idénticos como diversos. El otoño se acercaba y, con él, las mareas de septiembre, que producen el curioso efecto de arrebolar las hojas de los árboles. Denis se atracaba de níscalos y de setas, llegando a atrapar a veces alguna peziza casi invisible sobre su plinto de cortezas, mas huía como de la peste del indigesto lengua de buey. Los bosques, a la sazón, se vaciaban a muy temprana hora de paseantes y Denis se acostaba más temprano. Sin embargo, no por eso descansaba mejor, y en la agonía de noches entreveradas de pesadillas, se despertaba con la boca pastosa y los miembros agarrotados. Incluso sentía menguar paulatinamente su pasión por la mecánica, y el mediodía le sorprendía cada vez con más frecuencia amodorrado y sujetando con una zarpa inerte el trapo con el que debía haber lustrado una pieza de latón cardenillo. Su reposo se hacía cada vez más desasosegado, y a Denis le preocupaba no descubrir las razones.
Tiritando de fiebre y sobrecogido por una intensa sensación de frío, en mitad de la noche de luna llena despertó brutalmente de su sueño. Se frotó los ojos, quedó sorprendido del extraño efecto que sintió y, a tientas, buscó una luz. Tan pronto como hubo conectado el soberbio faro que le legase algunos meses atrás un enloquecido Mercedes, el deslumbrante resplandor del aparato iluminó los recovecos de la caverna. Titubeante, avanzó hacia el retrovisor que tenía instalado justo encima de la coqueta. Y si ya le había asombrado darse cuenta de que estaba de pie sobre las patas traseras, aún quedó más maravillado cuando sus ojos se posaron sobre la imagen reflejada en el espejo. En la pequeña y circular superficie le hacía frente, en efecto, un extravagante y blancuzco rostro por completo desprovisto de pelaje, y en el que sólo dos llamativos ojos rufos recordaban su anterior apariencia. Dejando escapar un breve grito inarticulado se miró el cuerpo y al instante comprendió la causa de aquel frío sobrecogedor que le atenazaba por todas partes. Su abundante pelambrera negra había desaparecido. Bajo sus ojos se alargaba el malformado cuerpo de uno de estos humanos de cuya impericia amatoria solía con tanta frecuencia burlarse.
Resultaba forzoso moverse con presteza. Denis se abalanzó hacia el baúl atiborrado de las más diferentes ropas, reunidas según el caprichoso azar de la sucesión de los accidentes. El instinto le hizo escoger un traje gris con rayitas blancas, de aspecto bastante distinguido, con el cual combinó una camisa lisa de tono tallo de rosa, y una corbata burdeos. Cuando estuvo cubierto con tal indumentaria, admirado todavía de poder conservar un equilibrio que en absoluto comprendía, empezó a sentirse mejor, y los dientes cesaron de castañetearle. Fue entonces cuando su extraviada mirada vino a fijarse en el irregular y espeso montoncillo de negra pelambrera esparcido alrededor de su lecho, y no pudo impedir llorar su perdida apariencia.
Hizo empero, un violento esfuerzo de voluntad para serenarse, e intentó explicarse el fenómeno. Sus lecturas le habían enseñado muchas cosas, y el asunto acabó por parecerle diáfano. El Mago del Siam debía ser un hombre-lobo y él, Denis, mordido por la alimaña, acababa de convertirse, recíprocamente, en ser humano.
Ante la idea de que debía disponerse a vivir en un mundo desconocido, en un primer momento se sintió presa de pánico. ¡Qué peligros no habría de correr como hombre entre los humanos! La evocación de las estériles competiciones a que se entregaban día y noche los conductores en tránsito de la Côte de Picardie le anticipaba simbólicamente la atroz existencia a la que, de buena o mala gana, sería preciso adaptarse. Pero luego reflexionó. Según todas las apariencias, y si los libros no mentían, la transformacion habría de ser de duración limitada. Y en tal caso, ¿por qué no aprovecharla para hacer una incursión a la ciudad…? Llegados a este punto, preciso es reconocer que determinadas escenas entrevistas en el bosque se reprodujeron en la imaginación del lobo sin provocar en él las mismas reacciones que antes. Al contrario: se sorprendió incluso pasándose la lengua por los labios, cosa que le permitió constatar de paso que, a pesar de la metamorfosis, seguía siendo tan puntiaguda como siempre.
Volvió al retrovisor para contemplarse más de cerca. Sus rasgos no le disgustaron tanto como había temido. Al abrir la boca pudo constatar que su paladar seguía siendo de un negro llamativo, y, por otro lado, que también conservaba incólume el control de sus orejas, tal vez una pizca sospechosas por ser en exceso alargadas y pilosas. Mas consideró que el rostro que se reflejaba en el pequeño y esférico espejo, con su forma oval un algo prolongada, su pigmentación mate y sus blancos dientes, haría un papel aceptable entre los que conocía. Así que, después de todo, lo mejor sería sacar partido de lo inevitable y aprender algo de provecho para el porvenir. Consideración no obstante la cual un ramalazo de prudencia le obligó antes de salir a hacerse con unas gafas oscuras que, en caso de necesidad, atemperarían la rojiza brillantez de sus cristalinos. Proveyóse asimismo de un impermeable que se echó al brazo, y ganó la puerta con paso decidido. Pocos instantes después, cargado con una maleta ligera, y olfateando una brisa matinal que parecía singularmente desprovista de fragancia, se encontraba en la cuneta de la carretera, alargando el pulgar sin complejo alguno al primer automóvil que divisó en lontananza. Había decidido ir en dirección a París aconsejado por la experiencia cotidiana de que los coches rara vez se detienen al empezar la cuesta arriba y sí, en cambio, cuesta abajo, cuando la gravedad les permite volver a arrancar con facilidad.
Su elegante aspecto le reportó ser rápidamente aceptado como acompañante por una persona con no demasiada prisa. Y confortablemente acomodado a la derecha del conductor, se dispuso a abrir sus ardientes ojos a todo lo desconocido del vasto mundo. Veinte minutos más tarde se apeaba en la Plaza de la Ópera. El tiempo estaba despejado y fresco, y la circulación se mantenía dentro de los límites de lo decente. Denis se lanzó osadamente entre los tachones del asfalto y, tomando el bulevar, caminó en dirección al Hotel Scribe, en el que alquiló una habitación con cuarto de baño y salón. Dejó su maleta al cuidado de la servidumbre y salió acto seguido a comprar una bicicleta.
La mañana se le fue en un abrir y cerrar de ojos. Fascinado, no sabía bien hacia dónde pedalear. En el fondo de su yo experimentaba, sin lugar a dudas, el íntimo y oculto deseo de buscar un lobo para morderle, pero pensaba que no le resultaría demasiado fácil encontrar una víctima y, por otro lado, quería evitar dejarse influenciar en demasía por el contenido de los tratados. No ignoraba en absoluto que, con un poco de suerte, no le sería imposible acercarse a los animales del Jardin des Plantes, pero prefirió reservar tal posibilidad para un momento de mayor apremio. La flamante bicicleta absorbía en aquel momento toda su atención. Aquel artilugio niquelado le encandilaba, y, por otra parte, no dejaría de serle útil a la hora de regresar a su guarida.
A mediodía estacionó la máquina delante del hotel, ante la mirada un tanto reticente del portero. Pero su elegancia, y sobre todo aquellos ojos que semejaban carbúnculos, parecían privar a la gente de la capacidad de hacerle el mas mínimo reproche. Con el corazon exultante de alegría, se entretuvo en la búsqueda de un restaurante. Finalmente eligió uno tan discreto como de buena pinta. Las aglomeraciones le impresionaban todavía y, a pesar de la amplitud de su cultura general, temía que sus maneras pudiesen evidenciar un ligero provincianismo. Por eso pidió un sitio apartado y diligencia en el servicio.
Pero lo que Denis ignoraba era que precisamente en ese lugar de tan sosegado aspecto se celebraba, justo aquel día, la reunión mensual de los Aficionados al Pez de Agua Dulce Rambouilletiano. Cuando estaba a medio comer vio irrumpir de repente una comitiva de caballeros de resplandeciente tez y joviales maneras que, en un abrir y cerrar de ojos, ocuparon siete mesas de cuatro cubiertos cada una. Ante tan súbita invasión, Denis frunció el ceño. Mas, como se temía, el maître acabó por acercarse cortésmente a la suya.
–Lo siento mucho, señor -dijo aquel hombre lampiño y cabezón-, ¿pero podría hacernos el favor de compartir su mesa con la señorita?
Denis echó una ojeada a la zagala, desfrunciendo el ceño al mismo tiempo.
–Encantado -dijo incorporándose a medias.
–Gracias, caballero -gorjeó la criatura con voz musical. Voz de sierra musical, para ser más exactos.
–Si usted me lo agradece a mí -prosiguió Denis- ¿a quién deberé yo? Agradecérselo, se sobreentiende.
–A la clásica providencia, sin duda -opinó la monada.
Y a continuación dejó caer su bolso, que Denis recogió al vuelo.
–¡Oh! – exclamó ella-. ¡Tiene usted unos reflejos extraordinarios!
–Sí… -confirmó Denis.
–Sus ojos son también bastante extraños -añadió la joven al cabo de cinco minutos-. Los veo parecidos a… a…
–¡Ah! – comentó Denis.
–A granates -concluyó ella.
–Es la guerra… -musitó Denis.
–No le entiendo…
–Quería decir -explicó Denis-, que esperaba que le recordasen a rubíes. Pero al oír que sólo ha dicho granates, no he podido por menos que pensar en restricciones. Concepto que, por una relación de causa efecto, me ha llevado acto seguido al de guerra.
–¿Estudió usted Ciencias Políticas? – preguntó la morenita.
–Le juro que no volveré a hacerlo.
–Le encuentro bastante fascinante -aseguró llanamente la señorita, que, entre nosotros, lo había dejado de ser muchas ya más veces de las que pudiera contar.
–De buena gana le devolvería el piropo, pero pasándolo al género femenino -expresóse Denis, madrigalesco.
Salieron juntos del restaurante. La lagarta confió al lobo convertido en hombre que, no lejos de allí, ocupaba una encantadora habitación en el Hotel del Pasapurés de Plata.
–¿Por qué no viene a ver mi colección de grabados japoneses? – acabó susurrando al oído de Denis.
–¿Sería prudente? – inquirió éste-. ¿Su marido, su hermano o algún otro de sus parientes no lo vería con inquietud?
–Digamos que soy un poco huérfana -gimió la pequeña, haciéndole cosquillas a una lágrima con la punta de su ahusado índice.
–Una verdadera lástima -comentó cortésmente su distinguido acompañante.
Al llegar al hotel creyó darse cuenta de que el recepcionista parecía llamativamente distraído. También constató que tanta felpa roja amortiguante hacía diferir notablemente ese establecimiento de aquel otro en el que él se había alojado. Pero en la escalera se distrajo contemplando primero las medias y luego las pantorrillas, inmediatamente adyacentes, de la señorita. En el afán de instruirse, la dejó tomar hasta seis escalones de ventaja. Y una vez que se creyó bastante instruido, apretó nuevamente el paso.
Por lo que tenía de cómica, la idea de fornicar con una mujer no dejaba de chocarle. Pero la evocación de Fausses-Reposes hizo desaparecer finalmente aquel elemento retardatario y, muy pronto se encontró en condiciones de poner en práctica con el tacto, los conocimientos que en el añorado bosque le entraran por la vista. Llegados a determinado punto plugo a la hermosa reconocerse, a gritos, satisfecha; y el artificio de tales afirmaciones, mediante las cuales aseguraba haber llegado a la cúspide, pasó inadvertido al entendimiento poco experimentado en ese terreno del bueno de Denis.
Apenas si comenzaba éste a salir de una especie de coma bastante distinto de todo cuanto hubiese conocido hasta entonces, cuando oyó sonar el despertador. Sofocado y pálido, se incorporó a medias en el lecho y quedó boquiabierto viendo cómo su compañera, con el culo al aire, dicho sea con todo respeto, registraba con diligencia el bolsillo interior de su americana.
–¿Desea una foto mía? – dijo sin pensarlo dos veces, creyendo haber comprendido.
Se sintió halagado pero, por el sobresalto que empinó la bipartita semiesfera que ante sus narices tenía, al instante se dio cuenta del inmenso error de tan aventurada suposición.
–Esto… eh… sí, querido mío -acabó por decir la dulce ninfa, sin saber muy bien si se le estaba o no tomando la cabellera.
Denis volvió a fruncir el ceño. Se levantó, y fue a comprobar el contenido de su cartera.
–¡Así que es usted una de esas hembras cuyas indecencias pueden leerse en la literatura del señor Mauriac! – explotó finalmente-. ¡Una prostituta, por decirlo de algún modo!
Se disponía ella a replicar, y en qué tono, que se cagaba en tal y en cual, que se lo montaba con su cuerpo serrano, y que no acostumbraba a tirarse a los pasmados por el gusto de hacerlo, cuando un cegador destello procedente de los ojos del lobo antropomorfizado le hizo tragarse todos y cada uno de los proyectados exabruptos. De las órbitas de Denis emanaban, en efecto, dos incesantes centellas rojas que, cebándose en los globos oculares de la morenita, la sumieron en muy curiosa confusión.
–¡Haga el favor de cubrirse y de largarse en el acto! – sugirió Denis.
Y para aumentar el efecto, tuvo la inesperada idea de lanzar un aullido. Hasta entonces, nunca semejante inspiración se le había pasado por las mientes. Mas, a pesar de tal falta de experiencia, la cosa resonó de manera sobrecogedora.
Aterrorizada, la damisela se vistió sin decir ni pío, en menos tiempo del que necesita un reloj de péndulo para dar las doce campanadas. Una vez solo, Denis se echó a reír. Se sentía asaltado por una viciosa sensación bastante excitante.
–Debe ser el sabor de la venganza -aventuró en voz alta.
Volvió a poner donde correspondía cada uno de sus avíos, se lavó donde más lo necesitaba y salió a la calle. Había caído la noche, el bulevar resplandecía de manera maravillosa.
No había caminado ni dos metros, cuando tres individuos se le acercaron. Vestidos un poco llamativamente, con ternos demasiado claros, sombreros demasiado nuevos y zapatos demasiado lustrados, lo cercaron.
–¿Podemos hablar con usted? – dijo el más delgado de todos, un aceitunado de recortado bigotillo.
–¿De qué? – se asombró Denis.
–No te hagas el tonto -profirió uno de los otros dos, coloradote y grueso.
–Entremos ahí… -propuso el aceitunado según pasaban por delante de un bar.
Lleno de curiosidad, Denis entró. Hasta aquel momento, la aventura le parecía interesante.
–¿Saben jugar al bridge? – pregunto a sus acompañantes.
–Querido amigo -dijo el aceitunado una vez que hubieron tomado asiento-, acaba usted de comportarse de una manera muy poco correcta con una jovencita.
Denis comenzó a reír a mandíbula batiente.
–¡Le hace gracia al muy rufián! – observó el colorado-. Ya veréis como dentro de poco le hace menos.
–Da la casualidad -prosiguió el flaco- de que los intereses de esa muchacha son también los nuestros.
Denis comprendió de repente.
–Ahora entiendo -dijo-. Ustedes son sus chulos.
Los tres se levantaron como movidos por un resorte.
–¡No nos busques las vueltas! – amenazó el más grueso.
Denis los contemplaba.
–Noto que voy a encolerizarme -dijo finalmente con mucha calma-. Será la primera vez en mi vida, pero reconozco la sensación. Tal como ocurre en los libros.
Los tres individuos parecían desorientados.
–¡Arreglado vas si piensas que nos asustas, gilipollas! – tronó el grueso.
Al tercero no le gustaba hablar. Cerrando el puño, tomó impulso. Cuando estaba a punto de alcanzar el mentón de Denis, éste se zafó, atrapó de una dentellada la muñeca del agresor y apretó. La cosa debió doler.
Una botella vino a aterrizar sobre la cabeza de Denis, que parpadeó y reculó.
–Te vamos a escabechar -dijo el aceitunado.
El bar se había quedado vacío. Denis saltó por encima de la mesa y del adversario gordo. Sorprendido, éste se quedó un instante aturdido, pero llegó a tener el reflejo de agarrar uno de los pies calzados de ante del solitario de Fausses-Reposes.
Siguió una breve refriega al final de la cual, Denis, con el cuello de la camisa desgarrado, se contempló en el espejo. Una cuchillada le adornaba la mejilla, y uno de sus ojos tendía al índigo. Prestamente, acomodó los tres cuerpos inertes bajo las banquetas. El corazón le latía con furia. Y, de repente, sus ojos fueron a fijarse en un reloj de pared. Las once.
«¡Por mis barbas», pensó, «es hora de marcharse!»
Se puso apresuradamente las gafas oscuras y corrió hacia su hotel. Sentía el alma pletórica de odio, pero la proximidad de su partida le apaciguó.
Pagó la cuenta, recogió el equipaje, montó en su bicicleta, y se puso a pedalear incansablemente como un verdadero Coppi.
Estaba llegando al puente de Saint-Cloud, cuando un agente le dio el alto.
–¿O sea que va usted sin luces? – preguntó aquel hombre semejante a tantos otros.
–¿Cómo? – se extrañó Denis-. ¿Y por qué no? Veo de sobra.
–No se llevan para ver -explicó el agente- sino para que le vean a uno. ¿Y si le ocurre un accidente? Entonces, ¿qué?
–¡Ah! – exclamó Denis-. Sí; tiene usted razón. ¿Pero puede explicarme cómo funcionan las luces de este armatoste?
–¿Se está burlando de mí? – indagó el alguacil.
–Escuche -se puso serio Denis-. Llevo tanta prisa que ni siquiera tengo tiempo de reírme de nadie.
–¿Quiere usted que le ponga una multa? – dijo el infecto municipal.
–Es usted pelmazo de más -replicó el lobo ciclista.
–¡De acuerdo! – sentenció el innoble bellaco-. Pues ahí va…
Y sacando la libreta y un bolígrafo, bajó la nariz un instante.
–¿Su nombre, por favor? – preguntó volviendo a levantarla.
Después, sopló con todas sus fuerzas en el interior de su tubito sonoro, pues, muy lejos ya, alcanzó a ver la bicicleta de Denis lanzada, con él encima, al asalto del repecho.
Desde la primera campanada, Denis notó que la cosa no marchaba. Cada vez le costaba más trabajo llegar a los pedales; sus piernas parecían irse acortando paulatinamente. A la luz del claro de luna seguía sin embargo escalando, montado sobre su rayo mecanico, por entre la gravilla del camino de tierra. Pero en cierto momento se fijó en su sombra: hocico alargado, orejas erguidas. Y al instante dio de morros en el suelo, pues un lobo en bicicleta carece de estabilidad.
Felizmente para él. Pues apenas tocó tierra se perdió de un salto en la espesura. La moto del policía, entretanto, colisionó ruidosamente contra la recién caída bicicleta. El motorista perdió un testículo en la acción a la vez que el treinta y nueve por ciento de su capacidad auditiva.
Apenas recobrada la apariencia de lobo y sin dejar de trotar hacia su guarida, Denis consideró el extraño frenesí que lo había asaltado bajo las humanas vestiduras de segunda mano. Él, tan apacible y tranquilo de ordinario, había visto evaporarse en el aire tanto sus buenos principios como su mansedumbre. La ira vengadora, cuyos efectos se habían manifestado sobre los tres chulos de la Madeleine -uno de los cuales, apresurémonos a decirlo en descargo de los verdaderos chulos, cobraba sueldo de la Prefectura, Brigada Mundana-, le parecía a la vez inimaginable y fascinante. Meneó la cabeza. ¡Qué mala suerte la mordedura del Mago del Siam! Felizmente, pensó no obstante, la penosa transformación habría de limitarse a los días de plenilunio. Pero no dejaba de sentir sus secuelas, y esa cólera latente, ese deseo de venganza no dejaban de inquietarlo.
(1947)
1
Cuando hubo caminado trescientos metros, se quitó de manera ostentosa su gorra de ladrón y, tirándola a una alcantarilla, la reemplazó por el sombrero flexible de un hombre honrado. Su paso se hizo más seguro. Sin embargo, el corazón de oro del padre Mimile, todavía caliente, no cesaba de molestarle, porque seguía latiéndole desagradablemente en el bolsillo. Además, le hubiera gustado contemplarlo con tranquilidad, pues era un corazón que, con sólo verlo, ponía a cualquiera casi en la obligación de delinquir.
Ciento veinte brazas más adelante y aprovechando una alcantarilla de dimensiones superiores a las de la anterior, Aulne se desembarazó de la porra y de la podadera. Ambos instrumentos estaban recubiertos de cabellos pegados y de sangre, y como a Aulne le gustaba hacer las cosas cuidadosamente, seguro que también abundaban de huellas digitales. Sin embargo, conservó, sin tocarla la misma indumentaria, por completo salpicada de sangre pegajosa, pues, dado que a los viandantes no les suele caber en la cabeza que un asesino vista como todo el mundo, tampoco era cuestión de infringir el código del medio.
En la parada de taxis eligió uno bien vistoso y reconocible. Se trataba de un antiguo Bernazizi, modelo 1923, con asientos de imitación esterilla, trasero puntiagudo, conductor tuerto y parachoques de atrás medio caído. Los colores frambuesa y amarillo de la capota de satén rayado añadían al conjunto un toque inolvidable. Aulne pasó a su interior.
–¿Dónde le llevo, burgués? – preguntó el chófer, un ruso ucraniano a juzgar por su acento.
–Dé la vuelta a la manzana… -respondió Aulne.
–¿Cuántas veces?
–Todas las que sean necesarias hasta que la bofia nos eche el ojo encima.
–¡Ah, ah! – reflexionó el taxista de manera audible-. Bueno… bien… veamos… Como posiblemente me será difícil llegar a marchar con exceso de velocidad ¿qué le parece si circulo por la izquierda? ¿Eh?
–Correcto -aceptó Aulne.
Bajó a tope la capota y se sentó lo más estirado posible para que pudiera verse con facilidad la sangre que adornaba su indumentaria. Eso, combinado con el sombrero de hombre honrado que lucía, haría evidente a cualquiera que tenía algo que ocultar.
Cuando llevaban dadas doce vueltas, se cruzaron con uno de los poneys de caza matriculados con la contraseña de la policía. El caballito estaba pintado de gris metálico y la ligera carreta de mimbre que arrastraba llevaba en los laterales el escudo de la ciudad. Tras olfatear el Bernazizi, el animal relinchó.
–La cosa marcha -comentó Aulne-. Se disponen a darnos caza. Circule ahora por la derecha. Tampoco es cuestión de que nos arriesguemos a llevarnos a un chaval por delante.
A fin de que el poney pudiera seguirles sin fatigarse, el chófer redujo al mínimo la velocidad de marcha. Impasible, Aulne le dirigía. Así, enfilaron hacia el barrio de los altos edificios.
Un segundo poney, también pintado de gris, se reunió en seguida con el primero. En el interior de la carreta se encontraba un policía con uniforme de gala. De un vehículo a otro, y señalando a Aulne con el dedo, ambos funcionarios se ponían de acuerdo a voces, mientras que los poneys trotaban acompasadamente, levantando mucho las patas y moviendo la cabeza como suelen hacer los pichones.
A la vista de un edificio de aspecto propicio, Aulne dio orden al taxista de parar. A continuación, saltó con ligereza sobre la acera pasando por encima de la portezuela del automóvil, a fin de que los polis pudieran distinguir claramente las manchas de sangre sobre su indumentaria.
Acto seguido se metió en el edificio, llegándose a la escalera de servicio.
Sin apresurarse, subió hasta el último piso.
En él estaban los cuartos de la servidumbre. El suelo del pasillo, enladrillado con baldosas hexagonales, le trastornaba la vista. Podía elegir entre dos caminos: hacia la derecha o hacia la izquierda. El de la izquierda daba al patio interior, por donde se ventilaban los cuartos de baño, y acababa en un pequeño retrete. Se internó en él allí. Un tragaluz bastante alto empezó a chorrear de improviso delante de él. Una escalera hermosa como un sol estaba colocada al fondo. En aquel preciso momento, Aulne comenzo a oír resonar los pasos de los polizontes en la escalera. Sin pensarlo dos veces, se encaramó con presteza al tejado.
Una vez allí, respiró profundamente para recobrar el aliento antes de la inevitable persecución. El aire tragado en gran cantidad le sería de mucha utilidad para la bajada.
Recorrió aquel saliente de cinc casi vertical al muro. Abajo, el pavimentado patio parecía minusculo, con cinco cubos de la basura, todos ellos bien alineados, un viejo escobón que semejaba un pincel y un cajón casi repleto de desperdicios.
Sería preciso descender a lo largo del muro exterior y penetrar en uno de los cuartos de baño del edificio contiguo, es decir, aquellos cuyas ventanas se abrían en la pared de enfrente. Para ello podían utilizarse los garfios clavados en los muros de todo patio interior. Colocando los pies en alguno de ellos, trataba de aferrarse con las dos manos al alféizar de la ventana elegida, y acto seguido subir el cuerpo a pulso. El oficio de asesino no resulta, en verdad, nada descansado. Aulne se lanzó por los herrumbrosos barrotes.
Arriba, los polizontes armaban todo el bullicio posible corriendo en círculo sobre el tejado y pisando con sus zapatones. De ese modo, cumplían estrictamente con el plan-piloto de sonorizacion de persecuciones establecido por la Prefectura.
Al oír ruidos en el patio interior al que daba el cuarto de baño de su casa, Brise-Bonbon abrió del todo los entreabiertos batientes de la ventana para ver mejor. Ante sus narices, dos grandes manos de hombre vinieron a aferrarse al reborde del vano de piedra. Congestionada por el esfuerzo, la cabeza de Aulne acabó por aparecer ante los interesados ojos del niño.
Quizá el perseguido había sobrevalorado sus capacidades gimnásticas, lo cierto es que no pudo subir a pulso al primer intento. Como las manos aguantaban bien donde las había puesto, se dejó caer a lo largo de toda la extensión de los brazos con intención de recobrar el aliento.
Con mucha dulzura, Brise-Bonbon levantó la navaja de afeitar que tenía bien agarrada, y pasó la afilada lámina sobre los nudillos blancos y tensos del asesino. Las manos de éste, en verdad, eran muy carnosas.
El corazón de oro del padre Mimile tiró de Aulne hacia abajo con todas sus fuerzas cuando las manos le comenzaron a sangrar. Uno a uno, los tendones fueron saltando como las cuerdas de una guitarra. A cada tajo, resonaba una débil nota. Finalmente, quedaron sobre el alféizar diez falangetas exangües. De cada una manaba todavía un hilillo purpúreo. Por su parte el cuerpo de Aulne rozó la pared de piedra, rebotó en la cornisa del entresuelo y vino a dar con sus huesos en el cajón de los desperdicios. Bien podía quedarse allí: los traperos se encargarían de él a la mañana siguiente.
(1949)
1
Con la intención de asegurarse una immediata disponibilidad de fondos empezó por sablear a sus tres mejores amigos para costearse una curda de campeonato, pues su ojo de cristal estaba empezando a tender hacia el azul añil, y ello era síntoma de sed. La cosa le salió por tres mil francos, francos que sintió tanto menos, cuanto que en absoluto tenía la intención de devolverlos.
Dio así de entrada interés a la operación y se esforzó por complicarla todavía más, con intención de elevarla a la categoría de milagro pagano. Con ese fin se pagó una segunda borrachera con el dinero que le reportó la venta de su cinturón de castidad medieval, cinturón claveteado de clavo de especia y fabricado con cuero repujado hasta perderse de vista.
No le quedaba gran cosa, pero, con todo, aún eran demasiadas. Pagó la mensualidad del alquiler con el reloj, cambió sus pantalones por unos calzones coRTos, su camisa por una Lacoste y, astuto viejo, se puso a la búsqueda de alguna manera de gastar la calderilla que todavia le sobraba.
(En el curso de sus pesquisas tuvo la mala suerte de recibir una herencia, pero, por fortuna, rápidamente se enteró de que no podría disponer de ella antes de que pasaran varios meses, plazo que consideró más que suficiente.)
Le quedaban aún once francos y algunas provisiones. No podía ni pensar en irse en condiciones tales. Organizó, pues, en su casa, una juerga de medianas proporciones.
El sarao se celebró con toda felicidad y, al final del mismo, sólo tenía ya un paquetito de cien gramos de curry en polvo, ligeramente estropeado, con el que nadie había podido acabar. Contra sus previsiones, la muy apreciada sal de apio constituyó, en efecto, la base de la mayoría de los últimos cócteles servidos, despreciado como fue el curry previsto para tal uso.
(La insigne malaventura que parecía perseguir al Mayor quiso, no obstante, que una de las invitadas olvidase el bolso en su casa, con nada menos que quinientos francos dentro. Parecía que habría que volver a empezar, cuando al Mayor, iluminado por una de aquellas geniales inspiraciones que le caracterizaban, le asaltó el deseo de irse de vacaciones provisto de un salvoconducto obtenido por los cauces legales. Es preciso que señalemos, antes de continuar, que fue aquella pretensión inaudita la que le salvó.)
–¡Almorzaré con vosotros! – dijo el Mayor, estremecido de gula, al ver hervir la pasta.
–¡Cerdo! – le espetó el Bison-. Conque la has olido desde lejos, ¿eh?
–¡Exactamente! – contestó el Mayor, sirviéndose en el reparto un gran vaso de vino del que se guardaba especialmente para sus visitas, y al que se dejaba que se picase un algo para que tomase cierto regusto añadido a su sabor original, tan agradable al paladar como todos sabemos.
El Bison saco un plato suplementario del aparador y lo colocó en la mesa, en el sitio que anteriormente había ocupado el Mayor. Éste se dejaba servir habitualmente y, contra la costumbre, no les cogía ojeriza a quienes de él se ocupaban.
–El asunto es el siguiente -dijo de repente-. ¿Dónde pensáis ir de vacaciones?
–A la orilla del mar -contestó el Bison-. Quiero conocerlo antes de morir.
–Me parece muy bien -concedió el Mayor-. Me compro un coche y os llevo a Saint-Jean-de-Luz.
–¡Alto ahí! – le paró el Bison-. ¿Tienes tela?
–¡Naturalmente que sí! – aseguró el Mayor-. Digamos que la tendré. No te preocupes por eso.
–¿Y sitio para alojarte?
–¡Naturalmente que también! – continuó el Mayor-. Mi abuela, que ya murió, tenía un apartamento, y mi padre lo conservó.
Tras algunos segundos de duda, pues no había entendido bien si el Mayor había usado o o a en el pronombre, el Bison optó por pensar que lo conservado era el apartamento, y no la abuela.
La pasta seguía creciendo en el agua hirviente, y ya iba por la tercera vez que la Bisonne separaba la cacerola del fuego para tirar el sobrante a la basura.
–De acuerdo -dijo finalmente el Bison-. Pero me imagino que dispondrás de gasolina. Porque ¿sabes? Suele resultar de utilidad cuando se trata de coches.
–Encontraré la necesaria -aseguró el Mayor-. Con un salvoconducto en regla se consiguen fácilmente bonos de gasolina.
–Sin duda -concedió el Bison-. ¿Pero conoces a alguien en la Prefectura que te pueda facilitar una autorización?
–No -reconoció el Mayor-. ¿Y vosotros? ¿Conocéis a alguien?
–Ahí es donde querías venir a parar ¿eh?
El Bison miraba a su interlocutor con un ojo entornado y reprobador.
–Os advierto -interfirió su esposa- que si no nos comemos pronto esa pasta, tendremos que cambiar de habitación. Dentro de un momento no cabremos aquí.
Sin necesidad de más advertencia, los cuatro se abalanzaron sobre el guiso, pensando, encantados, en los ascos que antaño hacían los alemanes ante la mantequilla de Normandía y las salchichas de tocino.
El Mayor no cesaba de beber tintorro tras tintorro. Y es que no disponer más que de un ojo, le constreñía a hacer lo posible para llegar a ver doble cuanto antes, y así no perderse bocado.
–¿A través de su periódico, no podría Annie recomendarnos en la Prefectura? – dijo de repente la Bisonne-. Porque has de saber que no opondré a que viajemos contigo si no dispones de autorizaciÓn.
–¡Excelente idea! – exclamó el Mayor-. Y por lo demás, tranquila. Los polis me gustan tan poco como a ti. Cada vez que veo un agente se me hace un nudo en el intestino delgado.
–En cualquier caso será necesario hacer las cosas de prisa -advirtió el Bison-. Mis vacaciones empiezan dentro de tres semanas.
–¡Perfecto! – aseguró el Mayor, pensando que así le daría tiempo a gastar los quinientos francos.
Bebió un último trago de tinto, cogió un cigarrillo del paquete de la Bisonne, eructó violentamente, y se puso en pie.
–Voy a ver si veo coches -anunció al irse.
–De acuerdo -dijo el Mayor-. Así todo se arreglará. Se arreglará, sin duda alguna. Pistoletti es un hombre admirable.
Sentados en la terraza del Café Duflor, esperaban a la Bisonne y a su hijo, que llegaban con un poco de retraso.
–Creo que trae un certificado médico referente al niño -continuó el Mayor-. Ello nos ayudará a conseguir el salvoconducto. Según tengo entendido, hoy mismo iba a sacarlo.
–¿Ah, sí?-dijo Annie-. ¿Y qué es lo que certifica?
–Que no puede soportar viajes en tren -contestó el Mayor, limpiando su monóculo de cristal ahumado.
–¡Ahí llegan! – advirtió Annie.
El Mayor se levantó e intentó separar a la criatura del velador. Un camarero se llegó hasta ellos y comenzó a protestar.
–Permítame que le diga -argumentó el Mayor- que he tenido ocasión de verlo todo. Ha sido el velador el que ha empezado. No insista en sus lamentaciones, o me veré en la obligación de detenerle.
Palabras sobre las cuales mostró su falsificada documentación del Cuerpo de Seguridad, ante lo que el camarero se desmayó. Entonces el Mayor le quitó el reloj y, tirando de la mano del niño, se reunió con Annie y con la Bisonne.
–Deberías cuidar mejor de tu hijo -dijo a ésta.
–No me des la lata. Traigo el certificado. Este niño es raquítico y no puede soportar un viaje en ferrocarril.
Dicho lo cual, obsequió a su hijo con un estremecedor sopapo que dejó sumido al infante en una especie de plácida hilaridad.
–Felizmente para la Red de Ferrocarriles… -comentó el Mayor.
–¿Acaso quieres insinuar que tú nunca te has cargado una mesa de terraza? – repuso, amenazadora, la Bisonne.
–¡A su edad, desde luego no! – aseguró el Mayor.
–¡No me extraña! ¡Siempre fuiste un poco retrasado!
–¡Está bien! – cortó el Mayor-. No vamos a discutir ahora. Dame el certificado.
–Déjemelo ver -intervino Annie.
–El doctor no nos ha puesto ninguna pega -informó la Bisonne-. Como todo el mundo puede ver, este niño padece de raquitismo… ¡Quieres dejar esa silla de una vez!
El Bisonnot acababa de coger el respaldo de la silla de un cliente vecino, y silla y cliente dieron en tierra, arrastrando en su caída algunas copas en medio de cierto alboroto.
Eclipsándose discretamente, el Mayor compuso la figura de estar meando contra un árbol. Por su parte, Annie intentaba poner cara de quien no conoce a nadie.
–¿Quién ha sido? – preguntó el camarero.
–El Mayor -acusó el Bisonnot.
–¿Seguro? – insistió el camarero con aire incrédulo-. ¿No habrá sido el niño, señora?
–Está usted loco -respondió ésta-. No tiene más que tres años y medio.
–Mientras que Mauriac está chocho -concluyó el niño.
–Eso es una gran verdad -concedió el camarero, y a continuación se sentó a la mesa para discutir con él de literatura.
Tranquilizado, el Mayor regresó y volvió a sentarse entre las dos mujeres.
–Así pues -comenzó Annie-, ahora sólo se trata de ir a ver a Pistoletti…
–¿Y cuál es tu opinión sobre Duhamel? – preguntó el camarero.
–¿De verdad cree que funcionará? – se interesó el Mayor.
–A Duhamel se le alaba en exceso -contestó el Bisonnot.
–Seguro que sí-respondió Annie-. Con la carta de recomendación del periódico…
–En ese caso, iré mañana mismo -dijo el Mayor.
–Te voy a pasar un manuscrito mío para que me digas lo que te parece -dijo el camarero-. La acción discurre en la superficie de una cara velluda. Me parece que tú y yo tenemos los mismos gustos.
–¿Cuánto le debemos, camarero? – preguntó Annie.
–No, déjalo, – se interpuso la Bisonne-. Me toca a mí.
–¡Con permiso! – sentenció el Mayor.
Como no llevaba un céntimo encima, el camarero le prestó dinero para pagar, y, tras dejar una generosa propina, el Mayor sin darse cuenta se embolsó lo que sobraba.
–¡No marees! – replicó su padre-. De sobra sabes que eres demasiado pequeño para llegar hasta el cerrojo.
Preso de furor, aquél se lanzó al aire tomando impulso con los dos pies, y, tras saltar como un gato, quedó muy sorprendido al encontrarse sentado sobre el trasero viendo un gran destello verde.
Era el Mayor. Tenía un aspecto normal, a pesar de que su aplastado sombrero reverberaba con rebuscados y cambiantes reflejos: había comido pavo.
–¿Y bien? – dijo el Bison.
–¡Tengo el coche! Un Renault de 1927, modelo coach, con el maletero en la parte posterior.
–¿Y el capó que se levanta por delante? – interrogó, inquieto, el Bison.
–Sí… -concedió el Mayor de mala gana-. Y con encendido mediante magneto, y freno esotérico en el tubo de escape.
–Se trata de un sistema muy antiguo -observo su interlocutor.
–Lo sé bien -dijo el Mayor.
–¿Cuánto?
–Veinte mil.
–No es caro -estimó el Bison-. Pero la verdad es que tampoco es una ganga.
–No. Y, precisamente, deberás dejarme cinco mil francos para acabar de pagarlo.
–¿Cuándo me los devolverás?
El Bison parecía no fiarse.
–El lunes por la tarde, sin falta -aseguró el Mayor.
–¡Hum! – dijo el Bison-. No te tengo demasiada confianza.
–Lo entiendo -repuso el Mayor, y cogió los cinco mil francos sin dar las gracias.
–¿Has pasado por la Prefectura?
–Ahora pensaba ir… Me cuesta mucho trabajo meterme en aquella guarida de aduaneros testarudos y escandalosos.
–Venga, venga, espabila -dijo el Bison empujándole hacia el descansillo- y apúrate un poco.
–¡Hasta luego! – gritó el Mayor desde el piso de abajo.
Regresó dos horas después.
–Querido, la cosa no marcha todavía -dijo-. Es necesario que me firmes una declaración que certifique que dispones de la gasolina necesaria.
–¡Me estás hartando! – se irritó el Bison-. ¡Estoy hasta las narices de tanto retraso! Hace ya una semana que me dieron las vacaciones, y te aseguro que no me hace ninguna gracia seguir aquí. Creo que haríamos mucho mejor tomando de una vez el tren todos juntos.
–Espera, espera. Considera que es mucho más agradable hacer el viaje en coche. Y para ir de compras una vez que estemos allí, también nos vendrá muy bien.
–Sin lugar a dudas -concedió el Bison-. Pero piensa tú que, a este paso, cuando lleguemos tendré que volverme porque mis vacaciones se habrán acabado. Eso contando con que no nos metan en chirona por el camino.
–Las cosas van a salir redondas a partir de ahora -aseguró el Mayor-. Fírmame ese papel. O lo conseguimos esta vez, o te prometo que me voy en tren con vosotros.
–Te acompañaré -dijo el Bison-. Pasaremos por mi oficina y se lo mandaré mecanografiar a mi secretaria.
Así lo hicieron. Tres cuartos de hora después entraban en la Prefectura y, por un tortuoso dédalo de pasillos, se dirigían hacia el despacho de Pistoletti.
Amable cincuentón quizá una pizca puntilloso, éste no les hizo esperar más de cinco minutos. Después de un breve cambio de impresiones, se levantó y les indicó que le siguieran. Consigo llevaba los formularios y los documentos justificativos cumplimentados por el Bison y el Mayor.
Atravesaron un estrecho pasadizo que, por el interior de un puente cubierto, unía el edificio en que estaban con el vecino. El corazón del Mayor giraba a toda velocidad sobre sí mismo, chirriando como una peonza de Nüremberg. En una galería abovedada, largas colas de gente esperaban ante las puertas de los despachos. La mayor parte de ellos echaban pestes; otros se disponían a morir. A los que caían durante la espera se les dejaba allí donde tocaban tierra, y se procedía a recogerlos por la tarde.
Pistoletti pasó por delante de todo el mundo. Pero se detuvo en seco al llegar adonde se dirigía y pareció muy contrariado de no ver ante sí a la persona que buscaba.
–Buenos días, señor Pistoletti -dijo el otro.
–Buenos días, señor -respondió Pistoletti-. Aquí tiene. Me gustaría que autorizase esta petición, que está en regla.
El individuo compulsó el legajo.
–¡Muy bien! – dijo por fin-. Veo que el interesado reconoce disponer del carburante necesario. Por consiguiente, estaría fuera de lugar hacerle una asignación.
–Hum… -musitó Pistoletti-. Como usted… mejor dicho, como su predecesor me aconsejó, solicité del señor Mayor ese testimonio para… para… para que no se dudase en hacerle una asignación de gasolina.
–¿Eh? – dijo el otro.
Y a continuación escribió sobre el papel: «Denegada la asignación, dado que el demandante asegura disponer del carburante necesario».
–¡Gracias! – dijo Pistoletti, volviendo a salir con los papeles.
Una vez fuera, se rascó el cráneo y dejó caer algunos jirones sanguinolentos sobre el suelo. Un agente que pasaba en aquel momento por allí resbaló al pisarlos y estuvo a punto de caer. El Mayor sonrió malévolamente, pero volvió a ponerse serio al ver la cara de circunstancias de su valedor.
–¿La cosa no va bien? – le preguntó el Bison a éste.
–Bueno, bueno… -se limitó a decir Pistoletti-. Vayamos ahora a ver a Ciabricot… Todo se complica… El funcionario que acabo de ver no es el mismo de antes, y el que está ahora parece de una opinión completamente distinta a la del anterior. En fin… Puede salir bien todavía… Pero que conste que el otro me había dicho que, con este papel, el asunto marcharía sobre ruedas.
–Vamos, vamos de una vez, en cualquier caso -le animó el Bison.
Seguido por sus dos acólitos, Pistoletti llegó hasta el extremo del pasillo, y volvió a pasar otra vez por delante de las narices del primero de la cola. El Mayor y su amigo tomaron asiento en un banco circular que abrazaba la basa de una de las columnas que sostenían la bóveda. Multiplicaron cuatro y medio por cuatro y medio hasta mil veces para ayudarse a pasar el rato. Quince minutos mas tarde, Pistoletti volvía a salir del despacho. Su rostro no expresaba ni fu ni fa.
–Escuchen -les dijo-. Primero escribió «concedido» sobre la petición. A continuación puso la fecha, dijo «vale», y me preguntó: «¿Para ir adónde?». Se lo dije. Entonces volvió a mirar el papel, se palpó el hígado y exclamó: «¡Demasiado lejos!». Y se dedicó a borrar todo lo que acababa de poner… Es que tiene el hígado en muy malas condiciones ¿saben?
–Entonces -preguntó el Bison- ¿la petición queda denegada?
–Sí… -respondió Pistoletti.
–¿Y usted cree -prosiguió el Bison mientras un espeso vapor comenzaba a salirle por las junturas de las suelas de los zapatos- que si le diésemos diez mil francos a ese tal Ciabricot, no se nos concedería?
–¿Qué pasa? – encareció el Mayor-. ¿Es que ni siquiera está permitido llevar en coche a un niño que no puede aguantar los viajes en ferrocarril?
–En definitiva, ¿qué es lo que solicitamos? – continuó su amigo-. ¡Nada! Gasolina desde luego no, puesto que decimos que tenemos… Lo único que pedimos es una firma en la parte de abajo de un papel para poder sacar el coche, quedando sobreentendido que, con respecto al carburante, nos las arreglaremos en el mercado negro… ¿Y entonces?
–Entonces -acabó el Mayor- es que son unos pijoteros.
–Escuchen… -se aventuró a decir Pistoletti.
–¡Unos pijoteros y unos cerdos! – tronó el Bison.
–Podrán volver a intentarlo dentro de unos días… -sugirió Pistoletti intimidado.
–Tranquilo; no tenemos nada contra usted -aseguró el Mayor-. Al fin y al cabo no es culpa suya si Ciabricot sufre del hígado.
Palabras a pesar de las cuales, ambos amigos aprovecharon un recodo del pasillo para prensar a Pistoletti en emparedado, abandonando el cadáver en un rincón.
–¿Qué hacemos ahora? – preguntó el Bison en el momento de salir.
–A mí me importa un rábano -respondió el Mayor-. Me voy sin salvoconducto.
–No creo que debas hacerlo -le advirtió el Bison-. Bueno, yo voy a sacar billetes a la estación. No quiero tener que vérmelas con la poli.
–Espera hasta esta tarde -le pidió el Mayor-. Se me ha ocurrido otra posibilidad. Tampoco yo quiero nada con esa gentuza. Me producen un efecto suprafísico.
–Está bien -accedió el Bison-. Telefonéame.
–¿Cómo? ¿Lo has conseguido? – se interesó el Bison.
Apenas si podía creerlo.
–No, pero lo conseguiré. He vuelto a ir al poco rato con una chica, una amiga de Verge, aquel a quien conociste en mi casa. Ella tiene algunas amistades en la Prefectura. Ha pasado por casa de Ciabricot, y no ha hecho falta nada más. Me han prometido que me lo darán.
–¿Cuándo te lo darán?
–El miércoles a las cinco.
–Bueno, vale -concluyó el Bison-. Esperemos que así sea.
Amigos de los empleados llegaban a cada momento, y los empleados apenas si daban abasto a librarles autorizaciones de compromiso. Incluso llegaron a rogar al Mayor que les ayudase a rellenar sus formularios. Mas éste se negó y se marchó, no sin olvidar sobre una mesa una granada con el seguro quitado, el ruido de cuya detonación le devolvió la tranquilidad de espíritu en el momento en que salía de la Prefectura.
El Bison, su mujer y el Bisonnot compraron, por fin, billetes para Saint-Jean-de-Luz. Para emprender viaje debían esperar hasta el lunes siguiente, pues todos los trenes estaban repletos. El sábado por la tarde, saliendo de su lujoso estudio de la Rue Coeur-de-Lion, el Mayor, por su parte, se puso en marcha en el Renault. Se había acordado que fuese el primero en llegar a Saint-Jean, y que tuviese el apartamento preparado para la llegada de sus amigos. A su lado iba Jean Verge, a quien el Mayor debía ya tres mil francos, y, detrás, Joséphine, una amiga del Mayor, de quien éste acababa de gastar la mitad del dinero que traía en el bolso, para pagarse una buena curda.
El coche transportaba también alguna carga: diez kilos de azúcar que Verge llevaba a su mamá, residente en Biarritz, un limonero de hojas azules que el Mayor se proponía aclimatar en el País Vasco, dos jaulas repletas de sapos, y un extintor cargado con perfume de lavanda, porque el tetracloruro de carbono huele bastante mal.
Para no perderse, seguía las indicaciones de Verge. Este descifraba el mapa Michelin colocado sobre sus rodillas, y era la primera vez en su vida que se dedicaba a semejante actividad.
La consecuencia fue que, a las cinco de la mañana, después de haber rodado durante ocho horas a una media de cincuenta kilómetros por hora, el Mayor divisó en el horizonte la torre de Montlhéry. Al verla, dio inmediatamente media vuelta con el coche, pues en aquel sentido llegaban directamente a París por la Puerta de Orleáns.
A las nueve entraban en Orleáns. Aunque no quedaba más que un litro de gasolina, el Mayor se sentía feliz. No le habían visto el gorro ni a un solo policía.
A Verge le quedaban todavía dos mil quinientos francos que pronto se vieron convertidos en veinte litros de gasolina y cinco kilos de patatas ya que, dada la edad del coche, era preciso mezclar el carburante con trozos de dicho tubérculo, en la proporción de una cuarta parte.
Los neumáticos parecían resistir. Al final de la breve detención para repostar, el Mayor tiró del cordón unido a la válvula de la caja de velocidades, chifló dos veces, acogotó el vapor, y, a la postre, el Renault volvió a ponerse en marcha.
Salieron de la N-152, cruzaron el Loire por un puente secundario y tomaron la mucho menos frecuentada N-751.
Los estragos ocasionados por la ocupación habían favorecido la eclosión, entre los carriles y los aguazales, de una vegetación feraz y aguanosa. Los corazoncillos agitaban sus corolas en todas direcciones, mientras que las cicindelas de campo deslizaban una nota malva entre la salpicadura nacarada de las florecillas más humildes.
Alguna granja aquí y allá salpimentaba la monotonía de la carretera, produciendo, cada vez, una agradable sensación de alivio en el escroto, semejante a la que se nota cuando se pasa de prisa sobre un puentecito en forma de arco. Según se iban acercando a Blois, comenzaron a ver surgir gallinas por todas partes.
Las gallinas picoteaban a lo largo de las cunetas siguiendo un plan cuidadosamente pergeñado por los peones camineros. En cada uno de los agujeritos excavados por sus picos se sembraban, a la mañana siguiente, semillas de girasol.
El Mayor con ganas de comer gallina, comenzó a dar golpes de volante. Giraba al mismo tiempo el cierre del tubo de escape, logrando así frenar el coche hasta la velocidad de marcha de un hombre caminando por un colmenar.
Reparado el destrozo, el Renault se negaba a volver a ponerse en camino. Verge se vio obligado a bajar y a resoplar contra su trasero durante más de cinco kilómetros antes de conseguir que se decidiera a arrancar. El coche refunfuñó al deternerse para permitirle subir.
En modo alguno desanimado, el Mayor dejó atrás Cléry, llegó hasta Blois y enfiló hacia el Sur por la N-764, en dirección a Pont-Levoy. Ningún agente a la vista; volvía a recobrar la confianza.
Silbaba una marcha militar, marcando el final de cada compás mediante un enérgico taconazo. Pero no pudo terminarla, pues acabó por atravesar con el pie el suelo del automóvil y, de haber continuado, se habría arriesgado a volcar la caja de velocidades, dos de las cuales estaban desparramadas por el suelo desde el momento de la colisión contra el árbol.
En Montrichard compraron un pan. Atravesaron a continuación Le Liège, y el coche se quedó parado de repente en la encrucijada de la N-764 y la D-10.
Joséphine se despertó en aquel momento.
–¿Qué pasa? – preguntó.
–Nada -contestó el Mayor-. Hemos comprado un pan y paramos para comerlo.
Se sentía inquieto. A una encrucijada se puede llegar desde cuatro direcciones. Y en una encrucijada se lo puede a uno ver desde los cuatro costados.
Bajaron del vehículo y se sentaron al borde de la carretera. Una gallina blanca apostada en la cuneta, se desempachó y enderezó hasta el nivel de la calzada su cabecita coronada por una alargada cresta. El Mayor se puso al acecho al verla.
De repente cogió el pan, un dos kilos formato grande, lo fue levantando en el aire según giraba para ponerse en posición favorable, simuló estar comprobando su transparencia y lo lanzó con todas sus fuerzas contra la gallina.
Desgraciadamente para él, la granja de Da Rui, el popular futbolista, se levantaba no lejos del lugar, y de ella procedía aquel ave. La gallina que parecía haber sacado provecho de las enseñanzas recibidas, peinó el pan con un hábil cabezazo, enviándolo por lo menos a cinco metros de distancia. A continuación, corriendo como un galgo, volvió a hacerse con él antes de que llegara a tocar suelo.
En un abrir y cerrar de ojos, y entre una tupida nube de polvo, desaparecía a lo lejos llevándoselo debajo del ala.
Verge, que se había levantado de un salto, la perseguía.
–¡Déjala, Jean! – le gritó el Mayor-. No tiene importancia. Y, además, vas a conseguir llamar la atención de algún gerdarme.
–¡Maldita hija de puta! – jadeó Jean mientras seguía corriendo.
–¡Que la dejes, digo! – insistió el Mayor, y Jean regresó bufando a más no poder-. Repito que no tiene importancia. He comido un panecillo a escondidas en la tahona.
–¡Pues sí que me sirve de consuelo! – dijo Verge, furioso.
–Además, llevándolo como lo lleva debajo del ala, debe apestar a volátil -comentó el Mayor con repugnancia.
–No te esfuerces por consolarme -repuso Jean-. Intentemos volver a ponernos en marcha para ir a comprar otro. Y en lo sucesivo, te lo ruego, dedícate a la caza de la gallina con cosas que no sean comestibles.
–Descuida, lo haré por ti -concedió el Mayor-. Me serviré de una llave inglesa. Y ahora, veamos qué le sucede al coche.
–¿No lo habías parado a propósito? – preguntó con asombro Joséphine.
–Esto… No -respondió el Mayor.
Verge yJoséphine se agasajaban con manzanas todavía verdes en un predio vecino.
Con un tubo de caucho, el Mayor derramó en la cuneta las tres cuartas partes de la gasolina restante, a fin de aligerar de peso la parte delantera del vehículo. A continuación introdujo el gato bajo el larguero izquierdo y estabilizó el Renault a cuarenta centímetros del suelo, hecho lo cual abrió el capó.
Aplicó al motor la cabeza del estetoscopio y constató que la avería no procedía de ahí. Al ventilador no le pasaba nada; el radiador estaba caliente, o sea que funcionaba. Sólo quedaban, pues, el filtro del aceite y el magneto.
Cambió de emplazamiento el magneto y el filtro del aceite, e hizo una prueba. La cosa no marchaba.
Volvió a colocar cada una de las piezas en sus lugares respectivos y volvió a probar. Ahora sí.
–Bueno -concluyó por fin-. Es el magneto. Me lo temía. Tendremos que buscar un taller.
Llamó a grandes voces a Verge y Joséphine para que empujaran el coche. Pero como se había olvidado de sacar el gato, cuando aquéllos comenzaron sus esfuerzos, el coche basculó y, al caer sobre uno de los pies de Verge, al neumático delantero derecho le dio por reventar.
–¡Imbécil! – gritó el Mayor, cortando por lo sano las lamentaciones de su amigo-. ¡La culpa ha sido tuya, así que repáralo!
–Desde luego no llegaremos muy lejos empujando el coche -reconocio él mismo poco después-. Será mejor que Joséphine vaya a buscar un mecánico.
La mujer echó a andar por la carretera, y el Mayor se instaló cómodamente a la sombra de un árbol para descabezar una siesta. Entretanto se comía un segundo panecillo birlado en la panadería.
–¡Eh! ¡Si tienes hambre, tráete un pan al regreso! – gritó a Joséphine según ésta desaparecía tras la curva.
Echó a correr, o a volar más bien, pues visto de perfil se hubiera podido decir que tenía por lo menos cinco piernas, y llegó de nuevo hasta el coche. Apoyado contra un árbol y canturreando, Verge miraba al vacío.
–¡A trabajar! – le ordenó el Mayor-. Corta ese árbol. Aquí tienes una llave inglesa.
Con toda diligencia Verge se metió el vacío en el bolsillo y obedeció maquinalmente.
Una vez cortado el árbol, comenzó a hacerlo astillas, siguiendo las indicaciones del Mayor.
Después de ocultar las hojas en un agujero, camuflaron el automóvil dándole apariencia de carbonera, apariencia que completaron recubriéndolo con la tierra que habían sacado al hacer el hoyo. En la cima del artilugio, Verge colocó una varita encendida de sándalo, de la que emanaba olorosa humareda.
El Mayor manchó con carboncillo su cara y la de Verge, y arrugó lo mejor que pudo la ropa de ambos.
Justo a tiempo, pues los gendarmes llegaban. El Mayor temblaba.
–¿Qué…? – dijo el más grueso.
–¿…trabajando? – completó el segundo.
–Así es, sí -respondió el Mayor, procurando poner acento de carbonero.
–¡Qué bien huele vuestro carbón! – observó el más gordo.
–¿Puede saberse qué es? – preguntó el otro gendarme-. Para mí que huele a puta -sentenció con una risilla cómplice.
–Es canforero mezclado con sándalo -explicó Verge.
–¿Para la gonorrea? – dijo el gordo.
–¡Ja, ja, ja! – le rió la gracia su companero.
–¡Ja, ja, ja! – se la rieron también Verge y el Mayor, un poco tranquilizados.
–Habrá que indicar a Obras Públicas que desvien la carretera -concluyó el primer gendarme-. Ahí donde os habéis puesto, los coches deben molestaros mucho.
–Sí, habrá que avisarles -confirmó el segundo-. Los coches deben molestaros.
–Gracias por anticipado -alcanzó a decir el Mayor.
–¡Hasta la vista! – gritaron los dos gendarmes comenzando a alejarse.
Verge y el Mayor les contestaron con un sonoro adiós y, en cuanto se encontraron solos, se pusieron a la tarea de demoler la falsa carbonera.
Cuando hubieron terminado, se encontraron con la desagradable sorpresa de constatar que el coche no estaba dentro.
–¿Cómo puede ser? – se extrañó Verge.
–¡Y qué sé yo! – dijo el Mayor-. Estoy a punto de perder los estribos.
–¿Estás seguro de que era un Renault? – preguntó Verge.
–Sí -respondió el Mayor-. Y además ya había pensado en eso. Si fuera un Ford, el asunto tendría explicación. Pero estoy seguro de que era un Renault.
–¿Pero un Renault de 1927?
–Sí -confirmó el Mayor.
–Entonces todo se explica -aseguró Verge-. Mira.
Dieron media vuelta y vieron al Renault paciendo al pie de un manzano.
–¿Cómo habrá llegado hasta ahí? – dijo el Mayor.
–Ha cavado un túnel. El de mi padre hacía lo mismo cada vez que lo cubríamos de tierra.
–¿Lo hacíais a menudo? – se interesó el Mayor.
–¡Oh! De vez en cuando… Desde luego, no con demasiada frecuencia.
–¡Ah! – se limitó a decir el Mayor, escamado.
–Se trataba de un Ford -explicó Verge.
Dejaron a su aire el automóvil y se ocuparon de quitar los escombros de la carretera. Casi habían terminado cuando Verge vio al Mayor aplastándose contra la hierba, el ojo fuera de la órbita, haciéndole señales de que guardara silencio.
–¡Una gallina! – le susurró.
Se levantó bruscamente y volvió a caer todo lo largo que era en la cuneta llena de agua, justo en el punto donde se encontraba el ave. Esta se sumergió, dio algunas brazadas, salió a la superficie un poco más lejos, y se dio a la fuga cacareando desenfrenadamente. Y es que Da Rui también les enseñaba a bucear.
Justo en aquel instante llegó el mecánico.
El Mayor se sacudió, le tendió una mano mojada y le dijo:
–Soy el Mayor. Espero, por lo menos, que usted no sea un gendarme.
–Encantado -respondió el otro-. ¿Se trata del magneto?
–¿Cómo lo sabe? – se extrañó el Mayor.
–Es la única pieza de recambio de la que no dispongo -dijo el mecánico-. Por eso lo digo.
–Pues no -continuó el Mayor-. Se trata del filtro del aceite.
–En ese caso podré instalarle un magneto nuevo -concluyó el mecanico-. He traído tres conmigo por si acaso… ¡Ja, ja, ja! Lo he engañado, ¿eh?
–Me quedo con los magnetos -dijo el Mayor-. Démelos.
–Dos de ellos no funcionan…
–No importa -le interrumpió el Mayor.
–Y el tercero está averiado…
–¡Mejor aún! – aseguró el Mayor-. Pero en esas condiciones se los pagare a…
–Son mil quinientos -informó el mecánico-. Para montar uno tiene usted que…
–¡Sé como se hace! – volvió a interrumpirle el Mayor-. ¿Te importa pagar, Joséphine?
La mujer hizo lo que le pedían. Después de pagar, todavía le quedaban mil francos.
–Gracias -le dijo el Mayor.
Y dando la espalda al mecánico, se fue a buscar el coche.
Cuando lo hubo traído, abrió el capó.
El magneto estaba repleto de hierba. Se la sacó valiéndose de la punta de un cuchillo.
–¿Me llevan? – preguntó el mecánico.
–Con mucho gusto -respondió el Mayor-. Son mil francos, pagados por adelantado.
–¡No es nada caro! – comentó el mecánico-. Aquí los tiene.
El Mayor se los embolsó distraídamente.
–¡Adentro todos! – dijo.
Cuando estuvieron acomodados, el motor se puso en marcha, sin más, al primer intento. Hubo que ir a buscarlo y volverlo a colocar en su sitio. Esta vez, el Mayor no se olvidó de cerrar el capó antes de arrancar.
Al llegar junto al taller, el motor volvió a pararse en seco.
–Se trata, sin duda, del magneto -opinó el mecánico-. Le pondré uno de los míos.
Hizo la reparación.
–¿Cuánto es? – preguntó el Mayor.
–¡Por favor…! ¡No merece la pena ni mencionarlo!
Seguía estando de pie delante del automóvil.
El Mayor desembragó y le atropelló, después prosiguieron viaje.
En Montmoreau les asaltó la angustia al divisar las barreras de un control de policía. Gracias a su telescopio, el Mayor pudo esquivarlo internándose por la N-709. A Ribérac llegaron sin pizca de gasolina.
–¿Te quedan mil francos? – preguntó el Mayor a Joséphine.
–Sí -contestó ésta.
–Déjamelos.
El Mayor compró diez litros de carburante y, con los mil francos que había recuperado del mecánico, se pagó una tremenda comilona.
De Ribérac a Chalais el camino se hizo corto. Por Martron y Montlieu volvieron a salir a la N-10, y desde allí se dirigieron a Cavignac, donde Jean Verge tenía un primo.
El primo de Verge quería, en efecto, confiarles un tonelillo para que lo llevaran a su hermano, residente en Biarritz, y justo en aquellos momentos se estaba procediendo a prensar el vino.
El Mayor mordisqueaba una brizna de paja meditando sobre el ya próximo final del viaje. Verge sobaba a Joséphine. Y Joséphine se dejaba sobar.
El Mayor intentaba también hacer un cómputo mental de su colección de magnetos, pues en Aubeterre, Martron y Montlieu habían cambiado los kilos de azúcar de Verge por unos cuantos magnetos, pero se confundía con los decimales.
De repente se sumió por completo en el almiar al ver aparecer una visera de cuero color carne de cocido, mas se trataba simplemente del cartero del lugar. Cuando volvió a salir a la luz, tenía dos ratones en los bolsillos y la cabeza llena de vástagos de heno.
De hecho, el coche no corría ningún peligro, encerrado como estaba en la cuadra del primo, pero lo que iba de viaje le había dejado ya como secuela una tan inevitable como refleja manera de comportarse.
Al Mayor le gustaba aquel género de vida vegetativa que llevaban en casa del pariente. De mañana comían apio, por la noche compota, y, entretanto, otras cosas, después de lo cual se acostaban a dormir. Verge sobaba a Joséphine, y Joséphine se dejaba sobar.
Cuando llevaban tres días con semejante régimen, se les anunció que el vino estaba ya preparado. Verge comenzaba a sentirse harto. Por el contrario, la moral del Mayor era exultante, y apenas si recordaba la existencia de cierta familia Bison que, en Saint-Jean-de-Luz, debía estar durmiendo al aire libre en espera de la llegada del Mayor y de las llaves del apartamento.
Tras hacer sitio en el maletero posterior del automóvil, colocó adecuadamente en él el barrilito de vino.
Cuando todos se hubieron despedido del pariente de Verge, el Renault cayó animosamente sobre Saint-André-de-Cubzac, giró a la izquierda hacia Libourne y, por un dédalo de carreteras secundarias, dejando atrás Branne, Targon y Langoiran, llegó hasta Hostens.
Había transcurrido exactamente una semana desde que salieran de la Rue Coer de Lion. En Saint-Jean-de-Luz, alojada desde hacía cinco días en una habitación encontrada por milagro, la familia Bison se imaginaba jubilosa al Mayor tras los sólidos barrotes de una prisión provincial.
En aquellos mismos instantes y representándose mentalmente, a su vez, tan desagradable escena, el Mayor pisó a fondo el acelerador, con lo que el Renault se encabritó y al magneto le dio por explotar.
Un taller se levantaba a unos cien metros.
–Dispongo de un magneto completamente nuevo -dijo el mecánico-. Se lo instalaré. Le costará tres mil francos -terminó anunciando.
Tres minutos exactamente empleó en la reparación.
–¿No preferiría que le pagara con vino? – preguntó el Mayor.
–Gracias, pero no bebo más que coñac -respondió el mecánico.
–Escuche -dijo entonces el Mayor-, soy una persona honrada. Voy a dejarle en prenda mi documento de identidad y mi cartilla de racionamiento. El dinero se lo enviaré desde Saint-Jean-de-Luz. No llevo nada encima en este momento. Unos maleantes me han desplumado.
Seducido por las educadas maneras del Mayor, el mecánico se avino al arreglo.
–¿Por casualidad no tendría un poco de gasolina para mi mechero? – preguntó el Mayor.
–Coja usted mismo del surtidor la que necesite -respondió el mecánico.
Y se metió en la oficina para guardar los papeles de su cliente.
Éste, entretanto, cogió veinticinco litros, que eran los que necesitaba, y volvió a dejarlo todo como si nada hubiera ocurrido.
Levantó los ojos… A lo lejos, por detrás del coche, se acercaban dos agentes en bicicleta.
Amenazaba tormenta.
–¡Subid de prisa! – ordenó el Mayor.
El transmisor crujió. El Mayor arrancó lentamente y se lanzó a campo traviesa, en línea recta hacia Dax.
En el retrovisor, los gerdarmes no eran ya más que un punto, pero a pesar de los esfuerzos del Mayor aquel punto no desaparecía. De repente, ante los viajeros, apareció una colina. El automóvil la abordó como una tromba. Llovía a cántaros. Los relámpagos enviscaban el cielo con pegajosos resplandores.
La colina, creciendo paulatinamente, se convirtió en montaña.
–¡Habrá que soltar lastre! – dijo Verge.
–¡Jamás! – respondió el Mayor-. La pasaremos.
Pero el embrague patinaba y un acre olor a aceite quemado subía desde el suelo del automóvil.
Ante los ojos del Mayor, por desgracia, apareció una gallina.
renó en seco. El automóvil dio una vuelta de campana y vino a caer justo sobre la cabeza de la infortunada volátil, que murió en el acto. Por fin, quedó inmóvil. El Mayor, finalmente, triunfaba. Pero en pago tuvo que entregar al campesino que acechaba en las proximidades, oculto en un hoyo ad hoc, como diría Jules Romains, los tres últimos kilos del azúcar de Verge.
Como no podían llevarse la inutilizable gallina (que encogía a marchas forzadas con la lluvia), lanzó unos cuantos alaridos de rabia.
Pero lo peor era que no podía arrancar de nuevo.
El embrague gritaba de dolor, y todos los cárteres del motor parecían a punto de romperse. La vibración de las aletas llegó a ser tan intensa que el Renault se levantó del suelo zumbando y subió a gulusmear una catalpa en flor. Pero lo que es avanzar, no había avanzado ni un paso.
En el retrovisor, el punto se hacia más grueso por instantes.
El Mayor se ató al volante con una correa.
–¡El lastre! – gritó.
Verge arrojó al exterior dos de los magnetos.
El coche temblequeó, pero siguió sin moverse.
–¡Suelta más! – rugió el Mayor con voz desgarrada.
Verge echó entonces al exterior hasta siete magnetos, uno detrás de otro. El automóvil dio un terrible salto hacia delante y, entre un horrísono estruendo de lluvia, granizo y mecánica, trepó de un tirón la colina.
Los gerdarmes habían desaparecido. El Mayor se secó la frente y procuró conservar la ventaja. Dax y Saint-Vicent-de-Tyrosse se sucedieron.
En Bayonne pudieron ver, desde bastante lejos, un control de policía. El Mayor se agarró al claxon, y al pasar por donde estaba instalado, hizo la señal de la Cruz Roja. Los gendarmes ni siquiera se dieron cuenta de que, habiendo sido educado por una institutriz rusa, se santiguaba al revés. Y es que en la parte de atrás, para dar ambiente al asunto, Verge acababa de desnudar a Joséphine y le había arrollado la combinación alrededor de la cabeza como si se tratara de una venda. Eran las nueve de la noche. Los gendarmes les hicieron señas de que pasaran.
Una vez salvado el control, el Mayor se desvaneció, y luego recobró el sentido dejando en un mojón kilométrico uno de los parachoques.
La Négresse…
Guétary…
Saint-Jean-de-Luz…
El apartamento de la abuela, en el numero cinco de la Rue Mazarin…
Era completamente de noche.
El Mayor dejó el coche delante de la puerta y la echó abajo. Se acostaron, agotados, sin haberse dado cuenta de la no presencia de los Bison. Por decir verdad, éstos se habían echado atrás ante la perspectiva de tirar abajo la puerta del apartamento en el que tendrían que haberse alojado. En lugar de ello prefirieron ir preparando una calurosa bienvenida al Mayor en la sórdida cocina con catres superpuestos que consiguieron que se les alquilase a cambio de mil francos diarios.
Al amanecer, el Mayor abrió los ojos.
Tras desperezarse, se puso la bata.
En la otra habitación, Verge y Joséphine comenzaban a despegarse el uno del otro echándose encima un cubo de agua caliente.
El Mayor abrió la ventana. Había seis gendarmes ante la puerta. Y estaban mirando su coche.
Al verlo, el Mayor se tragó una dosis masiva de algodón pólvora que, por fortuna, no llegó a explotar, porque cuando la hubo digerido por completo, le pareció completamente normal que hubiera agentes de vigilancia ante la comisaría de policía, sita precisamente en el número seis de la Rue Mazarin.
Pero su automóvil terminó por serle confiscado finalmente en Biarritz, ocho días después, justo en el momento en que comenzaba a estrechar amistad con un comisario, notable contrabandista, que tenía sobre su conciencia la muerte de ciento nueve aduaneros españoles.
(1949)
1
Fue cayendo en capas paralelas. Al principio cabrilleaba a veinticinco centímetros del suelo, y los caminantes no podían verse los pies. Una mujer que vivía en el número 22 de la Rue Saint-Braquemart, dejó caer la llave en el momento de entrar en su casa, y no la podía encontrar. Seis personas, entre las que se contaba un bebé, acudieron en su ayuda. Entretanto, a la segunda capa le dio por caer. Y se pudo encontrar la llave, pero no al bebé que había tomado las de villadiego al amparo del meteoro, impaciente por escapar del biberón, sentar cabeza y conocer los serenos placeres del matrimonio. Mil trescientas sesenta y dos llaves, y catorce perros, se extraviaron de tal manera durante la primera mañana. Cansados de vigilar en vano sus flotadores, los pescadores se volvieron majaretas y se fueron a cazar.
La niebla se hacinaba en densidades considerables en la parte baja de las calles en pendiente y en las hondonadas. Formaba alargadas flechas y se colaba por las alcantarillas y los pozos de ventilación. Así invadió los túneles del metro, que dejó de funcionar cuando la lechosa marea alcanzó el nivel de los semáforos. Pero en aquel mismo momento, la tercera capa acababa de descolgarse y, en el exterior, de rodillas para abajo todo era blanquecina oscuridad.
Los de los barrios altos, creyéndose favorecidos, se burlaban de los de las orillas del río. Mas al cabo de una semana todos estaban reconciliados y podían golpearse del mismo modo contra los respectivos muebles de las respectivas habitaciones. La niebla había llegado por entonces hasta el copete de las edificaciones más elevadas. Y si el cimbanillo de la torre fue lo último en desaparecer, el irresistible empuje de la creciente y opaca marea acabó a fin de cuentas por sumergirlo del todo.
Sin tomar en cuenta los agudos comentarios del locutor, Orvert Latuile reflexionó, se rascó el ombligo y notó, oliéndose la uña a continuación, que necesitaba un baño. Pero el amparo de aquella calígine caída sobre todas las cosas como el manto de Noé sobre Noé, como la miseria sobre el mísero mundo, como el velo de Tanit sobre Salambó o como un gato sobre un violín, le hizo colegir la inutilidad de semejante esfuerzo. Además, la tal niebla tenía un dulce aroma a albaricoque tísico que debía contrarrestar las emanaciones personales. Y por añadidura, el sonido se portaba bien y, al envolverse en aquella guata, los ruidos adquirían una curiosa resonancia, blanca y clara como la voz de una soprano lírica cuyo paladar, hundido en una desgraciada caída sobre la esteva de un arado, hubiera sido reemplazado por una prótesis de plata forjada.
Para empezar, Orvert decidió prescindir de todos los problemas y actuar como si nada ocurriese. En consecuencia, se vistió sin dificultad, pues sus indumentos estaban colocados cada uno en su sitio: es decir, unos sobre las sillas, otros debajo de la cama, los calcetines dentro de los zapatos, y éstos, el uno en el interior de un jarrón y el otro calzando el orinal.
–Dios mío -dijo para sí-, qué cosa extraña esta calina.
Reflexión sin gran originalidad que le salvó del ditirambo, del simple entusiasmo, de la tristeza y de la melancolía negra, colocando el fenómeno en la categoría de las cosas sencillamente constatadas. Pero acostumbrándose paulatinamente a lo inhabitual, se fue animando poco a poco hasta el punto de decidirse a encarar determinadas experiencias muy humanas.
–Bajo hasta casa de la portera -se dijo- dejándome la bragueta abierta. Así comprobaremos si en realidad hay niebla, o si se trata de mis ojos.
Como es natural, el espíritu cartesiano de todo francés le induce a dudar de la existencia de cualquier calígine opaca, incluso si es tan tupida como para nublar la vista. Y no es lo que pueda decir la radio lo que vaya a decidir la aceptación de lo chocante. La radio no dice más que majaderías.
–Me la saco -dijo Orvert- y bajo como si nada.
En efecto, se le sacó y bajó como si nada. Por primera vez en su vida advirtió el chasquido del primer escalón, el temblor del segundo, el grillar del cuarto, el carrasqueo del séptimo, el susurrar del décimo, el chichear del décimo cuarto, las sacudidas del décimo séptimo, el bisbiseo del vigésimo segundo y el abejorreo del pasamanos de latón, desatornillado de su sustentáculo terminal.
Se cruzó con alguien que subía aplastándose contra la pared.
–¿Quién va? – dijo, deteniéndose.
–¡Lerond! – respondió el señor Lerond, el inquilino de enfrente.
–Buenos días -dijo Orvert-. Aquí Latuile.
Al tenderle la mano, encontró cierta cosa rígida que soltó con asombro. Lerond emitió una risita embarazada.
–Perdone -dijo-, pero no se ve nada, y esta neblina es endemoniadamente calurosa.
–Cierto -asintió Orvert.
Pensando en su desabotonada bragueta, se avergonzó de constatar que Lerond había tenido la misma idea que él.
–Bueno, hasta la vista -dijo Lerond.
–Hasta la vista -contestó Latuile, desabrochando solapadamente la hebilla de su cinturón.
Cuando el pantalón le hubo caído sobre los pies, se lo quitó, arrojándolo a continuación por el hueco de la escalera. Ciertamente, aquella calina era tan agobiante como una pichona enamorada. Y si Lerond se paseaba con su mancebía al aire ¿por qué tenía Orvert que continuar a medio vestir…? O todo o nada.
Chaqueta y camisa volaban poco después. Decidió conservar los zapatos.
Al llegar al final de la escalera, golpeó con delicadeza en el cristal de la portería.
–¡Adelante! – respondió la voz de la portera.
–¿Hay cartas para mí? – preguntó Orvert.
–¡Oh, señor Latuile! – se desternilló de risa la gruesa mujer-. ¡Siempre con sus chascarrillos…! ¿Y qué, bien dormido ya…? No quise molestarle, pero tendría que haber visto los primeros días de niebla… Todo el mundo parecía fuera de sí. En cambio, ahora… Bueno, digamos que a todo se acostumbra uno…
Por el poderoso perfume que lograba franquear la lacticinosa barrera, Orvert reconoció que se acercaba a él.
–Solamente a la hora del cocido no resulta demasiado cómodo -prosiguio ella-. Pero no deja de ser divertida la nieblecita… Casi se podría decir que alimenta. Como usted sabe, yo como bastante bien… Pues bueno, desde hace tres días, con un vaso de agua y un trozo de pan me basta.
–Va a adelgazar -observó Orvert.
–¡Ja, ja, ja! – cacareó la portera con su risa parecida a un saco de nueces cayendo por la escalera desde el sexto piso-. Compruébelo por sí mismo, señor Latuile. Nunca me había sentido tan en forma. Incluso los melones se me están volviendo a poner en su sitio… Compruébelo, compruébelo por sí mismo…
–Esto…, yo… -dijo Orvert.
–Palpe, palpe, le digo que palpe.
Y cogiendo la mano del sentenciado, la colocó sobre el remate de uno de los melones en cuestión.
–¡Asombroso! – constató Latuile.
–Y eso que tengo cuarenta y dos años -informó la portera-. ¿Eh? ¿Quién lo diría? ¡Ah…! y es que las que son como yo, un poquito gruesas por donde es debido, tienen esa ventaja…
–¡Pero por todos los santos! – exclamó Orvert asombrado-, ¡Está usted desnuda…!
–¡Claro! ¡Lo mismo que usted! – replicó ella.
–Cierto -musitó Orvert para sí-. Brillante idea he tenido.
–Han dicho los del arradio -prosiguió la portera-, que se trata de un aerosol cafronisíaco.
–¡Ah…! – dijo Latuile.
Con la respiración entrecortada, la portera buscaba contacto. Por un instante, el hombre tuvo la sensación de que la dichosa calina le permitiría escamotearse.
–Escuche, por favor, señora Panuche -le imploró-. No somos animales. Aunque se trate de un aerosol afrodisíaco hay que comportarse con mesura.
–¡Oh, oh! – se limitó a decir la señora Panuche con voz jadeante, mientras se servía de las manos con precisión nada mesurada.
–¡Está bien! – dijo finalmente Orvert con dignidad-. Arrégleselas como pueda. Yo no quiero saber nada.
–Oiga -murmuró la portera sin perder su presencia de ánimo-, el señor Lerond es mucho más amable que usted. Con usted, según parece, es una quien tiene que hacerlo todo.
–Escuche -le dijo Latuile-. Acabo de despertarme hoy. Por lo tanto, me falta entrenamiento.
–Descuide, le enseñaré -aseguró la portera.
A Continuacion ocurrieron cosas sobre las que será mejor echar el piadoso manto de este desdichado mundo como sobre las miserias de Noé, de Salambó y el velo de Tanit en la encerrona.
Orvert salió muy vivaracho de la portería. Una vez en la calle aguzó el oído. En efecto, se echaba en falta el ruido de los automóviles. Pero, en su defecto, se dejaban oír innumerables canciones. Y las risas chisporroteaban por todas partes.
Un poco aturdido, se adentró algunos pasos en la calzada. Sus oídos no estaban acostumbrados a un horizonte sonoro de tal profundidad y se sentía un algo extraviado. De repente se percató de que estaba pensando en voz alta.
–¡Dios mío! – decía-. ¡Una niebla afrodisíaca!
Como se puede ver, sus reflexiones sobre el particular habían progresado poco. Pero es preciso ponerse en el lugar de un hombre que duerme durante once días y que despierta en medio de una oscuridad total, complicada además por una especie de generalizado y licencioso envenenamiento, para constatar que su obesa y ruinosa portera se ha transformado en una valquiria de senos puntiagudos y abundantes, en una ávida Circe en su antro de placeres imprevistos.
–¡Caramba! – dijo todavía Orvert para precisar algo más su pensamiento.
Y dándose cuenta de repente de que estaba a pie firme en la misma mitad de la calle, sintió miedo y retrocedió hasta la altura del muro, bajo cuya cornisa caminó a lo largo de un centenar de metros. A esa distancia se encontraba la panadería. Como una dietética estrictamente aplicada le constreñía a consumir algún alimento después de cualquier esfuerzo físico notorio, entró en ella para procurarse un panecillo.
Una gran algazara parecía reinar dentro del establecimiento.
Orvert era hombre de pocos prejuicios. Pero cuando comprendió lo que exigía la panadera de cada cliente y el panadero de cada clienta, sintio como se le erizaban los cabellos en la cabeza.
–¡Por todos los diablos! ¡Si le doy un pan de dos libras -estaba diciendo aquélla- tengo derecho a exigir de usted un formato equivalente!
–Pero señora… -protestaba la aguda voz de un viejecillo en quien Latuile reconoció al señor Curepipe, anciano organista de la iglesia del muelle- pero señora…
–¡Y usted es el que toca el órgano de tubos! – exclamó la panadera.
El señor Curepipe se enfadó.
–¡Ya le enseñaré yo a reírse de mi órgano! – dijo amenazadoramente dirigiéndose con paso apresurado hacia la salida, pero ante ésta estaba Latuile, a quien el choque cortó la respiración.
–¡El siguiente! – ladró la panadera.
–Quisiera un pan… -dijo Orvert con esfuerzo, dándose masaje en el estómago.
–¡Un pan de cuatro libras para el señor Latuile! – vociferó la expendedora.
–No, no… -gimió Orvert-. Apenas un panecillo…
–¡Grosero! – le espetó la tahonera.
Quien, dirigiéndose a su marido, dijo a continuacion:
–¡Oye, Lucien, ocúpate de éste! ¡Así aprenderá lo que es bueno!
Los cabellos se le volvieron a erizar a Orvert sobre la cabeza. Y al emprender la huida a toda pastilla, fue a darse de lleno contra la luna del escaparate, que resistió.
Recorriéndola por completo, consiguió salir finalmente. En la panadería la orgía continuaba. El aprendiz se ocupaba de los niños.
–¡En fin, caramba! – refunfuñaba Orvert en la acera-. ¿Qué pasa? ¿Y si a uno le gusta elegir, qué? ¡Pues menuda boca de horno ha de tener la tal panadera…!
A continuación le vino a la cabeza la repostería cercana al puente. La dependienta tenía diecisiete años, la boquita de piñón y un coqueto delantalillo estampado… Quizá en aquel momento no llevase más que el delantalillo…
Sin pensarlo dos veces, partió a grandes zancadas hacia dicho establecimiento. En tres ocasiones al menos tropezó con amasijos de cuerpos entrelazados de los que ni siquiera le interesó detenerse a descubrir las respectivas composiciones. Pero, en uno de los casos, el conglomerado, como mínimo, se componía de cinco palmitos.
–¡Roma! – se limitó a farfullar-. Quo Vadis? ¡Fabiola! Et cum spiritu tuo! ¡Las orgías! ¡Oh!
Había cosechado de su contacto con la luna del escaparate un chichón de los mejor puestos y se frotaba la cabeza. Lo que no le impedía precipitar la marcha, pues determinada presencia que participaba de su persona, pero que le precedía a mucha distancia, le incitaba a llegar a la meta lo antes posible.
Cuando creyó que ya se acercaba al objetivo, optó por caminar junto a las fachadas de las casas para guiarse por el tacto. Por el redondo disco de contrachapado sujeto con pernos, que mantenía en su sitio una de las rajadas cristaleras, pudo reconocer el establecimiento del anticuario. Dos numeros más allá, la repostería.
De repente topó con todo el cuerpo con otro que, inmóvil, le daba la espalda. Sin que pudiera evitarlo, se le escapó un grito.
–¡No empuje! – le respondió una voz profunda-. Y apresúrese a separar esa cosa de mis posaderas, si no quiere que le parta ahora mismo la cara.
–Esto… yo… ¿No pensará que…? – dijo Orvert.
Y giró a la izquierda para salvar el obstáculo.
Segundo choque.
–¿Qué le pasa a éste? – se interesó una segunda voz de hombre.
–¡A la cola, como todo el mundo!
Siguió el estallido de carcajadas.
–¿Cómo? – acertó a decir Orvert.
–Está claro -explicó una tercera voz-. Seguro que viene en busca de Nelly.
–Así es -balbuceó Orvert.
–Está bien, pues póngase en la cola -prosiguió el hombre-. Somos unos sesenta ya.
Orvert no respondió. Sentía el corazón desgarrado.
Volvió a ponerse en camino sin esperar a averiguar si ella llevaba o no su delantalillo estampado.
Tomó por la primera a la izquierda. Una mujer venía, precisamente, en sentido contrario.
Tras el choque quedaron, cada uno por su lado, sentados en el suelo.
–Perdón -dijo Orvert.
–La culpa es mía -respondió la mujer-. Usted circulaba por su derecha.
–¿Puedo ayudarla a levantarse? – se ofreció Orvert-. Está usted sola ¿no es así?
–¿Y usted? – preguntó ella a su vez-. ¿No estarán a punto de echárseme encima cinco o seis de una vez?
–¿Seguro que es usted una mujer? – continuó Orvert.
–Compruébelo usted mismo -le contestó ella.
Se habían aproximado el uno al otro, y el hombre pudo sentir contra su mejilla el contacto de unos cabellos largos y sedosos. Ahora estaban de rodillas y de frente.
–¿Dónde encontrar un lugar tranquilo? – preguntó Orvert.
–En el centro de la calzada -dijo la mujer.
Lugar hacia el que se dirigieron, tomando como referencia el bordillo de la acera.
–La deseo -dijo Orvert.
–Y yo a usted -dijo la mujer-. Mi nombre es…
Orvert la cortó.
–Me da lo mismo -dijo-. No quiero saber nada más que lo que mis manos y mi cuerpo me revelen.
–Proceda -le animó la mujer.
–Naturalmente -constató Latuile- va usted sin ropa alguna.
–Igual que usted -respondió ella.
Dicho lo cual, se estrecharon el uno contra el otro.
–No tenemos ninguna prisa -prosiguió la mujer-. Comience por los pies y vaya subiendo.
A Orvert le extrañó la proposición. Se lo dijo.
–De tal manera, podrá ser consciente de todo -explicó la mujer-. No tenemos a nuestra disposición, como usted mismo acaba de constatar, más que el instrumento de investigación que significa nuestra piel. No olvide que su mirada no puede atemorizarme. Su autonomía erótica se ha ido al traste. Seamos francos y directos.
–Habla usted muy bien -dijo Orvert.
–Leo siempre Les Temps Modernes -informó la mujer-. Venga, comience de una vez con mi iniciacion sexual.
Cosa que Latuile no se privó de hacer reiteradas veces y de diversas maneras. Ella mostraba indudables condiciones, y el terreno de lo posible es muy amplio cuando no hay temor a que la luz se encienda. Y además, eso ya no se usa, después de todo. Las enseñanzas que le impartió Orvert a propósito de dos o tres truquitos nada desdeñables, y la práctica de un empalme simétrico varias veces repetido, acabaron infundiendo confianza en sus relaciones.
Y allí llevaron, de tal modo, la vida sencilla y regalada que hace a los humanos semejantes al dios Pan.
Como la amenaza era de consideración, se celebró gran consejo. Muy pronto se encontró una alternativa, pues el genio del hombre nunca deja de sorprender con sus mil facetas. Y cuando la niebla se disipó, según indicaron los aparatos detectores especiales, la vida siguió felizmente su curso pues todos se habían hecho saltar los ojos.
(1949)
–Stay here, I will call Doddy right now. – Y él respondió:
-Good Roby, I stay.
Doddy no estaba en el despacho. Dejé recado de que me llamase. Había setecientos cincuenta pavos para ganar si se tocaba en las afueras desde las ocho hasta medianoche. Volví a hablar con Martin, que me dijo:
–Your brother can't play?
Yo contesté:
-Too far. I must go back home now, and eat something before. I go to your hotel.
Él repuso:
-So! Good, Roby, don't bother, I'll go and look for a drummer. Just remember you must be at any hotel at seven thirty.
Como Miqueut no estaba, me largué a las seis menos cuarto. Apenas media hora de sisa. Volví a casa a buscar mi trompeta. Me afeité, pues cuando se toca para la Cruz Roja nunca se sabe. Si es para oficiales, es incómodo aparecer hecho un cerdo, por lo menos de cara. Con la ropa nada importa, en eso ni siquiera se fijan. Me desollé los morros, pues no puedo afeitarme dos días seguidos, duele demasiado. En fin, por lo menos era mejor que nada. No tuve tiempo de cenar del todo. Me tragué un plato de sopa, dije buenas noches y salí. Hacía bochorno. Era otra vez el camino hacia la oficina, pues también trabajo en la Rue Notoire-du-Vidame. Martin me había dicho:
–Nos pagarán cuando acabemos de tocar.
Mucho mejor así. Habitualmente, los de la Cruz Roja hacen esperar semanas enteras antes de pagar, y luego hay que acercarse hasta Caumartin, cosa nada fácil con Miqueut. No me seducía demasiado la idea de volver a tocar con Martin. Es demasiado bueno al piano, un verdadero profesional, y refunfuña cuando no se toca bien. Pero si no quisiera saber nada de mí, no me hubiera telefoneado. Seguramente vendría también Heinz Neuman. Martin Romberg, Heinz Neuman, ambos holandeses. Heinz, al menos, hablaba un poco de francés: «Me gustaría regresar a verte. ¿Así es como se dice?». Me preguntaba eso la última vez que nos vimos, en el Normandie Bar. Allí es donde tenía al mariquita aquel, Freddy, durante la guerra. Acostumbraba a encerrarse para telefonear en la cabina camuflada como aparador normando. Se le oía decir: «Sí, sí, sí, sí, sí…» con un tono sobreagudo, a la manera alemana, y con una risa artificial y muy suelta. Qué horroroso el Normandie con sus falsas y ostentosas vigas de alcornoque artificial. Allí birlé, en cualquier caso, el número del 28 de agosto del New Yorker y el de septiembre del Photography, ése en el cual se ve la carota del ciudadano Weegee que se divierte tomando fotos de Nueva York bajo todos los ángulos, sobre todo desde arriba. Durante las oleadas de calor, los habitantes de los barrios populosos duermen en los descansillos de las escaleras de incendios, a veces son hasta cinco o seis ninos, y muchachas de dieciséis o diecisiete años casi en cueros. Tal vez en su libro pueda verse con más detalle. Se titula Naked City, pero no creo que se pueda encontrar en Francia. Acababa de pasar por la Rue de Trévise. Perra suerte la mía, carajo, el mismo camino de todos los días. A continuación pasé por delante de mi oficina. Está casi al principio de la Rue Notoire-du-Vidame, en cuyo extremo opuesto se encuentra el hotel de Martin. No le vi, no había nadie allí, ni la camioneta tampoco. Miré a través de la puerta del hotel… A la izquierda estaban, junto a una mesa de junquillo, un hombre y una mujer que consultaban alguna cosa. Al fondo, al otro lado de una puerta abierta, se veía al gerente o al patrón sentado a la mesa y cenando con su familia. No entré. Martin debía haberme esperado allí. Coloqué la caja de la trompeta de pie sobre la acera, y me senté allí mismo aguardando la llegada de la camioneta, de Heinz y de Martin. El teléfono sonó en la recepción del hotel. Me levanté. Se trataba seguramente de Martin. El patrón, en efecto, salió:
–¿El señor Roby será usted por casualidad…?
–Yo soy, sí.
Cogí el auricular. Aquel teléfono no funcionaba como el de mi oficina, parecía mucho más chillón, y me vi forzado a pedir que repitiese. Estaba cerca de casa de Doddy. Doddy no estaba. Tendría que pasar a buscarle por la casa de Marcel, en el número 73, seventy-three, de la Rue Lamark. Estaba bien, había ido a cenar allí y, demasiado haragán para regresar al hotel, seguramente pensó que el cacharro bien podía pasar a recogerle. Previo acuerdo con él, intenté telefonear a Temsey para disponer al menos de un guitarrista. Imposible localizarle. No importa, nos arreglaríamos con trompeta, clarinete y piano. Hubiera resultado más rumboso… De repente todas las luces de la calle se apagaron. Debía tratarse de una avería. Me senté sobre la caja de la trompeta, apoyando la espalda contra la pared situada a la derecha de la entrada del hotel y esperé. Una niñita salió corriendo del establecimiento. Al verme, hizo una finta con el cuerpo y se alejó. Volvió poco después y se mantuvo observándome a prudente distancia. La calle estaba muy oscura. Una obesa mujer provista de un capacho pasó por delante de mí. Ya la había visto al llegar, vestida de negro, con aspecto de madre de familia campesina. Pero no, buscaba cliente, cosa que me parecio curiosa tratándose, como se trataba, de un lugar poco frecuentado. Unos faros brillaron de improviso en el extremo de la calle. Amarillos. No se trataba de nuestra camioneta, pues los de los americanos son blancos. Un «11» negro, para variar. Después un camión, pero francés, veinte por hora a lo sumo. Y, finalmente, el bueno. Se subió a medias sobre la acera y apagó los faros, simplemente para que el chófer meara contra la pared. Gestos de alivio. Comenzamos a charlar. ¿Cuándo llegan los otros? No falta más que uno, Heinz. Las ocho menos cinco ya. El individuo era un antiguo maquinista de la T.C.R.P. vestido de americano. No sabia qué decirle. Parecía bastante simpático. Finalmente le pregunté si la camioneta estaba limpia por dentro. La última vez, en el del show-boat, me senté sobre una mancha de aceite y me puse perdido el impermeable. No, aquél estaba limpio. Me acomodé en la parte de atrás con las piernas colgando fuera. Seguíamos esperando a Heinz. El tipo no podía esperar demasiado. A las nueve y cuarto le aguardaba su coronel americano, y antes debía pasar por el garaje a buscar otro coche. Al oír esto, le dije:
–Seguro que no le gusta pasear en este cacharro. Su automóvil debe ser mucho mejor…
–No demasiado. No se trata de un coche americano, sino de un Opel…
Oí pasos. Todavía no era Heinz. Las luces de la calle se volvieron a encender todas a la vez, y el conductor me dijo:
–No puedo esperar más. Voy a hacer una llamada por teléfono. Le pediré al encargado del garaje que prepare un jeep para que venga a buscarles. Yo me voy a buscar al coronel. ¿Habla usted inglés por casualidad?
–Sí.
–En ese caso, usted se lo explicará.
–De acuerdo.
Heinz llegó por fin y se puso a despotricar al saber que había que recoger a Martin. Siempre que tenía ocasión echaba pestes contra él, pero en cuanto estaban juntos pasaban el tiempo regodeándose en holandés y poniendo a parir a los que tocaban con ellos. Lo sé porque, a pesar de todo, siempre comprendo algo de lo que dicen, pues su idioma se parece al alemán. Los holandeses son todos unos cerdos, medio prusianos, todavía más lameculos que éstos cuando tienen algo que pedir, y tacaños como no puede uno hacerse idea. Además, no me gusta su manera de humillarse ante el cliente para conseguir cigarrillos. Los demás tenemos por lo menos un poco de estilo, pero ellos venga a hacer descaradamente la pelota. ¡Bah!, si por mí fuera… Sí, que conste que, a pesar de todo, soy ingeniero, y que aunque se trata del más tonto de todos los oficios, para decirlo en pocas palabras, no deja de reportar consideración y perspectivas. ¡Bah!, ni siquiera se dan cuenta de que me bastaría con apretar un botón y ¡plaf! ¡Adiós, Martin, adiós, Heinz, hasta la vista! Y qué tiene que ver que sean músicos, los profesionales son todos unos cerdos… El conductor regresó y subimos al vehículo. Heinz creía poder contar con un baterista para las nueve. ¿Pero dónde estábamos yendo? El chófer debía llevarnos al número 7 de la Place Vendôme, eso era todo lo que sabía. Pero como no le daba tiempo, en aquel momento íbamos en dirección a la Rue de Berri. En la Rue de Rivoli echó cuantas pestes quiso porque estuviera prohibido pasar de las veinte millas con los vehículos militares. Para evitarse una direccion prohibida, dio una vuelta en ángulo recto. ¡Malditas vueltas! ¿Por delante de dónde acabábamos de pasar? Sí, por delante del Park Club, ambiente diplomático. Todavía no he tocado en él, pero sí, en una ocasión, en el Colombia. Aquel día, precisamente, estaba lleno de chicas guapas. Era una pena verlas acompañadas por americanos. Pero, en definitiva, es lo que merecen. Cuanto mejor están, más tontas son. ¿Y a mí qué más me da? Lo que quiero no es acostarme con ellas, estoy muy fatigado, sino sólo mirarlas. No hay nada que me guste tanto como mirar a una chica bonita. Bueno…, tal vez meter la nariz entre su pelo cuando lo lleva bien perfumado. Sí, eso tampoco está mal. Frenazo brusco. Estábamos en el garaje. Un muchachote vestido de americano. ¿Americano, francés? Tal vez judío antes que nada. Llevaba el escudo de las barras y estrellas en el hombro. Se trataba del garaje del periódico. Heinz pidió permiso para telefonear al baterista. Yo le expliqué el asunto al mozo, pero vi que le importaba un comino. No tenía ganas de molestarse. Por fin Heinz regresó. Nada de baterista.
–Bueno, ¿se nos facilita un jeep o qué?
Sí, pero no hay chófer. Les dejé que se las arreglaran por sí solos, carajo. Me revienta hablar con ellos. Además, contagian un acento tan vomitivo que después, los ingleses de verdad te miran con mala cara. Y además, ¡mierda!, me producen retortijones de estómago. Finalmente parecían haberlo solucionado. Habían dado, después de todo, con el conductor.
–Vamos a coger el Opel y a buscar a Martin, después nos dejará en la Place Vendôme.
El Opel era gris, de no demasiado mal aspecto. Lo condujo hasta la entrada. Heinz y yo nos metimos en él. Desde luego era mucho mejor que una camioneta. Heinz sonreía de satisfacción. Pero, en realidad, era un coche de saldo. Temblequeaba, tenía un ralentí infecto. Me acordé del Delage: si se ponía un vaso de agua sobre el guardabarros, ni siquiera se producía una ondulación en la superficie del líquido. Claro que era un seis cilindros, el motor que mejor se deja equilibrar. El chófer no acababa de ocupar su asiento. Le estaban haciendo esperar para darle su hoja de salida. Llevábamos ya veinte minutos de retraso sobre la hora acordada. A mí me importaba un pito. Después de todo, el jefe era Martin. Que se las entendiese con ellos. Un jeep con remolque entró en el garaje. Sus ocupantes tenían aspecto de individuos de 1900 con sus pieles de cabra en las butacas, sus grandes polainas enroscadas y las rodillas a la altura de los ojos. Les impedíamos el paso. Uno de ellos se subió al Opel, lo hizo recular dos metros y, cuando el otro vehículo hubo pasado, lo volvió a dejar exactamente en el lugar donde se encontraba antes. Qué necio. Yo no dejaba de refunfuñar. El chófer consiguió a la postre su papel, y por fin salimos. Asquerosa cafetera, en los virajes daban ganas de vomitar. Todo estaba flojo: la suspensión, la dirección… Como es fácil comprender, yo lo sabía de sobra. Con un cierto ritmo de vibración, los coches producen mareos. Los alemanes, con toda seguridad, deben saberlo también, pero ellos tal vez no se mareen con el mismo ritmo. Delante de Saint-Lazare estuvimos a punto de dárnosla con un Matford que atravesaba a su antojo sin mirar a ninguna parte. Subimos por la Rue d'Amsterdam y los bulevares periféricos hasta la Rue Lamark. La casa número 73 quedaba a la derecha. Lo avisé. Y delante de la de Marcel, bajé del vehículo. Sentado junto a una mesita, Martin miraba hacia la puerta. Me vio. ¿Así que en efecto era eso, marrano? Como le dio demasiada pereza regresar a la Rue Notoire-du-Vidame, se había quedado a cenar allí. Llegó hasta el coche. El saludo a través del vidrio de la portezuela le quedó muy a lo gángster. Acto seguido se puso a cotorrear en holandés con Heinz. Ya estaba. Volvían a empezar y Heinz se mostraba incapaz de decirle ni media. Era previsible. Un aparatoso y desmadejado viraje más.
–¡Es como un columpio! – dijo el conductor.
La Place Vendôme no estaba muy iluminada. En su número 7, las oficinas del Air Transport Command.
–¡Hasta la vista! – me dijo el chófer. Nos estrechamos la mano. – Me voy a buscar al coronel.
–Parece que no hay nadie -dije yo-. No debe ser aquí.
Y él me contestó:
–Si no lo encuentran, telefoneen a Elysée 07-75, es el garaje. Allí me dijeron que les trajera aquí. Pero, evidentemente, son las nueve menos cuarto, lo que significa tres cuartos de hora de retraso.
Dicho lo cual, se largó.
–Go and ask, Roby -me dijo Martin.
–¿Y por qué no tú? Yo no soy el jefe.
Finalmente entramos. No era allí. Los tipos aquellos no tenían ni idea. El ambiente era siniestro, bastante parecido al de una oficina de Correos. Acto seguido estábamos de nuevo en la calle.
–Where's this driver? -preguntó Martin.
Una chica embutida en una cosa de cordero blanco y un americano nos vieron de repente.
-That's the band!
–Yes -dijo Martin-, we've been waiting for half an hour.
Mucho tupé le echó al asunto, pero en cualquier caso, yo puse cara de pendejo. La chica morena no estaba nada mal, como tendremos ocasión de comprobar posteriormente. Les seguimos. Por fin un coche de verdad. Un Packard de 1939, negro y con chófer. El chófer quiso engañarnos:
–¡No pueden subir todos! ¡Se me reventarán los neumáticos!
–¡Qué dices! ¡Tú no sabes lo que aguanta un Packard!
Tres detrás: las dos chicas y un yanqui. En los traspontines, Martin, Heinz y yo. Delante, el chófer y dos yanquis más. Rue de la Paix, Champs-Elisées, Rue Balzac. Primera parada. Hotel Celtique. Los dos de delante se bajaron. Espera. Enfrente estaba aparcado un Chrysler azul cielo de la U.S. Navy. Ya los había visto pasar numerosas veces por París. Me preguntaba si se trataría del modelo fluid drive con cambio de velocidades por inyección de aceite. En el interior del automóvil, Heinz y Martin chapurreaban en holandés; el chófer en francés. ¡Oh! ¡Qué repugnantes resultaban! Uno de los americanos volvió a montar en la parte anterior. Estirándose entre Heinz y yo, le alargó algo al que iba en la parte de atrás.
–There's a gift from Captain.
No sé de qué se trataría.
–Thank you, Terry -contestó el del fondo.
Y comenzó a desenvolver. La cosa tenía las dimensiones de un librillo de papel de fumar. Se la volvió a entregar al que iba delante. A continuación nos pusimos en marcha. Al Chrysler se habían subido un oficial de marina y dos mujeres. Nos seguían. De repente giramos a la derecha. Al menos, aquello se comportaba como un coche. Tal vez el chófer quisiera hacerse pasar por Bernard o por O'Hara, que tanto monta. Pero con ocho a bordo era demasiado. Hasta llegar al Bois de Boulogne no me dediqué a escuchar lo que decían los de la parte de atrás. Estábamos ya entre Garches y Saint-Cloud. En el centro iba una mujer rubia bien puesta de pechuga, la morena a su izquierda y un americano a su derecha. Hollywood.
–Santa Monica is nice -le oí decir a la del centro con acento displicente.
Desde luego que sí. Sobre todo a tu lado, papanatas. Aparte de lo mal hecha que estás, tienes cara de pocos amigos, desde luego. La otra, la morena, estaba mejor. Seguramente ni siquiera era americana. Éstas tienen todas las ancas hundidas. Si exceptuamos, claro está, aquellas dos a las que vi una tarde en el show-boat. Ambas con pantalones de talla ajustada, ajustada, y con unos culos bien redondeados debajo. Habría podido jurarse que se los habían fabricado hinchándolas poco a poco y ajustándoles paulatinamente la ropa para destacar el busto y las nalgas. De verdad, resultaban formidables.
-What's the name of that friend of yours, Chris…? -preguntó el americano a la morena.
–Christiane -respondió la otra.
-Nice name, and she's nice too.
–Yes -prosiguió la otra-, but she's got a strange voice [¡vaya con la amiguita!] and when she's on the stage, she makes such an awful noise… yes… but she's nice. May be we'll go to New York in february -añadió.
-And where do you come from New York -dijo el tipo-, it would be wonderful to see you again, and this other friend of yours, Florence?
–Yes -dijo ella-, she's got a nice face, but the rest is bad.
¡Con cuánta gentileza hablaba la tía de sus amistades!
-And who will come too? All the chorus girls?
A continuación de lo cual creí comprender que formaba parte de la Comisión de Fiestas y Festejos, pero quizá me equivoqué. Resultaba molestísimo escuchar con Heinz y Martin a mi lado, que no dejaban de hablar holandés.
-I think you're the best -dijo el individuo.
–A usted no le gustan los rufianes ni los gerentes de establecimiento. A mí tampoco me gustan. Formemos una asociación secreta y una noche, por ejemplo, nos metemos en un Citröen negro y acabamos con todos los de Toulouse.
–No sería suficiente -me contestaría Van der Meersch-, habría que cargárselos a todos.
–En ese caso, tengo otra idea -replicaría yo-. Convoquemos una gran convención sindical y después los suprimimos. Basta con organizarse bien.
–¿Y si nos zurran la badana? – alegaría Van der Meersch.
–No tendría importancia. Lo habríamos pasado bien, pero al día siguiente encontraríamos a otros en su lugar.
–Y entonces -accedería él-, podríamos ensayar otros trucos.
–De acuerdo. Hasta la vista, Maxence.
El automóvil acababa de parar. Golf Club. Allí era. A tierra. Entramos. Embaldosado, vigas a la vista, no era el primer lugar así que veía. Nos cambiamos en una habitación muy pequeña. Evidentemente, habían vuelto a requisar un sitio que no estaba del todo mal. Pasillo a la izquierda, gran salón con piano, es aquí.
–Si les saben a poco, no tienen más que pedir más.
Volveremos a tocar después de haber comido un sándwich. La linda morenita se deja llevar contoneando sus duras nalgas, mientras pela la pava con el americano. Bailan completamente plegados sobre las corvas y bajando mucho la cabeza, como formando una exagerada figura del galope al estilo 1900. Ya vi hacer lo mismo el otro día. Debe tratarse, seguramente, de la manía de moda. La cosa debe provenir de Auteuil y de los pijos de por allá. Justo a mis espaldas hay dos cabezas de ciervo rotuladas «Dittishausen, 1916» y «Unadingen, 21 de junio de 1928». El asunto, encuentro, no tiene verdaderamente más que un interés muy reducido. Están montadas sobre dos redondeles de madera barnizada que parecen haber sido cortados del mismo madero y un poco al sesgo. En efecto, tienen una forma aproximadamente oval, o elíptica, para decirlo con mas exactitud. Entra un Mayor, no, un estrella de plata, es decir, un coronel, llevando del brazo a una linda mujercita. Aunque esto tal vez sea demasiado decir. La mujercita en cuestión tiene la piel tersa y sonrosada, los rasgos rechonchos, como si la acabasen de esculpir en hielo y estuviera empezando a fundirse. Sí, ese tipo de rasgos redondeados, carentes de relieves y de hoyuelos. Su aspecto tiene algo de repugnante. Bajo él debe ocultarse, por fuerza, alguna cosa. De algún modo hace pensar en un esfínter anal después de una lavativa, reluciente y desodorado. El fulano, por su parte, tiene un aspecto por completo anodino: narigón y con los cabellos canos. La estrecha amorosamente, y ella se restriega contra él. Resultáis vomitivos los dos, amigos míos. Id a echar un polvo a un rincón y regresad después, si es que os apetece. Qué estúpidos restregarse como esos gatos que cagan en cajas de ceniza. Me producís nauseas. Seguramente ella está bien limpita y hasta un poco húmeda entre los muslos. Ahí va otra de un rubio tirando a pelirrojo. En 1910 se veían ya fotos parecidas. Sí, con una cinta roja alrededor de la cabeza: American Beauty. Y la cosa no ha cambiado desde entonces. Siempre muchachas demasiado aseaditas. Ésa, además, está mal hecha. Tiene las rodillas separadas, y es del estilo de Alicia en el País de las Maravillas. Deben ser todas, sin duda alguna, americanas o inglesas. La morenita sigue bailando. Dejamos de tocar durante un instante. Entonces, se acerca al piano y le pide a Martin que interpretemos Laura. A él no le suena. En ese caso, Sentimental Journey. De acuerdo. Ataco la sexta solicitada. Todos se ponen a bailar. ¡Menuda pandilla de fatuos! ¿Bailan para darse postín, para agradar a las chicas, o simplemente por bailar? El coronel continúa dándose el filete. Cierta moza me dijo el otro día que no puede soportar ante sus narices a ningún oficial americano. Además de hablar siempre de política, no saben bailar en absoluto. Y, por otra parte, resultan demasiado cargantes (lo cual no merece la pena decirse; con lo otro ya bastaba). Hasta ahora, estoy bastante de acuerdo con ella. Prefiero a los soldados. Los oficiales son todavía más hediondos que los cadetes franceses. Y a pesar de ello, presumen más que una mierda en un solar con esos bastoncillos que deben servir para dar por el culo a los caballos. Estoy sentado en una silla estilo rústico-medieval-fabricada-a-mano. Resulta soberanamente dura para las nalgas. Pero si me levanto, tendría que ocuparme de mantener oculto el agujero del pantalón. La morena vuelve a acercarse. Otro cuchicheo con Martin. Cerdo decrépito, también a ti te gustaría meterle mano donde le pica. Y yo sé la razón. Hace mucho calor, y eso siempre rejuvenece. De costumbre, en el show-boat, se nos quedan congelados. Lo cual tampoco resulta demasiado estimulante para tocar. El tiempo parece que no transcurre esta noche. Es demasiado cansado tocar a tres. Y, además, esta música parece de tomadura de pelo. Le damos a dos melodías más y descansamos un rato. Nos zampamos la tarta. A continuación, un americano, que debe ser el Bernard o el O'Hara con quien el chófer hablaba ante la puerta del Celtique, hace su aparición.
-if you want some coffee, you can get a cup now, come on.
–Thanks! -contesta Martin, y vamos para allá.
Volvemos a atravesar el vestíbulo. Giro a la izquierda. Saloncito enmoquetado y por completo tapizado estilo Aubusson, con revestimiento de roble. En el diván están el coronel y su pegajosa hembra. Lleva ésta un traje sastre negro y medias quizá demasiado rosadas, pero finas. Es rubia y tiene los labios humedecidos. Pasamos por su lado sin mirarlos. Por lo demás, tampoco les hubiera molestado, pues no estaban haciendo nada, apenas expresar sus sentimientos. Entramos por fin en otra habitación, especie de bar y comedor, también sobrecargada de tapices de Aubusson (debe ser una manía) y con una alfombra sobre la moqueta. Pirámides de pasteles. Alrededor de dos docenas de machos y de hembras, éstas aproximadamente en la proporción de una por cada cuatro, están fumando y bebiendo café con leche. Hay cantidad de bandejas y bandejas, y nos acercamos a ellas, sin demasiada ostentación, pero con decisión inmarcesible. Esponjosos bollitos rellenos de crema de cacahuete. Me gustan. Jugosos marroncillos con sabor a néctar. Estos también. Y, para terminar, más tarta de manzana con una capa de dos centímetros de nata batida sobre la manzana y una pasta que es una maravilla. Bueno, por lo menos la velada no resultará del todo perdida. Trago y trago hasta que no puedo más, y todavía continúo un poco después, para asegurarme de que mañana no sentiré remordimientos. Vacío mi taza de café con leche, medio litro más o menos, y a continuacion, me zampo algunos pastelillos más. Martin y Heinz cogen cada uno un puñado. Yo no. No me parece indicado llevarme nada ante las narices de todos estos cretinos. Pero, ya se sabe, los holandeses son como los perros. Les falta pudor y carecen de sensibilidad hasta que reciben el primer puntapié en el trasero. Damos una vuelta. Yo permanezco con la espalda contra la pared a causa del agujero de los pantalones. Regresamos finalmente al gran salón. Me desabrocho dos botones porque resulta duro volver a soplar casi inmediatamente después de haber zampado. La cosa vuelve a empezar. La morena está otra vez aquí. Quiere que toquemos I dream of you. ¡Ah! ¡La conozco! Pero Martin, no. No importa. Ella le propone Dream, mas como ya la hemos interpretado, él decide atacar Here I've said it again. Esta última me gusta bastante debido sobre todo a su middle-part; cuando se trata de hacer una caprichosa modulación del fa al si bemol sin dar sensación de que se está haciendo. Tocamos. Paramos un poco. Volvemos a tocar. Estamos medio dormidos. Han aparecido dos chicas nuevas. Seguramente son francesas. Tienen una pinta deplorable con sus greñas hirsutas y su aspecto mezcla de mecanógrafa marisabidilla y criada. Como no podía ser menos, casi al instante se acercan a pedirnos música de baile de pueblo. Para hacerlas rabiar, interpretamos Petit Vin Blanc a ritmo de swing. Qué majaderas, ni siquiera reconocen la melodía. Sí, casi al final sí, y nos ponen una cara bastante desagradable. Los americanos se cachondean, les gusta todo lo que es chabacano. Me parece que nos estamos pasando. Es más de medianoche y llevamos interpretadas montones de viejas pamplinas. Me atizo una coca-cola que me han servido en un vaso muy grande. A Martin acaban de pagarle en este momento. Un sobre bastante abultado. Se ha quedado mirándolo y ha dicho:
-Nice people, Roby, they have paid for four musicians, though we were only three.
Eso ha dicho el muy cretino. Por lo menos debe haber tres mil francos dentro del sobre. Martin se va a mear y, al volver, tiende la mano para conseguir un paquete de Chesterfield reseco.
-Thank you, sir, thanks a lot!
¡Despreciable lacayo! Un corpulento pelirrojo se acerca para preguntarme algo sobre una batería. Según parece, le interesa una para mañana. Le facilito un par de direcciones. Poco después se acerca otro que se explica algo mejor. Lo que quería el anterior es alquilar una batería. Lo siento, nada que hacer. No conozco a nadie que se dedique a eso. En agradecimiento, me ofrece también un cigarrillo. Continuamos tocando, con lo que acaba por darnos la una. Intentamos acabar con Good Night, Sweet-heart. Se acabó, nos vamos. Otra, otra, por favor. Volvemos a interpretar Sentimental Journey. Verdaderamente les afecta que sea la última. Son tan tiernos… Bueno, habrá que pensar en irse. Venga, vamos a cambiarnos de ropa. Cuando acabamos hace frío en el pasillo y en la entrada de la mansión. Me echo el impermeable sobre los hombros. Martin está con Heinz. Me hace señas para que me acerque. Voy. Me suelta setecientos pavos. Ya entiendo, ya. El resto lo guardas para ti. Eres un cerdo asqueroso al que de buena gana aplastaría el hocico. Mas eso es precisamente lo que quisieras, que me diera por aludido. Soy menos cretino que tú y, además, tienes ya cincuenta años. El día menos pensado reventarás. A Heinz no le ha pagado delante de mí. Verdaderamente sois dos granujas de cuidado. En cuanto a los cigarrillos, me complazco en regalarle mi parte solamente por el placer de oírle decir: «We thank you very much, Roby». Esperamos un coche. La entrada está enlosada. Hay dos baldes rojos llenos de agua, un extintor y cartelones por todas partes: Beware of fire; Don't put your ashes, etcétera. Me gustaría saber a qulén pertenece la residencia. Contemplándola, me extasío con Heinz, a quien también le gusta. Volvemos al recibidor. Martin tiene ganas de mear. Ha birlado en algún sitio un ejemplar del Yank y me lo deja para que se lo guarde. Estamos cerca del teléfono. Cuando Martin regresa, me dice:
-Can you call my hotel, Roby, I wonder if my wife's arrived.
Su mujer debía llegar hoy. Telefoneo a su hotel, de parte del señor Romberg, para saber si la llave de su habitación está en el cajetín. Sí, sí está. Luego tu esposa no. Tranquilo, también esta noche podrás meneártela con la foto de una pin-up girl. Volvemos al recibidor y nos dirigimos después hacia el Packard. El conductor no quiere llevarnos a los tres, le maldecimos.
–Vete, vete sin nosotros. Ya nos las arreglaremos.
Otra vez al recibidor. Me siento. Para variar, Heinz se pone a refunfuñar en jerigonza. Martin parlamenta con Doublemètre, un americano muy gentil que nos encuentra un coche, pero Martin se va a cagar, y nos pide que le esperemos. Vuelta al recibidor. De todos modos, Heinz le ha dado veinte pavos de propina a uno de los mayordomos, que resulta bastante simpático.
–¿A quién pertenece la casa?
–A un inglés que es funcionario público en Africa del Sur y que tiene otra mansión muy cerca de Londres.
Me entero también de que, durante la ocupación, los alemanes no tocaron nada. Se limitaron a vivir en ella con todas las de la ley. El inglés ha perdido a su mujer hace tres años, y acaba de volver a casarse. El doméstico no conoce todavía a su nueva patrona. Triste resulta, en verdad, perder a un conocido. Él mismo, por ejemplo, tenía un buen compañero, un íntimo amigo desde hacía más de seis años, y lo perdió un buen día. ¿Qué se le va a hacer? Nada, pero la cosa deja un vacio difícil de llenar. Doy los oportunos pésames y nos estrechamos la mano. Hasta la vista. Gracias. Heinz y Martin están de regreso por fin. Salimos. El coche está en una alameda. Se trata de un Chrysler. No, es el otro, mejor aún, un Lincoln. Echo una meada contra un árbol. Finalmente llegan las dos mecanógrafas fregonas acompañadas por un americano. Este conduce. Nosotros tres detrás; él delante con las dos chicas. Ellas dan chillidos porque dicen ir demasiado apretadas. Por mí que las parta un rayo. Yo voy bastante bien. Conectan la radio del coche. Se pone en marcha. Arranca con fuerza. Según parece, seguimos a otro. La música del receptor ayuda a pasar el rato. Se trata de un jazz blanco que suena un poco frío, pero que no deja de ser divertido. El coche sigue marchando a pedir de boca. Le digo a Heinz:
–No me importaría nada estar paseándome de esta manera durante toda la noche.
Él prefiere irse a dormir. París, Concorde, Rue Royale, Boulevards, Vivienne, Bolsa, stop… Martin se apea. A continuación me llevan a mí. Heinz está furioso por la vuelta que hemos dado. Estamos a la altura de la Gare du Nord, y ahora tiene que regresar hasta Neuilly. Que se las entienda con la compañía. Adiós, niños míos. Estrecho la mano al conductor:
-Thanks a lot. Good night.
Estoy en casa. La cama, por fin. Y justo antes de dormirme, siento cómo me convierto en pato.
(1946)
DESPERTAR
1
A continuación, el aprendiz retiró la metálica reja de tres cuerpos que cerraba la parte inferior del frente del establecimiento, y la depositó en el lugar acostumbrado. Hecho lo cual, barrió el aserrín esparcido la víspera, y se echó a descansar dándole vueltas a los pulgares.
Los pasos del patrón en el pasillo le recordaron algo. Abalanzándose sobre un hermoso y flamante cuchillo adquirido la víspera, comenzó a pasarlo frenéticamente sobre la chaira.
Entretanto, y aclarándose la garganta con un ruido nauseabundo como acostumbraba a hacer cada mañana, el patrón apareció. Se trataba de un tiazo moreno, un poco siniestro, y de aspecto semejante al de un turco. Sin embargo era de Nogent.
–Y bien -dijo-. ¿Ese cuchillo?
–Estoy empezando -respondió el mozo un poco azorado. Sus cortos y rubios cabellos, y su roma nariz le hacían parecido a un cochinillo.
–Deja ver.
El mozo alargó la hoja al patrón. Este la cogió y se pasó el corte sobre una uña para probar el filo.
–¡M…! – blasfemó-. ¿Dónde has aprendido a afilar? Con un cacharro como éste no serias capaz de cortarle el cuello a un norcoreano.
Decía aquello para vejar a su aprendiz, del que de sobra le resultaban conocidas las inclinaciones revolucionarias.
–¡Oh! – protestó el mozo-. ¡A que sí!
Había hablado demasiado. Siniestro, el patrón le miraba fijamente.
–¡A que no! – dijo.
El mozo se sintió un tanto confuso. Tímidamente, intentó salir del paso.
–¿Macho o hembra…? – sugirió.
–¡Da lo mismo! – contestó el patrón con risa maliciosa.
Se aclaró la garganta por última vez. Como no podía soportarlo, el joven ayudante se puso a vomitar en el aserrín.
Mr. Mackinley tenía en realidad un apellido completamente distinto, y su negocio de exportación disimulaba la personalidad de uno de los elementos más activos del A.S.S., el Servicio Secreto norteamericano. Los endurecidos rasgos de su enérgico rostro daban a entender que, en caso de necesidad, Mr. Mackinley podía comportarse de manera implacable.
Dejó caer la mano sobre el botón de un timbre eléctrico. Apareció una secretaria.
–Haga pasar a la señora Eskubova -dijo en un inglés por completo desprovisto de acento.
–Yes, sir -contestó la secretaria, y Mr. Mackinley frunció el ceño ante el tufillo de Brooklyn que le evocó aquella voz grisácea. Pero como tenía sobre sí mismo más imperio que Hiro-Hito, se dominó.
Una mujer entraba poco después en el despacho. Parecía exultante y mística al mismo tiempo. Sus ojos azules, sus cabellos castaños y su cuerpo torneado y tentador, hacían de ella el agente ideal para cualquier misión delicada.
–Hello, Pelagia -dijo concisamente Mr. Mackinley.
Ella le contestó en la misma lengua, razón por la cual nos vemos forzados a traducir.
–Tengo una misión de confianza para usted -dijo Mackinley yendo derecho al grano, como suelen hacer los norteamericanos.
–¿Cuál? – contestó Pelagia pagándole en la misma moneda.
–La que sigue -susurró Mackinley, bajando el tono de voz-. De fuentes bien informadas nos hemos enterado de que un conocido político francés, el señor Jules M…, ha entrado en posesión de determinados informes que resultarían para nosotros de la mayor utilidad. Se trata del dossier Gromiline.
Pelagia palideció, pero no dijo ni pío.
–Esto… -continuó incómodo Mackinley-. Bueno, en resumidas cuentas. En mi opinión, solamente usted sería capaz de hacerse con los informes mencionados.
–¿Y cómo? – preguntó ella en un susurro.
–Querida mía… -dijo galantemente Mackinley-. Sus tan evidentes encantos…
La pitillera de plata de Pelagia le alcanzó en la ceja izquierda. Manaron algunas gotas de sangre. Mackinley seguía sonriendo, pero sus mandíbulas se contraían convulsivamente. Recogió la cajita y la devolvió a Pelagia.
–Me toma usted por una golfa -dijo ésta-. Yo no soy Marthe Richard, no lo olvide, Mackinley.
–Querida mía… -contestó él-. O dice sí o…
Y con gesto significativo se pasó el canto de la mano por la nuez.
Ella explotó.
–Me niego -dijo-. Es demasiado feo. Cuando entré a formar parte del Servicio, acordamos que mi fidelidad a Georges no habría de correr el riesgo de sufrir menoscabo.
–¡Ja, ja, ja! – se rió Mackinley-. ¿Y qué me dice de ese mocito rubio de sonrosadas mejillas…? Si, ese aprendiz de carnicero de Montpellier, según creo, con el que acostumbra a pasear en taxi.
Esta vez la mujer acusó el golpe.
–¡O sea que usted lo sabe todo, especie de monstruo! – dijo casi sin aliento.
Él hizo una ligera inclinación galante.
–Todo no. Me gustaría saber todavía más -ironizó-. Por eso me he permitido solicitar su colaboración.
–¡Acostarme con Jules M…! – murmuró Pelagia-. ¡Qué abominación!
Se estremeció, y se levantó.
–Bueno, creo que no tenemos nada más que decirnos -concluyó Mackinley-. Dentro de unos días nuestro agente F-5 la contactará en Montpellier. Se le entregará un juego completo de documentos de identidad y, naturalmente, algunos viáticos…
–¿Cuánto? – preguntó ella entre dientes.
–Ejem… -vaciló Mackinley-. Tendrá quinientos mil en metálico y, además, cinco mil dólares que cobrará si el asunto resulta un éxito. El Servicio está decidido a mostrarse bastante generoso en esta ocasión. Entienda de una vez, querida Pelagia, que el informe Gromiline tiene una importancia extremada para el presidente…
En la parte de atrás, sobre el acolchado, Pelagia acariciaba con ternura los recortados cabellos del aprendiz de carnicero.
–Gatito -le decía en ruso-. Cuando era muy pequeña, tenía un cerdito sonrosado, un encantador lechoncillo… Se llamaba Pulaski… Me recuerdas mucho a él.
Se estremecía al decirlo. Por su parte, el mozo de carnicería, un poco atontado de naturaleza, se dejaba acariciar sin decir palabra.
–¡Bah! – bufó Pelagia-. Me estoy empezando a crear un complejo retroactivo, como las zorras de las norteamericanas.
El taxi se acercaba al hotel en el que la pareja cobijaba sus amores.
–Escucha -dijo Pelagia haciendo acopio de todos sus conocimientos de francés-. Tú venir… Tú, pinchón mío, coger cuchillo… Tú cortarme el gaznate… No, no puedo acostarme con ese individuo -añadió en ruso-. Escucha, Goloubtchik -continuó en francés-, si me amas debes hacerlo.
–¿Por casualidad eres norcoreana? – preguntó el joven aprendiz de carnicero a quemarropa.
–¡Oh…! – dijo Pelagia-. De Kharbine… muy cerca…
–Entonces, vale -sentenció él-. Estamos de acuerdo. Lo haré.
Pelagia se estremeció.
–Sí, prefiero que lo hagas tú -dijo ella muy de prisa-. Mi cochinito sonrosado. Y en Palavas, donde nos conocimos.
Tras lo cual lo besó apasionadamente. Al ver la escena en el retrovisor, el chófer estuvo a punto de empotrarse en un camión.
–Lo haremos mañana -dijo el aprendiz-. Afilaré el cacharro esta tarde al regresar. Te esperaré en la playa a las nueve.
Era el 3 de septiembre.