EL PERRITO BLANCO QUE VAGABUNDEABA SOLITARIO POR LAS CALLES DE LA CIUDAD DESIERTA

Daniel Walther

—No hay duda, señor. Con toda seguridad es la Tierra. Control positivo. Vamos a grabar las llamadas y las respuestas, si procede.

—De acuerdo. Pasad a vuelo orbital al término del período.

—A sus órdenes, señor.

Bajo el vientre del Megasol, la bola azul y verde adornada con estelas de vapor; antiguamente llamada Tierra. En el ecuador, cuarenta mil kilómetros y grandes polvaredas; achatamiento muy débil en los polos; población (?) siete mil millones de individuos varones, hembras y hermafroditas.

El Megasol 9, navío superlumínico de prospección, había navegado durante más de doscientos superperíodos por el espacio interestelar en una misión de simple búsqueda, compuesta de controles rutinarios. Su tripulación, elegida al azar (?), estaba compuesta por diecinueve hombres, diecisiete mujeres, ochenta y nueve androides de ambos sexos, así como por una variada gama de computadores perfeccionados.

En aquellos momentos el Megasol pasaba por el punto de control T4. Era una zona poco frecuentada del espacio, en la Vía Láctea, donde se hallaba un planeta de despreciables dimensiones llamado Terra, que según algunos era la cuna (entiéndase: el mundo de origen) de la raza prehumana mixta.

El comandante de primera Leo Zagradinsk estaba fumando un cigarrillo de Lé, con la mirada fija en el cuadro receptor la.

No era muy amigo de escalas técnicas durante los regresos hacia Comu (en la galaxia M4), donde le esperaban sus libros-parlantes y las caricias de su mujer-amor. Su mujer-amor sabía hacer absolutamente todas las cosas eruditamente descritas en la edición corregida y aumentada de la Erotografía de Lob el Xantiano. Su generosa mujer-amor sabía realmente hacerlo todo; y Zagradinsk tenía la neta impresión de que no tardaría en sufrir una crisis de depresión nerviosa al pensar que sabiéndolo hacer todo, la tenía a tantos años luz, como agujeros negros.

Incluso en el camino habían encontrado tres tripulaciones Lems, pero, como solía ocurrir, algunos desconocidos plenipotenciarios habían firmado un fantasma de tratado, por lo que no llegaron a las manos; lo cual, tratándose de unos Lems, era una manera de hablar.

Leo pulsó un botón rosa y la estúpida voz recitó de nuevo las instrucciones: «… absolutamente imposible que dicho planeta Terra… completamente deshabitado… verosímilmente por muy rápida decadencia… guerras tribales… calculada entonces en siete mil millones de habitantes… saber si siempre… trazas de civilización inteligente del tipo A/3… orden terminante de no intervenir en los asuntos de los autóctonos…».

Mujer-amor… Hace un calor terrible y tengo ganas de quitarme toda la ropa. Qué me importa a mí su civilización, decadente o no. Tienes nalgas como frutos de zani, senos como…

«… inmediatamente después de esta… volveréis en vuelo…».

Pequeñas lágrimas abrasadoras y muy saladas empezaron a manar del borde de sus párpados: mujer-amor, tú lo haces como en los libros, y unos instantes después vienen a interrumpirte en mitad de un tremendo orgasmo para anunciarte la sorprendente noticia: No hay trazas de vida inteligente en el planeta madre. La naturaleza (según la frase usual) había reclamado sus derechos:

«Las psicosondas son concluyentes: no existe la menor emanación de pulsiones mentales/intelectuales del tipo A/3 o siguientes. En cambio, hemos descubierto la presencia de una fauna y una flora de extraordinaria riqueza…».

A Leo le importaba un comino el destino del planeta Terra. Millares de mundos perecían cada vez que los dioses locos, sembradores del universo, bostezaban de aburrimiento en la fosa oscura del cosmos. Y además, no eran maneras de arrancarle a sus pasatiempos eróticos, aunque fuesen imaginarios…

Del costado del Megasol se desprendió un objeto pequeño y brillante. Una gota de fuego proyectada hacia la noche.

—Un bonito planeta —murmuró el oficial de tercera Jon Claasen, mientras el módulo de superficie trazaba una graciosa espiral.

Sus tres compañeros desdeñaron todo comentario. Habían cerrado los ojos y pensaban en sus cosas.

—Siete mil millones de habitantes desaparecidos —continuó Claasen su monólogo—, convertidos en humo. Un simple soplo en las fauces de la eternidad…

Ya que estamos en ello, presentemos a los cuatro personajes de esta historia:

El oficial de tercera, Jon Claasen (delgado, esquizoide y sentimental).

El pañolero de segunda clase, Yen Ariz (músculo-lumbar, quizá paranoico).

El guardia Siran Chadif (estatura mediana, mirada acariciante, leve tendencia a la agorafobia).

El guardia Jason Bern (cuatro condecoraciones, corpulento, sin señas particulares).

El módulo penetró en la atmósfera de Terra y descendió ligero hacia un continente adamascado por la niebla. Yen Ariz se agitó en su asiento:

—Habría preferido que nos abstuviéramos de entrar. Estos cambios de programa a última hora, estas misiones ridículas, me ponen nervioso. Uno de estos días los Lems nos darán caza, ¡y no nos bastarán dos ojos para llorar!

—Cierra el pico —dijo Claasen—. ¡Estás pensando en voz alta!

El módulo parecía colgado de las nubes por invisibles hilos de rocío.

—¡Mierda! Nos va a costar un retraso considerable —gruñó Yen—, y cuando por fin estemos de regreso en Comu no nos dejarán tiempo ni para respirar…

Mientras tanto, sobrevolaban casi rozando las cimas de una cadena de montañas festoneadas de nieve, almenadas de manchas de cielo azul.

—Esto es terriblemente exótico —ironizó Jason Bern agitando suavemente una de sus manazas, adornada con una piedra-cantante que sin duda habría robado a un joyero de Vanessa.

Pero el oficial le lanzó una mirada venenosa y se calló.

De una plataforma rocosa salió volando un pájaro, batiendo poderosa y majestuosamente sus alas: era un cóndor, un animal sagrado mensajero de los dioses, pero los tres hombres acurrucados en el módulo no lo sabían. Sólo Claasen, instintivamente, siguió con los ojos este hermoso símbolo viviente que ya se inscribía como un acento circunflejo invertido en las lejanías del indiferente azur.

Posteriormente planearon sobre selvas devoradoras, parecidas a monstruos insaciables: oleadas ininterrumpidas de árboles, altas marejadas de hojas trenzadas, toneladas de lianas, cataratas vegetales.

(Yen cerró los ojos: bajo sus párpados desfilaban interminablemente imágenes fantasmales, en una sinfonía «decadente», perversa. Cuerpos torturados, empalados, imploraban en vano la muerte. Adoptaban posturas horribles, innobles, obscenas, se retorcían en una agonía de insectos atravesados por agujas de entomólogos dementes.)

Siran Chadif declaró con voz apagada:

—¿Por qué no han confiado esta misión a un equipo de androides? Lo habrían hecho tan bien como nosotros; quizá mejor.

Luego, en una brecha del caos esmeraldino descubrieron algo que parecía una ciudad. Su extrarradio, sus arrabales, aparecían roídos por el monstruo verde, semidevorados por miríadas de avanzadillas vegetales, recubiertos por las vanguardias de asalto de la selva.

El servo-piloto inició el descenso.

Siran sintió que una bestezuela maligna le roía el ombligo. ¡Ah!, aquella sensación desoladora: siempre igual. Mientras se veía dentro del protector capullo que era el viejo Megasol, se encontraba bien, como en casa. Allí estaban las mujeres, los leales androides, la rutina, el servicio, las crisis de cólera y de autoridad del comandante Zagradinsk… Llegaba a olvidar que pese a sus dimensiones, la astronave era tan sólo una lágrima de fuego derivando científicamente a través del espacio sin límites. Pero cada vez que se trataba de echar pie a un mundo desconocido y se abría ante él la inmensidad de los paisajes —cuando el zumbido sedoso, las blandas trepidaciones de las máquinas del navío eran reemplazadas por los cien mil ruidos y rumores extraños de la vastedad que los envolvía— tenía la impresión de ser un náufrago sobre un minúsculo islote volcánico, en medio de un océano agitado. Entonces añoraba desesperadamente una cáscara de metal donde encerrarse, donde dormir con un sueño libre de pesadillas. Ni siquiera las frecuentes inhalaciones de vizz le proporcionaban el consuelo tan ardientemente deseado. («Soy un enfermo en un universo enfermo.»)

Jason Bern, indiferente, jugaba con su anillo. Hundió el mentón en la grasa de su cuello de toro. «Aquí o allí, nada que tenga sentido…». No había tenido suerte al ser escogido por el computador, en vez de quedarse pasando el rato en compañía de Leyla Sands (una graciosa y linda gorda), que dominaba toda una serie de especialidades eróticas de su exclusiva invención. «Tanto peor, ya nos desquitaremos».

El módulo aterrizó sin el menor fallo sobre una inmensa plaza, en el centro de la ciudad. Un minuto más tarde, los cuatro hombres posaban un pie titubeante sobre el suelo del planeta madre. (Siran luchaba contra violentas náuseas; intentaba vanamente darse ánimos imaginando las delicias que le esperaban a su regreso al seno materno de la astronave).

Comprobaron que el sol se hallaba casi en el cénit, sobre sus cabezas, y que hacía mucho calor. El silencio que reinaba en la ciudad poseía consistencia material: uno se sentía enredado como dentro de una telaraña…

Claasen envió un mensaje de rutina al comandante Zagradinsk. Fue su asistente androide quien respondió; el comandante estaba ocupado. Claasen se encogió de hombros, pues poco le costaba imaginar a qué género de ocupaciones se entregaba su superior.

Aquella ciudad no se parecía en absoluto a las ciudades de Comu. No se encontraban las sutiles disposiciones de cintas aéreas y niveles móviles, ni los arabescos arquitectónicos entrelazados hasta alturas vertiginosas. Faltaban aquí las elegantes estructuras como prendidas con alfileres en el aire mediante los rayos-fuerza, así como las casas de cristal, los jardines flotantes, las finas rejillas filtrantes del viento, los espejos-prisma que coloreaban la luz diurna de matices cambiantes sin cesar… Pero esto no molestaba a Jon Claasen: no le gustaban demasiado las ciudades de Comu.

Era una aglomeración barroca. Sí, una ciudad construida en planta, como a ras de suelo, con altas torres de vigía aquí y allá, que asomaban a las plazas la mirada tuerta de sus vidrios rotos, con la pequeña felicidad de largas avenidas bordeadas de incongruencias geométricas, de estatuas extravagantes y delgaduchas representando tristes ejemplares de humanidad. Por el cielo, donde el sol implacable parecía hincharse como un odre de veneno, revoloteaban bandadas de pájaros vocingleros.

Los humanoides petrificados, estilizados, parecían recortados de gigantescas placas de acero; se alzaban como símbolos de humo, virutas de ausencia, ingeniándose quizás en evocar antiguos fantasmas. Sobre vastas llanuras de agua, que poco a poco se habían convertido en lujuriantes ciénagas, florecía con vehemencia la jungla ponzoñosa. En la boca abierta de los cálices putrescentes, entre las turgescencias de los falos vegetales, al ritmo milenario del gran coito silencioso, se extendía triunfalmente toda la podredumbre del mundo. El aire se abrasaba con una fetidez que lo dominaba todo.

Siran se apoyó pesadamente en la espalda de Bern, que gimió como arrancado a un sueño particularmente agradable:

—¡Déjame en paz!… ¡No puedo más, estoy enfermo!

Yen veía soles y miembros descuartizados; hormigueos de rostros torturados…

—Debemos alejarnos del sol —declaró Claasen—. ¡Es mortal!

Ante ellos se abría una avenida flanqueada por grandes edificios de una semejanza monótona. Cuchilladas de luz tallaban reflejos amarillos en las fachadas…

¡Grandes cuchilladas en las fachadas ciegas;

estallidos solares;

este calor intolerable;

esta fetidez de cloaca;

estas puertas entreabiertas al vacío!

Los demás se habían adelantado. Caminaban pesadamente, como si se hubiesen abatido bestias invisibles sobre sus espaldas. Si el calor era más soportable a la sombra de las casas silenciosas, en cambio reinaba un pegajoso tufo de invernadero. Por doquier se establecía el absolutismo de una podredumbre irreversible: la gangrena se había apoderado del vientre del mundo. ¡Oh viejo planeta madre! ¿De qué fantasmas eres tú mendigo? ¡Jodidosmildioses! ¡Jodidaviejacosa! Una mano gigantesca disecaba a pequeños navajazos el cadáver de la Tierra.

Los demás se habían adelantado un poco a Yen. Se retorcían en el claroscuro de la avenida como gusanos de insoportable fealdad /¡De insoportable fealdad!

Un pequeño animal saltó de un agujero oscuro y Yen se sobresaltó violentamente. Sin duda una de sus alucinaciones, una de sus innumerables pesadillas en vela que surgían sin cesar de las profundidades inagotables de su subconsciente…

Grandes cuchilladas en las fachadas ciegas,

estallidos solares,

este…

(echó mano a su desintegrador):

—No hagas eso —dijo el animalito en tono amable—. De qué te serviría. Además, no muerdo a extranjeros. Sería un acto estúpido: tengo tan pocas oportunidades de hablar con seres inteligentes.

Semicegado por el sudor que le fluía sobre los ojos, Ariz intentó fijar su atención en el pequeño fantasma blanco que terminaba de sentarse sobre sus ancas en medio de la avenida. Rebuscando en sus recuerdos, llegó a la conclusión de que se trataba de un perro. Uno de esos animales domésticos que los terrestres tenían en sus casas y que les proporcionaban, aparte de un afecto servil, toda clase de enfermedades infecciosas. Instintivamente dio un paso atrás:

—¿De dónde venís así, y en tan extraña procesión? —preguntó el perro.

Yen intentó recordar si aquellos animales domésticos poseían el don de la palabra.

—El antropomorfismo es cosa deplorable —dijo el pequeño animal con voz sentenciosa—; es un mal incurable… Pero no has contestado a mi pregunta. ¿De dónde venís así tú y tus tres compañeros?

Yen transpiraba abundantemente y en su boca temblorosa se cuajaba una especie de pasta indigesta: jamás ninguna de sus pesadillas había manifestado tanta vitalidad, tal «persistencia». Guardó su desintegrador y respondió a la pregunta del perrito blanco.

—¡Venimos del espacio!

—Pero, ¿de dónde? —preguntó el perrito blanco.

—De un planeta llamado Comu.

—Bien, eso me basta. De todos modos, voy a daros un buen consejo: Largaos, ¡largaos tan pronto como podáis!

Y a su vez se esfumó tan raudo que Yen apenas tuvo tiempo de verlo desaparecer.

Era negra noche en el subterráneo, pero las tinieblas estaban como iluminadas por los bostezos burlones de más de un millar de perros de piel rutilante: giraban bajo las bóvedas de piedra, abrían sus fauces, se burlaban con sus millares de mandíbulas, lanzaban millares de miradas fosforescentes. Ladraban poemas delirantes glorificando el antropomorfismo; aullaban carcajadas punzantes como cuchillos de sílex, hasta que una mano humana los mandó dando tumbos hacia las profundidades de la cripta.

—¡Ariz! ¡Ariz!

En alguna parte alguien gritaba su nombre: ¡Ariz!

—¡Yen! ¡Despierta!

Abrió los ojos para ver la faz preocupada del oficial de tercera Jon Claasen.

—Os ordené terminantemente que no os quedarais al sol. ¿Es que siempre has de andar despistado, Yen?

—¿Dónde se fue? —preguntó.

—¿A quién te refieres?

—¡Al perrito blanco, hombre!

Claasen sacudió la cabeza con aire apenado:

—No había nada, nadie… ¡Es el sol!

Ariz se incorporó, pero cuando iba a gritar algo teatral como: «Ese animal existe, lo sé; acabo de hablar con él», sorprendió la mirada burlona de Jason Bern fija en él. Tragó saliva:

—Bueno, bueno. Quizá me haya quedado demasiado rato expuesto al sol.

Poco más tarde reemprendieron la marcha. Claasen llamó al navío y transmitió un breve parte. Yen se inclinó hacia Siran.

—Vamos a ver, tú que todo lo sabes. ¿Verdad que los perros son capaces de mantener una conversación?

Siran se burló.

—¡Ya veo que no soy el único que patina aquí!

Sobre extrañas pasarelas franquearon arroyos pútridos que despedían miasmas pestilentes; se extraviaron en subterráneos de temible silencio; visitaron edificios desolados que parecían albergar impalpables ejércitos de fantasmas (se sobresaltaron sin motivo y dispararon sus armas contra las sombras); resbalaron asqueados sobre tapices de sabandijas; y entonces soñaron como si temieran ahogarse en los pantanos de piedra semilíquida de las ciudades fraternas (?) de Comu.

—Esto no hay quien lo entienda —murmuró Claasen—. Aquí todo es tan horrible…

(Aquella no era la primera ciudad muerta que hallaban en la ruta de las estrellas; eso era lo de menos. Pero nunca habían respirado un aire tan saturado de angustia. Y Yen recordó las palabras del perrito blanco: «El antropomorfismo es un mal incurable…»)

Se detuvieron en una plaza donde parpadeaban luces de una melancólica fealdad; en alguna parte, en las entrañas de la ciudad, implacables centrales de energía continuaban alimentando sueños inútiles, ilusiones malsanas e irrisorias: barstriptease barstript e ase… cInErAmA…

Bern se echó a reír:

—¡Tendríamos que ir a ver esto!

Y antes de que los demás salieran de su sorpresa, el corpulento Bern echó a correr con velocidad insospechada hacia los frisos policromos y los bajorrelieves luminosos que inscribían en la noche obscenas invitaciones en una jerigonza desaparecida.

De momento quedaron paralizados —como marionetas a las que se ha cortado de improviso los hilos— viendo que Bern se alejaba hacia un barullo de imágenes y penumbra. Algunos jirones de tiempo murieron con dolorosa lentitud.

Claasen estaba furioso:

—¡Y que esto nos pase ahora! ¡Precisamente cuando iba a dar la orden de regreso!

(Las órdenes eran tajantes: prohibido quedarse en ninguna ciudad después de caer la noche. Y en estas malditas latitudes anochecía rápidamente.)

La oscuridad se apoderó de los edificios de piedra, metal y vidrios rotos, cayendo sobre la plaza como un murciélago gigante abatido en pleno vuelo. Del fondo del horizonte brotaron siniestros jirones de nubes sulfúreas, y un viento húmedo empezó a agitar la atmósfera sumergiendo la ciudad bajo una nueva ola de fetidez recogida al paso por las lindes de la jungla devoradora. Sus fosas nasales palpitaron con repugnancia y sus bocas se llenaron de un hedor dulzón, a descomposición vegetal.

Siran eructó con estrépito…

Tras algunos segundos de parálisis que les parecieron interminables, y como dolorosamente arrancados a la indiferencia de la noche eterna, echaron a correr como a un signo convenido y sin que Claasen diera la orden. Allá abajo hubo una oleada de color, una puerta se abrió, se cerró, y no vieron más a Jason Bern tragado por la fachada eléctrica:

S

BAR T

BAR CI

I N

PTEASE

R

AMA

Jon Claasen, Yen Ariz, Siran Chadif lanzaron simultáneamente un aullido de despecho. Se abalanzaron contra la puerta del bar de la misma manera estúpida que los insectos cuando se precipitan sobre el papel atrapamoscas. Tras ellos se cerraron los batientes y se vieron en un corredor oscuro en cuyo fondo brillaba una sola lamparilla azul.

Una voz gangosa de inflexiones primitivas se puso a desgranar una melopeya cuyas palabras les parecieron impregnadas de una intolerable vulgaridad. Al principio creyeron que el cantante era Jason Bern y que había enloquecido de repente. Pero ningún ciudadano de Comu tenía un timbre de voz parecido…

Claasen se mordió nerviosamente el labio inferior, mientras Siran parecía aliviado al escapar por un rato a los peligros que acechaban en los grandes espacios vacíos del Exterior. Pero Yen se sentía fuera de sí; aquella voz que cantaba en un inglés burdo (o decadente) removió entre los sargazos de su memoria el recuerdo de realidades perdidas. Sus ojos se cerraron y cedió sin resistencia a un torbellino de colores chillones, de plumajes enmarañados, de sensaciones fulgurantes. Excitación, dolor, placer, astillas bajo las uñas, agujas ardientes escarbando con maníaca precisión cada centímetro cuadrado de su epidermis.

Los tres hombres captaron a su paso sílabas, palabras aisladas, jirones de frases:

… ching… woman… dying… loneliness …

if I could… you near …

dreadful night… city of… empty dreams…

Era una especie de invocación a los antiguos demonios de la pasión, de la locura, o quizás un exorcismo que debería rechazar los espectros de la soledad y la desesperación. Pero de pronto aumentó el volumen de la música, que se hizo brutal, sincopada, se quebró en los suspiros y jadeos del coito, para morir con un «diminuendo» irrisorio y singular. Casi enseguida fue reemplazada por un lamento áspero, sollozado en otra lengua totalmente incomprensible.

Jon lo vio súbitamente al entrar en aquella guarida tapizada de luz roja: Bern se apoyaba con todo su peso sobre una barra de metal cubierta de frascos y botellas, con las botas hundidas en un foso pantanoso de detritus amontonados. Una fetidez horrorosa reinaba en la sala: habríase dicho el olor sui generis de la podredumbre universal. La música procedía de un cajón desairado —como sentando cátedra de una monstruosa falta de gusto— sobre un pequeño estrado violentamente iluminado por haces de luz sangrienta.

Así que les vio, Jason lanzó a sus compañeros una sarta de insultos soeces; las palabras surgían como flechas envenenadas de entre sus labios demasiado gruesos; parecían nacer por magia o por alguna generación espontánea, con improvisación de pesadillas paridas por las entrañas fecundas de una poesía venenosa.

Bern, con el rostro violáceo, las pupilas dilatadas por un grave delirio, los ojos saltándosele de las órbitas, estriados de minúsculas telarañas carmesíes, aullaba como una bestia moribunda, enarbolando una botella cubierta de costras de suciedad. Claasen intentó hallar palabras conciliadoras, pero éstas se negaron a franquear los muros de su boca hinchada por un fermento de náusea, y se atascaron en su tráquea como una lluvia de gotas amargas. Sabía que Bern estaba perdido, que nada en el mundo podía salvarlo.

—Estás jodido, amigo. Por tu cuerpo circula un veneno sutil; por tus venas corre la ponzoña de la putrefacción… Unos segundos más y tu corazón se convertirá en un pellejo fofo y pesado.

—Ya lo sé —gritó Bern—. ¡Ahora ya lo sé todo! ¡Y voy a haceros el puñetero favor de ser yo quien os mate!

La botella gris rodó por el suelo, mientras la quejumbrosa canción continuaba enroscando y desenroscando los tristes meandros de sus frustraciones en la atmósfera putrefacta de la sala roja.

—¡Cuidado!

Fue la voz de Siran.

Jason había desenfundado su desintegrador: un ridículo trozo de metal brillante que abría su pequeño ojo negro y burlón a la sofocante penumbra.

—¡Va a disparar!

Pero la muerte es un viejo tirador de primera. Fue más rápida que el gordinflón de Jason Bern. El tubo resplandeciente del desintegrador hizo un salto de carpa y desapareció en un charco al mismo tiempo que finalizaba la canción.

Bern yacía en un montón de basuras: su cabeza quedó hundida en él, como si no hubiera podido aguardar para volver al seno primitivo de la Gran Puta Podredumbre. El círculo se había cerrado.

Quedaron petrificados; aquella muerte incomprensible y brutal los llenaba de un terror ancestral. ¡El barniz de la civilización quedó rascado hasta los huesos!

Entonces, en el silencio que por breves instantes cayó como una losa sobre la desolación de aquel planeta restituido a la eternidad, se elevó una musiquilla cristalina, saltarina y sostenida, un pizzicato mineral y ridículo: era la piedra-cantante de Vanessa, que improvisaba la oración fúnebre del guardia (¡cuatro condecoraciones!) Jason Bern, de la Flota Confederada.

Nada que hacer. No se podía hacer nada. Claasen había intentado repetidas veces comunicar con el Megasol. Sus dos compañeros incluso llegaron a insultarle, conminándole a reparar el «puñetero trasto viejo». Pero el «puñetero trasto viejo» estaba muerto.

—¡Es preciso volver!

Colgada del cielo como una caricatura de sol mortecino, la espesa y roja luna les mostraba un mundo que ya no era el suyo. Entonces corrieron. Y se extraviaron.

La muerte inexplicable de Bern les había abierto las puertas de un infierno sin límites:

Aquel planeta, la Tierra, que según la tradición había dado origen a su especie, ¡en realidad era sólo una inmensa cloaca, un océano de pus con continentes de mierda y archipiélagos de guano!

Ambos corrían como animales perseguidos por cazadores implacables. Si quisiera, podría abatirles con una sola ráfaga de luz anaranjada. Reducirlos a cenizas. El viento de la mañana los habría barrido con un papirotazo indiferente, se los habría llevado, átomos de polvo dispersos, hacia los grandes árboles tranquilos, hacia el humus devorador-purificador-regenerador de la selva.

Corrían… Y no encontraban su camino.

Pasaban bajo vastos puentes de metal; se perdían en calles siempre iguales a sí mismas; tropezaban con las losas rajadas de avenidas de donde brotaba una abominable babosidad vegetal:

¡Debería mataros ahora mismo! ¡Yo soy de aquí! ¡He vuelto! ¡Heme aquí bebiendo en las fuentes!

Los pájaros nocturnos empezaron a revolotear por el aire. Buscaban su presa. Sus ojos infalibles localizaban en las grietas de la ciudad silenciosa a los roedores huidizos, a los animalillos de imperfecto mimetismo. Esta presencia sobre sus cabezas era insoportable para los fugitivos:

¡No para mí! ¡Yo soy de la raza de los pájaros nocturnos! ¡He odiado siempre vuestro mundo, vuestra prostituida civilización!

¡Vuestra prostituida civilización!

¡Vuestra podrida sociedad!

¡Vuestra negra vanidad! ¡Basuras! ¡Todas vuestras retóricas sangrientas!

Creía caminar sobre la ruta de la nada, podía verse a sí mismo corriendo por este sendero de desgracia y de muerte, mientras un miedo insensato penetraba en su alma. Se sintió vigilado por la espalda, espiado por una presencia cruel e implacable, y se volvió de súbito. Pero a pocos pasos, corriendo y sudando lo mismo que él, sólo se veía la silueta vacilante de Siran… y más lejos, perdido entre las sombras movedizas de la noche hostil, Yen Ariz. Y tuvo la impresión de que los grandes ojos abiertos de Ariz ocultaban una terrible amenaza en sus pupilas fijas y heladas. Súbitamente, un cortejo de nubes oscuras veló la luna, ahogando el grito monótono de los pájaros predadores, anegando la ciudad en profundas tinieblas…

Soñó: él era otra persona y caminaba por un camino a oscuras entre altas montañas coronadas de nieve;

soñó que bruscamente se desencadenaba el viento, una oleada de sonidos y colores, una pirámide construida por los dioses.

soñó a un hombre con una máscara de metal blandiendo un puñal y que con gesto exacto le abría el pecho, arrancándole el corazón;

soñó una erupción volcánica;

soñó una gigantesca serpiente que devoraba el sol, una lluvia de meteoritos abatiéndose sobre la faz del mundo;

soñó un aguacero púrpura sobre los techos de la ciudad de los dioses…

Sin la menor transición, de nuevo volvió a ser Jon Claasen, oficial de tercera en el navío superlumínico de exploración Megasol 9.

Luego, un gemido, un lamento, un grito Atroz, como de alguien que se ahoga ¡ARIZ! ¡ERA YEN ARIZ quien gritaba! gritos / rechinar de millares de láminas de metal / chirriar de uñas en las murallas de la eternidad / perros (?) de lava y de cólera / serpientes de hiedra estrangulando las sombras de la noche / fuego en esa noche rajada por granizadas azules de puñales —herida en el vientre por escalpelos templados en el veneno de los árboles— y mientras tanto, yo soy algo sin nombre, sin facciones, sin descanso, soy una piedra que cae y no cesa de caer, que va a la deriva por un río de cieno y purulencia, soy un hacinamiento de ávidas mucosas devoradoras, vomitadoras, putrefactoras; la jungla separa los pesados cortinajes de sus sortilegios: soy una bola de cegadora luz, soy un perro, una garlopa y rasco hasta que brote la sangre de multitudes de cuerpos crucificados en suplicio colgados de los pulgares

¡ESTÁ MUERTO! DIOS SABE DE QUÉ HA MUERTO, PERO ESTÁ MUERTO…

muerto… dijo otra voz que no pudo identificar / lo mismo que no había podido reconocer la que habló al principio / soy una bestia blanda enrollada en la sangre del lento encenagamiento de la materia / ¡NO SOY YO QUIEN PIENSA ESTO… ESTAS IMÁGENES QUE ATRAVIESAN MI ESPÍRITU COMO GOTAS DE ÁCIDO Y DE VENENO NO HAN NACIDO EN MI MEMORIA / ¡NO QUIERO, NO QUIERO SEGUIR SIENDO ESTA COSA ÁVIDA, ESTE DEVORADOR AMASIJO DE PSEUDÓPODOS, DE FLAGELOS PRENSORES!

luego notó la sensación de un contacto húmedo y áspero a la vez sobre su rostro (¿He encontrado por fin mi cuerpo?) —sin duda había derivado hasta un entrecruzamiento de babosas plantas acuáticas que acababan de pegarse sobre su mejilla izquierda; luego abrió los ojos.

—Los demás se han ido —declaró el perrito blanco—. Es de suponer que habrán vuelto al artefacto que os trajo hasta aquí…

¡Había que oír cómo pronunciaba la palabra «artefacto»!

Todo el desprecio del mundo resbalaba entre sus colmillos, que relucían levemente a la claridad lunar.

—¡Desaparece! ¡Lárgate! —gritó Yen—. ¡No eres más que una pesadilla!

—Te equivocas. Soy muy real. Existo verdaderamente… Tú eres quien debe desaparecer.

—¿Qué les ha pasado a los demás? —preguntó con pavor.

—Te lo he dicho hace un momento. Se han ido. Te creyeron muerto. Qué falta de juicio, ¿verdad? Te han dejado tirado, como vulgarmente se dice. Pasaba por este lugar (creo innecesario decir que no tengo gran cosa que hacer día y noche, que dispongo de todo mi tiempo para pasearme por doquier); así pues, pasaba por aquí y viéndote en tan lamentable situación me he tomado la libertad de lamerte la cara con mi áspera lengua. Es un truco de mi especie, un truco muy antiguo, pero que siempre da resultado. A condición, claro, de que el paciente no esté realmente muerto.

Yen lanzó un gruñido de contrariedad: le molestaba tener que admitir que estaba en deuda con aquella pequeña y ridícula criatura de modales pretenciosos y hablar ampuloso. Intentó levantarse, pero un dolor insidioso empezó a martillearle el vientre.

—¿Qué esperas de mí? ¿Que te dé las gracias? ¿Que te prometa eterno agradecimiento?

—¡A mí qué me importa tu agradecimiento, tu gratitud! Lo que has de hacer es ahorrar tus fuerzas o lo que quede de ellas. Aquí la noche es peligrosa; pertenece a las fieras de la selva, a los magos del aire… A veces los jaguares llegan incluso hasta las calles céntricas de la ciudad. Son animales muy vigorosos y después de la «partida» de los hombres, han adoptado costumbres de grandes señores. Si te espabilas, aún tienes una posibilidad de alcanzar a tus amigos…

«Hace infinidad de períodos y de superperíodos que arrastro mi desgraciada osamenta y mis pobres fantasmas de un mundo a otro, desde planetas de miseria hasta abismos de infelicidad, pero, desde luego, es la primera vez que una imagen nacida de mi subconsciente se empeña en mandarme qué debo hacer…»

—¿Y si sacara mi desintegrador para abrasar tu miserable morro blanco?

—Tu destino seguiría siendo el mismo. Un buen consejo: olvida tu antropomorfismo. Es una calamidad que ya ha sido eliminada de la Tierra.

Y, tan súbitamente como la primera vez, desapareció. El pequeño ovillo blanquecino pareció disolverse en la noche como un terrón de azúcar en una taza de café.

Yen se incorporó sobre un codo, incapaz de reaccionar. Se estremeció. La luna parecía dibujar en la explanada curiosos arabescos, movimientos furtivos, quizá contornos de ciudadanos fantasmas espiándolo entre las ruinas. En algún lugar (¿lejos? ¿cerca?) creyó oír un bramido bestial. ¡Los jaguares!

Finalmente, Yen consiguió reunirse con sus dos compañeros: peleaban entre sí como energúmenos, revolcándose por el suelo de una gran plaza embaldosada. Lanzaban profundos resoplidos, propinándose codazos y puñetazos. Pegaban con fuerza y lentitud, casi torpemente.

Cuando los llamó interrumpieron su ridícula actividad, sentándose sobre sus talones para mirarle fijamente. Había aparecido entre la noche como un espectro acuchillado de estrías sangrientas por la luz de la luna, dejando pasar largo rato antes de dirigirles la palabra:

—¡Vaya par de marranos! ¡Ibais a dejar que reventase aquí! Su mano empuñó el desintegrador; a tal punto desconfiaba de sus reacciones:

—¡Dos buenos marranos, realmente!

Luego, sin solución de continuidad, estalló en una carcajada incontenible.

Por último preguntó:

—¿Se puede saber por qué luchabais?

Claasen fue el primero en levantarse. Parecía avergonzado.

—Creo que no podremos responderte. Puedes dejar tranquilo tu desintegrador…

Yen aparentó no oír el consejo del oficial, aunque después de todo, a lo mejor era una orden.

—Sin duda ya habéis olvidado el motivo de vuestra pelea… De pronto, Siran rompió a sollozar, con la cara escondida entre las manos. Lo miraron estúpidamente; sacudido por hipos convulsivos, su compañero dirigía a un misterioso e invisible enemigo insultos y amenazas que salmodiaba como exorcismos. La sorprendente letanía se transformó pronto en un caudal de palabras incomprensibles, en una especie de cantilena balbuceante. Después se levantó de súbito y les pareció más alto que de costumbre, como si acabara de crecer un palmo. Creyeron que iba a lanzarse sobre ellos y que serían incapaces de oponerle la menor resistencia.

—¡Siran!

Pero ya corría, ágil y veloz, como un animal cazando («No he visto jamás un jaguar —pensó Yen—, pero deben correr así»); se alejaba de ellos a velocidad sobrehumana, salpicado por cascadas rojas y doradas de claridad lunar. Parecía saber exactamente a dónde se dirigía: hacia una gran construcción brillante que destacaba junto a la plaza con la masa reverberante de sus quince pisos abandonados.

—¡Siran! ¡¡Siran Chadif!!

—No grites —dijo el oficial—. Está loco. ¡Completamente loco!

—¡Eso lo dices tú! —aulló Ariz—. ¡Hay que detenerlo!

Pero Claasen le sujetó con firmeza:

—Te matará. ¡Eso intentó hacer conmigo hace un momento! Quería matarme. Hay algo en el aire, alguna cosa que desea nuestra muerte ardientemente, odiosamente.

Y añadió con voz tensa:

—Que busque un agujero para esconderse, para enterrarse vivo en él…

Yen no respondió.

Mientras tanto, Siran Chadif, el hombre que añoraba un capullo caliente donde enrollarse como una bola y dormir, si no sin sueños, al menos sin pesadillas, se erguía en la terraza de la enorme casa, claramente recortado contra el telón de nubes.

Y LOS OJOS ATERRORIZADOS DESCUBRÍAN EL LÚGUBRE PANORAMA DE LA CIUDAD DESIERTA COMPLETAMENTE EXPUESTA AL RESPLANDOR SOCARRÓN DEL ASTRO NOCTURNO, UN VACÍO ESPANTOSO, UN SILENCIO DEVASTADOR…

En cuanto al navío, estaba allá arriba, tras la alta cúpula de negrura, oculto por ininterrumpidos tapices color plomo y ceniza.

—Es el fin… —dijo el oficial; en su voz se notaba como una melancólica satisfacción.

La titubeante silueta de Siran se destacó un instante contra una nube estriada de reflejos escarlata y pareció elevarse verticalmente, como para tomar impulso, para lanzarse hacia las estrellas, hacia la mole fraterna e invisible del Megasol. Pero su salto no elevó a Siran hacia las alturas etéreas, sino que cayó como un meteorito y con un solo grito hacia el mar de piedra.

Y se taparon los oídos para no escuchar el golpe repugnante del cuerpo al aplastarse sobre las losas. Pero sintieron en todas sus fibras aquel despachurramiento brutal, insensato, y hasta mucho más tarde, mientras corrían ya de callejuela a callejón sin salida y de avenida abierta a plaza abandonada, no dejaron de oír el grito de agonía de su infortunado compañero.

—Nunca saldremos de aquí —declaró el oficial cuando se detuvieron al lado de un ancho pilón de piedra oscura surcado por los flagelos de la densa vegetación.

Yen se abstuvo de hacer comentarios. Volvía una y otra vez su cabeza hirviente de pensamientos inquietos, de relámpagos morados, eléctricos, mientras respiraba con sus dilatadas fosas nasales la suave pestilencia de la muerte…

Claasen cerró los ojos, pero fue inútil: seguía viendo con una precisión implacable los rasgos de una faz odiada, que se dibujaban con claridad alucinante sobre un fondo de algas violetas. Entre las masas verdosas se abrían siniestras cavernas donde pululaban sabandijas impacientes. Era una cabeza de ahogado que parecía a punto de corromperse, descomponiéndose en espesos regueros de carne fundida.

Sus manos empezaron a temblar; descargas de adrenalina sacudieron todo su cuerpo.

Como el día en que, sobre un planeta lejano iluminado por un sol azul, se encontró cara a cara con un Lem. Sin armas, medio muerto de hambre y de sed, tan vulnerable como un recién nacido. Pero su adversario, dando prueba de espíritu caballeresco, o quizá de un supremo desdén, le perdonó la vida. Adivinaba que Yen, en cambio, sería un enemigo mucho más implacable.

(El trueno rodó sobre los templos, despertando en las vastas salas doradas una música saltarina, una cacofonía de ecos sonoros. Y volvió a verse con el pecho desnudo ofrecido al cuchillo de piedra del sacrificador: «¿Por qué quieres matarme?», le preguntó… sin obtener otra respuesta sino una sonrisa desengañada. Gritó al reconocer el rostro inclinado sobre él). Sin embargo, Ariz parecía haber olvidado a Claasen; estaba tranquilamente sentado al borde del pilón, con la mirada perdida en los oscuros abismos de la ciudad muerta, como si estuviera enfrascado en una conversación telepática con los dioses de la podredumbre universal.

Claasen perdió la paciencia:

—¿Por qué quieres matarme?

Yen se limitó a reír silenciosa e irónicamente, pero el oficial lo agarró de los hombros y lo sacudió con rabia:

—¡Estás completamente loco! ¡Ya no sabes lo que te haces! ¿De qué te serviría matarme? Bien sabes que estamos cogidos en la misma trampa… Más vale que me ayudes a buscar el módulo. No nos conviene seguir perdiendo el tiempo…

El rostro de pesadilla se volvió lentamente hacia él:

—¿Matarte? ¿Y por qué?

—Tú solo piensas en eso.

—¡Si ya estamos muertos! —exclamó Yen—. Hemos dejado de existir desde el mismo instante en que desembarcamos. Yo no soy responsable de tus desgracias, ni tú de las mías.

—¡Mientes! ¡Has firmado un pacto con las potencias que se ocultan en las ruinas de esta ciudad! Si no, ¿cómo habrías sabido encontrar nuestro rastro hace unos momentos?

—Ni yo mismo lo sé…

—¡Sigues mintiendo! Estoy seguro de que sabes un camino de regreso al módulo, pero quieres que reviente aquí, en este podrido planeta.

—El universo es complicado —dijo Ariz—; es un lío de contradicciones, de paradojas. Hace ya mucho tiempo, nuestros antepasados lucharon aquí mismo contra la selva, con medios que hoy nos parecen de lo más primitivo. Arrancaron los ojos, los dientes, el vientre y el sexo de la jungla. Castraron cientos, miles de metros cuadrados de vegetación para edificar una ciudad. Para ellos, era una especie de símbolo. ¿Comprendes lo que quiero decir? El hombre, rey de la naturaleza, el hombre sometiendo a su yugo toda la creación… Un sueño perverso, malsano… Ahora yo sé que somos en verdad los herederos de aquellos constructores de lo absurdo: ¿no estamos empeñados en castrar el Universo?

Claasen abrió la boca para replicar, pero no tuvo tiempo de traducir sus pensamientos en palabras: una pequeña luz anaranjada brotó de los dedos del pañolero, y sintió un calor atroz que le devoraba el bajo vientre, le abrasaba el ombligo, le escarbaba el pecho:

la mano roja del sacrificador le arrancó el corazón en un abrir y cerrar de ojos, y cayó sin un solo grito en la hoguera del sol…

Buscaba un jaguar para morir. Pero toda la ciudad estaba

silenciosa. Intentó imaginar la consternación del comandante Zagradinsk, su explosión de cólera; quiso representarse las reacciones de los catorce hombres, las diecisiete mujeres y los ochenta y nueve androides de ambos sexos que componían la tripulación (elegida al azar) del Megasol, cuando lo supieran… ¿Cuando supieran qué?

Buscaba vanamente un jaguar para morir.

—¡Volved a Comu! ¡Aquí no se os ha perdido nada! Cuando lleguéis allí, decid que la Tierra murió de muerte natural y que los hombres no tienen nada que hacer aquí… ¡Nada más!

Hubo luces parpadeantes, estallidos de atrayentes colores; toda una fachada iluminada por una orgía de luz:

Una avalancha de sensaciones…

Entró en una sala oscura, notó a sus espaldas el discreto ruido de una puerta que se cerraba. Una hilera de lamparillas empezó a titilar, transformando la negra noche en penumbra, y cayó, más que se sentó, en una mullida butaca, profunda y confortable.

Al principio no pasó nada. Agotado, prisionero de la blandura acaparadora del asiento-camilla donde se había hundido, y que empezó a vibrar acunándole dulcemente como para hacer dormir a un niño, estuvo a punto de dejarse vencer por el sueño, de extinguirse de un papirotazo. Quizá, si verdaderamente se hubiera adormecido, habría regresado a sus antiguas pesadillas: los cuerpos desfigurados por la tortura, las carnes supliciadas en vivo por el fuego y el azufre, los ojos desorbitados por el terror inhumano, las mujeres arqueadas en un orgasmo de muerte. Quizá se habría convertido en perro, garlopa, molusco, jalea voraz suspendida como una araña translúcida en su tela de dimensiones de sueño y despertar ¡pero!, una pantalla-espejo inmensa, rectangular, cóncava, se iluminó al fondo de la sala y la representación empezó:

la civilización se puso a hervir en estallidos de imágenes brutales (¡era mucho más de todo cuanto jamás había logrado imaginar!), la bestialidad humana renació de sus cenizas en un formidable caos asesino y obsceno… ¡Atención!

¡allegro!, las armas sembraron la muerte en un fuego de artificio de inefables esplendores… ¡adagio!, con un primer plano de cadáveres…

la sala pareció estallar, escupiendo sobre el único espectador granadas y centellas (¡¡¡diablos, qué hermoso!!!).

una música ritual (lágrimas, gemidos, aullidos de agonía, jadeos de goce, vociferaciones imbéciles) acompañaba triunfalmente a las imágenes: ¡andante furioso!, en contrapunto de Apocalipsis y matanzas en tecnicolor y relieve total

¡Rediós! ¡El mundo estallaba como una bomba! ¡Heme aquí de vuelta a casa!, heme aquí…

Pero la representación no había terminado.

cambiaba de tema, pero siempre trataba de las mismas dos cosas: violencia y sexo.

… sobre un fondo abigarrado de lo mismo, un grupo de soldados barbudos, andrajosos y sudorosos perseguía a una joven ululante, de vestidos artísticamente desgarrados. El desenlace de esta escena era muy fácil de adivinar. En un decorado de rocas y zarzales polvorientos, la fugitiva jadeando ruidosamente tropezó, como era de esperar, con una piedra de agudas aristas y cayó de espaldas, con las piernas al aire y los muslos espléndidamente desnudos. Esta caída espectacular fue acogida por risas y gritos burlones. Uno de los bellacos se lanzó sobre su víctima y comenzó a arrancarle los pobres jirones de ropa que disimulaban (escasamente) las partes más interesantes de su exuberante anatomía. Los demás soldados, que llegaban a la carrera, arrojaron sus armas y se quitaron rápidamente los pantalones. Alrededor de la pareja que luchaba en el polvo, pronto hubo un semicírculo de caras brillantes, de gestos concupiscentes y de miembros erectos…

La mujer chillaba, se debatía, tumbada sobre sus harapos. Yen pudo comprobar que poseía unos pechos muy desarrollados, con pezones desmesurados… ¡muy excitante! La cámara encuadró, complaciente, la espesa guedeja del pubis, ya que dos de los hombres terminaban de agarrar las piernas de la fugitiva, manteniéndole los muslos bien separados. Le pareció sumamente interesante aquel espectáculo; era mucho mejor que los complicados ejercicios de los ciudadanos de Comu. ¡Ésa sí que era una hermosa brutalidad bien realizada, a lo bestia, sin fiorituras! El soldado que había capturado a la mujer se tumbó entre sus piernas con magníficos gruñidos de bestia salvaje. Los aullidos de dolor de la víctima se transformaron poco a poco en un gemido prometedor…

pero cuando el verdugo, abandonando el sexo de la mujer, rodó hacia un lado, se produjo un cambio inesperado en el ritmo de la escena. La jadeante respiración de la joven quedó cortada en seco, los músculos de sus pantorrillas y muslos se crisparon y su rostro, sucio de polvo y lágrimas, se congeló en una máscara dolorosa. El vello de su vientre adquirió un relieve extraordinario y fascinante, mientras los soldados se inmovilizaban al mismo tiempo, como si algún sutil maleficio los hubiera metamorfoseado súbitamente en estatuas de barro y de silencio. ¡La música terminó con un hipo ridículo!

Yen se agitó nerviosamente en su butaca, sintiendo repentinas náuseas, vértigos; la cabeza le hervía en una atroz cefalea.

La película había quedado detenida en un cuadro singular: un hombre caído de espaldas en el pedregal, con el sexo erguido hacia un cielo implacable; una mujer echada por el suelo, con los muslos abiertos; los soldados semidesnudos, plantados en la escena como efigies ridículas y priápicas…

El dolor se hizo insostenible, y quiso levantarse. Pero un peso insoportable le oprimía las espaldas, le trituraba el pecho.

… mientras tanto, algo se movía, hurgaba dentro de la imagen. Pese al dolor que le inundaba los ojos de lágrimas, vio una pequeña masa temblorosa, un flagelo vibrante que se desprendía lentamente del sexo de la mujer. ¡Como si diera a luz post mortem al «gusano conquistador»!

Y la cosa insensata se retorció de manera grotesca, alzando una cabeza ciega, y empezó a crecer con un vigor inquietante hasta caer blandamente en el polvo, bruscamente despegada de las entrañas polucionadas que la habían engendrado.

Luego… (fue un espectáculo alucinante, que producía vértigo) de las bocas inmóviles, de las narices dilatadas, de los falos erectos, se escaparon otros seres vegetales que reptaron sobre la pantalla con movimientos de una lentitud hipnótica.

—¡Estoy loco!

En este momento sufría en grado intolerable, como si una mano cruel le sumergiera el cerebro en un baño de ácido. Frenéticas punzadas acometían sus tímpanos, millares de escalpelos sajaban el interior de su cráneo. Pero cuando sintió que una cosa «abominablemente viva» brotaba de su oreja izquierda y se arrastraba con nauseabunda circunspección a lo largo de su nuca, ya no tuvo fuerzas ni para gritar.

Los protagonistas del drama abandonaron la pantalla…

las lamparillas se apagaron una a una.