SUEÑO DE UNA NOCHE DE INVIERNO
Había terminado el último folio de un cuento de invierno; un cuento lúgubre y sombrío, como los días breves y tristes de entonces. Dejé la pluma a un lado y, con paso nervioso, me puse a recorrer la estancia de un extremo al otro.
Era ya noche cerrada.
En el exterior se avecinaba una tempestad.
Sentía en torno a mí voces extrañas, rumores imprecisos, algo así como bisbiseos o suspiros que desde la calle llegaban hasta mi habitación, ahora en penumbra.
El invierno arrojaba la nieve contra los muros y ese manto blanco discurría —lento y espeso—, cayendo interminablemente tras los cristales… Pareciese que nevaba dentro de mí, enfriando mi alma.
Miré a la calle a través del ventanal.
Ni un alma. La calle estaba desierta.
De vez en cuando, alguna ráfaga de viento levantaba la nieve muerta sobre la calzada y entonces volaban copos blancos, ligeros y frágiles.
Muy cerca de mi ventana había un farol. Su llama luchaba temblorosa e indecisa contra el viento.
De modo intermitente, aquel surco de luz vacilante y tornadiza parecía tener —en la oscura frialdad del aire— la precisión de una espada.
Los copos de nieve caían dulcemente, irisándose de multicolores destellos al atravesar la franja luminosa.
Finalmente, invadido por una profunda, inexplicable y honda tristeza, me desnudé, me tumbé en el lecho y apagué la luz.
Se hizo la oscuridad en mi habitación. Los sonidos se volvieron más perceptibles, firmes y claros. El marco de la ventana proyectó sobre mí una mancha grande y blanquecina.
Se oía monótono el reloj que contaba los segundos.
En ocasiones su impasible tictac ahogaba el rumor de la nieve; pero al punto volvían a oírse los rítmicos pasos del tiempo en busca de la eternidad. Era un tictac seco, penetrante, que se adueñaba de mí, llegando hasta mi cerebro.
Recordé los últimos folios que había redactado. ¿Qué fin me había propuesto al escribirlos, valdrían de algo, tendrían algún valor?
Era un cuento sencillo y no muy original. Un episodio de dos pobres: un anciano ciego y su mujer, ahítos de miseria y bondad, olvidados de la vida, al margen de la vida.
Una madrugada, la víspera de Navidad, dejaron su aldea y mendigaron por los caseríos cercanos para comprarse un poco de alegría y saborearla, con júbilo, en esa fecha memorable.
Imbuidos de esperanza recorrieron aquellos contornos, confiados en que —a la hora de vísperas— estarían de vuelta en su casa, con los bolsillos repletos de presentes hechos en nombre del Señor.
Pero aquella esperanza se vio defraudada, y, finalmente, acabó en desengaño, pues las limosnas fueron escasas.
Muy entrada ya la noche, comprendieron que deberían volver a la inhóspita cabaña sin fuego. Y los dos ancianos emprendieron el camino de vuelta por la inmensa llanura blanca. Sus zurrones no eran un peso para la espalda; pero la tristeza les agobiaba el corazón. Ella caminaba delante y, agarrado a su cintura, seguía el ciego.
Marchaban lentamente. La noche era inescrutable, sin estrellas. El viento azotaba la nieve, y los pies de los dos viejos desamparados y míseros, se hundían en ella.
La aldea aún estaba muy lejos y ellos, silenciosos, proseguían por el camino nevado, ateridos y temblando de frío. La vieja había equivocado el camino. El viejo renegaba, preguntando:
—¿Llegaremos pronto? Ya verás como no llegamos a las vísperas.
Ella contestaba que las casas estaban próximas. Era consciente de que se había extraviado, pero quería ocultarlo.
Alguna vez oía el ladrido de los perros y entonces iba en su busca, encaminándose en esa dirección; pero enseguida sonaban en el extremo opuesto.
Hasta que, ya vencida, se atrevió a decir la verdad.
—Perdóname, perdóname… Nos hemos perdido… y no puedo dar un paso más… Quisiera detenerme, descansar un momento… no puedo avanzar más…
—Nos vamos a helar.
—No; es sólo un momento… Quiero sentarme un instante… Además, ¡qué importa si nos helamos…! No vale tanto nuestra vida como para doler su pérdida.
El viejo cedió suspirando.
Se sentaron en el suelo, espalda contra espalda, semejantes a dos montones de harapos, abandonados a la borrasca.
La nieve comenzó a cubrirlos y agudos cristales les herían; la vieja, peor vestida que su compañero, empezó a sentir un extraño calor.
—¡Vamos, vamos! —clama, aterido, el ciego—. Levántate ya… Debemos proseguir…
Pero ella se va adormeciendo suavemente. Delira y le responde palabras locas e incomprensibles.
Él intenta levantarla y no puede.
—¡Vamos…!
Hace nuevos esfuerzos tan inútiles como antes.
—¡Vamos…! ¡Te vas a helar…! —y grita, pidiendo auxilio a la inmensidad negra.
Pero nadie puede oírle. La mujer ya no habla, ni siquiera dice aquellas incoherentes palabras.
Entonces, él también cae: rendido, resignado, sobre la nieve, con una muda y fatalista desesperación. Todo cuanto le ocurre es por la voluntad de Dios.
Y la borrasca va desgarrando los harapos que cubren esas carnes mártires, cansadas del trabajo y de los años.
De pronto, el viento arrastra tañidos de campana. Y suenan solemnes en la furia desatada de la noche.
—¡Vamos, óyeme…! Están tocando a vísperas… Anda, levántate. ¡Vamos, pronto…!
Pero ella no puede oírle. Partió hacia ese mundo del cual nadie vuelve.
—¿Oyes? ¡Vamos! ¡Levántate! ¡Eh! ¡Que vamos a llegar tarde, vamos…!
Intenta levantarse a su vez y no puede. Cae de nuevo sobre la nieve y en sus labios florece la última súplica:
—¡Señor! Acoge el alma de tus siervos… Ambos somos pecadores; pero otórganos tu perdón y tu gracia.
De pronto le parece que ha recobrado la vista. Sobre la inmensa planicie blanca, en una nube de nieve luminosa se alza un templo de rara arquitectura: el templo de Dios que avanza hacia él.
Tiene la forma de un corazón y está hecho de corazones humanos y ardientes. Y, en la cúpula, está la figura de Jesús. El anciano se levanta para caer de rodillas sobre el atrio del templo imaginario, y contempla al Mártir. Y el Mártir le habla con voz clara y armoniosas palabras de consuelo:
—Mi templo se levanta sobre los corazones imbuidos de misericordia y amor. Entra, pues, en mi templo, tú que has tenido tanta sed de misericordia durante tu vida; tú que has sido humillado y has sido miserable, entra y sé feliz.
El viejo balbucea palabras inconexas, palabras que casi no suenan…
Cristo le sonríe dulcemente. Sonríe también a su compañera que resucita por el milagro de esta sonrisa.
Y de este modo se helaron dos pobres miserables, la víspera de Navidad, perdidos en la infinita e inhóspita llanura blanca…
* * *
Después dudé si esta narración sería bastante humana, bastante dolorosa para enternecer y conmover a los que la leyeran.
Yo creía que sí; y satisfecho de mí mismo, bajo el suave abrigo de las mantas, empezaba a dormirme.
El reloj sonaba isócrono, marcando despiadado las horas de mi vida, que huían sin dejar huella.
Oía vagamente el sordo murmullo de la nieve cayendo lenta e inmisericorde.
Aumentó su violencia la tempestad y el farol se apagó. Chirrió el maderamen de las contraventanas… Las ramas de los árboles golpearon obstinadas la techumbre. El viento ululaba, suspiraba y lanzaba penetrantes silbidos. Ahora, la tristeza y la congoja volvían a invadir mi corazón.
Un resplandor azuloso y fosforescente atravesó los cristales y alcanzó mi lecho. Y en medio de este resplandor azul apareció una ancha y espesa nube sembrada de estrellas que parecían pupilas humanas.
Y esta nube se agitaba movida por algo misterioso y omnipotente. Se oscurecía, se aclaraba, se desgarraba y volvía a hacerse más compacta… infinita y amenazadora.
Yo sentía un terror hondo y cruel que hacía castañetear mis dientes. Después, aquellos jirones de nube comenzaron a diferenciarse unos de otros. Visibles en el azul que los envolvía se deshilachaban lentamente y, poco a poco, adquirían formas conocidas, familiares a mis ojos. Eran sombras de niños, de mujeres, de viejos con largas barbas blancas. ¿Dé dónde venían? ¿Qué eran aquellas sombras?
Mis ideas eran claras y luminosas para aquellos huéspedes de la noche: las comprendían.
—¿Que quiénes somos y de dónde venimos? —dijo una voz grave, una voz que tintineaba lenta y fría—. Acuérdate. ¿No nos reconoces?
Yo movía silenciosamente la cabeza, negando la posibilidad de cualquier relación con aquellas sombras que se movían lentas en el aire, como si danzaran una solemne danza al ritmo de la borrasca.
Después se acercaron más a mi cama, estrechándose, agrupándose en torno a mí. De pronto distinguí entre ellas una figura conocida. Era la del viejo ciego agarrado a la cintura de una vieja encorvada, que me miraba con sus ojos llenos de reproches.
Un brillo cegador cubría sus harapos y extendía el frío en torno suyo. Yo sabía quiénes eran; pero no se me alcanzaba el motivo de su aparición.
—¿Nos reconoces ahora?
Ignoro si fue la voz del huracán o la de mi conciencia la que habló. Mas era una voz imperiosa y subyugante, avasalladora.
—Ya has visto quiénes somos —dijo—. Y los demás también son víctimas tuyas. Somos los héroes de tus cuentos: niños, mujeres, hombres que has hecho sufrir por el placer de los que te leen. Abre los ojos y mira. Van a desfilar ante ti y podrás juzgar cuán numerosos son y desgraciados los hijos que crea tu imaginación.
Las sombras empezaron a desfilar. Las primeras fueron un muchacho y una niña como dos grandes flores de nieve que esparcieron claridad lunar.
—Ahí tienes a dos niños que hiciste morir bajo la ventana de una casa donde brillaba el árbol de Navidad. ¿No lo recuerdas? Lo contemplaban silenciosos, inmóviles de deseo y quedaron allí inertes, dejándose cubrir por la nieve que los fue helando poco a poco.
Mis pequeños héroes pasaron silenciosamente delante de mí y se desvanecieron en el azul. A su vez se mostró una mujer agotada, aniquilada, con el rostro lívido.
—Ésta es la madre tan ansiosamente esperada la noche de Navidad y que, habiendo ido muy lejos a buscar dulces y juguetes para sus hijos, desfalleció, helada, en medio del camino. Yo miré a la sombra lleno de compasivo terror.
El cortejo continuaba y la voz inexorable iba nombrando uno a uno a los héroes de mis obras, escritas en los días de tristeza. Los fantasmas flotaban delante de mí, ondulantes sus blancas vestiduras. Yo temblaba bajo su frío lúgubre de silencio y aparición. Sus movimientos lentos, la angustia indecible de sus vagas miradas me oprimían el corazón. ¿Qué podían querer de mí? ¿Qué se proponían? El último de todos, el viejo ciego de los harapos cubierto de nieve, acabó también por acercarse y clavó fijamente en mí las cuencas de sus ojos muertos. Su barba destellaba de escarcha y de sus labios colgaban finas hebras de hielo. La anciana tenía la misma sonrisa feliz de los niños dormidos; sonrisa muerta, helada en las arrugas de su rostro.
Por fin desaparecieron los espectros. Pero el huracán seguía bramando y despertando en mi alma la rebelión. Soporté aquella fantasmagoría en silencio y en cuanto se disipó, en cuanto me libré del ensueño, sentí algo dentro de mí que me impulsaba a hablar.
Las sombras se unieron nuevamente, en un solo grupo, y formaron confusa nube donde vigilaban pupilas multicolores, las pupilas de mis personajes que me miraban con angustia. Y mi malestar y mi vergüenza aumentaban bajo la mirada de aquellos ojos inertes y fríos y punzantes.
Dejó de ulular la tempestad y con ella todos los ruidos. Ya no oí más el tictac del reloj, ni el murmullo de la nieve al caer, ni la voz misteriosa que antes me había hablado. El silencio era absoluto, y la visión permanecía suspendida en el aire, como esperando…
Y yo, yo también esperaba apasionadamente, con todas las fuerzas que le restaban a mi alma.
Al fin no pude contenerme más tiempo y exclamé:
—Pero ¿qué queréis de mí? ¿Qué pretendéis?
Entonces la voz lenta e impasible habló de nuevo:
—Responde tú a mis preguntas: ¿Por qué has escrito todos esos dolores? ¿Por qué, no conformándote con desgracias reales, con la infelicidad tangible y visible de la vida, has inventado nuevas torturas y te esfuerzas en vestir de realidad tus fantasías? ¿Qué te propones? ¿Acabar hasta con el último aliento que le queda a los hombres? ¿Arrancarles toda esperanza de mejorar, mostrándoles sólo el mal? ¿Acaso eres enemigo de la luz y te complaces en amontonar negruras y tristezas sobre el ya negro y triste desencanto humano? ¿O es que odias tanto a los hombres que quieres anular en ellos el deseo de vivir presentándoles la existencia como un suplicio sin término? ¿Cuáles son tus propósitos? Contesta. Di cuáles son.
Yo permanecía mudo, estupefacto de terror, consternado. Aquellos reproches eran demasiado extraños. Todos los escritores emplean los mismos asuntos e iguales recursos sentimentales, sobre todo cuando se trata de cuentos de Navidad. Se coge de cualquier sitio a un infeliz muchacho, a una pobre niña o a unos viejos marginados y se les hace morir de frío bajo los balcones de una casa opulenta donde brille el árbol simbólico. Es la costumbre, y si de algo soy culpable no es más que de eso: de seguir la costumbre.
Procuré disculparme:
—Escuchad, sombras: no sé quiénes sois ni quiero saberlo. Pero me habéis interrogado y creo un deber mío contestaros; después de lo cual espero que no me negaréis el derecho a dormir tranquilo el resto de la noche. Mi idea al describir esas miserias, esas crueles agonías de hambre y frío no es otra cosa que la de despertar en mis semejantes sentimientos humanitarios y compasivos. Llamo con palabras amargas a los corazones secos y cerrados. Un largo estremecimiento recorrió el grupo de las sombras. Después se pusieron a girar locamente, retorciéndose, luchando contra un invisible torbellino que pretendía llevárselas, rompiéndolas.
La tempestad ululaba, silbaba, reía, azotaba… Y las sombras seguían su macabra danza, febriles y dislocadas. Todo en ellas danzaba, menos las pupilas muertas en el fondo de las órbitas. Sentía mi cuerpo bañado en frío sudor. Se me erizaron los cabellos.
—Se ríen —dijo la voz impasible.
—¿De quién?
—De ti.
—¿De mí? ¿Por qué motivo?
—Por la ingenuidad de tu infantil defensa. ¿Pretendes, pintando dolores imaginarios, despertar la bondad en los corazones sordos a los dolores reales? Piensa en la candidez. Piensa en que si la realidad miserable no enternece a los hombres ni les conmueve, mal podrá conseguir ese enternecimiento y esa emoción tu pobre fantasía. ¿Y crees triunfar, tienes esperanzas de triunfar de ese modo?
Seguían las sombras exhalando su muda carcajada. Me parecía una carcajada interminable que la oiría ya siempre, mientras viviera, y hasta la hora de mi muerte. En el exterior también reía el viento. Y la voz implacable seguía hablando.
Quise escapar de la obsesión hundiendo la cabeza entre las almohadas.
De pronto, resbalando del lecho, me sentí precipitado en un sombrío abismo, y rodaba a punto de la asfixia por la vertiginosidad de la caída.
Silbidos, aullidos y la risa aterradora de las sombras cayeron conmigo, persiguiéndome. Y a través de las sombras y las tinieblas lucía el brillo hostil de sus miradas…
* * *
Desperté con el sol, dolorida la cabeza, oprimido de angustia el pecho y exhausto.
Mi primer impulso fue abalanzarme sobre los folios donde había escrito la aventura del viejo ciego y su compañera. Los rasgué sin leerlos. En el aire claro de la mañana arrojé los pedazos, que volaron largo rato antes de llegar al suelo, satisfaciendo así el deseo de la nocturna alucinación. Volaron aquellos pedazos blancos en los que yo pretendí narrar el inagotable dolor de los humildes, sus amarguras, sus infinitos sufrimientos…