Miguel Servet
La vida de Servet constituye por sí misma una prodigiosa novela de aventuras. Todo en ella revela un hombre que se salta los límites de lo común para inscribirse, hasta su terrible patetismo final, en el ámbito de lo genial, de lo insólito, de lo que no resiste las clasificaciones y los cuadros preconcebidos. Médico singular, teólogo originalísimo, traductor y geógrafo meticuloso, místico y soñador con aires proféticos, Servet es, para decirlo con palabras de Menéndez Pelayo, un heresiarca sui generis. «Ni con unos ni con otros», escribió Servet en su segunda pero juvenil obra sobre el misterio trinitario. Y, en efecto, las personales meditaciones teológicas de nuestro Servet, desbordan los moldes genéricos de la Reforma o de la Contrarreforma. Su postura tiene un tono inequívocamente libertario, de ferviente humanismo, de firme convencimiento en la insoslayable capacidad del hombre para constituir —desde su primaria libertad— su peculiar imagen del mundo.
«Humano, demasiado humano, se podría decir, parafraseando a Federico Nietzsche, de este aragonés único que acabó sus días en una hoguera, víctima de la furia calvinista, mártir desde aquel desolado día ginebrino de la libertad humana, enseña de los seres con vocación de hombres», en frase feliz de Pedro Laín Entralgo.
El papel de Miguel Servet en la Historia de la ciencia médica es, sin lugar a dudas, primordial. Pero su genial descubrimiento de la circulación menor de la sangre pasó inadvertido para los contemporáneos, inscrito como estaba en un libro básica y nuclearmente teológico y no científico. Quiere decir ello
que la muerte de Miguel Servet en aquella fatídica hoguera de Champel desde la cual resuenan todavía en los oídos de los hombres libres sus gritos, no es el amargo fruto —uno más en la larga lista— del choque entre la ciencia y la teología, petrificada ésta como forma cerrada de concepción mundana total. El «caso Servet» no es comparable, por ejemplo, al de Giordano Bruno, aunque, de pasada y episódicamente, guarde con él alguna relación. El de Servet es un caso peculiar y sin valor ni significatividad genérica, salvo en el supuesto de encuadrarle en esa gran lucha de los seres humanos por la conquista de una libertad sin amenazas ni presiones. Hombre audaz hasta el límite de lo imposible, asistemático pero lógico y coherente desde sus propios presupuestos intelectuales, abierto, polifacético y de una curiosidad plural, su andadura tiene —como se ha señalado repetidas veces— un mucho de quijotesca y espectacular. «Caballero andante de la Teología», le ha llamado Menéndez Pelayo. Y su vida, en efecto, se halla vertebrada desde su juventud en tierras francesas, por un carácter itinerante y valeroso de temerario y osado defensor de pensamientos llamativos y provocadores en un medio —tanto en el lado católico como en el protestante— esencialmente dogmático. No fue, sin embargo, Servet ajeno a los riesgos inherentes a su personal aventura intelectual sino que, por el contrario, supo zafarse de ellos a fuerza de astucia aun cuando al final, cerca ya de su patética muerte, el ilustre médico aragonés se lanzara de una manera un tanto suicida en manos del fanático Calvino.
No ha tenido suerte entre nosotros este Servet de figura tan quijotesca y actitud tan antirreverencial frente al orden establecido. El terrible adjetivo de «hereje» ha caído sobre él como una losa pesada que enturbiase su memoria. Poco, muy poco, saben, pues, de él las gentes; su imagen popular, vaga y casi inexistente, es desproporcionada a la validez objetiva de sus aportaciones científicas. Servet viene a ser, de tal suerte, una víctima más de la incomprensión, del olvido, de la ignorancia. Antonio Machado, el grandioso y sincero poeta, escribió con aquel equilibrio suyo: «Decía Juan de Mairena que algún día tendríamos que consagrar España al arcángel San Miguel, tantos eran ya sus Migueles ilustres y representativos: Miguel Servet, Miguel de Cervantes, Miguel de Molinos y Miguel de Unamuno. Parecerá un poco arbitrario definir a España como la tierra de los cuatro Migueles. Sin embargo, mucho más arbitrario es definir a España, como vulgarmente se hace, descontando a tres de ellos, por heterodoxos, y sin conocer a ninguno de los cuatro.»
Acercarse a la figura de Miguel Servet es, ya desde la base, un acto casi apasionado. Conviene, con todo, guardarse de los subjetivismos extremos. Servet es español por nacimiento y, tal vez, por el rasgo característico de su aventura, por el talante batallador y polémico de su periplo vital, por el carácter místico de su pensamiento. Pero la crónica de su existencia forma parte más de la Historia europea que de la española. Sus andanzas tienen como marco y escenario la Europa del XVI y, al abrir ahora a ellas nuestro relato, el nombre de España habrá de aparecer forzosamente en ocasiones contadas. Es Europa toda, su tortuoso y complejo siglo XVI, quien sirve de encuadramiento a la vida de Servet: desde el cosmopolita París, a la rígida y sombría Ginebra de Calvino, desde la dulce Italia a los pueblos de la provincia francesa. Su vida se halla presidida desde el comienzo por el halo misterioso de lo poco conocido. Pero veamos ya a Servet en el momento de su nacimiento español.
La oscuridad se cierne de un modo irremediable sobre los primeros años de la vida de nuestro Miguel Servet. Pocos datos fidedignos sabemos de su infancia y primera juventud. Las hipótesis se amontonan unas sobre otras; muchos imaginan más que saben y, en cualquier caso, la precariedad de pruebas documentales e incontestables es prácticamente absoluta. Su biografía, pues, comienza con un interrogante: ¿cuál fue su lugar de nacimiento? Hoy, transcurridos más de cuatro siglos desde aquella fecha, aún no es posible contestar de un modo inequívoco a la pregunta. Varias ciudades españolas se disputan la gloria de haber sido cuna de Servet y a decir verdad el mismo
Miguel fue contradictorio en este punto. En una ocasión se considera «natural de Tudela, en el reino de Navarra»; en otra afirma sin tacha ser «aragonés de Villanueva» y su primer libro lo firma así: «Miguel Vilanovano, “ab Aragonia Hispanus*»; en la Facultad de Medicina de París, por último, se encuentra una ficha de Servet en la cual aparece como navarro, aunque de padres hispanos.
¿Cómo deshacer este galimatías de lugares? En primer lugar se hace necesario señalar que el nombre completo de nuestro biografiado es, en rigor de verdad, Miguel Serveto Conesa, alias Revés.
El de Revés es, pues, un seudónimo que no corresponde en exclusiva al pobre y soñador Miguel sino a toda la familia Serveto. Su padre, que fue en vida notario de Villanueva de Sigena, firmaba, en efecto, Antón Serveto «a» Revés. Estaba entonces muy en boga la costumbre de un apodo extensible a toda una dinastía familiar, que se heredaba y cuya importancia real era tal que en ocasiones oscurecía el propio apellido. Los problemas que siempre amenazaron la existencia de Serveto le llevaron a ocultar su verdadera identidad, tratando —cosa que durante un buen tiempo logró— de despistar con una doble personalidad a sus perseguidores. Miguel Servet es, de esta suerte, Miguel Vilanovano o Miguel de Villeneuve cuando las dificultades así lo aconsejan. Por lo mismo, Tudela pasa por su lugar de nacimiento cuando en realidad éste es, según la versión más exacta y fidedigna, Villanueva de Sigena, un pueblecito leridano, situado muy cerca del monasterio del mismo nombre y del cual su padre, un cristiano viejo, Antón Servet, era notario. Hay quien piensa en una hipótesis ecléctica: Tudela sería el lugar ocasional donde nació Miguel aun cuando sus padres vivieran de suyo y siempre en Villanueva. Otro tanto acontece con la fecha de su nacimiento sobre la que él mismo lanzó diferentes versiones. Lo más lógico es que viera la luz en 1511 y casi todos los biógrafos coinciden en señalar dicho año como el más probable.
Sea como fuere, ya tenemos a Miguel en estos mundos de Dios dando sus primeros pasos en un pueblo español. Apenas nada sabemos de estos sus primeros tiempos, pero podemos imaginarnos un niño en alguna medida precoz, soñador y estudioso según parece desprenderse de ciertos y muy significativos detalles posteriores. La familia de Miguel gozaba de una situación económica desahogada y de un status social relativamente elevado. El rango de nobleza le venía a Serveto desde antiguo (su madre, Catalina Conesa, era hija de un noble, Pedro Conesa) y el mismo Miguel declararía durante el dramático proceso ginebrino que «mis abuelos eran cristianos de antigua raza y vivían noblemente». Era la familia de nuestro biografiado de arraigada fe cristiana así como de rígidas costumbres morales. Ciertos historiadores —algunos muy ilustres, como Amé— rico Castro— han especulado sobre la procedencia judaica de los Servet aduciendo argumentos adjetivos y sin ninguna consistencia documental. Quede claro desde ahora que los Servet, en base a lo que hoy documentalmente se sabe, no eran una familia conversa. El doctor Barón Fernández ha exhumado un documento inequívoco y concluyente en este sentido: la carta de infanzonía de los Servet. Hela aquí reproducida en su totalidad:
«Serveto. — En Barcelona, el día 15 de los calendas de Octubre (16 de Septiembre) del año del Señor de 1327. La misma carta de infanzonía salvada y autorizada fue hecha a favor de Juan de Serveto, vecino de Serveto, quien ante Jimeno Pérez de Salanova, Justicia de Aragón al que fue enviada, probada primeramente la posesión de su infanzonía. Para salvar ésta presentó a dos caballeros como juradores, a saber: Martin de Sus, vecino de Alcalá, caballero, y Lope de Molina, vecino de Barbastro, caballero, los cuales bajo juramento dijeron que dicho Juan de Serveto era infanzón hermunio[8] que debe recibir y no dar por villanía alguna. Y si fuese necesario ellos mostrarían el casal de donde procedía su linaje, que llamaron Serveto. Cuyo casal es llamado casal de D. Spanyol de Serveto.»
Del presente documento se desprende que ya en 1327 la familia Servet o Serveto poseía el grado de infanzón y, además, en calidad de hermunio lo que significa mayor garantía aún en punto a su tradición nobiliaria. No es, pues, conversa sino cristiana vieja la procedencia de Miguel. Aclarado esto, prosigamos en el relato de su tortuosa y muy singular vida. Los primeros datos que poseemos de ésta se fechan, para ser exactos, cuando Miguel tiene ya 16 años. Sabemos que entonces su posición intelectual es bastante más sólida de lo que su corta edad podía hacer esperar. Domina —al margen, claro está, del castellano y el catalán— el latín, el griego y el hebreo, las tres lenguas clásicas necesarias para adentrarse con paso firme en el entonces espinoso terreno de las Humanidades.
Corrían por Europa vientos renovadores en el ámbito religioso y España, pese a todo, no era ni podía ser ajena por completo a la fresca corriente continental. La filosofía del Áquinate carecía ya de su carácter abrumador de antaño y el pensamiento tanto de Scoto como de Ockam se abrían paso entre los profesores españoles. Se ha creado ya, por ejemplo, una cátedra nominalista primero en Alcalá y luego en Salamanca; Cisneros, por su parte, potencia en Alcalá la Biblia Políglota Complutense y algunos de sus ilustres colaboradores, como el proceloso Antonio de Nebrija, tienen serios problemas con la dogmática Inquisición, el humanismo erasmista se extiende como una mancha de aceite por las cuatro esquinas del país y los textos del pensador de Rotterdam se traducen fiel y puntualmente. La atmósfera que respira el joven Miguel es, pues, bastante liberalizante. Ha abandonado ya Villanueva ansioso de nuevos y más amplios horizontes y, al parecer, anda por Zaragoza enfrascado en sus estudios humanísticos. De Zaragoza parte poco después camino de Barcelona donde permanece algún tiempo cerrando el ciclo de su formación española. La Ciudad Condal será, en gran medida, decisiva para la suerte intelectual del joven y avanzado Miguel. Pero ello, no tanto por el ambiente que reinaba en la ciudad como por el contacto que toma Serveto con un humanista franciscano, hombre abierto y estimulador: Juan de Quintana. La influencia del fraile en la configuración intelectual de Servet es inmensa. La presencia de Quintana, humanista de tinte erasmiano, supone una constante fuente de estimulaciones para el estudiante ansioso de conocimientos y verdad que es Miguel. Entra éste a servicio de Quintana cuando cuenta tan sólo quince años y permanece a su lado durante casi un año, es decir, hasta que su padre, el notario de Villanueva, que, por lo que se ve, se preocupaba muy de cerca de la formación de su hijo, decidió enviar a éste a ampliar sus estudios fuera de España.
Tolosa fue el lugar escogido y Derecho la carrera que, al decir de su padre, debía proseguir el inquieto y precoz Miguel Servet. Las razones de esta doble elección parecían hallarse claras en la mente de Antón Servet: de siempre había pensado que su hijo debía proseguir los estudios de Leyes y la Facultad de Derecho tolosina poseía fama y prestigio que la situaban entre las mejores de Europa. Ya tenemos a nuestro Miguel, flaco y alargado como un Don Quijote armado de juvenil sabiduría, fuera de España, metido entre las aulas y la vida de Tolosa. Jamás desde entonces regresará el luego desdichado, perseguido y genial Serveto, a su país natal y a su tierra catalana.
Era Tolosa por aquellos entonces una ciudad medieval, clericalizada y con una burguesía que daba un tono rígido y desagradable a su vida cotidiana. Muy estratificada en sus concepciones mundanas, el universo estudiantil formaba una especie de oasis de libertad y libertinaje en medio de aquel ambiente tan cargado de monotonía. La vida diaria de la urbe giraba en torno a la religión, institución cuyos valores tenían internalizados fuertemente los ciudadanos. Beza describe con rotunda expresividad la densa atmósfera tolosina en la primera mitad de siglo: «... muy supersticiosa, pues está llena de reliquias y otros instrumentos de idolatría; es suficiente para ser condenado como herético el no haberse quitado la gorra delante de una imagen o no haber hecho genuflexión al sonar la campana que llama al “Ave María” o el haber probado un solo trozo de carne en un día prohibido. Y no había un hombre que tuviere deleite en las lenguas o en las buenas letras que no fuese espiado y considerado como un sospechoso de herejía.»
Muy distinto era el mundillo estudiantil de la ciudad del Garona. Dábanse cobijo y mezcla en él gentes venidas de mil latitudes, con antagónicas visiones del mundo, con credos religiosos distintos, con costumbres sociales de muy vario carácter. Unos y otros peleaban de continuo en arduas y a veces sangrientas discusiones públicas. Pero en general se respiraban aires de libertad y diálogo. El viento de la Reforma había llegado, ciertamente, hasta la antes tranquila Tolosa y los estudiantes se engolfaban ardorosamente en la lectura de las Biblias protestantes y en la de los célebres Loci communes de Melanchthon, Servet más estudiaba Teología que leyes, en contra, claro está, de la voluntad de su ahora muy lejano padre. La lectura de la Biblia de Cipriano de Valera entusiasmó a nuestro despierto —y ya en franco camino hacia la singular heterodoxia que de por vida le caracteriza— Servet, quien se juró a sí mismo leer y repensar los textos bíblicos a la luz de su criterio al menos «mil veces». La doctrina del libre examen —principio nuclear de la Reforma luterana— había calado hondo en su espíritu. Este «contagio» del «protestantismo» —en frase no muy feliz del polígrafo santanderino— traería, desde sus inicios, muy serios problemas al díscolo Miguel y, según se sabe hoy por un documento hallado no ha mucho, su nombre aparece en la primera línea de un Decreto de la Inquisición tolosina (1532) requiriendo la captura inmediata de 40 fugitivos.
No ha concluido aún su formación el aragonés, pero a buen seguro sabe ya que en adelante no serán las leyes su rumbo sino la Teología y la Medicina. Su rebeldía a todo lo establecido que considera irracional se erige ya como el portaestandarte de su vida futura. Nunca desde ahora se plegará a nadie ni a nada. Ser él mismo, pensar por cuenta propia, coherente pero libremente: he aquí, ya definidas desde su estancia tolosina, las máximas fundamentales que guiarán la senda vital del Serveto.
Pero su afán comienza a costarle caro: perseguido como está por la Inquisición de la ciudad del Garona, ha de abandonar de súbito ésta. Aunque bien es cierto que Quintana le había llamado a su lado, no creemos, en base a su peculiar circunstancia, que fuera dicha llamada el verdadero y último motivo de su urgente y rápida salida sino, más bien, obvias razones de seguridad personal. Servet prosigue, pues, su itinerante y andariega existencia fuera de la católica Francia. Quintana es a la sazón confesor del Emperador Carlos V y con él viaja hasta Bolonia donde va a celebrarse su solemne coronación. Miguel acompañó, en calidad de secretario, al confesor del monarca a tierras italianas. Nuevo país, pues, que añadir en la lista de los conocidos por el Serveto que a buen seguro aprovecharía su estancia en Bolonia para impregnarse del más hondo y puro espíritu renacentista. Casi un año parece que anduvo nuestro hombre por Italia, el mismo tiempo aproximadamente que duró el triunfal viaje de Carlos V. ¿Qué hizo Miguel cuando el rey español puso término a su recorrido italiano? Hay serias disputas en torno a esta cuestión ya que el propio Servet dio noticias diversas en sendas ocasiones sobre cuál fue, en verdad, el rumbo que tomó su persona. En efecto, Servet confesó seguir luego la misma marcha que la imperial comitiva pero, en otra ocasión, afirmó con gran convencimiento haber pasado hacia Ginebra primero y Basilea más tarde. Sea como fuere, parece cierto que conoció a Bucero, el famoso teólogo protestante, y a Melanchton. Su estancia en Italia le había servido para consolidar su vocación especulativa y casi con plena seguridad para afinar y afirmar sus ideas sobre el misterio trinitario, que le traían desde tiempo atrás sumamente preocupado y a los que pensaba dedicar su primer y ya muy polémico y original libro. También estudió, según cuenta la crónica, algo de Medicina junto a galenos italianos, y, fuese cual fuese su relación con el bueno de Quintana, adquirió Servet una más madura seguridad en sí mismo, una suerte de autonomía intelectual que le permitía, pese a su casi insultante juventud, aventurarse en los difíciles y ásperos caminos de la creación personal. Su cultura, su conocimiento directo y profundo de los textos sagrados había crecido de forma insospechada y Servet se hallaba radicalmente convencido ya de que la única base doctrinal posible estribaba en la libre y fundamentada interpretación de las Sagradas Escrituras.
Pero poco tardaría en mostrar Servet que él pertenecía a ese tipo de seres cuyo pensamiento nace, se fragua y crece al calor de la polémica. «Se piensa contra alguien», ha dicho el conocido filósofo francés Gastón Bachelard. Y mucho hay de verdad en esta frase tan epigramática y concluyente. Marx pensó contra los socialistas utópicos, contra Hegel y los hegelianos, contra Proudhon; Kant, contra los empiristas y contra los que él llamaba «dogmáticos». Quiere todo esto decir que, para avanzar, es preciso negar. Pero hay muchos modos de negar y uno sólo es positivo: el dialéctico, aquél que niega algo al tiempo que lo supera. Servet piensa también contra alguien: los protestantes ortodoxos de un lado; los católicos de otro. Necesita hallar en la polémica el gozo de la superación y busca, casi ansiosamente, un competidor dialéctico con el cual entablarla. Marcha, pues, con tales intenciones a Basilea, la ciudad suiza que se había distinguido por sus aires liberales frente a las heterodoxias militantes en toda Europa y donde fue acogido, y anduvo hasta 1529, el propio Erasmo. Pero Servet carecía de un conocimiento puntual de la actual Basilea y fue a ella sin saber que los liberales aires de antaño se habían trocado sustancialmente. Cuando llegó, Erasmo había partido ya de la ciudad y nuestro aragonés hubo de entablar su diálogo teológico con Ecolampadio quien, siguiendo una costumbre entonces vigente, le instó de buen grado a que se hospedase durante una temporada en su casa. No tardaron en chocar los distintos puntos de vista de Servet y Ecolampadio, que siguieron luego su inicial disputa verbal epistolarmente. Servet maduraba día a día sus conocimientos teológicos y el libro sobre la Santísima Trinidad se hallaba casi a punto para ser entregado a la imprenta. Por una carta de Ecolampadio sabemos ya el estado de su especulación, que en muy poco se modifica después con la publicación del libro. «Negáis, escribe el teólogo suizo al propio Serveto, que haya una sola persona en dos naturalezas. Negando que el Hijo sea eterno, negáis también que el Padre sea necesariamente eterno...»
Las contestatarias y combativas ideas de nuestro joven español habrían llamado tanto la atención a Ecolampadio que no tardó éste en advertir la peligrosidad que encerraban dentro de sí. De tal suerte, Servet fue situado en esa zona ambigua de los pensadores cuyos pasos es preciso seguir en el sigilo que aconsejan sus claros matices de abierta heterodoxia. Ecolampadio tuvo buen cuidado en poner a Servet entre paréntesis y comunicó sus temores al mismo Zwinglio, al que dijo de Servet que se trataba de un joven influido por las doctrinas de Arrio. El fantasma del arrianismo infundió nuevos miedos y respeto a los teólogos suizos y pensaron éstos que nada mejor, para disuadir a Servet de sus obstinadas ideas, que atraérselo con buenos modales a su propia causa. Parece obvio, a la vista del carácter tenaz, combativo y perseverante de nuestro hombre, decir que nada se consiguiese mediante aquella falsa amabilidad.
A la vista del fracaso, Zwinglio decidió adoptar más inflexibles métodos y, cualquiera era bueno, pensaba, para que, «estos horribles blasfemos no propaguen su daño a la religión cristiana». Ecolampadio, harto ya de un diálogo infructuoso con tan terco contendiente, debió mostrar una actitud airada en exceso y el pobre, infeliz y a su pesar andariego Miguel Servet hubo de dar con sus huesos en Estrasburgo donde se hallaba a la sazón otro conocido teólogo protestante: Martín Bucero. La fama de Bucero se había extendido por toda Europa y era conocida por todos su intención indulgente y dialogante incluso con los anabaptistas, secta semicomunista que negaba la necesidad del bautismo y cuyo ideario se teñía de un matiz político social determinante. Pero pese al historial favorable de Bucero, el entendimiento con Serveto fue de todo punto imposible. Las ideas del aragonés sobre el misterio trinitario acabaron por hacer aparecer la ira en el equilibrado Bucero y Servet, cuyo destino de viajero infatigable se dibujaba ya con nítidos perfiles, hubo de regresar, bien que un tanto misteriosa y solapadamente, a Basilea. Poco tardará Servet en dar a la publicidad su primer y explosivo libro. Pero esto es ya un capítulo autónomo de esta crónica humilde y fiel de su vida de perseguido perpetuo.
Lo cierto es que entre viaje y viaje, idas y venidas de un lugar a otro, como un exilado constantemente en busca de sí mismo, Servet había concluido, no sabemos —y a la vista de los resultados no tenemos más remedio que dudarlo— si felizmente su De Trinitatis Erroribus. Tan sólo le restaba ahora hallar un impresor que se enfrentara a los riesgos indudables que su publicación comportaba. El joven y culto aragonés se puso en contacto con un conocido impresor, Juan Setzer, uno de esos hombres de talante liberal y magnánimo a los que tanto debe el Renacimiento su mundana y espectacular difusión. Setzer, cuya imprenta se encontraba en Haguenau, a unos treinta kilómetros de Estrasburgo, consideró oportuna la edición del libro pero, hombre precavido, tuvo la sana idea de omitir el nombre de quien lo imprimía, así como el lugar donde se encontraban sus talleres. El osado Miguel arrastraba, de tal suerte, todas las responsabilidades inherentes a tan provocativa publicación. Y a fe que no se anduvo con remilgos a la hora de situar su pomposo nombre y éste apareció completo, de forma que al pie del libro se podía leer:
De Trinitatis Erroribus. Libri Septem. Per Michaelem Serveto alias Revés. Ab Aragonia Hispanum.
Si en aquel instante cualquier discusión teológica era ya de por sí árido asunto, el tema escogido por nuestro intrépido aragonés para éste su primer libro no podía ser más espinoso y debatido: el dogma de la Trinidad. Desde que éste fue fijado en el concilio de Nicea (325) muchos habían sido los que, desde diversas perspectivas, habían negado la validez radical del dogma y de entre todos destacaba Arrio, cuyo nombre da lugar a una herejía —el arrianismo— perseguida en su tiempo con verdadera saña. Lo que el dogma trinitario implica es, como se sabe, la existencia en Dios de tres personas distintas (Padre, Hijo y Espíritu Santo) pero en una sola esencia. La Iglesia lo había explicitado aún con mayor rigor en el IV Concilio de Letrán, allá por el 1215: «En Dios hay una sola esencia, una sola naturaleza en tres hipóstasis o personas; cada persona posee toda la naturaleza con toda su perfección, con toda su omnipotencia, sabiduría y bondad. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo principio de todas las cosas.» Lo que Serveto hace, basándose en el principio de la libre interpretación, es acudir, merced a sus conocimientos de las lenguas clásicas, a los textos bíblicos y preguntarse desde ellos y sobre ellos la autenticidad en punto al dogma. Utiliza, asimismo, un buen material de los comentaristas posteriores haciendo gala de una poco común capacidad sintética y erudita. Pero, ¿cuál es, a grandes rasgos el resultado de sus constantes preguntas —y desvelos— a las Sagradas Escrituras? Según él, la lectura rigurosa de las Sagradas Escrituras no permite establecer un paralelo real con los textos conciliares: ni la terminología, ni, en ocasiones, el fondo mismo del problema coinciden sustancial e incontestablemente. Así las cosas, Servet levanta una original teoría antitrinitaria, tomando como punto de partida un principio que hoy es casi irrebatible: sobre lo que hay dudas no es posible construir dogmas; es preciso distinguir entre las materias de fe y las materias de mera opinión.
¿Cuál es, pues, la opinión servetiana? La distinción trinitaria existe, bien es cierto, para Servet, pero no en el mismo sentido que en el dogma; es decir, tal distinción es, para él, personal pero no real.
¿Qué son, entonces las personas? Son, en su propio decir, dispensaciones o, mejor aún, manifestaciones, formas o modos de presentarse. Su negación de la Trinidad, es pues, sui generis aunque algún nimio parecido tenga, bien es cierto, con la de Arrio. A continuación, y sin ánimo por supuesto exhaustivo, pasamos a reseñar, dejando la palabra al mismo Servet, los puntos fundamentales de su trinitaria especulación.
En primer lugar su pasión cristológica, verdadera y auténticamente inaudita. Pero esta pasión tan desmesurada lo es, sobre todo y esencialmente, del Cristo histórico. En efecto, «el Cristo histórico, escribe sin tapujos, es mi único maestro. Todas las predicaciones de los Apóstoles tienden a presentarnos a este Jesús vivo y por ahí llevarnos a la convicción de que este hombre es Cristo, el Hijo de Dios, el Salvador. Pero para todo lo que se relacione con la discusión científica sobre la persona del Verbo, ella es secundaria, se procederá sabiamente en dirigir todas las investigaciones hacia la persona histórica de Jesucristo. Todo depende del conocimiento que tengamos del Cristo Histórico». En Cristo, y esto le diferencia casi sustancialmente del pensamiento teológico protestante, radica el fundamento de la salvación, es decir, en la «firmeza de que Jesucristo es hijo de Dios y Salvador nuestro» (Menéndez Peíayo). Servet analiza luego los rasgos propios de Cristo y explica: «Cristo, según la carne es hombre y por el espíritu es Dios, porque lo que nace del espíritu es espíritu, y el espíritu es Dios (...) Dios, prosigue el Serveto, estaba en Cristo de un modo singular.» Y explica así dicha singularidad: «El no era Dios por naturaleza, sino por gracia..., porque Dios puede levantar a un hombre sobre toda sublimidad y colocarle a su diestra.» Esta capacidad de Dios (en el cual no existe antagonismo alguno y, por tanto, tampoco el de humanidad-divinidad) posibilita que el Verbo, que es eterno, se encarne. Mas esta encarnación del Verbo no es ya eterna sino histórica. El Verbo, es, sí, eterno; pero el Hijo, no es eterno. Antes hemos visto la crítica de Ecolampadio —y con él, de modo explícito, de todo el protestantismo ortodoxo: si el Hijo no es eterno parece inferirse que Dios tampoco lo es—. Crítica ingenua en buena medida y extrínseca al mucho más complejo y oscuro pensamiento del soñador y místico Serveto.
En segundo lugar este apasionamiento de Servet por el Cristo histórico acarrea algunas serias implicaciones que echan por tierra el dogma de la Trinidad desde su propia base conceptual. Las personas divinas, en buena lógica, no son, desde los presupuestos de que parte Serveto, las hipóstasis a que alude di IV Concilio de Letrán sino, como antes hemos ya indicado, formas de la divinidad, caras, «multiformes aspectos de la deidad», en sus propias palabras. Su oposición al misterio queda más patentizada aún cuando Servet define al Padre, sin ambages, como «la sola sustancia y el solo Dios, del cual todos estos grados y personas descienden».
Pero, y en tercer lugar, el sistema servetiano en este su primer libró —y en general durante toda su obra posterior— descansa, se sustenta y apoya en un claro panteísmo por cuanto se hace no ya derivar a «nuestro espíritu» de Dios sino identificar «el mismo Dios» con «nuestro espíritu». Este panteísmo, tan caro a todos los heterodoxos hispanos, es punto esencial en el pensamiento del Serveto y a él habremos de referirnos forzosamente, en varias ocasiones, durante las páginas de esta breve biografía.
Los ataques verbales de Servet a la Trinidad («quimera mitológica», «cerebro de dos cabezas»), cayeron, es lógico y fácil suponerlo, como un dardo aplicado sobre los doctos y poco tolerantes protestantes. El aluvión de protestas de unos y otros llenaría algunas páginas. El mismo Bucero, espíritu liberal, no tuvo ningún reparo en declarar públicamente que el español «merecía que le arrancaran las entrañas y en seguida descuartizarlo». Zwinglio fue aún más lejos: «Indigno es de respirar quien así blasfema.» Ecolampadio veía los riesgos de Servet y exclamaba sin ambages: «A la Reforma le ha salido una buena Hidra» y Quintana, su buen e inicial maestro, humanista de los pies a la cabeza, dudó de la paternidad de Serveto —en quien le resultaba imposible explicar semejante acopio de erudición— pero no dudó, por su parte, en adjetivar el recién aparecido libro como «pestilentísimo». ¡Menudo estreno autora! el de Serveto! Ni premeditadamente podía haber logrado lanzar sobre él con tanta furia los vientos airados de la protesta, la rabia y la indignación reformista. Bucero se encargó de un modo personal de contestar desde una línea ortodoxa las «pestes», «blasfemias» y otras sutilezas de menor grado contenidas en el para ellos diabólico y desviado libro de nuestro pobre e infeliz Servet. Pero, con todo, el libro alcanzó mayor difusión de la esperada y el fantasma de la persecución comenzó a planear sobre la desde antes amenazada seguridad personal de Miguel, quien, preciso es no olvidarlo, tenía a la sazón cumplidos los 20 años.
Pero la osadía juvenil y propia de Miguel no conocía al parecer límites y, dando pruebas una vez más de ella, envió por cuenta propia varios ejemplares de la obra fuera de Estrasburgo, a Italia y a la misma Zaragoza. A la toma de postura de Bucero en Estrasburgo siguió la prohibición de la obra en la ciudad y Servet hubo de volver, temeroso de su suerte, a Basilea. Había comenzado de forma harto manifiesta el cautiverio de Miguel Servet que constituirá el núcleo frontal de su vida de mártir por la intolerancia religiosa. Pero no estaba hecho Miguel de la madera frágil de los que se ven derrotados al primer contratiempo y, tras perseguir un diálogo imposible, se puso manos a la obra —en este caso segunda— que concibió en forma de diálogo muy a la usanza de aquella turbulenta y decisiva época. Pe modo que ya tenemos a nuestro personaje enfrascado en la redacción de sus Diálogos, escritos con decidido afán antibuceriano hasta el punto de que Alfonso Sastre en su bello libro sobre el aragonés les llama su «Anti-Butzer». Llegado a Basilea sin duda por aquella tempestad de iras desatada contra su terca persona, decide escribir a Ecolampadio una carta cuyo aliento humano es incontestable. Aún hoy, transcurridos cuatro siglos, esas letras seguras de Servet poseen un valor extraordinario, como canto a la libertad del hombre y como exposición de su peculiar naturaleza religiosa «... si hay que condenar a todo el que yerre en punto particular, escribe Servet, entonces habría que quemar a todos los mortales un millar de veces. Los Apóstoles y el propio Lutero se han equivocado... si yo he tomado la palabra, por la razón que sea, ha sido para proclamar que me parece grave matar a los hombres bajo pretexto de que se equivocan en la interpretación de algún punto, puesto que sabemos que incluso los elegidos no están exentos de caer en el error*.
Pese a la anómala y precaria situación en que se hallaba Servet allí, en aquella Basllea de Ecolampadio, la confección de su segundo libro le tenía tan absorbido que no parece pensara en abandonar por el momento la ciudad. Poco tardó en finalizar su texto y una vez le hubo puesto el punto final se fue, ni corto ni perezoso, hacia Setzer, el impresor que, dando muestras de un valor manifiesto, se lanzó también a esta segunda aventura editorial sin mayores aspavientos ni recelos. He ahí, sin duda, un arriesgado y esforzado comerciante. Y de tal suerte veían la luz, en 1532, aquellos pequeños diálogos sobre la Trinidad en dos libros cuyo autor era nada menos que el perseguido Michaelem Serveto «alias» Revés.
Su autor arremetía en el principio contra sí mismo, en una autocrítica despiadada y no se sabe muy bien si sincera o estética: «Me retracto de lo que recientemente he escrito acerca de la Trinidad, en 7 libros.» Quien creyera que su retractación significaba un abandono pronto se apercibiría de su yerro, porque a continuación el Serveto explicaba los motivos de este retractarse suyo: «No porque sea erróneo o falso, sino por incompleto y escrito de un niño para niños. Sin embargo, prosigue su discurso, ruego a usted el que tenga presente todo lo mencionado, pues podrá ayudarle a entender lo que se diga ahora. Además todo lo que en forma confusa, bárbara e incorrecta, apareció en mi primer libro, debe atribuirse a mi falta de experiencia y a descuido del impresor. No deseo ofender a ningún cristiano por esto, puesto que Dios acostumbra, algunas veces, a manifestarse mediante su juicio a través de los necios instrumentos del mundo. Yo ruego a usted por esto, que preste atención al propio asunto; porque si usted lo hace así, mis torpes palabras no serán un obstáculo. Amén.»
Ciertamente las referidas palabras de Servet resultan un tanto sorprendentes pero si hay algo que las puede explicar es esa consciencia de superación tan suya, o sea, por decirlo de otro modo, esa tan peculiar aceleración intelectual de que hace gala Serveto en sus precoces años juveniles. De hecho en casi nada varía, si no es en la perfección estilística, este segundo opúsculo del aragonés en relación al primero. A las críticas de Bucero responde con una agresividad verbal inmensa: «¡Tres personas eternas!, exclama con sorna. Afirmar una cosa así no es más que ignorancia, locura y blasfemia. ¡Un Dios tripartito! ¡Eso es asimilar la divinidad a un cancerbero de tres cabezas!» Por lo demás todo confirmaba en la misma línea dialéctica que éstos. Su panteísmo queda explicitado, si cabe, con mayor espectacularidad («Dios es todo y todo es Dios») y si algo había nuevo era su confianza casi ciega en el poder divulgador de su doctrina y, de esta guisa, llegaba a escribir que «hasta los viejos y los barberos podrán entender mis teologías». Michael y Petrucius dialogaban en una contienda sutil sobre los particulares del misterio trinitario; Michaelem explica de nuevo, con bellas y elocuentes palabras, la pasión cristológica del aragonés:
«Dios con su verbo creó el mundo, y le comunicó su espíritu y le comunica a nosotros internamente. En otro tiempo no era Dios adorado en verdad, sino en sombra, en templos de madera, en tabernáculos de mármol. Ahora el templo de Dios es el mismo Cristo, a quien vemos con internos ojos y hemos de venerar con espiritual adoración.»
Todo lo divino y casi todo lo humano sale a relucir en estos brillantes y encendidos diálogos servetianos donde la heterodoxia sui generis del ilustre vilanovano fulge diamantinamente. Así, por ejemplo, y contra las máximas luteranas de la justificación (que luego en Calvino se trocará predestinación), escribe Servet en un equilibrio absoluto: «La fe es la puerta; la caridad, la perfección. Ni la fe sin la caridad ni la caridad sin la fe.»
Tras frases como ésta, claramente atentatorias contra los principios centrales del luteranismo, ¿qué suerte sino la persecución y el cautiverio podía esperar el Serveto en la luterana Basilea? Sus diálogos terminan con una frase histórica donde queda patentizada con meridiana claridad la autonomía de Servet como pensador y teólogo, su consciencia radical de inadecuación a lo dogmáticamente establecido: «Ni con éstos ni con aquéllos estoy conforme ni disiento en todo. Todos ellos tienen parte de verdad y parte de error. Y cada cual descubre el error del otro sin ver el suyo.» ¿Cuál podía ser el nuevo paradero de este Servet viajero malgré-lui? En España ni pensó, conociendo como conocía los rigores de la Inquisición española.
Y, en efecto, de haber puesto sus pies el aragonés en su tierra natal, poco hubiera durado porque, como hoy se sabe, la Inquisición aragonesa andaba a la busca de una noticia completa del hereje Serveto y, más tarde, se hizo público un edicto donde se acusaba al vilanovano de no se sabe muy bien qué desatinos. Eliminada, pues, su patria natal; eliminadas, asimismo, Suiza, y Alemania donde el peligro adquiría vías de inminencia, le restaba a Servet Francia. ¡París! Nueva etapa del Serveto ésta en la que anduvo, con su aire quijotesco y errabundo, por la caldeada Universidad parisiense. La capital de Francia vivía horas de confusión. Los partidarios de la Reforma ganaban lenta y tenazmente cartas a su favor. Nicolás Lop, rector a la sazón de la Universidad, les aunó aquel 1533 con un discurso casi explosivo, donde ponía de manifiesto sus simpatías a la Reforma luterana. Las hojas volanderas de propaganda caían a menudo sobre los pasillos de las viejas facultades, sembrando las nuevas y pujantes ideas renovadoras. Resulta fácil imaginarse, conociendo el temperamento ardoroso de Miguel, cuál sería su conducta en aquellos ásperos y apasionados días parisinos. Mezclado con aires protagonísticos en las arduas polémicas, cuenta la crónica que se topó de cara con un picardo luego famoso, de talante rudo, perseverante y fanático, con escasa simpatía y malhumor permanente: Juan Calvino. No sabía entonces Servet, claro está, lo decisivo que habría de ser este intolerante personaje en su fatídica vida, como más tarde hemos de ver con puntualidad y pormenor. Lo cierto es que, ya sea porque chocaron en alguna episódica disputa, ya sea porque el muy polémico espíritu de nuestro Miguel se hallara de nuevo precisado de guerra dialéctica, Servet y Calvino quedaron citados para un reto verbal-teológico en una casa sita en la Rué Saint-Antoine. Miguel, no se sabe por qué, no asistió al coloquio aunque sus razones tendría y no precisamente la del temor o la cobardía pues ya hemos visto —y veremos aún luego con mayor detalle— como estas motivaciones nunca fueron de peso para el osado aragonés. ¿Enfermedad? Tal vez; pero discurrida sin éxito aquella primera ocasión, Calvino huyó de París, sacudido por el temor ante los malos vientos que tras la salida del mencionado Lop, agitaron para los reformistas en la Universidad parisina y Servet volvería a encontrarle, y ya en peores circunstancias, en la sombría y patética Ginebra de años después.
Lo que sí se sabe —aunque sin mayores pormenores— es que Servet estudió con ahínco Medicina durante aquella su primera estancia en la capital francesa. Sus conocimientos anatómicos ganaron sin duda en profundidad y vigor pero, transcurridos algunos meses, el inquieto Servet salía de París camino de Lyón. ¿Razones? Tampoco se conocen con certeza pero es posible que fueran los malos vientos quienes impulsaran a Servet desde París hacia la provincia o, asunto nada despreciable en su corta y agitada existencia, la acuciante necesidad de dinero que siempre gravitó, como un fantasma inseparable, sobre el bueno y combativo Serveto.
Era por aquellos entonces Lyón una ciudad de vida intelectual bastante copiosa e inusual. El número y la importancia de las imprentas que en ella se daban cita le habían dado cierta fama que sin duda atrajo a Miguel que buscaba, casi desesperadamente, una desahogada situación económica. No tardó el aragonés en encontrar trabajo, bien que éste fuera en un principio algo inferior al de sus indudables merecimientos: el de corrector de pruebas en una casa editorial. Pero pronto supieron ver los humanistas e impresores lyoneses la justa y amplia valía de Servet y su oficio se trocó en el de traductor. Sus conocimientos de las lenguas clásicas le granjearon pronto la admiración y los hermanos Trechsel le encargaron una nueva edición (corregida y anotada) de la célebre Geografía de Tolomeo. Servet se puso a la obra y con diligencia suma despachó su trabajo que, pese a la apariencia, tenía, como a continuación veremos, un mucho de creadora y personal aportación, hasta el punto de que son muchos quienes han visto en ella la primera muestra histórica de lo que luego ha dado en llamarse Geografía Comparada. Veamos, sin pretensiones exhaustivas, algunos párrafos significativos y propios de esta Geografía tolomeica en ocho libros adaptada por el vilanovano sobre la versión de Bilibaldo.
Traza en ellos Miguel muy graciosas comparaciones sobre los caracteres regionales (hoy puestos, como se sabe, en entredicho por la ciencia sociológica) de los cuales resultan particularmente interesantes para el lector aquellos que versan sobre sus compatriotas españoles. Anotemos algunos extraídos de su capítulo: «De España y su comparación con la Galia.»
«El temperamento de los españoles es más cálido y más seco, y la color oscura. El de los Galos más frío y húmedo; la carne blanda y la color blanquecina.»
«Los Galos son más parlanchines; Los Españoles más taciturnos.»
«Los Galos beben puro; los españoles diluido en mucha agua.»
«El habla hispánica es más grave; la gálica más suave. Entre los españoles, los castellanos, usan del más elegante lenguaje.»
«España es más extensa por su suelo pero no tan populosa.
Más rica en oro pero no en negociación de mercaderías.»
«Hay en España ingente número de príncipes, duques, marqueses, condes y barones.»
«En España se atribuyen gran autoridad los llamados inquisidores de la fe contra los herejes, mahometanos y sarracenos, en los que se ensañan cruelmente. Hay otra institución de justicia admirable, que llaman Hermandad, pues es una jurada fraternidad de ciudadanos que, a toque de campana, de cada una de las ciudades salen muchos miles de hombres armados, y al que hubiere delinquido lo persiguen por todo el reino, enviando mensajeros a todas las demás ciudades, de suerte que le es casi imposible escapar, y al cogido lo atan vivo al palo y lo atraviesan con flechas.»
Prosigamos esta curiosa y en muchos puntos feliz y grata.enumeración con un apunte sumamente ingenioso de Ser— veto:
«Es muy inquieto y rumiador de grandes cosas el ánimo de los españoles, que son de ingenio feliz, pero aprenden infelizmente. Semidoctos, considérame ya doctos; muestran sabiduría mayor de la que tienen, por la simulación y una cierta verbosidad.»
«Fácilmente cultivan la barbarie en muchas de sus costumbres y maneras.»
Las frases dedicadas a la mujer hispana son un prodigio de observación y finura:
«En verdad es considerada por los galos de bárbara la costumbre de las mujeres hispánicas de perforarse los lóbulos de las orejas con un arco de oro o de plata, al que prenden, las más de las veces, una piedra preciosa. Rodean también su talle con un cinturón de madera, para parecer más pomposas y no salen de casa si no las acompaña una caterva de criados que las precedan y de criadas que las sigan.»
«Es de alabar en las mujeres hispanas que se abstienen mucho del vino, y es de vituperar que deformen su rostro con colirios, minio y censura.»
Pasa, por último el bueno de nuestro Serveto a analizar la gran valía de los españoles para la guerra, hecho éste que les ha proporcionado victorias en múltiples batallas, así como su ascetismo («siendo sufridísimos de hambre, sed y trabajos en la batalla») así como también su astucia y sagacidad «en las estratagemas». Y concluye el capítulo resaltando su avidez de aventuras y la calidad de sus «navegaciones oceánicas» pasando a describir sus conquistas y descubrimientos allende los mares. Pero al margen de estas jugosas reflexiones interculturales, el amor a la verdad de Servet le creó serios problemas posteriores sobre todo en lo referente a su descripción de Tierra Santa, en desacuerdo según se dijo con las Sagradas Escrituras. Servet, que se apoyaba en las memorias de los viajeros, adujo, con toda la razón del mundo, que su descripción se refería a la Palestina actual y no a la que vio andar por ella a Cristo. El, decía, no tenía culpa alguna de que una y otra no concordaran ni de que el tiempo hubiera trocado aquellas tierras de estériles en fértiles.
La gran acogida dispensada a la Geografía de Tolomeo-Servet sirvió a éste para que su prestigio intelectual en Lyón subiera buenos enteros en su cotización. Hallábase contento nuestro hombre en aquel agradable ambiente donde se movía a las mil maravillas. Sus conocimientos médicos y astrológicos habían aumentado sustancialmente con el magisterio que ahora ejercía sobre él un ilustre galeno y humanista lyonés: Sinforiano Champier, la influencia de Champier sobre Serveto será decisiva para su configuración intelectual y de él le vendrá, sobre todo, ese neoplatonismo tan caro a su posterior pensamiento. Por otro lado —y la cuestión tenía para Servet su importancia— gozaba éste en Lyón de una bastante sólida y relajada posición económica que le permitía, tal vez por vez primera en toda su existencia, mirar la vida con algún reposo y serenidad. De tal suerte, entre unas y otras cosas, Servet, podemos decir sin temor a errar, aceleró de modo importante el proceso de su maduración. No fueron, sin embargo, y si se atiende a lo estrictamente hecho público bajo su firma, muy creadores esos años pasados en Lyón, sino, más bien, recopiladores. Tan sólo edita un pequeño opúsculo de carácter ocasional y en respuesta a los ataques de Leonardo Fuchs, un profesor de Medicina en la Universidad de Heidelberg, a su maestro y buen amigo Sinforiano Champier. El libro lleva por título In Leonardum Fuchsium Apología, aun cuando la Historia le conoce mejor por el más directo de Apología pro Sinforiano Champier. Constituye este texto servetiano, como su propio subtítulo indica con mediana claridad, una apasionada defensa de Champier «a quien como discípulo, tanto debo» y, al tiempo una documentada y brillante refutación de las ideas de Fuchs, atentatorias, según Servet, contra la Iglesia misma. «He cogido la pluma, escribe el ardoroso aragonés, como un hijo la cogería por su madre.» No es momento éste para detenerse en el contenido de este librito de Servet asunto más propio de una Historia de la Medicina que de esta breve excursión por la vida y la muerte de nuestro muy querido y admirado aragonés. ¿Qué añadir de su estancia en Lyón? Poco más. Sus traducciones, sus cotidianas ayudas a Champier, sus regaladas actividades sociales en la atmósfera mundana de Lyón... No se sabe muy bien por qué (y es curioso que esta frase se repita de continuo cuando hablamos de Servet cuya biografía es oscura y a menudo subterránea) pero lo cierto es que en 1536 el Serveto abandona Lyón camino ahora de París, es decir, repitiendo a la inversa su anterior viaje. Todo parece indicar que Servet tomó su decisión por consejo de Champier que, a buen seguro creería que nuestro hombre habría de encontrar en la capital de Francia ámbito y ambiente más propicio y menos estrecho para sus bulliciosas inquietudes.
Y en París le tenemos hospedado de nuevo en busca decidida del prestigio, dispuesto a ganarse para siempre la difícil y muy ilustre villa como médico profesional y teólogo de personal cuño pues es ya seguro que sus conocimientos anatomofisiológicos habían ganado en profundidad y vigor. Pero Servet lo primero que hace apenas llegado a la bella ciudad del Sena es matricularse en su facultad de Medicina tanto para culminar sus estudios como para adquirir el necesario refrendo académico de éstos. Y a fe que su entrega y dedicación a las tareas de la medicina es inmediata y total en la doble y lógica vertiente de éstas; es decir, tanto en su aspecto teórico cuanto en su necesaria proyección práctica que el Serveto cuida desde el primer día mediante la constante actividad de disección. La idea que sustenta la concepción médica de Servet no es, pues, dogmática y meramente humanística sino que, por el contrario, el estudio de los grandes clásicos se aúna en él con la práctica médica. La observación directa no tiene, pues, sustituto y aquello que se ve con los propios ojos es incontestable e inobjetable. Las actividades médicas de Servet le valen una alta consideración como galeno, según puede desprenderse del testimonio de su maestro parisino, el entonces muy famoso Juan Gunther quien en sus Instituciones Anatómicas (Basilea 1538) no tiene reparos en escribir: «Tuve por ayudantes a Andrés Vesalio, joven muy diligente en Anatomía, y a Miguel Servet Vilanovano, varón eminente en todo género de cultura y a ninguno inferior en la doctrina de Galeno, examinando con la ayuda de aquéllos, en muchos cuerpos humanos, las partes interiores y exteriores, los músculos, huesos y arterias y venas y mostrándolas a los estudiosos.»
Pero, claro está, Miguel (que desde hacía poco había trocado su Servet originario por el de Vilanovano o Volleufre si atendemos a su traducción gala) tenía además de las muy sanas aficiones médicas la de comer cada día aunque fuera frugalmente y, para satisfacer estas mínimas necesidades corporales, hubo de buscarse un empleo, el cual aun cuando no le fue difícil en exceso hallarlo, le traería como habremos de ver, no pocos e importantes problemas. Como la cultura de Miguel era sumamente vasta y su inquietud intelectual plural, no pareció poner demasiadas dificultades a profesar en el colegio de los Lombardos como «maitre» de matemáticas. Sus clases alcanzaron una importante audiencia entre el alumnado y a ellas asistía con cierta frecuencia Pedro Palmier que luego será Arzobispo en Viena del Delfinado y que desde su puesto ayudará de manera sin duda decisiva a nuestro pobre Serveto.
No eran muy ortodoxas en verdad las Matemáticas que enseñaba el Vilanovano y, en rigor de verdad, más que Matemáticas se trataba más bien de Astrología y dentro de una rama difícil y legalmente perseguida, lo que entonces se llamaba Astrología Fiduciaria. La influencia de su buen y extravagante maestro Champier comenzaba, al parecer a dar sus frutos. Amargos frutos éstos, pues no pasó mucho tiempo desde el inicio de sus clases hasta el momento en que la Universidad se lanzara sobre él de forma incontenible. Sus convencimientos por tanto extravagantes en el valor científico de la Astrología le llevó a escribir un pequeño opúsculo de sólo 18 páginas titulado Apologética dissertatio pro Astrología que no tardará en llegar a manos de los sesudos profesores parisinos. El decano de la Universidad nos cuenta con detalle los pormenores del «affaire». He aquí su relato:
«Cierto estudiante de Medicina, Michael Villanovanus, de nación hispana, según dice Navarro, aunque hispanos sus progenitores, durante algunos días del año 1537, explicó Astrología fiduciaria o de la adivinación en París, cuyas lecciones abandonó por haber oído que la dicha astrología fiduciaria era condenada por los doctores médicos parisienses, tanto en sus lecciones privadas como en las controversias públicas. Indignado Villanovanus dio a la imprenta una Apología en la que atacaba a ciertos doctores y al colegio médico parisiense.»
Explica luego el decano el desvariado propósito de Servet quien no hacía otra cosa sino «embarullar la verdadera Astrología en aquella otra fiduciaria» y cómo se acercó hasta él con ánimo dialogante. «Yo, como decano, escribe, le advertí que retirase de la prensa dicha Apología». Conociendo como conocemos a Servet fácil es adivinar su airada y negativa reacción. En efecto, prosigue su relato el decano, «no hizo caso de las duras amenazas que le hice en presencia de muchos estudiantes y de dos o tres doctores en la Sala de Anatomía en que dicho Villanovanus, con otro cirujano, acababa de hacer la disección de un cadáver». La actitud del decano ante el enojo de Servet fue tan inmediata como tajante: «No bien se había terminado la distribución, voy, cojo el libro y lo llevo al Real Consejo, instando que fuere prohibida la venta.» Hecho lo cual el magnánimo decano de la ilustre facultad cita a Serveto para el día siguiente a fin de que éste prestara declaración. El aragonés se presentó «osado y altanero» (textual). El «proceso» por llamarle de algún modo, pues en honor a la verdad tuvo más bien un carácter informal, concluyó en la sesión a puerta cerrada del 18 de marzo de 1538. El decreto o sentencia dictada por el Parlamento parisino no era todo lo fuerte que cabía esperar, pues era legal condenar a la hoguera en virtud de la práctica de tales menesteres astrológicos. Servet podía «continuar haciendo profesión de Astrología» bien que «sin hablar de los particulares influjos de los astros y terminaba por aconsejar el Parlamento a la Facultad que tratara al español «dulce y amigablemente como deben hacer los padres con los hijos».
El libro, naturalmente, corría peor suerte que su intrépido autor y desde aquel instante quedaba prohibida su difusión, su segunda etapa parisina se va a cerrar. Servet, cuyo destino de eterno perseguido se dibuja cada día con más nítidos perfiles acosado de nuevo por su suerte, se ve obligado a abandonar la capital de Francia. En ella podemos decir a modo de conclusión, ha sellado su formación médica y como prueba inequívoca de la altura que sus conocimientos en la ciencia de Galeno ha alcanzado, está su libro Suyruporum Universa Ratio, texto estrictamente científico de cuyo éxito en el momento de su aparición dan fe las cinco ediciones que en el corto logro de once años saliesen de él a la luz pública. Pero su agitada y andariega vida prosigue. Una pequeña ciudad Charlieu (en el actual departamento del Loira) será el nuevo escenario de su constante peregrinar por las tierras de Europa. Abramos, pues, un capítulo más en nuestro relato.
Servet vive en Charlieu las largas y despaciadas horas de un médico de pueblo; entretanto, con sencillez y sin ruidos ni aparatosidades, prepara su Christianismi Restitutio, donde aparecerá, nada menos, que su gran descubrimiento sobre la circulación menor de la sangre, por el cual su nombre tiene forzosa cabida en la elemental Historia de la Medicina. No se conocen tampoco demasiados datos en torno a la cotidiana existencia de nuestro hombre en Charlieu. Se sabe, sí, que durante aquellos años tranquilos gozó de la protección de una noble familia del lugar, los Rivoire y también que el tono de su vida experimentó un giro de 180 grados: el que va desde la guerra a la paz, desde el permanente desasosiego a un vivir severo y regalado. Con todo, y por lo que consta en las declaraciones ginebrinas, no puede decirse que esa calma no tuviera lagunas porque, a lo que parece, «yendo de noche a visitar a un enfermo, le acometieron los parientes y amigos de otro médico, envidioso de él, y le hirieron y él hirió a uno de ellos, por lo cual estuvo dos o tres días en la cárcel».
Charlieu se halla, según es sabido, muy cerca de Lyón, ciudad ya conocida de Serveto y de la cual le separaban ahora apenas ochenta kilómetros y es de esperar que durante los tres años de su estancia en el pueblo muchas veces fuera hasta Lyón. Los acusadores de Servet, ajenos en todo a las más elementales normas del respeto, intentaban sacar a relucir una vida disoluta de nuestro personaje en aquel apacible Charlieu. Sus respuestas fueron contundentes. Pero, desde su lado negativo, arrojan un buen puñado de luz sobre la tan oscura biografía de Servet. Preguntado el médico aragonés sobre si había hecho proposiciones matrimoniales a una joven de Charlieu, respondió éste afirmativamente pero, a continuación aclaró sin ambages que pronto hubo de desistir en su propósito por cuanto se sabía impotente («ioy aut qu’ie ne se sentait capable» en los términos franceses del informe). Mas, como quiera que no se quedaron contentos los irrespetuosos y molestos jueces. Servet hubo de explicarles con algún detalle las causas de su supuesta impotencia, lo que él hizo, según ellos, del siguiente modo:
—Vu qu’ie etant coupé d'un coté et de l'autre rompu.
¿Cómo interpretar tales palabras? Al parecer nuestro pobre aragonés padecía de una hernia en un lado, motivo éste por el cual anduvo siempre cojeando. Se ha querido ver en su declaración que Servet hallábase castrado aunque, como afirma con lógica un doctor biógrafo, el término «rompu» no significa de suyo castrado. La operación, afirmó Servet, se la habla realizado muy de pequeño y aunque no recordaba con exactitud la edad que a la sazón poseía, dijo que alrededor de los cinco años.-El mismo doctor entiende ambas respuestas servetianas del siguiente y bastante equilibrado modo: Servet se hallaría sin un testículo a causa de una operación quirúrgica aun cuando conservara el otro y «obviamente la hernia hay que descartarla a los efectos de lo que retrata» la pregunta es pues, irremediablemente ésta: ¿era psíquica o física la supuesta impotencia de Servet? Al análisis de las disquisiciones servetianas en torno a la naturaleza del amor humano permite hallar una sospechosa y peligrosa realización sublimadora de lo que se infiere, a juicio del Dr. Barón, «una postura anímica que propende a la impotencia psíquica».
Sea cual fuere el origen último y fundante de esta declarada impotencia de Serveto lo cierto es que en su vida amorosa resulta imposible hallar ningún lance que permita aventurar la hipótesis de un Servet mujeriego y licencioso. Muy al contrario todos los testimonios hallados sobre su comportamiento en esta para él tan dura y poco alegre vida abonan la imagen de un médico cojitranco y extravagante, audaz, temerario incluso, pero de inexistente vida sexual, encerrado así en la dramática torre de marfil de su miedo y su impotencia. Todo menos corrupción moral puede achacarse a nuestro hombre que, según parece murió en aquella horrible hoguera de Champel sin haber conocido los deleites del sexo. Poco más puede decirse de aquella su larga —3 años con sus días y sus noches viendo enfermos, pergeñando libros y soñando sin duda más claros horizontes— estancia en Charlieu. Se dice —sin que tal afirmación pueda apoyarse en constancia gráfica alguna— que el Serveto se hizo rebautizar con ocasión de cumplir sus 30 años. Es probable que dadas las evidentes aunque episódicas afinidades que le unían a los anabaptistas mantuviera contactos clandestinos con miembros de esta secta tan perseguida. En efecto, no es ningún secreto hoy que las opiniones del aragonés respecto a los Sacramentos se reducían a considerar como necesarios sólo dos: la cena y el bautismo bien que éste sólo para los adultos, es decir, de una decidida y firme voluntad personal que le dotara de su más pleno y ferviente sentido. Pero, con todo el rebautizamiento de Servet es mucho más una hipótesis irresponsable que una realidad pese a que, claro está, la defensa servetiana del anabaptista haga pensar aún hoy que el cojuelo aragonés hubiera optado por tamaña decisión.
Y de nuevo, cumpliendo esa ley inexorable del exiliado, parte Servet de Charlieu camino de Lyón. Pero por esta vez —primera en su vida— lo hace por propia voluntad y sin presiones externas de ningún tipo. Es probable que el ambiente recoleto que reinaba en Charlieu concluyera por hacérsele insoportable a un espíritu dado a la guerra como el suyo; es probable asimismo, que los proyectos que anidaba Servet en su soñadora cabeza le urgieran el cambio de residencia. De cualquier forma durante tres años Servet representó a las mil maravillas su papel de médico rural trabajando incansablemente en el cuidado de sus enfermos. Tal vez Charlieu fue así un pequeño paréntesis en la vida atormentada de Servet, un mismo oasis de paz en su existencia agitada. Allí tomó nuevos bríos para recomenzar su combativa andadura y según parece, ganó buenos cuartos como para emprenderla con alguna garantía personal. Los dos pequeños altercados —tan sentimental el uno como de envidia y horror el otro— debieron ser la gota que colmara el vaso de la inocuidad y Serveto en silencio estaba a los pocos días en su querido Lyón.
Los años que habían transcurrido entre su primera y esta su segunda llegada a la intelectual villa lyonesa sirvieron, natural pero fatídicamente, para enfriar el prestigio de Servet y, de esta guisa el quijotesco y aislado médico, hubo de aceptar como reinicio de su vida en la ciudad, menesteres de baja esfera intelectual tales como el de corrector de pruebas, oficio este no nuevo para él como a su tiempo se dijo. Frellon, un conocido e importante librero fue su primer amo, pero pronto reemprendió su labor de traductor dando a las prensas una segunda edición de su brillante y polémica Geografía Tolomeica que iba dedicada esta vez a su buen discípulo Pedro Palmier convertido ya a la sazón en Arzobispo de la Viena del Delfinado.
Su carrera humanística proseguía sin interrupción: pocos meses después concluía para Hugues de la Porte una documentada edición de la Biblia Sacra de Santos Paguini por cuyo trabajo cobró según piensa Menéndez Pelayo, 500 francos cantidad insólita para aquellos momentos. Pero no fue esta Biblia la única cuya versión hiciera el Serveto —que conviene no olvidarlo no hacía uso ya de su real apellido y sí de su lugar de nacimiento, esto es, Vilkneuve traducido al francés— porque el mismo Hugues de la Porte le encargó pasado un tiempo, una nueva Biblia muy rara de hallar hoy y cuyo capítulo era Ex postreuris Doctorum. Más tarde la tarea de corregir una descomunal Biblia en seis volúmenes —ingente en verdad mírese como se mire y conociendo además la meticulosidad con que trabajaba desde siempre el Serveto— le llevó casi cinco años.
Esta Biblia —tercera de las realizadas por Serveto— lleva el siguiente título; Biblia sacra cum glossis y en ella puso Servet toda la pasión literaria de su pluma fácil, todo su conocimiento de las lenguas clásicas y, en general, su espíritu creador y su amplia cultura teológica. Según afirma un biógrafo «modifica los encabezamientos de los capítulos y, sobre todo, agrega numerosos exordios que constituyen, no solamente una auténtica aportación personal, sino una interpretación, la mayor parte de las veces heterodoxa, de la doctrina tratada».
Es evidente con solo echar una fugaz mirada al catálogo de sus publicaciones (a las antedichas es preciso añadir para ser justos una traducción de la Summa Theologica del Aquinate y una suerte de tratado místico titulado el Desiderius peregrinus) que aquéllos fueron de suma actividad intelectual, de copiosa creación. Infatigable trabajador el Serveto supo llevar toda esta sofocante labor sin separarse ni distraerse de sus estudios médico-teológicos, ni de sus peculiares investigaciones que dentro de no mucho cristalizarían en su magno Cristianismi Restitutio. Pero de nuevo el rumbo de Servet cambia de norte y, como antes el franciscano Quintana le llevaba consigo a Italia, ahora Pedro Palmier le requería a su lado en la Viena del Delfinado.
Y hacia allí se fue sin mayores titubeos el inquieto Servet. Palmier le ofrecía, desde su privilegiado puesto de Arzobispo, una sólida y prestigiada carrera médica y debió ello bastarle a Miguel para liarse la manta a la cabeza, recoger sus libros y sus pocas cosas de solterón inconsolable y salir hacia Viena con ese aire de estudiante vagabundo del que jamás había logrado zafarse del todo.
Doce años viviría Serveto en la Viena del Delfinado, años que constituyen al decir de todos sus biógrafos y estudiosos el período más feliz de toda su vida, hecho debido tal vez en gran medida a la indudable y feliz protección del buen Palmíer. La ciudad, ni muy grande ni muy pequeña, de atmósfera vital bastante flexible, propiciaba un vivir encerrado en sus libros, en sus enfermos y en su creación diaria. Buena prueba de su creatividad es el catálogo de sus publicaciones: desde las Declarationes Jesu Christi filius Dei Ubri V, a las reediciones de las Biblias y las cinco nuevas ediciones del Symposium y, por último, su gran y definitiva obra ya tantas veces aludida, el Christianismi Restitutio.
Transcurridos seis años desde el día que llegó a Viena del Delfinado Servet, es decir Miguel Villeneuve, decide naturalizarse francés. Este hecho, que muchos han pasado por alto, tiene sin duda importancia por cuanto puede verse en él el firme deseo de nuestro personaje en hallar en su nueva nacionalidad una mucho mayor seguridad personal y jurídica. Servet, pese a las apariencias, no se vio jamás libre de las amenazas a que su condición polémica le sometían de continuo y, ni aun con el sólido apoyo del Arzobispo Palmier, sentíase libre el aragonés de las iras de unos y otros. La prueba más fehaciente de dio radica a nuestro juicio en el sigilo —tan impropio en él— en que redactó el Christianismi Restitutio. Mas lo cierto es que la existencia civil en Viena del Delfinado de Villanovanus o Villeneuve discurre entre cauces muy serenos como hoy se sabe a través de los documentos de la ciudad donde Miguel aparece rotando en su condición de ciudadano miembro de la élite o comprometiéndose a atender gratuitamente a los enfermos en las malas épocas por mor de su condición de galeno en ejercicio.
Tras varios años de tenaz trabajo decide —antes de darle a la publicidad— constatar su libro en las doctrinas teológicas al uso, siguiendo de esta forma fiel a una vocación que tanto puede ser considerada dialogante como polémica. Tal es el motivo de dirigirse abiertamente a Calvino, su antiguo enemigo en París que, tras su exilio, se ha instalado en Ginebra donde ha establecido una auténtica teocracia religiosa tornando la ciudad en un lugar sombrío e inhabitable para cualquier espíritu mínimamente libre y llevado de la alegría de vivir. La dictadura calvinista es, tal vez, el más amargo fruto de toda la Reforma y Servet —que será su víctima más preclara— el símbolo mayor que se erija históricamente contra su terrible intolerancia. Cal— vino, alma rígida e implacable, visceralmente dogmático, masoquista, casi había publicado en 1536 un libro donde queda expuesta a la posteridad todo su cuerpo doctrinal: La Institución cristiana. Toda la originalidad teológica de Calvino consiste en ser coherente en los presupuestos básicos de la Reforma y llevarlos hasta sus últimas consecuencias. Veamos esto con un cierto detenimiento porque a buen seguro forma parte esencial del marco histórico en que se movió para su desgracia el soñador e idealista Serveto.
El punto de partida de la doctrina luterana eran estos dos principios expuestos de un modo harto elemental:
«El hombre se salva ante Dios por la fe y no por las obras.» Es lo que Lutero y los luteranos llamaban «justificación».
«En materia de dogma sólo existe una autoridad: La Biblia.»
Las diferencias que acarreaban ambos postulados respecto a la concepción católica resultaban evidentes.
1º En tanto que para los católicos la fe y las obras constituían las dos caras de una misma realidad, los luteranos separaban fe de obras excluyendo estas segundas como irrelevantes de cara a la salvación.
2° Respecto a las fuentes de la fe las doctrinas eran asimismo diferentes: Los luteranos se apoyaban exclusivamente en la Biblia, en tanto los católicos consideraban, al tiempo, el valen: como fuente fidelista de la tradición.
3° En punto a los Sacramentos las diferencias eran aún más notables: los luteranos suprimían de los siete sacramentos católicos, cuatro de ellos y consideraban de tal suerte sólo tres como válidos: el Bautismo, la Eucaristía y la Penitencia.
4° La concepción de la Institución eclesiástica era, como es fácil advertir, muy diversa: para los católicos la Iglesia y, por tanto, la jerarquía con el Papa a la cabeza eran necesarias para la salvación, en tanto que los luteranos convertían en secundaria e irrelevante la jerarquía y hacían de la Iglesia sólo un elemento útil para la salvación del hombre.
5° Teológicamente había un punto de diferencias que podemos considerar sustancial: el referente a la Eucaristía. Tanto los católicos como los luteranos defendían la presencia real de Cristo en la Eucaristía pero mientras que los primeros creían en la transustanciación, los segundos no.
6.° Había por último un aspecto práctico donde ambas doctrinas divergían: la concepción del culto más espectacular y grandioso para los católicos, más simplificado y recoleto en los luteranos.
Hasta aquí las variantes que teológicamente arrojaban Reforma y Contrarreforma. Veamos ahora, para concluir este esbozo, la radicalización de estos presupuestos llevada a cabo por Calvino. Para Calvino (Institución Cristiana) el principio de la justificación acuñado por Lutero se convierte en principio de predestinación que él mismo expone en su magno libro de la siguiente forma:
«Llamamos predestinación al consejo (es decir, al diseño) eterno de Dios mediante el cual El ha determinado lo que quería hacer de cada hombre. Pues El no nos ha creado a todos de condición semejante sino que ordena a los unos a la vida eterna, y a los otros a la eterna condenación.»
La concepción antropológica que subyace a este punto de vista es claramente pesimista. El ser humano es para Calvino una criatura fundamental y esencialmente miserable, indigna y corrompida que no merece, de suyo, la gracia divina; la fe, bien es cierto, puede asegurar su salvación eterna, pero ésta no depende en absoluto del hombre sino que, por el contrario, le viene de Dios. El hombre, pues, al nacer viene predestinado para salvarse o condenarse. De nada le valen las obras porque el peso del destino —dibujado por un Dios casi matemático— gravita sobre él de forma irreversible y fatídica. Desde este ángulo la posibilidad de llegar a saber si uno se hallaba o no en estado de gracia se convierte en asunto de grave y urgente importancia. ¿Cuáles eran los signos que señalaban esa certidumbre de salvación (certitudo salutis)? Aunque desde un prisma estrictamente teológico la pregunta habría de carecer forzosamente de respuesta, esto es, era una cuestión del todo cerrada, cabía sin embargo, una contestación desde el ángulo pastoral y ésta, en resumen aconsejaba:
1° Marginar cualquier duda respecto a esa certeza de hallarse o no entre los elegidos.
2° La adquisición de la certeza se lograba mediante una intensa actividad secular dirigida no a asegurar la salvación (problema absurdo desde la lógica implacable de la predestinación calvinista) sino a evitar todo temor de condenación. Las obras se convertirían así no en una fuente de salvación, antes bien en una coartada para lograr una tranquilidad mundana que hiciera el vivir no del todo insoportable. De la sola fides luterana se pasó a la fides efficax de Calvino. El trabajo se convierte así para Calvino en un signo de no condenación y en este sentido un sociólogo tan distinguido como Marx Weber ha visto en esta ética del ascetismo y el ahorro calvinista el claro punto de partida del espíritu capitalista entendido, en sus propias palabras como «la actitud que busca las ganancias sistemática y racionalmente».
De un modo más pragmático el calvinismo se diferencia del luteranismo en los siguientes aspectos:
1De los tres sacramentos luteranos excluye Calvino la Penitencia.
2º En lugar de presencia real de Cristo en la Eucaristía Calvino sostiene una mera presencia espiritual.
3° El culto es en Calvino aún más simplificado que en Lulero. A la vista de tales diferenciaciones, un tanto burdas pero bien delimitadas, es sobremanera sencillo advertir el carácter singular, sui generis, del pensamiento teológico de Servet que, en frase suya no está «ni con unos ni con otros». Retornemos ahora al hilo de nuestro relato volviendo al punto en que le dejamos antes: cuando nuestro Servet se disponía a entablar una polémica constructiva con el teólogo picar do, hijo como él de un notario. Hacen bien a nuestro juicio quienes vinculan la agria polémica Servet-Calvino como un apartado más en la penosa y dificultosa edición del Christianismi Restitutio por cuanto ésta condicionó en buena medida la publicación de la obra servetiana. Veamos como ocurrió.
Había escrito ya Servet un primer borrador de su texto que, como veremos, envió luego a Calvino. Es decir, Servet tenía ya muy planeado el contenido de sus apiladas páginas y al entrar en contacto con su enemigo no hacía sino tratar de perfilar un pensamiento ya esbozado y si se nos apura sistematizado. Lo primero que hizo Servet fue enviar pequeñas y humildes preguntas a su rival, de tono generalmente suave, en torno a la figura de Cristo o al problema del bautismo por citar dos ejemplos significativos a lo largo de la obra conjunta de nuestro aragonés. Calvino —que firmó su correspondencia con el seudónimo de Carlos Despeville (o d’Espevilk) contestó a sus interrogantes con encendido tono dogmático y profesoral cual si Servet fuera un díscolo y depravado discípulo menor. Aquel aire molestó sin duda alguna a Servet quien, desde entonces adoptó un matiz harto más agresivo y desafiante. 30 cartas nada menos envió Servet a Ginebra, epístolas plagadas, como las de Calvino de insultos y mezquindades dialécticas. Pao, al margen de estas ocasionales palabras (ímprobo, blasfemo, ladrón, sacrílego y otras aún de peor estilo) el ataque de Servet a la doctrina calvinista es frontal como lo prueban los siguientes párrafos extraídos de una de sus cartas:
«Tenéis un Evangelio sin verdadera fe, sin buenas obras (...), las cuales son para vosotros vanas pinturas. Vuestra decantada fe en Cristo es humo sin valor ni eficacia; habéis hecho del hombre un tronco inerte y habéis anulado a Dios con la quimera del servero arbitrio. Hacéis caer a los hombres en la desesperación y les cerráis la puerta del reino de los cielos (...), la justificación que predicáis es una fascinación, una locura satánica (...). No sabéis lo que es la fe, ni las buenas obras, ni la regeneración (...). Hablas de actos libres como si en tu sistema pudiera haber alguno; como si fuera posible elegir libremente, cuando Dios lo hace todo en nosotros. Ciertamente que obra en nosotros Dios pero de manera que no coarta nuestra libertad. Obra en nosotros para que podamos pensar, querer, escoger, determinar y ejecutar (...). ¿Qué absurdo es ese que llamas necesidad libre?»
Los pasos cronológicos del diálogo polémico son, para facilitar la comprensión del lector, en este muy importante episodio de la vida de Servet, los siguientes:
1° Preguntas sencillas de Servet (ya citadas) y dogmáticas contestaciones de Calvino.
2° Las 30 cartas de nuestro hombre conteniendo agudas y sustanciales críticas al dictador ginebrino. La ira de Calvino va en aumento y Servet, le saca de quicio: «Yo te he advertido frecuentemente, escribe Servet en una de sus famosas y agudas epístolas, que te situabas en el mal camino.» Calvino, irritado hasta un extremo casi insospechado escribe a Farel: «Servet me ha escrito recientemente y adjuntado a sus cartas un gran volumen de delirios, advirtiéndome, con una jactancia thrasónica, que veré cosas asombrosas e inauditas. Se me ofrece a venir aquí si me place. Pero no puedo comprometer mi palabra porque si viene no toleraré, por poca autoridad que yo tenga, que él salga vivo.» Estas palabras posteriores del propio Cal— vino nos sirven para situar en su momento histórico exacto el orden de sucesión de los eventos.
3° En efecto Servet, una vez hubo enviado a Calvino, sus cartas se tomó la molestia de releer la Institución Cristiana, anotarla con una sagacidad increíble y mandársela sin mayores miedos a su autor, comunicándole al tiempo que se hallaba dispuesto a seguir la polémica cara a cara. Calvino no aguantó aquella osadía y se negó a contestar la correspondencia exclamando con aire concluyente: «No hubo página que no manchara con su vómito.»
4° No contento Servet consigo mismo aún decidió enviarle el borrador de su Christianismi Restitutio acompañado de la siguiente recomendación: «Ahí aprenderás cosas estupendas e inauditas; si quieres iré yo mismo a Ginebra a explicártelas.» La airada reacción de Calvino puede ahora comprobarse con sólo leer las palabras contenidas en su citada carta a Farel. El espíritu vengativo e inhumano, de puro intolerante y dogmático, de Calvino, se demostraba con aquella misiva en toda su dramática grandiosidad. Servet, que era osado pero jamás inobjetivo, conocía perfectamente la escasa y peligrosa calidad humana de su oponente pero se hallaba dispuesto a luchar hasta el fin en defensa de sus tesis. Así, un año después (1547) escribe sin ambages a Poupin «... Yo sé, sin dudarlo, que deberé morir por esta causa; este pensamiento no abate nada mi valor. Discípulo, yo sigo las huellas de mi Maestro.» Sabía pues nuestro hombre la áspera tierra que pisaba con sus «extravagantes» y heréticas doctrinas. No exageraba tampoco en sus temores como luego la Historia habría de demostrar pero, con todo, no conviene ver en aquéllos una anticipación de su suerte porque, en honor a la verdad, Servet jamás creyó en castigo tan brutal como aquella fatídica hoguera de Champel donde su vida se consumiría de forma tan trágica.
Servet había confeccionado el primer borrador pero hay que decir que aún tardaría siete años en construir su Cbristianismi Restitutio de manera definitiva y satisfactoria. Hasta aquel momento Servet prosigue con ánimo sus estudios y éstos le llevan a polemizar de nuevo sobre los temas teológicos que dan vida al siglo XVI. La prueba documental más fidedigna de este afán servetiano es la célebre carta a Abel Poupin ya citada donde dice al ministro de Ginebra tan duras frases como éstas que ahora reseñamos aquí por su valor histórico:
«En vez de Dios, tenéis un cerbero de tres cabezas. Por fe tenéis un sueño determinista (...) y, según vosotros, las buenas obras son imágenes vagas, sin contenido.» Repite luego frases ya dichas a Calvino y concluye: «¡Qué pena, qué pena, qué pena (...). ¡Pobres de vosotros! Esta es la tercera carta que os escribo para advertiros que abráis los ojos (...). En esta lucha de Miguel, sé que voy a morir pero no desfallezco.»
Alfonso Sastre ha «imaginado» así a aquel Miguel atormentado de la Viena del Delfinado luchando por su verdad sin caer en los riesgos de su aventura: «Lo imaginamos en la pura soledad de su gabinete más recóndito, soledad a veces mitigada por la presencia de algún joven discípulo o amigo del alma (...). Vedlo pues ahí, desmelenado y cejijunto, amarillento de no ver el sol y andar entre papeles, huesudo y zanquilargo, desvelado a medianoche, escribiendo sus cartas y meditando sus mandobles contra el error, la perversión y la tortura; cayendo en el delirio y levantándose a duras penas entre sudores de muerte y agonías interminables.»
Así era o podía ser a la perfección con escasas variantes, la mística existencia del Serveto en la Viena del Delfinado. Una existencia un tanto espectral y fantasmagórica, un no ir desviviendo como las mejores y más encendidas de nuestros místicos. Su libro crecía en volumen cada día que pasaba y su autor también en años. Ahora no era un joven precoz y espabilado, sino un hombre situado en la plena madurez física bien que prematura e irreversiblemente envejecido con tantos y tan combinados sinsabores cotidianos. Cuando hubo puesto el punto final a su voluminoso libro (743 páginas en octavo) intentó, claro está su inmediata publicación pese a no ser ajeno a los riesgos que ésta comportaba. No en vano había experimentado ya Servet en su propia carne las amenazas desde su más temprana y combativa juventud. Pensó, de esta suerte, que la edición le traería menos problemas si ésta se hacía en un país extranjero y con este motivo encargó su gestión a un amigo, a modo de intermediario. Se trataba de Martin Borrhans, un profesor de teología. La contestación de Borrhans fue para Miguel todo un jarro de agua fría. Hela aquí:
«Muy querido Miguel: he recibido conjuntamente la carta y tu libro. De editarlo actualmente en Basilea me imagino que tú comprenderás bien por qué no es posible. Por lo cual, cuando tú lo veas oportuno lo haré llegar por el mensajero acreditado que me enviarás. De mis sentimientos respecto a ti, deseo que no tengas ninguna desconfianza; en cuanto a lo demás, volveremos a hablar extensa y detenidamente en otra ocasión. Adiós.»
No se arredró Servet ante esta inicial negativa y, una vez hubo pensado el camino, prosiguió éste con idéntico denuedo que antes. Recurrió a sus buenos amigos los hermanos Trechsel (los mismos que habían dado a las prensas su ya muy célebre Tolomeo) pero éstos, temerosos y precavidos, denegaron su firme proposición. El mismo rumbo siguió su explosivo libro contra Frellón. Debía andar a la sazón muy desesperado el aragonés cuando la suerte o la desgracia, según se mire y en atención al terrible destino que aguardaba al hecho, hizo que éste cayera en manos de un valiente editor de Lyón, Baltasar Arnoullet quien, pese a poner serias advertencias, no le hizo demasiados ascos al texto. Servet cumplió uno a uno los requisitos exigidos por Arnoullet (que la impresión se hiciera no en Lyón sino en la Viena del Delfinado; que Servet corriera con los gastos y la distribución y otras condiciones de pequeño calibre) y el libro entró en esa fase última que antecede a su definitiva publicación. Esta se demoró sin embargo durante algunos meses dadas las dificultades de Arnoullet, residente en Lyón y que hubo de contar con la ayuda de Guillermo Gueronet, su cuñado, que a la sazón acababa de abrir una imprenta en el mismo Viena. Por fin, el 3 de enero de 1553 salía a la luz el Cbristianismi Restitutio de Miguel Servet alias Revés, quien volvía a trocar su antiguo Miguel Vilanovanus por su verdadero nombre mostrando de tal suerte una valentía que rayaba en el límite de lo imposible. Los 800 ejemplares de que constaba la primera tirada fueron distribuidos rápida y sigilosamente por Servet y Lyón y Ginebra vinieron a ser las ciudades hacia las cuales partieron un número mayor de ejemplares. Todos prácticamente fueron destruidos de manera que, hablando en rigor, no puede decirse que la doctrina de Serveto alcanzara una difusión extraordinaria.
El libro constaba de un muy variado y disperso temario: desde especulaciones teológicas a otras médicas (entre las cuales se hallaba la descripción de la circulación menor de la sangre) enriquecidas con todas las cartas de Servet a Calvino y un opúsculo «Apología a Felipe Melanchton». Resulta sumamente difícil y arriesgado emitir un juicio de valor sobre este monumental libro de Miguel Servet, máxime para quien como nosotros carece de una amplia formación teológica. Todos sus comentaristas coinciden en destacar tanto su originalidad como su embarullamiento expositivo, su asistematismo doctrinal. «Cosmos teológicos» le flama Bardier y el polígrafo santanderino no duda en calificarle de «orgía teológica así como de «delirios» casi místicos de un alma bondadosa y soñadora. Lo que sí es preciso es añadir que el Cbristianismi Restitutio, visto en su globalidad contiene un cuerpo de teoría totalizante, una visión del mundo ancha y con visos de total. La cultura que en él hace gala Servet es abrumadora y su influencia neoplatónica bastante transparente como con exactitud ha señalado el mismo Menéndez Pelayo. He aquí a modo de pequeña muestra, estas frases nucleares de claro ascendiente plotiniano: «Todo es uno, porque en Dios que es inmutable, se reduce a unidad lo mudable, se hacen las formas accidentales una sola forma con la forma primera que es la luz, madre de las formas (curiosa teoría ésta de la luz servetiana); el espíritu se identifica con el espíritu, el espíritu y la luz con Dios, las cosas con sus ideas, y las ideas con la hipóstasis primera; por donde Todo viene a ser modos y subordinaciones de la Divinidad.»
El panteísmo de Servet (Todo es en Dios) es, pues, evidente. De otro lado el tema de Jesús, la figura de Cristo tan cara a Servet como ya saben los lectores que hayan tenido la paciencia de llegar hasta aquí con nosotros interesados en la sin par personalidad de Servet que no por nuestra poca calidad de narradores, ocupa el mayor número de páginas. Ya desde la dedicatoria se pone de manifiesto esta nuclear pasión cristológica de Serveto:
«¡Oh! Jesucristo Hijo de Dios, que has venido del cielo, Tú que conviertes en visible la divinidad que se manifiesta en Ti, comunica Tú, Tú mismo a tu servidor, a fin de que una manifestación tan grande se aparezca con toda evidencia (...)• Dirige mis reflexiones y mi pluma a fin de que pueda narrar la gloria de tu divinidad y expresar la verdadera creencia en Ti.»
Este pancristianismo, la otra cara de su panteísmo, está presente a lo largo de todo su apasionado y apasionante discurso, porque en último término, lo que él pretende no es sino restituir a Dios su perdida sustancialidad. Pero su concepción neo— platónica aunque también sui generis, resulta extremosa y un tanto exagerada porque el Serveto es hombre de los que llevan a sus últimas consecuencias los principios fundamentales de su teoría, absolutizándose de manera totalizadora. Así, por ejemplo, llega a escribir en apasionamiento teísta:
«El alma de Cristo es Dios; la carne de Cristo es Dios (...). En Cristo hay un alma semejante a la nuestra, y en ella está esencialmente Dios. En Cristo hay un espíritu semejante al nuestro, y en él está esencialmente Dios. En Cristo, una carne semejante a la nuestra y en ella esencialmente Dios. El alma de Cristo su espíritu y su carne han existido desde la eternidad en la sustancia divina (...). Cristo es la fuente de todo, la deidad sustancial del cuerpo, del alma y del espíritu (...). En el futuro siglo, la sustancia de la divinidad de Cristo irradiará en nosotros, transformándonos y glorificándonos.
Estas y las anteriores disquisiciones hechas en tomo al misterio trinitario son, según pensamos, harto suficientes para que el lector interesado posea una idea cabal de los presupuestos doctrinales de Miguel Servet. Conviene ahora, antes de pasar a la descripción hecha por él mismo de su gran descubrimiento médico, analizar comparativamente las líneas heréticas de Servet en relación tanto a la Reforma como a la contrarreforma católica.
1° En primer lugar Servet estima, que todo el movimiento reformista de la ciencia fuente del dogma se halla en los textos bíblicos. Cree, pues en el principio de lo que se conoce como el libre examen esto es, el personal acercamiento a las Sagradas Escrituras.
2° Pero —en contraposición a los protestantes y más en consonancia con los católicos— no cree Servet en el principio de la justificación luterana y, menos aún en la predestinación calvinista, cuyas críticas feroces ya hemos visto con anterioridad. Fe sin caridad no es nada; caridad sin fe tampoco, estima nuestro hombre. Su doctrina está así alejada del pesimismo antropológico de Calvino, de su sombría concepción del ser humano a quien, es frase de Servet, «convierte en un tronco inerte», arrastrándole hacia la fatalidad y la desesperación.
3° En punto a los Sacramentos Servet tiene más relación con el protestantismo. Pero su idea es, contada también sui generis y, puestos a ver relaciones, se halla mucho más cercana en este aspecto a la secta anabaptista y a los socinianos que, en buena medida, pueden ser considerados como discípulos suyos. Servet en efecto, solo ve como Sacramentos la Eucaristía y el Bautismo bien que este último solo le parezca que posee sentido entre los adultos y nunca entre los niños, carentes de voluntad.
4° Respecto al problema del culto Servet es, asimismo, original; los signos externos y espectaculares le parecen claros y peligrosos resabios de paganismo, huellas latentes de doctrinas periclitadas con la llegada de Cristo Salvador. Iconoclasta absoluto, clama en ocasiones por la destrucción de los templos, la misa, etc... y estima que la Penitencia —que debe anteceder a la cena— debe tener un carácter colectivo: «Confesad vuestros pecados unos a otros.» Con Calvino esta vez se muestra fervoroso partidario de la simplicidad y esquematismo en el culto.
5° Contra los católicos no cree en la presencia real de Cristo en la Eucaristía sino tan sólo en una presencia virtual, aunque tampoco tenga su posición nada que ver con la de Cal— vino en este apartado. Servet es, como Socino, memoralista, esto es, la repetición de la situación especial creada en la última cena, realizada en memoria, constituía la esencia de ésta. «Cristo, dice virtualmente, estaba en la Ostia, igual que en cualquier otra parte.» Era el hombre quien, en virtud de la memoria, constituía y dotaba de sentido este acto especialísimo.
6° Su postura ante la jerarquía es anticatólica y en este sentido luterana. Entre Dios y hombre no debe existir intermediarios, el mensaje de uno a otro no precisa de claves. «¿Quién tiene derecho, exclama indignado Servet, a arrogarse tamaña prerrogativa? De tal suerte Servet es claro atacante de los votos religiosos y, naturalmente, del Papa de cuya autoridad dudó desde el primer instante.
Vistos tales puntos parecería que sus diferencias con Calvino eran más adjetivas que sustantivas. Pero ello, bien mirado, no es cierto en modo alguno por cuanto la doctrina de Servet atacaba el mismo cimiento que daba su bases al calvinismo. Los hombres no pueden, piensa Servet, ser culpables antes de haber hecho nada, estar condenados de antemano por una culpa de la cual no tienen plena conciencia. La vida misma no puede ser culpa de nada y si así fuera los protestantes, estima nuestro hombre, deberían maldecir al Eterno Padre y a su hijo «que la propia vida sobre la tierra». La doctrina de Servet era un ataque total a la concepción calvinista antes explicitada y de ello son magnífica prueba las siguientes palabras del Christianismi Restitutio:
«¿Puede existir, decidme, un dogma que condena a la casi totalidad del género humano desde toda una eternidad, a expiar sin fin ni tregua, en torturas inauditas, el crimen de un solo primer padre, causa primera y causa prevista por Dios de todos los crímenes? ¿Hay, decidme, un dogma más repulsivo a la conciencia de todo hombre justo? ¡Jamás! No, jamás la razón humana podrá aceptar vuestros malos dogmas que están en armonía con vuestras feroces almas.»
Y tras esta exposición de sus ideas teológicas, he aquí para el solazo del curioso lector la descripción de la circulación menor de la sangre contenida en el Christianismi y, por la cual, nuestro Servet tiene para siempre un puesto destacado en la Historia de la Medicina.
«... Ahora bien, la inspiración va hacia el corazón. El corazón es la primera cosa viva, una fuente de calor en medio del cuerpo. Toma del hígado como alimento, el líquido de la vida, el cual a su vez vivifica: del mismo modo que el líquido del agua suministra alimento a las partes superiores de las plantas, las cuales, en unión de la luz le vivifican a su vez para que intervenga en el desarrollo del vegetal. De la sangre del hígado está hecha la sustancia del alma merced a un proceso maravilloso que ahora vais a oír. Por esto se dice que d alma está en la sangre y que el alma misma está hecha de sangre o, mejor dicho de espíritu sanguíneo. No se dice que el alma esté principalmente en los tabiques del corazón, o en el cuerpo mismo del cerebro, o del hígado, sino en la sangre como nos lo enseña el mismo Dios, Genes. 9, Levit. 17 y Deut. 12.
Según esto debemos explicarnos, ante todo, cómo se efectúa la generación sustancial del propio espíritu vital, que se compone y nutre de aire inspirado y de sangre sutilísima. El espíritu vital —sangre arterial— tiene su origen en el ventrículo izquierdo del corazón y a su formación contribuyen en grado sumo los pulmones. Es un espíritu tenue, elaborado por la fuerza del calor, de un color amarillento y con un poder ígneo, ya que es como un diáfano vapor formado a partir de la sangre más pura y que contiene en sí las sustancias del agua, el aire y el fuego. Se origina a partir de la mezcla que en los pulmones se hace de aire inspirado y de elaborada sangre sutil que suministra el ventrículo derecho del corazón al izquierdo. Esta comunicación no se hace sin embargo a través del tabique medio del corazón, como cree el vulgo, sino mediante un sistema muy complicado —un largo conducto que recorre los pulmones— por el cual circula la sangre sutil que parte del ventrículo derecho del corazón: esta sangre es preparada por los pulmones, se vuelve amarilla y pasa de la vena arteriosa —arteria pulmonar— a la arteria venosa —vena pulmonar-.
Acto seguido, en esta misma arteria venosa se mezcla con el aire inspirado y se libra de impurezas mediante la expiración. Finalmente una vez mezclada, es atraída por el ventrículo izquierdo del corazón mediante el mecanismo adecuado de la diástole y se convierte en espíritu vital —sangre arterial—.
»ÉI que se efectúe de este modo, mediante los pulmones, el paso y preparación de la sangre, nos lo indican las múltiples uniones y comunicaciones de la vena arteriosa —arteria pulmonar— con la arteria venosa —vena pulmonar— en dichos pulmones. Lo confirma asimismo el gran tamaño de la vena arteriosa que no estaría hecha de ese modo, ni sería tan grande, ni enviaría tanto caudal de sangre purísima a los pulmones con el solo fin de alimentarlos ni el corazón iba a estar así supeditado a los pulmones: y en efecto, antes, en el embrión los pulmones están habituados a alimentarse de otra parte, puesto que las pequeñas membranas o válvulas del corazón, no se abren hasta la hora del nacimiento, como enseña Galeno. Luego la sangre se vierte del corazón a los pulmones tan copiosamente con otro fin desde el momento mismo del nacimiento. Asimismo no es simplemente aire lo que los pulmones envían al corazón, sino aire mezclado con sangre, que pasa por la arteria venosa: luego es en los pulmones donde se hace la mezcla. El color amarillo se lo dan a la sangre espirituosa los pulmones, no el corazón. En el ventrículo izquierdo del corazón no hay sitio para tanta y tan copiosa mezcla, ni la elaboración bastaría para este color amarillo. Precisamente, el tabique central, desprovistos de vasos y de propiedades adecuadas, no es apto para esta comunicación y elaboración aunque pueda producirse alguna exudación. Por el mismo mecanismo por el cual el hígado se efectúa el paso de la vena porta a la vena cava por mor de la sangre, se efectúa en los pulmones el paso de la vena arteriosa a la arteria venosa por mor del espíritu (sangre arterial). Si alguien compara esto con lo que escribe Galeno, lib. 6 y 7, sobre el funcionamiento de los órganos comprendería perfectamente esta verdad, a la cual el propio Galeno no se opone.
»Este espíritu vital pasa seguidamente del ventrículo izquierdo del corazón a las arterias de todo el cuerpo, de tal modo que el que es más tenue alcanza la parte superior del cuerpo, donde todavía sufre más transformación, principalmente en el plexo retiforme, situado bajo la base del cerebro, en el cual, a partir del espíritu vital, comienza a formarse el espíritu animal (fluido nervioso) que luego alcanza la propia sede del alma racional. En segundo lugar es diluido aún más por la fuerza ígnea de la mente, que lo elabora y acaba, pasando seguidamente por delgadísimos vasos o arterias capilares, que están situados en los plexos coroides y que contienen a la mismísima mente. Estos plexos penetran en las partes íntimas del cerebro y ciñen interiormente sus mismos ventrículos, protegiendo los vasos a ellos enroscados y enlazados, llegando hasta los comienzos de los nervios para que éstos puedan recibir los impulsos sensitivos y motores. Estos vasos, maravillosa y finísimamente entretejidos, aunque son llamados arterias, son de hecho las partes finales de las arterias, que van hacia los comienzos de los nervios, en el ámbito de las meninges. Hay una nueva clase de vasos: en efecto, del mismo modo que, para pasar de las venas a las arterias habrá en los pulmones un nuevo tipo de vasos formados a la vez de vena y de arteria, así, para pasar de las arterias a los nervios, hay en las meninges otra nueva clase de vasos, formados a partir de las túnicas de las arterias (aunque son principalmente las propias meninges las que mantienen sus túnicas en los nervios). La sensibilidad de los nervios no reside en la blanda materia de que están compuestos según vemos en el cerebro. Todos los nervios terminan en los filamentos de las membranas, que tienen una sensibilidad agudísima, debido a lo cual el espíritu es siempre enviado a ellas. Así, pues, partiendo de los pequeños vasos de las meninges o coroides, como de una fuente, el espíritu animal luminoso va como un rayo de luz por los nervios hasta los ojos, y lo mismo sucede con los demás órganos sensoriales. Inversamente, por este mismo camino, las imágenes luminosas de las cosas exteriores visibles al llegar al ojo son enviados a esta misma fuente, penetrando en el interior como por medio luminoso».
Serveto afirma en esta maravillosa y científica descripción algo que, según hoy se sabe, nadie había dicho antes que él, a saber, que hay una circulación. La importancia de este en un principio mínimo trecho es grandiosa máxime cuando Servet entrevió con suma intuición la existencia de lo que hoy llamamos oxigenación. El desconocimiento del oxígeno le llevó a nuestro hombre a bautizar éste con el muy abstracto término de «espíritu vital». Pero lo que más llama la atención en su descubrimiento no es tanto el ser considerado desde sí mismo, sino la científica de la exposición servetiana. El médico Villanovano no se limita, pues, a decir, sino que, dando pruebas de unos conocimientos médicos exhaustivos para su tiempo, razona cuanto debe de forma harto convincente.
Pero, no hay que olvidarlo, su texto sobre la circulación menor iba intercalado en un libro teológico que, además, corrió suerte sobremanera infeliz y desgraciada. La difusión de su descubrimiento fue en tales circunstancias mínima, hecho este que ha suscitado una ruidosa (y hoy apagada) polémica en torno a la paternidad servetiana del genial hallazgo. Ciertamente un médico árabe Ibn-an-Nafis, entrevió (aunque de más rudimentaria manera) ya en el siglo XIII la llamada circulación menor hasta el punto de que en rigor de verdad, fue éste quien ofreció la primera versión del fenómeno. Mas, no es menos cierto, asimismo que el libro de Nafis permaneció oculto e ignorado por el mundo occidental hasta que muy entrado el siglo XIX Müller lo editó en El Cairo. Servet, pues, jamás conoció el texto del genial médico árabe. Al margen de Nafis los historiadores de la Medicina arrojan sobre la palestra de esta polémica tres nombres: Valverde, Colombo y Cesalpino. Quede constancia en honor a la verdad histórica y a despecho de falaces idealizaciones de que, cronológicamente, fue Ibn-an— Nafis el primero en descubrir la circulación menor de la sangre. Respecto a los tres médicos citados diremos:
1°) Que Valverde, nuestro compatriota, descubrió la circulación menor en su obra Historia de la composición del cuerpo humano, editada en Roma con fecha 1556, es decir, tres años más tarde que Servet.
2°) Que Realdo Colombo lo hizo en su obra De Re Anatómica, Venecia (1559).
3°) Que Andrés Cesalpino lo hizo en Quaestionarium peripateticanum (1593).
El doctor Barón Fernández en su minucioso y magnífico libro sobre Servet traza el siguiente esquema cronológico sobre la circulación de la sangre que, en atención al curioso lector, pasamos a esbozar a continuación:
1) Siglo XIII. Ibn-an-Nafis, Comentarios sobre la anatomía del Canon.
2) 1546. Miguel Servet. Primer manuscrito (conservado en la Biblioteca Nacional de París), del Cbristianismi Restitutio, conteniendo ya la famosa descripción.
3) 1546. Francisco de la Reyna, Libro de albeyteria (no se conserva ningún ejemplar).
4) 1551. Bernardino de Montaña, Libro de la Anatomía del hombre (muy deficiente en punto al pb).
5) 1553. Miguel Servet, Cbristianismi Restitutio.
6) 1556. Juan de Valverde, Historia de la composición del cuerpo humano.
7) 1559. Realdo Colombo, De re anatómica.
8(1593. Andrés Cesalpino, Quaestionarium peripateticanum.
9) 1628. Harvey, Exercitatio anatómica de motu cordis et sanguinis in animal ib us (donde trata ya de la circulación general y no sólo de la menor).
Excluido Nafis y hasta llegar a Harvey, Servet es el más preclaro y pionero expositor de la circulación menor. Su texto es, sin lugar a dudas, el de mayor altura científica, el de tono más exacto y riguroso, el de más mérito y valor de cara a la fecunda y genial síntesis totalizadora de Harvey. La polémica en torno a la prioridad queda resuelta del lado de Servet siempre y cuando, volvemos a repetir, se haga caso de Ibn-an-Nafis.
La vida de nuestro hombre, desde el día que salió a la luz su magno y último libro, será ya una vida presidida por la constante y cada día más dura amenaza. El acoso público se cernía sobre él de manera absoluta y Servet habrá de agudizar sus recursos para zafarse de un perseguidor con muchos más elementos que el ingenio, pese a ser éste mucho y muy vario como hasta aquí hemos tenido ocasión de ir viendo sobre la marcha.
Como sabemos ya, el propio Servet había hecho llegar por medio de Frellón ejemplares de Ginebra. Frellón no tardó en comunicar la aparición del libro a Calvino quien, según cuentan las crónicas, se indignó, preso de tanta intransigencia, hedió este lógico si cabe toda vez que, al margen de las críticas contra su principio de la predestinación que el libro contenía, te hallaban en él las 30 cartas que Servet había dirigido al teócrata de Ginebra. Calvino cuyo espíritu mezquino, ruin y vengativo era bien notorio para desgracia del infeliz Serveto, montó un espectáculo actuando de director en la sombra que, sin duda constituye un ejemplo perfecto de cómo —y cuán traidoramente—, se lleva a cabo una delación. Los hechos sucedieron de la siguiente y muy ladina forma.
Calvino comunicó el asunto a un amigo suyo que actuó representando el papel de denunciador y testaferro. Se trataba de un tal Guillermo de Trie, de oficio mercader y primo del inquisidor lyonés, Antonio Arneys. El nefasto y sicario Guillermo de Trie escribió con celeridad una carta a su primo que andaba preocupado por su feo comportamiento religioso diciéndole entre otras cosas, las siguientes que afectan de modo sustancial la suerte futura de Servet:
«Por ahí dejáis tranquilo a un hereje que merece ser quemado doquiera se halle. Cuando yo os hablo de hereje me refiero a un hombre que sería condenado lo mismo por los papistas que por nosotros. Porque si bien es verdad que diferimos en muchas cosas, tenemos de común la creencia de que en una sola esencia de Dios hay tres personas y que el Padre ha engendrado al Hijo, que es la sabiduría perenne desde la eternidad y que existe una virtud eternal que es su Espíritu Santo. Un hombre que dice que la Trinidad que nosotros concebimos es un cerbero y monstruo del infierno, que vomitará todas las villanías que es posible contra todo lo que las Escrituras nos enseñan de la generación eterna del Hijo de Dios, y de que el Espíritu Santo es la virtud del Padre y del Hijo, y se burlará a mandíbula batiente de todo lo que los antiguos doctores han dicho, ved en qué lugar y estima lo tenéis.
»E1 hombre de que os hablo ha sido condenado por todas las iglesias que vosotros reprobáis. Sin embargo, se le soporta entre vosotros, hasta el punto de dejarle imprimir libros que están llenos de blasfemias que no se pueden decir más. Es un español-portugués, llamado Miguel Serveto por su propio nombre; pero él se firma ahora Villeneuve, y hace oficio de médico. Ha vivido algún tiempo en Lyón, y a lo presente reside en Vienne, donde el libro de que hablo ha sido impreso por un quídam que ha puesto allí imprenta, llamado Baltasar Arnoullet. Y a fin de que me deis créditos, os envío el primer pliego de muestra.»
La fatídica máquina de la persecución se había puesto en marcha inexorablemente contra Miguel Servet. Desde aquella tan mal intencionada y aviesa carta de los primeros días de 1553 y hasta octubre, fecha en que Servet acaba consumido en la hoguera, su vida será la crónica permanente de una huida. La oscuridad que antes se cernía sobre ésta se torna ahora en una luz casi cegadora que ilumina hasta el más mínimo detalle de su existencia. Los datos se amontonan con una endiablada rapidez; no son ya especulaciones más o menos imaginativas sino incontestables documentos de los que existen constancias gráficas indubitables. Por eso, y a veces a nuestro pesar, hemos de reunir un carácter preferente y a menudo exclusivo a ellos. Todas unidas dibujan una suerte de relato novelesco con el sabor de una crónica renacentista y de tal modo el lector sacará muy varias sugestiones no sólo de la vida de nuestro Miguel sino del tiempo que le tocó vivir y de sus vicisitudes y tono espiritual.
Tenemos ya la enrevesada carta de de Trie-Cal vino en manos del inquisidor Antonio Arneys. Sólo nos resta figuramos la cara mezcla de furor, sorpresa e indignación de éste al leerla con detenimiento.
La Inquisición francesa, antes sumergida en una vida cotidiana sobremanera tranquila, vive ahora momentos de actividad condenatoria. El terreno está pues, muy mal abonado para el desgraciado médico aragonés. Arneys, cuya categoría pública no le permite dar inicio a tamaña investigación, pasa sin dilación la misiva a Mateo Ony, a la sazón Inquisidor General del Reino de Francia.
Y es Ony quien, una vez tuvo en su mano los primeros documentos antiservetianos, formaliza denuncia contra Miguel, lo cual hace ante el señor Villars, auditor del nefasto Cardenal Tournon, Arzobispo y Gobernador de Lyón. Una terrible jugada del destino ponía en manos de Pedro Palmier, amigo y protector de Servet, la vida de éste. Palmier no podía detener el asunto viniendo de tan alto como venía y, preso de su condición, sumergido en el dolor, e impotente para ayudar al amigo, cursa las diligencias de rigor enviando, firmada de su puño y letra una carta a Maugiron, lugarteniente general del Delfín, por el conducto «de ordenanza», el vicario vienes Luis Arzelier, a fin de que, palabras textuales, «se hiciera rápida y eficaz justicia». He aquí el primer acto de la trama. La información está abierta y los investigadores señalados con el dedo. Queda, tan sólo, hallar a Servet y someterle a los interrogatorios de rigor.
Nuestro hombre tardó más de dos horas en acudir a la cita, momentos que debió aprovechar para arrojar al fuego cuantos papeles le pudieran complicar a su juicio la suerte. Pero según se cuenta y consta, Servet se presentó al requerimiento con aire sereno y lleno de paz aduciendo desde el principio a sus interrogadores que tenían abiertas de par en par las habitaciones de su casa para los registros que creyeran menester. Y la astucia de Servet surtió efecto: nada encontraron en su casa capaz de justificar ningún juicio negativo para él. Gueronet, el cuñado del impresor y éste mismo, Amoullet, fueron llamados a declarar, pero, como quiera que resultase imposible probar que el libro se hubiera publicado en aquella casa o en ninguna otra, pues carecía de pie de imprenta, Serveto hubo de ser puesto en libertad. El primer ataque había sido infructuoso y los agentes se fueron a sus casas tan tranquilos porque tampoco estaba en su ánimo hacer ningún daño especial a Servet, un protegido del cardenal, un desinteresado y eminente médico del cual el mismo Maugiron era desde antiguo cliente. Pero de hecho, el asunto no había sino comenzado.
Mateo Ony, frustrado en lo más íntimo de su veta inquisidora, escribió con urgencia a Arneys pidiéndole nuevas y más contundentes pruebas y éste, acto seguido, hizo lo propio ordenando a su sobrino de Trie le hiciera llegar documentos donde se demostrase la supuesta culpabilidad de Serveto. Cal— vino-de Trie contestaron al requerimiento con una segunda carta que a continuación reproducimos en su integridad:
«Mi señor primo: Cuando yo escribí la carta que habéis dado a conocer a los que estaban señalados como negligentes, nunca creí que las cosas habían de llegar tan lejos. Mi intención era tan sólo señalar cuál es el bello celo y devoción de los que se dicen pilares de la Iglesia, y luego se conforman con el desorden allí donde mandan y, sin embargo, persiguen duramente a los pobres cristianos que desean seguir a Dios en sus sencillas máximas. Para que el caso adquiera ejemplaridad y yo esté advertido, me parece ofrecerse la ocasión de tratarla en mi correspondencia con arreglo al asunto que nos ocupa. Ahora bien, ya que habéis declarado aquello que yo creía haberos escrito privadamente a vos solo, Dios quiera que ello sirva para purgar la Cristiandad de tales inmundicias y pestes tan terribles. Si esos señores tienen tan buena voluntad como decís me parece que la cosa no será difícil; aunque por ahora no os puedo remitir lo que pedís, es decir, el libro impreso, os enviaré una prueba mucho más convincente, a saber, dos docenas de cartas escritas por Serveto, que contienen una parte de sus herejías, pues si se le pone ante el libro podría no reconocerle como suyo, lo que no podrá hacer con su escritura. Para que las gentes de que habláis, teniendo la cosa comprobada, no hallen excusa alguna a desistir o diferir de tomar providencia.
»Todo lo demás es como esto; tanto el libro como los tratados escritos de manos del autor; pero yo debo confesaros una cosa, y es que a duras penas he podido sacar de manos del señor Calvino lo que os mando, no porque él deje de desear que tales execrables blasfemias sean castigadas, sino porque cree que su deber es, ya que no maneja la espada de la justicia, convencer a los herejes por doctrina, más que perseguirlos por tal medio. Pero tanto he insistido e importunado, aduciendo el reproche de ligereza que sobre mí caería, si no me ayudara, que al fin ha consentido concederme lo que os envió. En fin, yo espero que cuando el caso se resuelva con todo conocimiento pasado esto, recobrad de él una resma de papel que es lo que ha hecho imprimir. En cuanto a mí, sólo deseo y ruego a Dios que abra los ojos a quienes discurren tan mal. Creo que había omitido deciros que después que hayáis hecho uso de las cartas no las extraviéis. Ginebra, 26 de marzo.»
La carta de Calvino-de Trie carece de desperdicio y es una prueba incuestionable de la hipocresía del teócrata picardo, de su cinismo y de su mínima calidad humana. Los párrafos finales («y es que a duras penas he podido sacar de manos del señor Calvino...») pasarán sin duda alguna, a la Historia del cinismo y la doblez de los seres humanos así como también a esa crónica no menos importante del dogmatismo y la cegazón y sus amargos e ignominiosos frutos.
Todos los adjetivos son pocos y se quedan cortos a la hora de calificar este documento que acabamos de transcribir. Documento hoy y carta en su día que varió de forma sustancial el destino de Servet, quien a estas horas, ajeno a las epístolas que Ony, Arneys y de Trie se cruzaban entre sí, pero precavido de todos modos, se disponía a luchar contra el invisible aunque muy feroz e importante enemigo.
Las cartas, confidenciales, no lo olvidemos, de Serveto, se acompañaban, para hacer más eficaz y poderosa la denuncia, del tomo de la Institución Cristiana de Calvino con anotaciones y críticas de Servet.
Se conserva aún otra carta de de Trie (léase Calvino) remachando aún más las noticias anteriores sobre el «hereje» español quien, dice, «ha disfrazado su nombre haciéndose llamar Villeneuve, alias Revés, diciéndose que ha tomado el nombre de la villa de donde es nativo. Pero además, las tales noticias, se extendían en los siguientes términos:
«Y a fin de que comprendáis que no es de hoy el que este desgraciado se esfuerza en alterar la iglesia empeñándose en conducir a los ignorantes a una misma confusión con él os diré que ya hace veinticuatro años fue rechazado y expulsado de las principales Iglesias de Alemania y que si hubiese sido hallado jamás hubiese partido. Entre las epístolas de Ecolampadio, la primera y la segunda están dirigidas contra él con el título que le corresponde: Serveto Hispano Neganti Christum esse Dei Filium consubstantialem Patri... En cuanto al impresor no os puedo todavía enviar los indicios de que se trata de Baltasar Arnoullet y de su cuñado Guillermo Guenoult, hasta que estemos seguros. Es posible que la edición se haya hecho a expensas del autor y que él tenga ocultos los ejemplares. Ginebra,
Y de marzo.»
La carta tiene, ciertamente, gran importancia por cuanto:
2. °) Señalaba la identidad existente entre Servet y Villanovanus.
3. °) Insinuaba de modo muy eficaz los nombres de las personas que habían intervenido en la edición del Cbristianismi Restitutio.
Cinco días habían transcurrido tan sólo entre las segunda y tercera cartas del mercader de Trie, testaferro de Calvino. El «affaire» se llevaba pues con una prisa y una rapidez inauditas. Ambas cartas fueron suficientes para proseguir la investigación y, con ellas, se abre en realidad el proceso de Miguel Servet en Viena del Delfinado, primero de su vida si excluimos aquel otro ya lejano en la memoria de nuestros lectores, que tuvo como marco la Universidad de París y como tema acusativo sus explicaciones y su libro en defensa de la llamada Astrología Fiduciaria. Ony, una vez tuvo en sus manos, las dos cartas de de Trie, vio expedito el camino y, sin vacilaciones ni premuras ordenó la inmediata prisión de Miguel Servet y del infeliz Baltasar de Amoullet quien, a buen seguro maldecía su maldita suerte y su antigua y temeraria decisión. El 4 de abril de 1533 ingresaban en la cárcel. Servet fue cogido con malas artes en casa de un enfermo aduciéndosele la gravedad de un caso no muy lejos de allí. Cuando se hubo dado cuenta nuestro hombre de la estratagema ya se hallaba en las prisiones del Palacio Arzobispal, sede del pobre Pedro Palmier. Dícese que Antonio Bonin, el carcelero, recibió órdenes de tratar con amabilidad y honorabilidad, de acuerdo con su condición. Perrin, criado de Servet desde los 10 años, es decir, hacía cinco pues tan sólo contaba 15 a la sazón, fue autorizado para continuar prestándole sus servicios.
Sí proceso dará comienzo al día siguiente y para nosotros no será de ninguna dificultad proseguir sus vicisitudes porque hoy contamos ya con los documentos completos de éste. El primer interrogatorio tuvo lugar el día 5 del mes y se trató en él de perfilar un bastante completo curriculum de nuestro hombre que, en honor a la verdad, no transcribimos aquí ya que todas las noticias en él contenidas son ya del conocimiento de nuestros lectores. Hay, con todo, algunos datos que es preciso mencionar, tales como la presentación a Servet de la Institución Cristiana de Calvino con las páginas anotadas por el aragonés. Preguntado Servet sobre si reconocía su letra propia, contestó que a primera vista era incapaz de afirmarlo positiva y tajantemente. Tras observarlas con mejor atención y detenimiento se consideró, sin miedo alguno, como el autor de las citadas anotaciones, añadiendo que se hallaba dispuesto de muy buen grado a corregir cualquier doctrina errada siempre, claro está «que se le demostrase» su error. Y tras esta declaración dio fin el primer interrogatorio.
Al día siguiente, 6 de abril, continuó el proceso con el segundo y más sustancial interrogatorio en el cual, según consta en las actas dijo entre otras cosas no menos importantes el acusado a propósito de su De libero arbitrio:
«Señores, yo os quiero decir la verdad. Estas epístolas han sido escritas durante el tiempo en que yo he estado en Alemania; hace alrededor de veinticinco años fue impreso un libro de un llamado Servetus español, aunque no sé de qué lugar de España era ni tampoco dónde vivía en Alemania, aunque he oído decir que vivía en Aganon (Hagenau) en donde se decía que había sido impreso el libro».
1. a continuación sigue la narración ahora en tercera persona:
«Cuando leyó él esta obra en Alemania, siendo muy joven, le pareció que decía cosas buenas o mejor que otras. Pese a ello dejó Alemania y vino a Francia sin traer ningún libro y con la única intención de estudiar Medicina y Matemáticas, como ha hecho siempre después. Habiendo oído decir que Calvino era hombre sabio y debido a la curiosidad que él tenía, le escribió sin conocerle personalmente y advirtiendo que se trataba detona correspondencia privada y para ver si él me podía apartar de mis opiniones o yo de las suyas, aunque yo no podía adherirme a su pensamiento. Añade Serveto que en su correspondencia con Calvino le hizo éste varias preguntas y al ver que éstas coincidían con los puntos de vista que había escrito Serveto en sus libros, le respondió que era el propio Servetus, a lo cual contestó que aunque no lo era en modo alguno estaba satisfecho de tomar la personalidad de Servetus y contestarle debatiendo nuestras opiniones. De esta forma nos enviamos las epístolas hasta ofendernos e injuriarnos. A la vista de ello, agrega Villanovanus, yo dejé de escribirle hace cumplidamente diez años; tampoco él lo ha hecho.»
Es de destacar que en el presente relato, se confunden Villanovanus con Servet cual si se tratara —siguiendo la opinión de Guillermo de Trie— de una sola y única persona. Al margen de las palabras antedichas se le preguntaron a Servet muy varias cuestiones tales como reconocer algunas epístolas suyas o contestar a si negaba el bautismo de los niños, sobre lo cual el precavido doctor adujo haberlo sostenido en su juventud no hallándose en la actualidad muy firme de aquellas opiniones. Concluida la sesión Servet regresó a la cárcel. Pero como veremos seguidamente, poco duró su estancia en ella pues no estaba al parecer, dispuesto a dejarse ganar la partida por sus enemigos. Hemos dicho poco y mejor es aún corregir esta mínima expresión; muy poco, en efecto, permanecería el inquieto médico de Villanueva en aquella cárcel de Viena que si no era lóbrega en sumo grado mucho tenía, como todas las cárceles, de sombría. Apenas hubo llegado a su celda Servet puso en práctica un plan de evasión para el cual es fácil contara con el apoyo del vicebarte de quien era médico y a una de cuyas hijas había curado de una grave y dolorosa enfermedad. Ordenó Miguel a su criado el fiel y joven Perrin que fuera a por dineros de los cuales andaban tan escasos como necesitados para su arriesgada aventura. Perrin se fue raudo hacia el Monasterio de San Pedro cuyo prior le entregó 300 escudos de oro que adeudaba al médico encarcelado. A las cuatro de la mañana del día 7 se levantó Servet de su cama y, tocado de gorro y con aire tan natural que no despertaba sospechas anduvo por el jardín de la prisión hasta que, cuando le pareció que lo» guardianes se hallaban lo suficientemente alejados, dejó sus ropas junto a un árbol, saltó con agilidad la tapia y cruzando el puente del Ródano se adentró por entre la oscuridad hacia las murallas de la ciudad. Se topó con una campesina que le reconoció pero que ajena a su condición actual muy bien pudo pensar en una urgencia médica nocturna. Por fortuna para Servet la campesina no fue interrogada hasta tres días después y de tal suerte Servet el 8 se hallaba ya en la región del Delfina— do, lejos de la ciudad del Ródano.
Nada más tenerse puntual y fidedigna noticia de la astuta evasión de Servet, hubo, unos dice un notable autor «pregones, trompetas, registros y mensajes a Lyón y otras ciudades del Reino». Todo el Delfinado se movilizó para la captura del hereje pero la cantidad de tales operaciones indagatorias mantenía cierta confianza en Servet y su leal vasallo. El día 8 de mayo, para desgracia del médico, se descubrió al fin, la clandestina imprenta de Arnoullet y los tres cajistas (Du Bois, Straton y Papillon) fueron llamados a prestar urgente declaración. Los cuatro adujeron su ignorancia en materias de Teología para zafarse así de las responsabilidades. Straton, buen comediante, fue el más expresivo: «Ay, Ay, dijo, que estuvimos trabajando en eso desde el día de San Miguel hasta el 3 de enero, y cuando nos dimos cuenta de que había gato encerrado, ya no nos atrevimos a denunciarlo, por temor a acabar nuestros días en una chamusquina, por nuestra culpa, por nuestra gravísima culpa». La huida de Servet agravó aún más sus males y, sin él, el proceso continuó de forma harto más simplificada. A los pocos días, cuando nuestro hombre vagabundeaba por las pensiones y las abadías del reino en compañía de su escudero Perrin, el Tribunal de Viena dictó contra él una sentencia terrible que por mor de las circunstancias no se cumpliría en este caso sino luego y de forma aún más patética y cruel; la condena comprendía cargos de:
2. Crimen de herejía escandalosa.
3. Dogmatización.
4. Composición de nuevas doctrinas y libros heréticos.
5. Cisma y perturbación de la unión y reposo públicos.
6. Rebelión y desobediencia a las ordenanzas promulgadas contra las herejías.
7. Efracción y evasión de las prisiones reales del Delfinado,
Por todo lo cuál, que no era ni mucho menos poco, se le condenaba a más de una multa pecuniaria de mil fibras, suma en verdad considerable, a la siguiente curiosa e impresionante sentencia:
«En cuanto sea aprehendido, llevado sobre un túmulo con sus libros a la vista y hora del mercado, desde la puerta del palacio delfinal, por las encrucijadas y lugares acostumbrados, hasta el lugar de la Halle de la presente ciudad, y seguidamente, en la plaza llamada de Chaineve a ser allí quemado vivo a fuego lento, de tal modo que su cuerpo quede reducido a cenizas. No obstante, la presente sentencia será ejecutada en efigie, con lo cual serán quemados dichos libros.»
El 17 de junio —un mes y diez días después de su osada fuga— bajo un sol de justicia y entre voces dispersas se quema en la plaza central de Viena la efigie de Servet y sus impíos y muy molestos libros «según la forma y tenor acostumbrados». Podemos imaginarnos el rostro sombrío de Palmier, su tristeza de amigo y discípulo; podemos también imaginarnos la cara mezcla de alegría e insatisfacción de Ony, de Ameys, del funesto Trie y, cómo no, de Calvino, que a buen seguro esbozaría alguna aviesa sonrisa en la desdichada Ginebra que con tanto y tan fiero dogmatismo había él mismo ensombrecido con su incontestada autoridad eclesiástica. Respecto a la andadura de Ser— veto durante aquellos meses que antecedieron a su captura poco se sabe con certeza y nada con certeza documental. Los biógrafos han dejado correr su pluma —llena en ocasiones de imaginación— para trazar un apretado y fantástico cuadro novelesco del fugado. Podemos de igual forma imaginárnosle de posada en posada, pasando sus noches en un continuo y atormentado desvelo; repleto de ira, indignación y tal vez espanto, pero, en último término, sobreponiéndose a sus temores, confiando con esa fe inquebrantable en la dignidad del hombre que fue enseña de su vida toda, en que sus perseguidores no serían tan fieros como se les pintaba. Se cuenta y ello es bastante probable que, cerca ya de Ginebra, en una abadía se despidió con cierto dolor y pena de su escudero Perrin pues la ciudad de Calvino constituía una terrible incógnita para su amenazada existencia civil, y no quería ver a su buen vasallo sumergido en tan ásperos menesteres. Y desde la abadía sacando fuerzas de flaqueza se dirigió con paso resuelto, decidido a probar suerte a la misma sede de su máximo oponente al cual, sea ello dicho en honor a la verdad, jamás temió dialécticamente este arriesgado, original, apasionado y genial Miguel Servet.
El entendimiento cabal de lo que iba a sucederle desde ahora a Servet exige dibujar un somero esquema de la situación político religiosa de la Ginebra de 1550. Ocurre que, indefectiblemente los hombres son ellos y su circunstancia tanto histórica como personal y que la vida humana no es más que una red seriada de relaciones de un «yo» con unos «demás» en un marco determinado cualitativa y cuantitativamente. No se puede pues aislar a la ligera la obra de la circunstancia en que se engendra ni el conflicto personal del escenario en que a la fuerza se desarrolla. Por encima o por debajo de las fuerzas individuales juegan factores de índole colectiva, obran dispositivos de carácter global cuya importancia para la elucidación de una vida es sin duda alguna insoslayable.
El caso de Servet es muy claro desde este ángulo. Sobre él gravita toda la cosmovisión conflictiva y tortuosa de un siglo —el XVI europeo— fraguado al calor de la polémica en tanto ésta dejaba entrever la apertura hacia un mundo nuevo que se divisaba ya en el horizonte. Pero además, dejando a un lado por su demasiada amplitud este aspecto totalizador, sobre Servet obran una serie de rasgos sobremanera decisivos. Su filosofía, alejada de cualquier suerte de dogmatismo, abierta a una libertad sólo limitada por una fe que en él raya en el misticismo más absolutizador e intimista, suponía una crítica frontal a todo un sistema ideológico —el calvinista— justificador y justificante de una concepción del mundo cerrada sobre sí, de un espíritu secular, mezcla de ascetismo ritualista y dogmática inflexibilidad mundana. El hombre calvinista es un fiel exponente del «desesperado» que se agarra a la fe como una tabla de salvación. Servet es todo lo contrario, espíritu alegre si cabe calificarle así, amante de la libertad y de la espontaneidad, figura quijotesca, creyente en los valores de un ser humano fuera de pesimismos intolerables y demoníacos.
La Ginebra de Calvino se hallaba asentada sobre la base de una unión de poderes, civil y religioso, que ofrecía firmes caracteres. De tal suerte la ciudad se había convertido en una como ciudad de Dios, una ciudad estado donde la religión constituía una pieza fundamental en el desarrollo de la vida cotidiana. Calvino era como el sumo sacerdote de una gigantesca secta; sus discursos eran materia casi de fe; sus acciones pastorales daban la nota a todas las ciudades, que respiraban el aire espiritual de una machacona doctrina llegada desde arriba. No fue, sin embargo, siempre así y, de hecho este rostro sombrío de ahora chocaba sobremanera con las estructuras abiertas y democráticas de hacía algunos lustros. Siempre, en efecto, se había distinguido Ginebra por su talante aperturista y liberal pero esta histórica libertad de los ginebrinos desapareció por completo cuando la ciudad fue tomada por Guillermo Farel, quien implantó (ayudado por Calvino) una insoportable teocracia de corte reformista-religioso. Los partidarios de las viejas tradiciones liberales pasaron a engrosar un partido de muy curioso nombre: los libertinos en oposición declarada a la rigidez del dictador Farel. Pero los libertinos no cesaron en su tenaz lucha y en 1538 coronaron sus laudables esfuerzos con una momentánea y parcial victoria. Tanto Farel como Calvino abandonaron Ginebra pero Farel volvió a sus andadas y en 1541 reconquistó la perdida ciudad. Calvino se hizo desear pero al poco regresó a su puesto papal, desempeñando desde entonces el supremo sacerdocio —Papa de la Reforma se le ha llamado (curioso en él que, como buen reformista, decía estar en contra de la jerarquía eclesiástica)— en «la Roma de la Reforma». Farel y Calvino eran, preciso es decirlo, extranjeros pero...
Pero lo cierto es que con ellos en el poder la ciudad trocó de manera sustancial sus hábitos, sus costumbres, su forma de vida, su mentalidad otrora liberal. El furor calvinista no parecía conocer límites y los castigos contra los «descarriados» y «herejes» comenzaron a llover del cielo de su santa indignación con una apabullante y veloz regularidad. He aquí como muestra un catálogo aleccionador de honores y actividades condenatorias de esta Ginebra donde ahora guía sus pies el desgraciado Serveto:
—Las mujeres no podían llevar en sus dedos impíos anillos.
—Las amas de casa no podían añadir ningún alimento al frugal plato único del día ni guardar en sus armarios irreverentes vestidos.
—La policía tenía derecho a una inspección anual de los hogares ginebrinos.
—Aquellos mismos agentes habían de cuidar para que en la calle no se escucharan canciones de corte rítmico y alegre.
—No se podía beber vino ni jugar a las cartas, vicios ambos muy mal vistos y que podían acarrear serios problemas a sus practicantes.
—La policía podía abrir cuantas cartas considerara oportuno.
—Los teatros y espectáculos públicos estaban rigurosamente prohibidos así como cualquier tipo de reuniones a las que concurrieran más de cuarenta personas.
Todo esto por lo que hace a la insoportable vida cotidiana. Preciso es pasar a continuación al capítulo de las penas, no menos sustancioso aunque sí más horripilante:
—Un burgués por sonreír en un bautizo: tres días de prisión.
—Unos obreros por comer embutido en su desayuno: tres días a pan y agua.
—Un hombre del pueblo por poner a su hijo el nombre de Abraham: prisión.
—Un violinista ciego por tocar para que bailaran algunos paseantes: expulsión de la ciudad.
—Un hombre por cantar en la calle: expulsión de la dudad.
—Dos bateleros por reñir entre ellos sin producirse daños mortales: ejecutados ambos.
—Un hombre embriagado por ofender a Calvino con insultos: se le atraviesa la lengua con un hierro al rojo vivo y luego se fe expulsa.
El catálogo no es ni pretende ser exhaustivo pero sí, desde luego, significativo y también, porqué no, aterrador desde su laconismo. A esta Ginebra llegaba Servet tras merodear durante varios meses por las tierras del Delfinado. ¡Osadía sin nombre la suya! Pero por ahora nadie sabe de su existencia. El camina con paso vigilante y oscuramente llega a la posada o albergue de la Rosa y se hospeda en ella. La posada se halla un tanto ale* jada del centro de la urbe y Servet pasa al principio desapercibido aunque es de pensar que por su extravagante aspecto llamara la atención de algunos hombres que por allí andaban. Parece que su intención no era permanecer en aquella pestilente villa sino partir cuanto antes hacia Zurich. Por de pronto tenemos a nuestro Miguel llevando a cabo averiguaciones sobre las posibilidades de viajar, etc. Su imaginación se iría, sin duda, hacia una barca que le permitiera atravesar el famoso lago. Para no despertar sospechas se hizo pasar por el doctor Micaele Vilamonti, viajero transitorio y entretanto daba rienda suelta a sus bastantes secretas pesquisas que, en honor a la verdad, no le resultaban a Servet especialmente trágicas por cuanto él temía a la inquisición católica que a la protestante ya que, no había «dogmatizado ni publicado en Ginebra» al decir de Voltaire lo cual es bien cierto. Este error de perspectiva le habría de costar la vida como ahora mismo veremos con detalle:
La sorda suerte se cernía sobre el intrépido Villanovano. El tiempo —un viento peligroso— hacía imposible la partida en barca y Servet, un tanto obcecado, permaneció en la posada de la Rosa en lugar de salir por tierra hacia menos inhóspitos lugares. Era domingo y Servet —que se hallaba vigilado, más no por su identidad sino por su nueva condición de extranjero— abandonó la posada —con todos los demás pues Calvino hablaba en la catedral y ¡ay! de aquel que no se dignara escuchar su celestial mensaje— y se fue andando hacia el templo. Se cuenta que Calvino le reconoció desde el pulpito entre la abigarrada multitud de ginebrinos, cosa esta harto improbable y fantástica.
Mucho más exacta parece ser la versión menos espectacular: reconocido por ciertos frailes de Lyón, éstos comunicaron de inmediato su presencia a Calvino y el Papa de la Reforma puso en marcha su máquina delatora.
A las pocas horas un estudiante de Teología, Nicolás de Lafontaine que era a la sazón, ¡qué casualidad!, secretario de Calvino, formalizó la denuncia contra Servet. El camino se había iniciado y nada podía interrumpir su inexorable rumbo. En contra de la ley, Miguel Servet era detenido en domingo (prohibición esta que se hallaba muy bien explicitada en el cuerpo jurídico ginebrino). Su delator, de acuerdo en este caso con la Ley, ingresaba con él en las prisiones en tanto se justificaban los motivos de la denuncia. Se dice sin pruebas documentales, que Servet fue avisado de su difícil situación momentos antes de la captura, pero que cuando se dispuso a preparar la fuga era ya demasiado tarde. Pero bien puede tratarse de una mera penitencia literaria, aderezo imaginativo para echar más salsa a la novelesca existencia de nuestro protagonista. Sea como fuere lo cierto es que el 13 de agosto de 1553, Miguel Servet alias Revés, ciudadano español naturalizado francés, dormía —es un decir— en las prisiones lóbregas y siniestras de la sombría dudad de Ginebra. Se abría ante él en aquella noche terrible un horizonte repleto de negrura. Pero, pese a ello, el tenaz aragonés sentíase bastante más confiado de lo que cabía esperar. En el fondo, en lo más hondo de su alma polémica y batalladora se dibujaba esa precaria alegría de quien, al fin, va a enfrentarse cara a cara a su enemigo. Y todos sabemos ya cuánto confiaba Servet en su capacidad dialéctica. Ni el mismo Calvino le arredraba, antes bien le inspiraba una irreprimible ansia de lucha. No sabía bien entonces Servet la desigual pelea intelectual que se disponía con tan buen ánimo a entablar.
El 14, Servet y Lafontaine comparecieron ante los señores magistrados. El joven Nicolás, hombre de paja, como se sabe, de Calvino, se ratificó en la denuncia presentando nada menos
Que 38 tesis contra Serveto escritas —es asimismo, un decir— de su puno y letra acusando a Servet, entre otras cosas de índole menor, de negar la Santísima Trinidad, la divinidad de Cristo y acusándole de panteísta. Miguel se mostró sereno ante aquellas 38 tesis, sereno pero firme; motivo por el cual se le puso de nuevo en manos del carcelero quien le condujo a las cárceles. Ya allí le fueron «ocupados» al denunciado los siguientes y muy curiosos objetos:
—97 escudos (restos de los 500 con que salió de Viena del Delfinado).
—1 cadena de oro.
—6 anillos de oro.
—1 zafiro blanco.
—1 tabla de diamante.
—1 rubí.
—1 gran esmeralda.
—1 anillo de coralina para sellar.
Al día siguiente se da inicio el proceso contra Servet, fruto del cual vendría a ser la trágica condena a la hoguera de Champel. Hemos de seguir con pormenores este proceso porque su importancia es decisiva en punto no sólo a la vida de Servet sino a la configuración tanto de su personalidad intelectual como de los modos, muy poco convincentes y sobremanera arteros de su mortal enemigo Calvino. Pero nuestro papel se limitará de ahora en adelante al de ordenadores cronológicos del material. Quienes hablan son sus mismos protagonistas y por boca propia. El narrador se oscurece ante su testimonio vivido, fiel, repleto de humanidad y valor histórico. Abramos las puertas, pues, al proceso.
Hechos los cargos fue interrogado Servet quien, en este primer careo con los jueces, no cedió un ápice en sus verdaderas opiniones. Manifestó no ser partidario del bautismo de los niños y, lo que es más importante para nuestra historia, adujo, de acuerdo con otros textos suyos, que «a nadie se puede procesar por sus opiniones» puesto que, en buena lógica «una diferencia teológica no puede ser resuelta por un tribunal secular», la tesis de Servet era irreprochable: ¿Cómo iban a juzgar unos señores sobre unas materias que desconocían? Para condenar al aragonés o a cualquier otro —respecto a un ámbito no común sino especializado— se precisaba ser teólogo. Un juicio era una contradicción in terminis, una paradoja. Pero pese a la verdad de este asunto, conviene hacer algunas consideraciones de cierta importancia. Un científico moderno, Eddington, ha puesto de relieve con gran sagacidad la diferencia habida entre mundo familiar y mundo científico, entre lo que afecta al restringido ámbito de la ciencia y lo que, desde ella traspasa sus estrechos moldes y se inscribe en el más vasto universo de lo cotidiano. Hay de esta forma lo que podemos llamar un proceso de trivialización de la ciencia mediante el cual lo que antes era un oscuro y simbólico apartheid para iniciados se convierte en dominio del hombre de la calle: De la hipótesis se pasa a la creencia. El mundo griego se halla vertebrado en tomo a la idea de un universo circular en el cual el hombre es centro y eje. Los planetas no giran alrededor del sol sino alrededor de la tierra. De pronto el mundo de la creencia se cae de un golpe: es la tierra quien gira alrededor del sol; los planetas no describen, además, órbitas circulares sino elípticas como demostrase Juan Kepler. Bien, los ejemplos podrían multiplicarse. La verdad tiene un insoslayable carácter histórico pese a que, a la larga, la ciencia impone su ley de forma inexorable. «La verdad es lugar del tiempo y no de la autoridad» dice el Galileo de Bertold Brecht. Pero de una u otra forma la autoridad se impone entre la verdad y su desvelamiento.
Este es el caso de Servet. El ámbito riguroso de la polémica era, bien mirado, el teológico pero en su doctrina subyacía una concepción del mundo que afectaba sustancialmente al hombre de la calle. Lo que estaba en juego era no sólo las diferencias entre un modo u otro de encarar un difícil problema teológico (uno, por ejemplo, el dogma de la Santísima Trinidad) sino d ser calvinista, la «concepción del mundo» por parte de la Reforma y el biotipo humano que acarreaba. Por eso la polémica Calvino-Servet hace intervenir el pleito calvinista-libertinos por cuanto el caso del aragonés se convertía de facto en un símbolo de cara al modo de pensar y hacer del Papa de la Reforma.
La disensión sobre si Servet mantuvo o no relaciones con los libertinos es, desde este ángulo ociosa. No importa que los mantuviera por cuanto necesariamente les unían puntos de contacto insoslayables en su común combate contra Calvino. Otra cosa es pensar y defender como han hecho los calvinistas la imagen ridícula e increíble de un Servet conspirador clandestino. El fue más un instrumento aprovechado, un símbolo, que un político de carne y hueso en lucha contra el terror calvinista.
Hecho este largo inciso prosigamos con el proceso día a día.
Día 17 de agosto.
El Tribunal ha modificado su composición de forma sustancial. Germán Colladón, abogado francés residente a la sazón en Ginebra, se incorpora en defensa de Lafontaine y Berthelier y reemplaza al teniente de lo criminal Tissot. Servet hizo este segundo día una compleja y dilatada exposición de su pensamiento sobre la Santísima Trinidad. El alarde erudito y polémico de Servet comenzó a inquietar a los calvinistas. Colladón intentó demostrar que la exposición de Servet no se ajustaba a lo expuesto en los libros; como quiera que Berthelier se opusiera a Colladón la sanción quedó aplazada para más tarde. El problema se planteaba ya en términos complicados y el aspecto teológico, de hecho, no hacía ya sino enmascarar el lado claramente político de la cuestión.
Por la tarde compareció en la sesión el propio Calvino, hecho este que produjo una profunda sensación entre los asistentes. Calvino se quejó de la actitud mantenida horas atrás por Berthelier y tras su queja pasó a interrogar a Serveto sobre los capítulos de la Geografía concernientes a Palestina; acusó acto seguido a Miguel de haber asistido en Viena del Delfinado a la misa católica, lo que no negó Servet aduciendo que ello había sido así a causa del lógico temor que le inspiraba una postura abstencionista y sospechosa. Luego, como siempre, se pasó al monótono tema de la Santísima Trinidad y Servet dio muestras de un profundo conocimiento bíblico citando a diestro y siniestro párrafos enteros de las Sagradas Escrituras, en favor de su conocida tesis de que las personas son «caras o faces de la Divinidad».
«¿Crees, infeliz, que la tierra que pisas es Dios?» le preguntó Calvino.
«Sí», respondió con seguridad y aplomo Miguel.
«Miserable, dime por ventura si tú crees que este suelo de madera que ahora pisamos es también parte de Dios.»
«No tengo duda de que este banco, esa mesa y todo lo que nos rodea es la Sustancia de Dios.»
«Entonces, arguyó por último Calvino, ¿quieres decir que hasta el diablo es Dios?»
«¿Y tú lo dudas?» concluyó Miguel.
Aquellas palabras resonaron en la sala como blasfemias inauditas. El panteísmo de Serveto era, como se ve, radical y totalizante: «Todo es en Dios». La sesión finalizó decretando la libertad del denunciante y proclamando el carácter conspirador del doctor Servet que se enmascaraba como teólogo para ocultar sus verdaderas intenciones. Servet, por su parte, pidió papel y pluma del Tribunal con el fin de redactar una demanda formal.
El proceso se interrumpió durante los días 18, 19 y 20 de agosto con el calculado fin, no de dar descanso al Tribunal, sino de aportar mayor número de pruebas en contra de nuestro hombre. El día 21 se reanuda con la asistencia de Calvino, discutiéndose de nuevo el tema de la Santísima Trinidad pero sin que dicho interrogatorio aclarara nada decisivo para la suerte de los acontecimientos. Acabada la sesión Calvino, henchido de falsa humildad, desciende a los calabozos donde habla con Servet intentando convencerle de lo errado de sus opiniones cosa que, claro está, no consiguió. Servet, irritado e indignado se negó a escuchar a Calvino, dícese que profiriendo gritos contra su persona que éste aguantó un buen rato hasta que, colmada su paciencia, se despidió con malos modales. El día 22 redacta Servet su demanda en la cual y entre otras cosas escribe:
«Suplica humildemente Miguel Servet, acusado y encarcelado, que se vea cómo es una nueva invención, ignorada de los
Apóstoles y discípulos de la Iglesia antigua, tomar causa criminal contra las opiniones (...)«En segundo lugar, señores, os suplico que consideréis que a nadie he ofendido en vuestra tierra, ni en parte alguna, ni he sido sedicioso ni perturbador (...).
Y siempre he reprobado y repruebo a los anabaptistas, sediciosos contra la Magistratura y que quieren hacer comunes todas las cosas.[9] (...) En tercer lugar, señores, como soy extranjero y no conozco las costumbres del país, ni cómo es preciso hablar, os suplico humildemente que me deis un procurador el cual hable por mí.»
La sagacidad y el talento de Serveto se advierte en esta demanda de manera incuestionable. Recurre a las Sagradas Escrituras para fundamentar lo impropio del proceso y acude a su condición de extranjero, que además no ha cometido error alguno en Ginebra, para exigir un abogado. Es preciso añadir que el propio Calvino desestimó esta última petición por considerarla peligrosa. De tal suerte entramos en lo que se ha dado en llamar por algunos historiadores y biógrafos segundo acto del proceso.
Día 24 de agosto
Aparece en escena un nuevo y protagonístico personaje: Claudio Rigot, procurador general que, detalle muy importante, pertenecía a la facción libertina. Rigot somete a Servet a una especie de test que arroja un gran foco de luz sobre la biografía de Servet. He aquí el listado de preguntas y respuestas:
P. ¿Han sido sus antepasados judíos o han tenido relación con ellos?
R. No he tenido ninguna relación con los judíos en cuanto a cuestiones religiosas, y yo no soy judío.
P. ¿Ha herido a alguna persona en una pendencia o ha sido detenido como resultado de ella?
R. En la ciudad de Charlieu, yendo de noche a visitar a un enfermo, fui atacado inesperadamente y herido, por parientes y protegidos de otro médico envidioso, que ejercía en Charlieu. Resulté lesionado; al rechazar la agresión herí a uno de los agresores, lo cual me valió dos o tres días de prisión.
P. ¿Se había casado? y si responde negativamente ¿cómo pudo mantenerse tanto tiempo en continencia?
R. No se había casado porque se consideraba impotente. Ante la indelicada instancia del tribunal acerca de los motivos de su incapacidad, declara que había sido castrado de un lado y de otro padecía hernia.
P. ¿A qué edad había sido operado o se había herniado?
R. No recordaba de modo exacto, pero (estimaba) que a los cinco años aproximadamente.
P. ¿Había hecho la observación de que existen muchas mujeres en el mundo para que uno se sienta obligado a casarse?
R. No recuerda haber hecho esa manifestación, mas si la hizo sería en broma o para encubrir su impotencia.
P. ¿Ha llevado en Charlieu o en otro lugar, vida disoluta?
R. Contesta negativamente.
El interrogatorio no concluye en este breve y sustancioso repaso biográfico sino que prosigue con preguntas concernientes a la difusión de su doctrina, etc., algunas de las cuales presentan un bello interés histórico.
P. ¿Por qué no había manifestado sus opiniones en Francia?
R. Porque es inútil ofrecer margaritas a los puercos y porque las persecuciones en los países papistas eran muy intensas.
P. ¿Qué le ha impulsado a venir a esta ciudad si no respondía a un pensamiento deliberado de presentarse para sembrar su doctrina y trastornar esta Iglesia? ¿Con quién se ha relacionado y si conoce a alguien en esta ciudad?
R. No conoce a nadie en Ginebra ni ha estado en relación con ninguna persona. Ha llegado a la ciudad para pasar al otro lado de los montes y no para residir aquí; se proponía ir al reino de Nápoles, donde están los españoles y vivir entre ellos de su arte médico. Ya había hablado al hostelero de la Rosa, para encontrar una barca a fin de ir lo más arriba, con objeto de alcanzar Zurich, habiéndose ocultado en esta ciudad todo lo que pudo con objeto de marcharse sin ser reconocido.
P. ¿Pensaba el acusado que su doctrina sería aceptada y que era verdadera?
R. Yo no sé si será aceptada, pero creo que es verdadera. No es infrecuente que las doctrinas que se rechazan de modo inicial, andando el tiempo acaben por triunfar.
El interrogatorio puso término a la sesión no sin que antes fuese declarado y aceptado por el Tribunal consultar sobre el discutido affaire a las restantes Iglesias. A este propósito el propio Calvino escribió de su puño y letra varias cartas dirigidas a los pastores de las Iglesias. Tales misivas contenían una crítica epidérmica a los supuestos errores de Servet pues se daba por herético su pensamiento sin justificaciones teológicas, con ese típico llevarse las manos a la cabeza que elude todo planteamiento dialéctico y que, bien visto, más parece impotencia racional para convencer que santa indignación. «A vosotros corresponde, escribe Calvino a los pastores de Francfort, procurar que tan pestífero veneno no se propague con mayor amplitud.» Hechas las consultas el proceso entra en una fase estacionaria. El segundo acto ha concluido. Pero antes de dar inicio el tercero y último será preciso hacer referencia al histórico llanto de nuestro pobre Miguel. Fue éste el fruto de una pesimista, y no se sabe si estudiada reacción ante la misiva de Viena del Delfinado por la cual se rogaba la extradición del procesado Miguel Servet para que se cumpliera en Viena la fatídica condena del Tribunal anterior. Servet no pudo reprimir el llanto y, entre lágrima y lágrima rogó, según cuentan las crónicas, para que, pese a todo, siguiera el proceso de Ginebra.
El día 1 de septiembre se reanudan las interrumpidas sesiones. En este breve paréntesis las cosas se han complicado un buen tanto; a resultas de su comportamiento días atrás, Filiberto Berthelier ha sido excluido de participar en la cena. Pero
Berthelier no está, al parecer, dispuesto a dejar zanjado el asunto sin más y aquel mismo día 1 pide fírme autorización (que le es denegada) para participar en la Cena del próximo día 3. Bajo la presidencia de Perrin y con Berthelier presente se abre la sesión del 1 de septiembre en la cual maese Calvino presenta sus 38 tesis contra Servet con el largo y ceremonioso título de «Sentencias o proposiciones sacadas del libro de Miguel Servet que los Ministros de la Iglesia de Ginebra afirman que en parte son injurias y blasfemias contra Dios, en parte repletas de profanos errores y delirios y todas muy ajenas a la palabra de Dios y al consenso de la fe ortodoxa».
Berthelier sigue en sus trece y el consejo, de modo confidencial y en temor a un escándalo de mayor importancia, le permite participar en la Cena, advirtiéndole, eso sí, que dicha participación sea a mero título privado. La excomunión de Berthelier ocupa la atención central durante los días siguientes hasta el punto de oscurecer las discusiones teológicas de Calvino y Servet en las cuales y en honor a la verdad el teócrata gínebrino no sale todo lo bien parado que su alta condición debiera hacer imaginar a los presentes y ausentes. Flota en el ambiente una atmósfera densa, intranquila, repleta de recelos e incertidumbres. El día 2 no acontece nada que merezca especial y pormenorizada mención.
El día 3 Calvino lanza desde el pulpito del templo de San Pablo directas acusaciones contra Berthelier. Su actitud es de feroz intransigencia como lo prueban estas «santas» palabras: «Podéis matarme, pero estas manos no darán el pan de Dios a un excomulgado.» Ese mismo día en el proceso, Servet, que se halla muy repuesto de su anterior pesimismo, presenta un escrito atacando las tesis de su opositor de modo total y no exento de una palpable y no muy aconsejable agresividad: «No sabes lo que dices, miserable, le arguye. Quieres aturdir los oídos de los jueces con tus ladridos de perro. Tienes el entendimiento confuso, de modo que no puedes penetrar en la verdad.» Estas y semejantes lindezas le dice (como si k> que allí se ventilara no fuera su propia vida) el intrépido Servet al dogmático Calvino quien, recogido el reto, lo lee meditada y aten— lamente y prepara su larga contestación al consejo. Entregada a éste el día 5, Servet no tendrá cabal conocimiento de ella hasta el 15.
El «caso Servet» ha traspasado los umbrales teológicos y se ha inscrito con carácter irreversible, en el ámbito público y político. Los libertinos hacen suya su causa y en la ciudad reina una atmósfera tensa e irrespirable. La vigilancia policial se extrema. La politización del asunto es evidente y se temen serios desórdenes que luego, dadas las dificultades, no se producen. El orden y la paz de la ciudad son absolutos. Pero como decía Rousseau, también hay paz en los calabozos. Aquélla era la precaria paz fruto del temor y del miedo. Todo el mundo habla con sigilo de la suerte de Servet, de su habilidad dialéctica, de su simbólica importancia. Pero el proceso detiene su curso en espera de sentir las respuestas de las Iglesias consultadas.
Servet aprovecha la pausa, toma la pluma y redacta, con fecha 15 de septiembre la siguiente y primera de sus célebres cartas en el calabozo:
«Mis honorables señores:
Humildemente os suplico os sirváis abreviar estas dilaciones y me declaréis exento de responsabilidad criminal. Veis que Calvino está al cabo de su réplica, no sabiendo ya lo que debe decir y por su gusto haría que me pudriese aquí en la prisión. Las pulgas me comen vivo, mis zapatos están rotos y no tengo ropa para mudarme, ni almilla, ni camisa, más que una estropeada. Os había presentado una demanda conforme a la ley de Dios, y Calvino se opone a ella sacando a colación el Justiniano, alegando contra mí aquello que él mismo no cree. Pues él no sostiene ni cree lo que Justiniano ha dicho de la sacrosanta Iglesia y de los obispos y clérigos y de otras cosas de la religión y sabe bien que la Iglesia estaba entonces depravada. Es una gran vergüenza para él el tenerme aquí encerrado hace ya cinco semanas, sin jamás alegar contra mí una sola culpa. Mis señores: Yo os había pedido un procurador o abogado, como lo habéis concedido a la parte contraria, que de ello no tenía tanta necesidad, pues yo soy extranjero e ignoro las costumbres del país. Vosotros se lo habéis concedido a él, pero no a mí.
Le habéis puesto fuera de la prisión antes del fallo. Yo os requiero que mi causa sea llevada al Consejo de los Doscientos, con mis reclamaciones, y si yo puedo allí apelar, desde luego apelo y protesto de todos los daños, perjuicios e intereses, y pido la pena del talión, no sólo para mi primer acusador, sino contra Calvino su amo, que ha tomado la causa por su cuenta. Hecha en vuestras prisiones de Ginebra el 15 de septiembre de 1553.
—Miguel Servet, en su causa propia.»
El proceso sigue detenido. Las cartas a las iglesias se cursan sin interrupción. El día 21 son consultadas las ciudades de Zurich, Berna y Basilea, entre otras. El clima es ahora más tenso que nunca. Nadie puede decir aún la última palabra de lo que va a suceder pero lo cierto es que se comienza a temer seriamente por la suerte del desgraciado Servet. Pese a la incertidumbre el menos afectado parece ser el propio Miguel que, un día, después de su primera carta, ha vuelto a tomar la pluma para dirigirse a los miembros del Consejo. Cosa que hace de la siguiente forma:
«Muy honorables señores:
»Estoy detenido en acusación criminal de parte de Juan Cal— vino que me ha acusado falsamente de haber escrito:
1.° Que las almas eran mortales.
2° Que Jesucristo no había tomado de la Virgen María más que la cuarta parte de su cuerpo.
»Estas son cosas horribles y execrables. Entre todas las herejías y crímenes, ninguno hay tan grande como hacer el alma mortal; porque en todos los otros hay esperanza de salvación, pero no en éste, pues el que tal dice no cree que haya Dios, ni justicia, ni resurrección, ni Jesucristo, ni Sagrada Escritura, ni nada; sino que todo muere y que el hombre y la bestia son una misma cosa. Si hubiese dicho o escrito esto, yo mismo, me condenaría a muerte.
»Por lo cual señores, pido que mi falso acusador sea condenado a la pena del talión y que esté preso, como yo, hasta que la causa sea definida por mi muerte o por la de él, o por otra pena. Y me someto a la dicha pena del talión y soy contento de morir si no le convenzo de ésta y de las demás cosas que especificaré después. Os pido justicia, justicia, justicia.»
A continuación formula los siguientes cargos contra Cal— vino:
1.° Si el mes de marzo próximo pasado hizo escribir por medio de Guillermo Trie a Lyón, diciendo muchas cosas de Miguel Servet o Villanovano. Cuál era el contenido de esa carta y por qué la escribió.
2.° Si con la dicha carta envió la mitad del primer cuaderno del libro de Servet, en que estaba el principio y la tabla del Christianismi Restitutio.
3.° Si todo esto no fue enviado para que lo vieran los oficiales de Lyón y persiguieran a Servet como en efecto sucedió.
4.° Si unos quince días después de esa carta envió por el mismo Trie más de veinte epístolas en latín que Servet había escrito, y las envió para que más seguramente fuera acusado y convencido Servet, como en efecto sucedió.
5.° Si no sabe que, a causa de dicha acusación, Servet ha sido quemado en efigie y confiscados sus bienes y hubiese sido quemado vivo si no escapa de la prisión.
6.° Si sabe que no es propio de un ministro del Evangelio ser acusador criminal, ni perseguir judicialmente a un hombre hasta la muerte.
«Señores hay cuatro razones grandes e infalibles para condenar a Calvino. La primera, porque la materia de doctrina no está sujeta a acusación criminal... La segunda, porque es falso acusador, como lo muestra la presente demanda y se probará fácilmente por la lectura de su libro. La tercera, porque quiere con frívolas y calumniosas razones oprimir la verdad de Jesucristo. La cuarta, porque sigue en gran parte la doctrina de Simón Mago, contra todos los doctores que ha habido en la Iglesia. Y como mago que es, debe no sólo ser condenado, sino exterminado y lanzado de esta ciudad y sus bienes adjudicados a mí en recompensa de los míos que él me ha hecho perder.»
El paréntesis abierto continúa, las respuestas siguen sin llegar y Ja impaciencia y desconfianza de Servet suben de tono de forma significativa. Los días pasan sin que su transcurso despeje ninguna incógnita sobre el futuro del encartado. Servet se halla al borde de su resistencia. Le flaquean las fuerzas y nadie parece salir de modo airoso en su defensa. Quienes sienten la desgracia que le abate se callan sus sentimientos por temor o cobardía. Todos saben muy bien los peligros que pueden correr y los libertinos adoptan un silencio total. El preso, que no es hombre, como sabemos, de los que esperan las decisiones cruzándose de brazos, intenta de nuevo salir al paso de los acontecimientos y redacta su tercera y última carta cuyo inequívoco tono patético dice mucho sobre su estado actual de ánimo. La breve carta lleva fecha del 10 de octubre y dice así:
«Hace tres semanas que deseo y demando tener audiencia y aún no la he podido obtener. Yo os suplico, por el amor de Jesucristo, que no rehuséis lo que no rehusaríais a un turco, pidiéndoos justicia. Tengo que deciros cosas de importancia y bien necesarias. En cuanto a lo que habéis dispuesto de que se proveyese algo para que esté más limpio, no se ha hecho nada. Estoy más miserable que nunca. Además, el frío me atormenta grandemente a causa de mi cólico y quebraduras aparte de otras miserias que me da vergüenza escribiros. Es una gran crueldad que no me deis siquiera permiso para hablar, a fin de poner remedio a mis necesidades. Por el amor de Dios, mis señores, dad orden de esto o por piedad o por deber. Hedía en vuestras prisiones de Ginebra a 10 de octubre de 1553. M. S.»
Hasta aquí llega la correspondencia de Servet, su dolorosa agonía carcelaria. No escribirá ya más en su vida el ilustre vilanovano. Ni una sola letra. Su vida se consume en aquella sombría y lúgubre cárcel pero, en lo más hondo, anida en él una brizna de esperanza. De hecho la sentencia tan terrible, habrá de constituir para él una dramática sorpresa.
El día 18 ó 19 (los biógrafos e historiadores no se ponen de acuerdo en la fecha, lo cual sin duda no es de importancia) de aquel mes de octubre llega a Ginebra, una Ginebra expectante y alarmada en su aparente rostro sereno, las respuestas de las Iglesias suizas y alemanas consultadas. Nos ahorramos en honor a la brevedad discutir los párrafos enteros de tales cartas. Basta, con decir de una vez por todas, que el tono de todas ellas es uniformemente adverso y que la actitud condenatoria para con las «heréticas» y «demoníacas» opiniones del Serveto, unánimes. «¿Como pueden oír pacientemente esas cosas los oídos cristianos?» escriben los pastores de Zurich y en esta pregunta tan capciosa se encierra buen resumen de todas las demás misivas. Los comunicados se fueron amontonando unos sobre otros en la mesa de los jueces que, con ellos en sus manos, se encierran en soledad para proceder al dictamen de la esperada sentencia. Se sabe que, entretanto, Farel, el dictador Guillermo Farel, arma civil de la «ciudad santa» y Calvino mantienen durante aquellos días una regular y célebre correspondencia. En la carta de Calvino se explícita ya la trágica sentencia. «Mañana será conducido al suplicio, dice maese Calvino. Hemos intentado cambiar el género de muerte. Pero en vano.» Guillermo Farel, apenas recibida la carta, sale en dirección a Ginebra a fin de presenciar la ejecución. Su carta es un prodigio de malevolencia:
«Maravillosa es la providencia de Dios, afirma en ella, que nos trajo aquí a Serveto.» Y a continuación llama a Servet «nefando hereje» instando a Calvino a adoptar una postura seria y alejada de la clemencia porque, según él, suavizar la atrocidad de la pena no significa en tal caso sino ejercer el «oficio de amigo en favor del mayor de tus enemigos».
La suerte está echada irremisiblemente. Unos días más tarde, el 26 de octubre, sale a la luz pública la famosa sentencia, que, pese a su amplitud, transcribimos íntegra por mor de su irremplazable valor histórico en la pulcra y magnífica traducción del doctor Goyanes Capdevila:
«Proceso hecho y formado ante nosotros, muy temibles señores, síndicos, jueces de causas criminales de esta ciudad, a petición e instancia del señor lugarteniente de esta dicha ciudad, de dichas causas instancia.
»Contra Miguel Serveto de Villanueva en el reino de Aragón en España.
»E1 cual en primer lugar es citado por haber hecho imprimir hace aproximadamente veintitrés o veinticuatro años un libro en Aganon (Hagenau), en Alemania contra la santa e indivisa Trinidad, conteniendo muchas y grandes blasfemias contra ella grandemente escandalosas y contra las dichas Iglesias de Alemania, el cual libro ha confesado él espontáneamente haber hecho imprimir, no obstante las admoniciones y correcciones hechas a él sobre sus falsas opiniones por los sabios doctores evangelistas de dichas Iglesias alemanas.
»Item, porque el libro ha sido hallado, por los doctores de aquellas Iglesias, lleno de herejías, reprobado y el dicho Serveto hecho fugitivo de dichas Alemanias a causa del dicho libro.
»Item, y no obstante el dicho Serveto ha perseverado en sus falsos errores, infectando de ellos a muchos en cuanto pudo.
»Item, y no contento con esto, para mejor divulgar y expandir su dicho veneno y herejía, hace poco tiempo aún ha hecho imprimir otro libro clandestinamente en Viena del Delfinado, lleno de dichas herejías, horribles y execrables blasfemias contra la Santa Trinidad, contra el Hijo de Dios y contra el bautismo de los niños pequeños, y otros varios santos pasajes y fundamentos de la religión cristiana.
»Item, y él llama a aquella Trinidad un cerbero y monstruo de tres cabezas, etc. etc.
»Item, y contra el verdadero fundamento de la religión cristiana y blasfemando detestablemente contra el Hijo de Dios ha dicho que no es Hijo de Dios, de toda eternidad, sino solamente después de su encarnación.
»Item, y contra lo que dice la Escritura, que Jesucristo es hijo de David, según la carne, lo niega desgraciadamente, diciendo que Aquél está creado de la sustancia de Dios Padre, habiendo recibido de El tres elementos (partes) y una sola de la Virgen, y porque pretende mentirosamente abolir la verdadera y entera humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, soberana consolación del pobre género humano.
»Item, y que el bautismo de los niños pequeños no es más que una invención diabólica y sortilegio.
»Item, y varios otros puntos y artículos y execrables blasfemias de las cuales dicho libro está todo lleno muy escandalosamente, y contra el honor y majestad de Dios y del Santo Espíritu, lo cual es un cruel y horrible martirio, perdición y ruina de muchas almas puras que han sido llevadas por causa de esta detestable doctrina, cosa espantosa de decir.
»Item, y este Serveto, lleno de malicia, intitula aquel su libro así levantado contra Dios y su santa doctrina evangélica, Christianismi Restitutio, es decir, restitución del cristianismo, para mejor seducir y engañar a los pobres ignorantes y para infectar más cómodamente con su desgraciado y mentiroso veneno a los lectores de su dicho libro y bajo la sombra de buena doctrina.
»Item, y además del supradicho libro, destruyendo la fe por sus cartas y tratando de infectar de su veneno, ha reconocido voluntariamente y confesado haber escrito una carta a un ministro de esta ciudad, en la cual, entre otras muchas y horribles blasfemias contra nuestra santa religión evangélica, dice que nuestro Evangelio está sin ley y sin Dios y que en vez de un Dios tenemos un cerbero de tres cabezas.
»Item, y además ha confesado voluntariamente que en el dicho lugar de Viena, a causa de aquel funesto libro y opiniones fue hecho prisionero, cuya prisión rompió pérfidamente y escapó.
»Item, y el dicho Serveto no sólo ha levantado su doctrina contra la verdadera religión cristiana, sino como arrogante innovador de herejía contra la papística y otras, y que en Viena mismo él había sido quemado en efigie y de sus libros fueron quemados cinco balas.
»Item, y no obstante todo esto, hallándose aquí en las prisiones de la dudad detenido, no ha dejado de persistir maliciosamente en sus dichos fatales y detestables errores, tratando de sostenerlos con injurias y calumnias contra los verdaderos cristianos y fieles mantenedores de la pura inmaculada religión cristiana, llamándoles trinitarios, teístas y exorcizadores, no obstante las admoniciones hechas a él hace ya tiempo en Alemania, como se ha dicho, y con menosprecio de las reprensiones, encarcelamientos y correcciones a él hechas aquí y en otras partes como más ampliamente es contenido en el curso de este proceso.
^Sentencia:
»Nosotros, síndicos, jueces de causas criminales de esta ciudad, habiendo visto el proceso y firmado ante nosotros a instancia de nuestro lugarteniente en dicha causa contra ti, Miguel Serveto de Villanueva, en el reino de Aragón, en España, por lo cual y por tus voluntarias confesiones hechas a nosotros mismos y por varias veces reiteradas y tus libros vistos por nosotros, nos consta que tú, Miguel Serveto, has publicado desde hace largo tiempo doctrina falsa y plenamente herética, a pesar de todas las admoniciones y correcciones, con maliciosa y perversa obstinación, sembrado perseverantemente y divulgado hasta imprimir y publicar libros contra Dios Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, breve, contra los verdaderos fundamentos de la religión cristiana y, por lo tanto, tratado de crear un cisma y perturbar la Iglesia de Dios, con lo cual muchas almas pueden ser arruinadas y perdidas (cosa horrible y espantosa, escandalosa e infectante) y no tener vergüenza ni horror de elevarte totalmente contra la Majestad Divina y Santa Trinidad, y haber procurado, con obstinación, infectar el mundo con tus herejías y repugnante veneno herético. Todo esto es un crimen de herejía detestable y merece grave punición corporal.
»Por estas causas y otras justas que nos conmueven, deseamos purgar la Iglesia de Dios de tal infección, expulsando de ella a tal miembro podrido, estando a buena parte a consejo con nuestros ciudadanos y habiendo invocado el nombre de Dios para hacer recta justicia, reunidos como Tribunal en el lugar de nuestros mayores, teniendo a Dios y a las Santas Escrituras delante de nuestros ojos, decimos: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, por esta nuestra definitiva sentencia, que damos aquí por escrito: Te condenamos a ti Miguel Serveto, a ser atado y llevado al lugar de Champel y allí a ser sujeto a un pilote y quemado todo vivo con tu libro, tanto escrito de tu mano como impreso hasta que tu cuerpo sea reducido a cenizas y así terminarás tus días, para dar ejemplo a los demás que tales cosas quieren cometer. Y a vos, nuestro lugarteniente, mandamos que esta presente sentencia sea puesta en ejecución.»
Decían las Ordenanzas que el abogado lugarteniente criminal (en este caso Tissot) debía presentarse en la cárcel durante las primeras horas de la mañana que seguía a la sentencia a fin de leer ésta al reo. Así se hizo también en el caso de nuestro hombre. Junto a Tissot se hallaba en el calabozo maese Calvino, testigo de excepción. El mismo Calvino escribió luego palabras llenas de veneno sobre la reacción de Servet al conocer tan inhumana y brutal condena. Dijo, en efecto, el teócrata picardo que el bueno de Miguel mostró «una estupidez de bestia bruta cuando se le vino a anunciar su muerte» y también que tras la lectura, púsose a lanzar profundos y penosos suspiros y que no cesaba de gritar en castellano: «Misericordia, misericordia.» Sebastián de Castellión, mortal enemigo de Calvino, defendió luego con frases justas a Servet arguyendo que «también tiembla el guerrero en presencia de la muerte, y este terror no es de bestia».
La actitud de Servet es tanto más lógica cuanto, según se desprende de todas las fuentes, la tremenda notificación constituyó para él una sorpresa. Pero lo cierto es, que pasados los primeros momentos Servet se serenó, conquistó de nuevo el equilibrio y así tuvo humildad y arrestos para pedir a Calvino perdón por las ofensas que le hubiera podido infringir en vida; la respuesta de Calvino rezuma hipocresía: «Dios me es testigo, de que no te guardo rencor, ni te he perseguido por enemistad privada, sino que te he amonestado con benevolencia y me has respondido con injurias.»
Una vez se hubo marchado Calvino (nos le imaginamos adoptando una mueca de estudiada y melancólica tristeza) se formó la comitiva que había de acompañar a Serveto en su parco final por esta desdichada vida hasta la hoguera de Champel. Tissot dirigía la marcha que se hizo en silencio sepulcral y sin ningún incidente pese a la prieta atmósfera que se respiraba en la villa. El público se arremolinaba en torno a la lúgubre comitiva y Servet caminaba con pasos vacilantes, la mirada fija en el horizonte, como perdida en un sueño ya irrealizable. Cuando llegaron ante el pórtico del Hótel de la Ville, lugar donde hallábase el Tribunal, se ordenó a Servet arrodillarse y Tissot leyó entre un silencio áspero la sentencia completa que ya conocen nuestros lectores.
La lectura volvió a agitar el ánimo de Servet y, loco de furia no pudo reprimir voces de indignación y dolor: «¡Hoguera, no! ¡El hacha, el hacha!», gritaba fuera de sí. «Si he errado, ha sido por ignorancia.» «No me arrastréis a la desesperación.» Junto a él estaba Guillermo Farel, recién llegado de Neuchátel para asistir espiritualmente a Servet en sus postreros momentos de vida en la tierra. Apenas advirtió Farel la desesperación que se apoderaba del reo, se acercó hasta él y le preguntó si se hallaba dispuesto a abjurar de su herética doctrina. Servet contestó negativamente prosiguiendo sus patéticas imprecaciones. «Yo no he hecho nada que merezca la muerte», gritó. Luego de aquella tan corta conversación la comitiva continuó su camino hacia Champel. Los trompeteros abrían el paso entonando la marcha fúnebre de los condenados a muerte; tras ellos caminaban los arqueros con las antorchas encendidas y por último, la comitiva popular.
Llegaron por fin Servet y el lúgubre cortejo, hasta la colina de Champel, el Campo del Verdugo. «En aquel lugar, uno de los más hermosos de la tierra, escribe Menéndez Pelayo, iban a cerrarse a la luz los ojos de Miguel Servet.» Allí en aquel Campo del Verdugo todo se halla ya preparado a la perfección para cumplir la sentencia. El poste, los haces de leña... la comitiva se detuvo. Guillermo Farel, parlanchín y siempre atento a su labor pastoral, dio inicio a un discurso fúnebre.
Servet, dijo a la mitad, había pecado «contra el Hijo eterno de Dios». El aragonés, recogido sobre sí, con su larga figura de hidalgo español más encorvada que nunca y una barba cana que le confería un aspecto profético, le interrumpió:
«¿Cómo? ¿El Hijo eterno de Dios? ¡Si es hijo, ya no es eterno, ignorante!» Farel aguantó como pudo la impertinencia y luego, dirigiéndose al pueblo que contemplaba la desolada escena, añadió: «Era un sabio pero cayó en las garras del demonio que ya no le soltará nunca. Tened cuidado de que a vosotros no os suceda lo mismo.»
Dicho lo cual, Farel se quedó en un segundo plano pasando los ejecutores a cumplir su horrible trabajo. Intentaron al principio en vano encadenar a Servet al poste porque el reo se oponía con todas sus pobres fuerzas, lanzando patéticos aullidos y tirándose a tierra.
Al fin, y tras requerir ayuda, lograron vencer la resistencia de Servet y, como Dios les dio a entender, le sujetaron al poste. Luego colocaron sobre su cabeza una corona de pajas y azufre y, ya maniatado, se hizo el silencio y todos a coro entonaron un salmo.
Concluido éste, la hoguera comenzó a arder de modo perezoso y lento, tanto porque al parecer, la leña estaba demasiado húmeda como por el inesperado surgimiento de un viento que alejaba el fuego de su lugar de origen. El pobre Servet se retorcía de dolor y no cesaba en sus gritos feroces. En un momento de furia, se dirigió a sus ejecutores y les dijo con un tono sarcástico: «¡Qué! ¿con lo que habéis robado no habéis tenido para leña? ¿No habéis podido reunir lo suficiente para consumir a este mísero?»
La muerte se alargaba en una insoportable agonía final. Ni en este último y definitivo instante había podido Servet elegir el trance de una muerte rápida. Se cuenta que los hombres del pueblo que no podían permanecer impasibles ante los gritos y el dolor de Serveto trajeron leña seca para avivar el fuego y acortar su agonía lenta; inexorablemente, se acercaba Servet hasta su último aliento. Cuando esto sucedió veía ya la luz el día 27 de octubre de 1553.
Pero en rigor de verdad su vida, como la de todo gran hombre, se extiende más allá de los límites, siempre estrechos de una muerte física. Y ello no sólo por la divulgación —muy difícil— de su pensamiento sino también por el carácter simbólico de su fallecer tan trágico en aquella colina de Ginebra. La Reforma toda se había manchado las manos con la sangre de Servet.
Muchos harían de él, en adelante, bandera de las contradicciones inherentes al desarrollo del sombrío calvinismo.
Servet, mártir de la libertad humana, genial médico, ilustre aunque extravagante teólogo, apasionado místico, científico eminente... Calvino había dado muestras de una inflexibilidad dialéctica tan peligrosa que casi rayaba en la impotencia. Sebastián de Castellión expuso poco más tarde en su famoso Contra libellum Calvini una opinión que es, en buena medida, el resumen de toda una corriente liberal de entender la vida humana: «Matar a un hombre no es defender una doctrina; es matar a un hombre.»
Marcos Sanz Agüero