Cordwainer
Smith
EL CRIMEN Y LA GLORIA DEL COMANDANTE
SUZDAL
No lea esta historia. Vuelva la página rápidamente. La historia puede trastornarle. De
todos modos, lo más probable es que ya la conozca. Es una historia muy perturbadora.
Todo el mundo la conoce. El crimen y la gloria del comandante Suzdal ha sido contada de
mil formas diferentes. No llegue a pensar que la historia es realmente la verdad.
No lo es. De ningún modo. No hay la menor parte de verdad en ella. No existe ningún
planeta llamado Arachosia, ni gentes llamadas klopts, ni un mundo denominado Catland,
o País de los Gatos. Todo es imaginario. Nada de esto ocurrió, olvídese de esta historia,
continúe y lea otra cosa.
El comandante Suzdal fue enviado en una nave-cáscara para explorar las regiones más alejadas de nuestra galaxia. Su nave era denominada crucero, pero él era el único hombre que había en ella. Estaba equipado con artilugios hipnóticos y cubos para darle la sensación de compañía. Era toda una gran multitud de gente amistosa, a la que podía convocar de acuerdo con sus propias alucinaciones.
La Instrumentalidad incluso le ofreció la posibilidad de elegir sus compañeros imaginarios, cada uno de los cuales fue encarnado en un pequeño cubo de cerámica que contenía el cerebro de un pequeño animal, pero en el que se había impreso la personalidad de un verdadero ser humano.
Suzdal, un hombre robusto y bajo de estatura, con una alegre sonrisa, se mostró muy directo en cuanto a sus necesidades:
—Deme dos buenos oficiales de Seguridad. Puedo arreglármelas para manejar la nave, pero si voy hacia lo desconocido, necesitaré ayuda para enfrentarme con los extraños problemas que puedan surgir.
—Nunca he oído hablar de un comandante de crucero que pidiera oficiales de seguridad —observó el oficial de carga, sonriéndole—, la mayor parte de la gente los considera una verdadera molestia.
—Eso me parece muy bien —dijo Suzdal—. Pero yo no los considero así.
—¿No quiere algún jugador de ajedrez?
—Puedo jugar al ajedrez todo lo que quiera —contestó Suzdal— utilizando los computadores desocupados. Todo lo que tengo que hacer es rebajar la carga de energía para que empiecen a perder. Si funcionan a plena potencia, siempre me ganan.
El oficial lanzó una extraña mirada hacia Suzdal. No fue una expresión exactamente maliciosa, sino más bien íntima y desagradable al mismo tiempo.
—¿Y qué me dice de otras compañías? —preguntó, dando un divertido acento cortante a su voz.
—Tengo libros —. contestó Suzdal— algo así como un par de miles, Solo voy a estar fuera unos dos años del tiempo terrestre.
—Eso es algo subjetivo y local. Puede tratarse de varios miles de años —observó el oficial—, aunque el tiempo volverá a girar hacia atrás a medida que se vaya aproximando de nuevo a la Tierra. Y, además, no estaba hablando de libros —repitió, con el mismo y divertido acento cortante.
Suzdal sacudió la cabeza con una momentánea preocupación, se pasó la mano por su pelo rojizo y sus ojos azules, de recto mirar, observaron directamente los ojos del oficial.
—¿A qué se refiere entonces, si no está hablando de libros? ¿Navegadores? Ya los tengo, por no hablar de los hombres-tortuga. Son una buena compañía, si se les habla lo bastante despacio y se les da el tiempo suficiente para contestar. No olvide que ya he estado fuera otras veces...
—Bailarinas —espetó por fin el oficial, expresando su oferta—. MUJERES. Concubinas. ¿No quiere nada de esto? Hasta podemos colocar en un cubo a su propia esposa e imprimir su mente en un cubo para usted. De ese modo, ella podría estar con usted cada una de las semanas que permaneciera despierto.
La expresión de Suzdal pareció la de un hombre que está a punto de escupir en el suelo, lleno del más profundo disgusto.
—¿Alice? ¿Se refiere a si quiero viajar por ahí con un fantasma de ella? ¿Cómo se podría sentir la verdadera Alice cuando yo volviera? No me diga que va a colocar a mi esposa en un cerebro de rata. Solo me está ofreciendo delirio. Ahí fuera tengo que mantener toda mi inteligencia, con el espacio y el tiempo rodando en grandes ondas a mi alrededor. Tal y como están las cosas, ya voy a estar bastante loco, no se olvide que ya he estado fuera otras veces. El regresar para poder ver a una Alice real va a ser uno de mis grandes factores de realidad. Eso me ayudará a volver a casa —en ese momento, la voz de Suzdal adoptó el tono de una pregunta íntima, cuando añadió—: No me diga que hay una gran cantidad de comandantes de crucero que emprenden largos viajes con esposas imaginarias. En mi opinión, eso sería bastante indecente, ¿Lo hacen muchos?
—Estamos aquí para ayudarle a cargar su nave, no para discutir lo que hacen o dejan de hacer otros oficiales, a veces, pensamos que es bueno tener una compañera femenina en la nave, con el comandante, aunque solo sea imaginaria. Si alguna vez encontrara entre las estrellas algo que tuviera forma femenina, sería usted bastante vulnerable a ello.
—¿Mujeres entre las estrellas? ¡Tonterías! —exclamó Suzdal.
—Han sucedido cosas extrañas —dijo el oficial.
—Pero no eso —observó Suzdal—. Dolores, locuras, distorsión, pánico sin fin, un verdadero histerismo por la comida... sí, eso lo puedo concebir y me puedo enfrentar a ello. Sé que aparecerá. Pero mujeres... no. No hay ninguna. Amo a mi esposa. No sacaré a ninguna mujer de mi propia mente. Después de todo, tendré a bordo a la gente-tortuga, y esa gente procreará. Dispondré de una amplia y numerosa vida familiar que observar y en la que tomar parte, Hasta puedo organizar fiestas de Navidad para los más jóvenes.
—¿Qué clase de fiestas son esas? —preguntó el oficial.
—Solo un divertido y pequeño ritual antiguo sobre el que oí hablar a un Piloto Exterior. Se entregan regalos a todos los jóvenes, una vez por año subjetivo local.
—Parece bonito —admitió el oficial, con un tono de voz ya cansado— ¿Sigue negándose entonces a tener una mujer-cubo a bordo? En realidad, no tendría por qué activarla al menos que no la necesitara.
—Usted no ha volado ninguna vez, ¿verdad? —preguntó Suzdal.
—No —contestó, con voz apagada, sonrojándose.
—Voy a estar pensando en cada una de las cosas que hay en esa nave, Soy una persona alegre, y muy amistosa, así es que déjeme solo con mi gente-tortuga. No son vivaces, pero son considerados y reposados. Dos mil o más años de tiempo subjetivo local es mucho tiempo. No me obligue a tomar decisiones adicionales, Ya tendré bastante trabajo con manejar la nave. Déjeme solo, acompañado simplemente por mi gentetortuga.
Ya me las he arreglado bien con ellos en otras ocasiones.
—Usted, Suzdal, es el comandante —dijo el oficial de carga—. Nosotros haremos lo que usted diga.
—Estupendo —sonrió Suzdal—. Puede que, en este trabajo, se encuentre usted con una gran cantidad de tipos raros, pero yo no soy uno de ellos.
Los dos hombres sonrieron, mostrándose de acuerdo, y la carga de la nave quedó completada.
La nave en sí era dirigida por los hombres-tortuga, que envejecían muy lentamente, de modo que mientras Suzdal se dirigía hacia el extremo exterior de la galaxia, dejando pasar los miles de años —según la cuenta local—, mientras dormía en su cama de hibernación los hombres-tortuga engendraban una generación tras otra, enseñaban a sus hijos a manejar la nave, les contaban historias de la Tierra, que ellos nunca volverían a ver, y leían correctamente las computadoras, despertando a Suzdal únicamemente cuando surgía la necesidad de la intervención humana y de la inteligencia del ser humano. Suzdal se despertaba de vez en cuando hacía su trabajo y se volvía a dormir.
Tenía la sensación de que solo habían transcurrido unos pocos meses desde que saliera de la Tierra.
¡Meses! hacía ya más de diez mil años subjetivos que había emprendido el viaje cuando se encontró con la cápsula sirena.
Parecía una cápsula de socorro ordinaria. La clase de cosa que se disparaba a menudo a través del espacio para indicar alguna complicación del destino del hombre entre las estrellas. Aparentemente esta cápsula había atravesado una inmensa distancia y, a partir de la cápsula, Suzdal se enteró de la historia de Arachosia.
La historia era falsa. Los cerebros de todo un planeta —el genio salvaje de una raza desgraciada y malevolente— habían sido dedicados a solucionar el problema de coger en la trampa y atraer a un piloto normal de la Vieja Tierra. La historia que cantó la cápsula transmitió la rica personalidad de una maravillosa mujer con una voz de contralto. La historia era cierta, en parte. Las súplicas eran reales, en parte. Suzdal escuchó la historia y esta se hundió, como el fragmento de una gran ópera maravillosamente orquestada, en las fibras de su cerebro. Habría sido todo muy diferente si hubiera sabido la verdadera historia.
Ahora, todo el mundo conoce la verdadera historia de Arachosia, la amarga y terrible historia del planeta que fue un paraíso y que se convirtió en un infierno. La historia de como la gente llegó a ser algo diferente de lo que es la gente. La historia de lo que sucedió allí en el lugar más terrible existente entre las estrellas.
Hubiera huido de haber conocido la verdadera historia, pero no podía comprender lo que ahora sabemos nosotros:
La humanidad no podía encontrarse con la terrible gente de Arachosia sin que la gente de Arachosia la siguiera a casa y trajera a la humanidad un dolor mucho más grande que el dolor, una locura mucho peor que la propia locura. Una plaga que superaba todas las plagas imaginables. Los arachosianos se habían convertido en no-gente y, sin embargo, seguían siendo gente en las improntas más internas de sus personalidades. Cantaban canciones que exaltaba su propia deformidad y en las que se alababan a sí mismos por aquello tan horrible en lo que se habían convertido. Y, sin embargo, en sus propias canciones y baladas se expresaban, los matices de la abstención.
¡Y lloré la muerte del hombre!
Ellos sabían lo que eran y se odiaban a sí mismos. Al odiarse a sí mismos, perseguían a la humanidad. Quizá todavía estén persiguiendo a la humanidad. Ahora, la Instrumentalidad ha tomado sus buenas medidas para que los arachosianos no nos vuelvan a encontrar jamás. Para ello, ha tendido redes de engaño a lo largo de los límites de la galaxia, para asegurarse de que aquella gente perdida y arruinada no nos pueda descubrir. La Instrumentalidad conoce y guarda nuestro mundo y todos los otros mundos de la humanidad contra la deformidad en que se ha convertido Arachosia. No queremos tener nada que ver con Arachosia. Que traten de encontramos. No lo conseguirán nunca.
¿Cómo podía Suzdal saber eso? Era la primera vez que alguien se encontraba con los arachosianos y él se los encontró solo con un mensaje en el que una voz mágica cantó la canción mágica de ruina, utilizando palabras perfectamente claras, en la antigua lengua común, para contar una historia tan triste, tan abominable, que la humanidad no la ha olvidado todavía. En su ausencia, la historia era muy simple. Esto es lo que escuchó Suzdal y lo que la gente supo desde entonces.
Los arachosianos eran colonizadores. Colonizadores que podían viajar en nave de vela, arrastrando las vainas tras ellos. Esa era la primera forma.
O también podían viajar en naves planoformadoras; o sea, naves pilotadas por hombres hábiles, que pasaban al espacio-dos y volvían a salir para encontrar al hombre.
O, para cubrir largas distancias, podían salir en la nueva combinación. Se trataba de vainas individuales, situadas en una enorme nave-cáscara, una versión gigantesca de la propia nave de Suzdal. Los durmientes hibernados, las máquinas despiertas, la nave disparada hasta alcanzar y superar la velocidad de la luz, volando por debajo del espacio, surgiendo al azar y dirigiéndose hacia un objetivo adecuado. Era un juego, pero los hombres valientes lo aceptaban. Si no se encontraba un buen objetivo, sus máquinas podían recorrer el espacio para siempre, mientras sus cuerpos se iban estropeando poco a poco, a pesar de estar protegidos por la hibernación, y mientras la débil luz de la vida iba desapareciendo de los cerebros individuales hibernados.
Las naves-cáscara eran la contestación de la humanidad a una superpoblación a la que no podían responder ni el viejo planeta Tierra, ni sus planetas hijos, Las naves-cáscara llevaban hacia las estrellas a los valientes, los temerarios, los románticos, los voluntarios y, en ocasiones, los criminales. La humanidad perdía una y otra vez la pista de estas naves. Los exploradores avanzados, la Instrumentalidad organizada, podían encontrarse después por casualidad con los seres humanos, ciudades y culturas, elevadas o bajas, tribus o familiares, allí donde habían llegado las naves-cáscara, lejos, mucho más allá de los límites extremos de la humanidad, allí donde los instrumentos de búsqueda habían encontrado un planeta similar a la Tierra y la naves-cáscara, como si se tratara de un enorme insecto moribundo, se había posado sobre el planeta, despertando a su gente, abriéndose y destruyéndose después a sí misma, dejando su carga de hombres y mujeres recién nacidos de nuevo para colonizar un mundo.
Arachosia pareció un mundo bueno a los hombres y mujeres que llegaron hasta él.
Hermosas playas con acantilados, como infinitas riberas. Dos grandes y luminosas lunas en el cielo; un sol que no estaba muy alejado. Las máquinas comprobaron previamente la composición de la atmósfera y analizaron el agua, y ya habían desparramado las formas de la vida de la vieja Tierra por la atmósfera y por los mares, de modo que cuando la gente se despertara, pudiera escuchar el canto de los pájaros, y supieran que los peces de la Tierra ya se habían adaptado a los océanos para multiplicarse allí. Parecía una vida buena y rica. Las cosas marcharon bien.
Sí, las cosas marcharon bien, muy bien, para los Arachosianos.
Esta es la verdad.
Y esta fue la historia contada por la cápsula.
Pero a partir de aquí, divergían.
La cápsula no dijo la terrible y lastimosa verdad sobre Arachosia. Inventó una serie de mentiras plausibles. La voz que surgió telepáticamente de la cápsula era la de una mujer madura, cálida y feliz...alguna mujer que se encontraba al principio de su edad media, y que poseía una excelente voz de contralto.
Suzdal casi se imaginó estar hablando con ella, de tan real como era la personalidad.
¿Cómo podía saber que estaba siendo seducido, atrapado?
Sonaba bien, realmente bien.
—Y entonces —dijo la voz—, la enfermedad arachosiana se ha estado cebando en nosotros. No desciendas. Mantente alejado. Habla con nosotros. Háblanos de medicina.
Nuestros jóvenes mueren, sin razón alguna. Nuestras granjas son ricas, y el trigo de aquí es más dorado de lo que fue en la Tierra, las ciruelas son más púrpuras, y las flores más blancas. Todo marcha bien..., excepto la gente. Nuestros jóvenes mueren... —dijo la voz femenina, terminando con un sollozo.
«¿Hay algún síntoma?» pensó Suzdal.
Y entonces, como si hubiera escuchado su pregunta, la cápsula siguió diciendo:
—Se mueren de nada, no hay nada que nuestra medicina pueda comprobar, nada que nuestra ciencia pueda mostrar. Simplemente, mueren. Nuestra población está descendiendo. Humanidad, ¡no nos olvides! Hombre, seas quien seas, ven rápidamente, ven ahora mismo, ¡ayúdanos! Pero, por tu propio bien, no aterrices. Mantente alejado del planeta y míranos a través de las pantallas, de modo que puedas regresar al Hogar del Hombre para contar lo que sucede con los hijos perdidos de la humanidad entre las estrellas extrañas y más alejadas.
¡Extrañas, sí que lo eran!
La verdad es que eran mucho más extrañas y muy feas.
Suzdal quedó convencido de la verdad del mensaje. Había sido seleccionado para hacer este viaje debido a que era una persona de buena naturaleza, inteligente y valiente; y esta llamada hizo vibrar cada una de estas tres cualidades.
Más tarde, mucho más tarde, cuando fue detenido, se le preguntó a Suzdal:
—Suzdal, tonto de ti, ¿por qué no comprobaste el mensaje? ¡Has arriesgado la seguridad de toda la humanidad por una tonta llamada de auxilio!
—¡No fue tonta! —espetó Suzdal—, Esa cápsula de socorro tenía una maravillosa voz femenina y la historia parecía ser verdad, cuando la comprobé.
—¿Con quién? —preguntó el investigador, con monotonía y pesadez.
Cuando contestó a la pregunta, Suzdal pareció sentirse cansado y triste.
—La comprobé con mis libros. Con mis conocimientos —y después, añadió de mala gana—: Y con mi propio juicio...
—¿Y fue bueno su juicio? —preguntó el investigador.
—No —contestó Suzdal, dejando que aquella simple palabra colgara en el aire, como si fuera la última palabra que fuera a pronunciar.
Pero fue el propio Suzdal quien rompió el silencio, cuando añadió:
—Antes de establecer el rumbo y marcharme a dormir, activé a mis oficiales de seguridad en los cubos y les hice comprobar la historia. Ellos consiguieron descubrir la verdadera historia de Arachosia, muy bien. Descifraron los modelos de actuación de la cápsula de socorro y me contaron la verdadera historia muy rápidamente, en cuanto me desperté de nuevo.
—¿Y qué hizo usted entonces?
—Hice lo que hice, Hice aquello por lo que esperaba ser castigado. Para entonces, los arachosianos ya se encontraban caminando alrededor de la parte exterior de mi casco.
Habían cogido mi nave. Me habían cogido a mí. ¡Cómo iba a saber yo que la maravillosa y triste historia que me contó la mujer solo era cierta en lo que respecta a los primeros veinte años completos! Por otra parte, ella ni siquiera era una mujer. Solo era una klopt, únicamente los primeros veinte años.
Las cosas habían marchado bien para los arachosianos durante los primeros veinte años. Después, llegó el desastre, pero no fue la historia contada por la cápsula de socorro.
Ellos no lo podían comprender. No sabían por que tenía que sucederles precisamente a ellos. No sabían por qué tuvo que esperar veinte años, tres meses y cuatro días. Pero su tiempo llegó.
Creemos que tuvo que tratarse de algo existente en la radiación de su sol, O quizá fuera una combinación de la radiación particular de aquel sol y de la química, que ni siquiera habían podido analizar las máquinas más completas de la nave-cáscara. Una combinación que surgió y comenzó a extenderse desde entonces. El desastre les golpeó, fue un desastre simple y extraordinariamente imparable.
Disponían de médicos, Tenían hospitales. Hasta tenían una capacidad limitada para la investigación.
Pero no pudieron investigar con la rapidez suficiente, al menos para enfrentarse a este desastre. Fue simple, monstruoso, enorme.
La femineidad se convirtió en cancerogénica.
Cada mujer del planeta comenzó a desarrollar el cáncer al mismo tiempo en sus labios, sus pechos, su ingle, a veces a lo largo del borde de la mandíbula, en el borde de un labio, o en las partes delicadas de su cuerpo. El cáncer tenía muchas formas y, sin embargo, siempre era el mismo. Había algo en la radiación que atravesaba la atmósfera, que llegaba al cuerpo humano y que hacía que una forma particular de la desoxicorticosterona se convirtiera en una subforma —desconocida en la Tierra— de pregnandiol, lo que, infaliblemente, producía el cáncer. El avance era rápido.
Quienes empezaron a morir primero fueron las niñas pequeñas, Las mujeres se colgaban del cuello de sus padres, de sus maridos, llorando. Las madres trataban de despedirse para siempre de su hijos.
Uno de los médicos era una mujer. Una mujer fuerte.
Con una actitud despiadada, se cortó tejido vivo de su propio cuerpo, lo colocó bajo el microscopio, tomó muestras de su propia orina, de su sangre, de su saliva, y terminó por encontrar la contestación: no hay contestación. Y, sin embargo, había algo mejor y peor que una respuesta.
Si el sol de Arachosia mataba todo lo que fuera hembra, si el pez hembra flotaba inerte sobre la superficie de los mares, si los pájaros hembra entonaban un canto más agudo y salvaje mientras morían sobre los huevos que nunca Podrían incubar, si los animales hembra gruñían y rugían en las guaridas donde se ocultaban, llenos de dolor, el ser humano hembra no tenía por que aceptar la muerte tan dócilmente. La doctora se llamaba Astarte Kraus.
La hembra humana podía hacer lo que la hembra animal no podía. Podía convertirse en macho. Con la ayuda del equipo obtenido de la nave, se produjeron tremendas cantidades de testosterona y cada una de las chicas y mujeres que aún sobrevivían fue convertida en un hombre. Se administraron inyecciones masivas a todas ellas. Sus rostros se hicieron más pesados, todas ellas crecieron un poco más, sus pechos se aplanaron, sus músculos se hicieron más fuertes y en menos de tres meses, todas ellas se convirtieron en hombres.
Algunas formas inferiores de vida habían logrado sobrevivir gracias a que no estaban polarizadas con la suficiente claridad en las formas de macho y hembra que dependen de esta química orgánica particular para su supervivencia, una vez desaparecidos los peces, las plantas llenaron los océanos; cuando desaparecieron las aves, los insectos sobrevivieron, llenándolo todo: libélulas, mariposas, versiones mutadas de saltamontes, escarabajos y otros insectos, que llegaron a inundar el planeta. Los hombres que habían perdido s las mujeres, trabajaban junto con los hombres que hablan sido convertidos en tales a partir de los cuerpos de las mujeres.
Cuando se conocían de antes, les resultaba intolerablemente triste volver a encontrarse. Esposo y esposa, ambos con barba, fuertes, pendencieros, desesperados y ocupados. De algún modo; los niños pequeños se daban cuenta de que nunca llegarían a tener novias, ni esposas, que nunca se casarían, y que nunca tendrían hijas.
¿Pero qué era un simple mundo para detener el cerebro impulsor y el ardiente intelecto del ahora doctor Astarte Kraus? Ella se convirtió en el líder de su gente, de los hombres y de los hombres-mujeres. Ella los estimuló para que siguieran, los hizo sobrevivir y utilizó la más fría inteligencia con todos ellos.
(Quizá, de haber sido una persona compasiva, les hubiera dejado morir a todos, pero la naturaleza del doctor Kraus no era compasiva..., solo brillante, implacable, despiadada contra el universo que había tratado de destruirla).
Antes de morir, la doctora Kraus elaboró un sistema genético cuidadosamente programado. Pequeños fragmentos de los tejidos de los hombres podían ser implantados mediante una rutinaria operación quirúrgica en los abdómenes, justo en el interior de la pared peritoneal, ejerciendo una ligera presión contra los intestinos, de este modo, se creaba una matriz artificial. Después, la química artificial y la inseminación artificial por radiación, por calor, hizo posible que los hombres pudieran dar a luz niños.
¿De qué hubiera servido tener niñas, si todas morían? La gente de Arachosia siguió viviendo. La primera generación vivió la tragedia por completo, medio loca por el dolor y la desilusión. Enviaron cápsulas-mensaje, sabiendo que su mensaje tardaría seis millones de años en llegar a la Tierra.
Como exploradores nuevos que eran, se habían arriesgado a ir mucho más allá de lo que fueron otras naves. Habían encontrado un buen mundo, pero no estaban muy seguros del lugar donde se encontraban. ¿Estaban todavía dentro de la galaxia familiar, o habían saltado más allá, hacia alguna de las galaxias vecinas? No lo podían decir con seguridad. Una parte de la política de la vieja Tierra consistía en no equipar excesivamente a los grupos de exploración, por temor a que algunos de ellos, tras experimentar violentos cambios culturales o tras convertirse en imperios agresivos, pudieran revolverse contra la Tierra y destruirla. La Tierra siempre se aseguraba de conservar las ventajas adquiridas.
La tercera, cuarta y quinta generaciones de arachosianos todavía fueron gente. Todos ellos eran hombres. Tenían aún la memoria humana, disponían de libros humanos, conocían las palabras «mamá», «hermana», «novia», aunque, en realidad, ya no comprendía a que se referían aquellos términos.
El cuerpo humano, que en la Tierra había tardado cinco millones de años en desarrollarse, tiene inmensos recursos en su interior, recursos mucho mayores que el cerebro, o que la personalidad, o que las propias esperanzas del individuo, y los cuerpos de los arachosianos decidieron cosas por ellos. Comoquiera que la química de la femineidad significaba la muerte instantánea, y como quiera que alguna niña ocasional nació muerta y fue enterrada, los cuerpos hicieron sus ajustes. Los hombres de Arachosia se convirtieron en hombres y mujeres. Y se dieron a sí mismos el feo nombre de «klopt».
Como no contaban con las recompensas de la vida familiar, se convirtieron en pavoneantes gallitos, que mezclaban su amor con el asesinato, que dejaban ciegos a sus hijos en los duelos, que afilaban sus armas y se ganaban el derecho a reproducirse dentro de un sistema familiar extraño que ningún terrestre decente habría considerado comprensible.
Pero sobrevivieron.
Y el método de su supervivencia fue tan descarnado, tan feroz, que resultaba, de hecho, algo muy difícil de comprender.
En el transcurso de menos de cuatrocientos años, los arachosianos se habían civilizado, formando grupos de clanes combatientes. Seguían disponiendo únicamente de un planeta, alrededor de un solo sol. Seguían viviendo en un solo lugar. Disponían de unas pocas naves espaciales que se habían construido ellos mismos. Su ciencia, su arte y su música continuó progresando, con extrañas sacudidas de inspirado genio neurótico, ya que les faltaban los aspectos propiamente fundamentales de la propia personalidad humana, el equilibrio del hombre y la mujer, la familia, los actos de amor, de esperanza, de reproducción. Sobrevivieron, sí, pero se convirtieron en monstruos sin que ni ellos mismos se dieran cuenta.
A partir del recuerdo de la vieja humanidad, crearon una leyenda de la antigua Tierra.
En ese recuerdo, las mujeres eran deformidades que debían ser matadas. Seres malformados, que debían ser exterminados. La familia, tal y como ellos querían recordarla, era inmundicia y abominación, que estaban decididos a eliminar si alguna vez se encontraban con ella.
En cuanto a ellos se convirtieron en homosexuales con barba, con los labios pintados, pendientes en las orejas; cabezas de fino cabello y muy pocos hombres viejos entre ellos, mataban a sus hombres antes de que se hicieran viejos; aquellas cosas que no podían conseguir del amor, de la relajación o de la comodidad; las conseguían por medio de la batalla y de la muerte. Crearon canciones en las que se proclamaban a sí mismos como los últimos de los viejos hombres y los primeros de los nuevos y cantaban su odio contra la humanidad para cuando se la encontraran, y decían: «¡Ay de la Tierra cuando la encontremos!». Sin embargo; algo dentro de ellos les hacía añadir casi a cada canción un estribillo que les preocupaba:
¡Y lloré la muerte del hombre!
Lloraban la muerte de la humanidad y, sin embargo, planeaban atacar a toda la humanidad.
Suzdal había sido engañado por el mensaje de la cápsula, se volvió a meter en el compartimento de hibernación y dirigió a los hombres-tortuga para llevaran el crucero hacia Arachosia, estuviera donde estuviese, no hizo esto llevado por un impulso loco o caprichoso. Lo hizo como consecuencia de un juicio deliberado. Un juicio por el que más tarde fue detenido; interrogado, juzgado y finalmente condenado a algo peor que la muerte.
Se lo merecía.
Buscó Arachosia sin detenerse a pensar en la regla más fundamental de todas: ¿cómo podía impedir que los arachosianos, monstruos cantores que eran, le siguieran a casa con la posibilidad de provocar la ruina eventual de la Tierra? ¿Acaso su condición no podía ser la de una enfermedad contagiosa, o es que su feroz sociedad no podía destruir las otras sociedades de los hombres, arruinando la Tierra y los otros mundos de los hombres? No pensó en todo esto; y por ello fue detenido, juzgado y castigado mucho más tarde. Pero ya llegaremos a eso.
Suzdal se despertó en la órbita de Arachosia. Y se despertó sabiendo que había cometido una equivocación. Extrañas naves aparecían adheridas a su ave-cáscara, como malignos percebes de un océano desconocido adheridos a una nave marina familiar. Llamó a sus hombres-tortuga para presionar los controles, y estos no funcionaron.
Los seres del exterior, fueran quienes fuesen, hombres o mujeres, o bestias o dioses, disponían de la tecnología suficiente como para inmovilizar su nave. Suzdal se dio cuenta inmediatamente de su error. Claro que pensó en la posibilidad de destruirse a sí mismo y a la nave, pero tenía miedo de que, habiéndose destruido a sí mismo, y habiendo fallado en la destrucción completa de la nave, existiera aún una posibilidad de que su crucero, un último modelo, con armas recientes, cayera en las manos de quienes caminaban por la estructura exterior de su nave. No podía afrontar el riesgo del simple suicidio individual.
Tenía que dar un paso mucho más drástico. No era el momento adecuado para obedecer las reglas terrestres.
Su oficial de seguridad —un cubo fantasma despertado a la forma humana—, le informó de toda la historia en frases rápidas e inteligentes:
—Son personas, señor. Más de lo que yo lo soy. Yo soy un fantasma, un eco que surge de un cerebro muerto. Ellos son verdaderamente gente, comandante Suzdal, pero son la peor gente de entre las estrellas. ¡Tiene que destruirlos, señor!
—No puedo —dijo Suzdal, tratando aún de despertarse por completo—. Son gente.
—Entonces, tiene que rechazarlos con cualquier medio, señor. Con cualquier medio de que pueda disponer, Salve a la Tierra. Deténgalos. Advierta a la Tierra.
—¿Y yo? —preguntó Suzdal y sintió inmediatamente el haber hecho aquella pregunta egoísta y personal.
—Morirá o será castigado —dijo con compasión el oficial de seguridad—, y no sé bien cuál de las dos cosas será peor.
—¿Ahora?
—Ahora mismo... No le queda tiempo. Ningún tiempo.
—¿Pero las reglas...?
—Ya ha ido usted mucho más allá de lo que dicen las reglas.
Sí, había reglas, pero Suzdal las había dejado atrás todas.
Reglas, reglas para momentos ordinarios, para lugares normales. Para peligros comprensibles. Pero aquello era una pesadilla creada por la carne del hombre, motivada por el cerebro del hombre. Sus monitores ya le estaban proporcionando noticias sobre quién era aquella gente, aquellos aparentes maníacos, aquellos hombres que nunca habían conocido a las mujeres, aquellos chicos que habían crecido para el placer y la batalla, que poseían una estructura familiar que el cerebro humano normal no podía aceptar, no podía concebir, no podía tolerar. Aquellas cosas del exterior eran gente, y no lo eran. Aquellas cosas del exterior tenían el cerebro humano, la imaginación humana y la capacidad humana para la venganza y, sin embargo, Suzdal, un valiente oficial, se sentía tan atemorizado por su simple naturaleza, que no respondió a sus esfuerzos por comunicarse con él.
Pudo sentir a las mujeres-tortuga que había entre su tripulación, llenas de temor, al darse cuenta de quiénes eran los que rodeaban su nave y quienes eran los que cantaban en voz alta, a través de altavoces, diciendo que deseaban entrar, entrar, entrar.
Suzdal cometió un crimen. Uno de los orgullos de la Instrumentalidad es que permite a sus oficiales cometer crímenes, o errores, o suicidio. La Instrumentalidad hace para la humanidad aquellas cosas que no pueden hacer las computadoras. La Instrumentalidad deja el cerebro humano, la elección humana, en acción.
La Instrumentalidad informa a todo su personal de oscuros conocimientos, de cosas que normalmente no son entendidas en el mundo habitado, de cosas que están prohibidas para los hombres y mujeres normales, para que los oficiales de la Instrumentalidad, los capitanes y los subjefes y los jefes puedan conocer su trabajo. Si no lo conocieran, podría perecer toda la humanidad.
Suzdal echó mano de su arsenal, Sabía lo que estaba haciendo. La luna más grande de Arachosia era habitable. Ya podía ver plantas terrestres en ella y también insectos terrestres. Sus monitores le mostraban que los hombres-mujeres arachosianos no se hablan molestado en asentarse en el planeta. Lanzó una pregunta agonizante a sus computadoras y gritó:
—¡Leedme en la época que estamos!
—Más de treinta millones de años —contestó la máquina—. Suzdal disponía de extraños recursos. Tenía gemelos o cuadrúpletos de casi todos los animales terrestres.
Los animales terrestres eran llevados en cápsulas diminutas, no mayores que una cápsula medicinal, y consistían en el esperma y el óvulo de los animales superiores, preparados para ser apareados, preparados para ser impresos; también disponían de pequeñas bombas de vida, capaces de rodear cualquier forma de vida, dándole, por lo menos, una posibilidad de supervivencia.
Se dirigió hacia el banco y cogió gatos, ocho parejas, dieciséis gatos terrestres, felis domesticus, la clase de gato que usted y yo conocemos, la clase de gato que a veces se cría para propósitos telepáticos, para que vayan a veces en las naves y sirvan como armas auxiliares cuando las mentes dirigen a los gatos, para que eliminen los peligros.
Codificó a estos gatos. Los codificó con mensajes tan monstruosos como los mensajes que habían convertido a los hombres-mujeres de Arachosia en verdaderos monstruos, y esto es lo que codificó:
No reproducir verdad.
Inventar nueva química.
Serviréis al hombre.
Civilizaos.
Aprender a hablar.
Servir al hombre.
Cuando el hombre llame, serviréis al hombre.
Regresad y volved.
Servid al hombre.
Estas instrucciones no fueron simples instrucciones verbales. Quedaron impresas en la misma estructura molecular de los animales. Fueron como cargas dirigidas hacia la codificación genética y biológica existente en esos gatos. Y entonces, Suzdal cometió su delito contra las leyes de la humanidad. Tenía a bordo de la nave un instrumento cronopático. Un distorsionador del tiempo, utilizado normalmente durante un instante, o un segundo o dos, para apartar la nave de una extrema destrucción.
Los hombres-mujeres de Arachosia ya se estaban abriendo paso a través del casco, podía escuchar sus voces altas y ululantes que gritaban con delicioso placer, dirigiéndose las unas a las otras, mientras le miraban como el primero de sus enemigos prometidos con quienes nunca se habían encontrado, con el primero de los monstruos de la vieja Tierra que había llegado finalmente hasta ellos, la verdadera y malvada gente de la que ellos, los hombres-mujer de Arachosia se vengarían.
Suzdal conservó la calma. Codificó los gatos genéticos. Los convirtió en bombas de vida. Ajustó los controles de su máquina cronopática ilegalmente, de modo que en lugar de abarcar un segundo para una nave de 80.000 toneladas, abarcara dos millones de años para una carga de menos de cuatro kilos. Y lanzó a los gatos hacia la luna sin nombre de Arachosia.
Y los lanzó en el pasado, y a tiempo.
Y sabía que no tenía que esperar.
No lo hizo.
Los gatos llegaron. Sus naves brillaron en el cielo desnudo, sobre Arachosia. Su pequeña fuerza de combate atacó. Los gatos que no habían existido un momento antes, pero que ya habían dispuesto de dos millones de años en los que seguir un destino impreso en sus mismos cerebros, en sus mismas médulas espinales, fuertemente grabado en la química de sus cuerpos y personalidades. Los gatos se habían convertido en gente de una clase, con lenguaje, inteligencia, esperanza y una misión que cumplir. Su misión consistía en ponerse a disposición de Suzdal, de rescatarle, de obedecerle y de hacer daño a Arachosia.
Las naves de los gatos lanzaron sus señales de batalla.
—Este es el día del año de la era prometida. ¡Y ahora vienen gatos!
Los arachosianos habían esperado una batalla desde hacía 4.000 años y ahora la tenían. Los gatos les atacaron. Dos de las naves de los gatos reconocieron a Suzdal y los gatos informaron.
—¡Oh, señor; oh, Dios; oh, Hacedor de todas las cosas; oh, Comandante del Tiempo; oh, Iniciador de la Vida! Hemos esperado desde que todo comenzó para serviros, para servir Tu Nombre, para obedecer Tu Gloria. Permítenos vivir para Ti, permítenos morir por Ti. Nosotros somos tu gente.
Suzdal gritó y lanzó su mensaje hacia todos los gatos.
—¡Ahuyentad a los klopts, pero no los matéis, a todos!
Y, después, repitió:
—¡Ahuyentadlos y detenedlos hasta que yo escape!
Y, a continuación, dirigió su crucero hacia el no-espacio y escapó.
No fue seguido por ningún gato, ni por ningún arachosiano.
Y esta es la historia. Pero la tragedia es que Suzdal regresó. Y los arachosianos todavía están allí, al igual que los gatos. Quizá la Instrumentalidad sabe dónde están, o quizá no lo sabe. En realidad, la humanidad no desea descubrirlo. Va en contra de toda ley crear una forma de vida superior al hombre. Y quizá los gatos lo son. Quizá haya alguien que sepa si los arachosianos ganaron y mataron a los gatos y añadieron la ciencia de estos a la suya propia, y ahora nos están buscando por alguna parte, probando como ciegos a través de las estrellas para intentar encontrarnos a los verdaderos seres humanos, para odiar y para matar. O quizá ganaron los gatos.
Quizá los gatos han sido programados para una extraña misión, para misteriosas esperanzas de servir a hombres a los que no reconocerán. Quizá piensen que todos somos arachosianos y que solo están destinados a servir a cierto comandante de crucero, el que nunca más volverán a ver, y no volverán a ver a Suzdal porque sabemos lo que le sucedió.
Suzdal fue llevado a juicio en una gran plataforma en el mundo abierto. Su juicio fue registrado. Tuvo que someterse a él cuando no tenía que haberlo hecho. Había investigado, acudiendo en busca de los arachosiano, sin esperar y sin solicitar consejo y refuerzos. ¿Por qué tenía que aliviar él una desgracia de otra época? ¿Por qué lo había convertido en un asunto propio?
Y además, los gatos. Disponemos de los registros de la nave para demostrar que algo surgió de aquella luna. Naves espaciales, cosas con voces, cosas capaces de comunicarse con el cerebro humano. Ni siquiera estamos seguros, puesto que transmitieron directamente a las computadoras receptoras de que hablaran un lenguaje terrestre. Quizá lo hicieran con alguna especie de telepatía directa. Pero el crimen consistía en realidad en que Suzdal había tenido éxito.
Al haber arrojado a los gatos hacia el pasado, haciéndoles retroceder dos millones de años, al codificarles para que sobrevivieran, para que desarrollaran una civilización, para que acudieran a rescatarle, había creado todo un nuevo mundo en menos de un segundo de tiempo objetivo.
Su instrumento cronopático había arrojado las pequeñas bombas de vida hacia la tierra de la gran luna situada sobre Arachosia y en menos tiempo del que se tarda en contarlo, las bombas regresaron en forma de una flota, construida por una raza, una raza terrestre, aunque de origen gatuno, de dos millones de años de edad.
El tribunal quitó a Suzdal su nombre y dijo:
—Ya no volverás a ser llamado Suzdal.
El tribunal también le quitó su rango.
—Ya no volverás a Ser comandante de esta ni de ninguna otra nave, ni imperial, ni de la Instrumentalidad.
El tribunal le quitó a Suzdal la vida.
—No vivirás más, ex comandante y ex Suzdal.
Y, finalmente, el tribunal le quitó a Suzdal la muerte.
—Irás al planeta Shayol, el lugar de la máxima vergüenza, del que nadie regresa jamás. Irás allí, llevándote contigo el desprecio y el odio de la humanidad. No te mataremos, no deseamos saber nada más de ti. Seguirás viviendo, pero, para nosotros, habrás dejado de existir.
Y esta es la historia, es una historia triste y maravillosa. La Instrumentalidad trata de dar ánimos a las diferentes clases de humanidad, diciéndoles que no es cierta, que es solo una balada.
Quizá existan los informes. Quizá, en alguna parte, los locos klopts de Arachosia sigan criando a sus hijos, sigan teniendo a sus niños, siempre por cesárea, sigan amamantándolos con biberón, produciendo así generaciones de hombres que no tienen padres y que no tienen la menor idea de lo que significa la palabra madre. Y quizá los arachosianos se pasan sus locas vidas en una batalla sin fin contra los gatos inteligentes que están sirviendo a una humanidad que puede no volver nunca.
Esta es la historia.
Todo lo demás, no es verdad.