Se llamaba Cinnabar y giraba en órbita geoestacionaria a trescientas millas sobre un profundo océano. Dormía como había dormido durante cien años. Pero no aguardaba besos, ni a un príncipe, ni esperaba vivir feliz después. Le bastaba saber que sólo debía vivir cuando era necesario. Pero ni siquiera esto la hacía feliz —a la sazón, nada lo hubiese logrado—, aunque le hacía más llevaderas las horas en que despertaba el saber que el sueño, como breves asaltos de muerte, la esperaba como un bálsamo curativo, consolador.

Estaba muy hermosa en su sueño. Sus largas trenzas color castaño estaban dispuestas artísticamente de modo que parecían vivas y ondeadas por el viento. Tenía las piernas delicadas, bellamente cruzadas, y cuidadosamente descubiertas. Sus mejillas estaban enrojecidas y sus manos permanecían cruzadas sobre el pecho. Flotaba, en su sueño, en una cripta transparente; era como si su belleza irradiase en torno suyo. Al principio, el Instituto pretendió encerrarla en un ataúd grueso y opaco, bajo tres escotillas bien cerradas, cuya combinación sólo ellos conocieran. Luego, en cambio, se decidieron por esta exhibición giratoria, rotativa. Tal vez hubiera sido distinto de ser ella fea. Pero de haber sido fea, o sólo pasable, seguramente no se habría podido contar ninguna historia suya.

Estaba condenada a ser exhibida, a ser utilizada; a ser simplemente Cinnabar.

¿Condenada? Sí, condenada, ciertamente es ésta la palabra.

La gente que estaba enterada de su existencia, que contaba con ella para sus planes, tenía una leyenda respecto a la joven. O tal vez sólo fuese un chiste verde. Decían que un día las estrellas volarían hacia su ataúd para despertarla, y que sería violada por el Sol. Pero esto era sólo una broma; a la gente le encanta hablar poéticamente, aunque sea sobre algo que no debe mencionarse.

Cuando el capitán estelar Lync Harley la despertó, Cinnabar llevaba durmiendo al menos cien años. Es posible que de haber sabido que volverían a necesitarla, hubiese escogido o buscado una muerte permanente. Una de las pocas cosas que le impedían enloquecer era la creencia de que en alguna ocasión podría dormirse sin que la necesitaran, y ya no despertaría jamás. Quizá fuese sólo una idea suya, engañándose en beneficio ajeno. Aunque también pudiera ser que no estuviera totalmente cuerda.

Lync Harley, no obstante, era un hombre muy cuerdo. Tenía que serlo, pues la cordura era la principal calificación para su labor. No es posible que un capitán estelar esté loco; no, si se le quiere volver a ver después del primer lanzamiento.

Sus servidores robots, que formaban su tripulación, despertaron a Cinnabar con la aplicación de sesenta drogas y veinte aparatos, y después la llevaron al camarote del capitán. Se asegura que Cinnabar vertió cuatro lágrimas cuando comprendió que estaba despierta, y no pronunció una sola palabra en muchas horas. Pero esto no es seguro, pues la noticia procede de un robot de muy escasa confianza. Aun así, todavía se discute en el Instituto respecto a las causas y los efectos, y también sobre la propia Cinnabar. Pero ni siquiera las discusiones presagian acuerdo o creencia, en uno u otro sentido.

Cinnabar se sentó delicadamente en la butaca tapizada, situada delante del escritorio del capitán estelar Harley. No habló ni sonrió. Pero tampoco le desairó; lo cierto es que raras veces sonreía. Hay que ponerse en su lugar: sabiendo que de nuevo iban a utilizarla ¿cómo podría sonreír?

Lync se dio cuenta de que era muy hermosa. Pero esto no influyó en él; había visto y amado a más chicas bellas de las que podía recordar. Para él, en aquel momento, Cinnabar apenas era algo más que esto: un instrumento.

—¿Sabes? Eres casi una leyenda —dijo el capitán estelar, con tono casual.

Cinnabar le miró desde su asiento, dejando de contemplar sus manos cruzadas sobre la falda.

—Lo sé —asintió—. ¿Qué versión prefiere? ¿La que afirma que estoy loca o la que dice que sólo estoy enferma? ¿O quizá le gusta más aquella en que se asegura que soy la reencarnación de la Madonna, aunque sin hijos?

Harley se sonrojó, pues no estaba acostumbrado a los sarcasmos.

—No he pensado mucho en el asunto —replicó—. Claro que sé muy poco de ti, aunque haya leído las explicaciones científicas.

—¿Científicas? —repitió ella.

—Sí, claro. Tus genes.

Harley se preguntó vagamente si volvía a enrojecer.

—Genes… —repitió Cinnabar—. Claro, los genes —se echó a reír, y su risa sonó penetrante aunque armoniosa—. Los genes —susurró más para sí que para Harley—. «Doble, doble, telaraña y agorero; arde el fuego y hierve el caldero».

Ahora había una sonrisa en su rostro.

Lync no supo qué contestar y por tanto ignoró la observación.

—Eres una telépata —dijo en cambio—. La, única, la primera, tal vez la última.

Ella volvió a interrumpirle.

—Telépata… —la risa volvió a alegrar su voz. Pero Harley no logró adivinar si se burlaba de él o de sí misma—. «Telépata, ojo de lagartija y pata de rana; ala de murciélago y lengua de perro».

Harley estaba confuso y lo dio a entender. Peor aún, comprendió que lo había dado a entender con su expresión. Eso le puso aún más nervioso. La joven murmuraba tonterías. Y él no creía en tonterías.

—Shakespeare —aclaró ella—. Macbeth. ¿Cómo son tus manos, capitán?

—¿Te encuentras bien? —inquirió él—. Puedo poner a tu servicio la enfermería de la nave. Me dijeron que tú estarías…

Calló de repente y le pulsó un párpado.

—¿Estaría… cómo? —preguntó ella suavemente.

Lync trató de dominarse.

—Un poco inquieta…, nerviosa tal vez.

—Nada puede enervarme —negó ella. Ya no reía; lo mismo podía no haber reído nunca—. Porque todo puede herirme. Si tu vida es fuego, las llamas no pueden ya quemarte ni los calderos escaldarte.

Calló un instante, y a él no le gustó su silencio.

—Dime —le preguntó Harley—. ¿Qué se siente, siendo como eres tú?

Cinnabar pareció sorprendida y lo demostró, como hacía con todas sus emociones.

—Eres el primero que me hace esta pregunta, de modo que te contestaré. Me siento mal, muy mal. He leído los libros antiguos y preferiría el infierno a mi vida actual. Puedo explorar en las mentes y todas son iguales.

Tenía los ojos apartados de Lync, y eran como luces azules.

—Es como vivir con un millón de aves cantoras. Cada canto individual es bello a veces, ya en tono alto, ya en tono bajo. Pero en conjunto, todos a la vez, resultan muy penosos.

—¿Y mi mente? —a Lync le sorprendió su propia pregunta.

Sin embargo, le parecía importante saber qué clase de canción estaba entonando.

—Tú tienes el sabor de la muerte y el temor. Tu mente es como un estigma. Pero yo puedo estar contigo durante un corto período sin volverme más loca de lo que estoy. Sólo cuando hay mucha gente me siento morir. Por favor —su voz era casi inaudible—, ¿no podríamos hablar de otra cosa?

Harley buscó las palabras.

—Se supone que he de instruirte —dijo al fin.

—Entonces instrúyeme, capitán. Todos tenemos que seguir tus órdenes. A veces, no obstante, me gustaría convencerme de que soy más importante que una serie de órdenes. Incluso las más capitales.

El capitán Harley veía que la joven se hallaba terriblemente desconsolada y que prefería estar sola. Pero, pensó él, una vez dadas sus instrucciones, ella desaparecería por el resto del viaje. Al menos, hasta que la necesitaran.

—Nos han destinado a entrar en contacto con una raza casi humanoide en Beta Lira Tres. Mejor dicho, te han destinado a ti. Y me han ordenado que te ayude.

—¿Cómo son? —quiso saber ella.

—Altos y delgados. Sus rasgos faciales no son tan prominentes como los nuestros, y no llevan ropas.

—Pero ¿cómo son? —insistió Cinnabar, subrayando las últimas palabras.

Parecía más animada, interesada, como un cincel puede estarlo en un bloque de mármol. O el mármol se deja tallar o se le destruye.

—Bien, según los relatos de los exploradores, tienen dos civilizaciones viables, que existen paralelamente. Una está altamente mecanizada, con todos los trucos y trampas que eso implica. La otra es más natural; todas las ciudades se hallan construidas al lado de un bosque. Por lo visto, dichos seres pasan la primera mitad de su vida en las ciudades, y la otra mitad en el bosque. Sí, una idea bastante idílica.

—¿Por qué me necesitan, capitán?

Tal vez fuese una simple pregunta, pero ella la pronunció como una acusación. «Si lo es —pensó Harley— es porque se imagina que la he escogido por mi propia iniciativa.»

—Se niegan a entrar en contacto. Han asesinado a todos los equipos regulares de contacto que les hemos enviado. Es la raza más xenófoba y salvaje que hemos encontrado. Pero una parte de ella está a punto de descubrir un impulso estelar propio; por consiguiente, hemos de ponernos en contacto con ellos y obligarles a ingresar en el Instituto de los Mundos.

Las últimas palabras fueron pronunciadas con un sonsonete, como si estuviera recitando mecánicamente un informe oficial.

—No los han asesinado, capitán —replicó ella—, sólo los han matado. Los humanoides de las distintas especies no pueden asesinarse entre sí. —De pronto, su voz se tornó dura—. Bien, voy a retirarme. Ya hablaremos más tarde.

Se dirigió a la puerta y, al pronunciar las últimas palabras, la cerró tras ella.

De acuerdo con su costumbre, Cinnabar empezó a trabar conversación con algunos de los robots complementarios de la nave espacial. Naturalmente, no esperaba que los robots se mostraran fríos, lógicos, reservados y despegados, pues con ella siempre eran cálidos y emocionales, le hablaban y la consolaban. Esto habría asombrado a sus constructores, pero Cinnabar lo daba ya por descontado.

Habló con uno de los robots más viejos, cuya superficie metálica ya no relucía. Se llamaba Cuatro, número bajo y distinguido.

Cinnabar gozaba rodeada de robots, particularmente con los que eran como Cuatro. Sus pensamientos eran como diminutos cubitos de hielo que recorriesen su cuerpo, enfriándolo de sus fuegos.

—No entiendo —murmuró Cuatro— por qué no subes tres cubiertas, atraviesas dos pasillos, entras en el lavabo principal y te abres las venas.

—No lo entenderías —repuso ella gentilmente—. Soy capaz de engañarme, diciéndome que la vida tiene algún significado.

—Sin embargo —replicó Cuatro—, si no puedes vivir entre los de tu propia raza, ¿por qué vivir?

Cinnabar se agachó y recogió un pequeño robot limpiasuelos. Este chirrió y engarzó sus largos sensores, semejantes a patas, en torno a las muñecas de la joven. Intentó acariciarle el brazo, como una gatita que le lamiese la cara.

—Hay varias razones —continuó Cinnabar, volviendo a dejar el robot limpiasuelos en el piso—, y además puedo vivir; lo he demostrado. Tengo mucho más de cien años, y eso constituye todo un récord.

Cuatro volvió a exhibir la lógica inherente a su carácter:

—Eso no cuenta; has estado durmiendo más de cien años.

—Si fueses telépata como yo, sabrías lo que digo. Si de más de cien años he estado despierta veinte, ¿cuál es la diferencia? Para una telépata, veinte años son más que cien. Soy vieja y lo sé. Los viejos empiezan a temer a la muerte. Esta idea ha hecho presa en mí y a veces sé que preferiría el fuego y la muerte a la nada. Pero nunca cuando siento arder el fuego en mi interior.

Durante un momento, Cuatro calló. Era obvio que intentaba pensar con ideas profundas, distintas a las de los robots.

—¿Puedes leer mi mente, Cinnabar? —preguntó al fin con voz metálica.

—Sí.

—¿Es tan terrible para ti como las de tu raza?

—Sólo en los momentos como éste, en que tratas de pensar como los hombres. En las demás ocasiones, tus pensamientos son claros, como tornillos pulimentados y engranajes relucientes.

—Lo siento —se disculpó Cuatro—, no volverá a ocurrir. A veces me pregunto si poseo una mente.

—¿Qué clase de hombre es el capitán? —quiso saber de pronto Cinnabar.

—Según el modelo de los capitanes, éste es más meticuloso que algunos y menos que otros. ¿Por qué lo preguntas?

La joven apartó de sus piernas los diminutos robots y contestó:

—Porque, en mis cien años y pico de vida, no he conocido a otro como él. Sus pensamientos, aunque penosos y flamígeros, poseen una nueva dimensión.

—Cuando duermes —inquirió Cuatro—, ¿has tenido algún sueño aislado?

—No lo sé. ¿Y qué importa eso?

—Prefiero no decirlo. Tal vez esté calculando erróneamente. Pero yo jamás he observado nada raro en nuestro capitán.

—Supongo que tampoco yo. Pero al cabo de tanto tiempo, tengo derecho a albergar esperanzas. Tal vez sea diferente y yo pueda vivir con él. Quizá sus pensamientos no quemen tan profunda y dolorosamente como los de otros. —Su voz cambió de un tono voluntarioso a un humor macabro—. Incluso podría darme un motivo para estarle agradecida. Podría matarme.

—A veces —concluyó Cuatro— tu falta de lógica emocional es casi calculable.

El capitán Harley, en su consejo de guerra, no pareció estar tan obsesionado con su culpabilidad como con su inocencia. Su defensa, o la carencia de ella, no fue el más fructífero de sus empeños, y ante la misma se produjeron diversas reacciones. Como dijera Vanessa Insoul, comandante del Instituto de los Mundos:

—El hombre era un animal. No necesitaba órdenes; necesitaba una ética personal. Y resultaría ridículo insinuar siquiera que la falta no es del hombre. Pues no podría achacarse a nada ni a nadie más.

Sobre esto, no obstante, hubo diversidad de opiniones, como la expresada aquel mismo día por una tal madame Jousey, también comandante del Instituto, que nunca dejó de creer que:

—Harley actuó de acuerdo con unos impulsos y deseos que pueden hallarse en cualquier hombre, aunque sean comprendidos por muy pocos. Que le hayamos procesado es algo peor que una injusticia. Es una parodia. Claro que también lo es el universo.

Sea cual fuere la opinión más correcta, la historia sigue siendo la misma, cambiando solamente la moraleja. Aunque no es completamente imposible que una misma historia tenga dos moralejas diferentes; lo cual resulta a veces muy interesante.

Pero todo esto sólo concierne de manera periférica a lo que estaba sucediendo en las regiones del espacio cercanas al Cisne, donde las estrellas no tienen nombres conocidos, y de donde todavía no existen mapas completos. Era un lugar adecuado para el primer movimiento, no fuera de toda civilización completamente, pero tampoco en el centro de ella.

Harley invitó a Cinnabar a compartir con él su cena en el camarote, para lo cual no existe una explicación lógica. El capitán sabía, o debía haber sabido, cuáles son los peligros de la confraternización. No podía saber adónde le conduciría esa acción, pero esto es una pobre excusa. Hay que achacarle culpas a Cinnabar de aceptar la invitación, pues se conocía mejor que nadie. Pero ahora las recriminaciones ya no sirven de nada.

Lync estaba sentado a un extremo de la larga mesa, y Cinnabar al otro. Como un rey y una reina medievales, ninguno de los dos confiaba en que el otro no envenenara la comida, pero no deseaban comer solos.

—¿Qué has hecho todo el día? —se interesó Lync.

—He hablado con los robots —respondió Cinnabar—. En esta clase de viajes suelen ser muy amables. Y en esta nave hay, en particular, uno que me ha parecido de los mejores ejemplares de su especie. Un poco frío al principio, pero he acabado por conocerle desde el primer tornillo al último engranaje, como podría conocerle todo aquel que deseara perder el tiempo en ello.

Harley sonrió.

—No creo que el esfuerzo valga la recompensa.

Cinnabar atrajo hacia sí la bandeja con las manzanas y mordió una lentamente. Sentía la mente del capitán a su alrededor como una cálida presencia. Para ella era una nueva experiencia, aunque también sabía que pronto cambiaría, y volvería a sentirse chamuscada.

—Los hallo tranquilizantes —explicó—. No tienen ideas, en realidad, sino algo diferente. Sí, son… distintos.

El capitán volvió a llenar su copa de vino. Parecía estudiar el reflejo de la superficie del líquido.

—Supongo que los robots son más fáciles para ti que los humanos.

La joven tomó estas palabras como una pregunta.

—Sí, en efecto. En esta nave hay veintidós robots. Si tuviese a mi alrededor igual número de personas me volvería casi loca.

—Podrías soportar a una sola, ¿verdad? Soportar y comprender sus pensamientos…

En cierto sentido, esta pregunta la pilló desprevenida. La joven comprendía la dirección general de los pensamientos del capitán, pero había esperado que no los proclamara abiertamente, puesto que no sabía qué debería contestar. Leer en las mentes, o mejor aún, conocer los pensamientos de los demás, no siempre le procuraba la respuesta más acertada. Y como había pasado casi toda su vida durmiendo, nunca había podido desarrollar el arte del disimulo hasta las magníficas alturas de la mayoría de individuos.

—Sí, puedo soportar a una. Por favor, no tomes esto personalmente, capitán. En el pasado descubrí que los hombres del espacio poseen una mente más fresca, más limpia. Pero tú sigues siendo humano.

Harley se puso en pie y se dirigió hacia ella. Se situó detrás de la joven, colocando levemente las manos sobre sus hombros.

—¿Humano? —repitió.

—Si ahora pudieras leer en tu propia mente, sabrías a qué me refiero —repuso ella.

—¿Por qué?

—Por favor, déjame tranquila. He de retirarme de nuevo. Esto ha durado demasiado. Sí, demasiado. Siempre ha sido así y siempre lo será. Perdona.

Cinnabar se levantó y Lync apartó las manos de sus hombros. Parecía enfadado.

—¿Cenarás conmigo mañana por la noche? —quiso saber.

—No lo sé. Tal vez… o tal vez no. Quizá mañana ya estemos muertos. Podemos chocar con una estrella.

—No tendremos tanta suerte. Mañana estaremos vivos y más próximos a nuestro objetivo. Aunque quizá también la comida sea mejor.

—Quizá —asintió ella, marchándose del camarote.

A la tarde siguiente, Cinnabar aún no había decidido si cenaría o no con el capitán. En realidad, lo que debatía consigo misma no era si mostrarse o no cortés, sino si debía situarse en un plano de dolor. De haber sido sólo cuestión de cortesía, no habría cenado con el capitán. Lo contrario a la cortesía es el instinto. Lo primero se aprende y Cinnabar, claro está, no lo había aprendido.

Fue en busca de Cuatro para pedirle consejo.

—No sé si debo aceptar la invitación o rechazarla —le dijo al robot—. Si la acepto, ello me causará dolor, y si la rechazo se lo causaré a él.

Cuatro reflexionó largamente, proceso que le llevó una milésima de segundo.

—Depende de cuál sea tu instinto dominante —respondió—, si el de la propia conservación o el gregarismo.

—Exacto. Y no sé cuál es más importante. En realidad, no me importa mucho el instinto de conservación. Pero ignoro si me gusta lo suficiente la gente como para decidirme por el gregarismo.

—¿Hasta qué punto te gusta la gente? —preguntó el robot.

En su calidad de máquina era muy importante para él clasificar y reunir datos, archivándolos en su banda de memoria. Por tanto, no era, por su parte, una verdadera pregunta.

—Bueno, me gusta en teoría, pero en la práctica no tanto —contestó Cinnabar, lenta y deliberadamente.

—Tendrás que decidir por ti misma. No poseo suficientes datos para calcularlo por ti. El capitán puede desear tu presencia en su mesa por diversos motivos. Puede querer hablar contigo, escucharte, vigilarte, molestarte, o cualquier combinación de aproximadamente trescientas cuarenta y una acciones.

—«Oh, maldición… —se quejó Cinnabar (pero con distinción)—. No sé qué hacer —volvió a hablar medio en susurros—. Cuan mezquinos, rancios, llanos e inútiles me parecen todos los usos de este mundo.» Shakespeare. Hamlet.

—Dime —se mostró intrigado Cuatro—, ¿quién es ese Shakespeare al que continuamente estás citando? Al principio pensé que sería algún viejo comandante del Instituto, pero el índice central no contiene ninguna referencia respecto a él.

—¿Ninguna referencia? —se extrañó Cinnabar.

—Sí a sus obras, pero no al hombre.

—Oh… Fue un escritor muy popular en los tiempos antiguos.

—No sabía que fueras estudiante de historia.

—No lo soy.

—Entonces, ¿por qué has leído sus obras? —preguntó Cuatro, con voz debidamente modulada para expresar una curiosidad razonable.

Cinnabar calló y respondió de modo muy distinto a lo que cabía esperar de la pregunta:

—Nosotros somos iguales. Los dos estamos atrapados en las mentes de los demás, por sus emociones. Ambos andamos por el mismo laberinto.

—Ya —asintió Cuatro—. A veces lo siento por ti. Y si no lo siento, mis circuitos quedan un poco alterados, al menos.

Cinnabar colocó sus delgados brazos sobre las placas que formaban los hombros del robot.

—Cuatro, no sé qué haría sin ti y los de tu raza. ¿Con quién podría hablar? Seguramente te resulto muy pesada y molesta.

—¿Pesada? —Cuatro imitó una carcajada humana. Fue una buena imitación—. Al contrario. «Por ser tu esclavo, ¿qué puedo hacer sino atender las horas y los tiempos de tus deseos?» Shakespeare, mi querida Cinnabar. Soneto cincuenta y siete.

Finalmente, la muchacha decidió aceptar la invitación del capitán. En aquel momento, hubiera sido mucho mejor para ambos que la nave se hubiese hundido en el negro corazón de una estrella de neutrones. Aunque esto no es más que una opinión y los demás pueden no estar de acuerdo.

—Adelante —invitó Lync, y ella se sentó en el extremo de la mesa. Torpe, tímidamente—. ¿Por qué no te acercas? —preguntó Lync, frunciendo el ceño—. Estar más próxima a mí no afectaría tu condición, ¿verdad?

—No. —La joven se afirmó más en su sitio—. No quiero. Como dije, puedo resistir los pensamientos de una sola persona.

—Dime —quiso saber Lync—, ¿qué piensas de las estrellas?

—Que están muy quietas en la lejanía —repuso ella—. A veces tengo sueños cortos cuando duermo. Sueño que estoy despierta, pero que sigo flotando entre ellas. Luego se transforman en diamantes helados y brillantes, diseminados a mi alrededor como granos de arena, de preciosa arena. Las veo en mi sueño girando siempre a mi alrededor, arrojando chispazos de colores contra las paredes de mi encierro de cristal. Pero ese sueño nunca termina dichosamente. Las estrellas giran demasiado de prisa, demasiado tiempo, y los colores se cambian en fuego líquido que avanza hacia mí y me baña en su calor. Yo… —miró fijamente el plato de comida que tenía delante—. Lo siento, capitán. No quise desvariar. Ya me dominaré.

—No, así estás muy bien. Nadie puede dominarse hablando de las estrellas, y aún menos mientras viaja entre ellas. Sí, también a mí me afectan las estrellas, a pesar de conocerlas desde hace mucho tiempo. Son silenciosas y misteriosas; pero yo no veo fuego en ellas. No me permiten averiguar nada de ellas. A veces —su voz sonó forzada y sus ojos abandonaron los de la muchacha—, a veces pienso que soy un hombre solitario.

—¿Solitario?

—Sí, en cierto modo. Tú y yo somos opuestos. En medio de una multitud, tú estás incómoda al sentirte apretujada por todas partes. Pero en medio de una muchedumbre yo no siento a nadie. Por mucha gente que me rodee.

—En realidad, el resultado es igual para ambos —filosofó ella—. Debes de ser un hombre muy resistente, ya que al menos sigues con vida. Nunca duermes durante años y años de un tirón. Esto debe de ser horrible, me refiero a no disponer de una escapatoria.

—No soy resistente ni fuerte —rechazó él—. De nosotros dos, probablemente tú seas la más favorecida. Yo sólo sigo viviendo, sin hacer nunca más que lo que ya hice antes.

—Es raro —reflexionó ella—. Cuando hablas así, tu mente parece casi musical y se funde con la mía. Esto no me había ocurrido nunca. Y no sé qué pensar.

Sus ojos se encontraron un breve instante, y luego se apartaron de nuevo.

—Bien, vamos a comer. La comida se está enfriando.

—Sí —asintió Cinnabar—, se está enfriando.

La nave era del modelo más nuevo. Poseía cierta belleza, aunque tenía la forma de una lombriz ciega. Sinuosamente larga, sin parte delantera ni trasera, se abría paso hacia las estrellas a una velocidad relativamente lenta, como una verdadera lombriz.

Como una lombriz molesta, que ingiere y excreta la tierra a su alrededor, la nave se movía por el universo, curvando y formando el entorno. Cambiándolo, enriqueciéndolo, viviendo de sus energías, succionando la mayor parte de las mismas que hallaba al frente, y dejando atrás los restos.

En la lombriz había un ojo, un ojo ciego.

En el morro de la nave se hallaba el salón, su ojo ciego. Donde el casco de la nave era como de cristal, al principio de la zona donde siempre cambiaba el universo, donde siempre estaba siendo remodelado, donde la velocidad de la luz quedaba transformada de un sueño a un avance de tortuga. Donde las estrellas parecían bailar.

Butacas muelles y divanes blandos tapizaban el interior del ojo, tres o cuatro a lo largo de cada pared del salón. Lync y Cinnabar se sentaron juntos en un diván. La nave avanzaba hacia las estrellas, distorsionándolas, transformándolas a su paso. Las luces multicolores de las estrellas se reflejaban en sus ojos.

—Los pensamientos… —meditó Cinnabar—. Los colores son como deberían ser los pensamientos, aunque jamás lo son.

—A veces —repuso Lync— pienso que así es como son realmente las estrellas, y que el hombre las cambia en su mente a fin de poder comprender sus imágenes.

Cinnabar miró la mano del capitán, que se apoyaba ligeramente en su brazo. Luego, volvió la mirada hacia el espectáculo de las curvadas estrellas.

—Tus pensamientos —murmuró— se hallan próximos a esto —indicó las estrellas, los fuegos artificiales, las espirales—. O es que yo estoy sintonizada contigo.

Lync se volvió hacia ella y sonrió. Su rostro arrojaba una sombra sobre Cinnabar, de modo que los colores no la iluminaban.

—Creo que yo tengo una inteligencia propia —la voz de Lync era baja, pero vibrante—. No sé leer los pensamientos, pero sí puedo ver tu mente. Y le echo la culpa —con el gesto señaló el universo— a esto.

Cuando ella habló, su voz sonó dura y apartó la cara para no tenerla ya debajo de la de él.

—No bromees con esto. Tú ignoras cómo es.

El capitán abandonó el diván y presionó las palmas de sus manos contra una sección del cristal. Era como si intentara retener todos los colores que iluminaban el exterior de la nave.

—Tus pensamientos —musitó ella, inciertamente, moviendo las manos a ritmos diferentes— no lo pregonan. Pero no importa que lo digas o no. La respuesta es no, no puedo hacerlo de ningún modo.

—Tengo que preguntarlo —dio media vuelta, de cara a Cinnabar, viendo su perfil contra los colores—. Al menos, tengo que intentarlo.

La joven se apartó de él, de las estrellas, y ocultó el rostro entre las manos.

—No quiero escucharlo, por favor.

—Tú y yo tenemos todo el universo por delante. No tenemos que ir a Beta Lira Tres, ni a cualquier otro lugar donde puedan utilizarte. Yo sé cuan penoso es esto para ti. Oh, no puedes rechazarme, sería una locura.

—Entonces, estamos locos. No puedo huir, Lync. Jamás aprendí a huir. Oh, ya es demasiado tarde para aprender.

Le miró con expresión atormentada, suplicante.

Lync pasó una mano como acariciando el cristal, dejando en el mismo un reguero de humedad.

—Puedo obligarte, claro. La nave aún está bajo mi mando. Puedo ponerla en la dirección que quiera.

Por las mejillas de Cinnabar iban resbalando las lágrimas. A la luz de las estrellas relucían como diamantes multifacéticos, de muchos colores, de mucha luz.

—No, Lync. No sigas. No resultaría bien, no podría resultar bien. Lo sé.

Lync se apoyó en la pared de cristal. El reflejo de los galones dorados de sus charreteras ascendía hacia su semblante, como unas manos fantasmales, macabras.

—No te obligaría, aunque pudiera —replicó—. Escúchame, para nosotros sólo queda un camino: el mío. Si esperamos demasiado, no se nos presentará otra oportunidad. Y volverán a utilizarte. Mientras duermas, yo envejeceré y moriré.

La joven se enderezó en su asiento, muy apretada contra el diván. Tenía los ojos cerrados. Las danzantes luces multicolores sólo encontraban sus párpados.

—Estoy ciega —murmuró, y nuevas lágrimas resbalaron por debajo de sus párpados—. Ellos me han hecho así. Y yo he de seguir viviendo como siempre. Nunca hice otra cosa. Tus pensamientos son como la seda contra la piel, pero a mí me aguarda un destino mucho peor. Un destino que no puedo eludir. No espero que lo entiendas, pero has de respetarlo. Sin embargo, no olvides nunca que yo desearía irme contigo. Oh, sí, lo quiero…, pero no puedo.

Cuando Lync habló fue como si no creyera en nada: ni en lo que había oído, ni en lo que había visto, ni en todo el universo de luz.

—No, te obligaré —repitió—. Te encerraré entre las mamparas de esta nave y te llevaré a un lugar de vida, a nuestra vida.

—No lo harás —replicó Cinnabar. Había abierto ya los ojos y los tenía secos—. No puedes.

Fuera, a cada lado del gusano, las luces danzaban y ardían. Las estrellas se superponían como llamas líquidas, como hielo fundido, como tierra inundada.

Lync rodeó con un brazo la cabeza de la muchacha y se inclinó hacia ella. Se encontraron sus ojos, sus labios, sus cuerpos.

—No puedes —murmuró ella, suavemente—. Conozco demasiado bien tu mente. Tus pensamientos son excesivamente cristalinos, blandos, azules y humanos. Obrarás según tu deber.

Lync se sentía como una marioneta bailando al extremo de un cordel. Lo sentía sin saberlo.

—De acuerdo —se doblegó—. Seguramente tienes razón. No podemos huir, ni siquiera juntos. De lo contrario, iríamos demasiado lejos, demasiado aprisa, demasiado tiempo… Nos extraviaríamos cuando cayera uno de nosotros.

Volvió a besarla. La joven sentía la mente de Lync como arropándola por completo.

—Pronto todo habrá concluido —susurró ella—, demasiado pronto. Lo sé, puedo asegurarlo.

—No —refutó él—, estaremos juntos tanto tiempo como queramos, como lo necesitemos.

—Sí, estaremos juntos nuestro tiempo —asintió ella—. Si el tiempo lo permite.

La miró a los ojos y éstos reflejaron todos los colores del amanecer.

Beta Lira Tres. El nombre surgía de la lengua; las letras parecían dispuestas para ser pronunciadas: Beta Lira Tres, con una ignorancia interna. Relacionada en el efemérides como semejante a la Tierra, lo cual era una buena broma. Semejante a la Tierra sólo significaba que el suelo, el cielo, los árboles, los animales, los insectos y el clima no se unían en una colmena de mentalidades para matarte conscientemente. Pero cada cosa intentaba hacerlo por separado. La supervivencia era difícil, pero al fin y al cabo, ¿cuántos podrían sobrevivir en la Tierra, sin la ventaja de sus controles ambientales?

Esto ya era malo en sí, pero además estaban los nativos. Los nativos pueden poseer toda clase de prácticas para recibir a los visitantes extraños, y algunas pueden ser fatales. Y la tarea de Cinnabar consistía en descender al planeta y entrar en contacto con ellos. Ya sabemos qué le parecía su labor. Cuando se utiliza un instrumento con mucha intensidad durante largo tiempo, poco antes de que se rompa ya sólo puede servir para esta tarea. Si es sensible, incluso puede desear ser utilizado.

Lync se quedó en la nave, siguiendo una órbita circular a cien millas por encima de Beta Lira Tres. Cinnabar descendió con una nave espacial a la superficie del planeta para comenzar a instaurar los primeros canales de comunicación entre dos razas, como cortesía de todos los buenos genes que ella poseía.

Aterrizó entre una de las selvas y una de las ciudades, cosa que le pareció lo más lógico. Aguardó.

Nada.

Luego, decidió que ya era hora. Y gritó mentalmente. Era telépata, pero también sabía hablar con el cerebro. Nunca había intentado mantener esto en secreto ante Lync, aunque tampoco había hallado motivo alguno para mencionarlo. Y, naturalmente, él no se lo había preguntado.

Si alguien dice: «Yo soy telépata», la respuesta natural, la respuesta usual es: «Demuéstralo. Lee en mi cerebro.»

¿Cuántas personas le dirían a un telépata: «Demuéstralo; dime algo»? No muchas. La gente sólo suele vivir con una serie de ideas en la cabeza.

«¡Amigo! ¡Amigo! ¡Amigo! —gritaba Cinnabar, mentalmente—. ¡Ven! ¡Habla! ¡Amigo!»

Símbolos cortos, no palabras, sólo ideas.

La otra parte de su cerebro iba escudriñando a su alrededor, sin el menor esfuerzo por su parte. Sentía su mente girando y retorciéndose, dispuesta para recibir otros pensamientos, otros seres. Había algo fuera, un pensamiento interrogador, asiéndose a los tentáculos hallados en su propia mente.

«¡Amigo!», pensó Cinnabar. Se concentraba para transmitir sus pensamientos en la misma frecuencia, en la misma banda sonora, en la misma longitud de onda, que su otra parte de cerebro estaba recibiendo. Finalmente, lo consiguió. Su mente, ambas partes de su mente se inclinaron como una hoja bajo la luz del sol.

Obtuvo una respuesta. Borrosa, mal comprendida. Pero inmediatamente intuyó que algo andaba mal, que había algo que jamás había encontrado, que jamás se había atrevido a esperar. ¿Qué era lo que andaba mal?

La respuesta se hizo más fuerte, con voces múltiples. Era como si se viera reforzada una y otra vez. Resonaba en su interior. Distante, pero en su interior.

¿Algo andaba mal? Cinnabar sonrió y se rió. Trató de forzar hasta los últimos límites de su poder.

«¡Aquí! —gritó mentalmente, aun riendo—. ¡Aquí!»

La nave continuaba dando vueltas. Lync estaba en los mandos. La risa de Cinnabar llenó el cuarto de máquinas, surgiendo por un altavoz de la pared.

Lync se volvió, molesto al oír que se abría la escotilla a sus espaldas. Era Cuatro.

—¿Qué haces en el puente de mando? —se encolerizó el capitán—. No te he enviado a buscar. ¿Se te ha estropeado la maquinaria?

Cuatro parecía inseguro de sí mismo, cosa interesante en un robot. Giró sobre sí mismo, como un hombre o un león enjaulados.

—No, todos mis circuitos están intactos. Tengo que comunicarle una sugerencia.

—Los robots no formulan sugerencias —le recordó Lync.

Cuatro continuó hablando, ignorando la observación del capitán.

—Sácala de allí. Envíame a buscarla o ve tú mismo. Algo anda mal. Tengo un presentimiento.

—Quedas relevado de tus obligaciones. Márchate a tu depósito y quédate allí durante toda la travesía. Funcionas mal.

—No seas tonto —le espetó Cuatro, llena su voz de parásitos espaciales—, y baja cuando aún es tiempo.

—Vete, es una orden —le dijo Lync, duramente.

—Lo siento —se disculpó Cuatro—. He obrado sin lógica. Naturalmente, debe ser por culpa de mis circuitos. Y no obstante…, no obstante…

Dio media vuelta y se marchó.

Lync volvió a ocuparse de los mandos. «Veinticuatro horas», pensó. Veinticuatro horas y sus órdenes eran reunirse con ella, pues entonces ya se habría establecido el primer contacto.

Le pareció un día muy largo. Sí, un día muy largo.

Llevaban taparrabos azules y dorados. Eran humanoides.

«Amigos», pensó Cinnabar.

Y su mundo cambió.

Los humanoides formaban un intrincado dibujo a su alrededor. De pronto, sus cuerpos se convirtieron en los diseños de una matriz mayor, agitando los brazos en un movimiento de saludo, otro de poesía, y un tercero de danza.

Cinnabar escuchaba la música de la danza. Las emociones, extrañas pero familiares, surgían en torno a ella suave, muy suavemente. Sentía como su mente iba hacia la de ellos y se fundía con el conjunto. Tendió los brazos hacia ellos, y cuando el baile y las mentes lo exigieron, empezó a girar levantando muy arriba los brazos, agitándolos sinuosamente por encima de su cabeza. Bailaba como una bailarina sobre hielo, como Diana en la selva. Bailaba, bailaba. Bailaba.

«Estoy en casa —murmuró— estoy en casa.»

Bailaba más de prisa, cada vez más de prisa. El viento azotaba las ramas de los árboles más cercanos, y el movimiento de sus hojas quedaba embellecido y acentuado por la danza. Una de las hojas cayó de una rama y flotó hasta situarse sobre la cabellera de Cinnabar, que ondeaba al aire, donde se convirtió en una mancha de color castaño, azotada a través del aire estremecido.

Una mente la tocaba, distraídamente, y ella contestaba. Otra mente y otra. Todas eran iguales y todas eran distintas. Formaban parte de ella, y ella de ellos.

—Telépatas —exclamó Cinnabar, mientras reía y bailaba—. Todos sois telépatas y ya no estoy sola.

Gritaba, reía, cantaba y lloraba. Y bailaba, con su cuerpo bien dominado, adulado, por una mente, por una colmena de mentes; y formaba parte de una mente. Formaba parte de la danza.

Al cabo de un tiempo («¿años?») la danza aminoró, y los bailarines empezaron a marcharse hacia el bosque. Hasta Cinnabar llegaron pensamientos tranquilizadores; sabía que volverían. Que no la abandonarían, como tampoco ella les abandonaría.

Pronto volvió a estar sola. Se sintió presa de la reacción, y se estremeció bajo el aire fresco de la noche. El agotamiento la hizo caer de rodillas, e inclinó la frente contra el tronco de un árbol.

El comunicador zumbó en sus oídos.

Hasta ella llegó la voz de Lync, lejana, distorsionada por la distancia y la transmisión.

—¿Qué ha ocurrido? No has informado. ¿Estás bien? No debía reunirme contigo hasta dentro de una hora, pero si me necesitas llegaré en quince minutos.

—Todo va bien —replicó Cinnabar—. He establecido contacto. Sí, contacto.

—¿Qué anda mal?

—No voy a regresar, Lync. Nunca. —Su voz sonó firme.

—¿Qué?

—Son como yo, Lync. Telépatas, toda la raza. Nunca más volveré a sentirme sola.

—No me había dado cuenta de que estuvieras sola —murmuró el capitán.

—Lync, estoy cansada. No quise decir eso. Naturalmente, tú estarás aquí conmigo. Juntos. Será maravilloso. Juntos.

—Bajaré de inmediato. Te tengo situada, no abandones ese sitio. No temas, todo irá bien.

—Lync, no pasa nada. Todo va bien. No tenemos que huir. ¿Lo entiendes, Lync?

No hubo respuesta. Ella se recostó en un árbol y cerró los ojos. Pensaba que él pronto estaría a su lado y podría explicárselo todo. Y esta idea la consoló y la ayudó a dormirse.

Soñó que bailaba.

Hacía una semana que Lync se había reunido con ella. En ese tiempo habían instalado un tosco refugio, un cobertizo de troncos y ramajes, empezando a comprender que ahora vivían por sí solos, a su libre albedrío, que su futuro era suyo exclusivamente.

Eran felices y ésta era una experiencia nueva y única para ambos. Cinnabar había dejado de ser una joven bella y trastornada, había madurado y se había convertido en una mujer plena y deliciosa. Su facultad de leer las emociones se había transformado de una tortura personal en una maravilla interpersonal. Leía los humores buenos y malos de Lync y planeaba sus acciones para complacerle. Ya que si él estaba contento, ¿cómo podía ella sentirse de otra forma?

Pero siempre se producía la misma discusión, la misma preocupación, que flotaba en su mente.

—Creo —murmuró Lync en una ocasión, cuando los soles al ponerse iban transformando lentamente la selva en oro—, creo que deberíamos ir en su busca, salir a su encuentro.

La joven siempre fingía inocencia ante esta cuestión, por muchas veces que la hubiese contestado previamente.

—¿A quiénes, Lync?

Estaba contemplando la puesta del sol, con el semblante bañado en color dorado.

—A tus nativos —repuso él y añadió, razonando—: Si hemos de convivir con ellos, en su mundo, debiéramos al menos conocerlos ya. Si son como dijiste, ya saben que ambos estamos aquí, y por tanto, deberían haberse presentado.

—Lo saben. Y vendrán a su debido tiempo.

Lync se volvió hacia ella, y por un momento, mientras los tonos dorados jugaban en su cara, se imaginó que volvían a estar en el salón de la nave espacial, viajando entre las estrellas. Pero no era más que el crepúsculo, y aquella sensación de déjà vu pronto le abandonó.

—Sí, a su debido tiempo, pero estoy preocupado. —En su voz había incertidumbre—. Al fin y al cabo, me adiestré para las preocupaciones Y esa clase de lección es difícil de olvidar, aunque jamás haga falta.

Pero, reflexionó, estaba con Cinnabar, y no debía preocuparse. Y ante este pensamiento, una sonrisa fugaz pasó por las facciones de la joven.

Él le sonrió en respuesta, y ambos se durmieron.

La muchacha se despertó y vio el baile.

Las figuras giraban a su alrededor. Docenas y más docenas, todas moviéndose juntas con sus ritmos naturales, distintos de los terrestres. Sonrió y se incorporó. Buscó a Lync, pero los bailarines se lo ocultaban, agitándose delante y detrás de ella. Sus emociones la inundaban, penetrando tumultuosamente en su mente. La danza estaba de nuevo controlada, y se entregó a ella alegremente. Cada vez se aceleraba más el ritmo, con pasos más difíciles e intrincados, pero el cuerpo de Cinnabar se movía graciosamente y era controlado con seguridad por los pensamientos y directrices de los demás.

A su alrededor se formó un corro de bailarines, y ella empezó a girar en medio como el eje central. El corro se ensanchaba, y la circunferencia giraba lentamente. La joven no tardó en poder atisbar por entre los resquicios que dejaban los bailarines al separase cada vez más.

Ahora ya podía ver con claridad.

Cinnabar chilló horrorizada ante lo que vio y, futilmente, trató de romper el corro que la aprisionaba y correr al lado de Lync. Éste se hallaba rodeado por una docena de nativos. Pero no iban ataviados con las ropas arbóreas de los bailarines, sino que lucían prendas extrañas y llevaban lo que obviamente eran armas.

Ella le llamó, pero no consiguió oír su respuesta. El corro que rodeaba a Lync se estrechaba cada vez más, pero no era un corro de bailarines.

Y no obstante, la danza continuaba en torno a la muchacha.

Cinnabar rió y comprendió que la amenazaba el histerismo. Bien, poseía un arma: su mente.

«¡Alto!», gritó con el pensamiento a su alrededor. Sin embargo, todos continuaron bailando, y el corro en torno a Lync siguió estrechándose.

De pronto, Cinnabar percibió los pensamientos de los bailarines; no podían compartir con ella las palabras, pero la emoción era clara. Una sensación de pesar, de tremendo dolor, y por debajo, unos cimientos de necesidad.

Cinnabar cayó de hinojos; ondas de agonía la desgarraban, ondas rojas y penosas, aunque familiares. Y por debajo de tanto dolor, ella podía leer lo que estaban haciendo. Le dirigían sus propios pensamientos, devolviéndoselos, los mismos pensamientos que ella les había proyectado. Y junto con su propia mente había otra superpuesta. Otra mente que ella estaba obligada a transmitirles.

Sus colores la desgarraban como cuchillos dentro de su cráneo. La náusea y el miedo la hicieron caer al suelo, junto con una verdad que no podía afrontar. Pero ya disminuirían el alud de pensamientos; tenían que explicarse.

Rojo por codicia.

Negro por miedo.

Amarillo por lascivia.

Carmesí por odio.

Verde por engaño.

Y con todo ello, el dolor de saber. Tenía los ojos arrasados en llanto y su cara estaba contraída en unas líneas musculares de suma dureza. Su mente estaba cerrada a la frecuencia extraña y se negaba a continuar. Intentaba retroceder como al borde de un abismo, pero la gravedad la empujaba irresistiblemente hacia delante.

Podía oír a Lync, como en sueños, los sueños de un mundo sin dolor. Él le gritaba que se marchara, que corriera, que se salvara. Esto le pareció terriblemente gracioso y se echó a reír, sin darse cuenta de que estaba llorando. La tierra se apretaba contra ella, y el cielo pesaba sobre su espalda. En su interior, presionando para reventarle el cráneo, todo era codicia, odio, deseo y miedo. No el suyo, pues es posible vivir con el miedo propio. Éste estaba amplificado y multiplicado hasta llegar a tal nivel que el dolor se convertía en otra cosa, en algo muy parecido a la muerte.

Estaba sola; el baile se había trasladado al otro lado del claro. Enderezó la cabeza, pero no pudo ver a Lync; los pasos de baile se lo ocultaban. A cada segundo, la sensación de agonía dentro de su mente llegaba a un nivel más alto. Sabía que había llegado su hora, su destino. Comenzó a arrastrarse. Cada centímetro que avanzaba era un penoso viaje; cada piedra que la arañaba, una corona de espinas. El cuchillo que Lync usara para cortar madera la llamaba como una estrella. Lo asió, pero no pudo sentirlo en su mano. Levantó el cuchillo y lo hundió profundamente, muy profundamente, en su pecho. El bosque, los árboles, los nativos y el cielo giraron vertiginosamente. En el centro de aquel mundo caleidoscópico estaba Lync. El dolor cesó cuando la blancura de la nada se abatió sobre ella.

Cinnabar despertó y sintió a Lync muy cerca. Leyó en su mente y lo atrajo hacia sí. Abrió luego los ojos y se sorprendió al observar cuan débil se sentía.

La voz de Lync apenas era más fuerte que el suave chirrido de la fuerza impulsora de la nave.

—No hables —murmuró.

Estaban de nuevo en el salón, pero las persianas estaban corridas y polarizadas, y el rostro del capitán sólo resplandecía a la luz de una lámpara, que irradiaba una luz tan blanca como la de la luna.

—Tengo que hablar.

El dolor había abandonado ya su mente y sólo lo sentía en su cuerpo. Pero era un alivio sentir un dolor que podía comprender.

—No —objetó Lync—. Dentro de cuatro días estaremos de regreso y necesitarás todas tus energías.

—Querían matarte —susurró ella—, y tenían que hacerlo. Podían oír mi mente, y parte de mi mente siempre escucha a la tuya.

—No lo entiendo.

La joven se esforzó por hablar. Empezaba a temer al silencio.

—Te escuchaban a través de mí. Yo me había unido a su mente-colmena. Mi propia mente había escudriñado en las suyas, formando un puente que ni siquiera yo podía hacer saltar. Tu mente no hubiera podido hacerlo; tú… tú no posees este don. Aun así, no habrían logrado enterarse de tus ideas en sus mentes, pero yo había invadido sus pensamientos. Y parte de mi mente siempre escucha a la tuya. No puedo impedirlo.

—Tú me amabas —asintió Lync, comprendiendo que hablaba en tiempo pasado.

—Sí, es cierto. Te amo. —La joven había cerrado los ojos y le resultaba más fácil hablar—. Un error. Lo olvidé. Olvidé lo que eras, lo que éramos los dos. No podía, o no quería saberlo. Por mi mente, ellos escuchaban la tuya y me enseñaron lo que era para ellos. Yo tenía que impedir que mi mente leyera en la tuya. Ellos podían leer en la mía, pero no en la tuya, y yo estaba entre los dos. Sí, tenía que hacerlo.

Trató de abrir los ojos para mirarle a la cara, pero no pudo. Podía sentir el sueño ante ella.

—Tenía que quitarme de en medio. Tenía que ganar tiempo.

—Tiempo… —repitió Lync. Su mano asió las suyas—. Tiempo…

—Lync —murmuró la muchacha—, se preguntaban si alguien como yo podía retener un aspecto humano. Diles que no, que fracasé.

—Fue un éxito —afirmó él—, pero les diré que fue un fracaso. No comprenderían este éxito.

Se inclinó hacia ella y la obligó a abrir los ojos, tratando de sonreír.

—Él todavía estaba más ciego que yo —observó Cinnabar.

Se asombró al ver que aún podía reír.

—Oh, no, no —exclamó Lync.

Cinnabar sintió como la otra mano del joven le acariciaba la frente.

—No permitas que el casamiento de dos mentes verdaderas admita los impedimentos —citó ella—. Oh, estaba equivocada, Lync. El amor debe cambiar, debe cambiar tanto al que ama como al que es amado.

Por un momento, su voz melodiosa resonó fuerte y segura.

—Recuerda, Lync, cómo he cambiado con el amor. Recuerda, por encima de todo, que así fue nuestro casamiento. Recuérdalo.

Sintió los brazos de Lync a su alrededor y encontró en ellos un gran alivio. Sabía que podía dormir, que él la comprendía.

Por unos minutos, Lync estuvo sentado inmóvil al lado de la muchacha. Luego se puso de pie y silenciosa, lentamente, abrió las persianas del salón. Las estrellas resplandecían y su luz tembló sobre ella como velas, como gemas, como amantes.

Él le sostuvo la mano y contempló las estrellas. Durante largo tiempo permaneció allí sentado. Finalmente, cuando una estrella arrojó unas gotitas de color carmesí a través de un fondo de blanco purísimo, Lync lo supo y lo entendió.